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1 Elementos conceptuales para un estudio sociopolítico de las militancias partidarias juveniles

Introducción

En este capítulo proponemos un enfoque interpretativo para el estudio sociopolítico de las militancias partidarias juveniles del PRO y la UCR. Nos interesamos por el estudio de los casos en su singularidad, a partir de descripciones densas de los repertorios de acción, los marcos interpretativos movilizados por los agentes para producir sentido, las formas de socialización política, politización y entrada al partido, así como los vínculos que establecen las y los militantes con las organizaciones a las que pertenecen y las carreras que desarrollan dentro de ellas. A todos estos aspectos analíticos, en tanto configuraciones singulares de prácticas, los denominamos formatos de militancia. Como argumentamos en el capítulo introductorio, nuestro trabajo se orienta por el postulado de que los formatos de militancia de las juventudes partidarias se encuentran moldeados por las instituciones formales e informales de la organización, sus medios sociales, su inserción estatal y su cultura política. Es la particular configuración de estos atributos en cada partido lo que denominamos su configuración socio-organizacional.

Los partidos, a través de su organización formal e informal, de los ámbitos de sociabilidad y reclutamiento de su medio social, de los símbolos y tradiciones compartidas de su cultura partidaria, y de sus diversas inserciones estatales, cuentan con distintos recursos (organizacionales, sociales, simbólicos y materiales) a partir de los cuales producen y reproducen a sus militancias. Esos recursos proveen incentivos, repertorios y marcos interpretativos para la acción.

Figura 1.1. Configuraciones socio-organizacionales y formatos de militancia: dimensiones analíticas

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Fuente: elaboración propia.

De este modo, proponemos analizar los canales de reclutamiento y los ámbitos de sociabilidad de las militancias partidarias, en tanto permiten comprender la construcción de sus repertorios de acción y marcos interpretativos. Proponemos trascender las fronteras institucionales formales para investigar también sus instituciones informales y sus relaciones con otras organizaciones y ámbitos de sociabilidad. Nos interesamos, por otra parte, por el estudio procesual de la militancia: sus procesos de socialización política, sus formas de politización y de entrada a la militancia, así como los modos en los que se producen sus compromisos y carreras. En tanto nuestra investigación hace foco en las militancias juveniles, se elaboran en este capítulo, además, algunos elementos conceptuales específicos para abordar la dimensión generacional de estos compromisos, para el estudio de la juventud en tanto categoría dotada de sentidos políticos y morales, y en tanto principio para el reparto del poder y del trabajo político dentro de las organizaciones partidarias.

Hacia un abordaje socio-organizacional de las militancias partidarias

Desde mediados de los años sesenta, la literatura europea sobre partidos políticos se ha dedicado a estudiar las mutaciones de las organizaciones partidarias en el marco de procesos más amplios de modernización y complejización social. Kirchheimer (1980 [1966]), en su célebre trabajo, anuncia la transformación de los viejos partidos de masas (Weber, 2008 [1922], Michels, 1962 [1911], Duverger, 1984 [1951]) en partidos catch-all, con ideologías más difusas, abiertos a interpelar a electorados de diversas extracciones sociales, orientados hacia las audiencias de los medios masivos de comunicación, menos burocratizados, y en los que las bases y los afiliados tienen menos peso. Cobra fuerza, así, la tesis del desanclaje social y la autonomización de los partidos, que da impulso a una revitalización de los estudios centrados en las organizaciones[1], retomando la tradición fundada por Weber (2008 [1922]), Ostrogorski (2008 [1903]), Michels (1962 [1911]), Schumpeter (1984 [1942]) y Duverger (1984 [1951]), entre otros. Así, estos estudios partieron del diagnóstico de que los partidos perdieron, a partir de la segunda mitad del siglo XX, sus funciones expresivas o integrativas de demandas sociales (Kirchheimer, 1980), articuladas en identidades colectivas e ideologías, para convertirse en emprendimientos electorales en manos de profesionales, con escasa estructura burocrática interna y una pérdida de relevancia de sus miembros (Panebianco, 1988).

Los partidos, según enfatiza esta literatura, se volvieron cada vez más dependientes de los recursos estatales para su supervivencia (Van Biezen y Kopecky, 2007), intensificando más aún su distanciamiento y autonomización respecto a la ciudadanía. No serían ya mediadores entre el Estado y la sociedad, canalizando demandas de grupos sociales a través de políticas públicas, sino representantes o brokers del Estado ante la sociedad (Katz y Mair, 1995; 1997; 2009; Scherlis, 2008). Según Katz y Mair (2002), las organizaciones partidarias contemporáneas se estatalizaron, esto es, el partido en el poder público (party in public office) se volvió predominante frente a la dimensión burocrática (party in the central office) o de base (party on the ground) de la organización. El partido quedó en manos de los dirigentes electos y el propósito de la actividad partidaria se orientó, principalmente, a procurarse cargos y recursos públicos. Así, estos estudios señalan que las bases de militantes y afiliados perdieron relevancia y decayeron cuantitativamente (Mair y Van Biezen, 2001; Dalton y Wattenberg, 2002; Scarrow y Gezgor, 2010; Whiteley, 2011; Van Haute y Gauja, 2015). La tesis de la profesionalización (Panebianco, 1988) y la estatalización (Katz y Mair, 2002) se complementa con tesis de la cartelización (Katz y Mair, 1995), según la cual los partidos establecidos se distribuyen recursos y subsidios estatales que les permiten sobrevivir aún sin ganar elecciones, lo que genera una morigeración de la competencia y una homogeneización programática entre partidos aparentemente adversarios. De este diagnóstico se desprende el desinterés de estos estudios por las dimensiones sociales y culturales de las organizaciones partidarias, tanto como por las formas que asumen sus militancias en estos nuevos tiempos.

Los estudios recientes sobre organizaciones partidarias en América Latina muestran que el cuadro es más complejo y heterogéneo. Este recorrido lineal, sumamente estilizado y basado en los partidos europeos, no siempre se corresponde con la realidad de los partidos de la región, algunos de los cuales muestran fuertes enraizamientos sociales, organizaciones institucionalizadas o importantes bases militantes y estructuras territoriales (Levistky, 2003; Van Cott, 2005; Madrid, 2005; Rice, 2011; Alenda, 2014; Van Dyck, 2014b; Anria, 2018; Pérez Bentancur, Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt, 2019). Si bien es verdad que los partidos latinoamericanos dependen, en gran parte, de recursos estatales, tampoco es esto una novedad, ni supone necesariamente un desanclaje. Los estados latinoamericanos, por su parte, distan de parecerse a los estados europeos en los que se ha inspirado la tesis de los partidos cartel de Katz y Mair (1995). Asimismo, lejos de la indiferenciación y cartelización partidaria, las últimas décadas muestran, en muchos países -incluida Argentina- contextos de alta polarización que favorecen la construcción partidaria, la movilización y la producción de compromisos militantes fuertes (Levitsky, Loxton y Van Dyck, 2016; Piñeiro, Rhodes-Purdy y Rosenblatt, 2016).

La historia reciente de los sistemas partidarios latinoamericanos muestra que muchas de estas “nuevas democracias” han experimentado en las últimas décadas crisis que produjeron la extinción o debilitamiento de los partidos tradicionales y la emergencia de nuevos partidos (Roberts, 2014; Van Dyck, 2014; Levitsky, Loxton y Van Dyck, 2016; Lupu, 2016; Cyr, 2017; Vommaro, 2019). En este marco, numerosos trabajos han evidenciado que los partidos en mejores condiciones para sobrevivir o para establecerse, en el caso de los nuevos partidos, son los que logran arraigarse socialmente y construir organizaciones formales o informales robustas (Rice, 2011; Rosenblatt, 2013; Van Dyck, 2014; Levitsky, Loxton y Van Dyck, 2016; Cyr, 2017). Contar con una organización formal o informal institucionalizada, con una estructura territorial y una militancia de base, y con una “marca” o identidad partidaria consolidada y distinguible (Lupu, 2016), resulta de gran importancia para la perdurabilidad de los partidos. En consecuencia, el estudio de las militancias, así como de las dimensiones sociales y culturales de las organizaciones partidarias, continúa siendo relevante para comprender el funcionamiento de los partidos políticos. Resulta, por ello, pertinente un enfoque que considere de modo relacional estas dimensiones de la vida partidaria para el estudio de sus militancias.

Las organizaciones partidarias en sus medios sociales y en sus inserciones estatales

Las organizaciones partidarias son el producto de las interacciones de sus miembros en sus distintos niveles (simpatizantes, afiliados, militantes, dirigentes, funcionarios, etc.) y de esas organizaciones con otras organizaciones (sindicatos, iglesias, cámaras empresariales, clubes, universidades, etc.) y grupos sociales. En este sentido, que los partidos contemporáneos se parezcan menos al modelo típico-ideal del partido de masas, no significa que no tengan vínculos con instituciones y grupos sociales, ni que los miembros que los producen y reproducen no sean agentes posicionados en el espacio social, dotados de recursos resultantes de sus prácticas en diversos ámbitos de sociabilidad. Las luchas de poder intrapartidarias, la formación de facciones internas, los recursos movilizados para la conquista de posiciones de poder y los repertorios de acción de las militancias no pueden ser adecuadamente analizados si no se estudian relacionalmente las propiedades sociales de los agentes que hacen a la organización.

En este sentido, defenderemos aquí la relevancia de estudiar los medios sociales en los cuales las organizaciones partidarias nacen y se desarrollan (Sawicki, 1997, 2001, 2011). Así, sin abandonar el foco de interés en la organización partidaria, el abordaje que proponemos busca estudiar a la organización como el resultado de la producción de agentes a su vez producidos socialmente. Rechazando la oposición entre los enfoques societales y organizacionales, el tipo de análisis que realizaremos pretende -siguiendo a autores como Lagroye (1993), Sawicki (1997), Offerlé (2004), Pudal (1988), Vommaro (2015; 2017b)- estudiar la “construcción social de la organización partidaria” (Sawicki, 1997), integrando en un mismo abordaje las dimensiones organizacionales, culturales y sociales para el análisis de las militancias partidarias.

Contra los análisis unilateralmente organizacionales, las organizaciones partidarias no serán estudiadas como si fueran entidades monolíticas al margen de la vida social, sino como parte de ella, es decir, en tanto productos y productoras de relaciones sociales. Así, nos interesaremos por los medios sociales partidarios, es decir, los ambientes sociales de los partidos. Desde el punto de vista de los agentes, es decir de los miembros de la organización en sus distintos niveles, este medio se compone de circuitos de ámbitos de sociabilidad, es decir, de espacios de interacción perdurables, en los cuales los agentes desarrollan una socialización política continua. El estudio de estos medios sociales partidarios permite dar cuenta de las formas de sociabilidad y de las prácticas a través de las cuales sus miembros se socializan políticamente, adquiriendo y actualizando marcos interpretativos, saberes prácticos y repertorios de acción. En definitiva, como precisaremos en los apartados siguientes, permite dar cuenta de cómo se configura cierta homogeneidad sociocultural dentro de una organización partidaria, producto de experiencias de sociabilidad compartidas. Al mismo tiempo, permite estudiar cómo ciertos recursos y repertorios ligados a determinadas experiencias sociales adquieren mayor o menor valor en cada partido en tanto capital político movilizable en la competencia intrapartidaria. Como señala Vommaro (2015: 120), con su noción de mundos sociales de pertenencia, “estudiar la conexión de una organización con diversos mundos sociales permite repertoriar esquemas interpretativos y visiones del mundo dominantes, así como su complicidad con ciertas porciones del mundo social”.

Desde el punto de vista de la organización, el estudio de su medio social permite dar cuenta de los ámbitos de reclutamiento de sus militantes, cuadros dirigentes y funcionarios, y de este modo, de la implantación del partido en diferentes grupos sociales. Por otra parte, nos muestra las relaciones que los dirigentes y miembros del partido establecen con otras organizaciones (Poguntke, 2005), vinculadas o no a la actividad política. Asimismo, permite estudiar al partido más allá de sus fronteras institucionales, considerando en el análisis a las redes de organizaciones que no se encuentran formalmente integradas al partido pero que conforman un recurso organizacional de éste (Schwartz y Lowson 2005). Esta es, posiblemente, una de las ventajas de este tipo de enfoque para el estudio de los partidos políticos en Argentina y otros países de América Latina, dada la relevancia de las instituciones informales (Helmke y Levistsky, 2004) en los partidos de la región (Levitsky, 2001, 2003; Freidenberg y Levitsky, 2007) y la existencia de agrupaciones que, si bien se movilizan partidariamente, no comparten el sello ni la estructura interna del partido.

Los ámbitos de sociabilidad y reclutamiento del medio social partidario pueden, a su vez, encontrarse más o menos institucionalizados, en tanto sus vínculos con la organización partidaria pueden ser más o menos estables o lábiles y, a su vez, encontrarse institucionalizados formal o informalmente. En este sentido, pueden formar parte de los estatutos partidarios como organizaciones colaterales o, en cambio, vincularse con el partido a través de las redes informales de sus dirigentes y militantes.

Nos proponemos en nuestro trabajo estudiar las organizaciones partidarias y las militancias en su doble configuración. Por un lado, los modos en los que los agentes moldean al partido a partir de acervos prácticos y visiones del mundo adquiridos en los ámbitos de sociabilidad que componen sus mundos sociales de pertenencia (Vommaro, 2015, 2017b), proveyendo al partido de recursos y contribuyendo a la conformación de su medio social. Por el otro, los modos en los que los partidos moldean a sus agentes, emprenden esfuerzos organizacionales para su socialización política, reproducen y transmiten símbolos, rituales, creencias y tradiciones de su cultura partidaria, y les proveen de reglas formales e informales para el desarrollo de la actividad política en la organización. Mientras que en partidos nuevos, sin culturas políticas sedimentadas y débilmente institucionalizados, es posible que la primera dirección de esta configuración tenga mayor peso, es esperable que en partidos tradicionales, con medios sociales y reglas más fuerte y formalmente institucionalizadas, el peso del partido como agente socializador sea mayor.

Por otra parte, en partidos en que la gestión pública ocupa un lugar protagónico al momento de seleccionar candidatos y diseñar campañas, reclutar y sostener militancias, o dar forma a discursos y prácticas, la inserción estatal es también un elemento de suma relevancia. Interesa aquí no solo la extensión de esa inserción partidaria en el Estado (en cuáles y en cuántos niveles territoriales, por ejemplo) sino también el tipo de inserción (si se da predominantemente en los ejecutivos, legislativos, organismos extra-poder o de control, etc.), así como el grado de profesionalización del servicio público (o sea, las condiciones en las que es más o menos posible el patronazgo partidario). Todo ello dará cuenta de la capacidad de la organización para colocar a sus militantes en puestos dentro de la administración pública y de reclutar nuevos militantes dentro de las oficinas del Estado. Así, las oficinas estatales constituyen también ámbitos de sociabilidad para la militancia partidaria, especialmente cuando el partido está a cargo de poderes ejecutivos o tiene un peso electoral relevante que le permite acceder a cargos en los poderes legislativos y en organismos descentralizados. La administración pública es, de este modo, uno de los ámbitos en los que la militancia partidaria desarrolla sus prácticas y carreras, se socializa políticamente, produce sentidos en torno a su quehacer político y se legitima públicamente. En este sentido, la inserción estatal de los partidos no sólo provee recursos materiales y organizacionales como han enfatizado los estudios sobre patronazgo (Kopecky y Mair, 2011; Kopecky, Spirova y Scherlis, 2011), sino que, además, brinda ámbitos de sociabilidad donde se configuran repertorios de acción y marcos interpretativos.

Estudiar las militancias partidarias a partir de sus ámbitos de sociabilidad y procesos de socialización política

Tomando como foco de interés a los agentes, el estudio del medio social partidario nos permite dar cuenta de los ámbitos de sociabilidad en los cuales los militantes se socializan políticamente, es decir, adquieren ciertos esquemas interpretativos, repertorios de acción y recursos que ponen en juego en su militancia partidaria. Esto implica estudiar los procesos de socialización política como el resultado dinámico de prácticas durables en ámbitos de sociabilidad dentro y fuera de la organización partidaria. A su vez, implica estudiar los modos en los que esos procesos de socialización inciden, por un lado, en las formas de hacer y pensar la política, y por el otro, en la configuración de la organización partidaria misma.

Para nuestros fines, entendemos a los repertorios de acción -reformulando un concepto acuñado por Charles Tilly (2006) para estudiar formas de protesta social- como acervos disponibles y compartidos dentro de la organización de formas de acción política que los militantes manejan con destreza y aplican de un modo reflexivo en diversos contextos. A su vez, la idea de marcos interpretativos, inspirada en el concepto de Erving Goffman (2006) y recuperada luego para el estudio del activismo en movimientos sociales (Snow, 2004; Polletta y Kai Ho, 2006, Cefaï, 2008), nos servirá para dar cuenta de los principios cognitivos y morales a partir de los cuales los agentes interpretan los contextos de la acción, y dan sentido a las prácticas propias y ajenas. Estos marcos interpretativos son, al igual que los repertorios, un producto complejo de la relación entre la organización partidaria y los agentes que los movilizan reflexivamente para pensar y actuar en diversos contextos. La idea de marcos interpretativos, tal y como la presentamos aquí, vincula las actividades prácticas de los agentes con sus modos de interpretar y evaluar los contextos de acción, en su relación con otros agentes -por ejemplo, en nuestro estudio, las militancias juveniles de organizaciones políticas adversarias- y con las luchas simbólicas orientadas a producir definiciones legítimas de objetos (Bourdieu, 2001) -por ejemplo, de la política o de la militancia juvenil-, presentaciones de sí (Goffman, 1989), narrativas y justificaciones de cursos de acción. Ambos conceptos permiten dar cuenta de la capacidad de los agentes para poner en juego repertorios disponibles y compartidos dentro de la organización, adaptarlos y transformarlos en función de los contextos de la acción, y dotarlos de sentido. Son, por ello, conceptos que enfatizan el carácter organizado y recursivo de la acción y que permiten rastrear sus modos de configuración sin darlos por sentados.

El enfoque que proponemos busca, además, abordar a la militancia en su carácter procesual (Fillieule, 2001; Sawicki y Siméant, 2009; Fillieule y Pudal, 2010; Pudal, 2011). En este sentido, abonamos a una concepción de la socialización política que reconoce, en primer lugar, su extensión temporal, su dinamismo y su carácter configuracional, al tiempo que toma en cuenta que este proceso no ocurre “en el aire”, sino bajo ciertas condiciones sociales que implican condicionamientos. En consecuencia, concebimos a la socialización política, siguiendo en parte a Fillieule (2012:349), como un proceso relacional y continuo de interiorización de marcos de interpretación y de acción relativos al mundo político, dimensión del mundo social cuya definición se encuentra contenida en esos mismos marcos y que es, por tanto, variable y sujeta a disputas. Vale señalar, que lejos de tratarse de un tipo de socialización diferenciada, todos los elementos de la socialización son susceptibles de funcionar como operadores de identificación y de apreciación política, en tanto estructuran la relación de los agentes consigo mismos y con el mundo social. La socialización política es, entonces, un proceso social e históricamente determinado, que depende tanto de la posición de los agentes en el espacio social y sus ámbitos de sociabilidad, como de los contextos sociopolíticos en los que se inscriben, tal como desarrollaremos más adelante en este capítulo. Asimismo, se trata de un proceso continuo y dinámico que, a pesar de encontrarse condicionado socialmente, no se restringe a los espacios de socialización primarios, sino que se configura en diversos ámbitos y a través de diversas prácticas de la vida social. En consecuencia, podemos afirmar que la participación en una organización política no sólo depende de la socialización política previa y sus efectos sobre la politización de un agente, sino que debe ser considerada como una instancia de socialización política en sí misma (Bargel, 2009a; Fillieule y Pudal, 2010; Fillieule, 2013; McAdam, 1989).

Los procesos de socialización política pueden dar lugar a diversos tipos de relaciones con el mundo político y a capacidades dispares de otorgar un sentido político a determinadas capas del mundo social. Mientras toda socialización supone, en mayor o en menor grado, una socialización política, no toda socialización política resulta en una relación de implicancia con el mundo político. Entre una relación de total implicancia y una completa apatía, encontraremos diversos modos de relación con la política o de producción de tomas de posición (Gaxie, 2013). En consecuencia, retomando a Daniel Gaxie (1987), definiremos aquí la politización como una atención dada al funcionamiento del campo político, un interés por la política que implica dotar de significatividad aquello que ocurre en ella, sentirse parte y considerarse capaz de otorgarle un sentido. Cuanto más politizado está un agente, no sólo es mayor la relevancia de los fenómenos políticos en su estructura de significatividades (Schutz, 2008), sino que mayor es aquella capa de la realidad social susceptible de ser interpretada como “política”. Esta capacidad de dotar de sentido a los eventos políticos supone la adquisición de ciertas competencias políticas (Gaxie, 1987, 2007), que implican tanto competencias técnicas, es decir, un dominio de los instrumentos necesarios para el (des)ciframiento del significado de los acontecimientos políticos, como competencias estatutarias vinculadas la creencia de estar autorizado a intervenir en las discusiones políticas y, eventualmente, a asumir un compromiso político en una organización.

El compromiso militante en las organizaciones partidarias: incentivos, carreras y vínculos con el partido

Los procesos de socialización política y las formas de politización de los agentes a nivel individual, sin embargo, no alcanzan para dar cuenta de sus entradas a la militancia ni de las características que asumen los compromisos en cada organización. Como veremos en la sección siguiente, los recursos y competencias de los agentes se encuentran con contextos sociopolíticos que (des)incentivan el involucramiento político y (des)favorecen determinados canales de participación. Al mismo tiempo, las organizaciones partidarias desarrollan estrategias de reclutamiento más o menos activas y ofrecen una serie de incentivos que nos permiten comprender algunas características de la militancia en cada partido, los tipos de carreras que se desarrollan y el vínculo que establecen los agentes con la organización.

Interesarse por la política o por la participación política o, inclusive, ingresar a un partido político implica algo cualitativamente distinto a desarrollar un compromiso consistente y perdurable (Becker, 1960). El compromiso militante supone no solo la predisposición a participar, sino además una inversión de tiempo y trabajo para el partido, así como un costo de defección (Fillieule, 2010). Las organizaciones partidarias, entonces, si pretenden reproducir una militancia a lo largo del tiempo, deben brindar incentivos que permitan sostener y retribuir esos compromisos (Gaxie, 1977, 2015). Entendemos los incentivos, entonces, como recursos que la organización está en condiciones de distribuir entre sus militantes y que, en tanto estos los consideran como retribuciones a su militancia o como gratificaciones resultantes de su actividad en la organización, permiten no solo reproducir el compromiso militante sino, además, moldear sus formas.

El volumen y los tipos de incentivos que una organización partidaria está en condiciones de distribuir dependerán de sus configuraciones socio-organizacionales y los recursos (simbólicos, materiales, organizacionales y sociales) con los que cuente. Los partidos con organizaciones formales jerarquizadas, por ejemplo, pueden brindar a sus militantes incentivos selectivos de status (Gaxie, 1977; Panebianco, 1988) a partir de la distribución de cargos internos y la promesa de un cursus honorum dentro el partido. Aquellos partidos que poseen canales institucionalizados para la influencia interna de sus militantes en la toma de decisiones partidarias promueven un sentido de la eficacia que incentiva la participación (Bentancur, Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt, 2019). Los partidos que cuentan con una cultura política sedimentada pueden ofrecer, por ejemplo, incentivos colectivos identitarios (Panebianco, 1988) vinculados a la gratificación de formar parte del partido. Los partidos articulados en torno a la defensa de una causa o una ideología también pueden brindar incentivos relativos a la identidad política y a la gratificación de formar parte del grupo. Este tipo de incentivos pueden verse reforzados, además, cuando el partido crea en su interior agrupaciones dedicadas a causas particulares (medioambiente, derechos LGBT+, derechos de las mujeres, etcétera). Aquellos partidos que realizan esfuerzos en la formación política de sus militantes a través de cursos, charlas, conferencias, etcétera, brindan la posibilidad a sus militantes de adquirir capital cultural mediante su actividad en la organización (Gaxie, 1977). La mera participación en una organización en la que se establecen lazos de solidaridad, se conocen amigos o parejas brinda incentivos comunitarios, que pueden verse reforzados, por ejemplo, por la estructura misma de la organización, cuando esta cuenta con grupos internos más pequeños, como unidades de base territoriales o grupos organizados por criterios etarios (en nuestro caso, las organizaciones juveniles) u otros criterios, que permiten encontrarse con pares y, a su vez, que pueden reforzar los incentivos de status al reproducir, a menor escala, una estructura de cargos internos.

El medio social del partido, a su vez, mediante sus relaciones con otras organizaciones y grupos, pone a disposición de sus militantes la posibilidad de acumular capital social. En los casos en que el partido cuenta con una inserción estatal significativa, le permite brindar incentivos selectivos materiales (Panebianco, 1988) a partir de la distribución de puestos laborales en la administración pública.

Sin pretender ser exhaustivos, esta enumeración de incentivos muestra cómo una organización puede ofrecer diversos incentivos en función de sus configuraciones socio-organizacionales y los recursos asociados a ellas. A su vez, muestra cómo los incentivos no se reducen meramente a los incentivos selectivos ni, dentro de estos, a los incentivos materiales. Entre los incentivos selectivos materiales producidos por el pago de una remuneración económica para cumplir con determinadas tareas para el partido hasta los incentivos colectivos relativos a formar parte de una causa o de una identidad partidaria, los partidos cuentan con múltiples recursos para sostener, pero también para seleccionar y moldear, los compromisos militantes. Se produce, así, una suerte de afinidad electiva entre los incentivos que un partido distribuye y los agentes que se interesan por esos incentivos y los valoran como tales. En tanto ningún recurso funciona como incentivo si no hay agentes incentivados por ellos, los partidos retienen (pero también producen) el tipo de militante que mejor se adecúa a la organización (Gaxie, 2015). Los incentivos son, entonces, una oferta de la organización que funciona en tanto los agentes les otorgan sentido y valor. Ese sentido y valor de los incentivos variará, a su vez, entre grupos sociales y entre momentos históricos (Offerlé, 2004).

El origen (o al menos la popularización) del concepto de incentivos desde la teoría de la elección racional, y especialmente en el trabajo de Marcur Olson (1965), no debería llevarnos a considerar la relación de los militantes con los incentivos como meramente instrumental, estratégica y anticipada[2]. Si bien, como señalamos, los incentivos juegan un papel en el reclutamiento de militantes y estos, a su vez, pueden elegir entrar o permanecer en un partido como parte de un curso de acción estratégico, esto no debe ser considerado un presupuesto sino que necesita ser estudiado empíricamente (Pudal, 2011). Es probable que aquellos partidos que sostienen el compromiso de sus militantes principalmente mediante incentivos selectivos materiales recluten y moldeen un tipo de militancia más orientada hacia la producción de carreras políticas o profesionales ascendentes, con cursos de acción más determinados por aspectos estratégicos que expresivos. Sin embargo, la configuración de estos tipos de compromiso y de vínculo con la organización deben ser estudiados y no tomados como un a priori de la investigación. El grado en que esto ocurra dependerá tanto de los recursos que el partido ofrezca como de la mayor o menor predisposición de los agentes a reconocerlos como retribuciones o gratificaciones, y esto, a su vez, dependerá de los ámbitos en los que el partido reclute a su militancia (no será lo mismo si los recluta en movimientos sociales que en universidades privadas, por dar un ejemplo) y de los marcos de sentido a partir de los cuales los agentes interpretan su compromiso y sus carreras. Por otra parte, en función de los incentivos que la organización brinde, pero también de los marcos de sentido dominantes, tenderán a permanecer en ella los “arribistas” y a defeccionar los “creyentes” (Panebianco, 1988), o a la inversa.

Sin embargo, el interés de algunos militantes por “hacer carrera” no necesariamente estará dado de una vez y para siempre, como sugiere la tipología de los arribistas y los creyentes de Panebianco (1988). La búsqueda más o menos consciente de ciertas retribuciones o el interés por la profesionalización política dependerá, en muchas ocasiones, del momento de la carrera militante (Pudal, 2011). Por otra parte, las condiciones que permiten visibilizar estos intereses o, en cambio, predisponen a los militantes a ocultarlos de la mirada pública, también variarán en función del contexto socio-histórico y de las configuraciones socio-organizacionales de cada partido. El “carrerismo” y la profesionalización política podrán gozar de cierto prestigio y ser enunciados públicamente como intereses legítimos a perseguir o, en cambio, encontrarse censurados dentro de la organización. En algunos partidos, la búsqueda de incentivos materiales o la profesionalización política gozarán de poco prestigio entre la militancia frente a las grandes causas o la grandeza de la identidad partidaria. En otros, en cambio, ocupar cargos y desarrollar carreras ascendentes tendrá un prestigio interno mayor, aunque no siempre reconocido públicamente. En términos más generales, el prestigio o desprestigio de la actividad política profesional en determinado momento histórico (y en determinada organización partidaria) hará que ocupar cargos o hacer carrera sea un atributo moralmente impugnable o, inversamente, pueda ser presentado como una fuente de legitimidad militante o como un logro colectivo de la organización. El “interés en el desinterés” producido por un estado de sospecha respecto a la actividad política (Wilkis, 2010; Hurtado Arroba, Paladino y Vommaro, 2018) puede velar, en mayor o menor grado, el reconocimiento público de ciertas retribuciones y promover presentaciones de sí basadas en el sacrificio y la vocación (Gaxie, 2015).

Más cerca de la noción de carrera del interaccionismo (Becker, 2009 [1963]; Fillieule, 2001; Fillieule y Pudal, 2010; Sawicki y Siméant, 2010; Pudal, 2011) creemos que los militantes aprenden, a lo largo de sus trayectorias y en la interacción con otros, a sentirse gratificados o retribuidos por determinados recursos materiales y simbólicos que la organización distribuye, en lugar de orientarse estratégicamente hacia su búsqueda al momento de adherir a un partido. En todo caso, la disposición a su búsqueda también se adquiere como competencia en sus trayectorias sociales y no es un atributo dado de antemano. Al mismo tiempo, las carreras militantes (y las condiciones del éxito de las carreras ascendentes) están también condicionadas por el partido, por los recursos que éste valora en sus militantes, por los incentivos que brinda y, con ellos, por el tipo de militancia (basada en el trabajo territorial, en el conocimiento técnico o en la trayectoria interna, etcétera) que retribuye y busca retener en la organización (Sawicki y Siméant, 2010).

Asimismo, alejándonos de los orígenes utilitaristas de la noción de incentivos, que pone el énfasis en los incentivos selectivos materiales, es decir, en los recursos materiales apropiables individualmente, entendemos los incentivos como materiales y simbólicos, y como colectivos y selectivos. Ninguna organización distribuye un solo tipo de incentivo ni ninguno de ellos funciona como tal en forma aislada. El peso de los incentivos materiales versus los simbólicos, de los colectivos versus los selectivos no es algo que podamos determinar a priori, sino que depende de cada organización, del contexto sociopolítico, y de los agentes y sus bagajes socioculturales. En una misma organización, además, pueden configurarse distintos tipos de militancia y distintos tipos de compromiso, más allá de que puedan encontrarse formas dominantes.

La noción de incentivos permite entender, a su vez, cómo las configuraciones socio-organizacionales del partido moldean ciertas formas de compromiso y de vínculo de los militantes con la organización. Un partido con una vida interna intensa (que posee una estructura organizacional institucionalizada, que cuenta con mecanismos de competencia intrapartidaria, organizaciones de base, etcétera) necesita militantes estables, que no solo cumplan funciones proselitistas en las campañas o fiscalicen la cuenta de los votos en las elecciones, sino que dediquen buena parte de su tiempo a reproducir la organización (Rossenblatt, 2013; Pérez Bentancur, Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt, 2019). Si además se trata de un partido tradicional, con una cultura política sedimentada, posiblemente el partido invierta también en la socialización política de sus militantes, y estos se ocupen, a su vez, de transmitir y reproducir esa cultura partidaria entre los recién llegados, y de incentivar el compromiso y la identidad partidaria de quienes comienzan a participar en la organización. El partido requiere (y procura formar) militantes organizadores (Han, 2014), más cercanos al modelo del militante “total” (Pudal, 2011), que se dedica a tiempo completo a las actividades partidarias. En algunos casos, los imperativos organizacionales de un partido con una estructura extensa y una vida interna intensa pueden converger con su escasez de recursos materiales a distribuir, por ejemplo cuando el partido no es capaz de hacerse de suficientes cargos en el Estado. Cuando el partido no tiene suficientes incentivos selectivos materiales para sostener una militancia estable, requiere necesariamente de la producción y distribución de otros incentivos asociados a la vida organizacional, a sus competencias internas, a la identidad partidaria o a una causa movilizadora.

El caso opuesto será, típico-idealmente, el de un partido con una organización informal y débilmente institucionalizada, que es más un vehículo electoral que una organización de miembros con una vida interna activa. Es probable que en ese caso importe más contar con una militancia numerosa en ciertos momentos del calendario electoral para cumplir funciones proselitistas, participar de actos de campaña o fiscalizar elecciones. La organización no invertirá en la reproducción de esa militancia y en la consolidación de su compromiso con la organización, sino que buscará la participación esporádica de la mayor cantidad de personas. La militancia en un partido más cercano al modelo profesional-electoral (Panebianco, 1988), se centrará en las actividades de campaña. El partido cultivará un militante movilizador (Han, 2014) antes que organizador, que se activará en ciertos períodos (especialmente los de campaña o coyunturas de alta movilización) y permanecerá latente en otros. En todo caso, conservará un núcleo de militantes estables y profesionalizados, posiblemente más predispuestos a hacer carrera profesional y a valorar los incentivos selectivos. Si, por ejemplo, se trata además de un partido nuevo o con una cultura política poco sedimentada, es posible que no haya interés en socializar a los militantes en determinados símbolos y tradiciones compartidas. Se trata de una militancia que no exige más compromiso que el ocasional, una militancia a tiempo parcial y “por proyectos” (Boltanski y Chiapello, 2002; Vommaro, 2017a), más flexible, que no exige la participación más que según la disponibilidad de tiempo y los intereses de cada militante.

Militancia juvenil y procesos sociopolíticos. La politización como efecto generacional

Si, como ya nos hemos ocupado de resaltar, la socialización política es un proceso continuo y dinámico, parece razonable pensar, entonces, que ante ciertos contextos sociopolíticos (crisis de representatividad, polarización del campo político, intensificación de la conflictividad social, oleadas de movilización, etc.), pueda activarse un interés por la política, o bien favorecerse el involucramiento entre quienes se encontraban ya interesados por la política pero no participaban activamente en ningún espacio. En este sentido, si bien hay condiciones sociales de desposesión (cultural y material) tales que reducen fuertemente las probabilidades de este pasaje, el efecto de determinados acontecimientos o procesos sociopolíticos en un nivel macro, aún cuando sea diferencial entre distintos grupos sociales, debe ser tenido en cuenta como factor politizador y/o que favorece la entrada a la militancia dentro de organizaciones políticas o sociales (Ihl, 2002).

Mientras el estudio de los ámbitos de sociabilidad del medio partidario permite dar cuenta de cómo se configuran repertorios de acción y marcos interpretativos, estudiar los contextos sociopolíticos en los que se desarrollan estos procesos de socialización nos permite aproximarnos a una explicación de por qué la participación fluctúa (cuantitativa y cualitativamente) en el tiempo y el espacio (Vrávlíková y Císar, 2015), esto es, bajo qué condiciones sociopolíticas ciertas disposiciones se activan o permanecen latentes (Amna y Ekman, 2015), y determinados canales de participación adquieren, recuperan o pierden legitimidad.

En nuestra investigación trabajaremos sobre organizaciones partidarias que se definen a sí mismas como juveniles, fijando un umbral de edad (menos de 30 años) para sus miembros. Esto implica que, a diferencia de otras organizaciones partidarias, JPRO y JR tienen una composición relativamente homogénea en términos etarios, y por lo tanto, sus miembros se han socializado y han ingresado a sus partidos en un período de tiempo común. El carácter transicional o efímero de la participación en agrupaciones como estas (más aún cuando deben ser abandonadas al cumplir cierta edad) hace que sus miembros se renueven más rápidamente que en el resto del partido, lo que la vuelve más permeable a los efectos de los procesos sociopolíticos recientes. En este sentido, una de las consecuencias de esta definición etaria institucionalizada de la juventud es que los procesos de politización de estos militantes pueden ser estudiados en clave generacional y referidos a los contextos sociopolíticos en los que tuvieron lugar. El concepto de generación nos remite a la experiencia social de los acontecimientos históricos y los modos en los que estos operan como factores de politización, es decir, como instancias en las que se configuran ciertas formas de relación con el mundo político, se transforman o cristalizan sentidos respecto a la política, y se despierta o se pierde interés por la participación.

Resulta relevante aquí retomar la distinción conceptual realizada por Karl Mannheim (1993) entre posición generacional y conexión generacional. Mientras la primera refiere a una mera contemporaneidad de fechas de nacimiento, la conexión generacional da cuenta de la probabilidad de que dada una posición generacional común, se participe de los mismos sucesos y experiencias sociales, y más específicamente, se lo haga –en palabras de Mannheim- desde una misma estratificación de la conciencia, esto es, que estas experiencias, en función de las trayectorias de vida de los agentes, ocupen una misma posición relativa en la configuración de sus modos de pensar y de vivir en el mundo. No importan aquí solamente los acontecimientos sociopolíticos vividos -que afectan en forma simultánea a agentes ubicados en diversas posiciones generacionales- sino el valor que estos adquieren. A su vez, la conexión generacional será más fuerte no sólo cuanto más afín sea la posición generacional, sino también cuanto más cercana sea la posición en el espacio social, y por lo tanto más cercanos resulten los ámbitos de sociabilidad, las formas de vida y los recursos poseídos. Desde esta óptica, el concepto de generación da cuenta de las diferentes condiciones sociales históricamente situadas de producción de agentes (Brunet y Pizzi, 2013a).

Una conexión generacional no es una unidad discreta con fronteras precisas, sino que implica cierto tipo participación de los agentes en los debates, estéticas, ideas y disputas políticas que conforman una problemática común, a partir de la cual se orientan, aunque no lo hagan en un mismo sentido. En consecuencia, formar parte de una conexión generacional no presupone que el influjo de los acontecimientos de los que se participa sea el mismo para todos, es decir, que adquieran el mismo sentido y provoquen las mismas tomas de posición. En cambio, es el modo en el que esos sucesos son experimentados -en función de una trayectoria no solo vital sino también social, que implica diversos ámbitos y formas de socialización- lo que provoca distintos posicionamientos y formas de intervención respecto a la problemática generacionalmente compartida. Así, dentro de una misma conexión generacional pueden formarse lo que Mannheim llama unidades generacionales, orientadas hacia las mismas problemáticas pero en sentidos que pueden ser incluso antagónicos. Es en torno a una unidad generacional que pueden organizarse grupos concretos, tales como ciertos movimientos u organizaciones juveniles.

En este sentido, las categorías de Mannheim pueden servirnos para el estudio las organizaciones partidarias juveniles, pudiendo dar cuenta tanto de la conexión entre militantes de distintos espacios políticos, resultante de la participación en cierta problemática generacionalmente compartida y vinculada a determinados procesos sociopolíticos comunes (es decir, su politización como efecto generacional), como de los diversos posicionamientos, antagonismos y fronteras a partir de las cuales estos agentes, aún conectados generacionalmente, se diferencian en términos políticos.

Por otra parte, en el estudio de las organizaciones partidarias juveniles (como son los casos de JPRO y JR) lo generacional aparece no sólo como un recurso analítico del que nos valemos para dar cuenta de ciertos procesos de politización relativamente homogéneos en función de la participación en determinadas formas de experiencia social e histórica común (Sirinelli, 1989; Ihl, 2002; Bargel 2009c; Fillieule, 2012, 2013) sino también como un aspecto tematizado por los mismos militantes a partir de la producción de narrativas generacionales (Aboim y Vasconcelos, 2014; Longa, 2017). En consecuencia, para reconstruir los procesos de politización en clave generacional debemos valernos de la construcción que los mismos militantes hacen de aquellos acontecimientos que marcaron su interés por la política y su acercamiento al partido (Vázquez y Vommaro, 2012). Así, pensar la militancia juvenil desde su dimensión generacional implica reconstruir los sentidos que adquieren para los militantes, retrospectivamente, estos procesos sociopolíticos en su propia politización, en búsqueda tanto de una conexión generacional -en su relación con otras juventudes partidarias-, como de la unidad generacional de sus posicionamientos. El enfoque que proponemos permite, por lo tanto, vincular el punto de vista de los agentes acerca de su propia politización con los procesos sociopolíticos en los que ésta tuvo lugar y las trayectorias recientes de los partidos a los que ingresan.

En este sentido, la noción de narrativa (Richardson, 1990; Kohler Riessman, 2012) implica considerar estas explicaciones de los agentes sobre sus procesos de politización como racionalizaciones (Giddens, 1984) construidas retrospectivamente a partir de su experiencia actual de militancia[3]. En estas narrativas, los agentes producen sentido desde sus posiciones actuales acerca de sus producciones de sentido pretéritas y organizan desde el presente su experiencia del pasado. Así, sus narrativas dan cuenta tanto de los modos en los que la experiencia de ciertos acontecimientos sociopolíticos marcaron su interés por la política y su entrada a la militancia, como de los usos actuales de esas experiencias en la construcción de una presentación de sí en tanto militantes partidarios.

En consecuencia, la apropiación que los agentes hacen de la idea de generación nos remite a la construcción de tradiciones y sentidos del devenir (Kropff, 2009), y da un anclaje socio-histórico a los usos y sentidos de la juventud que los militantes y las organizaciones juveniles elaboran, tanto como a la producción de fronteras entre jóvenes y adultos dentro del partido, como veremos más adelante.

¿Qué es la militancia partidaria? Una definición multidimensional

La militancia partidaria es un objeto que refiere a aspectos no homologables entre sí pero que pueden ser tomados en consideración en forma conjunta para un abordaje multidimensional. En primer lugar, la militancia puede referir a un tipo de compromiso o, siendo más específicos, a la intensidad del vínculo del miembro partidario con su organización. En esta primera definición, un militante es un miembro con un compromiso activo y estable con el partido. Siguiendo la figura de los círculos concéntricos de Maurice Duverger (1984 [1951]), la participación en un partido varía en grados de intensidad: en el círculo más amplio pueden ubicarse a los electores habituales del partido; en un segundo círculo, a los simpatizantes, o sea, aquellos electores que reconocen su afinidad con el partido, se identifican con él y pueden participar ocasionalmente; finalmente, en un tercer círculo interior, a los militantes, entendidos como los miembros activos del partido, aquellos que participan en forma estable de sus campañas, unidades de base, reuniones, movilizaciones, etcétera. Así, esta primera dimensión de la militancia refiere a la intensidad o grado de la participación y al compromiso del miembro partidario con la organización. Permite distinguir al militante de los miembros inactivos del partido (simples afiliados), como también de quienes participan de modo esporádico o marginal. La definición clásica duvergeriana remite, implícitamente, a una división del trabajo y del poder en la organización, pero bien podríamos considerar –y en muchos usos nativos de la categoría así ocurre- esta dimensión de la militancia para referirnos a un tipo de compromiso más que a un status o a un tipo de actividad dentro del partido.

Una segunda dimensión de la militancia remite, entonces, a la división del poder y del trabajo dentro de la organización. En este caso, la militancia no sólo refiere a los miembros activos y comprometidos con la organización, sino más específicamente a las bases partidarias, a aquellos miembros que no ocupan posiciones dirigenciales. En esta segunda dimensión, la militancia como grupo se distingue de la elite partidaria. La definición de la militancia en tanto status, supone una diferencia de roles. La militancia se distingue de la élite partidaria en tanto no forma parte del grupo de miembros habilitado a tomar decisiones relevantes y su trabajo se limita a tareas auxiliares (Eldersveld y Walton, 2000; Offerlé, 2004): brindan la fuerza de trabajo necesaria para sostener actividades en el territorio, vincularse cotidianamente con los afiliados, llevar adelante o asistir en tareas de campaña, participar de actos públicos de los candidatos o dirigentes, etcétera. Así, la división del poder supone una división del trabajo, y los militantes son entendidos como base activa y como auxiliares en el trabajo político del partido.

Una tercera dimensión puede desprenderse de esto último. Así como desempeñan tareas auxiliares y no forman parte de la elite partidaria que toma decisiones relevantes, los militantes pueden ser entendidos como agentes políticos no profesionalizados, es decir, siguiendo la clásica definición de Max Weber (2009 [1919]), que no viven de la política. Esta dimensión permite distinguir al militante del político profesional (Offerlé, 2004), aquel que no solo participa políticamente, sino que hace de la política su principal fuente de ingresos. La frontera, sin duda, es porosa: algunos militantes tienen trabajos (en el ámbito público o inclusive dentro de la organización o de organizaciones periféricas) en virtud de su militancia y de las redes de patronazgo partidario. Otros, por su parte, pueden estar en estadios iniciales de sus carreras, en vías de profesionalizarse en la política. El punto en el que se deja de ser militante para ser político profesional es aún más difuso que el que distingue al militante del simpatizante o del dirigente. Podemos hablar así de la militancia como un estadio (aún) no profesionalizado de la carrera política, que puede implicar tanto una carrera en proceso de profesionalización, como una carrera por completo no profesional (por caso, en militantes con largas trayectorias que no han vivido nunca de su actividad política).

Una cuarta dimensión nos acerca al punto de vista subjetivo de los agentes, sus modos de presentarse públicamente, de legitimar o deslegitimar ciertas formas de participación, y de nombrarse dentro y fuera del partido (Sawicki y Siméant, 2010). En esta dimensión, la militancia es una categoría nativa que, si bien puede sostenerse en alguna de las dimensiones anteriores (la intensidad del compromiso, la posición y actividad de base o el carácter no profesional de la actividad) debe ser estudiada atendiendo a la cultura política de cada organización, los marcos interpretativos dominantes, el medio social partidario, las disputas por la legitimidad con otras organizaciones, etcétera. En este sentido, miembros partidarios y personal político ubicado en posiciones disímiles, con carreras de distinto tipo o en distintas etapas de su carrera pueden recurrir a la categoría “militante” para referirse a sí mismos, como forma legítima de presentación de sí, como una virtud política vinculada a la intensidad del compromiso, al desinterés o a la vocación. En cualquier caso, resulta significativo explorar los usos y sentidos de la categoría dentro de una organización, así como las disputas políticas y morales en las que se enmarcan.

En otros casos, en cambio, ciertos miembros de los partidos, objetivamente enclasables como militantes, eligen nombrarse de otro modo o se valen de otras categorías para su legitimación (técnicos, voluntarios, simpatizantes, etcétera). Los modos en los que el personal político se presenta y legitima a sí mismo interesan, justamente, en su relación con otras dimensiones no subjetivas. En este punto resulta tan interesante para la comprensión de la actividad política en un partido que un alto funcionario o dirigente se refiera a sí mismo como militante, como que las bases rechacen la categoría de militante para abrazar la de voluntario o cualquier otra.

En lugar optar por una única dimensión, en este trabajo proponemos considerar a la militancia multidimensionalmente, reconociendo la conexión entre estas dimensiones y la porosidad de las fronteras que cada una de ellas supone. Así, podemos pensar a los militantes como aquellos miembros partidarios que participan de un modo activo y estable (no esporádico) de la vida partidaria, desarrollando un compromiso con la organización; que no conforman la elite partidaria en condiciones de tomar decisiones relevantes sino que constituyen la base que desarrolla tareas en el territorio, en el vínculo cara a cara con electores y afiliados, en el reclutamiento de nuevos militantes, en las campañas callejeras, etcétera; y que, por el estadio inicial de sus carreras o por el tipo de carrera que desarrollan, no se encuentran plenamente profesionalizados en la política, aunque esta frontera sea, muchas veces, difícil de demarcar. A su vez, dadas estas dimensiones, resultará igualmente pertinente analizar los modos en los que estos agentes dotan de sentido a la categoría de militante, la abrazan como un modo de legitimación y presentación de sí o la rechazan asumiendo otra, enfatizando otras cualidades morales, políticas o técnicas.

El caso de las organizaciones juveniles partidarias nos permite abordar, simultáneamente, estas distintas dimensiones. Sus miembros activos, aún cuando ocupen posiciones de cierto status en la estructura juvenil, participan de una organización que, como veremos más adelante, es por definición subalterna dentro de la división del poder y del trabajo en el partido. Se trata de organizaciones eminentemente de base, cuyos miembros cumplen funciones auxiliares, asisten a los dirigentes, trabajan en las campañas, se vinculan con los afiliados, organizan unidades locales de base, se movilizan en actos públicos, etcétera. Si bien, por ejemplo en Argentina, es frecuente que trabajen en el ámbito público en virtud de su participación partidaria, por definición están en los inicios de su carrera, pudiendo llegar a profesionalizarse (o no) como políticos. Los miembros de las organizaciones juveniles que estudiaremos aquí, además, se valen de la categoría de militante para presentarse a sí mismos, aunque le asignen sentidos disímiles a su participación política y, eventualmente, se valgan de otras categorías (como la de voluntario en JPRO) para enfatizar ciertas virtudes morales, disputar la legitimidad de otras militancias o diferenciarse de otros modelos de participación ligados a la política “tradicional”.

Las organizaciones juveniles partidarias: la juventud como principio político-moral y organizacional en los partidos

La elaboración de un marco conceptual para estudiar militantes y organizaciones partidarias que se autodefinen como juveniles nos exime de pretender dar solución a uno de los problemas teórico-metodológicos más recurrentes y complejos de las investigaciones sobre juventudes: el de la delimitación de la juventud como objeto[4]. Podremos prescindir, entonces, de las definiciones objetivistas de la juventud (sea en clave funcionalista, entendida como transición dentro del ciclo social de la vida, o como cohorte histórica predefinida por el investigador) para estudiar, en cambio, los modos en los que la juventud es construida por los mismos agentes y sus organizaciones políticas.

Si convenimos, con Pierre Bourdieu (2003, 2001, 2000a, 2000b), en que la acción política tiene como objetivo producir e imponer representaciones del mundo social a través de las representaciones que de éste se hacen los agentes, esto es, hacer y deshacer grupos al producir las representaciones que los hacen visibles ante sí mismos y ante los demás, puede entenderse así que la juventud, como principio de construcción de grupos y, por ello, de representación, sea materia de luchas en torno a su definición, que implican para sus portavoces la pretensión de actuar y hablar en nombre y a través de los jóvenes, adquiriendo así legitimidad no únicamente en tanto representantes e integrantes de aquel grupo que hacen existir, sino también en tanto portadores de aquellos valores político-morales connotados en los modos de existencia por ellos mismos sostenidos. Así, la juventud aparece en escena como una categoría políticamente movilizada (Vázquez, 2013; Longa, 2018b) y cargada de connotaciones morales en disputa, que funciona como un principio para la conformación de organizaciones políticas que se valen de ella para su presentación de sí, interpelando y construyendo performativamente a ese colectivo.

Adoptando una perspectiva relacional, los sentidos otorgados a la juventud pueden ser entendidos en sus usos hacia dentro y hacia fuera de la organización. Hacia adentro, los analizaremos como un modo de estructurar y regular las interacciones de los agentes definidos como jóvenes y adultos en el partido. Hacia afuera, los entenderemos a partir sus disputas con otros grupos políticos también definidos como juveniles en torno a las propiedades legítimas de la juventud, y por lo tanto, como un principio de legitimación (y de deslegitimación) política (Offerlé, 2011), así como de interpelación y producción de un colectivo al que se pretende representar políticamente.

En nuestro trabajo sobre las organizaciones juveniles del PRO y la UCR nos interesaremos por los sentidos otorgados a la juventud como categoría a partir de la cual los agentes se legitiman en tanto poseedores de ciertas propiedades políticas y morales que son atribuidas, a su vez, a un colectivo al que alegan representar. Así, buscaremos analizar el modo en el que se conjugan moralidad y política (Frederic, 2004) en la construcción de la juventud como categoría.

Sin embargo, no limitaremos nuestro análisis a la función de la juventud como principio de legitimación e interpelación, sino que nos interesaremos también por la juventud como un principio organizacional a partir del cual se regulan las prácticas dentro del partido: el lugar que ocupan los jóvenes en el partido, las relaciones que establecen con los mayores, y las formas de participación, prácticas militantes y tareas que le son asignadas en tanto jóvenes (Bargel, 2009a; 2009b). En este sentido, la categoría juventud se institucionaliza en la definición de los modos de ser joven dentro del partido, conjugándose y tensionándose aquí la función referencial (Kropff, 2009) de la categoría -las connotaciones político-morales de la juventud como atributo- con la función diacrítica (Kropff, 2009), es decir, la juventud en tanto principio a partir del cual se divide el trabajo político, las responsabilidades y el poder dentro de la organización.

Desde nuestra perspectiva, las divisiones por edad son imposiciones de límites que pretenden producir un orden en el que se establece el lugar de cada cual en función de un dato en apariencia natural pero construido socialmente a partir de la formación de grados de edad cuyas fronteras son relacionales (Bourdieu, 2008). Así, lo que está en juego en las divisiones por edad, no es la edad biológica, sino la “edad social” (Bourdieu, 2008), esto es la edad en la cual pueden o no pueden asumirse ciertos roles, ejercerse ciertas formas de poder y tomarse decisiones relevantes. Es decir, lo que se define es la frontera entre la edad en la cual se adquiere la plenitud como miembro de la organización y la edad en la cual los agentes se encuentran aún en una situación de minoridad, y por lo tanto de subalternidad, dependencia y capacidad de acción limitada. La juventud y la adultez en un partido político expresan dos posiciones cuyas fronteras -negociables y nunca rígidas- suponen un reparto de poderes y de prácticas.

La división entre jóvenes y adultos dentro de un partido implica asimetría, en tanto los agentes contenidos en uno u otro grupo de edad no se encuentran en igualdad de condiciones para definir las fronteras entre edades, ni los lugares específicos de cada grupo dentro de la organización. Por ello, si bien las fronteras entre grupos etarios están sujetas a negociaciones, no todos los agentes se encuentran igualmente equipados para participar en su definición, resultando de esto que la definición partidaria de la juventud está en manos de los adultos, en tanto son ellos quienes se encuentran mejor posicionados para fijar reglas y distribuir recursos. Al asignarle papeles específicamente juveniles a un grupo de agentes en función de su edad, los adultos del partido son quienes, generalmente, operacionalizan y objetivan la categoría de juventud dentro de la organización partidaria.

Las organizaciones juveniles partidarias, por su mismo modo de existencia, recuperan ciertas nociones dominantes de la juventud, presentes tanto en los discursos del sentido común como en la producción de las ciencias sociales, tales como la idea de la juventud como etapa de transición o de moratoria social (Margulis y Urresti, 1996; Mauger, 2010; Brunet y Pizzi, 2013a, 2013b), traduciéndola en la organización partidaria como una suerte de moratoria política, una etapa de formación, de ejercitación previa, necesaria para acceder a adultez política y al ejercicio de una actividad partidaria plena.

Ahora bien, en cuanto principio para la división del trabajo político, la juventud es también un principio productor de organizaciones políticas que dan lugar a formas de identidad basadas en la alteridad etaria. Así, la juventud no es sólo una base para el reparto de poderes y prácticas dentro del partido entre dos grupos etarios definidos, sino también una forma de identidad apropiada por los mismos agentes posicionados como jóvenes. A diferencia de la adultez, la juventud aquí opera como una identidad que se complementa y superpone con la partidaria.

Uno de los efectos de la división entre grados de edad es la de regular aquello que Bourdieu (2008) denomina las “leyes específicas de envejecimiento” de un campo, esto es, el ritmo de sucesión y las dinámicas de distribución de capitales dentro del partido entre sus cohortes. Cuanto más asimétrica sea la relación entre los jóvenes y los adultos del partido, mayor será el poder de los segundos para regular el ritmo de la sucesión, y por lo tanto mayor será su capacidad para mantener a los jóvenes del partido el máximo tiempo posible en su etapa de juventud, es decir, en un estatus de relativa irresponsabilidad y lejanía respecto a las posiciones de poder ocupadas por los mayores.

Esta situación asimétrica, a su vez, puede despertar tensiones y disputas en torno al lugar de los jóvenes en la organización o a la pertinencia misma de la división etaria, o bien puede ser aprovechada reflexivamente por los militantes para hacerse su lugar en tanto representantes juveniles detrás de algún líder partidario y moverse ascendentemente desde esta posición. En consecuencia, las organizaciones juveniles brindan un incentivo selectivo de status (Panebianco, 1988) a aquellos militantes interesados en hacer carrera, al facilitarles un espacio más accesible y con su propia estructura jerárquica interna para iniciar su ascenso dentro del partido. Por otra parte, para los líderes partidarios, crear sus propias agrupaciones juveniles internas les permite ganar visibilidad y prestigio dentro y fuera del partido. Contar con una militancia juvenil “propia”, movilizable durante las campañas y los actos partidarios, es un recurso para legitimarse como dirigentes dentro del partido y para mostrarse cercanos a las generaciones jóvenes.

Los modos de organización de las relaciones entre grupos etarios dentro de un partido pueden alcanzar diversos grados de formalidad. Así, mientras algunos partidos poseen diversas organizaciones juveniles, sin que ninguna forme parte orgánicamente del partido, otros (como son nuestros casos de estudio) crean una única organización juvenil que pretende nuclear a todos los definidos como jóvenes del partido, y a sus distintos grupos internos, haciendo de ella un espacio de pertenencia más o menos compulsivo para todos los militantes pertenecientes a ese rango de edad. Asimismo, mientras algunos partidos relegan la pertenencia juvenil a la autoadscripción de los militantes (tal es el caso de las agrupaciones juveniles dentro del peronismo o del kirchnerismo en la actualidad), otros (como los casos que analizaremos aquí) fijan límites superiores de edad, a partir de los cuales se deja automáticamente de ser joven y debe abandonarse la organización juvenil. La institucionalización umbrales de edad, al reforzar el carácter transicional de estos espacios y establecer un ritmo fijo de circulación para sus miembros, aparece como un obstáculo para la conformación de agrupaciones juveniles con liderazgos estables y relativamente autónomos respecto al partido que las contiene.

A su vez, las organizaciones juveniles son ámbitos de sociabilidad donde los militantes más jóvenes del partido encuentran pares generacionales con los que interactuar y establecer lazos. Así, según algunas investigaciones (Hooghe, Stolle y Stouthuysen, 2004; Bruter y Harrison, 2009), la existencia de organizaciones juveniles favorecería el reclutamiento y la retención de los ingresantes más jóvenes dentro de los partidos, brindando incentivos comunitarios e identitarios (Panebianco, 1988) específicos para este grupo. Las organizaciones juveniles, por otra parte, brindan un ámbito específico en el que recibir a los “recién llegados”, de modo de socializarlos en la cultura política partidaria, y contribuir al desarrollo de un compromiso y una identidad partidaria entre sus nuevos militantes.

En los capítulos siguientes, analizaremos comparativamente los formatos de militancia juvenil en el PRO y la UCR atendiendo a diversos problemas: los procesos de politización y formas de ingreso al partido de sus militantes, los sentidos a partir de los cuales la juventud es movilizada como categoría política y moral, y los repertorios de acción y marcos interpretativos puestos en juego en las prácticas políticas territoriales, en la universidad y en el Estado. Al abordar cada uno de estos problemas buscaremos ponerlos en relación con las configuraciones socio-organizacionales que distinguen a estos partidos y permiten dar cuenta de las formas en las que producen y reproducen distintos formatos de militancias juveniles.


  1. Inversamente, los enfoques societales “clásicos”, con trabajos insignes como los de Lipset (1960) y Lipset y Rokkan (1967), fueron perdiendo vigencia (Sartori, 1969, 1990). La idea de que los partidos y los sistemas de partidos expresan, en el ámbito de la política, a clases sociales (o fracciones de ellas) u otras divisiones y clivajes, perdió terreno ante el estudio de las organizaciones partidarias como entidades relativamente autónomas que se adaptan a sus entornos. ↵
  2. Para una historia de la noción de incentivos, desde la formulación de Olson (1965) para dar cuenta de las “paradojas de la acción colectiva”, la posterior reformulación de Gaxie (1977) desde una perspectiva sociológica bourdiana para pensar la “economía de retribuciones partidarias” y, desde allí, sus diversos usos y debates en la ciencia política y la sociología dentro del estudio de las militancias, puede consultarse el trabajo de Agrikoliansky y Fillieule (2015).↵
  3. Bourdieu (2011) advierte sobre la “ilusión biográfica” que implica tomar los relatos de los agentes sobre su pasado sin considerar el hecho de que se trata de reconstrucciones a partir de las cuales éstos dotan de unicidad, coherencia y secuencialidad a ese pasado desde su presente.↵
  4. Sobre este problema puede consultarse Bourdieu (2008), Brunet y Pizzi (2013a, 2013b), Margulis y Urresti (1996), Mauger (1995, 2010), Padawer (2004), y Woodman y Bennett (2015).↵


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