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III. Eusebio de Cesarea
y su Historia eclesiástica

El primer historiador de la Iglesia

En el presente apartado se ofrece una aproximación a la figura de Eusebio de Cesarea, a partir de la revisión de algunas de las principales obras que han estudiado su labor en cuanto primer historiador de la Iglesia y cronista de la historia universal. Su Historia eclesiástica representa un esfuerzo original que logra unir la historia de la humanidad en su conjunto, con una mirada providencialista, otorgando un sentido trascendente a la sucesión de acontecimientos en favor del cristianismo, bajo la protección del emperador Constantino. El acercamiento a la Historia de Eusebio permite entender el papel de Roma, de los mártires y de las primeras comunidades eclesiales en el marco general de la historia de la salvación y aproxima al lector contemporáneo a la mentalidad que otorga forma a la literatura cristiana del siglo IV, la cual constituye el modelo y fundamento historiográfico de gran parte de los autores de la Antigüedad tardía y del alto Medioevo.

En el siglo II de nuestra era, Teófilo de Antioquía compuso una obra apologética destinada a comprobar la antigüedad de la religión cristiana y de la Biblia, en la que estableció una cronología del mundo. En el siglo III, Sexto Julio Africano escribió su cronografía en cinco libros[1], hoy perdidos, que habrían servido de fuente para Hipólito de Roma, quien también compuso unas crónicas hasta el año 235, último del emperador Septimio Severo. Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos cronísticos, sería recién a finales del siglo III cuando aparecería, en los márgenes orientales del Imperio, un escritor de la talla de Eusebio de Cesarea (nacido entre el 260 y el 264), quien se transformaría en el primer historiador de la Iglesia. Su trabajo intelectual estuvo marcado por una admirable erudición y vastedad de conocimientos, apreciable en sus escritos, que abarcan casi todos los campos de la enseñanza teológica, es decir, historia, apología, exégesis, crítica, predicación y dogma[2].

Los orígenes de nuestro autor deben buscarse en Palestina, aunque de su familia no tengamos mayores noticias. A pesar de su apelativo, no es posible afirmar que naciera en la ciudad de Cesarea, pues en ella algunos de sus contemporáneos lo llamaban Eusebio de Palestina. Tampoco se puede determinar si sus padres eran creyentes en Cristo o no, aun cuando su propio nombre daría algún indicio de una posible cercanía a la fe en la que habría sido educado[3]. De esta forma, se puede pensar que habría crecido en un ambiente cristiano, en el cual se habría profesado abiertamente la fe cristiana[4].

Es posible que su familia fuese de origen humilde, ya que no tiene un patronímico con el cual se le reconozca. Los estudiosos señalan que la decisión de hacerse llamar “Eusebio hijo de Pánfilo”[5] manifiesta su gratitud y admiración hacia este presbítero, de quien dice: “fue el más admirable de todos los de aquí”[6]. Si seguimos las palabras de Jerónimo, junto a este maestro habría conocido la catequesis y habría asumido el credo local (De vir. ill., 81). Eusebio, por su parte, escribe: “en su tiempo conocimos a Pánfilo, hombre distinguidísimo, verdadero filósofo por su vida misma y considerado digno del presbiterado de la comunidad local”[7].

Pánfilo, alejandrino de educación, se instaló en Cesarea, donde continuó con la escuela comenzada por Orígenes, de la que heredó tanto su tradición pedagógica como su biblioteca, tal como se expresa en el De viris illustribus jeronimiano[8]. Allí conformó una comunidad de trabajo en torno a la labor intelectual, en la cual se percibe una profunda unión y lazos íntimamente forjados, tal como lo expresa el propio Eusebio al referirse a la escuela de su maestro como “nuestra casa”[9].

En el año 303 estalló la gran persecución del emperador Diocleciano; Pánfilo fue apresado en el 307 y ejecutado en el 309[10]. Pareciera que en este período nuestro autor también habría estado preso, y si bien para muchos de sus biógrafos llama la atención la indemnidad con la que habría pasado estos años, un detalle que no pasa inadvertido es que los fieles de Cesarea, probablemente entre el 313 y el 315, lo eligieron para suceder al obispo Agapio en la sede de la diócesis[11].

Alrededor del año 318 Eusebio se habría aproximado a la herejía arriana, que se encontraba en proceso de expansión por Oriente. Después de la excomunión formulada por el obispo Alejandro contra Arrio, y celebrados los sínodos tanto en Egipto como en Palestina, el obispo Osio, enviado por Constantino, presidió un concilio en Antioquía, a principios del 325, en el cual la mayoría del episcopado adhirió a la postura antiarriana de Alejandro y el propio Eusebio fue excomulgado. Después, en Nicea, el obispo de Cesarea profesó la fe trinitaria y le fue levantada dicha excomunión[12].

Eusebio mantuvo una estrecha relación con Constantino[13]. Posiblemente, él fue su principal consejero imperial en materia teológica[14], al mismo tiempo que un obispo áulico y cercano[15]. En sus obras manifiesta de manera explícita su admiración por el emperador, a quien consideraba el garante de la paz y de la estabilidad de la Iglesia. Esto le habría dado el favor de la autoridad civil, quien asoció su política religiosa y social en la medida en que consideró que el cristianismo era necesario para el bienestar y la estabilidad del Imperio[16].

1. La Historia eclesiástica

La gran labor histórica de Eusebio se ve reflejada, de modo particular, en su Historia eclesiástica. Esta nace bajo la orientación apologética, claramente expresada en el exordio de la obra[17], y presenta una idea del mundo que debe entenderse como el esfuerzo permanente por dar a conocer el pasado cristiano en una tarea activa de formación necesaria para su momento presente[18]. La obra se estructura en diez libros, los siete primeros con un marcado carácter apologético de la fe nicena y los tres últimos con un espíritu claramente “panfletario”[19].

Un correcto acercamiento a la Historia eclesiástica supone el esfuerzo del lector contemporáneo por comprender que aquello que impregna el texto de Eusebio se entiende como un principio optimista de la pedagogía divina, interpretado, a su vez, como una economía de la salvación. Por ello, las cuestiones fundamentales de una teología de la historia, como las preguntas por el tiempo, el fin del mundo y la parusía, no aparecen desarrolladas pues las da por supuestas[20]. Sin embargo, ello no significa que en nuestro autor falte el deseo de ofrecer elementos teológicos para demostrar el origen divino de la Iglesia, premisa básica del pensamiento cristiano y sobre la cual se sitúa el plan salvífico que se propone narrar[21].

Un aspecto particular de su obra se centra en la atención que otorga a la compilación de documentos y al material eclesiástico que se encuentra a su alcance[22], lo que constituirá una aportación fundamental para el conocimiento de los primeros siglos de la Iglesia[23]. En su texto se aprecia una preocupación por el orden sucesivo de los hechos y por la coincidencia cronológica y, al mismo tiempo, se está frente a una obra que mantiene una unidad y cohesión admirables, demostradas en la correlación de los datos y de los catálogos, así como en la recopilación de los diferentes escritos de la época, incluidos aquellos de la tradición posapostólica[24].

Para la realización de su labor histórica, junto a la tradición historiográfica y filosófica clásicas, Eusebio habría tenido influencia de la historiografía judeo-helenística, de manera particular de Flavio Josefo, manifestada principalmente “en el énfasis en el pasado, el tono apologético, la digresión doctrinal, el despliegue (aunque no tan amplio) de documentos: sobre todo se encontraba la idea de una nación diferente de las naciones paganas”[25].

El triunfo del cristianismo es presentado, entonces, no solo con palabras o testimonios, sino también a través de la manifiesta autoridad de los documentos; allí radicaría el valor fundamental de esta obra[26]. Al mismo tiempo, es necesario tomar en consideración que en la Historia eclesiástica hay lagunas importantes, por ejemplo, la ausencia casi total de Occidente en el horizonte de Eusebio. Esta situación se puede atribuir, fundamentalmente, al hecho de que la lengua del oeste era el latín, algo que habría desinteresado abiertamente al obispo de Cesarea[27], y que también le habría generado dificultades idiomáticas, tal como lo expresa en la siguiente cita relativa a un documento de Adriano: “el mencionado rescripto latino mismo lo hemos traducido al griego como hemos podido”[28].

La Historia eclesiástica, como casi todas las obras de nuestro autor, presenta una mayor cercanía con los relatos recogidos del Antiguo Testamento. Esto permitiría apreciar la relación histórica que habría entre la preparación de la venida del Mesías y el tiempo de estabilidad que alcanzará a ver en el Imperio y en su aceptación del cristianismo, todo ordenado según el plan divino que él se propone historiar. Asimismo, esta obra vendría a ser la última parte de su Crónica[29], escrito anterior asumido en este, con el propósito de comparar cronológicamente las historias tanto bíblica (veterotestamentaria) como profana, valiéndose de columnas sincrónicas y teniendo a Abraham como punto de partida, hasta el año 325.

A la muerte de Constantino, Eusebio comenzó a escribir su Vita Constantini (ca. 335-339), novedosa por su intento de mostrar al emperador en lo concerniente a la vida religiosa y de piedad (Vit. Const., I, 11, 1); excluidos quedan los éxitos militares y aquello que no pudiera ser puesto como ejemplo de vida cristiana. En nuestro autor estaría presente el ideal pedagógico-moral que pretende mostrar cómo solo el hombre piadoso recibiría el favor de Dios y, al mismo tiempo, cómo la victoria militar llevaría de la mano el favor divino, pues permitiría la paz y la unidad como una suerte de premio para los justos. En esta misma línea, el retórico latino Lactancio redactó un pequeño opúsculo apologético titulado De mortibus persecutorum, donde presenta la acción de la Providencia que castiga a los perseguidores y protege al emperador Constantino por medio de los triunfos militares[30].

Ahora bien, al centrarnos en la Historia eclesiástica debemos tener en cuenta que para Eusebio los cristianos constituían una “nación de origen trascendental”, un ethnos[31] que se había formado paulatinamente y que requería un nuevo tipo de historia, una historia en la que se presentara una visión cronológica desde Adán y Eva hasta los acontecimientos contemporáneos, en este caso, del siglo IV.

En su propósito, el obispo de Cesarea se remonta al pasado para explicar que la vida primitiva de los hombres era incapaz de admitir las enseñanzas de Cristo. Este sería el motivo por el cual el mensaje no habría sido predicado desde el principio, ya que desde Adán en adelante la humanidad se habría desentendido del mandato divino, cambiando las maravillas edénicas por la mortalidad de la tierra[32]. Para él, por tanto, la visión de la historia universal iría unida a la educación progresiva en la fe, en la cual se habría manifestado la economía y la teología del Salvador[33].

Para Eusebio, la fe en Cristo “es la primera y única fe verdadera”[34], pues sería la heredera de la tradición de Abraham y, al mismo tiempo, la que completaría las promesas hechas por Dios a dicho patriarca. Su interés radicaría en mostrar al lector cómo ha habido una continuidad histórica y cómo ha sido Dios quien ha querido preparar el camino para el triunfo final de la Iglesia en el Imperio romano. En definitiva, dado su interés por evidenciar la antigüedad de la tradición propia de la fe cristiana, Eusebio se proponía, en palabras de Johannes Quasten, “probar que la religión judía, cuya continuación legítima es el cristianismo, era más antigua que ninguna otra”[35].

Unido a lo anterior, una de las principales preocupaciones de esta obra es mostrar la continuidad en la sucesión apostólica por medio de una literatura tomada de escritores ortodoxos –Policarpo o Ireneo, por ejemplo–[36], para legitimar así la veracidad de la Iglesia de Cristo. A lo largo de su narración, con detalles de nombres y sucesos importantes, Eusebio expone la continuidad de los obispos de cuatro diócesis: Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén. Junto a la importancia de Roma, la segunda y la tercera serán vistas como metrópolis de Oriente, y a ellas se unirá el episcopado de Jerusalén, lazo de unión con la historia de Jesús[37].

El Imperio romano tendrá para Eusebio una significación particular en el desarrollo histórico de la religión cristiana, pues la Providencia divina, de manera inescrutable, habría conducido los caminos de la historia humana hasta la paz de Constantino[38]. La organización imperial será vista como parte del plan salvífico, incluso se le otorgará a esta institución terrena un cierto carácter trascendente. En dicho plan se hará posible la consolidación y expansión de la verdadera fe, ya que para Eusebio este carácter providencial consistirá, sobre todo, “en la unificación del pueblo para preparar el camino al cristianismo”[39].

Por otro lado, para nuestro autor el pecado de los judíos, al no haber creído en Cristo, sería el motivo por el cual habrían sido arrasados por las legiones imperiales. El obispo de Cesarea pensaba que era la impiedad la castigada ejemplarmente por Dios a través de los medios humanos, en este caso, el ejército romano. Eusebio se refiere a lo anterior en las siguientes palabras: “no tardó mucho en alcanzarles el castigo divino por su crimen contra el Cristo de Dios”[40], y relata la situación de Jerusalén en tiempos del emperador Adriano en los siguientes términos: “así es como la ciudad llegó a quedar vacía de la raza judía y fue total la ruina de sus antiguos moradores”[41].

2. La figura de los mártires

El martirio será altamente valorado en la obra de nuestro historiador. Para él los mártires serán ejemplos a imitar y dignos de ser amados. No se refiere solo al martirio de los apóstoles, como sería el caso de Pedro y Pablo, sino también a los sacrificios de múltiples testigos de la fe a lo largo de las diversas persecuciones. Por consiguiente, en el gran proyecto de la Historia eclesiástica, el martirio podría entenderse como el afán por mostrar cómo la sangre de los testigos no empañaba el plan divino y el éxito de la predicación. Entonces este sacrificio dejaría entrever, conforme a las palabras de Timothy D. Barnes, que “la historia de una comunidad fundada por el Hijo de Dios, a excepción de breves interrupciones, había gozado siempre de prosperidad y éxito”[42].

En el libro IV de la Historia se presenta la figura de Policarpo, mártir en los tiempos de Marco Aurelio y Vero, quien expone el amor a los mártires en los siguientes términos: “a los mártires los amamos justamente porque son discípulos e imitadores del Señor, a causa de su insuperable benevolencia para con su propio rey y maestro”[43]. En definitiva, para Eusebio las persecuciones reflejarían un plan providente, pues serían pruebas de la dimensión extratemporal de la historia de la Iglesia, la cual se argumentaría en la acción del diablo en contra de los fieles[44].

La valoración del martirio como testimonio de fe está ampliamente desarrollada en toda la Historia eclesiástica, e incluso se relata, con una intención edificante, la muerte de forma voluntaria buscada durante gran parte de la vida, como el caso de la anciana Apolonia y el testimonio entregado por Dionisio sobre su martirio:

al golpearla en sus mejillas le hicieron saltar todos los dientes, y levantando una hoguera delante de la ciudad, la amenazaban con quemarla viva si no profería, junto con ellos, las proclamas de la impiedad. Ella entonces pidió un breve espacio y, una vez suelta, se lanzó de un fuerte salto al fuego y quedó totalmente abrasada[45].

Son muchos los martirios que podrían, quizás, ser llamados “suicidios por la pureza”[46], entendidos bajo la idea de que para Eusebio la preeminencia del alma sobre el cuerpo era casi absoluta y, en consecuencia, la salvación de esta sería lo único verdaderamente importante[47].

Las persecuciones y los martirios constituyen la base de esta obra y muestran, asimismo, una consecución de hechos que culminarán en la destrucción de los enemigos de la fe (Hist. eccl., IX, 11) y en la venida de la paz. Como sugiere Henri Crouzel, podríamos decir que los mártires son un tema casi exclusivo en la obra de nuestro autor, puesto que atestiguan la certeza de la acción providente de Dios en el mundo. De este modo, con el testimonio de los hombres y mujeres que perecieron por la religión, resulta posible afirmar que “es Dios quien dirige su Iglesia; da a los mártires la fuerza, fortalece a los cristianos para la persecución y castiga a los perseguidores”[48].

Así pues, para Eusebio los cristianos serían dignos modelos de imitación en su vida y en su entrega a los demás. El cristianismo sería, entonces, la única religión capaz de dar un orden al mundo y el cristiano sería el único capaz de donarse él mismo, desinteresadamente, por el bien de los otros. Recordando una gran hambruna y peste que asoló Alejandría en tiempos de Maximino, el relato de la Historia presenta la actitud del creyente como una muestra de un profundo celo y piedad: “ellos eran, efectivamente, los únicos que en esta circunstancia calamitosa demostraban con sus propias obras la compasión y el amor a los hombres”[49].

3. El imperio de Constantino y la historia de la salvación

Nuestro autor fundó su teología de la historia a partir de la encarnación –punto de inflexión y momento culmen en la historia de la humanidad y comienzo del rescate final del hombre desde la miseria producida por el engaño del pecado–. Este magno acontecimiento concuerda con el establecimiento de la pax augusta, pues Jesús nació en la plenitud de los tiempos, bajo el Imperio romano[50]. Para Eusebio, esto significaría que la acción de la gracia se derramaría en forma abundante a partir de la venida del Verbo encarnado, de Aquel al que llama “el Vivificador, el que trajo la luz, nuestro gran Médico, Rey y Señor, el Cristo de Dios”[51], lo cual habría despertado la envidia del diablo.

El historiador describe esta lucha contra el mal a través de la reflexión que sitúa los grandes sufrimientos previos a la paz definitiva de su tiempo: “ante tamaña gracia y beneficio tan grande, estalló, por así decirlo, la envidia del demonio, odiador del bien y amigo del mal, que movilizó contra nosotros todas sus huestes mortíferas”[52]. Probablemente, la idea subyacente, en un sentido apologético y apocalíptico, haga eco de las palabras del apóstol Pablo: “pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20)[53].

El obispo de Cesarea otorga a la figura de Constantino una importancia radical dentro de su obra. En su interpretación de la historia, la acción divina permitiría la comprensión de la gran labor realizada por el emperador, pues este sería el único que habría llegado a ser el “bienamado” de Dios, paradigma de vida para los demás hombres[54]. Ha de tenerse presente también que la descripción sobre este personaje resalta un doble valor: él es un ejemplo de la virtus humana y, a su vez, demuestra la infusión divina de las grandes virtudes, tales como la sabiduría o la justicia, solo otorgadas por Dios[55].

Como hemos dicho más arriba, Eusebio entiende que el favor y el triunfo son posibles únicamente como “fruto digno de la piedad”[56]. Constantino habría comprendido que más importante que los ejércitos o la cantidad de soldados era la ayuda divina, pues sin ella todo lo anterior no tendría mayor valor[57]. El Imperio crecería seguro en la medida en que fuera gobernado por un hombre con santo temor de Dios, cuyo primer propósito, tal como se expresa al final del libro X, fuera: “eliminar del mundo antes que nada el odio a Dios”[58].

La piedad religiosa y el profundo sentido trascendental que Eusebio intenta atribuir a la figura imperial se hacen patentes en las permanentes descripciones referidas a la fidelidad y el respeto profesados por parte del emperador a los hombres de Dios y a la doctrina. En sus palabras:

el mismo emperador, al convocar a los sacerdotes de Dios, les dispensaba un trato honorífico, y desplegaba para con ellos la más alta consideración, mostrando su estima hacia aquellos hombres de palabra y obra, en calidad de personas consagradas a Dios[59].

Con estas sucintas descripciones vemos, pues, cómo se deja en evidencia que para Eusebio “Constantino prueba la sinceridad de su fe, principalmente, porque no reivindica para sí la divinidad, sino que pretende ser plenamente el hombre de Dios, el ejecutor de la voluntad divina”[60]. Constantino cumple un rol fundamental ya que es un instrumento de Dios al que se le atribuye una suerte de poder episcopal en el orbe romano, un sucesor de los apóstoles[61]; en él se cumplen las Escrituras[62]. Su figura se podría llegar a entender como un nuevo Moisés[63] e incluso, en un sentido mesiánico, como una cristianización del antiguo culto pagano al emperador[64]; en otras palabras, un decimotercer apóstol. Su labor será de tan grande importancia que hasta el resguardo de la doctrina constituirá campo de su competencia[65], pues en él confluyen la paz y la sabiduría, dadas por Dios a sus elegidos[66].

El trasfondo apologético de la Historia eclesiástica, entendido como el deseo de “suministrar la prueba de que ha sido Dios quien ha fundado la Iglesia y la ha guiado hasta su victoria final sobre el poder del Estado pagano”[67], también se manifiesta en la descripción de Eusebio sobre la inscripción que manda hacer el emperador una vez que ha entrado a Roma, y que se refiere al signo de la cruz: “con este signo salvífico, verdadero argumento de fortaleza, liberé esta ciudad, puesta a salvo del yugo tiránico; más aún, al liberarlos también restituí al Senado y al pueblo romano la antigua fama y esplendor”[68]. De este modo, se intentaría mostrar cómo Constantino es querido por Dios y, al mismo tiempo, es un instrumento para la liberación paulatina del paganismo romano. En otras palabras, es la voluntad de Dios la que lo ha puesto por cabeza del Imperio, con un papel en la historia de la salvación[69].

Si recogemos la cita anterior podemos apreciar cómo el cristianismo serviría para la liberación de la decadencia de la Roma pagana de los últimos años, con lo cual estaríamos ante una oposición directa frente a los argumentos de autores latinos como Zósimo o Amiano Marcelino, quienes veían en la nueva religión el origen del declive imperial[70]. Para Eusebio, en definitiva, sus tiempos eran aquellos de bienestar imperial gracias a la fe en Cristo: “había perdón de los males antiguos y olvido de toda impiedad; se gozaba de los bienes presentes y se esperaban los venideros”[71].

La visión del signo de la cruz ha sido tema de múltiples interpretaciones. Para empezar, hemos de notar que este hecho se enmarca en el choque entre el Imperio romano y el cristianismo, que fue, ante todo, religioso y no político. En este sentido se podría comprender que la supuesta conversión de Constantino habría sido una conversión religiosa, lo cual debe entenderse como el ejercicio de una “política romana hacia la divinidad”[72], es decir, una alianza personal del emperador con la divinidad[73].

Lo anterior nos parece un aspecto a considerar a la hora de acceder al discurso sobre la visión divina en la batalla del puente Milvio del 312, pues nuestro autor deja manifiesto cómo el emperador concibe su labor en cuanto organizador de la estructura eclesial a partir del siglo IV. Constantino buscará la unidad imperial, y esa unidad se dará únicamente en la medida en que se pueda concluir que solo el Dios cristiano “anulaba radicalmente a todos sus rivales”, lo cual es explicable en la medida en que “al Imperio único correspondía el Dios único”[74].

El testimonio de la visión del crismón, relatado por Eusebio, se referiría a las palabras del propio emperador. No deberíamos pensar que este relato se constituye únicamente en recurso para los intereses históricos de nuestro autor sino que, probablemente, y más allá del carácter legendario del hecho, haya en él un deseo de mostrar que el halo de la cruz cristiana, elevado a un signo de triunfo, era consecuencia del contacto previo con la fe en Cristo, tal como ha sido planteado por Timothy D. Barnes[75]. Si bien este relato no aparece en la Historia eclesiástica, hay una “perfecta integración de la versión eusebiana con la que resulta de forma independiente del panegirista pagano del 313”[76].

La participación del emperador dentro de la Iglesia, todavía como un no bautizado, representaba para Eusebio una muestra de su admirable humildad, prueba evidente de la elección divina y del deseo de Dios de que este hombre llevara a cabo la libertad de la ecclesia Dei. El obispo de Cesarea cita el edicto del otoño del 324, cuestionado hoy en su autenticidad, en el cual atribuye a Constantino las siguientes palabras: “he llegado a la inquebrantable convicción de que debo al sumo Dios toda mi alma, todo lo que respiro y, en suma, todo lo que se revuelve en lo más íntimo del pensamiento”[77].

Sin embargo, en lo estrictamente historiográfico, la Vita Constantini habría implicado el olvido de la tradición de la biografía pagana de un militar y político en la línea de Suetonio y, al mismo tiempo, se habría convertido en un “callejón sin salida”[78] desde la óptica historiográfica. Asimismo, y bajo una perspectiva histórica plenamente vigente, el estudio del historiador de Cesarea da luces sobre el verdadero lugar del cristiano y sobre el sentido trascendente y sobrenatural de la Iglesia de Cristo. Por esto, y con un afán exhortativo que resulta muy actual, puede admitirse que

por haberse convertido en mera organización, la Iglesia imperial de Constantino olvidó que sus días más gloriosos habían sido aquellos en que estaba formada por una minoría, aquellos en que voluntariamente, y muchas veces no sin peligro, abandonaron los hombres el mundo para ingresar en su seno, separándose de la masa de los que viven afanados solo en el día a día[79].

De cierta forma, el rol de los cristianos en la Iglesia que se institucionalizaba en el mundo romano gestaba –de una manera providente, para la concepción del creyente– lo que Agustín más adelante perpetuará bajo el esquema del De civitate Dei, donde conviven los ciudadanos del mundo con aquellos de la ciudad celeste[80].


  1. A propósito de los predecesores de Eusebio, y de manera especial Flavio Josefo, consúltese Hollerich, Making Christian History…, 40-46.
  2. Martín Gurruchaga, ed., Vida de Constantino (Madrid: Gredos, 1994), 62.
  3. El significado etimológico del nombre sería “piadoso”. Argimiro Velasco-Delgado, ed., Historia eclesiástica (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001), 16*.
  4. Gustave Bardy, ed., Histoire ecclésiastique. Tome IV. Introduction (París: Éditions du Cerf, 1960), 20.
  5. Hollerich, Making Christian History…, 3; Bardy, ed., Histoire ecclésiastique…, 20.
  6. Hist. eccl., VII, 32, 26
  7. Hist. eccl., VII, 32, 25.
  8. De vir. ill., 81: “Eusebius, Caesarae Palaestinae episcopus in scripturis divinis studiosissimus, et bibliothecae divinae, cum Pamphilo martyre, diligentissimus pervestigator, edidit infinita volumina”. A propósito de Pánfilo, véase también Lorenzo Perrone, “La philosophie dans l’Histoire ecclésiastique d’Eusèbe de Césarée”, en Eusèbe de Césarée et la philosophie. Christianisme et philosophie en Palestine au tournant du IVe siècle de notre ère, dir. por Sébastien Morlet (Turnhout: Brepols, 2024), 208-209.
  9. Jean Sirinelli, ed., La préparation évangélique. Livre I. Introduction (París: Éditions du Cerf, 1974), 17; Velasco-Delgado, Historia eclesiástica…, 19*, n. 51. En el libro sobre los Mártires de Palestina, en el apartado referido al mártir Apphianus, se menciona que algunos vivían con él en una suerte de comunidad.
  10. Pamphilo martyre.
  11. Velasco-Delgado, Historia eclesiástica…, 23*.
  12. Sobre el rol de Eusebio en la controversia arriana y en el desarrollo del Concilio de Nicea, proponemos los recientes artículos: Samuel Fernández, “Eusebio de Cesarea y desarrollo del sínodo de Nicea”, Anuario de Historia de la Iglesia 32 (2023): 97-122; Samuel Fernández, “Eusebio de Cesarea y la controversia arriana. Una nueva interpretación del estallido de la crisis”, Estudios Eclesiásticos 99, n.º 389 (2024): 413-443.
  13. A modo de introducción a la figura de Constantino y su época, véase Noel Lenski, ed., The Cambridge Companion to the Age of Constantine (Cambridge: Cambridge University Press, 2006).
  14. Johannes Quasten, Patrología. Vol. II (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1977), 346.
  15. Timothy D. Barnes, Constantine and Eusebius (Cambridge, MA y Londres: Harvard University Press, 1981), 265.
  16. Cf. José Fernández Ubiña, “El oficio episcopal en época de Constantino”, en Constantino, ¿el primer emperador cristiano? Religión y política en el siglo IV, ed. por Josep Vilella Masana (Barcelona: Publicacions i Edicions Universitat de Barcelona, 2015), 257-268; Catalina Balmaceda, “Constantino. Emperador cristiano – emperador romano”, Teología y Vida 61, n.º 2 (2020): 131-161.
  17. Gustave Bardy, Littérature grecque chrétienne (París: Bloud et Gay, 1928), 105; Hans von Campenhausen, Los padres de la Iglesia I. Padres griegos (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1974), 81.
  18. Quasten, Patrología. Vol. II…, 344.
  19. Velasco-Delgado, Historia eclesiástica…, 38*.
  20. von Campenhausen, Los padres de la Iglesia I…, 81.
  21. Erica Carotenuto, Tradizione e innovazione nella historia eclesiastica di Eusebio di Cesarea (Nápoles: Il Mulino, 2001), 35.
  22. Véase Dominique Gonnet, “L’acte de citer dans l’Histoire ecclésiastique d’Eusèbe”, en L’historiographie de l’Église des premiers siècles, dir. por Bernard Pouderon e Yves-Marie Duval (París: Beauchesne, 2001), 181-193.
  23. Una novedad será la incorporación de citas de sus fuentes, lo cual le sirve como un perfecto catálogo o repertorio de la época. Véase Inglebert, Interpretatio Christiana…, 322.
  24. Enrico Norelli, “Quelques remarques sur la manière dont Eusèbe construit la littérature chrétienne dans son Histoire ecclésiastique”, Antiquité tardive 22 (2014): 69.
  25. Arnaldo Momigliano, “Historiografía pagana y cristiana en el siglo IV”, en El conflicto entre el paganismo y el cristianismo en el siglo IV, ed. por Arnaldo Momigliano (Madrid: Alianza Editorial, 1989), 107.
  26. Aimé Puech, Histoire de la littérature grecque chrétienne. Tome III (París: Les Belles Lettres, 1930), 181.
  27. Bardy, Littérature grecque chrétienne…, 103.
  28. Hist. eccl., IV, 8, 8
  29. Si bien la Crónica de Eusebio no es la primera obra cronográfica cristiana, sí es la primera que presenta la historia de las naciones conocidas en unidad sincrónica. Comenzada entre los años 300-310, la Crónica ha sido conservada solo en parte gracias a la traducción de Jerónimo, quien la continuó hasta el 378. Eusebio introduce los años de Abraham desde su nacimiento (lo sitúa en el 2390 a. C.), los años de las Olimpiadas (cada cuatro años a partir del 776 a. C.) y los años del reino de los príncipes de cada nación. A partir del Imperio romano, los cómputos imperiales abarcarán los sucesos de los diferentes pueblos del orbe conocido. Véase Saint Jérôme. Chronique. Continuation de la Chronique d’Eusèbe. Années 326-378. Suivi de quatre études sur les chroniques et chronographies dans la Antiquité tardive (IVe-VIe siècles), ed. por Benoît Jeanjean y Bertrand Lançon (Rennes: Presses Universitaires de Rennes, 2004), 16-18; Inglebert, Le Monde, l’Histoire…, 361-365; Sánchez Salor, Historiografía latino-cristiana…, 33-38.
  30. Para el tema de la “teología de la victoria” y el favor divino, véase François Heim, La théologie de la victoire. De Constantin à Théodose (París: Beauchesne, 1992).
  31. Inglebert, Interpretatio Christiana…, 321; Hollerich, Making Christian History…, 33.
  32. Hist. eccl., I, 2, 17-18.
  33. Hist. eccl., I, 1, 7: “Y comenzaré, según dije, por la economía y la teología de Cristo, que en elevación y en grandeza exceden al hombre”.
  34. Hist. eccl., I, 4, 15.
  35. Quasten, Patrología. Vol. II…, 348.
  36. Norelli, “Quelques remarques sur la manière dont Eusèbe construit la littérature chrétienne dans son Histoire ecclésiastique”, 65.
  37. Henri Crouzel, “La théologie de l’histoire selon Eusèbe de Césarée”, Anuario de Historia de la Iglesia 5 (1996): 80.
  38. Para el tema del pensamiento político de Eusebio en relación con el Imperio y la figura de Constantino, véase Hervé Inglebert, Les romains chrétiens face à l’histoire de Rome. Histoire, christianisme et romanités en Occident dans l’Antiquité tardive (IIIe-Ve siècles) (París: Institut d’Études Augustiniennes, 1996). Particularmente sugerente resulta el capítulo titulado L’eusébianisme politique et théologique en Occident de 325 à 378 (pp. 177-189).
  39. Rafaele Farina, L’Impero e l’imperatore cristiano in Eusebio di Cesarea. La prima teologia politica del cristianesimo (Zurich: Pas Verlag, 1966), 152-153.
  40. Hist. eccl., III, 5, 7.
  41. Hist. eccl., IV, 6, 4.
  42. Barnes, Constantine and Eusebius…, 146-147.
  43. Hist. eccl., IV, 15, 42.
  44. Carotenuto, Tradizione e innovazione nella historia eclesiástica…, 37-38.
  45. Hist. eccl., VI, 41, 7.
  46. Martín Ibarra Benlloch, “Diferencia de pareceres entre Lactancio y Eusebio de Cesarea en torno a la muerte voluntaria del cristiano en testimonio de su fe”, Anuario de Historia de la Iglesia 3 (1994): 98.
  47. En cuanto al platonismo y al estoicismo de Eusebio, véase Juan María de la Torre, Literatura cristiana antigua. Entornos y contenidos. Desde el constantinismo a la formación de la teología bizantina. Vol. III (Zamora: Ediciones Monte Casino, 2004), 60, 66.
  48. Crouzel, “La théologie de l’histoire selon Eusèbe de Césarée”, 96.
  49. Hist. eccl., IX, 8, 14.
  50. Emilio Mitre Fernández, “Roma y el fin del mundo antiguo desde la Edad Media”, en La caída del Imperio romano y la génesis de Europa, coord. por Gonzalo Bravo (Madrid: Editorial Complutense, 2001), 234; Inglebert, Les romains chrétiens face à l’histoire de Rome…, 689.
  51. Hist. eccl., X, 4, 12.
  52. Hist. eccl., X, 4, 14.
  53. “Ubi autem abundavit delictum, superabundavit gratia”.
  54. Vit. Const., I, 3,4; 4.
  55. Cf. Vit. Const., I, 19, 2.
  56. Hist. eccl., X, 9, 1.
  57. Cf. Vit. Const., I, 27, 2.
  58. Hist. eccl., X, 9, 9. En Hist. eccl. IX 11, 8, Eusebio atribuye a Constantino y a Licinio la facultad de haber eliminado la enemistad con Dios.
  59. Vit. Const., I, 41, 3; 42, 1.
  60. Eduard Schwartz, El emperador Constantino y la Iglesia cristiana (Madrid: Revista de Occidente, 1926), 136-137.
  61. Henri-Irénée Marrou, L’Église de l’Antiquité tardive (303-604) (París: Éditions du Seuil, 1985), 24.
  62. Gurruchaga, ed., Vida de Constantino, 90.
  63. Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, “Eusebius and Alcuin on Constantine and Charlemagne as Wise Rulers: Sapiential Rulership in Late Antiquity and the Early Middle Ages”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval 32 (II) (2021): 895; Luce Pietri, “Pour une relecture de la Vita Constantini d’Eusèbe de Césarée: Constantin, nouveau Moïse ou nouveau Paul ?”, en Constantino, ¿el primer emperador cristiano? Religión y política en el siglo IV, ed. por Josep Vilella Masana (Barcelona: Publicacions i Edicions Universitat de Barcelona, 2015), 465-471.
  64. Al respecto, véase Hendrikus Berkhof, Die Theologie des Eusebius von Caesarea (Amsterdam: Uitgeversmaatschappij Holland, 1939).
  65. Sobre Constantino como pontifex maximus, véase Catalina Balmaceda, “Constantino. Emperador cristiano – emperador romano”.
  66. Vit. Const., IV, 10, 1-2. Con relación al rol del emperador como predicador, con características teológicas y sapienciales, véase Rodríguez de la Peña, “Eusebius and Alcuin on Constantine and Charlemagne as Wise Rulers: Sapiential Rulership in Late Antiquity and the Early Middle Ages”, 881-913.
  67. Quasten, Patrología. Vol. II…, 351.
  68. Vit. Const., I, 40, 2.
  69. Rodríguez de la Peña, “Eusebius and Alcuin on Constantine and Charlemagne as Wise Rulers: Sapiential Rulership in Late Antiquity and the Early Middle Ages”, 900.
  70. Para el tema de la idea de decadencia romana e irrupción del cristianismo, consúltese la obra clásica de Sandro Mazzarino, El fin del mundo antiguo (México: UTEHA, 1961), en especial los capítulos VI, VII y XIV.
  71. Hist. eccl., X, 9, 8.
  72. Marta Sordi, Los cristianos y el Imperio romano (Madrid: Ediciones Encuentro, 1988), 141. La autora sostiene esta tesis y explica, a través de ella, la relación de Constantino con la Iglesia, así como la organización de esta.
  73. Cf. Paul O’Callaghan, Figli di Dio nel mondo. Trattato di antropologia teologica (Roma: Edusc, 2013).
  74. Schwartz, El emperador Constantino y la Iglesia cristiana…, 134-135.
  75. Timothy D. Barnes, “The Conversion of Constantine”, Echos du monde classique: Classical News and Views XXIX, n.º 3 (1985): 371-391.
  76. Sordi, Los cristianos y el Imperio romano…, 136. A fin de demostrar cómo Eusebio simplemente transcribe lo escuchado de Constantino, se refiere al siguiente detalle que, a su juicio, un cristiano no tendría interés en relatar: “en la víspera de la expedición contra Majencio, él era todavía devoto del sol y, al convertirse al cristianismo, había experimentado esta conversión desde el culto solar como la superación de una religiosidad incompleta, no como la abjuración de una religión falsa: el dios de muchos nombres había asumido un nombre en la visión y el símbolo de Cristo había aparecido por encima del sol poniente”.
  77. Vit. Const., II, 29, 1.
  78. Momigliano, “Historiografía pagana y cristiana en el siglo IV”, 110.
  79. Schwartz, El emperador Constantino y la Iglesia cristiana…, 233.
  80. La interpretación agustiniana de la historia supone una teorización sobre la acción divina en el tiempo, acción sin la cual el devenir humano carecería de sentido. Más allá de una visión providencialista eusebiana, en la que la acción de la Providencia se manifiesta por medio de la organización de los acontecimientos en favor de la expansión de la fe y del triunfo como recompensa de los justos, Agustín reconoce que sin la existencia de la acción providente del Espíritu Santo no sería posible una correcta comprensión e interpretación de la historia de la humanidad en cuanto mysterium fidei.


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