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5 Imágenes de la datificación

Entre el capitalismo de plataformas y las plataformas de vigilancia

Hernán Alvarenga de Pedro[1]

Este trabajo analiza qué habría después de la catástrofe, un tópico sumamente transitado por los discursos del entorno tecno-científico y explotado al máximo por la industria del entretenimiento. Se estudian casos sobre cambios en la producción y consumo de la información en el capitalismo de plataformas y la implementación de modelos predictivos que configuran a esta nueva sociedad liberal en Occidente, donde la elección se torna un valor supremo, que oculta la dominación y el control que operan sobre el sujeto, subalternándolo a la tecnología.

I. Imágenes de la datificación

La principal tarea del futuro, de acuerdo a Whitehead, es proyectar las zonas de peligro del presente. Bajo el semblante de la modernidad, la imagen de lo humano es proyecto, nunca realización acabada y final, sino el devenir continuo del ser hacia un estadio ideal siempre inalcanzable. Con el desarrollo de las tecnologías que dan curso a la posmodernidad, esta etapa de superación constante se da por terminada, y su potencia queda objetivada en la promesa de una técnica capaz de optimizar toda actividad de lo real, a cambio de ceder la libertad de acción humana a una inteligencia artificial que brinda su asistencia y soporte en tiempo real (Sadin, 2017).

Asistidas por dispositivos y plataformas que cruzan enormes cantidades de datos y duplican digitalmente la existencia, nuevas formas de mercado y de relaciones sociales transforman el mundo conocido a una velocidad creciente. Las plataformas implementan las formas de gobierno en esta realidad aumentada y la razón algorítmica de las inteligencias artificiales es su instrumento y comando.

Ante la emergencia de este paradigma, la civilización parece dirigirse a una fase liminar de su morfología: finalizada la integración de los medios como las prolongaciones del ser, se encuentra frente a la destrucción de su identidad como la unidad de sentido en un futuro inmediato, tal como vaticinaba McLuhan (1969). Mientras la imagen de lo humano como totalidad, proyecto colectivo de libertad, justicia e igualdad cede ante el impulso diferencial de lo individual, sus fragmentos supervivientes son adaptados a este entorno virtual y representados en infinitas pantallas, por y para miles de millones de usuarios.

Cierto es que la simulación de las emociones permite la instauración de una razón artificial que organiza la economía y la política. Las plataformas de redes sociales ofrecen pequeñas burbujas de placer a cada instante, al tiempo que explotan la riqueza de los datos autogenerados por sus usuarios, expandiendo sus modelos de duplicación digital del ritmo vital de la experiencia, obteniendo una medición eficaz del valor de los recursos y de la opinión pública con respecto a la agenda político-mediática, mientras son implementados los sistemas que asisten y/o inciden en la toma de decisiones de cada aspecto, y a cada momento, de la praxis social.

Estos modelos implican la aceleración de los procesos de extracción de valor humano a partir de la instauración de sistemas sensoriales capaces de recolectar incrementalmente la información basada en el comportamiento; inmensos volúmenes de datos surgidos de las interacciones de los usuarios con los nodos de conexión del medio digital son puestos al servicio de una inteligencia no humana para ser analizada en tiempo real y enlazada con la huella digital empaquetada en los metadatos.

La digitalización de la economía es el modelo hegemonizante de nuestro presente: las ciudades se transforman en inteligentes, los negocios requieren ser disruptivos para sobrevivir, los trabajos, flexibilizarse y los gobiernos, transparentes. La radicalización de la tecnología necesaria para ello, parametriza la posibilidad de estar ante un próximo e inevitable “dataclismo” (Rudder, 2014).

Formas de autocracia emergen en las principales corporaciones de datos que son acopladas a las diversas esferas de la realidad. El asalto de los populismos de derecha a las democracias neoliberales en Occidente debe gran parte de su exitosa fórmula a la comprensión y manipulación del código que organiza los filtros burbuja, un fenómeno comunicacional premonitoriamente advertido por Eli Praiser (2017).

El “Manifiesto por una Política Aceleracionista”, publicado por Alex Williams y Nick Srnicek (2013), o el “Manifiesto por la Justicia Digital”, desarrollado recientemente por Just Net Coalition (2019), basado en la declaración de Delhi (2014), son ejemplos de una discursividad emergente frente a la evidente realidad de que los datos son el recurso económico a explotar en este joven siglo XXI, por eso es inminente hacer un llamado a organizar la sociedad del conocimiento y la información en beneficio de las grandes mayorías, ante la evidencia del deterioro del conjunto social, producto de una incesante concentración de riqueza a manos de un reducido grupo de corporaciones que se expanden desenfrenadamente mediante el cableado de fibra óptica y la satelización global, acaparando la comercialización de bienes mediante plataformas de e-commerce y la comercialización de contenidos mediante plataformas on demand.

En este contexto, la pregunta por cuál es la relación existente entre las políticas que implementan los gobiernos para darle forma al proyecto de la globalización, con sus aperturas y sus bloqueos, y las tecnologías que datifican la sociedad, traba una indisoluble relación con la configuración y el desarrollo de las formas de subjetivación contemporáneas, puesto que es bajo su modelo de políticas que se instituye la ley sobre la propiedad de estos datos y la regulación de los poderes económicos y políticos que explotan sus propiedades.

Por todo ello, finalmente, consideramos adecuado denominar a este nuevo modelo de organización del mercado “capitalismo de plataformas” (Srnicek, 2017) o “capitalismo de vigilancia” (Zuboff, 2019), según analizaremos.

II. El ocaso de la Ilustración: digitalización y datificación

El sueño de la Ilustración es la fundación de una sociedad abierta al conocimiento absoluto, en contra de la oscuridad del pensamiento mágico, el deseo de llevar la luz de la ciencia a cada punto de la realidad para encontrar la verdad y el bien en su forma racional, un sujeto libre con universal acceso al conocimiento.

Las formas dominantes de nuestra cultura occidental moderna deben su origen a este ímpetu filosófico, expandido por medio de cada máquina ensamblada y encendida en el sistema capitalista industrial, brindando sustento a la legitimidad de las formas de gobierno de las democracias liberales. En efecto, es el despliegue de este espíritu filosófico lo que ilumina el camino de la modernidad en su sentido social, económico y, por supuesto, cultural en la historia occidental, desde su origen en la revolución industrial del siglo XVIII hasta nuestros días, pero este espíritu de la modernidad es, ahora, lo viejo que se resiste a morir, en el concepto gramsciano de crisis, frente a lo nuevo que no termina de nacer. En dirección opuesta, lo nuevo es la condición actual de una tecnología que se propaga a sí misma sin una filosofía que la comprehenda, que le sirva de guía.

Modelada por los constantes cambios en el mundo del trabajo, incentivada por el incremento de la productividad y el abaratamiento de los costos, la sociedad de consumo del siglo XX conducía progresivamente a un comportamiento más individualizado del deseo, a una búsqueda de la satisfacción permanente y a una necesidad de indetenible ascenso social como imagen de realización, que, en definitiva, era inherente al utilitarismo de la razón liberal.

La razón, ratio (lat.), está vinculada a la necesidad de establecer una medida de las cosas, la medición es sin dudas uno de los principales instrumentos para la lectura y el conocimiento de la realidad. Pero el punto crucial de la transformación actual es que la razón tecno-liberal genera una esfera de información montada sobre una ciencia de datos que mide la interacción de los usuarios con el entorno en tiempo real, un complejo proceso técnico que permite matematizar los eventos de los individuos y el colectivo social en el mundo, de manera tal que es el conjunto de la modernidad en su totalidad lo que es recubierto, quedando en un estado de latencia permanente, de potencia irrealizada, que solo aspira a realizarse en su virtualidad (Berardi, 2016).

El despliegue de esta infraestructura para la medición permanente y en tiempo real del entorno habilita la participación de una inteligencia artificial, no humana, que interactúa sobre todas las actividades posibles de los individuos y de los objetos tecnificados, interconectados a una nube de servidores. La vida cotidiana es secundada por computadoras que, con mínimos recursos y caso por caso, procesan cantidades astronómicas de datos, para reducir las contingencias u optimizarlas, de forma tal de evaluar mediante algoritmos diseñados ad hoc la situación presente o en germen. (Sadin, 2017).

Estos modelos de datificación son el mecanismo por el cual las grandes redes computacionales, los gobiernos y hasta nuestras amistades, hoy interpretan quiénes somos, organizándose una suerte de poder blando (soft power) entre el individuo y su realidad, con capacidad de “hipermodulizar” al conjunto en gran escala, operación que es necesaria interpretar en términos de la biopolítica (Pettman, 2016).

El concepto de “hipermodulización” permite observar una modificación radical en el paso de la modernidad a este estadio transhumano, donde ciertas formas culturales y modelos organizacionales propios de un ethos de la disciplina y el control, quedan obsoletas frente al surgimiento del imperativo ético performático de nuestro tiempo: “realizarse a uno mismo” (Han, 2016).

En este sentido es preciso señalar que esta orientación del ser hacia lo performativo es precaria y fragmentaria, además de que impone una temporalidad de lo inmediato sin lugar para el recorrido temporal, lo cual es explotado sustancialmente por el comercio y las políticas de las esferas públicas y privadas. Como sostiene el filósofo surcoreano, el proceso de digitalización del entorno afecta de manera significativa el pathos de la distancia, lo cual no permite un correcto desarrollo de la capacidad de tener respeto por las cosas. Respectare (lat.) es “mirar hacia atrás”, “mirar de nuevo”. El individuo integrado a este nuevo régimen ve reducidas sus posibilidades de una mirada distanciada de las cosas, por el contrario debe navegar por un océano de información que no para de acrecentarse, con todos sus sentidos inmersos y estimulados por una magma que modifica sus estados anímicos y alterando la razón de sus comportamientos, con el propósito de generar una interacción continua con el medio que permita la producción, el registro, la grabación, el almacenaje, la decodificación y el análisis de los grandes volúmenes de datos, es decir, la generación de recursos para implementar el proceso técnico conocido como Big Data, que es llevado a cabo por súpercomputadoras interconectadas. Es por esta razón que la imagen de la figura humana que se configura no es la de una humanidad navegante, sino en realidad la de una humanidad ahogada en un océano de datos (Steyerl, 2018).

Esta arquitectura totalizante que recubre la existencia como un mallado de sentido, impone una eventualidad de lo fáctico progresivamente más acotada. Las relaciones sociales son por defecto fluctuantes como fluctuantes son los nodos de conexión posibles, el horizonte de expectativas queda reducido a una pequeña burbuja (pop-up) que salta por encima de las aplicaciones móviles para conectar inmediatamente con lo próximo, una sugerencia algorítmica basada en nuestros intereses y preferencias, con el objetivo de mantenernos cautivos del consumo de datos.

Las corporaciones que lideran la datificación de la sociedad actúan como mercaderes de la ansiedad, configurando una “economía de la atención” (Crary, 2013) donde se disuelve la separación entre lo personal y lo profesional, lo público y lo privado. Esta reconfiguración de la experiencia desactiva fundamentalmente una forma de compartir el tiempo con los demás bajo el modelo de la comunidad. En su lugar, la experiencia se orienta hacia la comunicación incesante de imágenes y mensajes con el objetivo de hacer transparente la existencia.

La expansión de las estructuras de las tecnologías informacionales y el incremento constante de la dependencia de la vida cotidiana con el medio digital facilitan el desarrollo de altas tecnologías de control y vigilancia dispuestas a monitorear las conexiones posibles de los individuos, las cosas y los eventos. Si bien es cierto que los conceptos de vigilancia y control fueron cabalmente elaborados por Foucault en su arquitectura de la “biopolítica”, y previamente había existido un mundo orwelliano donde las diferentes agencias tenían acceso a datos de esta índole, la magnitud del cambio en la escala, propiciado por la generación de datos disponibles por medio de la interacción con el entorno digital, altera la dinámica y el impacto de la capacidad de modulización social.

Todos estos efectos que podemos percibir y analizar, negativos y positivos, implican modificaciones en el proceso de subjetivación de los individuos. Lo desolador del asunto es que hoy ningún usuario escapa a la posibilidad de ser afectado por la connivencia de las fuerzas político-económicas, corporativas y gubernamentales, que operan detrás de las puertas de la data generada por la actividad de los usuarios. Esta condición, afirma Lyon (2019), conlleva a que los usuarios también coliden como nunca antes en su propia vigilancia al compartir, voluntaria o deliberadamente, su información personal en el dominio público en línea. Lo que agrava aún más la situación es la carencia de legitimidad que poseen las corporaciones que explotan el valor de los datos, en contraposición con la legitimidad que debiera garantizar el Estado para el uso de esa información.

Por estos motivos, la idea de regular la vigilancia sobre el medio es requerida. Y con ella, una cultura de la vigilancia emerge con preguntas estimuladas por el involucramiento de los dispositivos y medios digitales en la vida cotidiana. Y la emergencia de esta cultura trae interrogantes sobre aspectos éticos y políticos, apuntando a las posibilidades y desafíos de la ciudadanía digital y el encantamiento de esta por la performance. Lo performático desvía al sujeto moderno de su búsqueda del ideal del autoconocimiento y lo guía por medio del desarrollo de un comportamiento coactivo hacia la optimización de su rendimiento y su propia explotación. Mientras el autoconocimiento es un camino hacia la libertad del sujeto, en nuestra época, el ideal trastocado de la libertad nos coacciona a un auto-perfeccionamiento constante, que, lejos de conectarnos con el otro, nos aísla de los demás.

III. Disrupción: el poder de los datos en red

Dato, datum (lat.), en el sentido de lo fáctico, de lo “dado”, es un concepto vinculado con la geometría de los Elementos de Euclides, utilizado para plantear problemas sobre aquello que es conocido o aquello que puede ser mostrado y, entonces, ser conocido. Hoy, el término en plural, “datos”, refiere a elementos que pueden ser grabados, analizados y reorganizados. La datificación es el proceso que permite colocar a un determinado fenómeno en un formato cuantificable para ser tabulado y analizado (Mayer-Schonberger, 2009).

Durante las dos últimas décadas las tecnologías digitales no han dejado de crecer en importancia sistémica, tanto o más que las finanzas. La imagen de conformar el sector económico más dinámico en la actualidad, le permite al tecno-liberalismo una vía libre para la implementación de sus modelos de negocios disruptivos en un gran espectro de las actividades sociales. Es notable en la última década el decrecimiento en la ganancia de los procesos de manufacturas a nivel global, mientras se posiciona la economía basada en datos como la única manera de sostener el crecimiento económico en las sociedades. Precisamente entre 2010 y 2019 se consolida del modelo de plataformas dentro del ranking por capitalización de mercado, donde las principales empresas cotizantes ya pertenecen a este grupo de corporaciones globales propietarias de las inteligencias artificiales que explotan la Big Data, terminando de desplazar al modelo de negocios industrial de las compañías transnacionales. Microsoft, Apple, Amazon, Alphabet, Alibaba, Facebook, Tencent ocupan los primeros lugares en lo que va de este 2020.

Estas compañías requieren de la acumulación de datos como recurso económico para su capitalización, la riqueza de los datos tiene un valor esencial en la relación de las compañías con sus trabajadores, sus clientes y su competencia. Este cambio ha conducido a la economía global a producir inmensos monopolios que concentran como naves nodrizas esta riqueza producida por la interacción de los usuarios con el entorno digital. Las compañías de Alta Tecnología que utilizan el modelo de negocios de plataformas cuentan con una serie de ventajas combinadas, propias de la fortaleza de la conectividad en Internet. Una de ellas es la ley de Metcalfe, que estipula el valor de la red en el cuadrado de la cantidad de sus nodos; otra de ellas, en este momento la más importante, es la ventaja estratégica que provee la inteligencia de los algoritmos, o aquello que IBM refiere como la “ley de Watson”, esto es, la transformación sísmica provocada por la inteligencia artificial. Precisamente, IBM es una empresa que supo cómo y cuándo debía tomar la curva de la innovación conocida como ley de Moore, que implica que la cantidad máxima de transistores integrados en un chip se vea duplicada cada dos años. IBM se prepara para liderar el mercado bajo su propia ley: recolectar todos los datos posibles y servírselos a Watson, su inteligencia artificial, la más evolucionada en el mundo, y esperar por el beneficio de las posibilidades que se abren gracias a la curva exponencial de su aprendizaje artificial. Durante los últimos 25 años, IBM ha sido la principal compañía adquiriendo patentes de propiedad intelectual. Solo en 2017 recibió 9043 patentes, 3300 más que la siguiente compañía, Samsung. Y su inteligencia artificial es el principal instrumento para el manejo de la información en los centros médicos de EUA.

Otro ejemplo de los beneficios proveídos por estas ventajas estratégicas es el caso de Google, que, en 2016, acaparaba junto con Alibaba el 50% del mercado de publicidad digital en el mundo, y en EUA con Facebook, se repartían el 76% de las ganancias de la publicidad digital, y obtenían el 85% de cada dólar nuevo que ingresaba en el mercado (Meeker, 2016; Herman, 2016; citado por Srnicek, 2017). Google crea Alphabet el 10 de agosto de 2015 para englobar su motor de búsqueda con el resto de los departamentos del conglomerado de empresas que posee, entre las que se cuentan: AdWords (administración publicitaria), YouTube (plataforma de videos), Android (Sistema Operativo Móvil), Google Maps y Streetview (servicios cartográficos), Calico (laboratorio de investigación en salud), Google Classroom (plataforma educativa), AlphaGo (Inteligencia Artificial), Google Brain, Google DeepMind (sobre Inteligencias Artificiales), Boston Robotics (robótica), Google X (tecnologías radicales), Google Capital (fondo de inversiones especializado en start-ups). Google no es la excepción, es parte del modelo hegemónico de las industrias de Alta Tecnología en el paradigma de la convergencia digital.

Las compañías tecnológicas cartografiadas dentro de la órbita de Silicon Valley, representaban el 2.5 por ciento de la fuerza de trabajo, en el caso de Google, la empresa contaba con 60.000 empleados directos hasta el 2017. WhatsApp tenía 55 empleados cuando fue vendida en u$s19.000.000.000, Instagram, tan sólo 13 empleados cuando fue vendida en u$s1.000.000.000. Ambas start-ups fueron adquiridas por Facebook, que hasta 2017, no contaba con más de 12.000 empleados (Klein, 2016, citado en Srnicek, 2017). Especialistas en los mercados digitales prevén que para el año 2025, un 30% de la actividad económica global se encontrará mediada por plataformas (McKinsey, 2019).

Esta tendencia creciente marca la plataformización de la economía real en cada sector y área de la economía. El modelo de las plataformas provee un marco para la interacción del mercado conectando entre sus múltiples nodos a usuarios, consumidores, publicistas, proveedores de servicios, productores, distribuidores, objetos y todo aquello que comprenda al mundo de las plataformas. Un ecosistema que permite la recolección permanente de datos y el uso de algoritmos para optimizar las interacciones entre ellos con el objetivo de maximizar sus intereses y sus beneficios. La inteligencia artificial que permite el control de la economía basada en datos otorga a los dueños de las plataformas otra ventaja estratégica: la capacidad de modulizar la naturaleza de las interacciones entre los miembros y los nodos de conexión.

Tras la abrupta caída de la valuación bursátil de la Internet 0, en la que pocos jugadores entendían cómo hacer dinero, el gran capital de los fondos de riesgo se movió a empresas start-ups, cuyo modelo de negocios consistía en extraer valor de los datos para vendérselo a anunciantes. Es en este marco que las redes sociales basadas en el principio de la comunicación permitieron la interconexión de usuarios, millones de usuarios al cuadrado, que ofrecieron la increíble oportunidad de generar análisis para la elaboración de perfiles ultra segmentados en base al reconocimiento de los patrones de comportamiento o recurrencia en el valor asignado, de forma tal que se consiguió anticipar el mejor escenario posible para la próxima interacción, esto es, favorecer un incremento permanente de la necesidad de atención a las demandas del ecosistema. Zuboff (2018) analiza cómo la gran operación de la valuación bursátil de las corporaciones detrás de la economía de datos es vender acceso al flujo de información de la vida diaria de sus usuarios en tiempo real, para influenciar y modificar el comportamiento a gran escala y aumentar beneficios y ganancias durante el proceso.

Dentro del ecosistema de plataformas sociales como Facebook, Google, Twitter operan plataformas de vigilancia como Acxiom, Epsilon, Experian, Oracle, Quantium, CCC Marketing, denominadas Data Brokers, que cuentan con permisos para capturar información específica sobre la actividad de los usuarios: visitas de páginas, clics, tiempo de visualización, acceso a micrófonos y cámaras, actividad de las pantallas, compras, preferencias, gustos, posteos y comentarios en las redes, registros, descargas, historiales de navegación, redes de contactos, redes de mails, teléfonos, localización de GPS. De acuerdo a un informe publicado en 2017, Experian tiene acceso a datos crediticios vinculados a 918 millones de usuarios, datos comerciales de 700 millones, y otro tipo de información específica de 2.300 millones de usuarios, Acxiom cuenta con 3.700 millones de perfiles de consumidores para sus clientes, basados en las cookies de 1.000 millones de usuarios recolectados de sus dispositivos móviles, y datos específicos de 700 millones de personas, Oracle cuenta con datos específicos de 1.000 millones de usuarios de dispositivos móviles inteligentes, 1.900 millones de visitantes de sitios webs y provee acceso a 5.000 millones de identidades digitales de consumidores (Christl, 2017).

Es gracias a este ecosistema que las empresas pueden segmentar e híper-identificar a sus consumidores, lo cual les permite, por ejemplo, visualizar con un grado de detalle extremo las necesidades del mercado antes que nadie, y posicionarse en productos o recursos estratégicos que se encuentran con una baja demanda, por debajo de su valor futuro.

Figura 5. Mike Winkelmann, “Surveillance State” [Estado de Vigilancia], Everyday archives, 12 de mayo de 2020

El proceso de retroalimentación positiva del modelo de las plataformas, la acumulación constante de datos que permite la optimización de los algoritmos mediante las técnicas de machine learning, conlleva incesantemente a una mayor intensificación en la extracción de datos, estableciendo una dinámica auto-conducida de control totalitario de los ecosistemas económicos propulsados por ellas mismas. Así, respaldadas en la inteligencia artificial, que avanza a paso de vencedores sobre las posibilidades de la razón humana, se establece de facto una supremacía de la techné sobre el logos: las plataformas asumen su propiedad de facto sobre los derechos de los datos, apuntando hacia la integración horizontal y vertical de la cadena de valor en disputa, expulsando de la misma a toda competencia.

Es en este punto crucial donde los modelos construidos por los grandes grupos afectan a los pequeños grupos, cuando esa concentración de capital y tecnología afecta al conjunto de las otras esferas, sean las compañías que desarrollan softwares para las pequeñas y medianas empresas que producen distintos bienes, utilizando la capacidad de vigilancia y el control de datos, la llamada corporación inteligente (colectivo IT for Change), establece los parámetros para el eterno enfrentamiento entre capital y trabajo.

Erich Schmidt, uno de los popes del modelo de negocios de las plataformas, creador de Google junto a Larry Page, recientemente concedió una entrevista para McKinsey a raíz de la crisis desatada por la COVID-19. En ella habla sobre los tiempos disruptivos, y manifiesta su punto de vista sobre cómo la disrupción aplicada a los negocios no es algo que vaya a ir más lento, sino que cada vez más la brecha temporal será incrementalmente más importante, esto es, cuando se ingresa a un negocio la semana anterior, se tiene una ganancia económica desproporcionada contra la que se tendría si uno ingresara la semana posterior, cuanto antes uno ingrese a un negocio mayor valor tendrá cada vez más esa anticipación.

Una de las reglas de este mundo es que es difícil atrapar la ola, pero más difícil es tomar la delantera, una vez que te quedaste atrás. La transformación es totalitaria, industrias que eran relativamente estáticas, ahora han cambiado drásticamente por la digitalización y la re-imaginación de sus productos. Las compañías ganadoras serán las que construyan plataformas de software que les permitan interactuar con los clientes en línea. Schmidt concede la hipótesis factible de que en un futuro solo algunas de las grandes compañías podrán sobrevivir a la disrupción a gran escala, y estas serán sobre todo aquellas que tengan acceso a la Big Data, puesto que la centralización en ciertas situaciones provee poder económico. Pero también, en un giro foucaultiano, desde su silla en la Comisión Nacional de Seguridad en Inteligencia Artificial, encuentra que se generan las condiciones para que surjan nuevas formas de poder en este medio, por ejemplo, en el poder que ostenta una minoría online para esparcir desinformación y hacer parecer algo más importante de lo que es (McKinsey, 2020).

Algo manifiesto en el espíritu tecno-liberal de este neopositivismo de los datos es cómo el comentario de la situación sustituye a la crítica. Este discurso positivo, que irradia su potente luminosidad sobre el porvenir, es propio de la cultura hegemonizante de Silicon Valley y su característica principal es que comunica permanentemente qué está sucediendo en tiempo real, quitando toda posibilidad de establecer alguna otra alternativa. El espíritu de eterna juventud imperante bajo la jovialidad de los CEOs de las start-ups queda signado por la necesidad de ser disruptivo. ¿Pero qué implica la disrupción?

Disrumpo (lat.) implica “romper”, “quebrar o hacer estallar una cosa”, y desde hace un poco más de una década, es parte de la vida cotidiana de la economía global. Si bien el término se encontraba en desuso por sus connotaciones negativas, parece haberse impuesto para suplantar a la “innovación digital”, concepto que ya ha sufrido un importante desgaste teórico, y servía para ilustrar un momento del mercado en constante expansión, mediante la acelerada elaboración de protocolos computacionales y objetos sin descanso, que se insertaban masivamente en una parte del mundo industrial hasta inicios del siglo XXI. Pero ahora, iniciando los años ’20 del joven siglo XXI, el término “disrupción” parece ser el más apropiado para describir la naturaleza de ciertos acontecimientos tecnológicos y económicos que producen ciertos efectos con una fuerte incidencia a “hiperescala” sobre todo el conjunto social.

La innovación podía crear sorpresa, asombro, hacer surgir objetos literalmente inauditos. Ahora bien, en el caso de la economía de los datos, contrariamente a lo que afirma la doxa, no se trata de innovar sino simplemente de concretar una idea explotando los recursos tecnológicos disponibles. (Sadin, 2018: 166-167)

Lo fundamental es que lejos de obedecer al ejercicio de la voluntad humana, la disrupción forma parte del campo de las consecuencias. El impacto que supone la generación cruzada de datos mediante sofisticados algoritmos para hacer de la realidad una serie de conjuntos informacionales a una velocidad y escala imposibles de ser razonadas por ninguna inteligencia humana y prestar la utilidad de reconocer patrones que guían a formas más eficaces de organización de los procesos, ya no depende de las tareas de las personas, sino de complejas ejecuciones de sistemas artificiales.

Las plataformas digitales tienen la capacidad de experimentar instantáneamente a través de millones de interacciones, testeando diferentes respuestas de nuevos productos o nuevas formas de marketing para aproximarse al usuario, por ejemplo, y con una increíble velocidad de respuesta, determinar con certeza qué produce mayores ganancias o qué posee un enlazamiento afectivo mayor del usuario con determinado producto. Y a su vez, la magnitud de la hiperescala de esas interconexiones de negocios les permite un auto-fortalecimiento para optimizar su capacidad de respuesta o un mayor crecimiento en determinado aspecto. Pero la eficacia bajo este paradigma resulta de la liberación de la fuerza de trabajo o actividad y de la ocupación de una inteligencia no humana para establecer procesos automatizados que realicen disruptivamente la tarea.

Es preciso contraponer la disrupción a la innovación, esta última también derivada del latín, innovatio, donde el prefijo -in supone el sentido direccional “hacia” o el sentido espacial “en”, “dentro”, lo cual le otorga un matiz a la relación que guarda el término con la novedad, con lo nuevo. La innovación sugiere la creación en un sentido que permite la existencia de un nuevo objeto o una nueva forma de hacer las cosas. Pero en la economía de datos, la necesidad de innovación es sustituida por la necesidad de disrumpir, y esto, contrariamente a la prédica del capitalismo de plataformas, refiere más a la explotación de los recursos económicos disponibles por medio de sensores y programas que permiten la configuración de un entorno, si se quiere, de características más analógicas, posiblemente bajo una lógica más propia de la mecánica, pero sin dudas ya pre-existente, y que ahora gracias a la disrupción, se ve afectado sensiblemente por esta reconfiguración, bajo una nueva lógica artificial que enajena la capacidad de la inteligencia humana sobre la realidad objetual.

Finalmente, podemos apreciar como esta sensación de totalidad acabada en cada plano es debida principalmente a un estado de totalitarismo informacional que “disrumpe” en la vida cotidiana, incesantemente, para capitalizarla en beneficio de las inmensas corporaciones, como acaba de ser expuesto. En su sentido tecnológico-económico, este término refiere al efecto de generar tremendas inestabilidades que impactan a hiperescala, pero tal vez como cierre alcance con contraponer que, en su sentido físico, la disrupción es un término propio del campo de la energía nuclear, donde las inestabilidades brutales que la caracterizan son denominadas “disruptivas”, y para poder controlar esta inestabilidad brutal de sus fuerzas liberadas, estas operaciones son practicadas en una cámara de confinamiento magnética que permite el análisis de plasma, principalmente en la búsqueda de la fusión nuclear.

Hay en nuestra época una normalidad temporal donde la disrupción ocurre como si fuera pre-escrita, como si la imaginación humana se hubiera detenido. De hecho, si hoy recorremos los sitios sobre economía digital, encontraremos la tendencia a utilizar el término “reimaginar”, como si frente a los nuevos problemas solo se pudiera imaginar aquello que ya ha sido imaginado, pero ahora aplicando la nueva tecnología a disposición para su parametrización. Lo que no parece ser posible es la posibilidad de imaginar algo nuevo, algo no existente que gracias a la imaginación humana pase a ocupar un lugar en el plano material.

Con todo esto, la imagen de la “innovación disruptiva” que quisiéramos modificar es aquella que no busca la superación de un límite sino someterse a un límite tecnológico para explotar determinado recurso económico de manera automatizada.

Referencias

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  1. Universidad Nacional de Tres de Febrero – Especialización en Industrias culturales en la Convergencia Digital.


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