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3 El trabajo de cuidado domiciliario de adultos mayores dependientes

Un cuidado para qué modalidades de empleo

A través de las reconstrucciones biográficas de las trabajadoras es como aparecen los empleos de cuidado a personas dependientes, en particular a adultos mayores. Es decir, en su articulación con las trayectorias de vida y laborales analizadas, algunas de las cuales se construyen en torno a esa función. Estas trayectorias permiten entender mejor los procesos que sostienen la presencia y el desempeño de las trabajadoras en los empleos domésticos y de cuidado. Ahora bien, a través del análisis e interpretación de los relatos es posible atravesar la puerta e ingresar en los hogares en los cuales desempeñaron sus cuidados (en adelante entiéndase un cuidado stricto sensu a personas mayores dependientes). Son puertas-fronteras que aíslan, física y simbólicamente, el mundo complejo y sobre todo invisible del trabajo de cuidado a domicilio del movimiento exterior; un trabajo con referencias espaciales y temporales propias. Se buscará entender qué implica y qué significa dicho cuidado para las trabajadoras, las características y especificidades de tal actividad desde y para las voces trabajadoras.

Puertas adentro, el trabajo cotidiano de cuidado tiene una complejidad, densidad y opacidad selváticas. Difícil de contar, difícil de desnaturalizar, difícil de visibilizar y objetivar (antes que nada, para ellas mismas), es posible suponer algunos de sus secretos, mientras que otros quedan en la sombra. La diversidad que conllevan la organización, los actores implicados, los estados de salud o tipos de padecimientos, el anclaje en las actividades cotidianas de tipo domésticas, la evolución propia y el arraigo en lo más íntimo del ser hacen del trabajo de cuidado una actividad que se caracteriza por la imposibilidad de una descripción única y exclusiva. Este libro no pretende elaborar tipologías de las formas de organización y actividades de cuidados. Partiendo, como se describe en las aclaraciones metodológicas, de una perspectiva subjetiva y cualitativa (ver anexos), se busca ahondar lo que sostienen, implican y esconden estas actividades, acciones, trabajo (que puede incluir ausencia de acciones, pausas, quietudes), que se despliegan en vistas a resguardar la vida del otro en contextos particulares. Si bien el análisis parte de una diversidad de experiencias de cuidado, se focaliza en aquellas que resultan más potencialmente perturbadoras, porque confronta a las cuidadoras con los aspectos más angustiantes de la naturaleza humana, hasta llegar a situaciones definidas como “totales”,[1] cuando el estado de dependencia exige la permanencia continua de la cuidadora, cuya existencia queda subsumida en la convivencia y el cuidado brindado. Son situaciones en las cuales los rasgos del trabajo de cuidado aparecen exacerbados y juegan un rol de contraste en el análisis de situaciones de cuidado menos invasivas. Las experiencias de cuidado analizadas reflejan con particular agudeza el hondo y sostenido “trabajo emocional” que las cuidadoras realizan, hacia sus propios afectos y los de la persona asistida, para poder desarrollar y llevar a cabo el trabajo de cuidado. El “trabajo emocional” implica esforzarse en adaptar sus emociones a la situación vivida y en suscitar una respuesta emocional en el otro (Hochschild 2003; Soares, 2003).[2] En los contextos analizados, que combinan fuerte dependencia del asistido y convivencia, el trabajo de las emociones se impone como una necesidad. La centralidad del trabajo realizado sobre los afectos se relaciona con la centralidad de la relación de cuidado en la elaboración de las condiciones concretas en las que se desarrollará su trabajo –lo que de aquí en adelante denominaremos “el trabajo de la relación” de cuidado[3]–, así como en la necesidad de protegerse de sus múltiples aspectos deletéreos. En este sentido, el trabajo intenso realizado sobre los afectos, origina condiciones laborales a la vez que actúa como estrategia defensiva ante el sufrimiento que genera el trabajo propio.[4]

Los adultos mayores asistidos

Una rápida descripción de las personas cuidadas por las entrevistadas ofrece una idea de su perfil. En consonancia con factores demográficos y socioeconómicos imperantes,[5] se trata de una gran mayoría de mujeres, muy mayores, provenientes de familias de nivel medio que viven en su propio domicilio, generalmente solas, aunque en ocasiones con su pareja, también mayor, cuyos hijos e hijas trabajan y conviven con sus propias familias nucleares. Los ancianos varones cuidados suelen estar aún acompañados y cuidados por sus mujeres, o al menos por sus hijas. Aunque algunas mujeres ancianas también conviven con sus parejas que las cuidan, viven en mayor proporción solas y cuentan con visitas de sus hijos, otros familiares o vecinos. Cuanto más mayores, más probabilidad hay de encontrar mujeres viudas o solteras. Los relatos han aportado un dato que llama la atención, aunque no resulta representativo. Todas las cuidadoras trabajaron por lo menos una vez con mujeres muy ancianas provenientes de las migraciones europeas (italiana y española) de la primera mitad del siglo XX. Desde el punto de vista de las migraciones, es un dato interesante en tanto reúne mujeres de dos grandes tipos de corrientes migratorias que marcan la historia argentina. Y se destaca en tanto se trata de una situación que pronto dejará de darse por tratarse de la última generación de migrantes europeos proveniente de esas migraciones que aún vive.

Investigaciones sobre estrategias de cuidados a familiares dependientes han puesto en evidencia que las familias de nivel económico “medio”, a diferencia de las de nivel “medio-bajo”, recurren con más frecuencia a trabajadoras remuneradas para cuidar o ayudar a cuidar a su pariente que ya no puede valerse por sí mismo (Venturiello, 2015). Esta elección tiene que ver con una mejor situación económica, pero también con las expectativas profesionales y personales de los hijos y su propia conformación familiar, más reducida y nuclear (mayor valoración del espacio propio y del desarrollo profesional y personal) (Ibíd.). En consonancia con estos estudios, los hijos de los adultos mayores que cuidaban las entrevistadas cuentan en su mayoría con estudios superiores y son profesionales: contadores, abogados, maestros, profesores, periodistas, psicólogos, modistas. Algunos de ellos viven o vivieron en el extranjero y no son necesariamente “ricos”. De hecho, pagan la cuidadora entre varios hermanos o dejan en esta opción una parte importante de lo que ganan. Cabe aclarar que algunos de los adultos mayores también eran profesionales o artistas (por ejemplo, médico, maestra y directora de escuela, química, empresario, músico y poeta) y se puede suponer que ellos mismos fueron elaborando tipos de familia y visiones personales y profesionales más “individualistas”, “modernas” y urbanas. Como previamente se analizó en las trayectorias, aparece que algunas cuidadoras peruanas pueden tener formaciones no tan distantes de las de sus empleadores, tanto padres como hijos. También son maestras, asistentes sociales, enfermeras o funcionarias.

Finalmente, en relación con la edad, la mayoría de las personas cuidadas son muy mayores (muchas mujeres de más de 80 años hasta pasados los 100) o sufrieron alguna complicación física que les quitó autonomía. Dado que las cuidadoras trabajan sin retiro o jornada completa, modalidad de empleo que se impone cuando la pérdida de autonomía es avanzada, es de esperar que las personas sean efectivamente muy mayores y que presenten diversos casos de senilidad o enfermedades degenerativas. Si bien muchas de las personas asistidas viven solas, otras viven en pareja, o con su familia ampliada, o bien cuentan con la presencia diaria de algún familiar que vive a proximidad. Intervienen en la organización del cuidado y la contratación y empleo de la cuidadora la pareja cuando la hay (y puede hacerlo) y muy pocas veces el adulto mayor mismo; generalmente las hijas y los hijos son quienes se encargan de la organización del cuidado de sus padres y aparecen como los empleadores de las cuidadoras.

Para las cuidadoras, un empleo temporario y “sin retiro”

Como se ha visto a través de las trayectorias, algunas trabajadoras ya cuentan con un primer empleo cuando llegan a Argentina, otras lo consiguen a través de sus redes o de las de sus empleadores. El funcionamiento de las redes es esencial en las trayectorias laborales y su ausencia o no funcionamiento puede traducirse en períodos prolongados de desempleo difíciles de sobrellevar. Las redes permiten entender cómo puede generarse la especialización en cuidados sin retiro de personas altamente dependientes, descrito en el primer patrón de trayectoria en el capítulo anterior, o circuitos laborales dentro de una comunidad específica, como puede ser la judía. En estos dos casos, las trabajadoras se benefician de las redes de sus empleadores hasta alcanzar cierta autonomía dentro de su funcionamiento con base en su especialización. La trayectoria presentada de Sofía (Capítulo 2) permite ver cómo se cruzan las redes familiares y patronales, conformando un entramado complejo. Sofía, su hermana y su prima trabajan con personas vinculadas al Liceo Francés de Buenos Aires. Su hermana le consigue el empleo de niñera y empleada doméstica con la empleadora investigadora, la cual conoce a sus empleadores anteriores (que habían sido presentados a Sofía por su prima) porque sus hijos concurren al mismo establecimiento educativo, que aparece entonces como un “criadero” de potenciales empleadores. Esta situación es ilustrativa de las redes cruzadas que aparecen en los relatos y atestiguan la gran complejidad característica del funcionamiento de las redes a la vez familiares, comunitarias, patronales.

Si el devenir de una trabajadora por estas redes es frágil e inseguro, ayuda a paliar, aunque de manera limitada, los efectos de la inevitable pérdida de empleo, intrínseca a este tipo de trabajo. En efecto, tratándose de cuidados a personas mayores dependientes, los empleos duran de unos meses a pocos años, pero acaban inevitablemente con la muerte –o, en algunos casos, la institucionalización– de la persona cuidada. Empezar con un nuevo empleo es saber que acabará así, más temprano que tarde. Por un lado, desde el punto de vista del empleo, la cuidadora ya sabe que de un día para otro con la muerte, la institucionalización o la hospitalización del asistido, perderá su trabajo y muchas veces su alojamiento, lo cual la obliga a contar con la ayuda de otros (familia, compatriotas, empleadores) para minimizar el impacto de este período de desempleo e incorporarse a otro empleo mediante la activación de sus redes o las de sus empleadores. Por otro, desde el desarrollo de su trabajo, el cuidado a personas mayores muy dependientes consiste en sostener la vida lo mejor posible, acompañándola hasta su deceso. Las cuidadoras desarrollan saberes y aptitudes que las confrontan con su propia e inevitable impotencia, lo cual altera la percepción del tiempo (laboral). A diferencia del cuidado de niños, el resultado final del trabajo de cuidado a personas en el final de su vida es la muerte, o sea, de alguna manera, el límite o inclusive “fracaso” del cuidado. Por ello, el presente y el corto plazo se ensanchan, otorgándoles centralidad a los detalles del cotidiano, a la vez repetitivo e imprevisible.

Aunque ellas mismas hayan experimentado varias modalidades de empleo, existe entre las cuidadoras entrevistadas la idea de que el trabajo de cuidado a personas ancianas es necesariamente sin retiro. Según Olga:

Ningún trabajo con abuela es por día. Todos son para que los acompañes día y noche. Y el sábado y domingo francos. Siempre. No hay trabajos que… casi no. Habrá alguno para el que tenga plata y contrate una para la noche, pero sobre todo te contratan de lunes a sábado.

Esta idea se sustenta en una realidad. Cuando un adulto mayor perdió toda autonomía y necesita asistencia permanente, las familias tienen que optar entre su institucionalización, la convivencia con el asistido o la delegación de la mayor carga del cuidado cotidiano a una cuidadora que remuneran, permitiéndole al asistido permanecer en su casa con la presencia constante de una persona que se dedica a él. La institucionalización carece de legitimidad ante las familias y aparece como una opción viable solo cuando se agotaron las demás posibilidades (Findling y López, 2015). Podemos suponer que este rechazo se sustenta en una visión de la familia y de las mujeres de la familia como principal soporte legítimo del cuidado de sus miembros, aunque también existe un efecto discursivo que cede ante la realidad de la dificultad que plantea la pérdida total de autonomía y que lleva finalmente a algunas familias a optar por la institucionalización, como aparece en numerosas entrevistas de cuidadoras que perdieron de esta manera su empleo. El defecto de legitimidad de este sistema es igualmente perceptible en los relatos de las mismas cuidadoras que lo asocian con formas de maltrato de los hijos hacia los padres, como por ejemplo Olga, quien estima: “Allá en Perú casi no existen los geriátricos. A los viejos los cuidamos nosotros. Esa es otra diferencia. Allá cada padre o madre que tenga son cuidados por sus hijos, por uno, por otro, pero son cuidados por ellos en su casa. No es que se deshacen de ellos y los mandan a un geriátrico”.[6]

La opción de la convivencia en los casos de familias nucleares urbanas se articula no solo con el deseo de mantener cada núcleo familiar “cerca pero separado”, sino también con la temática de la capacidad habitacional (y la voluntad de preservar el “espacio vital” de cada uno)[7] y las exigencias laborales de sus diferentes miembros: no siempre aparece como una opción. Por un lado, se evitan las tensiones y conflictos familiares que potencia la convivencia con una persona dependiente. Por otro, convivir en un mismo hogar no representa una solución si no se cuenta con una presencia permanente. Por ello, algunas familias que logran sustentar ese gasto (o porque tienen los medios económicos, o porque se dividen los gastos entre varios hermanos, o con mucho esfuerzo), optan por mantener a su familiar en su propia casa con una cuidadora interna. La “realidad” de la asociación “cuidado de adultos mayores”-“empleo sin retiro” se apoya asimismo en el rol que juegan las redes en las cuales se encuentran insertas las cuidadoras migrantes. Asociadas ellas mismas con este tipo de empleo, se retroalimentan estas asociaciones generando una mayor oferta de este tipo de modalidad laboral entre las trabajadoras migrantes.

Sin embargo, las modalidades de empleo varían en función del estado de salud del adulto mayor y de la organización de su familia. Los primeros síntomas de senilidad o algunas patologías físicas pueden requerir asistencia durante el día y traducirse en empleos a tiempo completo con retiro. A la familia le da la posibilidad de organizarse de manera que se remunere el cuidado por horas, algunos días por semana o por las noches. Finalmente, la idea según la cual el cuidado de adultos mayores es sin retiro, puede imponerse para justificar las opciones laborales de las cuidadoras. En efecto, esta idea sostiene las razones por las cuales algunas cuidadoras explican no poder permanecer en él, sin tener que ahondar en el desgaste y sufrimiento que el cuidado continuo conlleva. Aparece como una razón suficiente y que se impone de afuera. Por ejemplo, el razonamiento final de Olga permite suponer que recurre a este tipo de justificación para explicar que ya no quiere trabajar en este tipo de empleos. En una secuencia de entrevista condensada, luego de realzar generosamente los afectos y su gusto por el trabajo de cuidado de adultos mayores, reconoce que, si bien le gustaría seguir trabajando en este tipo de actividad, “lamentablemente no se puede”. No por su artrosis vertebral, que le impide levantar peso, tampoco por su propia familia, sino porque trabajar con adultos mayores “te enferma”. Cuando están postrados o seniles o te llaman día y noche “es más agotador todavía”, a diferencia de los empleos con los mayores todavía sanos y activos: “Eso sí es bueno”, remata Olga. Sin embargo, ante la pregunta: “¿Y eso le gustaría hacer?”; responde categórica: “Sí, pero tendría que irme con cama y yo ya no quiero trabajar con cama. Es así”.

Pasar la puerta de entrada,
apropiarse de un mundo nuevo

En las experiencias de las cuidadoras entrevistadas, es un hecho que el trabajo de cuidado se realiza o de manera continua (día y noche) o abarca la jornada completa y las personas asistidas gozan de una autonomía entre limitada y casi nula. Pueden haber sido precedidas de otras cuidadoras o ser las primeras “extranjeras” en ingresar al mundo familiar e íntimo del anciano que no siempre aprecia lo que vive y lo siente como una intrusión. Para las cuidadoras aun experimentadas es un universo completamente nuevo con el que deben familiarizarse rápidamente para poder llevar adelante su trabajo. Rosalba se expresa en la casa de la Sra. Pérez, con quien trabaja desde hace 5 años:

Cuesta. Cuesta adaptarse; cuesta. Aparte que cuando tú comienzas en una casa, te cuesta adaptarte. (…) Sabes que cuando yo fui a trabajar con esta señora, yo, desde que entré dije “Creo que acá no voy a durar”.

Estrella se suma:

Cada nueva casa; son distintos. Son distintas costumbres, son distintos caracteres de las personas; son distintos el trato; todo es completamente distinto, total.

Desde ese momento empieza lo que representará una parte importante de su trabajo: buscar la manera de acercarse, de convencer al otro de aceptar su presencia, ir domesticando este mundo ajeno hasta poder hacerse un lugar desde el cual desarrollar su trabajo. Un trabajo preciso, constante e indispensable de adaptación a/apropiación de un mundo nuevo y complejo. Las partes se juzgan, se tantean. Estos primeros tiempos marcan recuerdos vivos y alimentan anécdotas en las cuales se mezclan miedos, tropiezos, deseos de darse la vuelta y huir deprisa. Desde el primer vistazo a la casa de la Sra. Pérez, la experimentada cuidadora Rosalba abarca con su mirada el espacio demasiado chico, sinónimo de encierro, la suciedad ajena y la señora: “Así, imponente; así ella estaba cruzada de brazos; parecía un sargento ahí; sí, te digo. Cuando yo entré, me llevé la primera impresión; dije Yo no duro acá”. Al día siguiente, sin embargo, se organiza. Limpia la casa, lava las sábanas, acuerda con el hijo los alimentos que debe traer, le prepara ricos platos a la Sra. Pérez, que se muestra satisfecha con la capacidad de decisión que manifiesta su nueva acompañante.

A diferencia de Rosalba, Celia apenas llega de Perú y todavía no tiene experiencia en cuidados. Ni siquiera familiares. Es la primera vez que se va a vivir a la casa de sus empleadores, con el viejo Sr. Antonio, que ocupa el quincho de la casa familiar. Su relato condensa los diferentes miedos que la acechan, hasta lograr “hacerse canchera” como dice, a las pocas semanas.

Nunca había dormido en una cama extraña (…). Mi primer día de trabajo fui y lo conocí a Antonio; “Ay, ojalá que yo le caiga bien” –decía– porque a veces ellos tienen cierto tipo de rechazo y por más que yo quiera trabajar, si él no simpatiza conmigo… “¿Qué tal, Antonio, le decía ¿cómo está?” Y no hablaba bien ¿viste? Me escuchaba serio, muy serio. Entonces, la [hija] me dejó con él un rato. Yo ya había llevado mi ropa, todo para dormir. (…) Dormía en la misma pieza que él; dormíamos juntos. Y bueno, para moverlo a Antonio, pesaría fácil sus 85 kilos; tremendo y tenía el problema de la hemiplejia. ¿Sabés que no lo podía mover? No lo podía mover. El primer día se me cayó al piso, pero no se me cayó, o sea “pum” ¿no? Sino se me resbaló ¿viste? Porque yo tenía pavor cuando había que pasarlo de la cama a la silla de ruedas; yo nunca en mi vida había cargado a una persona así, jamás; por más fuerza que hice, se me fue. Me asusté; le puse las almohadas detrás de la cabeza y lo acomodé con todo lo que pude, ¿viste?, para que no se me cayera más al piso y entonces, fui a buscar a la [hija] con el esposo (…) Bueno, entonces, yo me quedé mal, ¿viste? Ya el primer día fue terrible para mí.

En el relato que ofrece Celia de sus primeros días de trabajo, las actividades del cuidado aparecen todavía ajenas y angustiantes: el cuerpo que hay que manejar, desplazar, llevar de la cama a la silla, o de la silla al inodoro o a la ducha. El temor a la caída, a la comida que lo puede atragantar, a los reproches de la familia que los puede ver desde la casa principal. El tiempo que le llevará aprender los gestos de cuidado y tomar confianza, describe un mundo de amenazas hasta que logra, de a poco y con la ayuda de Antonio, domesticarlo y transformar su significado. Mientras tanto vive su primera salida semanal como una liberación.

El primer día de trabajo es, en muchos casos, también el de la primera confrontación con la higiene íntima del asistido, momento muy delicado para ambos. Para el asistido, cuya dependencia no deja otra salida que entregar, sin poder protegerse, su intimidad a la cuidadora que en ese primer momento es una persona desconocida. Y para la cuidadora, quien debe lograr domesticar sus afectos tanto para ella (sobrellevar discretamente el sentimiento que le genera) como para el asistido (ayudarle a dar ese primer paso).

Esta confrontación con un universo nuevo incluye las pautas laborales de la trabajadora. Concretamente, representa el espacio dentro del cual desarrollará su actividad y en numerosos casos también el espacio en el que vivirá la mayor parte de su tiempo. Que la cuidadora Estrella se haya beneficiado siempre de un espacio propio en los hogares donde trabajó es una excepción. Como Celia, es común que las cuidadoras compartan el cuarto de la persona asistida, sea por la falta de espacio o por las necesidades de la asistencia. El cuarto, el baño, la sala de estar, estos ambientes propios de un hogar familiar son compartidos por el mayor dependiente y la cuidadora –espacio de vida y de trabajo, a la vez íntimo y laboral, ajeno y propio. Es necesario apropiarse del espacio para poder trabajar, sin invadir. De la misma manera que deben poder acercarse y manipular el cuerpo del otro, manteniendo las fronteras del pudor y esa frontera tenue que mantiene el gesto en la red protectora de lo higiénicamente necesario y aceptable. Cuidar es un trabajo de equilibrista. Y los primeros pasos representan zonas de turbulencia.

Con el ingreso a un nuevo empleo, la cuidadora se encuentra con nuevas condiciones de vida. Si bien en condiciones de convivencia con el adulto asistido, con el tiempo se logra construir y compartir pequeños espacios más personales –por ejemplo, cocinando alguna comida de su región de procedencia o pudiendo invitar a algún familiar a visitarla–, la cuidadora representa el elemento exterior que debe adaptarse a su nueva realidad de vida. La experiencia ayuda a no sentirse desbordada. Sin embargo, cuesta mucho la imposición de hábitos ajenos, como la siesta para quien no acostumbra hacerla, la alimentación pensada para el adulto mayor, pero demasiado escasa y monótona para la trabajadora, sin hablar aún del encierro, que violenta cuerpo y mente. Sus salidas y descansos también irán organizándose en función de las necesidades del cuidado. Cuanto mayor es la dependencia del adulto de la cuidadora, mayor es la dependencia de esta hacia su trabajo. De alguna manera, la dependencia de uno refuerza la dependencia del otro, que debe responder a las necesidades manifestadas por el asistido y preservarlo de cambios bruscos aun, como se verá más adelante, durante los días de franco.

Si los empleos con retiro le permiten salvaguardar tiempos, hábitos y actividades propios, los empleos sin retiro no autorizan otro centro de gravedad que no sea el de la dinámica de la casa del asistido y de la situación de dependencia. Aun así, existe una gran variedad de situaciones. Si la persona cuidada puede moverse, salir a pasear o quedarse sola por un tiempo limitado, incluso si el trabajo es difícil, la posibilidad de salir y revitalizarse lo hace más llevadero que las situaciones donde la persona atendida está postrada o sufre demencia senil, que no le permiten quedarse sola ni salir. Estas situaciones, en alguna medida extremas por sus manifestaciones y sus efectos, aunque no aisladas, sostendrán el análisis que se presenta del trabajo de cuidado, inseparable de las condiciones materiales en el cual se desarrolla.

El trabajo de cuidado: aprendizajes, actividades
y habilidades “discretas”

La dificultad de definir las actividades es inherente al trabajo de cuidado. Dividirlas en gestos repetibles, automatizados, descompartimentar el cuidado en una suma de movimientos aislables, estandarizables, reducirlo a sus aspectos técnicos, no permite tomar en cuenta los aspectos no “medibles” pero esenciales de la tarea, como las competencias relacionales, la capacidad de anticipar la necesidad, los múltiples “saber-hacer” que permiten acercarse, conseguir la cooperación y asistir a la persona necesitada. Se traduce en un empobrecimiento de la actividad, mayor invisibilidad y falta de reconocimiento de quienes lo realizan. No hay trabajo de cuidado sin una inteligencia (cognitiva, afectiva, corporal) para realizarlo lo mejor posible, al menos que se lo reduzca a técnicas que, sin el soporte de esta dimensión, son condenadas al fracaso.

Como ha sido especificado en el primer capítulo, la dimensión cognitiva integra las raíces latinas de la palabra “cuidar”, a la par de sus dimensiones prácticas y afectivas. Cuidar es hacer y ese hacer implica pensar o percibir. No necesariamente querer. Si el cuidado involucra los afectos (positivos o negativos, en el sentido de “afectar”, de sentir) en tanto aspectos y relaciones íntimos, no autoriza la indiferencia, pero tampoco necesita “amor” para realizarse (Molinier, 2005). En todo caso, cuando estos sentimientos existen, se desarrollan con el trabajo, facilitándolo. O inclusive aparecen como parte de las defensas que permiten a las cuidadoras protegerse del sufrimiento que genera trabajar con el cuerpo y la mente en proceso de deterioro. El trabajo de cuidado no puede, entonces, reflejarse en una suma de actividades, y menos como gestos de afecto. Puede ser, literalmente, ausencia de actividad. La cuidadora no produce una actividad propiamente dicha, está presente, atenta, en permanente estado de alerta ante las necesidades del otro –porque lo que caracteriza este trabajo es la responsabilidad que entraña. El trabajo de cuidar, siguiendo la etimología de la palabra cuidar, no pude definirse sino dinámica e integralmente, involucrando las dimensiones del pensar, de la práctica y del afecto (como imposible neutralidad).

Existe una gran dificultad a la hora de definir el trabajo que concretamente llevan adelante las trabajadoras. Su descripción resulta problemática antes que nada para las propias cuidadoras, que se debaten entre una descripción afectiva que ancla el cuidado en el espesor del amor que supuestamente rige el ámbito doméstico familiar, pero que poco dice de los conocimientos desplegados y las dificultades encontradas. Esta dificultad se ve acentuada en los casos analizados de cuidadoras que trabajan solas, de manera aislada unas de otras, y que, a diferencia de otras profesiones, no pueden contar con el colectivo para definir y delimitar conjuntamente sus prácticas. Por eso resulta de suma importancia dejar fluir el relato y prestar atención a las anécdotas que permiten poner en escena el trabajo desarrollado, la interdependencia de las actividades y la complejidad de las respuestas aportadas. Esa manera, como dice Olga, de “estar en todo”.

No se nace sabiendo cuidar. La asociación del cuidado con el afecto, la feminidad y el ámbito privado facilita el olvido de esta obviedad. Algunas películas cómicas logran su efecto burlesco poniendo en escena hombres que se encuentran de golpe, inesperadamente, confrontados con el cuidado de un bebé. Presos del pánico, para mayor placer del espectador, pierden toda su seguridad y ponen el pañal o la ropita al revés, vuelcan la leche mientras el bebé llora estridentemente. La naturalización del afecto y del cuidado como propios de la mujer quitaría todo efecto cómico a la misma escena si fuera protagonizada por mujeres, y en particular por sus madres que, sin embargo, también pueden sentir pánico ante lo desconocido. Si los conocimientos que sostienen el trabajo de cuidado se encuentran en gran parte naturalizados, también se destacan en las entrevistas elementos que atestiguan, a veces cruelmente, el aprendizaje, los conocimientos y savoir-faire que tal trabajo requiere. Explorar estos elementos lleva a indagar diversos momentos del trabajo de cuidado, hasta alcanzar sus aspectos más sensibles.

La experiencia acumulada representa sin dudas una irreemplazable aliada, tanto por los conocimientos de técnicas como por el aprendizaje que experimenta el propio cuerpo y todo el ser en este tipo de situaciones. Ayuda a controlar los miedos y a desarrollar una inteligencia de la situación, aun cuando sea novedosa. Este tipo de conocimiento incorporado, un saber-moverse en las situaciones desconocidas, participa a su vez del déficit de visibilidad que caracteriza el trabajo de cuidado, más aún en el cuidado analizado que no ha sido objeto de una capacitación específica, sino que los conocimientos de las trabajadoras se apoyan esencialmente en la experiencia propia y alguna otra formación anterior, por más tangencial que pueda ser esta.

Los relatos de las primeras experiencias representan, como se verá en el siguiente apartado, preciosas fuentes de información. Las primeras experiencias de cuidado remunerado suelen coincidir con las primeras experiencias de las migrantes en la ciudad de acogida. Por la migración con la que viene asociada, el impacto de la novedad se dispersa: abarca más aspectos de la vida, del alojamiento a la manera de moverse y hablar pasando por el empleo. Es por eso que se potencia, por retroalimentación. Las cuidadoras, como se verá en el caso de Estrella, perdida cuando le piden calentar “la pava” o por la mirada que le echan cuando quiere “coger” una bolsa, deben adaptarse rápidamente a los usos y costumbres del país. La novedad del empleo se potencia con las expectativas que algunos empleadores o asistidos manifiestan en relación, por ejemplo, con el lenguaje, lo cual puede ser vivido como invasivo y movilizar formas de resistencias temporales. Al desarraigo físico, se suma un desarraigo simbólico. La cuidadora migrante (la trabajadora migrante que se vuelve cuidadora) encuentra en el empleo doméstico y de cuidado un nicho, pero es un nicho “argentino”. Deberá aprender los códigos lingüísticos, culturales y obviamente laborales. Olga afirma:

Ya con este señor trabajé, pero ¡era más miserable el tipo! [Yo] estaba contenta trabajando con él. Lo único que era neurasténico, que quería que yo hable como él quería. Y a mí no se me daba la gana de hablar como él quería. (…) Por ahí lo hacía por mi bien, pero yo, era una cosa que cuanto más me decía, más lo hablaba. Viste, como llevando la contra. Pero no porque lo quería hacer, sino porque me olvidaba.

Agrega Lucía:

[El idioma] es la identidad de las personas, que tuve que empezar a hablar así [con acento argentino] [aunque] yo no quería perder mi identidad; yo decía: “Yo nunca voy a hablar como argentina que ‘ché’ que ‘vení’ que ‘salí’; no. Yo siempre voy a hablar como yo porque yo no voy a cambiar en nada”. Pero el señor Pablo me exigía (…) [Cuando contestaba el teléfono] decía “¿Aló?” porque en Perú se dice “Aló” y él me gritaba desde su cama: “Hola se dice; no digas ‘Aló’, se dice ‘Hola’”. Se enojaba, ¡qué sé yo! Le daba como una furia. (…) Entonces, yo, bueno, obligada tenía que cambiar eso; ahora, siempre, “Hola, hola”.

Impulsadas por el nuevo trabajo que tienen que poder dominar rápidamente, las cuidadoras reivindican haber aprendido a desenvolverse solas. Como Celia: “Todo lo aprendí a los ponchazos; yo nunca estudié ni me enseñaron sino la necesidad de trabajar y la necesidad de hacer”; Olga: “Nadie me enseñó, solita, ideándome”; o Marisa: “Entonces, aprendí así, yo sola, sin que me enseñe otra persona; aprendí sola”. Sin embargo, en sus propios relatos aparecen otros actores y conocimientos movilizados para asentar su práctica. Los conocimientos hacen referencia, en este contexto, a saberes que adquirieron con alguna formación anterior y que movilizan en su trabajo de cuidado. Estrella estudio tres años de enfermería, construyendo saberes técnicos de higiene y curación, así como herramientas relacionales centrales a la hora de desarrollar su actividad. Marisa, maestra, se capacitó en primeros auxilios. Si bien aquí se analiza el cuidado de adultos mayores dependientes, este tipo de conocimientos sostienen de la misma manera el cuidado de niños: la formación de maestra (Lucía, Marisa), la capacitación en inglés (Lucía, Celia) representan un valor agregado. Y gratuito.

Por iniciativa propia, las cuidadoras también solicitan ayudas puntuales o consejos a familiares o conocidos con determinadas capacitaciones. Rosalba puede contar en Argentina con la ayuda de su madre, Estrella, que le enseña a hacer masajes para aliviar a su mayor asistido, aunque muchas de ellas no dudan en buscar asesoramiento en su país de origen. Celia, cuando el Sr. Antonio sale del hospital con escaras:

Me preocupé en llamarla a mi tía, que es enfermera en Perú y decirle lo que le pasaba a él. Entonces, ella me dijo que le pusiera azúcar y que eso le iba a ayudar a cicatrizar y lo ayudó a cicatrizar (…) porque mi tía me guiaba también ¿no? De allá, del Perú, porque yo le preguntaba; era mi interés, más allá de que, acá, los médicos no te daban mayor importancia en ese sentido.

Marisa sabe tomar la presión o la temperatura, pero recuerda:

No sabía cómo agarrarla o protegerla, levantarla, bañarla; todas esas cosas no sabía. Pero más aprendí tal vez de mi hermana y yo misma también; según la necesidad que tenía que aprender. Muchas veces, [mi hermana] por teléfono me decía “el pañal se cambia también en la cama; voltéalo así; voltea para acá”, porque trabaja en el hospital; sabe cómo hacerlo. (…) Ella sí me apoyó mucho por teléfono; yo le preguntaba: “¿Cómo debo hacer? ¿Qué debo hacer?”. Ella es la que me decía también: “Bueno, agárrala así para que levante; con tu codo tienes que hacer levantar a ella”; como que le da más fuerza, más seguridad; así aprendí justamente por eso.

Los profesionales de la salud que interactúan con la persona cuidada representan otra fuente importante de conocimientos. Las cuidadoras valoran lo que aprenden y se sienten valorizadas como “interlocutoras privilegiadas” de los profesionales. Estos conocimientos también pueden llegarles a las cuidadoras a través de familiares que tuvieron que familiarizarse con ellos. Olga comenta:

Yo me sentaba al lado [de la kinesióloga] cuando hacía los ejercicios y los aprendía. Llevaba mi libretita y los anotaba. Cosa que cuando llegaba a la casa, al día siguiente, le volvía a hacer los ejercicios. Y después ya me hice amiga de la kinesióloga y le preguntaba: “¿Yo puedo hacerle esto?”, y ella misma me decía: “Sí, hágale esto o esto”. Y le hacia los ejercicios.

Estrella aporta al respecto:

Sí, mis conocimientos en enfermería me han servido mucho. Y otra cosa, que soy muy mirona. Miro a los kinesiólogos hacer ejercicios porque siempre las personas grandes necesitan (…) y yo siempre miro y leo. Así que son cosas que uno va aprendiendo y que va teniendo conocimientos.

Y Celia narra lo siguiente:

Vino una enfermera y me enseñó. Y aprendí a poner una sonda vesical; sí (…) y ahí ya me hice canchera, ¿viste? Lo mismo aprendí con la kinesióloga (…) cómo hacer la limpieza con la aspiradora para sacar las flemas; con eso y golpearle en la espalda para sacar todo eso. Ella [la hija del Sr Antonio] le agarró la maña ¿por qué? Porque a ella le enseñaban los enfermeros. Claro, como ya mucho tiempo venían a la casa y ella los veía. Entonces ella me enseñó a moverlo y yo aprendí.

Estos encuentros, exteriores y profesionales, pueden en algunos casos representar importantes vehículos de reconocimiento de su trabajo, tan poco visible. El anciano bien cuidado, sin escaras, es el producto de su trabajo. Que quienes tienen las herramientas para notarlo lo noten es fruto de orgullo personal. “Lo revisaron los enfermeros (…) y vieron que no tenía escaras; «Pero este abuelo está divino; no tiene nada », dice, ¿viste? Lo rotaron; «Mirá cómo cerró la herida»”, nota Celia. Para ella estas pocas palabras extraen su cuidado de la intimidad para ser reconocido públicamente como un trabajo bien hecho.

En el desarrollo cotidiano del trabajo resulta importante tanto cada actividad como la manera de realizarla, sabiendo que puede haber casi tantas maneras de realizarlas como personas que cuidar. Lo que funciona con uno no necesariamente funciona con otro, o con esa misma persona en otro momento o etapa de su enfermedad. Como dice Olga con agudeza: “[Hay que] buscar la manera de que ellos se sientan lo mejor posible, tratando de lograrlo con inteligencia”. Autoras como Molinier (2005b) o Lhuilier (2005) han mostrado cómo algunas actividades se hacen visibles cuando no se ejecutan o no se ejecutan a tiempo. Por ejemplo, si los trabajadores de la limpieza conocen el valor social de su trabajo, Lhuilier recuerda que éste se impone a los usuarios de los espacios que emplean estos trabajadores en tiempos de paro, cuando se acumula el polvo y desbordan los cestos de basura. Ni hablar de los grandes movimientos de los recolectores de basura, cuando la ciudad se llena de residuos y, con ellos, sus amenazas de contaminación.

En el caso del trabajo de cuidado, Molinier desarrolla esta reflexión hasta hacer de la invisibilidad una condición para su buen desempeño: “El trabajo de cuidado debe borrarse como trabajo; de su invisibilidad depende su éxito” (2005: 303). El trabajo del cuidado exige el uso y desempeño de “habilidades discretas” que sepan anticipar la necesidad y obrar para la tranquilidad psicológica del asistido, alcanzando visibilidad cuando fallan. Por ejemplo, tapar al anciano antes de que sienta frío, no esperar a que exprese sed, sino dejarle un vaso de agua cerca. Este trabajo permanente de anticipación, además de participar del déficit crónico de visibilidad y de reconocimiento propios de la actividad, es esencial en la responsabilidad comprometida. No se nota cuando la cuidadora logra evitar una caída, pero su responsabilidad será cuestionada si la persona protegida efectivamente se cae. Es a su vez agotador, ya que son ínfimos los momentos en los que la cuidadora puede relajarse. Los días y las noches, cuando son empleos sin retiro, son de constante vigilia.

Para ser llevadas exitosamente a cabo, las actividades como comer, tomar la medicación, bañarse, vestirse y el bienestar general de la persona cuidada pueden necesitar diferentes intervenciones por parte de las cuidadoras. Estas habilidades se adquieren en la situación de trabajo, en contacto con la persona cuidada, y son fruto de tanteos y errores. Son el resultado de una búsqueda individual que se nutre de la experiencia, que permite orientarse con mayor destreza y evitar malestares y conflictos. Por ejemplo, tal persona aceptará alimentarse si está acompañada, tal otra si se le habla; una necesita que se le hable con firmeza, otra de manera cariñosa. Las habilidades que desarrollan las cuidadoras no solo han de ser discretas. Si algunas de ellas deben invisibilizarse para poder funcionar, otras necesitan la participación del asistido inclusive, como en el caso de Celia con el Sr. Antonio, para afianzar la relación de cuidado y aliviar el trabajo.

Dos aspectos del trabajo de cuidado resultan significativos en su análisis y la experimentación constante, renovada e inacabada de las habilidades y del cuidado. La confrontación con la intimidad, como fuente de resistencia de ambas partes, y el cuidado de personas que padecen enfermedades cognitivas, con quienes el trabajo sufre el constante efecto de su evolución e imprevisibilidad.

Confrontación y domesticación del mundo íntimo
de la persona cuidada

Trabajar la intimidad y el cuerpo

Pasar la puerta, la frontera entre exterioridad e interioridad, pasar de ser desconocida, extranjera a lograr “ser parte de”: si bien la cuidadora sigue siendo la misma persona antes y después de cada experiencia de cuidado, el trabajo de cuidado de personas muy dependientes que requieren una presencia sostenida o permanente implica una transformación de la trabajadora, que debe lograr ponerse en consonancia con el mundo íntimo y la dinámica de cada casa. La puerta de la casa simboliza el espacio doméstico, privado, garante de la intimidad de su(s) habitante(s), mientras la cuidadora debe lograr integrar ese mundo y hacer olvidar su “exterioridad” para crear las condiciones que le permitan realizar mejor su trabajo. La cuidadora no solo va a tener que realizar actividades de cuidado, también deberá convivir con la persona cuidada, por lo cual hacerse aceptar –que también significa generar una dependencia– es esencial para poder trabajar. Hacerse aceptar, hacerse “querer” representa una etapa esencial del trabajo de cuidado, que aliviará en gran medida su desarrollo posterior. Nada más moralmente desgastante que tener que trabajar con una persona que rechaza la presencia de la trabajadora, como Damaris que renuncia a un empleo después de un año y medio de malos tratos por parte de una anciana que la rebaja y desconfía de quien considera su “mera empleada”. Si este proceso –por el cual la cuidadora pasa de ser una “intrusa” a “formar parte de”– es tan importante y difícil que su paso es celebrado por las cuidadoras,[8] es por el grado de convivencia íntima que este tipo de cuidados implica. Hacer íntimo este mundo ajeno, tomar sus tintes –sin “perderse” en él–, vencer las resistencias del asistido, “conquistarlo” resulta imprescindible para poder moverse en el terreno de lo íntimo y realizar un trabajo de calidad.

Lo íntimo reenvía a diversas realidades y el trabajo de las cuidadoras transita por diversas acepciones y construcciones. Retomando las definiciones diferenciadas por Berrebi-Hoffman (2010), lo íntimo define: (A) lo íntimo familiar, compartido por familiares y amistades. En este sentido, a través de su empleo, la cuidadora penetra un mundo de relaciones sociales de proximidad, compuesto por la persona cuidada y sus seres queridos, anteriores a ella y cuyos códigos deberá aprender. (B) Lo íntimo oculto, que se construye en oposición a los espacios públicos, disimulado a las miradas exteriores, ese mundo al que debe lograr amoldarse la cuidadora. Es el espacio de vida cuyas fronteras se elaboran en función de cómo se viven las intrusiones exteriores y las posibilidades de repatriarlas o no en el mundo interior (Kaufmann, 1996). Es también el cuerpo como bien íntimo y la intimidad como zona de “propiedad de sí”: “propiedad corporal, de sus gestos, del cuidado de sí y de su familia” (Laé, 2003). Es el cuerpo al que debe llegar la cuidadora, para suplir la pérdida de autonomía de la persona cuidada y cumplir en su lugar con el “cuidado de sí” preservando el cuerpo cuidado como “bien íntimo” y no expuesto. Lo íntimo oculto se corresponde con la idea de intimidad en cuyo manejo focaliza este trabajo. (C)Lo íntimo subjetivo, como libre albedrío, conciencia propia, imaginario y finalmente (D), lo íntimo personal, que reenvía al carácter único de la subjetividad, como espacio propio y distintivo que se construye en oposición a lo común familiar y a la intimidad: quedan ambos desdibujados cuando surgen enfermedades cognitivas y librados a los cuidados de la trabajadora. Es decir, se pone en evidencia la dificultad, delicadeza y responsabilidad que su trabajo acarrea. Cuando la situación de dependencia es tal que implica la convivencia, la propia intimidad de la cuidadora queda subordinada al espacio compartido y a las condiciones de desarrollo de su trabajo. Cuando su espacio de trabajo se vuelve su espacio de vida, la construcción de un espacio íntimo, su intimidad y espacio propio quedan supeditados a la posibilidad de aislarse de las necesidades de la persona asistida. Tal posibilidad se encuentra en numerosas ocasiones llevada a su mínima expresión, tanto que las situaciones “totales” acarean un profundo sufrimiento.

Es importante destacar la imposibilidad de sentir indiferencia ante la intimidad del otro. La intimidad significa aquí este cuerpo que deja de ser unidad, frontera y límite para descubrir su amenazante precariedad. El contacto con la degeneración del cuerpo que sufre y la mente que delira despierta sentimientos de angustia y de miedo. Así, siguiendo a Dejours (2009: 155-156): “La relación de cuidado concierne, en primer lugar, a la relación con el cuerpo y a las necesidades del cuerpo, a las magulladuras del cuerpo, a las enfermedades, al envejecimiento, al nursing, al aseo, etc. (…) Supone el enfrentamiento afectivo con las insuficiencias del cuerpo, con lo que el cuerpo puede producir de temores, de angustias, de aversiones, de ascos, por sus sufrimientos, sus dolores, sus heridas, su sangre, sus fealdades, sus deyecciones, sus olores, etc. Todos estos estados del cuerpo solamente pueden provocar, en respuesta, angustia hacia la perennidad del cuerpo propio de uno, de su belleza o de su marchitamiento, de su devenir y de su envejecimiento”, de su muerte. Ganas, como Celia, de dar la vuelta e irse corriendo, escapar de la amenaza de disgregación de la unidad, de la muerte de un cuerpo en vida; angustia arcaica y amenaza identitaria que ella logrará revertir con una resignificación de su trabajo y de su presencia.

El trabajo sobre el cuerpo y sus deyecciones, en contextos de envejecimiento “marcado por el símbolo de los desechos, del declive, de la descomposición y, más allá, de la muerte” (Marché-Paillé, 2010: 42), implica confrontarse con la precariedad de la vida humana, el dominio de la corporeidad, la impotencia ante el tiempo, la dimensión mortífera de la vida (Lhuilier, 2005), con una realidad innegable. Los “trabajadores del cuerpo”[9] enfrentan así la amenaza relativa a la pérdida fantasmática de la “individuación de sí por el debilitamiento del sentimiento de las fronteras propias” (Ibíd, pp. 89-90). La confrontación es tanto más riesgosa cuanto que se trata de contextos en los cuales las cuidadoras trabajan aisladamente, sin poder socializar las pautas y significados del trabajo. El riesgo concierne a la trabajadora, pero también a la persona cuidada, si la primera no logra procesar ni dar sentido a su presencia y su trabajo.

El trabajo de cuidado realizado por cuidadoras o auxiliares gerontológicas suele definirse como la asistencia brindada a los actos esenciales de la vida diaria. En su desarrollo cotidiano, el trabajo gira en torno al mayor bienestar y tranquilidad del asistido en relación con su propio ser, su cuerpo y su entorno. Tratándose de personas que transitan por un proceso de pérdida de autonomía o son ya muy dependientes, el trabajo de cuidado cubre desde la asistencia en las actividades cotidianas hasta su asunción total por parte de la cuidadora. Las situaciones analizadas corresponden a este este último caso o se encuentran en el proceso que lleva de la asistencia a la asunción; es decir que las trabajadoras trabajan en la íntima cercanía del cuerpo y su materialidad. Un cuerpo marchitado, que ayudan a levantar, a mover, a lavar, a vestir, a alimentar, a excretar. El cuerpo, que se vuelve el objeto mismo de su trabajo, a través del mayor bienestar de su protegido, que mantienen en el universo de lo limpio, prolijo y cuidado, se vuelve el testigo de un trabajo bien hecho. ¿Cómo viven la experiencia del cuerpo ajeno? ¿Cómo procesan los sentimientos de repulsión y miedo que genera el contacto con la vulnerabilidad mortífera? ¿Qué relaciones subjetivas desarrollan con un trabajo en gran parte sellado por el tabú y relegado al “trabajo sucio”, que las confronta con la vejez degradada –en contra de la fantasía colectiva de inalterabilidad y eternidad (ya que evidencia la condición humana de animalidad y finitud)–, con las expresiones de la sexualidad de una mente delirante, con la fragilidad fundamental puesta al desnudo?

Primeras confrontaciones con la intimidad:
entre rechazo y domesticación

Tanto para la trabajadora como para la persona cuidada, los primeros contactos hasta lograr aceptarse mutuamente, consciente e inconscientemente, representan una prueba. Una prueba que deberán superar, juntos o desde el intenso trabajo desplegado por la cuidadora. Celia manifiesta un conjunto de nuevas realidades, que todavía no maneja, y vive como una amenaza. Resalta el miedo y el asco que la acechan la primera semana de trabajo:

(…) El primer día fue terrible para mí. (…) El segundo día, digo: “En algún momento va a querer ir al baño, ¿cómo hago?”. Tenía la sonda para el pis, pero para hacer el popó. (…) Y él tenía problemas de deglución; no podía tomar el líquido, solo que tomaba con esas cañitas, sorbetes. Sí comía sólido, despacio, despacio y tragaba. “Despacio, Señor Antonio. (…) Quería comer milanesa, quería comer todo y yo tenía miedo de darle de comer: (…) “Coma despacio –le decía-; coma despacio”. Y a mí me daba miedo porque de la casa principal me miraban (…), tenía miedo que se trabara con la carne; eso habrá sido la primera semana. (…) Salí un sábado. ¡Ay! No sabés. Libre; yo me quería salir del trabajo, no quería estar porque me sentía mal; no podía, no podía; sentía que ya no, que no era lo mío. Ya quería volverme a la casa; a Perú. (…) Y bueno, entonces fui igual [la] semana [siguiente] a trabajar; dije: “Sí, voy a poder; voy a poder, voy a poder”; (…) Esa semana decidí “hacer de tripas corazón” y dije: “Sí, voy a poder; no tengo miedo, no tengo miedo”. (…) Después de eso, aprendí a poner sonda. La primera semana, no; tenía asco. Aparte, yo no lo llevaba al baño la primera semana; yo ayudaba a moverlo, pero no lo llevaba al baño, nada; yo sabía que esa semana sí iba a hacer las cosas. Entonces yo decía: “Sí, tengo que hacerlo”.

Olga también recuerda el choque de su primera experiencia de cuidado de un adulto mayor que no puede caminar:

La primera vez [que cuidé a un anciano]… Primero me generó, te digo, por ejemplo la parte del baño. Me generó vergüenza. Porque yo, al único hombre al que había visto desnudo era mi marido. Y yo tenía que bañar a un hombre (…) [fue] un choque fuerte. Porque bañar a un hombre desconocido. Bañar a una mujer, bueno. ¡Pero bañar a un hombre! Y ahora para lavarlo “acá”, ¿cómo hago? Y agarré ¡pah, le tiré el jabón!: “¡Tenga, lávese!”. Yo tenía vergüenza, pero muy canchera, como si yo supiera muy bien. Pero no, dentro de mí venía la procesión. Y lo lavaba, lo bañaba, todo. Fue [el choque] de la primera imagen y verlo desnudo. Por muy grande que sea el hombre.

Resaltan dos aspectos significativos. El primero concierne el deseo de no mostrar los disturbios que provoca la confrontación con la intimidad. No mostrar la vergüenza, el hastío, el cansancio para no incomodar, para no generar situaciones tensas o conflictivas, como parte de lo que hemos llamado el trabajo de la relación de cuidado. El segundo resalta la diferencia que establece Olga entre un asistido hombre y una mujer ante la asistencia por primera vez a una persona en su higiene. Esa diferencia también nutre temores, reales o imaginarios, como Damaris que nunca se animó a trabajar con hombres porque tiene miedo de que, según le dijeron, se resistan pegando, pellizcando, mordiendo. Y también por la vergüenza, “uno tiene que tener vergüenza, ¿no?”.

Si la fuerte impresión que describe Olga de su primer contacto con la intimidad de un hombre asistido le permite naturalizar el trabajo en la intimidad de una mujer, no son experiencias desprovistas de malestares. Damaris teme la experiencia del trabajo de higiene con hombres, pero su experiencia con mujeres también le generó un sentimiento penoso, “vergüenza de tocarla” y especifica que a su primera asistida “no la tocaba ahí”. Para “soportarlo”, Marisa tiene que pensar en las razones de su reciente venida a la Argentina, en sus metas (juntar dinero y abrir una fábrica textil en Perú), en el futuro mejor que vino a buscar:

Se me hizo difícil; hay que limpiarla; a veces se hace la abuela; entonces hay que lavarla, hay que limpiarla. Pero con guantes en todo momento. Pero, de todas maneras, como que da una… (…) Pero después, lo único que decía era “Es para cumplir con [mi propia] meta” (…) Me dije yo misma; “Tienes que aceptarlo”, porque se me hizo difícil limpiarla, lavarla.

“Acá” (Olga), “ahí” (Damaris), “lavarla, limpiarla” (Marisa). Es posible agregar a estos testimonios unas notas extraídas del diario de una cuidadora domiciliaria capacitada que trabaja en Francia: “Miércoles 15 de junio. 9:15. Llegada a lo de Mme du Parc. (…) Me cuesta (vergüenza) asear completamente su intimidad, por el contacto. Me quita el guante de las manos (sin agresividad) para terminar ella misma” (Weber et al., 2014: 155). Se evidencia cuán difícil resulta nombrar el sexo, como un acto que implicaría pasar una frontera, la del pudor de la persona cuidada, preservada de la crudeza de las palabras. Asimismo, existe un tabú social que afecta el sexo y más aún el sexo de la persona anciana (con su deriva potencial y desestabilizante: el deseo). No nombrar como estrategia para mantener a raya lo que todavía puede escapar al control, el riesgo que implica trabajar con un “objeto-frontera” –el sexo– que carga con la idea de límite y de prohibición.

Otras cuidadoras recurren rápidamente a alguna experiencia anterior, con un padre o un abuelo propio, para controlar, naturalizar y alejar estas impresiones. Como Estrella para quien higienizar a otro fue “normal porque yo, a mi padre, [se] lo hacía”. La idea de “normalidad” (por la cual debe entenderse que no le generó sensación alguna) es atemperada en otra entrevista. No es que no haya sentido estas experiencias, sino que el cuidado de su padre (al que debía higienizar varias veces por día) le dio herramientas para actuar a la hora de trabajar en el cuidado de otras personas mayores: “Yo tenía que buscar la manera cómo limpiarlo sin que él se sintiera ofendido, sin que él se sintiera invadido más que nada. (…) Entonces, esas cosas quizás me sirvieron mucho para poder enfrentar a otra persona; para poder hacérselo a otra”. Su hija Rosalba recurre al mismo mecanismo de domesticación de la realidad: “Yo tuve a mi abuelo, que había veces que se ensuciaba encima y había que bañarlo y me tocó en dos o tres oportunidades hacerlo. (…) Entonces, fue algo natural en mi persona eso; atender como cualquier otra persona; no es que me llamó la atención ni nada”. A diferencia de Celia, quien supone no haber podido disponer de este tipo de herramientas a la hora de tener que cuidar un adulto mayor, ya que tenía poca relación con su propio abuelo (“siempre de lejos”).

Las trabajadoras operan un trabajo de domesticación y naturalización de las actividades más íntimas y de control de sus propias emociones a través de la lógica siguiente: “no me hace nada” porque “ya lo hacía con mis propios padres o abuelos”. Esta lógica se asemeja a la anteriormente analizada: “no me hace nada” porque “es una mujer como yo”. Sin embargo, cabe preguntarse cuán natural resulta lavar el sexo de sus propios padres o para una mujer (o un hombre) lavar la vagina de otra mujer (o el pene de otro hombre). Aunque una experiencia anterior ayude, la naturalización parece imponerse por la necesidad de enfrentar estas situaciones laborales.

Es posible detectar otra función en esa movilización de la historia familiar propia. De alguna manera, ver como dice Estrella, “en cada persona grande, a mi padre o mi madre”. Así, operan una familiarización y la consiguiente humanización del anciano asistido, que deja de ser un cuerpo que hay que manipular para integrar la comunidad humana, transformación que aquí pasa por el canal de su asociación afectiva con los adultos mayores queridos. El “como si fuera mi padre/madre/abuelo” significa que podría haberlo sido. No solo podría haber sido, sino que en algunos casos no pudo ser por la migración. Para las cuidadoras, el asistido deja de ser un desconocido, deja de ser un cuerpo en declive, un ser caracterizado por la necesidad y la dependencia para reflejar “nuestros viejos” que –a diferencia de lo que hacen en Argentina– “cuidamos nosotros”.

Superar los afectos:
del desafío a la resignificación del trabajo

Pasada la primera semana, Celia se arma de coraje, decidida a no ceder ante el miedo a enfrentar su nuevo trabajo. Emplea muy acertadamente la expresión “hacer de tripas corazón” para describir su estado anímico y actitud a la hora de retomar su trabajo, dispuesta a disimular sus miedos y sentimientos de rechazo para enfrentar y sobrellevar la situación. Cuenta con una ventaja importante. El viejo señor Antonio, muy limitado por los efectos del accidente cardiovascular que padeció, no se muestra reticente a la presencia y al trabajo de la cuidadora. Puede contar con su ayuda y también con la de la hija del anciano, que le enseña los gestos y le da seguridad y confianza:

Entonces me senté “Señor Antonio –le digo- yo soy Celia”. “Sí; yo sé que eres Celia” (…) “Yo quiero que usted me ayude para poder levantarlo y ponerlo en la silla para ir al baño, ¿sí? Si usted me ayuda, yo lo voy a ayudar a usted y ya no se me va a caer como el primer día”. “Bueno”, me decía. “¿Me ayuda?”. “Sí”. Bueno; habremos demorado 2 horas en subir a la silla, pero subió. ¡Una alegría! Porque era nuestro primer triunfo juntos (…) Nos demoramos 2 horas porque le tenía que acomodar la silla; yo no encontraba la posición para la silla. “La ponemos acá cerca”; calculaba que si lo levantaba, se corría la silla; se iba a golpear el pie. Entonces otra vez sacaba la silla y así; más me demoré yo que él, porque él estaba predispuesto; hicimos todo un estudio, un estudio. La cosa es que a las 10 de la mañana estuvo sentado en el wáter y con el calzoncillo abajo porque antes de que se sentara, yo tenía que tener la rapidez de agarrarlo y bajarle el calzoncillo y sentarlo: ese fue nuestro logro.

Para pasar al anciano de la cama a la silla de ruedas, Celia cubre el piso de frazadas y almohadones, pero una vez en el exiguo baño, entre el bidet, el zócalo de la ducha, el lavatorio, tiene miedo de que se resbale y caiga. Le pide ayuda a la hija. Acostumbrada, la hija limpia a su padre, sabiendo mantenerlo de pie. Insegura, Celia busca otro método. Recuerda los cuidados de su madre con sus hermanos y opta por limpiarlo sentado:

[La hija] lo limpiaba con papel; entonces, yo me acuerdo que mi mamá, antes, cuando mis hermanitos se paspaban la cola, los lavábamos con jabón de pan, y con agüita tibia. Entonces, le dije a la [hija] que me comprara guantes quirúrgicos; y cuando yo lo llevaba al baño, ya lo limpiaba con trapitos (…) mientras él estaba sentado, dejaba dos, tres trapitos y con eso le limpiaba la cola. Eso ya también hacía que no se paspara; como estaba echado o sentado, tenía la cola paspada a veces, cuando yo llegué; pero después ya (…) comenzó a sentirse mejor.

La hija del señor Antonio exige que su padre sea bañado bajo la ducha, convencida de que el contacto con el agua le hace bien. Celia lo ve imposible, pero la hija le muestra cómo hacerlo. Lo hacen juntas, hasta que Celia decide intentarlo sola:

[Bañarlo era] muy complicado, pero nada era imposible. Me acuerdo que el primer día [me preguntaba] “¡¿Cómo lo vamos a meter a la ducha?!”; “¿Cómo?” Y [la hija]: “Ayudame, mové acá, mové allá”, y así; (…) Yo lo veía imposible, pero no era imposible; sí se podía. Entonces, un día, también así; me animé a llevarlo hasta la ducha. Lo voy a hacer. ¿Viste cuando vos te levantás con días decidido a hacer algo y decís: “Sí, lo puedo hacer y lo voy a hacer”? Bueno, ese día fue ese día que lo bañé, ¿no? Y a medida que lo iba haciendo, para mí como que era un logro personal mío y que te va haciendo parte también de lo que te gusta, porque a los 15 días; no, a la semana nomás ya charlábamos con Antonio (…) ya me decía “Petisa”, ¿sí? Y ya me comenzaba a contar todo, a preguntarme todo.

Esta larga cita de Celia sobre sus primeras experiencias permite echar luz sobre diversos elementos a través de los cuales se articulan trabajo, intimidad y afectos. Son elementos que sostienen la resignificación del trabajo y la transición que la trabajadora opera desde las sensaciones de asco y miedo hacia el logro, dominio y superación del rechazo. No solo deja de centrarse en los sentimientos negativos, sino que su superación le genera placer, vive intensamente este proceso, que se convierte en un logro a la vez personal y compartido. A través de su trabajo, revierte el sufrimiento y transforma su sentido.

Siguiendo a Dejours: “Lo real, [entendido como] lo que resiste a los procedimientos, al saber hacer, al conocimiento. Lo real es lo que resiste al dominio. (…) El trabajo vivo es lo que permite superar lo real. Se despliega bajo diversas formas. Es la inteligencia en el trabajo, que enfrenta lo desconocido, lo inédito. Es la Metis,[10] la inteligencia astuta. Es también la inteligencia del cuerpo, no la inteligencia conceptual, sino la intuición del objeto, que permite entrever la solución a los problemas. El fracaso adquiere entonces un rol positivo; suscita la capacidad de resistencia y la obstinación. Quiero lograrlo porque he fallado y deseo sobrepasar mi derrota” (2006). La búsqueda de solución ante el desafío que representa cada actividad (como actividad y como fuente potencial de desestabilización personal) lleva a la cuidadora a desarrollar, con tanteos y errores, conocimientos y habilidades que de a poco se transforman en dominio, lo que Celia manifiesta como un enriquecimiento subjetivo. Ante la amenaza del fracaso y el sufrimiento que genera lo desconocido –ante lo “real del trabajo”– Celia desarrolla habilidades que se transforman en aprendizaje y en conocimientos, permitiéndole alcanzar un dominio de los gestos y las actividades, lo que genera a su vez un dominio de los afectos y la posible apropiación subjetiva de la situación. Se genera una transformación de la relación afectiva hacia el trabajo que va de la mano de una transformación de la relación con su protegido, como si repatriara el desafío, los esfuerzos y el logro “técnico” en su relación con el adulto mayor, partícipe, testigo y fruto de su trabajo.

El desafío ante la resistencia que impone el trabajo y el placer de lograr sobrepasarlo son centrales en lo cotidiano de la cuidadora. La trayectoria laboral de Estrella expresa sus diversas formas y centralidad en el desarrollo cotidiano del trabajo de cuidado. El desafío es parte intrínseca de la actividad, por un lado, porque permite darle sentido y llevarlo a cabo; por otro, porque la transformación de las dificultades en desafíos, que ponen a prueba la inteligencia y capacidad de la cuidadora, la protege de los efectos deletéreos del trabajo. Así como en el relato de Celia el señor Antonio no manifiesta malestar ante sus cuidados, muchas trabajadoras atestiguan en sus diversas experiencias la vergüenza y el pudor expresados por los adultos mayores que cuidan. En algunos casos, la cuidadora procede al lavado del cuerpo dejando que el asistido se lave las partes más íntimas, pero muchas veces el estado de salud imposibilita estas opciones (la inhibición parece de hecho desaparecer con las manifestaciones de senilidad). Presenciar el malestar del otro y concentrarse en aliviarlo de esa preocupación permite apartarse de sus propios sentimientos, inclusive negándolos, para concentrarse en mejorar el bienestar de la persona cuidada, como desafío que deben superar conjuntamente. Cada cuidadora toma el pulso de la situación y busca la manera de proceder para esquivar las resistencias que los asistidos oponen a su trabajo. Mientras, por ejemplo, Estrella busca anticipar el malestar integrando a la persona cuidada en la ideación de la actividad (“¿Cómo prefiere que lo haga?”), Olga elige el chiste, la risa, el humor:

Ella primero no quiso. Le dio como vergüenza, ¿no? Y yo le decía; “Ay abuela, que somos las dos mujeres, que yo también tengo lo que vos tenés”. Así, con el juego, la fui convenciendo. Porque ella no es que se dejó, era recatada. [Entonces] yo la llevé para el lado del chiste. Le decía: “Ya pues, abuela, sácate el chal”. “No, yo me puedo bañar sola”. “Está bien, yo también te quiero bañar, ¿qué cosa? ¿Tenés vergüenza que yo te vea? ¡Mira! ¡Yo también tengo!”, [simula que se sube la remera]. Me decía: “Ya, ya, tápate, tápate”, y bueno, así poco a poco ya llegué a la confianza de que ya tranquila, la bañaba, todo.

En cuanto a Rosalba, opta por tranquilizar y persuadir:

Siempre, la persona adulta, siempre tiene un poco de repudio, de vergüenza, ¿no? Pero yo le dije a la abuela: “Esté tranquilita que yo la baño, la aseo; no se preocupe; no tenga vergüenza de nada”. (…) Y así fue; eso fue la primera vez; después, ya no; después, tranquila se dejó bañar, todo.

El desplazamiento de los sentimientos propios hacia el reconocimiento del pudor del otro integra un conjunto de expresiones que pueden analizarse como de domesticación y reconocimiento de la realidad. Otros dos elementos, a menudo interrelacionados, integran estas estrategias. El primero tiene que ver con una forma de sobre-reconocimiento de la realidad, que pasa por el uso de descripciones frías de sus experiencias. El anciano recostado en sus excrementos; la materia fecal que impide la evacuación; los hongos malolientes que colonizaron los pliegues de un pecho pesado. Estas descripciones “objetivas”, que mantienen a distancia todo sentimiento de repulsión, vienen asociadas con su acción de “recomposición” del orden (y de la dignidad) en una situación de caos (limpiar al sujeto cuidado y su entorno, masajear para aliviar la constipación, lavar y secar con cuidado). Un actuar narrativamente asociado con la afectividad: si la descripción de la experiencia es cruda, el gesto de atención supone compasión. El segundo elemento consiste en detenerse menos en el problema encontrado (la constipación) que en la búsqueda de soluciones (el masaje). Como lo hemos visto en los ejemplos anteriores, la capacidad trabajada de no enligarse en los afectos negativos y superar el peso del repudio social adquieren mayor peso. Paradójicamente, con respecto a la idea de “trabajo sucio” (que implica tareas repugnantes y simbólicamente humillantes) también representan experiencias límites que les permiten valorar su propia capacidad de trabajo (Doniol-Shaw, 2009).

El trabajo de la intimidad no aniquila la capacidad de las cuidadoras de sentir asco y repulsión, más bien “modifica el sentido de las situaciones que habitualmente [los] inspiran en determinada situación profana” (Marché-Paillé, 2010: 46). De hecho, estos sentimientos siguen acechando a las cuidadoras en otras manifestaciones humanas, como Rosalba, que siente repulsión ante el vómito del borracho, u Olga, que resalta esta doble percepción afectiva:

A mí no me cuesta nada cambiarlos, lavarlos, higienizarlos, no tengo ningún problema. Mirá que yo soy muy “asquerosa”, muy de sentir asco. Por ejemplo, yo estoy comiendo y hablan de cochinada, de cosas asquerosas, me da náuseas. Y sin embargo, con las abuelas, no. Y entonces yo pienso que ahí debe ir el afecto, porque a mí no me importa.

Las cuidadoras deben, según Marché-Paillé (Ibíd.: 47), mantener la capacidad de reconocer las situaciones que generan repulsión y su incidencia afectiva en la persona cuidada para poder acceder a la compasión. En el caso de las cuidadoras citadas, además de reconocer que los aspectos corporales de su trabajo pueden generar rechazo, desplazan sus propios sentimientos hacia situaciones que juzgan moralmente condenables y que sí generan en ellas estos sentimientos de asco. Dicho de otra manera, la domesticación de sus afectos negativos pasa en parte por establecer una comparación entre su actividad (ennoblecida, legitmida por el objetivo mayor que constituye el cuidado del otro dependiente) con situaciones “indecentes” y reprobables, que se sitúan fuera de las situaciones de vulnerabilidad que justifican su quehacer. Este desplazamiento (así como el trabajo afectivo que genera el contacto con la intimidad del otro), muestra cómo los afectos se construyen socialmente y pueden ser objetos de reelaboraciones por parte de quienes están confrontados. En efecto, se trata de afectos que se encuentran regidos por “reglas de sentimientos” que establecen la concordancia entre situación y afecto (Hochschild, 2003). La reacción “normal”, esperada, es sentir asco o miedo ante las deyecciones o el contacto corporales. Sin embargo, para las cuidadoras confrontadas por su trabajo con estas situaciones, es necesario distender las reglas de sentimiento que conducen a estas reacciones (Soares, 2013: 130); o inclusive que se posicionen en otra escala moral, a partir de la cual elaboran reglas ad hoc, a distancia de las normas dominantes. La atenuación de los sentimientos de repulsión de las cuidadoras, la domesticación de sus afectos y naturalización de las situaciones laborales que los generan se anclan profundamente en su trabajo; un trabajo que desafía sus capacidades y apunta a construir la relación de cuidado.

El trabajo de cuidado no puede desvincularse de su materia: el otro. En los empleos analizados, de tipo doméstico y no institucional, la cuidadora está sola o en raras ocasiones acompañada por otra cuidadora. Su trabajo se desarrolla puertas adentro con un adulto mayor (o una pareja). Todo su trabajo, sea corporal o de mantenimiento del espacio, se concentra en ese otro. Si sus condiciones de trabajo conllevan diversos aspectos perjudiciales (soledad, ausencia de colectivo, encierro, falta de reconocimiento, etc.), la posibilidad de cuidar de una persona con todas sus necesidades y de apreciar el resultado de su trabajo en ella (reflejado en el mejor de los casos en las reacciones de sus familiares) representa una importante fuente de satisfacción.[11] Los relatos de las cuidadoras atestiguan el trabajo efectuado sobre sí mismas y el otro para superar o controlar los afectos negativos de repulsión y miedo (pero también el cansancio y el hastío), transformar sus significados y aprender trabajando, realizando concretamente la tarea, lo que la actividad de “cuidar” implica de conocimientos, habilidades y competencias, al igual que de ética. El cuidado es antes que nada una relación de cuidado y es el trabajo de esa relación el que les permitirá llevar adelante lo mejor posible su actividad, desde lo menos personal hasta lo más íntimo. Hacerse aceptar, construir una relación de confianza con el asistido (Soares, 2016),[12] implicarlo en la asistencia de su cuidado, lograr crear un ambiente sereno, cuidar su estabilidad y su bienestar, volver a darle gustos, tejer lazos temporales con las historias y las charlas compartidas, tenerlo limpio y satisfecho son algunos de los retos de un cuidado bien hecho. Concentrar su atención en el otro, controlar sus sentimientos, no responde a una actitud altruista. Es una condición para valorar y aliviar el trabajo, en su desarrollo efectivo y en el desgaste potencial que representa para la cuidadora, que debe cuidar integralmente a la otra persona sin quebrarse moralmente. Y es justamente en parte en el terreno de los desafíos cotidianos que las cuidadoras afianzan su labor cotidiana, logran darle sentido a su presencia y volver la situación tolerable. Este trabajo es tanto más importante cuanto la persona cuidada sufre de enfermedades cognitivas que imponen nuevos y complejos retos a las cuidadoras.

El trabajo de cuidado en contexto
de enfermedades neurodegenerativas

Olga y la Sra. Francesca, desarrollo del cuidado en contexto de dependencia creciente

Olga trabaja cerca de seis años con la Sra. Francesca. Los dos primeros años, la anciana es lúcida y goza de cierta autonomía física. Cómplices, las dos mujeres se llevan bien, dan paseos, cocinan juntas: “¡Para qué! Cuando estaba bien la abuela, era muy bueno, salíamos a la plaza, nos íbamos al café, nos íbamos a que ella cobrara. O sea, muy tranquilo”. Cuando se le pide que describa un día de trabajo, distingue esa época de los años posteriores, cuando la anciana empieza a sufrir de Alzheimer. Impacta sobre sus actividades concretas, afectando a su vez las pautas temporales compartidas, la relación construida, los sentimientos de responsabilidad y los miedos de la cuidadora. Olga evoca con claridad estos recuerdos, los efectos de la enfermedad sobre el cotidiano compartido, permitiendo que se desplieguen los múltiples aspectos del trabajo.

Yo me levantaba, me iba –la abuela todavía dormía, me iba, pasaba la escoba, limpiaba, grosso modo, rápido. Era un departamento chiquito, lo hacía en dos minutos. Preparaba la leche, y ahí iba, levantaba a la abuela. Se levantaba, la llevaba al baño, ella se lavaba, se cambiaba, la ayudaba a cambiarse. Tomábamos el desayuno. Y hasta que comenzaba a cocinar, se sentaba en su sillón. Yo iba a ver qué cocinar ese día. Por ahí faltaba algo, pasar el trapo o algo, me ponía a hacerlo. Si no, si estaba todo hecho, me sentaba con ella, prendíamos el televisor y nos poníamos a mirar, las dos sentadas ahí, conversando (…) Once de la mañana yo ya me levantaba del sillón, me iba a cocinar: “Abuela, ¿me quieres acompañar a cocinar?”. “No”, o a veces decía: “Si”. Iba, miraba así, no es que cocinaba. Iba, me acompañaba, se paraba ahí, nos poníamos a conversar, a charlar, ella me contaba de tiempos aquellos (…). Y luego, una vez que estaba el almuerzo, 12.30h, nos sentábamos las dos. Poníamos Mirtha Legrand y ahí comíamos, tranquilas, todo, conversando –siempre conversando, nunca calladas. Una vez que había terminado, me llevaba las cosas, las lavaba, rapidito porque ya comenzaba la novela. Ahí mirábamos la novela como hasta las 2h de la tarde. Ahí le llevaba: “Abuela, es hora de la siesta”. La metía en su cama y yo me metía en mi cuarto también, apagaba el televisor y me metía a hacer mis cosas. Era como para dormir, pero yo nunca dormía. Siempre estaba haciendo, escribiendo, o cualquier cosa. Siempre hacía algo. Y después, a las 5h de la tarde ya se levantaba ella, iba, se lavaba. “Abuela, la leche”. Tomábamos la leche y ahí, una vez que tomábamos la leche, la alistaba, un saco, todo y nos íbamos a la calle, al parque. Nos sentábamos en la plaza, a mirar las palomas. Y ahí hasta más o menos las 6.30h, las 7h, ya nos levantábamos y ya nos regresábamos otra vez para ver qué iba a cocinar. Siempre la rutina. Y ahí cocinaba, cenábamos como a las 8h, siempre con el televisor prendido. Y luego una vez que había cenado, todo, me ponía a lavar las cosas, a arreglar todo y nos sentábamos a mirar hasta las 10h. A las 10h ella se iba a su cama. Eso es cuando ella estaba lúcida.

La transformación de la rutina a raíz de los efectos de la demencia senil es descrita por Olga con particular sutileza:

Yo la levantaba a las 8.30h de la mañana, la ayudaba a levantarse, la llevaba al baño y ahí ya yo sí la lavaba, yo misma la lavaba, la cambiaba, la secaba toda y ahí a tomar el desayuno. Ya tenía los problemas de que no podía pasear, tenía que ser bien cuidadosa. Es muy muy delicado trabajar con abuelos. Ya caminaba más despacio también. Pero la misma rutina. Yo la sacaba a veces en las mañanas. Cuando faltaba algo, teníamos un [supermercado] Disco a tres cuadras más o menos. Y nos íbamos las dos, despacito, despacito, la llevaba hasta el Disco, hasta el supermercado. Y a veces por las puras, solamente para que caminara la llevaba yo. Y ahí comprábamos dos, tres cosas que me faltaban y regresábamos.

Ya casi no miraba la televisión. Ya comenzó a llorar. Ya lloraba. [Le decía]: “No llores Abuela, no llores”. Me ponía nerviosa. Entonces le compré un ovillo de lana porque me dijeron que antes sabía tejer y comenzó a tejer, ¡y tejía! Bueno, se ponía a hacer eso y luego de ahí, a almorzar. ¡Almorzar también era un cuidado único! Que bien chiquito todo, el pollo… “Abuela, coma despacio” si no se apuraba, se atoraba y parecía que se iba a ahogar y yo me moría. Tenía miedo de que le pasara algo. La responsabilidad es muy grande. Pero seguía el ritmo. Ya de tomar le leche y de irnos a la calle. Pero estaba más “viejita”, como quien dice. A la noche casi no cenaba, no miraba la televisión. Ya no dormía, entonces comenzamos a darle las pastillas para dormir. Le daba a las 9h las pastillas y yo calculaba 15 minutos, que estaba en el sillón, y antes de lo 15 minutos yo la tenía que levantar del sillón, porque si no se me dormía en el sillón. A veces yo estaba durmiendo cuando ¡POUM! Me levantaba corriendo, ya estaba en el piso, tirada. Se caía de la cama. ¡Ay…! ¡Era una mujer alta! Se le había ido el sueño. Entonces yo corría, la levantaba, la sentaba así en el piso: “Abuela, agarrate de acá”, se agarraba de acá, yo de acá, pa-pa, me la subía, me la sentaba en la cama. O sea que el tema era la noche, no era el día. Se levantaba y comenzaba a caminar, a caminar: “Abuela, acuéstese”, “No, pero ya es de día, ya no tengo sueño, quiero tomar desayuno”, decía. Ya estaba perdida. Entonces comenzaba a caminar hasta que después la acostaba y me acostaba a su lado.

Aprendí a no darle la pastilla, se dormía tranquila y le daba la pastilla a la 1h de la mañana. La misma circunstancia que iba pasando me hacía rever la situación. A ver de qué forma podía contenerla y contenerme yo también. Porque de noche, de noche era un infierno. Después las pastillas ya no hacían el mismo efecto. Como que el cuerpo se ponía resistente a la medicina. Y el doctor decía que no le podía dar más, que era lo que estaba recomendado y que no podía darle más. (…) Después de acostarla, yo me quedaba mirando televisión, o me sentaba ahí y me ponía a escribir o a leer. O si no, desarmaba mi placarcito que tenía, sacaba todas las cosas que tenía y las volvía a arreglar. ¿Por qué hacía eso? Porque me sentía encerrada. Ahí no podía salir. Yo, para nada. Si salía tenía que salir con ella, yo no la podía dejar. No la podía dejar.

Las noches eran mi martirio. Todas las noches: “Ya nena –me decía – ya nena, me voy a dormir, pero primero dame el desayuno. Quiero comer”. La engañaba con una galleta, con una cosa y se iba a dormir. Se quedaba ahí dormida en el momento, pero más se demoraba en dormir que en despertarse otra vez. Luego, de día, se sentaba en el sillón y se quedaba dormida. “Abuela, no duerma en la mañana, duerme en el día y en la noche no me deja dormir, no duerma, abuela”. “Pero tengo sueño”. “Pero no duerma porque vamos a almorzar”.

Eran las 8h de la noche en punto y comenzaba a llorar. Siempre a la misma hora. No es que “Buhhh” y lloraba. No, se sentaba, las lágrimas le venían. ¿Qué pensaría en su cabeza, pobrecita? No hablaba, no hablaba. Le decía [suavemente]: “Abuela, calle, no llore, ¿qué quiere? ¿Quiere que salgamos a pasear?”. “No – yo sabía que no podía salir de noche, tenía miedo de que se tropezara – No, me quiero morir. Quiero morir”. “Abuela, no se va a morir”. “Vos no me querés”, me decía. “Sí, la quiero, abuela”, “Entonces, ¿por qué no me dejas que llore?”. “Porque no debe llorar”. A veces también la dejaba. Pero con el paso del tiempo este llanto también se le fue acabando. Ya no lloraba, vivía nomás. Ya no, ya no se preocupaba porque la quisieran o no la quisieran o que comía o no comía. Ya no, ya era una insensibilidad total. Eso es lo que era. Pero después, ¿sabés qué hacía, para que ella se calmara? Le daba las bolsas de la casa, las bolsas de plástico y le enseñé cómo doblarlas. Le daba la ropa que sacaba del tender y las ponía para que ella las doblara. O sea, le daba ocupaciones. Buscaba la forma de darle ocupaciones para que ella hiciera algo. Y ahí ella se entretenía. Ellos ya comienzan a estar en su mundo. Ya comienzan a vivir en su mundo… como que no sienten… Son como una criatura…

Con el relato de Olga, nos introducimos en el ignoto mundo de las demencias, marcado con el sello de la imprevisibilidad. Olga trabaja en mantener vivo el vínculo de Francesca con ella y con la realidad que las rodea. “Como una barca a la deriva”, la anciana se aleja cada vez más del mundo compartido, empieza a llorar a hora fija, sin una razón que le permita a la cuidadora actuar con conocimiento de causa, hundiéndola en angustias cuyo recuerdo permanece vivo: “Que no me gusta de los ancianos es que lloren. (…) Porque ahí sí me ponen muy nerviosa, me pone mal. Me desespera. (…) El llanto sí no lo puedo soportar”. Luego el llanto cesa y es peor. “Vive nomás”, sin vitalidad ni ganas. Todas las actividades que encuentra Olga para ocuparla solo duran un tiempito. Poco a poco el espacio de vida de ambas se reduce al espacio del departamento. Las noches se vuelven “un infierno”, “un martirio” para la cuidadora. La anciana se despierta a cada rato, camina, pide desayunar. Olga la sigue paso a paso, busca ayudarla a dormir, analizando una y otra vez la situación para lograr “contenerla” y “contenerse” ella también. Como en otras experiencias relatadas, la organización aceitada del día en diversas actividades se desdibuja con las temporalidades de la senilidad que ni las cuidadoras ni los asistidos controlan. Sus efectos son particularmente difíciles de sobrellevar para la cuidadora cuando, como en el caso de la Sra. Francesca, la pérdida de la referencia temporal altera el ciclo natural del asistido que se desvela de noche y duerme durante el día.

Reconocer el mundo de la demencia

La pérdida de referencia y control no es solo de orden temporal. Si bien el intenso trabajo sobre el vínculo de cuidado ayuda a llevar adelante las diversas actividades en relación con el trabajo de cuidado en condiciones de demencias, la enfermedad socava lo conquistado. Además del vínculo, las actividades se encuentran sometidas a los caprichos de la demencia. Cada paso se vuelve un desafío para la trabajadora, por las resistencias, la violencia que algunos asistidos manifiestan o su implacable alejamiento: el creciente desinterés que manifiesta la Sra. Francesca ante lo que la rodea, o el caso de una de las asistidas de Damaris que escupe los medicamentos y le pega cuando ella la baña, o los ancianos que se niegan a cambiarse los pañales o a bañarse, además de los mil elementos que, con la enfermedad, se vuelven potenciales peligros, como la perilla del gas, los medicamentos o la puerta de entrada que invita a “escaparse”. Olga, en otra ocasión, al comentar el cambio de pañales de una anciana obesa y postrada que no solo no acompaña el gesto de la cuidadora, sino que se resiste y le grita todo tipo de insultos, establece que el problema es cuando el anciano que padece demencia ya no entiende lo que se espera de él. No anticipa el gesto de cuidado, no lo acompaña. Más aún en contextos de enfermedades neurodegenerativas, en las que la comunicación necesita otras vías que la interacción esencialmente oral. Se despliega a través de todos los sentidos; además del lenguaje, moviliza la entonación, el cuerpo, la mirada, el tacto para mantener el hilo del contacto y llevar adelante el cuidado. El desafío marca tanto el trabajo realizado como los propios afectos negativos de las cuidadoras, agotadas, sumidas en un mundo angustiante, desvinculado de las normas socialmente compartidas, que las sitúa en la inmediata proximidad de la locura y la muerte.

La imprevisibilidad característica del trabajo en contexto de enfermedad neurodegenerativa y los incesantes desafíos que implica distrae a las cuidadoras de la continua conciencia del miedo que genera el declive mental. Aunque ellas pueden haber adquirido cierta familiaridad con los efectos de la demencia, cada asistido requiere un despliegue original de habilidades. Cada paso que logran dar representa una pequeña victoria dentro de una guerra perdida. La enfermedad no se domestica y siempre lleva las de ganar. La experiencia ayuda, pero la enfermedad también alimenta los miedos que genera, como muestra Olga:

Sí, les tengo miedo [a las enfermedades como el Alzheimer], por lo mismo que he vivido. O sea que [por la multiplicación de casos que atendí], y más con Francesca que lo he vivido desde su principio hasta su final, o sea todo el desarrollo.

Si las cuidadoras no pueden eludir la enfermedad, tienen que encontrar maneras de manejar sus efectos. Pasan compromisos con el trastorno, para poder llevar la barca a buen puerto (que la persona cuidada coma, tome su medicación, acepte que la higienice, que no se altere, no se asuste con sus alucinaciones, etc.) –a veces a pesar y hasta en contra de la familia que se resiste a aceptar el declive de su pariente. La demencia no da descanso, es variable, versátil, imprevisible. “Hoy es una cosa y mañana es otra”, sintetiza Estrella. De la misma manera que las cuidadoras domestican sus impresiones, otorgándole sentido al trabajo del cuerpo y de la intimidad, a falta de poder controlar la demencia, se impone la necesidad de no quedarse en el registro de la alteridad, de reconocer la enfermedad, sus etapas y efectos, de alguna manera apropiárselos para no abandonarlo todo. Perla, cuando llega a trabajar con una anciana, ex-directora de escuela y poetisa, cree que no podrá quedarse en ese nuevo empleo donde, sin embargo, continúa años más tarde:

Vine acá y dije “Yo, acá, 3 meses nomás voy a estar”, porque veía muy fea la cosa. [La anciana] mandaba, no se quedaba [quieta]. No sabés todo lo que es el Alzheimer; ahora ya está entregada (…) está como dependiente totalmente; anteriormente no paraba. (…) Caminaba; se levantaba, caminaba y quería salir, golpeaba el vidrio. Era muy activa y se peleaba con todo el mundo y era de boca muy sucia; decía de todo un poco, todo lo que le salía.

Trabajar con personas que sufren enfermedades neurodegenerativas implica “soportar el desafío de la resistencia al dominio. La capacidad de resistencia es la condición que les permite a las cuidadoras [enfermeras y auxiliares] encontrar soluciones inéditas, astucias, ahí donde la experiencia es derrotada” (Gernet y Chekroun, 2008: 45). A cada resistencia, una respuesta. Una respuesta única, no siempre repetible, nunca estabilizada y menos universal. Si Olga decide acostarse con la Sra. Francesca para tranquilizarla, Estrella se niega rotundamente a hacer lo mismo con la Sra. Diadema, que también padece demencia. Quizás en otra situación Olga rechazaría esta posibilidad mientras Estrella cedería si viera que conviene. El rasgo común entre las cuidadoras consiste en no llevar inútilmente la contra, en “buscarle la vuelta” y, en casos de delirios, acompañar al anciano tratando de desactivar sus efectos negativos (violencias, angustias). Perla comparte:

El tema es que el Alzheimer es jodido; es el sí y el no juntos, ¿viste? Hay que estar, hay que buscarle la vuelta. (…) Es difícil, difícil y hay que entenderla. Por ejemplo, hay un día que ella está muy bien y hay un día que está que ya se está muriendo, por ejemplo. No te come, no traga nada; se pone nerviosa, araña todo; pelea. Y vos tenés que estar bien preparada. Es una paciencia que no sé de dónde viene, pero es una paciencia total. [¿Una paciencia que se aprende?] Yo creo que sí. Le buscás la vuelta y a veces te ponés un poquito a la altura de ella porque ella por ejemplo, juega; tiene su muñeca que también juega con su muñeca; es cosa de locos pero a veces también tenés que ponerte a la altura de ella y seguirla. (…) [Hay] que saber cómo. Es difícil, es difícil.

Reflexiona Rosalba:

Hay momentos en que [Doris] razona muy bien, que conversa muy bien. (…) pero ¿qué pasa ahora? Que ella, por decirte, está mirando la televisión y hay una persona ahí hablando o señalando y dice: “Mira cómo me señala; mira cómo me habla a mí”. Entonces, ella dice: “Está gustando de mí. Pero ¿por qué no viene y toca la puerta?”. Ella se lo cree. O ve que están preparando algo en un programa de comida y dice: “¿Nos van a invitar con lo que están haciendo?” Y yo le digo: “No, porque no nos pueden invitar por la tele”. Entonces, ella te porfía: “Pero ¿cómo? No es una película eso”, y hay momentos en que se exalta un poco, está un poco nerviosa ya. (…) Entonces le digo: “Está bien, está bien”. ¿Qué hago? Agarro el control y cambio sin que ella se dé cuenta porque si se da cuenta, también chau, soné (se ríe), porque me dice: “¿Por qué me sacás [la tele]?” (…) hasta hay momentos en que saco el canal, pongo donde comienza ‘lluvia’; “Uy, se nos fue el cable”, le digo. Porque ya, cuando yo veo que ella está demasiado metida y que me mira y que esto y que lo otro, entonces le digo: “No; acá no hay televisor”. “Y bueno –me dice –¿qué vamos a hacer? Pero no lo apagués, ¿eh?”. “No –le digo –no lo apago; hay que esperar a ver si viene de nuevo”. Y bueno, está un rato ahí y después le digo: “Bueno, vamos, ¿no quiere hacer una siesta? ¿Vamos a acostarnos un poquito?”. “Bueno, vamos” dice. O a la noche también, cuando no quiere ir a dormir, también se lo hago así. Y si no, por ahí, puede estar a la una de la mañana sentada ahí.

Estas habilidades se adquieren y requieren, como lo subraya Perla, haciéndose eco de las demás cuidadoras, trabajar su propia imaginación y paciencia.[13] Allí donde algunos familiares no aceptan el efecto de la enfermedad en sus padres o parejas, topándose con la obstinación del anciano,[14] las cuidadoras aprenden a contornear el problema. Como se puede ver en el caso de Rosalba, nuevamente con la Sra. Pérez:

Fue en tiempo de frío y que la hija quería ponerle una chalina, que después un pañuelo; no, que mejor este, que mejor el otro; entonces, llegó un momento en que la exaltó, la exasperó y la agarró así. “¡¡Dejame en paz, carajo!!”, le dijo, así (gritando, enervada). [La hija] se quedó asustada; entonces le dije: “No, no nos ponemos nada”; saqué todos los pañuelos y le dije: “Llevémosla como está”; le pusimos el tapado y ya está. La saqué y se calmó. Lo que pasa es que ella se exalta cuando la persona quiere imponerle su voluntad (…) Conmigo no es así porque yo trato de calmarla y siempre le digo: “¿Le gusta este?”. Siempre que le saco cualquier ropa, le digo. “¿Le gusta esto?”, y me dice: “Sí, bueno”. “¿Quiere ponerse esto?”, le digo. O sea, siempre le pido su opinión y conmigo no pasa eso.

En efecto, saben que si les llevan la contra y los asistidos se alteran, no conseguirán nada. ¿De qué sirve repetirle a una persona que los personajes de la televisión no le hablan si está convencida de su presencia real? ¿O empecinarse en convencer a la anciana asustada que ve personas caminando por las paredes de que estas no existen si ella las ve? Mejor explicar que son buenas y no le van a hacer daño, hasta tranquilizarla. Y adaptarse a cada nueva situación, desde esta postura comprensiva, una defensa costosa que las protege también de ceder a la inevitable irritación que genera la resistencia. Como observa H. Hirata (2016: 159): “Saber reaccionar ante una situación imprevista es prueba de calificación, tal como en la industria de proceso continuo o en la aeronáutica”. Las cuidadoras no pueden prever lo que las espera ni fijarse en un registro de defensa. En ese sentido, el trabajo de cuidado en contextos de demencias y senilidad, implica adecuarse constantemente a las variaciones que impone la enfermedad y pone en jaque los discursos teóricos y generalizados defendidos por actores que no se confrontan con esa realidad las veinticuatro horas del día. Así explica Rosalba:

[En el curso dicen] si [la persona cuidada] le dice ahora, en este momento, que el perro tal es de ella, entonces, dígale que sí y trate de cambiarle la conversación. Pero no es como te dice el médico porque bueno, en ese momento, tú le cambias la conversación ¿no? Y al poco rato, te vuelve con lo mismo y trata de cambiarlo, pero por ahí, a los dos días te vuelve con lo mismo; entonces, llega un momento que ya pone mal eso.

Por un lado, estos trastornos, que reenvían a la pérdida de sí, integran el orden de lo irrepresentable (Douville, 2007) –abismos angustiantes–; por otro, pone a prueba a las cuidadoras sin descanso, llevándolas hasta sus propios límites. Como Estrella, que le suplica a Dios que le dé paciencia para no ceder a la exasperación “cuando te está dale que dale” con las mismas frases, las preguntas que se repiten incansablemente, los perritos que ve en el lugar de cada objeto. Como concluye Olga: “Psicológicamente también trabajar con abuelos te enferma”.

Al sufrimiento propio, se suma el sufrimiento del otro cuando la cuidadora ya no sabe qué hacer, cómo calmarlo. Rosalba asocia estas dos ideas, su fastidio acentuado por su propio sentimiento de impotencia:

O con estos casos, cuando tú trabajas con una persona así, llega un momento que te embota el cerebro. Y no sabes qué hacer, cómo aliviarle esa tensión que tiene ella, ¿ya? A mí me pasa con esta señora; llega un momento que está tan, tan mal ella, que te da la contra en todo y está tan ofuscada, que yo, llega un momento que no sé cómo…, qué hacerle para aliviarle eso; quitarle eso de la cabeza. Es difícil; entonces, eso te duele; te duele y te hace sentir mal.

El sufrimiento propio se profundiza con el sentimiento de impotencia y el miedo a ceder ante el hastío, de “mandar todo al diablo”, de entrar en la oscura y temible zona del acto (o sentimiento) moralmente condenable –primero que nada, por sí misma. Quizás por eso interpela tanto la “santa paciencia” que el cuidado impone. Quizás, también por eso, las diversas formas de maltrato que en estas condiciones deben inevitablemente surgir de vez en cuando (aunque sea solo hacerse la sorda, no responder, encerrarse en el baño), no aparecen nunca en los relatos como algo de su propia experiencia sino en anécdotas sobre el desempeño de otras cuidadoras (reemplazantes, predecesoras, amigas). Como si desplazando el foco mantuvieran a rayas el riesgo de protagonizar alguna forma de maltrato.

El trabajo de cuidado en “situaciones totales”

El trabajo de cuidado en situaciones de senilidad o enfermedades neurodegenerativas suele combinarse con modalidades de empleo sin retiro. Este tipo de modalidad cubre cierta diversidad de situaciones. Por un lado, los arreglos entre empleadores y cuidadoras son variables. Partiendo de un esquema general que supone que la cuidadora trabaja de lunes a sábado por la mañana, las configuraciones laborales varían en función de las necesidades de la persona cuidada, la disponibilidad de recursos económicos y humanos y los arreglos de la misma trabajadora. En este sentido no es lo mismo trabajar de lunes a sábado o a domingo que tener varios días libres en la semana. Por ejemplo, Olga trabaja para una familia adinerada que convive con la anciana a la vez que emplea dos cuidadoras sin retiro que se turnan, además de una vecina que ayuda las trabajadoras para las tareas más difíciles (como la higiene corporal). Olga regresa con su marido y su hijo tres días y noches por semana, lo cual torna la separación menos difícil para la cuidadora que, además, cuenta con ayuda en el desempeño de su trabajo diario.[15]

Las percepciones a las que dan lugar los empleos de cuidado sin retiro también varían con el estado de salud de la persona atendida. Cuando esta es todavía lúcida o aún puede dar paseos, la cuidadora puede salir de vez en cuando sola, para ir hasta la farmacia, el supermercado o dar una vuelta a la manzana; o en compañía de la persona cuidada, con quien va a cobrar la jubilación, a tomar el té, a caminar. Al otro extremo del cuidado sin retiro, cuando se combinan la dependencia total, el encierro y la convivencia con enfermedades neurodegenerativas, se encuentran situaciones calificadas de “totales”, en tanto el cotidiano, que es a la vez de vida y de trabajo, se desarrolla en un lugar cerrado, separado del mundo exterior, con su propia organización y dinámica.

En el largo relato citado de Olga se percibe claramente cómo, con el avance de la enfermedad, los espacios por los que transitan la señora anciana y la cuidadora se van reduciendo poco a poco hasta circunscribirse al espacio del departamento. Los paseos que daban juntas se acaban, así como las posibles escapaditas de Olga. La progresiva limitación espacial acompaña la profundización del declive mental, el cual supone un incremento de las exigencias en términos de cuidado. Las necesidades de la persona cuidada se hacen más importantes ya que no puede quedarse sola, lo cual impacta en la organización del cuidado. No solo porque las cuidadoras ya no pueden alejarse del asistido, sino porque su ausencia, en particular durante sus días libres, repercute directamente sobre el estado de aquel, que se siente desorientado y vive mal el cambio. La consecuencia para la cuidadora es doble. Por un lado, siente que cada regreso se acompaña por un esfuerzo y un trabajo doble de reequilibrio del ambiente de trabajo y del asistido (que en este caso se confunden). Por otro lado, el “corte” con el trabajo se hace casi imposible. Durante el fin de semana, la cuidadora, preocupada por el asistido, pasa a verlo o llama por teléfono. U opta directamente por quedarse con él y evitar los trastornos generados.

El trabajo sin retiro de cuidado de personas muy dependientes, conlleva así una responsabilidad que coloniza la existencia de la cuidadora. De día y de noche, en la semana y los fines de semana. Como aquel sábado de tarde que suena el celular de Rosalba durante una de las entrevistas. La cuidadora atiende y describe en detalle para su reemplazante la organización del fin de semana, cada comida de la anciana y su medicación. En algunos casos, presionados por los empleadores (familiares) o bien para controlar mejor la situación, las cuidadoras buscan arreglos organizativos específicos. Por ejemplo, en vez de irse el fin de semana, siguen viviendo en la casa del asistido y se liberan solamente unas horas cada día, como Olga que, con la Sra. Francesca ya enferma, regresa a su casa el sábado y el domingo de 11 a 20. Durante ese tiempo la cubre la hija de la anciana, siempre y cuando no tenga a sus propios hijos enfermos, casos en los que Olga se “la tenía que bancar” llevándose la Sra. Francesca a su casa. Estrella y Rosalba se cubren mutuamente los fines de semana. Perla, ante cierta resistencia de la familia y sus propios temores, no termina de tomarse sus vacaciones para quedarse con su asistida. Llama la atención esa sobre-auto-responsabilización que transmiten varias cuidadoras, a través de la cual se observa una forma de inversión de los roles con los hijos (ellas se hacen cargo de las dificultades que plantea la organización del cuidado) acompañada por arreglos laborales abiertamente perjudiciales para ellas. Como se verá más adelante, una de las razones de este tipo de arreglo podría adjudicarse a la necesidad de ejercer un mayor control sobre su trabajo y vivencia. Todos los relatos de cuidadoras que en alguna ocasión trabajaron sin retiro hacen hincapié en la sensación de encierro. El encierro en sí se articula con otros elementos que refuerzan el sentimiento de opresión, por ejemplo, las manifestaciones de las enfermedades neurodegenerativas, las noches sin descanso, la imposibilidad de tener un tiempo para sí, las necesidades propias insatisfechas, la soledad, el sentimiento de impotencia ante las manifestaciones de demencia, el aburrimiento. Sobre este último sentimiento, en el cual se mezclan fastidio y decaimiento, Marisa detalla:

Cuando estoy encerrada, me pongo a pensar; más preocupación me lleva. Pensar o extrañar a mi familia (…) [¿En qué momentos se siente encerrada en esa casa?] Cuando no hago nada ahí. En las tardes sobre todo porque estar encerrada viendo la televisión, a veces ya uno, cansa la misma cosa todos los días; no, no; no me gusta estar encerrada.

Y agrega Rosalba:

Una vez que le daba el té, ya nos sentábamos toooda la santa tarde hasta las siete, siete y media de la noche a mirar la televisión.

El agobio invade a la cuidadora. Un agobio, como aparece en el relato de Rosalba, que se adjudica menos a la falta de sueño (en este caso por sus propios insomnios) que al agotamiento generado por el encierro combinado con la atención constante del cuidado:

Por decirte, como anoche me pasó. Me duermo y a las 2 de la mañana estaba despierta. (…) Me vuelvo a acostar y no podía agarrar el sueño. Me levanté (…) colgué la ropa (…) Y me senté a mirar la televisión. (…) Bueno; me dio las 3, 3 y media; me volví a la cama; agarré el sueño; me levanté como a las 4 y 20 de nuevo; me puse a planchar. Después que planché, dije “Vuelvo a la cama otra vez” y agarré un poquito el sueño; a las 6 y media me desperté y volví; así estuve toda la mañana. A las 8 y media me levanté. [¿Y no está extenuada ahora?]No; no. ¿Sabes lo que te cansa? Ayer estaba con cansancio; ayer a la tarde, cuando la hija llegó, me dice: “Tienes una cara de cansada”; es la tensión de estar encerrada; la tensión es lo que te cansa. El encierro cansa (…) Porque aparte de que no tienes privacidad; tienes que estar atenta con tus cinco sentidos en la persona que atiendes; entonces, eso cansa también.

Paradójicamente, Rosalba encuentra en el insomnio un aliado que la protege de sentirse completamente sumergida por la tensión. El insomnio es un momento de privacidad, de poder estar con ella misma, de bajar un poco la guardia:

[¿Logra crearse pequeños momentos de privacidad?]Y… sí. Cuando leo o cuando me dan los insomnios, ¿viste? Que me siento conmigo misma, entonces me relajo. Esos son los únicos momentos; después no; no se puede. No se puede porque tienes que estar atenta; atenta en todo momento porque no sabes lo que va a venir.

En el cuidado sin retiro, no se puede relajar la atención en ningún momento. Si para la mayoría de los trabajadores las noches son de descanso (o descansan durante el día de una noche de trabajo), las noches siguen siendo de atenta vigilia para las cuidadoras internas. Duermen con un ojo cerrado y otro abierto. Con un oído descansando y con otro atento al más pequeño movimiento del asistido, un movimiento que abre al riesgo de caída, a los paseos nocturnos o la manifestación repentina de angustias ligadas a la senilidad. La vigilia continua caracteriza esta forma de empleo, aun cuando los adultos mayores cuidados tienen buen sueño. “Yo me despierto porque siento que ni respira a veces. Entonces, yo me levanto, a ver. Duermo así, ¿no?, alerta porque ella está viejita; yo la toco y está que respira un poquito; pero duerme tranquila”, dice Marisa. Pero en ocasiones, como lo recordaba Olga con un sufrimiento todavía perceptible, las noches se tornan una pesadilla. El asistido se despierta una y otra vez, despabilado o asustado, acompañado por la cuidadora, que despliega todas sus habilidades para calmarlo: repite palabras de sosiego o busca nuevas respuestas, realizando un trabajo de equilibrista, firme, pero apaciguadora, un pie en “nuestro mundo” y otro reconociendo el “mundo de la demencia”. La cuidadora ha de reconocer ese mundo, para no violentar a la persona mayor presa de su delirio, no profundizar su ansiedad ni perder su confianza. E incluso, ingresar en él si hace falta, redoblando el esfuerzo para preservar su propia cordura y encontrar la paciencia necesaria a pesar del cansancio y del agobio que pueda sentir.

Cuando se combinan empleo sin retiro y dependencia total de la persona cuidada, cada rincón de la existencia de la trabajadora alcanza una forma de “totalización”, a través del desdibujamiento de las fronteras espaciales y temporales y el constreñimiento que afecta a su cuerpo y mente. El tiempo, el espacio son uno: el tiempo de la dependencia sin tregua, de las manifestaciones de la enfermedad, de la imprevisibilidad de la demencia, del sentimiento de responsabilidad que acecha a la cuidadora aun cuando no está presente. El espacio único y sin escape posible de trabajo y vivencia termina violentando a la trabajadora, que se siente invadida, absorbida, “desustancializada” por la atención ininterrumpida prodigada al otro y a su entorno cotidiano. Las cuidadoras buscan escapatorias para protegerse y mantener su equilibrio psíquico sin ceder al fastidio. Esenciales, parecen a la vez irrisorias ante la contundencia de la sujeción general. Olga arma y desarma una y otra vez su ropero o escribe. Rosalba aprovecha el insomnio para estar “tranquila”, y tal como su madre, Estrella, se escapa en la lectura porque, como dice esta última: “En ese momento en que [estoy] leyendo, ya no estoy en el papel de Estrella sino [que] mi mente se está centrando en lo que está leyendo; (…) Entonces es una manera de [cortar]”. Roban un momento de paz cuando el asistido se acuesta a dormir; cuando se puede, tejen. Cada situación es única y compleja, y el agobio es, aun restrospectivamente, palpable. Comparando su empleo actual, donde una anciana padece de Alzheimer avanzada, con su empleo anterior, en el que había una anciana lúcida, lo que le permitía a Estrella salir de vez en cuando, la cuidadora resalta sus diferentes sensaciones:

No me costaba no salir [trabajar sin retiro], porque tenía la facilidad de salir aunque sea, a comprar. Decía: “Ya vengo” y me iba a visitar a una amiga al primer piso, al cuarto piso; (…) entonces tenía la facilidad de estar de un lado a otro lado. Me llegaba el sábado y no era que yo ansiara que llegara el sábado, como ahora. Ahora sí. Ahora estoy en un encierro total. Yo entro a las 9 de la mañana el día lunes y hasta el sábado a las 12 y media no salgo para nada; simplemente para tirar la basura al incinerador, nada más.

Para tirar la basura al incinerador, la cuidadora aprovecha que Diadema está en el baño, sentada en el inodoro, para abrir rápidamente la puerta. La llave permanece escondida ante el deseo de la anciana de salirse de la casa. El movimiento es rápido y preciso: “Corro, abro la puerta, tiro la basura en el incinerador y ¡chum! Adentro, cierro la puerta. ‘¿Quién era? ’, ‘¡Nadie! ’;, para que ella no me diga: ‘¿Vos tenés llave? Abrime la puerta’”. Sigue la anciana paso a paso, de día y de noche. Las noches, “duermo y me despierto; duermo y me despierto”. Para no perturbar a la anciana cuando se levanta de noche, la cuidadora se sienta y la observa, lista para intervenir (como “una manera de no invadirla a ella”, dice Estrella en referencia a la asistida). Esa semana, Diadema se levantó dos veces la noche del lunes, no durmió la noche del martes, la noche del miércoles durmió, pero se levantó cuatro veces. La cuidadora prevé una noche en vela el jueves, pero finalmente la anciana “duerme muy bien”, levantándose tan solo dos veces, y tres la noche siguiente. Cuando ve a su hija Rosalba, que trabaja con una señora que padece una demencia mucho menos avanzada, le propone, entre broma y hastío, cambiarle “tres días tuyos por uno mío”. En situaciones “totales”, los relatos de las vivencias de las cuidadoras se asemejan al ahogo. La reiteración de la temática del encierro, su asociación con el agobio y el deseo de irse llaman poderosamente la atención y pueden llegar a ser tales que, como lo relata Rosalba con asombrosa precisión, se traducen en un fuerte y deletéreo sentimiento de despersonalización y desustancialización de la cuidadora absorbida por las condiciones particulares de su trabajo. Como si la desposesión de su vida personal, privada y social no fuera suficiente, Rosalba señala la desposesión de ella misma, de su entereza y personalidad, poniendo de manifiesto que lo que está en juego en el escenario de ese trabajo es nada menos que ella misma, su razón y su salud mental:

[Estaba] como encerrada ahí; trabada ahí; no podía moverme para otro lado. (…) Para mí, fue una cosa muy traumatizante, estar mucho tiempo encerrada porque yo nunca en mi vida pensé que un trabajo así iba a estar así, ¿no? Tan encerrada, sin siquiera la libertad de poder decir: ”Ahora vuelvo, voy acá abajo”; nada. (…) Sí, eso, para mí, fue un poco traumatizante, porque una ya no se siente dueña ni con libertad de su persona. Uno siempre se siente que tiene que estar [bajo el] mando de otra persona, como si no fueras dueña de tu persona; no tienes ni personalidad ya; eso es lo que sentía yo. No me sentía dueña de mí misma. Entonces fue traumatizante para mí, que ya llegaba el fin de semana y salía de ahí a las 9 de la mañana, desesperada. Aparte, que yo fui una persona de buen comer toda la vida, en abundancia y ahí se comía como el gatito. [¿Usted no podía alimentarse de otra manera?] No. No podía porque no tenía esa facultad de ir, decir: “Yo voy al supermercado y me voy a comprar lo que a mí me gusta; me voy a preparar lo que a mí me gusta”; no podía. No podía porque no tenía esa libertad; no podía; no salía ni a hacer una compra. (…) Yo le digo, salía del trabajo a las 9 de la mañana, llegaba como desesperada a mi casa a abrir la heladera y comenzaba a sacar y a comer, y mi hermana me decía: ”Pará, ¿qué te pasa?”. Le decía: ”No me creerás que vengo como una loca, desesperada”. Desesperada a comer y a sentirme yo; a sentirme yo porque me sentía como si fuera un bichito yo ahí.

Las defensas entre protección y amenaza

Para no quebrarse y evitar maltratar al anciano a su cargo, se ha visto que las cuidadoras realizan un importante “trabajo emocional” (sobre sus afectos y los de sus asistidos) e implementan diversas defensas, como reconocer el mundo del otro, trabajar la relación de cuidado, mantener el entorno lo más tranquilo posible, enfatizar el afecto, etc. Estas defensas atraviesan el conjunto de las experiencias de trabajo de cuidado, sobre todo en contextos “totalizantes”, en los cuales la necesidad de protegerse es central. En contextos de situaciones laborales ansiogénicas para las cuidadoras, aparecen dos grandes mecanismos defensivos, que a la vez las protegen y las debilitan. Se observan aquí a partir de dos situaciones “extremas” que permiten pensar sus diversas formas. Uno de estos mecanismos pasa por una sobreinversión afectiva y la idealización de la persona cuidada, del rol propio y de la relación de cuidado. El otro –que puede o no relacionarse con el primero– se manifiesta por la voluntad de controlar cada aspecto del trabajo y su organización.

La sobreinversión afectiva aparece en diversas experiencias de las trabajadoras y se relaciona con el rol de los afectos, que se desarrollará más adelante. Si los afectos positivos, el “amor”, les permiten soportar las condiciones de trabajo y hasta disfrutar de su desarrollo mientras dura, su sobreinversión puede generar a la larga un profundo agotamiento moral y afectivo. Como una sinfonía que trepa hasta las notas más agudas, los relatos se elevan en torno a la idealización de la relación de cuidado hasta que su fin abre paso al agotamiento. La experiencia de Celia con el Sr. Antonio ilustra este mecanismo. Celia cuenta su experiencia con el anciano desde sus primeros momentos de rechazo hasta la complicidad y adoración mutua que los une. En esta historia que para la cuidadora debe ser única (“Solamente Dios sabe lo que éramos el uno para el otro”), la interpretación de la evolución del cuidado brindado y de las relaciones con el Sr. Antonio y con su familia pasa por un sobredimensionamiento de los afectos y la idealización del rol que cumplió. Sostenido por una lectura marcada por su conversión al evangelismo, su presencia aparece como un designio de Dios (porque “Él nunca da puntada sin hilo”). La salud del Sr. Antonio mejora y el anciano recupera las ganas de vivir; la familia partida por conflictos se reúne nuevamente en torno al anciano cuya conducta separó:

Parece un cuento de hadas, pero más allá de reconciliarse [la familia], por lo menos hablar, ¿no? O el hecho, al menos, de que venga la [hija] y comparta un mate conmigo sentada al lado de su papá. Y que lo vean a su viejo, que comenzó a caminar. Y comenzar a ver lo que era importante y que un día, cuando él se descompuso, todas estuvieron alrededor de él, hasta la [ex esposa] que vino a ver quién era la persona que lo conocía y cómo Antonio se estaba recuperando.

Celia apenas quiere tomarse su día libre para no alejarse del anciano. La responsabilidad del cuidado y de la vida cotidiana del anciano –que en este caso se conjuga con la necesidad de la cuidadora de sentir y dar afecto, dado que Celia sufre entonces mucho por su migración reciente– deriva hacia una forma de apropiación de la vida del otro, de “fagocitación afectiva”. La misma Celia lo percibe cuando, en ocasión de una internación del Sr. Antonio, comparte la culpa que siente por haberle pedido quedarse con ella cuando, según ella, él deseaba morir. Para Celia, el anciano no falleció para responder a su solicitud. Un poder de vida y muerte que, a través del autoreproche, reconoce. Que la familia luego de la crisis de 2001 la despida y le pida mentirle al Sr. Antonio, explicándole que debe regresar a su país (generando una lectura por parte de la cuidadora y del asistido en clave de abandono) no cambia la visión idealizada y anómicamente afectiva de su experiencia.

Pero esta misma experiencia la deja sin fuerza ni capacidad de entrega. Lo que sostenía la interpretación idealizada del cuidado del Sr. Antonio le quita la capacidad de abrirse a los asistidos que tuvo posteriormente. El agotamiento emocional aparece como la contracara de la sobreinversión afectiva que genera el trabajo totalizante. En su siguiente experiencia, si bien realiza los gestos de cuidado con conciencia, Celia no logra darle afecto a su nuevo asistido: “¿Vos sabés que no sentía? Como que mi corazón se puso duro; no quise abrir más mi corazón (…) mi corazón no se abrió con él. (…) Me parecía como que si yo trabajaba con él, era por necesidad; más que con amor, como lo hacía con Antonio”. Cuenta sus demás empleos de cuidado sin ganas, sin entrar en muchos detalles, como quien perdió interés en lo que relata.

La historia de Celia podría integrar el segundo mecanismo observado y que consiste para las cuidadoras en tratar de controlar lo más que se pueda la situación. Controlarla antes de que ésta las controle. Para protegerse y no sentirse desbordadas por la situación. Preguntarse por las razones del control implica preguntarse por su pérdida. Como Damaris, que pierde pie en su empleo con una anciana que la maltrata. Objeto de los humores de la anciana, padece la situación entre llanto (cada vez que debe volver a su trabajo) y angustia, hasta que sus familiares la convencen de renunciar. Si bien las situaciones varían, controlar la situación de cuidado, el entorno de la persona cuidada, su relación con ella y el empleo, ayuda a sobrellevar la experiencia. Todas las cuidadoras transmiten a través del relato de sus experiencias laborales la necesidad de contener la situación de cuidado para poder llevar adelante su trabajo. Sin embargo, en situaciones particularmente opresivas, pueden elaborar formas de control que parecen excesivas, en tanto las protegen, exponiéndolas a otros sufrimientos. Como si prefiriesen padecer a causa de sus propias estrategias que por las imposiciones provenientes del trabajo o de la modalidad de empleo.

Tal tipo de control aparece en el relato de Rosalba. Si bien considera que su trabajo sin retiro es bastante tranquilo, por la buena relación que tiene con la anciana y las manifestaciones todavía controlables y episódicas de la demencia, por un lado manifiesta desconfianza hacia la hija de la anciana que cuida (que “no le gusta la gente gorda como yo”, que “denigra”, que habla a espaldas de las personas, que no tiene para pagar su trabajo, pero gasta en eventos sociales, que ignora a la madre, etc.). Por otro lado, cuenta en su trayectoria reciente con una experiencia de cuidado marcada por grandes conflictos familiares, que la dejó completamente abatida y más recelosa. No por nada el relato del mecanismo de control sigue la descripción de esa experiencia traumática.

En el empleo sin retiro que ocupa al momento de la entrevista, la cuidadora intenta prevenir y neutralizar los diferentes elementos que podrían amenazar el desarrollo de su trabajo, limitando su descanso a una salida por mes y asentando de esta manera su imprescindibilidad.

Yo, acá, trabajo todo el mes y una vez al mes, un fin de semana al mes, me voy. [¿Uno solo?] Sí. No es porque ellos me hayan pedido ese arreglo. Yo misma he hecho ese arreglo. Porque me gusta trabajar sola; más que todo, no me gusta eso de que hoy me voy yo, mañana viene otra persona y que comiencen los chismes y que comience: “Fulana me dijo; que Zutana no me dijo; que mire que dijo esto; o mire que dice aquello…”; no. Por eso es que prefiero trabajar así corrido yo; irme un solo fin de semana y que venga una sola persona y me reemplace. (…) [Mi temor] no es que hablen, sino que hagan las cosas de otro modo de lo que yo lo hago. Y aparte, tomé eso porque [la anciana] siempre se mostraba intranquila cada vez que yo me iba. (…) Desde que ella comenzó a ponerse intranquila ya el día que yo le decía que me tenía que ir, mejor opté por eso. Aparte, que se trabaja mejor así; al menos, para mí, es mejor porque yo manejo, todo lo que es comestible, todo eso; voy al supermercado con el hijo, arreglo las cosas; ya sé para cuántos días tengo de carne, cuántos días me duran las cosas. Entonces, (…) me manejo bien porque así no es problema que me diga: “Ah, Rosalba ¿por qué se gastó tan rápido las cosas?”, o “Hace diez días que fuimos al supermercado y tenemos que ir de nuevo”. Y yo, desde que comenzó así la señora a ponerse intranquila y todo esto del Alzheimer, entonces, opté por quedarme así. (…) Y por una parte, me siento más tranquila. Aparte que gano más también porque los fines de semana que me quedo, me los pagan.

Rosalba apunta al menos cinco razones que para ella justifican este “arreglo” por el cual solo sale dos días al mes: prefiere trabajar sola (siente que trabaja mejor y más tranquila manejando todo) y evita unas cuantas cosas: que se hable de ella a sus espaldas; que durante su ausencia se hagan las cosas de una manera diferente, generando desorden en su trabajo; que la anciana se ponga nerviosa cada vez que se acerca su franco. Además, aumenta su sueldo. A pesar de gestos inhabitualmente generosos del hijo de la anciana (que les presta su consultorio a ella y a su madre para que puedan descansar los fines de semana y paga el seguro social de Estrella), Rosalba se siente profundamente desconfiada, en particular con la hija. Más adelante dirá que son su buen trato y la paciencia que manifiesta hacia la anciana lo que explica que la hija “la aguante”. Reitera la necesidad de controlar lo que se pueda decir de ella para no perder su trabajo y su preferencia por “manejar[se] sola dentro de la casa”. No se relaja en ningún momento, se involucra más en su trabajo para, paradójicamente, poner cierta distancia con su precariedad intrínseca. Habrá que esperar que fallezca la anciana para que Rosalba cambie su ritmo laboral y de vida, siempre y cuando no sienta la necesidad de repetir este tipo de organización en su nuevo empleo.

El otro como uno.
Situar a la persona cuidada del lado de la vida

A lo largo de este capítulo se focalizó en varios aspectos del trabajo de cuidado a domicilio en particular los elementos perturbadores y socialmente tabúes, como el contacto con la intimidad o la convivencia con contextos de enfermedades neurodegenerativas de cuyos efectos deben protegerse. “Trabajadoras del cuerpo” en contextos de envejecimiento, sus actividades, y particularmente las que suponen la confrontación con la vulnerabilidad humana, inscriben su trabajo en el campo de los “trabajos sucios”, considerados físicamente repugnantes o simbólicamente degradantes y humillantes (Hugues, 1996). Siguiendo esa línea, el “trabajo sucio” analizado por Lhuilier (2005) abarca actividades de confrontación con la suciedad, la transgresión, lo degradante y humillante, y las dimensiones tabú de la existencia humana. Íntimamente relacionado con los procesos de delegación laboral (la división social y moral del trabajo), el trabajo sucio se caracteriza por la precariedad del sentido que los trabajadores le pueden otorgar (Ibíd.). Dominique Lhuilier analiza las incidencias de la confrontación con el trabajo sucio en diversos profesionales, entre los cuales se encuentran los cuidadores de la salud, aunque no tanto aquellos que desarrollan las actividades socialmente valorizadas relacionadas con el cuidado médico y la habilidad técnica, sino su mortífera contracara: el trabajo del cuerpo y de sus deyecciones, que incluye el trabajo objeto de nuestro análisis. Son trabajos desvalorizados, que se resisten a su captura simbólica (abriendo paso a su aprensión por medio de la fantasía (2005, p.89)) y se acompañan del riesgo de sufrimiento narcisista a partir de una desvalorización de la actividad que “contagia” (psíquica y simbólicamente) a quienes la realizan (Ibíd.; Soares, 2013; Molinier, 2005b, 2009).

El trabajo de cuidado analizado no solo presenta las características del “trabajo sucio”, sino que las condiciones en las que se realiza (en soledad, a domicilio, sin retiro) agudizan la fragilidad de las trabajadoras, que no pueden socializar su experiencia o simplemente airearse la cabeza. Si a la carga social negativa y las duras condiciones de desempeño se suman las resistencias que manifiestan los familiares ante el declive de sus ancianos –resistencias que impiden el reconocimiento del trabajo de las cuidadoras por parte de quienes representan la “mirada familiar y social”–, el trabajo de cuidado resulta deletéreo para las trabajadoras que se confrontan con “lo sucio” sin poder esperar reconocimiento.

Sin embargo, en relación con esta idea de “trabajo sucio” que caracteriza su desempeño, se observan estrategias y formas de elaborar significados positivos del trabajo que se apoyan en la posibilidad de cuidar al asistido de manera integral.

El “trabajo sucio”, de la división del trabajo
al cuidado integral

La idea de “trabajo sucio” está relacionada con la división social del trabajo y la delegación de las actividades menos valorizadas, desagradables o tabúes. Molinier (2005b) observa las heridas narcisistas de las auxiliares de enfermería francesas, sobre quienes recae el “trabajo sucio” del cual se distanciaron los demás cuerpos profesionales de la salud, en particular las enfermeras. Estas últimas definen su trabajo en función de los saberes técnicos y médicos (más legítimos y valorizados) y distanciándose de los aspectos relacionales, del “trabajo del cuerpo” que recae sobre las auxiliares, las cuales se auto-califican de “limpia-traste”. En el contexto del trabajo enfermero en una unidad neuropsiquiátrica argentina que implica una división del trabajo menos pronunciada, Balzano, por su parte, observa: “Muy pocas [enfermeras] reflexionaron sobre la adecuación del trabajo que realizan a su verdadera actividad profesional. Cualquier tarea que no esté prevista estrictamente dentro del quehacer enfermero, igual se acepta como tal, puesto que se la percibe como una forma de cuidado integral del paciente” (2012: 112). Un cuidado “integral” que no implica una diferenciación tan fuerte entre áreas nobles y tareas sucias. Lo mismo se podría decir en relación con las percepciones de las cuidadoras analizadas que deben ocuparse integralmente de la persona asistida. El “trabajo sucio” y ansiogénico, de contacto con el cuerpo y sus deyecciones es domesticado y resignificado, de manera que adquiere un valor propio a través del trabajo de cuidado. Deja de ser percibido negativamente para integrar lo valorable y valorado del trabajo de cuidado, porque es parte intrínseca del sujeto que es objeto de cuidado.

En este sentido, tal como se ha visto en el Capítulo 2, el lugar que ocupan las tareas domésticas es, asimismo, más lábil. Para la mayoría de las cuidadoras, la limpieza doméstica (una limpieza cotidiana, de mantenimiento del orden y de la limpieza) integra el cuidado mismo de la persona asistida y de su entorno. No es considerado como un “trabajo sucio”, hasta que surge una forma de abuso y de delegación, a partir de la cual deja de ser parte intrínseca del cuidado para transformarse en una tarea sucia delegada. Que la división del trabajo se acompañe de formas de jerarquización y relegación de algunas actividades puede explicar que las cuidadoras prefieran trabajar solas a pesar del desgaste que esto significa.[16] Paradójicamente, entonces, no habría “trabajo sucio” para las cuidadoras en este trabajo de cuidado integral, sin embargo prototípico de lo que define socialmente un “trabajo sucio”. Porque donde se ve el trabajo angustiante del cuerpo, ellas (por cierto mediante un paciente trabajo de los afectos) lo asocian con la persona asistida como totalidad. De allí la importancia y el rol del trabajo de la relación como parte del trabajo de cuidado.

Humanizar a la persona cuidada

Combatir los posibles efectos de su trabajo definido como “trabajo sucio” pasa asimismo por ver en el asistido una persona a conocer y reconocer en su complejidad. No están cuidando solamente a un asistido, un demente, un viejo, sino a una persona con una historia de vida, una familia, ganas y deseos, un carácter propio, con humor o fastidio. En este reconocimiento ocupa un lugar destacado el diálogo (conversan, preguntan, buscan que el asistido comunique, aun cuando sufre demencias). Una persona es un todo, un mundo en sí, que no puede dividirse en necesidades y manifestaciones orgánicas. Que la persona esté limpia, cuidada, que hable y muestre bienestar es tenerla en el mundo humano compartido, “es estructurar la vida de esa persona, inscribiéndola en un orden simbólico común para todos, y en primer lugar para uno mismo” (Marché-Paillé, 2010: 42). Cuando, en dos ocasiones, la familia compleja y conflictiva de un hombre asistido por Rosalba le pregunta si no le da vergüenza verlo desnudo o –en otra ocasión– cómo puede limpiar su defecación, Rosalba recurre al argumento de lo que significar “cuidar” (“el atender a una persona es atenderlo en todo lo que necesite”) y de la común humanidad (“yo no le tengo asco […] porque todos somos humanos, todos ocupamos, todos hacemos lo mismo”). Defender esta posición resulta muy costoso para la cuidadora en esta situación extrema (por los conflictos que saturan a la familia del asistido con quienes conviven el anciano y la cuidadora). Ante la embestida familiar, la cuidadora Rosalba invierte el sentido de la desigualdad de las relaciones. A la esposa asqueada no le responde que limpia las defecaciones de su marido porque es su obligación como empleada (subrayando así su posición subordinada), sino que opta por la ética de la común humanidad de la que indirectamente excluye a su empleadora. Se defiende de la desvalorización que le propina la familia, que la asimila con “lo sucio” de su trabajo, como los riesgos de contaminación psíquica y simbólica de los trabajadores por el “trabajo sucio” (Lhuilier, 2005). Ante el “¿cómo puede hacer eso?”, responde “ni a un perro dejaría así” (equivalente a “¿cómo podría usted no hacerlo”), defendiendo así, desde el orden simbólico, su trabajo, su identidad como cuidadora y su propia humanidad unida a la del protegido.

No se trata de altruismo, sino del sentido mismo de su trabajo. Ante los múltiples riesgos ligados al “trabajo sucio”, las cuidadoras otorgan un sentido a su desempeño, vinculándolo directamente a la vida misma. La conversación, el contacto físico, algunos relatos que lograron emerger sobre la sexualidad (como manifestación del deseo) de los asistidos, las historias de vida y familiares, los logros del trabajo de cuidado (el anciano que vuelve a caminar, que se alimenta con ganas, que puede comunicar a pesar de la demencia, que sufre menos, que disfruta gestos de afecto, que sonríe, que tiene gestos de picardía) son tantos elementos que extraen a la persona cuidada de la mera necesidad, que la recortan de una identidad fijada en la dependencia para inscribirla en el orden del deseo. Este desafío sostiene la lectura positiva de su trabajo ante las amenazas de desestabilización por el trabajo del cuerpo, de la locura, de la descalificación social, y sustenta el sentido otorgado al trabajo de cuidado (Marché-Paillé, 2010; Molinier, 2013).

La sexualidad o los riesgos de tomar la palabra

Ubicar al asistido del lado de la vida y del deseo no está exento de riesgos para la cuidadora que lo verbaliza. Si hablar, caminar, comer, sonreír integra lo decible y puede ser apreciado y reconocido por el entorno, existen otras manifestaciones, en particular las manifestaciones sexualmente connotadas y desinhibidas por el efecto de las enfermedades neurodegenerativas, que chocan con lo socialmente tolerable. Disruptivas, disturban la imagen social del viejito –y más aun de la viejita– apaciguado y sexualmente inapetente. Siguiendo a Ribes (2012), los ancianos con enfermedades neurodegenerativas son objeto de una “doble pena”, ligada con un “doble tabú: el de una sexualidad activa del adulto mayor y el de una sexualidad de las poblaciones afectadas por trastornos cognitivos” (Giami y Ory 2012: 150). La patologización sirve para designar las manifestaciones de la sexualidad que nos incomodan (el enfermo librado a sus instintos) cuando en realidad la apatía es más común entre los ancianos que padecen demencias pero no resulta socialmente problemática en tanto no contraría la tranquilidad social. Sin embargo, el sexo es parte del trabajo de cuidado de adultos mayores (Molinier, 2009, 2011; Soares, 2012; Hirata, 2016) a la vez que constituye el punto ciego de las teorías del cuidado (Molinier, 2009).

Verbalizar los conocimientos íntimos que tienen las cuidadoras de estos deseos es exponerse al oprobio social y correr el riesgo de ser descalificadas. El sexo suele aparecer en los relatos a través de las descripciones, emocionalmente controlables, del trabajo de higiene. Deserotizado, integra el cuerpo en su conjunto como materia del cuidado cotidiano, aunque se ha visto anteriormente que aun así se acompaña por un trabajo de domesticación de los afectos. La aparición del deseo puede resultar fuertemente perturbadora cuando generalmente las cuidadoras, inclusive las cuidadoras que recibieron capacitación (Hirata, 2016), no están preparadas para hacerle frente. Más aun en condiciones de soledad, que las privan del amparo que otorga la discusión y el intercambio con colegas.

En relación con el desarrollo anterior, se ha registrado cómo tres cuidadoras en estos momentos particulares pudieron arriesgarse a sostener el relato disonante de la sexualidad erótica de los ancianos cuidados (Borgeaud-Garciandía, 2017b). Son relatos sostenidos por un complejo emocional muy fuerte (que se traduce en una mezcla de lágrimas y carcajadas) que, a través de anécdotas teatralizadas y burlescas en las cuales se ponen en escena con los asistidos, inscriben a estos últimos del lado del impulso vital, de “la vida misma” (Dadoun, 2012). El Sr. Antonio y Celia se hacen bromas, se mofan de los pequeños placeres que se auto-otorga el primero o del pecho generoso de la segunda. Una prueba de vitalidad para este hombre, que cuando se siente mal se encierra en sí mismo y calla. Rosalba y Estrella se ríen de buena gana recordando y reconstruyendo las historias de sus ancianas “pícaras”, las malas palabras proferidas, las canciones “verdes” cantadas alegremente, las estrategias de seducción implementadas ante cada profesional que pasa por sus casas. En ambos ejemplos, son relatos que extraen a los ancianos de la pasividad, o de la sola demencia. No están “fuera de juego”: estas anécdotas demuestran su vitalidad. Una vitalidad sinónima de placer y de bienestar, que las cuidadoras pueden apreciar e interpretar como el resultado de un trabajo de cuidado bien llevado.

Del “trabajo sucio” al cuidado como “obra” propia

¿Cómo puede el “trabajo sucio” convertirse en su opuesto, una “obra”? El cuidado domiciliario de ancianos muy dependientes es teóricamente quizás lo que más se opone a la idea de obra. A distancia de las necesidades diarias, la obra es duradera, trasciende el tiempo de la vida humana, prolongándola más allá de su mortal condición; mientras que –retomando las distinciones que establece Hanna Arendt (1961) entre “trabajo”, “obra” y “acción”– el trabajo concierne las actividades de reproducción de la vida, se caracteriza por su mera e infinita repetición y no apela al coraje. Sin embargo, si el cuidado es una actividad central de reproducción de la vida, se ha visto que no puede caracterizarse por su repetición sino, por el contrario, por la imprevisibilidad (sobre todo en contextos de trastornos cognitivos) y el constante desafío. La confrontación con el trabajo del cuerpo, el declive físico y mental requiere un coraje, que dista del “coraje viril” para inscribirse en una forma de “coraje moral” que no pasa por la negación sino por el reconocimiento de la vulnerabilidad humana compartida (Marché-Paillé, 2010). No interesa tanto aquí inscribir el trabajo de cuidado en una u otra de estas categorías, sino subrayar que las cuidadoras dedican gran parte de su relato a describir el producto de su trabajo, o sea el adulto mayor a través de sus cuidados. Ellas describen con evidente placer y orgullo el proceso a través del cual, con su ayuda, la persona cuidada vuelve a alimentarse con ganas, decide intentar caminar nuevamente, disfruta verse “linda”. Paradójicamente, con todo lo que ha sido descrito hasta ahora, las difíciles condiciones de desempeño de su actividad, el hecho de trabajar exclusivamente con una persona a tiempo completo, le permite a la cuidadora ver concretamente el resultado de su trabajo. El cuidado integral de cada persona, la dedicación exclusiva para mejorar las condiciones de su existencia, les permite a las trabajadoras –a pesar de la nocividad de esta forma de empleo o para defenderse de ella– experimentar sus habilidades y apreciar sus capacidades laborales, que se traducen en las manifestaciones de un mayor bienestar por parte de los asistidos. Si sufren por la falta de reconocimiento de su trabajo, el fruto de su trabajo, la persona cuidada atestigua a través de su bienestar, de las manifestaciones de placer, el cuidado bien hecho. Las pequeñas muestras de placer, de ganas, de vitalidad del asistido, aun delirante, son pasitos dados hacia la vida y la común humanidad, y ganados ante la inevitabilidad de la muerte. Cuando el adulto mayor manifiesta a través de su bienestar el buen cuidado que recibió, es presentado por la cuidadora como una creación propia, como su obra. Una obra finita, condicionada por la mortal condición humana, que acepta e integra. Una obra caracterizada por su inscripción en la vida hasta su irremediable desaparición con la muerte, cuyo valor se mide justamente en relación con este contundente e infranqueable final. La muerte entonces no aparece únicamente como un fracaso (un fracaso intrínseco a su trabajo), sino que puede ser reinterpretada a favor del mejor bienestar con el que el adulto mayor fue a dar este último paso. De allí la importancia de haber podido acompañar al anciano hasta ese último momento. Infelizmente, el “círculo virtuoso” no siempre logra culminar con su ciclo, cuando de repente el asistido es institucionalizado por su familia o cuando la muerte se acompaña de formas particularmente agudas de falta de reconocimiento por parte de sus allegados.[17] Si las cuidadoras presentan su obra con orgullo, no es seguro que esta pueda ser objeto de un verdadero reconocimiento, al menos con un conocimiento de causa que implicaría superar defensas familiares y sociales sólidamente estructuradas.

Las relaciones interpersonales de cuidado,
de afecto y de dominación

Si bien el cuidado domiciliario sin retiro de ancianos dependientes se desarrolla en gran parte a solas entre cuidadora y persona asistida, incluye a varios otros actores que afectan el desarrollo de esta relación. Este último apartado se focaliza a partir de cómo se estructuran las relaciones en los relatos de las cuidadoras, en el nivel de las interacciones individuales en estos espacios coaccionados, con el propósito de aclarar las implicancias que tienen en términos de poder y de dominación. Estas relaciones, que son a su vez relaciones de dominación, aunque particulares en sus manifestaciones, son reveladoras de la ambivalencia y complejidad continua y sostenida de los afectos que el trabajo pone en juego.

El vínculo que se crea con la persona asistida siempre ocupa el primer plano en el relato. Pero tanto la relación en sí como el trabajo realizado se encuentran moldeados por un entramado de relaciones entre diferentes actores: familiares y allegados, otros empleados, profesionales de la salud. Si la relación de empleo doméstico está marcada por dos figuras, de la patrona y de la empleada, en las situaciones de cuidado analizadas dicha relación implica una “triangulación” entre la cuidadora, el adulto mayor y la hija o el hijo empleador. Entre estos vértices del triángulo los intercambios suelen ser fuertemente personalizados y portadores de una gran carga afectiva.

Cuidadoras y adultos mayores. Relaciones variables
y roles del “amor” reivindicado

Numerosos investigadores que se dedican a analizar los empleos de cuidado suelen enfrentarse con el lugar ineludible que ocupan los afectos en las relaciones laborales (Kaufmann, 1996; Molinier, 2005a-b; Dussuet, 2010). No debe extrañar, entonces, que en los empleos sin retiro representan el eje en torno al cual se elabora el trabajo de cuidado. Más que una lectura en términos de “relaciones familiares” derivada del abundante uso de metáforas familiares en este campo, en algunos casos los lazos que se tejen entre la cuidadora y el adulto mayor surgen en los relatos con una exclusividad de tipo amorosa, más próxima al amor romántico que a las relaciones (inclusive afectivas) laborales.

Cada cuidadora tiene «su» gran historia de amor, cuyo relato, henchido de sentimiento, prevalece ante las diversas relaciones que entabla a lo largo de su trayectoria laboral. Las imágenes de las “parejas” que formaron impregnan sus memorias –Olga y Francesca, Celia y Antonio, Estrella y Susana–, estableciendo una clara jerarquía entre cada una de las experiencias. En estas historias, las cuidadoras han dado todo de sí, a punto de quedar afectivamente agotadas.

Son experiencias estructurantes. Largamente desarrolladas y profundamente idealizadas, sostienen la elaboración del sentido que cada cuidadora le da a su trayectoria. Esos asistidos son de quienes suelen hablar primero durante los intercambios informales con la investigadora, como si estas relaciones atestiguasen una experiencia de cuidado “lograda” que les permite elaborar una imagen positiva de sí mismas: mezcla de entrega desinteresada e ilimitada y de trabajo bien hecho. Por el modo en que ese relato está construido, es esa historia la que prima, relegando hacia los márgenes las relaciones que no implicaron ese amor.

Las relaciones entre adultos mayores y cuidadoras no son monolíticas. Tratándose de seres humanos, están sujetas a la vez a ser diferentes y únicas. Si bien las cuidadoras afirman “querer a los abuelos”, tal generalidad se disuelve en el relato de cada relación: algunos viejos son evidentemente más “queridos” que otros, aunque todas las relaciones se encuentran sostenidas por un sentimiento muy fuerte, y hasta pesado, de responsabilidad. Por otro lado, cada relación es frágil, variable, no acabada y se construye y reconstruye en el tiempo. Además las enfermedades y demencias que padecen los asistidos imponen sus propios tiempos. Finalmente, el relato ex post de una experiencia de cuidado suele ofrecer una imagen pulida, dado que las cuidadoras son reticentes a “ensuciar la memoria” de una persona fallecida.

La gama de sentimientos movilizados no puede resumirse al “amor”. La relación con el otro y el cuidado a realizar supone también sentimientos variables y contradictorios que coexisten y se articulan. Para la cuidadora implica superar todo cuanto se oponga a su “potencia vital”. El análisis del amor reivindicado (amor, compasión, simpatía, ternura), pone de manifiesto algunas de las funciones concretas, esenciales, que cumple en la situación de trabajo analizada. Se toma en serio los afectos reivindicados por las cuidadoras, a la vez que se busca entender los roles que cumplen estos afectos relacionados con su trabajo. Retomando lo presentado en escritos anteriores (Borgeaud-Garciandía, 2013), se afirma que los afectos destacados por las cuidadoras cubren diversos significados, a veces contradictorios, y cumplen varias funciones entremezcladas.

El amor es, para las cuidadoras, intrínseco a su trabajo. Para realizar correctamente su actividad, una cuidadora debe “querer” al adulto mayor y, más generalmente, a los adultos mayores (exigencia social y convicción personal). Existen personas que trabajan “sin amor”, pero siempre son otras, jamás una misma. Ese amor cubre, sin embargo, diversos sentidos y hace referencia fundamentalmente a una capacidad de protección y de atención. Ante la carencia general de conocimiento y de reconocimiento de lo que cuidar implica, el amor es a su vez privilegiado como fuente de reconocimiento propio de su labor. Ese amor daría cuenta de las cualidades de la buena trabajadora, que sabe darse. A la vez, coincide con la mirada que le devuelven sus empleadores y las viejas personas cuidadas. Así, alejándose aún más del reconocimiento de la complejidad de su labor, refuerza la construcción identitaria de la cuidadora en base a su capacidad de comprender al anciano y de darle “amor” —sobre la base de la naturalización de sus supuestas aptitudes. Esa capacidad la definirá ante ella misma como una buena cuidadora, representando al mismo tiempo una “garantía” para los hijos. De alguna manera, además del efecto de naturalización de las aptitudes que tiende a descalificar el trabajo, ¿no son el amor y la confianza ganados lo que mejor retribuye el esfuerzo de la cuidadora? La confianza “se gana”, pero más que retribuirse parece que “completa” el salario.

Pero el reconocimiento propio de su trabajo sobre la base de su capacidad de dar y generar “amor” no solamente reside en lo meramente afectivo (dar amor), como ya se ha comentado: se apoya en resultados concretos, ya que son aquellas relaciones más estables las que permiten su más óptimo desempeño. Cada una tiene alguna “gran historia de amor” con alguna persona cuidada, a partir de la cual reconstruye su capacidad de entrega y el significado del trabajo de cuidado, situándolo en lo afectivo-familiar e invisibilizando involuntariamente su actividad. Sin embargo, en los hechos, refiere a lo afectivo al mismo tiempo que a todo ese trabajo silencioso de construcción paciente de condiciones concretas de desempeño de su actividad, condiciones que, para ser lo más satisfactorias posible, requieren que la relación se encuentre estabilizada.

El trabajo sobre el vínculo (de acercamiento, elaboración y estabilización con la persona cuidada)–o trabajo de la relación– esencial para el desarrollo de la actividad, implica la movilización de sentimientos puestos en juego por la relación. Como lo reconoce Estrella: “Me gusta tratarlos con amor, porque es con lo que uno puede ganar mucho”. El “amor” facilita las relaciones cotidianas, ayuda a convencer, a soportar las dificultades, a llevar a un segundo plano los sentimientos y reacciones de rechazo, a aliviar el trabajo que implica sobre ella misma, a construir un ambiente más relajado y previsible para ambos. Se construye paso a paso, fruto de un largo y paciente trabajo, es conquista (“me la enamoré”) y garantía de un alivio certero. El “amor” es, como lo recuerda Molinier (2005b) secundario al trabajo y nace de la necesidad psicológica de volver las obligaciones y presiones más soportables. Las situaciones en las cuales este “acuerdo” entre dos no pudo alcanzarse se vuelven muy penosas para la trabajadora, para quien lo cotidiano deviene difícilmente soportable. Para parafrasear a De Ridder y Legrand (1996: 131), no les queda otra que “el gusto por los adultos mayores”.

El “amor” aparece asimismo como la “buena respuesta” que se da a aquello que, en los relatos de las cuidadoras, aparece como una solicitud generalizada de atención y afecto por parte de las personas a cargo, lo que recuerda la necesidad primaria de “apego” (attachement) señalada por Dejours.[18] Respuesta de doble filo, ya que tendría un impacto sobre el poder de la cuidadora (y la posibilidad de apoyarse en el reconocimiento del otro para transformarlo en reconocimiento propio), pero asimismo sobre su propia dependencia reforzada ante la dependencia del adulto mayor. Ese trabajo de acercamiento, si bien alivia el desempeño cotidiano, es a la larga agotador. Es el riesgo de “agotamiento emocional” (Molinier, 2005a) que la acecha, como lo muestra la última confidencia de Olga quien, al final de una larga entrevista y como se ha mencionado, admite: “psicológicamente trabajar con abuelos te enferma”. Olga que dejó marido e hijo para quedarse cuidando a una señora para la cual sintió un “cariño desmedido”, como si fuera su propia abuela, que acompañó hombres y mujeres mayores, que defiende para cada uno el afecto y el valor del trabajo de cuidado, ya no podría volver a lo que tanto exige de su propia persona.

El afecto, asimismo, permite poner distancia con los aspectos menos “nobles” de la actividad. Para las cuidadoras sin retiro, que deben ocuparse integralmente de la persona asistida, estos aspectos se relacionan menos con las tareas que implican un contacto con el cuerpo y sus deyecciones, los desechos y las tareas domésticas, que con las condiciones de empleo y la falta de reconocimiento de su trabajo, polarizado sobre ese otro actor que son los hijos-empleadores. Si el apego permite “mantener a raya” estos aspectos, sostiene a la vez las justificaciones que ofrecen sobre su permanencia en trabajos cuyas condiciones y modalidades critican.

Una última observación resulta ilustrativa del rol y de la función del “amor”. El vínculo, el “amor” como “herramienta” para trabajar mejor (lo que no significa su inautenticidad) termina junto con la relación laboral. Cuando el adulto mayor es llevado a una institución geriátrica, esto representa para la cuidadora su deceso. Las visitas a la institución serán escasas o inexistentes y el apego sobrevivirá a través de su relato.

Estas funciones de reconocimiento personal del trabajo de cuidado con base en los sentimientos desarrollados no se restringen al plano afectivo, sino que se apoyan en el trabajo concreto, que se ha denominado como el trabajo de la relación. El trabajo de cuidado implica, además de lo que concierne las necesidades y el bienestar de la persona asistida–o quizás antes que nada– las condiciones en las cuales se desarrolla el trabajo, que tienen un impacto directo sobre los adultos mayores e influyen en las condiciones morales y psíquicas de la trabajadora. Deben cuidar el entorno afectivo, pero también el espacio físico (limpieza, orden, mantener cierta familiaridad con el lugar), ponerse “en la cabeza” del anciano, anticipar sus trastornos, construir relaciones de confianza, etc. Reaparecen entonces los afectos ya que son aquellas relaciones más estabilizadas las que son objeto de los relatos impregnados de sentimientos. El afecto se apoya en las condiciones en que puede desarrollarse la actividad y que exigen un trabajo logrado de la relación. La estabilidad es frágil y reversible. Y el trabajo de estabilización representa, en este tipo de empleo, una parte considerable del trabajo de cuidado.

Finalmente, también los numerosos contraejemplos atestiguan los efectos nefastos de las relaciones que no funcionan y, por el contrario, dan cuenta de la importancia de lograr estabilizar las relaciones para poder trabajar y aliviar las dificultades cotidianas. En las condiciones en las cuales se desarrollan los empleos estudiados, las malas experiencias resultan destructivas y son asociadas por las trabajadoras a distintos padecimientos, como angustia, depresión, pesadillas o la aparición de enfermedades. Las cuidadoras tienen más relaciones difíciles con familiares de los ancianos que con sus asistidos. El trabajo de la relación generalmente permite apaciguar y contener a los asistidos y encontrar un modus vivendi relativamente pacífico. Pero puede ocurrir que tal cosa no suceda. Damaris, madre soltera de cuatro hijos, aceptó un empleo de cuidado sin retiro en casa de una anciana española que ya no podía desplazarse sola. Vivieron juntas durante un año y medio. Damaris tenía una pausa a la hora de la siesta, durante la cual regresaba con sus hijos, les preparaba de comer, lavaba su ropa, ordenaba el departamento y luego regresaba al trabajo. Describe esos meses como de sufrimiento extremo, donde no logró reaccionar ante los tormentos que le infligía esa mujer tiránica: le prohibía levantarse antes que ella, la obligaba a acostarse más temprano, solo le permitía utilizar el baño cinco minutos (Damaris teme ir al baño, inclusive de noche). A veces la ha obligado a quedarse sentada o parada según su antojo y no le permitía traer a la casa objetos personales. La señora exigía y luego desechaba la comida con una mueca, la trataba como una ladrona, pasaba de la dulzura fingida a un desprecio visible, etc. La siguiente experiencia de cuidado de Damaris no fue más tranquila que la anterior: la anciana a quien cuidaba padecía el mal de Alzheimer, y cada vez que la tenía que bañar, debía entablar una verdadera lucha, escupía los medicamentos y hasta le llegó a pegar; sin embargo, para Damaris toda la diferencia radicaba en la intención. Porque esta anciana ya senil “perdió la cabeza”, mientras la primera tenía claras intenciones de rebajarla y humillarla. Impulsada por su propia familia, Damaris logra finalmente dejar el trabajo. Después de estas dos experiencias en trabajos de cuidado sigue trabajando de empleada doméstica y confiesa desear no tener que volver nunca a ser cuidadora.

Cuidadoras, adultos mayores, familias.
Acerca de la interdependencia de las relaciones

Damaris esperará en vano que la hija de la anciana interceda, se muestre compasiva, la tome en cuenta. Al escucharla, no se sabe por cuál de las dos siente más rencor. Es sobre esta tercera persona –a veces omnipresente, a veces invisible, pero siempre presente– que es preciso decir algo. Presentes o no con sus padres, los hijos son generalmente los empleadores de la cuidadora e interfieren en la relación aparentemente exclusiva entre cuidadora y asistido. Los actores familiares pueden ser varios y distintos (hijos, parejas, nietos, sobrinos, etc.) y las combinaciones, múltiples (convivencia, visitas, llamadas, proximidad o lejanía). Todos estos lazos e intercambios pesan sobre las condiciones de trabajo, los constreñimientos laborales, las relaciones con el asistido y las percepciones y tácticas de las cuidadoras. A pesar de la diversidad de las configuraciones relacionales, es posible extraer algunos elementos recurrentes en las experiencias compartidas por las cuidadoras con la investigadora. Tres problemáticas resultan útiles para ilustrar este propósito: los múltiples arreglos entre las partes, las relaciones o conflictos familiares en los cuales la trabajadora se encuentra atrapada, las tramas de poder y las relaciones de dominación que –como se analiza en el apartado siguiente– se construyen en torno al afecto.

Los acuerdos alrededor de la organización del cuidado pueden establecerse entre cuidadoras, entre la cuidadora y el adulto mayor (a escondidas de los hijos), entre la cuidadora y su empleador, en un contexto de desigualdad de poder. Apuntan por lo general a la continuidad del acompañamiento de la persona asistida, pero también a la flexibilización de las restricciones que acompañan el trabajo sin retiro. Ya se han presentado algunos ejemplos, como la cuidadora que, obligada a salir, le paga a una colega para que la suplante; o cuando, estando empleada los siete días de la semana, ella misma busca quien la remplace un día para poder descansar. Como lo han hecho Gilda y Celia (véase capítulo 2.4). O Estrella y Rosalba: Estrella trabaja de lunes a lunes y su hija Rosalba cuida a una anciana de lunes a sábado por la mañana. Rosalba descansa el sábado y remplaza su madre el domingo para que pueda airearse y descansar. Los empleadores de Estrella acuerdan con el arreglo porque les conviene y evitan preocupaciones.

Los ejemplos son numerosos. La historia de la cuidadora Olga con Francesca permite ilustrar cómo se articulan este tipo de acomodamientos. Olga y Francesca forman una de las “parejas” citadas. Francesca tiene una hija, Rita, que la viene a ver una vez por semana. En cuanto a Olga, que trabaja sin retiro con Francesca, hace venir a su esposo y su hijo más chico de Perú. Les consigue una vivienda, pero se queda trabajando sin retiro en lo de Francesca. Durante el primer período, cuando Francesca todavía está lúcida, una parte importante de su cotidiano le es voluntariamente escondida a Rita, empleadora de Olga. Así, el hijo de Olga vive parte de la semana con ellas. Lo llevan juntas a la escuela; Francesca asiste a los eventos escolares y festeja los cumpleaños del niño. El marido de Olga también viene de visita, en ocasiones cenan todos juntos, inclusive alguna que otra vez se queda a dormir con su esposa. Francesca nunca le dirá nada a su hija: “¿Qué querés que le vaya a decir a esa?”, dice, recuerda Olga, no sin algo de placer. El portero y Paquita, la vecina (quien en una oportunidad esconde al hijo de Olga en su casa) son cómplices. Cuando la salud de Francesca se deteriora y la anciana tan solo come comidas livianas, el marido de Olga le trae a su esposa la carne que Rita no le compra a la empleada. Gracias a este tipo de trato, Olga, con la ayuda de Francesca, no vive completamente separada de su familia, no siente que nuevamente abandona a su hijo. Sin embargo, bien mirados, los mismos acuerdos también ofician de pequeñas revanchas en contra de Rita, a quien Olga presenta como patrona abusiva e hija negligente. Rita, por su lado, también aprovecha e inclusive participa de otros “acuerdos”: por ejemplo, que en su día libre, Olga se lleve a Francesca a su casa para que no quede sola en el departamento. O cuando llega fin de año, Olga es autorizada a traer a su marido e hijo a pasar las fiestas con ella en casa de Francesca. Olga afirma, a modo de crítica indirecta: “Nosotros éramos su familia”. Luego, la salud de Francesca se agrava. Un día, mientras Olga se encuentra de viaje en Perú, Rita interna a su madre en una institución geriátrica. Olga se queda sin empleo, y además se le niega un reconocimiento económico por sus años de trabajo, con el pretexto de que durante años se había beneficiado con un techo y comida.

No todos los arreglos se basan en el provecho o el desprecio. Por ejemplo, el empleador de Rosalba, psicólogo, les ofrece a Rosalba (que en este otro empleo tiene un fin de semana libre por mes) y a su madre Estrella (que sale todos los fines de semana) descansar en su consultorio, sin pagar un alquiler. También le paga a la madre de su empleada, que no está registrada en su propio empleo, una cobertura de salud mínima. Cuando muere su propia madre, Doris, el psicólogo les encuentra un apartamento a las cuidadoras y se ofrece de garante. Rosalba, sin embargo, no permite que esta generosidad poco frecuente opaque lo insuficiente del salario que recibe.

Aun cuando cuidadora y adulto mayor viven casi sin recibir visitas, su relación no es absolutamente diádica. Aunque solamente fuera porque estando ausente, el empleador o quien lo representa (sobrina, nieta –mujeres de la familia generalmente) detenta el poder sobre el empleo de la cuidadora y encarna, tal como se ha visto, la mirada del “afuera” sobre su trabajo. En esa trama, entonces, pueden aparecer la suspicacia, la desconfianza, o el reconocimiento anhelado del cuidado brindado. El adulto mayor suele vivir solo, pero cuando convive con sus familiares, la cuidadora se convierte en alguien a la vez de adentro y de afuera. Comparte los pequeños secretos, pero también puede ser solicitada o intervenir como mirada exterior, o bien volver definitivamente a su exterioridad total con la pérdida del empleo. La naturaleza misma del trabajo de cuidado suele llevar a estas mujeres a zambullirse en lo más íntimo de las vidas de los ancianos, lo que genera emociones en los otros. El hijo que se niega a reconocer la patología de la que sufre la madre. La mujer a la que le asquea la incontinencia del marido. El marido que quiere volver a dormir con su esposa en la cama matrimonial, mientras la anciana llama desesperadamente a la cuidadora para que lo saque de allí. La cuidadora se vuelve juez y parte. Incluso cuando no está implicada en conflictos intrafamiliares, sufre las consecuencias a través de la persona a quien cuida. La tristeza de la anciana o su enojo tras una pelea con, por ejemplo, sus hijos, da lugar a estrategias para calmarla y prevenir situaciones similares. Las relaciones se interpelan y se entremezclan. Es más: integran estrategias de comunicación. Por su trabajo con el asistido, la cuidadora puede buscar el modo de hacerle llegar a los familiares un mensaje, mientras la proximidad con su protegido se vuelve un instrumento de regulación sobre las relaciones entre el anciano y su familia.

Relaciones de cuidado, afectivas, de trabajo
y dominación

Estas relaciones en las cuales se encuentra implicada la cuidadora están atravesadas por relaciones de poder: en el seno de las familias (Jelín, 1984), entre empleadores y empleadas; relaciones de poder que implican una relación de cuidado, en la cual una persona es dependiente de otra. Estas relaciones son tanto más complejas cuanto que ponen en escena varias personas interdependientes, pero en diferentes planos, impregnadas de afectos de todo tipo, en contextos en los cuales la personalización de las relaciones de dominación se lleva al extremo (Borgeaud-Garciandía y Lautier, 2014).

Los afectos cumplen un rol importante en tanto atraviesan las relaciones de poder y padecen sus consecuencias; sobre todo por la posición particular que ocupan las cuidadoras en la intimidad de los asistidos. A la falta de reconocimiento que sienten por parte de los familiares, las cuidadoras elaboran (al menos para sí) una forma de exclusividad afectiva con el asistido. Algunos miembros de la familia –en particular las parejas mujeres y las hijas–[19] pueden sentirse desplazados.[20] Dicho de otra manera, de los relatos de las cuidadoras emanan tensiones, generalmente implícitas, que atestiguan una competencia afectiva surgida del espacio en el que la trabajadora puede manifestar cierto poder –el cual remite a una ficción igualitaria, pero poco importa aquí que ese poder sea real o no– frente a sus empleadores. Las metáforas familiares (“éramos como madre e hija”, “éramos su familia”), combinadas con la reprobación frente a lo que consideran una negligencia por parte de los hijos, integran esta rivalidad. Y no son pocas las veces que los adultos mayores, ya sea por picardía, porque se sienten más cercanos de las cuidadoras, ya sea por despecho hacia sus hijos, a quienes ven poco, participan en ese “juego”.

En la historia de Olga y Francesca, la cuidadora disfruta al resaltar frente a la Sra. Rita, hija de la anciana, la complicidad que las une. De sus inicios con Francesca, Olga recuerda: “Me la gané con risas, con chistes, poquito a poco me la fui ganado. (…) Ni a la hija le daba tanta bolilla como me daba a mí”. En la reconstrucción que ofrece Olga, Francesca no dice nada de sus pequeños “chanchullos” y manifiesta abiertamente su posición sobre las visitas que Olga hace a su familia a escondidas con frases como: “Que no venga esa, que no vaya a venir esa”, o “No, ¡¿qué le voy a decir a esa que solo viene acá a mirarme un rato y se va?!”. Este tipo de frases y anécdotas se escuchan a menudo y adquieren sentido en el juego de las relaciones entre las partes.

Doris, la anciana que cuida Rosalba, mira distraída la televisión mientras tiene lugar la primera entrevista de la investigadora con la cuidadora. De vez en cuando, hace un comentario, añade su granito de arena, cómplice de la cuidadora y divertida con la distracción que ofrece la presencia de la investigadora.

-Rosalba (comparando esta experiencia con las anteriores):
Y ahora, no; ahora con esta señora estamos bien ¿no?

-Doris: ¿Quééé?

-Rosalba [fuerte]: Nosotras estamos bien, ¿no?

-Doris: Yo soy feliz con ella.

-Natacha: Qué lindo; qué suerte.

-Doris: Yo la quiero mucho… Y ella también me quiere a mí.

-Natacha: Y, parecen estar tranquilas, ¿no? Acá.

-Rosalba: Sí; las dos.

-Doris: Sí; estamos tranquilas; nadie nos jode, ¿no?
Sí, porque si nos vinieran a joder, entonces sí, que ya…

-Rosalba: Ahí sí ¿qué haría usted?
-Doris: ¿Qué sé yo? ¡Los saco a patadas! [risas] (…)

-Rosalba: Sí, porque la vez pasada, que le dije:
“Le voy a decir a Don Gonzalo que me aumente el sueldo”, ella me dijo “¿Cómo que no? Vos avísame a mí que yo hago que te aumente”.
-Doris: Yo la mezquino mucho. Dios la bendiga.

Como en la experiencia de cuidado de Rosalba con el viejo doctor,[21] la proximidad que se instaura entre la cuidadora y el adulto mayor puede sostener fines diversos. Cuando estalla la crisis económica y social del año 2001, los hijos de Antonio, el protegido de Celia, le avisan que no pueden pagarle el sueldo ni seguir empleándola y para evitar que su padre, enfermo y apegado a Celia, sepa la verdad, le piden a la trabajadora que le diga que decidió volver a su país de origen. Celia cumple con esa solicitud, termina literalmente en la calle y tiene que soportar sola la carga afectiva de su despido, del duelo que debe hacer y del resentimiento que manifestó Antonio.

Se ha sugerido la idea de una triangulación de las relaciones de dominación, siendo estas analizadas desde la perspectiva del paternalismo que conjuga constreñimiento y protección, así como la inscripción de la relación en el orden doméstico (Borgeaud-Garciandía, 2013). Dicha triangulación –en la cual coacción (poder sobre el empleo y sobre la ilusión de inclusión familiar) y protección (muy relativa) son encarnadas por los hijos-empleadores, mientras los adultos mayores sostienen la inclusión de la cuidadora en el orden doméstico– permite disociar la relación afectiva de la relación de empleo remunerado, el don desinteresado de los afectos del intercambio económico (De Ridder, Legrand, 1996). Lo que se busca es mostrar hasta qué punto las posiciones y relaciones entre estos diferentes actores están atravesadas por afectos, los cuales forman parte de las restricciones y tácticas movilizadas en ese escenario. Los afectos representan una pieza esencial de los juegos de poder, reforzando los constreñimientos a la vez que introduciendo márgenes de acción.

Indisociables del tipo de trabajo analizado, los afectos son embarazosos para la sociología. Atestiguan los límites de una disciplina mal equipada para estudiarlos (Hirata, 2002) e incomodan a los investigadores confrontados con el riesgo de caer en la naturalización y las explicaciones psicologizantes (Vidal, 2007; Morice, 2000). Sin embargo, si se supone que afectan en mayor o menor medida todos los empleos (Borgeaud-Garciandía, Lautier, 2014), estructuran literalmente los empleos de cuidado sin retiro, cuyo análisis no puede obviarse. El fenómeno es tanto más complejo cuanto que los afectos ponen en escena varios actores y sus manifestaciones no carecen de ambigüedades. Centrales en los relatos de las cuidadoras, no competen stricto sensu ni a las relaciones familiares, ni a las relaciones amorosas, ni a las relaciones laborales, a la vez que parecen provenir de todas ellas a la vez. Los lazos de subordinación parecen entonces menos perceptibles y más difusos, en razón de la omnipresencia de los afectos (positivos o negativos, genuinas o no) y de la triangulación de las relaciones.

Asimismo el análisis de las relaciones interpersonales, de los afectos y de las relaciones de subordinación no puede hacerse sin tomar en cuenta los contextos y condiciones que caracterizan estos empleos: el encierro, la soledad, la disponibilidad y responsabilidad continua, la confrontación con el “trabajo sucio”, además de la precariedad intrínseca del empleo mismo, la dependencia con relación al alojamiento, los bajos salarios. Sin embargo, escuchando los relatos de las cuidadoras, estas condiciones objetivas y fuente de sufrimiento real se encuentran recubiertas por una vaina afectiva que, como un estuche protector, las mantiene a prudente distancia de una percepción demasiado aguda de sus efectos. Las relaciones interpersonales y los afectos protegen a la vez que constriñen. El rol que asumen las cuidadoras, la responsabilidad y entrega que el empleo sin retiro exige, esconden bajo la reivindicación del amor y el don de sí la trama de una dominación tanto más insidiosa cuanto más fuertemente personalizada, a pesar de que esta personalización se encuentre en apariencia desprendida de la figura del empleador-patrón-jefe. Las relaciones con el hijo-empleador también son ambiguas. Este puede representar el tercero buscado y se esperan de él testimonios de reconocimiento, a la vez que se vive su presencia como una intrusión o su ausencia como una falta grave hacia el anciano. Cuando funcionan, las relaciones con los adultos mayores son fácilmente naturalizadas; en cambio con los hijos se instauran formas de espera, exigencias e inclusive competencia. Es el empleador, del cual dependen las condiciones de empleo y de reconocimiento. Es a su vez el hijo, con las responsabilidades y obligaciones que tal estatus implica. En ocasiones, las cuidadoras pueden sentir que ellas son quienes las cumplen, pero sin tener las prerrogativas asociadas.

Para poder avanzar en el análisis de los afectos y resortes afectivos de la dominación, es indispensable apoyarse en los aportes de la psicodinámica del trabajo (Hirata, 2002). Aunque pueda parecer arriesgado desde el punto de vista analítico, en las relaciones amorosas se encuentran algunas de las manifestaciones que se materializan en las relaciones “logradas” entre cuidadora y adulto mayor (Dejours, 2002). Relaciones “exitosas”, que “funcionan bien”. Es decir que las expectativas tanto físicas como afectivas de los adultos mayores generan respuestas en términos de (deseos de) protección y cuidado por parte de la cuidadora[22]. La relación de apego genera dependencia, sin embargo, las relaciones de dominación difieren de lo que caracteriza a la relación amorosa. Tratándose del adulto mayor, la dependencia existe previamente a la llegada de la cuidadora, aun si las relaciones que se desarrollan la refuerzan. Esta dependencia, no solo relacionada con las tareas cotidianas, sino también con las de tipo afectivo, despierta una respuesta por parte de la cuidadora que le permite acrecentar un tanto el control sobre su empleo. En este sentido, una relación “exitosa” supone una mayor dependencia de los hijos-empleadores hacia la empleada con la que el anciano desarrolló relaciones de afecto, incluso si estos empleadores mantienen el poder sobre el empleo ofrecido. Así, la posición dominante que la relación le otorga a la cuidadora es relativa. Si las posiciones dominante-dominado existen efectivamente en el seno del hogar de la persona asistida (quien es finalmente “empleador” de la cuidadora, que ocupa un lugar subalterno, aun cuando el asistido dependiera de ella), es generalmente la postura común “dominada” que parece imponerse. Como si la fragilidad de una y de otra, la intimidad compartida, aceitada por el trabajo de los afectos, velara ficticiamente en los relatos de las cuidadoras la desigualdad de las posiciones, y las uniera ante la “exterioridad” que encarnan los hijos-empleadores.

Las respuestas afectivas están íntimamente vinculadas con un trabajo continuo, sostenido, de estabilización de las condiciones laborales que pasan en parte por la estabilización afectiva, emocional y psicológica del adulto mayor. Se analiza detenidamente el “trabajo emocional” realizado por las cuidadoras sobre sus sentimientos y afectos. Ese trabajo responde a un mandato social (una buena cuidadora quiere a los adultos mayores), pero es más que nada vital para soportar las condiciones de trabajo y de existencia. Sin embargo, cuando A. Hochschild (2003) sugiere que estas trabajadoras quizás podrían más que otros percibir las reglas emocionales que rigen la “actuación profunda” (deep acting), vivenciándolas menos como si fueran una parte de ellas mismas, sino como parte del empleo, el cuidado sin retiro tiende a mostrar que en este trabajo emocional, cuando funciona, yace el fundamento de lo que les permite reconocerse como “buenas cuidadoras” y construirse una imagen positiva de sí, a la vez que vuelve más soportable los tormentos del empleo. Si el trabajo emocional se encuentra efectivamente ligado al empleo, el lugar central que ocupa en las circunstancias analizadas vuelve su deconstrucción reflexiva difícil, cuando no arriesgada –reforzándose así las trabas.

La coacción del corazón, por responsabilidad,
por obligación moral

En el empleo de cuidado domiciliario, la pareja dominante-dominado, que se superpondría a la pareja empleador-empleado, es la vez menos nítida (se desdibujan en beneficio de la relación personal entre la cuidadora y el adulto mayor) y particularmente presente de telón de fondo. En eso, el cuidado domiciliario se distingue del empleo doméstico que pone en mutua presencia empleada y patrona (Rollins, 1985; Vidal, 2007). Estas relaciones también se caracterizan por su gran fragilidad (Vidal, 2007), pero en este caso particular implican la relación, central, con el adulto mayor.

Después de haber advertido contra las explicaciones psicologizantes, A. Morice en su investigación sobre el paternalismo y el clientelismo contemporáneos invita a no despreciar el peso de lo afectivo que cimienta la relación personal, aun en condiciones de empleo muy degradadas (Morice, 2000: 157). A los múltiples constreñimientos que se ejercen sobre las cuidadoras en las condiciones descritas, se agregan estas “coacciones [contraintes] del corazón” (Ibíd.). Pero esto no alcanza. Porque más allá de los afectos –o “más acá”, ya que se imponen como parte voluntariamente visible del iceberg– se ejerce una coacción más fuerte aún, que podría llamarse “coacción por responsabilidad” (responsabilidad del bienestar y de la vida de otro, y también ante la mirada de terceros), que es simultáneamente coacción por obligación moral (para sí). Como lo observa Tronto (1993, 2013), en cuya concepción teórica y política del cuidado la responsabilidad ocupa un lugar central, “nuestras actitudes ante la responsabilidad (…) son ligadas a relaciones de poder, [por lo que] se entiende que los agentes no son iguales ante la responsabilidad” (2013:112). Más aún en contextos de cohabitación entre cuidadora y asistido, la primera asume la responsabilidad que impone la relación desigual de dependencia, a la cual se suma una delegación de la responsabilidad por parte del entorno familiar del asistido (y de los poderes públicos). Así lo atestigua el miedo de que pase algo, ya que su responsabilidad podía ser cuestionada por sus empleadores aun cuando no había manera de evitar el problema. La delegación de la responsabilidad se conjuga con un sentimiento de desprotección de la cuidadora. De allí, el alivio que manifiestan cuando un accidente sucede con familiares y no con ellas.

Esta responsabilidad se relaciona con el deseo por parte de la cuidadora de tener control de la situación y todo lo que concierne a la persona cuidada, y tiene como contrapartida el miedo, miedo continuo de que pase algo, que la lleva a intensificar la vigilia hasta el agotamiento. Esta responsabilidad es la vez su fuerza y su talón de Aquiles, e inclusive su propia espada de Damocles,[23] la amenaza que ronda, que acecha su empleo y la imagen que construyen de sí mismas. Es su fuerza siempre y cuando no surja algún incidente o accidente. Porque en ese caso será sobre la cuidadora, desprovista de mediación ante el empleador, sobre quien caerá –o siempre así lo creerá ella– la sospecha de no haber actuado adecuadamente, de estar en falta. En este sentido, el trabajo de cuidado resulta particularmente heurístico en cuanto a las relaciones construidas entre trabajo, interacciones personales y dimensión emocional: la complejidad de las relaciones, sus usos y efectos, los juegos afectivos que protegen a la vez que refuerzan las coacciones, o la responsabilidad, la “preocupación por el otro”, que a la vez que justifica su presencia, sujeta a la trabajadora más que cualquier otra carencia u obligación.


  1. Se usa libremente el concepto elaborado por Goffman acerca de las “instituciones totales” (1961). Sirve para dar una idea de lugar cerrado, que es a la vez de residencia y de trabajo, inserto en una rutina diaria particular y que se encuentra separado del mundo exterior, aunque obviamente se distingue de las instituciones totales, en tanto: 1) no son instituciones, 2) abarca dos o pocas personas, 3) no se rige por un funcionamiento de tipo burocrático y una autoridad única reconocida como tal.
  2. Hochschild distingue el trabajo emocional (emotional work) del emotional labor que se refiere a la gestión de las emociones como parte del empleo remunerado (p.e. cajeras de supermercado, azafatas, recepcionistas), al servicio de la empresa o institución empleadora.
  3. El “trabajo de la relación” de cuidado como condición para llevar adelante lo mejor posible el trabajo de cuidado aparece con nitidez en las experiencias de Estrella, reconstruidas en el capítulo IV.
  4. En la psicodinámica de trabajo, las defensas hacen referencia a las estrategias que elaboran los individuos o colectivos laborales ante el sufrimiento que genera el trabajo. Las defensas orientan las maneras de pensar y de actuar de manera de evitar la percepción de lo que los hace sufrir. No transforma la realidad, actúa por medios simbólicos que modifican los afectos y la manera de pensar (Molinier, 2010: 102).
  5. Retomando datos producidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censo, en el país el 10,2% de la población tiene 65 años y más. La ciudad más envejecida es la capital, donde esta población representa el 15,7% del total. La población adulta mayor se encuentra feminizada por los mayores niveles de sobre mortalidad masculina. Entre las mujeres, la situación conyugal que prevalece es el matrimonio y la viudez. En el grupo de 75 años y más, el 60 % de las mujeres son viudas (contra un 20% de varones). Esta situación se repercuta en la composición de los hogares. La proporción de personas que viven en hogares unipersonales se duplica entre las poblaciones de 60-74 años, y de 75 años y más. Las mujeres están sobrerrepresentadas en los hogares unipersonales, siendo en su mayoría viudas (70%) (INDEC, 2014). Ver también (López et al., 2015, capítulo 1). Siguiendo con estas características generales, vemos que la mayoría de los adultos mayores resuelven su vida sin demasiados problemas. En el país, el 10% de los adultos mayores presentan dependencia básica (tienen dificultades para realizar actividades cotidianas como desplazarse, alimentarse, bañarse y vestirse). A medida que aumenta la edad, aumenta la dependencia básica (se cuadruplica) pasando de abarcar el 5% del grupo de 60 a 74 años al 21% de los adultos mayores de 75 años y más. Esta dependencia está feminizada (las mujeres duplican a los varones en todos los grupos de edad). Las necesidades de cuidado recaen esencialmente en el entorno familiar (77,4%). Las empleadas domésticas y cuidadoras no especializadas representan el 12% de quienes asisten estas necesidades. Este porcentaje aumenta con la edad de los mayores para llegar al 16% en los cuidados de los mayores de 75 años (19% de las mujeres dependientes de esa edad) (INDEC, 2014). Podemos suponer que estos porcentajes son más altos en la Ciudad de Buenos Aires, más envejecida que el resto del país.
  6. Véase también Estrella (Capítulo 4).
  7. El cual puede variar en función de las culturas y los grupos sociales de pertenencia.
  8. Como se verá en el análisis de Estrella en el Capítulo 4, cuando la trabajadora logra revertir el vivo rechazo que manifiesta la anciana cuidada en aceptación y exclama, aliviada: “¡Me la compré!”. U Olga, que también recurre a este tipo de imagen: “Me la gané con risas, con chistes (…)”.
  9. El término es de Michèle Salmona (1985).
  10. La Metis, proveniente de la mitología griega, reenvía a una forma particular de inteligencia y sagacidad, una inteligencia práctica, hecha de artimañas, astucias, disimulación.
  11. Situación que se diferencia de los constreñimientos institucionales y laborales (división de las tareas, falta de personal, etc.) que afectan, por ejemplo, el trabajo en instituciones geriátricas u hospitales (ver Esman et al., 2009; Causse, 2008, Marché-Paillé, 2010). Fabiana, una cuidadora que recibió una capacitación por el Programa Nacional de Cuidados Domiciliario y trabajaba anteriormente en un geriátrico, refleja esa idea: “Todo esto que yo te estoy haciendo con los pacientes, yo lo había hecho antes en el geriátrico; pero es otro trato con la persona; no es lo mismo trabajar con 80 [personas] que trabajar con uno, por más que podría ser más humano en un geriátrico, no se puede porque no te dan los tiempos; como que los de arriba no te lo permiten. Porque vos tenés que ir y hacer; tenés un tiempo para todo; tenés 20 minutos para bañarlo, cambiarlo y dejarlo en el comedor. En vez, acá, uno está 3 horas y es otra convivencia; es otro trato” (entrevista realizada en diciembre de 2011).
  12. En consonancia con lo observado aquí, A. Soares constata al analizar el tema de la confianza en el trabajo de cuidado a partir de sus propias investigaciones –llevadas a cabo en Quebec (Canadá) con trabajadores del sector de salud, servicios sociales y cuidadores domiciliarios de personas mayores dependientes– que cuando puede establecerse una relación de confianza, la carga de trabajo se hace más liviana ya que una parte del trabajo emocional deja de ser necesaria y la práctica de cuidado puede desarrollarse con menos agresividad (2016: 269).
  13. La paciencia aparece en numerosas investigaciones como una característica distintiva que se reconocen las cuidadoras (por ejemplo, Findling y López, 2015; Moré Corral, 2016). Se observa en la investigación que dio lugar a este libro que las cuidadoras que realzan la importancia de la paciencia para el cuidado de adultos mayores dicen carecer de esta misma cualidad para cuidar a niños.
  14. Cuando la situación descripta por Rosalba se plantea en presencia de la hija de la anciana, la primera replica: “Pero no, mamá; eso es un programa, es una película”. Su madre insiste: “¿Cómo va a ser una película, Valeria? ¿No ves que el hombre me está hablando?”. Así pasan la tarde, discutiendo, hasta que más tarde la hija le dice a la cuidadora: “Ay Rosalba; qué paciencia que tienes!”, porque ella se exalta con la madre.
  15. Las cuidadoras no siempre aprecian tener una colega con quien trabajar, a veces porque prefieren cumplir con la integridad del cuidado, otras porque la copresencia se acompaña con formas de delegación del trabajo menos valorizado, como se ha visto en el Capítulo 2.
  16. Es interesante observar que en la mayoría de los casos analizados, las cuidadoras trabajan solas y dicen sentirse más cómodas así (permite un mayor control de la situación). Sin embargo, cuando dos cuidadoras trabajan juntas, realzan la necesidad de ser dos para poder turnarse y descansar. Por ej., para Marisa, que trabaja con una prima: “Un tiempo ha estado mal, así, que no hemos dormido ni Érica ni yo porque hemos estado intercambiando diario. Una noche yo, una noche Érica para descansar también; (…) cuando se enferma no se duerme para nada”. La misma idea aparece en una entrevista realizada por M. P. Lehner: “Delia, quien cuida a un señor con arterosclerosis que ‘no duerme ni de día ni de noche’, comenta que son varios cuidadores ‘porque uno solo te mata’” (Lehner, 2015: 162).
  17. Podemos en este sentido comparar la satisfacción subjetivamente importante que manifiesta Lucía, que en el funeral del anciano cuidado, es presentada a todos sus allegados como su cuidadora y Estrella, que todavía sufre por el recuerdo de haber sido apartada del funeral de una anciana que cuidó durante muchos años.
  18. “El apego (attachement) es un comportamiento instintivo (instinctuel) innato. Se manifiesta por la búsqueda de contacto directo con el cuerpo, con el calor de la piel de un congénere o de otro ser vivo. (…) Cuando el niño manifiesta ese comportamiento de apego (attachement) hacia un adulto, genera en el otro un comportamiento de envolvimiento o de abrazo, de cuidado, maternal, de protección, de alimentación, etc., que designamos bajo el nombre de ‘retrieval’” (Dejours, 2009: 147).
  19. Es estadísticamente una evidencia ya que son ampliamente mayoritarias en cuidar a los miembros dependientes de la familia. Pero aquí no se puede razonar estadísticamente. En cambio, la filiación así como la responsabilidad familiar socialmente atribuida a las mujeres puede explicar que unas y otras –las cuidadoras y las esposas o hijas– establezcan entre ellas formas de competencia mientras que, para las cuidadoras, existe cierto desfasaje entre sus funciones y afectos y los de un marido o hijo, los cuales tampoco entran en competencia con ellas.
  20. También podemos mencionar configuraciones en las cuales las hijas quieren aprovechar la relación privilegiada entre la cuidadora y el anciano dependiente (su padre) para mejorar el cuidado (por ejemplo, cuando la cuidadora logra hacerlo comer), desplazando así a la esposa (su madre), directamente afectada en su propio afecto y el rol histórico que cumplió en el seno de la familia y la pareja. Son situaciones portadoras de grandes tensiones.
  21. Véase el Capítulo 2. La familia del doctor intenta usar a Rosalba y los lazos que la unen al viejo doctor primero para administrarle sedantes, luego para hacerle firmar un poder sobre su cuenta bancaria.
  22. Lo que hemos presentado, siguiendo a Dejours (2002), en términos de la relación entre apego (attachement) y retrieval (véase nota 18). Más adelante el apego perdura de manera residual, incluido en la relación de amor (Ibíd.: 32).
  23. Véase la ilustración que ofrece Morice (2000:204-206).


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