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1 Análisis de clase y movilidad social

Orientaciones conceptuales para el estudio de la desigualdad social

“Este campo podría identificarse mejor como el estudio del ‘proceso distributivo’. Prácticamente todos los teóricos principales del campo, independientemente de sus sesgos teóricos e ideológicos, han buscado responder a una pregunta básica: ¿quién consigue qué y por qué? Esta es la pregunta que subyace a todas las discusiones sobre clases y estratos y sus relaciones estructurales, aunque en algunas investigaciones recientes parece haber sido casi olvidada” (Lenski, 1966: 2-3)[1].

En este capítulo presentamos las principales coordenadas teóricas desde donde enfocamos la problemática a estudiar. Estos elementos a desarrollar, por un lado, han condicionado y acortado el “espacio empírico” a investigar, así como también han permitido hacer transparentes (o mejor dicho, menos difusas) las regularidades que las diversas técnicas estadísticas nos han permitido describir o explicar (Goldthorpe, 2017: 26).

El mismo se dividirá en cuatro subcapítulos. En primer lugar (1.1), presentamos el abordaje central que sustenta a esta tesis, y que hace referencia al estudio de las clases sociales como uno de los posible “accesos teóricos” del análisis de la estructura social. En este sentido repasaremos brevemente los enfoques de clase producidos desde los teóricos clásicos del conflicto, del estructural funcionalismo, los neo-marxistas y neo-weberianos, los teóricos del espacio social y finalmente la mirada especifica latinoamericana. En segundo lugar (1.2), retomamos los principales aportes del campo de la movilidad social, aunque haciendo hincapié en aquellos aspectos que consideramos relevantes para el problema de investigación. Por un lado, su fertilidad tanto teórica como empírica para la discusión de dimensiones de la desigualdad que tienen una actualidad ineludible hoy en día: el binomio (des)igualdad de oportunidades y (des)igualdad de condiciones o posiciones (Dubet, 2011; Mora Salas, 2005; Reygadas, 2004; Therborn, 2016). Por el otro, desde el enfoque de clases de la movilidad social, por su centralidad en la identificación de los mecanismos sociales que subyacen a las trayectorias intergeneracionales y que, en tanto procesos microsociales, la teoría de la movilidad otorga cierta “caja de herramientas” para la comprensión de dichos fenómenos. En tercer lugar (1.3) repasamos aquellos enfoques que presentan a la clase social como uno de los principales factores explicativos de la desigualdad, en este caso, en referencia al bienestar material. Del mismo modo, hacemos un esfuerzo para reseñar diversos mecanismos causales que desde los enfoques de clase se han propuesto para comprender el modo en el que el posicionamiento en la estructura de clases limita a las condiciones de vida. Finalmente (1.4), a modo de conclusión del capítulo, brindamos un mapa conceptual que sirve como guía teórica para el lector.

1.1. El enfoque de las clases sociales como delimitador para el estudio de la estructura social

“Y sin embargo, el abandono de un análisis en términos de clases sociales no deja de hacer correr algunos riesgos a la sociología. El primero es aquel de renunciar a percibir las desigualdades sociales como una estructura y un mecanismo: sin clases, las desigualdades son múltiples, se agregan, se cruzan y se neutralizan sin formar un sistema. Entonces, el sistema es ‘irrepresentable’, perfectamente individualista, dominado por trayectorias, redes, capital social y recursos mucho más que por relaciones sociales. Cada sociólogo se convierte en especialista y propietario de una desigualdad rápidamente puesta en competencia con otras” (Dubet, 2015: 188).

En este apartado proponemos una revisión de las principales teorías clásicas y actuales sobre el estudio de las clases sociales y la estratificación, como modos de abordaje de la estructura social. En este sentido, el repaso de enfoques no debe considerarse exhaustivo sino más bien arbitrario a los objetivos y a la perspectiva teórica que direcciona a la tesis. El punto de partida es el estudio de la estructura social, concepto omnipresente en toda la tradición sociológica, pero frecuentemente dado por supuesto bajo la idea vaga y amplia del conjunto de las relaciones que se establecen entre las partes y el todo (Feito Alonso, 1995a: 1).

Como una gran parte de los conceptos utilizados en las ciencias sociales, el mismo es originario de disciplinas externas como la arquitectura y la anatomía: la utilización de la metáfora de la sociedad como un organismo viviente que se reproduce a partir del funcionamiento de cada uno de sus órganos-funciones puede ser hallada en los textos fundadores de Durkheim o Spencer y ha derivado en distintos enfoques como la “morfología social” francesa y la “ecología social” norteamericana (Ossowski, 1963: 10, 91). Sin embargo, podemos encontrar una serie de puntos en común en la mayor parte de la bibliografía que reflexionó sobre la noción estructura social (Feito Alonso, 1995a):

  • Describe regularidades y relaciones sistemáticas entre los elementos que la constituyen.
  • Generalmente refiere a colectividades, grupos y sociedades, rasgos que no son imputables a los individuos y que ejercen un efecto constrictivo sobre las creencias y acciones.
  • Designa a los elementos estables de un sistema en oposición a los elementos variables, es decir, a las relaciones más permanentes y organizadas de la sociedad.

Resumiendo, definido en forma negativa, cuando hablamos de estructura social, no nos referimos a individualidades, ni a casos puntuales, ni sucesos poco frecuentes, ni a aspectos coyunturales. Ahora bien, acceder al estudio de la misma implica algún tipo de ejercicio de abstracción que permita el aislamiento de aquellos aspectos centrales sobre los que queremos indagar. Un enfoque “total” de la estructura social no sólo es imposible en términos analíticos, sino que también sería poco parsimonioso al momento de la explicación.

Concibiendo la existencia de al menos tres dimensiones relevantes de la estructura social (la económica, la propiamente social y la cívica-política) (Carabaña, 1997), aquí nos enfocaremos en la primera, siendo la estructura de clases el concepto orientador o idea rectora a lo largo de la misma. Vale remarcar, entonces, que las clases sociales son sólo un aspecto de la estructura social, en la que intervienen otras formas de agrupamientos y relaciones. Es necesario plantear esto inicialmente ya que, como bien indica Carabaña (1997: 85), en algún punto, lo que denominamos como estructura de clases no es más que el resultado de un proceso de desestructuración de las relaciones sociales. De esta forma, si bien a partir del estudio de las clases sociales podemos dar cuenta de relaciones, distancias y jerarquías (Ossowski, 1963: 11) entre los hogares e individuos, como bien señalaba Germani, estructura de clases y estructura social no deberían ser términos intercambiables:

“Aun cuando la estructura económico-social pueda ser tomada como variable independiente en el estudio de la mayoría o de las demás diferenciaciones, no debemos olvidar que el concepto de estructura social se refiere a la composición e interrelación de todos los grupos, y no solamente de alguno de ellos, cualesquiera sea su estratégica posición con respecto al todo” (Germani, 1955: 12).

Privilegiando, entonces, un enfoque basado en el estudio de las clases sociales, en los siguientes apartados revisamos aquellos aportes realizados desde las teorías del conflicto, el estructural-funcionalismo, el neo-marxismo, el neo-weberianismo, los enfoques multidimensionales y los aportes de la sociología latinoamericana.

La clase social desde la teoría del conflicto y el estructural-funcionalismo

Como indicamos más arriba dentro de las distintas formas en que la estructura social puede estratificarse, el formato “clase” es una de ellas y es la que hemos optado por observar en esta investigación. Por su parte, al igual que la “estructura social”, la noción de estructura de clases no está libre de discusiones y debates en torno a lo que denomina (Dahrendorf, 1962: 18). Tanto en términos académicos como coloquiales, se la ha utilizado para referirse a un orden jerárquico, a niveles de estatus, a estructuras de desigualdad material o para referir a fuerzas sociales potenciales o reales (Crompton, 1994: 28). Asimismo dentro de los paradigmas que revisaremos a continuación (teorías del conflicto y estructural funcionalismo), tampoco hay un acuerdo explícito sobre qué son las clases sociales. De hecho es común que el concepto de estratificación social sea asociado frecuentemente a los estudios que parten desde el segundo paradigma, mientras que la noción de clase sea defendida principalmente desde los primeros. En este sentido, ambos conceptos son y fueron recurrentes en ambas perspectivas, por lo que es necesario consensuar en estas primeras páginas la postura que adoptaremos. Definimos a la “estratificación social” como término general que describe estructuras sistemáticas e institucionalizadas de la desigualdad y a la clase como una forma particular de estratificación (Crompton, 1994: 17, 21; Kerbo, 1998: 12).

Sin embargo, a pesar de las diferencias, ¿qué es lo que hace a la clase una forma específica de estratificación? Podemos decir, a grandes rasgos, que su particularidad radica en la primacía que asume la esfera económica en la definición de los grupos como clases (Giddens, 1991: 319; Longhi, 2005: 2). Descender analíticamente en los diferentes niveles de la estructura económica, esto es, considerar a las ocupaciones, a las relaciones o a los ingresos como aspectos definitorios, implica adentrarse en las diferentes definiciones que pueden hallarse del concepto. Diversos autores coinciden en que las distintas miradas sobre la estructura de clases pueden hallarse a partir de los principales abordajes sobre la problemática del orden social, es decir, desde las teorías del conflicto y el estructural-funcionalismo (Kerbo, 1998: 81; Lenski, 1966; Ossowski, 1963). Dentro de las primeras teorías podemos identificar las clásicas propuestas de Karl Marx y Max Weber y que serán abordadas a continuación. Por otro lado, el enfoque funcionalista, si bien tiene sus raíces específicamente en la obra de Emile Durkheim, parte también de una relectura de la obra weberiana[2]. Los exponentes más claros en esta corriente, hacia mediados del siglo XX, fueron Talcott Parsons, Kingsley Davies y Wilbert Moore.

Por otro lado, la discusión en torno a las clases sociales puede ser abordada desde la diferenciación entre enfoques gradacionales y relacionales (Crompton, 1994; Feito Alonso, 1995a; Ossowski, 1963; Pla, 2013a; Wright, 1979). Esta forma de clasificación es tributaria de la propuesta de Ossowski (1963) que diferenciaba en realidad tres tipos de concepciones: una dicotómica, una gradacional y otra funcional. La primera hace referencia a aquellos abordajes que consideran que la sociedad está constituida por dos clases fundamentales en la que cada una se especifica por la relación de dependencia que mantiene con la otra (las propuestas de Marx y Aristóteles son representativas de este formato). En el segundo caso, también nominado por el autor como tradicional, se consideran aquellas clasificaciones que incorporan tres clases o más y en las que resulta primordial el tipo de ordenamiento que puede establecerse, más allá del sistema de dependencia. Finalmente, el enfoque funcionalista parte de la división de la sociedad en grupos que responden a las necesidades funcionales del sistema y que se encuentran en mutua dependencia (funcional), pero que se diferencian de los enfoques dicotómicos y gradacionales en el sentido de que estos identifican a la dependencia como asimétrica (Ossowski, 1963: 90).

Fue Wright (1979: 4) quien posteriormente, en un ejercicio de simplificación, señaló que, básicamente, las diversas definiciones de clase pueden basarse, en primer lugar, en dos dimensiones teóricas distintas: aquellas que definen a las clases en términos gradacionales o relacionales. Para los primeros las clases se definen a partir de determinados atributos que poseen (Goldthorpe, 2012) y que les permite posicionarse “por encima” o “por debajo” de otras clases (el ejemplo paradigmático de este tipo de enfoque son las escalas de prestigio y de niveles socio-económicos), es decir, por diferencias cuantitativas. En cambio, la perspectiva relacional, comprende que las clases sociales están estructuradas a partir de las relaciones sociales con otras, basadas en un criterio de tipo cualitativo (Wright, 1979: 5). Ahora bien, esto no significa que los enfoque gradacionales, principalmente atribuidos a los autores funcionalistas, no impliquen la captación de relaciones sociales, sino que su criterio operativo está basado en diferencias de índole cuantitativa (Wright, 1979: 6). De este modo, salvando las distancias entre la propuesta de Ossowski y Wright, entendemos que, en términos generales, existe una correspondencia entre los enfoques relacionales de clase y aquellos que se albergan en las llamadas “teorías del conflicto” y entre los enfoques gradacionales y el estructural funcionalismo. Si bien esto no significa que no haya sesgos gradacionales en los primeros y relacionales en los segundos, como describiremos en los sub-apartados siguientes.

Aportes desde la teoría del conflicto (I): Karl Marx.

Los escritos de Marx son la referencia primera y obligada para comenzar a reconstruir la historia contemporánea del concepto de clase, no sólo por su vitalidad teórica-explicativa sino también por haber sido objetos de discusión y diálogo constante con las generaciones posteriores de cientistas sociales. Sin embargo, dicho material se ha prestado a diversas interpretaciones a lo largo del siglo XX debido al carácter fragmentario, cambiante y poco sistemático que el autor y sus circunstancias le imprimieron (Crompton, 1994: 43; Feito Alonso, 1995a: 66; Giddens, 1991: 320, 1996; Kerbo, 1998: 93). Ejemplo de esto es la ya revisitada y especulada interrupción precoz del manuscrito en el que Marx se destinaba a escribir, sistemáticamente, su teoría sobre las clases sociales en El Capital (Bonavena, 2008; Marx, 1998)[3]. Esto no impidió, por otro lado, que se realizara una hermenéutica ordenada sobre la noción marxiana de las clases, construyendo una posible alternativa a ese manuscrito que quedó sin escribir (Dahrendorf, 1962).

Al igual que cuando se trata a la teoría de Marx en general, su enfoque sobre las clases sociales mantiene la influencia tanto del socialismo utópico francés (principalmente de Saint-Simón), como de la filosofía clásica alemana y la economía política inglesa (Giddens, 1996: 25). Mientras que la palabra clase es retomada de esta última corriente, la aplicación a los “capitalistas” y “proletarios” proviene de los primeros y la concepción de la lucha de clases está basada en la filosofía dialéctica hegeliana (Dahrendorf, 1962: 23).

Básicamente a lo largo de su obra podemos encontrar tres modelos de clasificación distintos. El modelo base y fundamental sobre los que se montan los otros es el dicotómico. Si bien su conceptualización puede encontrarse en los textos del joven Marx, como Los manuscritos económico-filosóficos y en La ideología alemana (Marx, 1992), su célebre utilización se halla en el Manifiesto comunista (Marx y Engels, 2000). Según los autores, las sociedades siempre se han encontrado divididas en dos clases fundamentales, y que bajo la hegemonía del capitalismo, se han personificado en dos clases antagónicas: burgueses y proletarios. Las mismas se definen a partir de su posición en las relaciones de producción, mientras que los primeros poseen y/o controlan los medios de producción, los segundos, desposeídos de dichos medios, venden su fuerza de trabajo a los burgueses, estableciéndose, de este modo, la explotación como el mecanismo central de relación y constituyéndose, por esta asimetría, como clases antagónicas.

En segundo lugar, al intentar una sistematización, Marx (1998: 1123) propone una mirada tricotómica de las grandes clases sociales que conforman la sociedad moderna: trabajadores, capitalistas y terratenientes. Hasta aquí los modelos que presentamos pueden ser comprendidos como construcciones a nivel abstracto o analítico, que no fueron utilizados directamente por el autor para el análisis de la coyuntura social. De esta forma, varios han interpretado en la obra de Marx, una conceptualización de clase de carácter más analítica y otras más concretas-descriptivas (Crompton, 1994: 44; Giddens, 1996: 29). Si los modelos abstractos permitían hacer un análisis, de forma general, de casi todas las sociedades clasistas, los segundos habilitaban a realizar descripciones más concretas de sociedades determinadas (Giddens, 1996: 29).

Bajo este tipo de análisis de carácter histórico, que podemos encontrar en Marx en textos como La lucha de clases en Francia (2005) o El 18 Brumario de Luis Bonaparte (2004), hallamos diversos enfoques politómicos que dan cuenta de diversas clases que se posicionan entre los dos grupos fundamentales: aristocracia financiera, burguesía industrial, pequeña burguesía (profesionales, pequeños comerciantes), clase campesina, clases medias, lumpen-proletariado, gran burguesía, entre otras. Al describir a estos diferentes agrupamientos, Marx a veces los ha denominado como clases, como estratos o como fracciones. Si bien, en ese sentido, se presenta una cierta vaguedad en los términos, es clara su intención de separar aquellas clases fundamentales que son propias de la sociedad capitalista de otras que se encontraban en transición, es decir, que eran pertenecientes a modos de producción pasados (Giddens, 1996: 33-34). Esta flexibilidad existente respecto a su modelo dicotómico original (Portes, 2003: 20-21), da lugar a una concepción sobre las clases medias, en tanto clase transicional, en donde ubica a los pequeños comerciantes y a los profesionales liberales, cuyos intereses parcialmente son divergentes con los del gran capital (Giddens, 1996: 33).

Finalmente podemos cerrar esta breve revisión de la teoría marxiana sobre las clases sociales señalando que para el filósofo alemán, la completitud de una clase social no se genera únicamente a partir de su posición estructural ni de sus condiciones de vida que se derivan de ella, ya que son condiciones pasivas (Dahrendorf, 1962: 29). Las clases terminan de constituirse, en tanto tales, cuando intervienen como grupos organizados en pugnas políticas. De este modo, la formación de clases en Marx, se fundamenta en dos fases, una “en sí” dada por el posicionamiento en las relaciones de producción y su consecuente derivación en intereses objetivos de clase y, en segundo lugar, en un momento “para sí” en el que intervienen elementos políticos e ideológicos, que permiten que la clase se complete en tanto es consciente de esos intereses contradictorios con el otro grupo fundamental (Bonavena, 2008: 349; Crompton, 1994: 45; Dahrendorf, 1962: 43; Iñigo Carrera, 2003).

Aportes desde la teoría del conflicto (II): Max Weber.

Max Weber constituyó su noción de clase social en un diálogo directo con los escritos de Marx, razón por la cual algunos autores caracterizaron su obra como una ampliación de las ideas marxianas (Kerbo, 1998: 96). Su principal punto de contacto radica en que las clases tienen su fundamento en las condiciones económicas objetivas de los individuos (Giddens, 1991: 322). Asimismo, Weber también presenta una concepción abstracta e histórica de las clases sociales y del desarrollo del capitalismo, aunque este autor brinda un estudio explícito y sistemático del concepto en su obra principal Economía y Sociedad (Giddens, 1996: 44). Su postura epistemológica se arraiga en el individualismo metodológico, teniendo como premisa máxima el hecho de que todos los grupos sociales y fenómenos humanos deben reducirse a los componentes individuales para ser explicados, es decir, a la acción social (Crompton, 1994: 50). Este es otro punto diferencial con la obra de Marx.

Podemos describir cuatro aspectos que constituyen el núcleo de la teoría weberiana de la estratificación: 1) esfera económica (mercado) como lugar de constitución de las clases, 2) centralidad de la movilidad social en el proceso de formación de clases, 3) carácter multidimensional de la estratificación social y 4) carácter contingente de la acción de clase.

Respecto al primer aspecto, Weber define a la posición de clase como el conjunto de las probabilidades típicas de provisión de bienes, posición externa y de destino personal, “que derivan, dentro del orden económico, de la magnitud y naturaleza del poder de disposición (o de la carencia de él) sobre bienes y servicios y de su aplicabilidad para la obtención de rentas o ingresos” (1964: 242). Consecutivamente, una clase se compone por un conjunto de individuos que comparten una misma situación de clase, es decir, una misma posición en el mercado (1964: 684). La relevancia puesta en las “probabilidades típicas de provisión”, extiende la centralidad que adquieren las relaciones de producción en Marx al considerar las relaciones con el mercado: las clases, en este sentido, no sólo se clasifican en términos de propiedad (clases propietarias), sino también respecto a la capacidad de valorizar bienes y servicios en el mercado (clases lucrativas). Asimismo, entre las clases positivamente y negativamente privilegiadas (tanto propietarias y lucrativas), el autor alemán plantea la existencia de “clases medias”. En forma simplificada, además de la posesión y control de los medios de producción, Weber incorpora la importancia de las cualificaciones como elemento diferenciador (Giddens, 1991: 323).

Sin embargo, para Weber, el concepto de “clase social” debe aplicarse únicamente para aquellas situaciones de clase entre las cuales es típico un intercambio personal intergeneracional (1964: 242). De este modo, sólo entre aquellas situaciones en la que existe un patrón frecuente de movilidad social, puede cristalizarse una identidad de clase.

Por otro lado, otro de los aspectos centrales de la teoría weberiana de las clases sociales, es la existencia de otros ámbitos relevantes de estratificación, que coexisten con las relaciones de clase y tienen centralidad en la compresión de la sociedad (Longhi, 2005). Esta mirada multidimensional considera a los estamentos y los partidos como otras formas de clasificación social. Sin entrar en detalles, la situación estamental da cuenta de pretensión de privilegios positivos o negativos por parte de un grupo fundada en el modo de vida, en maneras formales de educación y/o en un prestigio hereditario o profesional (1964: 245). Si las clases se organizan en torno a las relaciones de producción y de adquisición de bienes; los estamentos se organizan según los principios de su consumo de bienes en las diversas formas específicas de un “modo de vida” (1964: 692). Los partidos, en cambio, se erigen como forma de estratificación en la esfera de poder y su acción se orienta hacia el poder social (1964: 693). Estás tres esferas de estratificación, asimismo, son relativamente autónomas entre sí, no se determinan mutuamente (1964: 245, 687). Las diferencias de clase pueden combinarse con diversas situaciones estamentales y viceversa[4].

Finalmente, como contrapunto con Marx y amparado en su visión multidimensional, Weber expone que el conflicto social no se localiza únicamente en la esfera de las relaciones económicas sino también en el campo social y político (Crompton, 1994: 52; Kerbo, 1998: 97). Como bien indica el sociólogo alemán las clases no son comunidades, sino que representan solamente bases posibles, y frecuentes, de una acción comunitaria, tornándose entonces la relación clase / acción en contingente y no necesaria (Weber, 1964: 683, 686). El interés o la acción de clase, o la instancia de “clase para sí” siguiendo la terminología marxiana, es probabilístico, ya que los sujetos de una clase se encuentran condicionados por múltiples factores.

La mirada estructural-funcionalista de las clases sociales

Si bien en este libro construiremos nuestro enfoque de clases desde una perspectiva relacional, nos resulta importante repasar algunos de los argumentos que constituyen el núcleo de la mirada estructural-funcionalista de la estructura de clases. Como contrapuntos con el paradigma reseñado anteriormente podemos decir que los funcionalistas enfatizaron: la centralidad de los intereses comunes que son compartidos en una sociedad, en lugar de los conflictos que generan divisiones; las ventajas comunes surgidas de las relaciones sociales por sobre la dominación y la explotación; el consenso como base de la unidad social por sobre la coerción; la concepción de la sociedad como sistema social más que como una sucesión de luchas por el poder y los privilegios (Lenski, 1966: 19).

El tercero de los padres fundadores de la sociología, Emile Durkheim (hasta aquí nos referimos a Marx y Weber) fue quien sentó algunos de los pilares sobre los que se erigió el andamiaje conceptual funcionalista. Aunque algunos autores indiquen que su obra eludió o le prestó una atención pasajera a la problemática de las clases (Giddens, 1996; Kerbo, 1998), podríamos decir que, más bien, su enfoque fue radicalmente distinto al de sus contemporáneos. Entre los puntos centrales de su enfoque que contribuyeron a la teoría funcionalista de la estratificación social podemos citar (Durkheim, 1993a, 1993b)[5]:

  • Centralidad de los grupos profesionales en la sociedades modernas: en tanto, las sociedades modernas se organizan en torno al principio de solidaridad orgánica, es decir, basado en las diferencias y la especialización, las organizaciones profesionales o grupos ocupacionales se constituyen no sólo como proveedores de “servicios económicos” sino también como portadores de un efecto moral asegurador de la cohesión social. De este modo, la agrupación por ocupación se constituye como el principal tipo de agrupamiento social.
  • Explicaciones organicistas: la obra de Durkheim cristalizó cierta representación organicista de la sociedad. En este sentido, las explicaciones sobre los mecanismos sociales se asemejaron a explicaciones biologicistas en las que las funciones de los órganos cumplen una centralidad para el mantenimiento del organismo. Las ocupaciones, metafóricamente, ocupan el rol de órganos.
  • Explicaciones estructurales: La noción de estructura ocupa un lugar en toda la obra de Durkheim, derivándose los cambios a partir del tipo de solidaridad social y, por ende, de la forma de la división del trabajo, de las transformaciones en la densidad dinámica o moral y del volumen social de las poblaciones.
  • Excepcionalidad del conflicto social: De los desajustes entre el cambio estructural y los valores que guían a la sociedad se producen formas patológicas de división del trabajo que no conducen a la solidaridad orgánica. El antagonismo entre el capital y el trabajo es un ejemplo de esto. De esta forma, los grupos profesionales no cumplen con su función central de proporcionar un orden moral a sus integrantes.
  • Sociedad moderna como meritocracia: Siguiendo lo anterior, el pasaje de la solidaridad mecánica a la solidaridad orgánica llevaría a que los individuos no se agrupen ya por sus relaciones de descendencia, de consanguinidad, sino por la actividad y función que desempeñan en la sociedad. En este sentido, la organización anterior, basada en características adscriptivas, dejaría lugar a una nueva organización basada en desigualdades por características adquiridas (Kerbo, 1998: 105).

Estas ideas tuvieron una línea de continuidad en los postulados enunciados por el estructural funcionalismo, bajo el período denominado “consenso ortodoxo” de la década del 40 y 50, principalmente en la sociología norteamericana y latinoamericana (Feito Alonso, 1995a: 35; Pla, 2013b: 28). En términos generales, Talcott Parsons se constituyó como uno de los máximos exponentes de este paradigma, brindando una teoría general de los sistemas sociales, mientras que la aparición de “Some principles of stratification” (Davis y Moore, 1945) en la American Sociological Review, sentó las bases del pensamiento funcionalista de la estratificación social (Benza, 2014: 14; Lenski, 1966: 15). Siguiendo principalmente las lecturas de Feito Alonso (1995a) y Cachón Rodríguez (1989), podemos resumir los principales rasgos de la mirada estructural-funcionalista de la estratificación social a partir de las siguientes características:

  • Carácter evaluativo de la estratificación: la evaluación moral se constituye como el criterio central de la ordenación de los sujetos en el sistema de estratificación. El establecimiento de relaciones de superioridad o inferioridad respecto a la evaluación moral, se denomina sistema de estratificación, mientras que la pauta normativa constituye la escala de estratificación (Parsons, 1954: 64, 333, 335).
  • Explicación de las desigualdades en términos funcionales: las posiciones sociales se ordenan en función de su importancia funcional respecto a la sociedad en su totalidad y el talento o las cualificaciones necesarias para cumplirlas eficazmente (Davis y Moore, 1945: 243-244).
  • Énfasis en la dimensión distributiva o atributiva de la desigualdad: siguiendo los anteriores postulados las escalas de estratificación constituyen sus criterios ordenadores evaluando aspectos atributivos de los individuos: participación de los sujetos como miembros de la unidad de parentesco, cualidades personales, logros, posesiones, autoridad y poder[6] (Parsons, 1954: 67-68). Los aspectos relacionales, tales como la explotación y la dominación quedan fuera de consideración en las explicaciones de la desigualdad social desde esta óptica.
  • Preminencia de la igualdad de oportunidades frente a la igualdad de condiciones: Para Parsons, en las sociedades modernas, principalmente la norteamericana, las características adscriptivas (sexo, edad, origen social, etc.) dejarían lugar a las características adquiridas (nivel educativo, logro ocupacional) como mecanismo de asignación de estatus (1954: 68).
  • Imagen gradualista de la estratificación: Empíricamente los análisis de estratificación, desde esta tradición, optaron por aproximaciones gradacionales. En base a las características atributivas, los individuos son posicionados en un continuum en el que las fronteras de clase se tornan difusas (Parsons, 1954: 371). Estas gradaciones pueden constituirse de forma simple o sintética en función de cuantos elementos intervengan en su determinación. A sí mismo, los aspectos a medir pueden tener una naturaleza objetiva o subjetiva (Cachón Rodríguez, 1989: 137-138; Ossowski, 1963: 41, 53)[7].
  • Carácter multidimensional de la estratificación, aunque consideración de la ocupación como elemento central: Retomando la idea de estratificación multidimensional de Weber, los funcionalistas señalan la existencia de una múltiple caracterización del estatus, es decir, la posibilidad de que un sujeto pueda ocupar distintas posiciones independientes e irreductibles entre sí (Cachón Rodríguez, 1989: 124). De este modo, la estratificación puede suceder en varias esferas (ocupacional, familiar, étnica, poder, prestigio, ingresos, etc.) que de acuerdo al ideario funcionalista se encuentran ordenadas presuntamente de forma consistente. A pesar de esto, la ocupación es el indicador utilizado como medida de la estratificación global y como mejor vía de acceso para comprender la desigualdad social (Cachón Rodríguez, 1989: 135; Parsons, 1954: 362). Bajo la presunción de consistencia entre dimensiones, conocer la posición ocupacional de un sujeto funciona como proxy de su situación en otras dimensiones.
  • Orientación consensualista: El conflicto de clases, para el consenso ortodoxo, tiene un carácter endémico para la sociedad moderna y no se constituye como un rasgo típico. Frente a estos, los sistemas de estratificación tienen funciones positivas de estabilización de los sistemas sociales (Parsons, 1954: 287).

Los enfoques de clases sociales neo-marxistas y neo-weberianos

“El hecho de que estos conceptos normalmente ajenos de autoridad, oportunidades de vida, y recompensas de mercado sean hoy confortablemente absorbidos por la teoría marxista contemporánea es un considerable, aunque no reconocido, tributo de las virtudes de la sociología burguesa. Dentro de cada neo-marxista pareciera haber un weberiano luchando por salir afuera”(Parkin, 1984: 25).

“Dentro de cada neo-weberiano de izquierda hay un marxista luchando por quedarse escondido” (Wright, 2005b: 19)[8]

Los cambios producidos promediando el siglo XX, principalmente aquellos sucedidos en la esfera económica y del trabajo, obligaron a las tradiciones teóricas marxistas y weberianas a hacer mutuas concesiones (Burris, 1992; Longhi, 2005): por un lado, el neo-marxismo dialogó constantemente con el fantasma de Weber, incorporando a sus formulaciones categorías tales como dominación, calificación, control y abordando los procesos de intercambio y consumo; por el otro, la obra weberiana sufrió una “desparsonización”, que desde un diálogo con el marxismo, devolvía los aspectos socio-estructurales que habían quedado ocultos en la relectura funcionalista (Kerbo, 1998: 96). Asimismo, a medida que surgían estas nuevas interpretaciones, el consenso ortodoxo en las ciencias sociales, que posicionaba al estructural-funcionalismo de manera hegemónica, principalmente en Estados Unidos, comenzaba a mostrar cuestionamientos tanto desde su entorno propio como desde fuera.

Como bien decíamos, una de las principales transformaciones evidenciadas ya entrado el siglo, específicamente con el establecimiento de los llamados “estados de bienestar”, fue el crecimiento de una porción de la población que no era fácilmente atribuible, desde la teoría marxista, a una posición de clase obrera o burguesa. En otras palabras, los investigadores de raigambre materialista tuvieron que encontrar explicaciones plausibles teóricamente desde donde comprender el novedoso fenómeno de las “clases medias” que había quedado inconcluso en la obra de Marx. Por su parte, los neo-weberianos centraron su preocupación en los procesos de formación de clases y en las desigualdades en las oportunidades de vida, revisando nociones como las de “movilidad social” y “cierre social”, entre otras.

En este sentido, desde los campos neo-marxista y neo-weberiano, diversos autores intervinieron en la construcción de nuevas categorías que abordaran estos cambios, sin establecerse mayores consensos al interior de los propios espacios. Dentro del primer ámbito podemos citar las aportaciones de Poulantzas (1998, 2001), Przeworski (1984), Roemer (1985), Carchedi (1975) y Wright (1979, 1994), mientras que en el segundo podemos nombrar a Dahrendorf (1962), Parkin (1984), Giddens (1996) y Goldthorpe (Erikson y Goldthorpe, 1992; Erikson, Goldthorpe, y Portocarero, 1979). En esta sección, revisaremos los aportes de Wright y Goldthorpe, específicamente, debido a que elaboraron una aproximación teórica-empírica a la problemática de las clases sociales, mientras que los demás enfoques difícilmente pudieron hacer operacionalizables sus conceptos (Carabaña, 1997: 79), aunque tampoco en todos los casos haya sido su objetivo. A su vez, a pesar de sus diferencias insalvables, consideramos que ambas propuestas tienen coincidencias relevantes en pos del establecimiento de criterios básicos para el estudio empírico de las clases y de su preocupación en torno a la problemática del establecimiento de las fronteras de clases y su formación (Feito Alonso, 1995a: 148; González, 1992: 31).

El enfoque neo-marxista de Erik O. Wright

Diversos autores concuerdan en la importancia y complejidad que implicó el trabajo de Wright a la hora de construir un modelo teórico-metodológico para el análisis de las clases sociales a partir de las condicionalidades implicadas en trabajar únicamente desde conceptos de la teoría de clases marxiana (Carabaña, 1997: 80; Feito Alonso, 1995a). La conceptualización de clases, respetando dichos límites, debía ser 1) relacional, 2) expresar relaciones antagónicas, 3) tener su origen en la idea de explotación y 4) estar basada en las relaciones de producción (Wright, 1994: 37). Esta complejidad se refleja claramente en las diferentes fases y oscilaciones que transmite el propio Wright en sus obras, reconociendo dificultades y limitaciones a las que arriba en su empresa. No hay acuerdo en referencia a cuantos “momentos” o etapas tuvo su problematización del fenómeno de las clases sociales, sin embargo podemos separar claramente dos fases que describiremos en este sub-apartado: el enfoque basado en las posiciones contradictorias en las relaciones de clase y el enfoque de las explotaciones múltiples.

El primer enfoque remite a los textos seminales de Wright tales como Marxist class categories and income inequality (junto a Perrone 1977), Class structure and income determination (1979) y Clase, crisis y Estado (1983). En principio, sus interlocutores a la hora de definir un modelo capaz de captar la estructura de clases, fueron los enfoques funcionalistas, que en Estados Unidos dominaban aún el campo de estudios a partir de las miradas gradacionales y los estudios de “logro de estatus” y, por el otro lado, las posturas neo-marxistas que no habían podido presentar una definición coherente de las clases medias[9]. Respecto a estos últimos, Wright opta por abandonar la mirada dicotómica marxiana de las clases sociales, entendiendo que es necesario incorporar una noción sistemática que permita comprender la dinámica de una formación social concreta (Wright, 2005b: 7). En este sentido, el primer modelo de “posiciones contradictorias”, cuestiona la idea establecida respecto a que un individuo debería ser localizado en una única posición de clase (Wright, 1992).

Salvando dicho supuesto, y sin abandonar la idea de la existencia de clases fundamentales dentro del capitalismo, podía admitirse “que algunas posiciones posiblemente tengan un carácter múltiple de clase” (Wright, 1994: 49). Luego de una formulación simple en el que el autor combinaba los criterios de autonomía y supervisión del trabajo y que daba lugar a los “directivos” como clase contradictoria, se llegó a una formulación mucho más compleja, que adicionó dos posiciones contradictorias más. Ambas posiciones tenían “un pie” en las relaciones de producción capitalista y mercantil simple. A las posiciones directivas, ejecutivas y supervisoras, que ocupaban una posición burguesa y proletaria al mismo tiempo, debido a que controlaban de diversas formas los medios de producción y, a su vez, eran asalariados, se sumaron las posiciones de empleados semiautónomos y de pequeños empleadores. Mientras que la primera de estas posiciones daba cuenta de un cierto control efectivo sobre el propio proceso de trabajo y, por ende, se ubicaba entre la clase obrera y la pequeña burguesía, la posición contradictoria de los pequeños empleadores daba cuenta de aquellas situaciones en las que el sujeto era propietario de los medios de producción autoempleado y empleador de trabajo asalariado al mismo tiempo (Wright, 1994: 54-55).

Sin embargo, dicho esquema de clasificación fue foco de diversas críticas teóricas, especialmente del propio autor, que lo llevaron a una completa reformulación (Crompton, 1994: 101). Entre diversas observaciones, la principal crítica se basó en que las relaciones de clase se constituían casi exclusivamente en relaciones de dominación y no de explotación[10] (Crompton, 1994: 101; Feito Alonso, 1995a: 103; Wright, 1994: 67). Por un lado, dicho sesgo transportaba de alguna forma al enfoque de una mirada marxista a una weberiana. Por el otro, consideraba como causa de la estructuración de las clases a la dominación cuando el determinante más básico del antagonismo de clase es la explotación, es decir, puede existir dominación sin que esto implique explotación (Wright, 1994: 40).

En respuesta a dicho problema e influenciado por el marxismo analítico, Wright entendió que para elaborar un modelo que pueda insertarse coherentemente dentro de los marcos conceptuales del marxismo era necesario aumentar el nivel de abstracción, encontrar los principales fundamentos explicativos y alejarse del pensamiento dogmático (Feito Alonso, 1995a: 99). La principal influencia que tuvo Wright en este período fue la del matemático – economista marxista John Roemer, a partir de su obra A general theory of exploitation and class (1985), quien desde el enfoque de la transferencia de trabajo y, especialmente, desde la teoría de los juegos, especificó las distintas formas de explotación que coexisten contemporáneamente. Entre otros aspectos, este autor cuestionó el principió marxista de que la explotación se situaba únicamente en el ámbito de producción al establecer que la misma puede darse también en la esfera del intercambio a partir de dotaciones desiguales de bienes o recursos (González, 1992: 32). De esta forma, la idea central que propone Roemer en su enfoque es que la organización de la producción debe considerarse como un juego, en el que los jugadores poseen distintos bienes productivos que introducen en la producción y que utilizan para generar ingresos de acuerdo a un conjunto de reglas (Wright, 1994: 74).

Recuperando dicha idea, para Wright (2005b) la explotación se traduce en los diferentes tipos de derechos y poderes (recursos tangibles e intangibles) que tienen los sujetos sobre los inputs y outputs de la producción. En la medida que estos derechos y poderes están desigualmente distribuidos, puede hablarse de relaciones de clase. Ahora bien, ¿cómo se diferencian estos recursos? Wright resuelve este problema, nuevamente, descendiendo en el nivel de abstracción: en una sociedad concreta no coexiste un único modo de producción sino que conviven algunos de épocas pasadas y otros que serán dominantes en el futuro. En este sentido, las estructuras de clases se caracterizan por estar conformadas por diversas relaciones de explotación, una por cada modo de producción coexistente. Una clase puede ser explotadora en una dimensión, pero asimismo ser explotada en otra, así surge la noción de “explotaciones múltiples” (Wright, 1994: 101). Wright identifica cuatro tipos de bienes que son distribuidos desigualmente en función del tipo de estructura de clases a la que se haga referencia: la fuerza de trabajo (feudalismo), los medios de producción (capitalismo), los bienes de organización (estatalismo) y las cualificaciones (socialismo) (Wright, 1994: 95).

En relación con la propuesta del modelo de “posiciones contradictorias”, el esquema de “explotaciones múltiples” permite: desplazar conceptualmente a la “autonomía” como criterio central; generalizar el modelo a los distintos modos de producción y clarificar la problemática del “interés del clase”, al quedar definidos en función de las estrategias de optimización material según los bienes que se controlan o poseen (Wright, 1994: 107).

El enfoque neo-weberiano de John Goldthorpe

Desde el espacio neo-weberiano existe un acuerdo en el campo de investigación en referir a John Goldthorpe como uno de los principales exponentes en el estudio de la estructura de clases y la movilidad social[11]. Aunque teóricamente se lo asocie a la perspectiva neo-weberiana por gran parte de la comunidad académica internacional, el autor ha dejado en claro que en sus trabajos ha influido tanto la vertiente sociológica marxista como weberiana (Erikson y Goldthorpe, 1992). Su principal aporte al campo de estudios fue la elaboración de un esquema para el estudio de las clases sociales, denominado “EGP”[12] o “CASMIN”[13], utilizado internacionalmente tanto en estudios de índole nacional y como comparativos.

Algunas de las principales características teóricas constitutivas de su propuesta son: 1) el carácter relacional de las clases, 2) la definición de las clases a partir de su posicionamiento en las relaciones de mercado y en las unidades productivas, y 3) la relativa homogeneidad interna que presentan las clases en tanto los recursos que detentan como en la exposición que tienen frente a los cambios estructurales y los intereses que defienden. En cuanto al primer aspecto, las clases son definidas a partir de su relación con otras clases sociales, diferenciándose del enfoque gradacional o atributivo en el que las mismas son definidas a partir de ubicar a los individuos en un continuum referido a un valor o atributo, como la renta o el estatus (Goldthorpe, 2012: 46). Asimismo, el autor señala que el esquema puede ordenarse, a fines analíticos, a partir de algún criterio externo (Erikson y Goldthorpe, 1992: 44). Respecto al ámbito en el que se constituyen las clases, el autor señala que al igual que Weber y Marx, son las relaciones de empleo las que definen las locaciones fundamentales, específicamente, los empleadores, los auto-empleados y los empleados (Erikson y Goldthorpe, 1992: 37). Finalmente, respecto al criterio de homogeneidad, Goldthorpe señala dos aspectos centrales a analizar (Goldthorpe, 1992: 243): la identidad demográfica, que implicaría la conformación de colectividades en la medida que las familias y los individuos retienen y reproducen sus posiciones de clase a lo largo del tiempo, y la identidad cultural, que se hace identificable a partir del momento en que dichas colectividades comparten un estilo de vida distintivo y pautas de asociación preferidas.

Respecto a la modelización de la estructura de clases, el sociólogo inglés propone que el esquema no debe considerarse como un mapa definitivo de la estructura de clases, sino como instrument de travail[14]. En la construcción del mismo intervienen tanto ideas teóricas como consideraciones prácticas que dependieron del contexto en el que tuvo origen, de los propósitos y de la naturaleza de la información sobre la que sería aplicado (Erikson y Goldthorpe, 1992: 35). A través de estas argumentaciones, el autor remarca el carácter no definitivo del esquema y sus posibilidades de reacomodo y adaptación según los objetivos y datos disponibles con que se cuenten.

De este modo, la clasificación parte de la propiedad de los medios de producción, donde quedan determinadas las siguientes posiciones: 1) empleadores: aquellos que compran el trabajo de otro y asumen así algún grado de autoridad o control sobre éstos; 2) trabajadores autónomos sin empleados: aquellos que no compran el trabajo de otros, ni venden el propio; 3) empleados: aquellos que venden su trabajo a los empleadores y se ubican bajo su autoridad o control (Erikson y Goldthorpe, 1992: 39-40). La discriminación en el número de empleados permite subdividir a los pequeños y grandes propietarios. La clásica distinción manual – no manual – agrícola es retomada principalmente para diferenciar a las clases agrarias de las urbanas, debido a que la diferenciación entre ocupaciones manuales y no manuales es enmarcada de acuerdo al tipo de relación de empleo, es decir, en base a sus formas de regulación: las actividades no manuales tenderán a desarrollarse bajo la forma de relación de servicio y las actividades manuales bajo la forma de contrato de trabajo.

Las formas de regulación son abordadas por Goldthorpe para clasificar a la gran masa de asalariados que compone la estructura socio-ocupacional y con el desarrollo de su obra se transformaron en el criterio central (Erikson y Goldthorpe, 1992: 41-42; Goldthorpe, 1992, 2007). La relación de servicio da lugar a lo que el autor denomina “clase de servicios”[15] y que se caracteriza por estar conformada por empleados profesionales, administradores y directivos. Dentro de las principales características de este tipo de relación se encuentra el hecho que se desarrollan en un ámbito burocrático, tanto en el sector público como privado. Los contratos suelen pautarse a largo tiempo y el modo de intercambio empleador-empleado suele ser difuso, en el sentido que no sólo actúa el salario como forma de pago, sino que también ciertos elementos prospectivos (aumentos, seguros sociales, pensiones, etc.) que garantizan la estabilidad y el sostenimiento del empleo. Sin embargo, el rasgo principal de este tipo de relación es que está fundada en la confianza que el empleador tiene sobre el empleado, al delegar autoridad y/o buscar conocimiento experto y especializado. De esta forma el empleado “de servicios” obtiene autonomía y discrecionalidad, dependiendo su rendimiento del “acuerdo moral” que existe con el empleador y no de sanciones externas. En contraposición, la relación basada en el contrato de trabajo, remite a lo que en términos agregados puede entenderse como “clase obrera”. A diferencia de la relación de servicio, los contratos suelen ser de menor término y se realiza un intercambio de dinero por esfuerzo, calculado en función de las horas trabajadas. La discrecionalidad y autonomía suelen ser bajas, ya que el rendimiento del trabajador está atado a una mayor supervisión sobre el mismo y a condicionamientos externos en forma de sanciones[16].

Es importante remarcar que esta diferenciación se utiliza en forma típico-ideal (Erikson y Goldthorpe, 1992: 43) y que muchas ocupaciones pueden situarse en una situación ambigua entre ambos tipos. Dentro de estos casos, puede nombrarse a aquellos posicionamientos que se sitúan en un matiz intermedio: los trabajadores de rutina no manuales, es decir, trabajadores de oficina, ventas o servicios personales y los técnicos de menor calificación junto con los supervisores de empleo manual. En ambos casos es problemático determinar qué tipo de contrato prevalece.

Enfoques multidimensionales de la estructura de clases: definiciones a partir de la noción de espacio social

“Aquellos que pretenden descubrir clases ‘preparadas’ ya constituidas en la realidad objetiva y quienes sostienen que las clases sólo son simples artefactos teóricos (académica o ‘popularmente’), obtenidos de cortes arbitrarios en el de otra forma indiferenciado continuum del mundo social, tienen esto en común, que aceptan una filosofía sustancialista, en el sentido que Cassirer da a este término, que sólo reconoce la realidad que viene directamente ofrecida a la intuición de la experiencia ordinaria” (Bourdieu, 2000a: 104)

En contraposición a los abordajes neo-marxistas, neo-weberianos y funcionalistas, surgieron desde distintas corrientes teóricas, enfoques que realzaron el carácter multidimensional y complejo de la estructura de clases. Algunas de las propuestas fueron paridas dentro del propio estructural-funcionalismo, a partir de la teoría de la estratificación weberiana, y desde otras perspectivas ajenas a las anteriores.

Analíticamente podemos señalar tres criterios fundamentales sobre las que se sostuvieron estas propuestas. En primer lugar, parten de una mirada anti-sustancialista de las clases sociales, en el sentido de que las mismas no pueden definirse previamente al análisis, en forma deductiva, ni pueden reducirse únicamente a las determinaciones de la esfera económica. En segundo lugar reconocen la existencia de procesos de inconsistencia entre los distintos niveles definitorios de las posiciones, desafiando la idea de cristalización o “correspondencia ordenada” que planteaba el funcionalismo. Finalmente, existe un denominador común dentro de estos abordajes que refiere a la idea de “espacio social”, en tanto herramienta heurística para un análisis más complejo de la estructura social (Bourdieu, 2012a: 199). En este sentido, se recurre a metáforas propias de la geometría y la geografía, que permiten una comprensión de las distancias existentes entre los individuos posicionados en múltiples dimensiones.

En esta sección, revisaremos dos enfoques sobre la estratificación multidimensional. En primer lugar haremos referencia a las propuestas más ligadas a la noción de “distancia social” y al estudio de la (in)consistencia del estatus, herederas del andamiaje teórico propuesto por Sorokin y continuadas por Lenski, Hope y el equipo de Cambridge de estudios sobre estratificación, entre otros. En segundo lugar, repasaremos las principales coordenadas planteadas por Bourdieu en su estudio de las clases y el espacio social.

Espacio y distancia social en el análisis de la estratificación

En este sub-apartado realizaremos un raconto cronológico sobre el modo de conceptualizar la idea de espacio social, en tanto concepto construido para captar las heterogeneidades y complejidades de la estructura social en su totalidad. Como bien señalamos al inicio de este subcapítulo, la abstracción de ciertas relaciones (basadas en la producción o el mercado) constitutivas de la estructura social en detrimento de otras (consumo, política, etnia, etc.), a los fines de un análisis y estudio parsimonioso de las formas de agrupación de los individuos, tiene sus consecuencias. En dicha problemática se sitúan estas propuestas teórica-metodológicas que intentan capturar, en forma más completa, la complejidad constitutiva de la estructura social.

La obra de Sorokin (1927, 1953) es citada como una de las más influyentes en esta corriente teórica, al retomar la noción de multidimensionalidad elaborada por Weber y entender que la posición social se define por una pluralidad de dimensiones, aunque reducibles a tres: la estratificación económica, política y ocupacional (1953: 14). A su vez, siguiendo al sociólogo alemán, comprendía que “la intercorrelación entre las tres formas de estratificación está muy lejos de ser perfecta, pues las capas de cada forma no coinciden exactamente con las de las otras” (1953: 15), existiendo siempre un grado de separación entre cada una de las formas de estratificación. Por su parte, Sorokin agregó dos nociones básicas que tendrán una central influencia en los estudios futuros sobre la estratificación y la movilidad social.

En primer lugar, acuñó el término geográfico de “espacio social” para dar cuenta del sistema de relaciones en los que se insertan los individuos, grupos y países en función de la religión, nacionalidad, ocupación, posición económica, partido político, raza, sexo, edad, etc. (1953: 10). El atributo que adquiere cada sujeto para cada dimensión, los posiciona en un sistema de coordenadas[17] que permite definir la posición social del mismo, la existencia de similitudes con aquellos que se ubican en una posición cercana y de disimilitudes con aquellos que tienen atributos distintos y, por ende, posiciones lejanas (1953: 9). De este modo, la conceptualización de una teoría del espacio social llevaba inevitablemente a una conceptualización de la distancia social. La segunda noción que agrega Sorokin es la de “movimientos verticales” y “movimientos horizontales” que se producen debido a que la población se diferencia a partir de clases jerárquicas superpuestas basadas en “la distribución desigual de los derechos y privilegios, los deberes y responsabilidades, los valores sociales y las privaciones, el poder y la influencia, entre los miembros de una sociedad” (1953: 13). Esta construcción de la idea del espacio social, como herramienta teórica-heurística de abordaje de la estratificación, influenciará en autores tan diversos desde los que citaremos a continuación hasta la obra de Bourdieu (Cachón Rodríguez, 1989: 26).

Lenski fue uno de los autores que, desde una posición intermedia entre las miradas funcionalistas y aquellas basadas en las teorías del conflicto, señaló la necesidad de evaluar empíricamente el supuesto de multidimensionalidad presente en Sorokin y Parsons (Lenski, 1966). Particularmente, en dos artículos centrales (Lenski, 1954, 1956), indagó acerca de los elementos no verticales del estatus social, haciendo referencias a aquellos ámbitos en los cuales las dimensiones verticales de la estratificación no presentaban cierta coherencia (por ejemplo: individuos con ocupaciones profesionales e ingresos bajos). De esta forma plantea la sugerente hipótesis sobre la influencia de los niveles de cristalización de estatus en el comportamiento político de los individuos, midiendo la primera variable a partir de la correspondencia entre ingresos, ocupación, educación y etnia. Según Lenski, las sociedades con una relativa proporción de individuos con una pobre cristalización de estatus, es decir con una disparidad o incongruencia en los distintos niveles de estratificación, podían conllevar a una situación de inestabilidad social y política, en la medida que dichas inconsistencias se mantuvieran en el tiempo (Lenski, 1954: 412).

Posteriormente, las hipótesis de Lenski fueron retomadas a partir de técnicas más refinadas por Blalock (1966, 1967), Jackson (1962; Jackson y Curtis, 1972), Hope (1975, 1982), Sobel (1981) y Hendrickx et al. (1993), entre otros, dándole entidad a los llamados estudios de “inconsistencia de estatus”. Como fundamento de estos tipos de análisis se encontraba la crítica a la idea propuesta por los funcionalistas de correspondencia ordenada entre los diferentes niveles de estratificación (Cachón Rodríguez, 1989: 125), así como a la visión unidimensional de la estructura de clases, basada principalmente en los estudios que jerarquizaban a las ocupaciones según la frontera manual / o manual (Hope, 1982). Según los autores, el conocimiento de la estructura ocupacional no garantizaría una mirada completa del sistema de estratificación (Horan, 1974), necesitándose un cambio de abordaje que pueda representarse en términos vectoriales, en las que cada dimensión se constituya en forma ortogonal a la otra (Hope, 1975: 323).

Desde un enfoque distinto, la escuela de estratificación de Cambridge (Bottero y Prandy, 2003; Crompton, 1994: 159; Prandy, 1999) también recuperó las tempranas conceptualizaciones de Sorokin, así como de Laumann, en tanto pionero en el estudio empírico del espacio y la distancia social. A partir de diversa información estadística, este último autor, identifico la importancia en la consideración de otras dimensiones relevantes de la estratificación como la amistad, el parentesco y la residencia (Beshers y Laumann, 1967; Laumann y Guttman, 1966). En este sentido, la dimensión de la interacción se constituyó en un elemento central a la hora de elaborar una escala de estratificación que incorporé la importancia de procesos sociales que ocurren más allá del mercado (Prandy, 1999). Entonces para estos investigadores, los sujetos se presentan más cercanos o distantes en el espacio social, a partir no sólo de su posición en la estructura económica sino también de los contactos que establecen entre sí (amistad, matrimonios, etc.). En este marco es que los autores que se inscriben en dicha tradición toman preferencia por referirse a los grupos en tanto regiones o redes que se ubican en el espacio social y no como grandes clases sociales (Bottero y Prandy, 2003).

Las clases y el espacio social en la obra de Bourdieu

A diferencia de los enfoques que citamos en el sub-apartado anterior, Bourdieu recurre a los conceptos centrales de los clásicos de la sociología (Marx, Durkheim y Weber), aunque su pensamiento no sea directamente atribuible a ninguno de los tres (Weininger, 2005). Sin embargo su abordaje es crítico de las elaboraciones neo-marxistas y neo-weberianas que revisamos anteriormente, principalmente, debido a su sustento en una filosofía sustancialista y a la preeminencia de la esfera económica como espacio constitutivo de las clases sociales (Bourdieu, 1990, 2000a). Aquellos aspectos, que los análisis de clase tradicionales conciben como propiedades secundarias de las clases (etnia, sexo, cultura, etc.), son para Bourdieu definitorios, ya que se introducen siempre “de contrabando” en cualquier modelo explicativo (2012a: 116). En segundo lugar, entre otras influencias teóricas de Bourdieu en el análisis de las clases sociales, pueden nombrarse las lecturas que hizo tempranamente sobre la obra de Leibniz que le permitieron desplegar un modo topológico de razonamiento para la búsqueda de correspondencias mutuas en lo que el denominará espacio simbólico, social y físico (Baranger, 2004: 124; Wacquant, 2017: 9).

Entonces, a partir de dichas influencias teóricas, podemos señalar tres aspectos centrales de la noción de clases desde la perspectiva bourdiana. En primer lugar, las clases sociales se definen a partir de las relaciones sociales generales, es decir, por agentes situados en unas condiciones de existencia homogéneas y que presentan disposiciones homogéneas, no existiendo un mecanismo generador primario (Bourdieu, 2012a; Crompton, 1994: 214). En segundo lugar, las clases no deben considerarse como un punto de partida del análisis o como “clases operacionales” sino como un “efecto”, es decir, como la manifestación de la operación de varios campos y de la estructuración de los mismos (Baranger, 2004: 145; Savage, Warde, y Devine, 2005: 42)[18]. Finalmente la perspectiva de Bourdieu también se presenta como relacional pero en modo distinto a las posiciones anteriormente revisadas. Pensando el proceso de formación de clase en dos momentos, uno objetivista y otro subjetivista, el primero da cuenta del posicionamiento de los agentes en el espacio social en función de las distancias respecto a la acumulación y composición de diversos capitales[19], mientras que el segundo remite a las batallas simbólicas en la imposición de una visión legítima del mundo y sus divisiones (Bourdieu, 2000a; Gutiérrez, 2012: 12). La posición relativa en el espacio social se ve “redoblada” por las distinciones simbólicas que ejercen los agentes, por cierto “sentido de posición” (Baranger, 2004: 125; Bourdieu, 1990: 34).

Definidos los principales supuestos epistemológicos desde los que parte el autor, tres son los factores o dimensiones que dan cuenta del posicionamiento de los individuos en el espacio social y del proceso de formación de las clases sociales: 1) las diferencias primarias surgidas del volumen global de capital (económico, social y cultural), entendido como un conjunto de recursos y poderes efectivamente utilizables; 2) la composición del capital poseído, es decir, de la distribución; 3) y la evolución en el tiempo del volumen y de la composición de dichas propiedades, dando cuenta así de las posibles trayectorias intergeneracionales (Bourdieu, 2012a: 130-131). A partir del posicionamiento de los individuos en el espacio social, es posible separar en términos analíticos a las clases sociales, es decir, a un conjunto de agentes que ocupan posiciones similares y que, situados en dichas condiciones y sometidos a los mismos condicionamientos, tienen todas las posibilidades de tener disposiciones, intereses, prácticas y tomas de posición similares (hábitus) (Bourdieu, 1990: 30). En este sentido, el hábitus, como estructura estructurada que se configura según las condiciones de existencia y, en tanto estructura estructurante, ya que organiza la percepción del mundo, permite el nexo entre el espacio social y el espacio de los estilos de vida (hábitos de consumo alimenticio, ocio, vestimenta, etc.). Este nexo, estudiado preliminarmente por Weber (1964: 245, 687) al analizar la relación entre clase y estamento, es lo que Bourdieu (2012a: 205) denominó como “homología entre los espacios” y da cuenta de las afinidades que se establecen entre determinadas posiciones de clase y determinados estilos de vida (como por ejemplo las diferencias en el gusto y el consumo que se establecen entre la burguesía y los obreros, o al interior mismo de la burguesía entre los artistas e intelectuales y los empresarios).

Enfoques latinoamericanos sobre la estructura de clases y su medición en Argentina[20]

“La mayoría de las descripciones de la estructura de clases en las sociedades avanzadas concluye con el análisis del proletariado formal, definido como la clase que no tiene acceso a los medios de producción y sólo posee su trabajo para vender […] En América Latina, como en otras regiones de la periferia, esta descripción resultaría incompleta porque hay una vasta masa de trabajadores excluidos del sector capitalista moderno, que debe procurarse el sustento mediante el empleo no reglamentado o con actividades directas de subsistencia” (Portes y Hoffman, 2003: 15)

Hasta el momento hemos revisado los enfoques y miradas acerca de la estructura de clases a partir de autores norteamericanos y europeos. De este modo, para finalizar este subcapítulo, proponemos una relectura de las principales aportaciones a la problemática desde autores latinoamericanos que trataron directa o indirectamente el tema.

Antes de presentar las distintas propuestas es necesario contextualizarlas temporal y teóricamente. En este sentido, dos aspectos pueden ser señalados. Por un lado, el auge de este tipo de estudios en América Latina, principalmente entre los años 50 y 70 del siglo pasado (Atria, 2004), muestra la sincronía existente con las investigaciones empíricas que se estaban llevando a cabo en los países centrales respecto a la misma temática. Asimismo, esta sincronía se daba en el plano del debate de las ideas y de los métodos practicados para el estudio de las clases sociales. El contacto entre los investigadores del cono sur y el Subcomité de Estratificación y Movilidad Social de la Asociación Internacional de Sociología, para la implementación del primer gran estudio regional sobre dichos temas (Costa Pinto, 1964: 116), así como el debate teórico producido entre cientistas sociales latinoamericanos y europeos[21], daban cuenta de esta relación.

Por el otro lado, un rasgo de las ciencias sociales en la región, y específicamente en el área que nos compete, fue la marca ineluctable de la hibridación de disciplinas (Ansaldi y Giordano, 2014: 216), y que abarcó también el ámbito de la teoría y la metodología (Atria, 2004: 16): autores como Gino Germani, Florestán Fernandes y José Medina Echavarría son ejemplo de esto. Palabras típicamente de raigambre estructural-funcionalista (función, equilibrio, estratificación, sector, etc.) se entremezclaban con otras de origen marxista-weberiana (clases sociales, conflicto, poder, dominación, etc.).

A partir de dichas aclaraciones, en este apartado presentamos, en primer lugar, algunas coordenadas que permitan comprender la configuración particular de la estructura de clases regional a partir de la caracterización del capitalismo dependiente y periférico realizado desde la teoría latinoamericana. Posteriormente, y siguiendo la lógica de los apartados anteriores, revisaremos dos propuestas de análisis de clase para la sociedad argentina: el enfoque de Gino Germani y de Susana Torrado.

La estructura de clases en el capitalismo periférico y dependiente

Desde los años cincuenta hasta los años setenta, distintos enfoques teóricos intentaron reconstruir la imagen del capitalismo que se había desarrollado en la región como consecuencia de la inserción que los países habían tenido en la economía mundial. Como contrapartida, toda una sería de teorizaciones de las clases sociales se hicieron al respecto, diferenciándose, en menor o mayor medida, de las propuestas presentadas para el análisis de las sociedades centrales.

Desde la teoría de la modernización, heredera de las tesis dualistas de la primera mitad del siglo XX (Salvia, 2012: 78-79), las sociedades latinoamericanas fueron categorizadas como “subdesarrolladas”. Las mismas, internamente, eran clasificadas a partir de dos sociedades contrapuestas: una moderna, caracterizada por el desarrollo industrial, la urbanización y una mayor vinculación con el plano internacional; y una tradicional, donde predominaban las actividades de subsistencia, principalmente agrarias y de baja productividad. El disparador principal para el desarrollo era el crecimiento económico, que debía ser coadyuvado por una serie de transformaciones culturales, algunas de las cuales podían ser indeseables y generar resistencias (Germani, 1967; Rostow, 1959). Sin embargo, el argumento distintivo de esta teoría, en un contexto dominado por el consenso ortodoxo estructural-funcionalista, era que el progreso económico se representaba como un proceso natural y evolutivo donde se destacaba su carácter global, intersectorial y equilibrado (Borón, 2008b: 29; Salvia, 2012: 82).

Posteriormente, desde el enfoque estructuralista de la CEPAL, crítico de la teoría de la modernización, Prebisch señalaba que el débil desarrollo latinoamericano además de entenderse a partir de los excedentes y el progreso técnico que absorben los centros, en el juego de las relaciones de poder internacionales (Prebisch, 1949), debían considerarse los fenómenos internos referentes al consumo de los estratos superiores y a la absorción espuria de fuerza de trabajo, principalmente de los estratos intermedios por parte del Estado (Prebisch, 1976: 12). De este tipo de desenvolvimiento de los estratos superiores con respecto a la acumulación de capital, se deriva lo que el autor denomina como “insuficiencia dinámica” del capitalismo periférico (1976: 12-14) y que tiene como respuesta la producción de una fuerza de trabajo redundante que no es absorbida genuinamente por el sistema, manteniendo la existencia de capas técnicas muy rudimentarias o precapitalistas.

Las denominadas “teorías de la dependencia” (Borón, 2008a), surgidas durante la década del sesenta, centrando su crítica tanto en la teoría de la modernización como en la primera perspectiva desarrollista de la CEPAL (Sztulwark, 2005: 41), particularizaron el foco en el carácter dependiente de las sociedades latinoamericanas. La relación entre dos o más países se torna dependiente cuando algunas naciones (que intervienen en esta relación) pueden expandirse y ser autogeneradoras, mientras que las otras sólo pueden hacerlo como reflejo de la expansión de las primeras, impidiéndose la realización de las prioridades de desarrollo interno (Amin, 2001; Dos Santos, 1972). En este sentido, el subdesarrollo era entendido no como una consecuencia de la ausencia de estructuras y procesos capitalistas, sino debido al modo de inserción de dichas sociedades en el capitalismo mundial (Borón, 2008b: 31; Dos Santos, 1972: 8). La coexistencia de distintos modos y relaciones de producción, es decir, la convivencia entre un polo precapitalista y uno capitalista, era el resultado a nivel estructural de este tipo de inserción, y por este motivo algunos autores han adjetivado al desarrollo capitalista latinoamericano como insuficiente, deforme, sui generis (Marini, 1973) y/o distorsionado (González Casanova, 1963: 6).

Ahora bien, ¿en qué medida estás características del capitalismo latinoamericano implicaron la consolidación de una estructura de clases diferente a la de los países centrales? Para dar respuesta a este interrogante podemos señalar tres aspectos relevantes, entre otros, que cruzan gran parte de la literatura sobre clases sociales que se ha escrito en la región. En primer lugar algunos autores han señalado que el carácter dependiente del desarrollo latinoamericano influyó en la incapacidad del desarrollo de un sistema de clases similar al de los países centrales. Para Fernandes el desarrollo trunco del mercado, en tanto institución central de clasificación social en el capitalismo, generó un sistema de clases reducido y obstaculizó la emergencia de la clase social como categoría cognitiva y perceptiva capaz de organizar la vida económica y el comportamiento colectivo (Atria, 2004: 17; Fernandes, 1973: 191-193). Esto tuvo como consecuencia, a su vez, que las clases sociales se superpusieran a otras categorías sociales de agrupación, de solidaridad y de articulación (siendo el ejemplo paradigmático las diferenciaciones étnicas).

En segundo lugar, se presenta un elemento recurrente que es la identificación de viejas y nuevas clases sociales en coexistencia, producto de yuxtaposición de modos de producción correspondientes a diferentes períodos previos. Algunos las han clasificado como clases residuales y clases emergentes (Costa Pinto, 1964: 35; Filgueira y Geneletti, 1981: 96; Graciarena, 1967). Para Germani (1971: 41) dicha coexistencia, no se explicaba únicamente en términos del carácter asincrónico de los cambios que se producían, en el que una clase tendía a suplantar a otra, sino también que para una misma clase convivían distintos grupos que se habían constituido en distintos momentos históricos. Este tipo de conceptualización de las clases primó en los estudios socio-históricos que vincularon a las clases residuales con la estructura del poder oligárquico o como apéndices del mismo y las clases emergentes como aquellas generadas por la expansión del capitalismo (Filgueira y Geneletti, 1981: 97).

El tercer y último aspecto que fue identificado por sociólogos de distinta raigambre teórica fue la existencia de sector poblacional denominado como “marginal”. Quijano (1972) y Nun, Murmis y Marín (1968), han esbozado conceptos como “polo marginal” o “masa marginal” para dar cuenta del amplio espectro de población que no era absorbido por el sector de la economía en donde se concentraban los frutos del progreso técnico y los mayores ingresos. El primer concepto alude a aquel sector que no comparte los niveles de productividad de los ámbitos que sostienen el sistema, ni cumplen una función central dentro de éste, pero que mantienen una relación de interdependencia con dicho núcleo central o hegemónico (Quijano, 1972: 90). El segundo, da cuenta de aquella población sobrante que no se relaciona de manera inmediatamente funcional con el núcleo productivo del sistema y que traspasa la lógica del ejército industrial de reserva (Nun, 1972: 110).

La perspectiva de clases de Gino Germani

Gino Germani se ha caracterizado por ser no sólo el referente central de la sociología argentina, sino también como uno de los grandes impulsores de la sociología a nivel latinoamericano. Entre los diversos temas que ha investigado, el estudio de la estructura social y de las clases ha ocupado transversalmente toda su obra. Asimismo, sus producciones han dado cuenta de la influencia de diversas vertientes teóricas, así como de abordajes metodológicos. Según Murmis, su enfoque sobre las clases sociales combina elementos provenientes del marxismo y el funcionalismo, aunque su punto de orientación siempre fueron los estudios norteamericanos de estratificación y su posibilidad de análisis estadístico (Germani, Germani, Mera, y Rebón, 2010: 70). En la misma sintonía, Torrado señala que si bien enunciativamente el discurso teórico de Germani era funcionalista, su análisis de la estructura social argentina tiene una preminencia la visión económica y política de la problemática (Torrado, 1992b: 269).

Ya tempranamente, Germani ([1942] 1981) sentaba en un estudio preliminar sobre las clases medias en la Ciudad de Buenos Aires, las bases de su perspectiva de clases sociales que lo acompañará en sus estudios más maduros. En primer lugar entendía que la estructura de clases se distinguía de otras formas de agrupación debido a la jerarquía de posiciones que implicaba y su rol central en la organización y funcionamiento de las sociedades. Por otra parte, su enfoque distaba de ser meramente nominalista, al considerar que las clases tenían una existencia sociológica real, más allá de su abordaje estadístico y que se manifiesta concretamente en formas de pensar y obrar (Germani, 1955: 140, 150). Por último, además, agregaba que las clases sociales se explicaban por “algo más” que la actividad profesional y la posición ocupada en la producción, es decir, por un conjunto de condiciones objetivas y subjetivas que denominó “tipo de existencia” y que hacía referencia a estilos de vida, instrucción, educación, gustos, ideas, etc.[22] (Germani, 1955: 141, 1981: 111).

Estructura social de la Argentina (Germani, 1955) y, específicamente, su capítulo IX titulado simplemente como “Clases sociales: introducción” sean quizás el intento de mayor sistematización por parte del sociólogo italo-argentino de elaboración de una propuesta de análisis de la estructura de clases. Como bien indicamos en párrafos anteriores, sus múltiples influencias son evidentes: por un lado es claro su tono más cercano al marxismo (Sautu et al. en Germani et al., 2010: 76), aunque el autor reconozca también la influencia francesa dukhemniana vinculada al estudio de la “morfología social” y de la “ecología humana” norteamericana (Germani, 1955: 13). Señalado esto, Germani comprendía que el estudio de las clases sociales debería organizarse a partir de un compromiso entre los elementos propios de la teoría sociológica y la utilización óptima de los datos que se hallaban al alcance (1955: 139). De este modo, si bien las clases pueden son definidas por el autor a partir de factores estructurales (estructura ocupacional, jerarquía, tipo de existencia) y psicosociales (autoidentificación y sistema de actitudes, normas y valores), el mismo entiende que el estudio empírico de dicha totalidad a partir de las fuentes disponibles en ese entonces era una cuestión ideal. Así es que sólo los aspectos materiales y morfológicos son analizados por el autor a partir de dichas limitaciones (1955: 15).

Por otro lado Germani, en consonancia con otros teóricos latinoamericanos, distó de tener una mirada estática y homogénea de la estructura de clases. El juego histórico entre los factores estructurales y psicosociales rara vez permitirían su captura a través de una clasificación ordenada en distintos grupos ocupacionales. Es por esto que “sólo una perspectiva dinámica, que perciba la estructura de clases (por lo menos en nuestras sociedades) como en perpetuo movimiento, puede proporcionar esquemas teóricos adecuados” (1955: 142). De este modo, rechazando los enfoques deductivos del sistema de clases, Germani indicaba que era en vano buscar una discriminación neta de dichos agrupamientos debido a la complejidad de combinaciones entre criterios estructurales y psicosociales, y definió a las clases a partir de un criterio espacial y probabilístico, es decir, como “zonas de la estructura social en la que cierta combinación de criterios se da con mayor frecuencia estadística” (1955: 143).

Respecto al esquema de clasificación propuesto por el autor, el mismo recurre a “la convencional clasificación tripartita” de clase alta, media y popular (1955: 146). La clase alta, debido a su bajo peso poblacional, es incluida dentro de las clases medias. Asimismo, tanto las clases populares como las clases medias son desagregadas según sector de actividad (sector urbano y sector rural) y de acuerdo a su estatus legal (trabajadores dependientes e independientes) (1955: 146-147, 1981: 97). La frontera entre ambas clases se basaba en la distinción manual / no manual del trabajo, existiendo una amplia heterogeneidad dentro de cada agregado.

La perspectiva de clases de Susana Torrado

Dentro de una serie de propuestas teórico-metodológicas para el estudio de la estructura de clases contemporánea de la Argentina, profundizaremos el abordaje de Susana Torrado, ya que a partir del mismo se constituirá el esquema de clases utilizado en este libro[23]. Siendo discípula de Germani y especializada en demografía, sus trabajos constituyen una continuación del estudio de la estructura de clases argentina iniciada por el sociólogo italo-argentino. Sus principales trabajos en la temática se originan en los años setenta (de Ipola y Torrado, 1976) consolidándose con la publicación de Estructura social de la Argentina 1945-1983 (1992a) y Familia y diferenciación social (1998). Entre sus principales aportes, recuperaremos en este sub-apartado, la construcción de un esquema de clasificación elaborado para ser utilizado a partir de fuentes de datos censales y de encuesta (CFI, 1989: 18; Torrado, 1998: 223).

Teóricamente, la autora se sitúa dentro de la corriente del materialismo histórico[24], es decir, “la teoría de los modos, formas o comunidades de producción, y su articulación en formaciones sociales y sociedades concretas” (de Ipola y Torrado, 1976: 1; Torrado, 1992a: 23). Asimismo, al igual que Germani (1955), los autores aclaran que debido a sus propósitos se ven obligados a realizar una abstracción de los aspectos dinámicos que definen a las clases sociales, es decir, las condiciones superstructurales y el proceso de la luchas de clases, reteniendo únicamente el foco en los factores estructurales (de Ipola y Torrado, 1976: XIII; Torrado, 1992a: 24).

Es primordial en este enfoque partir desde la noción de relaciones de producción, ya que la misma, ontológicamente, permite diferenciar dos tipos de relaciones distintas: la relación asimétrica entre los propios agentes (relación determinante) y la relación de los agentes con los medios de producción (relación determinada) (de Ipola y Torrado, 1976: 13). El primer tipo de relación distribuye a los agentes en clases sociales fundamentales, en posiciones de explotador y explotado. El segundo tipo de relaciones, determinadas por las primeras, especifican a las clases sociales en un proceso social de producción históricamente dado, a partir de cuatro tipos de relaciones con los medios de producción: la detentación, el control técnico, la posesión y la propiedad (de Ipola y Torrado, 1976: 29-32). Estas relaciones implican desde la mera ejecución directa en el proceso de trabajo (detentación) hasta el poder de afectar los recursos y los medios de trabajo intervinientes (propiedad). Sin embargo, si bien las relaciones de producción se erigen como el criterio fundamental para la distinción de las clases, las mismas distan de comportarse como conjuntos homogéneos, pudiendo estar constituidas por fracciones, capas o categorías sociales que, aún como parte de una misma clase, pueden mantener posiciones contradictorias o de oposición. Para esto la autora recurre a los conceptos de Bettelheim de “división social del trabajo” y “división del trabajo social” (de Ipola y Torrado, 1976: 39-48; Torrado, 1992a: 25). La primera, en tanto forma de repartición de los agentes en función de las relaciones de producción, permite la distinción de subconjuntos jerárquicos dentro de cada clase social, lo que la autora denominó como “capas sociales”. En cambio, la segunda división da cuenta de la repartición de los agentes en diferentes sectores del proceso social de producción (industria, comercio, finanzas, etc.) y que da lugar a diferenciaciones horizontales que la autora como “fracciones de clase”.

A nivel concreto, la formación social argentina en el período que estudia la autora es caracterizada a partir de la articulación entre el modo de producción capitalista (dominante, en su estadio monopólico y con carácter dependiente) y la forma de producción mercantil simple. De esta forma, cuatro son las relaciones de producción que definen esta articulación (Torrado, 1992a: 107-112): la relación salarial capitalista, basada en el lazo contractual que vincula a un empleador con un trabajador que le vende su fuerza de trabajo por el precio de un salario; la producción mercantil simple, basada en la existencia de pequeños productores independientes relacionados a actividades de la producción y comercialización de bienes y servicios, y que establecen relaciones de intercambio entre sí y con los agentes insertos en la esfera capitalista; el servicio doméstico, cuya posición está definida por relaciones que no son propias ni del modo de producción capitalista ni de la forma de producción mercantil simple; y por último, el empleo marginal, que es definido como un conjunto de ocupaciones emergentes de la forma de producción capitalista en sociedades periféricas, recuperando así los aportes de la teorías de la dependencia[25]. Específicamente, en este tipo de relación de producción se encuentran trabajadores con baja o nula calificación y/o educación formal, quienes por carecer de oportunidades de inserción estable en la esfera capitalista o en la producción mercantil, venden su fuerza de trabajo ocasionalmente en el sector de la construcción o el transporte de carga, o se refugian en la venta callejera de bienes y servicios diversos, es decir, en ocupaciones y sectores de muy baja productividad, que les reportan ingresos mínimos (Torrado, 1992a: 112).

Revisados los aspectos teóricos que sustenta la mirada de la autora, podemos definir los criterios que guiaron la construcción del esquema de clases (CFI, 1989: 21; Torrado, 1998: 224-225):

  1. discriminar un número relativamente pequeño de estratos socio-ocupacionales (y no de clases sociales, debido a la extrema complejidad de este último concepto y a las dificultades de su operacionalización con las fuentes disponibles de datos),
  2. construir grupos homogéneos (hasta donde fuera posible) desde el punto de vista de las modalidades de inserción de los agentes en los procesos de trabajo; el discriminar grupos que tuvieran una cierta identidad como actores sociales, es decir, que no constituyeran meros agregados estadísticos;
  3. discriminar grupos con una frecuencia empírica suficientemente grande como para permitir su tratamiento estadístico;
  4. ordenar los estratos en términos de un empeoramiento gradual de sus condiciones de vida a medida que se desciende desde el primer escalón;
  5. designar los grupos así discriminados con los nombres de mayor consenso en la literatura especializada y (no menos importante) que le son más familiares al ciudadano común.

Finalmente, si bien la operacionalización del esquema y sus variables constituyentes son presentadas más adelante, algunas cuestiones pueden ser señaladas. Por un lado, podemos decir que el esquema tiene dos versiones que se corresponden a dos momentos distintos. Un primer esquema, utilizado por la autora para el análisis de la sociedad chilena y con un mayor compromiso con el marco teórico marxista (ver esquema 1.1) (de Ipola y Torrado, 1976; Torrado, 1978b, 1981); y un segundo esquema, utilizado para el estudio de la estructura social argentina, que se presenta como continuación de la primer clasificación, pero con una mayor compromiso “estadístico”, es decir, un esquema que permita la comparabilidad inter-censal (ver esquema 1.2) (CFI, 1989; Torrado, 1992a, 1998). A su vez, los esquemas se presentan en diferentes niveles de agregación, es decir, en capas y fracciones, estratos y clases sociales, que permiten el estudio de los grupos con un mayor o menor nivel de homogeneidad. Particularmente en esta tesis se trabajará con el segundo esquema propuesto por la autora.

Esquema 1.1. Esquema de clases según Torrado y de Ipola (1976)

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Fuente: Torrado y de Ipola (1976)

Esquema 1.2. Esquema de clases según Torrado (1998)

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Fuente: Torrado (1992; 1998)

1.2. El legado del pasado: aportes de los estudios sobre movilidad social intergeneracional

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (Marx, 2004: 17).

“En cada momento la estructura de clase de un país lleva la impronta de su historia, a veces de una historia ya remota, y siempre la del desarrollo económico y social de dos o tres generaciones” (Germani, 1955: 142).

El estudio de la movilidad social adquiere sentido dentro del campo teórico de la estratificación social (F. Cortés y Solís, 2006: 494), ámbito que hemos revisado en el apartado anterior y desde donde recupera los principales elementos teóricos. En otras palabras, no es posible un estudio de la movilidad social, sin una concepción de la estratificación en el que los movimientos ocurran. Ahora bien, ¿qué entendemos, en términos generales, por movilidad social? Existe un consenso en considerar a esta, siguiendo la clásica definición de Lipset y Bendix (1963: 18), como el “proceso por el cual los individuos pasan de una posición a otra en la sociedad”, generalmente en términos jerárquicos. Sin embargo, y aquí radica la mayor ambigüedad que engloba al concepto, no es claro a qué se hace referencia con la idea de posición. Tanto en términos científicos como políticos y de sentido común, la noción de movilidad social resulta polisémica (Bertaux, 1994: 334; Cachón Rodríguez, 1989: 216): podemos hacer referencia tanto a movimientos entre las clases sociales, como entre las ocupaciones, los niveles de ingresos, los niveles de riqueza, los niveles de condiciones de vida, los niveles educativos, etc. Asimismo, la movilidad puede medirse en términos intergeneracionales (cambios en la posición de los hijos respecto de los padres) o intrageneracionales (cambios en la trayectoria de clase en la vida de la persona). En esta tesis, estudiaremos específicamente la movilidad intergeneracional de clase.

Podemos decir que, hasta la masificación de los estudios de movilidad económica o de ingresos, el análisis de la movilidad de clase u ocupacional fue hegemónico durante la mitad de siglo XX en adelante. Este tipo de estudios plantea, en forma simplificada, un modelo de análisis de relación entre tres instituciones centrales (la familia, la educación y el mercado de trabajo), derivando en el denominado “triángulo de la movilidad” (Birkelund, 2006; Breen, 2004; Goldthorpe, 2010a; Hout y DiPrete, 2006), que representamos en la esquema 1.3:

Esquema 1.3. Orígenes, educación y destinos: el triángulo OED

 triangulo

Fuente: Breen (2004)

Estos tres elementos han constituido el núcleo central del estudio de la movilidad social, más allá de que los principales trabajos sobre la temática hayan puesto el eje sobre una de las relaciones planteadas. En este libro, al estudiar la movilidad social, nos centraremos en la relación entre los orígenes y destinos de clase, abordando el efecto de la educación únicamente en términos de control.

Dentro del marco teórico estructural-funcionalista, el estudio de la movilidad social intentó hacer foco en uno de los procesos sociales más relevantes para el estudio de las desigualdades desde una óptica liberal: la igualdad de oportunidades. En este sentido, se partía del supuesto básico según el cual, si los individuos cambiaban su posición respecto a la de sus padres, de algún modo, se debía a la universalización de criterios basados en el reclutamiento a partir del mérito y logro individual (Benza, 2014: 68; Crompton, 1994: 87). Siguiendo el “triángulo de la movilidad”, la igualdad de oportunidades, se lograba a partir del debilitamiento entre las relaciones presentadas entre el origen y el destino de clase, por un lado, y el origen de clase y el nivel educativo por el otro. En otras palabras, a partir de la reducción del peso de las características adscriptivas de los individuos sobre su futuro (Torche, 2014).

Sin embargo, otras líneas teóricas no funcionalistas, tanto desde los estudios de movilidad social (Boudon, 1983; Erikson y Goldthorpe, 1992; Goldthorpe, 2010a) como desde distintos análisis de la desigualdad (Dubet, 2011; Mora Salas, 2005; Reygadas, 2004, 2008; Therborn, 2016), cuestionaron el hecho de centrar la mirada únicamente en las oportunidades en detrimento de las condiciones y los resultados. Para estos autores, el criterio de igualación de una sociedad no sólo recae sobre las probabilidades de moverse en el sistema de estratificación independientemente de las condiciones de partida o iniciales, sino también de acotar la distancia entre las posiciones que ocupan las personas más allá de la pauta de movilidad existente (Dubet, 2011: 11).

De esta forma, concordamos con aquellos investigadores que proponen al estudio de la movilidad social como una prueba eficaz del grado existente de igualdad de oportunidades (Solís y Boado, 2016), aunque creemos que también es una herramienta teórica y empírica para evaluar el modo en que las desigualdades de condiciones se reproducen en el tiempo. La desigualdad de oportunidades está fuertemente influenciada por la acumulación de desigualdades de resultados en momentos previos y que se han cristalizado en posiciones desiguales (Therborn, 2016: 52), siendo necesario comprender los procesos que ocurren antes de la competencia, durante la competencia y luego de la competencia (Reygadas, 2004: 24).

Los enfoques funcionalistas de la movilidad social

“La suma de los éxitos individuales no se ha transformado en promoción colectiva” (Dubet, 2011: 92).

Como bien señala Cachón Rodríguez (1989: 9), la sociología de la movilidad social nace al calor del debate sobre la igualdad y en el seno del estructural-funcionalismo, al punto que todo el basamento conceptual se sustenta en la concepción liberal del orden social. Acorde con la teoría de la estratificación revisada en el subcapítulo anterior, la visión liberal-funcionalista comprendía a la sociedad como un campo continuo y homogéneo formado por individuos que desempeñan funciones de más o menos prestigio y remuneración, y que presentan amplias posibilidades de movilidad (Kerbo, 1998: 156).

Los primeros estudios empíricos de movilidad: la preocupación la magnitud

Si bien puede citarse a Sorokin como uno de los padres en el estudio de la movilidad social a partir de su clásico Social Mobility (1927), será recién en la década del 50’ donde proliferarán una serie de estudios específicos en la temática, a partir de las aportaciones de Rogoff (1953), Glass (1954)[26], Carlsson (1958), Svalastoga (1959) y Lipset y Bendix (1963). Estos estudios eran fruto de la realización de encuestas a nivel local así como de grandes muestras a nivel nacional. Finalmente, con el trabajo de Miller (1960) se alcanza una primera mirada comparativa acerca de los patrones de movilidad social en distintos países industrializados.

Si bien diversos temas interesaron a esta primera generación de investigadores, entre los que podemos citar las consecuencias políticas de la movilidad así como su relación con la estructura social, la pregunta central circundó en torno a los niveles de movilidad que presentaban los distintos países y sobre la forma que la misma asumía (Ganzeboom, Treiman, y Ultee, 1991: 281). Sus evidencias empíricas eran construidas a partir de esquemas básicos que diferenciaban a la población en clases no manuales, manuales y rurales, mientras que los índices de movilidad se obtenían a partir de un uso básico de las tablas de movilidad, calculando los porcentajes de salida, entrada y razones de movilidad. La tabla de movilidad, para esta generación, constituye el insumo central para el estudio del fenómeno, conteniendo la misma la información sobre la posición social de las personas a las cuales se encuestó y la posición de su familia (generalmente del padre) cuando éstas tenían alrededor de 15 años (Breen, 2004: 3).

El estudio llevado a cabo por Lipset y Zetterberg (1963), posteriormente publicado en el clásico La movilidad social en la sociedad industrial (Lipset y Bendix, 1963) debe ser considerado como la piedra fundamental de la sociología de la movilidad social (Cachón Rodríguez, 1989: 356). En dicho artículo, a partir del análisis de datos de diversos países, los autores postulan una serie de conclusiones que marcarán el camino de los futuros estudios:

  • Existencia de una pauta de movilidad social similar entre los distintos países industrializados.
  • La similitud de los índices de movilidad en países con estructuras sociales tan diversas, sugiere que no pueden vincularse los mismos a valores culturales nacionales. Los índices están determinados, fundamentalmente, por la estructura ocupacional.
  • Existencia de un deseo intrínseco de todas las personas de estatus inferior a ascender de estatus. En este sentido, la motivación, ocupa un rol central explicativo de la movilidad social, tal como entendía el funcionalismo.
  • Inexistencia de sociedades industriales cerradas o con barreras insuperables.
  • Existencia de consecuencias no deseadas de la movilidad social debido a la generación de situaciones de inconsistencia de estatus.

La primera de estas hipótesis marcará a fuego a los estudios de movilidad social, siendo especificada posteriormente en los trabajos de Featherman, Jones y Hauser (1975) y Breen (2004) y bautizada por Erikson y Goldthorpe (1992) como la hipótesis Lipset-Zetterberg. A partir de la misma, se consolidaba la tesis de la convergencia, que vinculaba las altas tasas de movilidad como producto de cierto desarrollo económico y grado de industrialización (Cachón Rodríguez, 1989: 356) y, por ende, de cumplimiento de la promesa liberal de la igualdad de oportunidades (Crompton, 1994: 87). En este sentido, como señala la segunda hipótesis, los niveles similares de movilidad social se explicaban más por el lado del desarrollo de la estructura ocupacional que por las características particulares de la orientación política de los países industrializados. Otro de los aspectos que marcaron estos primeros estudios remite a las consecuencias no buscadas en el proceso de movilidad social, específicamente las situaciones de inconsistencia de estatus. Según Lipset y Zetterberg (1963: 81) el proceso de movilidad al combinar, por ejemplo, el acceso a posiciones de alto estatus en una determinada jerarquía y posiciones de bajo estatus en otra, podía generar problemas y tensiones con el grupo de pertenencia primario, así como consecuencias psíquicas.

Sin embargo, además de cierta inmersión en el paradigma funcionalista, estos primeros estudios compartían el hecho de encontrarse en plena incorporación de las técnicas estadísticas avanzadas en la sociología[27]. Hasta ese momento, el uso de las incipientes técnicas estaba gobernado por las preguntas de investigación realizadas: ¿Cuánta movilidad total había? ¿Cuántos eran descensos y cuántos ascensos? ¿Cuántas personas reproducían la posición de sus padres? Ahora bien, con la incorporación de las comparaciones internacionales nuevas problemáticas asomaron. La existencia de encuestas diversas, realizadas a muestras distintas, con números totales diferentes, impedía la inmediata comparación entre países debido a que los valores estimados estaban fuertemente condicionados por el número final encuestado. Si esta era una primera alerta a considerar, la segunda derivó del hecho de que estructuras de clase distintas, en términos de composición y tamaño, obligatoriamente daban lugar a índices de movilidad distintos. Esto dio lugar a la prueba de toda una serie de técnicas tendientes a “aislar” esta doble problemática a los fines del análisis comparativo y del abordaje de la “verdadera” movilidad, es decir, aquella que ocurre más allá de la transformación en la estructura ocupacional. Entre las técnicas utilizadas a estos fines podemos citar: índice o razón de movilidad, índice de asociación, índice de disociación, índice de disimilitud, entre otros (Cachón Rodríguez, 1989: 257-266). La utilización de dichas técnicas tuvo sus reverberaciones en la teoría de la movilidad social, al elaborarse las nociones centrales de movilidad estructural y movilidad circulatoria (también llamada neta, pura o individual). Si la primera daba cuenta de aquella movilidad forzada que se generaba por el tamaño relativo de las clases sociales, es decir, por las diferencias en el desarrollo económico, tecnológico, socio-ocupacional y/o demográfico, la segunda hacía referencia a la que ocurría por el reemplazo generacional o a la circulación entre personas (Germani, 1963; Kerbo, 1998; Yasuda, 1964). A partir de esta distinción tanto teórica como técnica, los estudios de movilidad, en su mayor parte, se concentran en este segundo formato, como camino de acceso al estudio de la igualdad de oportunidades.

Del cuánto al cómo. La teoría del logro de estatus.

Varios interrogantes planteados por la primera generación no habían sido analizados en términos empíricos. Si particularmente la preocupación se había centrado en conocer cuánta movilidad social existía en los distintos países y, al menos, dar cuenta de algunas de sus implicancias y consecuencias, esta segunda generación de estudios se va a centrar en las causas y factores que permiten explicar a la misma (Feito Alonso, 1995a: 272; Ganzeboom et al., 1991: 283). El hito que dio respuesta a estos nuevos interrogantes fue la publicación de The American Occupational Structure (Blau y Duncan, 1967), libro que sentó un nuevo precedente no sólo metodológico, como la mayoría de los revisionistas marcaran, sino también teórico, en la medida que su compromiso con el estructural-funcionalismo se dio de forma más acabada que en la generación anterior.

En primer lugar, Blau y Duncan plantearon un abordaje del fenómeno de la movilidad social considerándolo como parte del “proceso de estratificación”. De este modo descompusieron el concepto en sus elementos constituyentes, es decir, en la posición de origen y de destino. Ya no enfocaron el problema desde el estudio de los patrones de movilidad, sino a partir de los efectos que las características adscriptivas presentaban sobre el logro ocupacional (Blau y Duncan, 1967: 9). En términos operativos, la preocupación rondaba en torno a cómo diversos factores intervinientes (principalmente, la educación) y las contingencias de la carrera ocupacional podían modificar la influencia de los orígenes sociales (variables background) sobre los logros ocupacionales de los sujetos (variables outcome) (Blau y Duncan, 1967: 20; Cachón Rodríguez, 1989: 229). El modelo básico de logro de estatus puede formalizarse en el esquema 1.4.

Esquema 1.4. Modelo básico de proceso de estratificación según el modelo de logro de estatus

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Fuente: Blau y Duncan (1967: 170)

Sobre el trabajo de estos autores, al menos, tres aspectos debemos destacar para conocer su influencia posterior en la sociología de la movilidad social: 1) la utilización como criterio clasificatorio de un índice socio-económico; 2) la utilización de la técnica del path analysis para conocer los efectos directos e indirectos que ejercen cada una de las variables; 3) las conclusiones sobre la preminencia de los procesos de movilidad social en la sociedad estadounidense.

Respecto al primer punto los autores clasificaron a las ocupaciones ya no a partir de la clásica distinción utilizada comúnmente (trabajo rural, trabajo manual, trabajo no manual) sino a partir de la construcción de un índice socio-económico (en inglés conocido con las siglas SEI) basado en la relación entre las ocupaciones, el nivel de ingresos y el nivel educativo (Blau y Duncan, 1967: 124-125). Esta elección tenía dos fundamentos. En primer lugar, los autores asumían que la estructura ocupacional se configuraba de una manera más o menos continua, más que en clases discretas y separadas. En segundo lugar, el carácter gradacional era apropiado para la aplicación de determinadas técnicas estadísticas (correlaciones y regresiones) que el modelo analítico requería.

En segundo lugar, la utilización de la técnica del path analysis como variante de la regresión lineal múltiple, permitía responder a interrogantes planteados por la generación anterior pero a través del control de ciertas variables intervinientes (Duncan, 1966; Duncan y Hodge, 1963). De esta forma, era posible descomponer los efectos totales de las variables background en directos e indirectos a partir de los coeficientes path, aspecto central para determinar en qué medida el logro o destino ocupacional debía entenderse puramente como un efecto de las condición de origen, o si por el contrario, existía la intervención de otra variable mediadora. La implementación de esta técnica en conjunción con el uso del SEI implicaron una gran innovación en términos teóricos y técnicos respecto a las elaboraciones anteriores (Ganzeboom et al., 1991: 282).

Por último, The American Occupational Structure sentó una serie de conclusiones que demostraban que Estados Unidos era un país en el que el mérito era el principal motor de ascenso social[28]. El nivel educativo de los encuestados era considerado, a partir del estudio de los caminos o paths, y en tanto factor interviniente, como la principal variable explicativa, por sobre las características de origen (Blau y Duncan, 1967: 155,169-170). Por otro lado, los efectos totales de la ocupación del padre (variable clásica en los estudios de movilidad para analizar el origen social) influenciaban, en mayor medida, de forma indirecta a la posición de destino, mediante la educación y la primera ocupación del hijo, que en forma directa. Asimismo, esta preminencia explicativa de la educación era hallada por los autores, con mayor fuerza, en las cohortes más recientes (1967: 180). Entonces, en términos teóricos, Blau y Duncan llegaron a la conclusión que la estructura ocupacional estadounidense estaba, en gran medida, gobernada por criterios universalistas respecto a la performance y el logro, entendiendo a dichos criterios como una de las “variables pauta” (universalismo – particularismo) de orientación de valor y estructuración del estatus, que Parsons identificaba para las sociedades industrializadas (Cachón Rodríguez, 1989: 57). En otras palabras esto implica una universalización de la racionalidad y la eficiencia como criterios de evaluación globales, que permitían que el estatus adquirido se torne más importante que el estatus adscripto (1967: 430). De este modo, la movilidad social se legitimaba en el logro individual.

Los enfoques de clase sobre la movilidad social

“Al contrario de lo que el nombre podría indicar y de como muchos conciben el problema, el sistema de estratificación no es una relación estática; el estudio de clases es, por excelencia, el estudio de la dinámica social. Conocer el sistema de clases de una sociedad es conocer no solamente cómo es, si no también cómo se transforma” (Costa Pinto, 1964: 35)

A partir de los años 70, con el rompimiento del consenso ortodoxo estructural funcionalista, se abre una puerta al pluralismo sociológico en el campo de la movilidad social a partir de la convivencia de diversas escuelas y tradiciones: Nuffield College de Oxford, escuela de Wisconsin, escuela francesa, cierto sector del neo-marxismo, etc. (Cachón Rodríguez, 1989: 189; Kerbo, 1998). Si bien la escuela de Wisconsin se erigía como continuadora del abordaje del “logro de estatus”, las demás vertientes fueron muy críticas de los estudios de movilidad social, en general, y del trabajo de Blau y Duncan, en particular, en los siguientes aspectos:

  • Cambio de foco de lo colectivo a lo individual. El uso del estatus socioeconómico en lugar de un enfoque de clases sociales permitió un salto de la explicación colectiva de la movilidad a la explicación individual (Benza, 2014: 73; de Frutos, 1993: 190). Esto no permite indicar que las relaciones que se establecen entre variables son particulares entre determinadas clases o grupos, es decir, entre posiciones superiores o inferiores (Savage, 1997: 309)
  • Excesiva centralidad en la igualdad de oportunidades. La legitimación de los resultados (desiguales) producidos vía la igualdad de oportunidades tienen como consecuencia una situación de desigualdad de condiciones para la generación siguiente (Blackburn y Prandy, 1997: 492).
  • La sofisticación técnica derivó, en algunos casos, en cierto ateoricismo e ininterpretabilidad de los resultados acumulados. Los resultados se hacían ininterpretables por falta de un marco teórico adecuado (Boudon, 1983: 5; Cachón Rodríguez, 1989: 325). Esto, a su vez, transformó a los estudios de movilidad en un campo intrínsecamente comparativo a falta de una teoría con la cual contrastar los datos (Cachón Rodríguez, 1989: 368).
  • Las evidencias empíricas planteadas hasta ese momento no se ajustaban con los datos observados en la realidad, ya que la movilidad social no siguió una fase creciente, a su vez que los orígenes de clase continuaron influenciando los destinos posibles (Benza, 2014: 78).

En este apartado nos centraremos especialmente en aquellas miradas sobre la movilidad social que hicieron mayor énfasis en las desigualdades de origen y en la comprensión del fenómeno como un aspecto del proceso de formación y acción de las clases. Desde esta perspectiva general, las chances de movilidad social estarían fuertemente determinadas por las condiciones de origen (Kerbo, 1998: 156). Asimismo, muchos autores además de situar este abordaje en continuidad con la tradición weberiana, acuerdan que también en los escritos de Marx podría encontrarse cierta preocupación por el fenómeno de la estructura de la movilidad y las desigualdades de origen (Costa Pinto, 1964: 42; Kerbo, 1998: 155)[29].

El enfoque de la movilidad social desde el Nuffield College

Es desde el Nuffield College, principalmente a través de los trabajos de John Goldthorpe, donde se realizarán las principales críticas a la ortodoxia funcionalista que había dominado la sociología de la movilidad social y se sentarán los nuevos rumbos en el estudio de la misma. Como bien señalamos anteriormente, su enfoque distinto proviene tanto a partir de una concepción weberiana de las clases sociales como de la influencia del socialismo fabiano en la relevancia otorgada a las desigualdades de origen (Cachón Rodríguez, 1989: 469). De este modo, para Goldthorpe, la movilidad social se comporta como un fenómeno que ocurre en una estructura de clases, es decir, dentro de las relaciones laborales y las unidades productivas, y no en un continuo de prestigio, estatus o recursos socioeconómicos (Erikson y Goldthorpe, 1992: 29).

Desde una perspectiva amparada en el individualismo metodológico, por el cual todos los fenómenos deben ser explicados, en última instancia, por las acciones de los individuos, Erikson y Goldthorpe conciben a la movilidad como un proceso mediador entre la estructura (y sus constreñimientos) y la acción, en términos estrategias y recursos posibles a ser desplegados (1992: 2). Por otro lado, a diferencia de la generación anterior de estudios, al menos como propósito, Goldthorpe fundamentó su preocupación ya no tanto en términos de cuánta movilidad existía, ni en su dirección (ascendente o descendente) o sobre los factores que determinaban el logro ocupacional, sino en el proceso mismo de formación de clases, es decir, a partir de la constitución de clases con cierta identidad demográfica y cultural (Cachón Rodríguez, 1989: 438; Méndez y Gayo, 2007: 133-134).

Ahora bien, el acercamiento a finales de los años 70 entre los estudios de movilidad social y los referidos a la estructura de clases, no se dio únicamente por una cuestión teórica-ideológica, sino también metodológica (Goldthorpe y Llewellyn, 1977). El desarrollo de los “modelos loglineales” permitió un tratamiento estadístico para evaluar la asociación entre los orígenes y los destinos, a partir de variables discretas, es decir, habilitando la posibilidad de utilizar clasificaciones basadas en esquemas de clases sociales. La utilización de dichos modelos modificó el rumbo de los estudios de movilidad social en varios aspectos. Por un lado, permitieron el avance teórico de la disciplina (Goldthorpe, 2010a: 422) ya que mediante su aplicación se pudo finalmente lo que generaciones anteriores intentaron: aislar el efecto del cambio estructural en los análisis de las tablas de movilidad. Esto llevó a que se discontinúe el uso de las nociones de movilidad estructural y circulatoria, cambiándolas por los conceptos de movilidad absoluta y relativa, que se ajustaban de mejor modo a aquellos aspectos que podían ser observados a partir de las tablas (Erikson y Goldthorpe, 1992: 59; Ganzeboom et al., 1991: 287). Por el otro, este tipo de análisis habilitaba el abordaje multidimensional, acercándose de este modo a las características que proponía el path analysis, incorporándose al análisis las variables de educación, cohorte, género y/o país.

Sin embargo, no todo es novedad en esta nueva ola de estudios de movilidad social ya que también hay un retorno a los estudios de raigambre comparativa, similares a los que signaron a la primera generación de estudios (Ganzeboom et al., 1991: 286). A través del programa de investigación Comparative Study of Social Mobility in Industrial Nations (CASMIN), Erikson y Goldthorpe (1992) recopilaron una serie de encuestas sobre movilidad social de los países con mayores niveles de industrialización de Europa (sumando a Japón y Estados Unidos) de alrededor de la década del 70. A partir de un estudio del régimen endógeno de movilidad social, es decir, de las tasas relativas, aquellas que no se ven afectadas por los cambios en el tamaño y la composición de la estructura de clases, contrastaron una serie de hipótesis establecidas en los estudios de movilidad realizados hasta la época y otras hipótesis teóricas que tenían fuerza en el campo de estudios. En términos generales, Erikson y Goldthorpe rechazan la hipótesis liberal de la industrialización, ya que no encontraban evidencia que, a través del tiempo y de los diferentes países, las tendencias de movilidad ascendente y fluidez social hayan aumentado considerablemente. Asimismo, también rechazan la hipótesis Lipset y Zetterberg, según la cual las tasas absolutas presentarían similitudes a nivel internacional[30]. Por el contrario, los autores sostienen la hipótesis que Featherman, Jones y Hauser (1975) postularon para los casos de Estados Unidos y Australia, que indicaba que la movilidad social, en términos relativos o “genotípicos”, es similar al controlar el cambio estructural (1975: 340). Goldthorpe y Erikson amplían esta hipótesis al resto de los países analizados, señalando que algunas oscilaciones entre los patrones de movilidad relativa podían existir (más a nivel nacional que a través del tiempo), pero que deberían ser entendidas como oscilaciones dentro del patrón establecido por la hipótesis (Erikson y Goldthorpe, 1992: 105; Goldthorpe, 2010a: 425). En otros términos, los autores señalan que la condición de clase de origen, a diferencia de lo postulado en los abordajes funcionalistas, aún continúa teniendo efectos sobre el destino de las personas, y que esto debe ser explicado a partir de las ventajas y desventajas que se asocian a cada posición de clase (Erikson y Goldthorpe, 2002).

Estrategias y recursos de movilidad social. Abriendo la caja negra.

Hasta este punto hemos hecho referencia a patrones, tendencias y/o formas de movilidad social, pero poco se ha hablado sobre los mecanismos que explican estos procesos. La concepción de la realidad como un hecho transparente y la tendencia a la homogeneización de las situaciones debido a la existencia de un mercado único (Cachón Rodríguez, 1989: 476), en tanto presupuestos funcionalistas, llevó a que los sociólogos, amparados en esta corriente, tuvieran coartadas sus interpretaciones sobre aquellas regularidades que establecían a partir de las tablas de movilidad y/o los modelos de path analysis. La proliferación de los valores universalistas y, en consecuencia, la creciente deseabilidad generada sobre las posiciones no manuales, era considerado como el mecanismo general que permitía la comprensión del proceso de movilidad social (Costa Pinto, 1964; Hadjar y Samuel, 2015; Parsons, 1954).

Desde el paradigma crítico de la movilidad social, la realidad no es considerada como transparente, ni se supone que los individuos se movilizan por las mismas expectativas e intereses. Esto tiene como consecuencia la necesidad de hacer inteligibles y trasparentes las regularidades halladas mediante los análisis empíricos (Goldthorpe, 2017: 106) así como la identificación de mecanismos, estrategias, recursos y acciones que implementan los sujetos, con mayor o menor nivel de conciencia a partir de su situación de clase, para sostener o cambiar su posición social.

En las conclusiones de The Constant Flux, Erikson y Goldthorpe ya habían señalado la necesidad de moverse de una macro-sociología de la movilidad social hacia un estudio de los procesos que la generan, es decir, principalmente, hacia el estudio del modo en el que los miembros de una generación movilizan sus recursos para amplificar las chances de movilidad en las generaciones futuras (1992: 397). Esto llevaba, por un lado, a la necesidad de repensar al régimen endógeno de movilidad como el resultado de la acción individual y de los grupos en persecución de sus intereses, por el otro lado, implicaba la necesidad de volver a considerar la (des)igualdad de condiciones como parámetro complementario de la igualdad de oportunidades, en la medida que los distintos orígenes de clase cuentan con recursos económicos, sociales y culturales desigualmente distribuidos (1992: 393, 396-397).

Posteriormente, en un intento de abordaje sobre los micro-fundamentos de la movilidad social, Goldthorpe recurrirá a la teoría de la acción racional (TAR) (Goldthorpe, 2010a: 431-432; Keller y Zavalloni, 1964) para comprender los recursos, las metas y las estrategias implementadas desde las diferentes posiciones de clase. Los recursos, según la clase de origen, varían tanto en cantidad y tipo (similar a como Bourdieu consideraba la distribución de los capitales en cantidad y composición) y permiten una mayor facilidad o dificultad para viabilizar estrategias (Goldthorpe, 2010a: 433): mientras que la clase de servicio, a diferencia de la clase trabajadora, tiene una mayor seguridad, estabilidad y perspectiva económica, las clases intermedias (principalmente la pequeña burguesía) tiene una mayor incertidumbre e inseguridad, pero mayores probabilidades de acumulación y transmisión intergeneracional de capital. Respecto a las metas, en función del grado de constricción que imponen los orígenes de clase, puede darse una variación sistemática de las mismas. La primera meta es evitar la movilidad descendente, mientras que secundariamente habrá de considerarse la posibilidad de mejorar la situación de clase (Goldthorpe, 2010a: 436), ya que la persecución de una meta puede poner en riesgo el reaseguro de otra.

Estas metas se persiguen principalmente a través de dos tipos de estrategias: el logro educativo y los procesos de adscripción (Goldthorpe, 2010a: 438). El camino del logro educativo puede constituirse como el más eficaz para acceder desde posiciones desaventajadas a las filas del salariado, aunque dicha estrategia constituya un riesgo para los individuos de clase trabajadora, frente a otras opciones[31]. Para el caso de las “estrategias desde arriba”[32], es decir, desde las clases más aventajadas, el logro educativo se configura como un camino más seguro y potencialmente efectivo, no por constituirse como canal de mantenimiento intergeneracional de clase, sino también porque ante el fracaso académico, la familia de origen puede desplegar una serie de mecanismos de recuperación para encauzar la trayectoria. Por el otro lado, los recursos asociados a las familias de origen permiten el mejoramiento de la posición con cierta independencia del logro educativo (2010a: 443). Ejemplos de los mecanismos adscriptivos desplegados pueden ser la herencia de capital y negocios en el caso de los orígenes pequeño-burgueses, la transferencia de recursos sociales y culturales, la transmisión de aspectos que se muestran como meritorios aunque están fuertemente vinculados al origen de clase (apariencia, presentación, saber hacer, modales, acento, entre otros), etc.

Por otro lado, desde un enfoque crítico al funcionalismo pero también a la sociología de la movilidad social, la escuela francesa centró parte de su mirada en la problemática de la reproducción social (Cachón Rodríguez, 1989: 515-516). Dentro del campo de la movilidad social, Daniel Bertaux[33] fue crítico de la prevalencia del enfoque cuantitativo en el estudio de la movilidad social, debido al tratamiento de la unidad de clase, es decir, la familia, como “cajas negras” donde los inputs y outputs son las posiciones de clase, desconociéndose el proceso de transmisión intergeneracional (Bertaux, 1994; Bertaux y Thompson, 2006). Dicho proceso debe ser interpretado de forma dinámica (los padres no pasan mecánicamente el estatus a su hijos, sino a través de recursos y activos), multidimensional (múltiples recursos pueden ser transmitidos y transferidos) y generacional (cada generación tiene su propia estrategia de acumulación y distinción) (Bertaux y Bertaux-Wiame, 1997). De esta forma, las acciones de cada familia según el origen social, generan “espacios de libertad condicionados” a partir de los cuales los actores se encuentran forzados a elegir dentro de un “campo de posibilidades” (Bertaux, 1994: 344).

Pierre Bourdieu puede ser considerado como otro sociólogo que aun siendo crítico de la sociología clásica de la movilidad social, principalmente debido al carácter unidimensional asignado a la estructura social (Bourdieu, 2012a: 139-140, 2012b: 131), abordó cuidadosamente a las estrategias de reproducción social intergeneracional. Términos como “advenedizos” o “desclasados” funcionan como reemplazos, para el autor, de conceptos comunes del campo como movilidad ascendente o descendente. Como hemos señalado, la trayectoria social, en tanto pendiente que impone el origen social al destino futuro de los hijos y a sus disposiciones, se configura como una de las dimensiones estructurantes del espacio social. A un volumen de capital heredado corresponde un haz de trayectorias probables a ser experimentadas por los sujetos (Bourdieu, 2012a: 125) y que están, de algún modo, definidas por la trayectoria colectiva del grupo al cual forma parte el sujeto (clase, fracción, linaje) como, secundariamente, por la pendiente específica individual (Bourdieu, 2012b: 100).

Dentro de la clasificación de estrategias de reproducción que Bourdieu identifica, podemos citar a: la inversión biológica (estrategias de fecundidad y profilácticas), la transmisión patrimonial material, las estrategias educativas, la inversión económica, la inversión social (mantenimiento o instauración de relaciones sociales) y la inversión simbólica (estrategias de sociodicea) (2012b: 36-37).

Finalmente, el otro concepto central de Bourdieu, que permite su afiliación distintiva en la sociología de la movilidad social, y específicamente en el estudio de las estrategias, es la idea de reconversión. La reconversión, en tanto estrategia, es contradictoria al sentido que hasta hora veníamos otorgándole al proceso de movilidad social, ya que remite a que el movimiento no siempre implique un cambio al fin, y asimismo, que la reproducción no siempre esté ligado a un trayecto de herencia de posición (Bourdieu, 2012a: 149). ¿Qué implica entonces la reconversión? Puede pensarse como un proceso de “alquimia social” por el cual aquellos poseedores de determinado tipo de capital que no pueden mantener su posición en el tiempo lo convierten en otras especies más rentables o legítimas en estado correspondiente actual (Bourdieu, 2012b: 41). En otras palabras, se puede conservar si se cambia o se cambia para mantener la posición.

1.3. Más allá de la clase y la movilidad: relevancia del estudio del bienestar material desde el enfoque propuesto

“En el juego de variables independientes que explican las actitudes y la acción de los individuos, las clases tienen una suerte de prioridad: las posiciones de clase son consideradas más determinantes que las otras desigualdades, que, cuando no son ignoradas, pasan a un segundo plano” (Dubet, 2015: 186)

Hasta aquí podríamos indicar que nos enfocamos en presentar al estudio de las clases sociales en tanto fenómeno determinado por otros factores. Carabaña (1997) diferenció muy bien este enfoque, denominándolo “teoría de clases”. Analíticamente, de lo que se trata, es de estudiar los procesos por los cuales las clases sociales se estructuran (revisados en el capítulo 1.1) y se forman en el tiempo (revisados en el capítulo 1.2). Sin embargo, como bien hemos deslizado en algunos pasajes anteriores, las clases también tienen una naturaleza independiente y explicativa de otros fenómenos. Aquí es donde interviene otra mirada sobre el asunto, denominada “análisis de clase”, que se basa justamente en el estudio de los aspectos que están condicionados y vinculados al posicionamiento de clase que presentan los individuos (Carabaña, 1997). Es decir, las clases, en tanto concepto sociológico, funcionan tanto como explanandum como explanans (Dubet, 2015: 186; Hout, Brooks, y Manza, 1993: 4).

Algunos autores han llegado a señalar, al menos para las sociedades industriales, que la clase social había adquirido una cierta superioridad sobre el resto de los conceptos a la hora de determinar actitudes y acciones individuales (Dubet, 2015: 186). A cada posición de clase, se correspondía un “pre-paquete” de recursos y activos, más o menos institucionalizados, que otorgaban ciertas ventajas y desventajas en términos de oportunidades de vida (Grusky, 2008). Sin embargo, hacia finales de siglo, a partir de las mutaciones sufridas por el capitalismo, la nueva sociología emergente señala el declive de la clase como categoría analítica capaz de proporcionar explicaciones plausibles ante las nuevas formas de la desigualdad social (Beck, 1998; Clark y Lipset, 1991; Pakulski, 2005; Pakulski y Waters, 1996; Touraine, 2005).

En este subcapítulo revisaremos parte de los antecedentes que presentan al concepto de clase social, y secundariamente al de movilidad social, como factores centrales a la hora de comprender diversas aristas de la desigualdad social. La centralidad radica, principalmente, en el carácter organizador y originador de otras desigualdades. En este sentido, es común hallar en las distintas tradiciones comentadas anteriormente, que el concepto de clase se encuentra hermanado y acompañado por otras nociones tales como “oportunidades de vida”, “condiciones de vida”, “nivel de vida”, “bienestar”, “riqueza”, “recursos”, “activos”, “capitales”, etc. El análisis de clase, de esta forma, tiene como finalidad no sólo la medición de la relación entre la posición de clase y dichos formatos de la desigualdad, sino también, la explicación de los mecanismos que ligan a ambas instancias (F. Cortés y Solís, 2006; Grusky, 2008).

En primer lugar, presentaremos algunas de las propuestas teóricas que se han realizado en torno a la idea de la clase como variable independiente, explicativa de ventajas y desventajas, oportunidades de vida, riesgos sociales, recompensas sociales o condiciones de vida, entre otros conceptos. Posteriormente, en tanto “resultados” a ser observados desde las clases sociales, realizaremos una breve introducción acerca de las diversas conceptualizaciones teóricas-empíricas elaboradas entorno a la idea del bienestar, especificando y justificando la elección de los tres recursos que serán indagados en la tesis: el nivel de ingresos, el nivel de consumo material y el acceso a la vivienda. Finalmente, revisaremos algunos aportes que se han realizado desde los estudios de la estructura de clases y la movilidad social sobre las desigualdades de acceso a dichos recursos del bienestar.

La clase social como variable explicativa

Como señalábamos más arriba, el interés en el estudio de las condicionalidades que establece la estructura de clases en diferentes aspectos, radica en su papel de definidora de un régimen o sistema de desigualdades (Dubet, 2015) o como bien señalaba Sen (1992: 32) como una forma de desigualdad “base”. Más allá de las transformaciones ocurridas en el capitalismo, y por ende, en la constitución de las clases sociales, así como el surgimiento y/o la intensificación de otros patrones de desigualdad (en base al género, la etnia, las redes, las trayectorias individuales, etc.), el sistema de clases permite, en tanto estructurador de la realidad, la organización de distintos procesos, independientemente de la variabilidad y heterogeneidad marcadas por el nuevo modelo biográfico vital (Beck, 1998: 167) o la aparición de desigualdades intra-categoriales (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 73). Como bien se ha señalado en diversos trabajos (Goldthorpe, 2010a, 2012; Grusky y Weeden, 2001; Hout et al., 1993), la complejización de la sociedad contemporánea, y específicamente del mundo del trabajo, no implica la “muerte” o la “descomposición” del concepto de clase social, sino al contrario, su redefinición, y en muchos casos, su renovada vigencia.

Resultados de clase y clases de resultados

La vasta tradición de estudios enmarcados en lo que hemos definido como “análisis de clase” no sólo presentó diferencias en torno a cuáles debían ser considerados los principales criterios de estratificación, sino que también hizo foco en distintas facetas de la realidad sobre las cuales la posición de clase generaba condicionamientos y probabilidades típicas de ocurrencia. En este sentido, el concepto de “oportunidades de vida” (life chances) propuesto por Weber (1964) puede servir de punto de partida para esta discusión. Dichas oportunidades, definidas como las probabilidades típicas de provisión de bienes, de posición externa y de destino personal derivan de un componente causal determinado por el orden económico, puntualmente, de la magnitud y de la disposición sobre bienes y servicios y de su diferente aplicabilidad para obtener rentas e ingresos (Weber, 1964: 242). Es importante destacar el enfoque probabilístico que enmarca a la relación clase / oportunidades de vida, “en tanto que las primeras no determinan necesariamente el logro de ciertas oportunidades de vida sino sólo una probabilidad típica de alcanzarlas” (Benza, 2014: 22). En términos bourdianos, cada posición de clase implica una “causalidad de lo probable” sobre un rango de oportunidades de vida. Como bien señala Breen (2005: 3), cierta variabilidad de oportunidades de vida entre miembros de una misma clase es esperable debido a que las mismas no dependen de un único factor. De esta forma, ni la posición de clase se corresponde a un “paquete” único de oportunidades de vida, ni las oportunidades de vida son estructuradas únicamente por la estructura de clases.

Por otro lado, si bien el concepto de “oportunidades de vida” se presta a cierta generalidad y vaguedad, algunos autores han intentado especificar su definición. Spilerman (2000: 24) entiende que este evoca una visión amplia sobre las oportunidades y el bienestar económico que normalmente quedan subsumidas en la idea de recompensas ocupacionales. Sin embargo, dentro de las filas del neo-weberianismo, Goldthorpe ha sido uno de los autores que más ha utilizado el término como uno de los aspectos que pueden ser explicados tanto desde la estructura de clases como desde la movilidad social (Erikson y Goldthorpe, 2002: 4). Siguiendo a este autor, las oportunidades de vida se componen por una paleta amplia de aspectos, tales como los ingresos, la capacidad de ahorro, la seguridad económica, la estabilidad económica, las expectativas económicas, la salud, etc. (Chan y Goldthorpe, 2007a; Erikson y Goldthorpe, 2002; Goldthorpe y McKnight, 2006). Asimismo, manteniendo una mirada relacional, para Goldthorpe las clases sociales deben pensarse no en términos jerárquicos (respecto a los resultados y oportunidades a los cuales se asocian) sino en términos de posiciones más o menos ventajosas:

“Así, desde mi posición, los miembros de las diferentes clases tienen ventajas y desventajas en diferentes aspectos, aunque no siempre enteramente mensurables, como resultado de las relaciones de empleo en las que están implicados. Y son las desigualdades que así surgen las que se considera que convierten las diferencias de clase en “resultados” entre una serie de oportunidades y elecciones vitales” (Goldthorpe, 2010a: 412)

El estructural funcionalismo, a diferencia del enfoque weberiano, hizo hincapié en la idea de correspondencia ordenada e institucionalizada de la relación estratificación-recompensas. Es decir, el sistema social, a partir de los criterios evaluatorios, no sólo jerarquiza a las posiciones en función del mérito y la especificidad de la ocupación detentada sino que también establece el “paquete de recompensas” que es acorde a dicha posición (Cachón Rodríguez, 1989: 71; Parsons, 1954: 368). En consecuencia, lejos de referirse a la estratificación social como un factor estructurador de las desigualdades, las recompensas deben pesarse como una consecuencia del proceso de igualdad de oportunidades, es decir, una “desigualdad institucionalizada” de resultados existentes. Por otra parte, no es menor que a diferencia del término “oportunidades de vida”, los resultados vinculados al posicionamiento de clase, desde esta tradición teórica, sean conceptualizados bajo la idea de recompensa (rewards), es decir, como derechos asociados y que acompañan a la posición (Davis y Moore, 1945: 243). No solo desaparece el carácter probabilístico de los resultados de clase, sino también su carácter relacional y, hasta en cierto punto, conflictivo, ya que ligazón clase / resultado queda institucionalizada y no regida por estrategias y mecanismos específicos desplegados desde las diferentes clase.

En un camino intermedio de estos dos enfoques se encuentra la propuesta de Grusky (1994, 2008). El autor plantea que existen tres componentes clave que definen a un sistema de estratificación: 1) Los procesos institucionales que definen qué tipos de bienes deben ser valorados y deseables; 2) Las reglas de asignación que distribuyen dichos bienes según ocupaciones en la división del trabajo y 3) Los procesos de movilidad que ligan a los individuos con las ocupaciones y brindan un control desigual sobre los recursos valorados (Grusky, 2008: 5). Haciendo foco en el segundo y tercer aspecto, podemos observar que el autor combina tanto cierta institucionalización en la correspondencia ocupación / bienes distribuidos, pero también expresa la existencia de un desigual control sobre los recursos valorados. Estos bienes o activos pueden diferenciarse en: económicos, de poder, culturales, sociales, honoríficos, civiles, humanos y físicos. Asimismo, el autor señala la importancia de considerar el modo en el que los bienes valorados se distribuyen en función de su dispersión y concentración, el peso que ejercen los factores adscriptos y el grado en el que los distintos bienes se encuentran es correspondencia, es decir, cristalizados (Grusky, 2008: 6).

Finalmente, podemos citar una cuarta mirada, que hace hincapié en el riesgo como característica central que es distribuida desigualmente según la clase social (Esping-Andersen, 1993, 2000). A diferencia de las miradas liberales, este enfoque se sustenta en el pensamiento roussoniano que entiende a las carencias y los riesgos, no como atributos de las personas, sino como probabilidades de grupos sociales, como aspectos colectivos (Martinez Franzoni, 2006). Este enfoque agrega un adicional a la propuesta weberiana, que radica en el papel del Estado a la hora de gestionar dichos riesgos. Particularmente en términos de la estructura de clase, se torna central el concepto “desmercantilización”. Dicho concepto aspira a captar el grado en el que el Estado puede garantizar determinados bienes y servicios debilitando su nexo monetario, es decir, independizando su obtención de acuerdo al lugar ocupado en el mercado (Esping-Andersen, 2000: 64).

Entre la clase y los resultados: mecanismos y estrategias.

En este punto presentaremos una serie de mecanismos sociológicos que puedan ser utilizados como “caja de herramientas” teóricas que permitan abordar las regularidades empíricas evidenciadas (Elster, 1989; Goldthorpe, 2017). Dos de los mecanismos recurrentes en la explicación dentro del análisis de clase son la explotación y el acaparamiento de oportunidades (Pérez Sáinz, 2016; Reygadas, 2004, 2008; Tilly, 2000; Wright, 2008). El primero de estos conceptos, de raigambre marxista, fue revisado anteriormente, al referirnos al enfoque que se presenta de la explotación por parte del marxismo analítico. Tilly, sin embargo, brindó una explicación más general sobre el concepto, atribuyéndolo a la acción por la cual “algunos grupos de actores bien conectados controlan un recursos valioso y que demanda trabajo, del cual solo pueden obtener utilidades si aprovechan el esfuerzo de otros, a quienes se excluye del valor total agregado de ese esfuerzo” (2000: 98-99). Esta forma de relación entre la posición de clase y lo apropiado, es decir entre capital y trabajo, se da en el ámbito del mercado de trabajo y la producción e implica siempre la existencia de potenciales conflictos debido al carácter subordinante de la relación entre las clases (Pérez Sáinz, 2016: 33-34). El segundo concepto, en cambio, pertenece al corpus teórico weberiano al dar cuenta del modo en que, por distintos motivos, determinados grupos de individuos (en nuestro caso, las clases sociales) cierran algún tipo de relación social con el fin de monopolizar uno o varios recursos. De este modo, el acaparamiento de oportunidades[34] es un complemento de la explotación ya que los beneficiarios no se basan del trabajo ajeno sino de su exclusión (Tilly, 2000: 103). Como bien señala Pérez Sainz, si en la explotación la pugna se dirime en la dicotomía trabajo / empleo, en el acaparamiento la oposición se da entre inclusión / exclusión, como gradiente de situaciones en las que diferentes oportunidades se encuentran más o menos monopolizadas (2016: 35).

El otro concepto que también permite ligar la posición en la estructura de clases con ciertos resultados es la noción de “estrategias familiares de vida” (Torrado, 1978a, 1981, 1982; Torrado y Rofman, 1988). El mismo, según la autora, actúa como un concepto mediador entre las estrategias de desarrollo (nivel macro) y los comportamientos (nivel micro). Dichas estrategias pueden definirse como

“[…] aquellos comportamientos de los agentes sociales de una sociedad dada que –estando condicionados por su posición social (o sea por su pertenencia a determinada clase o estrato social)- se relacionan con la construcción y mantenimiento de unidades familiares en el seno de las cuales pueden asegurar su reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar aquellas prácticas, económicas y no económicas, indispensables para la optimización de las condiciones materiales y no materiales de existencia de la unidad y de cada uno de sus miembros” (Torrado, 1982: 3-4).

Como podemos observar, este enfoque presenta al menos dos aspectos de relevancia. Por un lado sitúa a la posición de clase como la principal variable explicativa de los comportamientos inherentes a las estrategias de vida, así como instancia mediadora de las distintas intervenciones implicadas en función de las estrategias de desarrollo a través de diversas políticas públicas. Asimismo, el carácter dependiente de la estructura de clases debe entenderse como “condicionante” más que como “determinante”, existiendo cierta autonomía relativa de la conducta individual y de los hogares (Torrado, 1982: 11-12). Por otro lado, la mirada no se centra únicamente en aspectos económicos y materiales, sino que se generaliza para un amplio espectro de comportamientos que garantizan la reproducción del hogar. Los comportamientos de los hogares, según Torrado, pueden clasificarse en: constitución de la unidad familiar; procreación; preservación de la vida; socialización y aprendizaje; ciclo de vida familiar; división familiar del trabajo; organización del consumo familiar; migraciones laborales; localización residencial; allegamiento cohabitacional; cooperación extrafamiliar (Torrado, 1981: 227-228).

En línea al enfoque planteado por Torrado, Wright (1979) reconoce, formalmente, tres mecanismos de determinación de la estructura de clases (relaciones de producción) respecto a un resultado específico (ingresos): los procesos de limitación, selección y mediación. El primero implica el tipo de determinación más fuerte, por el que la posición de clase posibilita o excluye ciertas probabilidades de ocurrencia de un aspecto determinado. La selección implica una fijación de límites dentro de límites, mientras que la mediación actúa como la determinación de una relación de causalidad entre dos procesos (Wright, 1979: 65-66). Particularmente, en el caso de la relación clase / ingresos, el primer aspecto “limita” al segundo y, a su vez, la posición de clase media entre la relación que puede establecerse entre las características individuales (orígenes de clase, educación, inteligencia, riqueza) y el nivel de ingresos.

Finalmente, para tener un abordaje más completo de la relación clase / resultados, es importante que consideremos que las estrategias no se constituyen en forma estática y sincrónica, sino como un proceso que tiene lugar a lo largo del ciclo familiar e intergeneracional, en el que “las decisiones pasadas influyen sobre las presentes y estas últimas anticipan las futuras” (Torrado, 1982: 12). En términos “lazarsfeldsianos” nos referimos a aquellos enfoques que señalan la importancia de variables antecedentes[35] tales como la posición de clase de origen o el inicio de la carrera laboral (entre otras) que condicionan o disponen de forma diferencial la relación original clase / resultados. Este enfoque puede cristalizarse en lo que podemos llamar estudios de “acumulación de (des)ventajas” (Blau y Duncan, 1967; DiPrete y Eirich, 2006; Franco et al., 2007; Reygadas, 2004; Saraví, 2006). Principalmente, centraliza su mirada en la persistencia y consolidación de desventajas, entre individuos y grupos, a través del tiempo, siendo esta una estrategia constitutiva del proceso de estratificación, al generarse diferenciales respecto a distintos resultados: desarrollo cognitivo, carreras laborales, ingresos, riqueza, salud, etc. (DiPrete y Eirich, 2006: 272). Dos de las máximas exposiciones de esta noción han sido los trabajos de Merton (1968, 1988) sobre la acumulación de desventajas en el campo científico y el modelo de “logro de estatus” de Blau y Duncan (1967). De estos últimos, principalmente, resulta sugerente su concepto de “hándicap”, utilizado para describir el plus de desventaja que presentaba la población afrodescendiente y sureña respecto al logro ocupacional, en Estados Unidos en los años sesenta. Dicho efecto se mantenía aun controlando estadísticamente la relación por nivel educativo y se desplegaba como un efecto acumulativo que se incrementaba en cada fase de la vida (Blau y Duncan, 1967: 221, 238). Resumiendo, este enfoque refuerza la razón de definir a la desigualdad como proceso, es decir, al indagar en los mecanismos de acumulación de (des)ventajas que se cristalizan en una distribución final de resultados (Reygadas, 2008: 58; Saraví, 2006: 28).

Algunas orientaciones sobre el concepto de bienestar

En la sección anterior revisamos el modo en que la clase social puede pensarse como un factor explicativo central de determinadas situaciones o resultados, principalmente aquellos que se estructuran en base a algún tipo de desigualdad. En este apartado nos referiremos a uno de los aspectos que puede ser comprendido desde el análisis de clase: el bienestar. Dicho concepto es abordado desde diversas disciplinas configurándose como un problema filosófico que aún no tiene un consenso en su definición (Actis Di Pasquale, 2015). Por un lado, se torna un tema inabarcable debido a, como veremos, las múltiples de dimensiones y puntos de vista desde donde puede ser enfocado, y su inconmensurabilidad, en tanto concepto que conjuga condiciones materiales y apreciaciones subjetivas (Zarzosa Espina, 1996). En resumen, su complejidad radica en que el concepto remite, al menos, a aspectos normativos (lo deseable), ontológicos (reclamos de caracterización de la realidad “tal cual es”) y epistemológicos (acerca de la manera de conocerlo: en forma objetiva o subjetiva, relativa o absoluta) (Martinez Franzoni, 2006: 46).

Como bien señalamos anteriormente, nos proponemos observar una arista del bienestar en su faceta material. Esto implica dejar de lado consideraciones subjetivas del bienestar que también son elementos constitutivos de la totalidad abarcada por el concepto. Siguiendo a Kessler (2014: 28), podemos definir al bienestar, en términos generales, como la distribución diferencial de bienes y servicios que originan diversos grados de libertad, autonomía y posibilidades de realización personales desiguales. El apartado se dividirá en dos secciones. Por un lado, presentaremos resumidamente los principales enfoques teóricos que se han elaborado en torno a la idea del bienestar, así como el consenso en torno a ciertas dimensiones básicas que deberían ser analizadas. Por otro lado, caracterizaremos a los tres activos que hemos considerado como elementos centrales a relevar para dar cuenta del bienestar material: los ingresos, el consumo y la tenencia de la vivienda.

El debate en torno al concepto de bienestar

Como bien señalamos anteriormente, la discusión en torno al debate sobre cómo conceptualizar al bienestar ha atravesado a diversas disciplinas (filosofía, economía, sociología) y ha variado en función de los momentos históricos. Por otra parte, la definición del concepto se encuentra íntimamente ligada a su definición operacional y a su medición, por lo cual la dimensión metodológica se presenta como otro ámbito de discusión sobre el concepto.

Podemos partir de una primera separación respecto a los abordajes que incluyen algún tipo de criterio normativo en la definición del bienestar y aquellos que no lo hacen (Boltvinik, 1999, 2004). Los primeros dan cuenta del bienestar a partir de criterios valorativos que fijan umbrales de satisfacción de necesidades básicas, en determinadas dimensiones de la vida. El ejemplo paradigmático, en este caso, quizá sea el enfoque de necesidades básicas insatisfechas (NBI), por el que se establece un umbral que fija la población que debe considerarse como pobre / no pobre. Los enfoques no normativos, en cambio, no postulan a priori un criterio o umbral de definición de satisfacción de necesidades. Por esta cualidad, Boltvinik los ha definido también como “positivos” o “empíricos”, y suelen ser más acordes para el estudio de la desigualdad, ya que tienen como espíritu la comparación de situaciones entre individuos, hogares, grupos, etc., y no respecto a una norma o conjunto de normas (Boltvinik, 1999: 45).

Los enfoques normativos tienen un mayor desarrollo teórico y, por ende, son los que más han influenciado en la conceptualización del bienestar. Con mayores o menores diferencias, diversos autores han identificado las principales corrientes dentro de este enfoque: el utilitarismo, el liberalismo igualitario y estudio de los funcionamientos y capacidades (Actis Di Pasquale, 2015; Larrañaga, 2007; Roemer y Trannoy, 2016)[36]. La mirada utilitarista basa su criterio de bienestar sobre el placer o la felicidad obtenida, es decir, en la satisfacción de las preferencias individuales. El bienestar social, como consecuencia, se basa en maximizar la función de bienestar construida a partir de la agregación de las preferencias individuales (Larrañaga, 2007: 13). La segunda corriente remite a la obra de John Rawls (1995), que dentro de su libro A Theory of Justice, propuso una mirada contraria al utilitarismo, al establecer una primacía de lo justo por sobre lo bueno retomando la noción de justicia distributiva (Actis Di Pasquale, 2015: 4). El primer principio de su teoría, basada en una lógica contractualista, determina la existencia de una igualdad en la distribución de derechos fundamentales, mientras que en segundo lugar se acepta la desigualdad en la distribución de bienes socioeconómicos, en la medida que dicha condición beneficie al total de la sociedad (Larrañaga, 2007: 15; Mora Salas, 2005: 32). De este modo, la desigualdad se diferencia entre la que es éticamente objetable y la que no lo es (Roemer y Trannoy, 2016: 3) Dichos derechos fundamentales son denominados como bienes primarios, y se supone que son aquellos deseables por todo ser humano particular, más allá de sus preferencias, abarcando las libertades, oportunidades, ingreso, riqueza, poder o auto-respeto (Larrañaga, 2007: 16). La tercera propuesta, impulsada por Amartya Sen (1992, 1996), parte de la crítica al enfoque de los bienes primarios de Rawls al considerarla como una posición “fetichista” que se centra en los bienes y no en aquellas cosas que los bienes proveen a las personas (Roemer y Trannoy, 2016: 7). En este sentido, se vuelve problemático el pensar el bienestar como un problema distributivo, ya que dicha igualdad (de recursos) no garantizaría una equiparación en las libertades y las posibilidades. Dos conceptos se tornan centrales en la teoría de Sen: los funcionamientos y las capacidades. Mientras que los primeros dan cuenta de aquellas actividades que son constituyentes del bienestar de las personas (estar saludable, estar nutrido, tener educación, estar integrado a la sociedad, etc.), los segundos constituyen vectores de los funcionamientos, en tanto, conforman posibilidades y libertad para vivir un tipo de vida u otro (Larrañaga, 2007; Sen, 1996).

El enfoque “activos-vulnerabilidad” (Filgueira, 2001; Kaztman, 1999, 2000; Kaztman y Filgueira, 1999; Moser, 1998) permite evaluar tanto la dimensión material como inmaterial del bienestar en conjunto. Particularmente la propuesta parte de considerar que el nivel de vulnerabilidad (en tanto capacidad de los hogares para controlar las fuerzas que lo afectan) depende de la posesión o control de determinados activos (Kaztman y Filgueira, 1999: 8). En términos conceptuales los autores definen tres conceptos pilares de su teoría: los “recursos”, que se comprenden como aquellos bienes que controla un hogar, tangibles (bienes) e intangibles (capacidades); los recursos que se convierten en “activos” al permitir una elevación en el nivel de bienestar o su mantención ante posibles amenazas; y las “estructuras de oportunidades” que son aquellas probabilidades de conversión de recursos en activos para la obtención del bienestar y que provienen del estado, el mercado y de la sociedad. Principalmente, las estructuras de bienestar se materializan en el acceso a bienes, servicios y actividades que inciden en el bienestar del hogar y facilitan el uso de recursos propios o nuevos, por este motivo, también pueden ser entendidos como “rutas al bienestar” (Kaztman, 2000: 299). A diferencia de los enfoques sobre la pobreza, esta propuesta es interesante para el estudio del bienestar y su distribución desigual, debido a que el concepto de vulnerabilidad procura una mirada sobre los grados variables de posesión, control e influencia de los individuos sobre los recursos y las estrategias para su movilización (Kaztman, 2000: 279).

Por último, luego de este breve repaso en torno a las principales nociones del bienestar, puntualizamos tres aspectos que rescatamos para su utilización en esta libro. En primer lugar, el concepto de bienestar remite, en mayor medida, a una propiedad de los grupos más que de los individuos, debido a que su variabilidad en la población se explica, en gran parte, debido a condicionalidades externas (Esping-Andersen, 2000; Martínez Franzoni, 2008). Nos enfocaremos centralmente, en las variaciones sobre el bienestar que ocurren en función de la clase, el origen de clase y las trayectorias intergeneracionales de clase. En segundo lugar, al referirnos al bienestar nos estaremos enfocando específicamente en su carácter material. Como bien señalamos, algunos autores como Sen, centran su mirada en los funcionamientos y las capacidades, es decir en acciones y no en objetos o bienes físicos. Nuestro camino, en cambio, siguiendo la propuesta de Kaztman y Filgueira, particulariza la mirada en determinados recursos que pueden convertirse en activos. Por último, y siguiendo lo anterior, nuestro enfoque de bienestar combina una indagación sobre aquellos recursos que forman parte, comúnmente, del porfolio de los hogares y que, por ende, otorgan cierto “estándar de vida” y aquellos recursos que hacen referencia en mayor medida a la riqueza, es decir, que tienen un alto nivel de valorización en el mercado (vivienda, automóvil, etc.) y que, en tanto stock, pueden convertirse fácilmente en ingreso corriente (Spilerman, 2000; Torche y Spilerman, 2006).

Fuentes de bienestar

Cuando hablamos de recursos o activos de bienestar, en realidad, nos estamos refiriendo a determinados satisfactores que permiten la resolución de determinadas necesidades. Siguiendo a Max-Neef, Elizalde y Hopenhayn (en Boltvinik, 1994: 4), estas últimas pueden clasificarse en “existenciales” (ser, tener, hacer y estar) y “axiológicas” (subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, etc.). En este sentido, existen diversas clasificaciones de las fuentes de bienestar según las preocupaciones de los distintos autores. Boltvinik (2004: 439-440) ha propuesto una lista de seis fuentes directas de bienestar que incluyen: el ingreso corriente; el patrimonio familiar (bienes durables y activos que proveen servicios básicos al hogar); los activos no básicos y la capacidad de endeudamiento del hogar; el acceso a los bienes y servicios que ofrece el gobierno; el tiempo libre y el disponible para el descanso, el trabajo doméstico y la educación y los conocimientos de las personas. Cada una de estas fuentes es intercambiable entre sí para la satisfacción de determinadas necesidades. Por su parte, otras propuestas retoman la importancia de las condiciones laborales (remuneración, libertad, equidad, seguridad, dignidad), las condiciones familiares, las condiciones habitacionales (Actis Di Pasquale, 2017) o las relaciones comunitarias y con la naturaleza, desde la perspectiva del buen vivir (Menéndez, 2015).

Como bien señalamos, nuestro enfoque del bienestar se centra en su dimensión material y específicamente en tres satisfactores: los ingresos monetarios, el nivel de consumo y la propiedad de la vivienda. En primer lugar consideramos los ingresos ya que es una dimensión relevada, prácticamente, en todos los estudios sobre el bienestar. En las economías de mercado, el mismo se configura como la principal fuente de acceso a bienes y servicios, y como uno de los principales indicadores de desigualdad (Martinez Franzoni, 2006: 13-14). Sin embargo, al analizar la riqueza de un hogar, los ingresos sólo nos permiten observar un aspecto de la misma, es decir, su dimensión corriente o variable a través del tiempo. De esta forma, el estudio del consumo, en tanto disponibilidad de bienes materiales en posesión del hogar, permite el acceso a una dimensión más permanente de la riqueza del hogar (stocks) (Spilerman, 2000). En términos metodológicos, el estudio de los stocks de los que dispone un hogar, permite cierta complementariedad en el estudio de las condiciones de vida, ante la frecuente problemática del relevamiento de los ingresos corrientes a través de la técnica de encuesta (no respuesta y sub o sobre declaración, principalmente). En este sentido, Stiglitz, Sen y Fitoussi (2008), en su informe sobre el desarrollo económico y el progreso social, han señalado la importancia de considerar conjuntamente a los ingresos, el consumo y el nivel patrimonial para el estudio de la desigualdad en los hogares.

Por último, el estudio del acceso de la vivienda, también es señalado frecuentemente como un aspecto relevante, en tanto dimensión del bienestar material (Actis Di Pasquale, 2017; Cuellar, 1995; Kaztman, 2000; Larrañaga, 2007; Minujin y Bang, 2002). Su importancia radica, al menos, en dos cuestiones centrales: su rol como activo patrimonial y como proveedor de cierta “seguridad ontológica”. Respecto a la primera dimensión, al igual que al referirnos a los bienes de consumo, podemos pensar a la vivienda en tanto activo económico que puede utilizarse ante una contingencia (Boltvinik en Cuellar, 1995), siendo proveedor de seguridad financiera, independientemente del nivel de ingresos obtenido vía mercado laboral. Así también es un bien proclive a ser transferido de generación a generación (Bourdieu, 2000b; Kurz y Blossfeld, 2004; Lersch y Luijkx, 2015; Saunders, 1978). En segundo lugar, en tanto valor de uso, la propiedad de la vivienda otorga seguridad frente a la incertidumbre preponderante en otros tipos de tenencia, tales como el alquiler o la ocupación de hecho (Warde en Burrows y Marsh, 1992; Saunders, 1984). En palabras de Bourdieu, además de constituirse como una de las inversiones económicas más importantes en la vida de las personas, el acceso a la propiedad de la vivienda implica “una inversión social, en la medida en que encierra una apuesta sobre el porvenir o, más exactamente, un proyecto de producción biológica y social” (Bourdieu, 2000b: 29).

El bienestar material desde el análisis de clase y de la movilidad social

Hasta aquí hemos reseñado algunos aspectos centrales que competen al estudio de las clases sociales, como concepto explicativo y estructurador de la desigualdad, y al bienestar como un elemento específico de las condiciones de vida de los hogares, que se distribuye, en mayor o menor medida, de forma desigual. En este apartado nos proponemos repasar brevemente algunos aportes, elaborados en base a información empírica, que de algún modo ligan estas dos esferas. Para dicha tarea, nos enfocaremos específicamente en trabajos que analizan las fuentes de bienestar que consideramos anteriormente (ingresos, consumo, vivienda) así como en los enfoques que analizan conjuntamente dichos aspectos.

El primer factor de bienestar y riqueza frecuentemente estudiado desde el análisis de clase es la distribución de los ingresos, debido a su centralidad como dimensión de las condiciones de vida (Weeden et al., 2007). Uno de las primeras y principales aproximaciones sistemáticas desde el análisis de clases y la desigualdad de ingresos, es la obra de Wright Class structure and income determination (1979). En dicho libro, el autor discute con la tradición del capital humano y del logro de estatus, argumentando que la determinación de los ingresos no solo varía de una estructura (socio-económica) a otra, sino que también entre las clases. Es recién en una tercera instancia, subordinada a las anteriores, en la que puede pensarse cómo el proceso de determinación de los ingresos se da a nivel individual (Wright, 1979: 61). A partir del análisis cuantitativo de datos de los años sesenta y setenta, Wright concluye que si bien la clase tiene un importante peso estadístico en la explicación de los ingresos, no significa que ésta explique todo. Su rol también es de “mediadora” entre la estructura y las desigualdades de ingresos (1979: 163). Recientemente, una serie de trabajos elaborados en distintos países (Albertini, 2013; Le Grand y Tåhlin, 2013; Weeden et al., 2007) han enfatizado la persistencia de la clase como factor explicativo de los ingresos y ahorros. Asimismo, algunos trabajos señalan el crecimiento, en el último cuarto del siglo XX y principios del XXI, de las desigualdades de ingresos intracategoriales o a nivel de micro-clases (Benza, 2012: 246; Weeden et al., 2007), lo que se traduce en una mayor importancia que debe asignársele a los mecanismos de cierre que se efectúan a nivel de estratos ocupacionales.

Una segunda oleada de estudios sobre la desigualdad de ingresos, desde una mirada de la estratificación o la estructura de clases, fue aquella que incorporó el análisis del origen social y de la movilidad como fenómeno explicativo, más allá de la posición de clase[37]. Siguiendo la línea teórica y empírica del “logro de estatus”, el trabajo de Featherman y Hauser Opportunity and Change (1978), reafirma las conclusiones de Blau y Duncan, respecto a la perdurable atenuación de los efectos adscriptivos sobre el logro, en este caso, el económico. Posteriormente los trabajos de Jencks y colaboradores (2004; 1979), utilizando técnicas similares de análisis, arribaron a conclusiones disímiles, al mostrar como el origen social influenciaba directamente el logro económico. En este sentido, según los autores, los hombres de orígenes aventajados presentaban mayores habilidades cognitivas, modales no cognitivos, credenciales educativas y mayores expectativas laborales (Jencks, 1979: 70-71). Sin embargo, también se ha estudiado la relación entre la movilidad social y la distribución de ingresos, desde una perspectiva de clases (Erikson y Jonsson, 1998; Esping-Andersen y Wagner, 2012; McIntosh y Munk, 2009). Específicamente, el trabajo de Erikson y Jonsson (1998), plantea que se obtiene una ventaja en los ingresos por provenir de un mejor origen social, aun controlando la relación por el nivel educativo y la posición de clase. Dentro de los mecanismos de influencia del origen social los autores citan al capital social que movilizan los padres, parientes o amigos en pos de lograr un mejor acceso en el mercado de trabajo para sus hijos, así como el efecto sobre las aspiraciones en la valoración de carreras ascendentes. Desde el lado del empleo, sin embargo, también se produce una selectividad en función del origen social a través de cierto “favoritismo” de reclutar a individuos del “mismo tipo” que el reclutador o mismo nivel de vida, así como en función de la selección de trabajadores mejores educados que generalmente provienen de orígenes más aventajados.

El estudio del acceso a la vivienda y su relación con el posicionamiento de clases puede remontarse al temprano libro de Rex y Moore Race, community and conflict (1969), en el que los autores postulan el concepto de “housing class”. Simplificando la idea, este concepto daba cuenta de la competencia que se generaba entre los distintos espacios de estratificación en una sociedad en la que el consumo asumía un rol cada vez más preponderante (Kemeny, 2013; Rex, 1971). Dicha línea fue continuada por parte de la sociología urbana inglesa, de la mano de Peter Saunders (1978), quien señalaba que la propiedad de la vivienda proveía una forma de acumulación y, por ende, generaba intereses específicos que diferían de aquellos derivados de la (no)propiedad de los medios de producción, generando así una nueva forma de estratificación. Posteriormente, Saunders (1984) minimizó dicha postura, diferenciando que la propiedad de la vivienda permitía la comprensión de un clivaje en la esfera del consumo, manteniéndose aún las divisiones de clase en la esfera productiva. Ambos clivajes se solapan, aunque cada posición tiene una relativa autonomía frente la otra.

Posteriormente aparecieron críticas a la idea de que la esfera del consumo (en este caso, la propiedad de la vivienda) había reemplazado a la producción como el principal eje de diferenciación (Burrows y Marsh, 1992; Crompton, 1996; Hamnett, 1991; Kurz y Blossfeld, 2004). Estos autores, al contrario, sostienen que la propiedad y herencia de la vivienda no es un suceso aleatorio que se distribuye equitativamente en toda la población, sino que las chances de propiedad están asociadas a la clase, la edad, la región y los recursos parentales (Hamnett, 1991: 17). Asimismo, en este tipo de inversiones resulta central el papel de las transferencias que suceden de padres a hijos, a través de regalos y herencias, siendo la posición de clase un buen proxy de este tipo de transmisión de recursos (Kurz, 2004: 145; Kurz y Blossfeld, 2004). Sin embargo, la posición y el origen de clase no solo remiten a oportunidades de vida diferenciales, sino también a expectativas distintas frente a la búsqueda de una vivienda (Kurz, 2004: 144). Algunos autores han indagado en lo que respecto al efecto que genera la socialización en entornos que valorizan la propiedad de la vivienda. Crecer en un hogar propietario puede incrementar las probabilidades de acceso a la propiedad de la vivienda, más allá de las transmisiones materiales económicas (Kurz y Blossfeld, 2004: 374; Lersch y Luijkx, 2015).

Finalmente, respecto al estudio de la distribución del consumo en función del posicionamiento de clase, las investigaciones empíricas resultan de mayor escasez frente a los que estudian el acceso al consumo desde una mirada global o a partir de la distribución del ingreso (del Cueto y Luzzi, 2016; Filmer y Pritchett, 2001; McKenzie, 2005; Minujin y Bang, 2002). La mayor parte de los trabajos que incorporaron una mirada de clase y consideraron, a su vez, al origen social como un factor condicionante del nivel de consumo, trabajaron, en mayor medida, sobre la idea de riqueza. Es decir, además de considerar diversos bienes hogareños (objetos de consumo) en tanto elementos a explicar, han incorporado también el estudio de los recursos financieros que disponen las familias. En esta línea, varios autores señalan la influencia del origen social tanto de forma directa como indirecta (Albertini y Radl, 2012; Chan, 2008; Torche y Costa Ribeiro, 2012; Torche y Spilerman, 2009). Los efectos indirectos pueden observarse a través de las inversiones educativas o sociales (contactos) que los padres despliegan para que los hijos adquieran una mejor posición en la estructura de clases. Por el otro lado, los efectos directos, pueden dar cuenta de transferencias inter-vivos o herencias, que ocurren al margen de la posición de clase ocupada en un momento determinado (Torche y Spilerman, 2009: 76). En el caso del consumo, a partir de un estudio realizado en México, Torche y Spilerman concluyen que respecto a la distribución del consumo, el mismo se transmite indirectamente a partir de inversiones en capital humano, a diferencia de otros recursos específicos (fondos, inversiones, tierras) en el que la transferencia se da por vía directa (2009: 92).

1.4. Guía de orientación teórica

En los anteriores subcapítulos presentamos los principales elementos teóricos que sostienen a este trabajo. En primer lugar comenzamos desarrollando los aspectos más generales desde donde partimos, definiendo aquello que entendíamos por estructura social. Esto nos llevó al desarrollo de ciertos aspectos y relaciones regulares, estables y sistemáticas que suceden entre colectividades y grupos de individuos. Particularmente optamos por enfocar la lectura de dicha estructura social a partir de un abordaje de clases, implicando esto la elección de un camino ante múltiples posibilidades.

Cada subcapítulo intenta reconstruir un modelo teórico de abordaje en el que se interrelacionan tres instancias o “esferas de estratificación”: 1) la posición de clase, 2) los antecedentes de clase y 3) el bienestar material de los hogares[38]. La relación entre la instancia uno y dos remite a la problemática clásica abordada desde la sociología de la movilidad social, a partir de la cual, se analizan tanto los patrones y pautas de asociación entre la clase de origen y la clase de destino, así como las estrategias de movilidad y de reproducción que despliegan los sujetos condicionados por su posición en la estructura de clases (Bertaux y Bertaux-Wiame, 1997; Bourdieu, 2012b; Goldthorpe, 2010b; Parkin, 1984). La vinculación entre la instancia dos y tres, remite a la problemática abordada desde el análisis de clase (Carabaña, 1997) y se encuentra intermediada por estrategias familiares de vida (Torrado, 1981, 1982), procesos de explotación y acaparamiento de oportunidades (Pérez Sáinz, 2016; Tilly, 2000) y limitaciones, selecciones y mediaciones (Wright, 1979). En tercer lugar, la vinculación entre las tres instancias remite al estudio de la acumulación de (des)ventajas (Blau y Duncan, 1967; DiPrete y Eirich, 2006; Reygadas, 2004; Saraví, 2006) producida en función de las trayectorias intergeneracionales de clase experimentada.

Desde otra óptica, estas instancias analíticas remiten al estudio de tres aspectos interrelacionados de la desigualdad social: las condiciones (o puntos de partida), las oportunidades y los resultados (Dubet, 2011; Mora Salas, 2005; Reygadas, 2004, 2008; Therborn, 2016). A continuación presentamos un mapa conceptual que intenta sintetizar y relacionar gráficamente dichos elementos (esquema 1.5).

Esquema 1.5. Mapa teórico de la tesis

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Fuente: elaboración propia.

El esquema permite el acceso a la problemática de estudio de la tesis a través de dos dimensiones. En primer lugar, a través de las diversas aristas de la desigualdad, definidas aquí bajo las denominaciones de condiciones, oportunidades y resultados. Si bien, dichos conceptos permiten diversas interpretaciones sobre el fenómeno estudiado, en nuestro caso las “condiciones” remiten aquellos aspectos de la desigualdad que se inscriben bajo un formato adscriptivo, en el sentido de que engloban a aquellos aspectos no determinados por la voluntad de los sujetos y los anteceden temporalmente. Principalmente hacemos referencia al origen de clase, es decir, a la posición de los antepasados de los sujetos de referencia. Sin embargo, otras condiciones de origen son relevantes para el estudio propuesto: el nivel educativo de origen, el género de la persona, la edad, el lugar de nacimiento, etc. La instancia de las oportunidades hacer referencia a aquellas asignaciones o posicionamientos que ocurren luego del pasaje por las instituciones (principalmente las educativas) que garantizarían cierta igualdad en las oportunidades de vida. Particularmente hacemos referencia al destino de clase, entendiendo que una mayor igualdad de oportunidades garantizaría cierto desacople entre las influencias del origen social sobre la trayectoria de clase. En tercer lugar, el proceso de igualación de oportunidades deriva en la distribución (in)justa de determinados bienes y recursos (resultados). En la medida que dicha distribución de resultados se opera fundamentalmente bajo criterios desiguales y en los que no prima, previamente, un proceso de igualación de las oportunidades, la desigualdad de resultados de una generación se traduce, posiblemente, en la desigualdad de condiciones de la próxima (Blackburn y Prandy, 1997: 492; Therborn, 2016: 52).

La otra dimensión central teórica que se presenta en el esquema, es la lectura de la desigualdad a partir de los mecanismos sociales que la generan y sostienen. En este sentido, y en función de la relación que explican (flechas continuas), los mecanismos sociales, en tanto herramientas analíticas, permiten esclarecer y explicar, teóricamente, las regularidades y variabilidades halladas en forma empírica.


  1. Traducción propia.
  2. Si bien no es retomada en las conceptualizaciones realizadas, Parsons (1954) reconoce los aportes del materialismo histórico en el estudio de la estructura de clases, declarando que Marx y Engels “lanzaron ideas que constituyen un avance notable respecto del estado general del conocimiento de su tiempo. Definieron problemas y ofrecieron grandes estímulos para otros nuevos y notables avances. Formaron un eslabón indispensable en la cadena del desarrollo de la ciencia social” (Parsons, 1954: 288).
  3. Según Bonavena (2008: 335) algunos especulan que dicho retraso se ha debido a la importancia que implicaba el concepto de clase social para Marx, por lo que optó por su postergación hasta el final (Dahrendorf), mientras que otros entendían que el autor no necesito hasta los últimos años de su vida hacer una explicación formal de los atributos de clase (Giddens).
  4. Señala Kerbo (1998: 102) que el estructural funcionalismo retomó el carácter multidimensional de la estratificación, como elemento central para analizar la existencia de sistemas sociales integrados. Particularmente estos análisis se englobaron en los estudios sobre inconsistencia de estatus.
  5. Claro está que los aportes de Durkheim a la sociología de las clases sociales no derivaron en su totalidad en las principales formulaciones del consenso ortodoxo estructural-funcionalista, sino que también hubo posturas críticas a dicho paradigma que se basaron en las conceptualizaciones de este autor. En este sentido, una serie de investigadores auto-declarados como “neo-durkheimnianos” (Grusky y Weeden, 2001; Weeden y Grusky, 2005; Weeden, Kim, Di Carlo, y Grusky, 2007; Grusky en Wright, 2005a), recuperan la centralidad de las asociaciones profesionales para pensar así una estructura de “micro-clases”.
  6. Vale aclarar que para Parsons, la problemática del poder se presenta como una categoría residual frente a la idea de autoridad (1954: 68). El poder explica las situaciones “de discrepancia entre el orden de jerarquización “ideal” normativamente definida y el estado de cosas de hecho” (Parsons, 1954: 337).
  7. Pueden nombrarse como ejemplos típicos de escalas de estratificación el Índice Socio-económico (SEI) de Duncan (Blau y Duncan, 1967), el Índice Internacional socio-económico (ISEI) (Ganzeboom, De Graaf, y Treiman, 1992), la escala de prestigio ocupacional de Treiman (SIOPS) (2013) o la escala Hope-Goldthorpe de deseabilidad ocupacional (Goldthorpe y Hope, 1975). Un repaso y discusión sobre este tipo de escalas puede hallarse en Cachón Rodríguez (1989), Francés García (2009) y Bergman y Joye (2001).
  8. Traducción propia.
  9. En este sentido, las críticas de Wright se dirigieron especialmente a la posición de Poulantzas sobre la nueva pequeña burguesía, aunque también ha sido crítico de las propuestas de polarización simple, de la emergencia de una nueva clase y de la conceptualización de las clases medias como “estratos intermedios” (Wright, 1994: 42-48).
  10. Wright (1994: 60-68) señala, a su vez, tres problemas más: la contradictoriedad de la idea de posiciones contradictorias, el criterio de autonomía como definitorio de clase y ausencia de una conceptualización de las clases en las sociedades postcapitalistas. Asimismo, estos criterios dificultaban arduamente su operacionalización para el trabajo a partir de encuestas (Wright, 1992).
  11. Es necesario aclarar que gran parte de sus contribuciones contaron con las colaboraciones de otros investigadores entre los que puede citarse a David Lockwood, Keith Hope, Robert Erikson, Lucienne Portocarero, Gordon Marshall, Richard Breen, Tak W. Chan, entre otros.
  12. Siglas de Erikson, Goldthorpe, Portocarero.
  13. Siglas de Comparative Analysis of Social Mobility in Industrial Nations.
  14. En francés en el original. Léase: “instrumento de trabajo”.
  15. En el origen de este concepto los autores citan la influencia principal de Karl Renner, así como de Weber y Dahrendorf (Erikson y Goldthorpe, 1992: 41). En trabajos posteriores, se remarca la pertinencia de la teoría de la acción racional y de la economía neo-institucionalista para explicar la existencia de los dos tipos de forma de regulación (Goldthorpe, 2007: 207).
  16. La validez de criterio del esquema EGP fue analizada por Evans (1992), a partir de elementos prospectivos, las condiciones de trabajo y el control sobre las tareas de trabajo, en tanto dimensiones centrales de las relaciones de empleo.
  17. Si bien Sorokin, plantea la idea de “sistema de coordenadas” a modo ilustrativo, tomando está noción de la geografía, en el capítulo 2, cuando describamos la técnica del Análisis de Correspondencias Múltiples, comprenderemos que esta idea puede ser traducida a una representación gráfica a través de la técnica.
  18. Según Baranger el espacio social sustituye al concepto de clases en un sentido ontológico: “hablar de espacio social es resolver, haciéndolo desaparecer, el problema de la existencia o no de las clases, que desde siempre dividió a los sociólogos” (Baranger, 2004: 146).
  19. Este momento estaría dominado por lo que Bourdieu denominó como “clase en el papel”. Retomando la noción de “situación de clase” de Weber, daría cuanta de una clase “probable” debido al posicionamiento similar de agentes en el espacio social, pero lejos está de concebirse como una “clase real” movilizada para la lucha (Bourdieu, 1990: 31).
  20. Algunos aspectos tratados en este apartado pueden encontrarse en Rodríguez de la Fuente (2017a, 2017b).
  21. En Diciembre de 1971 se llevó a cabo en México el “Seminario de Mérida”, en el que se discutió la problemática de las clases sociales entre teóricos europeos y latinoamericanos. Los trabajos y discusiones que surgieron en dicho seminario fueron compilados en el libro “Las clases sociales en América Latina” por Benítez Zenteno (1973). Entre los participantes estuvieron: Florestán Fernandes, Nicos Poulantzas, Alain Touraine, F. H. Cardoso, Manuel Castells, Jorge Graciarena, Jorge Martínez Ríos, José Calixto Rangel Contla, Rodolfo Stevenhagen, Edelberto Torres Rivas, Francisco Weffort y Gino Germani.
  22. En consonancia con los estudios de inconsistencia de estatus que hemos visto en el apartado anterior, Germani entendía que “las situaciones materiales de la profesión y de la posición económica no siempre se hallan unidas al tipo de existencia que según el juicio social le correspondería” (Germani, 1981: 111).
  23. Es necesario señalar la existencia de otros esquemas de clases utilizados frecuentemente en estudios tanto a nivel nacional como regional, y que en la tesis no han sido reseñados por cuestiones de pertinencia y espacio. En este sentido podemos nombrar al esquema utilizado frecuentemente en los trabajos de movilidad social por Jorrat (1987, 1997, 2000), basado en la propuesta de Hout (1983) y que presenta como criterios de delimitación el carácter manual / no manual del trabajo y la calificación de la tarea principalmente. Para el ámbito argentino, también puede agregarse la propuesta de Sautu y equipo (Dalle, 2016; Sautu, 2016a; Sautu, Dalle, Otero, y Rodríguez, 2007), que reagrupa el esquema utilizado por Jorrat, a partir de una conjunción del enfoque marxista y weberiano, tales como el carácter ocupacional, el grado de calificación y la relación con los medios de producción y organización. Finalmente, a nivel regional, podemos citar a la propuesta de Portes (2003; Portes y Hoffman, 2003) que incorpora la problemática de la informalidad laboral a la concepción de la estructura de clases como característica determinante.
  24. En de Ipola y Torrado (1976), los autores discuten teóricamente con el marxismo contemporáneo (Althusser, Balibar, Bettelheim, Castells, Laclau y Poulantzas, entre otros) acerca de la concepción de la estructura de clases.
  25. Torrado y de Ipola (1976: 171) citan especialmente los trabajos de Nun, Cardoso, Quijano, Marín, Laclau y Murmis sobre el fenómeno de la marginalidad.
  26. Es necesario rescatar la influencia del movimiento socialista Fabiano en el trabajo de David Glass, así como en la mayor parte de la sociología inglesa de la estratificación (Costa Pinto, 1964: 44). Si bien el funcionalismo presentaba cierto consenso a nivel internacional, la mirada desde la estructura de clases y la importancia en la igualdad de condiciones de los sociólogos ingleses deberían hacernos tomar algunos recaudos para encasillar fácilmente a estos estudios en la perspectiva funcionalista. Si existía una cierta similitud de espíritu y realización en estos estudios, esto debería buscarse fundamentalmente en el papel organizador que tenía el comité de investigación sobre Estratificación y Movilidad Social en la Asociación Internacional de Sociología (Ganzeboom, Treiman, y Ultee, 1991: 279).
  27. A tal punto, como señala Cachón Rodríguez (1989: 240), que la historia del estudio de la movilidad social puede pensarse como la historia del avance estadístico en la sociología.
  28. Este modelo fue continuado en la década de los 70 por la llamada escuela de Wisconsin a partir de la incorporación de variables socio-psicológicas al modelo, tales como las aspiraciones educativas y ocupacionales de los hijos, la influencia de otras personas en esas aspiraciones, indicadores de capacidad mental, rendimiento educativo, entre otros (de Frutos, 1993: 190; Kerbo, 1998: 175). Principalmente podemos hacer referencia a los trabajos de Sewell, Haller y Portes (1969), Duncan, Featherman y Duncan (1972), Featherman, Jones y Hauser (1975), Featherman y Hauser (1978), Hauser y Sewell (1986), entre otros.
  29. Cabe destacar, sin embargo, que dentro del marxismo la cuestión de la movilidad social ha sido frecuentemente desdeñada y hasta considerada como una “problemática burguesa” en tanto mera ilusión legitimadora del orden social capitalista (Feito Alonso, 1995a: 264; Kerbo, 1998: 155; Poulantzas, 1998).
  30. En un estudio más reciente y actualizador del trabajo de Erikson y Goldthorpe, Breen (2004) indica que se da una convergencia entre los países industrializados a nivel de la movilidad absoluta y la estructura de clases, existiendo una menor variación y acordando, en parte, con la hipótesis Lipset-Zetterberg (Breen, 2004: 403).
  31. El mismo riesgo observa Bourdieu al referirse a las inversiones educativas en las clases más desaventajadas: “Al no poder disponer de una información lo suficientemente actualizada como para conocer a tiempo que “apuestas” tentar, ni de un capital económico de importancia suficiente para soportar la incierta expectativa de los beneficios, y tampoco de un capital social lo bastante consistente como para encontrar una salida secundaria en caso de fracaso, las familias de clases populares y medias (al menos en las fracciones no asalariadas) tienen todas las posibilidades de hacer malas inversiones escolares (Bourdieu, 2012b: 91).
  32. Goldthorpe diferencia, en función del origen de clase, a las estrategias “desde abajo” y “desde arriba” (2010a: 438). Podemos identificar algún paralelismo con las formas de cierre social planteadas por Parkin (1984) basadas en la exclusión (cierre hacia abajo) y la usurpación (cierre hacia arriba). Del mismo modo, el “credencialismo” aparece para el autor como una forma arbitraria de exclusión y discriminación para controlar el acceso a posiciones escasas (Parkin, 1984: 83).
  33. Otro de los referentes sociológicos en la movilidad social dentro de esta escuela es Raymond Boudon. Sin embargo, decidimos no explayarnos en su teoría de la movilidad social en esta tesis, debido a que su mirada se centra en el problema de la desigualdad de oportunidades ante la educación.
  34. El concepto de acaparamiento de oportunidades desarrollado por Tilly puede pensarse también como sinónimo del concepto de “cierre social” abordado por Parkin (1984).
  35. Al estar preocupados en esta tesis por las desigualdades de origen, nos enfocaremos principalmente en el carácter diacrónico de dicha acumulación. Este no excluye otros acoplamientos (más ligados a la idea de Tilly de pares categoriales) que se dan de forma sincrónica y que pueden estar vinculados a la acumulación de desventajas vía desigualdades de género, etnia, etarias, entre otras (Saraví, 2006: 35).
  36. Algunos autores también señalan la existencia de otros enfoques normativos del bienestar, tales como el “enfoque de derechos”, que reconoce como criterio de bienestar el cumplimiento de diversos derechos sociales y económicos constitucionalmente acordados (Larrañaga, 2007; Reyes y López, 2016), o “enfoque de necesidades” (Actis Di Pasquale, 2015).
  37. Como veremos, diferenciamos estos estudios de los trabajos específicos de movilidad económica y de ingresos que han ganado mucha visibilidad en los últimos años (Björklund y Jäntti, 1999, 2009; Breen, Mood, y Jonsson, 2016; Corak, 2013; Jantti et al., 2006; Lee y Solon, 2009; Solon, 1992, 2002).
  38. Un cuarto aspecto que es central en el modelo planteado y, que es transversal a las tres instancias, es el rol del Estado en el proceso de estratificación, movilidad social y bienestar (Danani et al., 2004; Danani, 2009; Esping-Andersen, 2000; Nolan, Esping-Andersen, Whelan, Maitre, y Wagner, 2009; Torrado, 1992a, 1995, 2007b). Algunos de estos aspectos son abordados en el capítulo 3.


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