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Angustia, deseo y función del Uno

El deseo […] conduce […] a la mira de la falla donde se demuestra que el Uno sólo depende de la esencia del significante. (Lacan, 1972-1973: 13)

La trama argumentativa que trazamos se orienta por el modo en que opera el significante en la génesis subjetiva. Con el supuesto del sujeto efecto del significante interrogamos la función del Uno en la subjetivación. El problema es el de la entrada del significante en lo real y el de ver cómo de ahí nace el sujeto.

1. Significante, estructura, discurso

Si el “inconsciente […] tiene […] una estructura de lenguaje” (Lacan, 1959-1960: 45), se trata de un decir que historice al sujeto. Hablar no equivale al decir. Lacan toma del discurso jurídico en francés sujet, que significa súbdito. Sólo se deviene sujeto en virtud de la sujeción al campo del Otro. Con el inconsciente tramado, tejido de lenguaje, el significante desempeña el papel fundamental. Destacando la función connotativa por encima de la referencial, “la relación del significante y del significado dista mucho de ser […] bi-unívoca” (Lacan, 1955-1956: 172). Con la primacía del significante, como elemento material sin sentido, el significado es mero efecto del juego de los significantes: “Sin un conocimiento exacto del orden propio del significante y de sus propiedades, es imposible comprender […] no digo de la psicología […] sino ciertamente de la experiencia psicoanalítica” (Lacan, 1955-1956: 373). Por ello, el psicoanálisis apunta a penetrar más allá de lo imaginario y trabajar en el orden simbólico para tocar algo de lo real. El inconsciente así concebido se trata de los efectos fundados en un núcleo real que implica al sujeto. Lacan advierte sobre la trampa de creer que el lenguaje está hecho para designar las cosas. Por el contrario, la letra mata la Cosa. El significado no equivale a las cosas en bruto, es un orden no dado de antemano. La significación remite siempre a otra significación. La condición significante es que esté inscripto en un sistema. Su sentido varía según su posición en la estructura. La noción de estructura y la del significante son inseparables.

Así pues, que algo pueda conmover al sujeto en la línea de la palabra verdadera hace diferencia con la palabra plena sentido (Lacan, 1976-1977). Hablar no equivale al decir. Se trata de un discurso que incluye el lazo del que habla a lo que dice. Si no hubiera vínculo social fundado por un discurso, esto sería inasequible. El significante solo se refiere a un discurso, es decir, un modo de utilización del lenguaje como vínculo. Sólo así la subjetivación es posible. En la cadena de significantes se construyen y organizan las formaciones discursivas. Allí se conjugan inconsciente, estructura y significante. Para el autor una estructura excede con mucho a la palabra. La noción de estructura incompleta halla su justificación en la definición misma del significante. Mediante el lenguaje puede inscribirse algo que va mucho más lejos que las enunciaciones efectivas. La represión primaria así lo anticipa. La barra hace que el significado se deslice y sólo se detiene con los puntos nodales que localizan al sujeto.

1.1. Sincronía y diacronía

¿Cuál es el valor que adquiere la sincronía y la diacronía para la constitución del sujeto del deseo inconsciente? Si un significante es lo que representa al sujeto para otro significante, es con este axioma que Lacan marca la diferencia del sujeto psicológico. Por ello, es crucial interrogar los ejes de la sincronía y diacronía: “En el análisis de la relación entre significante y significado, aprendimos a acentuar la sincronía y la diacronía, […] la noción de estructura y la de significante se presentan como inseparables” (Lacan, 1955-1956: 262). La noción de estructura incompleta halla su justificación en la definición misma del significante. Así, existe una dimensión sincrónica y una diacrónica. Situamos la distinción entre la definición del significante y su función en la cadena.

En el eje sincrónico, los significantes se definen como pura diferencia: uno es lo que el otro no es: “Cuando habla, el sujeto […] hay primero un conjunto sincrónico, la lengua en tanto sistema simultáneo de grupos de oposiciones estructurados, tenemos después lo que ocurre diacrónicamente, en el tiempo, que es el discurso” (Lacan, 1955-1956: 83). Se trata de una alternancia estructural donde la repetición es repetición de la pura diferencia. Como sistema de oposición significante, no tenemos aquí efecto-sujeto. El sujeto se presenta dividido pero no aún, representado como falta en ser en la cadena. Entonces, en este eje sincrónico se instituye un sujeto en un espacio fuera, lugar de ausencia de representación, campo del objeto, en tanto Cosa. Lacan habla de una afirmación lógicamente previa a la negación. En alemán Bejahung, afirmación, denota el acto de simbolización, la inclusión de algo en el universo simbólico. Sólo después se le puede atribuir o no el valor de la existencia. Vemos, así, que Lacan apunta a un más allá de la definición del significante. La diacronía de la cadena conduce a un significante que representa al sujeto para otro significante. Aquí se trata de la dimensión temporal retroactiva. El S1 (significante amo) para un S2 (significante del saber) como operación constituyente del sujeto no es exacta. Deja un resto que es producto de la operación misma. Así, el aislamiento del petit a surge en la relación del sujeto con el Otro y se constituye como resto: “Es el sujeto hipotético en el origen […]. El sujeto tachado […] se constituye en el lugar del Otro como marca del significante. […] (en) esta operación hay un resto, es el a (Lacan, 1962-1963: 127-128).

¿Cuál es la condición de la diacronía? Lacan plantea que son necesarios tres tiempos para dar cuenta de la constitución del sujeto. La intervención del S1, como representación del sujeto, no implica la aparición del sujeto como tal, más que al nivel S2, del binario. El S2 significante afanísiaco borra al ser. Como sujeto del inconsciente opera como verdad reprimida y constituye un determinismo fundamental en la historicidad de todo ser humano. El efecto sujeto requiere de la serie y de la retroacción. Lacan recurre a la escritura para situar el Uno cuya función es la del trazo unario, marca sin la cual no habría serie de sustituciones, vale decir, metáfora paterna. El Uno que la experiencia del inconsciente introduce es el uno de la ranura, del rasgo, de la ruptura. Aquí brota una forma no reconocida del uno, el Uno del Unbewusste. El límite es el Unbegriff, que es el concepto de la falta. Huella significante del sujeto de la enunciación que no coincide con el enunciado (Lacan, 1962-1963). Extraña temporalidad, en la que se conjuga discurso y retroacción para que allí emerja el sujeto como falta en ser en la cadena.

Para Lacan si el inconsciente es el discurso del Otro, es allí donde el deseo emprenderá su camino intentando significarse. Así, es necesario el Uno para que el deseo conduzca a la falla. Sólo ahí la diacronía sella su esencia, a partir de la cual habrá enunciación deseante.

2. Deseo: alienación-separación

Con la dialéctica alienación-separación y la mira puesta en la relación del Uno con el deseo y la subjetivación, nos interrogamos: ¿qué relación hay entre el Uno y la constitución del deseo?

Si el deseo es deseo del Otro, este sólo puede situarse por la alienación en la relación con el lenguaje. Con la dialéctica alienación-separación la demanda deja un resto metonímico que se desliza debajo. Es en el residuo donde el deseo equipara al sujeto con el objeto: es un objeto el que desea (Lacan, 1962-1963). He aquí la complicación, pues para el deseo no se trata de un objeto delante. La realidad sexual del inconsciente nos lleva a un límite por el cual el a, colocado en el campo del Otro, deviene posibilidad de transferencia. Ahora bien, si la alienación se afirma con la separación, nos interrogamos por la doble cuestión que impone la alienación en la constitución subjetiva. Ello nos orienta para reflexionar sobre la relación del Uno con el deseo y la subjetivación.

Así, junto al pasaje al acto de la alienación, el campo significante desdoblado en campo de pulsión incluye una alienación que pertenece a otro registro. Por la pulsión se accede al goce del cuerpo, empero es el Uno unificante el que otorga unidad y conlleva la alienación al otro como semejante. Convocado el otro del amor, el gesto de asentimiento del adulto adquiere para Lacan un valor decisivo. Empero, no todo el investimiento libidinal pasa por la imagen especular. Hay un resto. Así, la función del yo ideal y del ideal del yo se constituye en el eje para interrogar la relación del sujeto con el Otro. Los rasgos fálicos del Otro serán inferidos pudiendo habilitar en el niño la interrogación que lo desaloje de su posición inicial de objeto:

El sujeto aprehende el deseo del Otro […] en las fallas del discurso […] y todos los porqué del niño […] constituyen una puesta a prueba del adulto, un ¿por qué me dices eso? […] que es el enigma del deseo del adulto. (Lacan, 1964: 222)

De este modo, si el deseo se constituye como punto nodal de una configuración subjetiva inédita, la clave asienta en la pregunta ¿qué quieres? Con el deseo como deseo del Otro, el problema es que el deseo del Otro plantea desacuerdo. El deseo de toda demanda es deseo de preservar el vacío. Sólo si no hay Otro del Otro, la demanda al rodear un vacío, en su raíz última, apunta a mi propia pérdida. El deseo mantiene su lugar en el margen de ella. Si la subjetivación implica la instauración de la dialéctica del deseo y este se conjuga con la ley, es necesario un más allá que conmueva al sujeto. El sujeto debe poder tocar su límite. ¿Cómo se articula el deseo con las delicias por la muerte y cuál es su relación al Uno?

El horizonte de los aportes de Lacan asientan, de modo crucial, en el Más allá del principio de placer (Freud, 1920). El Más allá avizora un campo donde el sujeto indica un punto límite de ignorancia. Con la pulsión de muerte el deseo no es sólo metafórico. Su fundamento último no-reconocido convoca a un Otro radical: no hay Otro del Otro: “El imperativo de la segunda muerte está presente […] el no sabía […] en la línea de la enunciación fundamental […] del inconciente” (Lacan, 1960-1961: 119- 120). Se trata de la aspiración a aniquilarse para inscribirse en los términos del ser. Si el deseo conduce a la falla, ahí demuestra que el Uno depende de la esencia del significante, esto es, hay hiancia y total recusación del ser. Ser es olvidar. Vemos que Freud no resuelve la eterna pregunta filosófica por el ser. Lejos de entregar una respuesta colmante, abre brecha hacia una falla por la cual la angustia adquiere un estatuto estructurante del deseo. Con las cuestiones atinentes al valor de la vida, la pulsión recusa una relación natural. La inscripción de la muerte sólo lo es en tanto significante. El no lo sabía como enunciación conlleva la relación con la articulación significante. No se trata de la posesión de un objeto, sino de “la emergencia a la realidad del deseo en cuanto tal […] desgarramiento […] extraña herida” (Lacan, 1960-1961: 81). Herida y extrañezas de la castración se conjugan para que la experiencia de la falta rinda homenaje al deseo. Dignidad que impone la castración subjetiva en virtud de la cual un goce es rechazado. Así, la gloria de la marca alumbra en lo que se produce como pérdida. En este punto interrogamos el fantasma soporte del deseo.

3. Fantasma soporte del deseo

¿Cuál es el rol del fantasma en el anudamiento subjetivo y su relación con la función del Uno? Sujeto tachado rombo a orienta hacia un lugar indecible, en tanto que en él, el sujeto se disuelve. Por el compromiso con la dialéctica significante, hay siempre algo separado, la libra de carne. De lo que se trata en el deseo es de un objeto, no de un sujeto, un objeto ante el cual vacilamos. Lo fundamental se juega por la parte separada: “este objeto debe concebirse como la causa […] está detrás del deseo” (Lacan, 1962-1963: 114). Así el sujeto deja de estar ligado a la vacilación del ser, propia de la alienación. El tú me pegas convoca al sujeto dividido por el goce. Se juega la función del resto irreductible con el objeto del corte, “la libra de carne, que debe ser tomada, como dice el texto de El Mercader, de muy cerca del corazón” (Lacan, 1962-1963: 238). Así, el a implica un exterior anterior a toda interiorización y pertenece al lugar de la causa. Para Lacan, la articulación del no soy como dimensión inconsciente lo es en tanto resto de la estructura gramatical. Se relaciona, así, con la esencia del Ello, que no dice sino muestra lo que allí despierta. En este punto, como deser, cuento como soporte que no es significante. El Je está excluido del fantasma y es allí donde este podrá surgir. Es necesario el saber en el lugar de la verdad, cuestión que no equivale a lo verdadero y falso de la ciencia. Así el deseo adquiere consistencia, se plantea como deseo del Otro. ¿Qué relación se juega entre el fantasma soporte del deseo y el amo (S1)?

Si en el corazón de la revolución freudiana alumbra la negación haciendo operar el límite en nombre del padre, Lacan es conducido a poner en relación el fantasma con el S1, el significante amo. Del yo sé que pienso, Selbstbewubtsein al trauma freudiano, como un Yo no sé, hay un salto cualitativo. Lacan resalta que la yocracia que caracteriza al amo clásico. Al ser ciego en su fundamento, alberga la ilusión de un sujeto unívoco. Pues en él se elide la negación que desde el origen marca la división. Es desde el discurso del analista de donde puede surgir otro estilo de significante amo (Lacan, 1969-1970). Con el nuevo estilo de amo el sujeto no es unívoco, está representado y a la vez no lo está. La hegemonía del significante impone disyunción: enunciado-enunciación. Una vez que el amo ha sido fundado subvierte la lucha por el puro prestigio. Con el saber interrogado en función de verdad, el discurso del inconsciente conduce a un amo que se inmoviliza. Así, al proferirse el significante, se espera de él lo que es efecto de vínculo. Enganche recusado por el amo clásico que sabe lo que quiere. Puesto en el lugar de la producción, el S1 al connotar a un S2 podrá encontrar su lugar para representar a esa cosa a la que queda reducida el sujeto. No hay metalenguaje. Punto complicado de confrontación con la escena traumática feminizante en la cual el sujeto queda suspendido, escindido por el goce. Lo importante aquí es que el acceso al goce no es directo. Sólo cuenta a partir del a como resto producido por la entrada en el Otro. Se impone otro destino. El sujeto desarrumado de lo simbólico reaparece en lo real. ¿Qué relación tiene el fantasma con la angustia?

3.1. Fantasma: tiempo de la angustia y deseo

Si la subjetividad se focaliza en la caída del falo,

…es la caída […] de la operación subjetiva, en este resto, […] el objeto perdido. Con esto nos enfrentamos, por una parte en el deseo, por otra parte en la angustia. […] la angustia en un momento lógicamente anterior al momento en que lo hacemos en el deseo. (Lacan, 1962-1963: 175)

Lacan vincula la constitución del deseo con la dialéctica de la castración. Con el tiempo de la angustia siempre elidido, que requiere ser reconstruido, se trata de un punto opaco para atravesar; hiancia donde se sitúa la angustia entre deseo y goce. Así, el fantasma como soporte del deseo no es espejismo. Lacan resalta el carácter peligroso, de amenaza en tanto el objeto está detrás: “El deseo se instituye en la transgresión. Es más allá de la frontera franqueada que comienza el deseo” (Lacan, 1961-1962: 275).

La angustia en ese tiempo estructurante tiene que poder ser atravesada. Esto deviene crucial a la hora de toparnos con casos en los que la relación con el deseo está perdida. En ese tiempo constituyente el sujeto censurado deviene corte de a; esto es, trozo caído de la operación constituyente. Así, la raíz reconduce a algo separado, sacrificado. Sucede que en cuanto Eso se sabe, hay algo perdido. Resto sin facticidad, pero en él, se enraíza el deseo. Esa parte corporal de nosotros mismos con función parcial, “Es tu corazón lo que quiero y nada más” (Lacan, 1962-1963: 233). El a como causa no es vanidad, ni desecho. Ambos suelen ser refugios para el neurótico; tanto para el psiconeurótico que logra evitar el deseo como para otras neurosis en las cuales la relación al deseo se encuentra perdida.

Si Lacan vincula la constitución del deseo con la dialéctica de la castración, la angustia no es sin objeto. Como objeto de corte, al agujerear, anuda. En la escena traumática, el Otro se hiende. Ahí la angustia no engaña; emergencia del a, hiancia central que separa. Se descubre ahí, para Lacan, ese tope que es la angustia de castración. Así, nos enfrentamos con la angustia en un momento lógicamente anterior al que lo hacemos con el deseo. Ser garantía de la castración del Otro es lo insoportable. El paso de la imagen especular al doble que se me escapa, he ahí la emergencia del a (Lacan, 1962-1963). Sentimiento de extrañeza ante el cual el sujeto vacila. Un franqueamiento es necesario para que el deseo se libere. Así pues, con el objeto detrás, la angustia es postulada como su traducción subjetiva. ¿Cuál es el problema allí? Es determinante la castración fálica. Con el narcisismo secundario, la señal como fenómeno de borde en el campo imaginario del yo requiere del yo-escindible. Hay allí posibilidad de ahuecamiento; al devenir el objeto perdible, habrá lugar para la seriación normativa de los objetos parciales. Será posible entonces, que el goce se recupere por canal legal y no por modos directos, ominosos.

Con la función del objeto parcial, clave del deseo, Lacan sitúa al falo como función central que permite situar lo que se distingue de él (Lacan, 1960-1961). El acento de objeto separable, perdible, son rasgos que se despliegan en el objeto fálico como un blanco en la imagen del cuerpo. Así se connota la posibilidad de reducirla al estado cesible. Para Lacan, todo lo que es narcisista debe ser concebido como raíz de la castración.

Para concluir, la esencia invisible del significante otorga el verdadero sentido a la diacronía. Inédita temporalidad que funda a un sujeto solo cuando S2, significante del saber, deviene afanisiaco. Allí ser es tan sólo olvidar y el olvido está en la base de la lógica que subyace al trabajo elaborativo del inconsciente. Es necesario que algo se demuestre. Lo metafórico y desplazable del deseo es insuficiente a la hora de la verdad de aquel. El a como resto irreductible a la simbolización depende del Otro para articularse. Ese objeto es el principio que me hace desear. El objeto está perdido desde siempre; pero tener idea sensible de ello es otra cosa. El legado es al significante que es corte. De este modo, la función del objeto como pedazo separable vehiculiza algo de la identidad del cuerpo, y antecede a la constitución del sujeto deseante.



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