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Conclusiones

A lo largo de los capítulos precedentes hemos estudiado en profundidad las formas en las que se produce y reproduce la militancia juvenil en dos partidos de la centroderecha argentina, a partir del escenario post-2001 y antes de la pandemia (y la emergencia de las derechas radicales). Mostramos que las configuraciones socio-organizacionales de los partidos, asociadas a sus orígenes y trayectorias históricas, proporcionan los recursos mediante los cuales se construyen y sostienen distintos formatos de militancia. Este libro muestra que, más allá de que ciertos contextos sociopolíticos favorezcan (o desfavorezcan) los involucramientos políticos, los partidos como organizaciones importan. Sus instituciones formales e informales, sus medios sociales, sus inserciones estatales y sus culturas políticas brindan incentivos, repertorios de acción y marcos interpretativos que moldean formas de practicar y de concebir la militancia. En definitiva, son los partidos los que reclutan, movilizan y mantienen comprometidas a sus militancias. Los modos en los que estos partidos lo logran, y las prácticas de militancia resultantes han sido el problema de este libro.

El caso del PRO nos ha permitido analizar cómo un partido nuevo, formado luego de una crisis, que no hereda una estructura partidaria, recluta a gran parte de su dirigencia por fuera del campo político y llega rápidamente al gobierno local, logra construir y mantener una militancia juvenil organizada. El caso de la UCR, por su parte, nos ha permitido analizar cómo un partido tradicional, nacido a fines del siglo XIX, con una estructura partidaria institucionalizada y una cultura política sedimentada, produce y reproduce una militancia juvenil aún cuando se encuentra electoralmente debilitado y no accede al gobierno local o nacional desde la crisis de 2001. Así, nos hemos preguntado cómo se construye la militancia en un partido nuevo ascendente y cómo sobrevive la militancia en un partido tradicional declinante. Esta pregunta nos ha llevado a estudiar los modos en los que estos partidos se hacen de un recurso que, como ha mostrado la literatura reciente, resulta importante para su perdurabilidad como organizaciones (Levitsky, 2003; Rice, 2011; LeBas, 2011; Rosenblatt, 2013; Tavits, 2013; Van Dyck, 2014; Levitsky, Loxton y Van Dyck, 2016; Cyr, 2017; Pérez Bentancur; Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt, 2019). Producir y reproducir bases militantes contribuye al arraigo local de los partidos y al sostenimiento de su vida interna, aspectos fundamentales para su permanencia y resiliencia.

En estas últimas páginas nos proponemos recuperar los principales hallazgos empíricos de cada capítulo en función de nuestro problema. En el segundo capítulo, nos hemos detenido en los procesos de politización y movilización de esta generación de militantes juveniles que ingresa a la política durante el kirchnerismo en el PRO y la UCR, dos partidos opositores que, hacia 2015, confluyen en una coalición nacional de centroderecha. A través del análisis de las narrativas de las y los militantes sobre su politización e ingreso a la militancia, y de las trayectorias de ambos partidos luego de 2001 en la CABA, hemos echado luz sobre la configuración de sus compromisos entre 2003 y 2015. El capítulo muestra que mientras la militancia juvenil radical suele tener vínculos tempranos con la política y con el radicalismo, resultantes de su socialización en familias politizadas y con antecedentes de pertenencia al partido, la relación de la militancia juvenil del PRO con la política y con su partido es más tardía y se encuentra asociada a su rechazo al kirchnerismo.

Las y los militantes de la JR entran a su partido en una etapa de declive electoral, desprestigio y debilitamiento interno. Si bien ingresan a un partido opositor, sus narrativas evidencian una identificación con el radicalismo y un interés por la política no asociado tan directamente a sus posicionamientos opositores al kirchnerismo. Quienes provienen de familias radicales, conciben su pertenencia al partido como ligada al mundo de los afectos y articulan la historia reciente del radicalismo con la de su propia familia. La lectura de libros canónicos de la cultura radical y los intercambios con padres y abuelos ocupan un lugar central en sus vínculos tempranos con el partido.

Al momento de reconstruir los acontecimientos del período que marcaron sus ingresos y primeros años en la militancia, las y los militantes de la JR mencionan eventos ligados a la vida partidaria, como el 25to. aniversario de la democracia y la muerte de Raúl Alfonsín. Al contrario, las movilizaciones anti-kirchneristas y, entre ellas, el “conflicto del campo” de 2008, marcaron las entradas a la militancia de la juventud del PRO. Es el rechazo a los gobiernos kirchneristas el que, en sus narrativas, dispara la decisión de participar políticamente. La valoración del PRO como fuerza opositora al kirchnerismo es uno de los factores que contribuye a la elección del partido como espacio para hacerlo. Su identificación con el PRO, entonces, está estrechamente ligada al anti-kirchnerismo y a la coyuntura del período. El capítulo muestra, además, que si bien ambos grupos rechazan, con distintos argumentos, a la militancia juvenil kirchnerista, en JPRO esta alteridad es constitutiva de sus propias presentaciones de sí, en un esfuerzo por diferenciarse de esa militancia, así como de desmarcarse de los modos en los que consideran que son percibidos por ella.

En suma, este capítulo aporta dos hallazgos relevantes para nuestro argumento. En primer lugar, el radicalismo cuenta con un recurso simbólico de suma importancia para la producción y reproducción de su militancia: una identidad partidaria arraigada que se transmite intergeneracionalmente y con la cual sus militantes establecen un vínculo afectivo, generalmente asociado a su socialización familiar. La fortaleza de esta identificación le permite al radicalismo movilizar y reclutar militantes aún en un contexto de debilidad electoral. En segundo lugar, ante la ausencia de una identidad y una cultura política sedimentada, el PRO recluta y moviliza a sus militantes apelando al rechazo al kirchnerismo. El posicionamiento del partido como una de las principales fuerzas opositoras a partir de 2008 le permitió formar una militancia principalmente movilizada por el anti-kirchnerismo. Ambos partidos cuentan, entonces, con recursos simbólicos a partir de los cuales movilizan y producen identificaciones partidarias. Mientras la UCR apela a una cultura partidaria sedimentada y transmitida intergeneracionalmente, el PRO aprovecha aspectos de la coyuntura para producir identificaciones partidarias fuertes en un contexto de alta polarización.

Las militancias estudiadas en este libro se presentan a sí mismas como juveniles y están organizadas en sus partidos a partir de criterios etarios. El tercer capítulo del libro examina qué significa ser joven en el PRO y en la UCR. Primero, como una categoría movilizada para la presentación de sí, y para la legitimación hacia fuera y hacia dentro de la organización partidaria. Segundo, como un modo de organizar el trabajo político dentro del partido, de regular las relaciones de poder entre sus miembros y de crear espacios internos de pertenencia para sus generaciones más jóvenes. El capítulo muestra que en un partido nuevo surgido, luego de una crisis de representación, en torno a la figura de un empresario, la juventud como categoría político-moral es presentada como la máxima expresión de una “nueva política” que el PRO enarbola. Así, la juventud se asocia al ingreso a la política de personas sin experiencia previa que no cargan con los “lastres” del pasado y sus identidades “obsoletas”, y que, en tanto pertenecen a una generación “ajena a los debates ideológicos”, son capaces de dar soluciones pragmáticas a problemas concretos. La juventud se define en el PRO, entonces, como superación y ruptura con el pasado. Esta definición se construye en oposición a la “vieja política” de los partidos y los políticos tradicionales en general, pero más específicamente en rechazo a los repertorios discursivos de las juventudes kirchneristas que se presentan como herederas o continuadoras de las militancias peronistas de los sesenta y setenta (Vázquez y Vommaro, 2012). Estos hallazgos refuerzan los del capítulo anterior: el PRO moviliza recursos simbólicos basados en el rechazo a la política tradicional en general, y al kirchnerismo en particular. El partido construye una cultura partidaria lábil y flexible, que no sólo no reivindica identidades partidarias previas, sino que construye la suya a partir de impugnarlas.

La militancia juvenil del radicalismo, en cambio, se presenta como heredera y guardiana de los “valores” históricos del radicalismo, así como la encargada de modernizar las formas en las que estos son llevados a la práctica. Las y los militantes radicales recuperan la presentación pública histórica de la JR como una juventud capaz de alzar la voz ante la dirigencia partidaria para velar por la consistencia identitaria del partido (Benítez, 2010; Fernández, 2010; Giménez, 2011, 2013). Sin embargo, esta generación de militantes aporta un elemento distintivo ligado a la situación del partido desde finales de los noventa. La capacidad de defender los valores radicales y asumir una posición crítica frente a la dirigencia estaría ligada, en sus presentaciones de sí, a la autonomía que les brinda hacer política “desde el llano”, es decir, sin depender de puestos en el gobierno. La militancia de la JR moviliza diversas pruebas de su capacidad de crítica y de defensa de los “valores radicales”, desde su oposición a los recortes presupuestarios a las universidades nacionales durante el gobierno de Fernando De la Rúa hasta, más recientemente, las presiones públicas a las y los legisladores nacionales de su partido para que voten a favor de la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Los hallazgos de este capítulo evidencian, una vez más, la relevancia de la cultura partidaria, el peso de sus símbolos e historia, en la producción de incentivos identitarios y comunitarios, y en la configuración de las presentaciones de sí en la JR.

El capítulo muestra, además, que los sentidos políticos y morales atribuidos a la juventud en estos partidos no se corresponden necesariamente con los modos en los que la juventud opera como un principio para la división del trabajo político y del poder dentro de cada organización. En este sentido, evidenciamos en ambos partidos una instrumentalización de las militancias juveniles por parte de las dirigencias mayores. En el caso del radicalismo porteño, la dinámica de la competencia intrapartidaria a nivel nacional lleva a la JR de la CABA a converger en un mismo espacio interno con la dirigencia adulta local. Así, la organización juvenil es, muchas veces, una herramienta de la conducción local del partido para intervenir de modos menos moderados en las discusiones nacionales del radicalismo. Más que una voz capaz de alzarse contra la dirigencia, es la “cara rebelde” de la conducción partidaria local dentro del radicalismo nacional. Su agenda de reivindicaciones, por otra parte, se acota a temáticas consideradas como juveniles, que no afectan las orientaciones programáticas, la agenda parlamentaria o las estrategias aliancistas del partido. A su vez, en un partido que dirime sus internas mediante el voto de sus afiliados, el envejecimiento de su padrón y la rutinización de su cultura, ponen límites a las capacidades de la JR para innovar los repertorios. El llamado a aggiornar las prácticas encuentra sus límites en el peso que tienen las generaciones mayores en el juego interno del partido y, por ende, en la reproducción de aquellas antiguas formas de militancia mediante las cuales se interpela a los viejos afiliados. Este es otro de los hallazgos del capítulo: los atributos organizacionales, sociales y culturales de la UCR configuran un formato de militancia más rígido, poco abierto a la innovación y al cambio.

En el PRO nos encontramos también con una instrumentalización de la juventud partidaria. La organización juvenil del partido se compone de numerosos grupos de militancia creados por distintos dirigentes adultos para ganar notoriedad interna y hacerse de una base militante propia en sus campañas. Así, JPRO, como rama juvenil del partido, se encuentra subordinada a las internas de la dirigencia adulta, con poca autonomía para seleccionar a sus autoridades y surcada por las disputas de los dirigentes mayores.

Sin embargo, encontramos también que estas organizaciones juveniles brindan incentivos que las convierten en importantes canales para el reclutamiento y sostenimiento de la militancia en sus partidos. En el caso de la UCR, la juventud del partido tiene asegurados cargos propios dentro de las estructuras partidarias. Así, todos los niveles de la burocracia partidaria (desde la Convención Nacional hasta los comités comunales) cuentan con representación juvenil. Esta representación con voz y voto en los órganos de conducción brinda incentivos a su militancia juvenil: por un lado, un sentido de la “eficacia” de la participación en el partido (Pérez Bentancur, Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt, 2019), siendo que ningún otro grupo generacional de militantes cuenta con una vía de acceso diferencial a la burocracia partidaria como los miembros de hasta 30 años; por el otro, brinda incentivos de status vinculados a la posibilidad de hacer carrera interna y ocupar cargos que funcionan como una retribución simbólica (Gaxie, 1977; Panebianco, 1980).

Mientras en el PRO las puertas permanecen abiertas al ingreso de dirigentes por fuera del partido y de la política, casi la totalidad de los dirigentes del radicalismo han desarrollado un cursus honorum dentro de la UCR (Prats, 2016). Ocupar cargos internos en los órganos de conducción del partido, desde los inicios en la organización juvenil, es uno de los pasos para formar una carrera política en el radicalismo. En el caso de PRO, la situación es muy distinta. La organización juvenil, al igual que el partido, se encuentra débilmente institucionalizada. Los órganos de conducción formales del partido tienen poca relevancia y su militancia juvenil no tiene canales institucionalizados para incidir en la toma de decisiones dentro del partido. Sin embargo, participar en JPRO como representante juvenil de la agrupación de un dirigente adulto, permite ganar visibilidad dentro del partido y oportunidades de carrera. Las trayectorias de las y los dirigentes juveniles evidencian que ocupar posiciones de liderazgo en JPRO abre las puertas a cargos jerárquicos en la administración pública y a posiciones expectantes en las listas electorales locales. En este sentido, JPRO no brinda incentivos asociados a un sentido de la eficacia interna como la UCR sino a la percepción de las oportunidades de carrera, en un partido capaz de distribuir incentivos selectivos materiales a su dirigencia juvenil a través de cargos y candidaturas.

En el cuarto capítulo, mostramos que la militancia radical no solo se encuentra comprometida cultural e identitariamente con el partido, sino que está, además, activamente involucrada en la vida interna de la organización, a la que le dedica gran parte de sus esfuerzos e inversiones. Esto es posible porque el partido cuenta con recursos que brindan diversos incentivos para que sus militantes se interesen en mantener viva a la organización. En primer lugar, el partido cuenta con una organización formal estructurada territorialmente en forma ascendente del nivel comunal al distrital, y del nivel distrital al nacional. Tanto las autoridades comunales, como las y los delegados a las convenciones del partido local y de su juventud (que eligen, a su vez, a las autoridades partidarias) son seleccionados mediante elecciones internas de afiliados cada dos años. Así, cualquier afiliada o afiliado puede elegir y ser elegido en su comuna, integrando alguna lista interna. Para ello, necesita contar con un cierto número de avales y con otros 64 afiliados de la comuna con quienes completar la larga nómina de candidaturas que componen cada lista interna comunal. Este trabajo difícilmente pueda hacerse si no se participa activamente de un comité barrial, una institución informal del partido, fundamental para su vida interna y para su sociabilidad. Los comités barriales (nacidos en los orígenes del partido como espacios de reunión y de intermediación clientelar pero en la actualidad orientados casi totalmente al trabajo intrapartidario) son fundamentales para vincularse con las y los afiliados en busca de sus votos o avales, para la construcción de redes partidarias locales y para la negociación de listas de unidad dentro de una misma comuna. En este sentido, las instituciones formales e informales del partido le otorgan a los comités un papel central que mantiene viva a esta institución aún cuando ya no sea eficaz como herramienta electoral. Para la militancia juvenil, participar de un comité es un requisito indispensable para iniciar ese cursus honorum informalmente institucionalizado que supone hacer una carrera interna en el partido comenzando por su organización juvenil. Desde el cargo de sexto delegado suplente de la comuna hasta la presidencia nacional de la JR, y de allí en adelante, el partido ofrece un extenso escalafón de cargos internos que brindan incentivos de status, pero que además son un requisito informal para hacer política desde el partido.

Los comités barriales son, además, los ámbitos de sociabilidad partidaria más importantes de la UCR porteña, espacios de encuentro intergeneracional en los que las y los militantes establecen lazos, y reproducen la identidad y la cultura partidaria, algo que se evidencia en los nombres de los comités, sus decoraciones y las actividades que organizan. En este sentido, además de la socialización familiar, que ocupa un papel importante en la identificación temprana con el radicalismo en parte de sus militantes, el partido cuenta con sus propios ámbitos para socializar a sus miembros. En suma, en este capítulo mostramos cómo un partido electoralmente debilitado como la UCR puede mantener cierta vitalidad interna gracias a sus instituciones formales e informales y a sus ámbitos de sociabilidad, que le permiten producir y reproducir militantes altamente implicados en el sostenimiento de la organización partidaria.

En contraste, las y los militantes del PRO están poco involucrados en la reproducción de la organización y más orientados a cumplir tareas auxiliares en campañas electorales centralizadas y profesionalizadas. Se acercan más al tipo ideal del militante “movilizador” que al del militante “organizador” (Han, 2014). En el cuarto capítulo describimos densamente el repertorio de campaña del PRO y su militancia juvenil, signado por la escenificación de la “proximidad” de sus candidatos con el ciudadano común. Mostramos que mientras en los períodos de campaña la juventud del PRO goza de poco margen para configurar sus propios repertorios, fuera de las actividades proselitistas sus militantes se encuentran más habilitados que la militancia de la JR a incidir en la conformación de sus prácticas. En un partido con una cultura política lábil, sin repertorios de acción rutinizados y sin ámbitos de sociabilidad intrapartidarios relevantes, los bagajes que las y los militantes traen de sus mundos sociales de pertenencia (Vommaro, 2017b) tienen un peso mayor. El PRO, en ese sentido, es más permeable a los ámbitos de sociabilidad extrapartidarios de su militancia, de los que se nutre de repertorios y marcos interpretativos que reconfigura con propósitos partidarios. En este sentido, el cuarto capítulo evidencia la importancia que tiene para la juventud del PRO en la CABA la sociabilidad en instituciones católicas de sectores medio-altos y altos, concretamente las experiencias en voluntariados solidarios. Mostramos que las y los dirigentes juveniles del PRO recuperan estas experiencias a las que, retrospectivamente, asignan un papel significativo en el “despertar” de su vocación pública, y las ponen al servicio del partido para el reclutamiento y la socialización de sus nuevos militantes juveniles. Esta estrategia, que moviliza recursos y redes de sociabilidad extrapartidarias, se muestra efectiva para atraer al PRO a jóvenes en principio renuentes a la participación política pero familiarizados con los voluntariados.

En el quinto capítulo mostramos, además, que otro ámbito de sociabilidad extrapartidario del mundo católico integra el medio social de JPRO, y es uno de los canales de reclutamiento y socialización política de sus militantes. Nos referimos a los centros de estudiantes de la UCA, una universidad privada católica de sectores medio-altos y altos. Si bien el partido no cuenta con vínculos formales ni con organizaciones estudiantiles que usen el sello del PRO en esa universidad, parte de su militancia juvenil ha presidido o integrado sus centros de estudiantes desde el nacimiento del partido. Las y los militantes de JPRO que participan de la vida asociativa de esta universidad se valen de sus redes en los centros de estudiantes para el reclutamiento de nuevos militantes, al mismo tiempo que capitalizan esa participación estudiantil dentro del PRO. El liderazgo en los centros de estudiantes de la UCA, en tanto es puesto al servicio de la organización juvenil, es un capital valorizado en el PRO, que permite a sus militantes juveniles hacerse de prestigio interno y establecer vínculos privilegiados -desde su doble condición de militantes y representantes estudiantiles- con la dirigencia partidaria, a la que suelen invitar a charlas y debates organizados en la universidad.

La cercanía sociocultural y los vínculos fluidos de JPRO con los centros de estudiantes de la UCA, contrastan con las dificultades que han tenido sus militantes para insertarse en la vida político-asociativa de la UBA, la universidad pública más grande del país. Hemos mostrado que el PRO no ha hecho mayores esfuerzos organizacionales por implantarse en esta universidad y que la iniciativa de crear agrupaciones estudiantiles del PRO ha sido el resultado de emprendimientos de militantes juveniles que estudian en la universidad. La militancia juvenil del PRO ha ensayado diversas estrategias para insertarse en la política estudiantil de la UBA, consolidando un repertorio que busca interpelar a estudiantes cansados de la política, a los que pretenden cautivar mediante la impugnación de las prácticas tradicionales de la militancia universitaria, y a partir de una presentación pública basada en el hacer y la gestión. El capítulo muestra que, mientras el PRO integra tempranamente a la UCA –universidad en la que estudiaron algunos de sus principales dirigentes, incluido Mauricio Macri- a su medio social, tiene mayores dificultades para participar en la vida política de la UBA. Sus principales dirigentes partidarios no han participado del movimiento estudiantil (Vommaro, 2018) y no han invertido recursos para implantar al PRO en una universidad que consideran poco afín al partido.

En cambio, la UBA y sus centros de estudiantes son uno de los principales ámbitos de participación de la militancia juvenil radical en la CABA. La UCR ha cultivado vínculos con esta universidad y con su movimiento estudiantil desde las primeras décadas del siglo XX, y cuenta con organizaciones estudiantiles formalmente integradas al partido. Así, las agrupaciones universitarias radicales son un recurso de gran relevancia para la reproducción de su militancia juvenil. Por un lado, son una de las vías de entrada al partido y de construcción de ese cursus honorum al que hemos hecho referencia. Así como la JR tiene sus representantes con voz y voto en los órganos de conducción del partido, las organizaciones universitarias también cuentan con sus propios representantes, por lo que la militancia universitaria es una forma de iniciar una carrera en el radicalismo e incidir en el partido. La posibilidad de acceder a cargos internos, a candidaturas en las listas estudiantiles y a puestos en los centros de estudiantes o en el gobierno de la UBA, brindan incentivos para militar en el partido desde la universidad. Por otra parte, participar de la vida política de la UBA supone un intenso ritmo de militancia, con campañas electorales todos los años y la oportunidad de gestionar centros de estudiantes con importantes presupuestos, lo que hace de este ámbito un espacio más dinámico para la militancia juvenil que los comités barriales. De todos modos, tanto las agrupaciones universitarias como los comités barriales constituyen aquellos ámbitos de sociabilidad partidaria donde la militancia juvenil radical establece lazos fuertes que contribuyen a afianzar su pertenencia al partido. Por otra parte, la presencia radical en la gestión de la universidad y en los centros de estudiantes le permite al partido distribuir puestos de trabajo y otros recursos materiales entre sus militantes universitarios. En un contexto electoral adverso para el partido luego de 2001, la UBA se constituyó en un refugio para la militancia y la dirigencia radical porteña. Fue desde la vida política de la universidad que se recompusieron sus líneas internas y se renovaron sus dirigentes luego del colapso. Aún debilitada, la UCR ha logrado mantener su poder en varias facultades de la UBA. Hemos mostrado cómo, para mantener este valioso recurso, ante el desprestigio del radicalismo luego de 2001, estas agrupaciones tienden a ocultar su pertenencia partidaria y a afianzar un repertorio orientado casi exclusivamente a brindar servicios gremiales.

Por fuera de la UBA, la inserción de la militancia de la JR porteña en el ámbito público es débil y periférica. El colapso de 2001 y el debilitamiento electoral de la década siguiente dejaron al radicalismo fuera del gobierno local y con pocas chances de recuperarlo, al menos hasta 2015. Por ello, en virtud de su posición minoritaria en el poder legislativo y su histórica incidencia en los colegios de abogados, la militancia de la UCR porteña conserva principalmente inserciones en los organismos extra-poder, descentralizados o de control, con una modesta inserción en los despachos legislativos de la CABA, producto de una mejora en su performance electoral en el distrito a partir de 2013. En el sexto capítulo mostramos que estas inserciones no tienen demasiada relevancia en la configuración de las prácticas de militancia de la JR y sirven, fundamentalmente, como una fuente de recursos materiales para sostener a parte de sus militantes.

La fuerte y extendida inserción estatal del PRO en la CABA desde 2007, en cambio, es fundamental para su militancia juvenil y le provee al partido de recursos no solo materiales, sino también simbólicos, sociales y organizacionales para su producción y reproducción. En primer lugar, el relativamente reducido número de militantes de JPRO y la extendida y poco regulada estructura de empleo público del gobierno de la CABA han hecho del empleo estatal uno de los principales recursos materiales para la reproducción de la militancia juvenil del PRO en el distrito. En segundo lugar, la llegada al gobierno local en 2007 permitió que dirigentes partidarios a cargo de áreas gubernamentales crearan grupos de militancia juvenil propios desde las oficinas estatales a su mando. Esta proliferación de grupos juveniles formados desde la administración pública local sirvió para nutrir las filas de JPRO, que a partir de 2010 comenzó a nuclear a estas distintas agrupaciones dentro la organización. La inserción estatal no sólo le brindó al partido oportunidades de patronazgo y de reclutamiento dentro de la administración pública sino que, además, le proveyó a la militancia juvenil de un ámbito de sociabilidad desde el cual producir y reproducir repertorios de acción y marcos interpretativos. Así, la juventud del PRO ha forjado una incipiente identidad sustentada –además de en el anti-kirchnerismo y el rechazo a la “vieja política”- en un ethos del hacer y la gestión, como aglutinante simbólico de sus prácticas en diversos espacios de militancia. Ante la ausencia de otros ámbitos de sociabilidad partidaria, las oficinas estatales sirven en el PRO como un espacio en el cual establecer lazos y formar grupos de militancia, que brindan incentivos identitarios y comunitarios al articular el quehacer laboral cotidiano con el partidario, y al convertir a la defensa del trabajo propio y del grupo de pertenencia en una “causa” de militancia. Eso, a su vez, favorece el reclutamiento de nuevos militantes desde dentro de la administración pública. A esos incentivos se suman, además, los incentivos materiales y de status ligados a la posibilidad de hacer una carrera profesional y política ascendente dentro del Estado y de JPRO militando bajo el ala del dirigente que, además, está a cargo de la dependencia estatal en la que se trabaja.

El análisis de nuestros casos ha mostrado la productividad del enfoque socio-organizacional que propusimos en el primer capítulo. Los partidos producen y reproducen a sus militancias a partir de recursos que les permiten reclutarlas y sostenerlas de distintos modos. Esos recursos los obtienen tanto de sus formas organizacionales y de sus accesos al Estado, como de sus culturas partidarias y de los ámbitos que componen sus medios sociales. Estos ámbitos de sociabilidad nutren a los partidos de repertorios, visiones del mundo y vínculos con grupos e instituciones. El estudio relacional e integrado de los rasgos organizacionales, sociales y culturales de los partidos nos ha permitido dar cuenta de la diversidad de recursos mediante los cuales se moldean formatos de militancia juvenil en el PRO y la UCR.

Hemos mostrado que, como resultado de sus distintas configuraciones socio-organizacionales y recursos disponibles, el PRO y la UCR producen y reproducen formatos de militancia muy diferentes. La arraigada identidad partidaria del radicalismo y su transmisión intergeneracional, una organización que mantiene cierta vitalidad gracias a sus instituciones formales e informales y a sus ámbitos de sociabilidad partidarios, y su enraizamiento en la UBA (que ha servido de refugio en tiempos de adversidad, de fuente de recursos y de canal de reclutamiento), producen y reproducen una militancia orientada al sostenimiento de la vida interna de la organización y comprometida identitariamente con el partido, aún cuando éste se encuentre fuera del gobierno y no brinde mayores oportunidades de carrera para sus militantes. Se trata, como hemos argumentado, de recursos de alto costo (Cyr, 2017), acumulados en una larga historia partidaria, que suponen esfuerzos organizacionales sostenidos y una cultura política altamente sedimentada. Esta fortaleza, que le ha permitido sobrevivir a la organización en tiempos adversos, tiene como correlato una rigidez e inercia organizacional que ha dificultado la adaptación del partido a los cambios societales en su histórico núcleo electoral y no le ha permitido, por el momento, recuperar su posición de liderazgo en la CABA luego del colapso de 2001.

El PRO, en cambio, es un partido con una corta trayectoria que se ha construido exitosamente en poco más de una década. Los recursos mediante los cuales produce y reproduce a su militancia deben más a su temprana llegada al gobierno local y al aprovechamiento de la coyuntura sociopolítica que a inversiones organizacionales de largo plazo o a la producción de una cultura política y de enraizamientos sociales institucionalizados. Su organización es informal, su cultura política es lábil y flexible y su medio social se ha configurado a partir de redes personales informales ligadas a los mundos sociales de pertenencia de sus dirigentes y militantes. En este sentido, se trata de recursos más volátiles que los del radicalismo. Es posible que esta mayor flexibilidad le haya permitido al PRO interpelar a aquellos sectores medios porteños que el radicalismo perdió desde mediados de los noventa y, desde la gestión de la capital del país, posicionarse en un contexto sociopolítico altamente polarizado. Sin embargo, la fortaleza de la labilidad supone, al mismo tiempo, un mayor riesgo para la supervivencia de la organización ante escenarios de fracaso electoral, de despolarización del escenario político o de éxito de nuevas fuerzas de derecha.



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