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4 La estructura de clases en la Ciudad de Buenos Aires (2004-2015)

¿Una sociedad de clases medias?

A través del presente capítulo abrimos la sección empírica de este libro, desde la cual responderemos a los objetivos específicos que guiaron esta investigación. Si bien fundamentalmente nuestro interrogante principal consiste en la indagación del vínculo existente entre las diferenciales trayectorias intergeneracionales de clase y el acceso desigual a determinados activos y recursos que configuran parte del bienestar material de los hogares, resulta primordial en una primera instancia, la realización de un diagnóstico preliminar de la estructura social del espacio y tiempo estudiado. Para ello, siguiendo el abordaje propuesto por Germani (1955) y Torrado (1992a), presentaremos un análisis de los principales rasgos que asume la estructura social y económica de la CABA para el período neodesarrollista.

De este modo, podemos señalar que el propósito de este capítulo es doble. Por un lado, como bien señalamos, esperamos poder construir una “imagen” dinámica sobre las persistencias y cambios estructurales ocurridos en el tiempo y espacio recortado. Por el otro, a través del estudio de la evolución de la estructura de clases y su relación con el bienestar material, intentaremos dar cuenta del modo en que las estrategias de desarrollo y los arreglos institucionales operan sobre la estructura social (Adelantado et al., 1998; Esping-Andersen, 1993, 2000).

Las fuentes de información secundaria utilizadas se basaron principalmente en la EAH realizada periódicamente por la Dirección General de Estadísticas y Censos de la CABA, aunque también se recurrió a los Censos de Población, Hogares y Viviendas de los años 2001 y 2010, así como a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), a los fines de presentar algunos aspectos comparados respecto al GBA y al total país. Específicamente para indagar algunas tendencias respecto al consumo de los hogares, se utilizó la Encuesta Nacional de Gastos de Hogares (2004-2005), relevada por INDEC y la Encuesta Nacional de Estructura Social, llevada a cabo por el PISAC.

4.1. La especificidad de la Ciudad de Buenos Aires: estructura social y desigualdades

La Ciudad de Buenos Aires conforma uno de los 24 estados autogobernados que constituyen la República Argentina. Al mismo tiempo se diferencia de los 23 restantes debido a que la misma funciona como capital federal del país. Su superficie es de 203,2 Km2, con una densidad de 151.101 habitantes por Km2 y forma parte del Aglomerado Gran Buenos Aires (AGBA), que se define como el área geográfica delimitada por la “envolvente de población” o lo que también puede llamarse “mancha urbana” (INDEC, 2003b: 4). Siguiendo las divisiones administrativas de los partidos[1] que circundan a la ciudad, el Gran Buenos Aires (GBA) cuatriplica en cantidad de población a la CABA (2.890.151 habitantes versus 12.806.866, según datos del Censo 2010). Sin embargo, es necesario aclarar que la unidad GBA invisibiliza una clara heterogeneidad existente entre la CABA y los partidos del conurbano, en la mayor parte de las dimensiones que pueden estudiarse, incluida la conformación de la estructura poblacional (de la Torre, 2013: 5).

Política y administrativamente la ciudad se divide en 15 comunas[2], es decir, unidades descentralizadas que pueden abarcar más de un barrio[3]. Al analizar las diferencias espaciales que presenta la ciudad, utilizaremos la clasificación en zonas, en tanto agregación de comunas, propuesta por Mazzeo, Lago, Rivero y Zino (2012), en función de algunos indicadores de las condiciones de vida de la población (ver mapa 4.1).

Mapa 4.1. Comunas, barrios y zonas de la CABA

Fuente: elaboración propia en base Mazzeo, Lago, Rivero y Zino (2012); Cartografía Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 (INDEC) y Ministerio de Modernización, Innovación y Tecnología – SS de Ciudad Inteligente – DG de Gestión Digital – Unidad de Sistemas de Información Geográfica (USIG).

Esquema 4.1. Distribución de barrios por comuna. CABA

comunas

Por su parte, la ciudad, en tanto capital del conjunto nacional, dispone de cierta densidad política, económica y social que la diferencian de otras ciudades y regiones del país, específicamente respecto al nivel de vida (Velázquez, 2007). En este sentido, la misma puede ser caracterizada como una “ciudad global” en la medida que: 1) concentra funciones de comando; 2) es un sitio de producción postindustrial para las industrias líderes, financieras y de servicios especializados y 3) funcionan mercados transnacionales donde las empresas y los gobiernos compran instrumentos financieros y servicios especializados (Sassen, 1998: 7). En términos específicos, la transformación en una “ciudad global” se evidenció en la ampliación del comercio, la modernización tecnológica, el desarrollo de nuevas ocupaciones profesionales, el crecimiento de inversiones transnacionales y la terciarización de las actividades más importantes (Obradovich, 2010: 15). En conjunción con esta mirada, otros autores han señalado el proceso de transformación de la CABA como una “ciudad neoliberal” (Pírez, 2016; Rodríguez, Rodríguez, y Zapata, 2015), a partir de finales de los años setenta, ante la desarticulación y descrédito producido sobre las instituciones y políticas propias del Estado de Bienestar. Estás rupturas generadas en el plano económico tuvieron sus consecuencias en el ámbito urbano a partir de una pérdida de la “solvencia popular”, en tanto forma desmercantilizada de acceso y reproducción del hábitat, tanto en términos de liberalización del mercado inmobiliario como respecto a la privatización de los servicios públicos (Pírez, 2016). Dentro de las principales políticas que transformaron el espacio urbano imprimiéndole una impronta neoliberal, podemos citar: la liberalización de alquileres, la erradicación de villas de la ciudad, la implementación de un nuevo Código de Planeamiento Urbano, las expropiaciones para la construcción de autopistas urbanas, la relocalización de industrias, entre otras (Oszlak, 1988, 1991; Rodríguez et al., 2015).

Estructura socio-demográfica y productiva de la CABA

Una primera aproximación a la comprensión del carácter que asume la estructura social porteña puede basarse a partir del análisis de la distribución de la población por género y edad.

Gráfico 4.1. Estructura población por género y edad. CABA 2010

piramide1

Fuente: elaboración propia en base Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 (INDEC). N = 2890151.

Gráfico 4.2. Estructura población por género y edad. GBA 2010

piramide2

Fuente: elaboración propia en base Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 (INDEC). N = 12806866.

Como podemos observar en el gráfico 4.1, la estructura poblacional de la CABA dista de presentar un formato piramidal, característico del GBA (ver gráfico 4.2) o del total país. Por el contrario su contracción en el tramo etario de 0 a 19 años y su ampliación en el tramo de 60 años y más (específicamente para las mujeres), ilustra la composición de una población envejecida. En términos comparativos la CABA presenta la tasa más alta de envejecimiento al existir, para 2010, una población de 65 años y más de aproximadamente un 16%, alcanzado las mujeres un pico del 19% (Redondo, 2012: 24). Si bien, el proceso de envejecimiento poblacional aumenta progresivamente desde inicios del siglo XX, es en la década del 60’ donde ya presenta un nivel de aproximadamente 50 adultos mayores por cada 100 niños, alcanzado en 2010 la paridad entre ambos grupos poblacionales (DGEyC – GCBA, 2013: 15). En cambio, para el GBA, si bien ya empieza a ensancharse la pirámide (aproximándose a un formato de “campana”) al crecer la franja de los 20 a 34 años, aún presenta un importante núcleo de población joven.

Otro aspecto socio-demográfico que nos permite obtener una imagen clara de la estructura poblacional porteña, es la distribución de los individuos en función del nivel educativo alcanzado (ver gráfico 4.3). A los fines de obtener una imagen lo más fiel posible, tanto en término de recorte poblacional como temporal, se ha seleccionado únicamente a la población ocupada con treinta años o más para el segundo trimestre de 2013[4].

Gráfico 4.3. Distribución de la población ocupada con treinta años o más según nivel educativo alcanzado. CABA, GBA y Total país. 2013 (en porcentaje)

educacion

Fuente: elaboración propia en base a EPH 2do trimestre 2013 (INDEC). N (CABA) = 1.232.866; N (GBA) = 4.480.071; N (Total país) = 8.242.637.

Como podemos observar, es únicamente respecto al nivel educativo de “secundario completo” en el que la CABA, el GBA y el Total país se encuentran equiparados. Para los niveles más bajos existe una mayor acumulación porcentual para el GBA y el país en su totalidad, mientras que para los niveles más altos, específicamente para el “superior universitario completo”, las diferencias se disparan alcanzado la CABA un pico del 44% de la población seleccionada. Esto da cuenta de un segundo aspecto central que definirá fuertemente el carácter de la estructura de clases, las chances de movilidad social y el acceso al bienestar material de los hogares porteños, es decir, la existencia de un importante núcleo de población con calificaciones educativas de tipo técnica o profesional que redundarán, en el mayor de los casos, en activos claves para la conformación de una clase media de gran escala.

Un tercer aspecto para la comprensión de la estructura social de la CABA resulta del análisis de su estructura socio-productiva. La primera dimensión que nos permite un acercamiento, es el estudio del peso que adquieren las distintas ramas de actividad en la economía de la CABA respecto al resto del país. En este sentido, presentamos dos indicadores que ilustran esto en forma adecuada: el Producto Bruto Geográfico (PBG) por actividad económica (gráfico 4.4) y la distribución de la población estudiada según rama de actividad (gráfico 4.5).

Gráfico 4.4. Porcentaje de participación en el PBG* por categoría de la ClaNAE**. CABA y Total país. 2013

clanae

Fuente: elaboración propia en base a datos de la Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Hacienda GCBA) e INDEC. * PBG calculado a precios básicos. ** Clasificador Nacional de Actividades Económicas.

Gráfico 4.5. Distribución de la población ocupada mayor de treinta años o más según rama de actividad. CABA, GBA y Total país. 2013 (en porcentaje)

rama

Fuente: elaboración propia en base a EPH 2do trimestre 2013 (INDEC). N (CABA) = 1.216.329; N (GBA) = 4.437.132; N (Total país) = 8.186.723.

El PBG por actividad económica nos permite observar qué ramas de la economía resultan más productivas tanto en la CABA como en el total país. De este modo, rápidamente, podemos observar que la estructura productiva de la CABA se compone por un núcleo dinámico que agrupa a los servicios financieros, inmobiliarios y empresariales, seguido, en menor medida, por el sector de transporte, comunicaciones, comercio y la administración pública (Obradovich, 2010: 16). Por su parte, el bajo peso de la industria manufacturera respecto a su perfomance para el total nacional (aproximadamente unos 20 pp. de diferencia), refuerza no sólo el sesgo de la CABA como “ciudad de servicios”, sino que también da cuenta del saldo que ha dejado en la estructura productiva porteña el proceso de relocalización territorial de las industrias, quedando en la ciudad únicamente las sedes de las mismas con funciones altamente especializadas (Oszlak, 1988, 1991; Sassen, 1998: 15, 20). El gráfico 4.5, en cambio, nos permite analizar el modo en que las distintas ramas de actividad absorben laboralmente a la población. En este sentido, no necesariamente las ramas más productivas (en términos de PBG) son las que más población emplean. Sin embargo el sesgo distintivo y diferencial para la CABA, claramente se sigue manteniendo para las ramas de servicios: salud y servicios sociales, enseñanza, actividades profesionales y científicas, actividades financieras, de comunicación e información, etc.

Otra forma de analizar es a partir del tamaño de los establecimientos en los que se insertan laboralmente los trabajadores (gráfico 4.6). Algunos autores señalan que dicho indicador es un buen proxy de nivel de productividad (Bárcena y Prado, 2016; Bárcena, Prado, y Hopenhayn, 2010; Chena, 2010; Cimoli, Porcile, Primi, y Vergara, 2005).

Gráfico 4.6. Distribución de la población ocupada mayor de treinta años o más según tamaño del establecimiento en el que trabaja. CABA, GBA y Total país. 2013 (en porcentaje)

tamaño

Fuente: elaboración propia en base a EPH 2do trimestre 2013 (INDEC). N (CABA) = 1.182.595; N (GBA) = 4.097.658; N (Total país) = 7.600.199.

En este aspecto la estructura productiva característica de la CABA presenta otra de sus características centrales: un sesgo favorable a aquellas empresas de mayor tamaño. Como bien señalamos anteriormente, este rasgo puede vincularse a la presencia de empresas con una mayor ligazón al sector moderno de la economía y con niveles mayores de productividad (finanzas, servicios especializados, etc.).

Evolución reciente de las condiciones de vida en la CABA

El análisis de la estructura socio-demográfica y productiva de la ciudad puede complementarse con la evolución de ciertas dimensiones que conforman lo que puede entenderse como “condiciones de vida”. Para esto analizaremos algunos aspectos que consideramos relevantes: mercado de trabajo, distribución del ingreso, hábitat y consumo.

En primer lugar, haremos un breve repaso respecto a la evolución de algunos indicadores centrales que permiten caracterizar las tendencias que transitó el mercado de trabajo en la CABA. Para esto se recurrirá al análisis de tres indicadores específicos: la tasa de empleo[5], la tasa de desocupación[6] y la tasa de informalidad[7]. Cada uno de estos indicadores es observado tanto para la población de 30 años o más, así como para la población total (mayor de 10 años).

Gráfico 4.7. Tasa de empleo. CABA 2004-2015

empleo

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.8. Tasa de desocupación. CABA 2004-2015

desocupacion

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.9. Tasa de informalidad. CABA 2004-2015

informalidad

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

En términos generales la tasa de empleo (gráfico 4.7) se mantuvo constante con excepción dos períodos de crecimiento: del 2004 al 2005 y del 2014 al 2015. En el primer período, producto de la reactivación económica post 2001-2002, aumentó en casi 2,5 pp., manteniéndose luego en el promedio de 64% hasta 2014. El segundo crecimiento experimentado hacia el final del período (también de 2,5 pp. promedio) puede explicarse por el crecimiento de 2,1% que experimento la economía nacional respecto al año anterior. Por su parte la tasa general de empleo (aquella que considera la ocupación para mayores de 10 años) siguió una tendencia más vinculada al ciclo económico, mostrando un importante crecimiento (2,5 pp.) entre 2004 y 2008, pero decreciendo luego, llegando en 2014 a un nivel similar a 2004. Al igual que para los mayores de 30 años, en 2015 el empleo se revitaliza, volviendo la tasa a situarse a niveles de la década anterior (51,8%).

La tasa de desocupación (gráfico 4.8) se comportó de manera similar para ambas poblaciones y siguió la tendencia del ciclo económico: bajó fuertemente hasta 2006/2007; presentó un leve aumento (principalmente para la población total) en la coyuntura de la crisis financiera internacional (2008-2009); bajó nuevamente hasta 2011-2013, aumentado luego más de 1 pp. hacia finales del período. Mientras que el promedio para la población mayor de 10 años fue de 6,2% de desocupación, para los mayores de 30 años fue considerablemente menor (4,4%).

En tercer lugar, la informalidad descendió considerablemente a lo largo del período, reduciéndose aproximadamente 7,5 pp. entre puntas (gráfico 4.9). Hasta 2008, en conjunción con el mayor dinamismo evidenciado en el resto de los indicadores laborales, el descenso fue considerable, entrando luego en una fase de amesetamiento. Hacia el final del período, si bien la informalidad continuó descendiendo, el impacto fue algo más relevante para el grupo poblacional mayor a 30 años, alcanzando un valor del 22%.

Tomando en cuenta los dos últimos indicadores laborales, puede apreciarse que la crisis internacional de 2008 funcionó como un parte aguas respecto a las mejoras económicas (Kessler, 2014: 13). Asimismo, se puso en evidencia que el objetivo de generar un proceso de industrialización, impulsado casi exclusivamente a partir de la política cambiaria y la aplicación de retenciones, si bien había rendido sus frutos en los anteriores cinco años, comenzaba a presentar ciertas limitaciones (CENDA, 2010: 80), principalmente debido a que la capacidad instalada industrial estaba llegando al nivel de saturación. Particularmente, a los efectos de contrarrestar dichas insuficiencias, las políticas económicas impulsadas a partir de 2008, tuvieron como finalidad (entre otras) sostener los niveles de bienestar conseguidos hasta el momento. Específicamente, respecto al mercado laboral, se implementó el Programa de Recuperación Productiva (REPRO), destinado a evitar despidos y reducciones salariales y la derivación de recursos a la obra pública, con el fin de generar empleo y hacer frente a la desaceleración del crecimiento económico (Varesi, 2011: 50).

Para medir la evolución de los ingresos en el período analizado, optamos por presentar el coeficiente de Gini a partir de los ingresos totales per cápita familiares y los ingresos laborales per cápita familiares[8] (gráfico 4.10). De esta forma intentamos poder separar los impactos que tuvieron las políticas de transferencia de ingresos (AUH, moratoria jubilatoria, pensiones no contributivas, Ciudadanía Porteña[9], etc.) en la disminución de la desigualdad de ingresos al interior de los hogares, de aquellas ligadas explícitamente a cambios específicos ocurridos en el mercado de trabajo. Asimismo, para medir dicha diferenciación se dibuja (en barras) la brecha entre el cálculo de Gini total y el laboral.

Gráfico 4.10. Evolución del coeficiente de Gini a partir de ingresos per cápita familiares e ingresos laborales per cápita familiares. CABA 2004-2015

gini

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

En este sentido tres conclusiones pueden rescatarse de la lectura del gráfico 4.10: 1) una tendencia general de disminución de la desigualdad de ingresos a lo largo del período; 2) rebotes que representan un aumento de la desigualdad, en las fases post-crisis 2008-2009, así como en el año 2014, producto de la devaluación de la moneda en un 14% y su correlato en el incremento inflacionario[10] y 3) un incremento de la brecha entre los dos tipos de mediciones a partir de 2010, señalando el impacto que las políticas de transferencia de ingresos reseñadas anteriormente tuvieron en la reducción de la desigualdad[11], aunque dicha merma se haya visto reducida hacia el final del período, producto de la escalada inflacionaria.

Por otro lado, la vivienda en tanto aspecto constitutivo del bienestar, es una dimensión poco estudiada (Carmona Barrenechea y Messina, 2015: 204). En este sentido, la discusión se ha reducido al estudio de las condiciones habitacionales, la informalidad urbana y al hábitat popular. Sin embargo, la situación habitacional de la CABA se diferencia radicalmente de la presentada en el conurbano, así como en otras grandes aglomeraciones del país: la infraestructura urbana de servicios, cubre prácticamente la totalidad del territorio, concentrándose el déficit en los barrios no urbanizados de villas o asentamientos precarios (de la Torre, 2013: 7)[12]. Dos indicadores como el nivel de hacinamiento crítico[13] (gráfico 4.11) y la calidad de conexión a servicios básicos[14] (gráfico 4.12), permiten ilustrar dicho fenómeno. En ambas dimensiones la CABA presenta niveles bajos de condiciones habitacionales deficientes, respecto al promedio del total país.

Gráfico 4.11. Porcentaje de hogares con hacinamiento crítico. CABA y Total país. 2001 / 2010

hacinamiento

Fuente: elaboración propia en base Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 (INDEC).

Gráfico 4.12. Porcentaje de viviendas según calidad de conexión a servicios básicos. CABA y Total país. 2001 / 2010

conexion

Fuente: elaboración propia en base Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 (INDEC).

De este modo, es que particularmente el acceso a la vivienda, en tanto análisis del régimen de tenencia, surge como una dimensión relevante a estudiar en un contexto de condiciones habitacionales relativamente homogéneas. Como bien señala Cosacov:

En Argentina, la propiedad de la vivienda es un valor muy extendido y está fuertemente ligado a estrategias de consolidación familiar y de la propia posición social. Al mismo tiempo, ser propietario permite acceder a recursos que no tiene permitido quien no posee la propiedad que habita (Cosacov, 2012: 2).

Sin embargo, ¿qué tendencias generales se evidenciaron entre 2004 y 2015 en materia de acceso de la vivienda? Específicamente, ¿qué sucedió en la CABA? Desde la óptica del bienestar, podemos trazar una tendencia de larga data que transita desde un mayor nivel de desmercantilización de la vivienda, originada en los años 40, hacia una progresiva mercantilización, que tuvo sus inicios a finales de los años 70. Las políticas neoliberales que eliminaron los procesos de solvencia popular para el consumo y acceso a la vivienda (Pírez, 2016), continuaron manteniendo sus efectos sobre la producción de la ciudad, aún en un contexto de aplicación de políticas heterodoxas. La casi nula regulación del mercado inmobiliario por el Estado, llevó a Carmona Barrenechea y Messina (2015: 212) a caracterizar al régimen de provisión estatal de la vivienda de la ciudad como de tipo residual. Esto implica que el Estado interviene únicamente como “rescatador de última instancia” en situaciones en las que los sujetos no pueden lograrlo por sus propios medios, como en el otorgamiento de subsidios habitacionales para la renta de habitaciones de hoteles (Gamallo, 2017: 20).

Particularmente, esta ausencia estatal se evidenció en la débil presencia de créditos hipotecarios a lo largo del período, representando en el período 2007-2011 sólo un 1,3% del PBI (Kessler, 2014: 185), situación que también se repitió en la Ciudad de Buenos Aires, en donde se aplicaron programas fragmentados y diversos de alcance limitado, bajo peso presupuestario y requisitos estrictos de acceso (Carmona Barrenechea y Messina, 2015: 224)[15]. Si bien las escrituras hipotecarias aumentaron en términos absolutos, estuvieron muy lejos de los máximos alcanzados durante la década del ’90, en donde llegaron a representar un 25% del total de las actas notariales. Hacia 2012, solamente representaban un 6% del total (CEDEM, 2012: 12-14). A su vez, la falta de regulación del mercado inmobiliario desacopló la evolución del precio de venta de las viviendas (tasadas en dólares) respecto del aumento salarial en los hogares, generando una brecha que presenta dificultades de acceso aún por fuera de los mecanismos desmercantilizados (Cosacov, 2012: 9; Rodríguez et al., 2015: 74).

A partir de los datos de la EAH de la CABA (gráfico 4.13), observamos que la proporción de hogares propietarios del universo de análisis considerado se ha ido reduciendo paulatinamente a través de los años (Cosacov, 2012: 6; Rodríguez et al., 2015: 74). Entre las puntas del período estudiado, dicha disminución fue de 14 pp, alcanzado para el 2015 una proporción similar de hogares propietarios y no propietarios de la vivienda, evidenciándose la débil presencia de políticas habitacionales de acceso a la vivienda en el ámbito de la ciudad. A nivel comparativo con países europeos, las tasas de propietarios de viviendas de la CABA, se asemejan a las halladas en países con regímenes social-demócratas como Dinamarca y Holanda, aunque en contextos distintos, ya que en dichas naciones el sistema de alquileres públicos es fuerte y el mercado privado se encuentra fuertemente regulado (Kurz y Blossfeld, 2004)[16].

Gráfico 4.13. Distribución de hogares según régimen de tenencia de la vivienda. CABA 2004-2015 (en porcentaje)

alquiler

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Finalmente, nos interesa presentar un diagnóstico respecto a los cambios ocurridos en el consumo de los hogares en el período neodesarrollista. Algunos autores han planteado que la expansión del consumo de bienes (automóviles, electrodomésticos, viajes, etc.), en un contexto de constante crecimiento de los salarios, se presentó en la CABA con una mayor intensidad respecto a la posibilidad de acceso a la vivienda propia (CEDEM, 2012: 27). Asimismo, del Cueto y Luzzi (2016), señalan que los cambios en el acceso al consumo pueden gravitar sobre los estilos de vida, aunque no siempre redundan una mejora en la posición ocupada en la estructura social.

Para esta tesis, a través de dos muestras distintas (ENGHo y ENES) evaluamos los cambios en la tenencia de determinados bienes, observando las puntas del período estudiado (gráfico 4.14)

Gráfico 4.14. Distribución de bienes de consumo en hogares. CABA 2004-2005 / 2014-2015

bienes

Fuente: elaboración propia en base a ENGHo 2004-2005 (INDEC) y ENES 2014-2015 (PISAC).

Como podemos observar hay bienes que tuvieron un comportamiento similar entre 2004 y 2015, en la medida que los mismos ya se encontraban extendidos en la población o en algunos segmentos de la misma. En este sentido, la tenencia de televisor (sin diferenciar aquí el tipo) alcanza a casi el 100 de los hogares analizados. En una situación similar se encuentra la cocina con horno. En el caso de los bienes que se expandieron relativamente en la población, podemos citar al termotanque, el servicio de internet, la heladera con freezer, el acceso al crédito[17], la posesión de computadora y de telefonía celular. Por el contrario, la tenencia de automóvil, según los datos utilizados, pareciera haber disminuido entre 2004 y 2015, en aproximadamente 10 pp.

Tamaño, composición y evolución de las clases sociales

Siguiendo la propuesta de análisis de la estructura social iniciada por Germani (1955) y continuada por Torrado (1992a), en este subcapítulo tenemos como propósito caracterizar la estructura de clases porteña en función de su volumen, dinámica y composición. Para realizar esto, partimos del análisis de la distribución de los stocks de población para cada año analizado dentro del período 2004-2015. Este enfoque nos permite, por un lado, en términos generales, conocer el modo en que se configura la estructura de clases de la CABA. Por otro lado, el análisis diacrónico de la evolución de las clases sociales, nos acerca a una mejor comprensión sobre como dichos agrupamientos son sensibles o no a los cambios ocurridos al interior del modelo de acumulación.

A continuación presentamos la evolución de la estructura de clases (tabla 4.1) y de su composición, en términos de estratos sociales medidos a partir del nomenclador de la condición socio-ocupacional (CSO) en su versión agregada (tabla 4.2). Vale recordar que la unidad de análisis referenciada son los hogares con principal sostén o cónyuge ocupado con una edad de 30 años o más.

Tabla 4.1. Distribución de los hogares según clase social. CABA 2004-2015 (en porcentaje)

clasexaño

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Tabla 4.2. Distribución de los hogares según CSO agregado. CABA 2004-2015 (en porcentaje)

estratoxaño

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Como saldo del período 2004-2015, podemos observar que la estructura de clases ha mantenido su configuración consolidada en tiempos pasados, con una clase trabajadora pequeña que representa en promedio a un 26% de los hogares residentes en la CABA y una gran clase media, que alcanza un 51% en su capa inferior y un 23% en la superior. Dichos datos son consistentes con los presentados por Benza (2016) y Maceira (2018) en análisis comparativos regionales, en donde a partir de la utilización de datos provenientes de la EPH y de la ENES-PISAC, respectivamente, la CABA se muestra como el aglomerado con mayor clase media y menor clase obrera, a nivel país.

Sin embargo, tal como plantea Dalle (2012), la estructura de clases reciente refleja dos procesos de cambio estructural que, podemos agregar, funcionan a distintos niveles: uno signado por el proceso de terciarización de la economía propio de la instauración del modelo aperturista, y otro, ligado al cambio en el modelo de acumulación, que si bien no ha revertido los efectos anteriores, ha dotado a la estructura de clases de ciertos niveles de recomposición. En este sentido, dos tendencias contrapuestas pueden ser visualizadas. Por un lado, evidenciamos un relativo crecimiento tanto de la clase directiva-profesional como una recomposición de la clase obrera calificada (teniendo la primera un crecimiento de 2,2 pp. y la segunda de 1,7 pp.). Por el otro, la clase obrera no calificada y, principalmente, la pequeña burguesía, han sido las clases que han visto reducido su volumen hacia el final del período (esta última en una variación negativa de 4,1 pp.). Claro está, que si bien estos procesos se dieron en forma más o menos sostenida a lo largo del período, su máxima aceleración fue alcanzada en el momento del mayor dinamismo económico y del mercado de trabajo, es decir, entre 2004 y 2007. Por su parte la clase media técnica-rutinaria, si bien ve reducida su participación relativa en los primeros años, a partir de 2012 comienza a crecer fuertemente, siendo el grupo que mantuvo, en mayor medida, su volumen inicial.

La tabla 4.2 nos permite profundizar sobre el cambio ocurrido en la estructura de clases, al presentar la distribución de hogares por estrato social. Como señalamos en el apartado metodológico, los estratos sociales son agrupamientos de menor nivel de desagregación que conforman el sistema de clases[18]. De esta forma, ¿cuáles fueron los estratos que experimentaron mayores transformaciones en su tamaño? El estrato obrero calificado tuvo una importante variación positiva (1,8 pp.) correlacionado con una fuerte reducción del estrato marginal y de obreros no calificados. Por su parte, tanto el estrato de pequeños productores autónomos y de pequeños empresarios de empresas, redujeron su participación relativa[19]. Finalmente, el estrato de profesionales mostró cierto dinamismo creciente, mientras que los estratos de técnicos, empleados administrativos y comerciantes y de trabajadores especializados autónomos, mantuvieron su tamaño, con oscilaciones, a lo largo del período.

Otro aspecto a ser analizado, es el estudio de la composición de las clases sociales de CABA en función del género de aquellos individuos que otorgan el posicionamiento de clase al resto del hogar. En esta tesis partimos del enfoque de dominancia como método para clasificar a los hogares en la estructura de clases. De este modo, lo que la tabla 4.3 nos muestra es cómo se distribuyen las clases sociales según si la dominancia (es decir, el posicionamiento de mayor nivel en el CSO) lo otorga un varón o una mujer. Este método permite recuperar, no sin deficiencias, el lugar que ocupa la mujer en la estructura de clases, a diferencia del uso del posicionamiento del jefe/a de hogar como criterio clasificador de las familias. Para el estudio de la evolución temporal seleccionamos algunos años representativos como ventanas de observación, a los fines de lograr una presentación más simplificada para la comparación.

Tabla 4.3. Distribución de los hogares según clase social y dominancia por género. CABA 2004, 2007, 2011 y 2015 (en porcentaje)

clasexgenero

Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

El primer dato a subrayar es que el enfoque de dominancia efectivamente permite “recuperar” el rol de las mujeres como sujetos centrales entre la mediación hogar / inserción socio-ocupacional: mientras que según el enfoque aquí utilizado un 43% de los hogares presentan un tipo de dominancia femenina, el enfoque de jefatura reduce esta participación a un 33%. Por otro lado, observando la columna de “promedio” presentamos una estimación del volumen de las clases sociales para cada período según el tipo de dominancia. En este sentido, acorde a lo esperado, podemos señalar que los hogares con dominancia masculina son más representativos de pequeña burguesía (comerciantes empleadores, pequeños empresarios, técnicos independientes, etc.) y la clase obrera calificada (trabajadores manuales calificados), mientras que la dominancia femenina es explicativa de la clase media técnica-rutinaria (docentes, administrativos, comerciantes empleados, etc.) y la clase obrera no calificada (empleadas domésticas, ocupaciones marginales). Para el caso de la clase directiva-profesional la representación es pareja, para este tipo de clasificaciones.

Enfocándonos en la evolución temporal de las clases sociales según dominancia podemos observar las tendencias se comportaron de manera similar tanto para la clase directiva-profesional (crece fuertemente hasta 2011 para luego estabilizarse a la baja en 2015), la clase media técnica-rutinaria (si bien aumenta su tamaño en los hogares con dominancia femenina, en ambos casos se presentan oscilaciones en el período) y la clase obrera no calificada (crece y decrece a lo largo del período). Por el contrario, en el caso de la pequeña burguesía y la clase obrera calificada observamos tendencias contrapuestas. Para el primer caso, en los hogares de dominancia masculina el descenso es constante y fuerte, sobre todo entre 2004 y 2007, mientras que para los otros hogares el descenso es fuerte también a principio de período pero luego aumenta la participación hacia 2015. En el caso de la clase obrera calificada, para los hogares con dominancia masculina, el aumento de tamaño es casi constante, mientras que para el caso de dominancia femenina, si bien su decrecimiento es leve entre las puntas del período, el mismo se da en forma relativamente constante.

Por último presentamos la composición de las clases por edad. Para recurrimos al cálculo de la media de edad[20] del sujeto que otorga la posición de clase al hogar (tabla 4.4).

Tabla 4.4. Media de edad del sujeto dominante del hogar según clase social. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Los promedios totales de edad nos muestran a la pequeña burguesía como aquella con un mayor nivel de envejecimiento. Vale recordar que dentro de dicha clase se encuentran pequeños empresarios, comerciantes, técnicos, que emplean baja cantidad de mano de obra y que cuentan con un nivel pequeño o mediano de capitalización. En este sentido, se trata de inserciones laborales que pueden implicar algún tipo de herencia de capital e inversiones que se han tornado más riesgosas para las generaciones más jóvenes, en detrimento del capital cultural y la asalarización[21]. Por su parte la clase más “joven” es la media técnica-rutinaria, en parte explicado por su composición de ocupaciones que en muchos casos son receptivas de sujetos que ingresan al mercado laboral (comercio, ventas, administración, etc.), ya que no implican calificaciones profesionales y, en algunos casos, propicia la posibilidad de trayectorias intrageneracionales ascendentes.

Finalmente la tendencia del período nos permite observar un creciente envejecimiento progresivo de la clase directiva-profesional (pudiéndose leer esto como una mayor dificultad para el acceso de jóvenes a dicha clase), así como una reducción de las edades promedio en el caso del resto de las clases, principalmente en el caso de la clase obrera no calificada.

4.2. La desigualdad en el bienestar material desde las clases sociales. ¿Una relación sin fuerza?

“El maestro de medio tiempo de la escuela, el obrero semicalificado y el pequeño comerciante pueden reportar el mismo ingreso en sus declaraciones de impuestos, pero los reconocemos como asalariados, trabajadores por hora y por cuenta propia, teniendo diferentes fuentes de ingresos y, en consecuencia, diferentes oportunidades de vida” (Hout et al., 1993: 4)[22].

En este subcapítulo ponemos a prueba el carácter explicativo del posicionamiento de clase sobre una serie de factores que conforman lo que hemos denominado “bienestar material”. Partimos del supuesto de que la clase social actúa como uno de los principales estructuradores de la desigualdad al definir probabilidades típicas de oportunidades de vida (Weber, 1964). Por otro lado, en términos temporales, nos interesa conocer el modo en que la relación clase – bienestar material se ha desarrollado a lo largo del período bajo estudio. Al igual que en el subcapítulo anterior, una mirada histórica sobre el fenómeno, nos permite una mejor comprensión de la ligazón entre las transformaciones ocurridas dentro de la estrategia de desarrollo (neodesarrollismo) y los comportamientos de escala micro, funcionando el posicionamiento de clase como proceso mediador (Torrado, 1982).

Planteado esto, subdividiremos el presente subcapítulo en tres apartados. Cada uno de los mismos abordará la relación clase – bienestar material desde un activo específico: ingresos monetarios, acceso a la vivienda y nivel de consumo.

Clase social y distribución de ingresos

El análisis de los ingresos a partir del posicionamiento de los hogares e individuos en la estructura de clases, es una de las dimensiones más estudiadas en el enfoque del “análisis de clase”. En primer lugar, nos hacemos los siguientes interrogantes: ¿En qué medida la clase social continúa teniendo una centralidad explicativa en la distribución desigual de los ingresos? ¿Cuál fue la tendencia en el período estudiado? A estos fines utilizaremos el ingreso per cápita del hogar (IPCF), en tanto medida que permite considerar tanto los ingresos laborales como los no laborales de los hogares, controlando por el tamaño que los mismos asumen. A su vez, en los distintos análisis, presentamos tanto los resultados según el posicionamiento de clase como a nivel de estrato social.

Tabla 4.5. Media de ingresos deflactados (2004)* según clase social. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

* Según IPC INDEC (2004-2006) e IPC 9 provincias (2007-2015).

Tabla 4.6. Media de ingresos deflactados (2004)* según CSO. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

* Según IPC INDEC (2004-2006) e IPC 9 provincias (2007-2015).

Las tablas 4.5 y 4.6 nos muestran la evolución del IPCF por clase y estrato social desde 2004 a 2015[23]. Observando los resultados por clase social, en primer lugar podemos hacer notar la estructura jerárquica que se reproduce a lo largo de los años (con excepción de un solapamiento entre los ingresos de la pequeña burguesía y la clase media técnica-rutinaria para los años 2007, 2012 y 2013), en términos de distribución de los ingresos. En este sentido, podemos decir que el esquema de clase utilizado revela cierta jerarquía, al medir los ingresos, dando cuenta de diversos mecanismos que operan, diferencialmente, en la apropiación y obtención de oportunidades de vida. Asimismo, dicha jerarquización de las clases no se ve trastocada al finalizar el período, si bien las distancias se van acotando relativamente.

La última columna (variación % salarial entre 2004-2015) nos permite identificar qué clases fueron las que en mayor medida se beneficiaron, en términos relativos, a lo largo del período bajo estudio. Si bien todas las clases mejoran considerablemente sus ingresos (en promedio los ingresos aumentaron 40,5%), la clase obrera calificada experimentó un crecimiento del 64% a lo largo del período. Dichos resultados son consistentes a los hallados en otros estudios, para el total país y el GBA, en los que se remarca el impacto de la revitalización de las negociaciones colectivas y las políticas salariales, principalmente en aquellas inserciones en estructuras modernas, de mayor productividad relativa y que presentan un marco regulatorio mayor (Benza, 2016: 129; Chávez Molina y Sacco, 2015: 301). En segundo lugar, en términos de mejoras del nivel de IPCF, se encuentra la clase media técnica-rutinaria.

Ahora bien, en términos absolutos, el patrón que se reproduce a lo largo de los años, muestra que la existencia de tres “espacios de competencia” (Pla, 2016) que cristalizan los rasgos definitorios de la estructura de clases: por un lado un espacio de la clase obrera, uno de la clase media inferior (técnica-rutinaria y pequeña burguesía) y más alejado uno de la clase media superior (hogares mejores posicionados en la muestra). Dichos espacios no se solapan entre sí, lo que podría estar dando cuenta de diversos mecanismos y lógicas propias determinadas, de cada clase, para la apropiación de recursos (ingresos): calificaciones laborales, credenciales educativas, capital económico, capital social, etc. En este sentido, el alejamiento de la clase directiva-profesional, en términos de los ingresos monetarios percibidos, continuaría explicando la vitalidad que los mecanismos de explotación (en tanto dicha clase está ocupada por directivos y grandes empleadores de mano de obra) y acaparamiento de oportunidades (mediante el acceso a conocimientos especializados y validados por credenciales educativas) se mantienen como mecanismos generadores y reproductores de la desigualdad.

La distribución promedio del IPCF por estrato social nos permite identificar, al interior de las clases, qué grupos fueron los que en mayor o menor medida se beneficiaron en términos económicos. Para el caso de la clase obrera, a nivel de estrato, observamos que el grupo de obreros calificados tuvo una performance superior al grupo de trabajadores especializados autónomos, reforzando el proceso de mejora que presentó el trabajo asalariado frente al cuentapropismo. La misma tendencia se evidencia en los estratos de la clase obrera no calificada: el estrato obrero no calificado y los empleados domésticos frente a los trabajadores marginales. Por su parte, el estrato de directivos y gerentes vio perjudicado su nivel de ingresos, principalmente en los últimos años del período, aunque al partir desde un nivel absoluto “elevado”, sus ingresos continuaron siendo cuatro veces más altos que los del estrato inferior. Finalmente, el estrato de pequeños propietarios de empresas también exhibe un alto crecimiento de sus ingresos, superando hacia 2015 los ingresos percibidos por el estrato de directivos y gerentes.

Otro modo de observar las desigualdades de ingresos es a partir de las brechas de IPCF, calculando el cociente entre los ingresos medios percibidos por cada clase social en determinado año y el ingreso medio total para ese año. Dicha medida, al relacionar el ingreso por clase social comparándolo con el ingreso promedio, nos aproxima de mejor modo a un estudio propiamente de la desigualdad social, ya que no comparamos únicamente los ingresos a través del tiempo, sino entre las mismas clases. Al igual que para el caso de los ingresos deflactados, en los gráficos 4.15 y 4.16, presentamos las brechas de IPCF según clase y estrato social, aunque esta vez para los años 2004, 2007, 2011 y 2015, brindando así una representación más simplificada de la información.

Gráfico 4.15. Brechas de ingresos medios según clase social. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.16. Brechas de ingresos medios según CSO. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

En términos generales, podemos observar que la tendencia del período 2004-2015 fue hacia una disminución de la desigualdad de ingresos entre las clase sociales (Benza, 2012; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012; Maceira, 2016; Pla et al., 2018). Sin embargo, algunas especificaciones pueden hacerse. En primer lugar, la frontera entre las clases medias y las clases obreras (manual / no manual) continuó funcionando como barrera en términos de percepciones de ingresos: mientras que las primeras siempre se mantuvieron en valores cercanos o superiores al promedio general, las segundas nunca han logrado alcanzar el mismo. En segundo lugar, podemos señalar que dicha disminución en la desigualdad general pudo deberse a un decrecimiento relativo de la percepción de ingresos por parte de la clase directiva profesional y el crecimiento relativo de los ingresos en la clase obrera calificada, específicamente de 2004 a 2007, ya que luego la brecha entra en una fase de estancamiento. Vale recordar, el dinamismo propio que adquirió la industria en esa fase para entender este movimiento, así como la serie de políticas “trabajocéntricas” aplicadas (Arcidiácono, Gamallo, Pautassi, y Straschnoy, 2015). Por su parte, la clase obrera no calificada, es decir, aquellas ocupaciones insertas en la informalidad y marginalidad, experimentaron una leve mejoría recién para el segundo período kirchnerista (pudiéndose explicar dicha reducción de la brecha debido a políticas sociales específicas como la AUH), no así en un primer momento, en el que la mayor absorción de mano de obra no redundó en mejores salarios. Hacia el final del período se evidencia, nuevamente, un crecimiento de la brecha en dicha clase, producto del constante aumento inflacionario así como de la informalidad[24].

El estudio de las brechas por estrato social (gráfico 4.16), nos permite comprender algunas de las dinámicas internas que ocurren en el nivel más agregado de clase social. En primer lugar, podemos observar que la frontera entre la clase media técnica-rutinaria y la clase trabajadora calificada, ya no se explica directamente por el carácter del trabajo manual o no manual, sino principalmente por la calificación de las tareas realizadas y la categoría ocupacional. De esta forma, mientras que los estratos de empleados administrativos y vendedores y de pequeños productores autónomos reducen su brecha de ingresos a lo largo del período, no pueden alcanzar al ingreso promedio, quedando siempre por debajo del mismo. En contraposición, el estrato de técnicos y asimilados mantiene a lo largo de los años su IPCF por encima de la media. A su vez el análisis por estrato de la CSO nos permite observar el importante crecimiento de ingresos que tuvieron los grupos superiores de la pequeña burguesía, es decir, el estrato de propietarios de pequeñas empresas[25].

Ahora bien, más allá de las desigualdades expresadas en términos de clase ¿existen diferenciaciones en función de la dominancia del hogar? En términos de género también evidenciamos una importante reducción de la desigualdad de ingresos por clase social (ver gráfico 4.17). Con mayores o menores niveles de oscilación, en todas las clases, con excepción de la pequeña burguesía, los IPCF de los hogares con dominancia masculina y femenina tienden a parecerse[26]. En este sentido, dos aclaraciones deben realizarse: 1) vale recordar que dominancia no implica jefatura del hogar, por lo tanto los hogares con dominancia femenina no necesariamente se refieran a los hogares con jefatura femenina, en donde generalmente el núcleo conyugal está incompleto con presencia de hijos y 2) dichos valores pueden diferenciarse de manera importante considerando al nivel GBA o total país, en donde las brechas de género son más desiguales en favor de los varones (Chávez Molina y Pla, 2018).

Gráfico 4.17. Razón de ingresos medios (IPCF) entre hogares con dominancia masculina y femenina por clase social. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Hasta aquí pudimos observar ciertas tendencias respecto a cómo la desigualdad se distribuyó entre las clases y los estratos sociales, pudiéndose describir cierta disminución de las distancias entre las mismas, aunque manteniéndose niveles desiguales de apropiación del ingreso en función del posicionamiento social en la estructura. Ahora bien, ¿En qué medida la clase social explica la desigualdad de ingresos? ¿Constituye la estructura de clase, en estos tiempos en el que la desigualdad se concibe multidimensionalmente determinada, un elemento “predictor” de la distribución de ingresos? Asimismo, ¿Cómo ha evolucionado dicha relación en el período estudiado?

Para responder a este interrogante calculamos el índice de Theil, basado en la familia de mediciones de entropía. El mismo tiene ciertas propiedades que permiten su descomposición aditiva a partir de diversos factores “generadores de desigualdad” (Altimir, Piñera, y Crivelli, 1979: 1). Dicho índice mide la diferencia entre la entropía que se deriva de la igualdad perfecta y la calculada a partir de los datos observados, dando cuenta de la entropía generada por el hecho de que el ingreso no se distribuye de manera igualitaria (Medina, 2001: 18). La desigualdad resultante es clasificada en tanto desigualdad “entre-grupos” (parte explicada) e “intra-grupos” (parte no explicada), siendo adecuado para el estudio de las clases sociales, debido a que posibilita conocer la cuantía de desigualdad explicada por procesos de apropiación o privación relativa de cada una de las clases y aquella que se efectúa en forma “intra-categorial” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997). Diversos estudios que se enfocaron sobre la desigualdad de ingresos según clase social, han recurrido a la utilización del índice de Theil (Albertini, 2013; Benza, 2012; Weeden et al., 2007).

El mismo se define del siguiente modo (Benza, 2012: 248; Ginneken, 1975):

En donde es la proporción de ingresos que corresponde a cada observación y es la proporción que representa cada observación en el total de la población (1/n). Cuando los ingresos se distribuyen de manera equitativa el índice asume el valor de 0, mientras que se concentran en un solo individuo asumen el valor máximo de .

Tal como es realizado en Benza (2012), seguimos una secuencia de descomposición en grupos anidados y jerárquicos, es decir, primero descompondremos el índice de Theil para la clase social, para luego hacerlo hacia adentro de las mismas, es decir, en los estratos sociales. La evolución del índice de Theil para cada uno de los años se presenta en el gráfico 4.18. Los resultados para cada descomposición por año se muestran en los gráficos 4.19 y 4.20[27].

Gráfico 4.18. Evolución del índice de Theil. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.19. Contribución relativa intra-grupos y entre-grupos al índice de Theil por clase social. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.20. Contribución relativa intra-grupos y entre-grupos al índice de Theil por CSO. CABA 2004-2015

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Al igual que lo demostrado anteriormente con el coeficiente de Gini, el índice de Theil muestra que la desigualdad siguió la senda de la disminución en la CABA, principalmente entre 2006 y 2012, creciendo levemente hacia el final del período. Observando ahora la descomposición por clase social, podemos señalar que la desigualdad entre-grupos tendió a disminuir en el período (aumentando hacia el final), manteniéndose en un promedio del 19,5% de “nivel explicado”. En este sentido, el primer punto a remarcar es que la clase social aún presenta cierta capacidad explicativa (alrededor del 20%) sobre la desigualdad de ingresos, al mismo tiempo que la misma se mantiene a lo largo del período. Como contrapartida, la desigualdad intra-clases aumentó a lo largo del período, pasando de aproximadamente 78,5% de participación en 2005 a un 82,5% en 2014. Del mismo modo, la desigualdad entre estratos sociales (CSO) se mantuvo en el orden del 22,5% explicado, siguiendo tendencias similares a las halladas para el caso de mayor nivel de agregación (clases sociales). De esta forma, como bien señala Benza (2012: 250), para el GBA de 2003 a 2010, no sólo las clases incrementaron su heterogeneidad interna, sino también los componentes intra-grupos, es decir, los estratos sociales.

Clase social y acceso a la vivienda

“La casa es parte integrante de la familia como unidad social tendiente a asegurar su propia reproducción biológica: actúa como condición permisiva en los planes de fertilidad, y también su reproducción social: es uno de los principales medios a través de los cuales la unidad doméstica asegura la acumulación y la conservación de cierto patrimonio transmisible” (Bourdieu, 2000b: 32)

Los estudios de estratificación social habían minimizado el abordaje de la relación entre la estructura de clases y el acceso a la vivienda, al considerar que las condiciones de vida de los hogares podían ser evaluadas indirectamente mediante el posicionamiento de clase. En este sentido, la característica de ser o no propietario de la vivienda “sigue de cerca” (closely follows) a la clase, la ocupación y los ingresos, sin problematizar la relación (Kurz y Blossfeld, 2004: 4).

Considerando a la vivienda tanto como un elemento que otorga cierta “seguridad ontológica” ante la trayectoria de vida, así como aspecto patrimonial del bienestar material y la riqueza de los hogares, en tanto ámbito de actividades productivas, como garantía de créditos, renta, o recurso para acumular capital social (Kaztman, 2000: 293), nos hacemos las siguientes preguntas: ¿Cómo se distribuye la población propietaria de la vivienda en función de su posición de clase? ¿Existen diferencias a nivel de estrato social? ¿En qué zonas de la ciudad se asientan los propietarios según clase social? ¿En qué medida la ayuda a través de préstamos familiares, hipotecarios o de terceros para el acceso a la vivienda se distribuyen equitativamente en la estructura de clases?

En primer lugar, presentamos la evolución en la participación de propietarios de la vivienda por clase (gráfico 4.21) y por estrato social (gráfico 4.22).

Gráfico 4.21. Distribución de hogares propietarios de sus viviendas según clase social. CABA. Años seleccionados

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Gráfico 4.22. Distribución de hogares propietarios de sus viviendas según CSO. CABA. Años seleccionados

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Fuente: elaboración propia en base a EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

Dos aspectos podemos apreciar al observar las brechas de acceso a la vivienda por clase. En primer lugar, sin importar el año, presenciamos un desigual acceso a la propiedad de la vivienda en función de la posición de clase, prácticamente de tipo escalonado: a peor posicionamiento menores chances de acceso a la vivienda. El otro dato relevante, es la persistencia en el tiempo de dicho patrón de desigualdad, ya que todas las clases presentan una pendiente de descenso respecto a la propiedad de magnitud similar. En este sentido, la ausencia de medidas regulatorias del mercado inmobiliario así como de políticas de desmercantilización de la vivienda, tuvieron como saldo un mantenimiento del formato de desigualdad que afectó, en forma general a todas las posiciones de clase.

Según estrato social, las tendencias son similares, con la especificidad que el estrato de pequeños propietarios de empresas se erige como aquel que presenta una de las participaciones más altas en cuanto a la cantidad de propietarios, así como el menor saldo negativo respecto a los cambios entre las puntas del período. Por otro lado, los estratos que han experimentado, en mayor medida, un importante descenso en sus chances de acceso a la propiedad de la vivienda, son el obrero calificado, el obrero no calificado y los trabajadores marginales.

Como bien señalamos, ser propietario de una vivienda es, por sí mismo, un elemento importante tanto por la mejora que posibilita en las condiciones de vida de un hogar, como así por su posibilidad de capitalización económica, al funcionar como activo que puede ser utilizado ante situaciones de críticas o frente a contingencias. Asimismo, estos atributos que otorga la tenencia de dicho bien se ven condicionados también por el emplazamiento o la zona en la que el mismo se encuentra. De esta forma, el espacio actúa como un elemento estructurador de desigualdades, al cristalizar procesos de acceso diferencial a servicios urbanos y públicos (salud, educación, transporte, recreación, etc.). Algunos trabajos (Fachelli, Goicoechea, y López-Roldán, 2014; Mazzeo et al., 2012) demuestran como en la CABA existe una polarización entre la zona norte y sur, marcando una persistencia de la segregación residencial socio-económica. Los datos del Censo 2010 para la CABA nos muestran que la proporción de hogares con alguna necesidad básica insatisfecha (NBI)[28], se encuentran particularmente por encima del promedio en las comunas 1, 3, 4, 7 y 8, es decir, principalmente, en el sur de la ciudad. Por otro lado, es en dicha región de la ciudad donde se concentran la mayor cantidad de las villas y asentamientos precarios de la ciudad.

A continuación presentamos una serie de mapas en los que se muestran dónde se localizan los hogares propietarios de la vivienda en la que residen, en función de su posicionamiento de clase.

Mapa 4.2. Porcentaje de hogares propietarios por comuna según clase. CABA 2015*

Fuente: EAH – Dirección General de Estadística y Censos (Ministerio de Economía y Finanzas GCBA).

* En rojo se superponen las villas y asentamientos existentes en la ciudad.

La ubicación geo-espacial de los hogares propietarios de viviendas se distribuye de manera gradual de norte a sur en función de su posicionamiento en la estructura de clases. La clase directiva-profesional tiene mayor representación en las comunas del norte, es decir, en los barrios de Palermo, Belgrano y Nuñez, así como, en menor medida, en los barrios de Caballito, Almagro y Boedo, mientras que la clase peor posicionada en la estructura social (clase trabajadora no calificada), si bien presenta bajos niveles de propietarios por comuna, se asienta, en mayor medida, en los barrios del sur: La Boca, Barracas, Parque Patricios, Nueva Pompeya, Villa Soldati, Villa Riachuelo, Villa Lugano, Liniers, Mataderos y Parque Avellaneda. La clase obrera calificada se asienta mayoritariamente en los mismos barrios, aunque también en los barrios del centro oeste de la ciudad. La pequeña burguesía propietaria se ubica en los barrios del extremo noroeste, es decir, Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, Villa Gral. Mitre, Villa Devoto, Villa del Parque y Villa Santa Rita. Por último, la clase media técnica-rutinaria, ocupa todo el espectro centro y sur de la ciudad, específicamente en barrios como Villa Real, Monte Castro, Versalles, Floresta, Vélez Sarsfield, Villa Luro, Balvanera, San Cristobal, San Telmo, Monserrat y Constitución.

Como señalábamos anteriormente, a la desigualdad de clase existente en el acceso a la propiedad de la vivienda se superpone una desigualdad de tipo socio-residencial que sitúa a los hogares, con mayores o menores niveles de determinación, en espacios específicos de la ciudad. Esto no sólo redunda en un proceso de reproducción de las desigualdades respecto a las condiciones de vida, por la cual las zonas de la ciudad se diferencian en función de la cercanía o no de espacios contaminados (toda la franja sur limita con el río Riachuelo), de la existencia de mayores o menores equipamientos urbanos para el ocio (plazas, parques, teatros, etc.) o de la calidad de los servicios públicos (educación y salud), sino que también cristaliza situaciones de desigualdad patrimonial. Tomando como puntos de referencia el promedio de lo que costaba el m2 de un departamento de dos ambientes usado, en la zona norte de la ciudad (Belgrano-Nuñez), en 2015, podía alcanzar un valor de U$S 2600, mientras que en la zona sur (Boca y Parque Patricios) llegaba a los U$S 1708[29].

Finalmente, una vez analizadas las desigualdades de clase respecto a la propiedad de la vivienda, nos interesa conocer la forma de acceso a la misma. En este sentido, nos referimos a la existencia de ayudas de familiares o de préstamos hipotecarios que faciliten el capital necesario para la adquisición de una vivienda. Como bien señalamos anteriormente, la disminución en la proporción de propietarios fue traccionada, en gran parte, por la merma en el desarrollo de créditos hipotecarios subsidiados por el Estado que permitían la desmercantilización parcial de la vivienda y el fortalecimiento de la solvencia popular (Carmona Barrenechea y Messina, 2015; CEDEM, 2012; Cosacov, 2012; Pírez, 2016). Sin embargo, dicha disminución en el acceso al crédito ¿se reprodujo de forma igualitaria en la estructura de clases?

Utilizando como fuentes para observar las puntas del período analizado, la ENGHo y la ENES nos permiten aproximarnos a dicho interrogante[30]. En las tablas 4.7 y 4.8 presentamos el porcentaje de individuos por clase que ha accedido a algún tipo de ayuda (por fuera del uso exclusivo de ahorros propios o de herencias) para la adquisición de una vivienda.

Tabla 4.7. Hogares que han recibido algún tipo de préstamo para el acceso a la propiedad de la vivienda según clase social. CABA 2004-2005 / 2014-2015

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHO 2004-2005 y ENES 2014-2015

Tabla 4.8. Hogares que han recibido algún tipo de préstamo para el acceso a la propiedad de la vivienda según CSO. CABA 2004-2005 / 2014-2015

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHO 2004-2005 y ENES 2014-2015

El camino de llegada a la propiedad de la vivienda se presenta de forma diferenciada en función de la posición ocupada en la estructura de clases. Algunos autores han puesto el foco sobre la existencia de transferencias de la familia de origen (transferencias inter vivos) (Albertini y Radl, 2012; Bourdieu, 2000b; Kurz y Blossfeld, 2004; Lersch y Luijkx, 2015), otros han hecho eje en el rendimiento de las redes de amistad y el capital social (Kaztman, 2000), así como también en la solvencia económica producto de un ventajoso posicionamiento en el mercado de trabajo (Pírez, 2016; Savage et al., 1992). De este modo, una primera mirada permite señalar que el uso de ayuda tanto estatal como familiar o de amigos para el acceso a la vivienda es también desigual por clase social, y a su vez, dicha distancia se intensificó hacia el final del período. Mientras que en 2004-2005 la clase directiva profesional detentaba algo más del doble de oportunidades de acceder a algún préstamo, para 2014-2015 esa brecha casi se sextuplicó. Tanto la clase media técnica-rutinaria como la obrera calificada vieron drásticamente disminuidas este tipo de ayudas. Por contraposición, la pequeña burguesía, específicamente el estrato de pequeños propietarios de empresas es el único grupo que aumentó su capacidad de utilización de préstamos para el acceso a la vivienda.

Clase social y consumo

En este apartado nos proponemos tratar la problemática del acceso al consumo desde las diversas posiciones de clase. Varios autores han evidenciado cierta expansión en el consumo de bienes, iniciada durante la década del noventa e intensificada durante los dos mil (Kessler, 2014; Pérez Sáinz, 2016), proceso que en algunos casos fue denominado bajo la idea de “democratización del consumo” (Guedes y Oliveira, 2006; Pla, 2014) en términos de un mayor acceso de los sectores populares a una mayor cantidad de bienes. Cierto incremento en la acceso a determinados bienes básicos del hogar ha existido durante el período neodesarrollista, sin embargo es necesario clarificar en qué medida esa expansión fue generalizada al total de la estructura de clases.

Algunos autores han problematizado dicha relación (del Cueto y Luzzi, 2016; Pérez Sáinz, 2016) al señalar que el aumento del consumo no implica democratización, pudiendo derivar, al contrario, en mayores procesos de segmentación, debido a la no participación de todos los sujetos en condiciones de igualdad. Según Pérez Sainz (2016: 201-203), la idea de la existencia de un piso de consumo mínimo compartido, así como de un achicamiento en las distancias en el estilo de vida, son al menos cuestionables, en la medida que aún existen bienes básicos fuertemente mercantilizados (ej.: seguridad social), así como las segmentaciones y diferenciaciones respecto al uso y el tipo de bienes adquiridos. En esta tesis no pretendemos realizar tales inferencias, sino que nos referiremos al acceso al consumo de determinados bienes del hogar en términos de distancias entre clases sociales. Asimismo, sostenemos que la esfera del consumo, si bien mantiene su independencia respecto al ámbito de la producción y el mercado (espacios propios de la génesis de las clases sociales), no debería ponerse en sí mismo como un elemento crucial de movilidad social (del Cueto y Luzzi, 2016), sino más bien, como un aspecto que puede acompañar a trayectorias de clase, intra e intergeneracionales, en ascenso, descenso y reproducción, pero no determinarlas.

Revisamos la relación clase-consumo a la luz de los siguientes interrogantes: ¿Cómo se distribuye el consumo de bienes según clase social? ¿Cómo ha variado el consumo por clase social en el tiempo? ¿En qué medida la clase social permite dar cuentas de las distancias sociales medidas en términos de consumo?

En primer lugar presentamos la distribución de determinados bienes del hogar seleccionados[31] según clase social tanto para el 2004-2005 (tabla 4.9) como para 2014-2015 (tabla 4.10)[32].

Tabla 4.9. Distribución de los bienes del hogar por clase social. CABA 2004-2005 (en porcentaje)

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHo 2004-2005.

Tabla 4.10. Distribución de los bienes del hogar por clase social. CABA 2014-2015 (en porcentaje)

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Fuente: elaboración propia en base a ENES 2014-2015

Hacia 2004-2005, los bienes que presentaban un mayor nivel de apropiación entre todas las clases sociales eran la cocina con horno, la TV y, en menor medida, la heladera con freezer. Con un mayor nivel de dispersión se encontraban los bienes de calefactor fijo y la telefonía celular. Por su parte, los consumos más diferenciadores se encontraban en la tenencia de una computadora con internet, automóvil y algún tipo de crédito. Particularmente en el caso de la propiedad de un automóvil, las oportunidades para la clase más alta eran 17 veces más altas que para la clase trabajadora no calificada.

En 2014-2015, bienes como el celular, la computadora o el servicio de internet, mostraban un alto nivel de generalización. Asimismo el acceso al crédito, principalmente mediante el fuerte proceso de bancarización y fomento al consumo[33], también se expandió entre las clases considerablemente. Sin embargo, la propiedad de automóvil disminuyó levemente según los datos referenciados, manteniendo las distancias en la tenencia entre las clases. El resto de los bienes, en su mayoría, experimentó un aumento generalizado en todos los hogares.

Por otro lado, para tener una visión global sobre el consumo, se elaboró una medida sintética que resuma las diferencias en el acceso al consumo entre las clases y los estratos sociales. Para esto hemos elaborado un índice factorial de bienes a través de la técnica de ACM. Siguiendo a otros trabajos (Behrman y Vélez-Grajales, 2015; Filmer y Pritchett, 2001; McKenzie, 2005; Minujin y Bang, 2002; Torche y Spilerman, 2009), este se construye a partir del primer factor emergente (aquel que explica la mayor proporción de la varianza), permitiendo puntuar a los hogares en función de la posesión o privación de los bienes considerados. Dicho índice se ha calculado tanto para 2004-2005 y 2014-2015, y se ha re-escalado para que su mínimos sea 0 (nivel más bajo de consumo) y su máximo 1 (nivel más alto de consumo).

Los gráficos 4.23 y 4.24, muestran la distribución de los hogares según clase social y estrato de la CSO, tanto para el inicio como para el final del período considerado.

Gráfico 4.23. Nivel de consumo según clase social. CABA 2004-2005 / 2014-2015

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHO 2004-2005 (N= 736.987) y ENES 2014-2015 (N= 729.623).

Gráfico 4.24. Nivel de consumo según CSO. CABA 2004-2005 / 2014-2015

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHO 2004-2005 (N= 736.987) y ENES 2014-2015 (N= 729.623).

Siguiendo la línea de lo analizado en los cuadros anteriores, las barras que señalan el promedio del índice de bienes considerados indican la expansión o crecimiento que experimentaron los hogares en términos generales, al pasar de un valor de 0,63 a 0,84. Asimismo, si bien la jerarquía entre las clases se mantuvo, las distancias sociales en términos de acceso a bienes se achicaron. Por ejemplo, en 2014-2015, las brechas entre la clase directiva-profesional, la pequeña burguesía y la clase media técnica-rutinaria, quedaron prácticamente casi empatadas, comparando los inicios del período. La clase obrera calificada también mejoró considerablemente su situación al compararse con la clase más alta.

Al observar las distribuciones según CSO, podemos encontrar que entre los más beneficiados de las clases medias, se encuentran tanto los profesionales en función específica como los cuadros técnicos. Mientras que en la clase trabajadora, los trabajadores especializados autónomos y la clase obrera calificada, son los estratos que evidencian un mayor acercamiento al nivel de consumo de las clases medias.

Por último, al igual que cuando analizamos la distribución de los ingresos, interesa conocer en qué medida el consumo es explicado por la posición de clase de los hogares. En otras palabras, en qué medida la clase social permite la observación de diferencias respecto al nivel de consumo. Para ello, en tanto medida de concentración, recurrimos nuevamente al índice de Theil (gráfico 4.25).

Gráfico 4.25. Índice de Theil y descomposición inter-clases e inter-estratos. CABA 2004-2005 / 2014-2015

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Fuente: elaboración propia en base a ENGHO 2004-2005 (N= 736.987) y ENES 2014-2015 (N= 729.623).

El valor del índice de Theil, tanto para 2004-2005 como para 2014-2015, da cuenta no sólo de la reducción respecto a la desigualdad en el consumo, sino también, debido a su proximidad a cero, su gran cercanía a una situación de hipotética igualdad. A diferencia de la distribución de los ingresos, que generalmente es considerablemente desigual, la distribución respecto al consumo (es decir, a los bienes considerados) presenta, en mayor medida y este caso, un carácter igualitario. Por otro lado, los valores de la descomposición según clase social, permiten dar cuenta de una disminución de la desigualdad entre-clases a lo largo del período, alcanzado hacia el final un valor de casi 15% de nivel explicativo. Dicho de otro modo, la clase social explica en 2014-2015, casi un 15% del nivel de concentración del consumo de bienes del hogar. A su vez, la desigualdad inter-estratos alcanza un valor de 17%.


  1. El GBA está compuesto por la Ciudad de Buenos Aires y los 24 partidos que la rodean (INDEC, 2003a).
  2. A partir de la sanción de la Ley Nº1.777 sancionada en 2005.
  3. En total, el Gobierno de la CABA reconoce la existencia de 48 barrios porteños (ver https://bit.ly/3jqCae6).
  4. Se ha llevado esta decisión ya que las encuestas utilizadas en los próximos dos capítulos (EMSyOSA y ENES) fueron relevadas entre 2012 y 2015, por lo que temporalmente se eligió el año 2013 como momento representativo de ese período. Como bien se ha señalado en el capítulo metodológico, el recorte poblacional fijado en individuos ocupados de 30 años o más responde a fines tanto teóricos como operativos.
  5. Porcentaje de la población ocupada (mayores de 10 años) con respecto a la población total.
  6. Porcentaje de la población desocupada (mayores de 10 años) con respecto al total de la población económicamente activa.
  7. Clasificamos como “trabajadores informales” a los individuos que se encuentran en las siguientes situaciones: 1) asalariados a los que no se le realizan descuentos jubilatorios; 2) empleadores o trabajadores por cuenta propia no calificados o de calificación operativa y 3) trabajadores familiares.
  8. Para el caso de la población total únicamente presentamos los ingresos totales per cápita familiares.
  9. Es necesario aclarar que en la Ciudad de Buenos Aires, desde el 2005, funciona el programa Ciudadanía Porteña. El Programa dirige sus acciones a los hogares residentes en la ciudad en situación de pobreza, enfatizando su accionar en los de mayor vulnerabilidad. Entre estas características se destacan: la presencia de embarazadas, menores de 18 años, discapacitados y adultos mayores. En 2017 contaba con 142.266 beneficiarios (Sistema Integral de Coordinación de Políticas Sociales, 2017). Su percepción es incompatible con la AUHPS.
  10. Según el IPC que calcula la Dirección de Estadísticas y Censos de la Ciudad de Buenos Aires, el nivel de inflación general de 2014 trepó al 32,6%, muy por encima del 23,9% de 2013.
  11. A partir de finales de 2009, la AUHPS compite en la Ciudad de Buenos Aires con el programa Ciudadanía Porteña. Algunos autores (Asesoría General Tutelar, 2011; Bermúdez, Carmona Barrenechea, y Royo, 2015) señalan, a partir de la merma de beneficiarios en el programa porteño, la transición de muchas familias a la AUHPS.
  12. Territorialmente, las zonas de mayor déficit en condiciones habitacionales, se encuentran en la zona centro-sur (habitaciones en hoteles-pensiones e inquilinatos) y en la Comuna 1, donde se localizan algunas de las villas más pobladas y con mayor crecimiento (Villa 31 y 31 bis) (Rodríguez, Rodríguez, y Zapata, 2015).
  13. Según INDEC, pueden considerarse con hacinamiento crítico a aquellos hogares con más de tres personas por cuarto (sin considerar la cocina y el baño) (fuente: https://bit.ly/3gDMqO3).
  14. Dicho concepto refiere al tipo de instalaciones con que cuentan las viviendas para su saneamiento. Para este indicador, se utilizan las variables procedencia del agua y tipo de desagüe. Las categorías de dicho indicador son: 1) Calidad satisfactoria (refiere a las viviendas que disponen de agua a red pública y desagüe cloacal); Calidad básica (describe la situación de aquellas viviendas que disponen de agua de red pública y el desagüe a pozo con cámara séptica) y 3) Calidad insuficiente (engloba a las viviendas que no cumplen ninguna de las dos condiciones anteriores) (fuente: https://bit.ly/2QB9ylI).
  15. Los programas de crédito del Gobierno de la CABA, tales como “Mi primera casa” o “Mi casa BA”, tuvieron un escaso impacto (Rodríguez et al., 2015: 78).
  16. Tal como señala Kemeny (1980), la propiedad de la vivienda se torna una solución o una vía frecuente en los regímenes individualistas, mientras que el alquiler lo es en los regímenes colectivistas. Sin embargo, como es en el caso de la CABA, la relación entre régimen de tenencia y régimen de bienestar no es necesariamente lineal.
  17. Si bien el crédito no puede pensarse como un bien de consumo, sino más bien como un recurso para el acceso al consumo, siguiendo la línea de otros trabajos (Behrman y Vélez-Grajales, 2015; Mora y Araujo, 2002; Torche y Spilerman, 2006; Vélez Grajales, Vélez Grajales, y Stabridis, 2015) lo hemos incorporado a la batería de medición. Dicho ítem hace referencia al uso de tarjetas de crédito, créditos bancarios al consumo, crédito comercial, etc.
  18. En el anexo presentamos la distribución de los hogares según el CSO desagregado en sus 27 estratos, para cada uno de los años.
  19. Es necesario remarcar que el bajo número absoluto de casos de hogares que integran los estratos de directores de empresas y pequeños propietarios de empresas puede llegar a que pequeños movimientos entre los relevamientos impliquen un fuerte peso de cambio relativo. Sin embargo, gran parte de estos incrementos y decrecimientos en los tamaños de dichos estratos pueden estar respondiendo a errores de tipo muestral.
  20. Es necesario recordar que la edad mínima considerada son los 30 años.
  21. No debe olvidarse del impacto que las políticas económicas neoliberales iniciadas por la última dictadura cívico-militar tuvieron sobre los pequeños talleres, industrias y artesanías, al propiciar su masiva desaparición. Esto se expondrá con mayor claridad en el capítulo 5.
  22. Traducción propia.
  23. En anexo se agregan las tablas con los IPCF medidos a valores corrientes.
  24. A partir de un análisis del GBA y con un esquema de clase distinto, Maceira (2016) encuentra una tendencia similar.
  25. Propietarios de establecimientos de más de cinco ocupados que no son directivos ni profesionales.
  26. En anexo agregamos el cálculo según el Ingreso Total Familiar (ITF). De este modo, al no considerarse la cantidad de miembros del hogar, si bien la tendencia es similar a lo presentado con el IPCF, resulta un poco más favorable para los hogares con dominancia masculina. En este sentido, las diferencias pueden deberse a que los hogares con dominancia femenina se componen de una menor cantidad de miembros en el hogar, lo que hace que el IPCF por género muestre mayores niveles.
  27. La descomposición del índice de Theil fue realizada con el paquete Distributive Analysis Stata Package (DASP) para STATA.
  28. Fuente: https://bit.ly/3b5S3mW.
  29. Fuente: https://bit.ly/2EGfFmi.
  30. Es necesario aclarar que mientras que en la ENGHo se pregunta “¿Obtuvo algún préstamo o crédito para comprar, construir o reparar la vivienda?”, en la ENES se han agrupado las siguientes respuestas a la pregunta por el tipo de financiamiento para la compra o construcción de la vivienda: crédito hipotecario/bancario, crédito de un prestamista, préstamo de un familiar amigo, préstamos de un desconocido. En este sentido, puede ser que para 2004—2005 (ENGHo) haya una sobrestimación en los cálculos.
  31. La selección de dichos bienes se ha realizado bajo un criterio comparativo, dejando únicamente aquellos que fueron relevados tanto en la ENGHo como en la ENES.
  32. En anexo se agregan los cuadros de distribución de bienes del hogar según CSO para su consulta.
  33. Programas como el “Ahora 12” (Fomento al consumo y la producción nacional), el programa de créditos para jubilados “Argenta”, así como los sucesivos acuerdos de promociones, cuotas y descuentos entre entidades bancarias, empresas y Estado, son explicativos de dicho aumento en el uso del crédito en los hogares.


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