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Lecturas y modos de leer
en la práctica histórica

Meditaciones sobre el investigar desde la biblioteca de Nilda Guglielmi

Federico Javier Asiss-González, Lidia Raquel Miranda y Gerardo Fabián Rodríguez

1. El mito, el héroe y el caso

Uno de los equívocos más comunes relacionados con la preparación de un investigador se relaciona con la tensión entre la hiperespecialización y la formación holística e integral. Esta idea supone que investigar es mirar en profundidad el árbol del bosque, lo que hace, con gran frecuencia, perder de vista la floresta en su totalidad. Sin embargo, investigar implica conjugar ambas perspectivas de análisis, dado que es necesario tener en cuenta la globalidad del problema para poder establecer diálogos intelectuales, a la vez que reconocer la especificidad del objeto de estudio a fin de encontrar los temas y problemas que aún falta profundizar. El recorrido vital de los grandes intelectuales y maestros nos permite dar encarnadura a la práctica histórica y conocer cómo el oficio del historiador requiere amplitud de perspectivas y al mismo tiempo conocimiento profundo del ámbito de estudio.

Existen varias posibilidades para reconstruir ese itinerario que dependen, como para el resto de los estudios históricos, de las fuentes disponibles. Es posible estudiar la evolución académica del autor o conocer su trayectoria a través de una biografía maestra; asimismo, se pueden analizar las entrevistas ofrecidas en diferentes formatos o abordar su participación en los debates públicos. También hay otra forma, si se quiere más íntima: escudriñar su biblioteca, perspectiva casi borgeana y que, sin duda, sería del agrado de Umberto Eco[1].

Esta última es la que hemos escogido para este capítulo: escrutar la biblioteca de la historiadora Nilda Guglielmi, como estudio de caso, nos permitirá no solo homenajear su vida dedicada a los estudios medievales, sino también relevar sus aportes al campo y, más cercano al objetivo del libro, demostrar que no se puede ser especialista sin dominar un amplio campo de conocimientos. En tal sentido, la biblioteca –como metáfora de la lectura y de los modos de leer de quienes trabajan en humanidades– puede mostrar los caminos y las derivas de la investigación, es decir, materializar de algún modo ese largo proceso de principio incierto y que prácticamente nunca es lineal. En efecto, investigar es emprender un viaje, pero también recomenzar, tender puentes, crear amalgamas y retirarse para ver el conjunto; y el investigador, una suerte de héroe, aunque sin ribetes míticos, que constantemente debe tomar decisiones a partir de su propia hermenéutica.

La afortunada circunstancia de que uno de los autores de este trabajo haya heredado la biblioteca de la medievalista mencionada, fallecida en 2024, nos habilitará a reconstruir ex post facto su derrotero intelectual y, con ello, destacar el valor que el archivo material (el conjunto de libros) y el intangible (el conjunto de saberes) tienen en la carrera del investigador científico.

2. Ex libris de Nilda Guglielmi

La figura central que habilita el estudio de caso de este capítulo es la trayectoria de Nilda Guglielmi como medievalista. Esta investigadora superior del CONICET, académica de número de la Academia Nacional de la Historia (ANH) y profesora titular en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, fue una medievalista argentina de prestigio internacional, que dirigió el Grupo de Trabajo EuropAmérica de la ANH y el Grupo de Investigación y Estudios Medievales (GIEM) del Centro Interdisciplinario de Estudios Europeos (CIEsE) de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata hasta su fallecimiento, ocurrido en julio de 2024.

El heredero universal de su biblioteca fue Gerardo Rodríguez, quien a su vez ha distribuido y obsequiado parte de ese material a bibliotecas públicas y a estudiantes y colegas, entre quienes se cuentan los otros dos coautores de esta contribución. El beneficiario del conjunto de libros pertenecientes a Guglielmi conoció y frecuentó esa biblioteca durante su formación académica y sus visitas a la casona que la albergaba: nunca dejó de maravillarse al recorrer, con los ojos y con los dedos, sus anaqueles, sus dobles estantes, las indicaciones personales (señaladores, postales, recuerdos) y las relecturas de autores y obras, en forma de glosas, subrayados, resaltados y folios manuscritos entre las páginas de los volúmenes. A los ojos del ahora poseedor, aquella biblioteca siempre se manifestó como un ordo inagotable y creciente, organizado de acuerdo con la propia evolución intelectual y trayectoria vital de su dueña, lo cual demuestra que en sus casi ochenta años dedicados a la literatura y a la historia, varias veces recomenzó sus estudios y exploraciones, aproximó posturas, fomentó mezclas y tomó distancia para poder ver el conjunto y señalar los caminos a seguir, tanto los propios como los de sus discípulos.

Nilda Guglielmi en su biblioteca, con Gerardo Rodríguez, octubre de 2023

Foto tomada por María Eugenia Domínguez.

Nilda era una investigadora de fuste y una docente con cualidades oratorias extraordinarias. Formada en el grado como profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, realizó sus estudios de doctorado, tanto en Argentina como en Francia, en el campo histórico. Sus trabajos iniciales, relacionados con la historia de España y bajo la dirección de Claudio Sánchez Albornoz[2], tuvieron una impronta de corte institucionalista, enfoque que complementó con sus indagaciones sobre el ámbito social y cultural, guiada por José Luis Romero[3] y por Georges Duby[4]. Este vínculo con la historiografía francesa la distinguió como la gran difusora de la historia de las mentalidades en nuestro país.

Debatió sobre las estructuras de la sociedad medieval, en particular acerca del ordenamiento de las sociedades feudal y burguesa, eludiendo las discusiones transicionales, y abordó la historia de las mujeres, anticipando las perspectivas en torno al género. Una faceta muy particular de su sapiencia fue el conocimiento de la obra de Jorge Luis Borges. Su familiaridad con el universo borgiano le permitió comprender su influencia en el pensamiento de Umberto Eco.

Con el paso de los años, los temas hispánicos fueron cediendo lugar a los propios de las historias de Francia y de Italia, lo que la llevó a convertirse en una referente de los debates historiográficos relacionados con los vínculos de la historia y la literatura –en particular, la importancia de las fuentes literarias para la reconstrucción de las sociedades de la plena y la baja Edad Media– y la configuración de grupos marginados –en los que incluía desde campesinos a viajeros, cruzados, niñas, mujeres solteras, viudas y ancianas–, así como con las posibilidades de la reconstrucción de la vida cotidiana –tanto de los sectores acomodados como de los grupos más humildes–, las disputas en torno al cuerpo y la alimentación –en especial, los de las místicas– y las discusiones respecto de lo político en las ciudades italianas, del centro y norte, entre los siglos XIII y XV –tanto en el nivel discursivo como en el de la misma práctica–.

Sus lecturas sobre mentalidades, imaginario y discurso político pueden considerarse como precursoras de las actuales investigaciones sobre las sensorialidades en la Edad Media. Le interesaron también los mecanismos y las maneras en que las personas, los grupos sociales y las instituciones difundieron las ideas, las discutieron y se reapropiaron de ellas en diferentes momentos y lugares. Por ello, les prestaba especial atención a las diversas fuentes documentales que daban cuenta de estos fenómenos, fuentes que recurrieron a la palabra como forma de diálogo, de encuentro, pero también de tensión y dominio colonial. En este sentido, indagó sobre la presencia de grupos religiosos en Asia y en América, recurriendo a las cartas de los viajeros, a los relatos de los cruzados, a las crónicas de Indias y a las catequesis para entender cómo la Europa medieval se expandió más allá de sus fronteras territoriales y espaciales. En parte por esta razón, recoger la impronta de Europa más allá de sus límites físicos, el grupo del que participaba en la Academia Nacional de la Historia lleva el nombre de EuropAmérica.

Sus apreciaciones sobre la importancia de los tiempos medievales y la necesidad de difundirlos le abrieron las puertas a la comunicación periodística de la ciencia y sus columnas supieron ganar un espacio destacado en los diarios de Argentina. En su escritura eran relevantes tanto el contenido como la forma. Siguiendo el modelo de Georges Duby, para ella era tan importante investigar como divulgar, por lo que no sorprende que en el grupo que fundó en la Universidad Nacional de Mar del Plata conjugara las premisas, precisamente, de investigar en profundidad y de comunicar con claridad para un público amplio los temas abordados: de ahí su denominación como Grupo de Investigación y Estudios Medievales (GIEM).

A lo largo de su vida académica, Nilda Guglielmi generó nuevas perspectivas de análisis, propició grupos de investigación y protegió a sus discípulos. Como maestra siempre se preocupó por que conocieran a fondo la documentación, las controversias historiográficas, los debates en torno a las ciencias sociales y las humanidades, así como que practicaran la buena escritura de la historia. Su férrea defensa de la cientificidad del campo de la historia medieval y de la relevancia de sus investigaciones le valió el reconocimiento en los diversos ámbitos institucionales en los que actuó: la Universidad, el Conicet, la Academia Nacional de la Historia y la palestra internacional.

El decurso de su presencia humana y académica se revela, sin miedo al polvo del olvido, en el legado, tan significativo como íntimo, que su biblioteca representa. Como toda buena herencia, lo que ha dejado Nilda Guglielmi tiene que ver con el pasado, pero sobre todo tiene que ver con el futuro y con las oportunidades de construir el campo histórico, pues esa herencia es intangible y a la vez material. La materialidad se encuentra en los libros de su biblioteca, que parecía que todo lo abarcaban e incluían. Pero, a diferencia de la de Eco, la suya no era un laberinto[5]. Tenía todo ordenado, limpio, armonizado: los estantes ostentaban, apenas, algún adorno que evocaba la Edad Media, algún recuerdo medieval, alguna entrada a una exposición (Caravaggio era de sus preferidas), casi nunca una fotografía. Si bien a Nilda le gustaban los recuerdos personales, esos estaban resguardados en algún lugar menos público, menos visible, pues se había formado y vivió en una época en que la vida privada y, en especial, las emociones y las sensibilidades propias no se exhibían: se tenían por un signo de debilidad, que dejaba a las personas casi desnudas frente a los otros.

Los libros, en cambio, eran algo para compartir, para prestar, para que fueran y vinieran de unas manos a otras, de los anaqueles de su biblioteca a los de otros escritorios o gabinetes, como un intercambio solidario y necesario, particularmente en un tiempo en que la circulación digital todavía era ciencia ficción. Ciertamente, hoy en día, los espacios en que los investigadores en ciencias sociales y humanidades producen sus saberes conjugan las bibliotecas tradicionales con los acervos digitales, pues existe un cúmulo de medios tecnológicos, más allá de los libros físicos, que colaboran en el trabajo intelectual. En la época en que trabajó Nilda Guglielmi, el libro como objeto material imponía otra relación entre los lectores que lo usaban: un contrato nunca escrito garantizaba el préstamo, pero también obligaba a la devolución. Por ello, así como las bibliotecas institucionales poseen sellos o etiquetas para reconocer sus volúmenes, los estudiosos del pasado tenían sus ex libris, pegados o impresos en la tapa o en las primeras páginas, para acreditar la posesión de los libros.

El repaso por los ex libris de la biblioteca de Nilda demuestra la gran cantidad de estampas y materiales que utilizó la historiadora para diseñar las señas de identidad de sus ejemplares. Sin embargo, todos tenían una constante: la imagen de una lechuza.

  Algunos de los ex libris de Nilda Guglielmi

Fuente: digitalizados por los autores del capítulo.

Las lechuzas, jamás los búhos, poblaban su escritorio, en figuras de diferentes tamaños y estilos: chicas y medianas, nunca grandes, de cerámica, de piedra, de metal, de colores estridentes o blancas como el papel. También las tenía en señaladores, pisapapeles, hojas membretadas y unas diminutas, pequeños broches que sobresalían de algún libro, para señalar la importancia de lo allí escrito y guardado. Esto era así porque Nilda guardaba sus libros, escritos y papeles como tesoros en un cofre: todos consignaban su firma, el lugar de obtención, la dedicatoria de los más distinguidos historiadores e historiadoras, las anotaciones de los temas principales de cada uno de ellos, listas de traducciones al castellano, indicaciones de para qué obra suya los estaba utilizando, entre muchos etcéteras.

Esas marcas en sus libros y en su despacho aluden a la personalidad de su dueña: meticulosa, memoriosa, prolija y detallista. Pero también son elementos indispensables, junto con los volúmenes mismos, para reconstruir el derrotero de su trabajo científico.

3. La biblioteca como espacio vital e intelectual

La biblioteca de Nilda Guglielmi estaba en la casa que habitó durante toda su vida. Se trata de una casa-estudio de tres plantas que es patrimonio arquitectónico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por ser la última ochava que se conserva, en Soldado de la Independencia y Jorge Newbery, en el barrio de Palermo.

El primer piso estaba dedicado a su biblioteca. En la planta baja no tenía libros, salvo en el garaje, al que había transformado en una suerte de archivo que cobijaba las copias de sus propios trabajos, desde las antiguas separatas a los libros en formato papel. Entre ellos estaban guardados los manuales para estudiar historia antigua, medieval y moderna, tema sobre el que había escrito hacia fines de los años setenta del siglo pasado. Desde Charles-Victor Langlois[6] a José Luis Romero, todo estaba guardado junto a copias de revistas diversas.

En el primer piso se encontraba su escritorio, en el que tantas y tantas horas pasó leyendo y escribiendo. Al estar ubicado justo en la esquina mencionada, la ventana le permitió ver los cambios del barrio durante más de medio siglo. Desde los tiempos de las caballerizas a los de las torres modernas, ese mirador era su contacto cotidiano con el mundo, que tanto revalorizó en tiempos de la pandemia de COVID-19. A la calle Soldado de la Independencia daba su dormitorio-biblioteca. En el centro de la casa, las antiguas dependencias de servicio estaban transformadas en archivo. Y, sobre la calle Newbery, la habitación que fuera de sus padres se convirtió con el paso del tiempo también en biblioteca. Estas reconversiones del inmueble fueron ampliando, paulatinamente, el dominio de los libros y así la biblioteca creció, se ramificó, sin perder por ello su orden intrínseco.

El escritorio albergó varios modelos de máquinas de escribir –no de computadoras, que estaban en su dormitorio–, y sus mesas estaban pobladas con lechuzas, fotos de sus diferentes perros junto con ella y su madre –Mima–, fotos de algún acto académico en Europa –había una suya en Barcelona junto con Salvador Claramunt[7] que apreciaba mucho–.

En ese ámbito erudito, los libros tenían un orden específico. Sobre el escritorio y en el piso se ubicaban los últimos ingresados a su colección, ya sea porque los compraba o se los regalaban. En los estantes de la izquierda estaban las fuentes referidas a la historia de Francia, los libros de grandes dimensiones, por lo general libros de arte, de exposiciones múltiples y variadas, catálogos de museos y alguna edición rara de Dante Alighieri o de Boccaccio. Luego seguía una biblioteca pequeña, hasta la mitad de la pared, con estantes también pequeños que apretujaban recuerdos, agendas antiguas, libros diminutos, textos muy diversos, desde las novelas de Agatha Christie hasta alguna colección de historia argentina y los breviarios de Fondo de Cultura Económica. Finalmente, se encontraba una extensa pared recubierta por los libros y fuentes de sus primeros pasos formativos: la historia de España. Allí había manuales decimonónicos junto a los principales autores y obras que en la década del ochenta del siglo XX habían renovado los estudios hispánicos. En ese espacio estaban los autores españoles y franceses, principalmente, y las fuentes medievales, desde los fueros y las crónicas a los textos filosóficos, pasando por las obras literarias (poesía, fábula, cuento) y los escritos de religiosos. Este conjunto bibliográfico reunido en torno a la historia de España incluía sus múltiples lecturas, en las que estaban incluidas algunas fuentes andalusíes, que la pusieron en contacto con discusiones que luego enriquecerían sus lecturas sobre los viajeros a Oriente o las cruzadas. Al final del recorrido, como lo hacen las agujas del reloj, se llegaba al ventanal de la ochava.

La casa que alojaba este escritorio era también un escritorio de mayores dimensiones. Detrás de cada una de las puertas que compartimentaban su espacio hogareño había una escalera, guardada prolijamente, para poder acceder a los libros que estaban arriba, y siempre había un cepillo cerca para poder quitarles el polvo.

En su dormitorio albergaba más fuentes: había más de historia de Francia, cada vez más arrinconadas arriba, dado su menor uso, dejando la centralidad a las fuentes de historia de Italia, que las tenía todas y en las mejores ediciones. Allí, debajo de los estantes, había lugares de guardado destinados a las fotocopias y los trabajos en curso. Las carpetas negras tamaño oficio estaban rotuladas a mano por la misma Nilda, con el tema central, y resguardaban el contenido de posibles caídas al exterior por elásticos gruesos de colores, rojos y violetas en su mayoría. En esta biblioteca se ubicaban también los manuales modernos sobre la Edad Media, los libros de historia de Italia y, reunidas en varios estantes, las contribuciones de los medievalistas, como Marc Bloch, Georges Duby, Jacques Heers, Jacques Le Goff, Jean-Claude Schmitt, Michel Pastoureau, Adeline Rucquoi, Denis Menjot, Geo Pistarino, Glauco Maria Cantarella, Maria Giuseppina Muzzurelli, María Isabel del Val Valdivieso, Umberto Eco, algunos de los cuales habían sido traducidos al español por Nilda o merecido una disputa intelectual en particular. Incluso allí guardaba por su rareza las traducciones al japonés de su análisis de Borges y de Eco.

En el archivo escondido en las dependencias de servicio estaban los libros más antiguos, guardados en bolsas transparentes para evitar que se destruyeran por el paso del tiempo, y los libros de historia de Argentina y de América, que poseía por su condición de académica numeraria. Miguel Ángel De Marco es el autor más presente en esta sección, quien le dedicó todas sus obras, hasta el libro de poesía menos conocido del “Señor Presidente”, apodo con el que Nilda lo llamaba, en reconocimiento por haber sido tres veces presidente de la Academia Nacional de la Historia[8].

El dormitorio de sus padres, transformado con anaqueles ventilados gracias a las ventanas que daban sobre la calle Newbery, contenía el resto de los libros. Todos los temas que investigó, sobre los que dio clases o bien sobre los que escribió para algún matutino de tirada nacional, estaban agrupados con cuidado: arte de diferentes períodos (paleocristiano, románico, gótico, musulmán), feudalismos, ciudades, cruzadas, religiosidad medieval, mentalidades, bestiarios, mujeres, misticismo, lenguaje político…, en ese orden y con actualización bibliográfica, dado que los temas se iban remozando según su interés. La disposición de los libros muestra que, en determinado momento, dejó de preocuparse por el mundo feudal y las diferentes consideraciones artísticas y que las lecturas sobre místicas y cuestiones políticas del centro y norte de Italia entre los siglos XIII y XVI se prolongaron hasta sus últimos días.

Los libros más usados o cuidados estaban enfundados. El papel verde araña, de tipo escolar, guardaba joyas diversas, desde la tesis de Georges Duby, transformada en libro sobre el Mâconnais, a colecciones sobre historia de la Iglesia en la Edad Media. Los volúmenes más modernos están recubiertos por un material fino y transparente: es el caso de El nacimiento del purgatorio, de Jacques Le Goff, o La razón de los gestos en el Occidente medieval, de Jean-Claude Schmitt. Todos tenían sus anotaciones, en los márgenes y en papeles que escondía dentro: muchas veces incluían la copia de alguna reseña o el vocabulario, ya que Nilda poseía numerosos volúmenes en varios idiomas, además del español, desde el latín medieval de las fuentes a la bibliografía en francés, italiano, inglés o alemán, en ese orden si atendemos a la cantidad de libros. Las dos primeras lenguas modernas mencionadas las hablaba, leía y escribía con naturalidad, pero el inglés o el alemán requerían de anotaciones más precisas, y ello se advierte al revisar los distintos textos.

Esto es así porque la práctica investigativa de Nilda Guglielmi integraba los aspectos esenciales de la indagación histórica: la lectura e interpretación de las fuentes y la consulta de la bibliografía pertinente. A eso, ella sumaba dos peculiaridades: sus incisivas preguntas iniciales a la documentación, planteadas desde un conocimiento reflexivo, de primera mano, y también desde el manejo del estado de la cuestión, lo cual suponía romper lanzas con ciertas corrientes historiográficas que defendían lecturas ingenuas. Muy por el contrario, la historiadora argentina consideraba esencial para el abordaje de los problemas históricos partir de conocer la época y las fuentes y, en segundo lugar, realizar un estudio filológico y lingüístico profundo, labor que le facilitaban sus estudios como profesora de Lengua y Literatura.

Por todo lo dicho hasta aquí, consideramos que las lecturas y modos de leer de Nilda Guglielmi –metaforizados en la organización de su biblioteca– resultan sustanciales no solo para comprender su formación, su labor en investigación y su propia evolución como historiadora, sino también para evidenciar el proceso intelectual de un humanista, en el que cuenta tanto la especialización en un área o un tema como la erudición más general para incluir y comprender ese saber puntual en el marco de una episteme.

4. La biblioteca de Nilda y la estratigrafía de sus textos

Los cientos de libros que, como la hiedra, se extendían por la casa de Nilda Guglielmi formaban su biblioteca, no porque los hubiera contenido en su diseño arquitectónico original sino porque giraban en torno a las necesidades e intereses de su usuaria. Cada biblioteca es distinta y las combinaciones posibles de elementos las vuelven casi infinitas. También su lógica de organización y el modo en que se construyen difieren. Podríamos decir que la de Nilda fue una librería (Chartier, 2017, 2018)[9] sedimentaria, con conjuntos temáticos fácilmente identificables que respondían a distintas etapas de su ejercicio profesional: a una historia de España institucionalista le sucedía el abanico extenso y multiforme de temas que interesaron a los Annales, con un importante centro de gravitación en el problema de la marginalidad.

Compartía con los intelectuales de su generación la necesidad de construir una biblioteca propia. Pero propia no solo en el sentido de posesión del libro-objeto, sino hecha para sí misma, a su medida, fruto de su propio quehacer intelectual. Esto hacía de la biblioteca, como afirmaba Ricardo Piglia (2016), un lugar donde era posible volver a los libros y a las ideas.

La primera etapa de todo aspirante a ingresar a la intelectualidad comprendía, como explicaba Juan José Sebreli (7 locos tv, 2018b), la conformación de una biblioteca. Sondeando y eligiendo los libros y autores, el intelectual se posiciona y adquiere identidad. La intelectualidad argentina de las décadas de 1950 y 1960, influida por el existencialismo francés, compartió con los medievalistas las limitaciones y desactualizaciones que la distancia de los grandes centros de pensamiento les imponía. No hace mucho, la misma Nilda reflexionaba sobre las dificultades que los medievalistas americanos tuvieron –y tenían todavía– al momento de investigar (Guglielmi, 2012, p. 22), porque siempre existiría un repositorio o un archivo de una pequeña parroquia que quedara fuera de la digitalización y requiriera el viejo acto de la presencia física. En su época, otras dos posibles formas de proveerse de fuentes eran la utilización de fondos editados o de textos literarios. La combinación de estas alternativas definió las posibilidades del trabajo de esta medievalista y dio forma a la biblioteca inicial de una profesora de Letras para acabar conformando un territorio de investigación para la historiadora.

La voluntad de construir un espacio que reúna los textos que una persona considera importantes por su utilidad, belleza o rareza nos pone ineluctablemente frente a dos grandes terrores que Jorge Luis Borges, autor admirado por Guglielmi, supo plasmar en sus obras literarias. Si el mundo antiguo y medieval estuvo preocupado por la escasez y la pérdida de ejemplares, en el pensamiento borgeano el exceso aterra más aún que la carencia. Mientras que, por un lado, Ray Bradbury y George Orwell vislumbraban en el futuro temibles lenguas de fuego devoradoras de páginas y, por el otro, Aldous Huxley apostaba a una apática y fabricada felicidad que nos alejara de los libros, Borges se abismaba en una infinitamente indestructible biblioteca, opresiva por su tamaño e inmanejable para la limitada mente humana. El saber estaría ante nosotros, pero sería todavía más inaccesible: escamoteado en infinitos volúmenes, perdido en un orden olvidado, desconocido o inexistente. Este temor que Borges recogió en cuentos como el ya mencionado “La biblioteca de Babel” y “El libro de arena” (publicado en 1975) se vislumbró, antaño, en tiempos de la imprenta, cuando los libros se multiplicaron de una forma inesperada, y se reedita, ogaño, hasta el paroxismo con las infinitas e inciertas posibilidades que está creando la IA.

Pero esta sensación vertiginosa que experimentamos los investigadores cada vez que buscamos en la Web sobre algún tema de investigación, la impotencia de que cada tema sea inagotable, tiene poco que ver con una biblioteca personal, donde la selección ya ha actuado, y más con las grandes bibliotecas públicas con catálogos infatigables. Mientras las bibliotecas públicas se construyen a la sombra del enciclopédico modelo de Alejandría y procuran dar respuesta a las necesidades e intereses de múltiples lectores, las librerías personales pueden darse el lujo de la especificidad, la profundidad y la extravagancia.

Su construcción y uso responden a la personalidad y motivaciones de su propietario. Para algunos, como Walter Benjamin (2024, p. 270), la biblioteca, antes que un propósito utilitario o sapiencial, tenía el carácter de los viejos gabinetes de curiosidades, capaces de reunir un conjunto fetichista de objetos. Para los coleccionistas, en efecto, los libros no son vehículos de información sino ejemplares valiosos por su materialidad.

Por otro lado, quien crea una biblioteca como extensión de su ejercicio profesional la valora como una caja de herramientas e ideas, sin que por ello pierda la capacidad de apreciar la belleza de las palabras y de su soporte. Si el coleccionista se vincula emocionalmente con un ejemplar, el lector utilitario reúne libros, los usa, los consume. Sus bibliotecas, en consecuencia, cambian su fisonomía todo el tiempo. Beatriz Sarlo entendía de este modo su biblioteca. En ella entraban y salían libros; la pérdida era asumida como parte de las propias vicisitudes de la vida. Las mudanzas, separaciones, censuras políticas desgastaban los límites de su biblioteca como el mar a la playa, dándole formas siempre inesperadas (Gigena, 2025).

Nilda Guglielmi trabajaba con sus libros, pero se hace evidente que gustaba de reunirlos y tenerlos a la mano. Su propia biografía intelectual quedaba externalizada en sus lecturas. De algún modo miraba al pasado, a los temas que le habían interesado en sus sucesivos presentes. Aunque también, entre los volúmenes de su biblioteca, se encuentran varios intonsi, libros cuyas páginas nunca fueron cortadas para ser leídas, lo cual evidencia que Guglielmi compartía con Ricardo Piglia la idea de biblioteca como apuesta de futuro o como conjura al horror vacui. El alter ego de Piglia, Emilio Renzi, en una entrada de sus diarios de 1968 afirmaba que anhelaba que su biblioteca tuviera la capacidad de adelantarse a sus necesidades. Tener todo lo que la curiosidad o necesidad demande parece ser el principio identificador de la Internet, pero a mediados del siglo XX el único modo de acercarse a saciar ese deseo era incorporando en las librerías personales, desfasadamente, los libros de los temas que en ese presente ocupaban al lector. Los libros nuevos eran habitaciones de las que el lector del futuro podía tener la llave[10].

La lectora futura que avizoraba Nilda Guglielmi a fines de la década de 1960 parece haber cambiado solo unos pocos años después, según podemos inferir si comparamos los temas a los que comenzó a prestar atención en sus trabajos y los libros que en su biblioteca dejaron de tener un uso intensivo. De esta variación era consciente la propia medievalista, pues era capaz de distinguir con claridad al menos dos etapas en su producción. Al momento de referir su práctica profesional en 2012, confirmó que en sus investigaciones históricas había recurrido largamente a la literatura, a la que, con las prevenciones metodológicas del caso, había convertido en una de sus principales fuentes. A esta afirmación general consideró necesario agregar una cláusula de excepción en nota al pie (Guglielmi, 2012, p. 24). Si bien en términos generales lo dicho era cierto, no podía aplicarse a una etapa remota que denominó como la de sus primeros trabajos. Este periodo formativo, con el cual podríamos suponer que la historiadora no se sentía tan identificada en sus últimos años, nos aclara que se dedicó a producir, desde su época de doctoranda en la Universidad de Buenos Aires durante los años 50,[11] una historia institucional de Castilla, afín a los temas de trabajo de Claudio Sánchez Albornoz (Guglielmi, 2002, p. 213).

Ese giro epistemológico e historiográfico que Guglielmi reconoce en sus investigaciones pocas veces resulta tan claro y contrastante como en su caso. En el número 15 de los Anales de Historia Antigua y Medieval de la UBA, correspondiente al año 1970, encontramos dos publicaciones suyas. El número se cierra con un breve artículo de unas siete páginas, colofón de sus estudios doctorales bajo la dirección de Sánchez Albornoz, que titula “La figura del juez en el concejo (León-Castilla, siglos XI-XIII)” (Guglielmi, 1970a). Se trata de un estudio institucional clásico basado en una metodología positivista en la que los documentos funcionan como referentes objetivos que apuntalan las afirmaciones del historiador. Guglielmi (2002, p. 213) recordaba a Sánchez Albornoz como “un hombre decimonónico con una clara formación erudita”, lo cual nos permite inferir que sus prácticas debieron tomar como modelo los planteos de Langlois y de Seignobos[12].

Bajo esta dirección no sorprende que, en la parte más antigua de su biblioteca de historiadora, coincidente con la de este período inicial, predominen ediciones de fueros, cartas pueblas, cartularios y crónicas. Lo que sí es llamativo es que muchos de los libros que Guglielmi adquirió tras terminar su segundo doctorado, bajo la dirección de Georges Duby, en la Université d’Aix-Marseille en 1964, si bien siguen siendo ediciones de fuentes para una historia institucional, permanecieron intonsi por sesenta años. Entre las numerosas crónicas castellanas y aragonesas de los siglos XII al XVI, encontramos cinco cuyas hojas nunca fueron cortadas para su lectura. Este es el caso del Memorial de diversas hazañas. Crónica de Enrique IV ordenada por Mosén Diego de Valera (1941), de la Refundición de la crónica del halconero (1946), de la Crónica del halconero de Juan II (1946), de los Hechos del condestable (1940) y de la Historia del emperador Carlos V de Pedro Mexia (1945), todos textos editados por Juan de Mata Carriazo para Espasa-Calpe. Estas crónicas posiblemente habrían sido adquiridas para contextualizar y completar la información provista por las fuentes documentales y jurídicas, un tratamiento de las fuentes que, como veremos, contrastará con el que les daría en su segunda etapa de investigaciones.

Junto a las crónicas, también hallamos otros materiales intonsi, como el Repartimiento de Sevilla editado por Julio González (1951), que fue adquirido por Guglielmi en Madrid en el mes de abril de 1964, el Cartulario de Regla o Cartulario de la antigua abadía de Santillana del Mar editado por Eduardo Jusué (1912), o las aragonesas Constituciones Baiulie Mirabeti a cargo de Galo Sánchez (1915). Son varios los libros que Guglielmi compró en Madrid y en Buenos Aires en la década de 1960 orientados a continuar con las problemáticas de una historia institucional de Castilla, algunos incluso en 1969, como el Ordenamiento de Alcalá (1960), el Fuero Juzgo o Libro de los jueces I y II (1968) y un estudio del Fuero de Salamanca. Lingüística e historia, editado por Manuel Alvar (1968). Sin embargo, el artículo que publicó un año después en el mismo número que su estudio sobre los jueces en Castilla y León marcaría un rumbo de trabajo completamente distinto y definitivo.

En aquel número 15 de los Anales de Historia Antigua y Medieval, Guglielmi (1970b) publica otro artículo que lleva por nombre “Para una introducción a Salimbene de Adam”. La forma en que titula este estudio, optando por la palabra introducción, ya nos permite vislumbrar un nuevo campo que la medievalista empezaba a recorrer. Nuevo por sus fuentes, por su recorte geográfico y, ciertamente, por los postulados epistemológicos y metodológicos que la guiaban. En principio, este cambio podríamos adjudicarlo a las influencias de su estancia académica en Francia. La afirmación no carece de sustento, pues en sus más de 60 páginas son numerosas las menciones y citas de autores de referencia como Marc Bloch y Jacques Le Goff, ausentes entre sus libros más antiguos. Su impacto intelectual es claro y evidente en el modo distinto de concebir y trabajar fuentes tan clásicas como una crónica. Su prosa ágil y profusa se entretiene en desgranar las mentalidades que se entretejen en la crónica y vienen a explicarla y a explicar su época.

No obstante, señalar a Duby y al resto de los annalistas de las dos generaciones anteriores como los únicos referentes de Guglielmi sería, al menos, parcial. En una mirada retrospectiva a sus maestros, Nilda Guglielmi reconoce a José Luis Romero a la par de Sánchez Albornoz (Rodríguez, 2024; Burucúa y Rodríguez, 2025; Chimondeguy et al., 2025). Dicho académico, reflexionaba, encarnaba en Argentina unas inquietudes y unos principios similares a los que estimularon el trabajo de Duby. La semejanza entre Romero y Duby estaba en la mente de Guglielmi cuando elige para caracterizar el modo de trabajar del medievalista argentino una expresión acuñada por el francés: un trabajo realizado con lucidez y pasión (Guglielmi, 1990). Con estas palabras procura colocar a Romero lejos de la imagen del historiador como juez inapelable. Guglielmi, como Romero, consideraba que la veracidad del conocimiento histórico no estaba reñida con la subjetividad que el historiador incorporaba con su trabajo. Por el contrario, para ambos las fuentes solo adquieren sentido al fundirse en un complejo intelectivo creado por la subjetividad del investigador. Romero, en palabras de Guglielmi, tuvo un “pensamiento certero y precursor” capaz de alumbrar “ideas de avanzada” (1990, s.p.). Sin tener una influencia directa de la historiografía francesa contemporánea, Romero manejaba ideas afines como las de mentalidad e imaginario, conceptos que Guglielmi desarrollaría entre 1970 y los años 2000. Por ello, no sorprende que lea a Romero a la luz de Duby, de Le Goff, de Bloch, de Febvre y de Braudel. Aquel artículo de 1970 sobre la crónica de Salimbene es un hito dentro del trabajo de Nilda Guglielmi, pues señala una mudanza en sus intereses y metodologías, pero también un cambio vital al que su biblioteca no permaneció ajena.

Por lo general, cuando pensamos en el “taller del historiador” parece que esta expresión solo puede referirse al conjunto de procedimientos que definen su práctica profesional. Guglielmi entendía que el sintagma tenía dos polos igualmente importantes: si el taller alude a la forma en que se construye el conocimiento, historiador es un término que debe recordarnos que el saber es siempre producido por una persona. Todo historiador estaba, según ella, condicionado por su formación, por la azarosa asignación de temas de investigación, por sus maestros y, finalmente, por las “alternativas de su propia existencia” (Guglielmi, 2002, p. 211).

Medio siglo después de publicarse ese artículo, Guglielmi miraba con cierta distancia aquellos estudios datados entre 1950 y 1970. En el último cuarto del siglo XX encontraría uno de los grandes temas que caracterizó su trabajo y le dio fama internacional: la marginalidad en la Edad Media, temática que desarrolló gracias a un uso de fuentes no solo documentales, sino también literarias. Los discursos fueron su campo de trabajo, los cuales analizó con las prevenciones metodológicas propias de la historia que ya se podían encontrar en su segundo artículo de 1970. Mientras su formación como profesora y licenciada en Letras le permitió desarrollar un análisis interno de la crónica, su formación y práctica como historiadora la llevó a tender puentes entre las lógicas intradiegéticas y el contexto socioeconómico y político en el que ese discurso fraguó.

Para ella, era evidente que la crónica no era un testimonio neutral como proponían las líneas más institucionalistas o, incluso, positivistas. Tampoco era un fruto de la fantasía, como podían proponer algunos críticos literarios. Se trataba de la elaboración subjetiva de la realidad.

De un modo similar definía la tarea del historiador contemporáneo. Frente a una posición positivista, más cercana a Sánchez Albornoz, Nilda Guglielmi se decantó por entender que el testimonio directo, el documento, no garantizaba por sí mismo la objetividad, ni siquiera en los casos en que su autor no hubiese tenido la intención de engañar u ocultar. Toda selección, realizada por el testigo, el cronista o el historiador, revela en su parcialidad una lógica, unos intereses y unos marcos de pensamiento que nos permiten entender a una persona y una época. Por ello, la crónica no servía tanto para conocer o contrastar un hecho “puro”, sino para comprender los marcos de pensamiento que organizan y dan sentido a lo real en un momento dado.

Este giro epistémico no implica un abandono del rigor profesional por parte de Nilda Guglielmi, sino un cambio de registro historiográfico, de tradición historiográfica y de temas de investigación. Sin duda, la proximidad con la historiografía francesa dejó su huella en la biblioteca personal. Entre sus libros encontramos textos de Marc Bloch, Fernand Braudel, Jacques Le Goff, Georges Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie, en francés, en español y en italiano. Bajo estas influencias se desarrolló en las décadas siguientes a los años 70 y formó a sus discípulos en las Universidades de Buenos Aires y de Mar del Plata, y creó el Grupo de Investigaciones y Estudios Medievales (GIEM) en esta última universidad.

5. Conclusiones

Las alternativas de la propia existencia, en palabras de Nilda Guglielmi, no solo dejaron marcas en su producción científica, sino también en su biblioteca. Sin embargo, no se puede hacer una lectura lineal o por compartimentos estancos entre sus escritos y sus lecturas. Indudablemente, las conexiones conscientes e inconscientes entre todo su universo de lectura y el contacto con maestros, colegas y equipos de trabajo fueron dejando marcas en su modo de ser medievalista.

Para Guglielmi, siguiendo las influencias de Borges, las bibliotecas podían ser sometidas a una tarea hermenéutica muy compleja “por la confusión de los libros” (Guglielmi, 1988, p. 29). Sin embargo, como en las quêtes caballerescas, iniciar una búsqueda no era garantía de triunfo. El intérprete que se interna en una biblioteca, especialmente en una construida con la lógica de un tercero, queda expuesto, como el caballero, ad venturam. Pero aquel que, como nosotros al final de estas páginas, cree haber triunfado, sintiendo que ha conseguido encontrar el extremo de un enmarañado ovillo, se encuentra con la advertencia de Nilda Guglielmi (1988, pp. 199-200), que es la de todo iniciado en la semiótica: frente al intérprete, los libros, vueltos símbolo en su compleja acumulación, permanecerán perfectos, múltiples, plurales, protegidos por un misterio que el historiador elige frente a la prosaica solución.

Referencias bibliográficas

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  1. Umberto Eco (1932-2016) fue un destacado pensador y escritor italiano, que realizó relevantes aportes al campo de la semiología, la filosofía, la estética y la historia. Fue un cultor de los estudios medievales y su primera novela, El nombre de la rosa (1980), dio un impulso notable al medievalismo en la última parte del siglo XX. En esa obra, la trama, ambientada en una abadía benedictina del siglo XIV, gira en torno a los libros y a una biblioteca, cuya estructura y simbolismo recuerdan aquella infinita, cual universo, del cuento “La Biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges, publicado en Ficciones (1944).
  2. Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984) fue un historiador y político español que, exiliado en nuestro país, se desempeñó como profesor de Historia en la Universidad Nacional de Cuyo y en la Universidad de Buenos Aires y fundó el Instituto de Historia de España y la revista Cuadernos de Historia de España. Hasta “los primeros años de la década de 1960, Sánchez-Albornoz fue el representante más destacado del medievalismo español y de la escuela institucionalista” (Ríos Saloma, 2018, p. 219).
  3. José Luis Romero (1909-1977) es considerado el renovador de la historiografía en la Argentina, al incorporar el enfoque cultural y social al trabajo histórico, especialmente al área de los estudios medievales, campo en el que desarrolló mayormente su labor intelectual.
  4. Georges Duby (1919-1996) fue un notable medievalista francés, impulsor de la historia social y de las mentalidades de la Escuela de los Annales, de la que formaba parte.
  5. El magnífico documental La biblioteca del mondo (Ferrario, 2022) –que recoge entrevistas y comentarios de Eco sobre su amor por los libros, el placer de la lectura y la importancia cultural de las bibliotecas como depositarias del conocimiento humano– se inicia con la entrada del escritor a su biblioteca en busca de un volumen, que encuentra y hojea luego de atravesar varios pasillos de paredes tapizadas de estantes repletos de textos. La cámara sigue su caminar y muestra que la biblioteca es inmensa, tanto por la cantidad de libros que alberga como por lo extenso del espacio que ocupa. Parece un laberinto, sí, pero, como medievalistas, preferimos atribuirle, metafóricamente, la forma y la sinuosidad de las ciudades medievales y pensar en su nodo central (el escritorio) como una plaza mayor donde confluyen todas las callejuelas: así se confirma el “he peregrinado en busca de un libro” que afirma el narrador de “La Biblioteca de Babel” (Borges, 1998, p. 87).
  6. Charles-Victor Langlois (1863-1929) fue un medievalista y paleógrafo francés, representativo del método positivista aplicado al campo de la historiografía.
  7. Salvador Claramunt Rodríguez (1943-2021) fue medievalista y profesor de Historia Medieval en la Universidad de Barcelona.
  8. Miguel Ángel De Marco fue presidente de la Academia Nacional de la Historia durante tres períodos: 2000-2003, 2003-2005 y 2012-2014. Nilda Guglielmi, por su parte, fue secretaria de la Academia Nacional de la Historia durante tres períodos: 2006-2008, 2009-2011 y 2012-2014; en este último período acompañó a De Marco en su última gestión como presidente de la ANH.
  9. Roger Chartier (2017, 2018) señala un matiz importante entre la biblioteca, genérica, y la librería. Esta última presenta un uso privado y un ejercicio intelectual asociado antiguamente con la elevada condición social o la sabiduría de su dueño.
  10. “Siempre habrá nuevos (y viejos) libros para leer, pero siempre habrá un libro que busco y no consigo. Mi ilusión es tener todos los libros a mano para usarlos cuando una necesidad práctica lo exija, elegirlos cuando mi lectura sea apropiada y esté disponible para ese libro y no otro. Por lo tanto mi biblioteca y los libros que compro no son para leerlos ahora, sino para una lectura futura que yo imagino que encontrará su lugar en un volumen que he comprado años antes. Una idea que se sostiene en mi tendencia a ver en el presente los rastros del porvenir (y estar preparado)” (Piglia, 2016, s.p.).
  11. Su tesis doctoral, titulada La administración regia en Castilla y León de Fernando I a Alfonso X, fue defendida en 1956 (Rodríguez, 2007).
  12. Charles Seignobos (1854-1942) fue un historiador francés enmarcado en la escuela positivista.


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