Otras publicaciones:

9789877230581-tapa

9789871867639_frontcover

Otras publicaciones:

9789877230284-frontcover

12-4430t

Capítulo 1. Los inicios de la Escuela Normal (1871-1889)

En este capítulo analizaremos los comienzos de la Escuela Normal, siguiendo las gestiones de los primeros directores, George Stearns (1871-1876), José María Torres (1876-1885) y Gustavo Ferrary (1885-1889). A lo largo de tres apartados, resumiremos, en el primero, el contenido de la normativa que se fue aprobando en los inicios de la Escuela; luego hablaremos sobre las primeras alumnas mujeres, las maestras norteamericanas y la creación del Jardín de Infantes; y al final, de la fundación del Profesorado de Jardín y la introducción de las materias “femeninas” al currículum.

Acerca de este período, contamos con un variado y rico conjunto de estudios que han visto las actuaciones de estos primeros directores (Figueroa, 1934; Chavarría, 1947; Montoya, 1963; Kummer, 2006; Pérez Campos, 2016); la gestión del director norteamericano y de las maestras estadounidenses que estuvieron en Paraná (Luiggi, 1959); y la figura de Torres en particular (Mercante, 1961; Bosch, 1955; Montoya, 1957 y 1962; Carli, 1995; Kummer, 2011).

En referencia al contexto más general en el que se inscribieron estos sucesos, mencionaremos que, en 1853, el gobierno de la Confederación Argentina aprobó la Constitución Nacional donde se le otorgó autonomía a las 14 provincias para que sancionaran sus propias leyes de educación y la mayoría de ellas estableció la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. A partir de 1863, comenzaron a fundarse los Colegios Nacionales, que eran para varones, quienes una vez egresados quedaban habilitados para continuar sus estudios en la Universidad. En 1870, los Colegios eran alrededor de 12 y estaban ubicados en las capitales de provincias.

Por su parte, después de varios intentos frustrados de los gobernadores de crear Escuelas Normales, el presidente Sarmiento impulsó la fundación de estos establecimientos con el propósito de avanzar en la formación de docentes. El gobierno argentino contrató algunos maestros y a una mayoría de maestras de Estados Unidos, que eran casi todas de religión protestante, para emplearlas en las Escuelas de mujeres principalmente y aplicó planes de estudio siguiendo el modelo nortamericano, que no contemplaban enseñanza religiosa. Esto ocasionó conflictos con ciertos sacerdotes y una parte de las comunidades locales. Para morigerarlos, los ministros autorizaron a algunos directores que lo solicitaron, a impartir Religión en las Normales durante un tiempo.

Hacia 1880 la ciudad de Buenos Aires se transformó en la capital de la República y con la presidencia de Julio A. Roca, la escena política se vio dominada por el Partido Autonomista Nacional. Comenzó un período caracterizado por los intentos de consolidar la unidad entre las provincias y los Territorios Nacionales, la llegada de inmigrantes de ultramar y la inserción de Argentina en el mercando mundial como exportadora de materias primas. En este marco, la educación pública se impuso como cuestión de Estado (Puiggrós, 1992; Lionetti, 2007). En 1881 se creó el Consejo Nacional de Educación para administrar la enseñanza primaria a nivel nacional, y su primer responsable, después de dejar la presidencia, fue el propio Sarmiento. En 1884 se aprobó la ley de educación 1420, que instauró la educación primaria gratuita y obligatoria y estableció la posibilidad de que se diese enseñanza religiosa fuera del horario escolar (art. 8). Esta norma debía aplicarse en la Capital Federal y los Territorios Nacionales y, luego de sancionada la “ley Láinez”, en las escuelas primarias nacionales ubicadas en las provincias. Después de 1884, los gobernadores comenzaron a aprobar nuevas leyes de educación que, en algunos casos, conservaron la enseñanza religiosa, en otros se mantuvieron neutrales y en una minoría de provincias, como Entre Ríos, se dispuso que la educación sería laica (Rodríguez, 2018a). En este nuevo escenario, algunos obispos se opusieron a la ley 1420 y se dedicaron a difamar a las Normales y a las directoras norteamericanas. Fue particularmente grave el enfrentamiento entre el ministro y el Vicario Capitular de Córdoba, que derivó en la ruptura de relaciones con el Vaticano.

Ahora bien, en diálogo permanente con estos estudios, en este capítulo pretendemos desarrollar tres hipótesis. En relación con los perfiles de los directores, veremos que fueron algo diferentes entre sí: uno era norteamericano de religión protestante, lo que hizo que la comunidad local le tuviese cierta desconfianza; el segundo era un español que incorporó la Religión al plan de estudios; y el tercero fue el primer argentino egresado de la Normal en ocupar la dirección, quien debió eliminar aquella asignatura y hacer otros ajustes a los planes. En segundo término, veremos que el Curso Normal se diseñó para varones y a partir de 1877 se hizo mixto, resultando una medida muy relevante para la historia de la coeducación en Argentina.[1] En tercer lugar, plantearemos cómo, al interior de la Escuela, los funcionarios consideraban necesario respetar una imaginaria división sexual del trabajo, donde ellas se ocuparan de los niños más pequeños; y ellos, de los más grandes, del nivel medio y de la dirección.

Los comienzos (1871-1876): un Curso Normal para varones

En octubre de 1869, el presidente Domingo F. Sarmiento logró que el Congreso sancionara una ley de autorización al Poder Ejecutivo para verificar los gastos de creación de dos Escuelas Normales, una en Paraná y otra en Tucumán. Finalmente, el decreto del 13 de junio de 1870 dispuso la creación en la ciudad de Paraná de una Normal integrada por un Curso Normal (nivel medio) para varones y una Escuela de Aplicación (nivel primario) para ambos sexos. Si bien estaba previsto que la Normal abriese sus puertas ese año, esto no fue posible debido a la convulsionada situación política que atravesó la provincia causada por el asesinato de Justo J. de Urquiza y la sublevación de Ricardo López Jordán. Una vez controlada la revuelta, la Escuela pudo inaugurarse el 16 de agosto de 1871.

Acerca del Curso Normal, en el artículo cuarto del decreto de fundación, se establecía que los aspirantes debían tener más de 16 años de edad, buena salud, intachable moralidad y una instrucción mínima. Para acreditar estos conocimientos, debían rendir ante el director y los profesores, un examen de lectura, escritura, ortografía, aritmética y geografía. Con el tiempo, los estudiantes que provenían del sexto grado de la Escuela de Aplicación o de otros establecimientos nacionales, ingresaban sin previo examen, pero el resto que venía de las escuelas comunes -muchas de ellas sin quinto ni sexto grado- debían rendirlo. Dicho examen no era eliminatorio y si los aspirantes reprobaban, eran ubicados en el grado que correspondiese de la Escuela de Aplicación. Además, debían presentar la autorización del padre, tutor o encargado, certificado de buena conducta expedido por el cura o juez de paz y certificado de buena salud otorgado por un médico de Paraná.

En el artículo sexto del decreto se obligaba a los alumnos sostenidos por el tesoro nacional (becados) a dedicarse por seis años -luego se acortó a tres- a la enseñanza pública al terminar sus estudios y si no lo hacían, debían devolver al tesoro nacional el importe. Los egresados obtenían un diploma de profesor -aunque existía la posibilidad de titularse como maestro- que los habilitaba para ejercer como directores de las Normales, profesores del nivel medio, maestros, en la inspección y en la superintendencia de las escuelas.

El ocho de octubre se promulgó una ley que disponía que fuesen costeados por el tesoro nacional, 70 jóvenes que quisieran estudiar en esta Normal, recibiendo cada uno de ellos libros, útiles (papel, cuadernos, cajas de pluma, lápices Faber, gomas de borrar, escuadra, regla y compás, tinta) y una subvención mensual. Como se había dispuesto que no habría internado, con la beca los estudiantes debían solventar los gastos de alquiler, comida y vestimenta. Se invitó a los gobernadores de las provincias a que enviaran a Paraná un número de alumnos proporcional a la representación que cada una de ellas tenía en la Cámara de Diputados. Para obtener las becas de 20 pesos cada una, el gobierno nacional les pedía a las autoridades provinciales que seleccionaran a los aspirantes de entre los alumnos varones de los Colegios Nacionales. El alumno becado era considerado por las autoridades un funcionario de Estado y como tal, debía exhibir un “buen comportamiento”, esto era, ser estudioso, no involucrarse en política ni organizar protestas y llevar siempre una vida privada decorosa. Los más necesitados no tenían otra opción que disciplinarse, ante la amenaza de perder la beca.

Se nombró director al norteamericano George Stearns quien había llegado expresamente contratado por el gobierno argentino en 1870, junto con su esposa, la maestra Julia A. Hope de Stearns y sus dos hijos pequeños. El sueldo que se aprobó en el Congreso, de 2400 pesos anuales, era más bajo de lo esperado, mientras que a Julia le asignaron 1000 pesos anuales para hacerse cargo de la Escuela de Aplicación (Luiggi, 1959).

Como ya mencionamos, ambos planes de estudio, el del Curso Normal (cuatro años) y de la Escuela de Aplicación (seis grados), siguieron los de Estados Unidos, al tiempo que se mandaron comprar a ese país los libros de texto, todo tipo de mobiliario y materiales de enseñanza traducidos al español. Ninguno de los dos planes tenía Religión ni las materias “femeninas” de Economía Doméstica y Labores:

Primer año: Aritmética- Gramática- Geografía y dibujo de mapas. Lectura. Caligrafía. Ejercicios de composición. Instrucción moral. Canto. Ejercicios gimnásticos. Observación de la enseñanza en la escuela de aplicación- Práctica de la enseñanza en la escuela de aplicación. Segundo año: Algebra- Historia- Lectura y escritura- Fisiología- Teneduría de libros- Lectura y escritura- Ejercicios de composición y declamación- Canto- Dibujo- Ejercicios gimnásticos- Práctica en la enseñanza en la escuela de aplicación. Tercer año: Geometría- Física- Principios de crítica literaria- Inglés- Constitución de la República Argentina y principios de gobierno- Revista de la Aritmética- Geografía- Historia- Trigonometría y Agrimensura- Lectura- Discursos- Teoría de la enseñanza-Ejercicios gimnásticos- Canto- Dibujo- Ejercicios de composición y declamación- Práctica de la enseñanza en la escuela de aplicación. Cuarto año: Química- Filosofía moral- Psicología- Astronomía- Revista de los estudios de las escuelas comunes- Lógica- Francés- Inglés- Agrimensura- Teoría de la enseñanza-Discursos-Crítica literaria- Canto- Dibujo- Ejercicios gimnásticos- Práctica de la enseñanza en la escuela de aplicación (Memoria, 1871).

Del mismo modo, la Escuela de Aplicación de Paraná, fue la primera institución nacional de su tipo: destinada a niños de ambos sexos ingresando a los seis años, se dispuso que la enseñanza fuese graduada -aún no era obligatoria- según el modelo norteamericano: ­­

Primer grado. Lectura: carteles y pizarras murales, alfabeto. Ejercicios de numeración y de cálculo mental. Dibujo. Moral y urbanidad. Inglés. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral (Ciencias Naturales). Segundo grado: Lectura, ejercicios ortográficos. Ejercicios de numeración y numeración romana. Caligrafía. Dibujo geométrico. Representaciones geográficas. Moral y urbanidad. Inglés. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral (Ciencias Naturales). Tercer grado: Lectura, ejercicios ortográficos. Ejercicios de numeración y numeración romana. Caligrafía. Dibujo geométrico. Representaciones geográficas. Moral y urbanidad. Inglés. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral (Ciencias Naturales). Cuarto grado: Lectura. Ejercicios de cálculo aritmético, tablas de pesas y medidas. Geografía. Escritura. Ejercicios ortográficos. Dibujo. Moral y urbanidad. Inglés. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral (Ciencias Naturales). Quinto grado: Lectura. Aritmética. Geografía. Escritura. Dibujo. Francés. Inglés. Moral y urbanidad. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral. Historia argentina y general. Sexto grado. Lectura. Escritura. Ejercicios de composición. Gramática. Ortografía. Geografía. Ejercicios de aritmética. Dibujo. Francés. Inglés. Moral y urbanidad. Canto. Ejercicios físicos. Enseñanza oral: deberes y derechos del ciudadano de la República. Historia argentina (Memoria, 1871).

La Normal inició sus clases en agosto de 1871 con 22 alumnos en la primaria y 8 en el Curso Normal (Figueroa, 1934). La presencia de un director extranjero de confesión protestante y al frente de un establecimiento donde no se impartía Religión, hizo que la población, mayoritariamente católica, se mantuviera inicialmente reacia a la nueva Escuela (Bosch, 1955). A principios de 1872 murió la esposa de Stearns, lo que provocó un conflicto en la ciudad, dado que las autoridades católicas no dieron autorización para que se la enterrara en el cementerio local debido a su religión, por lo que debió ser ubicada fuera del recinto. Un tiempo después falleció uno de sus hijos, que tuvo también que ser enterrado afuera del cementerio (Luiggi, 1959).

La primaria, decía Stearns había tenido muy pocos alumnos respecto al año anterior, debido, según su interpretación, a la falta de costumbre de la población local de enviar a sus hijos a establecimientos de gran tamaño, y porque se había abierto una escuela provincial, y los padres la prefirieron antes que la Normal. Aunque no lo mencionaba, era probable que los representantes de la Iglesia Católica hayan arengado a los padres para que no enviaran a sus niños a la Normal. Al parecer, redactores de los periódicos locales se quejaron porque no existía la materia Religión en el plan de estudios y Stearns debió nombrar un sacerdote para que la diese fuera del horario escolar (Bosch, 1993; Kummer, 2010).

En abril de 1873, la Normal debió cerrar alrededor de dos meses por una nueva invasión a la provincia de López Jordán, situación que obligó a los alumnos a defender como soldados al gobierno. Ese año, el director logró que se contratara a otro norteamericano, George L. Roberts que ofició de vicedirector y profesor de gimnasia.

Para esa época, la matrícula había subido bastante: era de 141 alumnos, repartidos entre el Curso Normal (51) y la Escuela de Aplicación (90) (Cuadro 2). Había una escuela nocturna con 70 adultos, que era atendida por los alumnos maestros, pero al poco tiempo fue cerrada. Los estudiantes becados del Curso Normal eran oriundos de: Catamarca (13), Entre Ríos (6), Santiago del Estero (4), Buenos Aires (3), Córdoba (3), Salta (3), San Juan (3), Mendoza (3), Tucumán (3), San Luis (2), Jujuy (2), La Rioja (2), y cuatro alumnos recibían becas directamente del gobierno nacional (Memoria, 1874). Las becas que sobraban, del total de 70, se repartían entre los alumnos de la Escuela de Aplicación. Estos jóvenes provenientes de otras provincias se alojaban en Paraná en casas de pensión, que había pocas, o alquilaban casas particulares, cuando las había disponibles, y algunos de ellos eran muy pobres o huérfanos (Figueroa, 1934).

Del Curso Normal, Stearns destacaba el desempeño de los profesores Enrique Aymerich -que dejó el puesto al año siguiente-, y de los italianos Pedro Scalabrini y Antonio Lauría. Scalabrini dio varias materias en distintos momentos, tales como Lengua castellana, Gramática, Literatura, Ejercicios de composición y declamación, Sociología, Historia, Filosofía, Instrucción Cívica e Historia Natural. Existe un consenso generalizado que fue quien introdujo las teorías positivistas de Comte, Spencer y Darwin (Figueroa, 1934; Chavarría, 1947; Montoya, 1957). En estos años, era común que los profesores diesen numerosas asignaturas, por ejemplo, Lauría impartió en el Curso Normal: Ejercicios de cálculo mental y escrito, Teneduría de libros, Física, Química, Trigonometría, Agrimensura y Cosmografía; y un egresado de Paraná, Tomás Milicua, fue profesor de: Lectura, Escritura, Filosofía, Botánica, Zoología, Psicología, Mineralogía, Idioma Nacional, Pedagogía, Declamación y Geografía.

Estos primeros docentes se vieron sobrecargados de tareas porque había pocos egresados todavía, y económicamente, les convenía acumular varias materias para poder obtener un sueldo aceptable. La otra razón era que se preferían varones en el Curso Normal y por ello, las maestras norteamericanas que iban llegando, nunca dieron clases en el nivel medio.

A fines de 1873, Stearns se tomó una licencia y dejó la Escuela a cargo de Roberts. Aprovechando que viajaba a Europa, el gobierno argentino le solicitó que comprara equipos para los Gabinetes de Física y Química, muchos de los cuales llegaron rotos a Paraná (Luiggi, 1959). Al otro año arribaron a la ciudad el hermano de George, William Stearns -contratado para dirigir la Normal de Tucumán- y las maestras Abigail N. Ward, Susan E. Wade y Anna A. Rice.

De vuelta a su cargo, Stearns informaba que la matrícula había crecido exponencialmente en la primaria: se contabilizaban 156 niños en la Escuela de Aplicación y 73 alumnos en el Curso Normal (Memoria, 1876). Lo cierto era que en la primaria el número de alumnos no dejó de crecer año a año en los primeros grados sobre todo, y al poco tiempo, hubo aspirantes que no pudieron ingresar por falta de aulas y maestros. Durante ese ciclo lectivo, la Escuela de Aplicación funcionó con las norteamericanas Rice (primer y segundo grado), Wade (tercer y cuarto grado) y Abigail Ward (quinto y sexto grado), que también era la regente. Esta última permaneció solo ese año y fue reemplazada por Wade en la regencia. En esa época, el director Stearns solicitó al ministro que en el Curso Normal se admitiesen mujeres, para que fuesen a trabajar a las escuelas primarias principalmente.

En 1875, siendo presidente Avellaneda y ministro Onésimo Leguizamón, se aprobó una ley para fundar y sostener catorce Escuelas Normales para Maestras en cada una de las capitales de provincia, que tenían un plan más corto que la Normal de Paraná, de tres años -solo para titular maestras, no profesoras- y disponía menos cantidad de becas y a menor monto para ellas: diez becas de 12 pesos para cada Escuela. En caso de ser necesario, se contemplaba la posibilidad de contratar en el exterior a maestras para estas Normales (Memoria, 1877). En cumplimiento de esta ley, en Paraná se nacionalizó una escuela provincial y se abrió como Normal de mujeres. Comenzó a funcionar en marzo de 1876 con 40 alumnas maestras y 70 niños de ambos sexos en la Escuela de Aplicación (Memoria, 1877). En octubre de 1876, por otro decreto, se ordenó traer desde Estados Unidos a parte del personal docente y del mobiliario para estas catorce Normales, se estableció que las maestras debían ser enviadas a la Normal que dirigía Stearns para aprender el idioma y aclimatarse, y se pidió especialmente, traer a Frances E. Allyn (recomendada por Wade). Cada una sería contratada por tres años con un sueldo anual de 1200 pesos. En este marco, se decidió cerrar la Normal femenina de Paraná y hacer mixto el Curso Normal a partir de 1877.[2]

Hemos indicado que el director Stearns, a causa de su religión recibió muchas muestras de hostilidad de parte de las autoridades católicas y de un sector de la población, siendo el episodio de la muerte de su esposa y su hijo, solo uno de ellos (Figueroa, 1934; Luiggi, 1959; Carli, 1995). Se mantuvo gracias al apoyo decidido de Sarmiento, pero cuando su presidencia terminó en 1874, la posición de Stearns se vio debilitada (Figueroa, 1934). Además, el director consideraba que su sueldo era muy bajo para un varón norteamericano con su formación (Luiggi, 1959). En 1876, al haber cumplido los dos períodos del contrato de tres años, se volvió a Estados Unidos, junto con otros norteamericanos.

La llegada de más maestras norteamericanas, las primeras alumnas mujeres y la creación del Jardín de Infantes

En octubre de 1876 asumió la dirección el español José María Torres, quien era egresado de la Normal de Madrid, había ejercido 21 años en España y debió exiliarse por motivos políticos, llegando a Buenos Aires en 1864 (Figueroa, 1934; Montoya, 1957 y 1962). Había sido nombrado por el presidente Mitre inspector de Colegios Nacionales y vice rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyo rector era el francés recibido de la Escuela Normal de París, Amadeo Jacques -ambos mencionados en la clásica novela Juvenillia de Miguel Cané-. Desde ese cargo, apoyó la creación de la Normal en Paraná (Figueroa, 1934; Montoya, 1957 y 1962).

A poco de comenzar, el director Torres debió tomar medidas para regular las conductas “inmorales” de los alumnos maestros becados: les prohibió que asistieran al café, a las confiterías y al billar fuera del horario escolar, tampoco les permitió fumar dentro de la Escuela y fue muy estricto con la disciplina y la puntualidad (Figueroa, 1934). Torres solicitó permiso y se lo dieron, para brindar enseñanza religiosa dentro del horario escolar en la Escuela de Aplicación, siendo impartida por el sacerdote Domingo Rosales.

Distintos analistas han interpretado que Torres no comulgaba del todo con el modelo norteamericano que había instaurado el primer director Stearns (Carli, 1995; Kummer, 2010). Como veremos, Torres le imprimó a su gestión cuestiones novedosas y, al mismo tiempo, defendió el espíritu sarmientino de la Escuela Normal, promoviendo decididamente la llegada a Paraná, de las maestras estadounidenses (Bosch, 1955).

A partir de la disposición del año 1876, la Normal de Paraná se transformó en la Escuela que más norteamericanos recibió. De los 65 maestros estadounidenses que llegaron a la Argentina entre 1869 y 1898, según Alice Houston Luiggi (1959), 26 estuvieron en Paraná cobrando un salario mientras aprendían o perfeccionaban el idioma castellano. Algunas permanecieron unos meses hasta que fueron trasladadas a otras Escuelas y otras fueron empleadas en la Escuela de Aplicación paranaense. Como vimos, Stearns llegó con su esposa, su hermano William permaneció un tiempo corto antes de ir a Tucumán, y con Roberts viajaron las maestras Ward, Wade y Rice. Después del último decreto, estuvieron en Paraná: Frances Allyn, (1877), Mary E. Conway (1877), Clara J. Armstrong (1877), Elizabeth B. Coolidge (1877), Clara Allyn (1878), Mary O. Graham (1879), Katherine Grant (1879), Sara C. Eccleston (1883), Emily Eccleston (1883), Annette Haven (1883), Jennie E. Howard (1883), Edith Howe (1883), Myra Kimball (1883), Mary J. Youmans (1883), Alcinda Morrow (1883), Sara Strong (1883), Bernice Avery (1883), Antoinette Choate (1883), Annette Doolittle (1888), y Lucy Doolittle (1888) (Luiggi, 1959).[3] Sobre este listado, podrá apreciarse que en 1883 llegó al país el contingente más grande de maestras, contratadas por el presidente Julio A. Roca. En un acto público, un alto funcionario expresó, exagerando un poco, que la Normal de Paraná: “fue una Escuela de Boston trasplantada en las soledades de América del Sud”, ya que “fue norteamericana por sus directores, por sus regentes, por su mobiliario y útiles, por la traducción de sus libros ingleses, por su táctica escolar militarizada y uniforme, por sus procedimientos y doctrinas” (El Monitor, 1915, p. 14).

Existe un consenso en que la obra que realizaron estas docentes en las distintas Normales adonde les tocó actuar, fue de excelencia y un ejemplo a seguir para las argentinas. Sin dejar de reconocer el positivo aporte que hicieron al normalismo, Sara Figueroa recordaba que la disciplina que implementaron las norteamericanas fue “rígida y fría, y a veces este exceso” generaba “temor en los niños”. Además, la vestimenta de las maestras resultaba extraña a la época, ya que usaban “faldas cortas y cabellos lacios recortados a la altura de los hombros” (Figueroa, 1934, p. 154). Hay que añadir que algunas de ellas, nunca llegaron a dominar el idioma.

En el año 1877 ingresaron las primeras estudiantes al Curso Normal: Ana Lelong, Catalina Mérou y Octavia Wodrich y al año siguiente, las hermanas Carmen y Saturnina Calderón (Cuadro 2).[4] Este número tan bajo de mujeres, daba cuenta del prejuicio muy extendido que existía entre las familias paranaenses, igual que en otras ciudades, respecto a la convivencia de jóvenes de ambos sexos. Aun así, la medida de hacerla mixta fue muy importante, dado que la Normal de Paraná fue la única ubicada en una capital de provincia que tuvo el Curso Normal mixto. En las demás capitales se fundaron dos Escuelas, una de varones y otra de mujeres. A partir de 1886, los ministros comenzaron a fundar Normales mixtas en las demás ciudades de la Argentina. Por ello, cabe destacar que la Normal de Paraná fue la primera del país, en establecer la coeducación en el nivel medio.

La única mujer -no estadounidense- que daba clases en el nivel medio y la primaria, era la profesora de canto vocal Josefina Farnesi, mientras que Frances Allyn asumía como regente de la Escuela de Aplicación (Memoria, 1877). El resto de los profesores del Curso Normal y la primaria eran: Antonio Lauría, Pedro Scalabrini, el médico Francisco Soler, Arturo Goldney, Mariano Cané y Ludovico Sartori. Junto a ellos, comenzaron a incorporarse los primeros titulados de Paraná: el entrerriano Tomás Milicua, el cordobés Agustín González y el catamarqueño Francisco Romay. En esa Memoria, Torres hacía notar que los profesores de la Normal cobraban menos que los del Colegio Nacional y trabajaban muchas más horas; y que el monto de las becas resultaba insuficiente para solventar todos los gastos.

Estos docentes, junto con algunos alumnos distinguidos, fueron formando distintas asociaciones de estudio, que tuvieron corta vida. La primera fue “Ateneo” y había sido impulsada por el director norteamericano, luego se crearon la Sociedad de Estudios Rivadavia, San Martín y Bartolomé Mitre. Se publicaron también diversas revistas como Ateneo, Asmodeo, Brisas de Paraná y La Revista Sarmiento (Figueroa, 1934).

En 1877 se incorporaron algunas materias nuevas al plan de estudio del Curso Normal: Nociones de Anatomía, Fisiología e Higiene y esta última se sumó al plan de la Escuela de Aplicación. En una nueva normativa se aclaraba que los alumnos de la primaria no podían recibir más becas, como sucedía hasta ese momento, y que los mejores estudiantes de sexto grado tenían derecho a recibir una para ingresar al Curso Normal (Memoria, 1877).

El director mostraba que, entre 1874 y 1877, habían egresado de la “Facultad Normal” o “Normal Superior”, como le decía, 19 varones -sin contar los egresados del año 1877-, que se desempeñaban como: profesores en el curso de magisterio de la Normal de Paraná (3); vicedirector de la Normal de Tucumán; directores de las Normales anexas a los Colegios Nacionales de Jujuy, San Luis y Santiago del Estero; director de la graduada anexa al Colegio Nacional de Catamarca; directores de escuelas graduadas de Victoria, Concordia (2), Catamarca (3), Salta (3); inspector general de Catamarca; y maestro de una escuela municipal de Catamarca (Memoria, 1878).[5]

En 1880 se cambiaron los planes de estudio para todas las Normales y se dispuso que el curso de magisterio durase tres años y el Curso de Profesorado, dos años más. Los profesores normales seguían habilitados para ocupar los cargos más altos de la burocracia nacional (inspector, director, vicedirector, rector, vice rector, y profesor de nivel medio, entre otros). A fines de ese año, Torres afirmaba que se habían graduado alrededor de 71 docentes: 66 profesores normales y 5 maestros (Memoria, 1881).[6] Entre los profesores egresados, se encontraban las primeras dos mujeres, Ana Lelong y Catalina Mérou. Torres explicaba que ya había ocho de los titulados trabajando en la Normal de Paraná y los demás varones estaban empleados como: jefe del Departamento de la provincia de Entre Ríos; inspector en la provincia de Catamarca; directores de las Escuelas Normales de maestros de Mendoza y Catamarca, de maestras de Rosario y de las anexas a los Colegios Nacionales de Jujuy, San Luis y Santiago del Estero; profesores de los Colegios Nacionales de Buenos Aires, Catamarca y Santiago; y profesores de las escuelas graduadas de Concordia, La Paz, Victoria, Colón y Nogoyá (Entre Ríos), de Catamarca, Vilismano y Paclin (Catamarca), de Renca (San Luis) y de Salta.

Las mujeres que se encontraban estudiando eran Victoria y Virginia Lelong, Delfina Monzón, Petrona Díaz, Clodomira Vera, María Sabatté, Dolores Aranzadi, Ana Robles y Luisa Catañeda. En su informe, el director Torres hizo una enfática defensa de la educación mixta, contestando, sin decirlo, a ciertas críticas que se formulaban a la coeducación y a la inexistencia de materias “femeninas” en el plan. Admitía que en casi todas las Escuelas de niñas, los estudios estaban “arreglados, reducidos, acomodados, para seguir aplicando la absurda teoría preconcebida sobre la supuesta inferioridad de la inteligencia y de la esfera social de la mujer”. Mencionaba que estaba muy bien que las mujeres se educaran por ellas mismas, pero que “los mejores estudios para desarrollar la cultura más digna de la juventud femenina”, eran “los preparatorios establecidos para la juventud masculina”. Defendía luego lo positivo que era para los varones la presencia de las jóvenes en las aulas, que con su “dulzura y delicadeza” mejoraban indudablemente la disciplina.[7]

Al año siguiente, la regente de primaria era otra norteamericana, Katherine Grant. La Normal ya tenía 460 alumnos: 101 del curso de magisterio y del profesorado y 359 de la primaria, teniendo que dejar a más de cien niños afuera por la falta de aulas (Memoria, 1882). De todos modos, la matrícula de primaria se concentraba en primer grado (135 niños) y segundo grado (92 niños) y bajaba abruptamente de tercer grado en adelante (35 niños), contando en general, más niños que niñas (Cuadro 2).

El director elogiaba a las autoridades de la provincia de Entre Ríos porque estaban empleando a todos los egresados de Paraná, incluso a los que no eran oriundos de la provincia. Asimismo, el gobierno entrerriano era el único que había dispuesto un fondo para becas, unas 30, a las que se le sumaban las que financiaba el gobierno nacional, que habían bajado a 60. Como en el presupuesto nacional solo estaban contempladas las becas para varones, que se pagaban 30 pesos por mes, el director decidió otorgarle a las seis mujeres que estaban cursando, tres becas divididas en mitades, es decir, recibían 15 pesos mensuales cada una (Memoria, 1881). Además de los prejuicios mencionados hacia la enseñanza mixta, esta situación de inequidad en el número y monto de las becas para mujeres, contribuyó a desalentar su ingreso (Cuadro 2). Con las becas de los entrerrianos sucedía algo similar, si bien dispusieron becas para varones y mujeres, a ellas les pagaron la mitad.

Cuadro 2. Número de alumnos matriculados y egresados en Paraná (1871-1890)

cuadro-cap-1_c

Fuente: elaboración propia en base a Victoria (1910). De 1871 a 1876, los datos fueron extraídos de las Memorias.

Torres había mencionado que era necesario aumentar el monto de las becas para los varones, ya que apenas alcanzaba para pagar el alquiler y la comida, y no contemplaba una mínima cobertura de salud. Desde 1878 existía una asociación llamada Filantrópica Normal, fundada por el médico Francisco Soler, donde los estudiantes de otras provincias pagaban 0,50 centavos para poder recibir atención médica cuando la necesitaran. Con ese capital, hicieron también adelantos de becas cuando estas se atrasaban, lo que era frecuente (Figueroa, 1934).

Durante el ciclo lectivo de 1883, Torres se desempeñó como inspector de Colegios Nacionales y Escuelas Normales, y la Escuela estuvo a cargo del vicedirector egresado de Paraná, Gustavo Ferrary.[8] En diciembre de 1883 se inauguró el nuevo edificio que ensanchó la Escuela. En el acto, el ministro Wilde dijo que la Normal de Paraná era la primera en su género de América del Sud. A esa altura ya había 117 graduados -casi todos varones- y trabajaban como: directores y vicedirectores de las Normales de varones de Catamarca, San Luis, Mendoza; profesores de las Normales de varones de Jujuy, Tucumán, Catamarca, Córdoba, Mendoza, de mujeres de Santiago del Estero, Rosario, Entre Ríos; profesores de los Colegios Nacionales de Buenos Aires, Catamarca, Santiago del Estero y uno era vice rector en Jujuy; directores de escuelas graduadas y elementales de Chubut, Salta, Jujuy, Catamarca, Entre Ríos, Córdoba, Capital y provincia de Buenos Aires; inspectores provinciales y nacionales en Corrientes, Jujuy, Salta, Catamarca, Santiago del Estero, Mendoza, San Luis, La Rioja, Córdoba, Santa Fe y provincia de Buenos Aires; funcionarios del área educativa en Entre Ríos; y maestros de escuela en Salta y Jujuy. Uno de ellos había sido designado ministro de hacienda de la provincia de Tucumán.

En base a este listado, los egresados paranaenses estaban empleados en: Escuelas Normales de varones y mujeres (34), Consejos e inspecciones escolares (16), escuelas graduadas (16), Normal de Paraná (12), escuelas elementales (11), Colegios Nacionales (5), escuelas privadas (3), y uno era ministro. Y se encontraban trabajando en todas las provincias del país, aunque estaban ausentes en casi todos los vastos Territorios Nacionales, a excepción de Chubut (Chaco, Misiones, Formosa, Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego).

Respecto a las egresadas mujeres, las primeras (Ana Lelong, Catalina Mérou y María Sabatté) no estaban trabajando. A medida que el resto se fue recibiendo, Torres las fue empleando en la Escuela de Aplicación: Asteria Lelong, Virginia Lelong, Saturnina Calderón y Clodomira Vera. Las hermanas Lelong pertenecían a una numerosa familia de Paraná y Vera era oriunda de Río Cuarto, Córdoba. Vera al poco tiempo se fue con su hermano Sebastián a trabajar a su ciudad natal.[9] Las demás mujeres que estaban empleadas en la Normal eran Farnesi (música vocal), las norteamericanas Sara Strong, al frente de la regencia de la primaria, y Myra Kimball como regente segunda.

La otra estadounidense que figuraba en Paraná era Sara (Sallie) C. de Eccleston, quien había sido contratada por el gobierno argentino para organizar el primer Kindergarten (Jardín de Infantes) de la Escuela Normal. La terminación de la obra de ensanche del edificio le permitió a Torres organizar esta institución, la cual decía, era muy importante en Europa y Estados Unidos, y había sido fundada por los maestros Pestalozzi y Froëbel. Enseñar a los niños más pequeños, coincidía Torres, era el oficio natural de la mujer, pues ella, por su delicada ternura y profunda simpatía, la viva percepción de las necesidades infantiles, su grato timbre de voz y atractiva palabra, era mucho más apta que el hombre (Memoria, 1885, p. 34).

Orientados por Eccleston, las autoridades argentinas encargaron la compra en Estados Unidos de todo el mobiliario y los útiles de enseñanza para 30 niños. Cuando llegaron a Paraná, se pudo inaugurar el Jardín en agosto de 1884 con 35 niños, de los que concurrieron efectivamente la mitad. De acuerdo a Figueroa (1934), este Jardín “tuvo enseguida una calurosa acogida” y era “frecuentado por los hijos de las más distinguidas familias”. Las exposiciones de fin de año, las fiestas con los juegos y las clases públicas, “fueron éxitos brillantes”.

A diferencia del pasado, el director Torres sostenía buenas relaciones con el religioso local y en 1883, las norteamericanas habían recibido clases de castellano de parte del obispo de Paraná. El ministro de justicia e instrucción pública, Eduardo Wilde, había elogiado su actitud: la autoridad religiosa, decía, había visto “sin recelo dictar clases en los cursos superiores como en los inferiores de la Escuela Normal de aquella ciudad a las primeras maestras norteamericanas venidas al país (…) no ha visto en ello un peligro para los fieles, sin duda porque consideraba que aquellas respetables institutrices” tenían por misión “formar maestras y no creyentes” (Memoria, 1884, p. 121). El ministro contrastaba estos hechos con los conflictos que se sucedían en otras partes del país, donde algunos obispos de la Iglesia Católica, llamaban a los padres a no enviar a sus hijas a la Normal porque estaban dirigidas por maestras de religión protestante.

La fundación del Profesorado de Jardín y la introducción de las materias “femeninas”

En noviembre de 1885, Torres decidió jubilarse, después de 21 años de trabajo en el país y asumió en su reemplazo Gustavo Ferrary, egresado de Paraná. Ferrary era oriundo de Catamarca y había sido inspector de escuelas en esa provincia. Durante esos años, se fundó la asociación llamada La Fraternal, donde los alumnos de la Escuela de Aplicación, del Curso Normal y los maestros y profesores, aportaban una cuota semanal de 0.20 $ y mensualmente, una obligatoria de 0.05 $ para financiarla. La sección de Ayuda Infantil estaba destinada a brindarles libros y útiles a los alumnos más pobres, y a veces, vestidos y medicinas (Figueroa, 1934).

En 1884 había egresado de profesora una sola mujer, Dolores Aranzadi, que se incorporó al Jardín de Infantes como auxiliar. De los 27 profesores, 21 eran varones, siendo todo el nivel medio masculino y las seis mujeres que trabajaban, lo hacían en los primeros y segundos grados de primaria (cuatro) y el Kindergarten (dos). En 1885, en el Jardín, la directora Eccleston informaba que habían tenido 33 niños divididos en tres grupos que funcionaron en una sola aula, porque el edificio no tenía otras disponibles. Había, de 3 a 4 años: 2 niños; de 4 a 5 años: 8 niños y 8 niñas; y de 5 a 6 años: 3 niños y 12 niñas, siendo un total de 13 niños y 20 niñas (Memoria, 1886). El director Ferrary admitía que era notable la diferencia entre los niños del Kindergarten que entraban al primer grado de la primaria y los que ingresaban a ella sin esta preparación previa (Memoria, 1886).

Al año siguiente, Ferrary comunicaba que Eccleston se había trasladado a la Normal de Concepción del Uruguay para ayudar a organizar el Jardín. Por esa razón, había estado la estadounidense Antoinette Choate sustituyendo a Eccleston en la dirección del Jardín, junto con Dolores Aranzadi y la norteamericana Lucy A. Doolittle, quien pasó a ser la directora en 1887 cuando Choate volvió a Rosario. En 1886 se continuó la división de los niños en tres clases, siendo en total 20 niños y 22 niñas. La asistencia, sin embargo, seguía siendo irregular, “ocurriendo que en los días ventosos o lluviosos” asistían “solamente 3 o 4 de los 42 niños” (Memoria, 1887, p. 929). El director explicaba que el local que ocupaba el Jardín se reducía a una sola sala, cuyas dimensiones eran 7 por 8 metros cuadrados. No era posible, por esa razón, darle la extensión y la duración necesaria al sistema Froëbeliano como correspondía. Se necesitaba agregar al local otra sala de iguales dimensiones para poder distribuir a los niños en tres clases, ubicando a la primera, siempre más numerosa, en una de las salas y las otras dos, en la segunda. Además, Ferrary le pidió al ministro que el Jardín se incorporara al Curso Normal. El director logró que se aprobara un plan de estudios de dos años para obtener el título de profesora de Jardín de Infantes. Estaba destinado a las maestras que desearan continuar sus estudios, preferentemente, con becas, aunque estas siempre fueron escasas. El Profesorado casi no tuvo presupuesto para funcionar, por lo que las pocas profesoras que había, daban la mayoría de las materias. Desde el Ministerio, se aprobó un nuevo plan de estudios en 1886 que dejó el curso de magisterio en cuatro años, pero casi no se aplicó. Por eso, el plan del Profesorado (quinto y sexto año) propuesto por Ferrary estuvo vigente entre 1886 y 1887 y en su primera versión, no tenía las asignaturas “femeninas” (Cuadro 3).

Cuadro 3. Plan de estudios del Profesorado de Jardín de Infantes. Paraná. Años 1886 y 1887
AsignaturasQuinto año. Horas semanalesSexto año. Horas semanales
Complemento de la Geometría2
Complemento de la Filosofía2
Aplicación de las nociones de Física2
Revista de la Gramática2
Inglés55
Lectura11
Composición y declamación11
Dibujo22
Música (solfeo y canto)11
Historia de la pedagogía3
Enseñanza del sistema Froëbel55
Observación y práctica de la enseñanza y dirección del Jardín de Infantes1010
Literatura3
Ampliación de nociones de Química2
Ampliación de nociones de Historia Natural2
Revista de Geografía2
Revista de Historia2
Total3636

Fuente: elaboración propia en base a la Memoria (1887).

En diciembre de 1887, desde el Ministerio se volvió a acortar el plan de magisterio a tres años y el profesorado se dejó en dos años más. En ese texto se especificó que el establecimiento pasaba a llamarse Escuela Normal mixta de Profesores de Paraná y que en el país, solo existían tres Escuelas Normales de Profesores: la de Paraná y las dos de la ciudad de Buenos Aires, una de varones y otra de mujeres. En ese curso de magisterio, el plan de las Normales de mujeres tenía cuatro horas menos de Matemáticas y una hora menos de Idioma nacional, porque en ese horario debían cursar Labores de mano, corte y confección y Economía Doméstica (Memoria, 1888). El director de Paraná eliminó Religión del plan, incorporó las materias Economía Doméstica y Labores de mano, y nombró a una profesora para que las dictase, Eufrasia Manso, egresada del Colegio del Huerto, institución privada y católica. Este establecimiento, en la década de 1920, comenzó a formar también maestras de grado (ver capítulo séptimo). En la Normal, debió acondicionarse un salón para Labores con 45 mesas y sillas de costura, 45 bastidores con pie y 45 canastos.

En simultáneo, el director solicitó y se lo permitieron, adecuar el plan del Profesorado de Jardín de Infantes al nuevo del Profesorado y reemplazar algunas materias de cuarto año por Economía Doméstica, Labores y Gimnasia, Enseñanza de los procedimientos especiales para el manejo de clases y dirección de juegos y trabajos en los Jardines de Infantes y Práctica en el Jardín de Infantes. En el quinto año incluyó Economía Doméstica, Labores y Gimnasia, Psicología aplicada a la educación física, moral e intelectual del infante y Práctica en el Jardín de Infantes (Memoria, 1889).

También comenzó a implementarse el nuevo plan en la Escuela de Aplicación. Este tenía para las niñas de primero a cuarto grado, una hora y media menos de Aritmética porque cursaban en ese tiempo Labores. En quinto y sexto grado, varones y mujeres tenían igual carga horaria en Aritmética, pero las niñas llegaban en clara desventaja después de cuatro años de ver menos contenidos. En cuarto grado, los varones tenían dos horas de Instrucción Cívica y las niñas en su lugar veían Economía Doméstica. En quinto y sexto de la primaria se le sacaba media hora a las niñas en tres materias: Historia, Ciencias Naturales y Física y Química, para recibir Labores, corte y confección (Memoria, 1888). En suma, las niñas, al finalizar la primaria de las Normales habían tenido menos Matemática, Ciencias Naturales, Física y Química que los varones. Esta situación de inequidad se eliminó a principios del siglo XX (Rodríguez, 2021).

En relación con estas materias “femeninas” introducidas en la primaria y el nivel medio, resultaba frecuente que los productos elaborados por las alumnas en Labores (bordados en blanco, en seda, tejidos de encaje, red y ñanduty), se donaran luego a la Sociedad de Beneficencia, a las Hermanas de los Pobres o a la misma Escuela, para organizar rifas a beneficio. En Economía Doméstica, la profesora se ocupaba sobre todo de impartir clases de cocina, donde realizaban, desde el tradicional puchero hasta “postres exquisitos” (Figueroa, 1934). En este sentido, la manera en que se daban estas asignaturas, era similar a lo que sucedía en otras escuelas del país. Era común que se seleccionaran los mejores trabajos de Labores para venderlos y así recolectar fondos, y que en Economía Doméstica se diera principalmente cocina (Rodríguez, 2021a).

Ese año estuvo trabajando en la Escuela de Aplicación la regente estadounidense Amy E. Walles y habían sido incorporadas otras egresadas de Paraná a la primaria: Ana L. y López, Ana Robles y Felipa Jaimes. En 1888 egresaron las primeras tres profesoras de Jardín de Infantes: Justa Gómez, Macedonia Amavet y María Errasquín, las dos primeras ingresaron a trabajar al Jardín, junto con Eccleston, que había regresado a Paraná, y Errasquín fue a la primaria. Al año siguiente se recibió de profesora de Jardín Rita Latallada y comenzó a trabajar en el nivel.

Para esa época en la primaria, la matrícula fue de 629 alumnos, concentrada en los tres primeros grados, bajando significativamente en cuarto grado (de 126 niños a 62). De acuerdo al director, esta “notable desproporción” entre los tres primeros grados y los tres últimos se debía a que muchas familias pasaban a sus hijos varones a los colegios particulares que los preparaban para ingresar al Colegio Nacional de Paraná, recientemente abierto bajo el rectorado del médico y profesor de la Normal, Francisco Soler; mientras que otros niños, que pertenecían a familias pobres, eran retirados por sus padres para que se dedicaran a algún oficio. Es decir, desde que se fundó el Colegio Nacional, los padres que tenían aspiraciones de ascender socialmente, preferían que sus hijos siguiesen sus estudios allí antes que en la Normal, porque el título de maestro no los habilitaba para continuar sus estudios en las carreras universitarias más demandadas, como medicina y abogacía. El normalista que quería seguir la Universidad, debía rendir libre algunas materias del Colegio Nacional para recibirse previamente de bachiller.

Esta situación de desgranamiento de la matrícula de la primaria, hacía que existiera una discontinuidad casi total entre los poquísimos alumnos de la primaria que terminaban el sexto grado y pasaban al Curso Normal, y los que ingresaban a primer año de magisterio, que eran en su mayoría estudiantes provenientes de las otras provincias y egresados de las otras primarias de Entre Ríos.


  1. Presentaremos siempre la expresión de Curso Normal y Curso de Profesorado con mayúsculas y curso de magisterio en minúscula, tal como aparecía en los documentos oficiales. Cabe aclarar que el Curso Normal, en la mayoría de las Normales, contemplaba solo el curso de magisterio, pero en la Normal de Paraná, comprendía el magisterio y el Curso de Profesorado.
  2. No disponemos de más registros sobre esta Normal. Existe la posibilidad de que en la Memoria se estén confundiendo con la Normal de mujeres de Concepción del Uruguay, que se nacionalizó en 1876.
  3. De las 61 maestras que estuvieron en la Argentina, hubo algunas que, por distintas razones, no llegaron a emplearse en ninguna Normal. Otras que, mientras estaban dando clases en las Normales decidieron casarse, dejar de trabajar y romper su contrato antes de tiempo, provocando el enojo de Sarmiento. Sin embargo, la mayoría de ellas cumplió la cantidad de años de trabajo y se volvió a Estados Unidos. Una minoría se casó y continuó trabajando en las Normales. Hubo otras que no contrajeron matrimonio, se quedaron un tiempo prolongado en Argentina e invirtieron en emprendimientos privados o fundaron escuelas particulares. Algunas de las que llegaron a Paraná, se alojaron en la pensión de “Misia Socorro Suárez” (Luiggi, 1959), cuya dueña era la inglesa Caroline Haslam de Suárez, hermana de Fanny, viuda del coronel Francisco Borges. Ellos eran los tíos abuelos y abuelos del reconocido escritor Jorge Luis Borges. Luego de unos años de vivir en Paraná, se trasladaron a la ciudad de Buenos Aires.
  4. En 1875, la que fuera la primera médica argentina, Cecilia Grierson, vivía en un pueblo de Entre Ríos y no pudo anotarse en el Curso Normal de Paraná porque no se aceptaban mujeres. Debió trasladarse a Buenos Aires a cursar en la Normal Nº 1 de Profesoras, donde recibió una beca entera y se alojó en el internado de señoritas, recibiéndose de maestra en 1877.
  5. Hubo algunas escuelas primarias anexas a los Colegios Nacionales, pero duraron poco tiempo, porque cuando se fundaba la Normal completa, pasaban a ese establecimiento.
  6. Igual que antes, estos datos que ofrecía el director, no coinciden exactamente con el Cuadro 2, basado en Victoria (1910).
  7. En el manual que escribió en 1890, Varios asuntos de Política Doméstica y Educación, Torres decía exactamente lo contrario: defendía la tesis de la subordinación de la mujer, afirmaba que era menos inteligente que el hombre y desestimaba que fuese tan importante que estudiara, entre otras cuestiones (Rodríguez, 2021b).
  8. El apellido Ferrary aparecía en los documentos con “y” griega y con “i” latina. Optamos por escribirlo de la primera forma.
  9. Las hermanas Lelong eran hijas de León Lelong, relojero de origen francés, casado con Anastacia Thevenet, uruguaya, con la que tuvieron once hijos entre 1851 y 1868: Eugenia, María y Ana que fueron uruguayas, y Clementina, Celestina, Victoria, Dionisia, Virginia, Violeta, Emilia y Julio. Emilia se recibió de maestra en 1886 y dos años después estaba trabajando en la Normal de La Plata. Por su parte, Catalina Mérou también era hija de un originario de Francia, quien luego se casó con Francisco Bonilla. https://familiasparana.blogspot.com/2011/01/i-espontanea-1853-1878-franceses-leon.html


Deja un comentario