Inserciones, visiones y controversias morales
Introducción
Las militancias estudiadas en este libro difieren en el tipo y grado de inserción estatal en el distrito. Mientras el PRO desarrolla una rápida trayectoria electoral ascendente desde 2003, el radicalismo de la CABA pierde casi todo su peso electoral luego de la crisis de 2001. Cuando, en 2007, el PRO accede al gobierno local y se ubica como primera minoría en la Legislatura porteña, la UCR no cuenta siquiera con un legislador. Así, JPRO tiene una inserción privilegiada tanto en el ejecutivo como en el legislativo local desde 2007, mientras que la JR conserva inserciones periféricas en el ámbito público, especialmente en la UBA y en los organismos extra-poder, descentralizados o de control, con una modesta inserción en el poder legislativo durante el último lustro de los años 2010.
En este capítulo argumentaremos que la temprana llegada al Estado local fue un elemento clave en la construcción de la organización juvenil del PRO y su militancia. Fue desde las dependencias del gobierno porteño que algunos dirigentes partidarios conformaron agrupaciones internas juveniles desde las cuales reclutaron y retribuyeron a sus militantes, engrosando las filas de JPRO y robusteciendo su vida interna en los primeros años de la organización. La inserción estatal no sólo le brindó al partido oportunidades de patronazgo sino que, además, le proveyó a su militancia juvenil de un ámbito de sociabilidad desde el cual producir y reproducir repertorios de acción y marcos interpretativos, y donde establecer lazos que favorecieron la conformación de grupos de militancia. Así, junto a la sociabilidad extrapartidaria en el mundo católico, analizada en los dos capítulos precedentes, y la politización anti-kirchnerista, abordada principalmente en el segundo capítulo, la inserción estatal en la gestión local permite completar el cuadro de recursos mediante los cuales el PRO construye y reproduce a su militancia juvenil en la CABA. Respecto a la militancia juvenil del radicalismo, en cambio, mostraremos que luego del colapso de 2001, su inserción estatal ha sido débil y periférica. Exceptuando su enraizamiento en la UBA, que sirvió de refugio en tiempos de colapso y declive electoral, como vimos en el capítulo anterior, las demás inserciones estatales de la JR porteña no tienen mayor relevancia en la configuración de sus prácticas de militancia y sirven casi exclusivamente como fuente de puestos de trabajo para algunos de sus militantes.
Por otra parte, en este capítulo nos interesaremos por las visiones de estas militancias acerca del Estado y los partidos. Mostraremos que ambas militancias valoran al Estado positivamente en abstracto. Sin embargo, mientras la militancia de JPRO enfatiza la necesidad de llegar al Estado para modernizarlo y sanearlo moralmente, y destacan al PRO como puente entre el mundo privado y el público, es decir, en tanto vehículo electoral para el ingreso al Estado de un personal proveniente del ámbito privado y dotado, por ello, de prácticas eficientes y honestas; la militancia de la JR pone el foco en la “cuestión republicana” y ubica a la UCR en el lugar de representante de la institucionalidad democrática. Así, mientras para la militancia de JPRO el problema del Estado, especialmente durante el kirchnerismo, reside en la ineficiencia y la “corrupción”, para la militancia juvenil del radicalismo el problema anida, fundamentalmente, en el “populismo” y la falta de apego a las instituciones republicanas.
Finalmente, mostraremos que ambas militancias comparten una visión anti-profesionalista de la política. Sin embargo, movilizan distintas narrativas morales en torno al sacrificio para engrandecer sus más o menos aventajadas inserciones y carreras en el Estado. Así, mientras para la militancia radical el sacrificio consiste en militar “desde el llano” y fuera del Estado, para la militancia de JPRO el sacrificio consiste en haber renunciado a -las que imaginan- promisorias carreras en el ámbito privado para trabajar en el Estado.
En un primer apartado, examinaremos las trayectorias electorales de estos partidos a nivel local en el escenario post-crisis de 2001 para dar cuenta de los diversos tipos y grados de inserción estatal de sus militancias juveniles. En un segundo apartado nos concentraremos en JPRO y los efectos en su militancia de la llegada del partido al gobierno porteño en 2007. En un tercer apartado, examinaremos las valoraciones y visiones que tienen, las militancias de JPRO y la JR, del Estado y los partidos políticos. En el apartado final, veremos los modos en los que ambos grupos de militantes juveniles producen, desde inserciones disímiles en el Estado, narrativas morales sobre la profesión política y sobre sus propias carreras.
Trayectorias electorales post-crisis e inserciones estatales de las militancias juveniles de la UCR y el PRO en la CABA
La salida anticipada del gobierno nacional y la ruptura final de la Alianza en diciembre de 2001, pusieron al radicalismo porteño al borde del colapso. Luego de haber gobernado la CABA entre 1996 y 1999, hacia 2002, con el gobierno porteño en manos del frepasista Aníbal Ibarra, el poder de la UCR en el distrito había menguado notablemente. En la conformación de la primera Legislatura de 1997, la Alianza había logrado 37 de 60 bancas, de las cuales 18 quedaron en manos de radicales (Araujo y Oliveros, 2008). En el año 2000, ante una nueva renovación total de la Legislatura, obtuvo 24 bancas, de las cuales 13 quedaron para la UCR[1]. Luego de la crisis y la ruptura de la Alianza, en 2003, el mismo año en el que Mauricio Macri haría su debut electoral, la UCR obtuvo una sola banca de las 60 a distribuir[2]. Dos años después, en la primera renovación parcial, no obtuvo ninguna. En 2007, a pesar de haber participado del Frente Más Buenos Aires que obtendría un tercer lugar en las elecciones locales, ninguno de los tres diputados que ingresó a la Legislatura por ese espacio era radical. El partido que había liderado la política local en gran parte de los períodos democráticos desde su irrupción a comienzos del siglo XX, no tenía siquiera un representante en la Legislatura porteña.
Las cosas no fueron mejores en las elecciones ejecutivas del distrito: 1,89% en 2003 para el candidato Cristian Caram, y un apoyo testimonial a la candidatura del entonces jefe de gobierno interino, el peronista Jorge Telerman en 2007. Durante ese período, además, algunos de sus referentes locales migrarían hacía el PRO o hacia nuevos partidos creados por ex radicales como Recrear y ARI. La sangría electoral sería acompañada por una sangría de dirigentes locales, mientras su lugar en la oferta electoral porteña era ocupado por nuevas expresiones de centroizquierda y centroderecha.
En consecuencia, en el transcurso de unos años, la inserción estatal de la militancia radical quedaría reducida a unos pocos ámbitos de menor relevancia y recursos. Como vimos en el capítulo anterior, la UBA fue uno de los principales refugios de la UCR porteña luego de su colapso. Aún así, la crisis de 2001 tuvo grandes costos para el radicalismo universitario: perdieron por primera vez la conducción de la FUBA y, de los nueve centros de estudiantes que presidían al asumir Fernando De la Rúa, retendrían solo cuatro a finales de 2001 (Beltrán, 2013). La agrupación Franja Morada pasaría a ocupar posiciones marginales en muchas facultades, en algunas se disolvería y en otras cambiaría de nombre ante el desprestigio del radicalismo. El histórico rector radical, Oscar Shuberoff, sería derrotado en 2002, luego de 16 años al frente de la universidad, lo que obligaría al radicalismo a negociar sus sucesores con otros espacios políticos por primera vez desde el retorno democrático. Situaciones similares se repetirían en distintas facultades históricamente dominadas por el radicalismo. En la Facultad de Ciencias Económicas, en cambio, luego de denuncias de fraude y del desdoblamiento del centro de estudiantes, la agrupación radical Nuevo Espacio (ex Franja Morada), liderada por Emiliano Yacobitti, conservaría el poder. Desde allí, con el padrinazgo de dirigentes históricos como Enrique “Coti” Nosiglia y junto a otros sectores nacionales del radicalismo universitario, conformaría la agrupación Cantera Popular que daría el salto hacia la interna partidaria, llegando a conquistar la conducción local de la UCR en la década siguiente. De este modo, aún con un importante debilitamiento, la UBA se sostuvo como un espacio de inserción política (y también laboral) de parte de la militancia juvenil del radicalismo porteño, en algunos de sus centros de estudiantes, y en cargos administrativos o de gestión del rectorado y las facultades. Asimismo, sirvió de incubadora política para algunos dirigentes jóvenes como Emiliano Yacobitti o Juan Nosiglia, posibilitándoles desde allí reorganizar la vida interna del partido y recomponer parte de la militancia perdida luego de 2001.
Las estrategias aliancistas en el distrito le permitieron al radicalismo ganar algunas bancas en la Legislatura luego de varios años difíciles. Primero, con el Acuerdo Cívico y Social en 2009, obtuvo para sí 2 de las 6 bancas ganadas por el frente, integrado también por el Partido Socialista y CC-ARI. En 2011, en cambio, sin socios electorales, no obtendrían ninguna banca. En 2013, la candidatura del entonces extrapartidario Martín Lousteau a diputado nacional, en una alianza con partidos de centroizquierda llamada Frente Amplio UNEN, le permitió al radicalismo mejorar su performance en el distrito, obteniendo 32% de los votos. En 2015, Lousteau llegará a disputar la segunda vuelta para la jefatura de gobierno, en alianza con la CC-ARI, el PS y otras fuerzas. Obtendrían 7 legisladores locales por ese frente, 2 de ellos radicales. Así, aunque modestamente, la UCR ha ido ganando algo del terreno perdido en el poder legislativo local. Los despachos de la Legislatura porteña y del Congreso Nacional fueron convirtiéndose, nuevamente, en ámbitos de inserción para algunos militantes juveniles de la CABA desde 2013.
Mientras a nivel nacional, como ya hemos visto, la UCR integra, desde 2015, la alianza Cambiemos (luego denominada Juntos por el Cambio) con el PRO y la CC-ARI, en la CABA esta alianza electoral recién logrará concretarse en las elecciones de 2019. Hasta ese momento, por tanto, la participación de radicales en el poder ejecutivo porteño será anecdótica, tanto como la capacidad del radicalismo porteño para conseguir cargos para su militancia en el gobierno nacional[3].
En consecuencia, además de la UBA y los despachos legislativos, la inserción estatal de la militancia juvenil del radicalismo de la CABA se ha dado en organismos de control, descentralizados o extra-poder porteños o nacionales: Auditoría General de la Ciudad de Buenos Aires y de la Nación, Defensoría del Pueblo de la Nación y de la CABA, Ministerio Público de la Defensa de la República Argentina y de la CABA, y Consejo de la Magistratura nacional y de la CABA. La representación parlamentaria del radicalismo como minoría, así como -dependiendo el caso- su histórica gravitación política en los colegios de abogados, le permiten a los radicales integrar o estar a cargo de este tipo organismos en los que parte de su militancia se inserta laboralmente. Sin embargo, la inserción laboral en estos organismos autónomos se articula débilmente con su actividad partidaria y cobra un carácter más estrictamente laboral que militante. No hemos evidenciado -más allá de la participación de algunos militantes juveniles graduados de la carrera de abogacía en la política de los colegios de abogados- demasiado impacto de estas inserciones en las prácticas de la militancia de la JR.
La trayectoria electoral del PRO en la CABA, desde su aparición en 2003 como CpC, es exactamente la inversa. En el año en el que la UCR obtiene el peor resultado electoral de su historia, el debutante Mauricio Macri logra ingresar 23 diputados a la Legislatura porteña, a través de diversas listas adosadas a su candidatura. Si bien Macri no supera a Ibarra en la segunda vuelta y no todos los legisladores que ingresan acoplados a su candidatura en 2003 terminan integrándose a su bloque, dos años después gana la elección a diputados nacionales por la CABA, y la lista de Alianza Propuesta Republicana (el nuevo sello nacido a partir de su alianza con Recrear) logra 13 bancas en la Legislatura. Antes de llegar al ejecutivo, el PRO tenía ya la primera minoría en una legislatura altamente fragmentada, que se consolidaría en 2007 con un bloque de 28 diputados, casi la mitad del total de las bancas[4]. La victoria de 2007 daría inicio a un período de triunfos ininterrumpidos del PRO y sus coaliciones en la CABA, reteniendo el ejecutivo en otras tres oportunidades (2011, 2015 y 2019).
Como argumentaremos luego, la llegada al gobierno local en pleno proceso de construcción como partido ha contribuido ubicar a la “gestión” en el centro de los repertorios, marcos interpretativos y presentaciones públicas de su militancia juvenil, que experimenta su ingreso a la administración pública local, muchas veces, casi en simultáneo con su ingreso a la militancia partidaria, o que es reclutada dentro de la administración misma. El campo de inserción estatal de la militancia de JPRO de la CABA incluye, principalmente, al gobierno local, pero también a las juntas comunales, la Legislatura y ambas cámaras del Congreso Nacional. Entre 2015 y 2019, además, parte de la militancia porteña ingresa al gobierno provincial de Buenos Aires y al ejecutivo nacional.
A diferencia de lo que ocurre con la JR en el período de nuestra investigación, la dirigencia de JPRO consigue, además, posiciones expectantes en las listas para la Legislatura y las juntas comunales. Entre 2007 y 2015 todos los presidentes de JPRO de la CABA integraron las listas de candidatos a legisladores porteños y resultaron electos. Así, su primer presidente, Fernando de Andreis, reemplazó en su banca a Marcos Peña (fundador de JPRO) en 2007 y fue re-electo en 2009 (llegando a ser jefe del bloque PRO entre 2011 y 2013); su sucesor, Ezequiel Fernández Langan, fue electo en 2011, junto a quien era por aquel entonces el presidente de JPRO de la CABA, Francisco Quintana; en las elecciones de 2013 resultó electa Victoria Roldán Méndez, quien presidía la organización juvenil; y en las elecciones de 2015 –cuya lista de legisladores fue encabezada por el ex presidente de la organización juvenil Francisco Quintana- el entonces presidente de la agrupación, Maximiliano Sahonero, fue electo legislador. En los despachos de los dirigentes (o ex dirigentes) juveniles del PRO suelen trabajar como asesores, además, otros militantes de JPRO.
La Dirección General de Políticas de Juventud (DGPJ) de la CABA ha sido también un bastión de la militancia juvenil del PRO desde sus orígenes[5]. Su director durante el primer gobierno del PRO (2007-2011), Ezequiel Fernández Langan, fue también presidente de la organización juvenil. Le siguió, durante 2011, otro presidente de JPRO, Francisco Quintana. Entre 2011 y 2013, ocupó ese puesto el responsable de la militancia universitaria de JPRO, Nicolás Pechersky. Entre 2013 y 2015, luego de fuertes disputas internas por el cargo, la DGPJ quedó en manos de Luciana Blasco, una ex legisladora que no pertenecía a la juventud. El cargo volvería a ser ocupado por un referente juvenil, Fabián Pereyra, entre 2015 y 2019[6]. Con la llegada del PRO al gobierno nacional en 2015, el presidente de JPRO-Nacional, a su vez, estuvo a cargo del área homóloga, el Instituto Nacional de Juventud.
En los próximos dos apartados nos ocuparemos del impacto de la inserción estatal local del PRO en la construcción y el sostenimiento de su militancia juvenil. En primer lugar, veremos cómo el acceso al gobierno porteño le brindó a algunos de sus dirigentes la oportunidad de formar grupos de militantes juveniles desde las dependencias gubernamentales a su cargo, nutriendo las filas de JPRO y fortaleciendo a la organización en sus primeros años de existencia. En un siguiente apartado, examinaremos cómo esta temprana inserción estatal, en un partido y una organización juvenil aún en formación, ha dado forma a repertorios de acción y marcos interpretativos centrados en un ethos del hacer y la gestión, en los que el trabajo estatal y la militancia partidaria tienden a solaparse.
La construcción de agrupaciones juveniles en el PRO desde las dependencias estatales de la CABA
La llegada del PRO al gobierno porteño en 2007 y la conformación de un nutrido bloque de legisladores, les brindó a algunos dirigentes partidarios la posibilidad de formar grupos de militancia juvenil reclutando empleados y distribuyendo puestos de trabajo en el Estado local. Hacia 2010, un considerable número de agrupaciones juveniles informales habían nacido bajo el ala de dirigentes partidarios en sus despachos y dependencias de gobierno[7]. JPRO había sido, hasta aquel momento, una organización de jóvenes militantes ligada al entonces legislador porteño Marcos Peña, quien desde los inicios del PRO (CpC) se había propuesto organizar una juventud para impulsar la candidatura de Mauricio Macri a jefe de gobierno. Recién en 2010, la presión de estas agrupaciones juveniles y de sus dirigentes forzó su incorporación a la mesa directiva de JPRO, que dejó de ser un grupo interno ligado a Peña para convertirse en la rama juvenil del partido. Aquel grupo “fundador” mantuvo, sin embargo, la dirección de JPRO en la CABA hasta 2014 y, si bien en sus inicios estuvo afincado en el despacho de Peña en la Legislatura porteña, entre 2007 y 2013 se hizo cargo de la Dirección General de Políticas de Juventud (DGPJ) de la CABA, al mando de algunos de sus principales referentes durante el período, como Ezequiel Fernández Langan, Francisco Quintana y Nicolás Pechersky.
Así, a aquel grupo juvenil original con una fuerte presencia en la DGPJ, se le sumó una agrupación nacida en el Ministerio de Ambiente y Espacio Público referenciada en su ministro, Diego Santilli (La Juventud Santillista o Juventud Proyección Federal); otra agrupación ligada, en sus comienzos, a Esteban Bullrich, que se gesta dentro del Ministerio de Educación (Generación Argentina Política, luego La Generación); otra surgida en el Ministerio de Desarrollo Social, ligada a la entonces ministra María Eugenia Vidal y a su jefe de gabinete, Federico Salvai (La 24); otra vinculada a Daniel Chaín, ministro de Desarrollo Urbano (La Corriente), entre otros grupos más pequeños o efímeros[8].
En sus esfuerzos por posicionarse internamente, ganar notoriedad o apuntalar candidaturas con una militancia propia, estos dirigentes fortalecieron la construcción de la organización juvenil del partido nutriendo sus filas con militantes que excedían al núcleo original[9]. Este tipo de agrupaciones internas vinculadas a funcionarios han cumplido un papel importante en la conformación de JPRO, favoreciendo el reclutamiento de militantes juveniles y promoviendo el desarrollo de un compromiso partidario. Como mostraremos más adelante, el solapamiento entre el ámbito de trabajo y el de militancia brinda incentivos colectivos (identitarios y comunitarios) a las y los militantes, al hacer del trabajo propio y del grupo en la gestión una causa de militancia. Defender la gestión es, para estos empleados-militantes, defender su trabajo y el de sus compañeros de oficina. Asimismo, para muchos jóvenes, el incentivo para participar de estas agrupaciones se vincula a las oportunidades de carrera que se abren al militar dentro del grupo del dirigente a cargo de la dependencia estatal en la que trabajan. En este sentido, la existencia de agrupaciones juveniles ancladas en dependencias estatales y que tienen por referente político al funcionario a cargo de esa cartera, brinda incentivos materiales y de status, tanto por la posibilidad de ascender jerárquicamente en la gestión, como por la posibilidad de iniciar una carrera política en tanto representantes juveniles de esas agrupaciones dentro de JPRO y del partido. De este modo, los incentivos para participar de estos espacios no solo se vinculan al establecimiento de lazos cotidianos en el ámbito de trabajo que facilitan la entrada a un grupo cuyas actividades de militancia y de gestión tienden a conjugarse, sino, además, a la posibilidad de construir carreras laborales y políticas ascendentes.
Las entrevistas con informantes de JPRO evidencian la importancia de estas agrupaciones tanto en el reclutamiento de nuevos militantes dentro de la administración pública, como en la retribución y reproducción de la militancia existente. Por un lado, algunos jóvenes recién graduados o estudiantes universitarios avanzados ingresan a trabajar en el gobierno de la CABA (a través de contactos personales, programas de pasantías u otras vías no partidarias) y, mediante estas agrupaciones, comienzan a desarrollar un compromiso militante en el PRO. Por otro lado, militantes juveniles del PRO, reclutados fuera del ámbito de la administración estatal (por ejemplo, a través de amigos y conocidos, compañeros del centro de estudiantes de la UCA o de voluntariados católicos y ONGs) son retribuidos y sostenidos como militantes a través de puestos de trabajo en el Estado. El relativamente reducido número de militantes estables de JPRO y la extendida estructura administrativa del gobierno de la CABA han hecho del empleo estatal uno de los principales recursos partidarios para la reproducción de su militancia juvenil en el distrito.
Si entre 2010 y 2015 -especialmente a partir del lanzamiento de la larga campaña presidencial de Mauricio Macri en 2013- estas agrupaciones juveniles proliferaron en el PRO porteño, dinamizando a JPRO con un alto nivel de actividad y visibilidad, nuestra investigación durante los años posteriores a 2015 evidenció que gran parte de esas agrupaciones fueron perdiendo fuerza hasta dispersarse o disolverse. La Juventud Santillista, por ejemplo, que llevaba columnas de militantes con pelucas “coloradas” a todos los actos del PRO y promovía distintas actividades durante los años previos, fue perdiendo visibilidad, al punto de que -al menos hasta inicios de 2020- no ha realizado publicaciones en Facebook desde 2017. La Macacha, una agrupación con un fuerte anclaje en la militancia social católica y una nutrida agenda de actividades solidarias durante años previos, tampoco publica en sus redes desde ese año. La 24 se disolvió sin bombos ni platillos en 2015, y uno de sus principales referentes juveniles, Maximiliano Sahonero, se integró a La Generación. Destinos similares tuvieron los Jóvenes Desarrollistas, La Corriente, Consensuar o Argentina Ciudadana, sellos internos con cierta visibilidad entre 2013 y 2015, que no llegaron a prosperar. De todas las agrupaciones juveniles creadas antes de 2015, la única que se fortaleció y expandió fue La Generación[10], vinculada en un primer momento a Esteban Bullrich y a uno de sus jóvenes funcionarios en el Ministerio de Educación, Juan Ignacio Maquieyra. Sin embargo, La Generación dejó de ser una agrupación interna de JPRO para convertirse en un espacio transversal, que actualmente excede a JPRO y pretende formar a cuadros dirigentes juveniles de distintos espacios del PRO y Cambiemos (Longa, 2018a), centrando su actividad en una “escuela de líderes”.
Una vez logrado el objetivo de que Macri llegara a la presidencia en 2015, el entramado interno de JPRO en la CABA se puso en pausa. Si hasta 2015 la dirigencia puso su empeño en formar un partido capaz de llevar a Macri a la presidencia, una vez alcanzada la meta, el interés en fortalecer organizativamente al PRO, al menos en la CABA, disminuyó. Por otro lado, Marcos Peña, el principal impulsor de JPRO desde sus orígenes -según algunos informantes- fue alejándose de la juventud partidaria llegando al punto de fomentar su disolución. A su vez, JPRO de la CABA concentró su actividad en la expansión nacional de la juventud, poniendo el foco en la transferencia de saberes y recursos para la conformación de la organización juvenil en el resto de las provincias y grandes ciudades (Rocca Rivarola y Bonazzi, 2017), lo que posiblemente debilitó a la filial porteña al dispersar sus fuerzas hacia otros distritos. Asimismo, la llegada al gobierno nacional y provincial de Buenos Aires implicó también para muchos dirigentes juveniles un salto en sus carreras políticas que los llevó a consagrarse a -y en- puestos jerárquicos de la gestión pública, lo que redujo sus inversiones en las agrupaciones juveniles. Finalmente, la expansión del PRO hacia el ejecutivo nacional y bonaerense (provincial y de varios municipios) implicó una migración de dirigentes de la CABA hacia otros distritos o dependencias estatales. En agrupaciones juveniles fuertemente ancladas en las dependencias estatales de la CABA, estos movimientos dieron lugar a la dispersión de sus integrantes y a la desintegración de las agrupaciones, al perderse uno de los elementos que las aglutinaba y les daba su razón de ser.
La administración pública porteña como ámbito de sociabilidad militante en JPRO: entre la militancia partidaria y el trabajo en la gestión
Si una parte importante de la actividad de los partidos se desarrolla en la función pública, es esperable que las oficinas del Estado sean parte de los ámbitos de sociabilidad y reclutamiento de la militancia, especialmente en partidos en el gobierno. Se entiende, entonces, que el ámbito de la administración pública cumpla un papel relevante la socialización política de las militancias partidarias, especialmente en países donde las regulaciones sobre el empleo público son lo suficientemente laxas como para permitir nombramientos partidarios en los niveles medios o bajos de la administración (Kopecky y Mair, 2006; Scherlis, 2010; 2013; Grindle, 2012; Muñoz y Dargent, 2016). De este modo, en muchas ocasiones, la militancia en un partido político y el trabajo en el Estado tienden a solaparse y a articularse. Esta cuestión, que trasciende al caso del PRO y su militancia juvenil, plantea el interrogante de cómo el entrecruzamiento entre trabajo estatal y militancia partidaria da forma a repertorios de acción y a modos de concebir la militancia en partidos en el gobierno o con inserciones estatales fuertes.
Diversos estudios recientes han abordado este problema durante los gobiernos nacionales de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, dentro del espacio político oficialista del FpV. Un grupo de trabajos (Natalucci, 2012; Pagliarone, 2012; Perelmiter, 2012; Lozano, 2013; Cura, 2014; Gradin, 2017; Longa 2018b, 2019) se ha enfocado en estudiar la incorporación, en el espacio político del kirchnerismo y en distintas dependencias estatales, de organizaciones sociales nacidas en los años noventa como movimientos de trabajadores desocupados o “piqueteros”. Se trataba de militancias con una fuerte base territorial, surgidas por fuera (o en contra) de la política institucional, desde una visión autonomista o, al menos, distante del Estado y los partidos políticos, que a partir del gobierno de Néstor Kirchner se incorporaron al oficialismo y a la gestión pública, no sin conflictos y rupturas internas. Este pasaje supuso, para estas militancias que ingresaban a trabajar en el Estado sin abandonar sus anclajes territoriales, un proceso de reconversión. Estos estudios muestran los modos en los que se procesa la tensión entre los saberes militantes y las prácticas burocráticas propias de la acción estatal, así como las disputas entre estas militancias del kirchnerismo y otros agentes estatales (técnicos, empleados de planta). Otro grupo de trabajos (Vázquez y Vommaro, 2012; Vázquez, 2014; Rocca Rivarola, 2019) se han dedicado a estudiar problemas similares, pero no ya entre militantes de organizaciones sociales que ingresaron a la política partidaria y al Estado a partir de 2003, sino en juventudes militantes nacidas dentro el oficialismo algunos años después. Según muestran estos trabajos, en estas juventudes kirchneristas, militancia y gestión se imbricaron bajo la idea de una “gestión militante” o de “militar la gestión” (Vázquez, 2014), como una forma de dar cuenta de un compromiso político no escindible del trabajo en la gestión pública.
Un caso como el del PRO que, como vimos, llega al gobierno de la CABA en 2007 con una breve trayectoria previa y en pleno proceso de construcción como partido, aporta elementos interesantes para examinar el papel de la gestión pública en la socialización política de la militancia, y en la configuración de sus repertorios de acción y marcos interpretativos. En los dos capítulos previos hemos mostrado cómo parte de los repertorios de acción de JPRO refieren a un ethos del hacer y al valor de la gestión como principio de legitimación y presentación pública. Hemos mostrado, también, que una porción importante de sus repertorios se relacionan directamente con el trabajo de las y los militantes en la administración pública, al mismo tiempo que ciertas tareas vinculadas a la gestión se solapan con el trabajo militante partidario.
Por ejemplo, al momento de examinar los repertorios de acción en el territorio, señalamos la centralidad de los “timbreos” como una estrategia de campaña en la que se conjugaban la gestión, el empleo público y la actividad proselitista. Mostramos, por un lado, que en períodos no electorales, el gobierno del PRO en la CABA moviliza a parte de sus empleados para tocar timbres en los hogares porteños con el objetivo de comunicar y promocionar las políticas del gobierno, y tomar o dar seguimiento a reclamos de los vecinos. Los directivos de las distintas áreas gubernamentales organizan y aportan al timbreo grupos reclutados dentro de sus equipos de trabajo, a quienes se les asignan manzanas de distintos puntos de la ciudad para tocar timbre durante sus horarios laborales, identificados con pecheras del gobierno local. Mostramos, a su vez, cómo esta misma práctica es llevada adelante también durante los períodos electorales, no ya como una práctica oficial del gobierno, sino como una actividad eminentemente partidaria. En esos casos, militantes del PRO y empleados “voluntarios”, reclutados por sus jefes en las distintas áreas gubernamentales, se presentan como parte del “equipo de Horacio” [Rodríguez Larreta], llaman a votar por el oficialismo local, y reparten boletas y folletos con información sobre obras realizadas o a realizarse en el barrio.
En ese mismo capítulo mostramos que un repertorio distintivo de la militancia de JPRO porteña, el de los voluntariados solidarios -recuperado de los mundos sociales de pertenencia de las y los militantes, especialmente de su sociabilidad en ámbitos católicos- se conjugaba, por ejemplo, con las políticas la cartera gubernamental de hábitat e inclusión social, a través de programas de intervención en barrios vulnerables de la ciudad en los que militantes-empleados participan del diseño y la implementación de diversas actividades oficiales presentadas bajo el formato de voluntariados solidarios abiertos a la comunidad: pintadas de fachadas de casas y escuelas, talleres de “deporte inclusivo” en los que militantes de JPRO enseñan a jugar al rugby o al tenis como prácticas no sólo física sino moralmente reconstituyentes, entre otros proyectos.
Cuando en el capítulo anterior analizamos los repertorios de la militancia de JPRO en los centros de estudiantes, notamos la misma centralidad de la gestión como aglutinante de las prácticas de esta juventud partidaria en la vida político-asociativa de las universidades. En el caso de los centros de estudiantes de la UCA, las discusiones de orden político o partidario aparecían completamente veladas detrás de una idea de gestionar entendida como brindar servicios y “estar cerca” de los estudiantes en sus vicisitudes académicas cotidianas. Vimos también cómo el partido, especialmente en sus primeros años, reclutó referentes de los centros de estudiantes de esta universidad a través de ofrecimientos laborales en el gobierno porteño. Las invitaciones a visitar obras públicas ligadas de algún modo a las currículas de carreras como ingeniería o arquitectura, por ejemplo, fueron otro modo de atraer al partido a estudiantes universitarios tanto de la UCA como de la UBA. En ambas universidades, la militancia juvenil del PRO organiza charlas con funcionarios de la CABA que, con la excusa de hablar de la gestión de gobierno, tienden puentes con la vida estudiantil. En el caso de la UBA, notamos que gran parte de los repertorios y propuestas de las agrupaciones del PRO busca replicar o emular políticas públicas del gobierno de la CABA, cultivando una presentación de sí como “hacedores” y buenos gestores, al mismo tiempo que como intermediarios entre las necesidades estudiantiles y el gobierno porteño.
En cuanto a las prácticas de formación interna y los espacios de sociabilidad partidaria de la juventud del PRO, hemos señalado la importancia de las charlas enfocadas a conversar con funcionarios sobre temas de gestión. Los “afters” con funcionarios -encuentros informales en bares luego del horario laboral- son otra de las prácticas habituales de la vida interna de JPRO, especialmente en los años no electorales. Como mencionamos anteriormente, La Generación, una de las agrupaciones internas que más énfasis hizo en este tipo de encuentros (Longa, 2018a), es el único espacio interno que se vio fortalecido luego de 2015, concentrándose en la construcción de una “escuela de líderes” para la formación de cuadros dentro de la juventud partidaria (ampliada al resto de la coalición Cambiemos), dando cuenta de la centralidad que asumió el trabajo de gestión en los quehaceres de la militancia del PRO, especialmente al alcanzar, además del gobierno porteño, el gobierno nacional y provincial de Buenos Aires.
Resulta interesante, entonces, examinar cómo conciben las y los militantes de JPRO la articulación entre actividad militante y trabajo en el Estado porteño. Para quienes integran JPRO y trabajan en la gestión de gobierno local, militar es concebido como un “plus” que les permite soportar los momentos adversos, la sobrecarga de trabajo o las frustraciones propias del mundo de la política. Es, además, aquello que los lleva a trascender lo meramente laboral, el cumplimiento de cierto horario y de ciertas funciones acotadas, para “ponerle el pecho” a lo que se hace. A su vez, implica un conocimiento mayor de la lógica política que subyace a la toma de decisiones, un saber que permite lidiar con situaciones que el simple empleado público desconoce y no soporta. Así, para los empleados que participan en JPRO, ser militante marca la diferencia en cuanto a lo que se pone de sí (tiempo, compromiso, dedicación, etc.) en comparación con el “municipal”, es decir, el empleado de planta de la administración pública de la CABA, no demasiado interesado ni involucrado en los resultados de su trabajo. Es por ello que, según la militancia de JPRO, los funcionarios prefieren contar con militantes en sus áreas, lo que legitima, a su vez, sus rápidos ascensos dentro de la administración. Así lo explican dos militantes juveniles que trabajan en distintas áreas del Estado porteño:
El trabajo en la comuna y la militancia es distinto, pero al ser militante mi rol de comunera se ve enriquecido de alguna forma, porque entender la lógica de la política me hace entender el proceso de las comunas de otra manera (…) El hecho de tener una militancia, como compromiso con una idea superadora que va más allá de una comuna, te hace bancarte y poner el pecho a un montón de cosas, porque yo estoy defendiendo a un gobierno. – Agustina, JPRO.
Preparamos una Juventud, y gracias a la Juventud, que es como el semillero del espacio de Diego [Santilli, entonces Ministro de Espacio Público de la CABA], pudimos poner chicos en lugares importantes, donde necesitamos un pibe nuestro y no un [empleado] municipal, porque al municipal no le importa si vos serviste la taza [de café] así o así. Diego quería que la taza la sirvieran así, y vos sabías que si la habían puesto mal, alguien la iba a correr. – Gerónimo, JPRO.
La “gestión” es uno de los valores que movilizan las y los militantes del PRO en su presentación de sí. Trabajar en la gestión implica, para ellos, realizar un ideal de política pragmático; es la forma más valorada de militancia porque supone la posibilidad de “resolver problemas concretos de la gente” y de participar del ethos emprendedor que caracteriza al partido, en tanto muchos de sus cuadros dirigentes provienen del mundo empresarial (Vommaro, 2015; 2017a). Como ya hemos señalado en el tercer capítulo, el PRO afirma una visión de la política basada en un ethos del hacer, que se contrapone con una “política del discurso y las ideologías”, que implica dar vueltas en círculos sobre el pasado, sobre discusiones poco conectadas con la realidad, que brindan soluciones dogmáticas e irreflexivas, y que condicionan y limitan la capacidad para dar solución a “los problemas de la gente”. La militancia de JPRO presenta a las ideologías como “encorsetamientos” y “mochilas del pasado” que deben ser descartadas porque no son útiles para resolver problemas ni para interpelar a los ciudadanos. Según explica este militantes, los motivos para ser pragmáticos son, a su vez, pragmáticos:
Me gustaría [que el PRO tuviera más contenido ideológico] (…) pero veo que cuando hay que tomar decisiones de gobierno es útil, porque no estás encorsetado a un punto de vista y eso te da flexibilidad, la verdad es que cuando vos te encorsetás en una idea, te ayuda en una y te tira abajo en diez, porque no todos los problemas son iguales y no todas las soluciones que tenés que dar son iguales. – Ignacio, JPRO[11].
Así, las y los militantes juveniles del PRO suelen definir su identidad política bajo la idea de son “lo que se está haciendo”, y el hacer por excelencia es el de la gestión de gobierno. En lugar de una “mística” ligada a una tradición partidaria o a dirigentes del pasado como la que caracterizaría a las militancias radicales o peronistas, la “mística” de JPRO es, según varios de nuestros entrevistados y entrevistadas, la de la experiencia de la gestión:
Yo no creo que si no te definís en una ideología perdés identidad, al contrario, tu identidad tiene que ser trabajar para resolverle problemas a la gente (…) Al mundo político argentino le cuesta mucho la incertidumbre, quieren definir todo en algo (…) ¿Qué son? No sé, somos lo que estamos haciendo, no me vas a poder encasillar en nada. – Javier, JPRO.
Nuestra mística es el día a día, es la experiencia que vamos adquiriendo como partido en la Ciudad, porque otra historia no tiene el PRO más que lo que está haciendo ahora. – Gerónimo, JPRO.
La llegada del PRO al gobierno de la CABA en 2007 les ha ofrecido a sus militantes un ámbito de sociabilidad en el que adquirir y poner en práctica estas visiones de la política como parte de su quehacer militante y laboral cotidiano. Es a partir de su actividad laboral dentro del gobierno porteño que estos militantes pueden dar a su participación política este sentido tan fuertemente ligado al hacer y a la gestión, entendida además como la resolución no ideológica de problemas. A diferencia de parte de la dirigencia del PRO que moviliza un ethos del hacer ligado a su trayectoria dentro del ámbito empresarial, las y los militantes de JPRO se constituyen en “emprendedores” a partir de su inserción en la gestión de gobierno.
Por otra parte, si militar es para ellas y ellos un hacer, también es un “hablar acerca de lo que se hace”. El componente militante del trabajo en la gestión pasa, fundamentalmente, por comunicar y defender la gestión ante la ciudadanía y la opinión pública. Las actividades de campaña en las calles y los “timbreos”, junto con la participación en las redes sociales, aparecen como las instancias en las que se habla de lo que se hizo, como forma de defender la gestión y el propio trabajo. Militar no es sólo “hacer” sino también “estar”. Aquí el ethos del hacer, compartido con el funcionario, se complementa con un ethos del poner el cuerpo, como lo señala este militante con el que conversamos respecto a los timbreos realizados desde el gobierno porteño:
El timbreo se hace siempre, en campaña y no en campaña, nosotros acá en el gobierno, una vez por mes sale todo el gobierno a tocar timbre, a cada ministerio le toca una comuna, y a cada subsecretaría le tocan x cuadras, y van todos, o sea, desde el empleado raso… obviamente no es obligatorio, ¿no? porque por lo menos en el lugar en el que me tocó trabajar se incentiva a ir porque es una cosa importante, porque yo creo que ahí uno defiende el trabajo de uno, porque si bien hay muchos empleados del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que no comulgan en el PRO ni se interesan en tener en una participación política, pero bueno, los tipos también viven de su trabajo (…) Yo acá en el timbreo no voy a decirle “che, votá a Mauricio en el 2015 porque es el más lindo” o alguna pelotudez, sino que vas y hablás sobre gestión y defendés gestión, y en definitiva lo que vos hacés es tratar de convencer a la gente de que lo que vos estás haciendo está bien y es lo que te va a permitir a vos en 2015 seguir con trabajo. – Ignacio, JPRO.
La idea de que “el PRO es muy bueno haciendo”, pero que no comunica bien eso que hace, es utilizada por las y los militantes para legitimar su propia militancia por fuera de la actividad estrictamente laboral en el gobierno porteño. Quien trabaja en el Estado cuenta con un conocimiento desde adentro de la gestión de gobierno y al mismo tiempo con la posibilidad de hablar con “el vecino”, de estar en las calles. Esto le permite realizar esta tarea que aparece como vacante en un partido de “hacedores”. Por otra parte, hablar de la gestión no solo implica defender lo que se hace, sino “escuchar al vecino”, “tomando sus reclamos” y oficiando de intermediario, entre éste y el Estado. Así, la militancia de JPRO se legitima no solo por su hacer dentro de la gestión y por la defensa en las calles de eso que se hace, sino en tanto canal de comunicación entre “la gente” y el Estado.
El estado del Estado. Visiones y valoraciones del Estado y los partidos entre la militancia juvenil del PRO y la UCR
Los estudios sobre militancias juveniles en la Argentina posterior a la salida de la crisis de 2001 y, especialmente, durante los gobiernos kirchneristas, muestran la centralidad que adquirieron las organizaciones partidarias como canales de participación, y el Estado como objeto y arena de la acción política juvenil.
Tanto para la militancia radical como para la del PRO, el Estado es una institución que merece ser disputada electoralmente, en tanto consideran que solo desde allí pueden realizarse cambios e incidir de manera global y eficaz en la realidad. Las y los militantes juveniles del PRO suelen valorar las capacidades estatales -y justificar la elección de un partido político como espacio de participación- contrastándolas con las limitaciones de otras formas de intervención como los voluntariados que, como vimos en este libro, ocupan un lugar significativo en sus experiencias de sociabilidad. En estos términos lo explican militantes de JPRO con quienes conversamos:
El voluntariado es para cambiar cosas hoy, puntuales y concretas, pero desde una micro. Nunca una fundación y nunca un voluntariado individual de un grupo de personas va a poder cambiar todo un país o la sociedad (…) la política es la herramienta para cambiar realidad. A nivel macro es lo que realmente podés dar una vuelta y cambiar las cosas. – Alejandra, JPRO.
Greenpeace, con todo el esfuerzo consiguen logran salvar una ballena, dos ballenas, un par de pingüinos, vos desde el Estado podés tomar una política para salvar a todas las ballenas del territorio nacional. – Gerónimo, JPRO.
[Milito en un partido] porque tiene una llegada mucho más rápida y eficaz. Si yo tuviera algún proyecto de ley, sé que me puedo acercar a cualquier legislador y lo pueden tratar en Cámara (…) estando en un partido político, me parece que es mucho más fácil de poder realizar un cambio. – Laura, JPRO.
En tanto el Estado es un espacio que merece ser disputado, la militancia de JPRO concibe a su partido, principalmente, como un instrumento electoral para alcanzar cargos públicos y realizar cambios que desde otras organizaciones no podrían realizar. La idea recurrente de que “la gente no vota partidos sino personas” sustenta, paradójicamente, el valor que le dan al PRO como un partido que ha funcionado como “puente” para atraer a la vida política y a la función pública a personas que de otro modo no habrían participado políticamente: managers de empresas[12], expertos de fundaciones y jóvenes que, como ellos, no se hubieran “metido en política” si no hubiera existido el PRO. El valor del PRO como partido radica, entonces, en su capacidad para reclutar “gente nueva” no contaminada con las viejas formas de la política partidaria, y en ser la herramienta electoral que permite que esas personas ocupen funciones públicas. No hay, sin embargo, una visión del partido -o de los partidos en general- como un valor en sí. Los demás partidos son, por su parte, viejas instituciones desvinculadas de la “gente” y en las que participan siempre los mismos. Así piensan a su partido estas militantes que entrevistamos:
El PRO es una gran amenaza para el sistema político en general: tiene una gran cantidad de gente que no estaba inserta en el sistema partidario, trae gente de afuera, realmente un puente de participación real. En otros partidos son siempre los mismos. – Milagros, JPRO.
Vemos el partido como una herramienta electoral porque tenés que tener un partido para presentarte a elecciones, pero no enquistarnos en eso, por eso surgió la idea del [programa de voluntariado] ‘Yo estoy’, tratamos de hacer un partido más aggiornado (…) La forma en la que ciertas personas piensan el partido es vanguardista. Hoy somos revolucionarios, en 50 años va a ser lo normal. Hoy nos tildan de ‘a estos pibes les gusta inflar globitos’. – Agustina, JPRO.
A diferencia de lo que ocurre en la militancia de JPRO, la elección de participar en un partido político no resulta problemática para jóvenes que, en muchos casos, provienen de familias con antecedentes de militancia y vínculos de larga data con la UCR. La juventud radical le asigna a los partidos políticos un rol fundamental en el fortalecimiento de la democracia y ubica a su partido como el más fiel representante de la “institucionalidad democrática”, remitiéndose, por un lado, a la historia del radicalismo, desde las primeras elecciones con sufragio secreto masculino que llevaron a Hipólito Yrigoyen a la presidencia, hasta el retorno democrático con la presidencia de Raúl Alfonsín; y, por otro lado, a la organización interna del partido, siempre presentada por sus militantes como un ejemplo dentro del sistema político argentino por su apego a la formalidad y a los procesos electorales internos. Para esta militancia porteña que suele identificarse como “socialdemócrata” y alfonsinista, el radicalismo sintetiza, a su vez, un ideal de democracia en el que se conjuga la tradición institucionalista republicana con la búsqueda de una mayor justicia social:
Hay dos cosas que no solo a mi sino a la mayoría de los que militamos en el partido nos identifican. Por un lado, es el partido de la democracia, el primer partido que llega al gobierno con elecciones libres y limpias, con Yrigoyen. Así que es el partido de la institucionalidad democrática por excelencia, pero yo no soy de los que ven al partido exclusivamente en esa faceta sino que me parece que la otra faceta fundamental para los radicales es la búsqueda de la justicia social, de una sociedad de iguales. Creo que el partido conjuga… yo milito en el partido justamente porque conjuga esas dos facetas. – Gastón, JR.
Yo creo en las instituciones como una vía de empoderamiento de los sectores postergados, en ese sentido me parece que el radicalismo tuvo una apuesta muy inteligente, vos escuchás a Yrigoyen, que algunos te dirían que era un proto-populista, un pre-populista, y decía “mi programa es la constitución nacional”. Yo creo que poder combinar la búsqueda de la igualdad con la apuesta institucional es el gran aporte del radicalismo a la historia argentina. – Pedro, JR.
La juventud del PRO, por su parte, valora al Estado positivamente en abstracto, pero negativamente en concreto, especialmente durante aquella experiencia histórica que ha marcado su entrada a la militancia: la de los gobiernos kirchneristas. La importancia de acceder al Estado no solo se vincula a la valoración de sus capacidades de agencia, sino que se justifica por el hecho de que, si no participan personas provenientes de otros ámbitos (como el mundo privado y de las ONG) esos lugares seguirán estando en manos “corruptas”:
Cuando decido estudiar Ciencias Políticas yo veía que había distintas formas: podía canalizar mi participación a través de una ONG o una organización del tercer sector, que no me gustaba (…) Yo creía que el rol del Estado era fundamental y yo veía que el problema de este país era el Estado, era la gente que conducía el gobierno (…) Yo creí cuando me metí en política que el problema era el Estado, el problema es que el Estado es un Estado corrupto. – Agustina, JPRO.
El problema de que nadie se involucrara es que si nadie ocupa un lugar, lo siguen ocupando los mismos (…) Si vos te quedás de la vereda de enfrente diciendo ‘no, son todos chorros’, si vos no te comprometés y no ocupás ese lugar del chorro, siempre va a estar el chorro. – Gerónimo, JPRO.
La impugnación moral y la indignación que justifica y legitima la entrada en la política de estos jóvenes (y de una parte importante de la dirigencia del PRO) se complementa con una impugnación técnica respecto al funcionamiento del Estado: se trata de una institución vetusta e ineficiente que necesita ser modernizada. Como muestra Longa (2018a) en su trabajo sobre la militancia de La Generación, las y los jóvenes funcionarios macristas que dan sus primeros pasos en la gestión pública nacional o provincial de Buenos Aires luego de 2015, perciben al ámbito estatal como un campo minado por limitaciones procedimentales, papeleos excesivos y un personal desmotivado y poco capacitado, herencia de los gobiernos anteriores.
Para la juventud del PRO, la ineficiencia estatal no sólo está vinculada a la corrupción política y a una burocracia estatal hipertrofiada[13], sino también a la preeminencia de las “ideologías”. Las “ideologías” habrían cegado la capacidad de los funcionarios kirchneristas para dar respuestas inteligentes, brindando soluciones irreflexivas y siempre iguales a problemas nuevos. Cuando la militancia de JPRO se refiere al “encorsetamiento ideológico” del kirchnerismo, apunta a lo que considera una valoración dogmática de lo público por sobre lo privado. Para su militancia juvenil, el PRO, en tanto “puente”, permite cruzar del mundo privado al público no solo personas sino saberes y formas de hacer, que no asignan un valor a priori a lo público, sino que ponen en diálogo ambos mundos para encontrar las soluciones más eficientes. La cuestión no está, para ellos, en elegir entre la gestión pública y la privada, sino en administrar con eficiencia y honestidad. Para la militancia de JPRO, el compromiso ideológico y material del kirchnerismo con lo público lleva a una asfixia de las libertades individuales y de la iniciativa privada. Sanear moralmente al Estado a través del ingreso de un personal no proveniente de la “vieja política”, supone también modernizarlo en sus procedimientos al traer una visión pragmática acerca del vínculo público-privado:
Para el PRO no es que [cierta cuestión] no la pueda hacer el Estado, sino que hay que ver en ese contexto, en esas condiciones, en lo que hay que hacer, cómo nos conviene, qué alternativas reales hay en esa situación concreta y podemos ahí animarnos en ese caso, podemos ver un puente entre lo público y lo privado, que no sea solo el Estado. – Milagros, JPRO.
Creo en un Estado que intervenga, en un Estado activo y, lo más importante de todo, en un Estado que sea eficiente (…) No quiero que el debate sea [si las empresas] son privadas o públicas, quiero que estén los mejores tipos, los más eficientes. – Javier, JPRO.
Aún cuando el discurso de la impugnación moral está presente también entre la militancia juvenil radical, el principal foco de las críticas al Estado durante el kirchnerismo (y, en algunos casos, también durante el gobierno macrista) se dirige a lo institucional. Quizás por la casi nula inserción de la militancia de la JR porteña en el ejecutivo local y en el gobierno nacional de Cambiemos a partir de 2015, la crítica a la burocratización y las limitaciones procedimentales, presente en aquella militancia de JPRO que dio el salto del gobierno de la CABA a otros distritos, no ocupa un lugar relevante en sus visiones sobre el funcionamiento del Estado. Es, para ellos, la falta de apego a las “formas republicanas” el principal problema del Estado durante el período. Su justificación para participar en una coalición electoral con el PRO en 2015, un partido que suelen considerar distante ideológica y culturalmente, se vincula a la necesidad de terminar con un largo período de “populismo” y “normalizar las instituciones”. La “cuestión republicana” está también en el centro de las críticas que algunos militantes juveniles del radicalismo le hacen a la presidencia de Macri:
Cuatro u ocho años sin populismo en la Argentina, yo creo que va ser un salto cualitativo para las instituciones republicanas como nunca, como nunca desde el 83 hasta hoy (…) hoy no hay un peligro, como hubo durante el kirchnerismo, para las instituciones de la República, que es algo que a los radicales nos toca mucho, por su puesto. – Lautaro, JR.
Económicamente con este gobierno [de Macri] no concuerdo en nada, lo que no es menos cierto es que veníamos de 12 años de kirchnerismo y que había que cambiar un poco, muy bien, ¿cuál era el refugio? La cuestión republicana. Uno se fija lo que hace Macri y el primer decreto de necesidad y urgencia que hace es nombrar a dos jueces de la Corte Suprema en comisión por un decreto, ¿de qué república nos vinieron a hablar, de qué cosa se quejaron del kirchnerismo? – Maximiliano, JR.
Es un partido centenario, es un partido que ante todo no buscaba el poder sino la democracia, en todos sus contextos. Yrigoyen no pedía ser presidente, pedía ir a elecciones, mientras que Mitre sí pedía ser presidente y arregló. Firmenich no pedía que se vayan los militares, pedía estar él en el poder, no pedía democracia, pedía el poder. Alfonsín pedía ir a elecciones. Me parece que es una ética de vida que la llevo y por eso entiendo que mi papá puede ser radical, porque hay como un valor de lo público como bueno, como legítimo, como real. – José, JR[14].
Mientras para la militancia de JPRO la prioridad dada lo público es un sesgo ideológico vinculado a prácticas de corrupción e intereses espurios del kirchnerismo, la militancia de la JR presenta a lo público como un valor directamente ligado a la historia y a la cultura política del partido, como lo ilustra el último extracto de entrevista citado. La “defensa de la educación pública”, asimismo, ha ocupado un lugar ineludible dentro del repertorio discursivo de la JR y del radicalismo universitario desde finales de los años sesenta.
¿Vivir de y para la política? Carrera política y controversias morales en la JR y JPRO
Así como la inserción de la militancia de JPRO en el gobierno local desde 2007 ha moldeado gran parte de su repertorio y de sus marcos interpretativos, con la “gestión” como figura central, esta generación de militantes de la JR se presenta -como desarrollamos en el tercer capítulo- como una juventud “en el llano”, lejos del poder y de los recursos estatales y, por ello, dotada de capacidad crítica y autonomía. En consecuencia, afirma su legitimidad en oposición a aquellas militancias creadas “desde el Estado”. Mientras reconoce la autenticidad de las juventudes kirchneristas o peronistas, en tanto comparte con ellas repertorios y ámbitos de acción tradicionales de las militancias juveniles en Argentina -como el trabajo territorial, las actividades en locales partidarios, el activismo estudiantil y la participación en movilizaciones- desacredita a las organizaciones que, como La Cámpora, se construyeron y expandieron una vez en el gobierno. El foco de sus impugnaciones, sin embargo, se dirige hacia la militancia del PRO, a la que no solo perciben como creada desde el Estado, sino que descalifican como una falsa militancia de empleados públicos sin vocación ni compromiso más allá del cumplimiento de sus quehaceres y horarios laborales. Se trata, para la juventud del radicalismo, de empleados estatales que “descubrieron” la militancia estando en el gobierno y que llegaron a sus cargos antes de haber desarrollado un cursus honorum militante. En ese sentido, la consideran una militancia artificial, formada por la dirigencia partidaria desde la gestión pública con empleados que desconocen los sacrificios de la vida militante. Esa ausencia de sacrificios y de cursus honorum, que es también la ausencia de una cultura política ligada al trabajo militante de base, da lugar, para las y los militantes radicales, a un ejercicio de la política desafectivo, una militancia sine ira et studio, burocratizada y profesional, que ejerce la función pública sin empatía. Así lo describieron en algunas de nuestras entrevistas:
[En el PRO] no tienen militancia, yo creo que ellos descubrieron la política a través de un cargo estatal, nunca militaron en su vida y se dieron cuenta de que existía la política cuando asumieron un trabajo en el Gobierno de la Ciudad, y que a partir de ahí fueron para militar para afuera, algunos, pero no conozco, mis amigos del PRO no eran tipos como yo que iban a un comedor, no existía para ellos eso, ellos descubrieron la realidad una vez que llegaron al gobierno, y creo que lo hacen como una cosa de profesionalidad, como que es una profesión ser militante o ellos lo ven así. – Maximiliano, JR.
Yo no creo tanto en esto de la colimba de la militancia, que repartís quince años volantes y recién ahí podés ser… pero sí creo que en general un cursus honorum de cierta duración te templa en algunas habilidades, en algunas capacidades, que en general y sin abrir juicios muy amplios veo que faltan en estos sectores [del PRO]. Creo que hay una gran incapacidad de ponerse en los pies del que le falta, en los pies del que sufre, del que labura muchísimo para lograr ciertas cosas. – Pedro, JR.
En relación a las carreras políticas, el ethos dominante entre la militancia de la JR es anti-profesionalista. Hacer carrera y profesionalizarse en la política, en tanto supone no solo vivir para la política sino de la política, es algo tratado con reparos. La idea de depender económicamente del trabajo político les resulta problemática tanto desde el punto de vista moral como pragmático. Por un lado, porque el militante que se profesionaliza y vive de la política termina, tarde o temprano, traicionando sus ideales para subsistir y conseguir cargos. Depender de la política supone depender del patronazgo de dirigentes ante los que se pierde la capacidad crítica y autonomía en vistas a mantener ciertos ingresos. En palabras de algunos militantes:
El problema de la política es que hoy en día todo el mundo lo toma como una carrera profesional, un tipo que dice una vez que llegamos a la política no nos vamos más de la política, porque hoy una cosa, mañana es otra y no se van más. Yo creo que la política es la contribución circunstancial que uno le puede hacer a la gente a través de un cargo, pero que es circunstancia, y después uno tiene que volver a lo suyo. – Maximiliano, JR.
Me metí en esta carrera [de abogacía] para hacer política, pero voy a dedicarme al derecho, voy a tener mi salida, porque si en algún momento hay algo que no te gusta no lo tenés que integrar y a veces hay muchos de mis compañeros que dependen de la política para vivir. – Fabricio, JR.
Por otro lado, un partido que no está en condiciones de distribuir cargos suficientes y lleva largas décadas fuera del poder, no brinda a sus militantes la seguridad de poder apostar plenamente a sus carreras políticas como única fuente de ingresos. En ese sentido, depender de la política sin contar con una profesión que pueda garantizar ingresos alternativos implica, para algunos militantes, un alto grado de incertidumbre o la disposición a, eventualmente, irse del partido para ejercer la profesión política en otro espacio, como nos señala una militante:
No es lo mismo hacer política y saber que el día de mañana vos puedas trabajar de esto a que vos no sepas si vas a poder trabajar de esto y vivir de esto. – Isabel, JR.
Como hemos visto, la juventud del PRO tiene una inserción fuerte y extensa en el Estado local desde 2007. Muchos de sus dirigentes han ocupado cargos electivos en la Legislatura y las comunas, y cargos jerárquicos en la gestión de gobierno, desarrollando veloces carreras ascendentes. Sin embargo, esta militancia comparte con la radical una mirada anti-profesionalista basada en la idea de que vivir de la política supone un problema moral y práctico. Para la militancia de JPRO, vivir de la política se vincula a la “vieja política”, la de los políticos tradicionales que se “reciclan” y son “siempre los mismos”, y se opone a la “nueva política” que, encarnada por el PRO, supone la entrada a la política de un personal proveniente de otros ámbitos, como vimos en el tercer capítulo. Así, hacer de la política una profesión produce una dependencia económica que corrompe a quienes la ejercen. La militancia JPRO -quizás por participar de un partido nuevo, surgido en la post-crisis y organizado en torno a un liderazgo personal- reconoce que “la vida de los partidos es corta” y “que la política es muy estacionaria”, por lo que la profesión política no garantiza una continuidad laboral sino a costa de corromperse. Así lo explica una militante:
No estoy apuntando a vivir de la política, creo que la política es un poco de suerte y es hoy sí, mañana no, y podés ser diputado cuatro años y nunca más, y creo que siempre hay que hacer algo aparte de la política con lo que puedas sostenerte y vivir de. (…) Si no, te transformás en esa gente que no vive para la política, sino que vive de la política, y esa es la gente que la corrompe la política, porque por un contrato o por plata, porque vive de eso, hace cosas que no tiene que hacer, y bueno, estamos como estamos. – Alejandra, JPRO.
Si bien entre las y los militantes de JPRO domina una mirada anti-profesionalista de la política, al momento de dar cuenta de sus propias carreras, militar ocupa el lugar de una etapa de sacrificios y renuncias que finalmente son o serán retribuidas con cargos, posiciones en las listas o reconocimientos internos. Participar en el PRO aparece, entonces, como una “inversión”, pero también como el sacrificio o la postergación de lo que imaginan como una carrera profesional exitosa y bien remunerada en el mundo privado. Aún cuando casi todos nuestros entrevistados y entrevistadas iniciaron sus carreras laborales en el ámbito público, la posibilidad de ir o volver “a lo privado”, a esas promisorias carreras que, muchas veces, no llegaron a iniciar, justifica sus carreras ascendentes dentro del ámbito público y político. No sólo se han esforzado para llegar a donde están, sino que han renunciado a perspectivas más redituables de inserción profesional, a las que eventualmente pueden volver. Con estas palabras relatan sus llegadas a cargos públicos:
Fue una inversión de tiempo bastante grande, yo creo que también inconscientemente se te termina retribuyendo en algo todo el tiempo que invertiste, que en el momento lo hacés porque lo querés hacer, sin ningún objetivo, pero en algún punto si laburás bien, la gente se da cuenta. – Milagros, JPRO.
Me costó, no es que ella [nota: una dirigente del PRO para la que trabaja] dijo: “che, tengo un lugar y voy a elegir un militante”. O sea, Paula iba a dar una charla a cualquier comuna y yo iba a la charla y la saludaba y ‘hola, ¿qué tal?’, y Paula iba a dar un seminario a la Facultad y yo iba y la escuchaba, y Paula iba a poner mesas y repartir volantes en una esquina y yo iba a esa esquina. Fue todo un trabajo de hormiga, pero fue todo en el mismo año, en los mismos seis meses. – Alejandra, JPRO.
En el sector privado yo estaba en un muy buen lugar, de hecho, en el 2007 para mí fue una decisión bastante difícil la de dejar el sector privado para probar experiencia en el Estado. Yo nunca había trabajado en el Estado, eh. Y la verdad que pasar de trabajar en un estudio jurídico en Puerto Madero a trabajar en un bajo-autopista, mi primer trabajo en la gestión fue en la calle México abajo de la autopista, la verdad que en el día a día es brusco el cambio. – Lucas, JPRO.
En lo que refiere a las carreras, en JPRO la presentación de sí dominante se sitúa entre la figura del voluntario y la del ejecutivo: la del joven profesional exitoso que pudiendo ganar dinero dentro del ámbito privado renuncia a eso para “dar a los demás”, para “ayudar a la gente”. Así, sus carreras ascendentes dentro del ámbito público se engrandecen en tanto suponen sacrificio y mérito. El PRO es presentado, por su parte, como un “espacio meritocrático” en el que, como nos comenta un entrevistado, “si vos laburás, te esforzás, das ese plus extra, tenés la vocación de servicio, yo creo que cualquiera puede llegar” a ocupar un cargo público. En consecuencia, ambas militancias construyen una narrativa moral en torno al sacrificio como forma de engrandecer sus situaciones más o menos aventajadas. Mientras el sacrificio para la juventud radical consiste en militar “desde el llano”, a pesar de estar fuera del Estado y respetando un largo cursus honorum, el sacrificio para la juventud del PRO consiste en haber renunciado a una promisoria carrera profesional en el mundo privado para desarrollar sus carreras en el Estado.
- La Nación, 23/03/2001- https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-legislatura-cruzada-por-la-crisis-politica-nid57020/↵
- Los resultados electorales de la CABA posteriores a 2003 mencionados en este capítulo fueron tomados de la página web del Tribunal Superior de Justicia de la CABA. El número de bancas obtenidas por la UCR dentro los frentes electorales, entre 2003 y 2015, fue elaborado por el autor en base a las listas oficiales. Los resultados de las elecciones nacionales fueron tomados de la página web de la Dirección Nacional Electoral.↵
- Si bien, como es previsible, hay militantes juveniles del radicalismo porteño que trabajan como empleados en la administración pública nacional o local –es el caso de algunos de nuestros entrevistados y entrevistadas-, no llegaron allí como militantes del partido.↵
- Página/12, 07/12/2007 – https://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-95859-2007-12-07.html↵
- Vázquez y Cozachcow (2017) muestran que las áreas gubernamentales vinculadas a las políticas de juventud son espacios de inserción privilegiados no solo para JPRO en la CABA, sino también para la juventud del Partido Socialista en el gobierno santafesino. El capital militante juvenil, argumentan, es reconvertido en “capital burocrático-administrativo”. Vázquez (2015), en otro trabajo, estudia la inserción de la militancia juvenil kirchnerista en los organismos nacionales de juventud y los modos en los que intervienen en el diseño de políticas “participativas” orientadas a jóvenes.↵
- El acuerdo electoral del PRO y la UCR en 2019 (la alianza Vamos Juntos) supuso para JPRO ceder a la JR uno de sus espacios “naturales” de inserción dentro del gobierno porteño. Desde diciembre de 2019, el presidente de la JR porteña, Tomás Mestre, está a cargo de la DGPJ. La participación de un dirigente juvenil radical en el gobierno porteño, por primera vez en casi dos décadas, y en un área tradicionalmente en manos de la juventud del PRO, abre nuevas perspectivas en el vínculo entre la JR y JPRO, así como en la inserción estatal de la JR en la CABA.↵
- Vázquez (2014) muestra un fenómeno similar dentro de las militancias juveniles del kirchnerismo, con la creación de agrupaciones en distintos ministerios del gobierno nacional que tuvieron como referentes políticos a los funcionarios responsables de esas carteras. Si bien se trata de espacios partidarios y militancias muy distintas entre sí, esto muestra la centralidad de la gestión pública y los recursos estatales en la construcción partidaria y de las organizaciones de militancia.↵
- En el despacho de la legisladora Victoria Morales Gorleri nació la agrupación juvenil La Macacha, de fuerte impronta católica; en el despacho de Cristian Ritondo, la inorgánica agrupación denominada La Solano Lima, que alcanzaría una fugaz notoriedad mediática en los cacerolazos anti-kirchneristas de 2013; otros diputados nacionales y legisladores como Federico Pinedo, Sergio Bergman o Rogelio Frigerio también conformarían sus grupos juveniles dentro de JPRO.↵
- Como ya analizamos en el tercer capítulo, la heterogeneidad de su dirigencia y la fuerte dependencia de las agrupaciones juveniles de liderazgos personales, ha tendido a hacer de JPRO, asimismo, una organización subordinada a las internas de la dirigencia adulta del partido. ↵
- La agrupación juvenil Pensar el Camino, nacida en la Fundación Pensar (fuera del ámbito estatal) también mantuvo, después de 2015, una actividad relativamente mayor al resto, quizás porque su referente y presidente nacional de JPRO hasta 2018, Pedro Robledo, pasó a ocupar la dirección del Instituto Nacional de Juventud durante la presidencia de Macri.↵
- Ignacio fue a un colegio católico en Recoleta, CABA. Cursó las carreras de Ciencia Política y Derecho en la UCA. A través de su hermano, empezó a trabajar en el despacho de un diputado nacional del PRO en 2007. Desde allí, entró en contacto con el partido. Luego, trabajó en varios ministerios del GCBA.↵
- El objetivo de hacer del PRO un “puente” desde el mundo privado hacia el público no se reduce a una mera presentación discursiva de sus dirigentes y militantes. Como muestra Vommaro (2017a), dentro del PRO se emprendieron esfuerzos organizativos, principalmente a través de la fundación partidaria “G25”, para reclutar y movilizar ejecutivos de empresas. Canelo y Castellani (2017), por su parte, constataron que casi un tercio de los funcionarios del primer gabinete nacional de Macri habían ocupado previamente puestos de alta o media-alta gerencia en empresas privadas.↵
- Algunos trabajos sobre militancias juveniles kirchneristas en la gestión pública (Chaves, Galimberti y Mutuverría, 2016; Mutuverría, 2017) dan cuenta de una mirada similar respecto a las restricciones (y los sinsabores) que les impone la lógica del expediente y los procedimientos burocráticos del Estado. Sin embargo, estas militancias no recurren a valores como la eficiencia y la modernización, sino a la importancia de acercar al Estado a los sectores populares como forma de democratización de la acción estatal. ↵
- José estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde en 2010 formó parte de la creación de una agrupación estudiantil radical. Durante la secundaria empezó a participar de un comité en Caballito. Estudió Derecho en la UBA y milita en la Franja Morada. Sus padres, ambos radicales, militaron también en la UBA. Trabaja como asistente en una investigación del BID y de una ONG.↵







