Los repertorios de militancia territorial de la juventud del PRO y del radicalismo
Introducción
En este capítulo nos proponemos analizar los repertorios de acción territorial de las militancias juveniles del radicalismo y del PRO de la CABA. Nos preguntamos por las prácticas que llevan a cabo para vincularse con potenciales votantes, “vecinos” o afiliados en los barrios de la ciudad, así como por los aspectos de la organización formal e informal de estos partidos, de sus culturas e identidades políticas, y de las formas de sociabilidad de sus militantes que nos permiten comprender la construcción y reproducción de sus repertorios de acción en el territorio. Concebimos, de un modo muy amplio, a la militancia territorial como aquella que se despliega a través de vínculos personales e interacciones cara a cara con múltiples propósitos partidarios, desde la búsqueda del voto hasta el reclutamiento de militantes.
Mostraremos que los repertorios de acción territorial de la militancia juvenil radical se encuentran fuertemente condicionados por la organización formal y las instituciones informales del partido, integrándose a una cultura política sedimentada durante más de un siglo de historia. En este sentido, argumentaremos que, aún cuando ya no sirvan a los propósitos por los que fueron creados un siglo atrás, los comités barriales continúan siendo una institución central para la reproducción de la militancia radical y de la vida interna del partido en la CABA. Nuestro argumento es que los comités siguen ocupando un lugar protagónico en la militancia de la UCR porque son un recurso clave para la competencia intrapartidaria, la socialización de sus miembros y el mantenimiento de su cultura e identidad política. La configuración organizacional de un partido que dirime sus internas y selecciona sus autoridades mediante elecciones de afiliados del nivel subdistrital al nacional (y consecuentemente, decide mediante delegados así elegidos sus alianzas electorales o candidatos en los distintos niveles), así como las reglas informales que regulan la construcción de carreras políticas en el partido, la negociación de las listas y el establecimiento de redes y liderazgos, nos permitirán comprender la supervivencia de los comités barriales y su relevancia para la militancia de la JR porteña. Asimismo, mostraremos que, si bien los comités no sirven ya para vincularse de manera eficaz con electorados crecientemente desfidelizados, las y los militantes juveniles ensayan, desde los comités, diversas estrategias de adaptación para vincularse con estos.
A diferencia de la UCR, el PRO es un partido nuevo, que no solo busca distanciarse de la política tradicional y rechaza, al menos discursivamente, parte de sus repertorios, sino que no cuenta con una cultura política sedimentada, ni con una organización formal institucionalizada. El lugar secundario que le asigna el PRO a la militancia supone también menores esfuerzos para socializar políticamente a su juventud militante dentro del partido. En este sentido, argumentaremos que en el PRO tienen más peso los repertorios que las y los militantes traen de otros ámbitos de sociabilidad y ponen en juego en su militancia partidaria. Así, el partido es más permeable a los mundos sociales de pertenencia (Vommaro 2015, 2017b) de sus militantes. Por tanto, los militantes de JPRO se encuentran más habilitados que los de la JR a incidir en la conformación de repertorios que no se encuentran institucionalizados, no solo porque el partido no se inscribe en tradiciones partidarias preexistentes sino porque, además, se propone rechazarlas a partir de la idea de una “nueva política”, como hemos visto en el capítulo anterior. Es por ello que, para entender las acciones de militancia en el territorio de JPRO, debemos fijar nuestra atención en su sociabilidad extrapartidaria, más precisamente en instituciones católicas de sectores medio-altos y altos. Mostraremos que las prácticas de voluntariado solidario, arraigadas en la sociabilidad católica de estos militantes pero reconfiguradas en un contexto partidario, son la forma de militancia en el territorio más distintiva de la juventud del PRO de la CABA. Por ello, veremos el papel que juegan estas experiencias en voluntariados en la configuración de ciertos formatos de acción territorial, así como en las estrategias de reclutamiento y las formas de socialización política de esta militancia. Paradójicamente, la ausencia de una cultura política sedimentada y la escasa relevancia atribuida a las estructuras territoriales y a las bases, al mismo tiempo que vuelve a la organización más permeable a los bagajes extrapartidarios de las y los militantes y les otorga un margen de acción mayor, en tiempos de campaña los convierte en actores subalternos de estrategias profesionales y centralizadas. Mostraremos, asimismo, que dentro del repertorio de campaña, las acciones territoriales están signadas por una escenificación de la “proximidad” de las y los candidatos y militantes con la “gente”, que adquiere valor al momento de ser fotografiada, filmada y difundida a través de los medios de comunicación y las redes sociales.
En una primera parte del capítulo, nos ocuparemos de la militancia territorial de la JR en los comités de barrio de la CABA. En primer lugar, veremos la importancia de los comités en las dinámicas de competencia intrapartidaria y en la construcción de carreras y redes dentro de la UCR y su organización juvenil. En segundo lugar, mostraremos el papel que desempeñan en el sostenimiento de formas de sociabilidad e identidad partidaria fuertemente arraigadas a la historia y la cultura política del radicalismo. En tercer lugar, analizaremos las estrategias que desarrollan los militantes juveniles del radicalismo frente a un electorado esquivo ante el cual los tradicionales repertorios de acción de los comités ya no funcionan.
En una segunda parte, veremos qué formas asume la militancia en el territorio en JPRO. En primer lugar, mostraremos la escasa relevancia de los locales partidarios en este partido y la centralidad de las estrategias de campaña profesionales en las que la militancia desempeña actividades auxiliares. En segundo lugar, indagaremos en ciertas formas de sociabilidad extrapartidaria de los militantes de JPRO en voluntariados solidarios del mundo católico para comprender los modos de acercamiento a la política y de configuración de ciertos repertorios de acción distintivos de la militancia juvenil del PRO. En tercer lugar, veremos cómo esos repertorios ligados a los voluntariados del mundo católico son puestos en juego dentro de la militancia de JPRO como formas de acción territorial, de socialización política y reclutamiento de militantes juveniles.
¿Por qué sobreviven? La eficacia de la militancia radical en los comités para la competencia intrapartidaria y la construcción de carreras políticas
Concebidos, en los orígenes de la UCR, como puntos de encuentro entre partidarios y como espacios de intermediación entre el Estado y la “clientela” radical, los comités barriales forman parte, hasta nuestros días, del corazón de la cultura política y de la vida interna del radicalismo porteño. Si ya en 1916 la existencia de una profusa red de comités en la Ciudad de Buenos Aires aparecía como una pieza clave de la maquinaria electoral que llevaría a Hipólito Yrigoyen a la presidencia argentina (Rock, 1972, 2001; Persello 2004; Horowitz, 2007; Lichtmajer 2011), los comités continuaron siendo, durante gran parte del siglo XX, la forma más saliente de vinculación del partido con su electorado, y de organización y socialización de sus bases militantes[1].
Sin embargo, la naturaleza de los comités de barrio, espacios partidarios de reunión abiertos al público nacidos a comienzo del siglo XX como parte de la maquinaria electoral de la UCR, se ha transformado drásticamente desde los años ochenta. Varios factores han contribuido a ello. A nivel general, la política, otrora sostenida en mayor grado en los vínculos cara a cara y la movilización de masas, tiende a mediatizarse y los partidos a profesionalizarse (Kirchheimer, 1980; Panebianco, 1988; Katz y Mair, 2004). Las estructuras propias del modelo de partido de masas del siglo XX, tienden a perder centralidad (Mair y Van Biezen, 2001; Dalton y Wattenberg, 2002; Scarrow y Gezgor, 2010; Van Haute y Gauja, 2015). Asimismo, el vínculo de los partidos con la ciudadanía se debilita, las identidades partidarias se vuelven más lábiles y los electorados fieles se reducen. A nivel particular, la UCR, luego de la salida tormentosa del gobierno de Raúl Alfonsín, del “pacto de Olivos” con Carlos Menem y del desdibujamiento de su identidad partidaria a lo largo de los noventa (Lupu, 2016), ingresa en un ciclo de decadencia electoral que terminará en un colapso con la renuncia de De la Rúa y la crisis de 2001 (Malamud, 1994; Ollier, 2001; Zelaznik, 2013; Lupu, 2016; Obradovich, 2016). Desde aquel momento, el partido ha dejado de ocupar cargos ejecutivos y posiciones relevantes de poder tanto a nivel local, en la CABA, como nacional. A su vez, otras fuerzas partidarias empezaron a tener gravitación sobre su electorado afín: el Frepaso a mediados de los noventa (Ollier, 2001; Abal Medina, 2009) y, a comienzos de los dos mil, nuevos partidos fundados por ex dirigentes radicales (el ARI de Elisa Carrió y Recrear de López Murphy). Más tarde, el kirchnerismo (al menos hasta 2008, cuando fracasa su alianza con algunos sectores del radicalismo) y el PRO intensificarán esta sangría de dirigentes y votantes. Por otra parte, sus bases electorales tradicionales en la CABA, los sectores medios[2], vivieron una serie de transformaciones tanto a nivel cultural y de sus expectativas, como de su composición socio-profesional, que alteraron su vínculo con lo público (principalmente, con la educación y la salud pública) y, por ende, con el Estado (Obradovich 2016). Finalmente, el Estado local también vivió transformaciones desde los dos mil, a través de un proceso de descentralización y de digitalización de los trámites y gestiones. Todo esto ha hecho que los comités de la CABA perdieran su rol de intermediarios y que su relación con los votantes -y por lo tanto su valor como herramientas electorales- decayera. En este sentido, resulta relevante preguntarse por qué y cómo sobrevive la militancia radical en los comités barriales aún cuando estos no son, en la actualidad, un instrumento electoralmente eficaz.
Según los datos aportados por la UCR de la CABA en 2019, el partido cuenta con sesenta y nueve comités distribuidos en las quince comunas[3] de la CABA. La apertura y mantenimiento de estos comités no responde a una estrategia centralizada del partido, sino a la iniciativa de dirigentes locales, “punteros” barriales, agrupaciones internas o grupos de militantes, que son quienes abren los comités en nombre del partido, y se ocupan de planificar y llevar adelante sus actividades, así como de afrontar sus gastos. Si bien cuentan con la aprobación del Comité Capital (el órgano ejecutivo del partido en la CABA), las burocracias internas del partido no toman parte en la vida cotidiana de los comités de barrio, ni en la decisión de abrirlos o cerrarlos, como tampoco en su financiamiento.
Así, a pesar de que la estructura territorial del partido se despliega desde los distintos comités barriales, el vínculo con el partido es, en realidad, informal. En la carta orgánica de la UCR de la CABA se hace mención solo dos veces a los “locales partidarios”: como lugares en los que pueden completarse las fichas de afiliación al partido y realizarse las votaciones en las elecciones internas de autoridades partidarias. Si bien se refiere a “locales partidarios debidamente reconocidos” no establece las condiciones de dicho reconocimiento, ni fija ningún tipo de reglamentación para su apertura y funcionamiento.
En el léxico del radicalismo se utiliza la palabra “comité” tanto para referirse a los locales partidarios como a las unidades nacionales, distritales y comunales de la organización partidaria. Así, el partido cuenta con un Comité Nacional, veinticuatro comités distritales y, dentro la CABA, con quince comités comunales, cada uno de ellos con sus autoridades. Se trata de órganos ejecutivos de gobierno del partido en sus distintos niveles territoriales. Tanto el Comité Nacional como el Comité Capital tienen sus edificios en la CABA. En cambio, los comités comunales no cuentan con un espacio físico unificado, sino que integran bajo una Comisión Ejecutiva a los referentes y militantes de los distintos comités barriales. Cada comuna cuenta con varios comités barriales (entre dos y siete, según los datos disponibles para 2019), por lo que en el nivel comunal los comités barriales cooperan y compiten en la conformación de las autoridades comunales, en algunos casos mediante listas negociadas de unidad y, en otros, mediante la competencia electoral entre más de una lista.
En consecuencia, cada dos años, los afiliados radicales concurren a las urnas para elegir representantes en los distintos niveles de organización territorial del partido: nacional, distrital y comunal. La máxima autoridad de la UCR a nivel nacional es la Convención Nacional, compuesta por delegados de todas las provincias y la CABA, que duran cuatro años en sus funciones y son elegidos mediante el voto directo de los afiliados. La Convención Nacional sesiona, en condiciones ordinarias, una vez por año. Mientras se encuentra en receso, el gobierno del partido queda en manos del Comité Nacional, también compuesto por delegados elegidos por los afiliados de las provincias y la CABA, y cuyo órgano ejecutivo es una Mesa Directiva. A nivel distrital, la máxima autoridad partidaria en la CABA es una Convención compuesta por los presidentes de los quince comités comunales, ocho delegados titulares por cada sección electoral elegidos por el voto directo de los afiliados, cinco delegados designados por la JR de la CABA, tres por la agrupación estudiantil Franja Morada Regional Buenos Aires y tres por la Organización de Trabajadores Radicales de la CABA. Sus funciones duran dos años. En la primera sesión, designan a los miembros de la Mesa Directiva del Comité de la CABA, compuesto por un presidente, dos vicepresidentes y otros diez integrantes, uno de los cuales es el representante por la JR de la CABA. Todos ellos tienen mandato por dos años. En cada una de las comunas de la CABA, a su vez, los afiliados eligen mediante el voto directo un presidente comunal, dos vicepresidentes, un secretario general, siete secretarios, un tesorero y tres revisores de cuentas, que componen, por dos años, las autoridades del Comité Comunal, el nivel territorial más bajo en el distrito[4].
Sobre estas reglas formales que establecen los procedimientos para la selección de autoridades partidarias desde el nivel comunal al distrital y desde allí al nacional, operan un conjunto de reglas informales (Helmke y Levitsky, 2004; Freidenberg y Levitsky, 2007) altamente institucionalizadas que le otorgan centralidad a los comités de barrio, ellos mismos una institución informal del partido en el distrito.
En primer lugar, para cualquier referente comunal o grupo de militantes locales ser parte de (o “tener”) un comité barrial es una condición indispensable para participar del juego interno a nivel comunal y, desde allí, en el distrito e inclusive -a través de redes o líneas internas de alcance mayor- en el nivel nacional del partido. Si bien la carta orgánica de la UCR de la CABA no establece como requisito formar parte de un local partidario para participar de las listas comunales, y hace referencia al “comité comunal” como órgano de conducción del nivel territorial más bajo (la comuna), los militantes y referentes locales que pretenden conformar listas en sus comunas necesitan no solo mostrar ante sus competidores el trabajo territorial en el comité, sino contar con un padrón de afiliados fieles que se movilicen en su favor al momento de la junta de avales para su lista o –cuando no hay voluntad de “cerrar en unidad” con otros comités de la comuna o fracasan las negociaciones- para votar por ella el día de elecciones internas.
Más allá de que también puedan existir disputas al interior de un mismo comité barrial, estos suelen funcionar como grupos internos en el juego intrapartidario de cada comuna. Muchas veces se establecen alianzas entre ellos, algunas de ellas históricas, otras meramente coyunturales al momento de elaborar las listas. En otros casos, varios comités forman parte de una misma línea interna del partido (este es el caso, sobre todo, de los comités de la línea mayoritaria llamada Cantera Popular[5]) y funcionan como un grupo más o menos unificado ante los otros comités. Como en todas las comunas de la CABA hay más de un comité barrial y, generalmente, no todos forman parte de las mismas líneas internas, la elaboración de las listas comunales supone un doble juego de competencia y negociación.
La primera posibilidad es el “cierre en unidad” de listas negociadas entre distintos comités barriales dentro de una misma comuna. Cuando se presenta una única lista en una comuna, esta es homologada por el comité de distrito y el acto eleccionario no se lleva a cabo. Esto supone una cierta economía de esfuerzos considerando el bajo nivel de participación entre los afiliados en las elecciones internas y el, muchas veces, arduo trabajo proselitista que conlleva competir por sus votos.
En las comunas que cuentan con varios comités de diversas líneas internas, muchas veces aquellos que integran la minoría dentro del partido establecen redes y se unen para negociar con los comités de la línea mayoritaria. Antes de sentarse a negociar, cada comité o red de comités dentro de una comuna, suele elaborar una lista propia y conseguir sus propios avales (las firmas de afiliados que respaldan a la lista de candidatos). Al momento de negociar listas de unidad y distribuir los cargos entre comités operan ciertos criterios “objetivos” combinados con otros de orden simbólico más maleables. Así, en primer término, los comités presentan sus avales. El número de avales da cuenta del respaldo, dentro de la comuna, de militantes y afiliados. Por otra parte, los comités pueden presentar sus fichas de afiliación, es decir, los nuevos afiliados que se acercaron al partido a través del comité. Siendo que son más bien pocos los nuevos afiliados en cada comuna, cada comité puede fácilmente mostrar cuáles de esos afiliados son “suyos”, es decir, cuáles completaron la ficha en su comité porque comenzaron a militar allí o porque son amigos o familiares de militantes del comité. Un tercer elemento cuantificable que se pone en juego en las negociaciones es el de la cantidad de afiliados que tienen algún tipo de relación con el comité. Allí, más que un número demostrable, los negociadores se valen de sus padrones “depurados” y “punteados” como prueba de la capacidad de movilizar afiliados. Para ello, los comités suelen realizar llamadas telefónicas y golpear las puertas de las casas para “depurar” los padrones de afiliados fallecidos o que ya no viven en la comuna y tomar registro de cuáles afiliados tienen vínculos (más o menos fluidos) con el comité y sus referentes.
Todos estos indicadores “objetivos” valen en tanto signos del trabajo con los afiliados y del nivel de actividad y “presencia” del comité en su territorio. Este elemento, muchas veces pesa más que el frío número de los avales, las nuevas fichas de afiliación o el “punteo” –generalmente exagerado en la mesa de negociación- de afiliados “propios”. Nuestros informantes alegan una suerte de reconocimiento entre-nos que hace que los referentes de los comités conozcan y reconozcan su propio peso y el de los demás dentro de la comuna. El nivel de “presencia” de un comité, esto es, si abre las puertas todos los días, si tiene militantes activos y ofrece actividades o charlas en forma regular, si realiza actividades en los espacios públicos del barrio y si cuenta con punteros o referentes de peso (es decir, con capital social y simbólico) dentro del radicalismo local, es algo que quienes negocian las listas de unidad saben de antemano. No se trata exclusivamente de contar con avales o afiliaciones, sino de alcanzar cierto reconocimiento al interior del radicalismo de la comuna.
Si este reconocimiento mutuo no se obtiene (o no se obtiene con la justicia esperada), es decir, si los comités o redes de comités no logran poner en valor su “presencia” en el barrio al momento de cerrar listas, pueden competir por el voto de los afiliados. La posibilidad de la competencia entre listas está siempre abierta, por lo que los comités deben prepararse durante los períodos no electorales para ella, aún si después ese trabajo termina siendo puesto en valor únicamente en la negociación entre comités para “cerrar en unidad”. Así nos lo explica uno de los militantes entrevistados:
Es que en función del merecimiento que uno cree tener por cómo contribuyó a las campañas del frente electoral de turno o cómo viene trabajando y desenvolviéndose con los vecinos, es que uno solicita determinados lugares dentro de los distintos órganos de gobierno del partido, y en la medida en que entre los distintos comités de la comuna, que en este caso es la comuna 11, no nos ponemos de acuerdo respecto de lo que cada uno se merece, es que tenemos la posibilidad de ir a elecciones y que los afiliados lo decidan por nosotros. Ahí es donde cobran valor, políticamente, todo este tipo de actividades, particularmente dirigidas para afiliados. En la medida en que logramos satisfacer algún tipo de reclamo que elevamos al gobierno comunal o brindamos alguna actividad, en la cual algún afiliado participa, es que probablemente tome la decisión de acompañarnos en una elección. – Omar, JR[6]
En este sentido, contar con un comité es importante porque otorga visibilidad intrapartidaria a nivel comunal y habilita participar en el juego de negociaciones y en la construcción de redes al momento de las elecciones internas. Su importancia radica, además, en que esa implantación territorial, contar con un local en el barrio, permite “trabajar con los afiliados”, es decir, establecer lazos perdurables con afiliados del barrio a los que, luego, se convoca a votar por la lista del comité.
Para establecer esos lazos de fidelidad, los comités recurren a diversas estrategias. En algunos casos, se trata de comités de larga data o que tienen como referentes a viejos punteros barriales que llevan años acumulando capital social y simbólico entre los afiliados y vecinos de la zona. Son lazos de reconocimiento y de estima personal que, en algunos casos, van más allá de la vida política y se vinculan con la sociabilidad del barrio, y, en otros, se vinculan con el trabajo político de tiempos en los que los comités oficiaban de intermediarios o facilitadores en el acceso al Estado (trámites de jubilaciones y pensiones, contactos para agilizar un expediente en un organismo público, para conseguir una cama en un hospital o una vacante en una escuela, etcétera). En otros casos, los comités son abiertos por militantes juveniles o provenientes de la política universitaria, sin demasiado vínculo previo con el territorio y sus afiliados, lo que implica la necesidad de atraer a algunos de estos antiguos punteros huérfanos de comité o convertirse ellos mismos en jóvenes punteros. Con estas palabras nos lo explica un militante juvenil con el que conversamos:
Son hermosos, los punteros son una cosa… están ahí en la comuna, enquistados de hace un montón de años en el partido, viven de eso, prácticamente, es su medio de vida (…) tienen la simpatía de un puntero, vienen a decirte esto ‘anotame con 150 [afiliados], yo tengo 150…’, mentira, por ahí tienen 100, pero mueven su gente, son apasionados del radicalismo, de la cuestión chiquita, del trabajo punteril para ganar una comuna, los tipos no están peleando… uno cuando es joven está tratando de ver cómo el día de mañana va a llegar a conducir un país, estos tipos están viendo como el día de mañana vuelven a ganar su comuna o cómo aportan sus afiliados para ganar una comuna, nada. – Francisco, JR.
De cualquier modo, el vínculo con los afiliados no se establece para siempre sino que es cultivado con cierta regularidad. La edad media del padrón de afiliados -64 años en 2017[7]– no es un dato menor para entender el repertorio de prácticas de los militantes en los comités. Al momento de interpelar a afiliados socializados políticamente en los ochentas o en décadas previas, siguen teniendo mucho peso las relaciones cara a cara, los llamados telefónicos y las cartas en papel, entregadas puerta a puerta. Los comités deben ofrecer actividades que atraigan a algunos afiliados al local de modo de establecer un lazo con ellos. Algunas actividades son de índole política (charlas y debates sobre temas de actualidad, invitaciones a legisladores o dirigentes del partido), y otras son de índole social o recreativa (asados y cenas, peñas folclóricas, clases de tango, yoga o idiomas, etcétera). Si bien estas últimas se dirigen a un público más amplio, la oferta de actividades apunta a hacer del comité un espacio de sociabilidad y de pertenencia para los afiliados que permita luego pedirles avales o convocarlos a votar por la lista del comité en las internas. Así describe un militante juvenil el “trabajo con el afiliado” en el barrio:
El local está abierto todos los días, más en época de elecciones, tenemos un organigrama, nuestra comuna tiene 12 circuitos, entonces cada chico, cada militante tiene un circuito, entonces nosotros sacamos una carta y cada militante tiene que llevar las cartas de su circuito y entregarla bajo puerta, si conoce al afiliado se la entrega en mano, para establecer el vínculo, y eso a nosotros nos sirve para después en las internas poder contar con el voto del afiliado. Una vez por mes llamamos a nuestros afiliados, hay una división de tareas muy militar en ese sentido, o sea, vos una vez por mes tenés que llamar a tus afiliados, porque si no, o sea, después los llamas para pedirles el voto y te dicen ‘¿quién sos?’ Los llamamos para invitarlos a actividades, comidas que organizamos, las charlas. Hace poco hicimos una charla sobre militancia 2.0, redes sociales, invitamos gente de afuera y vinieron, o hicimos una con un politólogo… hace poco mandamos a hacer 5 mil bolsas ecológicas y llamamos a los afiliados y les decimos: ‘miren, estamos haciendo un programa de reciclaje’, y les llevamos una bolsa nuestra… – Sergio, JR.
Además de publicitarlas en las redes sociales, los militantes suelen realizar invitaciones a estas actividades en forma personal a través de llamadas telefónicas. Asimismo, periódicamente -en tiempos de elecciones o a fin de año- envían cartas en papel a los afiliados contando lo que hicieron en el año, presentando a los candidatos del comité o pidiendo el voto por el partido en las elecciones generales. Este repertorio de acciones cara a cara, personalizadas, a las que los militantes refieren como “trabajar con los afiliados” o “trabajar el padrón”, es una de las piezas clave de la militancia en los comités de barrio. Se trata de un repertorio distintivo del radicalismo que los militantes juveniles o recién llegados, aún aquellos más reticentes a aquellas viejas formas de hacer política, necesitan aprender para desarrollar sus carreras dentro del partido.
Esto es así porque en el radicalismo existe un cursus honorum informal pero, nuevamente, altamente institucionalizado, que todo militante juvenil con intenciones de hacer una carrera en el partido debe cumplir. Participar de un comité, vincularse de este modo con los afiliados, candidatearse dentro de su comuna a algún cargo interno, para de ese modo alcanzar alguna posición relevante dentro del partido o de su organización juvenil, es una condición para tener una carrera exitosa en el radicalismo. Para el militante radical, la única posibilidad de acceder a cargos en el partido sin una militancia territorial es a través de los puestos reservados a la agrupación estudiantil Franja Morada y a la Organización de Trabajadores Radicales. Así, es indispensable para un miembro de la UCR llevar ese cursus honorum que va de la militancia barrial en un comité hasta los cargos internos en la juventud partidaria (y, más adelante, en el partido) para poder construir una carrera política. La existencia de un extenso escalafón de cargos internos -desde delegado suplente por la comuna en el Comité Capital de Juventud hasta presidir la Juventud o integrar la Mesa Directiva del partido- funciona como un incentivo selectivo para la participación en la vida interna del partido y en la militancia en un comité. Como señalan Pérez Bentancur, Piñeiro Rodríguez y Rosenblatt (2019) para el caso del Frente Amplio en Uruguay, la presencia de canales institucionalizados para la participación e incidencia de la militancia de base en la organización partidaria, brinda a las bases una percepción de su propia “eficacia” que contribuye a la reproducción de los comités y de su militancia dentro del partido.
Nacidos (y criados) en un comité. Sociabilidad partidaria y sostenimiento de la cultura e identidad radical en los comités barriales
Si bien, como hemos mostrado, la militancia territorial en los comités se sostiene en la dinámica organizacional interna del partido, está lejos de ser únicamente un instrumento para la competencia interna o la construcción de carreras y liderazgos dentro del radicalismo. Los comités cumplen, al mismo tiempo, un papel en el mantenimiento de una cultura, símbolos y tradiciones compartidas. Son, además, ámbitos de sociabilidad que atraviesan las historias de vida de las y los militantes radicales, en muchos casos, desde su primera infancia.
Una porción importante de las y los militantes actuales de la JR forman parte de una generación, nacida en democracia, cuyos padres participaron como militantes o simpatizantes radicales durante los años ochentas, uno de los períodos de mayor efervescencia de la historia del radicalismo y de la participación política reciente (Vázquez et. al., 2017). Las anécdotas sobre la infancia en los comités son casi una constante entre quienes son hijos de radicales y la llegada al partido en muchos casos está tan estrechamente ligada a su vida familiar que les resulta difícil dar cuenta de cuándo comenzó su vínculo con el radicalismo y su participación en algún comité. La respuesta “nací en un comité” o “fui concebido en un comité” es un chascarrillo reiterado entre las y los militantes con quienes conversamos y cuyos padres se conocieron como militantes en los años de Alfonsín:
[Cuando era chico] hacía fútbol e iba al comité, me divertía, en ese momento el radicalismo era muy grande y había otros padres que llevaban a sus hijos que eran de mi edad, y los más grandes iban a ensobrar cartas, iban a pintar, y los más chicos nos quedábamos ensobrando cartas, jugando al fútbol adentro del comité, entonces lo viví como una cosa natural, uno le toma cariño, yo siempre digo que el radicalismo a mi no solo me ha formado, me ha dado amigos que me van a durar toda la vida, y esa sí es la militancia, la militancia fraternal, mis amigos más íntimos vienen del radicalismo, porque compartí miles de cosas, entonces es un cariño aparte, es una cosa rara, es una pasión que la mamé de chico y se me dio naturalmente (…) Siempre digo que nací en un comité radical. Mis padres eran militantes, poco, pero eran militantes, y particularmente cuando yo nací mi casa funcionaba como un comité porque estaba cerrado el comité, se estaban mudando… ya de ahí arranqué desde muy chico. – Maximiliano, JR.
En algunos casos los hijos continuaron militando en los mismos comités de sus padres, pero generalmente aquellos comités cerraron sus puertas a finales de los noventa y comienzos de los dos mil. La vuelta al comité, sin embargo, está de algún modo ligada a la vida familiar: padres que reabren comités con sus hijos, hijos que se acercan a los comités de amigos de sus padres, abuelos que invitan a sus comités a sus nietos, son algunas de las formas de llegada a los comités de las y los militantes de familia radical en los años recientes. Para aquellos que, sin provenir de una familia radical, comienzan a militar en un comité llegando, por ejemplo, desde la militancia universitaria en las agrupaciones radicales Franja Morada o Nuevo Espacio, la entrada a un comité es una suerte de rito de pasaje en el que afirman su pertenencia plena al radicalismo, como veremos en el próximo capítulo cuando abordemos la militancia juvenil radical en la UBA.
La afiliación, más allá de tener una dimensión estrictamente instrumental –por un lado, para poder votar en las internas y sumar un voto al grupo político propio en elecciones comunales en las que pocos votos hacen la diferencia, y, por el otro, para poder presentarse como candidato a algún cargo de la JR- resulta un mojón sumamente significativo para estos militantes, en el que reafirman su identidad radical y su pertenencia a cierto grupo interno, generalmente ligado al comité en el que ya participan o comienzan a participar. Historias de militantes que esperan ansiosos a cumplir 16 o 18 años -dependiendo de si la afiliación se produce antes o después de la sanción de la ley de voto optativo a partir los 16 años- para poder afiliarse, o que festejan su cumpleaños en el comité y se afilian ese mismo día, forman parte del anecdotario habitual de la militancia radical y dan cuenta de la relevancia que tiene la dimensión identitaria y afectiva del vínculo de estos jóvenes con el partido y con sus comités.
En los comités, las y los militantes juveniles se vinculan con la historia del partido, recrean sus tradiciones, se forman en ellas y mantienen viva la cultura política radical. Los nombres de los comités suelen referir a acontecimientos o fechas de la historia del radicalismo (“26 de julio”, “10 de diciembre”, “30 de octubre”, “2 de abril de 1916”, “El Cantón”, “Héroes de la Revolución del Parque”, “Casa de la Reforma”), a ex presidentes radicales (cuatro llevan el nombre de Raúl Alfonsín, otro lleva el pseudónimo con el que firmaba Alfonsín sus columnas en la prensa durante los períodos dictatoriales de los sesentas y setentas, Alfonso Carrido Lura; tres se llaman Arturo Illia; uno Marcelo T. De Alvear), padres fundadores y líderes históricos del partido (dos comités llevan el nombre de Leandro N. Alem, dos se llaman Crisólogo Larralde, uno Ricardo Balbín, uno Eldipio González, uno Amadeo Sabattini, otro César “Chacho” Jaroslavsky), dirigentes juveniles históricos (dos llevan el nombre de Moisés Lebensohn), líderes estudiantiles radicales asesinados durante las últimas dictaduras cívico-militares (Sergio Karakachoff, Mario Abel Amaya, Santiago Pampillón), referentes locales del radicalismo porteño (Julio César Saguier, Liborio Pupillo, Beto Larrosa), entre otras figuras notables ligadas al partido y a su historia en el siglo XX (Florentina Gómez Miranda, Raúl Borrás, Arturo Oñativia, Enrique Mosconi, Julio César Strassera). La elección de ciertas fechas y nombres propios inscribe a los distintos grupos de militantes en determinadas líneas históricas del partido, rescatando ciertos acontecimientos, recuperando a dirigentes más o menos olvidados u homenajeando figuras notables recientemente fallecidas. Una minoría de comités llevan nombres que no remiten a figuras o acontecimientos históricos del radicalismo, sino a ciertos valores de su repertorio identitario (“Ética, legitimidad y consenso”, “Democracia y participación”, “Ateneo de la democracia”) o a los barrios en los que se encuentran ubicados.
La decoración de los comités, aún de aquellos inaugurados recientemente, remite a la historia del partido, superpoblados de fotos en blanco y negro, afiches de campaña, banderas del partido y de la JR, recortes de diarios o publicaciones partidarias, antiguos escudos de la UCR, y camisetas enmarcadas del partido, de la JR o de Franja Morada. Con la excepción de algunos pañuelos verdes de la campaña por la legalización del aborto -que la JR y algunos sectores del partido apoyan-, algunos afiches de campañas electorales recientes –generalmente de Martín Lousteau- o algunas fotos de actividades realizadas recientemente en el comité, casi todos los símbolos que visten las paredes de los comités que pudimos visitar remiten al pasado, como si la historia del partido se hubiera detenido en los años ochenta. Las paredes, generalmente blancas y rojas, se encuentran cubiertas de fotos blanco y negro enmarcadas de Yrigoyen, de Alem –algunas de ellas muy antiguas, de comienzos del siglo pasado, con marcos ovalados de madera-, de Illia, de Balbín, de Jaroslavsky -en el comité que lleva su nombre- o de Karakachoff -en aquel que lo homenajea- y, casi omnipresentemente, de Raúl Alfonsín: retratos oficiales como presidente, fotos de la campaña de 1983 y de su presidencia brindando encendidos discursos, gigantografías de movilizaciones a su favor, que remiten a los años dorados de la épica radical. Así es, por ejemplo, el comité “Jaroslavsky” en el barrio de San Cristóbal, en el que las paredes tienen solo unos pocos centímetros cuadrados sin cubrir con fotos históricas y gigantografías de marchas con carteles y pasacalles a favor del entonces presidente. Las fotos se mezclan con anuncios de actividades del comité, cronogramas de clases de taekwondo que se dictan allí, o fotos y recuerdos del centro de jubilados que funciona dentro del local. Aún en comités abiertos en los últimos años, como el comité “Strassera” del barrio de Palermo, en el que la mayoría de los que participan son de la JR, los militantes se encargaron de recolectar entre sus padres y familiares del partido fotos históricas y distintos elementos de memorabilia partidaria para investir de mística radical un frío local comercial con vidriera a la calle. El comité fue inaugurado un 26 de julio, día del aniversario de la Revolución del Parque, y está decorado, entre otras cosas, por una bandera con los colores de dicho levantamiento que dice “Nacidos de la Revolución del Parque”. El comité “El Cantón” del barrio de Villa del Parque, inaugurado en 2011 por un grupo de militantes juveniles de Cantera Popular, funciona en una antigua casa con patio que recuerda a los viejos comités del partido. Uno de los militantes juveniles que participó de su creación nos comenta que “tiene mucha más mística para los radicales una casa vieja”. Periódicamente, organizan actividades de formación para los propios militantes sobre la historia del partido. Las paredes del comité están decoradas con imágenes ordenadas por temas y figuras históricas: Alem, Yrigoyen, Illia, Balbín, “lucha contra la dictadura”, Alfonsín, La Coordinadora. “Es como un museo histórico”, comenta este militante juvenil fundador del espacio. El comité “Pampillón”, que ocupa una antigua casa blanca y roja en una esquina del barrio de Villa Crespo, es uno de los pocos comités de los ochentas que sobrevivieron a la crisis de 2001, se relanzó hace unos años con una muestra sobre la presidencia de Raúl Alfonsín, en un salón del comité que estaba en desuso. Para promocionarla entre los vecinos del barrio, repartieron volantes y pegaron carteles emulando la estética de la campaña radical de 1983.
Los comités son espacios en los que conviven varias generaciones de militantes. Si bien los que, por lo general, participan más activamente en la organización de actividades y en el trabajo proselitista son las y los jóvenes, son también un espacio de encuentro e intercambio entre generaciones. Muchos comités cuentan con centros de jubilados, funcionan como refugio de antiguos punteros de barrio que fueron perdiendo peso o como un lugar en el que vecinos mayores del barrio afiliados al radicalismo encuentran pares con quienes discutir de política y participar de actividades recreativas. Un militante juvenil con el que conversamos lo explica así:
Nos tenemos que aggiornar pero sin perder nuestras tradiciones más sólidas, si a los viejos del barrio de Villa del Parque les sacamos el comité, les estamos sacando parte de ellos, no se la tenemos que sacar, es un lugar donde se discute política, donde va a aprender tango, nosotros creemos en el comité con todo lo que significa su rol social, obviamente que es muy difícil, no te suma nada ya, antes se juntaban en un comité y salían a hacer pintadas y a pegar afiches, eso no existe más (…) Cada tanto hacemos, pero más por la mística que por lo que genera porque ¿quién te va votar por una pintada? Nadie, te votan por lo que ven en la televisión o en la radio, en los grandes medios, pero yo creo en mantener eso, yo tengo 24 años, porque de eso vivimos los radicales, sin eso es muy difícil, sin mantener nuestra identidad (…) El rol del comité es raro, era nuestra tradición política, nosotros tenemos este tipo de discusiones de para qué sirve un comité hoy, porque no es lo mismo los comités que hacía Yrigoyen, comités que nacían, que tenían una función paraestatal, de alguna manera u otra, vos ibas a consultar el padrón, llegaron a tener salitas de primeros auxilios algunos comités, jardín de infantes… nosotros creemos en el comité como parte activa de la sociedad, como parte de la cultura política argentina y porteña, ni hablar. Que el vecino tenga… vos pensá que para la gente grande tener el comité en el barrio es fuerte, también, hay gente que lo único que hacen es venir a tomar unos mates al comité, y no es poco para nosotros, es muy importante, viene discute de política, putea a Macri, putea a Cristina. – Lautaro, JR.
Para la militancia de la JR, ese contacto con generaciones mayores del partido implica, muchas veces, el aprendizaje del viejo oficio de la política territorial de los comités, como hemos visto en detalle en el apartado anterior: la relación cara a cara con el afiliado, la redacción de cartas para afiliados que son repartidas en mano, el “punteo” y seguimiento de los afiliados propios, las llamadas telefónicas en tiempos de internas, entre otras prácticas que el radicalismo conserva y necesita, en parte, porque su padrón de afiliados ha envejecido. Así, en algunos comités se da una suerte de división generacional del trabajo, pero también una transmisión de saberes que las y los militantes juveniles necesitan para sostener el quehacer cotidiano del comité y que no adquieren en otros ámbitos como la militancia universitaria o las actividades estrictamente juveniles del partido. Los viejos militantes comparten con los viejos afiliados una sociabilidad barrial, ciertos códigos de interacción, y un conocimiento y reconocimiento de los distintos actores del barrio de los que los más jóvenes carecen. Así nos lo explican militantes juveniles con quienes conversamos:
Esa persona que tiene una forma anticuada de hacer política, como escribir una carta o llamar por teléfono a alguien, que sea algo muy así personal, muy a la antigua, eso te sirve también, porque le están hablando a gente que es contemporánea a él, es de su época, entonces incluso es menos trabajo para mí, digo de esto que se encargue él, están acostumbrados así, capaz que hacen un té bingo y hay gente mayor que está sola y que te dice yo me afilie en 198… y bueno, a esa gente le gusta hacer un té bingo. – Ana, JR[8].
Esa gente más vieja se mueve con esa concepción más tradicional de barrio, entonces por ahí el que tenía de afiliado era el almacenero, y al almacenero no lo dejaba de ver nunca, o la vecina de la vuelta, entonces, alguna charla tenía. Si bien a gente más lejana dejaron de tener el contacto y tenerlo como afiliado, seguían teniendo algún contacto (…) Esas maneras de trabajar… nosotros que ahora tuvimos unas internas y con los más pibes hicimos otro trabajo de bases de datos y cosas más modernas, empezás a apreciar y tomar en valor esas cosas que por ahí nosotros por cuestiones generacionales no podemos llevar adelante o no las sabemos llevar adelante, cumple un rol que es bastante importante (…) La concepción de barrio que tenemos nosotros es de edificio, de puertas adentro, la gente no es de salir afuera a hablar, para nosotros es tocar timbre y ‘señora, venimos a hablar de la UCR’, y de diez timbres que tocabas te atendía uno, y son gente que está afiliada al partido. – Lisandro, JR.
En el encuentro con viejos militantes y punteros del barrio, la juventud del radicalismo también escucha de primera mano historias y experiencias del partido, de la política local del barrio y la ciudad. Como nos comenta un militante que participa también en Franja Morada:
En el barrio es mucho más relajado, pero está bueno porque te metés en la rosca del partido de la Ciudad, encontrás a viejos dirigentes políticos con los cuales discutís, y algunos tienen historias buenísimas para contar, otros tienen experiencias buenísimas para aportar, y otros tienen buenas discusiones para dar, y se aprende mucho, porque discutís con tipos que en la universidad no discutís, con tipos muy formados, tipos que estuvieron en el gobierno de Alfonsín, que ocuparon cargos menores, pero que estuvieron, tuvieron línea directa con Raúl o con quién sea. – Francisco, JR.
Este encuentro intergeneracional no está exento de tensiones. Si estos intercambios sirven a la militancia juvenil en el aprendizaje de saberes y prácticas útiles en el trabajo territorial del comité, también perpetúan prácticas que los ubican en un segundo plano y que juzgan anticuadas e ineficientes a la hora de interpelar a su propia generación, reclutar nuevos militantes o acercarse a otros electorados por fuera del juego de las internas entre afiliados:
Me molestaba que estén todos sentados en una mesa, escribiendo en un papel una carta y yo decía ‘no vamos a llegar a la gente con una carta, por Dios’. Querían hacer una carta para afiliados, y yo le digo ‘¿pero qué estamos en 1800? ¿Tenemos Facebook, página de Twitter?’ La verdad es que habré sido bastante insoportable al principio, porque me parecía todo muy anticuado, todo muy retrasado. – Ana, JR.
El comité era en la década del setenta o del ochenta, el lugar donde el vecino iba a enterarse de las cosas de la política, porque no había internet y porque no había nada y porque en el diario Clarín, La Nación o los diarios de tirada nacional no hablaban de la internilla del radicalismo, entonces los tipos se tenían que enterar de lo que pasaba yendo al comité. Hoy no hace falta eso, porque hoy vos tenés dos o tres amigos radicales o un grupo de radicales en Facebook y ya te enterás de lo que pasa en el partido y lo que pasa en la política permanentemente, scrolleando con el mouse, entonces el comité ya no cumple su función, de ninguna manera, pero creo que sirven los espacios físicos, no como un mero lugar de reunión, porque puede ser una casa, pero sirven como un espacio para poder generar espacios culturales, de referencia, donde la gente vaya, sobre todo los jóvenes, parece que antes los comités sumaban muchos jóvenes, bueno, hay que seguir dándole esa impronta de que somos jóvenes pero en otro lado. Me parece que la cultura, el deporte, puede ser una vía. – Francisco, JR.
Como comenta este último entrevistado, los comités son, aunque resulte obvio, espacios físicos para el encuentro cara a cara de la militancia. Es allí donde, aún en tiempos de redes sociales y tecnologías digitales, establecen lazos de amistad y mutuo reconocimiento. En un partido en el que la inserción en los ámbitos de la administración pública local es más bien débil y dispersa, las oficinas estatales no funcionan como ámbitos de sociabilidad y encuentro de militantes, a diferencia del caso de JPRO, como podremos ver en el sexto capítulo. Junto con la militancia estudiantil en la UBA, los comités de barrio son los ámbitos en los que las y los militantes juveniles del radicalismo establecen vínculos cotidianos y forman grupos de afinidad. La implicancia de estos lazos no se agota en las relaciones de amistad sino que tienen una trascendencia en la política interna del partido, en tanto los comités barriales –fundamentalmente en los casos en los que no se referencian con agrupaciones internas definidas- funcionan en el armado de actividades en colaboración e intercambios que, partiendo de los vínculos cara a cara entre militantes de un mismo barrio que se encuentran en estos espacios, tienen una incidencia en la conformación de listas comunales, redes y grupos políticos en la UCR local.
“Salir del comité”. Las estrategias de la militancia juvenil radical ante un electorado esquivo
Que los comités se encuentren casi por completo volcados a la vida interna y la competencia intrapartidaria no significa, sin embargo, que no cumplan algún papel –o al menos así lo intenten- en el vínculo con electorados más volátiles y esquivos. Algunas prácticas que podrían ser catalogadas como “clientelares” aún se conservan en muchos comités de la Ciudad. Algunos comités reparten comida una vez por semana o tienen centros de jubilados que, además de servir a la sociabilidad de los adultos mayores del barrio, muchas veces también los asisten alimentariamente y cuentan con algún tipo de apoyo gubernamental. Otros servicios brindados por los comités también podrían ser leídos en esa clave: clases de apoyo escolar, a las que asisten niños y niñas generalmente de bajos recursos, pero también un vasto número de actividades gratuitas de las que, vale suponer, esperan algún tipo de rédito político aún cuando no lo aparenten: talleres de yoga, de artes marciales, de música, clases de inglés, etcétera. Aún en estos casos, de todos modos, prevalece la lógica interna más que el vínculo hacia fuera. El intercambio más que de favores por votos, suele ser de favores por afiliaciones, una contrapartida, además, más fácilmente mensurable y controlable. Una vez afiliados, entonces sí, el trabajo es conseguir el voto o el aval en las internas. Esta relación particularista y materialista con el (potencial) afiliado es, previsiblemente, un tabú y una fuente de tensiones para muchos radicales, que hacen del respeto por las formas institucionales y de la crítica al “clientelismo” o al “asistencialismo” su leitmotiv:
La mayoría de los comités más fuertes tienen un sistema que entregan una vez por semana comida o que tienen algún vínculo prebendario con algún organismo de gobierno que les permite hacer eso. La verdad es que nosotros [en mi comité] no nos sentimos muy cómodos con eso, sabemos que por eso también a veces corremos de atrás, no tenemos tantos afiliados porque no hacemos eso y tenemos siempre la discusión moral de qué hacemos, porque si no tenemos afiliados no podemos crecer internamente, pero para tener afiliados hay que hacer, a veces, hoy en día -porque estoy convencido de que en la década del ochenta no era así- cosas que a veces están al borde de nuestro límite (…) Hay comités que dan bolsones de comida, una vez por semana hay una fila (…) Los afiliados radicales se dividen en dos: los que están afiliados porque se afiliaron, y los que están afiliados porque los afiliaron, y tienen una relación de pertenencia personal o laboral o de necesidad con quien los afilió, y esto en el partido pasa más que en otros lados porque la UCR es un partido de internas, por suerte, esa es la parte buena. La mala es que las internas, a veces, se resuelven por un aparato y no por una ideología o por una exposición de ideas. – Fermín, JR.
A pesar de que ofrecen actividades como clases o talleres, e incluso asistencia alimentaria, atraer a personas ajenas al partido a los comités –como vimos, fuertemente cargados de simbología partidaria- resulta una tarea difícil. Aún cuando esto ocurre, se presenta el problema de obtener un rédito político -en la interna o en las elecciones generales- sin que esa partidización de las actividades orientadas al público general termine por ahuyentar a quienes se acercan solo por las clases de apoyo escolar o de artes marciales. Los militantes se debaten, así, entre promover una concurrencia no redituable políticamente, y el temor a terminar siendo acusados de clientelistas. Como son pocos los profanos que se atreven a entrar a un comité radical, los comités salen a las calles a intentar vincularse con el electorado evitando o diluyendo aquella liturgia y simbología partidaria que tanto conmueve a los propios como aleja a los ajenos, como nos cuentan estas militantes:
Las actividades para el barrio se hacen afuera del comité (…) En Palermo además es raro que la gente se interese tanto, lo descubrimos de la peor manera, que fue abriendo el comité y que no se acerque nadie. Cuando lo descubrimos fue bastante raro para nosotros, decir: ‘bueno, está bien, no tenemos que estar adentro del comité’, cuando de radical es estar adentro del comité todo el día, pero bueno, si estás todo el día adentro del comité terminás abriendo un centro de jubilados y nosotros sumamos gente, chicos. – Lucrecia, JR.
Nuestro comité hace muchas actividades en parques, porque es la mejor forma de acercarte a gente que no es radical, si te quedás adentro del comité no sirve para nada, tampoco. O sea, abrir el comité te sirve si tenés actividades, si tenés algo para decirle al que se te acerca por la ventana, pero quedarte encerrado y esperar que la gente pase por la puerta y se quiera afiliar, no sirve. Entonces, nosotros tratamos de una vez por mes, dependiendo de cómo la dinámica te deje, hacer actividades. – Nancy, JR.
Así, además de repartir volantes en esquinas del barrio, como en tiempos de campaña pero promocionando actividades del comité, los militantes se trasladan a plazas y parques buscando atraer a los vecinos con colectas solidarias, juegos, actividades o materiales informativos vinculados a la agenda de la JR (educación sexual integral, interrupción voluntaria del embarazo, legalización de la marihuana, violencia de género), campañas de prevención del cáncer de mamas, de concientización sobre discapacidad o reciclaje de residuos, entre otras problemáticas que suelen eludir discusiones de corte político-partidario.
Por todos los factores que hemos mencionado, los punteros o referentes barriales tienen un margen bastante acotado para ofrecer en sus comités eso que, en la jerga, suelen llamarse “soluciones políticas”. El puntero, así, cede paso al legislador, al comunero o al funcionario radical (de organismos descentralizados, generalmente, donde el radicalismo tiene mayor inserción) que, invitado ocasionalmente por un comité amigo (o por su propio comité) se dedica a “escuchar” al vecino, ya no para intermediar de modo particularista como a la vieja usanza, sino para –tal como lo presentan- llevar las problemáticas de los vecinos a su labor en la Legislatura, la Auditoria General de la Ciudad u otro organismo similar. Esta transformación no solo habla de la situación general de la UCR y su tipo de inserción en el Estado (nos ocuparemos de ello en el sexto capítulo) sino de transformaciones de mayor alcance en los partidos políticos, en los que los funcionarios públicos han ganado protagonismo interno (Katz y Mair, 1995, 1997, 2002, 2009) y en los que la “proximidad” (como mostraremos más adelante en el caso del PRO) es uno de los modos de construir legitimidad (Annunziata, 2013). Estos dos testimonios de militantes de la JR ilustran claramente el pasaje del puntero que brinda “soluciones políticas” al funcionario que “escucha”:
En su momento esos pequeños punteros estaban con Alfonsín, o trabajaban en alguna oficina o tenían contacto con alguna oficina importante, entonces tenían mucha posibilidad de generar soluciones políticas. Venía alguien y te decía ‘tengo este problema con la ANSES’, y le solucionaban el tema de la ANSES (…) Entonces llamaban al de la oficina de gobierno y le decían ‘che, tengo esta persona en el barrio que tiene este problema’ y si bien el trabajo en el gobierno se hace y los expedientes se mueven, ese contacto hace que [a] ese expediente en particular le presten un poco más de atención, o agilizar un poco. Entonces esas soluciones políticas impactaban y esa gente en agradecimiento quedaba amiga tuya, entonces les pedías que se afilie al partido, o quedaba que le gustaba el partido porque veían que trabajaba bien y se afiliaban. – Lisandro, JR.
Si tienen algún problema, nosotros por Hernán [Rossi] o por cualquier diputado del radicalismo, ellos tienen distintas herramientas en la legislatura por las que pueden quizás resolver algún problema en la calle, por ejemplo, el arreglo de veredas, muchas veces vos llamas al 147 y no se soluciona, entonces nosotros tomamos ese problema y hacemos que Hernán lo presente como propio, entonces, se suelen solucionar, son pequeñas cosas pero como que los vecinos te agradecen y vas generando una relación. – Malena, JR.
Otra adaptación interesante de los comités de barrio en su relación con el afuera es la incorporación, en algunos de ellos, de repertorios ajenos a la cultura política del radicalismo que provienen del ámbito de las ONGs y que, como veremos en las próximas secciones, caracterizan a las prácticas militantes de la juventud de un partido no tradicional como el PRO. Nos referimos, concretamente, a la implementación de voluntariados solidarios, a veces como parte del mismo comité y, otras, a través de la creación de asociaciones civiles que funcionan en los comités, llevan como titulares a los referentes del comité y de las que participan sus militantes, pero tienen un nombre no relacionado con el partido y un status legal diferenciado. Los voluntariados solidarios les permiten reclutar jóvenes que no se acercarían a participar de las actividades político-partidarias del comité, pero que, a través de estas actividades –con personas que viven en la calle, en hospitales, hogares de niños o centros de jubilados- terminan entrando en contacto con el partido, vinculándose con sus militantes y, ocasionalmente, militando o afiliándose a la UCR. Muchos de estos jóvenes son estudiantes de la UBA acercados a los voluntariados por militantes del comité que participan en las agrupaciones estudiantiles radicales. A su vez, la figura de la asociación sin fines de lucro les permite recibir aportes estatales o donaciones de particulares y empresas que, como comités partidarios, no podrían recibir legalmente. Con estas palabras nos explican algunos militantes de la JR esta innovación en las prácticas de sus comités:
Acá [en el comité de] Colegiales hay una ONG, que no necesariamente si vos participas de la ONG tenés que estar en la política pero es en actividades sociales, Colegiales Solidario, entonces hacen clases de apoyo gratuitas, teatro infantil, cosas así, de índole más social que político, mucha gente de la que participa ahí no está en política, y no se obliga a nadie a estar afiliado (…) Es darle otro sentido más allá del comité, del local político. – Claudio, JR.
El voluntariado tiene eso, hay gente que se suma, y algunos capaz que se terminan afiliando, sin ser muy radicales porque les gustó la labor, se llevaron bien con los militantes, se termina afiliando y participando de más cosas. Para una actividad solidaria, noble, me parece que está mal decirles te tenés que afiliar, no podés participar porque no sos radical. – Alberto, JR.
Mientras, como veremos más adelante, este tipo de prácticas son experimentadas con naturalidad y comodidad por los militantes de JPRO, que pueden articular su militancia partidaria con otros bagajes de experiencias extrapartidarias en el mundo de los voluntariados, para los militantes de la JR, que establecen otro vínculo con el partido y con la política, la estrategia de los voluntariados es, también, una fuente de tensiones. En primer lugar, porque denota el fracaso del partido y de sus comités para reclutar e interpelar a otros jóvenes desde la identidad y las tradiciones políticas del radicalismo. En segundo lugar, porque esos jóvenes que se acercan a participar a los voluntariados son reacios a incorporarse al partido y fuerzan a las y los militantes a ocultar sus propósitos políticos, lo que es experimentado con cierto malestar. Y, en último lugar, porque muchas de las prácticas de voluntariado en villas de la CABA, entran en tensión con lo que algunos militantes identifican como el “radicalismo villero”, es decir, las experiencias históricas de apertura de comités en villas, donde los residentes de esos barrios eran militantes radicales y no sujetos de la asistencia por parte de militantes radicales devenidos en voluntarios. Un militante de un comité que tiene su ONG solidaria nos cuenta así estas tensiones con los voluntarios no partidarios:
Es gente que tiene una visión de la política muy negativa, lamentablemente. Cuando nosotros les pedimos que se afilen, nos miran mal, les pedimos que nos den una mano con esto, nos miran mal, piensan que nosotros lo hacemos por conveniencia, entonces es difícil saltar ese puente y decir ‘bueno, nosotros hacemos esto porque para cambiar la realidad no alcanza con una ONG sino que hay que hacer política’. La gente no tiene esa visión de las cosas, entonces, ven en forma negativa que nosotros pidamos el voto, que pidamos que nos den una mano con una actividad, que pidamos que se afilien, que pidamos que convenzan. Cuando uno hace eso lo tratan a uno de cínico, cuando la gente tiene que entender que vivimos en un sistema democrático, sostenido en los partidos políticos y que la forma de participar es con los partidos políticos. – Fermín, JR.
En suma, si bien las y los militantes de la JR reconocen la relativa efectividad de los voluntariados para atraer jóvenes a los comités o al radicalismo, también los perciben como una renuncia a su quehacer estrictamente político y a su identidad partidaria, es decir, como el fracaso al mismo tiempo de la política y del radicalismo para atraer jóvenes a sus espacios desde sus propios lenguajes y fines.
Las acciones de campaña de JPRO en el territorio: proximidad y puesta en escena
Fuera del repertorio de los voluntariados que, como argumentaremos aquí, constituye el tipo de acción en el territorio más significativa y distintiva de la militancia juvenil del PRO de la CABA, las y los militantes de JPRO participan de diversas acciones territoriales en tiempos de campaña electoral. La más difundida de ellas -compartida por casi todos los partidos políticos de la CABA- consiste en la distribución de mesas en las esquinas de la ciudad, todos los sábados desde la mañana hasta el mediodía o las primeras horas de la tarde, en las que se reparten folletos y boletas electorales. Cada una de estas mesas, que generalmente se ubican de a tres por esquina, cuenta con una sombrilla de color amarillo, naranja, rojo, verde y azul, con la inscripción del logo partidario y la frase “La ciudad nos une” [9]. Atados a cada sombrilla cuelgan los globos de colores, convertidos en un ícono de las campañas del PRO, que también llevan la inscripción del logo partidario y el slogan de campaña “Juntos se puede”. Las y los militantes, en grupos de cinco o seis, llevan en algunos casos remeras de distintos colores (los mismos que las sombrillas y los globos) que dicen “Jóvenes PRO” y “Podés pensar distinto”. Reparten los folletos de campaña, las boletas de los candidatos y los globos. En los casos en los que los transeúntes se detienen a conversar, escuchan y responden preguntas, reciben reclamos y se convierten en receptores de mensajes dirigidos a los funcionarios. Una variante de este tipo de actividades se desarrolla en las puertas de los hipermercados y los shoppings, y en la boca de las estaciones del subte. Lo que vuelve a estas actividades plenas de sentido para la militancia de JPRO es justamente que, como nos dijo un militante, “no es estar repartiendo el folleto tipo promotor”, sino que les permiten sentir que ponen en práctica una idea de la política entendida como “estar cerca de la gente”.
Dentro de la distribución del trabajo de campaña, la militancia de JPRO es la encargada de capturar el “voto joven”. A las y los jóvenes no se los busca por las calles los sábados por la mañana, sino en eventos nocturnos durante los fines de semana, especialmente, en bares y locales bailables en la zona de Cañitas, Palermo y Plaza Serrano, y en recitales masivos. Allí, en lugar de los típicos volantes de campaña, distribuyen un “merchandising más amigable” para el “segmento joven”: púas, pulseritas de plástico, pines, etc. Como señalamos en un capítulo anterior, la juventud a la que el PRO busca interpelar con este tipo de estrategias es una juventud despolitizada, que se presupone indiferente al discurso político.
Posiblemente, la acción de campaña más saliente y distintiva del PRO sean los “timbreos”, en los que militantes, candidatos, funcionarios y empleados públicos salen a las calles a tocar el timbre de casas particulares y a escuchar opiniones o reclamos de vecinos. Se trata de una práctica iniciada durante el primer gobierno de Mauricio Macri en la CABA que, en sus comienzos, se limitaba a asuntos de gestión y que, más adelante, se convirtió también en una estrategia de campaña. En un primer tipo de timbreos, conocidos en el PRO como “timbreos de gestión”, las diversas áreas del gobierno de la CABA salen a las calles con sus empleados, identificados con pecheras y en horario laboral, a tocar timbres para promocionar políticas públicas como la separación de residuos, dar seguimiento a reclamos de vecinos o simplemente pedirles su opinión sobre la gestión de gobierno. En palabras de un entrevistado, empleado público adherente al PRO que participó durante muchos años de estos timbreos, el objetivo es “alejar esa visión de que el Estado es una oficina lejana, que el vecino se sienta escuchado”. Este formato se convirtió, a partir de la campaña de 2013, en una de las acciones más distintivas de la militancia del PRO también en tiempos electorales. En los “timbreos de campaña”, quienes participan no se presentan como empleados del gobierno sino como parte del “equipo” de Horacio (Rodríguez Larreta) o de Mauricio (Macri). Si bien se trata de timbreos puramente proselitistas, la organización es similar a la de los timbreos “de gestión”: el partido pide a las distintas áreas del gobierno que aporten empleados para este tipo de actividades y los funcionarios se encargan de reclutar “voluntarios” dentro de sus carteras, que son distribuidos en los barrios en función de las necesidades de la campaña y no de sus lugares de residencia o militancia. Una vez en el barrio designado forman grupos de dos personas, se les asignan algunas manzanas a recorrer, se les entregan boletas electorales para repartir y algún material con información sobre el barrio, las obras públicas realizadas recientemente y otros lineamientos de comunicación. Otros timbreos de campaña -muchas veces pautados de antemano y destinados a ser filmados o fotografiados y subidos en las redes sociales- son protagonizados por candidatos y dirigentes, acompañados también por militantes y voluntarios[10]. A partir de 2015, los timbreos se convirtieron en una práctica regular durante períodos no electorales, en los conocidos como “timbreos nacionales”, realizados periódicamente los sábados en forma simultánea en distintas localidades del país. Si bien los timbreos buscan mostrar escenas de diálogo espontáneo, dando cuenta de la capacidad de escucha de funcionarios y militantes, se trata de prácticas organizadas de un modo centralizado, desde la estructura del Estado y con lineamientos muy precisos respecto a cómo deben ser fotografiados y compartidos en las redes sociales, de qué modo presentarse ante los vecinos o qué respuestas darles.
Otro conjunto de acciones de campaña en el territorio son las actividades de “acompañamiento”, en las que la militancia es convocada a estar presente en las apariciones callejeras de los candidatos, es decir, a estar con los candidatos cuando éstos están con la “gente”. Así, mientras el candidato recorre las calles de un barrio, come en una tradicional pizzería, saluda a vecinos en una plaza o hace compras en un mercado de frutas y verduras, un grupo de militantes participa de la recorrida y garantiza una base de apoyo propio durante toda la actividad. Algunas de estas actividades buscan escenificar la cercanía con la ciudadanía a partir de recrear situaciones de diálogo e intercambio hogareño. La primera de ellas es conocida en el PRO como el “living” y consiste en montar una suerte de living de casa en una esquina, con sillones, una mesa ratona, varios puffs y unos paneles de colores con la leyenda “Nosotros te oímos”. En estos livings, los candidatos y otros funcionarios de gobierno se sientan a charlar entre ellos y con las personas que pasan, mientras toman mate y comen bizcochos de grasa o facturas. Los militantes generalmente participan como auditorio para este living de candidatos, y reparten folletos a los transeúntes. Otra de estas actividades que escenifican un diálogo íntimo entre los candidatos y la ciudadanía son las “reuniones de té” que, a diferencia de los timbreos, son encuentros programados en casas de familias, hogares de ancianos o clubes de barrio, a pedido de los simpatizantes, quienes deben proporcionar el lugar de reunión y una audiencia lista para recibir a los candidatos. Nuevamente aquí, las y los militantes acompañan u organizan los encuentros, que no tienen valor en sí mismos -porque su impacto electoral es mínimo y están dirigidos a simpatizantes partidarios- sino en tanto son fotografiados o filmados y subidos a las redes sociales como una muestra de cercanía de los candidatos con el ciudadano común y de predisposición a escuchar sus problemas.
La militancia de JPRO es convocada, también, a asistir a las inauguraciones de obras públicas, que durante la campaña de 2013 se transformaron en espectáculos de baile y música, a partir de la introducción de grupos de flashmob, esto es, de grupos de bailarines que despliegan, en forma disruptiva y en el espacio callejero, una coreografía sincronizada, para repentinamente dispersarse. La introducción de un imaginario festivo, de espectáculo y de diversión en un acto institucional de gobierno, en el que los funcionarios bailan y hablan con micrófonos inalámbricos como conductores de TV, es interpretado por la militancia juvenil del PRO como una impugnación a ciertos rituales, códigos y símbolos de la “vieja política”.
Los locales partidarios, centrales para la militancia radical, ocupan un lugar marginal en el PRO. Si bien el partido cuenta con algunos locales partidarios propios, estos suelen tener muy poca actividad fuera de los períodos de campaña. Algunos, de hecho, son alquilados exclusivamente durante estos períodos. Por lo general, son utilizados para guardar materiales de campaña (sombrillas, mesas, volantes, banners, etc.) y facilitar la logística de las actividades proselitistas en la zona. Durante los años en los que realizamos nuestro trabajo de campo, muchas de las actividades oficiales de JPRO -además de realizarse en la sede central del PRO o en la Fundación Pensar- tuvieron lugar en auditorios alquilados, clubes barriales, bares y espacios públicos. La idea generalizada en la militancia de JPRO es que los locales partidarios son instituciones lejanas a las nuevas generaciones y al tipo de política que el PRO predica. Así nos lo explica un dirigente juvenil con el que conversamos:
Hoy suma, me parece a mí, cien veces más un buen tweet o una buena entrada o un buen post que un local partidario. Porque, la verdad, yo no imagino a nadie que tenga, de nuestra generación, ganas de averiguar cómo sumarse al PRO que averigüe cuál es su local partidario más cercano (…) tenemos algún local partidario pero no como el lugar a donde está abierto de 9 a 18 esperando que haya alguien que se acerque a sumarse. Nos parece que el joven que quiera sumarse va a poner Jóvenes PRO en Google y o va a buscarnos en Twitter o va a buscar nuestro Facebook o nos escribirá un mensaje. – Lucas, JPRO.
Así, los locales partidarios no cumplen funciones relevantes en la vida interna del partido, no están inscriptos en su cultura o identidad política, ni desempeñan un papel como ámbitos de sociabilidad partidaria o de reclutamiento. Allí donde no se trata de locales puestos al servicio de la logística de las campañas o de reuniones esporádicas, los locales partidarios son un recurso político personal de ciertos dirigentes que llegaron al PRO con un capital territorial propio en determinado barrio de la ciudad, y buscan mantenerlo y hacerlo valer dentro del partido. Estos locales conservan lógicas “tradicionales” de la política allí donde se las juzga más efectivas, generalmente en los barrios socialmente más desfavorecidos de la ciudad, y suelen llevar el nombre y la foto del dirigente al que responden y, en algunos casos, también la de Mauricio Macri. La mayoría de estos locales son propiedad de dirigentes provenientes o vinculados, de algún modo, al peronismo porteño. A diferencia de lo que señalamos respecto a los comités barriales del radicalismo, los locales del PRO no llevan nombres referentes a acontecimientos o líderes políticos históricos. Cuando tienen algún nombre es el del dirigente propietario del local o el de alguna agrupación interna como “Propuesta Peronista”. Estos locales directamente vinculados a dirigentes o referentes partidarios con peso territorial, cuyas marquesinas se ocupan de explicitar esta pertenencia con fotos y nombres propios, se diferencian de un puñado de locales partidarios de estética sobria, sin nombres propios ni de agrupaciones internas, que llevan los colores, logotipos y tipografías oficiales del PRO o Vamos Juntos (la alianza electoral de 2017 con la CC-ARI), seguidos del nombre de la comuna[11].
En suma, las acciones territoriales de las que participa la militancia juvenil del PRO en tiempos de campaña se encuentran fuertemente articuladas con las estrategias de comunicación del partido. Se trata de acciones desarrolladas a partir de manuales de estilo, procedimientos y pautas estéticas en las que las y los militantes tienen poca o nula capacidad de intervención y que se encuentran más orientadas a su difusión que al trabajo territorial por sí mismo. Como mostraremos a continuación, el repertorio de acción de los voluntariados solidarios se vincula, en cambio, de un modo más significativo con las experiencias y los mundos sociales de pertenencia de estos militantes. Se trata de repertorios que las y los militantes traen como parte de sus acervos de experiencias previas, que ponen en valor, resignifican y reformulan en el contexto de su militancia partidaria. Para comprender el lugar que ocupan estas prácticas dentro de la militancia de JPRO debemos remontarnos, primero, a los ámbitos de sociabilidad –del mundo católico- de estos jóvenes, allí donde muchos de ellos remiten su despertar político y la adquisición de ciertos marcos interpretativos y saberes prácticos que ponen en juego en –y conjugan con- la militancia del PRO.
La política como vocación. Voluntariados católicos y politización en JPRO
La participación habitual en voluntariados solidarios de instituciones católicas (escuelas secundarias y parroquias de sectores medio-altos y altos de la CABA y su área metropolitana) aparece, en las narrativas de las trayectorias de una porción significativa de las y los militantes de JPRO entrevistados, como aquella instancia en la que comenzaron a interesarse por la política y vislumbraron una “vocación” que tiempo después realizarían a través del ingreso a la militancia partidaria. A su vez, se presenta como una experiencia relevante en la configuración de sus visiones acerca de la política, y en el desarrollo de un sentido de pertenencia y familiaridad hacia el PRO. Además, como mostraremos en la sección siguiente, el impacto de la sociabilidad en voluntariados católicos va más allá de lo individual y nos permite entender cómo se configuran visiones, formas de reclutamiento y repertorios de acción territorial en esta organización juvenil[12].
En primer lugar, como estas prácticas de voluntariado solidario (también conocidas como “misiones”) se desarrollan en localidades alejadas de los grandes centros urbanos del país o en distritos del conurbano bonaerense socialmente desfavorecidos, suelen ser relatadas por las y los militantes como sus primeras experiencias de contacto con una realidad social ajena a su entorno cotidiano y, a partir de allí, de descubrimiento de una vocación por lo público. Son las y los militantes quienes señalan una conexión entre las misiones y la militancia, y cuando se les pregunta cómo fue que comenzaron a interesarse por la política, quienes participaron de estos ámbitos suelen iniciar el relato con estas prácticas. Así, quienes participaron de misiones durante la escuela secundaria, lejos de sus casas y de sus entornos sociales por varias semanas, describen la experiencia “chocante” –en palabras de una militante entrevistada- del contacto de primera mano con la pobreza como el desencadenante de una sensibilidad social que, desde la reconstrucción post-facto, les permite explicar y legitimar su ingreso a la política partidaria.
Sin embargo, al mismo tiempo, la entrada a la militancia partidaria implica una ruptura con los voluntariados, puesto que es a partir de un desencantamiento respecto a la eficacia y al impacto de estas prácticas que comienzan a interesarse por participar activamente en un partido político, como forma de satisfacer esa “vocación” y dar “un paso más” que pone al Estado en el centro de la escena, reconociendo la necesidad de disputar el poder público en manos de la “vieja política” para hacer posible el ingreso de personas ajenas a ese mundo y por ello mismo capaces de terminar con sus prácticas “corruptas”. Un dirigente juvenil, con una trayectoria previa en los voluntariados católicos, justifica así el salto a la política partidaria y, posteriormente, a la gestión pública:
No alcanza con el voluntariado. Yo, cuando veo que salen los micros de [la ONG] “Un Techo para Mi País” desde el [Colegio] Champagnat, y van millones de pibes ¿Sabés lo que haría con estos pibes, con estos millones de pibes? Los pondría a trabajar en [el Ministerio de] Desarrollo Social… ‘che, muchachos, ¿quieren hacer algo por la gente?, vayan a dedicarle el tiempo, no digo que vayan todos a Desarrollo Social, pero digo, métanse a los lugares donde necesitamos jóvenes, donde necesitamos energía, el Estado necesita esa energía, el Estado no es malo, necesita gente buena.’ – Gerónimo, JPRO.
Desde una mirada retrospectiva, la entrada en la militancia es relatada como una superación de los voluntariados, como dar “un paso más” -de la intervención local, inmediata y de corto plazo a la intervención global, mediada y de largo plazo propia de la acción estatal- o bien como “otra forma de misionar”, en la que, a través de “ayudar a la gente”, se realiza también una “vocación de servicio”. En ambos casos, sin embargo, las experiencias en misiones y voluntariados católicos ocupan un lugar relevante en la justificación moral que dan los mismos militantes sobre su entrada a la política.
Por otra parte, la familiaridad entre el mundo del voluntariado y el PRO, resultado de experiencias de sociabilidad y procesos de socialización compartidos, es decir, de cierta homogeneidad sociocultural entre su núcleo de militantes juveniles, y entre ellos y algunos de sus dirigentes mayores, favorece la sensación de comodidad y complicidad casi inmediata de los nuevos ingresantes, posibilitando el desarrollo de un compromiso y un sentido de pertenencia en JPRO. El relato de esta militante ilustra claramente este efecto de familiaridad que produce el ingreso a JPRO entre quienes llegan desde los voluntariados:
Los Jóvenes PRO estaban organizados en diferentes secretarías y una de ellas era la Secretaría de Acción Social y a mí lo social me apasiona, de toda la vida, desde el colegio siendo misionera, después en la Iglesia del Pilar, siempre. Y dije: ‘¡bueno, es mi lugar!’ (…) Me metí en política porque me gusta dar, me gusta ayudar y creo que encontré un canal a través del cual lo puedo hacer, y el espacio éste lo sentí como familiar, me sentí cómoda (…) Para mi no es un trabajo, no es un laburo, no es que yo vengo acá, cumplo con un horario, cobro cada fin de mes o a principio, sino que es un canal a través del cual puedo canalizar mis ganas de dar y de ayudar, y yo lo encontré acá (…) No me veo en otro partido, acá me siento como en casa. – Mariela, JPRO.
De este modo, encuentran en JPRO un ámbito donde poner en juego aquellos saberes, valores y repertorios de acción adquiridos en los voluntariados. Como mostraremos en la sección siguiente, algunas de las actividades de JPRO evocan la figura de los voluntariados solidarios y permiten a sus militantes poner en valor sus experiencias en estos ámbitos, encontrando en la organización juvenil del partido un espacio donde esas prácticas pueden ser capitalizadas, es decir, donde ciertas destrezas y ciertos modos de hacer ligados al mundo de los voluntariados adquieren un valor y un sentido político.
Asimismo, existe una interesante afinidad entre la concepción de la actividad política que propone el partido desde sus dirigentes, el discurso de la Iglesia Católica respecto al lugar de la política en la vida social, y la socialización de las y los militantes en voluntariados católicos, sin que se trate de una característica exclusiva de este espacio político. En una charla titulada “Los jóvenes y el compromiso ciudadano. Los desafíos de ser cristiano en la política”, a la que asistimos en junio de 2015, organizada por la agrupación “La Macacha”[13] en una institución católica del barrio porteño de Belgrano, un dirigente juvenil de ese espacio narró en estos términos su despertar político y su ingreso a la militancia, conectando visiones propias del quehacer social y religioso católico con su concepción de la práctica política en el PRO:
Mi comunidad parroquial fue fundamental, ahí aprendí a entregarme al otro, ahí aprendí que tenía la capacidad de brindar cosas a los demás (…) Estuve misionando dos años en Chaco, en la Provincia de Buenos Aires, en Entre Ríos, y siempre estaba en mí este deseo de entregarme a los demás (…) Fui a distintas provincias de la Argentina donde veía una realidad muy dura, gente que no tenía lo más básico para su dignidad (…) y ahí me cuestionaba un poco que podía ser la política que a veces estaba ausente de ciertas realidades, donde yo dije ‘esto es necesario’, pero la política para mí era un embole, no quería saber nada (…) Estamos llevando hace años esta tarea de una militancia política con una premisa, que siempre nos enseñó y que la hicimos carne, que es entender la política como un medio y no como un fin, la política al servicio de la gente (…) Escuchamos al mismo Papa, no solo Francisco sino Juan Pablo II en su momento también, que nos invitaban siempre al desafío de involucrarnos en la política”
Nos encontramos aquí con que las y los militantes de JPRO movilizan marcos interpretativos adquiridos en su sociabilidad en instituciones católicas y en sus experiencias como voluntarios y misioneros, para pensar aquello que hacen ahora dentro del partido, donde estas visiones se conjugan con una serie de nociones enmarcadas en la idea de una “nueva política”. Así, concepciones de la política como “un servicio a la gente”, o que el PRO hace una “política de servicio” o una “política de proximidad”[14], se formulan en contraposición con una noción de “vieja política”, entendida como una política al servicio de los mismos políticos, dominada por “dogmas ideológicos” y tradiciones políticas que habrían perdido toda vigencia y no harían más que obstaculizar la solución de los problemas concretos[15].
A imagen y semejanza. La configuración de repertorios de acción territorial, estrategias de reclutamiento y formas de socialización política en JPRO
El impacto de las misiones y voluntariados católicos no se agota en la relevancia que los mismos militantes que participaron de éstos les atribuyen en el “despertar” del interés por los asuntos públicos y el desarrollo, luego, de un sentido de pertenencia en JPRO, sino que la experiencia en estos ámbitos les provee de un acervo de recursos que la organización partidaria reactualiza y resignifica en un nuevo contexto.
En consecuencia, nos encontramos con que dentro del partido se reproducen ciertas prácticas solidarias afines a las de los voluntariados pero que funcionan, por un lado, como medios para la formación y la socialización política de sus militantes, y, por el otro, se reconfiguran como prácticas proselitistas en el territorio orientadas a los sectores populares y, en algunos casos, se combinan y confunden con acciones gubernamentales de las áreas de inclusión social del gobierno de la CABA. Asimismo, las acciones solidarias dentro de JPRO adquieren una función de reclutamiento de nuevos militantes y son una de las estrategias utilizadas para la expansión de la organización juvenil a nivel nacional.
Veamos, en primer lugar, cómo desde JPRO se replican experiencias similares a las de los voluntariados y misiones solidarias con el objetivo explícito de socializar a sus militantes en ciertos repertorios y visiones del mundo. Algunas de estas actividades, que forman parte de un “Programa de Formación en Valores”, consisten en viajes desde la CABA y otras ciudades del país a localidades rurales empobrecidas, y combinan objetivos propios de un voluntariado solidario con objetivos de formación política, a partir del contacto con esos otros sociales desfavorecidos y con sus condiciones de vida.
Con la idea de replicar una experiencia de socialización política vivida por algunos militantes, pero esta vez orientada a la formación de cuadros políticos como parte de la “formación en valores”, la agrupación juvenil del PRO organizó en 2014 la actividad “Juntos caminemos la realidad para transformarla”, en la que militantes de la CABA y otros centros urbanos, viajaron a Santiago del Estero para colaborar con el hogar infantil de una ONG. La actividad se proponía, más allá de su finalidad solidaria inmediata, provocar un efecto sensibilizador entre su militancia, al mismo tiempo que proporcionarles un conocimiento de la realidad social y política de localidades rurales del interior del país. Una dirigente de JPRO, con experiencia previa en voluntariados solidarios, describe en estos términos la actividad y sus propósitos:
En la Secretaría de Formación en Valores de Jóvenes PRO a nivel nacional (…) armaron un viaje, [del] que vinimos hace dos semanas, a Añatuya en Santiago del Estero (…) estuvimos 5 días como voluntarios de la Asociación Civil “Haciendo Camino” de Catalina Hornos (…) Fuimos desde Jóvenes PRO, pero fuimos como voluntarios, o sea, nunca fuimos a hacer política con la remera de Jóvenes PRO y las banderas a sacarnos la foto, porque creemos que para ser líderes políticos, que es lo que nosotros aspiramos en algún momento, tenés que primero conocer la realidad. El programa se llama “Juntos caminemos la realidad para transformarla”. Tenés que saber lo que está pasando en el país y no solo en tu barrio o en tu lugar, y tenés que verlo con tus propios ojos (…) Es un programa de formación para nosotros, para formarnos en valores y en conocer nuestra realidad, para después no hablar tocando de oído. – Alejandra, JPRO.
Este tipo de actividades, tomadas de un repertorio práctico y discursivo propio de los voluntariados solidarios y las misiones que muchos de los y las militantes manejan como parte de un acervo ligado a su experiencia personal, cumplen funciones que exceden la realización de un ideal de la política entendida como “un servicio para la gente” y que van más allá del mero voluntariado solidario. La visita a la localidad de Añatuya en la Provincia de Santiago del Estero, a la que hemos hecho referencia, no sólo estuvo destinada a ayudar a un hogar de niños, sino que explícitamente se insertó en un programa de formación política de JPRO, e incluyó, además, la oportunidad para articularse con una ONG que les facilitó el acceso a estos territorios y poblaciones distantes de los circuitos de sociabilidad habitual de la militancia de JPRO de la CABA. Al mismo tiempo, les permitió a los militantes más experimentados de la CABA compartir saberes y prácticas con miembros de organizaciones juveniles provinciales del partido, de creación más reciente, que también participaron de la acción solidaria.
Al mismo tiempo, en el marco de la campaña presidencial de 2015, este tipo de visitas a otras provincias incluyeron reuniones con nuevos militantes de las incipientes organizaciones juveniles en distritos en los que la implantación del PRO como partido nacional era reciente y débil. Así, las y los militantes porteños aprovecharon esos días de “voluntariado” para fortalecer la expansión nacional de la organización juvenil del partido, tanto como para imprimirle su marca de origen.
En una reunión sobre “voluntariados solidarios”, a la que asistimos en julio de 2013[16], realizada en la Fundación Pensar (el think tank del partido) por militantes juveniles del PRO, pudimos informarnos acerca de otras actividades que conjugan militancia partidaria, gestión pública y voluntariado solidario. Se trata de proyectos gubernamentales abiertos a la participación de voluntarios que lleva adelante la Secretaria de Hábitat e Inclusión Social de la CABA en barrios populares de la ciudad. Así, por ejemplo, se organizan “pintadas” colectivas (Proyecto “Pintando Buenos Aires”) de las fachadas de las casas de estos barrios con el objetivo de “contagiar ganas de vivir bien”, convocando a militantes y voluntarios a participar de acciones implementadas por este organismo estatal, que remiten más a acciones propias de una ONG que a la realización de obras públicas por parte de una dependencia estatal cuya misión institucional es, entre otras, la urbanización de los asentamientos precarios de la ciudad. Otras actividades de esta área gubernamental, como los proyectos de “Deporte inclusivo” o de “Sensibilización ambiental”, sirven también como oportunidades para que los militantes de JPRO se acerquen a las villas adquiriendo un conocimiento de sus territorios y dinámicas políticas, presentadas por los mismos militantes como “difíciles” y poco conocidas.
Nos encontramos aquí ante una visión de ese otro social concebido no como un sujeto a ser activado políticamente (y que puede ser reclutado como militante del PRO) sino como un sujeto definido por su carencia material y simbólica, que necesita ser ayudado. Por lo tanto, estas iniciativas de voluntariado se encuentran orientadas a la inclusión entendida como una transferencia de conocimiento desde el Estado y los militantes-voluntarios hacia los pobres. Uno de los programas, por ejemplo, consiste en llevar a los niños y niñas de estos barrios a conocer distintos lugares de Buenos Aires utilizando el transporte público, de modo que se les habilite el conocimiento de moverse solos por la ciudad. En otro de los programas, se organizan pintadas comunitarias de graffitis, para que las y los jóvenes pobres estén –en palabras de uno de los presentadores de la charla- “haciendo arte en lugar de estar fumando paco [pasta base de cocaína] y chupando alcohol en las esquinas”. Del conjunto de las propuestas de voluntariado presentadas en esta reunión, fueron las actividades de “deporte inclusivo” -en las que se dan clases de tenis, ajedrez y rugby a niños, niñas y mujeres- las que despertaron mayor interés entre la militancia de JPRO. Mientras el fútbol, deporte practicado cotidianamente en estos barrios populares es explícitamente descartado por los organizadores de los voluntariados, el rugby -deporte practicado por muchos de estos militantes y que en Argentina se encuentra asociado a sectores sociales medio-altos y altos[17]– se presenta en este programa de voluntariado como una práctica social y moralmente reconstituyente que los militantes juveniles del PRO están en condiciones de transmitir a los niños pobres de estos barrios.
Al mismo tiempo, JPRO se vale de las acciones territoriales y del formato del voluntariado solidario como una forma de reclutar nuevos militantes, especialmente aquellos que no se sienten inmediatamente atraídos por el mundo de la política, sino que buscan canalizar un deseo de participación, encontrando en el PRO un espacio análogo, en esta primera instancia de acercamiento, al de una ONG solidaria. Así, la realización de actividades solidarias en las que el carácter partidario aparece como diluido o implícito, resulta una estrategia eficaz de reclutamiento entre jóvenes de sectores medios y altos más familiarizados con la participación en voluntariados que con el mundo de la política partidaria, que se muestran renuentes a la militancia pero “cómodos” con el grupo y con el tipo de actividades a las que son convocados. Un dirigente juvenil con el que conversamos nos explica la relevancia de las actividades solidarias como estrategia de reclutamiento de nuevos militantes en JPRO:
Con la excusa de Acción Social sumaba mucha gente a ese trabajo, que además es uno de los trabajos que más acerca a la gente a militar, eso te lo puedo asegurar (…) A la mayoría de los jóvenes les interesa ayudar, el tema es que no saben dónde canalizarlo, muchos sienten que hay organizaciones que no las conocen, entonces no saben si lo que aportan desaparece, entonces conocer a una persona que a vos te da confianza, como era mi caso, porque eran amigos míos… entonces el laburo social va más allá de cualquier bandera partidaria. Cuando yo invitaba gente a participar en una villa, en un comedor o ir a los hogares de niños a compartir los cumpleaños con los chicos (…) eso te mueve más allá del partido (…) Mucha gente me decía: ‘mirá a mi no me gusta el PRO, pero te voy a ayudar acá’, pero después naturalmente terminaba gustándole el PRO y se hacían del grupo, entonces Acción Social hizo sumar a mucha gente. – Javier, JPRO.
Así, JPRO implementa acciones solidarias en el marco de sus actividades de militancia como un mecanismo de reclutamiento de nuevos militantes especialmente orientado a jóvenes distantes de la política pero cercanos a ámbitos de sociabilidad en los que las prácticas de voluntariados y las misiones son una actividad familiar y valorada positivamente, mientras que la militancia política es experimentada con cierta distancia y desconfianza. De este modo, logran “acercar” a jóvenes que rápidamente encuentran en los grupos de militancia de la organización un ámbito afín socioculturalmente, en el cual desarrollan un compromiso político compatibilizable con sus sentidos prácticos.
En una charla a la que asistimos en junio de 2013, brindada a militantes de JPRO por el entonces Ministro de Educación de la CABA, Esteban Bullrich, este dirigente partidario dio una serie de consejos y propuestas para el trabajo militante de la campaña de ese año. Así, frente a la pregunta acerca de cómo convocar e interpelar a los jóvenes ante la implementación por primera vez del voto no obligatorio para los mayores de 16 años, Esteban Bullrich sugirió que antes que los actos partidarios o el discurso político-ideológico, son las actividades solidarias, como ir a pintar un colegio, las que más atraen a ese grupo generacional. En este sentido, el dirigente del PRO invitó a la militancia a realizar este tipo de actividades como una forma de incentivar la participación juvenil en el partido, y a pensar en qué casos convenía hacerlo bajo una identificación partidaria y cuándo podía ser mejor “sacarse la camiseta” o identificarse como parte de un espacio no inmediatamente asociado al PRO como, por ejemplo, la Fundación Pensar. Esto da cuenta de cómo, tanto entre la militancia como entre la dirigencia, este tipo de prácticas no sólo forman parte de un repertorio de acción adquirido en la propia experiencia en voluntariados y misiones, sino que ha sido incorporado reflexivamente a la vida partidaria como un instrumento mediante el cual -como señalamos en el caso de los programas de “Formación en valores” respecto a la socialización política- se pretenden replicar ciertas vías de llegada a la militancia a través de la participación en acciones solidarias, que luego derivarían en una politización e interés por la militancia partidaria. Una entrevistada que se interesó por la militancia luego de haber participado en este tipo de acciones realizadas dentro de JPRO, describe en estos términos su entrada a la política:
Empecé a ver las actividades que ellos hacían [en Jóvenes PRO], de repartirle comida a la gente que no tenía casa ni nada, a pintar clubes de barrio, a ayudar a la gente y todo, y esas eran las actividades que a mi me gustaban y dije ‘bueno, no es tan malo’, porque uno siempre dice ‘política es una palabra mala’, y dice ‘no, no me pienso meter en la política, son todos corruptos, no hacen nada para ayudar’, y yo estaba en ese pensamiento. – Estefanía, JPRO.
Resulta significativo, además, que el partido haya implementado campañas de reclutamiento de militantes o adherentes bajo el formato de un voluntariado en el que la adscripción al partido no era explícita y en el que la figura del militante era reemplazada por la del voluntario. Así, el Programa “Yo estoy” buscaba reclutar voluntarios para actividades solidarias, al mismo tiempo que se proponía conseguir simpatizantes dispuestos a participar activamente de las campañas, a afiliarse en nuevos distritos electorales o a participar de charlas con dirigentes del partido. De un modo similar, en la campaña de 2015, el PRO implementó el programa “Voluntarios del cambio” utilizando la idea del voluntario en lugar de la del militante para reclutar personas dispuestas a participar activamente en las tareas de campaña, pero reacias a definirse como militantes de un partido político. Como veremos en el siguiente capítulo, fue también a través de los voluntariados “Yo Estoy” que el PRO desembarcó en algunas facultades de la UBA, invisibilizando su pertenencia partidaria y mimetizándose con un formato más cercano al de las ONG que al de las agrupaciones estudiantiles de la universidad.
En suma, en este capítulo hemos analizado un amplio y diverso espectro de prácticas a las que hemos agrupado bajo el rótulo de militancia territorial. Hemos podido mostrar que la militancia territorial de la juventud radical se reproduce en torno a los comités barriales, cuya relevancia en la competencia intrapartidaria, la construcción de carreras militantes y redes internas, así como en el sostenimiento de la cultura e identidad radical, permite comprender su supervivencia, aún cuando no cumplan con los propósitos electorales con los que nacieron un siglo atrás. Es, entonces, la vitalidad interna de la organización la que permite que estas formas de militancia sobrevivan en el radicalismo. En el PRO, en cambio, más allá de los repertorios de campaña altamente profesionalizados en los que la militancia cumple tareas auxiliares, nos encontramos con que es en ámbitos de sociabilidad extrapartidarios del mundo católico donde se arraiga su repertorio territorial más distintivo, el de los voluntariados solidarios. Recuperando estas experiencias de sociabilidad, JPRO se nutre de repertorios que resignifica y pone en juego con propósitos partidarios. En el capítulo siguiente, nos ocuparemos de otros repertorios: los que estas militancias juveniles llevan a cabo en los centros de estudiantes de las universidades.
- Lichtmajer (2010, 2011) estudia los comités radicales en la provincia de Tucumán de los años cuarenta, mostrando su relevancia como espacios de sociabilidad, sus conflictos con las autoridades partidarias y su debilitamiento ante el surgimiento del peronismo. Otros trabajos sobre la historia y los orígenes del radicalismo como los de Rock (1972, 2001), Alonso (2000), Persello (2004), Ferrari (2007) o Horowitz (2007) señalan la relevancia de estos ámbitos en las primeras décadas de la UCR. Los estudios sobre los comités radicales avanzado el siglo XX son escasos. Pedrosa (2004, 2005), en sus trabajos sobre la organización informal de la UCR entre 1983 y comienzos de los 2000, destaca la importancia de los comités en el establecimiento de redes informales dentro del partido, así como en la socialización política de su militancia. En otros partidos, algunos trabajos han estudiado las prácticas en las “unidades básicas” del primer peronismo (Acha, 2004; Quiroga, 2008) y sus transformaciones durante los noventa (Auyero, 1997, 2001; Levitsky, 2003). Otros trabajos se han ocupado de espacios homólogos en el Partido Socialista (Gutiérrez y Romero, 1989; Romero y Gutiérrez, 2007; Pérez Branda, 2011) y el Partido Comunista (Camarero, 2011) a comienzos del siglo XX.↵
- Para una discusión sobre el vínculo histórico del radicalismo y las clases medias en su dimensión discursiva e identitaria se recomienda leer a Adamosvsky (2009) y en su dimensión electoral a Lupu y Stokes (2009).↵
- Las comunas son las unidades descentralizadas de gestión política y administrativa en las que se encuentra organizada la CABA y que, en la mayoría de los casos, abarcan más de un barrio. En algunas de ellas, la UCR cuenta con más de cinco comités barriales (seis en las comunas 12 y 14, siete en las comunas 1 y 11), en otras cuenta con cinco (comunas 3, 4, 5, 7 y 10), en otras con cuatro (comunas 8, 13 y 15), en otras con dos (comunas 2, 6 y 9). En la zona centro de la CABA (compuesta en su mayoría por barrios de sectores medios) cuenta con cuarenta y un comités, mientras que en los barrios del sur (socioeconómicamente más desfavorecidos) con dieciséis y en los del norte de la ciudad (socioeconómicamente más favorecidos) con doce.↵
- Por su parte, la JR Nacional reproduce una estructura similar a la del partido. Su máxima autoridad es un Congreso Nacional, compuesto por tres delegados titulares y tres suplentes designados por cada distrito. El mandato de los delegados dura dos años, al comienzo del cual el Congreso debe sesionar al menos una vez para la selección del Comité Nacional de la JR. Es el Congreso el que designa, también, a los delegados de la JR a la Convención Nacional y al Comité Nacional del partido. El Comité Nacional de la JR es su autoridad ejecutiva, y lo integra una mesa de nueve miembros: un presidente, un vicepresidente, un secretario general y seis secretarios. Asimismo, la JR cuenta con un Comité Federal, que es integrado por los presidentes de las distintas JR distritales y presidido por el presidente del Comité Nacional de la JR. La JR de la CABA reproduce, a su vez, la estructura del partido a nivel distrital. Los afiliados de entre 16 y 30 años, además de poder votar en el partido, se encuentran habilitados a votar en la JR. El máximo órgano de gobierno de la JR de la CABA es un plenario de delegados elegidos por el voto directo de los afiliados juveniles en cada comuna, que elige a la Mesa Directiva, compuesta por un presidente, tres vicepresidentes, un secretario general y dieciséis secretarios. A su vez, los delegados del Comité eligen a los cinco delegados juveniles ante la Convención distrital del partido. A nivel subdistrital, o sea, de las comunas, los afiliados juveniles eligen también a un secretario comunal de la juventud titular y otro suplente, que ofician de autoridades de la JR a nivel comunal, pero no integran la Mesa Directiva del Comité.↵
- Se trata de una agrupación interna fundada por dirigentes provenientes de la agrupación universitaria radical de la UBA denominada Nuevo Espacio (nombre que adquiere la Franja Morada en la Facultad de Ciencias Económicas luego de la crisis de 2001). Después de 2003, esta agrupación fue ganando espacios de conducción en la JR Nacional y porteña, y luego, en la UCR de la CABA. Nos ocuparemos de la génesis de esta agrupación interna en el próximo capítulo.↵
- Omar fue al secundario del Club Vélez Sarsfield. Junto a compañeros del colegio, empezó a asistir a actos de la UCR y en 2009, luego de la muerte de Raúl Alfonsín, comenzó a militar en la JR. Estudia Derecho y milita en la Franja Morada de su facultad. En 2015 participó de la apertura de un comité en Villa del Parque, donde milita actualmente. Participó en voluntariados de Techo y Fundación Sí. Trabaja en la Secretaría de Hacienda de la UBA.↵
- La mediana es, también, de 64 años. O sea que la mitad de los afiliados tiene 64 o más años (Elaboración propia a partir del padrón de afiliados de la UCR en la CABA de 2017).↵
- Ana hizo la secundaria en la institución católica La Candelaria, en Floresta. Estudió Ciencia Política en la UCA y se acercó al radicalismo, a través de Facebook, atraída por la candidatura de Martín Lousteau en 2013. Milita en un comité de Colegiales. Trabaja como asesora de un legislador radical de la CABA.↵
- En este apartado, para describir las actividades de campaña, nos basaremos en las notas de campo de nuestras observaciones realizadas durante la campaña del PRO desarrollada entre julio y octubre de 2013 en la CABA.↵
- Sobre los timbreos, las “estrategias de proximidad” y sus usos en las redes sociales de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal pueden consultarse los trabajos de Annunziata, Ariza y March (2018) y Annunziata (2018).↵
- A diferencia de la UCR de la CABA, que cuenta con una base de datos -publicada en su web- de los comités barriales, el PRO no cuenta con esa información o al menos no la hace pública. Hemos hecho un relevamiento utilizando Google Maps, en el que encontramos 17 locales partidarios en barrios de la ciudad, más la sede del PRO de la CABA y la sede central del partido, también ubicada en el distrito. De esos 17 locales barriales encontrados, 6 ya no existían entre julio y agosto de 2017. Mientras 3 locales no llevaban en sus marquesinas más nombres que los del PRO o Vamos Juntos, sin fotos (Almagro, Villa General Mitre, Recoleta), otros 2 tenían además el nombre y/o la foto de Mauricio Macri (ambos en Villa Crespo). Los restantes 6 locales existentes en julio/agosto de 2017 (Flores, Almagro, Balvanera, Parque Avellaneda y 2 en Mataderos) llevaban también los nombres y/o fotos de referentes partidarios como Diego Santilli, Jorge “Murdock” Fernández, Cristian Ritondo, Gustavo Palopoli, Cristian Etchezuri, Roberto Quattromano, Matías Pantanali y Yamila Morales.↵
- Resulta necesario aclarar que el vínculo entre sociabilidad católica, politización y práctica política no es en sí mismo una novedad ni un atributo exclusivo de JPRO. Donatello (2010), por ejemplo, estudia la relación entre el mundo católico y la militancia en la organización armada peronista Montoneros en los años sesenta y setenta. Al analizar las narrativas y trayectorias de sus miembros, el autor advierte que la participación en “misiones” y “acciones sociales”, similares a las que analizaremos aquí, ocupa un lugar relevante en la politización de estos militantes de la izquierda peronista. Los hallazgos que presentamos aquí, sin embargo, aportan un elemento novedoso respecto a otros estudios que se ocuparon de los voluntariados en los noventa y comienzos de los dos mil, dando cuenta de su ajenidad u oposición con la política partidaria, como el estudio de Zapata (2005) sobre los voluntariados católicos de Caritas; de Tiramonti y Ziegler (2008) en el que abordan los voluntariados en escuelas, generalmente católicas, de sectores medio-altos y altos; y de Beltrán y Malagamba Otegui (2010) sobre participación de jóvenes en voluntariados de ONGs.↵
- Organización integrante de JPRO y vinculada a la diputada Victoria Morales Gorleri, de reconocida militancia católica.↵
- Algunas de estas nociones pueden encontrarse, por ejemplo, en el documento interno de septiembre de 2014 “La Vía PRO. Una aproximación a lo que somos”, redactado por Mauricio Devoto. En las charlas y discursos públicos de algunos dirigentes del PRO, a las que asistimos como parte de nuestro trabajo de campo, encontramos menciones a estos conceptos, con referencias explícitas a la Iglesia Católica o al Papa. Por ejemplo, en las palabras de Gabriela Michetti durante el acto de Jóvenes PRO de lanzamiento de la campaña electoral de 2013 (09/07/2013).↵
- Respecto a este punto, la especificidad del caso de la militancia del PRO no está en que recupere nociones de la política vinculadas al mundo católico, puesto que diversos espacios y dirigentes de distintos colores políticos lo hacen, sino cómo se conjuga con una idea de “nueva política” entendida como gestión desideologizada al servicio de la solución de problemas. Por otra parte, interesa aquí cómo ese marco de sentido es puesto en juego por la militancia de JPRO para pensar algunas de sus prácticas dentro del partido.↵
- Charla titulada “Voluntariados solidarios”, organizada por la agrupación juvenil Pensar Política en la Fundación Pensar, 22/07/2013.↵
- Para un análisis sobre la práctica del rugby dentro de la sociabilidad de los sectores medio-altos y altos de la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana, puede consultarse Fuentes (2014).↵







