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Prólogo

José Marín Riveros

Cronos devorando a sus hijos –pienso en el mito, pero también en la inquietante pintura de Goya (se trate o no de una imagen satírica de Fernando VII, como recientemente se ha propuesto[1])– nos evoca el problema de la tiranía del tiempo, que fatalmente todo lo desgasta y aniquila. El fatalismo del mito nos ubica frente a esa doble realidad del tiempo, que crea y destruye, como si fuera una ley inexorable de la vida[2]. ¿Está nuestra existencia destinada a solo desgastarse en el tiempo? ¿Es posible redimirse, esto es, ganarle al tiempo? En las sociedades arcaicas, la respuesta fue la concepción de aquello que M. Eliade llamó el mito del eterno retorno[3], que consiste en la imitación de los ciclos de la naturaleza y la nostalgia de una época dorada que, a la vez que es fundamento, es fin deseado; los griegos quisieron sortear el problema apelando a la fama, esto es, permanecer en la memoria de la posteridad, lo que nos lleva al tiempo histórico, que rompe el ciclo y proyecta linealmente el decurso de la historia. El cristianismo propondrá un nuevo nivel de la existencia que, sin negar la vida histórica, la supera: la vida sobrenatural y el tiempo sagrado. Este es el tema, precisamente, del libro que el lector tiene en sus manos.

Marcelo Aguirre nos presenta lo que él llama una meditación sobre la teología de la historia, una sólida reflexión sobre la historia en perspectiva cristiana, esto es, entendida como historia de salvación. Estamos frente a un tratado profundo en el cual el autor hace gala de sus conocimientos teóricos, transitando con comodidad entre la historia, la filosofía y la teología; pero no se queda en la pura erudición, sino que a través de una redacción tersa y fluida introduce al lector en un tema complejo con un lenguaje asequible para lectores interesados, pero que requieren de cierta formación previa en alguna de las disciplinas mencionadas, para su comprensión cabal. Es preciso destacar que el autor toma una posición clara frente a su tema desde un principio: es un católico que escribe acerca de la concepción cristiana de la historia. Me parece un ejercicio saludable, y que no debe llevar a engaño, pues no estamos frente a una obra apologética sino analítica y conceptual, acerca de la teología de la historia.

A través de cuatro capítulos bien estructurados, el autor se preocupa de introducir al lector en la teología de la historia a partir de un concepto central, que es entender la historia humana como historia salutis, historia de salvación, lo que otorga sentido al devenir del tiempo que, desde un aquí y ahora, se proyecta a un allá después, que se resuelve en la conducción de las almas al Reino de Dios, con la actuación de la Providencia divina como principio ordenador. El cristianismo, como apunta J. Le Goff, es memoria (“Haced esto en memoria mía”, dice Cristo en la Última Cena), pero el recuerdo es escatológico, es decir, es un recuerdo con tensión de futuro (hay que hacer lo que indica Cristo, hasta su segunda venida, al final de los tiempos)[4]. “Para los cronistas medievales –apunta J. Aurell–, el recuerdo del pasado no es solo la memoria de los hechos históricos sino, todavía más importante, la promesa del futuro: Praeteritorum recordatio futurorum est exhibitio[5]. La historia tiene no solo un origen conocido (alfa), sino un fin también conocido (omega), lo que le otorga un sentido al presente en cuanto tránsito. Esto que llamo tensión de futuro puede entenderse, metafóricamente hablando, como una existencia pro-yectada, una flecha lanzada hacia un blanco que está en lo Infinito, pero cuya trayectoria es terrestre; esa trayectoria, hasta ese fin conocido pero por hacer, es la historia. El camino hacia el cumplimiento de la Promesa debe ser construido por el hombre, que tiene ante sí un futuro incierto, por lo que cada decisión, siempre entendida como fundada en el bien, es un acto de libertad animado por una esperanza escatológica. Por ello, para el cristiano, la historia es tiempo de peregrinación. Estas cuestiones –origen, fin y sentido– no importaban a la historiografía de la Antigüedad grecorromana, para la cual solo se podía acceder a un pasado próximo y propio, y la débil noción de futuro parece descansar más bien en la idea de la persistencia de la naturaleza humana antes que en una proyección existencial y total, esto es, la tensión del futuro[6]. Apelando al pensamiento inmarcesible de san Agustín de Hipona, Marcelo Aguirre nos explica con claridad estos problemas, centrándose en la concepción providencialista –pero no determinista– de las dos ciudades. La historia, así, es parte de la Revelación, un mysterium fidei y un sacramentum, donde Dios actúa en forma real y permanente, aunque no siempre visible.

Comparece en el segundo capítulo el profundo conocimiento de las fuentes escriturísticas y patrísticas que tiene el autor, textos que maneja con propiedad y solidez. Del Antiguo Testamento se subraya la idea de la linealidad de una historia articulada a partir de una Promesa, y se destaca el rol de los profetas, mientras que, en el Nuevo Testamento, Marcelo Aguirre se centra en la figura de Cristo como Señor de la Historia, de modo que la Encarnación es un punto de inflexión entre un antes (la historia del Pueblo Elegido) y un después (la universalidad de la Promesa). De interés resulta el análisis del libro del Apocalipsis en cuanto revelación del fin y victoria definitiva del Bien.

Si bien no contamos con obras cristianas propiamente historiográficas hasta fines del siglo III, la cuestión del tiempo fue una preocupación constante en el cristianismo primitivo. Aguirre estudia tres casos, a modo de ejemplo: la Didaché, de autor desconocido, y las obras de Ireneo de Lyon y Orígenes. En estas obras comparece la idea de la universalidad de la historia –puesto que la Buena Nueva tiene, precisamente, alcance universal–, cuestión que llevará a preocuparse por la historia de todos los pueblos a través de todos los tiempos, una novedad si consideramos la historiografía griega y romana. Ireneo de Lyon, por su parte, vislumbra a Cristo como eje de toda la historia, mostrando claramente la articulación de las historias de hebreos y cristianos. Interesante resulta –entre otros tópicos que trabaja Ireneo– la periodificación que él hace de la historia en cuatro edades sucesivas, cuestión fundamental, como señala Aguirre, “para la forma mentis cristiano-occidental”. Finalmente, Orígenes resulta clave para comprender cómo la historia humana es proyección de realidades divinas, donde la Jerusalén Celeste es plenitud de la realización humana a la que se aspira y hacia la que se camina aquí en la tierra, con esperanza salvífica, actuando históricamente en libertad.

Eusebio de Cesarea fue el primer historiador cristiano, y el valor de su influyente obra es inconmensurable por su visión providencialista de la historia, que releva el rol del Imperio romano y, especialmente, de Constantino el Grande como instrumentos divinos. Esto lo encontramos en la Historia eclesiástica y en la Vida de Constantino, que analiza Marcelo Aguirre en un capítulo muy bien logrado. Eusebio comienza su relato con el Génesis, a partir de Abraham, y asume toda la tradición bíblica para concluir en su propia época, dado que el mensaje cristiano se entiende –como se ha dicho– como universal y la historia como parte de la revelación: en la tensión temporal que vive el cristiano hay que estudiar la historia para descifrar los signos de los tiempos. Por otra parte, Eusebio es recordado por haber inventado dos géneros historiográficos –la historia eclesiástica y la crónica universal– y por haber revolucionado el método al incorporar documentos a veces copiados íntegramente dentro de su obra, es decir, incorpora el trabajo de archivo, poniendo la documentación al servicio del lector. Tal como A. Momigliano apuntó, estamos frente a una verdadera “segunda revolución historiográfica”[7], después de Heródoto y Tucídides, y en la que a Eusebio de Cesarea le corresponde un rol central, tanto para el mundo latino occidental como para el griego oriental[8].

Estos pensadores abonaron el camino que, filosóficamente, lleva hasta la figura de san Agustín, a quien Marcelo Aguirre dedica un capítulo central de su libro, analizando su pensamiento a partir de su obra más relevante: La ciudad de Dios. Esta, que recurre a argumentos históricos aunque no es propiamente historiográfica, constituye la cumbre del pensamiento teológico sobre la historia y contiene la esencia del providencialismo histórico. Aguirre conoce bien la obra del obispo de Hipona, tanto como su época, cuestión fundamental ya que, como explica citando a H.-I. Marrou, la obra de Agustín estuvo motivada por una profunda experiencia vital, tanto espiritual como histórica. A diferencia de Eusebio, Agustín separa el devenir del Imperio del de la Iglesia, y formula la idea de las dos ciudades: la terrena, animada por el amor egoísta, y la celeste, por el amor de Dios hasta la negación de sí mismo. Se detiene Aguirre en el problema de la libertad humana, del tiempo, así como en la periodificación de la historia en seis edades, que culmina en el sabático eterno[9]. San Agustín, nos explica el autor, interpreta la historia humana como un drama en torno al pecado y la redención, un camino de esperanza hacia la ciudad de Dios.

Se cierra este libro con un capítulo dedicado a lo que se ha llamado agustinismo político, expresión acuñada por H.-X. Arquillière para intentar describir lo que podemos denominar como una teopolítica medieval. Mucha tinta ha corrido y muchas páginas se han escrito en torno a las relaciones entre la Iglesia y el poder civil en la Edad Media, y se ha querido ver en estas querellas una influencia del pensamiento agustiniano; no obstante, explica Aguirre, probablemente estemos frente a interpretaciones que tergiversan el pensamiento de Agustín.

Marcelo Aguirre nos entrega una obra con una claridad expositiva notable, toda vez que se trata de un tema de gran complejidad; conoce bien sus fuentes, a lo que añade una selecta bibliografía, en la que se destacan autores que han ejercido –se nota, si se me permite decirlo– gran influencia en él, como H.-I. Marrou, Y. Congar, O. Cullmann, É. Gilson y J. Daniélou, entre otros conspicuos estudiosos. Estamos frente a un libro sobresaliente, una rara avis en nuestro medio académico, pues logra una muy buena síntesis de la tradición intelectual cristiana sobre el problema del tiempo y la historia, con un delicado equilibrio entre esta, la filosofía y la teología. Es una introducción precisa, documentada y estimulante que permite apreciar cuánto ha influido el cristianismo en nuestra concepción occidental del tiempo y de la historia –y, mal que les pese a algunos, hasta ciertas ideologías contemporáneas deben bastante a La ciudad de Dios; empero, carecen en su proposición, laica e ideológica, de la consistencia agustiniana; las escatologías materiales no apuntan al verdadero sentido de la Historia, al contrario de san Agustín, ya que carecen de una base espiritual, porque la escatología agustiniana es histórica, y también teológica, es decir, trascendente–.

Se trata, en fin, de una contribución relevante, a la vez que honesta, una obra de madurez que revela una larga reflexión acerca de la teología de la historia.

G. Papini, en su memorable Cartas del papa Celestino VI a los hombres, libro publicado no sin polémica en 1946, en la Carta a los historiadores, los conmina a que no se conformen con ser “cicerones de cementerio”, “coleccionistas de lápidas funerarias” ni “vendedores de programas” de esa “tragedia teándrica” que es la historia, sino que comprendan y transmitan que la historia es también revelación, que toda historia es universal y sagrada, que todo lo que acontece en la tierra “no es más que repercusión y traducción de una historia trascendente y sobrenatural”[10]. Marcelo Aguirre, como historiador católico, responde de forma clara y contundente a ese llamado.

   

19 de marzo de 2026, día de San José


  1. Véase Juan José Barragán, “Nueva interpretación del Saturno de Goya”, Aragón turístico y monumental 97, n.º 393 (2022): 42 ss.
  2. Véase Héctor Herrera Cajas, “Interpretación de la vida desde una perspectiva histórica”, en Dimensiones de la responsabilidad educacional (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1988), 144-153.
  3. Mircea Eliade, El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición (Buenos Aires: Emecé, 2001).
  4. Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario (Barcelona: Paidós, 1991), 151.
  5. Jaume Aurell, “El nuevo medievalismo y la interpretación de los textos históricos”, Hispania 66, n.º 224 (2006): 830.
  6. Véase Arnaldo Momigliano, Ensayos de historiografía antigua y moderna (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1993), 155 y ss.; Francesco Borghesi, “La idea del tiempo en la historiografía clásica”, en La Antigüedad. Construcción de un espacio interconectado, ed. por Nicolás Cruz y Catalina Balmaceda (Santiago de Chile: RIL, 2010), 21 ss.
  7. Momigliano, Ensayos de historiografía…, 95 ss.
  8. Brian Croke, “The originality of Eusebius’ Chronicle”, The American Journal of Philology 103, n.º 2 (1982): 195-200.
  9. Sobre esta cuestión, véase Eduardo Baura García, Aetatis Mundi Sunt… La división de la historia durante la Edad Media (siglos IV a XIII) (Madrid: La Ergástula, 2012).
  10. Giovanni Papini, Cartas del papa Celestino VI a los hombres (Madrid: Acción Cultural Cristiana, 1994), 75-80.


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