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Hacia la primera constituyente paritaria: género y política en Chile

Julieta Suárez-Cao

Cuando me propusieron el tema para la charla de hoy, me dije “fantástico”, el 14 de abril (de 2021), ya habrán sido las elecciones y podré comentar sobre cómo quedó la primera constituyente paritaria del mundo y analizar no solo el porcentaje de mujeres, sino qué ideologías y cómo terminó la distribución de la asamblea. Bueno, las elecciones se postergaron por motivos de la pandemia, van a ser, lo más probable, el 15 y 16 de mayo; por primera vez en la historia se desdobla la jornada electoral, porque en esas elecciones vamos a elegir diferentes tipos de cargos, autoridades locales, convencionales constituyentes, y por primera vez en la historia de Chile se da una descentralización política en las regiones, que va a llevar a las elecciones inaugurales de las gobernaciones regionales. Todo esto se iba a hacer en dos días el fin de semana pasado, y ahora se va a hacer en un mes más, en mayo.

Entonces les voy a contar más bien cómo llegamos a ese momento y cómo viene Chile, que en comparación con la Argentina está bastante atrasado con respecto a la representación descriptiva de las mujeres. Y podemos quizás también dejar para las preguntas y respuestas un poco de las implicancias políticas concretas de esto, o qué esperamos de esta primera constituyente paritaria del mundo, cómo transversalizar el enfoque de género y pensar ya no solo en cargos electivos, sino en representación paritaria sustantiva en todos los niveles de las tomas de decisiones.

Vamos a hablar un poco más del camino hacia esta constituyente paritaria, que va a ser la primera del mundo a nivel nacional. Porque podemos pensar además que a nivel subnacional también se ha dado la convención constituyente que llevó a escribir la Constitución de la Ciudad de México, que era una constituyente paritaria. Pero a nivel nacional esta va a ser la primera en el mundo y es algo que nos genera mucho orgullo y mucha expectativa también para poder ver las ventajas y las limitaciones de la representación política.

A mí me parece súper interesante empezar por una discusión un poco más teórica para hacer no sé si un mini mea culpa, pero para saber un poco cómo fue formada mi generación en ciencia política. Mi ejemplo, al menos, en la Universidad de Buenos Aires, muestra que tuve bastantes profesoras, pero en general no leíamos mujeres, para leer una mujer tenía que ser Hannah Arendt, si no leíamos a los hombres. Y estaba esta idea de que la democracia necesitaba competencia y sufragio pleno, y a veces ni siquiera el sufragio pleno de las mujeres parecía ser necesario para calificar a regímenes como democráticos, teniendo en cuenta que Suiza recién tiene sufragio femenino en 1975 y que hablábamos de democracia en EE.UU. mucho antes de que las mujeres lograran el derecho a voto.

Pero en general no veíamos tampoco la otra parte, la parte representativa de la democracia. Y a mí me gusta mucho esta cita de Anne Phillips que dice:

La democracia liberal asimila con simpleza a la democracia con la representación y el sufragio universal, pero nos pide que consideremos como irrelevante la composición de nuestras asambleas electas. El patrón resultante ha estado finamente sesgado a favor de hombres blancos de clase media [ella está hablando más que nada del caso inglés, probablemente en América Latina encima digamos de clase media-alta], con la sub-representación de las mujeres como el aspecto más llamativo [porque somos la mitad, o más, de la población] dentro de un amplio margen de grupos excluidos.

O sea, no solamente somos las mujeres quienes estamos fuera de los espacios de toma de decisiones y de los espacios representativos.

De este modo, es necesario empezar a pensar por qué es tan llamativo esto de la ausencia de la democracia paritaria, cuando debería ser algo supuestamente natural, salvo que creamos que hay algo biológico u hormonal determinado que haga que los hombres sean más capaces por alguna mezcla de genes para estar en política y las mujeres no. Llama la atención que, con una división bastante equitativa de la sociedad, no veamos esto mismo reflejado en nuestras instituciones representativas. Hay mucha literatura que se pregunta el porqué de esto, y hay muchas hipótesis dando vueltas sobre por qué estamos subrepresentadas las mujeres.

En este sentido, podemos pensar tanto en sesgos individuales como en materia estructural. A mí me interesa mucho la literatura que se pone a discutir y a evaluar empíricamente las dos respuestas más de sentido común acerca de por qué están subrepresentadas las mujeres. Por una parte, hay una respuesta y una hipótesis simple que viene del lado de la oferta política, que dice “no hay mujeres calificadas para los cargos públicos”, y esto últimamente se puede decir menos, pero yo creo que hace 5 años (quizás en Chile menos tiempo atrás) se podía decir “no, no hay mujeres, nos ponen la cuota, tenemos que buscar mujeres, ¿dónde están las mujeres?”. Me acuerdo de Mitt Romney en su campaña para las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2012 diciendo “tengo carpetas llenas de mujeres”, ¿dónde están las mujeres calificadas para cargos públicos? Bueno, de nuevo, si no creemos que hay algo biológico que determina que los hombres están bien capacitados para la política y las mujeres no, no pareciera ser este el tema.

Y ojo, que es un tema importante, porque quizás ahora no seguimos escuchando tanto esto de “no hay mujeres capacitadas”, pero hay como una especie de capacitaciones pasivo-agresivas dentro de los partidos, que son capacitaciones para mujeres. Los partidos ahora salen a capacitar mujeres, y tienen presupuesto para capacitar mujeres, como si los hombres políticos no necesitaran capacitarse. Si uno ve el estado de la confianza en las instituciones representativas mínimamente en nuestra región (aunque yo arriesgaría a decir que es algo bastante mundial), que está dominada por hombres, pareciera ser que los políticos hombres también necesitan capacitarse, ¿no? Hay algo interesante también ahí: cómo sin decirlo, sin seguir diciendo “no hay mujeres”, estamos diciendo “no hay mujeres buenas, les falta, hay que enseñarles, necesitan aprender”. Y esto es interesante. Entonces esta explicación no tiene un gran sustento teórico, no es que no haya mujeres calificadas para la vida pública o la vida política.

Por otra parte, se encuentra la hipótesis espejo, pero del lado de la demanda. Los y las votantes no quieren votar mujeres, votan hombres, entonces habría un sesgo de quienes están votando que prefieren votar hombres porque creen que son mejores para la política que las mujeres por ciertos estereotipos también de género. Esta explicación tampoco tiene mucha evidencia empírica, si nos fijamos en los ejemplos que vemos en las encuestas (que es la forma en que deberíamos medir esto), es difícil que alguien diga “yo no voto mujeres porque me parece que no están a la altura”, pero bueno, es la forma que tenemos para ver si realmente hay una preferencia del electorado y de votantes por no elegir mujeres. Y la verdad es que ninguna de estas dos hipótesis más simples, de problema de oferta y de problema de demanda de mujeres, está muy sustentada en la evidencia empírica, no solo en América Latina, sino que tampoco en las democracias centrales.

Por lo tanto, si no es un tema de que hay pocas mujeres, de si son buenas, o de que hay pocas mujeres porque el electorado elige hombres, tiene que haber otra explicación. Y ahí de vuelta hay un montón de literatura que habla de estos sesgos individuales, pero también de sesgos estructurales, algunos formales y otros informales, que detienen de alguna manera o desincentivan la carrera política de las mujeres.

Hay un sesgo individual que es súper interesante. Magda Hinojosa muestra esto de cómo las mujeres tenemos menos probabilidades de autopromovernos a las candidaturas, y a mí me ha pasado como investigadora entrevistando diputadas, senadoras, versus senadores y diputados. Cuando uno hace la típica pregunta “¿cómo llegás a la política? ¿Cómo descubrís que esto es lo tuyo?”, en el relato de los hombres casi siempre hay una historia muy individual, “siempre supe que quise ser esto, desde niño sabía, me interesaba colaborar en esas cosas”. En general cuentan una historia desde el “yo” de alguna manera. Mientras que cuando uno habla con mujeres que llegan a esas posiciones —y eso es interesante, porque puede ser real o puede ser algo que se dice para cumplir con este estereotipo de género de cómo deberían ser las mujeres en política—, muchas de esas mujeres, especialmente las más grandes, las pocas que llegaron sin ningún mecanismo institucional que ayudara o que incentivara la participación de las mujeres, estas primeras mujeres, casi narran una historia según la cual alguien las había ido a buscar: “el presidente del partido me vino a buscar, el senador, el diputado, el presidente”, en general es casi siempre un hombre que vio que ella tenía condiciones para la política y le dijo que tenía que hacerlo. Entonces, ahí hay un sesgo súper interesante, que es un sesgo inconsciente, cognitivo, que hace que probablemente esté mal visto que las mujeres nos autopromocionemos.

Además hay literatura sobre esto aplicada a otras cosas, donde se encuentra el mismo patrón. Recuerdo un experimento que era un anuncio de trabajo con 10 requisitos para postular, y que un hombre con 7 requisitos decía “vamos, tengo 7 de 10, voy a postular”. En cambio, una mujer con 9 decía “no, me falta 1, no voy a postular”, entonces hay algo ahí, hay un cierto sesgo inconsciente que dificulta que las mujeres lleguen más a la política. Pero eso no es todo, no es tan sencillo, y además no es una culpa individual, el sesgo es construido culturalmente.

Sin embargo otros estudios han mostrado que el proceso de selección de candidaturas es clave para entender qué mujeres llegan y qué mujeres no llegan. Hay muchas de estas barreras que no son solo sistémicas a nivel del sistema electoral, o del sistema de partidos, sino que muchas veces son internas a los partidos en sí. Y podemos pensar, entonces, en instituciones informales, como los horarios de reunión, que muchas veces chocan con esta doble jornada que solemos tener las mujeres en el ámbito público y en el ámbito doméstico; cómo los medios también retratan a las candidatas, las preguntas distintas que se les hacen a las candidatas versus a los candidatos; podemos llegar hasta el extremo de violencia política en razón de género, ya que las candidatas son mucho más atacadas que los candidatos en los medios, personalmente, en redes sociales… Y esto es algo que vemos todos los días, esta subrepresentación de mujeres en realidad viene dada por estas cuestiones, más que por un problema de oferta o de demanda de mujeres.

Y hay algo también relacionado con la socialización, con la cultura, que Victoria Randall explica muy bien. A mí esta cita me parece muy buena, ella dice:

las mujeres hemos sido socializadas para percibir a la política como un asunto extraño [y a tantos otros], estamos constreñidas por nuestras responsabilidades de cuidado, lo que dificulta una dedicación a la política de tiempo completo, estamos subrepresentadas en los trabajos más afines a las carreras políticas [yo creo que eso ha cambiado un poco con el tiempo], estamos desincentivadas por la hostilidad de los medios [totalmente, y creo que si estiramos esto al día de hoy y hablamos de las redes sociales también como medios, se amplifica todavía más esta desigualdad], y somos excluidas por los hombres que deciden quiénes son los protagonistas de la vida política.

Entonces hay un montón de barreras estructurales, culturales, de socialización y cognitivas que impiden que lleguen más mujeres a estos puestos de decisión.

Entonces la pregunta es: ¿cómo logramos mayor diversidad? ¿Cómo logramos que las mujeres lleguen?

Respecto de ello es que podemos pensar en mecanismos institucionales de acción afirmativa. Ahí pongo como ejemplos las cuotas de menos del 50%, la paridad y los escaños reservados, aunque estos dos últimos no son exactamente medidas de acción afirmativa. Diferentes sociedades han utilizado distintos mecanismos para incentivar la representación descriptiva de las mujeres, pero también para incentivar que realmente estén integradas en los órganos de decisión, y así tener también mayor diversidad de los órganos representativos (de esto hablaremos más adelante). Es interesante, porque esta acción afirmativa en realidad lo que viene a hacer es tratar de corregir una cancha que ya está despareja, que ya es inclinada, y que está inclinada por todas estas instituciones informales que encontramos en el interior de los partidos, que dificultan la posibilidad de que las mujeres hagan carrera política. Hay una teórica política inglesa, que a mí me gusta mucho, que se llama Rainbow Murray, y que dice que en realidad no es que las mujeres estamos subrepresentadas, es que los hombres están sobrerrepresentados, y que llegan a estos puestos de poder por ser hombres, y no por sus méritos. Y ella ahí intenta desmantelar todo este argumento que asocia las cuotas, o la paridad, o los escaños reservados, como medidas de acción afirmativa, que son contrarias al mérito.

Esto también es interesante considerarlo desde América Latina, porque realmente es extraño que pensemos que las cuotas, la paridad y los escaños reservados atentan contra la meritocracia, como si antes de tener todo esto hubiéramos tenido meritocracia. Estoy casi segura de que si nos paramos en cualquier ciudad o pueblo latinoamericano y preguntamos a la gente aleatoriamente si cree que los políticos son meritorios y merecen estar en los puestos en los que están, la gran mayoría diría que no. Entonces ahí ya hay un tema de mérito que no entendemos muy bien qué significa.

Hay un experimento sobre la idea de mérito que es muy bueno, que muestra que muchas veces decidimos en el momento qué es mérito para perjudicar al grupo que no queremos ver que avance. Es un estudio que se ha hecho para ver brechas de género en relación con el mérito en una contratación de fuerzas policiales en EE.UU. Les daban a los evaluadores, que eran hombres y mujeres, dos criterios, uno tenía que ver con el currículum, con la formación, y el otro tenía que ver con la experiencia. Cuando la candidata era mujer y tenía mejor experiencia, pero peor currículum que el candidato hombre, se decidía que lo importante era la formación, entonces había que contratar al hombre, que era el que estaba más formado. Cuando el experimento mostraba la situación contraria, que era la mujer la que tenía menos experiencia que el hombre, pero tenía mayor formación, bajo los mismos criterios que le daban a este comité de selección, ahora era la experiencia lo importante: “no, para este puesto necesitamos a alguien con experiencia, el mérito es mucho más importante en el sentido de la experiencia de la formación”.

Entonces hay un montón de estudios que muestran esto de cuán resbaladiza es la noción de mérito, y más aún de mérito en política. ¿Qué es el mérito en política? Podríamos hacer otra charla o una terapia grupal de esto. Entonces, en realidad, lo que ella plantea es: “no son las mujeres las que están subrepresentadas, los hombres están sobrerrepresentados, teniendo mucha más proporción de representación con respecto al número que son realmente en la sociedad”. Además, es interesante porque las mujeres no somos un grupo de interés, somos la mitad + 1 de la población, no necesitamos derechos especiales ni necesitamos protegernos (bueno, a veces sí); no somos un grupo pequeño a punto de extinguirnos. Las mujeres somos más de la mitad de la población y somos muy diversas entre nosotras, tenemos diferencias relacionadas con nuestra clase social, con nuestra religión, con nuestra edad, con nuestra descripción étnica, ideológica. Es decir, somos tan diversas como la mitad de la población puede marcarlo.

Y otra teórica política que habla sobre esto, que se llama Nadia Urbinati, también dice algo muy interesante. Habla de que, si la representación es la representación ciudadana, es complejo sostener que estamos bien representadas cuando hay una única voz, que es la voz de los hombres, representada en la política. Y ella dice que una buena representación necesita que la ciudadanía pueda hablar por sus representantes con esta voz que le es única a la ciudadanía, pero que es una voz mitad y mitad, de hombres y mujeres. Podemos hacer crítica de binarismo si quieren a esto, pero definitivamente necesitamos representación plural, necesitamos representación diversa, y eso implica también pensar en mecanismos de acción afirmativa para que lleguen las mujeres a los puestos de decisión. Es raro estar diciendo esto en Argentina, que fue el primer país del mundo en incorporar las cuotas legislativas a nivel nacional con la Ley de Cupo de 1991. Eso es muy interesante, porque Chile llega muy tarde a las cuotas, la primera aplicación de la ley de cuotas es del año 2017. De 1991 a 2017, son 30 años en los cuales Chile está muy por debajo del promedio mundial de representación de mujeres, y cuando llega la cuota llega no solo tardíamente, sino que llega mal.

El sistema electoral de Chile es muy diferente al de Argentina. La ciudadanía vota por candidatura individual, lo que llamaríamos en nuestro país “lista cerrada y desbloqueada”, en Chile se lo llama “lista abierta”. Para que se den una idea, la ciudadanía no vota por partido, vota por una persona. Pero la asignación es por partido, entonces eso ya genera un tema complejo, que la gente no entiende muy bien cómo su voto se convierte en un escaño. Es bastante complicado entenderlo, porque además en la asignación de este escaño lo que se hace obviamente es sumar todos los votos de las candidaturas individuales como pertenecientes al voto total de la lista, a pesar de que nadie haya votado per se por una lista, y por eso digo que es complejo. Combina la forma de votación más típica de los sistemas mayoritarios con una asignación de escaños relativamente proporcional —es una asignación de escaños por lista con D’Hondt—, pero a la vez en el interior de las listas puede haber distintos partidos.

Sabemos que Chile es uno de los primeros países de la región que tuvo estas coaliciones electorales y de gobierno muy estables después de la transición a la democracia. De este modo, al interior de una lista podemos tener al Partido Socialista, la Democracia Cristiana, el Partido por la Democracia, entonces a veces, esas listas no son de partido único. Y ahí hay que hacer un doble D’Hondt: hay que hacer el D’Hondt del total de escaños que le toca a la lista tal cual como lista, y después hay que dividir esos escaños entre los distintos partidos que componen la lista. Y esto se hace además en distritos pequeños. Los distritos en Chile varían de 3 a 8 en magnitud, siendo que más del 57% de los escaños es de cinco o menos; es decir, la gran mayoría de los escaños en Chile son escaños de tamaño pequeño, lo que atenta también contra la proporcionalidad. Hay un tema de diseño que hace que sea complejo a veces explicarlo a las mismas personas que toda su vida han votado así, pero que nunca han entendido muy bien cómo funcionaba. Como antes los distritos eran binominales era un poco más sencillo, pero ahora el voto de uno termina siendo un voto de lista, porque ese es el voto que termina contándose para asignar los escaños, y se pierde un poco en la traducción de votos a bancas, que se hace automáticamente.

Entonces, ¿cómo empieza Chile con las cuotas? Hubo una sola elección con cuotas, pero estas eran malas por diseño, no es una buena ley de cuotas, es la que se pudo sacar porque había muchísima resistencia contra cualquier tipo de inclusión de acción afirmativa con respecto a las mujeres. Esto se saca durante el segundo gobierno de Bachelet, pero ya ella durante su primer gobierno había presentado mociones para introducir leyes de cuota que no llegaron a ningún puerto. De esta manera, ¿qué se negocia? Se negocia una cuota de un 40%, pero a nivel nacional, es decir, no por distrito, los partidos tenían que cumplir con un máximo de un 60% de candidaturas del mismo sexo, que en la práctica son hombres, y un 40% de mujeres. Ahora bien, al ser nacional, y la representación por distrito, esto generaba, este incentivo perverso, que los partidos podían poner su 40% de candidatas en los distritos donde generalmente no les iba tan bien, cumplir la cuota, registrar sus candidaturas, y no necesariamente obtener una gran representación de mujeres, porque podían tirar claramente a las mujeres a estos distritos perdedores. No digo que fue exactamente así. En algunos partidos fue más así y en otros fue menos así. Sí lo que ocurrió fue que en algunos distritos no hubo mujeres electas, y esto implicó que esta cuota del 40% en la práctica generara un 23% de representación de mujeres, que es un avance, porque veníamos del 16%. Pero que una cuota del 40% genere un 23% es problemático.

Era la primera aplicación, se suponía que esto iba a mejorar, también la idea de las cuotas es empezar a ver a las mujeres en estos espacios de poder y que después se vote más por mujeres, etc. Pero en la primera aplicación del 40% se logró el 23%. Entonces cuando pasa el estallido social en Chile, que termina con el acuerdo de un plebiscito para cambiar la Constitución —la vigente acá es la de 1980, la de la dictadura de Pinochet—, los políticos y las políticas en ese momento es como que se atan las manos y dicen “que decida la ciudadanía, hay demasiadas demandas sociales, el sistema político no las puede procesar, el gobierno es de centro-derecha y tenía otra agenda de gobierno, que no era precisamente la de dar respuestas a algunas de las demandas sociales que hoy se levantan en el estallido”. Y gran parte de esto viene de la mano de que muchas de las reformas solicitadas son inconstitucionales en la actual Constitución, entonces un paso, que además era importante simbólicamente, era terminar con la Constitución de Pinochet.

Así, el plebiscito lo que pregunta en octubre del año pasado es, primero, si se quiere un cambio constitucional (no una reforma), y segundo, con qué organismo, es decir, cuál es el cuerpo que va a generar la nueva Constitución. Para esto último había dos opciones: una convención constituyente 100% electa y una convención mixta, en la cual la población iba a elegir al 50% de convencionales constituyentes, y el otro 50% lo iba a decidir el Congreso. Gana el plebiscito la convención constitucional por márgenes muy altos, pero cuando se hace el acuerdo hay una gran discusión sobre una de las cláusulas: que los artículos de la Constitución tienen que ser aprobados por los 2/3 totales de los miembros de la convención, lo cual genera mucho revuelo. “Esta es la trampa, la derecha va a poder tener el 1/3 restante para bloquear”. Se generó una discusión pública muy interesante sobre esta cláusula de los 2/3. Y, sin embargo, con otras colegas de la red de politólogas en Chile, nos damos cuenta de lo que para nosotras era la trampa más grande, y es que la convención constituyente se iba a elegir con las mismas reglas que el Congreso Nacional; es decir, con la misma ley de cuotas que estaba mal hecha

Entonces empezamos a proponer otro sistema. ¿Por qué? Porque nuestro razonamiento era “si hay una crisis de representación, si le tienen muy poca confianza al Congreso (de hecho, en este momento, las encuestas daban como que el Congreso tenía un 3% de aprobación y el gobierno un 6%, digamos, había una percepción de ilegitimidad total de las instituciones representativas), esta convención está llamada al fracaso”. Iba a ser un Congreso 2.0, iban a ganar las mismas caras de siempre. Entonces generamos una propuesta de sistema electoral para la convención que era distinta. Se elaboró una propuesta mucho más grande, que incluía candidaturas extrapartidarias, incluía escaños reservados para pueblos originarios, algo también inédito en el caso chileno, y un mecanismo de paridad de resultado y de candidaturas. Cuando llegamos al Congreso se quedan con la propuesta de paridad, dividen el proyecto en tres y se ocupan de manera independiente de paridad y de pueblos originarios. Finalmente salió la ley de pueblos originarios, va a haber 17 escaños reservados que también van a ser paritarios, con una especie de candidaturas individuales que van a ir en tándem, hombre-mujer, para asegurar paridad en la asignación de los escaños.

Pero ¿cómo cambia la ley de cuota en Chile para la convención? Ahora lo que nosotras peleamos y conseguimos es que la cuota sea distrital: en cada distrito todas las listas tienen que tener mitad de candidaturas hombres y mitad de candidaturas mujeres, tienen que estar encabezadas por una mujer y después se tienen que ir alternando, como en el caso de la lista cerrada y bloqueada. Pero claro, esta es una lista desbloqueada, o abierta como dicen acá, entonces el impacto no es directo sobre el resultado. Sin embargo, nos pareció importante también, por esta literatura de sesgos cognitivos, que las mujeres encabecen la lista. Hay mucha gente que vota a los primeros de la lista, que no baja hasta elegir a los últimos candidatos o candidatas del final.

Si no se marca el orden de lista, es voto blanco. Por eso, el voto es por candidatura individual, es como un híbrido que genera muchísimos problemas, más que nada de entender cómo funciona. Y si se marcan dos, es voto nulo, así sería cómo funciona el sistema.

Por esto peleamos esta paridad de entrada, por distrito, con mitad de mujeres, alternadas y encabezadas por mujeres. Pero dijimos “esto no alcanza, porque esto es lista abierta”, y si bien va a haber muchísimas más candidatas mujeres de las que hubo en la elección pasada —porque había un 40% nacional, y ahora va a ser un 50% distrital, de todas las listas—, eso tampoco garantiza una integración paritaria. Entonces lo que hicimos fue proponer un sistema electoral, que después fue cambiado, pero el resultado es el mismo, que consiste en que en cada uno de los distritos el resultado final tiene que ser paritario, si es un distrito par, mitad y mitad, si es impar, un sexo no puede superar al otro en más de una persona. ¿Cómo logramos esto? Bueno, lo que se va a hacer a nivel de distrito, después de la asignación de escaños, es tomar a la candidatura individual del sexo sobrerrepresentado; si estamos en un distrito de 3 y entraron 3 mujeres, se va a tomar a la mujer menos votada individualmente y le va a dejar su lugar al candidato del sexo subrepresentado, en este caso, un hombre, de la misma lista.

Esto generó caos, “están metiendo la mano en la urna”, “atentan contra el mérito”, “van a ganar mujeres elegidas por dos votos”. Bueno, esto ya pasó, si lo piensan en paralelo este sistema tiene los mismos problemas que puede traer una ley de lemas, porque resultan electas personas que se benefician por el voto de la lista, pero que individualmente tienen menos votos que personas que no fueron elegidas. Y está bien, porque es un voto por lista, porque es la lista la que decide, pero a la gente le metieron que iban a quedar mujeres elegidas sin ningún voto. Y eso es súper interesante, porque muestra también cómo esto pasa a ser un problema cuando hablamos de género, antes no era un problema. En 2017, de los 28 distritos chilenos, en 26 ganó una persona con menos votos que otra que quedó afuera, y no fue tema. Si nos ponemos a pensar en temas de representación territorial en sistemas federales o unitarios, hay un montón de casos en los cuales una persona-un voto no se cumple a rajatabla.

Y, sin embargo, esto fue un escándalo en el caso de Chile. Pero la presión de los grupos feministas fue tan fuerte que logramos comunicar de manera eficaz que lo extraño era que la lista no estuviera conformada por la mitad de mujeres. Y es interesante también que este sistema hace que no haya escaños reservados para mujeres, lo que hay es un resultado paritario que va a fluctuar porque hay muchos distritos impares, entonces si en todos los distritos impares ganan hombres, ahí va a haber un 45% de mujeres, si ganan mujeres en todos los impares, va a haber un 55% de mujeres. Así que lo más probable es que la conformación final de la convención fluctúe entre estas líneas de flotación de 45 y 55%, y que se acerque mucho a una paridad de integración real, no solo en las listas. Al principio se habló de cerrar listas, pero el problema de cerrar listas con distritos tan chicos y sin encabezamiento es que eso tampoco asegura paridad en la integración, especialmente en distritos pequeños y con tanta fragmentación. Porque para la convención van a poder también presentarse listas de independientes, es decir que puede estar tremendamente fragmentado el resultado. Por lo tanto, esta era la única forma de asegurar que la integración sea realmente paritaria.

Y, para terminar, ¿por qué es importante que haya mujeres en política? Por muchísimas razones. Una razón obvia es la justicia, somos la mitad de la población, ¿cómo puede ser que no estemos? Pero después hay un montón de literatura que habla acerca de que las decisiones tomadas por grupos de representación diversos suelen ser percibidas como más legítimas, no solo la decisión, sino también la toma de decisión, por parte de la ciudadanía. ¿Y qué más queríamos para una convención constituyente, para una Constitución que viene a reemplazar a una Constitución que tiene problemas de legitimidad de origen, que no tenga estos problemas y que esté cerca de tener altos niveles de percepción de legitimidad, tanto en lo que decida la convención como en la manera en que se decida dentro de la convención?

Después tenemos otra literatura. En un trabajo que llevé a cabo con colegas donde analizamos actitudes de la dirigencia de la centro-derecha en Chile, hombres y mujeres, encontramos que, a pesar de la diversidad de los partidos políticos al interior de la coalición de centro-derecha de gobierno, las mujeres tienden a tener posturas más moderadas que los hombres en temas valóricos y en temas relacionados con el rol del Estado en la economía. Esta es una literatura que no es solo para el caso de Chile, en EE.UU. se encuentra algo muy parecido con respecto a republicanos versus republicanas. Los republicanos en EE.UU. tienen actitudes más extremas en relación con políticas públicas que las republicanas. Obviamente, esto no es algo tampoco biológico y debe tener que ver con la cultura, la socialización, etc., pero también nos parecía relevante pensar que, en un contexto de alta polarización, incentivar la representación y la integración de mujeres que podían tener posturas más moderadas iba a ser bueno como un resultado final.

Podemos seguir discutiendo el tema, hay un montón de literatura que analiza distintos aspectos sobre legitimidad, representación, representación sustantiva. De todas formas no alcanza, que la integración sea paritaria en la convención no implica que las mujeres van a estar en todas las comisiones, sabemos que hay una división sexual del trabajo en el interior de la política que esperemos que esta convención constitucional no replique, como dejar a las mujeres en los temas blandos y que los hombres se queden con los temas estratégicos y a veces más relevantes para una Constitución. Ojalá que no sea así, que no queden todas las mujeres en la convención de género. Por suerte van a ser tantas que difícilmente puedan hacer eso. Pero es importante seguir mirando, y por eso no es suficiente tener una integración paritaria, necesitamos mujeres en todos lados, porque necesitamos perspectiva de género en todo, y en particular en las políticas públicas.

El otro día veía un video en un seminario de una mujer pobladora, lo que sería en la Argentina una mujer de un barrio vulnerado, y ella decía que no podía entender cómo en la caja de ayuda social que le llegaba no se incluían toallas sanitarias. Dice “esto lo tienen que estar pensando hombres, porque nosotras necesitamos todos los meses toallas para la menstruación, son caras, y no llegan a la caja de ayuda sanitaria”. Bueno, este es un ejemplo mínimo de por qué es imprescindible que haya perspectiva de género, mujeres, y ojalá también hombres sensibilizados en estos temas, para empezar a ver estos huecos en las políticas públicas, y dejar que el Estado tenga en mente solamente al arquetipo de ciudadano promedio hombre blanco capacitista, que en realidad ni siquiera es el promedio de la sociedad, pero es el ciudadano ideal para el cual están diseñadas las políticas públicas.

Y para terminar, en la Argentina y en el Instituto de Capacitación Parlamentaria, a mí me encanta esta frase de Florentina Gómez Miranda, que dice “si una mujer entra a la política, cambia la mujer, si muchas mujeres entran a la política, cambia la política”.



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