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Introducción

Desde sus orígenes, el pensamiento cristiano ha tenido conciencia de la importancia de la condición temporal de la humanidad y del avance inexorable hacia la segunda venida de Cristo. Esta certeza, que se funda en una verdad revelada, orienta el devenir histórico y abre al creyente a la posibilidad de una reflexión sobre el sentido de los acontecimientos humanos, más allá de lo estrictamente factual. La teología de la historia viene a ser, entonces, el esfuerzo por comprender y sistematizar el pensamiento cristiano sobre el tiempo en su marcha hacia la eternidad, a fin de abarcar la existencia temporal en su conjunto, de manera orgánica, como un todo que se dirige hacia la salvación ofrecida por Dios.

Esta concepción de la historia hunde sus raíces en la tradición de las Sagradas Escrituras y encuentra ecos en los primeros pensadores cristianos, quienes esperaban la segunda venida de Cristo –que les parecía inminente– y la consecuente consumación de los tiempos. Así, la cronología estableció un sentido progresivo al curso de los años, y la acción de Dios en la historia, por medio de su Providencia, permitió explicar de forma universal y escatológica el misterio de la actuación divina en la historia humana.

En el ámbito de la paz constantiniana, Eusebio de Cesarea, primer historiador de la Iglesia, inauguró un relato que recoge el pensamiento religioso de sus contemporáneos y, a inicios del siglo IV, su compilación de acontecimientos historiados cruzó el umbral hacia una nueva forma de interpretar el mundo, plasmada en la Historia eclesiástica. Un siglo más tarde, Agustín de Hipona llevó a cabo la mayor explicación de la historia humana en su camino hacia la eternidad, cuando legó a la cultura cristiana el De civitate Dei (La ciudad de Dios). Esta obra monumental vio la luz durante una época de crisis e inquietudes y, al mismo tiempo, erigió un andamiaje sobre el que se ha construido la civilización cristiano-occidental.


Desde nuestros primeros años universitarios, hemos percibido la necesidad de adentrarnos conceptualmente en lo que significa la historia, incluida aquella que llamamos “cristiana”, y, de manera singular, en el sentido que esta ha otorgado al género humano y que ha tenido para la sociedad. Nuestra formación, nacida bajo los cánones de la disciplina histórica, y nuestro particular interés en el cristianismo y en la Antigüedad tardía, nos han permitido una proximidad a autores del siglo XX que, desde los estudios filológicos, históricos y filosófico-teológicos, han discutido las temáticas que en las siguientes páginas procuraremos presentar.

Pocos temas han tenido tanto impacto en la conciencia humana como el de la reflexión sobre la finalidad de la historia. El siglo pasado vio un florecimiento de estudios teológicos, y la lectura del tratado agustiniano antes mencionado vivió una actualidad inherente a las obras clásicas, siempre imperecederas. Sin embargo, nuestra pregunta por la razón de ser de la historia y, en particular, por la historia bajo un prisma cristiano, nos ha seguido inquietando a lo largo de todos estos años y nos ha llevado al convencimiento de que, lejos de las diferencias de aproximación entre teólogos e historiadores, la observación del despliegue de la Iglesia en el tiempo permite entender la identidad del cristianismo[1]. La lectura de los padres de la Iglesia y de autores como Jean Daniélou, Étienne Gilson, Oscar Cullmann y, muy especialmente, Henri-Irénée Marrou, ha hecho posible que el deseo personal de comprender el porqué del tiempo y de la redención nos haya llevado a aceptar la historia como un misterio y, más aún, como una suerte de sacramentum –parafraseando a Marrou–, donde Dios actúa y se manifiesta de una manera providente y, asimismo, indescifrable.

La especificidad de este breve ensayo radica en la explicación de los principales aspectos de la teología de la historia a partir de una reflexión que no pretende ser únicamente teológica o filosófica. En otros términos, nuestro objetivo consiste en proporcionar al lector un conjunto de herramientas conceptuales, fundadas en la teología cristiana, con el fin de ofrecer una exposición compendiada de lo que entendemos como historia de la salvación. Nuestra opción metodológica no pretende entregar una nueva interpretación total del devenir histórico, ni tampoco se propone discutir críticamente con las corrientes posmodernas y sus teóricos, sino que, por el contrario, procura reunir las aportaciones de algunos de los principales autores cristianos –más allá de la tradición católica– que han abordado este tema y dialogar con ellas[2]. Asimismo, nuestro objeto se complementa con la descripción de las ideas de Agustín y de otros escritores clásicos que, a nuestro juicio, resultan fundamentales para acceder a la meditación de la historia.

Supuesto lo anterior, el lector podría preguntarse por qué nuestro título incluye el término meditación. Frente a esto, y después de ciertas dudas, nos ha parecido honesto desde el punto de vista intelectual expresar el motivo de este libro. Si bien no estamos frente a un estudio histórico riguroso y detallado, con pretensiones estrictamente académicas, nuestra forma de comprender el pensamiento cristiano nos ha impulsado a realizar una ponderación, ordenada y cuidadosa, de los principios que permiten al historiador de la fe el análisis sobrenatural que orienta el relato temporal de la salvación cristiana, que se revela en la continuidad universal. Meditar sobre el rumbo del tiempo y la vida eterna exige un desvelo del espíritu y, por consiguiente, requiere de una silenciosa y a la vez delicada lectura de la vida y de las diferentes facetas de la humanidad, ya sea desde la convicción del creyente o desde la indiferencia del mundo.

De acuerdo con los esquemas tradicionales, nos hemos inclinado hacia una estructura que facilite la lectura sistemática y ordenada de los fundamentos de la teología de la historia, a fin de comprender que los postulados que explican el trasfondo del acontecer humano abrazan una dimensión atemporal que se une a lo divino. Nuestra adhesión a los principios de la fe católica se fortalece con la incorporación de autores cristianos de otros credos y, en cierta forma, se reúnen los elementos necesarios para sostener, a priori, que Cristo es el Señor de la historia, ya sea en medio del mundo o de la comunidad de cristianos.

Valiéndonos de nuestra formación histórica y pensando en el lector poco familiarizado con la teología, hemos considerado necesario organizar las temáticas de este ensayo en cuatro partes que aborden los aspectos generales y algunos casos particulares. El primer capítulo propone un compendio de la teología de la historia en cuanto historia de la salvación. El tiempo como creación y la peregrinación en esta vida dan paso a la pregunta por las postrimerías y el consecuente anuncio salvífico, que otorga sentido al devenir lineal cristiano y a la redención propiciada a lo largo de los siglos.

El segundo capítulo representa un desafío intelectual para nosotros –que no somos ni biblistas ni patrólogos–, en su intento por plasmar una exposición sumaria de los elementos bíblicos que hemos considerado especialmente iluminadores para el estudio del historiador. La revisión de ciertos aspectos de la teología de la historia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento no pretende dar un panorama total de la Sagrada Escritura; nuestro interés se dirige a la comprensión de los anuncios proféticos y de la elección del pueblo de Israel, además de la plenitud del mensaje gracias a la encarnación de Cristo y a la labor de los primeros cristianos. En este sentido, nos hemos tomado la libertad de presentar tres “momentos” –Didaché, Ireneo, Orígenes– que ejemplifican cómo en los siglos I, II y III encontramos un interés teológico por el sentido de la historia y por el devenir de la humanidad.

El capítulo tercero, por su parte, se encuentra consagrado a la figura de Eusebio. Su Historia eclesiástica inaugura una larga tradición historiográfica y, además de los ámbitos fáctico y político, su cosmovisión transmite lo que llamamos una “historia cristiana”. La centralidad de la paz religiosa del siglo IV permite que la obra eusebiana manifieste algunas particularidades eclesiales y religiosas que, leídas en su contexto sociocultural, no deslucen el mensaje teológico de fondo; este incita a que el cristiano se ocupe de las realidades terrenas, pero con la perspectiva de la eternidad.

Ante una época de cambios suscitados por la inestabilidad política y por los movimientos de población en el área del Mediterráneo, el De civitate Dei plantea magistralmente la teología de la historia de Agustín, tema del cuarto y último capítulo. Su obra, tal y como se mencionó al principio, es el eje sobre el cual se presenta la reflexión histórica de mayor alcance occidental. El origen y la convivencia de las dos ciudades, el avance hacia el final de los tiempos, así como la noción de eternidad y la acción de la Providencia, son temas examinados de forma sinóptica, con el fin de proporcionar una base conceptual al historiador que considera el transcurrir temporal como una economía de la salvación, en donde Dios interviene para la perfección de los hombres. Por último, y como un medio para dar a conocer una materia de gran relevancia durante el Medioevo, ofrecemos unas notas concisas sobre el agustinismo político.


A pesar de los años, los conceptos teológicos e históricos de los primeros cristianos interpelan a hombres y mujeres del siglo XXI y conservan una actualidad asombrosa, tal como cuando fueron escritos. Por medio de ellos accedemos al misterio de la historia, que es también un misterio de fe, y su estudio nos permite una comprensión más acabada de la Iglesia y del mundo. Así, gracias a la colaboración del teólogo y del historiador, se constata el entendimiento del ser humano y se accede a la revelación de Cristo, centro de la historia, y del Espíritu como orientador para la salvación de los hombres y la instalación definitiva del Reino, ya inaugurado en la tierra y en espera del triunfo final. He aquí la razón de nuestro trabajo.


  1. Émile Poulat plantea los roles del teólogo y del historiador, así como la dificultad que para cada uno de ellos supone la comprensión de la comunidad eclesial. Véase Émile Poulat, “Compréhension historique de l’Église et compréhension ecclésiale de l’Histoire”, Concilium. Revue internationale de théologie 67 (1971): 15-27.
  2. ¿Cómo conciliar el tema de la historia de la salvación con las perspectivas de las ciencias sociales, de la narración y de las representaciones del mundo? En este sentido, nuestra opción epistemológica se inscribe en la afirmación de que la historia es una forma de conocimiento relacional, que busca dar acceso a la comprensión de lo humano en sus dimensiones material y espiritual, entendiendo esto último desde la certeza otorgada por la revelación cristiana. Si bien los planteamientos de la historia cultural proporcionan categorías de análisis a nuestro trabajo, los alcances de la interpretación simbólica no nos permiten observar la historia salutis en su dimensión teológica –en conformidad con el pensamiento patrístico–, lo que constituye nuestro leitmotiv.


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