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Conclusión

Si el sujeto en el Otro se historiza, una inscripción decide las vicisitudes. Cuando el Uno se escribe, el sujeto se inscribe. La realidad se funda en un relato cuando, a diferencia de lo constatado en los SCI, el enganche al Otro ha sido posible. Así el sujeto queda prometido al acontecimiento que, dependiente de los hechos del lenguaje, no deviene colapso cardíaco.

En los SCI falla el Uno separador; puntuación que engancha el que habla a lo que dice. El saber en fracaso del Uno no es igual a la falla de su función. Cuando Uno conduce al dicho, no hay lugar para la desmentida. Uno asegura la copulación del sujeto con el saber, por ello su lógica subvierte el modo de pensamiento. “Si todo pensamiento se piensa por las relaciones a lo que se escribe de él” (Lacan, 1971-1972: 65), es necesario no darle la espalda al goce. La subjetivación no es conocimiento. La nominación no equivale a comunicar. En los SCI, con la yocracia discursiva, no se trata de efectos sino de sentidos. Cuando se sabe lo que se dice se recusa la torsión que hace de la negación el envés del inconsciente. Su posición se opone a la construcción del sujeto a partir de la lógica del inconsciente. Hay rechazo del enigma del Otro. Contrariamente a ello hay un saber en acto que, como verdad de la división, es corte del significante. Ahí Uno se encarna y algo resuena más allá. Al caer un resto hay lugar para una angustia que implique a un sujeto. Lo real no es la realidad del mundo puro donde los SCI se precipitan. Prisa, estrés, compulsión, acting out y otros contrarían a la función de la angustia como un afecto que afecte.

Si el Uno en lo que toca al saber es fracaso, esto no es igual a la falla de su función, tal como se constata en los SCI. Los indicadores señalados revisten alta significatividad y su reiteración en la gran mayoría abona a favor del supuesto que nos ha guiado. Al no operar el Uno separador, no hay afánisis subjetiva y en consecuencia la subjetivación de lo vivido resulta inverosímil. Si el saber depende del goce, el atravesamiento de una escena abre el acceso al goce por el resto. Es ahí donde los SCI se estancan. El a como causa no es vanidad, ni desecho.

Se requiere del Otro para que el resto se articule. Empero, en los SCI hay rechazo del enigma del Otro. Presentan un lazo al objeto petrificado que al fundarse en el dolor como meta recusa todo efecto de pérdida. Impedido el significante fálico, el goce no es aislado.

La subjetivación requiere del Otro en tanto no sabe. Ahí Uno renueva el límite y el cuerpo vaciado de goce deviene principio de inscripción subjetivante. Así se alcanza al Otro. No hay Otro del Otro. Este es el secreto elidido en los SCI. Tocar ese punto de imposible preserva la dignidad de una configuración subjetiva en la que el deseo es posible. Cuestión que en los SCI no funciona.

Cuando el Uno cumple su función, el sujeto de la falta emerge con particular extrañeza. Extrañezas de la castración que recusan toda ominosidad cuando, a diferencia de los SCI, hay un efecto simbólico que incide sobre lo imaginario. La desmentida prevalece y al no dar por válido lo vivido, los efectos subjetivos post-infarto son sólo imaginarios. Sólo por acción del Uno separador, el sujeto despegado del significante se confronta con la falta. Identificado al significante pero no agotado en él, otro destino será posible.

Con la escritura del Uno, un sujeto se inscribe. La mismidad no da identidad ni duplica lo vivido, sino que permite que el sujeto haga suyo lo vivido. El suceso como existente a-priori no equivale a su nominación. La subjetivación exige otra cosa. Sólo cuando el Uno opera se funda lo que Eso nombra como realidad discursiva. Efectos mortíferos que dignifican. Hay que ver si lo vivido implica al sujeto. Si no hay Otro del Otro habrá lugar para lo simbólico con sus leyes metonímicas y metafóricas. Así, la poiesis del más Uno podrá hacer bordes regulados por una economía de goce sin la cual lo obsceno y transgresor puede conducir a lo peor.

Finalmente, el análisis de los datos obtenidos nos permite conjeturar que, con la falla de la función del Uno y la imposibilidad de confrontarse con la angustia, el verdadero riesgo de los SCI consiste en la puesta en cuestión del valor de la vida. El empuje de una compulsión demoníaca que los arrastra en contra del deseo, y la posición de desmentida, representa un riesgo no sólo para la emergencia del infarto sino también para la obscenidad de una siniestra reincidencia. Por ello, nos parece oportuno alentar a la realización de acciones que propicien la apertura de espacios de debate y reflexión en equipos de servicios de cardiología dirigidos al conjunto de profesionales involucrados. Pues si Lacan afirma que el deseo es el remedio frente a la angustia, también podría sugerirse que, en pos de la prevención y del mayor bienestar posible, los médicos aconsejen la consulta o el tratamiento psicológico con igual rango que la medicación, el deporte, dietas alimentarias y demás prescripciones.



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