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4 Puertas adentro

El trabajo de cuidado a través de la trayectoria y mirada de Estrella

Partir de la subjetividad de los actores para penetrar en la complejidad del trabajo de cuidado, tal ha sido el reto del análisis presentado. Se ha buscado seguir e interpretar las historias y explicaciones ofrecidas por las cuidadoras de modo que se pueda acceder a una comprensión de su labor –sus exigencias físicas, cognitivas, afectivas– y del complejo de conocimientos y emociones (a su vez frutos del tiempo largo de la biografía) que movilizan para poder ser interpretado, asumido, soportado y, finalmente, llevado a cabo. En consonancia con estas elecciones teóricas y metodológicas (véase anexo 1), se reordenan los elementos plasmados en los capítulos precedentes y particularmente aquellos que sostienen el trabajo de cuidado en una historia individual que les da continuidad y sentido propios, ofreciéndole al lector la lógica que adquieren en una existencia concreta, aunque traducida por la mirada analítica de la investigadora. Esta historia es la de Estrella, cuidadora que siguió una trayectoria laboral sin retiro, como su hija Rosalba, cuyo recorrido ilustra este tipo de trayectorias laborales en el Capítulo 2. El tipo de trayectorias, así como la riqueza del relato, hacen de Estrella un caso particularmente ilustrativo del complejo agenciamiento entre lo material e inmaterial, cognitivo y afectivo, que define el trabajo analizado.

Estrella nace en Perú, a fines de los años 1930, en una familia numerosa, rodeada de una decena de hermanos y hermanas (cuatro de ellos mueren muy jóvenes a causa de enfermedades o accidentes). La profesión del padre, jefe de la policía judicial, los obliga a frecuentes mudanzas. Cuando Estrella tiene 13 años, la familia se instala en una importante ciudad costera del norte, que se identificará como Marinera. Dos años más tarde, cursando sus estudios secundarios, Estrella da a luz a un niño que presenta como su primogénito, fruto de una relación adolescente sin futuro, pero cuyo cuidado le será definitivamente retirado por los abuelos paternos que la consideran demasiado joven para educarlo. A los 18 años, conoce a su primer marido, un carpintero que le lleva 16 años. Para Estrella, la vida se reduce a tener hijos (tendrá siete); mientras su marido trabaja y su suegra se ocupa de las compras, cocina y educa a sus nietos. Agobiada, aburrida, Estrella decide hacer un curso de enfermería por correspondencia. Su buen desempeño académico le permite ganar una beca para trabajar en los Estados Unidos, pero su compañero no le permite aceptar. A los 32 años, cansada, lo abandona llevándose con ella a cuatro de sus hijas. Él se los irá quitando de a uno. Amenazada, debe dejar la ciudad y solo podrá volver a ver a sus hijos cuando ellos sean ya jóvenes adultos, cuando el padre se los confíe en su lecho de muerte. Mientras tanto, Estrella se vuelve a casar y en 1979 tiene a su último hijo con su segundo esposo, un encargado de obras y también locutor de radio. Aliviada al sentirse por primera vez considerada como una “mujer con todas las de la ley”, pasan años felices, a pesar de la inclinación de él hacia otras mujeres. En Marinera, su padre, ahora prestamista, es bastante rico y despierta la codicia de su familia. Después de una tentativa de asesinato por parte de sus propios hijos, Estrella vuelve a su lado. Cuando él muere, ella renuncia a su parte de la herencia y rechaza a sus hermanos y hermanas. Con la crisis económica de fines de 1980, el marido de Estrella pierde su empleo y la moneda todo su valor (hiperinflación); entonces decide emigrar. Si bien de entrada no encaró su partida como una separación amorosa, con el tiempo termina separándose de facto de su marido. Sola y sin contactos llega a la Argentina. En Buenos Aires se reencuentra con tres de sus hijas, una de las cuales, Rosalba, trabaja como ella cuidando a domicilio y sin retiro a adultos mayores muy dependientes.

Estrella es una mujer dulce y severa a la vez. Por teléfono, su voz y la firmeza de su tono parecen los de una mujer alta y corpulenta. Estrella no se queda nunca tranquila. Sus movimientos, su forma de hablar, su mirada aguda expresan una fuerza que contrasta con su edad. Tenía 71 años al momento del primer encuentro. Es bajita y su cuerpo es redondo y firme. Solo su rostro, marcado por la dureza de su vida y arrugado como una fruta olvidada, delata su edad. Lleva el cabello recogido y viste con esmero. Estrella, que aprecia mucho la integridad, no entrega ciegamente su confianza y lo deja claro desde sus primeras palabras. Declara que no sabría decir si es una buena o una mala persona. Se considera muy activa, muy responsable, limpia y sincera. Aprecia que “las personas” actúen con la misma responsabilidad y la misma franqueza, que las cosas estén “en orden, como se debe”. Inmediatamente después, reconoce que no siempre ocurren así las cosas y que, tanto en el ámbito familiar como laboral, a menudo es difícil ser muy sincero. Aparentemente, el día de la primera entrevista la persigue algún demonio, tal vez rencores o recuerdos dolorosos, o quizás se sienta alterada por un altercado reciente que tuvo con una de sus hijas o la desconfianza que le inspira la mujer que la está reemplazando durante su día franco. Estrella decide iniciar su relato en el ámbito laboral.

El encuentro con Estrella se da en un departamento y consultorio del barrio residencial de Recoleta. Todo está extremadamente ordenado, como suspendido en el tiempo. Ningún objeto personal, ni una taza, ni un papel, ni ropa alguna revela su presencia. A la actividad de la semana le sigue la excesiva tranquilidad del fin de semana. Se trata del consultorio del psicólogo Don Gonzalo, hijo de Doris, la anciana a quien cuida Rosalba, la hija de Estrella. Como fue descrito anteriormente, Don Gonzalo les permite a ambas quedarse allí los fines de semana para que puedan descansar. Este arreglo les evita tener que alquilar una vivienda o pedirles a sus parientes que las alojen. Rosalba solo lo ocupa un fin de semana por mes, cuando sale, mientras que su madre duerme allí todos los fines de semana. Pasa su domingo “limpiando lo limpio”, para que el departamento esté más reluciente cuando ella lo deja. El consultorio tiene una sala de espera con una gran mesa de vidrio en el centro y una habitación con una cama de una plaza, que los fines de semana cambia los relatos de los pacientes por los sueños de Estrella. Debajo de la cama se desliza otro colchón. Los altos armarios guardan su ropa y otras pocas pertenencias, mientras que las cosas más voluminosas se encuentran en un local, propiedad también de Don Gonzalo.

Estrella llega a la Argentina en 1992 y trabaja desde entonces en el sector del cuidado de adultos mayores a domicilio. Con el correr de los años, debido a su experiencia y a sus vivencias como trabajadora, forja su propia idea sobre cómo cuidar a las personas de edad avanzada y así es que realiza su tarea. Para Estrella –quien dice ser poco dada a los testimonios de afecto de su propia familia–, las personas de edad avanzada cuidadas en sus domicilios carecen del afecto familiar; sus hijos descuidan los lazos filiales acaparados por sus propios hogares y sus preocupaciones. También denuncia el aburrimiento, que ella percibe en los niños que visitan a sus abuelos, el sufrimiento que les genera a los viejos las escasas visitas de los hijos y nietos; su indiferencia y hasta el abandono. Por lo tanto, según ella, además de las tareas propias del cuidado, la cuidadora debe suplir esta carencia y dar mucho “amor” a la persona privada de suficiente afecto. Sin embargo, al describir su vida personal y familiar, Estrella se autodefine como una persona reservada y distante, que no duda en romper relaciones en cuanto estima que una persona, por más que sea de la familia más cercana, se comporta mal. Aunque insiste sobre el respeto debido a los padres, ella desea vivir a su manera y no tener que depender de nadie. Mucho más que su propia vida, los relatos de su trabajo y de las relaciones que implica ponen en evidencia una concepción de la familia y de las relaciones familiares moldeada por las representaciones dominantes sobre cómo deben ser los lazos familiares, representaciones a partir de las cuales justifica sus actitudes y juzga sin piedad la conducta de los hijos de las personas de edad avanzada –sus empleadores.

Paralelamente a esta mirada severa que tiene sobre los hijos, y coincidiendo con declaraciones de otras muchas cuidadoras, ella estima poder aportar ese afecto del que carecen las personas cuidadas, asociándolas con sus propios padres. Durante la entrevista, los significados del término “amor” y de su tarea se tornan más complejos y adquieren otras dimensiones íntimamente vinculadas con el trabajo de cuidado y la relación de intimidad que implica. Buscando, en el trabajo la tranquilidad, la serenidad de la persona dependiente, previniendo y conjurando las crisis de tristeza o de agitación, ella misma se preserva. “Yo busco siempre la tranquilidad de la persona a la cual estoy cuidando; no mi tranquilidad”, aclara a la hija de una persona a su cargo. Es así como ella entiende su tarea: “Porque cuidadora, pienso que es brindar lo mejor que uno tiene para que la otra persona se sienta tranquila. Hay que pensar que son personas que necesitan mucho de la cuidadora (…) Y si uno no le brinda todo lo mejor que tenemos ¿para qué?”. Tal postura implica para la cuidadora no sentir rechazo por el otro. Debe sentir algo (¿interés?, ¿curiosidad?, ¿compasión?), aun cuando esa persona la rechace. Por los relatos de las cuidadoras, aprendimos que esto se transforma rápidamente en un desafío. Hacerse aceptar, conquistar, es parte también de su trabajo. Y una condición para la tranquilidad del anciano. Ya que la tranquilidad de la persona dependiente, más allá de todo sentimiento, es a la vez un reconocimiento de la calidad de su trabajo y lo facilita considerablemente.

Estrella no eligió esta actividad. Hipotecó su casa y dejó atrás su familia y su país, debido a la crisis económica y política, en busca de un empleo. Al llegar a Buenos Aires, sin recursos, sin vivienda, sin contactos, luego de un largo viaje lleno de peripecias, la primera oferta de trabajo que recibió fue de cuidadora y ella aceptó. Retrospectivamente, luego de una “carrera” completa de cuidadora y la certidumbre de realizar bien su trabajo, Estrella estima que esta actividad “le encantó, le gustó”, y que “tenía que continuar ejerciéndola”. Define su trabajo como una “vocación”, pero poco después pone en duda esta definición. Sin embargo, insiste en que nunca sintió rechazo y que siempre realizó bien su trabajo, “con amor”.

Las largas horas de entrevista giran alrededor del trabajo y de las tareas cotidianas que realiza. Termina contando extensamente la historia antes de su llegada a la Argentina, pero a pedido de la investigadora y no por necesidad propia. La migración y los hechos subsiguientes representan, sin ninguna duda, una ruptura, un antes y un después, dos grandes etapas de vida entre las cuales los vínculos se van desdibujando. Tal vez lo que Estrella-cuidadora conserva más de su pasado, significativo para su actual vida, son los cuidados dados a su propio padre y los conocimientos adquiridos en la formación –inconclusa– de enfermería que realizó. Si Estrella polariza su relato sobre el trabajo no es únicamente porque se trata del tema de estudio de la socióloga. Por elección, necesidad u obligación, esta pertenencia identitaria, a los ojos de Estrella, es central, ineludible, compacta. ¿Corresponde entonces asombrarse si su quehacer se confunde con su existencia, cuando este la absorbe física, mental y emocionalmente más de 130 horas por semana, reduciendo su tiempo “libre”, sus obligaciones personales y familiares a un espacio ínfimo, incapaz de distraerla de la responsabilidad y de la atención continuas?

Desde su llegada a Buenos Aires, la vida de Estrella está dedicada al mundo del cuidado de ancianos dependientes. Su primer empleo fue con Anita y Francisco, gracias a Marisa, a quien llama su “ángel guardián”. Estrella planifica poco y nada su llegada a la Argentina, su decisión es repentina y por lo tanto todo resulta muy imprevisible. En la frontera entre Chile y Argentina, Estrella le presta su dinero a una compatriota para que pueda cruzar y luego la pierde de vista. No recupera nunca su dinero, pero prefiere no profundizar sobre este episodio. Con lo poco que le queda, toma un micro en Mendoza, que la conduce a la terminal de ómnibus de Retiro, en la capital del país. Allí, hace frente a lo desconocido. No tiene un lugar adonde ir ni con quien. Se sienta en un banco de la terminal, enciende un cigarrillo. Una señora le pide fuego y le hace las preguntas usuales (¿está saliendo o recién llega?, ¿de dónde viene?, etc.). Esa mujer, Marisa, oriunda de la provincia de Salta y muy modesta, vive en una villa del conurbano, pero le ofrece su techo y le consigue su primera entrevista de trabajo para esa misma tarde. Entre asustada y desconfiada, Estrella duda, pero acepta. Este empleo no incluye el alojamiento, por lo que Estrella se aloja durante algún tiempo con su “ángel guardián y amiga del corazón”, y luego comparte la pequeña casa de unos vecinos de Marisa, en la que duerme sobre un colchón en el piso de la sala principal. Para compensar la hospitalidad, cuida a los hijos de la familia que la alberga, unas horas durante la tarde, entre dos empleos en la capital[1]. Los trayectos de viaje son largos y los acuerdos complicados, pero la solución se presenta más adelante, cuando al año las hijas de Anita y Francisco le proponen vivir con sus padres, transformando su empleo con retiro en su primer empleo sin retiro. Anteriormente, tres meses después de su llegada a la Argentina, Estrella reencuentra a una de sus hijas, y comparten sus respectivas soledades: “Así que ya tenía un apoyo prácticamente, ¿no? Pero era el sufrimiento mío más el sufrimiento de [su hija], porque unas personas que no estamos en nuestro país y vivir en sitios… ¿cómo te puedo decir? Yo dormía en el suelo; ella dormía en el suelo también, donde le dieron un lugarcito; entonces era doble sufrimiento que había, pero había a la vez el consuelo de vernos aunque sea, el fin de semana; ya no estábamos que yo no tenía a nadie y ella a nadie”. Para Estrella, como para un importante conjunto de cuidadoras migrantes, los primeros meses son los más difíciles debido al sentimiento de desarraigo, a la incertidumbre, a lo desconocido y a la soledad.

Ella conoce ese sentimiento más tarde, ya que a su llegada no tiene tiempo para pensar en eso. La tarde de su llegada, tiene su primera entrevista. “Recuerdo que se llamaban Anita y Francisco” –a diferencia de lo que manifiestan las empleadas domésticas y niñeras,[2] Estrella y las otras cuidadoras se acuerdan perfectamente de los nombres de las personas asistidas, aunque sí pueden olvidar los domicilios–.Cuando yo llegué al trabajo, fue la entrevista la noche misma que me encontré a la señora, la señora era una persona con un carácter muy bravo (…) y no había empleada que la aguantara más de 2 días. No, no había. La señora era hemipléjica; tenía la mitad del cuerpo muerto y el señor tocaba guitarra, pero era un señor bastante grande, detalla. En esta oportunidad, fue la misma pareja quien arregló la entrevista, contrariamente a la mayoría de los casos en que son los hijos los que cumplen ese papel. Aquí, la que decide es la señora: “Bueno; vamos a ver; mañana que comience”. Al cuarto día, al hablar con su hija por teléfono, la mujer responde: “Escobita nueva barre bien”. Entonces Estrella recuerda: “Ah bueno –se dijo sin sentirse demasiado ofendida– por ahora está bien conmigo”. Estrella se siente orgullosa de permanecer mucho tiempo en sus empleos. Generalmente se terminan cuando el anciano fallece o es enviado a una institución geriátrica, y no por las dificultades y los obstáculos inherentes a su trabajo. A diferencia de las otras cuidadoras que no soportan a la vieja patrona, Estrella permanece siete años con Anita y Francisco, hasta que a este último “se le dio vuelta la cabeza” y los dos fueron trasladados a una institución especializada.

Al comenzar el relato de su trabajo en casa de Anita y Francisco –o mejor dicho “con” ellos–, Estrella aborda a fondo uno de los elementos más centrales de su tarea, el pilar de su identidad como cuidadora: el “trabajo de acercamiento” y el “trabajo de la relación” que sostienen el cuidado brindado. Para ella, es indispensable aclarar estos aspectos antes de explicar las demás actividades, salvo que el desarrollo mismo de estas otras actividades esté supeditado a este eje fundamental. El trabajo de acercamiento y de la relación es omnipresente en los relatos de Estrella. Como ella, algunas de las cuidadoras reconocen su importancia, otras serán menos sensibles a ese aspecto, pero todas las cuidadoras entrevistadas se enfrentan con este mismo desafío en el momento del primer encuentro: la distancia, estrecha en el espacio, infinita en lo humano, que las separa del otro desconocido, aquel que no tiene otra que entregarle una parte de su intimidad. Ellas deben conquistar cada milímetro de esta distancia, vencer la resistencia natural que el adulto mayor opone, a menos que ya no tenga la capacidad para hacerlo.

Descripción del cuidado y trabajo de acercamiento

La primera respuesta de Estrella ante la pregunta sobre sus actividades diarias con Anita y Francisco, cabe en pocas líneas: “La levantaba [Anita]; la higienizaba, la vestía y les preparaba el desayuno [a ambos]. De ahí, preparaba el almuerzo; hacía el aseado de la casa; si tenía que ir a comprar otra cosa [iba]; después almorzábamos, terminaba de limpiar, la acostaba a ella y me iba; ese era mi trabajo, porque trabajaba hasta las 2 de la tarde”.

La descripción solicitada de las actividades termina ahí. No es de esta manera directa y distanciada de enumerar las tareas que se logra saber más acerca del trabajo que desarrolla Estrella. Ofrece una información certera sobre la sucesión de sus ocupaciones diarias, pero es en otro momento cuando Estrella comparte el alcance y el significado de su labor, en el contacto directo con los ancianos. En ese momento de la entrevista, este tipo de descripciones no tiene aún sentido. Hace falta seguir hablando de Francisco y Anita, y así preparar el escenario en el cual se desarrolla la narración.

La pregunta: “¿Usted se ocupaba más de ella que de él, debido a la hemiplejia?”, le da a Estrella la ocasión para ahondar en la complejidad de su trabajo. Aunque se supone que se ocupa solamente de la señora, en realidad se ocupa de la pareja. En relación con el esposo, al principio Estrella no se ocupa de la higiene del señor anciano, ni de su vestimenta o la toma de medicamentos, es decir de las actividades concretas, “objetivables”, del cuidado. Para Estrella, sin embargo, Anita y Francisco sufren momentos de tristeza que ella busca revertir o, al menos, atenuar: “[Francisco] era una persona que se decaía mucho; de repente, estaba muy triste. [Anita] también; a veces estaba que no quería hablar. Entonces, yo le decía: «¿Me enseña a hacer las comidas de acá?», «¿me enseña a hablar como acá y yo le enseño a hablar como en mi país?”» Yo le decía: «Usted me habla en argentino y yo le hablo en peruano». Y después, cuando yo la veía muy, muy decaída a ella, le decía: «¿Y usted qué hacía cuando estaba bien?,¿qué cocinaba?, ¿qué hacía?, ¿cuáles eran sus gustos? ¿Qué era lo que más le gustaba hacer?» Entonces, buscaba la manera de que ella me conversara y se olvidara [de su tristeza]. Porque ella, en general, se ponía así porque los hijos iban una vez a la semana; por lo general es así. Entonces, era la manera de yo tenerla más tranquila y que ella me conversara sus cosas”. Ese trabajo de apaciguamiento y acercamiento que realiza Estrella le da sentido y espesor al trabajo, y complejiza las actividades enumeradas más arriba. Cuando es Francisco, ex guitarrista, el que se entristece, Estrella le pedía: “A ver, Francisquito; tóquele una canción para la peruanita”. Era otra manera de levantarle ese ánimo (…) uno con la guitarra y el otro, con las cosas que le gustaban a la señora; le había gustado coser, cocinar. Entonces le decía: “¿Cómo lo hacía?” (…) Para que ella tratara olvidarse de lo que estaba ocurriéndole por ahí, en su mente, de estar triste; esa fue la única manera”.

Esta técnica de acercamiento, de trabajar la relación, da frutos. Estrella lo sabe. Por eso, lo asume como uno de los desafíos más importantes de su trabajo. Condición de su mejor desempeño, también es una conquista; está orgullosa de reproducir las palabras de los hijos de la pareja, quienes consideran que Estrella “se los compró”. Generar relaciones calmas, en muchos casos idealizadas, también es producto de su trabajo, y una parte nada despreciable del reconocimiento de su tarea y de ella misma como trabajadora consciente y responsable que se apoya en esa conquista. Para Estrella, aunque no solamente para ella, la relación es central, no solo porque se trata de un trabajo que compromete directamente a dos individuos, ni siquiera porque implica una tarea relacionada con el cuerpo y con la intimidad, sino porque como se ha visto integra el trabajo de cuidado. Obviamente, este aspecto está intrínsecamente vinculado con los dos anteriores, pero es esencial poder captar el alcance que tiene. Y si abundan los relatos de las cuidadoras buscando mil estratagemas y astucias para alejar la tristeza de los ancianos que cuidan, es en gran medida a través de las actividades de higiene que se describe este trabajo de la relación de cuidado.

En un empleo posterior, cuando se vuelve evidente para Estrella que la relación con la esposa de uno de sus asistidos resulta imposible, decide renunciar, atestiguando así la centralidad de la dimensión relacional del cuidado con el asistido, pero también con sus familiares. En esta otra experiencia laboral, que se desarrolla siete años después de su llegada a Argentina, acepta sin quejarse condiciones laborales muy crueles: trabajar desde las 20h hasta las 13h del día siguiente sin que se le ofrezca siquiera algo de comer o un vaso de agua. Permanecer sentada y despierta toda la noche, sin poder descansar su espalda o su cabeza sobre el respaldo de la silla. Limpiar sin protestar el polvo acumulado debajo de las sillas. “Yo nunca decía nada, lo hacía”. Se lleva bien con el anciano; una vez que termina de ocuparse de él, se dedica a cumplir con las exigencias de su mujer, “[por pasar el trapo] no se me van a caer el oro ni los anillos de la mano”. Un día, el señor se hace análisis médicos y su esposa le pide a Estrella si puede quedarse hasta las 16h y le ofrece una taza de café que la cuidadora acepta con gusto. Sin embargo, esa taza de café es la gota que rebalsa el vaso, la humillación excesiva, que torna imposible continuar una relación que nunca oculta el desprecio que le tiene la anciana. Al día siguiente, esta última aprovecha una ocasión para poner las cosas en claro: “Usted debería estar calladita porque la he sentado a mi mesa para tomar un café”. “Para mí –recuerda Estrella visiblemente emocionada– fue desastroso. (…) En mi vida había llorado delante de nadie (…) pero ese día se me cayó así un torrente de lágrimas y le dije: “Señora, me voy; me voy señora y no me espere que regrese”. (…) A mí no me dolió que me mandara a limpiar, no me dolió que me mandara a sentarme derecha como un soldado. No… Pero me dolió el que me sacara en cara una taza de café”. De estas múltiples experiencias y empleos, este es el único acerca del cual Estrella no menciona jamás ningún nombre propio, ni el del señor ni el de la señora. Al hijo, que la llama, ella le responde que aunque necesita trabajar y a pesar del aumento que le ofrece, jamás volverá a ese trabajo. El punto sin retorno no son las exigencias absurdas de orden material (limpiar debajo de las sillas), ni aún las exigencias corporales y físicas. Estrella considera que se cruzó definitivamente la frontera, cuando descubre que el único gesto considerado hacia ella, la única manifestación personal, algo amable, no fue gratuita, sino un convite interesado, que deberá pagar al precio más alto. Esta historia, mal vivida, permite a Estrella distinguir lo que para ella es aceptable de lo que no lo es. En ocasiones, cuenta anécdotas de trabajo en las que tuvo que mancharse las manos con suciedad y con excrementos, recibir golpes o gritos, pero nada como esa desafortunada taza de café. Ha vivido malos tratos intencionados y conscientes (de los cuales excluye los golpes y los gritos de los ancianos que sufren demencias), pero incluso en esos casos es capaz de tomar distancia con la situación. Pero aquí la ofensa deriva de ese gesto directamente hiriente que se vincula con la relación personal y la imposibilidad de superar, en adelante, un desprecio tan visiblemente explícito.

Ese es el único “fracaso” que comparte Estrella, lo cual explica el lugar particular que ocupa esta historia en su trayectoria laboral y el sentimiento de frustración acarreado. En todas las experiencias compartidas, Estrella logra generalmente superar los múltiples desafíos que le ofrecen las relaciones y su trabajo. El desafío de la relación se impone no solo al comienzo de cada relación, sino también en función de la persona asistida, cada día y mientras dura el empleo. En sus relatos, este aspecto ocupa un lugar especial porque a partir de este, ella logra “instalarse” en la relación de cuidado, encontrar su lugar y trabajar. Pasa por palabras, miradas, gestos y un tono a veces más dulce, a veces más firme, por un aprendizaje para cada asistido de las mejores técnicas de persuasión. Hace falta avanzar a ciegas, probar, asumir el riesgo de equivocarse y prever cómo reaccionar. Dos de las personas a su cuidado, Fanny y Diadema (la anciana a quien está cuidando en el momento de la entrevista), muy diferentes en cuanto a las expectativas que manifiestan frente a Estrella, le dan la oportunidad de comparar sus técnicas de acercamiento y el manejo cotidiano de relaciones diferentes. Lo importante es captar el alcance de la centralidad que Estrella atribuye –más que a las relaciones mismas– al trabajo de la relación y que, en ningún caso, puede ser asimilado a ninguna forma de pasividad. Este aspecto de su trabajo marca profundamente el relato y apela a la reconstitución de las situaciones vividas a través de la cual puede poner en escena su actividad e introducir su propio actuar en la situación descrita. Más que la escucha, el relato deber ser visto en la entrevista, como una escena, como una imagen. Más que en la sucesión de tareas, en apariencia monótona, el trabajo adquiere sentido resituado en su vivencia, a través de su puesta en escena. Así, resulta fundamental la anécdota como forma narrativa, como recreación de situaciones concretas.

Para Estrella, el trabajo de acercamiento y la confianza que quiere despertar en los ancianos se construye en gran parte en las situaciones de higiene, cuando su intervención implica un contacto directo con el cuerpo del otro en su materialidad, cuando es necesario tocarlo, lavarlo, ayudarlo. Con el correr de los años, adoptó una manera de proceder, de acercarse al otro y convencerlo de aceptar sus cuidados. Conocimientos anteriores, ligados a experiencias familiares y aprendizajes técnicos, la ayudan a controlar los sentimientos puestos en juego en el marco laboral. Haciéndole eco a muchas cuidadoras, Estrella explica bien a una de sus hijas, empleada doméstica que se declara asqueada ante la simple idea de lavar el cuerpo de un anciano, que “es como higienizar a un bebé”. Sin embargo, a pesar del paralelo con los bebés, ninguna de las cuidadoras se basa en los conocimientos adquiridos en esta actividad, sino en aquellas desarrolladas con sus propios padres, distinguiendo aquí las impresiones y significaciones que implica del acercamiento a un cuerpo envejecido y el acercamiento a un cuerpo de bebé. El rechazo que sienten muchas personas, como la hija de Estrella, ante la idea de manipular un cuerpo envejecido, arruinado, así como las primeras reacciones de molestia, de vergüenza, de desagrado relatadas por las cuidadoras no preparadas, se contradicen con lo que muchas de ellas relatan como algo natural.

Estrella, por ejemplo, estima que no le dio “ninguna” impresión cuando tuvo que ocuparse por primera vez de la higiene de Anita, en su primer empleo como cuidadora. “Ninguna”, porque en el curso de su trayectoria, tuvo que ocuparse de la higiene de su padre enfermo ¿No había declarado que en cada anciano ella veía a su padre o a su madre? Pero Estrella posee, a la hora de afrontar ese primer empleo de atención y de cuidado, otro recurso importante: haber estudiado enfermería por correspondencia “para escapar al encierro” de la vida con su primer marido. Durante tres años, recibió los cursos correspondientes a la formación teórica de la carrera de enfermería en los Estados Unidos y fue al hospital para la formación práctica. Sus notas le valieron una beca para trabajar en los Estados Unidos que su marido no le permitió realizar. Ese fue el final de los estudios, pero conservó la experiencia y la utiliza cada día para su trabajo actual. Pero aun contando con esa formación a la hora de expresarse sobre sus impresiones acerca del contacto íntimo con los ancianos, ella pone en primer plano la experiencia con su padre. No los conocimientos técnicos, sino el conocimiento por el cuerpo mismo, por la vivencia íntima del contacto del cuidado. Una vez controlados estos sentimientos, todavía hay que afrontar la resistencia de los ancianos. Ya que ellos, lo reconoce, muchas veces reaccionan con rechazo. Entonces, ¿cómo actuar?

Primeramente, uno en esto tiene que ver la manera cómo la persona se va a sentir cómoda. No uno, sino la persona con la cual vas a trabajar; que esa persona te acepte que la vas a bañar, que vas a tocarle sus partes; eso es lo que uno tiene que sentir primero.

Luego comienza un trabajo de acercamiento que muchas veces no puede ser frontal, a riesgo de encontrarse con un rechazo. Hay que sortear las defensas, prevenir las resistencias, mostrar que la cuidadora no está allí para imponer, sino para asistir:

Siempre buscándolos, preguntándoles: “¿A usted le gusta bañarse?”, le decía. “¿Le gustaría bañarse dentro de la bañera? ¿Sentada en el bidet? ¿Sentada en el baño? ¿Le echo agua con la ducha de mano? ¿O le echo agua con un jarro? ¿Le gustaría que la bañe directamente con el jabón, con esponja?” Esas cosas, siempre conversándoles [y preguntando] cómo les gustaría a ellos [que los bañe] o cómo se bañaban ellos. O si ellos quisieran enjabonarse y yo, solamente, de espectadora, simplemente para que no les suceda nada malo. Porque siempre les decía “Yo estoy acá para cuidarlos, no para imponer; usted me dice qué le gusta y yo lo hago”. Así era mi manera de ser; siempre fue así.

Así es como, poco a poco, mediante diversas técnicas de acercamiento,[3] va dominando a la indomable Anita, que espantaba a todas las trabajadoras, pasando, después de años con la pareja de ancianos, “de la desconfianza” a una relación que retrospectivamente Estrella considera marcada “por mucho amor, mucha confianza, con mucha entrega de ambas partes; (…) un vínculo muy grande, muy grande”. En cuanto a la higiene, aunque al comienzo no es necesaria, finalmente se ocupa del aseo íntimo de Francisco. Le lava todo el cuerpo excepto los genitales, él mismo se ocupa de esa parte. Anita, por el contrario, necesita su ayuda durante los siete años. Estrella se acerca a ella de la manera descrita (tratando de esquivar la resistencia, actuando de modo de que se sintiera cómoda, poniéndose guantes para que la anciana no sintiera el contacto directo de su piel). Luego, la confianza fue tal, sigue Estrella, que era su salvación. Hemipléjica, a Anita le cuesta mucho evacuar sola. Solo Estrella está autorizada a ayudarla. Con manos enguantadas, una cubriendo el sexo de la anciana, la otra ayudándola mediante masajes. Sin detenerse en este tipo de descripción ni buscar evitarla, el relato de Estrella desemboca “naturalmente” en lo que le vale la confianza adquirida.

Y ella decía: “La única que me puede hacer eso es Estrella, porque ella tiene maña para hacer esas cosas”. Entonces, como le digo, llegaba el momento en que uno ya es indispensable para ellos (…) pero uno tiene que ganarse esa confianza. No sé si habrá sido siempre mi vocación, al menos pienso yo que siempre lo he hecho bien, con todo el amor.

El período que representa el primer gran tramo de la trayectoria laboral de Estrella es de siete años, de 1992 a 1999, y en ese tiempo ella no trabaja solamente para Anita y Francisco. Tres días después de llegar a Argentina y de comenzar el empleo con la pareja, el carnicero del barrio le habla de una familia que busca una cuidadora para ocuparse varias tardes y algunas noches de una anciana, Aurora. Según Estrella, de boca en boca se hace conocida en el barrio donde trabaja. De ella se dice que “es muy amable; tiene mano para atender a las personas”. La llaman aquí y allá, los fines de semana, para higienizar a un anciano o a una anciana. Durante estos años, el trabajo con Anita y Francisco estructura el resto de sus actividades. Ante todo es gracias a ellos que comienza su actividad “profesional” en la porción de territorio delimitada por algunas calles del barrio. Las horas de trabajo son fijas y el empleo, estable. Estrella organiza entonces las otras actividades en función de este. El primer año, trabaja con Anita y Francisco de 9h a 14h, luego regresa a la villa, donde cuida a los hijos de los vecinos de Marisa (que la alojan) para luego regresar a trabajar con Aurora, ya sea durante dos horas o bien toda la noche. Un año más tarde, las hijas de Anita y de Francisco le proponen quedarse a vivir con sus padres. Allí se aloja, se alimenta, no tiene que viajar tanto y, a cambio del alojamiento, debe servir la merienda y la cena a la pareja de ancianos. Conserva su trabajo en lo de Aurora. Se supone que este arreglo resulta conveniente para ambas partes, por lo que no conlleva un aumento de salario –siempre el mismo durante los siete años de servicio, de $360 por mes (equivalentes, en ese entonces, a 360 dólares), un salario “más o menos bueno”, según Estrella. En lo de Aurora, “allí sí me pagaban bien”, $25 las dos horas diarias y entre $100 y $120 cuando se queda toda la noche. Además, sumando los aseos de aquí y allá los fines de semana, “yo sacaba mi buen sueldo ahí, en esa época. (…) Llegué a sacar hasta $ 1.000 trabajando así de noche y todo”. Más tarde, agrega: “No me quejo, en esa época, de cómo me fue; después han sido los años más duros”.

Una vez más, Estrella describe en forma lacónica las actividades en la casa de Aurora, una anciana de más de 80 años a la que le falta una pierna. La baña, la higieniza, le prepara la comida, le da conversación, la hace pasear, le da de comer, la acuesta. Durante el día, otra persona se ocupa de la anciana y de la limpieza de la casa. La forma en que Estrella exterioriza sus actividades contrasta con su descripción de Aurora, así como de su propio trabajo de acercamiento:

La señora también –describe ella, antes de abordar con más profundidad el tema de este empleo –no estaba bien de la cabecita; lloraba; tenía depresiones y yo siempre le decía: «¿Para qué se preocupa de su pierna? Su pierna la tenemos guardada; está guardadita, cuando usted se tenga que ir definitivamente, su pierna se va a poner de nuevo en su sitio y no la va a perder». Y eso era lo único que la calmaba; cuando yo le hablaba así. No sé si mi modo de ser era así, de tratar de calmarlas; así que ese fue mi trabajo. Y durante 2 años y medio, hasta que falleció la señora, estuve así, con ella. Así era mi trabajo.

Contrariamente a otras, Aurora está rodeada por su familia. La acompañan sus dos hijas y un yerno (para quien Estrella trabaja luego durante 15 años). Supuestamente, cada una de las hijas debería quedarse con su madre noche de por medio. Pero, a veces, le piden a Estrella que pase la noche con la anciana. Así redondea su salario a fin de mes.

Cuando Aurora fallece, Estrella continúa su actividad con Anita y Francisco. “Dos años antes de terminar con Anita” –las referencias se basan en los empleos y las personas asistidas; raramente se hace referencia a los años del calendario– ella encuentra trabajo con Elena de 15 a 21, en un barrio de la ciudad un poco más alejado. La información inicial sobre este otro empleo Estrella la condensa en frases breves: “La encontré muy mal (…) no caminaba”, recuerda del primer encuentro (luego ella la hará caminar de nuevo). Al comienzo, Elena la detesta abiertamente. Este último aspecto, así como la muerte de la anciana, son los principales temas que Estrella elige abordar para describir este empleo. Aquí también, como se ve a continuación, las explicaciones recurren a una “puesta en escena”, a la elaboración de una trama, que permite a la trabajadora evocar otros temas, su trabajo de acercamiento y de persuasión y, a través del fallecimiento, la irresponsabilidad atribuida de manera indirecta pero clara a las familias frente a sus ancianos.

Con cada nuevo empleo, Estrella asume un nuevo desafío: “Me odiaba ella a mí; «Negra villera», me decía. No lo puedo olvidar porque justo estaban las murgas que tocaban en las esquinas. «Andate, villera; están las murgas; andate con esos», me decía porque no me quería ver. El objetivo de Estrella es entonces vencer la resistencia. En lugar de ofenderse, esquiva el ataque y busca la manera de ablandar a la anciana.

Lo primero que hice fue hacerle las uñas. Tenía sus uñas bien largas: «Ay –le digo- ¡Qué hermosas uñas! Ay, ¡pero qué preciosas! ¿Se las limo? ». Le pregunto a la nuera: «¿Tiene esmalte de uñas?», «Sí», me dice. Se las pinté de rojo. «¡Mírelas!», «Ah, qué lindo está –me dice –Ay, gracias, preciosa». «Ah, me la compré», dije.

Las expresiones de Estrella “comprar” y “enamorar al otro” las relaciona con un resultado tangible de sus cuidados: con ejercicios y perseverancia, la anciana pudo volver a caminar.

Yo digo así: “Me la enamoré”. Me la sentaba en la silla y comencé a hacer ejercicios en los pies, las piernas, todo. Comenzó a pararse; comenzó a dar un pasito, después dos. Después iba hasta el baño y un día le dio la sorpresa al hijo, se fue [caminando] hasta el living. “Mire, la hice caminar”.

Estas expresiones de Estrella, por lo tanto, traducen mejor que cualquier otra explicación el trabajo de seducción y de conquista que libra la cuidadora para lograr sus fines. Es un desafío y no tiene como única finalidad la aceptación, que ya permite trabajar más serenamente, sino también algo relacionado al afecto, a la conquista afectiva, y que no dejará de tener impacto en los sentimientos reivindicados a posteriori.

A fines de 1990, en muy pocos meses, Francisco pierde completamente la cabeza. Sus hijas previenen a Estrella de que, al no poder pagar al personal necesario para los cuidados de sus padres, los llevarán a una institución geriátrica. Estrella dispone de quince días para irse. “¡Y tampoco me pagaron un tiempo de servicio! ¿eh? (…) No; no tuvieron ese reconocimiento. Bueno; dije, «¿Qué vamos a hacer?»; así es”. Francisco, según Estrella, le suplica: “Peruanita de mi vida, no dejes que me lleven, no dejes que me lleven”, antes de reprocharle: “Dejaste que me metieran en este sitio”. Estrella visita a la pareja una o dos veces, luego renuncia a esas visitas. “Hasta el día de hoy, no sé por qué no quise volver a verlos [en el geriátrico]”, cuenta. Sin embargo, Estrella no es una excepción. Por profundas que sean las relaciones entre la cuidadora y la persona a quien cuida, la relación solamente perdura en la memoria y en su relato. En los hechos, en su elaboración cotidiana, estas relaciones finalizan con la muerte o con la internación del anciano en un geriátrico. Sin información precisa al respecto, es posible imaginar que el alejamiento de la cuidadora puede provocar en el anciano, habituado a ella y a su cuidado, un sufrimiento que se agrega al de su nuevo hogar. En cuanto a la cuidadora, no se puede hablar de indiferencia ni de olvido. Además de encontrarse rápidamente invadida por las exigencias de un nuevo empleo, con la muerte o la institucionalización se cumple una etapa, es una misión que finaliza cuando su presencia ya no tiene razón de ser. Este alejamiento también se observa en las empleadas domésticas una vez que su trabajo ya no es requerido, aun cuando sus relatos se acompañan de grandes expresiones de afecto. La institucionalización de los adultos mayores cuidados es, en cierta manera, asimilable a su muerte, y la muerte –esta etapa tan particular en el desarrollo de la actividad de la cuidadora– viene a cerrar un ciclo. Ellas hicieron lo que debían, dieron lo que había que dar y para poder continuar su actividad, encontrar los recursos necesarios para afrontar una nueva relación de cuidado, deben continuar su propio camino, sin remordimiento o sabiendo que este terminará por disiparse. Más que una elección, es una necesidad. Metáfora familiar y amor reivindicado perduran en la memoria, pero deben ser pragmáticamente dejados de lado cuando la relación finaliza, ya que esta se encuentra intrínsecamente vinculada con el trabajo que coloca a esos protagonistas en presencia y los vincula mediante interacciones íntimas.

Los relatos de los momentos que preceden al ingreso del anciano en la institución, cuando la cuidadora estima que este ha percibido lo que le espera, tiene alguna semejanza con los relatos que ofrecen sobre su fallecimiento: prolongación del tiempo de la narración, lentitud de movimientos, detención sobre detalles. Tal es el caso de Elena. Al hablar, el tono de Estrella se torna más confidencial, relata con detalles y puesta en escena los hechos y gestos de la anciana y los suyos; hechos y gestos que dejan de pertenecer a lo cotidiano para tomar una connotación especial:

Me acuerdo que el día anterior fue sábado, me dice: “Estrellita, ¿me puede dar manzana asada?”, “Sí, mi amor”, le digo. (…) Entonces le preparé una manzana asada y se la di. Me dice: “¿Podemos rezar?”, “Sí, mi corazón ¿cómo no?”. Y rezamos; estuvimos rezando entonces me dice: “No te vayas a ir sin darme el besito de las buenas noches”. “No, mi amor; yo siempre la llamo, la despierto y la beso. (…) Bueno –le digo– Elenita de mi vida, hasta mañana”. “Bueno, mi amor; ojalá –me dijo– si Dios quiere, estamos viéndonos”. “Sí, mi vida; va a querer Diosito”, le digo.

La familia decidió llevar a internar a Elena al día siguiente a las 9:30. Estrella les avisa que la llamará al día siguiente, a las 11. A esa hora y durante una hora, tropieza con la señal de ocupado y luego consigue contactarse con su hijo y su nuera. Ellos le anuncian que apenas unos minutos después de haberla dejado, Elena muere. Estrella da su sentencia: “Murió porque la dejaron en un geriátrico (…) Esas son las cosas que pasan con las personas grandes cuando se aburren las otras personas”, acusando a la familia de la anciana y, más allá de ese caso particular, a las familias que, según ella, ya no se hacen cargo de sus padres ancianos. Esta postura crítica frente a las familias y las instituciones geriátricas es ampliamente compartida por las cuidadoras.

Para Estrella comienza una etapa de inestabilidad. Es en esa época que renuncia a un empleo por “la taza de café” que le reprochan. Mientras, continúa realizando las tareas domésticas en casa de los familiares de Aurora una vez por semana. Ve morir a una de las hijas de la anciana y luego a la otra; el yerno, Jorge, queda solo. Estrella trabaja para él los sábados siete años más. Además de las tareas de la casa, Estrella debe paliar la ausencia de las mujeres ante este hombre viudo y solo, cumpliendo una cantidad de tareas que ellas hacían: limpiar, verificar el estado de la ropa, coser los botones faltantes, zurcir sus medias, ajustar los elásticos de sus pantalones y calzoncillos: “Yo me ocupaba de todo (…) Él estaba acostumbrado a mi forma de hacer las cosas”. Un día Estrella renuncia, decidida a no dedicarse exclusivamente al mantenimiento de una casa, distinguiendo así el trabajo de cuidadora, donde lo doméstico es solo una parte de las actividades de cuidado que se le dispensa al anciano, de la actividad de empleada doméstica, centrada alrededor de las tareas de la casa. Siempre en forma paralela, es contratada cada tanto y por períodos cortos por familias de personas internadas en el hospital para cuidarlas durante la noche o durante el día: “No era un trabajo estable.

En el curso de esos tres o cuatro meses mientras trabaja como acompañante en el hospital, un amigo de los empleadores de su hija Griselda le cuenta que busca “una persona de confianza” para que se ocupe de su madre. Los empleadores de Griselda recomiendan a Estrella: “La mamá de Griselda; sé que es muy buena; sé que es muy buena porque ha trabajado en sitios y sé que es muy buena persona”. Tras una primera entrevista, el padre de la anciana y nuevo empleador de Estrella se muestra entusiasmado: “Me gusta. Espero que me dure diez años por lo menos, conmigo y con mamá. Comienza así un tercer período importante en la trayectoria laboral de la cuidadora, que se extiende aproximadamente desde 1999 hasta 2007. Desde las primeras palabras, Susana es introducida en el relato como un personaje que se distingue del conjunto de ancianos asistidos (“Susana, ¡eeeeesa señora!”). Aun así Estrella no olvida los aspectos menos brillantes, de orden material: un salario “miserable”, que en ocho años jamás le aumentan. Y un empleo “en negro”, que no la sorprenda ya que “toda la vida trabajé en negro”.

Con la figura de Diadema, anciana que Estrella cuida al momento de las entrevistas, el empleo con Susana ocupa un lugar de predilección en sus relatos. Es “la gran historia de amor” que se repite en las historias de muchas cuidadoras. Es la que, idealizada, ha marcado los recuerdos y los espíritus, la que ya fue objeto de relatos, la que, recreada, se vuelve una historia “autónoma”: con un comienzo, un desarrollo y un final, con sus tiempos fuertes y sus efectos, con puestas en escena y relato propios. Esa historia le ofrece a Estrella la ocasión de abordar dos grandes temas que la preocupan muy particularmente: el amor y la muerte. Ambos temas ponen sobre el tapete una situación y/o personas que tanto trascienden lo cotidiano como se aferran fuertemente a ello. Es decir, los relatos son objeto de idealización, sin por ello apartarse de las situaciones concretas que Estrella narra. El amor y la muerte son asuntos que se inscriben en el relato de una realidad concreta, hecha de descripciones y de anécdotas que el recuerdo y la repetición, de alguna manera, han estabilizado. El discurso, incluyendo el relato de las actividades diarias, las condiciones de empleo y también una cantidad de otros asuntos (como las relaciones familiares, las grandes decepciones, la representación de su propio rol de cuidadora) se narran en torno a esos dos temas.

La reconstitución que se hace a posteriori del primer intercambio entre las dos mujeres inscribe esta experiencia en desfase con sus empleos anteriores y anticipa la carga afectiva que acompaña al relato. Susana se distingue del conjunto de personas a quienes Estrella ha cuidado hasta entonces y esto debe ser manifestado desde el comienzo. Tal habría sido el primer intercambio entre ambas:

-Susana: ¿Sabés cocinar?

-Estrella: No sé…

-Susana: Pero ¿sabés sacar la piel del pollo?

-Estrella: Eso sí, porque a mí no me gusta el pollo con piel.

-Susana: Ah, bueno. Entonces nos entendemos.

Como en una obra de teatro, las escenas se suceden, con sus vuelcos y efectos. Sin transición (encontrando a los mismos personajes, pero al día siguiente) una nueva escena se abre a un nuevo diálogo entre la cuidadora, que quiere darle un baño, y la anciana, que se niega obstinadamente.

Le digo: “Vamos a bañarnos”, porque a mí me gusta bañarlos todos los días. “No –me dijo –yo no me baño”. “¿Cómo que no? –le digo –las plantas necesitan agua; las personas necesitan agua”. “No, no, no”. “Sí, mi vida; usted me dice cómo le guste que la baño y yo la baño; pero tenemos que bañarnos; piense que usted toda la noche está con pañales. Toda la noche con pañales; todo el día caminó de acá para allá y hay que bañarse, me parece que sí”. “Bueno”.

Y aquí, Estrella deja flotando el suspenso, cuando la desviste, contiene las náuseas: la piel está negra de suciedad a tal punto que parece partida en jirones.

Como ya lo dijimos anteriormente, el tema de la higiene, que descubre la intimidad del otro y devela las relaciones entre aquellos implicados en una situación de cuidado, le permita a Estrella señalar las responsabilidades, según ella mal asumidas, y hacer apreciar la mirada que ella tiene sobre su propio trabajo. La anciana se encontraba en un estado personal de abandono, sucia y mal alimentada, debido a la negligencia de otra cuidadora “que no hacía las cosas como se debe” y de hijos demasiado ausentes. Este corte, entre un “antes” y un “después”, marca los relatos de las trabajadoras y otorga una existencia propia, un relieve, una personalidad a su trabajo y a su presencia, que las separa del resto, de lo que las antecede, para proyectarlas a lo que surge de su intervención, como forma de “creación”.

“Antes” de la llegada de Estrella, Susana estaba sucia, descuidada y mal alimentada. Dos meses más tarde, relata:

No podían creer lo que veían; rebosante de salud; hermosa con dos chapas acá [en las mejillas]. Yo le cortaba el pelo, le hacía las uñas, la bañaba todos los días, le hacía su comida, le daba desayuno, almuerzo, merienda y cena. Estaba muy linda; todo el mundo decía cómo había mejorado en su aspecto físico y su modo de ser.

Con Estrella, la anciana se puso a ver televisión y retomó el gusto por la lectura. Por más que se tratara de revistas de chimentos, lo importante para la cuidadora era que realizaba actividades que no hacía antes, “y que le mantienen la menta ágil, en movimiento”. Susana cambió gracias a Estrella. Susana no era la misma de “antes”, antes de que Estrella llegara. Su estado general, físico y mental, mejoró al punto de que se hizo visible a los otros, que se vuelven testigos de su trabajo.  

Los sentimientos ocupan un lugar importante en el relato de Estrella. No es necesariamente así en el caso de todas las cuidadoras a domicilio encontradas, pero sí en la mayoría. La gran variedad de vínculos, los relatos de relaciones tensas, las tímidas descripciones de la maldad o de la mezquindad de algunos ancianos, muestran que a su manera las trabajadoras no se dejan engañar con una imagen demasiado idílica. Y esto a pesar de una obligación social y personal: el que ejerce este trabajo debe “querer” a los adultos mayores, a riesgo de suscitar desconfianza y sospecha. Pero no se trata únicamente de una obligación que viene del exterior, porque para poder ejercer este trabajo día a día, las veinticuatro horas del día, sin ceder a los afectos negativos, las cuidadoras no tienen otra opción. Como lo recuerda Estrella en el curso de las entrevistas: ella debe realizar su trabajo “con amor”, no puede sentir rechazo por la persona de la que debe ocuparse, debe ser capaz de dar al otro el “amor” del que carece, pero en ningún momento pretende sentir amor por todos. Se vuelve entonces particularmente instructivo ver de qué manera, cuándo y cómo las cuidadoras hablan de las personas que les son confiadas; cuáles son las experiencias y los recuerdos elegidos para hacerlo; qué ejemplos y anécdotas acompañan la narración; cómo también se manifiestan u ocultan los sentimientos negativos, sabiendo que el relato -más aún a posteriori- opera por selección.

Hasta el presente, Estrella solo dio un adelanto, junto con una primera anécdota de orden “culinario” (la piel del pollo). Un poco más tarde volverá frontalmente sobre el tema de la “ternura” y del “amor” entre la trabajadora y la anciana a quien cuida. Podría dividirse el relato que ofrece de la historia con Susana en cuatro partes: “¿el amor o el dinero?”, “la anciana, su hija y la cuidadora”, “trabajo y evolución de los sentimientos”, “la muerte, una etapa importante en la construcción del sentido del cuidado” (esta parte será objeto de mayor desarrollo).  

¿El amor o el dinero?

Durante los ocho años de servicio, que comprenden la gran crisis del 2001, Estrella ganará $500 al mes por quedarse con Susana las veinticuatro horas del día, seis de los siete días de la semana. Ni siquiera tiene un día entero para ella, ya que sale el sábado a la mañana y vuelve a trabajar el domingo a la tarde. Con el fin de la convertibilidad, el sueldo pierde su valor hasta volverse “prácticamente miserable”. Entonces Estrella introduce, en contraposición, el tema del amor: “Pero fue más que nada el amor que le llegué a tener a la abuela lo que me hizo quedarme”. Según ella, puede trabajar en otro lugar por un mejor salario, pero “a mí el ganar más no me hacía, sino el afecto”. Y este afecto está vinculado, a su vez, con el temor concreto de que la anciana se enferme si ella la deja. Como prueba de este miedo, la cuidadora describe la profunda tristeza que manifiesta la anciana al acercarse cada fin de semana. Entonces, a pesar del salario de miseria, Estrella se pregunta: “¿Qué puede prevalecer más? ¿Amor o dinero?”. Ella elige lo primero y decide quedarse, pero “yo tenía posibilidades de irme a trabajar a otro sitio”.

La anciana, su hija y la cuidadora

Estrella explica que los hijos de Susana, su hija profesora de inglés y su hijo empleado en un centro de investigación del que ella no sabe nada, nunca le ofrecieron un aumento. Se queda por el amor. Entre dos frases que exaltan los sentimientos que marcan la relación, Estrella introduce como ejemplo su rol ante la anciana y las relaciones con los propios hijos. La anciana discute con su hija divorciada, madre de dos niños, que cambia a menudo de novio, lo que acarrea numerosos choques entre madre e hija. Ambas se gritan. Estrella interviene ante la anciana: “‘Susana, cálmese por favor; después converse más tranquila’, y a mí me hacía caso. A mí me obedecía; sabía que lo que le estaba diciendo, era por su bien. Una vez, sin la hija, Estrella habla con la anciana, poniéndose a veces de parte de la madre y otras de la hija, prodigando opiniones, argumentos y consejos para evitar que la anciana se enerve: “Entonces, ella me entendía; con ella fue una relación muy, muy grande de amor”, concluye. El lugar de esta anécdota ilustra la posición que ocupa la cuidadora, entre la madre y la hija, y su rol –aquí de mediadora– entre los actores del problema.

A menudo, las trabajadoras están implicadas activamente, muchas veces a su pesar, en las relaciones familiares de la persona que cuidan. El tema abordado (el “amor”) y el rodeo que elige Estrella para ilustrarlo (las tensiones con la hija) le confieren un rol nada despreciable en esta triangulación de las relaciones. El otro aspecto a destacar se refiere al trabajo que realiza Estrella para evitar que la anciana se preocupe, que esté irritada o infeliz, en resumen, controlar el medio ambiente del que depende el estado general de la anciana.

Trabajo y desarrollo de los sentimientos

En relación con el desarrollo de los afectos, destacan dos aspectos particulares de estos, que ya se han abordado en capítulos anteriores: su construcción a partir del trabajo realizado y la centralidad del contacto con la higiene que sostiene parte del trabajo de la relación. Si bien puede ser difícil encontrar los argumentos que expliquen el amor vivido como “natural” (dado a sus propios abuelos, por ejemplo), los sentimientos que reivindican las cuidadoras se apoyan en elementos concretos. En este sentido, el caso de Estrella no difiere en nada de los otros. Con Susana, desde un comienzo, hubo mucha comunicación. Cuenta: “A ella le encantaba mi modo de ser; que yo [fuera] muy trabajadora. Me decía:« ¿Cómo puede tener todo limpito y a la hora?». Le encantaba mi manera de subirla por las escaleras porque ella iba adelante y yo la agarraba de la cintura y me decía que la llevaba en el aire. Entonces desde el principio no tuve problemas para adaptarme a ella; no, ningún problema tuve. Ya también tenía la experiencia de ver la comida de acá, los términos que se usaban; entonces creo que no me fue difícil ya, con ella”. El “amor”, además de los elementos concretos que lo sostienen, hace referencia al buen entendimiento, a los gestos justos, a la comunicación fluida, reforzada por el hecho de que Estrella, después de algunos años en Argentina, supera ya todos los problemas de adaptación a las realidades locales. Más allá de las afinidades entre las dos personas, los sentimientos apuntan a la relación conciliadora, que “funciona”.

La muerte como etapa importante en la construcción del sentido del cuidado  

Estrella también se apoya en los sentimientos que reivindica para introducir el segundo gran tema que la deja marcada y que le interesa mucho compartir: la muerte. A pedido de la entrevistadora, Estrella describe un día de trabajo: se despierta a las 8h, se baña, se viste, hace su cama y despierta a Susana a las 8.30h. Cada una en su habitación, a un lado y otro del baño, y cada habitación con una cama, una cómoda, un placar, una mesa de luz. A las 8.30h, entonces, Estrella higieniza a Susana, luego le sirve el desayuno y le da sus medicamentos. Comen juntas, también para acompañarla y, generalizando, confirma: “[Es una forma] de hacerlos comer, porque si no, no comen”.

El trabajo de la relación está siempre íntimamente asociado con cada actividad, como en este caso, con el placer mismo de la comida compartida. Luego, continuando con la descripción de un día laboral, Estrella lava los platos, hace la cama de Susana y limpia el baño. Si la comida del mediodía es simple y se hace rápidamente, se sientan en el living a mirar la gente que pasa. Almuerzan, fuman un cigarrillo (uno después del almuerzo y otro después de la cena) y miran un poco de televisión, ya que a Susana no le gusta dormir la siesta por nada del mundo. Mientras describe su día de trabajo, Estrella recuerda la escena: se ve en compañía de Susana, una vez terminado el almuerzo, saboreando el cigarrillo, hasta que “se fue, en mi presencia, fue algo…”. Anticipa el final, la muerte que, aquel día, irrumpe en este momento compartido, pero retoma el hilo de su relato. Fuman, miran la televisión o leen revistas, a menos que Estrella esté tejiendo alguna prenda. Luego ella prepara la merienda que comparten y “esperan la noche” para cenar y acostarse entre las 22-22.30h. Estrella no habla espontáneamente de la limpieza de la casa, que realiza como “en casa”. Así transcurren los días, dice, y se comprende bien que el tipo de trabajo y la estabilidad de la relación hagan difícil restituir los miles de pequeños acontecimientos que acompañan cada día. Las anécdotas palían esta dificultad con relatos de situaciones concretas, la descripción de tareas de higiene o de las dificultades encontradas cuando la enfermedad o las situaciones tensas marcan la relación. Por otra parte, Estrella no es mezquina en anécdotas y se presta con ganas a compartir estos recuerdos. Con Susana, los años transcurren de esta manera, estables, pero la salud de la anciana se va degradando de a poco.

Un día Susana se cae mientras está en compañía de sus nietos. El accidente es la pesadilla de las cuidadoras. Luego le aparece un dolor en las rodillas, pero se niega a utilizar una silla de ruedas o el bastón que sus hijos le compraron: “Yo creo que ese bastón la mató”. No es sencillo para la entrevistadora captar la relación de causa y efecto entre el bastón y la muerte de la anciana, pero esta es la frase que Estrella elige para introducir la última etapa, quizás para marcar el malestar de Susana. La muerte nunca se vive con indiferencia. Los relatos sobre el tema adoptan una forma particular, se lentifican, se vuelven más confidenciales y detallados. Un día, al terminar el almuerzo, Susana, como habitualmente hace, le propone a la cuidadora:

“Fumamos un cigarrito, Estrella?”. Le digo: “Me parece que primero hacemos los ejercicios [para las piernas] y después fumamos”. Entonces, me dice: “Bueno; espere un ratito que descanse” y me senté. (…) Y yo estaba mirando televisión, pero tenía costumbre de estar mirándola a ella; la miraba; era mi constante movimiento de cabeza. Miro así, volteo y la veo. “ ¿Qué pasa, Su?”, le digo. “¡Ahhh!”. Justo cuando le digo: “¿Qué pasa, Su?”, hace ese suspiro grande: “¡¡Ah!!”. Corrí a su lado, pero… Así, fue algo pero… El médico dijo que no sufrió nada de nada.

Los hijos la felicitan por su coraje: “Yo actuaba siempre así. Estrella repite la misma historia con más detalles antes de llegar a la conclusión, acompañada con una dramatización que atañe a su propia existencia: “Pero es doloroso; es doloroso más que nada porque es una persona querida y ahí estamos, siguiendo todavía con los golpes que me va a seguir dando la vida; no sé cuántos me va a dar.

Sin embargo, la historia no finaliza aquí. Si hay algo importante para las cuidadoras, es cumplir con sus funciones, su misión, hasta el último momento. La conclusión personal de Estrella viene a sacudir el fin esperado de una manera particular. Ella, después de cada fallecimiento, acostumbra tomarse unos días “de duelo” antes de aceptar otro empleo porque necesita tomarse un respiro antes de “pasar a otra cosa”. Si ella no puede ir contra la muerte, si esta representa el fin y el fracaso de su accionar, fijarse objetivos y desafíos minimalistas a corto plazo o acompañar a la persona cuidada hasta el final la ayudan a sostener su trabajo. Y es de este último paso, coronación del sentido de su presencia, del cual los hijos de Susana la privan. Una vez que la anciana muere, son los “otros” –el médico, la familia, la funeraria– los que se ocupan de todo. El hijo le dice a Estrella que “como era muy doloroso para [ella], porque eran muchos años que había estado con su mamá y se podía enfermar”, no quiere que asista al entierro. Estrella queda muy amargada. El hecho de no verla en su féretro, ni asistir a su entierro, “para mí, fue algo muy feo, feo, feo (…) Yo no sé [si me hubiera enfermado]. Creo que para mí fue más doloroso no verla”. Los hijos la indemnizaron por los ocho años de trabajo, “pero no me importaba”. Se ha visto que el reconocimiento económico es importante. No solamente por el dinero que le permite a la cuidadora afrontar los gastos durante el tiempo en que no encuentra otro trabajo, sino además por lo que representa simbólicamente: el reconocimiento de su trabajo de cuidado y el de la trabajadora como tal. Si los hijos de Susana no le hubieran dado nada, es posible imaginar que esta actitud hubiera sido severamente juzgada por Estrella y hubiera alimentado su amargura. Sin embargo, frente a la decepción sentida en el momento del velorio y del entierro, frente al hecho de sentir sus “sentimientos pisoteados” por no haber sido consultada en ese momento tan particular, Estrella considera que el reconocimiento económico se encuentra desposeído de su parte simbólica. No es más que dinero, que el aspecto material de un trabajo cuyo alcance afectivo no fue reconocido. Con la muerte de la anciana, todo vuelve a ordenarse, cada uno recupera su lugar, la ambigüedad de los roles desaparece, la metáfora familiar y las relaciones “de madre a hija” ceden frente a la brutalidad de la realidad que se impone: “Contra las decisiones de los hijos no puede ir uno; simplemente yo era un empleado”. En cierta forma, no hay nada más que decir. Es fin de año y las fiestas se acercan. Estrella está de duelo por unos días, hasta el 2 de enero, cuando es contratada para ocuparse de una anciana que vive en el mismo edificio de Susana, una señora adicta a los medicamentos, que se llama Fanny.

Con Fanny se acaba una tercera gran etapa en la trayectoria laboral de Estrella. Cada experiencia se inscribe en un momento dado de la trayectoria, momento cuyas particularidades se combinan con las del nuevo empleo. El trabajo con Fanny, de corta duración, se inserta entre dos grandes etapas de la trayectoria profesional de Estrella, entre Susana y Diadema, la anciana que ella cuida al momento de la entrevista. Fanny tampoco queda afuera del relato. Ella también muere cuando está con Estrella y, como se ha visto, cualquiera sea la situación de trabajo de la cuidadora, esta experiencia jamás es trivial. La muerte de Fanny, su acompañamiento durante la agonía a raíz de tres accidentes cerebrovasculares: “Fue la semana más atroz para mí también, día y noche sentada a su lado”; dice Estrella aliviada ya. Y la partida serena de la anciana “como un pajarito” se constituye como el recuerdo más significativo de esta experiencia. Estrella, reconociendo la proximidad de la muerte, sostiene la mano de Fanny agonizante y siente bajo sus dedos su pulso que se extingue suavemente, “como si hubiese caminado y se hubiese ido”. Fanny es también, como cada persona, una personalidad particular, opuesta a la de Diadema, con quien Estrella comienza a trabajar después. Mientras que Fanny es demostrativa, reclama la presencia y el afecto de Estrella, Diadema, entonces profundamente afectada por el Alzheimer, se muestra distante y severa, manifestando sus deseos y sus emociones solo en forma indirecta. “Diadema puro”, como la apoda Estrella, es una historia en presente. Un presente intenso que aún no había permitido –al momento de la entrevista– la elaboración de una historia de la experiencia y de la relación a posteriori. Esta historia comienza a construirse, tal vez, luego de la muerte de la anciana, dos años más tarde, cuando profundamente conmovida por la muy reciente pérdida, Estrella comenta: “Era tan dulce, tan buena, y tan agradecida. Yo era su ‘niñita’”. Pero en el momento de la entrevista, las dificultades del presente, los vaivenes de la enfermedad (Diadema atraviesa en ese momento una etapa de particular agresividad) y la fatiga de las noches sin descanso impregnan el relato. Si el pasado permite recuperar lo que la memoria hace de una experiencia con sus momentos fuertes y sus líneas directrices, el presente permite captar sus variaciones cotidianas antes de que el tiempo, el recuerdo y la muerte las pulan. Y el presente es trabajar noche y día al lado de la anciana que ha perdido la cabeza, de lunes a sábado sin poder ir más lejos que del incinerador ubicado en el pasillo del piso. En esta historia, contada en presente, las diferentes dimensiones del trabajo a domicilio y sus implicancias intrínsecas se imponen masivamente. Aunque con algunas variaciones, impera en el relato una sensación de pesadez, de ahogo. Estrella consigue este trabajo por intermedio de la hija de Doris, la señora a quien cuida su hija. Doris, que padece la misma enfermedad, está todavía bastante alerta, mientras que a Diadema, de acuerdo al relato de Estrella: “Toda su mente se le hace un caos, eso es lo que pone a una toda nerviosa, que hace que yo quiera salir porque ellos [los enfermos de Alzheimer, y más generalmente las personas seniles] ya no tienen coherencia para hablar, es muy distinto. Como yo le digo [a su hija Rosalba]: «Rosalbita, te cambio 24 horas de mi trabajo por 48 [del tuyo]». Porque la señora ya no es coherente en nada, en nada”. Su nueva empleadora dice que Estrella es “buena con su mamá”, pero la cuidadora confiesa, no sin dejar de transparentar cierto cansancio: “Ella no puede saber cómo soy, porque hay que estar allí las veinticuatro horas con una persona así”.

Aprendizaje del otro

El relato que ofrece Estrella de su experiencia con Diadema gira en torno del trabajo de la relación en tanto -quizás por el avance de la enfermedad que padece la asistida- todo el cotidiano de su trabajo, parece pasar por allí. Si esta relación, variable, no fuera bien “trabajada” (mediante el aprendizaje del otro, de las maneras de aproximársele, de lograr anticiparse a sus necesidades, sentimientos y gestos), es probable que el trabajo se vuelva rápidamente incontrolable. El aprendizaje del otro solo puede separarse del trabajo concreto por un efecto de distancia tan leve como inexistente.

El aprendizaje del otro, en un caso de senilidad, comienza con el reconocimiento del otro inmerso en la enfermedad. No solo del otro mientras está enfermo, sino del otro en el mundo que construye y en el cual vive: sus referencias, lo que imagina, es decir “ponerse en su lugar” aunque más no sea para poder anticipar, prever sus reacciones. Así la cuidadora tendrá mayores posibilidades de lograr sus fines: que la persona duerma, que coma, que tome sus medicamentos y que se higienice. Pero lo que funciona un día no funcionará del mismo modo al día siguiente, y el estado de la persona asistida puede variar en función de las etapas de su enfermedad, de una alteración en su cotidiano o de un cambio mínimo de su medicación. La cuidadora no puede, por lo tanto, bajar la guardia y debe sostener día tras día el trabajo de reconocimiento, que representa también una manera de no sentirse desprovista, extraña, invadida por las derivaciones mentales de la persona a quien acompaña sin descanso. Debe familiarizarse con ese mundo, aprender a descifrar el alfabeto, conservando siempre un pie en la realidad.

El “alfabeto” al que se hace referencia tiene un sentido figurado, obviamente, pero a veces también se vuelve literal: un lenguaje perdido o atrofiado que el otro habla y a través del cual se sigue comunicando. Diadema ve perritos por todas partes. Los zapatos, la taza o la azucarera se transforman en perritos. Esto irrita a Estrella, hasta llevarla al borde de su paciencia:

Entonces, me pongo a tejer y ella siempre me dice: “Esos perritos tan lindos que tiene”, porque en todo ve perros, animalitos o comida (…) O por ahí ve mis pies y dice: “Ay, ¡qué lindos perritos negros!” o “¿Qué comida es esta?”, me dice (…). Si uno supiera todas las cosas que tienen adentro, habría una mejor manera de ayudarlos. Pero por decir: “Uy, ¡qué lindos perritos! ¿Dónde los conseguiste? ¿Quién te los dio?”. Le digo: “No, esta es una azucarera”. “Sí, pero, ¿lo comen los perritos?”. Entonces, yo digo: “Dios mío, dame paciencia”, porque hay momentos que te exaspera cuando ya te está dale que dale. Otra cosa que tienen: ahora te preguntan una cosa y a los cinco minutos se olvidaron de lo que te preguntaron y te lo vuelven a preguntar y te lo vuelven a preguntar y te lo vuelven a preguntar un montón de veces y hay que tener la santa paciencia para poder contestarles.

Estrella juega con estos olvidos para hacerle tomar los medicamentos. Luego de un primer rechazo, espera cinco minutos y regresa con el jugo de naranja en el que está diluido el cóctel de medicamentos, que Diadema bebe entonces sin rezongar.

Uno tiene que tener mucho ojito cómo va haciendo las cosas; yo al menos tengo eso; yo sé que exigirle a ella no funciona. Hablarle fuerte, menos. Entonces, yo siempre trato de hablarle muy calmadita, muy suavecita; le hablo con mucho amor; la trato de princesa, muñeca, reina o diadema, de todo, porque ella se llama Diadema; entonces, todo eso le hablo y le digo: “Bueno ¿qué te parece mamá?. Entonces ¿nos vamos a cambiar?. ¿Nos bañamos?”. “Bueno; tú verás”, me dice; la baño, la cambio, todo, lo más tranquila.

El lenguaje empleado puede extrañar, y hasta indignar a los que lo tildarían de infantil y poco respetuoso del otro, pero para quien está “en la trinchera” las veinticuatro horas del día, estas son ideas tanto más vanas cuanto que el respeto y serenamiento solo le pueden llegar al asistido a través de una delicada combinación de persuasión y ternura. Hace falta encontrar, para cada persona, la manera de hacerse entender. A Diadema hay que hablarle suavemente, pero sin gestos de ternura. Si Estrella eleva el tono, Diadema se rebela. Con Fanny, en cambio, que reclamaba sin cesar demostraciones visibles de cariño, Estrella debía emplear un tono firme.

Diadema tiene otra particularidad; atribuye sus deseos al otro. A los hijos y al médico, sorprendidos, Estrella debe explicarles el mecanismo. Cuando la anciana estima que Estrella tiene sueño, o que tiene hambre, o ganas de sentarse cerca de ella o que quiere comer una banana, en realidad refiere a sus propios deseos. Al comienzo, Estrella rechaza lo que le ofrece la anciana, hasta que se da cuenta de que se trata de una manera de pedir. Estrella sabe que su trabajo le permite aprender a conocer al otro en sus particularidades. En este conocimiento sutil del otro y de los efectos de su senilidad es que Estrella basa gran parte de la experiencia, las astucias y las estrategias desplegadas para poder realizar su trabajo –“para lograr que [Diadema] esté tranquila”. Conocer a la persona implica también conocer su historia, reconocer las referencias biográficas, captar diversas informaciones, cambiantes y a veces erróneas, ligados con la memoria. Y decidir si es mejor “seguirle la corriente” o imponer la realidad. Las cuidadoras tienden a elegir la primera opción, seguir las divagaciones del espíritu para no chocar y lograr mantener un entorno tranquilo. Cuando Diadema, bajo los efectos de la angustia, reclama la presencia de Estrella a las cuatro de la mañana porque cree ver hombres en las paredes, Estrella no la desmiente. Se sienta a su lado, y mientras le acaricia el cabello durante dos horas, le cuenta que son obreros que están allí para arreglar y pintar las paredes “porque si le digo que no hay ningún hombre, peor se pone (…) Por ahí, cuando yo le porfío una cosa, se pone peor”. En otro registro, Diadema le pregunta, cada cinco minutos, a qué hora regresa Germán, su marido fallecido hace dieciocho años. Al comienzo, Estrella le responde que Germán ya no está, que ha muerto hace mucho tiempo. Diadema vuelve a hacer incansablemente la pregunta, una y otra vez hasta que Estrella termina por responderle que se fue de viaje a Rosario para hacer unos trámites administrativos –lo que él hacia cuando vivía– y que regresará para el desayuno. “Porque una tiene que empaparse muchas veces, poco a poco, que le vayan contando su vida para que, de esa manera, una pueda desenvolverse con ellos (…) Y después, si me vuelve a porfiar, por cualquier otro lugar la sigo. Si no, no sería vida para ninguna, ni para ella ni para mí porque no sabría ni cómo desenvolverme con ella”, profundiza Estrella. Aprender a conocer a la otra persona y su enfermedad, anticipar sus reacciones, no es solamente actuar para que se sienta más tranquila y calma, ante todo es elaborar, construir cada día condiciones lo más previsibles y controladas posible para hacerlas “tolerables.

Estos conocimientos tampoco son una garantía absoluta de tranquilidad. Durante el período en el cual se desarrolló la entrevista, Estrella debe afrontar cada día la resistencia de Diadema: “Toooooodos los días hay que remar, porque hoy se da una cosa y mañana otra. Todos los días hay algo diferente. Diadema atraviesa un período de agresividad debido, aparentemente, a una leve modificación de las dosis de su medicación. Estrella quiere cambiarle el pañal, pero Diadema se opone. No puede seguir en ese estado: Estrella la sienta en el bidet para sacarle el pañal, cuando Diadema le da un golpe que le hace perder el equilibrio y luego la toma del cuello. Contra las baldosas del baño, Estrella le dice: “¡Ma! No me maltrate”; la anciana la suelta. Y continúa el relato: “Le digo: “¿Por qué me maltrata? Si no la estoy maltratando; yo la estoy queriendo cambiar porque (…) tiene un olor horrible –le digo– y no puede estar así; tiene que estar limpita, hay que cambiarla”. Entonces se deja cambiar y me dice: “Perdoname, perdoname, perdoname”. Un poco más tarde, Estrella está cocinando, cuando Diadema entra en la cocina y trata de apagar el horno. “No, madre, estoy cocinando”, dice la cuidadora; “¡Apáguela!”, ordena la anciana, golpeándola duramente en la espalda. Y Estrella, dolorida, concluye que ha sido una semana difícil para ambas: “Ella también estaba muy alterada, muy nerviosa”. En el curso de otra lucha para cambiarle el pañal, quedan las dos mojadas de pies a cabeza. A veces Estrella baja los brazos y la deja tal como está, y luego vuelve a la carga. El período de agresividad se atenúa, aunque siempre haya que trabajar para convencerla de realizar las actividades diarias. Cada día ofrece una cantidad de desafíos –hacer de comer, higienizar, etc.– que pueden parecer ínfimos, pero que son constitutivos del trabajo de cuidado y esenciales para el bienestar del otro. Cada avance se transforma en una pequeña victoria que la trabajadora podrá agregar a su experiencia y su identidad como cuidadora. Bajar los brazos está fuera de cuestión. Cuando se le pregunta si ella ya pensó en dejar ese trabajo, la respuesta es categórica: “No, no, no; eso sí que no se me da por decir, como dicen: “Voy a tirar la toalla”. No, en ese aspecto, no. Al contrario, me da, ¿cómo puedo decir?, me parece que es un reto, que yo tengo que vencer a eso”.

Estrella recrea una historia casi completamente en el presente, lo cual se vincula directamente con la densidad del relato y las marcas de desaliento. El tiempo no tuvo aún la posibilidad de hacer su tarea. Tal como se señaló más arriba, a partir de la muerte de Diadema, o incluso un poco antes, el relato de Estrella toma un giro diferente. El hecho de que Diadema se haya mostrado, a su manera, reconocida ante su presencia y su trabajo, y el hecho de haberla acompañado hasta su último suspiro, parece reconciliar completamente a Estrella con toda su experiencia laboral, aunque el quehacer cotidiano permite captar la dificultad y el cansancio moral que la anciana causaba a la trabajadora. Todo el trabajo de la relación tendiente a calmar el entorno laboral apuntaba a protegerse de ser invadida por esas condiciones de vida. Se trata de hacerlas tolerables y paradójicamente tomar distancia de la excesiva intimidad con el otro: protegerse de los efectos de la senilidad, la repetición y los juegos de la imaginación, los rechazos, los miedos o la violencia, el agotamiento del alma y del cuerpo, la soledad y el aislamiento. Todos los órganos sensoriales de la cuidadora son interpelados. Por más que Estrella recuerde los cuidados prodigados a su padre como una manera de naturalizar el contacto físico con el cuerpo del otro, sus sentidos no están inmunizados contra las percepciones. Aunque hable de manera natural y directa, sin el maquillaje que podría hacernos olvidar el cuerpo que huele mal, que transpira, que envejece, que orina y defeca, que desea; sus sentidos no están por ello menos presentes: la vista, el tacto, el olfato. Como esa vez, cuando al sentir un olor hediondo, Estrella descubre que debajo del pesado pecho de Diadema, mal secado, según Estrella, por la cuidadora que la reemplaza o la hija de la anciana, se acumularon capas de hongos de color verdoso. La relación, en apariencia desprovista de juicio y de desagrado, de la cuidadora con esos cuerpos que toca, que manipula, que alivia, de los que extrae los excrementos y limpia la putrefacción, contrastan con el pudor y la repulsión que le genera el cuerpo de los otros, incluidos sus hijos. Nunca, dice, limpió su propia ropa con la de su familia. Y el tener que compartir el mismo colchón que usa la cuidadora que la remplaza el fin de semana le da náuseas. Cada lunes, “baña su colchón” con un producto limpiador antibacterias y luego coloca dos fundas, una sobre otra, para aislarse lo más posible del cuerpo extraño. Más que indiferencia por el cuerpo del asistido, es en la relación íntima con el suyo propio que nacen el pudor y el disgusto.

Pero lo que más la violenta a Estrella, como a las demás cuidadoras, proviene del encierro. El encierro es, ante todo, el encierro de hecho. Cuando trabajaba con Susana, Estrella podía ir rápidamente a hacer una compra, o hacer una corta visita a una vecina, “cambiaba de aire. No estaba tan ansiosa por que llegara el sábado. “Ahora estoy en un encierro total”, expresa. Desde las 9h del lunes hasta el sábado a las 12.30h, sus únicas salidas consisten en sacar la basura al pasillo. Si no, está constantemente al lado de Diadema (con sus manías, sus caprichos, sus resistencias), día y noche, totalmente privada de intimidad: “Disculpame, pero ni en el baño”, expone. A la noche, cuando la anciana se duerme, o cuando en plena noche espera a que se levante para llevarla al baño, Estrella se sumerge en la lectura, en un más allá donde ya no cumple “el rol de Estrella”. A diferencia de las noches agitadas en la casa de Diadema, el fin de semana Estrella duerme de un tirón, sin despertarse ni una sola vez: Se ve que el subconsciente trabaja ya ahí. Porque digo yo, ¿cómo, cuando yo estoy acá sé que estoy en mi casa y me quedo dormida? Así, sin despertarme para nada. ¿Y cómo, cuando estoy en el trabajo, estoy constantemente despertándome?”. Su sueño se torna muy leve en su lugar de trabajo, atenta al descanso nocturno apacible o agitado de la persona asistida. Si la anciana puede descansar durante el día (“es indispensable para tenerla de buen humor”), Estrella acumula la falta de sueño. Algunas veces, Diadema puede pasar tres noches seguidas sin dormir, noches durante las cuales “se levanta y está que camina y camina y camina y que no tiene descanso para nada; que agarra una cosa y agarra otra cosa y camina y camina y habla y habla y camina y agarra una cosa y otra”. Estrella no interviene, pero observa lo que hace. Se mantiene alerta “quizás por la costumbre ya de estar pendiente siempre de las otras personas”, y actúa en función del conocimiento que adquirió del otro:

Cuando estoy [en el trabajo], duermo y me despierto; miro la hora, digo: “¡Qué raro! Las dos y [Diadema] no se levantó», porque yo la escucho inmediatamente cuando se levanta; es algo increíble cómo puedo escucharla; cuando se mueve nada más, para bajar las piernas, ya la estoy escuchando yo. Entonces estoy atenta; como sé que a ella no le gusta que yo me le vaya al encuentro, me quedo sentada en la cama y después, cuando ella prende la luz del baño: “¡Oh, Ma! –le digo –está usted acá, vaya que después vengo yo”, como diciéndole que yo también iba; es una manera de no invadirla a ella porque si no, [Diadema] dice: “Están encima mío, no me dejan hacer lo que yo quiero”.

Esas noches las considera buenas. Otras veces “hay baile”, Diadema, ansiosa, da vueltas, camina sin parar, toca todo, o tiene alucinaciones. Corresponde a Estrella tratar de encontrar las palabras y los gestos que calmen a la anciana y le permitan retomar el sueño.

Estrella vive así un año y medio, atenta a la enfermedad y a los cambios de Diadema. Cuando Diadema muere, Estrella se toma nuevamente unos días de duelo y luego reanuda la búsqueda de otro empleo de cuidado a domicilio. Su siguiente empleo es con una persona discapacitada, más joven que ella, y con quien convive actualmente.


  1. Cuida a Anita y Francisco hasta las 14h y a Aurora -una vecina de la pareja- dos horas de tardecita, y a veces de noche (ver p. 248 en adelante).
  2. Véase, por ejemplo, Vidal (2007)
  3. Las expresiones de trabajadores citadas por Soares en su trabajo sobre la confianza atestiguan de ese mismo trabajo de construcción de la relación con el otro. Así una cuidadora estima que hace falta ir a buscar la confianza de la persona asistida mientras un educador habla de la necesidad de construir el lazo de confianza (Soares, 2016: 268-269, subrayado por la autora).


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