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2 Politización y entrada a la militancia durante el kirchnerismo

La configuración del compromiso juvenil en la centroderecha opositora

Introducción

El escenario que se abre luego de la crisis de 2001, y especialmente con la llegada de Néstor Kirchner (2003-2007) a la presidencia, da inicio a un nuevo ciclo de involucramiento político que, a diferencia de la década anterior, tiene como característica distintiva la centralidad que ocupan el Estado y las organizaciones partidarias. La crisis de 2001 implicó una coyuntura crítica que transformó el campo político argentino. En primer lugar, tuvo como consecuencia el colapso electoral y la desintegración del radicalismo a nivel nacional y en el distrito que ocupa nuestra atención, la CABA (Torre, 2003; Malamud, 2008; Zelaznik, 2013; Lupu, 2016; Obradovich, 2016). En segundo lugar, hizo posible la emergencia de nuevos liderazgos y de una facción dominante dentro del peronismo, el kirchnerismo, que supo interpelar a sectores movilizados por fuera de la política institucional para incorporarlos a la arena estatal y partidaria (Perelmiter, 2012; Natalucci, 2012; Pagliarone, 2012; Schuttenberg, 2012; Cura, 2014; Gradin, 2017; Longa, 2019). En tercer lugar, abrió oportunidades para la aparición –entre otros nuevos jugadores- de un partido de centroderecha como el PRO, que reclutó dirigentes y militantes hasta el momento no involucrados en la política de partidos o que habían quedado “huérfanos” ante la desintegración o desaparición de sus partidos de origen (Vommaro, Morresi y Belloti, 2015; Vommaro, 2015, 2017a).

El kirchnerismo, heredero del escenario post-2001, dio el puntapié inicial en este nuevo ciclo de involucramiento político. Por un lado, en una primera etapa, se produjo una recuperación de las –muy deterioradas- capacidades estatales, acompañada de una retórica de reivindicación de la actividad política, fuertemente desprestigiada luego de la década del noventa y de la crisis. Por otro lado, Néstor Kirchner atrajo tanto a la gestión pública como a su espacio político a organizaciones y dirigentes vinculados a la militancia social y territorial que, desde mediados de los noventas y hasta ese entonces, habían actuado prácticamente por fuera de la política institucional y partidaria. Así, este proceso de rehabilitación discursiva de la política, de recuperación de las capacidades estatales y de reclutamiento de dirigentes y militantes de organizaciones sociales hasta el momento autónomas de las fuerzas partidarias y del Estado, supuso el inicio de un nuevo ciclo de involucramiento que se caracterizó, en un sentido amplio, por el protagonismo de la militancia partidaria.

Los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) supusieron un mayor impulso a la partidización de los involucramientos, especialmente entre las generaciones más jóvenes (Borobia et. al., 2013; Krieger y Bruno, 2013; Natanson, 2013; Natalucci, 2014; Vommaro y Larrondo, 2013; P. Vommaro, 2015; Vázquez, Rocca Rivarola y Cozachcow, 2018). Coyunturas iniciadas en su primer año de gobierno como el lockout agrario y el debate sobre las retenciones a las exportaciones de granos, el conflicto público con el principal grupo de telecomunicaciones del país, la estatización de los fondos jubilatorios privatizados en los noventas, entre otras, contribuyeron a un estado de alta movilización y polarización política[1]. La muerte de Néstor Kirchner en 2010 implicó para la presidenta la necesidad de reorganizar sus bases de sustentación política, dándole un fuerte impulso a una organización presentada como juvenil, La Cámpora, que se convertirá en su principal base militante (Vázquez y Vommaro, 2012) y cuyos dirigentes integrarán su círculo de confianza en su segundo gobierno. Así, durante los últimos años de su presidencia, la militancia juvenil ocupará un lugar protagónico en sus discursos y movilizaciones, ganando visibilidad en los medios de comunicación y en los debates públicos (Vázquez, 2012; Flax, 2013; 2014a; Larrondo, 2013). Una serie de organizaciones partidarias juveniles kirchneristas harán su aparición o se verán fortalecidas durante el último mandato de Fernández de Kirchner, al mismo tiempo que partidos opositores emergentes como el PRO buscarán dar impulso y visibilidad a sus propias juventudes.

La perspectiva generacional que hemos presentado en el capítulo anterior abre para nuestra investigación la pregunta acerca de qué coyunturas sociopolíticas han favorecido y configurado este acercamiento a la política partidaria en militancias juveniles que ingresan a partidos opositores durante el kirchnerismo. Una lectura de la politización de la militancia de la JR y JPRO en clave generacional permite considerar simultáneamente la experiencia singular y los procesos colectivos, partiendo de las narrativas que los mismos agentes producen sobre el desarrollo de su interés por la política y su entrada a la militancia, para ponerlas en relación con el contexto socio-político y las trayectorias de sus partidos en el período[2].

De este modo, en el presente capítulo nos preguntamos por cómo estos militantes narran sus involucramientos en este contexto sociopolítico, a qué acontecimientos o coyunturas atribuyen los inicios de su interés por la política y qué lugar ocupa su relación con el kirchnerismo (y con el anti-kirchnerismo) en su entrada a la militancia partidaria. Mostraremos que los efectos del contexto sociopolítico del período serán diferentes en ambos grupos de militantes. Así, argumentaremos que sus politizaciones e involucramientos partidarios estarán más o menos ligados al contexto sociopolítico y a sus posicionamientos frente al kirchnerismo en función del tipo de vínculo previo que establecieron con el mundo político y con el partido al que pertenecen. Mostraremos que los militantes juveniles radicales tienen, en general, vínculos precoces con la política e identificaciones tempranas con el radicalismo, resultado de su socialización en familias de militantes radicales, mientras que los vínculos con la política entre la militancia juvenil del PRO son más tardíos y están más fuertemente asociados a la coyuntura sociopolítica, ocupando la oposición al kirchnerismo un papel más significativo en sus entradas a la militancia. La evidencia que nos proporcionan las narrativas de las y los militantes entrevistados muestra que dentro de la JR los involucramientos son menos sensibles a la coyuntura sociopolítica del período que entre la militancia de JPRO. En este sentido, como veremos, los hitos del ingreso a la militancia en la JR refieren con mayor frecuencia a acontecimientos propios de la vida interna y de la cultura del partido más que a acontecimientos signados por el anti-kirchnerismo.

En la primera sección del capítulo, reconstruiremos algunos de los efectos de la crisis de 2001 sobre el campo político argentino y porteño, las condiciones que se abren para la emergencia del PRO, así como las consecuencias sobre el radicalismo. A continuación, analizaremos el lugar que ocupa la crisis y los primeros años de la década en las narrativas de las y los militantes de JPRO y de la JR acerca de los inicios de su interés por la política. Veremos que, de modos muy distintos, la crisis constituye un hito fundamental en las narrativas de esta generación de militantes. En una segunda sección nos ocuparemos de examinar la configuración de un compromiso opositor durante estos años y el papel que juega la relación con el kirchnerismo y con el anti-kirchnerismo en las entradas a la militancia dentro de cada uno de estos partidos. Asimismo, veremos cómo cada uno de estos grupos de militantes opositores justifican su participación política y construyen presentaciones de sí a partir de trazar fronteras morales y políticas con las militancias juveniles kirchneristas. En una tercera sección, finalmente, examinaremos los acontecimientos, movilizaciones y coyunturas a las que estas militancias otorgan relevancia para dar cuenta de sus entradas a la política y del desarrollo de un compromiso político durante el período 2003-2015.

La crisis de 2001: colapso partidario, oportunidades políticas y nuevos jugadores

Epicentro de las movilizaciones sociales que forzaron la renuncia del presidente radical Fernando De La Rúa (1999-2001), la CABA fue, a su vez, el distrito en el que la crisis política de 2001 impactó con mayor fuerza (Mauro, 2012). En primer lugar, el escenario post-2001 en la CABA conllevó la disolución del FREPASO[3] y el desmembramiento de la UCR, junto con la desaparición de la escena política de sus principales dirigentes en el distrito: Fernando De la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez. En segundo lugar, si bien Aníbal Ibarra, el Jefe de Gobierno hasta entonces frepasista, lograría sobrevivir políticamente luego de la caída del Gobierno Nacional y de su espacio político, se quedaría sin estructura partidaria (Mauro, 2007), en un contexto de fuerte fragmentación política que se vería reflejado en la composición de los bloques de la Legislatura porteña y en la dispersa oferta electoral de 2003 (Mauro, 2005). En tercer lugar, mientras que en el resto de las provincias el PJ y, en menor medida, la UCR lograrán recomponer su poder en los años subsiguientes (Malamud, 2008), en la CABA ninguna de estas fuerzas volverá a ganar elecciones locales. Así, emergerá un campo político caracterizado por su fragmentación y volatilidad, en el que proliferarán partidos débilmente institucionalizados y nucleados en torno a líderes “personalistas” (Mattina, 2012; Mauro, 2012).

Es en este contexto que el proyecto político del empresario Mauricio Macri, por entonces presidente del club Boca Juniors, comienza a conformarse. El surgimiento del PRO en este escenario (primero como la Fundación Creer y Crecer, luego como el partido Compromiso para el Cambio) no es una mera coincidencia cronológica. El colapso del sistema de partidos en la CABA, tanto de los partidos tradicionales como del FREPASO, abría oportunidades para la creación de nuevos emprendimientos políticos en el nivel local (Morresi y Vommaro, 2013; Vommaro y Morresi, 2014; Vommaro y Morresi, 2015). Por un lado, la crisis de legitimidad de los partidos y del personal político, cristalizada en la emblemática consigna de las movilizaciones de 2001 (“que se vayan todos”), favorecía que un outsider de la política como Macri pudiera movilizar capitales vinculados a la notoriedad pública adquiridos en otros campos (el empresarial y deportivo), haciendo de su condición de no político y de “recién llegado” un recurso estratégico para posicionarse electoralmente (Mattina, 2015). Por el otro, la condición de nuevo partido podía ser utilizada por el PRO como una forma de legitimación en contraste con el fracaso de los partidos tradicionales, en un contrapunto entre una “vieja” y una “nueva” política, como analizaremos en el próximo capítulo.

A su vez, la crisis política iniciada en 2001 facilitó para el PRO el reclutamiento de dirigentes experimentados que abandonaban sus partidos de origen. En este sentido, la crisis interna del PJ y la UCR en la CABA implicó la ausencia de liderazgos y candidaturas con posibilidad de éxito electoral, lo que dejó a una capa intermedia de dirigentes partidarios con experiencia y, en algunos casos, con redes territoriales, en condiciones de ser reclutados por este nuevo partido (G. Vommaro, 2015). Asimismo, la exterioridad respecto al campo político, que dio origen a esta fuerza bajo la forma de un think tank (Creer y Crecer), permitió reclutar agentes provenientes del mundo de la expertise y las ONGs, y la pertenencia de Macri y su círculo más cercano al mundo empresarial favoreció el reclutamiento de empresarios y ejecutivos que, al igual que aquellos que provenían del mundo de las ONGs, eran renuentes a la participación partidaria (Vommaro, 2017a). Así, en el marco abierto por la crisis de 2001, el PRO se constituyó en un canal para el ingreso a la actividad política tanto de agentes hasta entonces involucrados en otros campos, como para la continuidad de políticos profesionales cuyas carreras se habían visto truncadas por la crisis en sus partidos de origen.

La crisis no sólo generó las condiciones objetivas que hicieron posible el surgimiento e implantación del PRO en la CABA, sino que se convirtió en una suerte de “mito de origen” del partido y de la vocación pública de muchos de sus dirigentes. Así, en la presentación pública de Macri (y otros dirigentes del partido provenientes del mundo empresarial y de las ONGs) la decisión de “meterse en política” luego de la crisis de 2001, es mostrada como una prueba de su vocación de servicio[4]. La llegada de “gente nueva” no contaminada con el lastre de las prácticas de la “vieja” política partidaria, como argumentaremos en el tercer capítulo, es uno de los lugares comunes de la presentación de sí de los dirigentes y militantes del partido.

En sintonía con los orígenes del partido, tal como mostraremos en la próxima sección, la crisis de 2001 es aquel momento histórico y biográfico al que la militancia juvenil del PRO refiere, retrospectivamente, los inicios de un interés por la política que terminaría por consolidarse con la entrada a la militancia partidaria durante los años del kirchnerismo a partir del desarrollo de un compromiso opositor.

Los efectos de la crisis de 2001 serán muy distintos en el partido que dejó el gobierno luego de una dramática performance económica con consecuencias sociales inéditas en la historia del país. La crisis de 2001 fue para la UCR el tiro de gracia de un largo proceso de decadencia. Luego de dejar el gobierno en 1989, la UCR transita una década marcada, tanto a nivel nacional como local en la CABA, por la pérdida de apoyo electoral y el debilitamiento de su organización (Torre, 2003; Malamud, 2008; Zelaznik, 2013; Lupu, 2016; Obradovich, 2016; Prats, 2019). Las causas de este largo proceso de decadencia son múltiples. En primer lugar, el partido pierde consistencia programática desde finales de la década del ochenta. Como argumentan Lupu (2016) y Obradovich (2016), el electorado radical comienza a desvincularse de un partido cuyas propuestas son inconsistentes respecto a su legado programático e identitario, y tienden a solaparse con las del gobierno de Carlos Menem (1989-1999). Las propuestas de reformas de mercado y privatizaciones del candidato presidencial Eduardo Angeloz durante la campaña de 1989 y su apoyo a las políticas neoliberales implementadas por el menemismo en los años siguientes, el “Pacto de Olivos” entre Raúl Alfonsín y Carlos Menem en 1993 para reformar la Constitución y hacer posible la reelección del presidente, así como la adopción de políticas de ajuste presupuestario, subas de impuestos a los sectores medios y recortes salariales implementadas durante el gobierno de Fernando De la Rúa por el ex ministro de Economía de Menem, Domingo Cavallo, generarían un constante deterioro de la “marca” partidaria, produciendo una desvinculación creciente de su electorado. En segundo lugar, el partido se verá atravesado durante toda la década del noventa por un conflicto interno de liderazgo (entre Alfonsín y Angeloz, primero, luego entre ambos y otras líneas minoritarias del partido) que no alcanzará a ser saldado y producirá el desmembramiento de sus líneas históricas así como la caída de la participación de los afiliados en las elecciones internas (Obradovich, 2016). La falta de unidad en el partido redundaría, además, en una inconsistencia discursiva y programática interna, generando la imagen de un partido incapaz de ejercer una oposición sólida ni de proponer una alternativa clara de gobierno. En tercer lugar, el electorado radical -especialmente el de la CABA- sufrirá una serie de transformaciones socio-estructurales durante la década, resultado de la tercerización de la economía y los cambios en los estilos de vida de las clases medias que influirá en sus expectativas y en su vínculo con lo público, punto nodal del repertorio ideológico del radicalismo (Obradovich, 2016). En cuarto lugar, ante esta serie de dificultades, a partir de mediados de los noventas, la oferta partidaria, especialmente en la CABA, se amplía dando lugar a terceras fuerzas (el Frente Grande, primero, y el FREPASO, después) que sabrán interpelar con mayor eficacia a los sectores medios otrora afines al radicalismo (Novaro y Palermo, 1998; Torre, 2003; Abal Medina, 2009). A comienzos de los 2000 se gestarían fracturas internas que, luego de 2001, se traducirían en nuevos partidos (ARI y Recrear) que se quedarían con gran parte del caudal electoral histórico del partido. La aparición, años después, del PRO en la CABA y del kirchnerismo a nivel nacional implicarían una nueva “fuga”–ya iniciada a mediados de los noventas hacia el Frente Grande/FREPASO, y luego hacia las escisiones como ARI y Recrear- de dirigentes y votantes. Las elecciones de 2003 presentarán para el radicalismo su peor resultado histórico, con un 0,8% en la CABA en la elección presidencial y 1,9% para la jefatura de gobierno[5].

Mientras el partido sobrevivió a nivel local en cientos de municipios del país y supo retener o ganar algunas gobernaciones provinciales, manteniendo, a su vez, su relevancia parlamentaria nacional, la crisis en la CABA fue de mayor gravedad. La UCR perdió toda competitividad en el distrito y su estructura se debilitó dramáticamente. Sus líneas internas (la delaruísta “Participación Radical”, la alfonsinista “Ateneo Centenario” liderada por Jesús Rodríguez, y la línea “Renovación” de Marcelo Strubin) prácticamente se extinguieron. El partido vio reducida fuertemente su participación en la Legislatura por estos años, logrando que ingresaran unos pocos legisladores a través de diversas estrategias aliancistas. La crisis, como veremos en el quinto capítulo, tuvo también su impacto en uno de sus principales bastiones, la Universidad de Buenos Aires, donde su agrupación Franja Morada dominaba desde hacía décadas la política de la universidad.

Con la pérdida de gravitación política de sus principales referentes locales, la UCR porteña se vio reducida a su mínima expresión, sobreviviendo en la UBA, en unos pocos despachos de la Legislatura porteña, en organismos descentralizados y de control, y en espacios vinculados al mundo judicial como el Colegio de Abogados o el Consejo de la Magistratura[6]. Será desde el refugio de la UBA que la organización partidaria comenzará a revitalizarse con la creación de una línea interna ligada al radicalismo universitario. Ganando impulso desde la política estudiantil, la línea interna “Cantera Popular”, referenciada en Emilano Yacobitti y Juan Nosiglia, se hará primero de la conducción de una desmovilizada JR y luego de la conducción del partido a nivel local. El 25to. aniversario del regreso de la democracia en 2008, la muerte de Raúl Alfonsín en 2009, y la llegada al partido de Martín Lousteau en 2013, un extrapartidario que supo cosechar buenos resultados electorales dentro de la coalición de centroizquierda UNEN, marcarían una recuperación del radicalismo en la CABA en los primeros años de una nueva década. Las consecuencias de 2001 en UCR porteña implicaron el colapso de la organización y una drástica pérdida de relevancia electoral. Sin embargo, dieron lugar, varios años después, a un recambio generacional que, ante una coyuntura más propicia, dinamizó la vida interna del partido y de su militancia juvenil.

En la sección siguiente veremos cómo la crisis de 2001 y la coyuntura que se abre con ella ocupa un lugar central, aunque sumamente diferente, en las narrativas de las militancias juveniles del PRO y la UCR acerca del despertar de su interés por la política y su entrada en la militancia partidaria durante los años del kirchnerismo.

En el principio fue 2001. La crisis en las narrativas de la militancia de JPRO y la JR

Si el escenario surgido a partir de 2001 nos permitía comprender las condiciones en las que nació y se conformó el PRO en la CABA, tanto como aquel “mito de origen” movilizado por muchos de sus dirigentes para legitimar su entrada a la política, en las narrativas que los militantes de JPRO elaboran para explicar el desarrollo de su interés por la política el contexto de la crisis suele ocupar un lugar central, si bien ninguno de ellos comenzó a militar por esos años ni participó activamente de las movilizaciones de 2001. Es la explosión política, económica y social de aquel año la que, en sus narrativas, posibilita un quiebre en su relación con la política, marcando un pasaje del desinterés, el desconocimiento y el apoliticismo a un “despertar” por la política. Sin embargo, los primeros años de la década no son reconstruidos por la militancia juvenil del PRO como años de involucramiento y participación, sino como de profunda confusión, descreimiento, frustración e indignación, en los que la relación con la política es todavía distante, en términos prácticos y cognitivos. La crisis aparece como un disparador del interés por el mundo de la política, pero de un interés aún reactivo, basado en principios morales de apreciación como la indignación y en sentimientos como la frustración y el cansancio. A su vez, se trata de un interés pasivo que, en general, experimentan desde los medios de comunicación y en un marco de confusión que los paraliza y atemoriza. Así lo relatan algunas de las entrevistadas y entrevistados de JPRO:

En 2001, yo estaba en primer año del secundario y lo veía a través de la televisión y ahí fue la primera vez que sentí un interés fuerte por decir ‘acá hay que meterse, acá hay que hacer algo’, al revés de lo que quizás sentía la gente en su momento (…) yo sentí que si acá no te metés, pasan esas cosas. – Milagros[7], JPRO.[8]

El 2001 fue también como un quiebre. No me interesaba mucho la política, lo que sí siempre tuve es mucha conciencia de país (…) En 2001 yo estaba en tercer año, no fui a los cacerolazos, solamente fui a los de Blumberg, fue después… lo veía por la tele, pasaron cinco presidentes, que Puerta, que Rodríguez Saá, que el uno a uno, que la convertibilidad… yo no cazaba una, ahí fueron como momentos en los que de a poquito, yo me doy cuenta, me fui como orientando para ese lado. – Agustina, JPRO.[9]

Yo era un joven prácticamente apolítico, que como la mayoría de los jóvenes que no están interesados en la política van de la mano de lo que opinan los padres, yo no era un caso ajeno a eso. Hasta que a nosotros nos tocó vivir un golpe muy fuerte como el 2001, que de alguna manera nos marcó a todos, a algunos en el bolsillo, a otros en lo ideológico y a otros, tal vez, nos hizo despertar o nos hizo creer que había que involucrarse en algunas cuestiones. Si bien mi involucramiento con la política no es a partir de 2001, sí tuve una participación secundaria en aquellas elecciones de 2003. – Martín, JPRO.[10]

Así, aún cuando por aquellos años su relación con la política fuera todavía distante y reactiva, la crisis habilitó el desarrollo de una atención creciente por la vida política, que resultó en la adquisición de competencias e intereses a los que los entrevistados refieren, desde su actual posición de militantes del PRO, el “despertar” de su interés.

En el caso de la militancia juvenil radical, la crisis de 2001 también ocupa un lugar central en sus narrativas, pero, a diferencia de la juventud del PRO, no se trata de una coyuntura a la que refieran el inicio de su interés por la política. El vínculo con la política, en una porción significativa de los militantes con los que conversamos, es mucho más precoz y se relaciona con su socialización familiar temprana. Se trata, generalmente, de militantes que provienen de familias politizadas, muchas veces con padres o abuelos que militaron, militan o se identifican con el radicalismo. Por lo tanto, la coyuntura de 2001 aparece imbricada con la historia de sus familias y con el vínculo de sus padres o abuelos con el radicalismo. La coyuntura de 2001 se presenta como el final de un ciclo para aquellos militantes que, como sus padres, ingresaron al partido durante los años ochenta, y como el inicio de un período de grandes dificultades para el radicalismo y su militancia, que dará lugar a la etapa en la que le tocará participar a esta generación. Así, más que un contexto que provoca confusión o miedo, que es experimentado individualmente y a la distancia, la crisis de 2001 es narrada como un episodio de tristeza, decepción o bronca, que impacta directamente en sus entornos familiares. No se trata de un momento bisagra en su interés por la política, sino de un antes y un después en la historia del radicalismo y de la relación de sus familias con el partido, que signará los años siguientes, en los que muchos de ellos comenzarán a participar activamente como militantes juveniles.

A diferencia de la juventud del PRO que suele recordar la crisis como un episodio que vieron por televisión, algunos militantes de la JR dicen haber participado de los cacerolazos y movilizaciones de diciembre de 2001. Como veremos en el capítulo siguiente, parte de la presentación de sí de la militancia juvenil radical se sostiene en la exaltación de su capacidad crítica ante la dirigencia partidaria y de la defensa de los “valores” del radicalismo. Así, especialmente aquellos militantes que ya participaban en alguna agrupación estudiantil ligada al radicalismo en su colegio secundario, narran su participación en las movilizaciones de 2001 -identificándose con el radicalismo pero contra un gobierno radical- como una continuidad de la “resistencia” que le atribuyen a la Franja Morada y a la JR en los años noventa frente a las políticas neoliberales de Carlos Menem. Así relatan su experiencia de la crisis algunos entrevistados radicales:

Mis viejos llorando: ‘yo no milité nunca para esto’. La militancia, ya habrás hablado con otra gente, te reclama un montón de tiempo, de postergar cosas personales, y uno a veces invierte tanta energía en esto que cuando las cosas no salen… y no me quiero imaginar lo que habrán sentido mis viejos, primero con la caída del gobierno de Alfonsín y después lo de la De la Rúa que fue la debacle de la debacle del radicalismo, es muy fuerte. Yo recuerdo cuando era más chiquito íbamos a los cacerolazos contra Menem, y en [el gobierno de] De la Rúa cuando empezaron a aparecer los cacerolazos y los movimientos, mis viejos realmente, como mucha de la gente que tenía alrededor, por más que eran radicales, ya no bancaban al gobierno porque era un desastre, ya quedaba poco del contenido radical dentro de los programas de gobierno. Entonces las primeras reacciones fueron de esto es lo mismo, a agarrar la cacerola y seguir golpeando. – Lisandro, JR.[11]

Cuando De la Rúa nombra a Cavallo, la Juventud Radical (yo debería tener 17, 16 años) nosotros vamos al Comité Capital, colgamos una bandera negra en signo de protesta, porque era la entrega absoluta del gobierno, bueno, en ese momento era pura efervescencia, calentura, bronca, pero después uno se da cuenta, hace el análisis de cada uno de los actores y se da cuenta de que al radicalismo se le endilgó muchísimas más cosas de lo que se les endilga a los demás (…) pero la vivimos fuerte, decepcionados, y sabiendo que por ahí nos costó cualquier gobierno radical de acá para el futuro, con mucha tristeza, pero siempre bancando la parada, nunca nos escondimos, siempre dijimos en el 2001 teníamos el comité abierto, nunca tuvimos un problema de mostrar lo que éramos. – Maximiliano, JR.[12]

En las narrativas de la militancia de la JR, el escenario post-2001, caracterizado por el colapso electoral de la UCR en el distrito y el desprestigio del partido ante la ciudadanía, marcará sus primeros años en el partido. Será durante estos largos años que reafirmarán su identidad radical, en una suerte de épica del ostracismo y de la defensa del radicalismo aún contra su propio interés personal y ante las hostilidades del entorno. En otros casos, el escenario post-2001, ante la disolución de muchas de las agrupaciones estudiantiles del radicalismo y el debilitamiento de la organización partidaria y de su juventud, implicará un tiempo de espera hasta encontrar espacios y pares con quienes militar:

Cuando yo termino quinto año [de la secundaria] pasa el proceso de De la Rúa, por su puesto una desilusión muy grande, para todos los militantes radicales, y sobre todo porque yo me empezaba a hacer cargo de la mesa de difusión [de una agrupación estudiantil radical], y era muy difícil para la edad que tenía bancar el post De la Rúa en la militancia, porque veían una bandera radical y te decían cualquier cosa, te puteaban. – Maximiliano, JR.

A mi me tocó justamente entrar en las malas, estaba muy cercana todavía la caída del gobierno de la Alianza, eso también tuvo mucha repercusión en la Universidad de Buenos Aires. Entonces, me tocó entrar con una agrupación que no era ganadora, ni tampoco competitiva, pero de alguna manera nos tocó defender las banderas en los momentos más difíciles. – Gastón, JR.[13]

Cuando yo me intereso por la política y me empiezo a sentir más radical, sentía como que no había lo que había antes, la gente no se animaba a decir que era radical en ese momento, era una mala palabra, era difícil ser radical en ese momento después de De la Rúa, por todo lo que ya sabemos, todos los errores graves que tuvo políticamente ese gobierno, y no encontraba un espacio, en el colegio no había nadie que diga que era radical, los que eran radicales de a poquito fueron dejando de serlo. Entonces yo para adentro mío estaba leyendo de política, leyendo de radicalismo, pero no tenía una posibilidad. – Fermín, JR.[14]

Como desarrollaremos en el capítulo siguiente, el ingreso y la permanencia en el radicalismo durante estos años de decadencia y desprestigio son presentados por la militancia juvenil como una prueba de su compromiso con ciertos valores, aún contra la posibilidad de acceso a cargos u otros beneficios para sus carreras. La idea de una juventud que milita “desde el llano” será uno de los modos de legitimarse y, al mismo tiempo, de deslegitimar a otras militancias juveniles ligadas a fuerzas emergentes del período como el PRO o el kirchnerismo.

Kirchnerismo y anti-kirchnerismo en el involucramiento de la militancia juvenil del PRO y la UCR

Si bien la militancia de JPRO sitúa el comienzo de su interés por la política en los procesos de 2001 y 2002, el involucramiento político y la posterior entrada al PRO ocurre durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, especialmente a partir de la primera presidencia de esta última. Es durante estos años que la “indignación” se convierte en oposición, esto es, que se produce una politización que se traduce en un interés concreto por participar en un partido, como un modo de “hacer algo” ante el descontento que les produce el kirchnerismo. Así nos contaron ese pasaje algunas entrevistadas del PRO:

Yo me empecé a cansar de mí, me cansaba de estar todo el tiempo quejándome, hace no mucho, desde 2009 (…) En ese momento por ahí no se hablaba tanto de política, o yo no recuerdo que se hablara tanto como hoy. Yo voy a comer con mis amigas y siempre hablamos de política, y ninguna trabaja o está dentro del mundo de la política. En ese entonces, no. Como que vi que me picaba el bichito de empezar a meterme un poco más, o a entender un poco más por qué pasaban algunas cosas o qué era lo que estaba pasando (…) Fue un periodo en el que me torturaba viendo [el programa periodístico] Después de Hora, y con ver cosas que no me gustaban, y dije ‘bueno, basta, ¿qué puedo hacer?’. – Mariela, JPRO.[15]

Mis profesores [de la facultad] eran todos, todos, absolutamente todos, kirchneristas, todos, y era constantemente que te bardeen (…) La bajada de línea era totalmente kirchnerista, y yo estaba todo el tiempo en desacuerdo, porque no compartía nada de lo que me decían y me generaba bronca tener que bancarme las clases así, entonces, dije: ‘algo tengo que hacer, si no lo puedo hacer acá en la facultad porque no me quiero poner en contra de ningún profesor para tener que después rendir quinientas veces, algo tengo que hacer’ (…) y bueno, googleando encontré el partido… – Sandra, JPRO.[16]

La llegada al PRO de estos jóvenes puede ser atribuida a distintos factores: el desarrollo de un interés por participar políticamente a partir del rechazo a los gobiernos kirchneristas; la valoración positiva de los partidos políticos como canales de participación; la visualización del PRO como el principal exponente partidario del anti-kirchnerismo; y la existencia, entre una mayoría de nuestros entrevistados y entrevistadas, de redes de sociabilidad que facilitan su acercamiento al partido[17], aunque en algunos casos se contacten también a través del Facebook. Por otra parte, la llegada del PRO al gobierno porteño en 2007 será un incentivo para la participación en el partido que favorecerá el reclutamiento y la retención de militantes, que en algunos casos ingresan a JPRO luego de su entrada a trabajar en la administración pública local, como desarrollaremos en el sexto capítulo.

Los militantes juveniles del PRO explican este rechazo al kirchnerismo que los llevó a involucrarse partidariamente a partir de argumentos políticos y morales. En cuanto a los primeros, rechazan el estilo de liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, a quien suelen considerar autoritaria; atribuyen al kirchnerismo una incapacidad para el “diálogo”, una mirada excesivamente centrada en el pasado e “ideologizada”; discrepan respecto al rol del Estado durante sus gobiernos por considerarlo, en palabras de un entrevistado, “un rol paternalista, de controlar todo, de intervención constante”; consideran al kirchnerismo parte de la misma “vieja política” que gobernó Argentina durante las últimas décadas; y cuestionan lo que consideran un desapego respecto a las instituciones republicanas, especialmente en relación a la división de poderes y la autonomía del Poder Judicial. En cuanto a las impugnaciones morales, el gobierno kirchnerista es percibido como “corrupto” y “mentiroso”. Al respecto, suelen mencionar la manipulación de las estadísticas públicas y la construcción de un falso “relato” progresista a partir del cual enmascaran sus motivaciones espurias, ligadas al enriquecimiento personal desde la función pública.

La militancia juvenil radical, por su parte, no atribuye su entrada a la militancia en el partido a su oposición al kirchnerismo. La narrativa de los jóvenes radicales respecto a su politización y elección del partido aparece menos conectada a las coyunturas sociopolíticas del período que en el caso de la juventud del PRO. Si bien comienzan a militar durante los gobiernos kirchneristas y lo hacen en un partido opositor, se ocupan de resaltar que su politización no se dio por oposición al kirchnerismo, sino a partir de una identificación previa con el radicalismo y un interés por la política que, muchas veces, se remonta a su infancia, y remite a la militancia radical de sus familiares más cercanos, a su temprana sociabilidad en los comités barriales[18] y a su interés por la historia durante el colegio secundario.

De este modo, la pertenencia al radicalismo es concebida, en palabras de varios entrevistados y entrevistadas, como un “mandato natural”, como una “herencia” ligada al mundo de los afectos. El ingreso a la militancia partidaria, sin embargo, es atribuido a un proceso de búsqueda personal, en el que la lectura de libros canónicos de la cultura radical, encontrados en las bibliotecas de su casas o facilitados por algún familiar, como Yrigoyen de Félix Luna o Pensamiento y acción de Moisés Lebensohn, es mencionada con frecuencia como determinante en el pasaje de una identificación familiar irreflexiva a la determinación de militar en la UCR:

Medio que lo llevo en la cuna, porque mi casa era muy politizada, familia radical y militante también, entonces, como que se dio, de alguna manera, de modo natural. No es que conocí a alguien que me pudo insertar en el partido sino que yo ya estaba esperando a cumplir los 18 para poder ir a afiliarme o empezar la facultad y acercarme a la mesa de la Franja para militar en la Universidad. Fue por pertenecer y estar cercano toda la vida al radicalismo, pero además por convicción propia, yo decidí acercarme. – Gastón, JR.

Siempre era en mi casa discutir con mi papá y charlar con mi mamá sobre política, lo que pasaba y lo que había pasado. Mi mamá tiene muchos libros de historia del radicalismo, todos exhibidos en mi casa de una manera muy prolija, entonces más allá de que nunca me interesó mucho ponerme a leer, me daba mucha intriga, o sea, yo había empezado porque mis papás eran radicales, no tenía ninguna justificación de por qué yo era radical y me senté a leer hasta que entendí el por qué, qué hacía ahí. – Lucrecia, JR.[19]

Yo estoy segura de que entré al radicalismo por una cuestión familiar, después uno se encuentra dentro del partido con cosas que estás a favor y cosas que no, pero cuando uno se compara con otros partidos te convencés de que ese es el lugar donde querés y tenés que estar. – Isabel, JR.[20]

La militancia juvenil del radicalismo, si bien coincide con muchas de las críticas de los militantes de JPRO al kirchnerismo, se ocupa también de dar cuenta de algunas de sus coincidencias programáticas con estos gobiernos, intentando desvincularse del anti-kirchnerismo. Una vez más, la idea de que son una militancia, en palabras de una militante, “en el medio de la grieta”, que no abona ningún fanatismo y se ubica en una posición crítica y reflexiva respecto a ambos polos del campo político argentino, es uno de los pilares a partir de los cuales construyen su presentación de sí y buscan legitimarse como militantes partidarios. Así como reconocen coincidencias con el kirchnerismo respecto a cuestiones como la agenda de derechos humanos, el matrimonio igualitario o la estatización de empresas privatizadas en los años noventa, ponen en cuestión la autenticidad de sus motivaciones políticas, denunciando un uso interesado de ciertas banderas para encubrir intereses particularistas. Por otra parte, más que un rechazo en clave moral, nos encontramos entre la militancia juvenil del radicalismo con un rechazo político de lo que consideran una “degradación de las instituciones republicanas”. Así describen su relación con el kirchnerismo y con el anti-kirchnerismo algunas de nuestras entrevistadas y entrevistados de la JR:

Yo nunca fui, como algunos correligionarios sí, o como un militante del PRO podría ser, un antikirchnerista ferviente, yo creo en un montón de las banderas que el kirchnerismo llevó adelante: matrimonio igualitario, YPF, Aerolíneas [Argentinas], las AFJP. Yo estaba en contra de que el bloque radical en el Congreso votara en contra de [la estatización de] las AFJP. Obviamente, ¿qué hizo el kirchnerismo con esa plata? Un desastre ¿Qué hizo el kirchnerismo con Aerolíneas? Un desastre. – Lautaro, JR.[21]

Muchas veces, en 2007, se te sumaban pibes que eran anti-kirchneristas y que vos le tenías que decir: ‘bueno, hay muchos puntos de encuentro con el kirchnerismo, en el tema de derechos humanos, en lo social, en la visión de la sociedad, en la visión del aparato como regulador de la sociedad’, entonces vos le tenías que sacar el discurso del anti-kirchnerismo para bajarles una línea radical. – Sergio, JR.[22]

Quizás comparto un montón de cosas del discurso, pero no comparto nada de cómo utilizan la política como herramienta, quizás eso sí me marcó y me hizo [pensar] ‘sí, estoy donde tengo que estar, estoy convencida de militar en el radicalismo’. Porque es fácil hablar pero cuando llevan adelante las acciones no estoy de acuerdo en casi nada. En ese sentido me marcó [el kirchnerismo]. – Isabel, JR.

Posiblemente, uno de los rasgos de la conexión generacional[23] (Mannheim, 1993) entre las militancias juveniles del período, independientemente de su color político, sea el valor que le asignan a las organizaciones partidarias como espacios legítimos y efectivos de acción política. Esto, como hemos visto, debe ser interpretado en el marco de una transformación en los modos legítimos de hacer política, que muestra transformaciones de mayor alcance en la Argentina posterior a la salida de la crisis de 2001. Si consideramos que este proceso ocurre durante los gobiernos kirchneristas y es impulsado y reivindicado desde aquel espacio, la politización de estas militancias opositoras reviste un carácter paradojal: por un lado, es el resultado de una politización generacional fuertemente ligada a la “rehabilitación” de la política y del Estado, producida e impulsada por los gobiernos kirchneristas, que constituye, a su vez, aquella conexión generacional que atraviesa a distintas militancias partidarias juveniles; por el otro, retomando los conceptos de Mannheim (1993), su unidad generacional está justamente signada por su oposición al kirchnerismo, aunque esa oposición tenga mayor o menor relevancia en sus involucramientos políticos y esté dotada de distintos sentidos en ambos grupos de militantes.

En consecuencia, la militancia de JPRO establece una relación ambivalente con este proceso que la ha politizado. Al mismo tiempo que atribuyen al kirchnerismo –aunque también a Mauricio Macri- una “motivación de la militancia” y la “vuelta de la política”, es justamente a partir de su oposición al kirchnerismo que se ha producido su ingreso al PRO. Así, reconocen la importancia de militar en un partido político durante el período -en lugar de hacerlo en una ONG, por ejemplo- justamente porque es necesario que el Estado deje de estar en manos “corruptas”:

Si hay algo que hay que reconocerle al kirchnerismo es que ha motivado la militancia política nuevamente. En eso Néstor Kirchner es un emblema y hay que reconocerlo. Yo soy muy crítico del kirchnerismo, pero creo que Néstor Kirchner ha motivado la participación política de los jóvenes, como así también Mauricio Macri. Mauricio Macri es un tipo que motiva la participación en política: la motivación, los acuerdos, el consenso, la disidencia, pero pacífica, que es lo que no motivó Kirchner o Cristina [Fernández de Kirchner] hoy. Tienen un punto en común, que es que ambos motivaron la participación juvenil. – Martín, JPRO.

Hay que reconocer que el kirchnerismo de alguna manera introdujo la política otra vez en la mesa familiar (…) No quiere decir que ellos sean los únicos que militan, pero sí se empezó a dar una discusión. – Agustina, JPRO.

 

La militancia juvenil radical reconoce en el kirchnerismo haber favorecido un clima de época que contribuyó a la participación partidaria y a la recuperación de cierto prestigio perdido de la actividad política. En sintonía con la militancia de JPRO, sin embargo, discute la idea de que este proceso haya tenido como protagonistas exclusivos a los militantes kirchneristas y endilga al kirchnerismo la exacerbación del conflicto y el debilitamiento institucional de los partidos:

Creo que le reconozco al kirchnerismo esto de que no era mala palabra hablar de política de vuelta, de discutir de política, de participar en política, eso creo que se instaló durante el gobierno de Néstor [Kirchner] y que fue bueno, no sé si contribuyó o no… contribuyó en la manera en la que la sociedad entera empezó a hablar un poco más de política, y bueno, eso sí contribuyó a que me acerque más a la política y demás, además de que ya venía con las ganas de la historia del partido. – Lisandro, JR.

Yo creo que el kirchnerismo retomó la autoridad de la política, retomó el valor de la militancia, también, vos ves los perfiles de los radicales, de los peronistas, de la izquierda, y vos ves los perfiles del PRO y no tenemos la misma concepción de la militancia, para nada. Yo creo que el kirchnerismo vino a revitalizar la militancia, que es el trabajo del día a día, que es la transformación de la realidad a través de la política, después lo que hicieron, lo que no hicieron, estamos de acuerdo o no, pero en términos de militancia política me parece que hicieron bien los tipos, a veces se pasaron de rosca, y a veces discutir con un kirchnerista es muy difícil, porque está subido a un caballo del que no lo podés bajar. – Maximiliano, JR.

Así como [los kirchneristas] construyeron una grieta entre sectores que pensaban distinto, sí ayudó a que algunos jóvenes perdieran, si querés, el prejuicio de acercarse a los partidos. Aunque el kirchnerismo tampoco abonó al fortalecimiento de los partidos, sino que abonó al fortalecimiento de su proyecto, porque nunca ayudaron a los partidos, de hecho, mirá lo que pasa con el PJ hoy, pero hubo, yo no sé si es un reverdecer, pero un cambio de clima de época que ayudó a que los jóvenes se interesen más. – Leonardo, ex dirigente de la JR.[24]

Fronteras morales y presentación de sí: la militancia juvenil kirchnerista como alteridad

Como ya hemos señalado, durante el kirchnerismo y, especialmente durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, se da un proceso de multiplicación y visibilización pública de las organizaciones juveniles partidarias que tiene a la militancia kirchnerista como principal foco del debate y la atención pública. En este contexto, las militancias juveniles opositoras como las del PRO y el radicalismo producen sus presentaciones públicas trazando fronteras con las juventudes oficialistas del kirchnerismo.

La relación entre estas militancias juveniles opositoras al kirchnerismo y las juventudes kirchneristas está signada por una ambivalencia entre el reconocimiento y el rechazo. El reconocimiento de ciertos valores y propiedades comunes en tanto militantes, la idea de que la participación política es algo valorable per se, se desdibuja casi por completo en la impugnación moral de sus motivaciones: se trata de una militancia interesada, a la que le “pagan por estar”, a través de contratos laborales en la administración pública, o que “están por que les pagan”, ya que, al trabajar en el Estado, serían obligados a militar para no perder sus puestos[25]. En cierto punto, como consecuencia de esta relación espuria con la política -mediatizada y condicionada por el dinero y los cargos- los militantes juveniles kirchneristas son meros “repetidores” de una “bajada de línea” impuesta por los dirigentes partidarios, frente a los cuales no tienen, ni pueden tener, un criterio propio ni libertad para hacer oír sus puntos de vista[26]. Esta idea del militante kirchnerista como materialmente interesado y por ello carente de autonomía y de reflexividad, convive con otra representación, complementaria y, en parte, contradictoria: la del militante “fanático”, cegado por sus convicciones y encerrado en sus propios puntos de vista. Este militante fanático no es capaz de dialogar ni de reconocer los puntos de vista del otro, y por lo tanto, aparece como confrontativo y agresivo:

A diferencia de La Cámpora, nosotros tenemos cierta libertad muchísimo más grande, de expresarnos de otra manera (…) Creo que, en general, La Cámpora tiene una bajada de línea muchísimo más fuerte que nosotros. Es decir, te bajan lo que tenés que pensar y tenés que salir a hablar de tal o cual manera, no podés salir mucho de ese esquema. – Andrés, JPRO.[27]

Lo que nos diferencia es que creo que muchos de ellos a veces están cegados por un fanatismo que quizás nosotros no tenemos. No lo tenemos porque somos un partido muy nuevo o no lo tenemos porque no estamos viciados con eso. Ellos vienen arrastrando, el kirchnerismo es la continuación de un peronismo que lo vienen arrastrando hace años, hace décadas, entonces se genera una cosa de “mi abuelo fue militante, y mi papá…” como un fanatismo fervoroso que a veces no te deja ver las cosas y es como el hincha de fútbol. El PRO al ser un partido nuevo, no tenemos ese arrastre, esa historia y esa tradición que hace que uno sea fanático de algo. Nosotros somos más fríos en ese sentido, no porque no lo banquemos a Mauricio [Macri] ni mucho menos, yo confío en Mauricio y creo en él, pero no tenemos un fanatismo cegado, yo puedo ver las cosas que él hace mal, y las critico, soy la primera en criticarlas. Yo creo que ellos no pueden hacer eso, no logran verlo y tratan de defender lo indefendible, de tapar lo que no se puede tapar, porque están cegados por un fanatismo. – Alejandra, JPRO.[28]

Sé que militan algunas cosas muy parecidas a las nuestras, en el sentido de juntarse en distintos locales barriales, hacer actividades. Lo que veo es que es mucho más verticalista, quizás es prejuicio, pero esta cosa verticalista peronista donde… nosotros en el comité puede hablar cualquiera y puede cualquiera plantear cualquier posición, me parece que, en el imaginario que tengo yo, está esta cuestión peronista en la que habla el referente y todos dicen que sí, y donde también se baja mucho de las referencias hacia los comités las líneas políticas y no hay tanta discusión hacia arriba. – Lisandro, JR.

No me gusta el nivel de fanatismo que tienen [en La Cámpora]. Ellos sí me parecen militantes, que están todo el día con eso, pero dar la vida por una figura, o defenderla a muerte bajo toda circunstancia no me parece bien, no me parece correcto, como que [en] el radicalismo como que te identificas más con los valores que con las personas. – Malena, JR.[29]

Como resultado de esta “ceguera” fanática, la militancia kirchnerista es, para nuestros entrevistados y entrevistadas de JPRO, portadora de una serie de “prejuicios” que dificultan el intercambio entre ambos grupos. La juventud del PRO se considera estigmatizada por la militancia kirchnerista a partir de la atribución de dos propiedades poco valoradas en el mundo de la política argentina y, especialmente, en el de la militancia juvenil: pertenecer a la clase alta y sostener posicionamientos conservadores. En tanto “chetos”, se les niega el conocimiento de primera mano de la realidad social de los sectores más desfavorecidos, de los barrios populares, la salud y la educación pública, y por lo tanto la legitimidad para hablar sobre estas realidades ajenas e intervenir sobre ellas desde la política. En tanto “fachos”, se los vincula a las políticas neoliberales de los años noventas o a posiciones conservadoras en materia cultural y moral, como explican Javier y Agustina:

[La Cámpora] tiene una bajada de discurso muy fuerte, donde no te permiten participar mucho de debates, vos sos más que nada un repetidor, siento que es muy agresiva, es muy confrontativa, al pedo a veces, es muy prejuiciosa, en un punto es medio soberbia porque dice: ‘Ah, vos sos del PRO, vos no entendés nada, vos no conocés lo que son las villas’. – Javier, JPRO.[30]

Ellos [los militantes de La Cámpora] funcionan como patotas (…) tienen un nivel de agresión, de intolerancia… tenés una remera del PRO y sos facho… ¡Pará! Hablá conmigo, preguntame y después sacá tus propias conclusiones (…) Hay mucho prejuicio para con nosotros, demasiado, ya infundado a veces y exaspera. – Agustina, JPRO.

Los y las militantes de JPRO hacen un esfuerzo en su presentación de sí por desmarcarse de estos atributos. Por un lado, buscan señalar la composición socialmente heterogénea de la organización juvenil, recurriendo a sus propias historias de vida o mencionando a otros militantes “que no son de Zona Norte”, la zona más rica de la CABA y su área metropolitana, y en la que residen casi la totalidad de nuestros entrevistados y entrevistadas. Así, en reiteradas ocasiones, mencionaron en las entrevistas a Maximiliano Sahonero, un militante del barrio de Villa Lugano, uno de los más desfavorecidos de la CABA. Tiempo después, Sahorero, el militante del sur de la ciudad al que muchos hacían referencia en las entrevistas como prueba de la heterogeneidad social de la organización, sería designado presidente de Jóvenes PRO-Capital. El nombramiento de Sahonero estuvo vinculado, por un lado, a las internas del partido[31] y a la intención de hacer pie en los barrios del sur de la ciudad, y, por otro lado, al interés en modificar la presentación pública de la organización, desmarcándose de aquel estigma de ser un grupo de “chicos bien” encapsulados en un mundo social elitista[32]:

A mí me encanta que tengamos de todo, a mí lo que más me molesta de nuestro partido es ese prejuicio de que es súper elitista (…) Hay un prejuicio muy grande con el tema del PRO y me encanta que haya gente que sea lo opuesto a lo que la gente cree que tiene el PRO (…) Me encanta que haya gente de todos los sectores, porque es lo que nosotros queremos, representar a todos y no sólo a los chicos de Zona Norte, al [colegio de élite Cardenal] Newman. – Mariela, JPRO.

La gente muchas veces compra lo que vende la televisión o lo que le venden los medios, y hoy salvo un medio, todos los medios son oficialistas [kirchneristas], entonces nosotros somos gorilas, pensamos solamente en la gente de Barrio Norte, estamos caracterizados como elitistas, y no es así (…) Vos ves mi grupo [de militancia] y millonarios no hay ninguno (…) Sí, Mauricio [Macri] es un tipo que está bien parado, pero habría que mirar un poquito las declaraciones juradas de Cristina [Fernández de Kirchner]. – Martín, JPRO.

Lo bueno de Maxi [Sahonero] es que rompía con el esquema, porque al PRO se lo catalogó como que son todos chicos bien y de pronto venía un pibe que rompía con ese paradigma estúpido de pensar que éramos todos niños paquetes. – Gerónimo, JPRO.[33]

Un esfuerzo similar hacen por desmarcarse de la idea de que sostienen posiciones conservadoras. El apoyo personal al matrimonio igualitario, mencionado con mucha frecuencia por nuestras entrevistadas y entrevistados, aparece como una prueba de pluralismo y apertura. El caso análogo al de Sahonero es el de Pedro “Piter” Robledo, un militante de JPRO que alcanzó una rápida notoriedad pública en 2013 luego de haber sido agredido por besarse con su novio en una fiesta en la Zona Norte del conurbano bonaerense. La repercusión del caso, que incluyó un encuentro con la presidenta Fernández de Kirchner y múltiples entrevistas en los medios de comunicación, sirvió a JPRO para presentarse como una organización abierta, plural y comprometida con los derechos del colectivo LGBT+, a pesar de que sus principales dirigentes se opusieron al matrimonio igualitario sancionado en 2010.

A partir de su aparición pública como víctima de la violencia homofóbica, la carrera política de Robledo adquirió un ritmo acelerado: obtuvo primero un cargo como responsable del área de diversidad e inclusión en la Fundación Pensar, creó su propia agrupación juvenil (“Pensar el Camino”), coordinó un programa de información sobre sexualidad y salud orientado a jóvenes (“Chau Tabú”) del Gobierno de la CABA, fue nombrado, luego, presidente nacional de JPRO y, desde de diciembre de 2015 hasta 2018, durante la presidencia de Macri, fue Subsecretario Nacional de Juventud, (subsecretaría luego denominada Instituto Nacional de la Juventud). El caso de Robledo sirvió para dar a JPRO una mayor visibilidad mediática desde 2013 y, al mismo tiempo, colaboró en sus esfuerzos por desmarcarse, en su presentación pública, de uno de los atributos a partir de los cuales se consideraban desacreditados por otras militancias partidarias, especialmente por la kirchnerista.

Hitos del involucramiento juvenil opositor durante el kirchnerismo: acciones colectivas, movilizaciones y acontecimientos políticos (2003-2015)

Las experiencias de participación en acciones colectivas y movilizaciones de la militancia de JPRO, previas y posteriores al ingreso al partido, son todas de oposición a los gobiernos kirchneristas. En algunos casos, los militantes de JPRO recuerdan como primera experiencia las movilizaciones organizadas entre 2004 y 2006 por Juan Carlos Blumberg[34], empresario y padre de una persona secuestrada y asesinada en 2004, para exigirle al gobierno de Néstor Kirchner y al Congreso una serie de modificaciones en las leyes penales (suba de penas, baja en la edad de imputabilidad, entre otras). Otros militantes, por su parte, mencionan haber participado, durante 2008, de las movilizaciones organizadas por las patronales agropecuarias durante el lockout iniciado a causa de la resolución ministerial 125 que establecía retenciones móviles para la exportación de soja y girasol[35]. Es el “conflicto del campo”, que desató una serie de movilizaciones masivas a favor y en contra del gobierno que excedieron lo sectorial, uno de los acontecimientos a los que algunos de los militantes entrevistados refieren su decisión de participar en el PRO. Sin embargo, otro grupo dice no haber participado de ninguna movilización colectiva hasta finales de 2012, cuando concurrieron, ya como militantes de JPRO, a las manifestaciones opositoras de noviembre de 2012 y abril 2013, que se conocieron como “8-N” y “18-A”[36]. Las concentraciones organizadas por fuerzas opositoras contra la reforma judicial impulsada por el gobierno en 2013, así como la marcha por la muerte del fiscal federal Alberto Nisman en 2015, son otras de las movilizaciones en la que la juventud del PRO participó formalmente como organización o a la que asistieron sus militantes. Así lo relatan algunas de nuestras entrevistadas y entrevistados del PRO:

Nunca había pensado en participar en política. Mi despertar, de decir ‘yo tengo que participar también’, fue después de la [resolución] 125, donde vi una fragmentación entre la política y los ciudadanos comunes como yo (…) Me había visto en un lugar donde decía: ‘algo me falta’, y ahí dije: ‘yo tengo que participar’. Siempre me gustó Mauricio Macri, me parecía un tipo que había sido exitoso en su vida privada, empresarial, y me había gustado lo que habían empezado a hacer en la gestión [en la CABA] (…) Lo pienso ahora y es algo loco, la transición de un acto cívico, netamente cívico, porque no había nada partidario, no te identificabas ni con la Mesa de Enlace [de las organizaciones patronales agropecuarias], no te identificabas con nadie, era ir a apoyar una causa… a esto [militar en el PRO] que es otra causa mucho más interesante y mucho más divertida. – Matías, JPRO.[37]

El 8-N sí fui porque me parecía que yo estaba de acuerdo con las consignas, y estaba bueno en ese momento decir: ‘bueno, quiero expresar que estoy en contra de esto, que quiero esto, que quiero lo otro’, si bien eso no implicaba que éramos una mayoría que estábamos pidiendo algo. No es como dicen: ‘ah, Argentina se cansó del kirchnerismo’. Si Argentina se cansa del kirchnerismo o no va a quedar demostrado ahora [en las elecciones de 2013] y en 2015. – Javier, JPRO.

Cuando no estaba en política, la marcha de Blumberg me pareció algo bueno, donde te sentías parte (…) Quizás ahora no esté a favor ni en contra de las marchas (…) Yo siento que a partir de participar en política es como que no tiene tanto sentido participar de una marcha (…) Las marchas, sobre todo cuando son opositoras (porque las oficialistas, sea este oficialismo u otro, sabemos que están un poquito más armadas) creo que todas las personas que están ahí, creo que eso es lo más triste de una marcha, es que no encuentran el modo de canalizar su demanda o de participar. – Milagros, JPRO.

Como puede notarse en el relato de nuestros entrevistados y entrevistadas de JPRO, la experiencia de haber participado de movilizaciones contra los gobiernos kirchneristas constituye tanto una instancia de politización evaluada positivamente, como, al mismo tiempo, una forma de expresión política que, leída desde su actual militancia partidaria, resulta insatisfactoria e incompleta, en tanto es el producto de una ausencia de identificación con un proyecto político, y más concretamente, en tanto ocurre por fuera de las organizaciones partidarias y por lo tanto, por fuera de la competencia por el Estado. Asimismo, la importancia de las marchas opositoras más recientes, a las que concurrieron ya como militantes del PRO, es minimizada, puesto que no es en las movilizaciones allí donde se dirime legítimamente la vida pública sino en las contiendas electorales entre organizaciones partidarias.

En el caso de la militancia radical las experiencias de participación en movilizaciones están menos ligadas a lo coyuntural y a las manifestaciones contra los gobiernos kirchneristas. Por un lado, a diferencia de JPRO, que solo en contadas oportunidades participó formalmente como organización en movilizaciones, la JR participa oficialmente de ciertas movilizaciones y encuentros como las marchas contra la violencia de género “Ni una menos”, las marchas por la legalización de la marihuana y los Encuentros nacionales de mujeres que se realizan anualmente en distintas localidades del país. Las marchas de los 24 de marzo para exigir memoria, verdad y justicia por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar son otras de las movilizaciones a las que la JR asiste, aunque, según cuentan nuestras entrevistadas y entrevistados, desde 2001 las tensiones con otras agrupaciones hacen que no siempre participen con su identificación partidaria.

Mientras para la militancia de JPRO las movilizaciones a favor de las patronales agropecuarias en el marco de la disputa por las retenciones a la exportación de granos ocuparon un lugar de relevancia en su involucramiento partidario y marcaron un hito en su politización, las menciones al “conflicto del campo” entre la militancia juvenil radical tienen menor importancia. La mayoría de las entrevistadas y entrevistados con quienes conversamos no participaron de esas movilizaciones y, en algunos, se posicionaron a favor de la medida gubernamental pero en contra de las formas o los intereses de fondo imputados al kirchnerismo. Quienes asistieron a las movilizaciones contra el gobierno, por su parte, refieren incomodidad por los otros actores que participaron en estas acciones y no le atribuyen mayor relevancia en su politización o en los inicios de su trayectoria militante. Algo similar ocurre con las movilizaciones anti-kirchneristas ocurridas entre 2012 y 2015, a las que pocos hacen referencia, exceptuando las movilizaciones contra la reforma judicial de 2013, cuando un conjunto de partidos de la oposición, entre ellos la UCR, armaron una carpa blanca frente al Congreso Nacional para oponerse al proyecto de ley presentado por el Poder Ejecutivo. Así relatan sus participaciones en movilizaciones contra el gobierno algunos entrevistados de la JR:

No era muy adepto [a las marchas anti-kirchneristas], porque me parecía que ahí confluían muchos que sí pensaban como yo, que tenían algunas diferencias, que veíamos que se ponían en riesgo algunas [cosas]… pero me parece que era una mezcla rara, había gente con la que no compartíamos nada, pero sí estuve en algunas (…) creo que 8-N, ¿puede ser? Creo que esa fue la más grande. (…) Apenas llegué a la [concentración de los productores agropecuarios] del Monumento a los Españoles seguí de largo (…) Si bien creo que la reforma que proponía el gobierno era regresiva [porque], en realidad, terminaba favoreciendo a los grandes pooles de siembra, me parece que se hizo una utilización política de ese conflicto. – Gastón, JR.

Estaba contento con que un sector de la sociedad se le parara al kirchnerismo, que usaba ciertas banderas que eran una fachada para encubrir otras cosas (…) Lo que representaba el campo le ganó la calle al peronismo, lo cual es complicado. Yo creo que Alfonsín en el ‘83 con los actos que hacía y el tema este del 2008 fueron las únicas dos veces que el peronismo perdió la calle (…) Por otro lado, mi costado progre veía que hay ciertos personajes de la Sociedad Rural, del campo, que no son muy agradables. – Alberto, JR.[38]

En cambio, son acontecimientos ligados al radicalismo los que, más o menos para la misma época del “conflicto del campo”, suelen señalar como determinantes en su entrada a la militancia. Por un lado, para algunos, el 25to. aniversario de la recuperación de la democracia en 2008, para el que el radicalismo organizó un acto en el estadio Luna Park, fue un hito que terminó de cristalizar su identidad radical y convencerlos de empezar a militar en el partido. Por otro lado, principalmente, muchos militantes hacen referencia a la muerte del ex presidente Raúl Alfonsín en 2009 como un quiebre en sus trayectorias que los llevó a decidirse por militar en el radicalismo:

En 2008, Juan [Nosiglia] hace el acto como presidente de la Juventud Radical Nacional por los 25 años de la democracia, fue una locura, me acuerdo de haber ido con mis viejos (…) Esa experiencia de ver el Luna Park repleto, las banderas, los cánticos, la mística de ese acto fue impresionante, fue una cosa que te erizaba la piel, increíble (…) Ya ahí estaba hablando [para empezar a militar] y después del acto ese fue: ‘yo tengo que estar acá’. Y concretamos una entrevista con Juan [Nosiglia], lo fui a ver al Comité Nacional y ahí fue donde empecé a militar. – Lisandro, JR.

Cuando fallece [Raúl] Alfonsín, en 2009, una gran conmoción en mi familia, si bien había una pertenencia radical, nunca hubo participación ni militancia en mis viejos, me acuerdo volví del secundario y sentí la necesidad de ser parte de eso y me vine al centro en bondi, y ahí como que despuntó porque era un pibe muy chico y estaba solo en esa movida, y un sector de la Juventud Radical me vieron en esa situación, se acercaron, empezamos a hablar y ahí me incorporé. – Pedro, JR.[39]

Un punto de inflexión en mi vida, yo estaba en tercer año de la secundaria y muere [Raúl] Alfonsín, en marzo de 2009, ese fue un evento importantísimo para todo el país, para toda la Ciudad de Buenos Aires, y a mí me tocó muy fuerte, y a partir de ese momento, con un amigo de la secundaria nos presentamos en una reunión de la Juventud Radical y les dijimos nos queremos afiliar y queremos empezar a militar, básicamente eso. Años de lectura, de Yrigoyen, de Alem, Félix Luna, lo básico, digamos, hasta llegar a la Juventud Radical. – Lautaro, JR.

La muerte y el masivo funeral de Raúl Alfonsín, que despertó una gran repercusión en los medios de comunicación y en la opinión pública, implicó para la militancia radical el cierre de una larga etapa de sinsabores y retraimiento iniciada en 2001. Quienes ya militaban en el partido o en alguna de sus agrupaciones estudiantiles, relatan este episodio como un momento de desagravio público del radicalismo y de recuperación de su autoestima como militantes, que conectan con cierto reverdecer electoral del partido a partir de la candidatura presidencial de Ricardo Alfonsín en 2011, los buenos resultados de Martín Lousteau en las elecciones a jefe de gobierno porteño de 2015 y la conformación de la coalición Cambiemos, ganadora de las elecciones presidenciales de ese mismo año:

Bueno, pasó lo de [Fernando] De la Rúa, pasó agua bajo el puente, y pasaron de putearnos a no decirnos nada, y bueno, llegamos al día de hoy que la gente vuelve a reconocernos como partido centenario, como una historia, una tradición. En el medio pasó la muerte de [Raúl] Alfonsín, donde muchos de los que lo puteaban a Alfonsín se dieron cuenta, en realidad, después de la muerte, de que era uno de los próceres más grandes de la Argentina, y eso creo que ayudó al proceso de vista de la sociedad para con el radicalismo. – Maximiliano, JR.

En el momento de la muerte de [Raúl] Alfonsín volvimos a sacar la cabeza sin ninguna vergüenza cuando hubo esa movilización grande, de decir: ‘miren, nosotros somos radicales, nos mandamos un montón de macanas en 2001, nos mandamos un montón de macanas, seguramente hagamos un montón de cosas mal, pero pensamos esto, somos esto y queremos esto para el país, y creemos que por la estructura que tenemos nacional somos una herramienta para lograrlo. – Fermín, JR.

En este sentido, si en las narrativas de las y los militantes de JPRO acerca de sus procesos de involucramiento político y entrada a la militancia partidaria durante el período 2003-2015 ocupan un lugar de relevancia las movilizaciones contra los gobiernos kirchneristas, especialmente las acciones llevadas a cabo por las patronales agropecuarias durante el lockout de 2008 y, en menor medida, la serie de “cacerolazos” realizados en los últimos años del gobierno de Fernández de Kirchner, la militancia juvenil radical atribuye poca importancia a este tipo de acontecimientos y, en general, a los hitos de las movilizaciones opositoras durante estos años. En cambio, hacen referencia a sus propios hitos, dándole un lugar central a acontecimientos estrechamente ligados a la cultura y la historia del partido en el que militan actualmente y al que los vincula, en muchos casos, una larga historia familiar.

En suma, en este capítulo hemos examinado las formas de politización y de entrada a la militancia en estas dos juventudes partidarias opositoras durante el kirchnerismo. Mientras el vínculo de la militancia juvenil radical con la política es temprano y su identificación con el radicalismo está asociada con su socialización familiar, la militancia de JPRO se relaciona más tardíamente con la política y su entrada a la militancia está fuertemente condicionada por su rechazo al kirchnerismo. Cuando las y los militantes de JPRO narran los hitos de su politización y los acontecimientos que marcaron sus inicios en la militancia, se remiten al contexto sociopolítico del kirchnerismo y a las acciones opositoras. En cambio, quienes militan en la JR se refieren, más frecuentemente, a episodios ligados a la vida de su partido. Así, la politización y la entrada a la militancia de la juventud del radicalismo parece menos sensible a las coyunturas sociopolíticas y a la polarización entre kirchnerismo y anti-kirchnerismo que en el caso de JPRO. En el capítulo siguiente nos ocuparemos, ya no de la politización de las y los militantes juveniles, sino de la “juventud” como categoría, en sus usos como principio de legitimación e interpelación, y como principio para la división del trabajo y la distribución del poder en cada partido.


  1. Piñeiro, Rhodes-Purdy y Rosenblatt (2016) demuestran que los países latinoamericanos gobernados por líderes populistas, cuya estrategia politiza las desigualdades sociales y los conflictos redistributivos, presentan niveles de involucramiento político mayores que los países de la región gobernados por las centroizquierdas liberales o moderadas. ↵
  2. Las formas de entrada en la política han sido un foco de interés, desde diversas perspectivas teóricas y metodológicas, en los estudios sobre élites y militancias partidarias. Pueden consultarse, por ejemplo, los trabajos de Lévêque (1996), Offerlé (1996); Marijnen (1996) sobre las entradas a la política profesional en Francia durante el siglo XX; Gené (2017) sobre las entradas en la política de las elites del Ministerio del Interior en la Argentina reciente; Vommaro (2017) sobre la entrada a la política de managers en el gobierno de Cambiemos; Boumaza (2004); Bargel (2011), Recchi (2001), Cross y Young (2008) sobre las entradas a la militancia de jóvenes en partidos de Francia, Italia y Canadá.↵
  3. La década del noventa mostró, en la CABA, un paulatino declive de los partidos históricos (PJ y UCR) y la emergencia de nuevas fuerzas competitivas, en lo que algunos analistas han denominado un “descongelamiento” del sistema local de partidos (Mauro, 2011). En las elecciones para convencionales constituyentes de 1994, la lista del Frente Grande (sobre esta fuerza puede consultarse: Abal Medina, 2009) sería la más votada en la Ciudad de Buenos Aires. Un año después, en las elecciones nacionales de 1995, el Frente Grande conformaría un nuevo frente llamado Frente País Solidario (FREPASO) que le arrebataría el segundo puesto a la UCR a nivel nacional y nuevamente obtendría el primer puesto en la Ciudad. Con un discurso crítico del gobierno de Carlos Menem (1989-1999), especialmente en torno a las sospechas de corrupción, la falta de apego a los procedimientos institucionales y las consecuencias sociales de su política económica, el FREPASO –compuesto de peronistas disidentes y progresistas no peronistas- lograría, en pocos años, constituirse en una fuerza competitiva a nivel nacional, con un importante éxito electoral en los grandes centros urbanos, especialmente en la capital del país (Novaro y Palermo, 1998). En las elecciones legislativas de 1997 y, luego, en las presidenciales de 1999, el FREPASO conformaría una coalición electoral con la UCR denominada Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación (conocida como la Alianza), que llevaría a Fernando De La Rúa (UCR) a la presidencia, y a Carlos “Chacho” Álvarez (FREPASO) a la vicepresidencia, cargo al que renunciaría en octubre de 2000.↵
  4. El contexto de 2001 ocupa un lugar central en muchas de las narrativas de los dirigentes sobre su “salto” a la política o su llegada al PRO desde otros partidos, como puede verse en los testimonios del libro Estamos. Una invitación abierta (Peña y Rozitchner, 2013).↵
  5. Datos obtenidos de las páginas web de la Dirección Nacional Electoral y del Supremo Tribunal de Justicia de la CABA, respectivamente.↵
  6. Nos ocuparemos de examinar las inserciones estatales de la militancia juvenil radical de los años recientes en el capitulo 6.↵
  7. Para preservar el anonimato de nuestras entrevistadas y entrevistados, les hemos asignado nombres ficticios. Cuando los citemos por primera vez incluiremos a pie de página una breve reseña de sus trayectorias. ↵
  8. Milagros cursó su secundaria en un colegio católico de mujeres en el barrio porteño de Recoleta. Estudió Ciencias Políticas en la UCA, donde presidió el Centro de Estudiantes. Ingresó al PRO en 2009, a partir de la invitación de un amigo. Desempeña un cargo electivo en la CABA.↵
  9. Agustina hizo su secundaria en un colegio católico del barrio porteño de Belgrano, donde participó de voluntariados solidarios. Estudió Ciencias Políticas en la UCA e ingresó al PRO en 2007 a través de contactos familiares. Desempeña un cargo electivo en la CABA.↵
  10. Martín fue a un colegio religioso de la colectividad armenia y estudia Administración en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Participó en las campañas de Macri de 2003 y 2005, colaborando con su padre, un miembro del partido que luego ocupó cargos jerárquicos en el gobierno porteño. Comenzó a militar activamente en el PRO a partir de 2007. Se desempeña en un cargo electivo en la CABA y tiene su propio local partidario al sur de la Ciudad.↵
  11. Lisandro hizo la secundaria en el colegio católico San Francisco de Asís de Saavedra. Sus padres y abuelos militaron en el radicalismo. Se afilió al partido a los 20 años en 2007 y luego de un acto por los 25 años de la democracia, en 2008, se decidió a militar en la JR, en un comité de Núñez. Actualmente, milita en Palermo. Trabaja como empleado administrativo en la UBA.↵
  12. Maximiliano participó del centro de estudiantes del secundario público Julio Argentino Roca. Sus padres también militaron en el radicalismo. Desde su adolescencia forma parte de un comité en Villa Crespo. Se graduó de abogado en la UBA, pero no militó en la Franja Morada. Participa en una agrupación radical del Colegio de Abogados y trabaja como docente universitario y asesor de un consejero radical en el Consejo de la Magistratura.↵
  13. Gastón fue al colegio privado Bayard en Palermo. Empezó a militar en la Franja Morada en 2006 cuando ingresó a la Facultad de Derecho de la UBA, en la que se graduó de abogado. Actualmente participa del espacio radical de graduados en su facultad. Cuenta entre los integrantes de su familia con importantes dirigentes del partido. Junto a compañeros de la Franja abrieron un comité en la Comuna 2. Tiene un cargo político en la Facultad de Derecho de la UBA.↵
  14. Fermín hizo la secundaria en el ILSE. Es hijo y nieto de militantes radicales. En 2007 empezó a estudiar Derecho en la UBA y entró a militar en la Franja Morada. Con compañeros de la militancia universitaria abrieron dos comités, en Recoleta y San Cristóbal. Trabaja en un estudio jurídico y como asesor de un consejero radical en el Consejo de la Magistratura.↵
  15. Mariela estudió en un colegio católico de Recoleta, en la CABA. Cursó la carrera de Publicidad en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) y algunos años de Medicina en la UBA. Antes de llegar al PRO en 2009 a través de una amiga, participaba activamente en misiones organizadas por la Iglesia del Pilar de Recoleta. Desempeña un cargo electivo en la CABA.↵
  16. Sandra hizo su secundaria en un colegio católico del barrio porteño de Belgrano. Estudió producción de Radio y TV en un instituto privado. Participó fugazmente en Acción Católica antes de escribir, en 2008, al Facebook de Jóvenes PRO para empezar a militar. Trabaja como asesora de prensa de PRO en una Junta Comunal de la CABA.↵
  17. Principalmente la sociabilidad en universidades y voluntariados del mundo católico. Nos ocuparemos de esto en los capítulos 4 y 5, respectivamente.↵
  18. Desarrollaremos esto con profundidad en el capítulo 4.↵
  19. Lucrecia empezó a militar a los 13 años en una agrupación de radicales e independientes del Colegio Nacional de Buenos Aires. Sus padres son radicales. En 2012 entró a militar en el comité de la agrupación radical “Los Irrompibles”, en Caballito. Dejó de militar allí y abrió un comité con su madre en Palermo. Estudia Arquitectura en la UBA y milita en la Franja Morada de su Facultad. ↵
  20. Isabel estudió en los colegios católicos San Agustín y Misericordia. Hizo voluntariado en la ONG Techo. Actualmente estudia Trabajo Social en la UBA, pero milita en la Franja Morada de Derecho, a donde llegó a través de su hermano en 2011. Proviene de una familia de radicales. Junto a su hermano y otros militantes de la Franja, participa de un comité en la Comuna 2. Trabaja como empleada en el Gobierno de la CABA desde hace 10 años.↵
  21. Lautaro estudió en el colegio del Club Vélez Sarsfield. En 2009, a los 15 años, se afilió al radicalismo conmocionado por la muerte de Raúl Alfonsín. Sus padres también son radicales, aunque no militantes. En 2011 participó de la apertura del comité donde milita actualmente, en el barrio de Villa del Parque. Estudia Derecho en la UBA y milita en la Franja Morada de su facultad. Trabaja como asesor de un legislador radical en la Legislatura porteña.↵
  22. Sergio hizo la secundaria en el colegio Carlos Pellegrini de la UBA, donde comenzó a militar en una agrupación vinculada a la Franja Morada en 2000. Estudió Derecho en la UBA y militó un año en la Franja, para luego comenzar a participar en un comité barrial de Balvanera en 2008. Trabaja como asesor de un auditor radical de la Auditoría General de la Nación (AGN).↵
  23. Hemos trabajado los conceptos de conexión generacional y unidad generacional de Karl Mannheim (1993) en el primer capítulo.↵
  24. Leonardo estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, pero no participó en su centro de estudiantes. En 2001 empezó a militar en la Franja Morada de la Facultad de Económicas de la UBA, donde se graduó de Licenciado en Administración. Proviene de una familia de radicales. En 2010 abrió un comité en la Comuna 2. Actualmente ejerce un cargo electivo en la CABA.↵
  25. Examinaremos algunas de estas controversias morales en el capítulo 6.↵
  26. Al mismo tiempo que los militantes de JPRO y la JR acusan a los jóvenes kirchneristas de ser “repetidores” de una “bajada de línea” de sus dirigentes, desde el kirchnerismo –pero también para muchos de nuestros entrevistados y entrevistadas de la JR- los militantes juveniles del PRO son acusados de estar “guionados” por las estrategias de marketing político del partido. Así, en varias oportunidades salieron a la luz en las redes sociales materiales internos dirigidos a capacitar a los militantes del PRO en tiempos de campaña callejera, lo que dio lugar a la acusación de ser también “repetidores”, pero de un guión publicitario. En 2011 se difundió un texto con preguntas y respuestas para defender a la gestión de Macri en la CABA, que se conoció mediáticamente como el “manual de excusas del PRO” y en 2015 apareció también un texto con pautas para hacer y fotografiar los “timbreos”, una estrategia de campaña mediante la cual se escenifica cercanía y diálogo con los ciudadanos en las puertas de sus casas (nos referiremos con más detalle a ellos en el capítulo 4). En este sentido, como mostramos en esta sección, las relaciones entre estas juventudes partidarias están marcadas por la sospecha y una acusación recíproca de “falsa militancia”.↵
  27. Andrés hizo la secundaria en un colegio católico ubicado en Recoleta, CABA. Estudió la carrera de Ciencia Política en la UBA. Comenzó trabajando en el gobierno porteño en un puesto técnico y se decidió a militar en el PRO durante la campaña de 2009. Trabaja como asesor en un despacho legislativo.↵
  28. Alejandra comenzó su secundaria en un colegio público porteño y luego se cambió a uno privado católico, donde participó durante varios años de misiones en la Provincia de Buenos Aires. Llegó a Jóvenes PRO a través del Facebook en 2009. Se recibió de abogada en la UBA, donde militó en PRO Derecho. Actualmente, también colabora como voluntaria en una ONG “solidaria”.↵
  29. Malena fue a una secundaria católica del barrio de San Cristóbal, donde participó en voluntariados solidarios durante varios años. A través de su abuelo, militante radical de toda la vida, se acercó a un comité de la comuna 13 y comenzó a militar en 2013. Es asesora del bloque radical SUMA+ en la Legislatura porteña.↵
  30. Javier estudió Derecho en la UCA, donde además fue Presidente del Centro de Estudiantes. Como parte de sus tareas de representante estudiantil en la UCA, conoció en 2008 a un referente de la juventud partidaria que lo invitó a militar en el PRO. Trabaja como asesor en un despacho legislativo y colabora en la estrategia de comunicación del PRO en el interior del país.↵
  31. Nos referimos al crecimiento político, a partir de 2013, de María Eugenia Vidal (por entonces vicejefa de Gobierno de la CABA) dentro del partido y, con ella, de su agrupación juvenil “La 24” (a la que pertenecía Sahonero), y a cierto desinterés de Marcos Peña, fundador y referente adulto de JPRO, en relación al espacio juvenil porteño ante la necesidad de concentrar el trabajo político en la expansión nacional del partido en vistas a la campaña presidencial de 2015.↵
  32. El mismo Sahonero hace uso de su condición de “villero” como una prueba de que en JPRO no solamente hay heterogeneidad social -contra el “prejuicio” de los militantes de otros partidos- sino que, además, lo que prima al momento de acceder a los cargos no es el origen social sino los méritos del trabajo militante. Así, en una entrevista publicada en el diario La Prensa el 20/01/2014, titulada “Queremos que nos dejen de ver como los pibes chetos de Macri”, Sahonero declara: “Creo que la apuesta que se hizo por mí es para mostrar que realmente hay trabajo y que no solamente son todos rubios y de ojos verdes como nos gastan los pibes de otros partidos. Acá hay gente que milita, que tiene ideas, en la gestión hay cualquier cantidad de jóvenes talentosos que son sub 30” (Consultada online por última vez el 30/11/2016: http://www.laprensa.com.ar/418233-Queremos-que-nos-dejen-de-ver-como-los-pibes-chetos-de-Macri.note.aspx)↵
  33. Gerónimo hizo el colegio secundario en una institución católica de Recoleta, CABA. A través de un cura de su colegio, comenzó a participar de misiones al norte del país y en acciones solidarias en la CABA. Con amigos del grupo misionero fue a una charla de un dirigente del PRO en 2009 y ese año empezó a militar. Trabajó en varios ministerios del GCBA y actualmente es asesor de un senador. Estudia Derecho en la UBA.↵
  34. Sobre las movilizaciones organizadas por Juan Carlos Blumberg y sus efectos en la política nacional, puede consultarse Annunziata, Mauro y Slipak (2006)↵
  35. Para un análisis del “conflicto del campo” en sus múltiples dimensiones, véase Aronskind y Vommaro (2010).↵
  36. Sobre este ciclo de movilizaciones anti-kirchneristas, puede leerse Gold (2015).↵
  37. Matías hizo su secundaria en un colegio católico de la ciudad de Trenque Lauquen, Provincia de Buenos Aires. Estudió Derecho en la UCA, donde presidió el Centro de Estudiantes. Empezó a militar en el PRO durante 2009, luego de contactarse a través de la página de Facebook de Jóvenes PRO.↵
  38. Alberto hizo la secundaria en el colegio público Liceo 9 de Belgrano. Había centro de estudiantes, pero no participó. Cuando, en 2009, empezó a estudiar Ciencia Política en la UBA se acercó a la Franja Morada (luego Nuevo Sociales) de su Facultad. Tiempo después comenzó a militar en un comité de Balvanera. Es empleado en el Gobierno de la CABA.↵
  39. Pedro estudió en el colegio parroquial Elisa Harilaos de Flores. Empezó a militar en el Comité de la Provincia de Buenos Aires en 2009, luego de asistir al velatorio de Raúl Alfonsín, a los 16 años. Tiempo después entró a militar en un comité del barrio de Flores. Estudió Derecho en la UBA, pero no participó de la Franja Morada. Forma parte de la agrupación radical Abogados Pluralistas y actualmente milita en un comité de Palermo. Trabaja en el Ministerio Público de la Defensa.↵


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