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Palabras finales

Han pasado varios años ya desde que se llevaron a cabo las entrevistas con las trabajadoras, cuyos relatos alimentaron el análisis presentado en este libro. Todas siguen viviendo y trabajando en la Ciudad de Buenos Aires, quizás a excepción de Damaris, que dudaba acerca de quedarse o regresar a su provincia. Retomando las trayectorias laborales en la Ciudad de Buenos Aires tales como fueron organizadas en el Capítulo 2, ¿qué se puede decir hoy en día de las cuidadoras entrevistadas?

Las cuidadoras especializadas en el cuidado sin retiro de adultos mayores muy dependientes permanecen en este tipo y modalidad de empleo que, cuando se sostiene en el tiempo, parece más que cualquier otro retener la mano de obra. Las razones no solo se encuentran en la hipotética necesidad de alojamiento (que a menudo ya tienen) o en el funcionamiento de las redes que las “atrapa” en espacios donde circula la información y las trabajadoras aparecen como especialistas en este tipo de cuidados. En los casos analizados son trabajadoras extranjeras, solteras en los hechos, cuyo trabajo fue casi siempre informal. Hasta muy recientemente, debían poder acreditar una residencia continua de cuarenta años para poder acceder a una pensión mínima no contributiva. Hoy pueden con la mitad percibir la pensión universal cuyo monto equivale a 80% de la jubilación mínima, un monto insuficiente para vivir. Con 79 años, Estrella sigue trabajando. Se siente cansada y desgastada. Intenta gestionar la pensión, pero aun así, sin apoyo familiar ni un verdadero reconocimiento por sus años de trabajo, difícilmente pueda dejar de hacer lo que hizo hasta ahora, cuidar a adultos mayores argentinos

Entre las trabajadoras que pasaron a desempeñar tareas domésticas y de cuidado por horas, y aquellas que se salieron de ese sector de empleo, las argentinas y paraguayas entrevistadas mantienen una organización en torno al empleo doméstico y a las obligaciones familiares (prácticamente ya sin regresar a sus lugares de origen). Por su parte, las peruanas, vinculadas con asociaciones comunitarias, diversificaron sus actividades en paralelo o no a empleos en el sector analizado. Una hace y vende pastelitos. Otra consiguió un empleo en la Dirección Nacional de Migraciones, precario, por un tiempo al menos en paralelo con su empleo doméstico de medio tiempo. Otra abrió con su pareja una parrilla. Celia sigue trabajando con su esposo en la vidriería, a la vez que mantiene sus actividades religiosas y en asociaciones civiles. De otras trabajadoras se ha perdido el rastro.

Para aquellas que tuvieron que trabajar cuidando a ancianos dependientes, el trabajo se constituyó como experiencia que marcó sus trayectorias y memorias positiva o negativamente. Positiva y negativamente. Hay empleos olvidados, sobre todo cuando se trata de trabajadoras que acumulan empleos de tiempo parcial, experiencias de cuidado que dejaron pocos recuerdos (más en empleo por horas con niños, o de corta duración con adultos mayores que dejan uno o dos recuerdos vivos que merecen ser contados en la entrevista). Pero, generalmente, el cuidado de ancianos enfermos sin retiro, porque el acompañamiento es continuo y sostenido, e implica un trabajo emocional muy fuerte ante las diversas fobias sociales que vehicula, contiene relatos densos, profundos, en los cuales se adivina su parte a la vez estructurante y demoledora.

De todas las experiencias laborales y de vida transmitidas, que conforman el telón de fondo del análisis, las entrevistadas se focalizaron en aquellas que conciernen al cuidado de ancianos, buscando desentrañar los significados de tal densidad. No “purificando” la información transmitida de la vaina afectiva que la sostiene sino, muy por el contrario, partiendo justamente del entramado afectivo que le da sentido y espesor. Un entramado afectivo que, a su vez, encuentra resonancia en los propios afectos y experiencias de la investigadora. En un contexto de desconfianza de una parte importante de la sociología no sólo hacia el caso individual, el peso de las emociones, el relato vivido, sino también hacia las impresiones y percepciones del investigador, el hecho de transformarlos deliberadamente en objetos centrales de estudio se vuelve un reto. El desafío tiene que ver tanto con los resultados del análisis propiamente dicho como con las orientaciones consideradas “legitimas” de una disciplina que parte y habla del sujeto a la vez que suele demostrar una profunda desconfianza en él, cuando no tapa sus propios temores e incomprensiones en la supuesta alienación de los actores. En este sentido se trata de una postura que invita a una reflexión metodológica y epistemológica sobre la sociología.

La búsqueda por dimensionar el trabajo de cuidado se confronta con su riqueza y ambigüedad intrínsecas, que lo hacen un objeto particularmente difícil de aprehender. En él, lo afectivo y lo cognitivo, el trabajo material y emocional, están indisociablemente ligados. En el caso que se aborda en este libro, que comienza con una investigación empírica que enfoca la relación subjetiva de las cuidadoras con la complejidad de su trabajo, a partir de su propia historia y mirada, de sus representaciones y percepciones, se destacan tres aspectos que a la vez son indisociables, se superponen, adquieren sentido uno con respecto a los otros. Una primera dimensión es material. Es una dimensión vasta de orden práctico, que comprende lo que se hace concretamente e implica diversos aspectos del trabajo, como dar la medicación, preparar los alimentos, bañar, vestir, ordenar y limpiar. Cumple con una función de “recomposición de la escena laboral”. No hay cuidado sin esta dimensión, la cual resulta a la vez más fácilmente descriptible tanto como para quien realiza como para quien describe el trabajo. Comprende las tareas domésticas, el “trabajo sucio”, así como conocimientos concretos, capacidad de anticipación y percepción, el uso de diversos lenguajes que pasan por lo oral, lo corporal, precisamente, lo material. Ya vemos hasta qué punto esta dimensión sostiene –a la vez que depende de– elementos (actitudes, percepciones, intercambios, afectos) que son del orden de lo inmaterial.

Una segunda dimensión es relacional. Si la relación con el asistido es central, y moviliza todos los sentidos y saber-hacer de las cuidadoras, se ha visto cómo se articula con una diversidad de otros actores, familiares, profesionales de la salud, pero también la propia familia, vecinos, etc. El trabajo de cuidado, aun cuando se desarrolla entre dos personas, se inserta en una red de relaciones que participa de su organización y de la estructuración de sus sentidos para quienes están más directamente involucrados. El aspecto relacional involucra las relaciones como tales, además del rol que estas juegan en condiciones difíciles, como de demencias seniles, y en condiciones de desigualdades de poder entre empleadores y cuidadoras, implicando asimismo sus aspectos más ocultos, como lo sexual.

Una tercera dimensión es emocional, aunque se ha visto cómo se imbrica asimismo con las demás dimensiones. No se trata solamente de sentimientos, sino asimismo de la carga (o sobrecarga) afectiva que implica el trabajo de cuidado, el “trabajo emocional” que impone que las cuidadoras desarrollen, o sea el rol complejo y multifacético que juegan los afectos en relación con la definición y significación del trabajo en sí, con las condiciones de empleo, en el juego de las dominaciones. Son dimensiones que pueden evolucionar y ser objeto de modificaciones, a la vez que sus fronteras son por demás permeables. Responden a una búsqueda por “ordenar” (sin exceso) la complejidad del objeto, tal como lo han hecho otros autores, como Joan Tronto, Rhacel Parreñas, Pascale Molinier o Angelo Soares, entre otros.

Estas dimensiones son, por un lado, retomando y adaptando libremente los conceptos de Kergoat (2009), “cosubstanciales y coextensivas”.[1] O sea que en realidad no pueden ser secuenciadas más que por necesidad analítica de investigación y se reproducen mutuamente (de allí, quizás, el énfasis dado por las cuidadoras al aspecto afectivo). Por ejemplo, la construcción de lo que se ha denominado el “trabajo de la relación” de cuidado, o el trabajo de resignificación del “trabajo sucio” que operan las cuidadoras. Esta transversalidad dimensional caracteriza de igual manera la idea de responsabilidad. O de responsabilidades (delegadas, esperadas, otorgadas, asumidas, padecidas). O la moral que acompaña la responsabilidad asumida por parte de las trabajadoras y que, a su vez, alimenta sus discursos marcados por el afecto.

Se parte de la subjetividad y mirada de las cuidadoras, a la vez que el análisis busca desprenderse del contenido de los relatos para comprenderlo, contextualizarlo e insertarlo en una trama histórica más amplia. Esto se impone con más fuerza cuando el contenido afectivo es tan fuerte. La presencia de los afectos y de la ética implica la necesidad de analizar su presencia y roles sin naturalizarlas. Y el trabajo de cuidado, que impone al mundo académico el reconocimiento de la existencia de las emociones y su importancia en el trabajo, también es particularmente pertinente para su análisis en profundidad y desnaturalización. Una tarea por cierto ardua y que apela al desarrollo de nuevas investigaciones. Justamente porque no se trata de realzar un aspecto del trabajo a expensas de otro, sino de pensarlos juntos, con sus imbricaciones. En este sentido –tal como lo han observado otras investigadoras (Hirata 2014)– si las trabajadoras dan prioridad a las emociones para definir su trabajo,[2] desde la investigación, la dimensión material se impone como la que moviliza un complejo relacional, afectivo y ético que permite sostener el frágil equilibrio que sustenta su desempeño y permite llevar adelante su trabajo. Con base en ese complejo, las cuidadoras entrevistadas construyen el sentido del trabajo y de sí mismas como trabajadoras.

Desde estos espacios privados e íntimos dentro de los cuales se mueven, las cuidadoras informan acerca de la sociedad argentina en sus diferentes niveles, desde el accionar del Estado y sus carencias, hasta la organización de las familias y las relaciones íntimas que se estructuran en el seno de la clase media porteña. En efecto, a través de sus experiencias laborales cotidianas se despliega toda una economía de los lazos y arreglos íntimos familiares. Economía afectiva y familiar de las cuidadoras, y de los empleadores confrontados con la dependencia y enfermedad de los más ancianos.

Se recuerda que, acorde a un régimen de tipo familista del cuidado, este descansa antes que nada en la familia, limitando la responsabilidad del Estado a aquellos casos que carecen de condiciones familiares y económicas que permitan dar respuesta a estas necesidades. Cuando los recursos formales resultan insuficientes, aumenta la presión en las redes de apoyos informales, particularmente en los más cercanos (Oddone, 2012b). Las familias, y dentro de ellas –conforme la inicua división del trabajo doméstico– las mujeres,[3] buscan resolver las necesidades de cuidado de sus parientes, a la vez que participan del mercado laboral y de la economía familiar. Trabajo remunerado, obligaciones domésticas y cuidados componen una problemática compleja que deben resolver día tras día, a costas de su propio tiempo, salud y descanso. La fuerte invisibilidad que caracteriza al trabajo doméstico y de cuidado opaca sus efectos y las implicancias en aquellas personas que se dedican a él.

Dentro de los sectores más humildes, las mujeres acumulan trabajo remunerado, trabajo doméstico propio y trabajo de cuidado de varias generaciones en sus familias (ancianos, niños, a veces ambos). En zonas social y económicamente más relegadas, las mujeres integran organizaciones sociales y comunitarias en pos de sostener las necesidades de cuidado de la población (Zibecchi, 2013). Dentro de los sectores socioeconómicos más elevados, aquellas familias que pueden delegan parte o la totalidad de esos cuidados cotidianos a otras mujeres, generalmente más humildes, a veces migrantes provinciales o extranjeras. En el caso de los adultos mayores, la institucionalización, percibida como sinónimo de “abandono”, aparece como última opción.[4] Visto así, las mujeres de clases populares y migrantes, organizadas comunitariamente o contratadas generalmente en condiciones precarias, que trabajan gratuitamente o por sueldos bajos, juegan un rol esencial en el sostenimiento de las necesidades de cuidado a nivel social, liberando asimismo a las mujeres (y a los hombres, en gran medida ya exentos por la presencia femenina) de clases media y media alta, profesionales, para que puedan dedicarse más y mejor a su trabajo y a ellas mismas. Dicho de otra manera, y a pesar de los cambios sociales que repercuten en Argentina como en otros países del mundo (envejecimiento de la población, mayor acceso de las mujeres al mercado laboral y su menor disponibilidad para las necesidades domésticas y de cuidado, a lo cual hay que sumar la escasa presencia estatal), estas mujeres son las que finalmente evitan que se dé una “crisis del cuidado”. Como observa Zibecchi, lo hacen bajo un muy alto costo (2013: 443). Un costo tanto más alto cuanto que su trabajo, esfuerzo, dedicación y sufrimiento son socialmente invisibles e ignorados.[5]

La necesidad de recurrir a estrategias de cuidado y, en este marco, la presencia de mujeres migrantes en empleos remunerados de cuidado a adultos mayores dependientes refleja a su vez la envergadura de las transformaciones demográficas que marcan la Argentina a partir de la mitad del siglo XX. Esto se materializa en la verticalización de las familias que cuentan con una mayor cantidad de viejos, e inclusive de viejos-viejos (mayores de 80 años) y descendientes mucho menos numerosos, sumado a una proporción importante de hogares unigeneracionales (ancianos que viven solos) (Oddone, 2014). Conjugado con los cambios sociales y laborales, se traduce en un incremento de la importancia del cuidado, incluso de cuidados propios de la gran vejez, sobre los hombros de familias más reducidas. En ocasiones las cuidadoras principales son ellas mismas “mayores”. Las trabajadoras migrantes son parte de las respuestas que buscan las familias para paliar los efectos de estas transformaciones. La necesidad de sostener los cuidados brindados en el tiempo, asociada con la desvalorización conjugada del empleo y de la población migrante que integra este nicho laboral, hacen presión sobre las formas de remuneración y de contratación de las cuidadoras, impidiéndoles sobrepasar la precariedad laboral y fragilidad social. Una vez que ellas mismas envejecen, la larga permanencia exigida para acceder a una pensión mínima combinada con la migración tardía de algunas de las mujeres cuidadoras extranjeras las alejaba de la posibilidad de poder ellas mismas cesar su actividad. Muchas de las trabajadoras migraron ya adultas, tras el nacimiento de sus hijos. Han trabajado en la capital argentina largos años sin estar declaradas, por lo que no pueden pretender acceder algún día a una jubilación. Una jubilación que, aunque ampliamente insuficiente, representaría un reconocimiento simbólico del trabajo realizado. Quienes accedan a la pensión universal implementada en el 2016, pobre recompensa por los años de dedicación a las necesidades de nuestros adultos mayores dependientes, tendrán que buscar alguna manera de sobrevivir durante su propia vejez. Situaciones como las de Estrella, que con casi 80 años sigue ofreciendo servicios de cuidados sin retiro para asistir a ancianos necesitados, interpelan a la sociedad argentina en su conjunto: Estado, familias empleadoras y todos nosotros como beneficiarios de cuidados.

Verlas es también aceptar ver lo que hacen, aun cuando devela zonas oscuras de la experiencia humana que en general se prefiere ignorar: las características de su trabajo, tan complejas y cómodamente asociadas a un tabú protector; el complejo de conocimientos a la vez técnicos, relacionales, afectivos y morales que ese trabajo implica; la responsabilidad propia movilizada. El esfuerzo subjetivo que requiere sostener este cuidado sin quebrarse ni caer en el maltrato, constituye uno de los tantos factores de los que, como sociedad, deberían tenerse en cuenta para, también, poder cuidar a las cuidadoras. Si bien ha habido avances desde el marco legal nacional (inclusión de las cuidadoras en la Ley 26.844 de personal de casas particulares) y provincial (como en La Rioja y Río Negro), queda mucho por hacer en el sentido del reconocimiento de las especificidades de su trabajo y formas de empleo y contratación (Findling et al., 2015). Reconocer plenamente a las cuidadoras y su trabajo implica romper con la idea de que el cuidado, asociado al altruismo y a la entrega, es “un trabajo que se hace desde el corazón”, como puede leerse en el sitio del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.[6] Cuidar es, como ha sido analizado a lo largo de este libro, trabajar. Es un trabajo tanto más duro cuanto que involucra toda la persona del cuidador. Es un trabajo a la vez extremadamente complejo y “brutal”.[7]

Para llevar adelante un análisis del cuidado desde la sociología (o las sociologías) del trabajo, de género, de las emociones, de las migraciones, se buscó el apoyo de otras disciplinas, como la antropología y sobre todo la psicología; en particular, la psicodinámica del trabajo, que proporciona herramientas insoslayables para el tipo de análisis presentado, que busca desentrañar las relaciones subjetivas de los sujetos con el trabajo. Las experiencias narradas y su análisis no pretenden cubrir ni representar “el trabajo de cuidado” ni el rol de cuidador en la multiplicidad de sus facetas. Menos aún se busca ofrecer un panorama general de este tipo de labor en la capital argentina. Tampoco se pretende caracterizar la figura de la cuidadora, de los adultos mayores o de los empleadores, generalizando y fijando la diversidad de relaciones y situaciones en rasgos esquemáticos, empobrecedores y finalmente falsos. Las relaciones son múltiples y cambiantes y las diferentes emociones conviven y se articulan, desde las más positivas hasta las más negativas.

El objetivo del presente trabajo se inscribe en otro registro que busca interpelar al lector a partir de un profundo trabajo con los relatos de las trabajadoras y su “traducción” en escenas y situaciones recreadas, portadoras de realidades que algo tienen para decir acerca del trabajo de cuidado, del complejo trabajo de los afectos y de la construcción de sentido que implica en situaciones que, por un lado, son banales (el cuidado sin retiro) y, por otro, extremas por sus condiciones de desarrollo que conllevan la experiencia hasta el límite. Detrás de universos en apariencia estáticos y apagados, de espaldas a la dinámica pública, los factores que intervienen en el trabajo de cuidado “puertas adentro” se multiplican como un caleidoscopio en infinitas combinaciones, jaqueando el estatismo aparente (o continua repetición) de este trabajo domiciliario, así como las pretensiones científicas de poder ofrecer más que un esbozo, una pequeña parte de verdad.


  1. Véase Capítulo 1.
  2. Resumiendo, desde sus propias categorías, el cuidado es brindar amor, dar de sí, involucrarse, dar tranquilidad, trabajar con cariño, ver en el otro la humanidad compartida. Obsérvese que son todas apreciaciones que no se condicen con la “distancia” que desde las instituciones de salud, organismos de formación, etc., se prescribe, la cual puede ser retrabajada por los trabajadores de la salud o generarles mayor dificultad e incoherencia entre lo prescrito y la realidad del trabajo.
  3. Mujeres en su mayoría, por cierto, aunque “no solamente y no […] todas por igual ni en las mismas condiciones”, como se destaca a continuación. (Gutiérrez Rodríguez y Vega, 2014:9).
  4. Aunque la presente investigación, en la cual son varias las ocasiones donde las cuidadoras pierden sus empleos cuando las familias deciden llevar a su familiar dependiente a un hogar geriátrico, permite imaginar que no es una opción tan infrecuente.
  5. En este sentido se avanza lentamente hacia una tímida pero mayor visibilización de trastornos todavía tabúes que traducen el agotamiento físico y psíquico que padecen personas que se dedican al cuidado de otros dependientes, como por ejemple el Síndrome del Cuidador o el Burn-out Maternal.
  6. http://www.desarrollosocial.gob.ar/noticias/los-adultos-mayores-bien-cuidados/ (octubre de 2016).
  7. Retomando la expresión de Laura Pautassi en una entrevista realizada por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.


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