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2 Trayectorias de vida y laborales
de las trabajadoras domésticas
y de cuidado migrantes

Trayectorias biográficas, entre infancia,
movilidades y trabajo

El estudio de las trayectorias reconstituidas en base a los relatos de las trabajadoras se divide analíticamente en dos partes. En la primera se abordan las trayectorias pre-migratorias, con el objetivo de destramar las historias de vida correspondientes con esa etapa biográfica y poner a la luz elementos destacables de las biografías personales y del proceso que, en configuraciones sociales complejas en las cuales se articulan procesos macro y micro sociales, desembocan en una migración de largo plazo o definitiva y la inserción en los sectores del cuidado. Ante la riqueza de los relatos de vida, inagotable e inabordable en el marco de un capítulo, se focalizan los factores que, aunque indirectamente y nunca de manera aislada, pudieron incidir en la trayectoria a la vez migratoria y laboral no solo de las adultas migrantes, sino también de las niñas-domésticas migrantes. Por ejemplo, se buscará ver el peso que pudo haber tenido el medio geográfico de vida y de trabajo familiar, el entorno socio-económico y afectivo, el acceso a una continuidad en el sistema educativo, la historia migratoria previa propia y/o familiar, la historia conyugal y parental, y, en algunos casos, la existencia de situaciones de violencia que marcaron la biografía pre-migratoria e inclusive precipitaron, en determinadas informantes, la decisión de migrar.

El análisis lleva a tomar distancia de la diferenciación pre-establecida entre las migrantes en función de su país de origen para mostrar las similitudes entre las experiencias de las trabajadoras oriundas de zonas rurales del Norte argentino y de Paraguay, que sí suelen distinguirse de las experiencias de las trabajadoras peruanas, geográficamente más alejadas de su país de origen, provenientes de medios urbanos, con lógicas laborales, educativas y migratorias que difieren de las anteriores. Esquemáticamente, las trayectorias de las trabajadoras argentinas y paraguayas presentan continuidades migratorias (por migraciones familiares o historias de vida tempranamente marcadas por migraciones laborales y la reiteración de idas y vueltas) que autorizan durante períodos largos, hasta que se genera una estabilización fuerte en la capital, una “doble presencia”[1] de la migrante en ambos lugares, de procedencia y de acogida. Por su parte, para las trabajadoras peruanas, la migración, aun cuando ha sido precedida de otras movilidades geográficas, se presenta como una ruptura más profunda en la trayectoria personal y familiar. El propósito de este primer corte con respecto al desarrollo analítico del libro consiste en transmitir una idea de quiénes son estas mujeres que vinieron a la Ciudad de Buenos Aires y que se dedican al cuidado y la atención de los ancianos, hijos y hogares de esta ciudad y de cómo se generó el proceso migratorio. Por las razones mencionadas –la historia “pluri-migratoria” de algunas trabajadoras y la “doble presencia” – la distinción pre y post migratoria no resulta fácil de establecer y no siempre se presenta como un corte. Ficticia, se rige en estos casos por las prioridades analíticas.

El segundo gran corte propone comprender cómo opera la estabilización de la trabajadora y, cuando corresponde, de su núcleo familiar en la ciudad de acogida. El proceso de inserción local, laboral y afectiva avanza hasta alcanzar cierta estabilidad, es decir, una apropiación personal, subjetiva, de la realidad vivida (siempre reversible). Las trayectorias analizadas refieren migraciones que tuvieron lugar varios años antes del relato ofrecido, un tiempo que permite reconstruir la historia laboral de la migrante, en particular aquella posterior a la migración, insertándola en un período biográfico largo. En este apartado se focalizan las trayectorias laborales de las trabajadoras en la Ciudad de Buenos Aires (y en sus lugares de origen cuando sus recorridos biográficos las llevan a estar en ambos lugares) articulándolas en particular con las problemáticas de la vivienda y de la reunificación o constitución familiar (o su ausencia), y su relación con otros elementos diversos, como el funcionamiento de las redes o, para las migrantes extranjeras, la documentación. A pesar de la problemática de la legalidad de la presencia de las migrantes en el territorio argentino, en gran medida pierden pertinencia los lugares y medios de origen de las trabajadoras en el desarrollo de las trayectorias de trabajo y las condiciones de su desempeño posterior a la migración. Se buscará reconstruir segmentos de trayectorias ampliamente simplificadoras de la realidad, pero analíticamente valiosas para esclarecer la gran complejidad de estas experiencias.

Biografías antes del “giro migratorio”

Infancias. Entre medio familiar y medio de vida

Hace falta leer el análisis ofrecido como configuraciones de vida y experiencias que, en algún momento, llevan a alejarse de la dinámica anterior para seguir desarrollándose en otro espacio (CABA). Los elementos destacados a partir de los relatos ofrecidos son parte de estas configuraciones, las sostienen, pero no son factores causales en sí. La pobreza o una crisis económica no llevan en sí y por sí solos a migrar, sino que integran una gran diversidad de elementos que, en algún momento, lleva a que una persona deje su lugar de origen. En este sentido, y más aún en el caso de las mujeres, esa diversidad es la característica más compartida por las migrantes (Borgeaud-Garciandía y Georges, 2014).

Entendemos por medio familiar y medio de vida las situaciones que conforman el nivel socio-económico de la familia de origen de las trabajadoras, los empleos de los padres, las relaciones familiares, la posibilidad de estudiar o la necesidad de trabajar a temprana edad, los factores que influyen en la contención afectiva (presencia o ausencia de los padres, situaciones de violencia familiar, necesidades básicas cubiertas o no). En relación con la perspectiva teórico-metodológica presentada, retenemos aquellas experiencias que surgen en el relato biográfico y resultan significativas para la entrevistada que cuenta su historia, aunque no la relacione directamente con la migración.[2] Numerosos estudios cualitativos sobre migraciones toman en cuenta la historia previa de los migrantes, que alimenta la decisión de migrar;[3] los elementos focalizados son justamente aquellos que participaron o se vieron afectados por la decisión de migrar. Dicho de otra manera, se coloca la movilidad en un lugar central (la centralidad de la experiencia migratoria en la trayectoria), para luego estudiar los elementos personales, familiares, sociales y políticos que influyen en ella, pre-construyendo la centralidad de una identidad de migrante que en algunos casos corresponde a la que se verifica posteriormente en la investigación. Dados los roles sociales tradicionalmente atribuidos a las mujeres en los estudios sobre mujeres migrantes, la situación de migración se encuentra lógicamente asociada a sus diversas responsabilidades sociales y familiares en los espacios que ocupan tanto en el lugar de acogida como a distancia.[4] En el presente análisis, tanto para el “trabajo de cuidado” como para la “migración” –que representan los dos ejes centrales de la investigación– se opta por que aparezcan sus centralidades en el recorrido y la existencia de las trabajadoras migrantes en vez de pre-adjudicar su existencia y modalidades. Así, la vida humana, su cotidiano, está compuesto por múltiples elementos, facetas que se interpelan, interpenetran e inclusive co-producen de manera tal que resulta difícil aislarlas unas de otras. Más aún en el caso de las mujeres cuyas obligaciones domésticas y familiares, además de las laborales, no son aislables y las obligan a enfrentarlas en su imbricación. A esto se suma un pasado retrotraído al presente a través del relato del sujeto, el cual extrae de sus recuerdos los elementos que, en el contexto de la entrevista, hacen sentido en la presentación que realiza de sí mismo. El sujeto que revive experiencias y emociones de su infancia y juventud es el mismo que luego migró y trabajó, y que hoy lo relata. Resulta de particular interés justamente este relato en el cual el sujeto escoge presentaciones de sí y de su historia que le resultan importantes en un contexto (la entrevista) en el cual se encuentra debido a que es trabajadora del cuidado.

El período anterior al “giro-migratorio” es más o menos extendido en función de las edades de las entrevistadas y de los recorridos previos, se distinguen las trayectorias más homogéneas en cuanto al desarrollo en el espacio de aquellas ya marcadas por idas y vueltas desde la niñez o adolescencia, por motivos laborales. Si bien se podrían distinguir globalmente las migrantes provenientes del Perú –que vienen de familias de clase media y siguieron estudios secundarios o superiores– y aquellas que vienen del Norte argentino y Paraguay –provenientes de zonas más rurales, de familias más pobres y tempranamente “expulsadas” de sus hogares por la pobreza y la necesidad de participar en la economía doméstica–, vemos que aun en casos de familias no pobres, e independientemente del lugar de origen, dificultades biográficas como la ausencia de un núcleo familiar de referencia,[5] o situaciones de violencia doméstica se traducen en la trayectoria del individuo en mayores dificultades y el desarrollo precoz de formas de “rebusque”.

Infancias “protegidas”

Varias de las trabajadoras migrantes provienen de sectores de la clase media de sus países, más o menos asentados, con necesidades básicas cubiertas. A diferencia de las migrantes argentinas y paraguayas, y así como ha sido observado y documentado en las investigaciones especializadas (Rosas, 2010; Benencia, 2012; Maguid, 2011), todas las trabajadoras peruanas entrevistadas terminaron sus estudios secundarios y la mayoría emprendió estudios terciarios o universitarios.[6] En este sentido, las empleadas domésticas y cuidadoras migrantes peruanas, urbanas y con alto nivel de escolarización podrían, en ese universo, pasar por las “Mercedes Benz del servicio doméstico” como se auto-califican, con humor, las empleadas filipinas (Mozère, 2002).[7]

Esta característica las distingue de sus colegas,[8] aun cuando su infancia haya sido marcada por grandes rupturas biográficas. Olga, por ejemplo, empieza a trabajar a los 8 años, pero termina sus estudios secundarios y se capacita como secretaria después de haber tenido sus siete primeros hijos; o Estrella que también tiene su primer hijo a los 15 años, pero sigue estudiando y de adulta cursa tres años de enfermería. Lucía, a pesar de haber sido separada de sus padres cuando era bebé –para vivir con sus abuelos–, con los sentimientos de tristeza y abandono que acarrea, tuvo una infancia y adolescencia protegidas. Su escolaridad no conoció interrupciones e incluso trabajando (proveniente de una familia de joyeros, logra insertarse laboralmente en ese sector), pudo iniciar una formación terciaria y universitaria. Lucía estudia contabilidad, dos años de inglés en la universidad y es maestra jardinera. Rosalba, una de las hijas de Estrella, no siguió estudios terciarios, pero termina el secundario. Con una licenciatura en trabajo social, Celia llega a la Argentina para buscar un título que en su país es demasiado caro. Provienen de las ciudades de la costa peruana. El padre de Estrella es jefe de policía de investigación y se volverá, de mayor, prestamista. El padre de Rosalba y ex marido de Estrella es carpintero. En la familia materna de Lucía son joyeros y su padre músico y chofer para un hospital. Si bien la infancia de la mayoría de las entrevistadas peruanas da una impresión de estabilidad ausente en las demás biografías, aparecen situaciones de violencia doméstica en sus vidas de jóvenes adultas, que cómo se verá más adelante también afectan a varias de las trabajadoras independientemente de su lugar de origen.

El peso de la pobreza en la escolaridad
y en la movilidad

Damaris, proveniente del litoral argentino, de 49 años,[9] Sofía, su sobrina de 34, y Marina, paraguaya de 52 años, provienen de zonas rurales. Los padres de Damaris y Sofía eran peones rurales. Trabajaban y vivían en las chacras en las cuales tanto ellos como los demás miembros de la familia vendían (o cedían gratuitamente) su fuerza de trabajo. El padre de Marina era un albañil muy pobre y alcohólico. Ellas provienen –como muchas de las demás migrantes entrevistadas, independientemente de su origen– de familias numerosas.[10] Las tres comparten recuerdos de una infancia de mucha pobreza y privaciones, así como las dificultades que significaba seguir estudiando. No solamente por la necesidad de aportar a la economía familiar (ya ayudan en la chacra), sino por tratarse de zonas con escasa oferta educativa. Seguir estudiando significa tener que desplazarse cotidianamente o durante la semana a otra localidad más alejada, una opción inalcanzable para familias que no pueden sostener los gastos de transporte y de alojamiento, además del lucro cesante que representa el niño que ya no puede colaborar con el ingreso familiar. Las dificultades cotidianas, la falta de incentivo y el horizonte de estudio trabado repercuten en las posibles proyecciones de las niñas en términos de escolaridad.

Damaris dejó la escuela a los 12 años. Cuatro años después emprendería su primera migración a Buenos Aires para trabajar de empleada doméstica interna. Hasta ese momento, ayudaba en la chacra con las cosechas de té, de yerba y algodón “que es cosa liviana, que no es pesado”. Deja los estudios, dice, porque no quiere ir más a la escuela, a diferencia de sus hermanos varones, que sí tuvieron que abandonarla para trabajar. Sin embargo, luego explica:

[Mi padre] ya estaba enfermo (…). Y bueno; mi mamá no dejó que mis hermanos fueran a la escuela porque había mucha cosecha, porque la chacra era grande, porque había que hacer. Igualmente, nosotros para estudiar la secundaria teníamos que irnos a internar, directamente. (…) No había [colegio] cerca en ese tiempo. Los colegios que había eran en Las Palmas u Orala;[11] Orala queda a 30 y pico de kilómetros o más. Y Las Palmas [capital provincial] queda a 100 casi. (…) [Era] muy difícil. Además, mamá necesitaba que estuviéramos ahí. Ponele que, si había colegio cerca, ellos podían trabajar durante el día y a lo mejor, a la noche podían ir. Pero no; no había. Tenías que, sí o sí, quedarte la semana completa. Además, no tenés posibilidad porque tenés que pagar para que te lleven, para que te traigan; para todo.

La enfermedad del padre, proveedor principal de la familia, afecta directamente la vida escolar y laboral de los hijos, así como también los movimientos migratorios de las hijas. El tema de la escolarización, vinculado a la existencia o ausencia de oferta educativa a proximidad y la situación económica de la familia, se encuentra atravesado por el sesgo estructurante de género. En el caso de Damaris y sus hermanos este sesgo aparece en los roles que recaen en niños y niñas en la unidad doméstica. La niña no sigue su escolaridad porque le resultan inaccesibles los establecimientos escolares. Se queda en su casa ayudando con tareas livianas de cosecha y en las tareas de atención y cuidado de la familia. Los niños dejan de estudiar para trabajar en actividades agrícolas más físicas y suplir el “incumplimiento” del padre.

Sofía fue la única de todos sus hermanos en no terminar la primaria, desmotivada por el estudio y las necesidades imperantes en la casa. Una pobreza que ante sus compañeritos, hijos de obreros, llena a la niña de malestar y vergüenza. Cuando la familia se muda de la chacra al pueblo, Sofía, de 11 años, asiste a la nueva escuela “sin zapatillas; descalza o con ojotas (…). Yo iba siempre con la misma ropa, con el vestido todo roto; entonces era como que yo no quería más ir al colegio por ese tema también”. Poco después emprende su primera migración laboral a Las Palmas, la capital provincial. Su hermana culmina la primaria, pero no puede ingresar al colegio secundario mientras los varones hacen estudios técnicos. El sesgo de género reaparece aquí en el temor ante los peligros que asechan a las niñas que se alejan para estudiar (no tanto en la migración laboral, que implica delegar la responsabilidad de la menor a la familia empleadora), mientras los varones pueden ser más autónomos.

Mi hermana, la que me sigue a mí, terminó, quiso estudiar y mi mamá no quiso que siguiera el secundario. Porque viste que antes las chicas que iban al colegio se quedaban embarazadas; mi mamá tenía mucho miedo; entonces no la dejó estudiar, porque no era que tenía que estudiar acá cerca, tenía que tomar un ómnibus e irse a vivir en un pueblo y mi hermano lo podía hacer porque era varón.

Marina conoció la misma pobreza. Toda la ropa (bombachas, vestidos, guardapolvos) era confeccionada por su madre con las telas de algodón de las bolsas de harina, azúcar o yerba que le regalaban en los almacenes. Aunque el padre repitiera que “hay que estudiar”, no tenían para comprar el material necesario ni zapatos. “Y bueno, cada uno ya nos dábamos cuenta de las cosas, de la dificultad que había y yo, a los 7 años empecé a trabajar”, relata. Sus primeros empleos supusieron la asistencia a la escuela, pero los repetidos cambios y el desinterés de sus patrones en que estudiara se tradujeron en la multiplicación de ausencias y su salida definitiva del sistema escolar antes de culminada la primaria.

La pobreza no se refleja únicamente en la escolarización de las niñas. Incide en su temprana migración, más que nada en sus percepciones y sentimientos tanto hacia el hecho de migrar siendo muy chicas, como hacia sus experiencias propias en las cuales se entremezclan inextricablemente mucho sufrimiento y cierto alivio ante, por ejemplo, la posibilidad de satisfacer sus necesidades básicas –como poder comer abundante y variado–.

Si bien, en términos generales, la infancia de las demás trabajadoras se desarrolló en condiciones de mayor estabilidad (económica y, en la mayoría de los casos, familiar), pudiendo completar sus estudios sin verse en la obligación de trabajar, otras dos entrevistadas, Olga (peruana) y Luz (paraguaya) también tuvieron de muy chicas importantes experiencias de desarraigo e incorporación laboral, que marcaron la mirada que tienen de su trayectoria posterior en términos de identidades que a la vez acarrean y con las que quieren distinguirse hasta en el presente. Así, en cuanto Olga, ya adulta, logra con mucho esfuerzo estabilizar su situación familiar y laboral en el Perú, observa: “Ya no era la chica golpeada, pegada, que trabajó desde los ocho años. Ya era otra persona”. Una y otra se vieron expulsadas del núcleo familiar de contención en situaciones en las cuales se combinan el fallecimiento del referente familiar, la violencia y el abuso en los ámbitos domésticos. Olga,[12] con 8 años, es alejada de la familia por su propia madre, quien la entrega a otra familia para trabajar de niñera, como forma de protegerla del padrastro que las golpea a ambas. Cuatro años después fallece su madre. Olga queda un tiempo con su tío materno quien, cuando ella se junta con su primera pareja, migra desde la ciudad costera donde viven a Lima. Pasarán nueve años de sufrimiento y violencia doméstica antes de que Olga logre retomar las riendas de su vida. El caso de Luz es particularmente interesante en tanto refleja la problemática de la migración laboral femenina y algunos efectos de desestabilización que tiene en los niños. Luz y sus hermanos son confiados a su abuela cuando su propia madre emigra a la Argentina para trabajar de costurera y de empleada doméstica. La abuela cuida y quiere a los niños, pero cuando Luz cumple 7 años, la abuela fallece. “Mi felicidad se terminó en el momento en que mi abuela falleció”, cuenta Luz. Ahí conoce a su madre, que pronto se vuelve a ir, y la niña inicia una trayectoria de niña-doméstica en diversas casas de familiares que la hacen trabajar extensas jornadas. Será, además, sexualmente abusada y sufrirá grandes trastornos.

De alguna manera, estas historias ilustran lo que puede llevar muy tempranamente a experimentar la migración y la movilidad,[13]cuando no integra el horizonte de pensamiento de otros niños. No quiere decir que las demás entrevistadas no hayan conocido grandes dolores o quiebres en su infancia o, a la inversa, que las familias pobres no ofrecieran contención afectiva. Lucía no le perdona a su madre haber permitido que su abuela se la llevara con ella, alejándola de sus padres y hermanos. Rosalba padece la guerra de sus padres en un ámbito de violencia doméstica y luego de separación. Sofía, a la inversa, si bien tuvo que irse muy joven a trabajar lejos de su casa, sentía la fortaleza que le daba el afecto de su familia y recuerda gratamente su infancia a pesar de las dificultades y el maltrato entre sus padres. Pero la relación que desarrollan las niñas-domésticas con movilidad como opción personal es totalmente diferente. Como señala Ana Miranda en relación con los “jóvenes” migrantes, las niñas integran desde muy chicas la migración como “parte del universo de recursos disponibles” (2013, 21). Marina integró la necesidad de apelar a las redes migratorias familiares para irse, inclusive fuera de su país, cuando la vida de los niños de su edad transcurre entre la escuela, los amigos y la familia. Deja por primera vez su casa a los 7 años para trabajar de doméstica y niñera en una casa amiga. A los 9, es niñera en una familia de Asunción. Luego, doméstica en casa de tíos que la maltratan. A los 12 le pide a su padre que la deje migrar a la Argentina, donde se encuentra una parte de la familia: “Sí [era una niña], pero nosotros ya pensábamos todos de esa manera porque ya… (…) Hoy en día uno piensa un montón para salir; nosotros no podíamos ni pensarlo porque a algún lugar teníamos que irnos”.

A raíz de estas observaciones, podrían distinguirse dos grandes grupos entre las trabajadoras que empezaron su movilidad laboral de niñas y aquellas que migraron de adultas. Esta distinción no se superpone con lo planteado con fines analíticos como la migración “definitiva” (o que conlleva una forma de implantación de largo plazo) en la Ciudad de Buenos Aires. Las movilidades precoces se caracterizan por una serie de idas y vueltas, de variable duración, entre el lugar de origen y aquellos donde trabajan. Estas idas y vueltas son de hecho, inclusive en los casos de migraciones adultas,[14] comunes entre las migraciones internas y paraguayas, a diferencia de las mujeres peruanas, más alejadas de su país de origen.

Niñas trabajadoras en movilidades tempranas

De diez trabajadoras, cuatro han combinado desde muy chicas movilidades más o menos importantes y trabajo doméstico y de cuidado. El punto común entre estas niñas es que sus movilidades implicaron dejar su hogar para vivir con otras personas. Sin embargo, las dinámicas de incorporación laboral, las condiciones de empleo y las relaciones laborales interpersonales, varían no solo entre las niñas, sino entre sus diferentes experiencias y los significados que cobran para las adultas que hoy son. El relato de estos hechos que se sitúan lejos en el tiempo biográfico, a diferencia de las historias del presente, más detalladas, adviene a través de la puesta en escena de recuerdos aún vivos que surgen “por contraste” (entre una experiencia y otra, entre las expectativas y la realidad, o experiencias cuya violencia prima sobre el recuerdo general).

Se pueden distinguir las experiencias tempranas de Damaris y Sofía (“niñas-domésticas” cuyo trabajo es remunerado),[15] de las de Luz (“sobrinita-doméstica”,[16] que trabaja a cambio del alojamiento), mientras las primeras experiencias de Marina –hasta su migración a Buenos Aires– se aproximan al modelo de la “sobrinita-doméstica”, aunque su trabajo, gratuito a cambio del techo y la comida, se desarrolle tanto en un marco familiar extendido como fuera de él.

 

Experiencias de “sobrinitas-domésticas”

Si bien se podría esperar que el trabajo en un marco familiar ofrezca una mayor contención afectiva y menor sentimiento de desarraigo, en las experiencias relatadas por las entrevistadas, sea porque las niñas anticipan formas de apoyo y afectos que no aparecen, sea porque la combinación entre lazo familiar, desvalorización del trabajo de las niñas y “favor” hecho a los padres autoriza formas de intimidad y abuso que se distinguen de aquellos que caracterizan el empleo remunerado para un tercero– las experiencias familiares suelen haber sido más inicuas.

A la muerte de su abuela, Luz es llevada de casa en casa, en función de los deseos y las decisiones de los adultos de su entorno. Su primer paradero es en lo de un tío de la madre, director de un banco estadounidense en el Paraguay. Luz se levanta a las cinco de la mañana para baldear la vereda y la cochera y seguir con las tareas de la casa hasta ir, de tarde, a la escuela. Cuando le proponen enviar una carta a los Reyes, la niña de 7 años se ilusiona con una muñeca: “Porque yo, muñeca nunca tuve (…), era ilusión de toda criatura”. El día de los Reyes, mientras los niños de la casa reciben hermosos regalos, Luz recibe un pedazo de tela “de las más berretas, más ordinarias. No sé si algún día te habrás decepcionado muy grande de chica, si lo habrás pasado o no, pero me dolió muchísimo, nunca me olvidé de eso”. La niña vive un tiempo más en la casa de ese tío, luego se va a lo de su bisabuela donde la esperan las mismas tareas. Vuelve por un tiempo su madre de Argentina, pero tras un período de maltrato por parte de su progenitora se va a lo de una tía abuela, donde también trabaja de doméstica y se queda largos períodos sola en la casa. Retrospectivamente, el recuerdo todavía doloroso del regalo de Reyes, de maldad y desprecio hacia la niña que era, aparece en el relato de Luz como un revelador afectivo de este nuevo camino en el cual “desde que falleció mi abuela, pasé a ser la sirvienta de todos los parientes de mi mamá”. La historia de Luz combina todas las formas de abuso y maltrato infantil por parte de sus familiares más cercanos y aquellos que la albergan. Finalmente, en la casa de su tía abuela será violada y acusada por su madre de haberlo provocado. Embarazada, con solo 13 años, la madre intenta obligarla a abortar y, al no conseguirlo, busca vender el bebé en adopción. Luz logrará, con la ayuda de la familia de una amiga, salirse de esa situación y salvar a su hija, que luego se quedará definitivamente con esa familia. Al conocer a su primera pareja y padre de sus siguientes tres hijos, huye del maltrato de su familia de origen para descubrir la violencia conyugal.

El recorrido de Marina, a diferencia de Luz que pierde su hogar de referencia tras el fallecimiento de su abuela, sigue vinculado hasta entrada su vida adulta con el hogar de sus padres. En ese sentido, se asemeja a la trayectoria de Sofía que, como ella, sigue pendiente de su familia de origen hasta que una y otra traen a sus respectivos padres (o el que queda) a Buenos Aires. Como sus hermanas mayores, Marina se va a vivir de los siete a los nueve años a la casa de su “madrina”, una maestra amiga de la madre. Sigue yendo a la escuela y cuida al hijo de la señora que le enseña “a salir adelante”. Luego el padre la lleva a Asunción con la familia para la cual hace obras de albañilería. Marina debe ocuparse de una niña de 2 años, cuidarla, acompañarla, lavarle la ropa. A cambio, la familia debe tomar a Marina a su cargo, vestirla, alimentarla y fomentar su escolaridad. La niña, que extraña a su familia y poco recibe a cambio de su trabajo, quizás ya percibe el agravio que su padre se rehúsa a reconocer. De adulta, sobresale el desigual intercambio:

Es un trabajo; [mi padre] dice que no es un trabajo, pero me llevó porque la mujer me compraba ropa, zapatos (…) No me pagaban nada, ni a mi papá ni a mí porque supuestamente me iban a meter a un colegio y me iban a vestir; comprarme ropa, (…) todo lo que me haga falta y estudiar, pero estudiar, nunca lo hice con ellos porque más estaba adentro con el bebé que yendo a estudiar. (…) Hasta que la profesora les dijo que yo ya no podía cursar.

Si este recuerdo es, en una primera entrevista, olvidado (aparecerá en otra ocasión), el trabajo siguiente en casa de su tía ocupa un lugar central en su trayectoria infantil. Como el primer embarazo de Luz, representan experiencias en las cuales no encuentran apoyo familiar (sea porque les es negado o porque optan por callar lo sucedido) y que las libran, a muy corta edad, a su propia capacidad de defenderse y afirmarse en situaciones profundamente violentas y desiguales. En el campo, con su tía y el marido, Marina se levanta temprano para cosechar con este último la batata, lavarla y llenar seis bolsas que llevan a vender los martes en el mercado. El martes es también el único día en que pasa el colectivo que, la podría llevar en tan solo media hora a su casa, solo que no sabe cómo. Marina quiere irse, escapar de los golpes y maltratos de su tía, mientras sus padres creen que se encuentra bien. La niña de 11 años alimenta un odio visceral contra su tía, a quien califica cuarenta años más tarde de “bruja” y “maldita”. Porque a los golpes se suma la imperdonable complicidad con su marido, el “tipo”, el “sinvergüenza”, que de noche toquetea, acaricia y besa a la niña todavía impúber que se enrolla en la frazada para protegerse. Cuando finalmente explota y verbaliza el abuso, recibe una lluvia de golpes de su tía en la cara y huye de su casa. “Yo soy re viva; no sé, pero tengo una viveza; cualquiera no me va a joder, desde muy chiquita”, concluye Marina, conjugando esta afirmación de sí en presente. Cuando llega a su casa, cuenta que se abrió el cielo: “¡Qué alegría! Yo lloraba y lloraba y me agarraba de mi mamá y mi mamá (…) es tan seca, tan seca”. Sin conocer la verdad, la madre la quiere mandar de vuelta, pero el padre se rehúsa. Pocos meses después, una hermana de Marina queda embarazada luego de pasar por el campo de la tía. Entretanto Marina decidió migrar a Argentina como sus medias hermanas y sus primas. Tiene 12 años. A partir de ahí, se aleja del modelo de la “sobrinita-doméstica” para volverse una “niña-doméstica” en Buenos Aires.

 

Experiencias de “niñas-domésticas”

Aunque difíciles, las experiencias laborales tempranas de las “niñas-domésticas” Damaris y Sofía se distinguen del servicio doméstico infantil familiar de las “sobrinitas-domésticas”, por tener las tareas mejor definidas y su trabajo, remunerado. Sus trayectorias tempranas difieren. El primer empleo de Damaris es de empleada doméstica en la Ciudad de Buenos Aires de los 16 a los 18 años. Luego regresa a la casa familiar con su padre enfermo, conoce a su marido, vuelve brevemente con él a la capital, y viajan otra vez hacia la Región del Litoral, donde vivirán 25 años. Es para escapar de ese marido violento que migra nuevamente a Buenos Aires a principios de los años 2000, casi diez años antes de la entrevista. En el caso de Sofía, pasa primero por dos experiencias laborales sin retiro en Las Palmas antes de volver a su pueblo y migrar a Buenos Aires a los 17 años. Luego, aunque regrese a su provincia, siempre vuelve a la capital, que también vio llegar a sus hermanos, después a sus padres, y donde poco a poco construye sus propias referencias. Su trayectoria sigue migraciones “en etapas”, alejándose de su lugar de origen, primero con su familia (de la chacra al pueblo), luego sola (aunque en un contexto de migración generalizada que afecta tanto a su familia –hermanos, primos– como a numerosos conocidos) hasta llegar a la capital.

Volviendo a Damaris, recuerda: “Mi mamá no era de mandar así; no nos dejaba que salgamos lejos, pero como necesitábamos…”. Su padre ya está enfermo (morirá de cáncer pocos años después), cuando Damaris llega por primera vez a Buenos Aires a través de una comadre de su madre, una empleada doméstica en la capital que la lleva a trabajar con la hija de su patrona. La madre confía su hija al cuidado de la empleadora, quien ha de velar por la salud y virginidad de la joven provinciana menor de edad. Le enseña las tareas domésticas y la inicia a los peligros de los hombres y la sexualidad.

Ella me explicó todo; desde el primer día que llegué, (…) me enseñó todos los peligros que yo corría, los contactos sexuales. (…) Lo primero que me preguntó, si yo menstruaba. Y bueno, de ahí me empezó a explicar todo, como si fuese una hija. Me enseñó todos los peligros; me dijo los riesgos que yo corría, me dijo: “Si vos tenés contacto, contame si tenés contacto con un hombre; fijate con quién te vas a meter. No subas a un auto por ahí cuando salís”.

Las recomendaciones maternales y el compromiso de la empleadora suponen varias formas de control moral y físico que limitan los movimientos de la adolescente y agudizan los efectos del encierro y la soledad. Damaris se queda en la casa, trabaja de lunes a sábado, el domingo acompaña a la familia a alguna quinta o se va a lo de la madre de su patrona (que emplea a la vecina que la trajo a la capital). Prácticamente no sale del círculo familiar de la empleadora. Sus únicas salidas se limitan a la visita de la iglesia más cercana. Le cuenta de sus salidas y encuentros a su empleadora, quien le prodiga consejos y alaba la honestidad de la joven. Su trabajo consiste en hacer la limpieza, cuidar de las niñas (de las cuales no habla) y ayudar con la comida. Al igual que Marina y Sofía con sus primeras experiencias en el servicio doméstico, se siente agradecida por las enseñanzas que prodiga su patrona, con paciencia, sin enojarse, comprensivamente.

[Las relaciones] muy buenas eran. Eran muy buenas; eso sí; me trataban bien. Aparte, la señora me enseñaba mucho; tenía mucha paciencia conmigo porque cuando yo vine, no sabía nada y me enseñó un montón de cosas, a limpiar, cómo tenía que hacer; cómo tenía que trabajar con los productos; tenía mucha paciencia y lo que yo hacía mal, ella nunca venía y me retaba o me decía mal; no. Siempre me tenía paciencia.

La metáfora familiar, tan frecuente en los empleos domésticos (Rollins, 1985; Vidal, 2007; Borgeaud-Garciandía & Lautier, 2014), parece acentuada en los casos en los cuales las trabajadoras sufren de soledad y carencia afectiva, las migrantes adultas recién llegadas y las niñas tempranamente alejadas de su familia. En los relatos, el “buen trato”, la “atención maternal” y la presencia de formas de contención afectiva priman por sobre las diferentes formas de abuso que la situación de trabajo sin retiro o la misma familiaridad autorizan. Mencionamos la injerencia banalizada en la intimidad de la adolescente. Las jornadas laborales constituyen otro ejemplo. Las jornadas de Damaris con la empleadora citada comienzan a las 5.30 h, cuando le lleva el mate a la cama, para despertarla. La señora “«pachorra», no quería levantarse y yo, con paciencia, tenía que estar ahí, cebándole el mate hasta que ella se despierte bien, tome el mate, se decida a levantarse”. La jornada laboral de la niña dura hasta terminada la cena, cuando “limpiaba los platos, todo y me iba a dormir a la noche”, 17 horas más tarde. Lejos de su casa y sin posibilidad de moverse sola, trabaja dos años sin descanso hasta que regresa a la casa familiar para acompañar a su padre enfermo.

La ambigüedad de la relación afectivo-laboral entre niña-doméstica y patrones o los límites de la metáfora familiar es aún más aguda en la primera experiencia de Sofía. Con apenas 13 años, la niña se ocupa de tres niños de 3, 6 y 10 años, de la limpieza, el planchado de ropa, y la comida con ayuda de los padres. La señora, peluquera, le enseña con afecto y paciencia las tareas de la casa. Como Marina, le impacta la posibilidad de comer hasta saciarse y descubrir nuevos platos, simples pero que a los que no tenía acceso. No hace hincapié en su trabajo, sino en su candor de niña a la que “encima [le] pagaban por eso”. Los empleadores, y particularmente la mujer, son presentados como buenas personas, pacientes, y los niños respetuosos. Sofía ya no mira esta experiencia como la niña recién llegada sino a la luz de su ahora larga experiencia, comparada con las numerosas situaciones que le tocaron vivir a lo largo de su carrera, en ocasiones con empleadores humilladores y niños malcriados. Sin embargo, el lugar que ocupan las niñas-domésticas en las “buenas” familias que las reciben es equívoco, lo que refleja a la vez el uso de metáforas familiares y sus límites. Sofía percibe, en el cuerpo cansado de su patrona que regresa a la casa después de largas horas parada en su peluquería, el sufrimiento de sus pies. Prepara una palangana de agua y sal, la sienta y le lava los pies: “Y la señora se quedaba impresionada; me decía: «Nunca, ni mis hijas» (…) Y yo le lavaba los pies a ella y ella me adoraba”. Podemos imaginar, aunque no con certeza, que la señora no hubiera aceptado ese gesto de parte de uno sus propios hijos. Lo que es seguro, es que Sofía no es una hija, sino una empleada, lo que brillantemente ilustra el final de la frase citada: “Era como que yo era una hija más pero que le hacía las cosas”. Y los hijos de la familia tienen definitivamente otra vida que la de Sofía, quien limpia, ordena, lava, cocina y se ocupa de ellos desde las 8h hasta las 21.30h. Cuando el señor le toca cariñosamente la oreja, “como lo hacía a la señora y a los hijos”, Sofía se asusta, no logra descifrar el significado del gesto. Atemorizada, deja su empleo: “Porque me dio miedo porque él era mi patrón, no era mi papá”. Sofía, después de haber trabajado cinco meses en esa casa, y Damaris, tras dos años en Buenos Aires, regresan a su provincia de origen sin jamás volver a contactarse ni a saber nada de sus empleadores. El corte definitivo, sin vuelta atrás, como límite visible de la metáfora familiar, lo volveremos a encontrar más adelante en las situaciones de cuidado sin retiro, cuando la convivencia prolongada entre cuidadora y el adulto mayor dependiente se ve interrumpida por la institucionalización del anciano y el alejamiento de facto de la cuidadora.

Esta primera experiencia de Sofía no solo es contada a partir de su larga trayectoria posterior (“Yo pasé por miles de patrones y era una señora súper buena”; “Era re lindo porque nunca me faltaron el respeto (…) porque después yo pasé por eso”), también es presentada en contraposición con su segunda experiencia como niña-empleada en Las Palmas antes de dar el gran salto a Buenos Aires. De la segunda familia, Sofía recuerda a los padres, pero poco y nada a los chicos (ni cuántos eran, ni sus edades). Se levanta a las 6 de la mañana para baldear la vereda, comenzando una extensa jornada de limpieza de una casa grande, de dos pisos con fondo y de cuidado de los niños. Pero de sus actividades diarias, poco dice. La familia es más adinerada que la primera, le pagan el triple, descubre nuevas comidas (un factor aún importante para la niña), pero el recuerdo de Sofía queda marcado por el sentimiento de infelicidad que le generan el desprecio y la descalificación que manifiesta su empleadora. La separación de la doméstica con la familia es inmediata y se manifiesta en el uso del espacio. A diferencia de la casa de la peluquera, donde siente que la “protegían muchísimo”, en esta nueva casa se separan los tantos: la familia come en la mesa del comedor, la niña-doméstica en la cocina; no duerme en la parte “visible” de la casa (una casa “enorme”, “gigante” según Sofía), sino en el subsuelo. La distinción se manifiesta también en los supuestos modales. Ellos son urbanos y modernos, ella campesina. Ellos “limpios”, ella “sucia”. La degradación de la niña apunta en primera instancia a su cuerpo.

Yo me duchaba, me vestía, me cambiaba, pero yo, en ese entonces, no sabía que teníamos que ponernos desodorante porque teníamos mal olor o algo, porque nosotros nunca usábamos desodorante. Y un día, la señora me trajo; vino y me trajo: “Tomá, usá esto porque…” No me acuerdo cómo era, pero me lo dijo de mala manera; me dijo: “Porque no se aguanta el olor que tenés”. Bueno; ahí yo incorporé en mi vida el desodorante, ¿me entendés? Bueno, ahí, yo ya era como que yo ya no me sentí bien, fue al segundo o tercer día.

Las reflexiones sobre la intimidad de la niña se multiplican: “¿Te peinaste hoy?”, “¿te cambiaste la remera hoy?”, “¿te bañaste hoy?”, “tenés que comprar crema desodorante, que no se te termine el desodorante”. Ya adulta, Sofía se defiende de esas acusaciones, no solo desde la maldad de la patrona, sino desde la intimidad afectada: “Y yo me bañaba; yo no era una chica puerca”. Empalma la anécdota representativa de su trato y malestar con otra, que pone en escena su cuerpo afectado que carece de existencia en tanto que tal ante los ojos de sus patrones. En el subsuelo el calor es intenso, pero, a diferencia de las habitaciones de la casa, no hay protección contra los insectos. Agobiada por el calor y las picaduras, Sofía se compra espirales con su primer sueldo. A los pocos días, la empleadora le prohíbe usarlos por el olor desagradable que largan y le promete un ventilador que jamás le llevará: “No prendí más el espiral; no me trajo tampoco el ventilador. Aguanté, aguanté y era como que después incorporé a los mosquitos junto conmigo”. Sofía trabaja sin descanso, pero no da abasto. Por casualidad,[17] la familia emplea a una prima de Sofía. La joven le proporciona ayuda laboral y afectiva, pero no alcanza. Desgastada por el trato, un día Sofía vuelve con sus padres para no regresar.

En las trayectorias tempranas de las niñas que muy jóvenes se fueron a trabajar lejos de su casa, se genera una suerte de engranaje migratorio que dificulta la vuelta atrás. Marina y Sofía regresan con los suyos y aunque la situación del momento no lo requiera, al poco tiempo manifiestan nuevamente el deseo de irse, de trabajar y ganar su sueldo. No significa de ninguna manera que corten con su familia. Se inicia, al contrario, una movilidad hecha de idas y vueltas, fuertemente dependiente de la presencia, el bienestar y la salud de los padres en el lugar de origen. Más adelante se generará su estabilización en el lugar de acogida (CABA), la cual se encuentra asociada con la familia de origen, una vez que fallecen los padres o que ellos mismos deciden migrar. En el caso de Marina, se agrega el hijo propio que tuvo en una estadía en Paraguay y que dejó al cuidado de sus padres. En ese sentido, más que una “doble ausencia”,[18] podemos hablar aquí de una “doble presencia” de la trabajadora migrante en los lugares de origen y de acogida. A distancia, las comunicaciones, los movimientos de los familiares, y las remesas de dinero alimentan las formas fuertes de presencia distanciada.[19]

Se establece con fines analíticos un corte o giro migratorio en las trayectorias de cada trabajadora, para referir a una etapa de vida en la cual su movilidad va acompañada de la migración de su familia, o una nueva situación matrimonial, o la compra de una vivienda, lo cual se traduce en una forma de arraigo de largo plazo en el lugar de acogida. Sin embargo, más que de migración en sí –como “punto de inflexión” o bifurcación–[20] estas trayectorias se caracterizan por un largo proceso migratorio, particularmente visible en el caso de las mujeres que lo iniciaron a temprana edad. Sofía, siempre pendiente de sus padres, contribuye durante años a mejorar su situación de vida, comprándoles electrodomésticos, vehículos, casa, aunque no vuelve a su provincia de origen más que por unos pocos meses. Marina intenta hacer su vida y tener familia en el Paraguay, pero regresa al cabo de dos o tres años, manifestando la dificultad de adaptación que siente en su país –en el cual, como también enfatiza Perla, otra trabajadora paraguaya, “tu trabajo no vale nada”. El “giro migratorio” como tal no se produce. Su trayectoria migratoria sigue un proceso largo que desemboca, a fines de los noventa, con la venida de su hijo, el fallecimiento de su padre y la llegada de su madre, en un arraigo sin vuelta atrás. Pero entre principios de los setenta y fines de los noventa, Marina pasa la gran mayoría del tiempo trabajando en la capital argentina, con estadías más o menos largas en su país de origen.

Marina experimenta el empleo doméstico de niña en la capital argentina. Tiene 13 años en 1973, cuando llega por primera vez a Buenos Aires. “Estaba muy feliz por haber venido. Eso sí, me puse muy contenta porque por lo menos salí de mi país (…) Porque nadie te valoriza nada allá”, relata. Después de cuidar un tiempo del hijo de su hermana, ella le consigue un empleo con amigos de sus empleadores. Como la gran mayoría de los casos, accede a su primer y segundo empleo a través de redes extensas que incorporan mediante lazos fuertes o muy débiles, trabajadoras, familiares, empleadores con sus propias relaciones familiares, laborales o sociales. A lo largo de un primer período de cuatro años en Buenos Aires, trabaja de niñera y empleada doméstica sin retiro para dos familias. La niña se adapta con facilidad “porque como crecimos en casa ajena desde chiquitas, entonces sabemos manejarnos más o menos cómo es”. Vencidas las reticencias ante su corta edad, integra hogares en los cuales se siente bien tratada: “Yo me sentía como en mi casa digamos; en mi casa no me sentía bien como me sentía ahí”. Estas primeras experiencias tempranas de Marina en Argentina contrastan con aquellas que tuvo en Paraguay. El trato es bueno, el trabajo remunerado. Extraña poco, pronto empieza a circular entre ambos países. Durante esa primera estadía, trabaja dos años con una familia. Cuida a dos niños, de 4 y 2 años, lava, plancha y ayuda en la cocina (otra persona se ocupa de la limpieza). La abuela de los niños le enseña las tareas, así “el día de mañana cuando empieces otros trabajos, ya sabés”. Con los niños, descubre el cine, el teatro, pero, al igual que en el caso de Sofía, es el nuevo menú alimentario el que marca su recuerdo. Las papas fritas y la tortilla, las pastas, el churrasco y la milanesa que la aleja del guiso claro e insuficiente. Si los 15 pesos mensuales que recibe de sueldo le parecen inicialmente mucha plata, de a poco se da cuenta que puede ganar más. Pide un aumento que la pareja (ella profesora de inglés, él empleado de oficina) no le puede dar. Es entonces cuando su prima, embarazada, le cede su propio trabajo con una pareja de médicos, padres de un niño pequeño. La pareja, peronista, se ve obligada a exiliarse a Venezuela debido a la situación política en Argentina. Marina se queda entonces con la abuela y el niño. No sabe mucho qué está pasando: “Mucho yo no le preguntaba; nosotros, de afuera, no nos metemos tanto en la vida”. La pareja regresa para llevarse a la abuela y su hijo, y le ofrecen a Marina ir con ellos a Venezuela y a pagarle el pasaje para volver de visita a la Argentina. “Me acobardé”, reconoce. Vuelve a Paraguay por tres años donde, poco después, nace su hijo, dando comienzo a una nueva etapa de su vida.

Observaciones sobre el trabajo
y las migraciones tempranas

Hacer hincapié en las situaciones de las niñas domésticas, que en varios casos son a la vez niñas migrantes, permite entender elementos subjetiva y objetivamente centrales en el cruce entre empleo doméstico y de cuidado y migración laboral de mujeres adultas.

Más allá de cortes sociales etarios, las mujeres integran estas experiencias en el proceso de su recorrido. Sin desearlo, atestiguan cómo estos cortes sirven de referencia social, pero son construcciones que varían según las percepciones individuales, grupos sociales y sociedades. Así, es común que expresen que su infancia terminó cuando tuvieron que salir a trabajar, con apenas 10 o 12 años. Sofía tiene 34, pero su trayectoria laboral es muy larga. Es interesante cómo leen sus experiencias laborales tempranas desde las adultas que son. Por un lado, estas experiencias tempranas a la luz de la trayectoria posterior sirven para medir el camino realizado. Así, Olga insiste en varias ocasiones que ella ya no es la niña de 8 años que tuvo que salir a trabajar de niñera. Sigue siendo esa niña en tanto reconoce su carácter rebelde y evalúa su trayectoria en función de esa niña que fue, cuyo destino logró torcer al seguir otro camino que aquel que le acechaba: “Hubiera podido ser un camino perdido”. Por otro lado, la experiencia es leída no solo desde las experiencias posteriores, sino también desde el lugar del adulto en relación con el niño. En el recuerdo, reviven sus impresiones infantiles a la vez que la niña transformada en adulta juzga al adulto con el que se relacionó. Como Sofía, que, para juzgar el trato recibido, se ubica en ambos lugares, el de la niña y el del adulto, y desde ambas experiencias infantiles, una reconocida como grata y positiva, otra marcada por el maltrato: “Yo no era grande; era pequeña. (…) Si a mí me dan la oportunidad hoy en día de tener a alguien que venga y me ayude acá en casa, yo le diría: «Mirá, así y así se hace»; no lo trataría mal porque yo pasé por eso”. Como lo hemos visto anteriormente, estas relaciones se dan en un contexto de soledad, carencia afectiva y falta de contención familiar, que les dan un relieve particular a las expectativas que las niñas depositan en las relaciones interpersonales.

Todas las trabajadoras que se desempeñaron desde niñas en el empleo doméstico y de cuidado –excepto Luz– hacen hincapié en el aprendizaje, donde quiera que hayan estado. No en el aprendizaje como algo exterior, sino en el descubrimiento de nuevas habilidades propias y su incorporación a lo que hoy son. En todos los casos, tal como aparece en la cita anterior de Damaris,[21] sobresale una enseñanza que se vive con placer aun cuando se haya dado en malas condiciones de empleo.

Marina [primer empleo en Paraguay con la madrina]: Ella es la que nos enseñó a salir adelante, ¿vió? Aprendimos muchas cosas con ella porque nos enseñaba a lavar la ropa, a coser, a cocinar. [Primer empleo en Buenos Aires]: Y ahí aprendí a lavar; aprendí a planchar; aprendí a cocinar algunas cositas que la abuela me enseñaba. (¿No lo había aprendido en Paraguay?) Es distinto. Porque acá es con más delicadeza; allá vos planchás “pum – pum”, lo tirás y ya está. De a poco [la abuela] me enseñaba; no es que ella me exigía, pero ella me enseñaba cómo se planchaba.

 

Sofía: [segundo empleo en Las Palmas]: Sufrí mucho en esa casa. Aprendí, ojo, aprendí porque en todas partes donde fui, aprendí lo que soy hoy, digamos; cocinaba, planchaba; aprendí muchísimo. (…) Aprendí mucho porque ya comían otras cosas. (…) Pero cuando aprendí más, más a cocinar, fue acá en Buenos Aires.

Otra observación que se puede realizar concierne la familiaridad de los actores con idea migratoria. Hemos visto que las niñas incorporan la idea de migración desde muy jóvenes, producto de su propia movilidad y de su pertenencia a una historia migratoria que abarca la familia y la comunidad. Así, en el caso de los compañeros de escuela de Damaris: “Casi todos vinieron a Buenos Aires. (…) Los que no vinieron a Buenos Aires, se quedaron en Las Palmas o en Orala, pero en la colonia donde nosotros vivíamos, no se encuentra a nadie ahí”. Su niñez se desarrolla en un espacio en el cual ninguno de sus compañeros se quedará. De adultas, las trabajadoras peruanas también manifiestan el impacto subjetivo, esta vez completamente consciente, de la migración “masiva” de las personas de su entorno hacia Japón, Estados Unidos, España o Argentina. Impacto que se manifiesta en el deseo de irse o, al contrario, de querer resistir al movimiento. Ya sea que se queden o que migren, los individuos son parte de esta movilidad colectiva. Para algunas migrantes, como Marina o Luz, la migración a la capital argentina se inscribe en una historia migratoria familiar. Llegan a Buenos Aires tras los pasos de sus madres, padres, tías, primas. La fuerza de tracción se ejerce no solamente por las mayores oportunidades económicas asociadas con su destino, sino por esta historia que las atraviesa y familiariza desde muy pequeñas con este. A escala de su propia historia, Marina señala la llegada de la tía de sus medio-hermanas como punto de partida de una cadena migratoria familiar. Luego recordará que su padre vivió en la capital argentina de joven, antes de regresar a Paraguay y fundar una familia. La tía trabaja bien en costura y hace venir a las medio-hermanas de Marina. Estas traen a la hermana de Marina, pero por los problemas que tuvieron con ella, se niegan a traer más familiares. Finalmente llegará con la ayuda de una prima. Marina, que desde chica se hizo cargo de varios sobrinos, traerá a Buenos Aires hermanos, sobrinos, hijo y madre. En el caso de algunas trabajadoras peruanas también se puede hablar de una división migratoria familiar muy interesante desde punto de vista de las migraciones laborales femeninas de cuidado, pero que se distingue del ejemplo anterior. La historia migratoria familiar de argentinas y paraguayas hace referencia a un movimiento a la vez diacrónico y sincrónico que moviliza varios individuos de diversas generaciones y ramificaciones familiares en torno a dos o tres lugares (por ejemplo, lugar de procedencia, capital o gran ciudad próxima, capital argentina). En el caso de las peruanas, son mujeres de la misma familia que migran hacia diferentes espacios geográficos para ocupar empleos de cuidado y doméstico. Por ejemplo, Rosalba trabaja de cuidadora sin retiro en la CABA mientras su hija realiza la misma actividad en España.

Para concluir el tema de las niñas trabajadoras migrantes, resulta de sumo interés observar las movilidades infantiles familiares relacionadas justamente, con las necesidades de cuidados de las trabajadoras migrantes adultas. Sea desde la perspectiva de las niñas migrantes o de las adultas con niños pequeños se observa, a partir de los relatos recogidos, que en varias ocasiones las migraciones se desencadenan por la necesidad que tienen las jóvenes madres de hacer cuidar a sus hijos mientras salen a trabajar. Se genera una “cadena de cuidado” o un “encadenamiento” del cuidado a través de la migración que a diferencia del modelo evidenciado por Parreñas (2000) y Hochschild (2001), no funciona “a distancia”, sino que implica nuevas migraciones en el lugar de llegada. En los casos de las peruanas adultas, ellas llegan a Argentina para trabajar. Endeudadas con una compatriota o desprovistas de alojamiento, trabajan los primeros tiempos cuidando a los niños de quienes las ayudan o ayudaron, a cambio del favor recibido. También Marina llega a Buenos Aires y cuida del hijo de su hermana durante unos meses hasta empezar a trabajar para terceros, de manera remunerada. Cuando Sofía, después de nacida su primera hija, necesita retomar el trabajo, hace venir sucesivamente a una prima de su provincia, a un hermanito también del Litoral (con la condición que siga sus estudios) y después a una sobrina de Paraguay, país de origen de su marido, para cuidar de la recién nacida –arreglos que, con la migración de jóvenes parientes (“sobrinitos-domésticos”), suplen la falta de recursos en cuidados y le permiten no recurrir a una separación de los hijos (que se quedan, por ejemplo, con sus abuelos en los lugares de procedencia).

Conformación familiar propia

Existe entre las entrevistadas una gran diversidad de historias matrimoniales y de conformación familiar. Cabe especificar que la mayoría de las entrevistadas son mujeres que habían formado familia antes de venir a la Argentina. Siete de ellas tienen más de 50 años. Menos Sofía y Celia, que formaron su propia familia en la CABA, las demás tuvieron que buscar arreglos familiares, quedando algunos de sus hijos con ellas y otros en sus lugares de procedencia. Algunas de las migrantes pudieron conformar más de una familia antes de migrar; la mayoría no mantuvo, tras la migración, el vínculo amoroso con sus parejas, aunque dos de ellas hicieron venir a sus maridos e hijos (o a algunos de ellos) a la capital argentina, cifra que se eleva a cinco si contemplamos solamente los hijos.

En ese período pre-giro migratorio, las situaciones son asimismo diversas. Varias de las mujeres en contextos de fragilidad social y familiar han sufrido también separaciones de sus hijos. Estrella y Luz quedan embarazadas siendo muy chicas, la primera por un amorío, la segunda, producto de una violación. En ambos casos, les quitarán los bebés, que crecerán definitivamente lejos de sus madres. Mujeres jóvenes, Olga y Estrella padecen durante años el encierro en sus domicilios, sin poder trabajar ni salir, mantenidas en el espacio doméstico por maridos autoritarios con los que tienen un hijo por año. De los siete primeros hijos de Olga, tres fallecen a corta edad. Cuando Estrella se cansa de su vida de encierro y decide irse, lleva consigo a cuatro de sus siete hijas. Su marido logra recuperarlas y le prohíbe bajo amenazas volver a verlas. Poco antes de morir, se las entrega pidiéndole perdón. La migración a Buenos Aires o las primeras movilidades laborales llevarán a Olga, Luz, Marina y Perla a dejar hijos chicos a cargo de sus familiares mientras trabajan. Olga deja a su hijo menor de 3 años con su padre y luego los hace venir a ambos a la Argentina. Marina y Perla los dejan al cuidado de sus propios padres mientras trabajan en Asunción los cinco días de la semana. El hijo de Marina también se queda con sus abuelos hasta la adolescencia cuando su madre lo trae con ella a la Argentina.

Los esquemas familiares en relación con la migración se tornan más diversificados que aquellos que sostienen los estudios más conocidos sobre las migraciones de trabajadoras que dejan sus hijos en su país de origen, los cuales crecen lejos de sus madres (Parreñas, 2001, 2005). En las migraciones de cuidado analizadas, en función de la edad de la trabajadora y de sus hijos o la situación familiar previa a la migración, los esquemas son diversos: hijos que se quedaron en su país y vivieron sin sus madres, familias en las cuales algunos hijos se reunieron con sus madres y otros se quedaron en el lugar de origen, familias que se reunificaron en la ciudad de destino o hijos que migraron largos años después de la partida de sus madres. Algunos prácticamente sólo conocen Argentina, mientras otros la desconocen totalmente, y algunos van de un país a otro en función de las movilidades o dificultades familiares. En algunos casos, los hijos eran adolescentes o inclusive adultos cuando se produjo la migración de la trabajadora. Sin embargo, en ocasiones, y aunque poco se verbalice, los relatos dejan transparentar –en los hijos que no quieren hablar con sus madres, en esos otros que multiplican las idas y vueltas entre países en función de las situaciones de sus padres– formas de deterioro (familiar, infantil) y cuán difícil resulta construir estabilidad afectiva a distancia.[22]

Violencias y maltratos domésticos

“Las violencias ejercidas sobre las mujeres en razón de su sexo son multiformes. Engloban todos los actos que, por amenaza, constreñimiento o fuerza, les infligen en la vida privada o pública, sufrimientos físicos, sexuales o psicológicos con el objetivo de intimidar, castigar, humillar, afectarlas en su integridad física y su subjetividad”. A esta definición del Diccionario crítico del feminismo (Alemany, 2000), es posible agregar, con base en los relatos, las situaciones de abusos sexuales que, si bien no siempre implican la violencia en un sentido estricto (el uso de la fuerza), aprovechan las diferencias de poder, el miedo, la “confianza debida” para concretarse. Son situaciones que marcan profundamente las subjetividades de quienes han sido expuestas a ellas. Cuando el tío de Marina acaricia a la niña aprovechando la oscuridad de la noche, ella, muerta de miedo, reza y se enrolla en sus frazadas a pesar del calor, creyendo que es atacada por el Pombero, duende originario de la mitología guaraní que, entre otras particularidades, busca mujeres por la noche para abusar sexualmente de ellas. Le da pánico dormirse. Cuando se da cuenta de que es su tío, busca apoyo en su tía, que responde con repetidas palizas; luego, en su madre, que no sabe nada y querrá obligarla a volver a la casa de la cual escapó: “Y eso fue lo que más me dolió”. Al abuso, del que no quiere o no puede hablar, se suma un fuerte sentimiento de falta de apoyo y reconocimiento por parte de quien quiere sentir protección, lo que termina de lesionar su integridad como persona mientras se consolida la impunidad del abusador.

Agregar un apartado sobre las violencias sufridas por las mujeres no ha sido una opción sencilla, en tanto que conlleva el riesgo de ubicar a las trabajadoras en posturas victimizantes simplificadoras, en vez de considerarlas como personas complejas, que en ocasiones también pueden ejercer formas de constreñimiento hacia otros. Sin embargo, la violencia doméstica es parte de la vida de muchas personas, y sufrida en particular por mujeres. Y por niñas y niños como testigos o víctimas. La elección de partir de los puntos de vista subjetivos de los actores implica dar un lugar, tal como lo han hecho las trabajadoras en sus relatos, a las experiencias de maltrato y violencia que compartieron, las cuales, en más de la mitad de los casos analizados, afectaron y siguen afectándolas en su cuerpo y su integridad psicológica de tal manera que, al contar su propia historia, sienten la necesidad de integrarlas al relato.

En ese punto, frágil, tenue, el relato suele ingresar en la “dimensión barroca de la biografía”, caracterizando así “ese momento en el cual el sujeto encuentra en sí mismo lo extraño, los conflictos y las violencias, las zonas de sentido obscuro y amenazante, el trabajo de lo negativo, el desorden que deshace la frágil construcción de su existencia, y que puede llevarlo hasta el punto de ruptura con las normas” (Schwartz, 1990). Tomar la palabra –y más aun reconociendo una violencia sufrida– es objetivar la experiencia, ubicarla en el orden de lo decible, arriesgarse a reencontrarse con el recuerdo de su amenaza desestructurante y revivir la herida. No sólo el dolor de los hechos de violencia sino, retrospectivamente, también aquella que genera el estado en el cual se encontró su propio yo, desprovisto de la voluntad de ser y de hacerse respetar y el sentimiento de dependencia hacia aquel que les hacía daño, aunque hablarlo significa, de alguna manera, que pudieron superarlo.

Olga, que de niña se preguntaba cómo su madre podía aceptar los golpes de su pareja:

Entonces [mi padrastro] le pegaba a mi mami y yo pensaba, por dentro, ¿por qué no se defiende? ¿Por qué no agarra un palo y le da? O sea, para mí era una rebeldía que tenía, ya decía: “Mi mamá es una zonza”.

Décadas después de haber sufrido lo mismo, Olga reconoce:

Aquí he venido a darme cuenta, respecto a la violencia familiar, de lo malo que es. Que tal vez uno, cuando lo sufre… una mujer cuando sufre de violencia familiar no se da cuenta. Cuando está inmersa en eso. Cuando pasa, es cuando abre los ojos para darse cuenta de eso.

Perla, luego de pasar 23 años con un marido violento, relata:

Porque una mujer golpeada… Es como que no sé; es como que es una enfermedad; es como que te quedás ¿Tanto que te hace falta después otra vez? ¿Sabés cómo sufrí otra vez, después? Yo, después de venir acá, escuchando lo que les pasa a otras mujeres cuando cuentan, yo entendí lo que a mí me pasaba; es muy feo, pero uno no se da cuenta: ¿vos sabés todo lo que yo lloré acá, en la Argentina?

Si tomamos en cuenta los efectos del pudor, el miedo, la vergüenza, el deseo de olvido o la asimilación de la violencia sexual a la vida íntima de la pareja, podemos imaginar que los casos escuchados, aunque numerosos, son subestimados. La definición anteriormente compartida permite alejarse de una visión de la violencia que la ubique en la historia personal de cada una de las entrevistadas para tratarla como un modo de control y sometimiento ejercido por hombres sobre mujeres en un territorio (el espacio privado y la mujer misma) considerado como propio. Como forma de dominio y de sometimiento, la violencia es asimismo un lenguaje (Fassin, 2009), “dice” tanto como “hace”, inscribe su mensaje en el otro, en su cuerpo o su entereza psíquica. El mensaje va para la mujer, pero abarca un público más amplio que pueden ser los hijos (como extensión de la madre, que por ello integran el modo de control y sometimiento) o la familia más amplia. Puede también ser un mensaje colectivo, dirigido a los pares, a partir de la afirmación del lugar ocupado, que la aceptación o banalización de la violencia doméstica conjugada con su desarrollo en el ámbito privado aleja de su consideración pública y política.

El tema de la violencia en las ciencias humanas y sociales es polémico, sujeto a diversas controversias. Según Fougeyrollas, Hirata y Sénotier (2003), a pesar de las diversas teorías de la violencia, y aunque su percepción varíe con las épocas históricas y las culturas, existe hoy por hoy cierto consenso acerca de lo destructiva que resulta ser. Reflexionando sobre la violencia hacia las mujeres en el mundo laboral (de manera indisociable de la esfera privada en la cual se realiza el trabajo doméstico), Hirata (2006) sintetiza algunas de estas controversias como surgieron en Francia.[23] Conciernen la idea de continuidad entre violencia psicológica y violencia física; la construcción de la mujer como víctima, las relaciones entre hostigamiento psicológico y hostigamiento sexual en el trabajo. Sin entrar en estas controversias que desbordan el propósito del presente apartado, se parte del efecto de la violencia en término de daño a la integridad de la persona (Brown et al., 2002; Alemany, op.cit.), la cual, aunque sujeta a interpretación,[24] permite abarcar la complejidad de las ofensas y su supervivencia tal como llega a través de las entrevistas.

Esta investigación no tuvo como propósito analizar este aspecto particular de las vidas de las mujeres entrevistadas, sino escuchar la construcción de su historia de vida y laboral por medio de relatos biográficos, por lo que se da cuenta de los elementos que surgieron “libremente” en ese contexto particular. Siendo otro el objetivo del encuentro y por la construcción misma de un relato biográfico que pone en relieve elementos que las entrevistadas destacan de sus vidas, es posible imaginar que las experiencias contadas son elegidas en función de la marca personal que dejaron y de su efecto en el relato y en el oyente. O sea, son destacadas a expensas de las vejaciones más subterráneas de lo cotidiano. Los golpes propiamente dichos, cuando no acompañan la relación, aparecen con la exacerbación de las tensiones, cuando la relación se encamina hacia un desenlace. Aunque impactantes, representan en realidad la punta visible del iceberg. Sin embargo, desde las descripciones de su cotidiano, podemos destacar, con base en los relatos, algunas de las formas de sometimiento sufridas.

Por ejemplo, la privación de la libertad de movimiento. Las primeras relaciones de Olga y Estrella fueron marcadas por el confinamiento al espacio de la casa.[25] Durante años vivieron casi encerradas, abocadas a tener hijos y ocuparse de ellos. Ambos relatos transmiten el profundo aburrimiento y sensación de sofocación de esos años, como una ausencia de vitalidad. Esta privación de la libertad se acompaña en ambos casos con la multiplicación de los embarazos. De hecho, menos Marina, todas las entrevistadas que sufrieron situaciones de violencia doméstica tuvieron muchos hijos con la pareja que las maltrataba. Como si los hijos integraran el dominio ejercido. Multiplicar los nacimientos como manera (consciente o no) de profundizar la dependencia, una dependencia de por sí acrecentada al tratarse de mujeres que no trabajan remuneradamente, sea porque no se lo permite la carga de cuidado y/o porque sus maridos se lo prohíben.[26] Se destaca también la privación del derecho a estudiar o capacitarse libremente,[27] de participar de las decisiones que implican la movilidad de la pareja o de la familia,[28] de decidir si quieren o no tener hijos,[29] el hecho de no disponer de dinero para sus necesidades o las necesidades básicas de la familia,[30] los cambios repentinos y desestabilizadores de humor (por efecto del alcohol o de los celos) que se traducen en agresiones hacia la pareja o los hijos,[31] de estar con una persona que tiene a la vez otras relaciones amorosas e inclusive otros hijos.[32]

En la violencia en contra de las mujeres, a menudo también están los niños. Pueden ser las niñas que ellas mismas fueron. O bien padecieron violencias –Olga golpeada por su padrastro; Luz, con diversos tipos de malos tratos y abusos por parte de sus familiares, su madre y su hermano; Marina con su tío– o bien fueron testigos de la violencia entre sus padres: Olga, Marina, Sofía ven a sus padres o padrastros pegarles a sus madres. Rosalba no puede ver a su madre ya que su padre la tiene amenazada de muerte si se acerca a sus hijos. Pueden ser sus propios hijos los que padecen la violencia, por ser golpeados por el padre (los hijos de Damaris y de Luz) o porque que asisten a los actos de violencia que padecen sus madres, una posición de testigo que, tanto para las madres como para los hijos, se suma al acto mismo (no es lo mismo ser golpeada que ser golpeada delante de un hijo o inclusive, como Marina, con un hijo en brazos). Además de los niños, alrededor del núcleo de violencia giran otras personas e instituciones que inciden de diversas maneras en el destino de ese núcleo.

Perla, por ejemplo, descubrió la violencia con su marido. Presenta su propia familia como “sumisa, que nunca pelearon papá y mamá, de clase media o sea que nunca faltó nada en casa”. Según Perla, tanto para ella como su familia y la sociedad paraguaya, casarse se percibe entonces como una obligación, divorciarse una prohibición: “En época de Stroessner una maestra, por ejemplo, si era divorciada, no enseñaba en la escuela, no lo permitía. Y yo jamás me iba a divorciar para que nadie me señale que soy una divorciada; 23 años estuve con mi marido hasta que él se fue”. Jovencita, se casa, tiene sus hijos: “Esa era la ley también, que vos te casás y tenés que tener hijos; a los 19 años tuve mi primer hijo, (…) A los 26 años yo los tuve a los seis”. El marido, que hasta casarse creía maravilloso, es “violento” y “golpeador”. Perla sobreprotege a sus hijos “como la gallina que cría debajo de sus alas”, atemorizada por ese hombre con el que considera haberse “arruinado la vida”. “Era el terror de Stroessner ¿viste? seguía en mi casa el terror”, agrega. El padre de Perla ayuda a la familia que el hombre deja sin recursos, a veces los aloja por largos períodos, a punto de que la trabajadora se pregunta qué hubiera sido de ellos sin la ayuda de su padre. Un hombre prudente, que escucha a Perla sin enfrentarse con su yerno, pero preparando en silencio la salida de su hija del país. De a poco, a escondidas del yerno, junta los documentos y los hace legalizar: “Lo preparó todo para que yo venga; después me preguntó si yo quería venir y le dije que quería venir”. Perla migra escapándole a esa historia, sin lograr divorciarse y por muchos años acompañada del miedo que le generan su marido y formas de dependencia afectiva que generó la relación.

Si el tema de la violencia doméstica resulta de particular relevancia en el marco de trayectorias que se analizan en función de la historia laboral de las migrantes en Argentina es, por un lado, en relación con la migración. Dejando de lado los casos de violencia que marcaron relaciones pasadas de mujeres que luego “rehicieron” su vida amorosa y familiar con otras personas (como Estrella y Olga), los casos de violencia son asociados, directa o indirectamente y en articulación con otros factores, con la migración de la trabajadora.

Damaris y Perla llegan a la Ciudad de Buenos Aires huyendo de relaciones violentas. La casa de Damaris se volvió un infierno, la violencia no solo enfrenta a la pareja, sino al hombre con sus hijos. En las peleas aparecen las armas blancas, cuchillos, machetes. Según Damaris, la policía pretende no poder intervenir. Cuando Damaris se va a la casa de su hermana con sus dos hijas menores, el hombre se esconde, logra acercarse a su mujer y la viola, inscribiéndole en el propio cuerpo la marca de lo para él es: su propiedad, su posesión, haga lo que haga, esté donde esté. Mientras Damaris encuentra refugio a 150 km, sus hijos mayores se vienen a la capital. Ocho meses más tarde, le proponen reunirse con ellos en la Ciudad de Buenos Aires.

En los casos de Luz y de Marina, no llegan a Argentina escapando de una situación de violencia, pero sí logran con la migración dar vuelta esa página sombría de su vida. Para Luz, luego de años de vejaciones, el corte llega cuando el marido castiga a su hijo de manera tal que pone su salud en peligro; la madre lleva el niño al hospital y presenta una denuncia ante la policía. Siguen viviendo bajo el mismo techo. Luz abre un almacén en su casa, el negocio es próspero. Decide migrar una primera vez para poder agrandarlo. Durante su ausencia, el marido malgasta las ganancias hasta que se produce la quiebra. Los ahorros de la migrante sirven para pagar las deudas y darle un cierre a esta etapa de su vida en Paraguay. Vuelve a Argentina para quedarse. La historia de Marina ya está estrechamente vinculada con Buenos Aires, donde trabajó varios años. Cuando conoce a su marido, se encuentra en Paraguay. Un día que Marina lleva a su bebé al hospital en Asunción y se retrasa, el marido, celoso y enfurecido, le pega con el hijo en brazos. Ella no responde y se apura en preparar la cena, pero, mientras cocina, le patea la espalda. Marina reacciona tirándole el aceite caliente y golpeándolo con la sartén. El padre de Marina, que golpeaba a su propia mujer, interviene y amenaza de muerte a su yerno si se acerca una vez más a su hija y nieto. Pasarán catorce años antes que se vuelvan a ver. Poco después de ese evento, cansada de su vida en Paraguay, donde no consigue un buen empleo, confía su hijo al cuidado de sus padres y vuelve a Buenos Aires en busca de trabajo.

Una segunda razón que justifica considerar estos episodios de vida es justamente su presencia contundente en el relato. Ante la libertad que tienen de contar su propia historia, sobre el largo tiempo de su biografía y no delimitado a su trayectoria laboral en Argentina, las entrevistadas eligen hacer hincapié en estas experiencias de violencia que las marcaron subjetiva, y a veces incluso, físicamente. Esta observación permite tomar distancia con el presupuesto de “centralidad” que acompaña muchas investigaciones especializadas en una temática determinada. Por ejemplo, el especialista en temas de trabajo, de familia, o de migraciones tiende a leer la realidad social a partir de su tema de interés sobredimensionando unas experiencias y unas identidades en detrimento de otras. En los casos estudiados, si la centralidad de la migración en los relatos responde a las experiencias de las trabajadoras peruanas que, en un contexto de grandes dificultades económicas, migraron a la Argentina en busca de una mejor suerte, para las migrantes internas y paraguayas la movilidad es parte intrínseca de la trayectoria, se disgrega en múltiples idas y vueltas, o es parte de la historia familiar o del grupo social de pertenencia. La migración no aparece como una ruptura biográfica, sino que puede ser analizada como una presencia que se mantiene en lugares geográficamente distantes. Las experiencias de violencia que las entrevistadas rescatan de su biografía, como otras experiencias individuales o colectivas, permiten tomar distancia de la centralidad otorgada a los objetos analizados para ubicarlos en la complejidad subjetiva de sujetos que no son trabajadoras o migrantes o madres o militantes o mujeres golpeadas… sino que se construyen a partir de la multiplicidad de sus experiencias, entre historia individual, historia familiar e historia social.

Trayectoria laboral y de vida en la CABA

Las trayectorias pre-migratorias se caracterizan por una gran diversidad. Ante la necesidad de elegir criterios de presentación, se destacan experiencias que resultan particularmente significativas en un análisis que focaliza el trabajo doméstico y de cuidado o que se repiten en los relatos, imponiéndose como elementos estructurantes en las trayectorias individuales y colectivas.

Entre las migrantes peruanas, hay una diversidad de situaciones personales, laborales y familiares previas a la migración. Celia todavía estudia, mientras Estrella y Olga ya formaron familia dos veces. Algunas son amas de casa, otras ya cuentan con una larga trayectoria laboral, como Olga, que ocupa puestos de responsabilidad en una municipalidad peruana, o Lucía, que logró construirse una situación económica cómoda con la venta de joyas. Si las situaciones individuales y familiares varían, los efectos de la crisis económica que atraviesa el Perú a fines de los años ochenta y de las políticas neoliberales implementadas en la estabilidad laboral y económica del núcleo familiar, representan un detonador a la hora de tomar la decisión de migrar. Las mujeres ven en la migración la única solución ante las dificultades cotidianas (Rosalba), las deudas que acumularon por el efecto de la devaluación (Lucía), el desempleo o subempleo de la pareja, y el empobrecimiento del núcleo familiar (Olga, Estrella). En unos y otros casos, entre diversas opciones que les se ofrecían (Japón, España, Estados Unidos), Argentina se impone como un destino migratorio atractivo por que combina cercanía, idioma y régimen de convertibilidad monetaria. A diferencia de muchas migrantes internas y paraguayas, la inserción de las mujeres peruanas en el servicio doméstico y de cuidado aparece con la migración (Magliano et al., 2013).

Significativamente, una vez en la Ciudad de Buenos Aires, las trayectorias laborales de las migrantes peruanas, paraguayas y argentinas confluyen y revelan tres patrones de recorridos típicos. El primero puede concebirse como una especialización en el cuidado sin retiro. Aunque pueda parecer paradójico por tratarse de situaciones a la vez de empleo y de vivienda que se caracterizan por su extrema precariedad, como se verá en los capítulos siguientes, cierta estabilidad de las cuidadoras pasa justamente por su especialización en esta modalidad de empleo de cuidado. Otro patrón de recorrido parte de empleos domésticos y de cuidado sin retiro (aunque también pueden ser externos, pero en condiciones más precarias) y desemboca en empleos fijos del mismo sector, esta vez externos, con uno o varios empleadores. Finalmente, la tercera vía conduce de empleos domésticos o de cuidado, internos o externos, hacia otros sectores de empleo. Cada uno de estos patrones de trayectorias laborales se encuentra íntimamente ligado con los movimientos y cambios familiares y las experiencias habitacionales.

En el caso de las trabajadoras extranjeras, a lo largo de sus recorridos en Argentina, aparecen numerosas trabas y temores ligados a la falta de documentación personal de residencia en el país, lo cual se traduce en un sentimiento de mayor vulnerabilidad y falta de recursos ante las injusticias laborales. Si bien el hecho de tener documentos tampoco las lleva a emprender acciones en la justicia, el solo hecho de no tenerlos agrava el sentimiento de impotencia y fragilidad. Salvo Celia que, aun encontrándose ilegalmente en el territorio argentino y viviendo en un edificio intrusado, no duda en llamar a la policía para desalojar a consumidores de drogas, la irregularidad migratoria generalmente se traduce en el temor a solicitar el amparo de esa institución (como se verá con Luz). Si el deseo de hacerles juicio a empleadores deshonestos o que las decepcionaron está presente en los relatos de las trabajadoras, solamente se concreta en la historia de Sofía, migrante argentina. En esta decisión no interviene solamente el hecho de tener o no documentos. En el momento de la entrevista, ya casi todas eran residentes y habían legalizado su situación, Olga pagó los servicios de un abogado años atrás para tramitar los documentos de su familia; Marina los perdió y sufrió años de interminables complicaciones burocráticas antes de poder contar con el DNI bordó, finalmente la mayoría los obtuvo a mediados de los años 2000 vía el programa Patria Grande.[33] Sin embargo, esto no parece haber modificado sustancialmente sus condiciones de trabajo. La mayoría de los empleos domésticos y de cuidado en Buenos Aires no son declarados y la obtención de documentos, cuya ausencia servía para justificar el no blanqueo, no modifica necesariamente este hecho, más todavía cuando la trayectoria se desarrolla sin retiro.[34] En este sentido, tal como lo observan Baer et al. (2011: 71), la relación entre regularización migratoria y regularización laboral dista de ser automática, particularmente en los nichos de empleo reservados para la mano de obra migrante. La regularización de la situación migratoria sí hizo posible el acceso a otros empleos, como se comprobará con Celia y Luz. En lo que concierne los empleos domésticos no residenciales, Marina, por ejemplo, tras una larga trayectoria “en negro”, consiguió ser registrada en uno de ellos y cuenta con las protecciones asociadas. Sofía y sus hijos se benefician de una obra social como grupo familiar del marido con empleo registrado. Ese derecho laboral que conlleva el empleo del esposo, sumado a la tarjeta asistencial alimenticia que recibe Sofía, la llevan a privilegiar empleos no registrados por miedo a perder este último recurso. Estrella y Celia, ambas cuidadoras de “trayectoria sin retiro”, no tuvieron empleos declarados hasta poco tiempo antes de las entrevistas.

Las trayectorias laborales sin retiro

Como se verá en los siguientes capítulos, el cuidado sin retiro y las trayectorias que acumularon este tipo de experiencias resultaron particularmente ricas a la hora de analizar el trabajo de cuidado en su complejidad. Por ello, el capítulo que cierra el libro es una reconstrucción analítica de la trayectoria de Estrella, que pone en evidencia diferentes nudos de significado del trabajo de cuidado a partir de su recorrido sin retiro. Tres entrevistadas manifiestan formas de estabilidad dentro del cuidado de adultos mayores dependientes realizado de manera continua en la casa de la persona cuidada. Para Rosalba, las etapas de su trayectoria laboral la conducen hacia este tipo de especialización como “interna”.

Rosalba es una cuidadora peruana, madre de tres hijos. En el Perú fue ama de casa y su pareja, obrero en una fábrica de balanzas. Se separan, el marido se enferma de cáncer y Rosalba se ve obligada a buscar trabajo para salir adelante con sus hijos todavía chicos. Durante años se desenvuelve lavando ropa y cocinando para fiestas hasta que una de sus hermanas le ofrece alcanzarla a Argentina. Su hijo menor, de 15 años, se queda con otra hermana de Rosalba, mientras sus hijas, de 19 y 21 años, se quedan con el padre en Perú. Como la casi totalidad de las entrevistadas, los contactos de Rosalba en Argentina la ayudan a instalarse. Como algunas de ellas, llega con trabajo. El empleo es incluso un elemento que influye en la decisión de migrar: “Al comienzo, yo vine para trabajar con una señora que era suegra del patrón donde trabajaba mi hermana Griselda”.

Llega teniendo empleo y techo. Rosalba debe cuidar de la anciana y limpiar todos los días el departamento en el cual también se queda la hija de la señora. Si bien considera que el trabajo no es pesado, descubre los efectos del encierro, la angustia que le genera no poder disponer de moverse libremente, de su alimentación, de sus noches. A los seis meses, sin previo aviso, la hija lleva a su madre a una institución geriátrica dejando a Rosalba de un día para otro sin trabajo ni alojamiento. Pasa unos meses sin empleo, viviendo en lo de su hermana hasta que, a través de su cuñado, consigue trabajo como empleada doméstica. Trabaja de 9h a 17h, todos los días. Limpia, plancha, atiende a los hijos ya grandes de la casa. Si bien, según Rosalba, la relación no es ni buena ni mala, sus palabras revelan el peso del no reconocimiento y del resentimiento. En esa casa, donde no le dan de comer, la relación laboral es fría, distante: “De patrón a empleado; nada más. Una cosa cortante así […] Tú en tu lugar y yo en el mío”. A los quince días, la llama la empleadora para avisarle que prescinde de sus servicios. Le paga seis días de trabajo y le cierra la puerta en la cara: “Quince días había trabajado, a mí me dolió en el alma. […] Yo me quedé tan fría; llegué a mi casa y lloré, con una cólera lloré. […] Me pagó lo que ella quiso”. Pasan meses hasta que, por medio de un anuncio, consigue un empleo de niñera y empleada doméstica en la casa de una familia paraguaya. Supuestamente trabaja de 9 a 15, sin embargo, su jornada laboral se extiende hasta las 19 cuando los padres vuelven de trabajar. Rosalba se siente inconforme, pero sigue trabajando. Hasta que, tras un día feriado, la empleadora le reprocha violentamente no haber ido a trabajar. Como en otras de las experiencias relatadas, para la empleadora la trabajadora es deudora del empleo que le dio, sea cual sea su situación real. Rosalba es tratada de desagradecida: “Porque encima que había estado sin trabajo [me] había dado el trabajo ella. Me quedé muda”. Rosalba se prepara y se despide: “Lo siento mucho; pero usted no me vuelve a gritar ni a tratarme como trapo de piso”.

Pasa nuevamente tres meses sin empleo hasta conseguir, a través de una prima lejana, trabajo sin retiro en la casa de un anciano médico. Contratada para cuidar del anciano, trabaja de mucama, cocinera, enfermera, niñera, cuidadora de perros. El relato es denso, este empleo, que duró tres años, es presentado como una experiencia “traumatizante”. Sumida en los conflictos y las miserias familiares, se siente usada en función de los intereses de unos y otros, que quieren que le administre somníferos al anciano, a lo que se niega, o que le haga firmar una carta-poder sobre sus bienes, hecho al que también se rehúsa. Cuando finalmente los familiares consiguen el poder, envían el viejo doctor a un geriátrico. Rosalba se va, anímicamente agotada. “Absorbes todo; absorbes todo; no sé si yo lo absorbí más o fue que me involucré mucho, familiarmente con ellos, pero para mí fue algo desastroso; fue desastroso eso; para mí fue bravo eso; una cosa terrible fue”. Al punto que asocia con esta experiencia el agravamiento espectacular de su diabetes. Sin embargo, es a través de esa familia que dos meses más tarde consigue un empleo de cuidadora de una señora de 95 años, con quien convive. Se queda en ese empleo varios meses hasta que lo pierde al ser hospitalizada por una peritonitis. Una vez restablecida, entra a trabajar de cuidadora de otra señora mayor, con quien trabaja y vive por seis años. Cuando fallece la señora, Rosalba consigue nuevamente un empleo de cuidadora que le dura unos años más. Ya para entonces, Rosalba y su madre Estrella, aunque trabajaran sin retiro, habían encontrado un departamento que alquilan junto con el hijo de Rosalba, que también migró.

La trayectoria laboral de Perla sigue etapas similares. En una primera acumula empleos de limpieza, de niñera y cuidadora de ancianos y de costura, generalmente externos y de poca duración, aunque ya aparece una experiencia de cuidado sin retiro que presenta mayor estabilidad. De a poco se especializa en el cuidado de personas mayores y en los empleos sin retiro. Al momento de la entrevista, lleva dos años trabajando y viviendo con una señora anciana enferma de Alzheimer y con una pareja de adultos mayores durante los fines de semana. La diferencia mayor con la trayectoria de Rosalba concierne las idas y vueltas que Perla realiza continuamente entre Argentina y Paraguay, marcando con sus propias temporalidades su trayectoria laboral. Como lo hemos visto anteriormente, para Perla, como para Sofía y Marina, la migración no se traduce en un corte con la posibilidad de seguir cumpliendo algunos roles familiares. Desde que llegó a Buenos Aires huyendo de la violencia doméstica, regresa seguido a Paraguay. Al principio cada tres o seis meses para llevar plata para las necesidades básicas de su familia. Luego, construye las bases sobre las cuales sus hijos desarrollan su propia situación laboral. A una le lleva bolsas de ropa de La Salada,[35] para venderlas en la boutique de indumentarias que monta gracias a su madre, a la otra le regala una peluquería, al hijo que sufre de convulsiones le manda la medicación. Rehace la casa. Cuando se enferma su padre, regresa y se queda dos años, hasta que fallece. Vuelve y sigue sosteniendo a distancia la situación de sus hijos en Paraguay: “Mis hijas salieron todas adelante, se casaron; están todos bien ya. Todo, todo del trabajo de acá, de otro [modo] no se puede (…) es como que vos pensás en los hijos e invertís, invertís, invertís. Yo tengo una casa enorme que todo lo hice en el 1 a 1 gracias a acá”.

Pero cuando se le pregunta si le gustaría vivir nuevamente en Paraguay, su respuesta, como la de las demás migrantes entrevistadas, es negativa. En Argentina, tiene dos hijos más, su hija se recibió de radióloga y su hijo vive con su familia en Sarandí. Perla viaja cada vez menos a Paraguay. Siempre está a punto de irse, pero pasa el tiempo y, si bien surgen dificultades reales (dependencia de la señora que cuida, poco entusiasmo de parte de sus empleadores), no parece querer moverse, vacila, aplaza el viaje. Vive en las casas de los ancianos que cuida y con un pie en cada país.

Un elemento importante de señalar con respecto a este patrón de recorridos laborales sin retiro es que implica trabajadoras cuyos recorridos aparecen como menos directamente vinculado con los de sus familias. Si bien Perla multiplica las idas y vueltas, pendiente de la salud de sus padres y de la situación de sus hijos, llegó a la Argentina con 55 años, con hijos grandes y padres que al tiempo fallecieron. Cuando es entrevistada, diez años más tarde, reivindica el haberles dado, con su trabajo, las bases para que puedan hacer sus propias vidas y ya no depender de ella. Estrella, Perla y Rosalba son mujeres separadas que llegaron a la Argentina con más de cuarenta años (más de cincuenta en los casos de Estrella y Perla) y sus hijos ya eran adultos cuando migraron o no las siguieron en la migración o llegaron de grandes. Si bien los empleos sin retiro suelen imponerse como una solución que combina el empleo y el alojamiento en los primeros tiempos de la migración, también aparecen en estas trayectorias de mujeres migrantes de edades más avanzadas, de trayectorias más autónomas, que se dedican exclusivamente al cuidado de personas mayores con quienes conviven. Es particularmente notorio en la trayectoria de Estrella, que transcurre de principio a fin bajo esta modalidad de empleo. A diferencia del segundo patrón de trayectoria, en el cual el empleo bajo su modalidad interna marca una transición hacia empleos externos, en este caso el cuidado sin retiro se presenta como un punto de estabilización en el que culmina un conjunto de experiencias laborales y personales dispar, cambiante y precario.

Las trayectorias hacia empleos externos por horas
o de tiempo parcial

El segundo patrón de recorrido laboral concierne trabajadoras que llegaron más jóvenes o con niños más pequeños a cargo. Entre ellas se encuentran las “niñas domésticas”. Sofía y Marina cuentan con una larga trayectoria sin retiro que fue modificándose a la par de su trayectoria familiar y habitacional. Damaris emprende este tipo de trayectoria más tarde, cuando vuelve a Buenos Aires huyendo de su marido. Olga tuvo otros empleos y cargos políticos en el Perú antes de migrar y hacer venir a su segundo marido y a su hijo más pequeño. Lucía, a diferencia de las demás trabajadoras nunca trabajó sin retiro. Tras la extrema precariedad de sus primeras experiencias de vivienda y trabajo, encuentra estabilidad cuando se conjugan elementos ligados con la posibilidad de soldar las deudas que dejó en el Perú y la continuidad de algunos empleos “externos” combinada con los ingresos de los demás miembros de la familia.

Sofía presenta una trayectoria ilustrativa de este tipo de movimiento que la lleva de empleos internos hacia empleos externos en articulación con su historia matrimonial y familiar. Este pasaje se acompaña de una disminución de sus desplazamientos hacia su provincia natal, como parte de las trayectorias marcadas por largos procesos migratorios que finalmente desembocan en un arraigo duradero en el lugar de llegada. Este fenómeno acompaña de manera particularmente manifiesta el presente patrón de trayectoria laboral y de vida.

Maravillada con la desenvoltura económica de su prima, empleada doméstica en la capital, fascinada con la calidad de su ropa y la blancura de sus medias y corpiños, Sofía le ruega a sus padres que la dejen irse también. Llega a la Ciudad de Buenos Aires a principio de los años 1990. Tiene 17 años y entra a trabajar de cocinera y niñera en la mansión de una familia francesa que emplea seis personas, entre las cuales está su prima. Sofía es la única empleada de modalidad interna. Declarada en el marco de la ley de empleo doméstico, cuenta con los derechos laborales asociados; el salario, en dólares, triplica el de su padre y le dan un plus cada vez que viaja para ver a su familia. Reserva la mayor parte de su sueldo para sus padres. Les envía dinero y cada año mejora su vida cotidiana con nuevos artefactos (lavarropa, moto, auto) y obras (construcción de un baño). Más adelante, con sus hermanos que también vinieron a Buenos Aires, compran para sus padres una casa nueva y amplia. Sofía permanece cinco años en ese empleo. Si las condiciones de contratación son consideradas buenas, el trabajo es duro y profundo su sentimiento de soledad. El trato es frío y distante, altanero; las niñas, malcriadas y desobedientes. Sofía se levanta a las 6.30h, tiene un corte de dos horas en la tarde (durante el cual estudia peluquería) y se acuesta después de la cena que se prolonga hasta muy tarde en la noche. A los cuatro años, la prima es despedida por robo y Sofía debe elegir entre su empleo y su prima. Elije el primero, abandonando así lo fines de semana en familia. A pesar del apoyo y afecto de sus compañeros, la situación de encierro le resulta insoportable. Aguanta un año más y renuncia.

Regresa a la casa paterna para quedarse, pero las tensiones con su madre y la necesidad de ganar dinero la llevan nuevamente a la capital. Gracias a su hermana, consigue un empleo de niñera y empleada doméstica en casa de una investigadora y profesora universitaria madre de dos niñas. Es su cuarto empleo sin retiro y sin dudas el que más la marcó por el ambiente de camaradería y afecto en el que se desarrolla su trabajo. La madre se ausenta a veces por semanas dejando las niñas con Sofía que las cuida “como si fueran mis propias hijas”. Cuando emprende un largo viaje a Europa, le ofrece a Sofía acompañarla, pero a último momento esta se retracta: “Era como que de [mi pueblo] fui a Las Palmas; de Las Palmas vine a Buenos Aires; de Buenos Aires irme a Europa; era mucho; era ¡Guau! Dije: ‘No’. Además, ya apareció mi marido (…) Entonces, dije ‘No’. Era como que una, como mujer ya siente como que ya basta”.

Sofía está en pareja con su futuro marido y cuando vuelve su empleadora, está embarazada de su primera hija. Trabaja un tiempo más con ella, pero ya no quiere trabajar sin retiro y deja a su hermana en su lugar.

Siguen dos años de inestabilidad laboral y económica: Sofía no tiene empleo y el trabajo de su marido, obrero de la construcción, es inconstante. Intentan vivir solos, independientemente del departamento que comparten los hermanos de Sofía. Sofía hace limpiezas en la pensión donde viven para pagar menos alquiler. Cuando migran sus padres y alquilan una casa, no les queda más que instalarse allí con toda la familia. Sin embargo, de a poco la situación parece estabilizarse. Por un lado, el marido de Sofía consigue un empleo de encargado de seguridad en un laboratorio farmacéutico por intermedio del hermano de Sofía. En el momento de la entrevista, todavía trabaja allí, a tiempo completo, en blanco. La beba se queda con familiares mientras Sofía trabaja de 9h a 17h en limpieza de las diferentes sucursales de una óptica. Pasan cuatro años hasta que pide ser declarada. Se niegan, pero le proponen ofrecer sus servicios como monotributista, lo que se traduce en una drástica disminución de su salario. Siguiendo los consejos de un abogado, le envía a la empresa una carta documento solicitando su blanqueo. La situación se tensa y van a juicio. Durante este lapso de tiempo, Sofía hace limpiezas en casas de particulares. Dos años más tarde, gana el juicio y con la plata compra un pequeño terreno en una villa y comienza a levantar una casa para ella y su familia. Espera su segundo hijo.

Con el nacimiento del niño, Sofía deja nuevamente sus empleos. El salario del marido apenas alcanza para la familia. Durante cuatro años, Sofía acepta cuidar por períodos a los hijos del hermano de su ex-empleadora investigadora, cuando vienen de vacaciones de los Estados Unidos. Con el salario particularmente generoso y la ayuda de esa familia logran terminar de construir la casa. También sale a vender pan en la calle, con su tía Damaris.

Cuando su hijo menor cumple tres años, a pesar de la resistencia de su marido, acepta un empleo de limpieza que le cede su hermana. Trabaja cinco horas diarias durante dos años en dos casas que ocupa un ex-matrimonio, la mujer y el hombre. Sofía padece de diabetes. Un día que siente hambre y flojera, desayuna y come tres empanadas en la casa donde trabaja. Cuando la jefa se lo reprocha y sugiere bajarle el salario, Sofía se enoja y demite de ambos empleos (interdependientes). Al poco tiempo, una colega de su marido le deja su empleo en la casa y la oficina de una señora, tres horas diarias: trabaja allí al momento de la entrevista. Si bien hubiera podido ingresar al laboratorio donde trabaja su marido, según ella, un empleo en negro a tiempo parcial le permite a la vez hacer frente al cuidado de sus hijos y de su casa, completando sus ingresos con una tarjeta de alimentos que otorga el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a hogares calificados de “vulnerables”. La familia está estrictamente organizada: Sofía deja a su hija mayor en el colegio cuando se va a trabajar. Su marido va a buscar a la niña con el hijo menor, los hace almorzar y lleva al niño a la escuela. Sofía sale del trabajo, hace las compras y vuelve a su casa. Almuerza con su marido, que sale a trabajar a las 14.30h. De noche, Sofía cena con sus hijos a las 20h y espera a su marido, que sale de trabajar a las 23h. Le prepara la cena y comparten unos mates antes de irse a dormir.

La trayectoria de Sofía presenta etapas bastante claras. Proveniente de una familia rural pobre, trabaja desde joven de empleada doméstica sin retiro. Migra por etapas, primero a la capital de la provincia, luego a la capital del país. Destina sus ingresos a mejorar la situación de sus padres. Cuando conoce a su marido y planean vivir juntos, deja el empleo interno. Los primeros tiempos son inestables. Nacen sus hijos y por períodos deja de trabajar, siguiendo la voluntad de su marido y las exigencias de cuidado de sus hijos, aunque por períodos recurre a la migración de otros miembros de la familia para su cuidado. Gracias a un juicio ganado, logra levantar una casita en la villa, un sueño que se cumple: “Es como que en la villa había acceso para nosotros [que llegábamos de la] provincia porque acá no es cara la casa”. Cuentan con un techo propio, el marido tiene un empleo fijo y declarado, Sofía trabaja en empleos fijos por tiempo parcial que, combinados con ayudas asistenciales, le permite completar la economía del hogar y responder a las obligaciones domésticas.

Este tipo de recorrido que lleva a trabajadoras desde empleos sin retiro, cuando están solas, hacia empleos externos, a menudo a tiempo parcial, una vez que se estabilizan familiar y habitacionalmente, se refleja, con algunos ajustes, en las historias de Marina, de Olga y de Damaris, aunque en estos tres casos tuvieron que combinar por un tiempo empleo interno y cuidado de sus hijos. La estabilización, siempre parcial y reversible, es un proceso largo, con avances y retrocesos, y los empleos se reconfiguran también en función de las ofertas que aparecen. Marina vive un tiempo en la casa de una de sus empleadoras con su hijo adolescente y será él quien le pedirá que busquen un espacio de vida independiente. Damaris tiene que dejar a sus hijos más pequeños al cuidado de los mayores mientras trabaja sin retiro y sale cada día en su pausa de la tarde a verlos, lavarles la ropa, prepararles la comida. Olga también, una vez que migran su esposo e hijo, ocupará por un tiempo más un empleo interno, conviviendo con el niño en su lugar de trabajo, en complicidad con la señora anciana que cuida y a escondidas de la hija-empleadora. De a poco, sin embargo, se establece una separación entre el espacio familiar, propio, y el espacio de trabajo, y las trabajadoras alcanzan cierta estabilidad laboral. En el caso de Damaris, la estabilización alcanzada es muy relativa: logra regular su situación laboral en torno a cinco empleos fijos. Sus hijos mayores trabajan y ella vive con sus mellizas de 18 años en una única piecita que alquila en la villa. Damaris sueña con un lugar propio para ella y sus hijas, pero esto resulta todavía inalcanzable, a diferencia de Marina, que a duras penas logró comprar un terreno en el conurbano donde levanta de a poco una casa para ella y su madre, que trajo de Paraguay. Como Damaris, acumula diversos empleos fijos. Olga vive en la misma pensión de la cual su marido es el encargado y trabaja media jornada en la limpieza de un departamento, empleando la mayor parte de su tiempo en actividades asociativas y militantes.

La posibilidad de pasar al trabajo externo por horas implica que se den algunas condiciones que compensan la precariedad del empleo, que otros miembros de la familia participen de la economía familiar o poder contar con una vivienda segura. Cuando se conjugan empleos externos, falta de vivienda y soledad, las situaciones se tornan casi dramáticas, como lo muestran algunas etapas en las trayectorias de Celia y de Lucía.

Salirse del sector de los empleos en casas particulares

Dos trabajadoras salieron del sector analizado, no para permanecer en sus hogares sino para desarrollar otras actividades remuneradas con vistas a no retornar al empleo doméstico y de cuidado. Cabe observar que ni su trayectoria anterior ni su situación posterior a este cambio son necesariamente más ventajosas. Dicho de otra manera, la salida del empleo doméstico no implica que la trabajadora haya podido disponer de mejores condiciones de vida y de trabajo, o de más o mejores “capitales”. Tampoco el cambio se traduce obligatoriamente en condiciones laborales más estables. Las condiciones en las que se desarrollan los empleos domésticos y de cuidado son variables, siempre tomando en cuenta que son empleos que se caracterizan por formas de contratación y de desempeño marcadas por su elevada desprotección. En el momento de la entrevista, Celia luce satisfecha detrás de la recepción de la vidriería que montaron con su esposo: “Porque siempre yo, toda la vida quería tener el negocio y quería ser alguien (…) Prosperar de alguna manera u otra”. Tras las primeras grandes dificultades, la pareja empieza a salir adelante. El negocio va bien. En el caso de Luz, su diploma de auxiliar de enfermería le permite buscar empleos acordes con su capacitación, pero las fronteras con el cuidado domiciliario son tenues y las condiciones de contratación y empleo, también precarias. Lo mismo se observa con las trabajadoras capacitadas en cuidados domiciliarios, cuya formación no siempre se traduce en mejores condiciones de empleo (Borgeaud-Garciandía, 2015).

Tanto Celia como Luz tuvieron varios empleos en los sectores analizados antes de buscar otras alternativas. Sus trayectorias han sido tanto o más marcadas por momentos de intensa fragilidad.

Si algunas entrevistadas hacen referencia a la crisis económica, institucional y social de 2001, por ejemplo, por sus efectos en los salarios que percibían, ese momento histórico representó una ruptura más significativa aún en la trayectoria de Celia. La joven peruana llega ese mismo año. Alojada en lo de un conocido, cree poder meterse rápidamente en el mundo universitario y obtener su diploma de trabajadora social, sin embargo, la realidad es otra. Trabaja un par de días de cajera en un supermercado de barrio; luego una amiga de la casa, Gilda, la lleva a la casa de la señora mayor que cuida para que la reemplace los fines de semana. Pronto necesita encontrar un lugar donde vivir porque las relaciones se han tensado con la persona que la aloja. Nuevamente a través de amigas de Gilda, entra a trabajar de cuidadora sin retiro con un señor anciano, un empleo que marcó profundamente sus experiencias laborales en Argentina. Pero a los siete meses estalla la crisis y pierde ese empleo y el alojamiento. Primero vive escondida en lo de la anciana que cuidaba los fines de semana, luego consigue un cuarto en una pensión, pero rápidamente no puede pagar el alquiler y duerme afuera por miedo a que se lo reclamen. En un comercio avícola vecino, le regalan alas y achuras para comer. Cae en un profundo abatimiento. Con una amiga de la pensión, buscan ayuda en una iglesia evangélica, alimentos e información sobre empleos. El recorrido laboral y de vida de Celia se encuentra íntimamente ligado al tema del alojamiento y su conversión religiosa al movimiento evangélico, del cual se volverá líder espiritual. Un miembro de la iglesia le ofrece cuidar a su padre. Trabaja con retiro tres meses hasta que fallece el anciano. La misma familia le ofrece otro empleo de cuidado con un señor mayor que aguarda que se libere un lugar en un geriátrico. Nuevamente desempleada, su líder espiritual le ofrece hacer unas horas de limpieza en su casa. Conoce a la Sra. X., ministra de una iglesia bautista y dirigente de una asociación de prevención de la violencia familiar que le ofrece trabajo acorde con su formación de asistente social. Celia junta un poco de dinero con el que se compra un departamento en un edificio ilegalmente ocupado. Deja de trabajar con su líder y se inscribe en una agencia de empleos domésticos. En su primera entrevista, no la toman por ser peruana porque para los empleadores, que generalizan una experiencia personal, los peruanos son ladrones. Consigue un empleo con una familia adinerada. Siente el peso de la humillación por tener que llevar uniforme, mantenerse a distancia de la vida familiar, estar a las órdenes y comer las sobras. Renuncia.

Para entonces, Celia vive sin recursos. Se acerca a integrantes del movimiento humanista y de asociaciones peruanas que le dan contención moral, afectiva y la ayudan con alimentos y ropa. Cuenta: “Mi familia pensaba que yo me daba la gran vida acá, pero nada que ver; yo vivía de la misericordia de mis amigas”. Junto con varios habitantes del edificio donde vive, ingresa en una fábrica clandestina de zapatos dirigida por chinos. La capacitan directamente en el puesto. Trabaja de 8 a 19 en Martínez, haciendo zapatillas de marcas falsificadas. Celia aprecia el aprendizaje, la producción, los incentivos salariales, el almuerzo entre compañeros, las relaciones con los responsables chinos. En paralelo asiste como oyente a posgrados de la Universidad de Buenos Aires. Pero nuevamente su situación se hunde cuando, por un lado, tras una denuncia llevada por vecinos, clausuran el taller (“pobres chinos”) y, por otro, deja su departamento ante un desalojo inminente. Trabaja quince días en una vidriería donde conoce a Ramón, quien más adelante se convertirá en su pareja. La dueña de la vidriería anula el viaje que la había llevado a contratar a Celia y la deja sin empleo. “Otra vez comencé de cero”, recuerda. Y no será la última vez, ya que después de conseguir un cuarto de pensión, ésta se incendia y queda una vez más sin techo. De a poco, con la ayuda de su líder espiritual y de la Sra. X., que le dan horas de limpieza primero, y luego un puesto en una ONG de prevención contra el VIH-SIDA, Celia logra estabilizarse nuevamente. Se reencuentra con Ramón y deciden montar juntos una vidriería “Vos tenés las manos, yo tengo la cabeza; usémoslas”, le dice Celia a su pareja. Tras las primeras dificultades, logran establecerse. En el momento de la entrevista, el negocio tiene unos años y no les falta trabajo. Cumplido ese sueño del negocio propio, Celia hace venir a su madre y sus hermanos de Perú.

En su trayectoria, Celia, que, a diferencia de muchas otras, es poco constreñida por obligaciones familiares (no tiene ni quiere tener hijos), aparece cómo la dimensión habitacional influye en la estabilidad personal y el recorrido laboral. Contar con redes de contención o con empleos internos resuelve, al menos un tiempo, lo que se torna un problema central en otros recorridos. Así, por ejemplo, el relato de la trayectoria laboral de Lucía tropieza incesantemente con las dificultades de establecerse en un lugar. Fragilidad laboral y fragilidad habitacional se refuerzan mutuamente. Lucía llega primero a una pensión donde vive con cuatro personas. Las maledicencias de quienes la ayudaron a venir, la llevan a dejar la pensión para convivir con una colega. Cuando el marido de su amiga empieza a acerársele, prefiere irse. Sus empleos son externos y de corta duración. No le permiten pagar una habitación y Lucía privilegia las remesas y el pago de sus deudas en Perú. En una ocasión venderá sangre para completar el precio del alquiler. Consigue lugar en una casa tomada, pero pronto las autoridades cortan los servicios básicos. Sigue viviendo por un tiempo ahí, sin luz ni agua, con frío y miedo de los roedores. Cuando ya no lo soporta, logra alquilar una piecita muy fría, pero con agua y electricidad en el centro de la ciudad. Allí es donde hace venir a su familia, convencida de que “si yo tengo que lograr eso [tener una pieza bien organizada para recibirlos], ¡no los traigo! ¿En cuántos años [podría llegar a hacerlo]?”. Lucía, acostumbrada a usar tacos, ropa elegante, maquillaje y manejar dinero, pasará por cuatro años más de desánimo profundo. Agotada, mal alimentada, descuidada, contrae tuberculosis. Luego, cuando ya cuenta con el apoyo de su familia, se mudan a una casa por varios años y que seguirán ocupando después del fallecimiento del dueño. Recién en años muy recientes, uno de sus hijos logró conseguir un préstamo (no bancario) para comprar un pequeño departamento donde viven hacinados los siete miembros de la familia. El caso de Lucía, que nunca consiguió empleo sin retiro, ilustra cómo ante la carencia de redes de contención y las dificultades de alojamiento, los empleos pasan a segundo plano.

Retomando el patrón de recorrido, Luz también experimenta una salida del sector del servicio doméstico. Tras acumular empleos poco satisfactorios, es empleada a tiempo completo en una casa de Recoleta. Encerrada con llave en la casa durante sus horas de trabajo, un día le solicita al hijo de la empleadora abrirle la puerta para poder retirarse pues la señora de la casa no llegó a tiempo. Por eso, es acusada de robo y los empleadores no le pagan su trabajo. Luz, extranjera, sin documentación nacional, siente que no puede hacer nada. Es un golpe duro, anímica y económicamente. Decidida a no volver a trabajar de empleada doméstica, un amigo ofrece pagarle un curso acelerado de cuatro meses de auxiliar de enfermería en un instituto privado con prácticas en un hospital de la provincia de Buenos Aires. Tras la formación, entra a trabajar para una empresa de Proceso de Atención en Enfermería (PAE), que trabaja con obras sociales y envía enfermeras a domicilio. A través de esa empresa, Luz empieza a trabajar con una señora mayor. Durante cuatro años, trabaja noche por medio, y luego unas horas de tarde. A pesar de su capacitación, sus ingresos no mejoran. La empresa PAE le exige inscribirse en el monotributo y le paga por los gastos de enfermería, mientras la familia le paga el cuidado a domicilio, en negro. Ambos le remuneran sus servicios $10 la hora, sin viáticos, o sea, menos que las empleadas domésticas y de cuidado que no recibieron capacitación (por ejemplo, en ese momento Sofía gana $15 por hora). Cuando la señora es hospitalizada, Luz pierde su empleo. Queda un mes sin trabajo, viviendo con unos pocos ahorros y la ayuda de su hijo mayor, hasta que descubre un cartel de una institución geriátrica que busca un auxiliar de enfermería. Trabaja allí al momento de la entrevista, de 14 a 22, con treinta pacientes, a veces en tareas de supervisión (reemplazando a la enfermera profesional). No firmó contrato, pero le ofrecieron un sueldo menor al monto acordado para el sector, aunque busca negociar el salario correspondiente. Vive con sus cuatro hijos y su compañero en un departamento de la capital. Tres de sus hijos estudian, uno trabaja y ayuda con los gastos de la casa, el compañero vive de changas y tiene un bebé que mantener por fuera de ese núcleo familiar.

Todas, o casi todas las entrevistadas, experimentaron salidas del empleo doméstico y de cuidado a domicilio remunerado. Estas salidas pudieron aparecer con los regresos de las trabajadoras a sus lugares de origen (donde tuvieron o no actividades remuneradas, dentro o fuera del sector, aunque a menudo dentro), con interrupciones debidas a una nueva situación familiar (instalación con una pareja que sostiene los gastos del hogar, hijos chicos), con el pasaje por otras actividades (como de venta informal, en paralelo o no con el empleo en el sector doméstico). Estas salidas no son necesariamente sinónimo de una mejora en la situación personal o laboral. Ante situaciones de venta informal callejera (como Damaris y Sofía que hacen y venden pan), el empleo doméstico aparece como una actividad más atractiva, de mayor estabilidad y menor exposición. Para Marina y Pilar, el empleo doméstico en Argentina, aun no registrado, ofrece condiciones indiscutiblemente más interesantes que el mismo empleo en el Paraguay. Lucía combina la venta informal de tarjetas telefónicas (un trabajo rentable) y, más adelante, de pasteles, con su empleo de limpieza. Damaris, en su provincia, trabajó con su marido en la contabilidad de sus diferentes actividades (en construcción y verdulería propia). Ella extraña la época en que le iba bien económicamente (“tenía todo”), pero asimismo la rechaza por la situación de violencia familiar. A lo largo de su trayectoria, Celia consiguió algún que otro puesto acorde con su formación de asistente social, puesto que combinó con empleos domésticos y no se reflejaron en una menor precariedad de sus condiciones de existencia. En cambio, sí parece haber alcanzado cierta estabilidad con el negocio de la vidriería.

Este tercer tipo de trayectoria puede revelar un efecto metodológico en tanto que en el momento de la entrevista, Celia y Luz tienen actividades por fuera del sector doméstico en casas particulares, lo que no significa que nunca tengan que recurrir nuevamente a estos empleos. Como lo recuerda Tizziani (2011), el empleo doméstico se caracteriza por representar una posibilidad de generar rápidamente ingresos en situaciones de crisis, multiplicando las entradas, salidas y circulaciones entre diferentes empleos del sector. Si se retienen estos dos casos como de salida de los empleos en casas particulares, es porque en determinado momento su trayectoria parece bifurcar hacia otros horizontes laborales. Pero si la vidriería quiebra, Celia quizás deba salir adelante buscando un trabajo rápidamente accesible en el sector analizado. Luz se capacitó de auxiliar de enfermería para jerarquizar sus conocimientos y actividades. Su deseo es lograr que su diploma sea reconocido oficialmente por el Ministerio de Salud y poder trabajar en una estructura hospitalaria. Sin embargo, aun trabajando como auxiliar de enfermería, tanto las largas horas de cuidado de la señora anciana como las condiciones de contratación y salariales no se distinguen de aquellas analizadas en el cuidado domiciliario. Quizás la negociación de su nuevo contrato con una institución geriátrica como auxiliar de enfermería permita mejorar estas condiciones, o no. El tema de la especialización como vehículo de cierta promoción social dentro del sector, que permite un mayor margen de maniobra y salarios más elevados (p.e., Blanchart, 2014), no se puede generalizar. El presente estudio muestra que no toda capacitación conduce hacia mejores condiciones laborales. Por su lado, el cuidado sin retiro puede ser considerado una forma de especialización que sigue siendo muy precarizada. No se traduce en un mayor poder de negociación –un poder, limitado, que como lo veremos más adelante tenderá a conquistarse desde el juego de las relaciones afectivas. Lo mismo podría observarse de las migrantes peruanas formadas que traen conocimientos diversos (inglés, enfermería) puestos al servicio de su actividad laboral sin que ello se traduzca en una compensación económica.

Finalmente, algunas expectativas socialmente naturalizadas (o inclusive vehiculizadas por los mismos investigadores) chocan con los razonamientos y expectativas de las trabajadoras. Sofía, por ejemplo, se formó en un instituto de peluquería, abrió durante un tiempo un pequeño salón en casa de sus padres, no descarta volver a ese oficio, pero lo considera más “esclavo” que el empleo doméstico que le permite combinar sus responsabilidades laborales y domésticas. Lo mismo podría adelantarse respecto al hecho de vivir en una villa. Espacio de recepción de quienes llegan de las provincias, espacio que le ofreció la posibilidad de tener su propia casa, y aun con cierto temor por su seguridad y la de sus hijos, Sofía valora su espacio de vida a la vez que lo oculta de sus empleadores por temor a los prejuicios. Salirse del empleo doméstico (o de la villa) no representa necesariamente la prioridad para trabajadoras insertas en un sector de empleo caracterizado por la poca movilidad social que permite y que enfrentan múltiples responsabilidades familiares.

Reflexiones (I) sobre trayectoria, migración y trabajo

Lo primero a resaltar es la profunda variabilidad a lo largo de las trayectorias de las trabajadoras de los sectores del empleo doméstico y de cuidado, más aun cuando se trata de mujeres migrantes.[36] Podría haberse buscado otro tipo de corte, por lugar de origen por ejemplo. Si bien la posibilidad de establecer secuencias y cortes colectivos más netos y esclarecedores tendería a privilegiar esta elección, tal evidencia desaparece cuando se parte de la situación laboral que comparten en el momento de la investigación. Desde el aquí y ahora, mirando hacia atrás aparece la necesidad de comprender cómo, partiendo de esa diversidad de recorridos, estas mujeres llegaron (material y subjetivamente) a insertarse en el sector doméstico y de cuidado en la CABA. Al mismo tiempo, no se quiso limitar el estudio a la mera sucesión de empleos en Argentina (situación compartida), sino tratar de descifrar a la vez la lectura del presente, retrotrayendo la historia pasada y la lectura del pasado partiendo del presente, en este complejo juego temporal que sostiene el relato y las experiencias que marcaron para estas trabajadoras su vida y la percepción de ésta.

En esta configuración analítica, las nociones de movilidad social,[37] de trayectoria laboral ascendente/descendiente e inclusive de carrera no resultaron ser herramientas de gran utilidad. La idea de carrera desarrollada por los interaccionistas (Hughes, 1996; Becker, 1985) tiene las grandes ventajas de tomar en cuenta los aspectos subjetivos y hasta morales de ésta y de permitir un estudio diacrónico marcado por inflexiones. Sin embargo, el análisis se circunscribe, por un lado, a la carrera (profesional, delincuente, militante, etc.) y no a la biografía en su extensión y complejidad; y, por otro, a movimientos secuenciales dentro del sistema ocupacional, lo que dificulta el análisis desde la interpenetración de las esferas y sus problemáticas, particularmente sensibles cuando analizamos trayectorias de mujeres, temporal y geográficamente multi-situadas y fragmentadas más que secuenciadas. En ese panorama de recorridos y condiciones de existencia constreñida, inestable y cambiante, el análisis de las trayectorias como sucesión de posiciones sociales no puede dar cuenta de experiencias y configuraciones sociales que se generan y modifican sobre la base de otros criterios.

El análisis del curso biográfico a partir de los relatos individuales abiertos permite comprender mejor los procesos subjetivos que llevan a las entrevistadas a realizar elecciones (como el empleo doméstico en vez del salón de peluquería) o justificar posiciones (p.e., empleada doméstica hoy en Argentina después de haber sido funcionaria municipal y cuadro político en Perú), que de otro modo resultarían difícilmente inteligibles. El análisis de la trayectoria laboral y de sus significados no puede hacer caso omiso de la reconstrucción subjetiva que hace la trabajadora de su recorrido, que pone a la luz procesos y momentos fuertes que sostienen su interpretación y la diversidad de sus esferas de responsabilidad y actuación. En ese sentido, existe el riesgo de aislar y sobredimensionar la variable “secuencias laborales” en detrimento de la complejidad de su elaboración y efectos, articulada con otros factores en la totalidad de la existencia.

En los casos analizados, la migración (como ruptura biográfica) o el proceso migratorio (como formas de “doble presencia”) representan un elemento central en la elaboración subjetiva de la trayectoria individual y de la definición de sí en el aquí y ahora. Algunas de las migrantes peruanas entrevistadas tenían oficios en su país socialmente valorados y reconocidos. No pasaron de ser funcionaria o joyera a empleada doméstica. La ruptura biográfica que impuso la necesidad de migrar genera una reinterpretación de la trayectoria que permite entender que la empleada doméstica Olga, ex-funcionaria municipal, estime haber encontrado su lugar en Argentina (Borgeaud-Garciandía, 2017a). Sofía, Marina, Damaris fueron niñas-domésticas y niñas-migrantes. Son estas niñas-domésticas devenidas adultas las que incorporaron estas experiencias tempranas como parte de su (re)presentación como trabajadoras y como sujetos. La biografía relatada no consiste solamente en una sucesión de etapas sino en constantes idas y vueltas y desplazamientos temporales en el seno de su propia historia y el relato de sí que se construye. Para las mujeres que multiplicaron las idas y vueltas con su provincia o país de origen, cuidando de las necesidades de sus hogares de origen a la vez que trabajaban en la capital argentina, el análisis del significado de la trayectoria laboral, con sus altibajos y sus cortes, debe tomar en cuenta el peso de esa “doble presencia”, no solo en tanto pueden interrumpir empleos sino porque –así como numerosos otros factores– le dan un sentido que no se limita al trabajo socialmente desvalorizado del que se supone que habrían que salirse.

Si las trabajadoras de los sectores de los servicios a domicilio suelen vivir en situaciones de mayor vulnerabilidad que el promedio de la población activa, a partir de esta investigación acotada es posible hacer algunas aclaraciones.

Ante todo, hace falta tomar con pinzas la asociación comúnmente aceptada y vehiculizada entre trabajo doméstico y de cuidado, migración y pobreza. Se ha descripto aquí con insistencia la vulnerabilidad de la mayoría de las situaciones laborales, tratándose además de empleos muy poco protegidos y reconocidos. Sin embargo, también parece necesario recordar que no todas las migrantes vienen de familias pobres. Algunas jamás pasaron necesidades antes de llegar a la Argentina en busca de trabajo. La ruptura de la migración se suma en realidad a un quiebre debido a otra crisis, por ejemplo, económica. En esta muestra, las trabajadoras ex-niñas-domésticas provienen de hogares pobres rurales, o desmembrados (como en el caso de Luz y de Olga). A pesar de las dificultades y los problemas familiares a veces graves, Lucía, Celia, Estrella, Perla y Rosalba provienen de sectores medios. Se ha señalado que las migrantes peruanas realizaron estudios secundarios, terciarios o universitarios. Asociar automáticamente trabajadora migrante con pobreza participa de una representación desvalorizada perjudicial para las propias trabajadoras. Como otras trabajadoras migrantes en el mundo (Nedelcu, 2005; Roulleau-Berger, 2010), las trabajadoras peruanas en particular sufren con la migración un desclasamiento social y laboral, en parte sostenido por el no reconocimiento de su formación. Un análisis interseccional de las dominaciones que padecen a través del lugar que les reserva la sociedad de acogida, a partir de las relaciones entrecruzadas de género, “raza” (aspecto físico, acento o lugar de procedencia) y clase (lugar ocupado en el proceso de producción, situación de pobreza), atestigua una superposición o confusión en las representaciones sociales dominantes entre pertenencia de clase (real o supuesta) e historia migratoria más allá de la situación real.[38]

Por otro lado, en correspondencia con las características etarias del sector, la mayoría de las mujeres entrevistadas tienen más edad que el resto de la población femenina ocupada.[39] Menos Sofía, Celia y Luz, las entrevistadas tienen más de 50 años, un largo recorrido detrás, hijos adultos o adolescentes, y en algunos casos padres envejecidos. La edad, o el ciclo de vida, pesa sobre las percepciones y representaciones presentes. Si las más jóvenes buscaron salirse del sector o eligieron permanecer en él, por ellas o en función de sus obligaciones de cuidado doméstico, las otras o se especializaron en el cuidado de personas mayores en modalidad interna (sus obligaciones familiares son reducidas, pero no carecen necesariamente de vivienda), o lograron constituir jornadas de trabajo fijas con varios empleos (Marina, Damaris), o consiguieron un empleo fijo de tiempo parcial que les permite orientar su energía y expectativas hacia otras actividades, por ejemplo, asociativas (Olga, Lucía). Sus empleos aparecen como actividades que, aunque no ofrecen mucho desde lo personal, en su desarrollo cotidiano pueden no generarles mayores inquietudes o problemas. Estas trayectorias-tipo no agotan la variedad de recorridos posibles. Así, por ejemplo, Oriana, otra trabajadora peruana de más de sesenta años, se lanzó con su marido en un negocio propio tras haber trabajado por décadas de empleada doméstica en una misma casa. El relato se hace en presente, revela un pasado traído al presente, y un presente moldeado por la reconstrucción del pasado, pero no presume del futuro que permanece abierto a nuevos giros y nuevos cambios.

Finalmente, otro factor que las biografías invitan a tomar en cuenta a la hora de analizar las situaciones presentes y las representaciones a las que dan lugar, concierne los grandes esfuerzos, para no decir la lucha, que estas trabajadoras migrantes emprenden para salir adelante. En numerosos casos, llegan a Buenos Aires con muy pocos recursos. A la penuria económica, las deudas contraídas, la necesidad de ayudar a la familia, el alejamiento de los suyos y las carencias afectivas, se suman la falta contención en el lugar de acogida y la casi obligación de aceptar cualquier trabajo que se presente. Pasaron por situaciones extremadamente difíciles y valoran los esfuerzos que realizaron para salir adelante, traer a sus familiares, construir una estabilidad que les era negada. La atención y expectativas de reconocimiento apuntan a las dificultades y los logros, los hijos que estudian o trabajan, la casa propia, la dedicación a una causa colectiva. La valoración de los esfuerzos propios y del grupo familiar (quizás hasta en la historia colectiva), así como la atención puesta en otras esferas de intervención pueden prevalecer sobre la trayectoria objetiva como posición social ocupada.

Reflexiones (II) sobre percepciones cruzadas
de los trabajos de cuidado

Antes de pasar al análisis del trabajo de cuidado de adultos mayores dependientes, se observa a lo largo de las trayectorias y de los relatos una diversidad de roles y actividades, diferentes maneras de relacionarse con ellos, con cada uno de ellos y unos en relación con otros. En particular se puede mencionar el cuidado de adultos mayores, el cuidado de niños y el cuidado del espacio (orden y limpieza).

El cuidado de adultos mayores muy dependientes, cuyo análisis se presenta en el capítulo siguiente, requiere la presencia sostenida, cuando no constante, de la cuidadora con el asistido. En estos casos, el trabajo de cuidado de la persona adquiere una centralidad que no tiene cuando la trabajadora es empleada para limpieza en la casa de una persona mayor más autónoma y que asiste durante sus horas de trabajo. La centralidad de esa función en empleos que se realizan en el domicilio y generalmente sin colegas, pesa sobre su manera de concebir las tareas domésticas que representan (o no) una parte legítima de sus obligaciones laborales. No se puede cuidar adecuadamente a una persona sin cuidar su entorno, por eso las mismas cuidadoras consideran que las tareas domésticas son parte del cuidado general de la persona. No las destacan en su relato, integran sus actividades cotidianas y las consideran como la limpieza básica que “una hace en su casa”, “normal”. Son tareas que integran el mantenimiento del orden general, indispensable para la vida cotidiana y para realizar bien su trabajo.

Sin embargo, si la limpieza doméstica como actividad de mantenimiento cotidiano del espacio integra el cuidado de la persona asistida, aparece como un “trabajo sucio” cuando surgen formas de división del trabajo de cuidado y de delegación de estas tareas. Dejan entonces de ser parte intrínseca del cuidado para transformarse en una tarea cuya delegación se vuelve desvalorizante. La prima de Marisa[40] consiguió que esta última llegara de Perú y trabajara con ella en el cuidado sin retiro de una anciana. Se reserva las tareas de elaboración de las comidas, dejando todo lo que concierne la limpieza del departamento a Marisa, que difícilmente tolera esta división del trabajo. Algo similar han observado Findling, Lehner y Cirino (2017) en relación con cuidadoras remuneradas que se capacitan en el marco de la enfermería. Definen el cuidado por sus funciones terapéuticas, relegando lo que consideran menos gratificante (la limpieza, la comida y el acompañamiento).

La distinción entre trabajo de cuidado (valorado) y trabajo doméstico (desvalorado y, sobre todo, desvalorizante) aparece asimismo cuando las cuidadoras consideran que las tareas a realizar exceden lo que requiere el cuidado del asistido. En los relatos se distinguen muy claramente las tareas de limpieza consideradas “legítimas” de aquellas que no lo son, por ejemplo, cuando los familiares aprovechan la contratación de una cuidadora para hacerle limpiar sus propios departamentos, ocuparse del perro, cocinar para todos, etc.

En sus relatos, algunas de las cuidadoras sitúan su trabajo en relación con el cuidado de niños, aunque su experiencia provenga menos de empleos de niñeras que de su experiencia en el marco familiar. Si tienden a comparar casi automáticamente la dependencia del anciano con la del niño chico –con frases de tipo “es como un bebé”, “son como criaturas”– la mayoría expresa que ya no se sentiría capaz de cuidar niños. Una de las principales razones es la misma que inversamente reivindican en el cuidado de los adultos mayores: la falta de paciencia. Esa misma paciencia que, tal como aparece en numerosas investigaciones sobre el trabajo de cuidado, se impone como una de las cualidades primeras e insoslayables del cuidado que llevan cotidianamente adelante.

Una posible explicación podría radicar en las características mismas del trabajo de cuidado con adultos mayores, que requiere una presencia sostenida de las cuidadoras con el asistido. De alguna manera, comparado con el cuidado integral del anciano, el cuidado de niños puede parecer transitorio y sobre todo tributario de la presencia cotidiana y elecciones de los padres. El cuidado de adultos mayores les da más laxitud para desarrollar su trabajo, tienen mayor poder de acción y decisión en su desempeño cotidiano, pueden ver el resultado de su trabajo en un anciano que manifiesta bienestar, mientras la proximidad de la muerte otorga a su labor un significado más trascendente. El cuidado de los niños, como “orientación en el mundo”, se comparte con los padres, la familia, la escuela. La convivencia prolongada que implica el cuidado sin retiro es menos frecuente y el espacio es entonces compartido con la familia del niño. El actuar de la niñera queda más supeditado a los lineamientos educativos, y quizás hasta afectivos, que imponen los progenitores. Aunque vinculada con otros actores, la relación con el anciano sufre menos interferencias. Rosalba se manifiesta al respecto:

[Cuidar niños] es mucha más responsabilidad que una persona adulta. Porque a un niño hay que enseñarle; hay que enseñarle y hay que saberlos guiar en la vida, para que sean buenos adultos. (…) Entonces, tú vas a ir a cuidar a un niño y no lo vas a poder guiar así ¿por qué? Porque este niño tiene a sus padres, pero si tú estás al cuidado de él todo el día y los padres no están, entonces vas a tener que tú guiarlo; [pero] por ahí, como tú lo guíes a ese chico, a los padres no les gusta.

Si las cuidadoras de ancianos ubican su trabajo y lo que consideran parte de sus actividades en relación con el cuidado doméstico y de niños, estas fronteras son menos nítidas en los relatos de quienes se definen como empleadas domésticas. Cuando el empleo doméstico comprende el cuidado de niños, esta última actividad no es destacada del conjunto de actividades. La trabajadora se ocupa de la casa y de los niños, pero como parte de la casa. Llama poderosamente la atención que, a diferencia de lo adultos mayores, rara vez aparecen en los relatos los nombres de los niños. Para Sofía, que ha tenido numerosas experiencias, los niños se vuelven visibles en solamente dos ocasiones: dos niñas que le hicieron la vida imposible (con el desinterés de sus padres de aval) y su contracara, las dos hijas de su “empleadora favorita” que la respetaban y que cuidó como si fueran de ella. Los demás niños quedan invisibilizados en su relato.

A menudo las trabajadoras no recuerdan cuántos niños eran e inclusive a veces no los mencionan. Por un lado, el peso de las actividades de limpieza no permite darle a ese cuidado la misma centralidad que en el caso de los adultos mayores; por otro lado, adquiere mayor peso la relación de las trabajadoras con las empleadoras, la cual interfiere en el recuerdo de los chicos. Además, tanto para unas como para otras, se espera de la trabajadora que “supla” a la mujer de la casa en el conjunto de las tareas del hogar. Esta delegación comprende buscar a los niños en la escuela, hacerles la merienda o vigilar a los más chiquitos mientras se limpia la casa. La integración de ambos tipos de tareas se naturaliza, pero en un sentido opuesto de lo que sucede con el cuidado de ancianos (el cuidado es central y, dentro de ciertos límites, las actividades de limpieza naturalizadas). Finalmente, se observa que, en el caso de las niñas domésticas, se suman ambas actividades desde sus primeras experiencias, lo cual contribuye a alimentar dicha naturalización.

Las cuidadoras de adultos mayores reivindican una forma de especialización mayor que las empleadas domésticas, aun cuando estas realizan tareas de cuidado de niños. El cuidado de mayores es objeto de descripciones y explicaciones ausentes en las experiencias de empleo doméstico (a menos que sean expresamente solicitadas en la entrevista). Pero lejos de una imagen idílica, el cuidado de ancianos es “por definición una región de disensiones y desacuerdos” (Molinier, 2013: 24), su experiencia –como se verá– puede resultar profundamente desgastante e inclusive violenta. Si para algunas trabajadoras su especialización en el cuidado permite jerarquizar su actividad con respecto al empleo doméstico, este tipo de empleo no necesariamente resulta atractivo para otras trabajadoras, sea por las condiciones laborales (sin retiro o de tiempo completo) o por las características mismas del trabajo (peso de los afectos, confrontación con la deterioración física y mental de los asistidos, etc.). “Después que empecé a trabajar de limpieza, ya no quise saber más nada de cuidar a nadie”, confiesa Damaris. Para ella, así como para Marina, cuyas experiencias en el cuidado de ancianos fueron afectivamente conflictivas (por el maltrato o por los efectos de las enfermedades neurodegenerativas), el empleo doméstico (con o sin cuidado de niños) ofrece cierta tranquilidad en tanto no conlleva una implicación afectiva tan fuerte.


  1. La “doble presencia” es un concepto introducido por la socióloga italiana Laura Balbo para hacer referencia a la doble presencia y responsabilidad de la mujer en el ámbito privado del hogar y público del mercado laboral (Balbo, 1978). Aquí se le da un significado distinto, asociado a una movilidad que implica una doble presencia de la migrante en el lugar de recepción y, a distancia, en el lugar de origen.
  2. La perspectiva metodológica se encuentra detallada en los anexos. El análisis se apoya centralmente en diez historias de vida de mujeres trabajadoras migrantes. Ellas son Celia (peruana de 36 años), Damaris (argentina de 50 años), Estrella (peruana de 73 años), Lucía (peruana de 52 años), Luz (paraguaya de 39 años), Marina (paraguaya de 52 años), Olga (peruana de 55 años), Perla (paraguaya de unos 65 años), Rosalba (hija de Estrella, peruana, 52 años), Sofía (sobrina de Damaris, argentina de 34 años).
  3. Nos referimos a situaciones en las cuales los migrantes, aun presionados por situaciones económicas y sociales, decidieron migrar. Aunque la “libertad de decidir” puede encontrarse fuertemente constreñida, se distingue de las situaciones en las cuales no interviene el libre albedrío, como el caso de la trata de personas.
  4. Véase la literatura sobre familias o maternidad transnacionales (p.e., Hondagneu-Sotelo y Avila, 1997; Parella, 2007; Catarino y Morokvasic, 2005, entre otros).
  5. Sin importar la configuración de este núcleo, biparental, monoparental o inclusive compuestos por otros miembros de la familia que no son los padres, pero que aparecen como una referencia en su rol de contención afectiva, educativa, etc.
  6. Más allá de los niveles relativamente bajos que ocupa el Perú en los rankings internacionales que pretenden medir la calidad educativa, organismos como UNICEF o la UNESCO insisten en las profundas desigualdades de la educación en función de factores como el medio urbano/rural, la pertenencia de sexo, la pertenencia étnica, la escolaridad privada o pública.
  7. Sobre las jerarquías étnico-profesionales que estructuran el sector del empleo doméstico, distribuyendo social y valorativamente las empleadas domésticas en función de cualidades asociadas con su procedencia geográfica, social, étnica, ver por ejemplo, Durin (2014) en el caso de México, Bret (2012) en el caso del Líbano.
  8. Tanto Maguid (2011) como Benencia (2012) notan que los niveles de instrucción de los peruanos son los únicos en superar los de la población nativa. En relación con quienes cursaron estudios universitarios, la tasa alcanza el 38% de los varones peruanos contra el 18% en la población total (varones), mientras solo el 4% de los varones paraguayos accedieron a este nivel de estudio. La diferencia también existe, aunque es menor, en el caso de las mujeres (30% vs. 23% y 5% para las paraguayas). Si se toma en cuenta el conjunto de los migrantes limítrofes y del Perú, estos niveles bajan al 11% para ambos sexos mientras en el otro extremo, el porcentaje de los migrantes limítrofes y del Perú con menor educación alcanza el 26%, contra el 15% en la población total. Las trabajadoras del sector doméstico cuentan en promedio con una escolaridad netamente más baja que el resto de las asalariadas (en 2004, el 80% había alcanzado como nivel máximo “secundario incompleto” contra el 36,2% para el resto de las asalariadas) (Ministerio de Trabajo Empleo y Seguridad Social, 2004).
  9. Las edades corresponden al momento de la (primera) entrevista. Las entrevistas tuvieron lugar entre 2009 y 2012.
  10. De las diez historias de vida consideradas, tenemos una “fratría” de dos hermanos, una de tres, una de cuatro, una de cinco y todos los demás de entre siete y catorce hermanos. Cabe subrayar que en algunos casos se trata de hermanos que fallecieron de bebés o de niños. Estas cifras no contemplan los medio-hermanos.
  11. Los nombres de los lugares geográficos son ficticios.
  12. La trayectoria de Olga ha sido desarrollada en (Borgeaud-Garciandía, 2017a).
  13. Para Catarino y Morokvasic (2005), la movilidad comprende la figura más clásica de la migración (desplazarse de un espacio de partida hacia un espacio de acogida e instalarse allí por un tiempo más o menos largo), así como formas diferentes y variadas de desplazamientos (circulatorios, compuestos de sucesivas idas y vueltas, etc.). Aquí se usa a la vez como un substituto del término migración y también para marcar la especificidad de los desplazamientos de las migrantes internas y paraguayas, “a caballo” entre Buenos Aires y su lugar de procedencia.
  14. El término “adulto” hace menos referencia a la edad en sí que a mujeres que ya asentaron un recorrido laboral y doméstico propio.
  15. También parece ser el caso de Olga, pero ella no detalló la experiencia laboral que tuvo de niña. Queda como una referencia muy fuerte (compara la mujer que se ha vuelto con la niña que tuvo que trabajar a los ocho años), pero en su relato Olga privilegia los cambios y las rupturas (muerte de la madre, vida con el tío, partida del tío, encuentro con su primera pareja).
  16. En su estudio sobre el servicio doméstico infantil en Costa de Marfil, M. Jacquemin (2009) distingue la “petite bonne” (pequeña sirvienta) que es extranjera al núcleo familiar y percibe una remuneración, de la “petite nièce” (“sobrinita”) que designa las niñas ayudantes domésticas familiares. Especifica que el término sugiere un lazo de proximidad y no la existencia de ese lazo de parentesco. La niña puede ser una prima, una hermanita, una vecina, una niña del mismo pueblo, etc. El término “sobrinita” es retomado por la autora de C. Vidal y M. Le Pape (1986).
  17. En ese momento en Las Palmas, los empleadores ponían un cartelito en el frente de su casa manifestando su necesidad de emplear una doméstica (como en este caso, que justo se presenta la prima de Sofía), o son ellas quienes golpean de puerta en puerta, como en la primera experiencia de Sofía.
  18. En alusión al libro de A. Sayad, La doble ausencia: De las ilusiones del emigrado a los sufrimientos del inmigrado (1999), el título nos sirve para subrayar el proceso que lleva a las trabajadoras a manifestar su presencia en su lugar de procedencia (donde siguen cumpliendo con formas de cuidado familiar a distancia y viajando) y de llegada.
  19. A pesar de esta “doble presencia” de mujeres que se mantienen atentas a su familia de origen, en particular para las migrantes peruanas, la preocupación y el apoyo a distancia, terminan siendo en cierta medida un corolario de la idea de “doble ausencia” de Sayad. Para el autor, la emigración se traduce en una imposible ubiquidad: “Seguir estando ‘presente a pesar de la ausencia’ (…) – lo que lleva a encontrarse ‘tan solo parcialmente ausente ahí donde estamos ausente’– (…) y correlativamente, a ‘no estar totalmente presente donde estamos presente’, lo que equivale a estar ausente a pesar de la presencia’ (…) es la condición o paradoja del inmigrado” (Sayad, 1999: 184). El “riesgo”, sigue el autor, es que estas formas incompletas de presencia y ausencia terminen por cumplirse integralmente: que la presencia física se doble de una presencia moral, y la ausencia física, una ausencia moral, una ruptura con la comunidad de origen (Sayad estudió la emigración/inmigración de trabajadores argelinos en Francia). Nuestras entrevistadas extranjeras manifiestan: 1) que se sienten extranjeras tanto en Argentina como en su lugar de procedencia, 2) que ya descartan la idea de volver a vivir en sus países de origen.
  20. Herramienta conceptual de varias disciplinas, en sociología el concepto de “punto de inflexión” o turning point se encuentra principalmente asociado al estudio de las trayectorias y curso de la vida (tal como se desarrolló en la escuela estadounidense) para caracterizar momentos de ruptura o de transición en un recorrido, entre períodos que se suponen estables. El concepto es sujeto a discusiones e interpretaciones. Siguiendo Abbott, hace referencia a cambios cortos que traen consecuencias y reorientan un proceso: “Todos los cambios súbitos no son ‘ puntos de inflexión’, sino sólo aquellos que desembocan en un período caracterizado por un nuevo régimen” (Abbott, 2001 citado por Grossetti, 2006). Este último autor prefiere optar por el término “bifurcación”, próximo a la postura de Abbott, pero refuerza el acento puesto en la imprevisibilidad de las situaciones (Grossetti, 2006). Tal suceso corresponde más a las migraciones de las trabajadoras peruanas que a las situaciones caracterizadas por un largo proceso de “doble presencia”. Desde un punto de vista general, nos apoyamos en aquellos eventos subjetivamente relevantes en la biografía que pueden haber generado rupturas no visibles desde las trayectorias objetivas.
  21. ver cita p. 87.
  22. Sobre algunas de las consecuencias afectivas de las migraciones laborales femeninas desde aquellos que se quedaron, ver p.e., Devi, Widding Isaksen y Hochschild (2010), Parreñas (2001, 2005) o Cavagnou (2014).
  23. En particular a partir de la primera encuesta cuantitativa que se realizó en ese país en el año 2000 sobre la violencia hacia las mujeres (Jaspard et al., 2003).
  24. Por ejemplo, en el análisis de la violencia en el trabajo, Dejours (1999, 2007) invita a considerar la violencia en un sentido estricto y acotado como un acto que implica necesariamente el uso de la fuerza, distinguiéndola de otras relaciones de poder.
  25. Por ejemplo, Estrella: “Yo no salía a hacer compras, yo no hacía nada; no podía salir; la mamá era la que hacía las compras, la mamá era la que cocinaba; la mamá era la que criaba a los hijos, yo solamente tenía los hijos”. Olga: “No tenía amigas. Vivía en mi casa y con mi vecina, que era mi comadre. Nada más. No salía afuera”.
  26. Por ejemplo, Perla: “Lo desafié y me fui a coser porque era tanta la necesidad que había… desafiándolo a él, porque como que era muy celoso y para él, salir la mujer a [trabajar], no sé, era lo peor”; Marina: “Él siempre me prohibió trabajar; me decía: ‘No trabajes, no trabajes’. Pero pienso que si yo no trabajo, no voy a tener plata y él no me va a dar”.
  27. Por ejemplo, Estrella y Olga deciden formarse para escapar del encierro doméstico. Estrella estudia tres años de enfermería por correspondencia. Logra seguir las prácticas en hospital. Por sus notas, gana una beca para trabajar en los EE.UU., pero renuncia: “Y no me dejó el papá de mis hijos, no quiso”. Olga decide buscar una formación para salir de su casa: “Y de ahí me pongo a estudiar, un curso de dos meses. A él mucho no le agradó, pero igual lo hice. Pero yo tomaba las clases de corte y confección para salir de mi casa. A mí no me gusta el corte y confección. Entonces ahí fui y ahí vinieron los problemas porque él se emborrachaba y decía: “Sí, ¿qué te crees? ¡¿Te crees más que todos porque estudiás?!” (…) y venían las peleas, ohhh”.
  28. Por ejemplo, Damaris: “Agarró y vendió todo y se quiso venir a Buenos Aires (…) [¿Estaba de acuerdo, usted?]. Un poco sí, un poco, no. Porque no quería venir así ¿qué sé yo? (…) en casa ajena, sin trabajo, entonces, no estaba muy de acuerdo, pero vinimos”. Damaris trabaja de empleada doméstica: “[Ganaba] $1,40 la hora. Y a mi marido le pagaban 80 centavos la hora, en una florería (…) Por eso se quiso volver, porque no ganaba ni la mitad. Porque no le gustaba tener que estar dependiendo prácticamente de mí (…) Él quería ganar bien, no quería ganar poco y por eso nos fuimos. (…) Yo ya estaba hallada acá [en Buenos Aires], ya me quería quedar”.
  29. Por ejemplo, Estrella: “Yo siempre le decía que debíamos cuidarnos, no tener tanto hijo porque tanto hijo tampoco era bueno. ‘Los hijos vienen todos los que vengan’, decía, así que ahí tuve 7 hijos”; Olga: “Vino mi otra amiga – no me voy a olvidar – me dice: “¿Para qué tenés tantos hijos? ¡Todos los años estás embarazada! ¡Hay pastillas para cuidarse!, No, pero cómo voy a tomar…”, “Sí”, me dijo y me compró un paquete. [¿Usted nunca había escuchado hablar de las pastillas?] No, no, no, no, ni se me ocurrió. En la época no tenía radio, no tenía televisión (…) Y comencé a tomar[las] y me las encuentra: ‘¡Seguramente tenés otro marido! – viste, la clásica – por eso te cuidás’. Pero yo seguí tomando pastillas, a escondidas. Y ahí me pegó”.
  30. Por ejemplo, Perla: “Él tenía, pero nunca pensaba en nosotros (…) mis hijos nunca podían terminar la escuela, me acuerdo que a los dos los echaron del colegio. [¿Por qué?] Porque no pagábamos las cuotas. Fue algo terrorífico; yo me acuerdo que mis hijos se levantaban –y es muy fuerte lo que voy a decir– se levantaban y a veces ni les miraba cuando se iban a la escuela; sabía que se iban sin desayunar. Se iban sin desayunar; hasta las 12 tienen que estar y después venir a comer y a veces ni tenía para darles. Fue algo… muy fuerte ¿viste?”; Marina: “Viste como son los hombres, trabajan y no te quieren dar la plata; y yo toda mi vida trabajé. Él no quería que yo trabaje, no quería que haga nada pero tampoco ponía para la casa; ponía todo eso pero si uno necesita bombachas, corpiños o ropa, nada ‘Arreglate con lo que tenés’; yo no estoy acostumbrada así, siempre trabajé”.
  31. Por ejemplo, Olga: “Cuando él estaba sano y no tomaba, era una bellísima persona, pero cuando se emborrachaba, tomaba, ya, como quién dice ya le venían ‘los diablos azules’. O sea que se salía. Y comenzaba, venía un día a pegar, un día eso”. Marina (para explicar cómo llegan a las manos): “Ya era de noche y él estaba sentado afuera; él no toma bebidas, él no fuma; él nada; lo único, que era celoso”.
  32. Por ejemplo, Luz con su primera pareja: “Al principio todo lindo pero después era todo sufrimiento porque él hacía su vida; yo tenía que quedarme en la casa con la mamá y él trabajaba pero andaba de mujer en mujer”. Con su segundo marido: “Él empezó a salir todos viernes y sábados; viernes de soltero y sábado de soltero; él hacía ¿viste? su vida. Y yo sabía que andaba con mujeres, no me sentía bien porque él llevaba esa vida y yo para no pelear me callaba mucho (…) me daba bronca”. Su tercera pareja, en Argentina, tiene una hija de 9 meses con otra mujer, cuando hace poco más de un año y medio que Luz y él están juntos.
  33. Es importante subrayar que la multiplicación de responsabilidades (laborales y familiares) y la modalidad de empleo sin retiro representan otros factores que limitan el acceso a la documentación por ser los trámites presenciales, muy largos y engorrosos.
  34. Los casos de “blanqueo” generalmente no reconocen en la trabajadora no una empleada en relación de dependencia sino una prestadora de servicios y los derechos sociales se limitan a los aportes para obra social y jubilación, y más recientemente el seguro de riesgo de trabajo.
  35. La  Salada, inmensa feria del conurbano bonaerense en la cual la mayoría de los productos son de marcas falsificadas. Asociaciones han denunciado que la ropa que allí se vende se fabrica en talleres clandestinos. La Unión Europea calificó la feria de “emblema mundial del comercio y la producción de mercadería falsificada”.
  36. Variedad destacada por B. Destremau y B. Lautier en su dossier “Mujeres en domesticidad. Las domésticas del sur, en el Norte y en el sur” (2002).
  37. Sobre la dificultad de integrar a las empleadas domésticas en la problemática de la movilidad social e inclusive en el análisis sociológico, Lautier observa: “Aún hace falta que haya movilidad y conductas y comportamientos que puedan ser interpretados en términos de una búsqueda de movilidad social” (Lautier, 2003: 804). Sobre las trayectorias y miradas críticas de las empleadas domésticas españolas migrantes en Francia en término de movilidad social, véase Oso Casas (2005).
  38. Ver asimismo lo observado por Ana Mallimaci en su trabajo sobre estudiantes en enfermería argentinas y migrantes extranjeras (Mallimaci, 2017).
  39. En 2004, el Ministerio de Trabajo Empleo y Seguridad Social destacaba la subrepresentación de las mujeres de entre 24 y 35 años en el servicio doméstico y la sobrerrepresentación de las mujeres de más de 55 años, dos veces más numerosas en estos empleos que en las demás ocupaciones (19,6% vs. 10,8%) (Ministerio de Trabajo Empleo y Seguridad Social, 2004). Según estadísticas recientes (Dirección General de Estadística y Censos de la CABA, 2015), la edad promedio en el sector es de 43 años.
  40. Marisa es una joven peruana migrante, en Perú trabajaba de costurera y maestra de escuela. Es cuidadora interna al momento de la entrevista. No aparece en las trayectorias del presente capítulo porque se privilegiaron aquellas que ya contaban con recorridos laborales largos en Argentina. Marisa llegó menos de un año antes de la entrevista.


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