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Capítulo 3. La llegada del director Maximio Victoria (1907-1919)

En este capítulo estudiaremos los hechos sucedidos entre 1907 y 1919, que se correspondieron a la gestión del director Maximio Victoria. En cuatro apartados, analizaremos el balance general que hizo el director en el marco del Centenario; y qué actitud asumió ante tres situaciones: cuando se hicieron los primeros planteos de anexar la Normal a una Universidad; ante las graves acusaciones que hizo el obispo local en 1915; y frente a los estudiantes que participaron en las huelgas y manifestaciones que se produjeron en el marco de la Reforma Universitaria de Córdoba, entre 1918 y 1919.

A nivel nacional, en el año 1909, se constituyó una coalición congregada para instalar la candidatura de Roque Sáenz Peña, en oposición al ordenamiento político simbolizado por la figura de Roca. La celebración del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, en el contexto de una creciente movilización obrera, fue seguida del ascenso de este candidato. Como advierte Martín Castro (2012), para algunos miembros de la élite política, el programa destinado a concretar la unidad nacional de una sociedad transformada por la inmigración masiva, además de la educación patriótica y la conscripción militar, incluía la reforma electoral. En 1912, sea resultado de presiones sociales y políticas (Rock, 2001), de un plan estratégico (Botana, 1994) o de la dinámica interna del régimen político (Devoto, 1996), se sancionó la ley de sufragio universal masculino, secreto y obligatorio, que imprimió una nueva dinámica a la vida política y abrió una etapa marcada por una amplia movilización (Castro, 2012).

En este nuevo clima que inauguró la “ley Sáenz Peña”, en 1913 y 1914 se constituyeron en Paraná los principales medios periodísticos de la provincia: La Acción, diario católico fundado por Juan Ramón Álvarez Prado, dirigido por Santiago Moritán y Max Consoli, en cuya redacción estaban Aníbal Vásquez, Sebastián Marcó y Aniano Villalunga y El Diario, organizado por el vicegobernador radical Luis Etchevehere, que tenía entre sus redactores a Antonio Sagarna y Eduardo Laurencena (Andreetto, 2009; Motura y Vartorelli, 2018; López, 2006). En 1916, el triunfo de la Unión Cívica Radical (en adelante UCR) en el ámbito nacional, llevó a la presidencia a Hipólito Yrigoyen, que abría la primera experiencia democrática en Argentina. En Entre Ríos, desde 1914 gobernaba Miguel Laurencena, con la oposición del obispo diocesano (Reula, 1971). A fines de su gestión, aquellos radicales que se denominaban intransigentes se fueron separando del partido, acusando a Laurencena de haber entregado la vicepresidencia y los ministerios a quienes recientemente se habían incorporado al radicalismo (su hijo Eduardo Laurencena, el ministro de gobierno Antonio Sagarna y el vicepresidente Luis Etchevehere). En 1918, el radicalismo entrerriano, ante el triunfo de la oposición en las elecciones a diputados nacionales, volvió a unirse para enfrentar en los comicios al gobernador.

En ese entonces, a medida que se aceleraban los procesos de urbanización y tercerización de la economía, la educación en el nivel primario estaba en plena expansión. Con el propósito de aumentar la cantidad de maestros, en el año 1910, por ejemplo, se crearon 19 Escuelas Normales nacionales y hacia el final de este período, eran alrededor de 80 Escuelas, mayoritariamente mixtas (Rodríguez, 2019). Además, el país contaba con tres Universidades Nacionales en Córdoba, Buenos Aires y La Plata, y dos provinciales en Santa Fe y Tucumán. En marzo de 1918, los estudiantes de la Universidad de Córdoba dieron inicio a una serie de protestas y huelgas, que se destacaron por haber logrado trascender las aulas y obtener la solidaridad de múltiples actores y grupos, tanto en el país como a nivel internacional. Este proceso se conoció como la Reforma Universitaria y pasó a la historia porque planteó un cambio profundo en la estructura de poder tradicional, al reclamar la participación estudiantil en el gobierno, el derecho a elegir a las propias autoridades, la mejora de la situación de los profesores, y la intensificación de las actividades de investigación y extensión (Buchbinder, 2005). Al calor de la Reforma, las universidades provinciales de Santa Fe y Tucumán fueron nacionalizadas en 1919 y 1921 respectivamente (Buchbinder, 2005).

Contamos en la actualidad con distintas investigaciones sobre la experiencia reformista en la provin­cia de Entre Ríos (Motura y Vartorelli, 2018; 2019), el debate entre radicales y conservadores (López, 2006), el pasaje de la tradición normalista a la jerarquización universitaria (Carli, 1993, Román, 2014), así como el apoyo y la resistencia al cambio de los distintos actores (de Miguel, 1997). Asimismo, disponemos de los testimonios de autores que han sido partícipes de este proceso, como Sara Figueroa (1934), Celia Ortiz de Montoya (1967), Carlos Uzin (1970) y Filberto Reula (1971).

En diálogo permanente con estos trabajos, pretendemos mostrar cuatro cuestiones vinculadas. En primer término, señalaremos que el director Victoria era egresado del Curso de Profesorado de Paraná, tenía una amplia trayectoria previa como alto funcionario de la burocracia educativa nacional en las distintas provincias donde actuó, y, a diferencia de los anteriores directores, no estaba en Entre Ríos al momento de ser designado por el ministro de ese momento. Veremos que en el informe que realizó para el Centenario, volvía a hacer hincapié, igual que sus predecesores, en la necesidad de estimular el ingreso de varones estableciendo más becas, cambiar la forma de designación de los docentes, y crear una nueva institución para la formación de los profesores, entre otras cuestiones. En segundo lugar, indicaremos que la propuesta de creación de la Universidad tuvo el apoyo decidido del director de la Normal, y de un sector de profesores y alumnos, que estaban convencidos que los estudios del profesorado debían llevarse a un nivel superior. Acerca del episodio con el obispo, veremos que el director defendió la neutralidad religiosa que el gobierno nacional disponía para las Normales, y reafirmó la identidad “liberal” de la tradición normalista paranaense. En cuarto término, mostraremos que Victoria, al tiempo que veía positivamente que los maestros egresados se convirtiesen en estudiantes universitarios, fue sumamente crítico con los alumnos maestros que lideraron y/o participaron de las huelgas y protestas de esos años. Asimismo, observaremos que el director, junto con otros actores locales, consideraban a las alumnas, en tanto mujeres, carentes de autonomía y subordinadas a los compañeros y/o padres, y no como futuras profesionales y colegas. En este sentido, el año 1918 visibilizó un cambio importante que se estaba dando entre un grupo de alumnos de la Normal: si el alumno maestro de antes debía cuidarse de no perder la beca por mala conducta y procuraba recibirse rápido para volver a su lugar de origen, a partir de ese año se hizo visible un nuevo tipo de alumno –de ambos sexos-, que no estaba condicionado por una beca, vivía con sus padres -que también comenzaron a tener un mayor protagonismo- y se identificaba como estudiante e integrante de un movimiento integrado por sus pares de los otros establecimientos de nivel medio y los universitarios, creía legítimo actuar colectivamente y, eventualmente, desafiar la autoridad del director.

Balance general en el marco del Centenario

Maximio Victoria había nacido en Tucumán, se recibió de maestro en la Escuela Normal de esa ciudad y luego obtuvo una beca para seguir el Curso del Profesorado en Paraná. Tenía una extensa carrera como docente en escuelas de varones, mixtas y como funcionario en otras provincias. Había sido profesor y regente de la Normal de varones Santiago del Estero, inspector de instrucción primaria de Santiago, director de la Escuela Normal Popular de Curuzú Cuatiá (Corrientes), inspector general de instrucción primaria en Tucumán, regente de la Normal mixta de Esperanza (Santa Fe) (fue convocado por la directora Rita Latallada, con quien luego se casaría), profesor del Colegio Nacional de Santiago del Estero y nuevamente profesor de la Normal de varones de Santiago, director general de escuelas de Santiago y vicedirector. Allí fue acusado por malversación de fondos públicos y encarcelado hasta que fue absuelto (Chavarría, 1947). Luego fue nombrado vicedirector y director de la Normal Regional de varones de Catamarca. Victoria asumió la dirección de la Normal de Paraná en enero de 1907 y fue el director que más tiempo duró en su cargo, 17 años, retirándose para jubilarse en 1924.

En su informe sobre el año 1909, el director se refería a las becas nacionales que, según la reglamentación nueva, solo debían otorgarse a los alumnos pobres con vocación para la carrera docente y cuya conducta y aplicación fuesen dignas de la ayuda del Estado. Este criterio, en general, se había cumplido en Paraná, pero denunciaba, en línea con otros directores normalistas, que hubo casos en que se las dieron a hijos de padres acomodados que no tenían ningún interés en trabajar como maestros, por lo que requería a las autoridades del Ministerio, que pusiesen mayor atención sobre este punto.

El director reiteraba una preocupación extendida, y era la feminización acelerada de la matrícula que se estaba dando en Paraná. Victoria consideraba que aquello sucedía porque los varones no se dedicaban suficientemente a una carrera que consideraban “improductiva”. El problema, decía, era que la nación “necesitaba el maestro varón con urgencia para los Consejos de Educación, las Inspecciones, la Escuela Rural, etc.”, dando por hecho que las mujeres no podían ocupar esos puestos. En relación con la escuela rural, Victoria aseguraba que las maestras egresadas se quedaban siempre a trabajar en las ciudades y solamente el varón se atrevía “a abordar el desierto, la campaña necesitada, la viabilidad difícil” (Memoria, 1910, p. 382). Afirmaba que había muchos varones interesados en la carrera de magisterio, pero a causa de su pobreza y sin ayuda estatal, les era muy difícil estudiar.

Luego criticaba, como Herrera, la manera arbitraria en que el Ministerio designaba por decreto al personal docente, sin consultar a los directores. Proponía cambiar el mecanismo y que el director pudiese organizar un concurso de antecedentes y certificados para luego conformar una terna con los ganadores y elevarla, con el acuerdo de un Consejo de Profesores, al ministro. Posteriormente, mencionaba la creación en la ciudad de Buenos Aires del Instituto del Profesorado Secundario (1904) que tenía por objeto preparar pedagógicamente a los universitarios que daban clases en los Colegios Nacionales. A partir de este caso, Victoria sugería que se fundara una institución similar para formar al profesorado de las Normales. Para ello, proponía que se crease en Paraná una Facultad Normal, cuya idea, aseveraba, ya había sido planteada por los ex directores Torres, Ferrary y Carbó, y el inspector Zubiaur.

El director pedía también sumar al plan de estudios, una cátedra de Pedagogía froebëliana -influido por su esposa Latallada, egresada del Profesorado de Jardín-, con el propósito de titular a especialistas, dado que el Profesorado dirigido por Eccleston en Capital Federal había sido cerrado en 1905, según las autoridades, porque no respondía “a ninguna necesidad”. Al contrario, Victoria consideraba que en Paraná podía ser de mucha utilidad, como había sido en el pasado. Solicitaba además, la creación del cargo de director del Museo que se había organizado por iniciativa de Scalabrini y con donaciones de la provincia.[1]

Por otra parte, dada la cantidad cada vez mayor de alumnos que entraban a la escuela primaria, reclamaba que se aumentaran los sueldos de los sirvientes, el mayordomo, los ayudantes de Ejercicios Físicos y Música, y de las profesoras de Economía Doméstica y Labores.

En relación con los egresados, según observamos en el capítulo anterior, Victoria mostraba que entre 1874 y 1909 se habían recibido unos 687 docentes: 403 profesores, 123 profesoras, 34 profesoras de Jardín de Infantes, 44 maestros y 83 maestras. Respecto a los alumnos, fueron 24.586 en total, distribuidos de la siguiente manera: en el magisterio y los profesorados: 2.729 varones y 1.685 mujeres; en la Escuela de Aplicación: 11.535 niños y 6.746 niñas; y en el Jardín de Infantes: 632 niños y 859 niñas (Cuadros 2 y 4). En suma, en las primeras décadas de la Normal, se recibieron casi cuatro veces más profesores que profesoras, pero fueron casi el doble de maestras que maestros, mientras que en la primaria los alumnos varones doblaron en cantidad a las niñas -recordemos que una gran cantidad varones, después de cursar los primeros grados, eran retirados para seguir el Colegio Nacional de Paraná- y en el Jardín hubo más niñas que niños. Por otra parte, los profesores que habían trabajado durante el año 1909 en la Normal de Paraná eran 44 en total y su distribución no se había modificado en líneas generales: los 28 varones estaban empleados en su mayoría en el Curso Normal y los últimos grados de la primaria, y casi todas las mujeres (16) estaban dando clases en los primeros grados de la Escuela de Aplicación y en el Jardín.

Con el tiempo, las egresadas del magisterio fueron cada vez más: si en 1910 se habían recibido 5 maestros y 7 maestras, en 1914 se recibieron 11 varones y 29 mujeres, en 1915 se desdoblaron por primera vez los cursos de cuarto año en “A” y “B”, y en 1920, llegaron a ser 8 maestros y 40 maestras egresados (Rocha, 2010). Hemos mencionado que la inscripción de los varones de otros lugares iba disminuyendo año a año porque era muy difícil conseguir una beca. A esto se le sumó que el gobierno nacional fue creando Escuelas Normales en distintas ciudades y pueblos a lo largo del país, por lo que ya no fue necesario trasladarse a Paraná para estudiar magisterio. Dentro de la misma provincia de Entre Ríos, estaban funcionando cinco Normales: la de Concepción del Uruguay (nacionalizada en 1876) y las nuevas Normales mixtas de Gualeguay (1909), Concordia (1910), Gualeguaychú (1910) y Victoria (1910). En este sentido, el Curso de Profesorado era el único que todavía recibía algunos alumnos de otras provincias, aunque tenía una matrícula casi estancada: en 1909 se habían recibido 6 profesores y 7 profesoras (Rocha, 2010); y en 1919, 8 profesores y 9 profesoras (Cuadro 8, capítulo 4). En 1914, se habían modificado los planes del Profesorado y pasaron a tener tres años de duración (quinto, sexto y séptimo año) y la orientación en Ciencias y Letras.

En el mencionado informe del director Victoria, se hacía también un homenaje a los egresados y profesores destacados: Antonio Lauría, Pedro Scalabrini, Víctor Mercante, Tomás Milicua y Ernesto A. Bavio, entre los que se encontraba una sola mujer, la norteamericana Sara C. de Eccleston. Del lado de los logros, mencionaba que la Escuela contaba con una Biblioteca con más de cinco mil volúmenes; sala de lectura; aulas especiales de Labor, corte y confección; aula de cocina para Economía Doméstica; talleres de Slöjd y cartonado; aula de Dibujo; aula especial para la enseñanza de Historia, Geografía y Cosmografía; gabinete y aula de Física; gabinete y aula de Química; gabinete y aula de Historia Natural; y un Museo. Entre 1908 y 1909 en la sede de la Normal se habían ofrecido cursos de Extensión universitaria, dando clases de contabilidad y dibujo industrial a un número considerable de alumnos. Además, se organizaron conferencias con universitarios y normalistas renombrados, sobre temas de Agricultura, Alcoholismo, Determinismo económico, Filosofía natural y Literatura griega.

Unos años después de publicado este informe, las cosas parecían haber cambiado. En la prensa local se mencionaba que el director había denunciado ante el Consejo Nacional de Educación y el gobierno de la provincia, “el estado de peligro y ruina” en que se encontraba el edificio de la Normal, reclamaba el urgente traslado a otro establecimiento y el inicio inminente de las reparaciones (El Diario, 6/5/15).

El proyecto de creación de la Universidad

El primer planteo de nacionalizar la Universidad Provincial de Santa Fe -que luego se transformaría en Universidad Nacional del Litoral- se hizo en 1912, con la asunción del candidato de la UCR, Raúl Menchaca y cobró impulso dos años después, con la llegada del radicalismo a la provincia de Entre Ríos de la mano de Miguel Laurencena (1914-1918) (Del Mazo, 1941; Reula, 1971; Kummer, 2006).[2]

En mayo de 1915, con la visita del ministro de instrucción pública de la nación a Santa Fe, Rosario y Paraná, se reactivaron las acciones para la creación de la Universidad Nacional del Litoral (en adelante UNL), que tendría sus Facultades distribuidas en las provincias de Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos. En Paraná, uno de los vocales del Consejo General de Educación (CGE), Teodoro de Urquiza, presentó un proyecto para fundar una Facultad de Ciencias de la Educación sobre el Curso de Profesorado de la Escuela Normal, anexando los otros niveles de la Normal (curso de magisterio, Escuela de Aplicación y Jardín de Infantes); y dos Facultades más, una de Agronomía y Veterinaria y otra de Ciencias Naturales, que tuviesen bajo su órbita a la Escuela Normal Rural provincial de Alberdi (El Diario, 19/5/15).

Los conservadores rechazaron la propuesta porque consideraban que había que fundar una Universidad Provincial en Entre Ríos y no perder autonomía frente a la nación (Ugalde, 2006; Ossanna, 2012). Previsiblemente, el Obispado de Paraná y su órgano de prensa, apoyaron esta postura (López, 2006). A mediados del año 1915, se debatió la creación de la UNL en la legislatura de la provincia de Entre Ríos. El día 29, El Diario publicó una extensa nota sobre el debate en la Cámara de Diputados, resaltando el discurso del ministro Jaureguiberry y transcribiendo varios intercambios entre el diputado radical Pérez Colman, que estaba a favor de la creación de una Universidad Nacional y el diputado conservador Martínez, que proponía la creación de una Universidad Provincial. Este explicaba que no se necesitaban en la provincia “doctores en pedagogía”, y más bien se requerían “ciudadanos aptos y capaces de llevar la cultura a las masas del pueblo” y difundir los conocimientos que sirviesen para la vida práctica, tanto en las zonas rurales como urbanas (El Diario, 29/7/15).

Unos meses después, se hizo en la Biblioteca Popular de Paraná un Congreso estudiantil en el que participaron delegados de Buenos Aires, San Nicolás, Rosario, Santa Fe y Paraná, presidido por el presidente de la Federación Estudiantil de Paraná, Rafael Figueroa. En la reunión, declararon su apoyo público a la creación de la UNL y al año siguiente, con la asunción del presidente Hipólito Yrigoyen, se organizó un Comité Nacional pro Universidad con la constitución de una Comisión Permanente en Buenos Aires (Reula, 1971; López, 2006). De todos modos, las discrepancias que existían alrededor de la Universidad, hicieron que la propuesta quedara suspendida por un tiempo.

Por otro lado, durante la gestión del gobernador Laurencena, se dieron varios episodios de confrontación con el obispo de Paraná, quien se había negado a que se usaran las iglesias y capillas para un acto electoral, conforme había ocurrido siempre; había auspiciado matrimonios religiosos contrarios a la ley de Matrimonio Civil; y se había rehusado a entregar los Registros Parroquiales a las autoridades, entre otras cuestiones (Reula, 1971).[3]

El enfrentamiento con el obispo de Paraná

A mediados del año 1915 se dio una polémica en Buenos Aires que tuvo amplias repercusiones en Paraná y derivó en un duro enfrentamiento entre el obispo y el director de la Normal, que fue acompañado por estudiantes y profesores. El año anterior se había publicado la novela La maestra normal de Manuel Gálvez, escritor católico oriundo de Paraná, abogado por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y desde 1906, inspector de enseñanza media y secundaria. Dicha novela hacía eje en una historia de amor y desengaño que transcurría en la ciudad de La Rioja, entre una maestra de origen muy humilde, Raselda Gómez, y el maestro Julio Solís, donde aquella era seducida y abandonada, y, al darse cuenta que estaba embarazada, recurría a un aborto que casi le cuesta la vida. Luego, acusada de conducta impropia por las autoridades de la Normal, fue echada de su cargo. El autor explicaba que los sucesos que relataba estaban basados en un caso real que él había conocido siendo inspector. A través de esta historia, Gálvez quería ilustrar que la tragedia de la maestra se debía a la ausencia de una formación religiosa en las Normales y resultado del “ateísmo” reinante, que alentaba a estudiantes y docentes a comportarse de manera inmoral.

La novela pasó inadvertida al principio, pero alcanzó la popularidad a raíz de un artículo elogioso que escribió el filósofo español católico, Miguel de Unamuno, en el diario La Nación, donde acordaba con Gálvez en que había que combatir al “normalismo ateo”. Seguidamente, el escritor y ex inspector Leopoldo Lugones escribió una nota defendiendo a la Escuela Normal y al laicismo de los “ataques” que había hecho Gálvez. Lugones afirmaba que solo la escuela laica y el normalismo garantizaban el progreso de la nación, y negaba que la cultura normalista fuese una fuente de corrupción moral. Lugones destacaba también la relevancia cultural e intelectual del normalismo, la contribución que hacía a la elevación de la mujer y el importante rol que cumplía en la defensa de la nación. Concluía que los tres problemas de las Escuelas Normales eran “los políticos, el cura y la religión”, porque los primeros corrompían todo y los dos últimos demandaban “obediencia ciega”. La “escuela laica”, en cambio, “representaba la esperanza suprema y había que defenderla sin Dios y contra todas las sectas blancas, coloradas, teológicas o ateas” (cit. en Rodríguez, 2018).

A partir de estos intercambios, el libro se convirtió en un éxito de ventas y los maestros normales, sintiéndose injuriados por Gálvez, llegaron a pedir su destitución como inspector. En cada capital de provincia y ciudad importante se originaron protestas y se iniciaron acciones, como la fundación de una revista con el objeto de combatir los dichos de su obra, la escritura de dos novelas que pretendían refutarlo y hasta un tango. Pese a las resistencias que generó, Gálvez continuó trabajando como inspector 17 años más.

La ciudad de Paraná estuvo lejos de ser la excepción y fue sede de una manifestación pública que articuló las simpatías a Lugones y la oposición del diario religioso La Acción (Reula, 1971).[4] Los católicos, además de apoyar a Gálvez, habían acusado a los alumnos de la Escuela Normal que habían viajado a Santa Fe unos días antes, de cometer en esa ciudad “actos inmorales” típicos de las “fuerzas liberales”, censurando el carácter mixto de la excursión. Es probable que estas acusaciones se debieran, no tanto a los “actos inmorales”, sino al hecho que los estudiantes habían ido a esa ciudad, en realidad, para apoyar la creación de la Universidad.[5]

El día 19 de junio, El Diario publicó dos notas en relación con la novela de Gálvez. En una de ellas, titulada “Adhesión a Lugones”, se hacía referencia a un grupo de “vecinos” que había enviado un telegrama de reconocimiento a Lugones, apoyando, no tanto su postura laicista, ya que muchos de los firmantes eran religiosos, pero sí la “gallardía” con que el escritor había pronunciado su “autorizado veredicto de justicia, en la insólita y agraviante acusación que contra la Escuela y la enseñanza Normal formularan un novelador mentiroso y un rector místico” (El Diario, 19/6/15). La segunda nota estaba firmada por José B. Zubiaur, ex inspector de enseñanza media y secundaria y ex vocal del Consejo Nacional de Educación. Señalaba que la obra de Gálvez era “casi realista y casi pornográfica, tendenciosa e injusta, impropia de un inspector de enseñanza pública, pero muy propia de un universitario clerical”. El escrito era una “torpe calumnia” contra el magisterio normal, “cuyas dos terceras o tres cuartas partes” lo formaba el sexo femenino, emanando, la mitad de él, en casi todas las provincias, “de las más distinguidas familias”. Apelando a su experiencia, aseveraba que, de los pocos casos denunciados que conocía, había comprobado uno solo, “en el que, no la maestra, sino la alumna, muy hermosa”, había sido “víctima de un impulsivo. Nada más” (El Diario, 19/6/15).[6]

El mismo día que se publicaron estos textos, se realizó por la noche una manifestación estudiantil con el fin de adherir a Lugones, pero también de desagraviar las imputaciones que había realizado el cronista de La Acción sobre la “inmoralidad” de los estudiantes de la Normal. Los manifestantes hicieron un recorrido por la ciudad y durante el trayecto se incorporaron “delegaciones del libre pensamiento santafecino” y del Centro Socialista de Paraná, mientras que distintos referentes alzaban carteles en defensa de la “Escuela Laica” y la “libertad de pensamiento”. Al pasar por la Escuela Normal, los estudiantes Galarza, Bosch, Campos, Reula, Villarroel, el diputado santafesino Greca y el profesor Agustín Rossi, pronunciaron una serie de discursos. Según El Diario, los oradores tuvieron frases de “vibrante indignación”, vertiendo conceptos a favor del liberalismo y criticando las campañas clericales, especialmente las del diario La Acción. Cerca de las 23 horas la manifestación se disolvió, aunque un grupo permaneció durante un tiempo frente a la sede de La Acción “sin que, por felicidad, se promoviera incidente alguno” (El Diario, 20/6/15). En El Diario se recordaba que este episodio “ha hecho resurgir de nuevo entre nosotros el problema religioso que supo en otras épocas adquirir fuertes contornos”, en clara alusión a los incidentes sucedidos alrededor de la figura del primer director de la Normal, el norteamericano de religión protestante, George Stearns (ver capítulo 1) (El Diario, 20/6/15).

Al día siguiente, El Diario difundió la respuesta del director de la Normal a las versiones que había publicado La Acción, sobre la excursión realizada por los estudiantes a Santa Fe. Victoria aseveraba que los paseos estaban autorizados por las autoridades, no había ocurrido nada “inmoral” y los alumnos habían ido a recibir a funcionarios del Ministerio (El Diario, 20/6/15). Durante los días siguientes, continuó el cruce de notas entre El Diario, que defendía a los estudiantes normalistas y La Acción, que se oponía y concordaba con los conservadores (López, 2006).

El 25 de junio, un grupo de autodenominadas “damas católicas”, presentaron una nota dirigida al ministro de justicia e instrucción pública de nación, en la cual se referían a los discursos pronunciados por profesores y alumnos de la Normal en la manifestación del día 19, que habían ido, decían, “contra nuestro honor de esposas, madres e hijas”, por lo que “nos sentimos profundamente heridas en nuestros más caros sentimientos”. Seguidamente, el obispo de Paraná envió una nota al ministro de relaciones exteriores y culto. Le pedía que tomase las medidas necesarias “a fin de que no se viole la neutralidad exigida por las leyes en los establecimientos nacionales de educación”. En su carácter de “representante de la religión del Estado”, elevaba su protesta contra las frases de los discursos que, según él, se habían pronunciado el día de la manifestación, tales como: “el normalismo cada vez más libre y más fuerte proseguirá su obra de eliminar toda la maleza sectaria del suelo patrio” y presentaba su queja por la lectura que se había hecho de los pasajes más anticlericales del artículo de Lugones. Además, cuando un grupo de manifestantes siguió la protesta frente a la sede de La Acción, “pronunciaron (…) discursos injuriosos y denigrantes en grado sumo, para con la religión católica (…) llegando la noche del 19 de junio, hasta apedrear el Palacio Episcopal donde resido, amén de otras frases y gritos subversivos contra la religión del Estado, sus instituciones y representantes” (Nota, 5/7/15, AHEN).

Ante estas graves acusaciones, el director Victoria debió intervenir y ofrecer una versión de lo sucedido. Envió una nota al inspector general en la que señalaba que todos los oradores de aquel acto “hicieron una defensa culta y enérgica, doctrinaria y apasionada de las instituciones Normales del país”, de las familias que enviaban a sus hijos a las mismas y de las niñas que, “humildes y pobres”, hallaban en el magisterio “una forma de cultura honesta y un medio de vida digno”. Añadía que las apreciaciones hechas fueron escuchadas por los esposos, hermanos y caballeros vinculados a las “damas católicas” que firmaban la nota, sin que ninguno haya personalmente protestado por tales apreciaciones, lo que implicaba que “no afectaron el decoro de las personas y no tocaron el honor ni la dignidad de nadie”. En definitiva, terminaba, las “damas” tenían hijas que cursaban en la Normal y no habían realizado ningún reclamo formal ante la Dirección.

El ministro de relaciones exteriores y culto se declaró incompetente y le pasó la nota del obispo al Consejo Nacional de Educación, para que investigara lo acontecido. En su defensa, Victoria solicitó al ministro de gobierno de la provincia (Antonio Sagarna), al vicedirector de la Escuela Normal (Juan B. Perini), al profesor normal y ex inspector de Colegios Nacionales (Martín Giménez) y al profesor, abogado, ex presidente el Superior Tribunal de Justicia y presidente del Centro Liberal (Pedro E. Martínez) que le enviaran su opinión sobre las declaraciones del obispo.

Martínez respondió que el señor obispo daba por sentado que había en el país “religión de Estado”, pero ésta había existido en el pasado, durante la época colonial, pero no desde 1853 en adelante. Luego se refería a la frase pronunciada en el mitin: “el normalismo cada vez más libre y más fuerte proseguirá su obra de eliminar toda maleza sectaria del suelo patrio” y aseguraba que no era ofensiva en tanto se hablaba de los “sectarios” y no de los católicos (El Diario, 23/8/15, p. 32). Con esta nota y las otras, el director Victoria elaboró un informe y lo elevó al Consejo Nacional de Educación, buscando así invalidar las denuncias del obispo y de las damas católicas. Finalmente, el presidente del Consejo resolvió desestimar por inconsistentes los cargos del obispo y se dio a conocer un folleto titulado “La Escuela Normal y el Obispado de Paraná. Defensa de la Escuela Laica contra los ataques y los avances de la autoridad eclesiástica”, donde se resumía todo lo que había sucedido (El Diario, 28/8/15).

El director y las huelgas de los alumnos maestros (1918 y 1919)

Pese a los esfuerzos de los que impulsaban la Universidad, hacia 1918, el proyecto no se había podido concretar aún. Los alumnos de la Normal que lo apoyaban -junto con los varones del Colegio Nacional-, se involucraron activamente en los hechos que sucedieron en la Universidad Nacional de Córdoba. El 18 de junio los dirigentes de la Federación Universitaria Argentina declararon una huelga estudiantil en todo el país entre los días 19 y 22 de ese mes, y en Paraná, un sector de los estudiantes del Colegio Nacional decidió adherir y pidió el acompañamiento de los alumnos de la Escuela Normal de Paraná y del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay (El Diario, 20/6/18). El sábado 22, los alumnos de la Escuela Normal se reunieron en asamblea en la Biblioteca Popular y resolvieron plegarse a la huelga, obteniendo el apoyo de un grupo de profesores (El Diario, 21/6/18).[7] Entre ellos, se encontraban los estudiantes del magisterio Emilio S. Rossi, Juan Pablo Berio Acosta y Ermes Desio.[8]

Al dejar declarado el paro de las clases hasta el día martes, los alumnos de la Escuela Normal y del Colegio Nacional improvisaron una manifestación. En la plaza central habló Juan Vicente Galarza Ortiz, luego se dirigieron a la sede de El Diario para agradecer su adhesión y saludaron al ministro de gobierno Antonio Sagarna -quien había sido profesor de la Normal- y a los profesores José María Jaimés y Pedro E. Martínez. El mitin previsto para la noche del sábado 22 debió aplazarse hasta el día siguiente, debido a la coincidencia de la primera huelga de los estudiantes normales de Paraná, con una nevada histórica en la región (El Diario, 23/6/18).

Tanto los estudiantes del Colegio Nacional como de la Escuela Normal, escribieron a las máximas autoridades de sus instituciones, señalando que la huelga era en solidaridad con los hechos de Córdoba y que nada tenía que ver con la realidad local. Sin embargo, el director Victoria redactó un manifiesto que fue publicado en El Diario de Paraná.[9] Allí, además de cuestionar la huelga como mecanismo para protestar, afirmaba: “Violentáis a las niñas, vuestras compañeras de trabajo, para que los acompañen, olvidando que la violencia de la muchedumbre es cobardía individual y tiranía insoportable” (El Diario, 25/6/18). Les pedía que abandonaran la huelga, recordándoles su condición de “futuros maestros de la niñez argentina”:

Yo os amo, con mis treinta años de docencia democrática y liberal. Por eso os invito a volver a las aulas, donde arde el hogar de tanto ideal sembrado con pasiones y noblezas. Y hasta donde alcanzan mis pocas energías y mis facultades, tened por seguro que no ahorraré la justicia que debo a vuestras imprudencias. La Escuela Normal tiene sus puertas abiertas para los que saben dignificar su hombría de futuros maestros de la niñez argentina, cargando con las consecuencias de sus errores y de sus convicciones (El Diario, 25/6/18).

Junto a esta nota de Victoria, en El Diario se añadió otra titulada: “Una voz fuera de tono”, donde se expresaba una crítica al director, recordando que si antes lo habían apoyado en su enfrentamiento con el obispo, en esta oportunidad creían que se equivocaba y era “desmesurada” su afirmación que los “alumnos huelguistas han violentado a las niñas de la Escuela Normal para que no concurrieran a ella” (El Diario, 25/6/18). Ese mismo día, el ministro de gobierno de la provincia, Antonio Sagarna, le respondió a Victoria en la misma dirección, desmintiendo que “las niñas” hubiesen concurrido a la asamblea forzadas por los varones:

Dícese que ha merecido muy serias críticas de esa Dirección, el hecho de concurrir niñas alumnas con jóvenes compañeros, a una asamblea. Esto lo comprendo menos, cuando tanto se pregona la bondadosa influencia de la coeducación de los sexos, en la que creo con toda la sinceridad (…) Yo sé de padres muy exigentes, muy severos que han autorizado la concurrencia de sus hijas y están muy contentos a posteriori, porque nada objetable se produjo en la asamblea (Nota, 25/6/18, AHEN).

En respuesta, Victoria aclaraba que le parecía bien el apoyo que le daban los alumnos de la Normal a los estudiantes de Córdoba, pero no podía admitir que hicieran una huelga, dado que consideraba que “el alumno maestro” era, por definición, un “funcionario, responsable moral de su vida ante sus niños” así como no creía que fuera “lícita la huelga en el magisterio de la provincia o en la administración de justicia” (El Diario, 28/6/18). En relación con “las niñas” que no se habían plegado a la huelga, relataba que un grupo de estudiantes había ido a la noche a la puerta de sus casas para gritarles “carneras”, y que este mismo sector les había impedido la entrada a la Escuela “por medio de buenos y malos modales”. Tenía en su poder, concluía, una comunicación escrita de ochenta y tantos padres y niñas que justificaron su inasistencia ese día “por las amenazas, groserías y otras lindezas de nuestros hijos intelectuales” (El Diario, 28/6/18).

Esta respuesta provocó la inmediata contestación de Sagarna. En un segundo escrito, el ministro de gobierno aclaraba que no creía que la huelga fuese un “procedimiento normal en las manifestaciones estudiantiles, ni el mejor que pudiera emplearse”, pero pensaba que esa táctica no merecía una “muy áspera reprimenda” o “una descalificación tan categórica” de su parte. Como ministro, había dado instrucciones desde el gobierno, para que la primera falta se perdonara “por sí misma o por la calidad del sujeto infractor”. Advertía que, a diferencia de Córdoba, la huelga en la Normal de Paraná no era “anticlerical” (Nota, 25/6/18, AHEN).

Al mes siguiente, la situación en la Normal parecía volver a ordenarse (Motura y Vartorelli, 2018) y según relatarían los estudiantes, un año más tarde, el director Victoria “reconoció que nuestro acto de adhesión hacia el gran movimiento cordobés, era necesario”. De todas formas, luego de más de diez años de gestión, Victoria debió informar al ministro de instrucción pública que durante el ciclo lectivo de 1918 no hubo “una labor continua y segura como la de los períodos anteriores” debido a las huelgas generales de estudiantes que se habían dado en todo el país, el mal estado del edificio en reparación, las epidemias que motivaron la clausura de la Escuela, todas cuestiones que derivaron en programas inconclusos y promociones circunstanciales de alumnos”.[10]

El rechazo de parte de Victoria a las manifestaciones públicas de estudiantes y docentes, se daba en un contexto más general donde la situación salarial de los maestros en todo el país era muy inestable y las expresiones de protesta se incrementaban, así como las organizaciones que los reunían. En la ciudad de Paraná, ese año se había creado la Asociación de Maestros, pocos días después se formó la Federación del Magisterio de Entre Ríos y los maestros de la provincia consiguieron que se sancionara una ley de estabilidad y escalafón (El Diario, 18/8/18).[11] En la provincia de Mendoza, por ejemplo, se había organizado la primera gran huelga de maestros del país, en abril de 1919, para reclamar por los sueldos atrasados (Del Mazo, 1941; Jorba, 2013; Latorre Carabelli, 2019). Uno de los impulsores del movimiento reformista estudiantil, Gabriel del Mazo (1941), expresó que esta huelga contó con el apoyo de la Federación Universitaria Argentina y fue “uno de los acontecimientos más importantes del año 1919”. Destacó que fue protagonizada por una mayoría de mujeres y un “reducidísimo número de maestros” que las acompañaron. Esta realidad contrastaba con la manera en que el director Victoria y otros normalistas, se referían a las alumnas del magisterio, diciéndoles “niñas” y negándoles de esa forma, su condición de futuras profesionales. La presencia de las maestras en el espacio público también era criticaba por sus colegas varones. Tal como explica el historiador Adrián Ascolani:

La táctica de la huelga era habitualmente mal vista por la condición obrera de quienes la desarrollaban, pero cuando esta acción era realizada por mujeres, pesaba además la consideración de que se trataba de algo impropio de su sexo (…) En suma, las maestras, por su condición de género, afrontaban una triple determinación: la condición misional del magisterio, la moral de las conductas femeninas naturalizadas y la subordinación al sistema patriarcal que regía la sociedad en todos los niveles de la vida pública y, sobre todo, del poder político y la huelga transgredía este marco, aun cuando sus motivos fueran válidos e involucraran también a los docentes varones (2011: 28).

En este marco general de protestas estudiantiles y docentes, en septiembre de 1919 se sucedieron dos huelgas más en la Normal de Paraná. La primera se inició en adhesión a la protesta de los estudiantes secundarios del Colegio Nacional de Chivilcoy que se extendió durante el mes de septiembre (González, 1922). Se trató de “una abstención de 24 horas en señal de solidaridad” y la respuesta del director Victoria fue expulsar y suspender a los participantes, lo que provocó un “nuevo levantamiento, ahora sí, contra la autoridad primera de la Escuela” (Nota, 31/5/20, AHEN).

En el informe que debió presentar el director, explicaba que durante todo el año 1919, las condiciones de trabajo en la Normal habían sido muy desalentadoras debido a las huelgas estudiantiles que “creaban odios y rivalidades entre alumnos” y eran “una escuela de conspiración permanente contra todo orden legal”. Reiteraba que consideraba inadmisible aquella “rebelión de funcionarios maestros”, a quienes el Estado suministraba gratuitamente todos los medios para “prepararse en el tecnicismo docente y servir al país”. El alumno maestro lo era “ya desde la Escuela de Aplicación” y las Escuelas Normales de la nación, sostenía, eran “instituciones de carácter profesional”, cuya finalidad política era “la constitución de la nacionalidad”. Se preguntaba “qué concepto honrado de cualquier moral”, se podría transmitir a un niño que presenciaba una huelga organizada por futuros profesionales subvencionados y beneficiados por el Estado. Había, pues, “una incompatibilidad de fondo entre la función docente y la actitud de protesta”. Por lo tanto, concluía, “todo elemento extraño” debía “ser radicalmente eliminado”. Con ese criterio, comunicaba que la dirección de la Escuela había tratado “con toda la enérgica decisión” los dos casos de huelga producidos y que habían sido resueltos sin intervención ministerial, “con el solo instrumento de la reglamentación vigente y de los medios que la prudencia aconsejaba en cada caso”. Así, afirmaba, durante la segunda semana de septiembre de 1919 había quedado resuelto el conflicto (Memoria, 1919, AHEN).

En otra sección de su informe, el director Victoria mencionaba que las malas condiciones del edificio de la Escuela y la falta de materiales y mobiliario, habían hecho imposible llevar a cabo una “clase práctica moderna” y el espacio de la práctica pedagógica, que era la disciplina más importante, se efectuaba de manera muy deficiente.

Poco después de finalizadas las huelgas en la Normal, el 17 de octubre de 1919, el Congreso de la Nación sancionó la ley 10861 de creación de Universidad Nacional del Litoral. La normativa establecía que estaría formada por siete Facultades, una de las cuales era la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales, con asiento en Paraná. En 1919, Victoria manifestó su acuerdo, señalando nuevamente que los directores Torres, Carbó y Ferrary habían demostrado la “conveniencia de elevar el rango de esta casa a Escuela Normal Superior o Facultad de Educación” (Memoria, 1919, AHEN).


  1. Cuando era profesor de Historia Natural, Pedro Scalabrini, realizó varias excursiones con los alumnos para reunir objetos de mineralogía, botánica, zoología, paleontología, geología y etnografía. Sobre este Museo, ver, entre otros, García (2007) y Velázquez (2021). Las ideas de formar colecciones y de organizar excursiones, eran bastante comunes en las demás Normales y tanto profesores como alumnos llegaron a realizar importantes hallazgos en paseos y excavaciones.
  2. Los conservadores -opositores a los radicales del gobierno- mantuvieron la mayoría en las Cámaras hasta 1917 (López, 2006).
  3. Sobre esta conflictiva relación entre el gobernador Lurencena y el obispo Abel Bazán Bustos, ver también Carli (1995 y 2003), López (2006) y Motura y Vartorelli (2018 y 2019).
  4. Sobre el conflicto diría Reula cincuenta años más tarde “En Entre Ríos… esa disputa tuvo excepcional resonancia, que por de pronto, se manifiesta con la entusiasta adhesión a Lugones, de la docencia y el estudiantado y de asociaciones culturales y liberales de Paraná, que además concurren integrando una numerosísima delegación del Centro Liberal”, con su presidente, Pedro E. Martínez como orador, al mitin que en Santa Fe se realizó el 6 de junio de 1915, en adhesión al proyecto de ley del diputado Ferraroti, de implantación de la enseñanza laica en esa provincia (Reula, 1971, p. 240).
  5. Los estudiantes fueron recibidos en Santa Fe por el decano de la Facultad de Derecho y el presidente de la Federación de estudiantes, Gruning Rosas, además de los ministros Mosca y Amavet, y el director general de escuelas Francioni, (El Diario, 15/6/15; El Diario, 18/6/15). Visitaron la Casa de Gobierno, el Museo Escolar y la Escuela de Farmacia.
  6. Nótese que Zubiaur calificaba de “impulsivo” a un violador que cometió un delito contra una alumna, probablemente, menor de edad. Esta frase expresaba las ideas de género de la época y el consenso que existía sobre la subordinación de la mujer.
  7. Filiberto Reula sostiene que los estudiantes del Colegio Nacional adhirieron a la huelga de los estudiantes de la Escuela Normal (1971). Sin embargo, las notas de El Diario y tal como lo señalan Motura y Vartorelli (2018), parecen indicar que fueron los estudiantes de la Escuela Normal los que adhirieron a la huelga de los estudiantes del Colegio Nacional.
  8. De acuerdo a Reula (1971), en 1915 existía un Centro de Estudiantes en la Escuela Normal que fue miembro fundador de la Federación de Estudiantes. Y estos alumnos mencionados, habrían participado como integrantes del Centro, en las huelgas de 1918. Creemos que esta versión no es del todo correcta, ya que tenemos documentación que acredita que el primer Centro de Estudiantes se fundó en 1920, como mostraremos más adelante.
  9. Sobre la huelga ver también Motura y Vartorelli (2019).
  10. De todas formas a lo largo del año podía destacar el desarrollo de dos iniciativas: la extensión normalista y la organización de sociedades corales con alumnos de todos los grados y cursos y hasta con elementos extraños a la escuela (Nota, 1/3/19, AHEN).
  11. La comisión directiva de la Asociación de Maestros quedó constituida mayoritariamente por egresados de Paraná: presidente Sixto de los Santos, vicepresidente, Ana López y López (1886), secretaria Dolores Courreges (1905), prosecretaria Rita Carnaghi (1914), tesorera, Mercedes Alzúa, protesorera Vicenta Salas, vocales: Carlos I. Bravo, Albertina Pons de Faucheaux (1890), Filomena Guzmán (1904) y Roberto Escobar (1909). Los elegidos como delegados a la Federación fueron Sixto de los Santos y Lucio Macedo, egresado de Paraná y director de la Escuela Alberdi. Al año siguiente se constituiría en Santa Fe la Federación Provincial de Maestros. Según señala Ascolani el gremialismo docente “no nació como consecuencia del importante movimiento obrero nacional, sino de las relaciones que el movimiento normalista gestaba en las instituciones de formación del magisterio” (2011a, p. 299).


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