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1 Who Cares?

La expresión “who cares?”, en inglés, es polisémica: significa tanto “¿quién cuida?” como “¿a quién le preocupa o importa quien cuida?”. La pregunta formulada así y sus diversos significados introducen preocupaciones centrales de las teorías del cuidado, particularmente aquellas sobre quiénes son los encargados del cuidado, quiénes pueden descargarse de esa responsabilidad y de qué manera se organiza social y globalmente tal distribución. El interrogante, por lo tanto, condensa las problemáticas surgidas de la desigual distribución de la tarea de cuidar y la falta de reconocimiento a quienes realizan esa tarea, que muchas veces comparten la condición de ser mujeres migrantes, que se desplazan hacia las regiones afectadas por la llamada “crisis del cuidado”. En este primer capítulo se abordan estos temas con el objetivo de explicitar algunas de las orientaciones establecidas en el campo de los estudios del cuidado desde la perspectiva escogida en el presente trabajo. Aquí se lo entiende como un trabajo material, concreto; una actividad que implica al trabajador de manera tanto intelectual, física y moral como a nivel psicológico.

Surgidas en Estados Unidos en la década de 1980, a partir de la publicación del libro de Carol Gilligan In a different voice (1982), las teorías del cuidado tuvieron un importante desarrollo, tanto en ese país como más recientemente en Europa. Estas teorías son retomadas hoy en día por disciplinas tan diversas como la filosofía, la psicología, la sociología, la antropología, la geografía y las ciencias políticas. Las lecturas actuales se caracterizan por una gran diversidad de enfoques que abarcan desde los aspectos microlocales hasta los macroglobales, de las interacciones individuales a la elaboración de reflexiones sobre la democracia, pasando por estudios sobre las instituciones y las migraciones. Dadas estas características, la cuestión del cuidado resulta difícil de abordar, no sólo en el marco de una presentación puntual, necesariamente orientada y acotada, sino también en un análisis teórico cuyo foco podría llegar a perderse en su vastedad.

Existen diversas maneras posibles de organizar los estudios sobre el trabajo del cuidado. Para Luz Gabriela Arango Gaviria (2011), este tipo de análisis, en tanto herramienta conceptual construida por las feministas con el fin de estudiar y dar visibilidad a una parte de las actividades que realizan las mujeres, es fruto de varias tradiciones de pensamiento. Una de ellas proviene de las ciencias sociales y la economía. Sobre la base del concepto de división del trabajo, se distinguen tres vertientes: las teorías sociológicas y antropológicas que analizan la división sexual del trabajo desde diversos enfoques (culturales, materialistas, etc.); la economía del cuidado, que nace de la crítica feminista a la teoría económica y las relaciones entre producción y reproducción; y por último, las perspectivas de la interseccionalidad (Crenshaw, 1991), surgidas como respuesta a un feminismo blanco dominante,[1] que buscan complejizar las relaciones de dominación (inclusive entre mujeres) articulando las pertenencias o asignaciones de género, clase, “raza,”[2] generacionales, por orientación sexual, etc.

Arango Gaviria distingue otra tradición proveniente del pensamiento feminista anclado en la psicología y la filosofía moral. En el primer caso se encuentra la teoría de la ética del cuidado, desarrollada por C. Gilligan en el libro citado, que dio lugar a numerosos análisis sobre las características e implicancias emocionales y morales del trabajo de cuidado. La psicodinámica del trabajo constituye un segundo modo de abordaje que busca entender los mecanismos subjetivos que sostienen este tipo de actividad, sus efectos en las trabajadoras, las condiciones de organización y desempeño que permiten o entorpecen la posibilidad de desarrollar un buen cuidado, protegiendo a beneficiarios y cuidadores.

En este libro se analizarán algunos recorridos teóricos acerca del cuidado, desde la filosofía y psicología moral hacia su concepción como actividad y, a partir de ahí, el estudio propio del trabajo de cuidado y la búsqueda por superar la dicotomía “disposición moral” vs. “actividad”. Asimismo se puntualizará la aproximación desde relaciones articuladas (interseccionales) de dominación y su vínculo con la intensificación de las migraciones femeninas por razones económico-laborales.

Antes de ahondar en estos aspectos, conviene indagar acerca del término original inglés care. Aunque no existe una traducción plenamente satisfactoria al español (Martín Palomo, 2008), la existencia de un término equivalente (“cuidado”) permite evadir la ambigüedad que surge cuando tal equivalencia no existe, como por ejemplo en el caso del francés.[3]

Es por eso que algunos autores deciden usar el término español en plural, “cuidados”, para subrayar, justamente, su polisemia.[4] La palabra “cuidar”, si bien puede asociarse a una dimensión afectiva, proviene del latín cogitãre, que significa “pensar” y, por lo tanto, remite a su dimensión cognitiva. Efectivamente, en el uso del término en español aparecen alternativamente sentidos vinculados a lo afectivo, a lo racional y a la dimensión práctica del término. Es posible, entonces, encontrar definiciones de “cuidar” o del “cuidado” que aluden a la solicitud y la atención, la asistencia, la conservación y la preocupación.[5] Esta ambigüedad propia del término care y de sus diversas dimensiones se ve acentuada en las traducciones de las expresiones inglesas: abarca ideas de cuidado, de inquietud y de cargo; to care about puede ser “preocuparse por” o “tener cariño a”; to care for es “cuidar a” o “querer a”, to take care of es “cuidar de”, mientras que to take care to es “cuidarse de” (cuidar y cuidarse: conviene recordar ambas ideas al momento de analizar el trabajo del care). Las tres dimensiones enunciadas más arriba; cognitiva, afectiva y práctica, remiten efectivamente a problemáticas esenciales en este estudio.

¿Cómo escuchar la voz de Amy?
Carol Gilligan y la ética del cuidado

“¿Cómo dar cuenta de la reacción de Amy ante el dilema de Heinz?”, se pregunta Carol Gilligan (1982). El dilema de Heinz es concebido por el psicólogo Lawrence Kohlberg como herramienta para el análisis de la lógica de resolución del conflicto entre dos normas morales, con el propósito de medir el desarrollo moral.[6] El dilema se formula en los siguientes términos: “La esposa de Heinz está muy enferma y necesita de manera urgente un medicamento que le puede salvar la vida. A Heinz no le alcanza el dinero para comprarlo y el farmacéutico se niega a bajar el precio. ¿Debe Heinz robar el medicamento?”.

Jake y Amy son dos niños de once años, entrevistados por C. Gilligan en el marco de sus investigaciones. Pertenecen a la misma clase y provienen de familias social y culturalmente similares. Confrontados con el dilema, Jake responde sin vacilar un segundo que Heinz debe efectivamente robar el medicamento, construyendo el problema como un conflicto entre dos valores que jerarquiza: la vida tiene más valor que la propiedad. Amy, en cambio, manifiesta menos seguridad en sus respuestas y sigue otro tipo de lógica. Según ella, Heinz no debería robar, sino pedir dinero prestado o buscar convencer el farmacéutico de la necesidad de ayudarlo. Para Amy, el robo, por más que salve la vida de su mujer, podría llevar a Heinz a la cárcel y le impediría seguir cuidando de ella, lo cual pondría nuevamente en peligro su vida. El problema se sitúa en la negativa del boticario de ayudar a una persona necesitada y no en el tema de la afirmación de sus derechos. Para Gilligan, mientras las teorías consagradas en psicología moral se guían por un solo tipo de desarrollo moral basado en los principios de justicia, los niños ven en el dilema dos problemas diferentes. Jake lo plantea como un conflicto de derechos que se resuelve por la lógica. Amy lo inscribe en una red de relaciones humanas de interdependencia y busca resolverlo mediante la comunicación. Sin embargo, para la autora, el punto de vista de Amy no se contempla en las herramientas de tipo deductivo y abstracto que miden el desarrollo moral. En efecto, Amy se proyecta en la situación concreta, en tanto que Jake lo plantea como un problema lógico, aunque podemos imaginar que, si se confrontara de hecho con el dilema, el niño tomaría en cuenta otros elementos de la realidad.

En el modelo de Kohlberg, Amy ocuparía un nivel anterior al de Jake. Para Gilligan, ante la pregunta “¿qué ve él que ella no?”, el modelo ofrece una respuesta en términos de madurez moral. Sin embargo, ante la pregunta “¿qué ve ella que él no?”, la teoría de Kohlberg se queda sin respuesta, como si ese punto de vista no perteneciera al ámbito moral (Gilligan, 2008, 59). Para la autora, el mundo moral de Kohlberg es parcial, basado en muestras masculinas, y no permite concebir otras orientaciones morales. No permite escuchar “la voz diferente”, para retomar el título original del libro de Gilligan. Ella piensa, entonces, la ética del cuidado como un paradigma moral alternativo construido sobre la base de concepciones morales expresadas más por mujeres, centrado en la importancia de las relaciones interpersonales y la experiencia concreta. Surge un planteo central de Gilligan, que ha dado lugar a una producción académica muy importante: la oposición entre una ética de la justicia, basada en principios racionales, abstractos y universales, y una ética del cuidado, fundada en experiencias cotidianas singulares, los sentimientos y lo relacional. Esta oposición se sitúa en el plano de las competencias morales (la importancia de las disposiciones morales por sobre el aprendizaje de principios), del razonamiento moral (se privilegian las respuestas contextuales ante casos concretos por sobre principios universales), del vocabulario moral (la importancia otorgada a las responsabilidades y la preservación de las relaciones más que a los derechos) (Garrau & Le Goff, 2010). La oposición entre ambas éticas ha sido objeto de numerosas críticas, tanto es así que varios autores plantean la necesidad de pensarlas juntas (Moller Okin, 2005; Friedmann, 2005).[7] La “voz diferente” no es, entonces, ausencia de voz, sino presencia de un razonamiento moral diferente, inaudible para las teorías clásicas, afectadas por un sesgo de género. Gilligan busca sensibilizar frente a la diversidad de voces morales haciendo hincapié en el rol central de las relaciones de dependencia tanto en el aprendizaje moral como en la constitución del sujeto (Garrau, 2008).

El libro de esta autora, o las interpretaciones a las que dio lugar,[8] generaron múltiples controversias que sostuvieron los desarrollos posteriores de las teorías del cuidado. Garrau y Le Goff (2010) distinguen dos primeras grandes ramificaciones: por un lado, la crítica de la ética del cuidado como moral femenina (esencialmente la corriente maternalista encarnada por la filósofa estadounidense Nel Noddings) y, por otro, aquella que plantea la necesidad de romper y desnaturalizar los lazos entre ética del cuidado y ética femenina. En efecto, si bien Gilligan refuta que la “voz diferente” sea femenina (ya que “no se caracteriza por su género sino por su tema” (Gilligan, 2008: 12)), las ambigüedades de su texto nutren las críticas que recibió de caer en cierto “feminismo cultural”.[9] La abstracción de una perspectiva histórica y social de la “voz diferente” ocultaría que la desvalorización del cuidado se confunde con la historia de la subordinación de las mujeres y las relaciones de cuidado con relaciones saturadas de poder (Garrau y Le Goff, 2010).

Los desarrollos que conoce la ética del cuidado basados en este conjunto de críticas manifiestan un desplazamiento desde la psicología y filosofía moral hacia inquietudes de orden político y social. En este sentido, las reflexiones de Joan Tronto han representado un aporte central porque rompen con una concepción moral femenina del cuidado para considerarlo plenamente como una actividad. Tronto insiste en su desigual distribución, así como en la fuerte desvalorización que sufre tanto ese trabajo en sí mismo como quienes lo realizan, en función de dominaciones articuladas de género, clase y raza. De este modo, la autora opera una politización de la reflexión moral.

Joan Tronto, por una mirada social y política
del cuidado

“El propósito general de la obra de Tronto es hacer que retroceda la idea de que algunas actividades son la inmediata consecuencia de un tipo de naturaleza femenina, mostrando las relaciones de fuerza en vigor y otorgándoles un sentido político” (Raïd, 2009: 59). El pensamiento de Tronto se inscribe in fine en una reflexión sobre las sociedades democráticas. El desplazamiento que opera la ética del cuidado hacia lo político no solamente busca poner en evidencia las desigualdades que caracteriza su desempeño, sino que aparece como una herramienta potencialmente capaz de producir más igualdad democrática. Según Tronto, es necesario preguntarse hacia qué fin debe tender el cuidado para volver la sociedad lo más democrática posible (Tronto, 2009: 40).

En el libro que se publicó en 1993 con el título Moral boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care, Tronto muestra su postura teórica y hace directa referencia a las fronteras ideológicas y políticas que, de la manera en que se imponen desde el siglo XVIII europeo, operan en el sentido de una desvalorización del cuidado.[10] Darle visibilidad y audibilidad al cuidado implica extraerlo de su asociación sistemática al ámbito privado, al género femenino y a toda forma de sentimentalismo. Así, para Tronto, cuando Gilligan sugiere que la ética del cuidado está vinculada al género, “excluye la posibilidad de una ética creada por la sociedad moderna en virtud de determinadas condiciones de subordinación” (Tronto, 2005: 27).[11] Más allá de la posibilidad de que la variable de género explique o no las diferencias en el desarrollo de una ética del cuidado –a través de los roles y responsabilidades histórica y socialmente asignados al desempeño del cuidado– es peligroso plantear diferencias morales entre hombres y mujeres (Ibíd.), en tanto podría llevar justamente a un mayor aislamiento y desconsideración del cuidado.

Defender una perspectiva sociológica y política del cuidado implica necesariamente una redefinición de éste. Berenice Fisher y Joan Tronto (1990: 40) lo definen de un modo deliberadamente holístico, como “una actividad característica de la especie humana que incluye todo lo que hacemos en vistas de mantener, sostener o reparar nuestro «mundo» de manera tal que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades (selves) y el entorno que buscamos tejer juntos en una red compleja que sostiene la vida”. Consideran esta definición más apta para situarlo en un ideal de cambio político. Las autoras distinguen cuatro fases en el proceso de cuidado, a las que posteriormente Tronto les adjudicará una dimensión moral específica. La primera consiste en el hecho de preocuparse por alguien o por algo (caring about) e implica el reconocimiento de una necesidad de cuidado que, a su vez, requiere una capacidad de atención del otro y sus necesidades. La segunda fase refiere a ocuparse de alguien o de algo en el sentido de disponerse a responder a la necesidad ya identificada (caring for) e implica asumir la responsabilidad del trabajo de cuidado requerido. La tercera corresponde al hecho efectivo de prestar cuidado (care giving), como el trabajo concreto de cuidar que descansa en el desarrollo de competencias definidas como técnicas y como categoría moral (Tronto, 2009: 38). Finalmente, la última fase de un proceso logrado de cuidado está vinculada con la respuesta de la persona cuidada, es el ser objeto del cuidado (care receiving), cuya cualidad moral es la receptividad e implica al conjunto de los actores involucrados en el proceso del cuidado.

Esta definición amplia del cuidado concebido como actividad y como proceso que comprende a los humanos y a su entorno, atrapados en redes de cuidado y responsabilidad, abre algunas observaciones.

 

Acerca del cuidado como relación diádica

Fisher y Tronto se posicionan a distancia de las concepciones asociadas a la relación cara a cara, marcadas por el afecto entre quien da y quien recibe el cuidado. Apuntan en particular a las definiciones maternales de la ética del cuidado desarrolladas por N. Noddings, que se caracterizan por la fusión afectiva y la comprensión inmediata de las necesidades del niño por parte de la madre. Para Tronto, tal concepción diádica es problemática en más de un sentido. Contribuye a ocultar que, tanto el vínculo madre-hijo como en el de médico-paciente, o profesor-alumno, la relación supuestamente diádica se inserta en un complejo entramado compuesto por otros sujetos e instituciones (Tronto, 2009). La idealización de la relación maternal no resiste ni el análisis sociológico ni el histórico, porque su centralidad refleja una construcción social e ideológica que data del siglo XVIII. Esta concepción contribuye a silenciar el sufrimiento (o elevarla a la abnegación y auto-sacrificio) y las dificultades que conlleva el cuidado materno, así como las condiciones sociales e históricas que llevan a designar a la madre como principal responsable del bienestar del niño (Molinier et al., 2009). En resumen, la perspectiva diádica del cuidado ofrece una visión muy limitada de éste, que Tronto califica de “completamente falsa” (2009: 46) y no resulta útil para abordar otras formas de cuidado que impliquen, por ejemplo, a sí mismo o a las instituciones. Además, al integrar el afecto en su propia definición, da por sentada su presencia, limitando el pensamiento sobre un cuidado que no movilice sentimientos afectivos o no responda a tal presupuesto (Tronto, 2009: 37). Más aun, para la autora, el riesgo mayor de un modelo del cuidado basado en la relación diádica consiste en instaurar la desigualdad en el seno mismo del cuidado, en su propia naturaleza. Por un lado, permite sostener una concepción del ciudadano que excluye al beneficiario del cuidado; por otro, permite imaginar que la distinción “cuidado”/“actividad de servicio”, que la autora retoma de la socióloga Kari Waerness, se desdobla en una distinción entre un “cuidado verdadero” y un “cuidado mercancía” (el primero reservado a la poblaciones “nativas”, el segundo a poblaciones marcadas por estatus raciales, lingüísticos, religiosos o migratorios y fácilmente expulsables de una condición de ciudadana plena).

 

Acerca de las desigualdades en su organización social

Las diferentes fases del proceso de cuidado permiten poner en cuestión la organización y jerarquización social de ese trabajo. Las etapas de caring about y taking care of son asumidas por los grupos más poderosos, como por ejemplo los médicos, mientras que las tareas “menos nobles” de cuidado y su recepción recaen en grupos socialmente más subalternos de la población. Nuestras sociedades valoran las dos primeras fases del cuidado, a la vez que desvalorizan el trabajo concreto, material, corporal del cuidado, reservado esencialmente a las mujeres de la familia o a las cuidadoras, migrantes o provenientes de extractos sociales bajos, que no reciben reconocimiento social, laboral, simbólico o financiero por su desempeño. Según Layla Raïd (2009), los dos primeros momentos morales pueden ser asociados al rol público del “jefe de familia” que, como proveedor, no queda afectado a formas de trabajo depreciadas de care giving, asumidos por otros, y sobre todo, otras.

 

• “La irresponsabilidad de los privilegiados”

En consonancia con una fragmentación social y conceptual del cuidado, que se apoya en la ideología de la autonomía individual, los lugares ocupados en las relaciones y la organización de cuidado develan las situaciones de privilegio y las relaciones de poder que las sostienen. La división del trabajo de cuidado entre diferentes actores (a menudo en conflicto) produce formas de desconocimiento de las necesidades y responsabilidades asociadas a cada fase. Estos mecanismos de ignorancia sostienen lo que Tronto denomina “la irresponsabilidad de los privilegiados”, que pueden defender la idea de autonomía individual, ignorando el trabajo de cuidado realizado por otros en pos de sostenerla. Así, la distribución del cuidado y de sus actores refuerzan los modelos de subordinación existentes y se genera una suerte de círculo vicioso entre el no reconocimiento, la desvalorización de la tarea y las posiciones marginales que ocupan las poblaciones que se encargan del cuidado, cuyas necesidades propias son ignoradas. Esto deriva en una agudización de su propia dependencia y vulnerabilidad.

 

Todos somos vulnerables

Si bien los estudios del cuidado suelen concentrarse en los individuos más dependientes de la población, dadas sus experiencias que atestiguan la fragilidad propia (niños, adultos mayores, enfermos, personas discapacitadas), aparece aquí un mundo complejo, en el cual –y esta es una de las principales tesis de la autora– “todos somos fundamentalmente vulnerables” y nos encontramos insertos en una red de relaciones de cuidado. Algunos más vulnerables que otros, pero todos en el marco de un continuo entre distintos grados de cuidado según la necesidad y no en el de una dicotomía entre autonomía y dependencia (Tronto, 2009: 50). Esta vulnerabilidad antropológica representa una primera tesis compartida por los desarrollos actuales de la ética del cuidado. La segunda tesis común a estos trabajos plantea la existencia de prácticas y representaciones sociales que invisibilizan esta condición compartida, como la asignación de la vulnerabilidad a poblaciones más frágiles y del cuidado a categorías específicas de la población (Garrau y Le Goff, 2010).

Del trabajo de la dependencia
a su distribución desigual

Por una sociología de las relaciones de dependencia

Tronto ha jugado un papel determinante en el sentido de una desnaturalización del cuidado y de quienes lo brindan. Tomando distancia de la psicología moral y los desarrollos esencialistas de la ética del cuidado, puso el foco en el cuidado como actividad, así como en las condiciones sociales de subordinación de los cuidadores, reforzadas por la posibilidad que tiene una parte de la población de no reconocer su propia vulnerabilidad y dependencia. Si abre a la comprensión del cuidado como actividad, son otras disciplinas, como la sociología y la psicodinámica del trabajo, las que invitan a centrarse en la materialidad del trabajo de cuidado y en las relaciones que allí se configuran, desde el punto de vista de los actores.

En la continuidad de los trabajos de Tronto, autoras francesas como Patricia Paperman (2005, 2009) y Pascale Molinier (2005b, 2006) proponen estudiar el “trabajo de la dependencia”, que permite trazar las orientaciones de un análisis sociológico enmarcado dentro de una perspectiva del cuidado (Paperman, 2005). Para ello, es necesario cumplir con dos condiciones. La primera consiste en identificar el care como un trabajo que falta describir, teorizar, formalizar. La segunda busca reconocer la dependencia y la vulnerabilidad como rasgos centrales de la existencia humana. Ese enfoque daría “acceso a la reseña de una distribución del trabajo de la dependencia que destaca las injusticias, así como el sentimiento de injusticia que tal organización produce en las cuidadoras confrontadas a las consecuencias de la crisis (del cuidado) sobre las personas dependientes y sobre sus propias vidas” (Ibíd: 292). Esta perspectiva comprende el estudio del trabajo en sí, el “trabajo de la dependencia” y su desigual distribución, partiendo de las voces de los actores.

Retomando el primer eje, Paperman especifica que el análisis del trabajo de cuidado obliga a pensar en un concepto ampliado que “incluya la dimensión moral de las actividades, al menos la manera en que las principales interesadas se refieren a él” (Paperman, 2009: 101). Si bien esta observación concierne a toda sociología cualitativa que pretende apoyarse en los relatos de los actores e inserta la experiencia laboral en la complejidad de la vida, en el trabajo de cuidado más que en muchos otros, la dimensión material no alcanza por sí sola para describir y entender su desarrollo. La actitud, el saber-hacer relacional (o su ausencia) cobran particular significación, porque se trabaja con lo humano, con el cuerpo, la intimidad, los sentimientos, los vínculos, desde la corporeidad y la psiquis de la cuidadora. En concordancia con la idea que no hay trabajo que no requiera una forma de movilización de la personalidad para poder ser llevado a cabo (Dejours, 1998, 2009), de alguna manera el cuidado se define tanto por sus aspectos materiales como por la actitud o la manera de proceder cuyas repercusiones se ejercen en el cuidado brindado, en quien lo brinda y en quien lo recibe. En relación con las disputas teóricas sobre el cuidado como trabajo o disposición, es necesario no pensarlos de manera dicotómica, sino partiendo de la idea de que todo trabajo implica una movilización subjetiva y afectiva del trabajador,[12] que es particularmente pregnante en el cuidado. De allí surgen tres problemáticas esenciales en el estudio del trabajo de cuidado, que atravesarán nuestro propio análisis: la centralidad de las relaciones de cuidado (el lugar de los afectos y del poder), la invisibilidad como parte y condición de éste, y los efectos de su organización y de las condiciones de trabajo en las trabajadoras.

Esta “manera de proceder” no responde a una naturaleza apropiada para realizar este trabajo. Si se retoma la idea desarrollada por la psicodinámica del trabajo, según la cual no es el sujeto el que precede al trabajo, sino que, al contrario, el trabajo es central en la constitución y transformación del sujeto, aparece que la posibilidad de desarrollar alguna disposición para el cuidado se apoya en el hecho concreto de tener que ocuparse de los demás. Así, para Molinier et al.: “La disposición no precede al trabajo, sino que en él encuentra la ocasión de ejercerse”, y su aprendizaje requiere un gran esfuerzo personal (2009: 15). Siguiendo el razonamiento de las autoras, si las mujeres son quienes más desarrollan estas aptitudes, es porque son tareas que les han sido socialmente asignadas a causa de la división social y sexual del trabajo.[13] No nacieron sabiendo cuidar, lo aprendieron (muchas veces desde niñas).

El hecho de rescatar este aspecto del trabajo para reflexionar acerca de los límites de la disociación entre las dimensiones del cuidado no interfiere en el principio según el cual el cuidado es antes que nada un trabajo. “Cuidar del otro, no es pensar en el otro, preocuparse por él de manera intelectual o hasta afectiva, no es necesariamente amarlo, por lo menos en primera instancia, es hacer algo, es producir un trabajo que participa directamente del mantenimiento o de la preservación de la vida del otro”, dice Molinier (2005b: 301). Retomando las características anteriormente señaladas, se trata de un trabajo que tiene como particularidad responder a las necesidades propias de las relaciones de dependencia. Está directamente ligado a la dependencia y al reconocimiento de la vulnerabilidad de todos y cada uno, y no se pueden “disociar las tareas materiales del trabajo psicológico que implican” (Ibíd.: 302), sea de reflexión, de anticipación, de control de sus propios sentimientos ante la irritación, la preocupación y el cansancio. Afronta plenamente lo que en nuestras sociedades se presenta como un tabú: el cuerpo, las deyecciones, las “fantasías”, la sexualidad, la parte “indecente” de nuestras existencias, asimiladas a una suerte de decadencia y socialmente ubicadas del lado de la excepción más que de la normalidad.

La dificultad que existe en captar la experiencia concreta de las trabajadoras está ligada a diversas características de su trabajo, como la invisibilidad y las descripciones a las que da lugar que no pueden ser fácilmente objeto de una expresión pública.

Ya se han señalado algunos de los fenómenos que participan de la invisibilización: son tareas desvalorizadas, vistas como de poca importancia, asuntos triviales. Requieren cualidades y competencias consideradas naturales, que se adjudican a grupos específicos de la población, como el “amor materno”, la “buena cuidadora peruana”, etc.; de esta manera se alimenta el círculo vicioso anteriormente mencionado entre cuidado no valorado y cuidadores en posiciones subalternas. Una parte importante del cuidado se desarrolla en el espacio privado o en lugares protegidos de las miradas (hogares, geriátricos, guarderías, hospitales). La valoración social del individuo autónomo e independiente, por un lado, y la división del trabajo de cuidado, por otro, entorpecen una percepción adecuada de las necesidades y del cuidado otorgado y abren paso a la “irresponsabilidad de los privilegiados” señalada por Tronto.

Siguiendo a Molinier (2005b), esa invisibilidad aparece, más fundamentalmente aún, como la condición para que la actividad se realice exitosamente. El trabajo del care exige el uso y desempeño de “habilidades discretas”, que deben permanecer como tales y que tan solo encuentran visibilidad cuando fallan (sonrisa que desaparece, gesto mecánico, respuesta diferida, etc.). Requiere la capacidad de anticipar la necesidad antes de que exista. Estos saberes discretos, intrínsecos al trabajo del cuidado, conllevan un déficit crónico de visibilidad y de reconocimiento. Al mismo tiempo, para Silvia Balzano (2012), que analiza el trabajo enfermero en una institución neuropsiquiátrica argentina, la invisibilidad forma parte de la construcción identitaria del cuerpo enfermero en tanto parte de su labor de recomposición del orden; y consiste en ese “arte de saber disimular ‘las cosas fuera de lugar’”, de orientar las expresiones públicas de las funciones corporales hacia lo privado (2012:102). Ante el posible sufrimiento ligado al déficit de visibilidad y reconocimiento, las trabajadoras implementan estrategias diversas, colectivas o individuales.

Por último, el relato de las experiencias de cuidado tiene sus propias particularidades. Mientras se asocie el cuidado a la feminidad y el afecto, el repertorio semántico es amplio y audible. Pensarlo y referirse a él como trabajo abre paso a otras dimensiones ambiguas de las actividades y del afecto, así como de su organización (Molinier et al., 2008). Otro motivo de invisibilidad aparece entonces con la dificultad de hacer públicos los saberes y conocimientos, porque demuestran que la norma es la vulnerabilidad y que esta norma es, además, torcida, entonces ambas realidades desafían la acepción dominante del ser humano (Molinier, 2005b; Molinier et al., 2009). Al peso de “lo no decible”, del tabú, se suman conocimientos elaborados no solo desde lo cognitivo, sino desde la vivencia corporal y afectiva, lo cual obstaculiza asimismo su formulación en un lenguaje “abstracto”, generalizable y compartible. ¿Cómo verbalizar públicamente estas experiencias? Confrontadas con las particularidades de su actividad, las trabajadoras no pueden apoyarse en generalizaciones, que resultan abusivas, inexactas, inapropiadas: deben recurrir a una serie de historias que, compartidas entre pares (cuando existen), permiten formular lo informulable hasta lograr constituir colectivamente una ética común donde se elaboran las fronteras de la transgresión y los criterios de lo que define un “buen trabajo” (Molinier, 2005b). Ahora bien, ¿qué pasa cuando ese colectivo no existe y la cuidadora, una migrante asignada a ese rol para el cual no está necesariamente preparada, enfrenta sola las dificultades y tabús del cuidado?

El cuidado, entre dominaciones cruzadas y consecuencias de la llamada “crisis del cuidado”

Distribución social del cuidado e interseccionalidad

La invisibilidad e inaudibilidad del trabajo de cuidado están relacionadas con su organización y distribución social, que a su vez se ordenan en función de dimensiones divisorias y entrecruzadas de género, de clase y de raza, color o lugar de origen. Grosso modo, los hombres blancos, las mujeres blancas, los hombres y mujeres de las llamadas “minorías” ocupan diferentes posiciones en el orden social y en el cuidado de los otros. Aun cuando constituyen una pieza esencial del funcionamiento de nuestras sociedades, las tareas más desvalorizadas se traducen en empleos despreciados y mal pagos, ocupados en gran parte por mujeres migrantes, extranjeras o “racializadas”. “Cualquiera sea el contexto, el trabajo de cuidado sigue siendo una especialidad de mujeres que además suelen ser «racializadas». Se percibe el trabajo como no calificado y subordinado, por lo tanto, apropiado a sus calificaciones y estatus” (Nakano Glenn, 2009a: 54). Esta perspectiva resulta particularmente pertinente cuando recordamos que una parte no menor del trabajo doméstico y del cuidado remunerado es realizado por mano de obra inmigrante o perteneciente a las llamadas “minorías”, la afroamericana y la hispana en Estados Unidos; la africana y la magrebí en Francia, la filipina en todos los países, la latinoamericana en España.[14] En lo que concierne a la realidad argentina, una proporción considerable de las mujeres migrantes internas o provenientes de algunos flujos migratorios latinoamericanos (las paraguayas y peruanas más que las bolivianas, brasileras y uruguayas) se insertan en empleos domésticos y de cuidado, a la vez que estos empleos parecen ser reservados para las poblaciones migrantes.

Autoras como Evelyn Nakano Glenn, y siguiendo sus pasos, Elsa Dorlin, han analizado la coproducción de las relaciones e injusticias de género, clase y color u origen nacional a partir del análisis histórico de la construcción “racializada” y “generizada” (gendered) del trabajo reproductivo (doméstico y remunerado) y de su organización en Estados Unidos. El trabajo reproductivo permite integrar la relación entre mujeres en el análisis de esta construcción. En cuanto nos alejamos de la idea de que existe una universalidad en las experiencias de las mujeres (como puede suceder cuando se reflexiona únicamente en términos de división de género) aparece que las relaciones de poder se estructuran no solo entre hombres y mujeres, sino también entre las mujeres que se benefician de recursos desiguales y cuyos estatutos diferenciados (y la idea misma de “feminidad”) descansan sobre sus relaciones.

Este punto ha sido objeto de análisis por parte de Elsa Dorlin. La historia del trabajo doméstico en Estados Unidos le permite mostrar cuánto las normas de género se definen también sobre la base de las relaciones de poder entre mujeres blancas amas de casa y mujeres negras domésticas. Mientras los estereotipos de la doméstica negra (la mammy sudista, jovial y de edad indefinida) se encuentran en desfasaje con respecto a las normas de la feminidad en vigencia hasta mediados del siglo XX (la mujer delgada, elegante, piadosa, de hogar burgués y confortable), las tareas que le incumben se presentan como condición indispensable para que las amas de casa puedan alcanzar este ideal de feminidad. Dicho de otra manera, y retomando la hipótesis inicial de la autora, “la economía del cuidado, realizado por ciertas mujeres, es la condición material de la ética del care, encarnada por otras mujeres” (Dorlin, 2005: 90). La división del trabajo entre mujeres, entre la mujer ama de casa y su doméstica negra (tareas livianas y decorativas vs. trabajo físicamente pesado o “sucio”), en el espacio doméstico compartido, solo pudo imponerse gracias a una ideología donde se cruzan dominación social, dominación de género y racismo. Estas trabajadoras se ven explotadas por los hombres y por las mujeres que las emplean en nombre de una feminidad que se construye sobre la “raza”, lo que la autora denomina “norma «racializada» de la feminidad”. A esa explotación se suma la captación de los privilegios y recursos éticos y simbólicos provenientes de este trabajo femenino por parte de las empleadoras con pleno goce de su posición dominante. En respuesta a estas normas “racializadas” de la feminidad, construidas y legitimadas, que excluyen a la mujer doméstica negra y a la mujer negra en general, se han desarrollado estrategias de resistencia por parte de los grupos dominados (como el movimiento Black Feminism) (Dorlin, 2007).

Con el desplazamiento del trabajo reproductivo del espacio doméstico hacia el mercado, las lógicas de especialización sexual y racial, la jerarquización de los trabajadores, hombres y mujeres, basados en estas diferencias percibidas y atribuidas, llegan al espacio público las formas de exclusión de la ciudadanía de los proveedores del cuidado. Nakano Glenn (2009a) elige ilustrar estas continuidades históricas con la construcción “racializada” y “generizada” de las tareas y los estatutos en el medio hospitalario. Estas jerarquías y estratificaciones llegan a integrar la estructura organizacional, a tal punto que la ideología racial, además de los intereses divergentes de las mujeres responsables del trabajo reproductivo en razón de su sexo, se vuelven imperceptibles, se disimulan detrás de diferencias “objetivas” e incontestables en términos de formación y competencias. Siguiendo a esta autora, para desnaturalizar la división del trabajo, hace falta analizar las estructuras que la sostienen, junto con las construcciones de raza y género asociadas. Su organización es el fruto de relaciones sociales de dominación que se conjugan con elecciones políticas (sanitarias, migratorias, de educación y formación) cuya historia hace falta analizar.[15] El “orden de las cosas” puede cederle el lugar a la evidencia de la construcción social y la producción conjunta de las diferencias y desigualdades.

Los estudios interseccionales de la dominación, que cruzan diferentes relaciones sociales, han conocido un desarrollo importante. Tomando distancia de los estudios particulares, entre los cuales los de Nakano Glenn resultan muy esclarecedores, esta perspectiva tiene la ventaja de lograr “descompartimentar” las categorías reconociendo la heterogeneidad de lo social “que no es producto de una sola relación social sino de varias” (Pfefferkorn, 2012: 123). Estas relaciones, de naturaleza dinámica, son en palabras de Danièle Kergoat, a la vez consubstanciales –es decir, las relaciones no pueden ser secuenciadas sino por razones puramente analíticas– y coextensivas, que se reproducen mutuamente.[16] La perspectiva multidimensional permite asimismo focalizar las articulaciones entre las dimensiones objetivas y subjetivas, así como la producción y reproducción de las relaciones como fuente de dominación y su posible emancipación (Kergoat et al., 2011; Pfefferkorn, 2012). El trabajo (productivo y reproductivo, su organización, sus divisiones) es central en la producción de las relaciones sociales y de la dominación. En este sentido, recuerda la misma Kergoat (2009), el trabajo de cuidado, al movilizar trabajadoras migrantes, representa un ejemplo paradigmático de la producción mutua de las relaciones sociales.

“Crisis del cuidado” y migraciones laborales femeninas

Migraciones y análisis cruzados de la dominación están efectivamente relacionados cuando se contempla el desarrollo de migraciones laborales femeninas y su participación en la división internacional del trabajo de cuidado. Los análisis que se inscriben en esta perspectiva han privilegiado el análisis de las migraciones internacionales de mujeres (del “Sur”) que migran hacia las “ciudades globales” (del “Norte”) (Sassen, 1984), colmando la llamada “crisis del cuidado” que estos padecen, generando así “cadenas globales de cuidados” (Parreñas, 2000; Ehrenreich y Hochschild, 2003) entre los países de procedencia y de llegada.[17]

La “crisis del cuidado” designa el quiebre en los modos tradicionales de suministro del cuidado y sus efectos tanto en sus destinatarios como en sus proveedores (Paperman, 2009: 104). Aparece como la consecuencia en sociedades que conocen a la vez un ingreso masivo de las mujeres “cuidadoras naturales” al mercado laboral y un envejecimiento importante de su población (baja de la natalidad y aumento de la esperanza de vida). Esta crisis le da visibilidad pública a las dificultades que entraña la provisión del cuidado; asimismo, permite que se genere una producción científica, sociológica y económica, sobre su organización y las disfunciones que padece (Ibíd.). En contextos de desmantelamiento del estado social, los países desarrollados confrontados con esta crisis y tasas importantes de desempleo, vieron la posibilidad de articular ambas problemáticas, aunque al día de hoy los esfuerzos por institucionalizar y profesionalizar el sector se tradujo en la generación de empleos que conservan las características de un empleo precario, desvalorizado y femenino (Devetter et al., 2009; Weber et al., 2014).

La idea de “crisis del cuidado” resulta de utilidad para pensar y articular las problemáticas del cuidado y de las migraciones femeninas, aunque peque de exceso de etnocentrismo. En efecto, como lo recuerda Paperman (2005), es una crisis global y no local. No solo se debe a la amplia diversidad de países de procedencia de las migrantes y los efectos que en ellos tienen su partida, sino a los países de destino, cuyas realidades y trayectorias en términos de provisión de cuidados son asimismo muy variables. Se puede recordar que, si bien este cuerpo analítico, hoy reconocido, ha permitido reducir la invisibilidad que caracterizaba las migraciones femeninas, el estudio de las migraciones laborales femeninas que no siguen o que precedieron el eje “Sur-Norte”, ha sido poco explorado por las ciencias sociales dominantes y puede contribuir y enriquecer el conocimiento sobre las migraciones de las mujeres, incluyendo las del cuidado (Borgeaud-Garciandía y Georges, 2014). Otro eje de crítica concierne las diferencias relativas a la presencia o ausencia de políticas públicas en materia de cuidados, así como la responsabilidad socialmente asignada al Estado y a los hogares en la provisión de los cuidados. Cuando esta responsabilidad recae centralmente en las familias, los arreglos y efectos de la provisión de cuidado se distinguen por los recursos socioeconómicos de los hogares, que permiten o no acceder a la oferta del mercado (Venturiello, 2015). Finalmente, las necesidades de cuidados de los adultos mayores (particularmente de los “viejos-viejos”, mayores de 80 años) no deben ocultar la participación de este importante y amplio grupo etario en el cuidado de sus familiares, desde una protección extendida a los hijos (jóvenes adultos que viven o vuelven a la casa de sus padres tras una crisis matrimonial y/o laboral) hasta el cuidado de los nietos (Oddone, 2012a).

Autores como Nakano Glenn resaltan otra forma de etnocentrismo, o de “clase-centrismo”, de los análisis en términos de “crisis del cuidado” cuando recuerda que tal crisis no es nada nueva para las mujeres de familias obreras o negras, que siempre han tenido que trabajar dentro y fuera de sus hogares, a la vez que tenían que llevar la carga del trabajo gratuito de cuidado. Si la “crisis del cuidado” se ha convertido en una preocupación pública es porque afecta familias de clase media-media alta (Nakano Glenn, 2009b). Esta objeción permite subrayar las continuidades que persisten en las formas de provisión de los cuidados en lugar de que se invisibilicen detrás de fenómenos más recientes interpretados en términos de “crisis”. Para Nakano Glenn (2009b), la globalización de la economía fue transformando la división racial (y clasista) del trabajo femenino tal como se construyó históricamente en un vasto traslado transnacional del trabajo de cuidado de Sur a Norte. O de países periféricos hacia países centrales. A tal punto, que dichas emigraciones, o la exportación de mano de obra femenina doméstica y del cuidado, integran las políticas nacionales de países como Filipinas (Parreñas, 2000; Debonneville, 2014), como una verdadera industria y estrategia económica central. La división internacional del cuidado beneficia, en primer lugar, al capital mundializado que paga poco y nada por la protección, la reproducción, el cuidado y la jubilación de los trabajadores migrantes; y, en segundo lugar, a los hombres, que siguen liberados de las tareas de cuidado, y a las mujeres que pueden pagar por delegar estas tareas a otras mujeres menos privilegiadas (Nakano Glenn, 2009b: 129).

Y por último, las migraciones femeninas de cuidado no representan una novedad para las mujeres provincianas (bretonas en París, misioneras en Buenos Aires) –o inclusive extranjeras– cuya migración laboral e inserción como empleadas domésticas en las grandes ciudades tiene una larga trayectoria. Ya en 1976, Elisabeth Jelín observaba cómo las mujeres, para quienes el empleo doméstico representa un enorme peso ocupacional, migran más que los hombres en las ciudades latinoamericanas; una tendencia histórica confirmada por estudios más recientes (Cruz y Rojas, 2000; Lara, 2012).

En este sentido, las históricas relaciones entre migraciones femeninas y tareas de reproducción y cuidados en Argentina, y particularmente en Buenos Aires, permiten cuestionar la idea de una “crisis del cuidado”, global e históricamente situada, que implica el quiebre de un modelo anterior, una retirada del Estado en la provisión de los cuidados y el desarrollo de migraciones que vienen a colmar dicha crisis.[18] En consonancia con la importancia que han tenido las migraciones en la construcción nacional, se han detectado históricamente relaciones entre las movilidades de mujeres y su inserción en la Ciudad de Buenos Aires por medio del empleo doméstico, el cual representaba a la vuelta del siglo XX una puerta de entrada al mercado laboral urbano (Allemandi, 2015). Algunos autores mencionan la existencia a mediados del siglo XIX de un flujo migratorio de mujeres proveniente de la Banda Oriental y de las provincias de la Confederación hacia la Ciudad de Buenos Aires para desarrollar actividades de servicio, en particular doméstico (Massé, 2006; Cacopardo, 2011). Según Allemandi (2015), los niños y niñas trabajadores domésticos eran, en esa misma época, oriundos de Buenos Aires y sus alrededores, de otras provincias del país (Corrientes, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, San Luis), y los extranjeros eran italianos, españoles, franceses, “orientales” y paraguayos. A principios del siglo XX, coexistían en el Litoral migrantes provincianas, europeas provenientes de las masivas migraciones transoceánicas, negras y mulatas, imponiéndose ya en ese entonces jerarquías valorativas entre las empleadas en función de su procedencia, siendo más requeridas y mejor pagas las mujeres provenientes de Francia, España e Italia (Lobato, 2007: 59). Durante la primera mitad del siglo XX, el empleo doméstico representaba un importante sector de inserción laboral para migrantes nativas y extranjeras,[19] aunque las mujeres argentinas de a poco se incorporaron en la pequeña industria urbana y las migraciones regionales todavía se concentran en las regiones fronterizas. Si las relaciones entre migraciones de mujeres y empleo doméstico son históricas, es pasado mediados del siglo XX cuando adquieren la dinámica que todavía las caracteriza. El sector vuelve a absorber mano de obra nativa por el entonces creciente desarrollo de las migraciones internas, de igual modo, migrantes regionales se desplazan hacia las zonas urbanas más importantes, en particular el Área Metropolitana de Buenos Aires (en adelante AMBA). En la capital, el sector se caracteriza desde entonces, como se verá más adelante, por la sobre-representatividad de mujeres migrantes internas y regionales, y la menor presencia de no migrantes.

Si el entusiasmo suscitado por la perspectiva del care ha permitido arrojar luz sobre fenómenos sociales invisibilizados (entre ellos, las migraciones femeninas y su relación con las tareas de reproducción social en contextos de “crisis del cuidado”), también encierra el riesgo de invisibilizar o “eufemizar” otras realidades sociales, por ejemplo, la larga trayectoria de la relación entre migraciones femeninas y provisión de cuidados domésticos. Esta probablemente ha permitido, en contextos de escasez histórica de implicación de los poderes públicos en la materia, que justamente no estallara una “crisis del cuidado” a pesar de que efectivamente se hayan dado factores tales como el envejecimiento de la población y la mayor participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Con estas observaciones, reaparece entonces la necesidad de volver sobre las realidades particulares, no para rechazar, sino para deshegemonizar y complejizar conceptos elaborado en otros contextos sociales y que adquieren con su difusión un sesgo etnocéntrico.

En un marco en el cual, por un lado cierto feminismo dominante, hegemónico y occidental, es cuestionado por grupos feministas del “sur”, cuyas experiencias no son representadas (Mohanty, 2009), y por otro lado –en consonancia con estas críticas– se desarrollan las perspectivas entrelazadas de la dominación, aparecen estudios que no solo focalizan la organización e implicancias del cuidado en los países del “Norte” (de llegada), sino que se interesan por las mujeres que migran para trabajar, y las repercusiones de esa migración en sus vidas y las de sus familias, incluyendo a sus propios hijos, que se quedaron en su país natal. Insertando la problemática del cuidado en una perspectiva global, Arlie Russel Hochschild elabora el concepto de “cadenas globales de cuidado” (global care chain) sobre la base de la llamada “transferencia internacional de cuidado” (international transfer of caretaking), anteriormente desarrollada por Rhacel Salazar Parreñas.[20] Las “cadenas globales de cuidado” hacen referencia a “una serie de vínculos personales entre gentes de todo el mundo, basadas en una labor remunerada o no remunerada de asistencia” (Hochschild, 2001: 188). Por ejemplo: la hija mayor de una familia pobre cuida a sus hermanos, mientras su madre cuida a los hijos de una mujer migrante, la cual cuida de los hijos de una familia en un país rico. Los eslabones son interdependientes y el trabajo de cuidado padece una creciente desvalorización a lo largo de la cadena.

Estableciendo un paralelo con la fuga de cerebros, Hochschild observa una tendencia más oculta cuyas consecuencias son graves: una “fuga” o “drenaje” del cuidado (care drain): “Las mujeres, que suelen cuidar a los niños, ancianos y enfermos en sus propios países pobres, se mudan a los países ricos para cuidar a niños, ancianos y enfermos, en calidad de mucamas, niñeras o asistentes de guarderías y geriátricos” (Hochschild, 2008: 271). Los que mayor tributo pagan por esta fuga son los niños de las mujeres migrantes que quedan a cargo de una abuela y/o de una empleada. Madres e hijos sufren; las madres, entre soledad, añoranza y carencia de afecto reinvierten su amor en los niños que cuidan, participando así de una vasta operación de trasplante global de corazón” (Ibíd.: 276). Mientras los empleadores exaltan el amor de sus empleadas y las virtudes de las relaciones humanas en los países pobres, que serían más “cálidas” y tributarias de lazos familiares y comunitarios fuertes, desconocen el sufrimiento de la cuidadora y sus hijos.Marx habló del fetichismo de las mercancías, no de los sentimientos. (…) De la misma manera en que aislamos la idea que tenemos de un objeto de la escena humana en que este fue producido, también separamos sin advertirlo el amor entre niñera y niño del orden capitalista del amor al cual pertenece en gran medida”, sostiene Hochschild (Íbid.: 280-281). Amor y Oro es el título de la contribución de la autora, donde resalta que las emociones, los sentimientos y los sufrimientos se interrelacionan con los aspectos económicos de las migraciones. Desde los estudios del cuidado, se abren perspectivas que por mucho tiempo habían permanecido ocultas tras sus configuraciones en los países receptores y las investigaciones que allí se desarrollaban. Estos últimos años, ante las dificultades sociales que generan el envejecimiento de las poblaciones y una menor disponibilidad de las “cuidadoras naturales” y gracias al impulso de las teorías del cuidado, se observa un interés creciente por la temática tanto en el mundo académico de los países “desarrollados” como “periféricos” y una diversificación de las perspectivas, incluso aquellas que cruzan el cuidado con las migraciones laborales de mujeres que solventan la demanda.

Cuidado y migraciones laborales femeninas
en Argentina

Argentina y el caso particular de esta investigación, la Ciudad de Buenos Aires, no escapan a estos movimientos que sostienen las necesidades de cuidado. El empleo doméstico, el cuidado de niños y adultos mayores, por ejemplo, representan nichos laborales tanto para migrantes internas como para mujeres inmigrantes del continente. Del mismo modo que existen estudios sobre las migraciones laborales femeninas, a partir de los cuales aparecen múltiples datos sobre su inserción laboral, hay trabajos que analizan el cuidado, su desigual distribución social y las respuestas insuficientes por parte de las políticas públicas. Sin embargo, el cuidado es todavía poco movilizado como categoría analítica que ayuda a reflexionar sobre nuestras sociedades. Desde el punto de vista del trabajo y su distribución, aún son pocas las perspectivas cualitativas que, en las ciencias humanas y sociales, buscan entender “el trabajo del cuidado” (en este caso remunerado) en su materialidad, con sus significados, implicancias y ambigüedades desde la experiencia concreta y las voces de las trabajadoras, y se abocan a desentrañar su organización en relación con flujos e historias migratorios.[21]

Se intenta dar un pantallazo sobre las orientaciones de los estudios sobre migraciones femeninas, empleo doméstico (que suele comprender el cuidado) y cuidado (stricto sensu, el cuidado de personas dependientes) antes de retomar algunos datos ligados a los flujos migratorios que permiten ubicar el “trabajo de cuidado” analizado en un contexto más amplio.

Los estudios que cruzan empleo doméstico y migración son relativamente escasos y conciernen principalmente a la capital argentina (Jelín, 1976; Buccafusca y Serulnicoff, 2005; Canevaro, 2013; Courtis y Pacecca, 2010; Bruno 2011). Más escasos son aquellos que contemplan las realidades provinciales (Magliano et al., 2013, Karasik, 2013), o que articulan cuidado y migración, partiendo del análisis del trabajo de cuidado (Borgeaud-Garciandía, 2012, 2013), de la capacitación en cuidados (Mallimaci, 2017) o de las cadenas de cuidado (Rodríguez Enríquez y Sanchís, 2010). Aunque efectivamente han tenido cierto desarrollo las investigaciones que se centran en las migraciones (incluyendo las femeninas) para abordar las formas de inserción en el mercado laboral y sus procesos de fragmentación (Cacopardo, 2005, 2011; Cerruti, 2005, 2009; Courtis y Pacecca, 2008; Ceriani et al., 2009; Rosas, 2010; Maguid, 2011). Partiendo del empleo, el empleo doméstico, si bien ocupa un lugar circunscrito en la investigación científica, ha sido objeto de análisis por parte de investigadores en sociología (Gogna, 1993; Canevaro, 2009; Gorbán, 2012; Tizziani, 2011; Poblete y Tizziani, 2013; Pereyra, 2015). Los estudios de los empleos remunerados de cuidado siguen siendo marginales, en un país que se caracteriza por un régimen de cuidados familista y feminizado (Rodríguez Enríquez y Sanchís, 2010),[22] que recae principalmente en las mujeres de las redes familiares, en sus roles de esposas, madres, hijas, pero también hermanas o nueras.[23] Objeto de un creciente interés por parte de economistas (Rodríguez Enríquez, 2005), el cuidado es esencialmente abordado del punto de vista de la economía del cuidado (Ibíd.; Esquivel, 2008; Faur, 2008), de la organización del cuidado (Rodríguez Enríquez y Pautassi, 2014) y de los derechos (Gherardi et al., 2012; Pautassi y Zibecchi, 2013; Pautassi, 2013), y todavía poco movilizado por las ciencias sociales cualitativas (Balzano, 2012; Zibecchi, 2013; Findling y López, 2015; Arcidiácono et al., 2015). En estas disciplinas se encuentra fuertemente asociado al cuidado infantil (Zibecchi, op.cit.; Esquivel, Faur, Jelín, 2012; Gorban, 2015). Muchos de los análisis provienen de demandas que emanan de ONG e instituciones internacionales y se centran en la organización social del cuidado y las políticas públicas, con el énfasis puesto en la perspectiva de los derechos humanos (Ibíd., Pautassi y Zibecchi, 2010; Faur, 2014).

Sin embargo, además del empleo doméstico, el cuidado de niños y adultos mayores, a domicilio y en instituciones, cuenta con una proporción importante de migrantes, o, para ser más precisos, son empleos que van apareciendo sucesivamente a lo largo de las trayectorias laborales de las mujeres migrantes extranjeras, argentinas y nativas. Provenientes de la región latinoamericana, los migrantes regionales han sido objeto de una creciente visibilidad, por el aumento de su proporción relativa (Benencia, 2003), su mayor presencia en los grandes centros urbanos y los fenómenos de visibilización y estigmatización en tiempos de crisis (Jelín, 2006). En años recientes, cobraron visibilidad legal, dando un paso en el sentido de revertir la concepción negativa del migrante regional.[24] En esta dirección, por un lado, se aprobó en 2003 una nueva ley migratoria, reglamentada en 2010, que reconoce el derecho de migrar como fundamental e inalienable de la persona, al igual que la importancia del rol de las migraciones provenientes de países latinoamericanos, y reafirma la libre circulación de las personas prevista por el MERCOSUR. Asimismo, se implementó en 2006 el programa de regularización Patria Grande, particularmente abocado a regularizar la situación de los migrantes provenientes de países miembros y asociados al MERCOSUR que residían en Argentina.

Las migraciones limítrofes y la peruana han representado históricamente menos del 3% de la población del país, alcanzando un 3,5% en la actualidad (Castillo y Gurrieri, 2012). Si la tasa sufrió pocas modificaciones a lo largo del siglo XX, los flujos migratorios sufrieron transformaciones, como, a grandes rasgos, el volumen de migrantes según el país de origen (desde los años noventa, disminuye la cantidad de chilenos y uruguayos, y aumenta la de peruanos, paraguayos y bolivianos (Cerruti y Maguid, 2006)), el lugar de llegada (de las regiones fronterizas hacia los grandes centros urbanos y en particular el AMBA), la duración de la migración (temporal vs. prolongada), así como la proporción de hombres y mujeres. De tal modo que la pobreza e inestabilidad política y económica generaron fenómenos de migración (estacional, temporal o definitiva) desde los países vecinos a lo largo del siglo XX. En los años noventa, las crisis económicas conjugadas con los efectos deletéreos de las políticas neoliberales y, en algunos casos, la violencia política (como en Perú) aceleraron las migraciones de trabajadores hacia Argentina, cuyo gobierno había adoptado, en vistas de luchar contra la hiperinflación, una política de convertibilidad monetaria que ataba el valor de la moneda nacional al dólar, de modo que los migrantes conseguían enviar remesas en dólares a sus familias. A pesar de la crisis económica, política y social de 2001, además de la modificación del régimen cambiario, si bien muchos inmigrantes optaron por regresar a sus países de origen, la tendencia migratoria receptora del país se mantuvo. Asimismo, se mantuvo la composición de los flujos, es decir, la predominancia de personas provenientes de Bolivia, Paraguay y Perú; en el caso de Perú, se refuerza su participación tardía y feminizada. Tres extranjeros de diez llegaron al país durante entre los años 2002 y 2010, un fenómeno que probablemente combina diversos factores entre los cuales se destacan el crecimiento económico, la estabilidad política, la demanda de mano de obra y las políticas migratorias más inclusivas (Benencia, 2012).

Cuando ya desde los años sesenta se observa hasta qué punto los empleos domésticos y de cuidado son reservados para las trabajadoras migrantes (Marshall, 1979), la incorporación de trabajadoras provenientes de la región latinoamericana y la feminización de algunas corrientes migratorias laborales (paraguaya y sobre todo peruana) parecen afianzar o profundizar esta tendencia. El empleo doméstico constituye, con el sector de la construcción para los hombres, una suerte de nicho laboral por excelencia para los trabajadores migrantes. Ambos sectores se caracterizan por la inestabilidad, la informalidad y las condiciones precarias en las cuales se desarrolla la actividad. Es interesante observar que con treinta años de diferencia, distintas investigadoras enfocan la necesidad de analizar las relaciones entre trabajo doméstico (o del cuidado) y migraciones femeninas, ya que las migraciones internas y regionales hacia las grandes urbes permitieron que el costo de esos servicios se mantuviera en niveles accesibles para una parte importante de las clases medias (Jelín, 1976; Courtis y Pacecca, 2008).

En los años noventa, se produce en el AMBA un fenómeno de reemplazo parcial de las migrantes internas por migrantes regionales, sea por la desaceleración de las migraciones internas (Courtis y Pacecca, 2010; Ceriani et al., 2009) y/o por efecto de la competencia entre ambos grupos (Cortés y Groisman, 2004), cuando las segundas aceptan trabajar más horas por sueldos más bajos. La competencia existe también entre las migrantes regionales: las peruanas habrían desplazado parcialmente a las trabajadoras paraguayas, debido en parte a su nivel de estudio y de formación más elevado para los mismos empleos (Courtis y Pacecca, 2010; Rosas, 2010). En efecto, y a diferencia de las migrantes provenientes de los países fronterizos, una importante proporción de migrantes peruanos han realizado estudios terciarios o universitarios antes de dejar su país. Sufren con la migración una forma de desclasamiento social, mientras sus conocimientos serán explotados en el marco de sus empleos, sin que esto se traduzca en una compensación financiera.

En relación con la feminización (o no) de algunas corrientes migratorias, las mujeres bolivianas llegan a la Argentina en un contexto de migración familiar, mientras que las migrantes paraguayas y peruanas son a menudo pioneras de la migración y se incorporan en los servicios domésticos y de cuidado, lo que no impide un reagrupamiento familiar posterior. La tasa de masculinidad de las migraciones regionales se ha visto afectada, aunque en menor medida, en el caso de la migración boliviana. En total, esa tasa habría pasado de 117,5 a 86,8 hombres por cada 100 mujeres entre 1980 y 2001 (Courtis y Pacecca, 2008).[25] Ahora bien, cuanto mayor es la feminización de estas migraciones, mayor es su concentración en los grandes conglomerados urbanos, encabezados por el AMBA. Paralelamente, esto se refleja en los servicios domésticos en un sentido amplio. A título indicativo, siguiendo a estas autoras, de 100 empleos domésticos, 45 se encuentran en el AMBA. De esos 45 empleos, el 20% lo ocupan migrantes latino-americanas, cifra que se eleva a 45% cuando se considera solamente la Ciudad de Buenos Aires (Ibíd., 2010).[26] Si se suman las migrantes internas, el total de las trabajadoras domésticas y de cuidado nacidas fuera de la capital alcanza el 80%.[27] La migración proveniente de Perú es la más elocuente: a lo largo de los años noventa, representa el 40% de los flujos migratorios citados, y el 67% de los migrantes peruanos de entre 35 y 59 años son mujeres (Cerruti, 2005; Rosas 2010). Finalmente, según Cerruti (2009: 35), en Argentina “la mayor parte de las mujeres inmigrantes de Perú y Paraguay trabajan en el sector del servicio doméstico [69% y 58,1%, respectivamente (en 2001)]. Esta concentración en uno de los empleos más explotadores (…) es uno de los más elevados en la región y probablemente en el mundo. Se contrapone con la considerablemente menor proporción de mujeres nativas que están empleadas en el servicio doméstico (15,7%)”.

Un último punto: según datos provenientes de la Dirección General de Estadística y Censos porteña, cerca del 10% de las empleadas domésticas que residen en la capital argentina trabajaba sin retiro.[28] Puede suponerse sin demasiado riesgo de equivocación que, por un lado, la existencia de redes informales entre migrantes conjugada con la voluntad de ahorrar y la necesidad de poder contar con una vivienda se traducen en una sobre-representación de estas trabajadoras en los empleos sin retiro, los cuales conforman un “subnicho étnico” aún más desvalorizado dentro del empleo doméstico. Por otro lado, las exigencias del cuidado que necesita un adulto mayor, cuya dependencia justifica los servicios de una cuidadora, también deben traducirse en una sobre-representación de esta actividad en los empleos sin retiro. Estas serán las situaciones que, particularmente marcadas por un compromiso subjetivo muy fuerte y relaciones intensas, retendrán la atención de este trabajo (capítulos 3 y 4). Antes de llegar a eso, se procede a una reconstrucción analítica de trayectorias de trabajadoras, empleadas domésticas y de cuidado a personas dependientes. El análisis de las trayectorias permite ver sus variaciones en función de la historia personal y las situaciones familiares vividas (Magliano et al., 2013), entender la inscripción y los pasajes entre empleos, y analizar los significados que adquieren a lo largo de la vida, aun yendo a contrapelo del sentido común (Borgeaud-Garciandía, 2017a).


  1. Véase, por ejemplo, la crítica desarrollada por Chandra Tapade Mohanty (2009).
  2. Las nociones de “clase”, “sexo”, “raza”, “generación” y otras, conforman categorías de análisis crítico. Reenvían a la producción social y la incorporación de diferencias, sobre la base de relaciones de poder y dominación. En tanto construcción social, la idea de “raza” abarca tanto al aspecto físico como a la forma de expresarse o al origen migratorio supuesto.
  3. La inexistencia en francés de un término equivalente al care lleva a optar por diferentes traducciones (como sollicitude, souci, soin, attention, etc.) que dan cuenta de un solo aspecto del cuidado, dejando ocultos los demás. La búsqueda de la mejor traducción posible y las elecciones que hacen los autores en función de sus sensibilidades ponen de manifiesto el abanico de significados enlazados que comprende el care y las discusiones a las que da lugar.
  4. Las palabras “cuidado” así como sus derivados “cuidador” y “cuidadora”, y en particular la trayectoria histórica y la reciente consagración social de sus usos, han sido también objeto de análisis en Brasil (Guimarães, 2015).
  5. Diccionario de la Real Academia Española.
  6. L. Kohlberg, psicólogo estadounidense, concibió un modelo de desarrollo moral dominante en los años 1980 que lleva, en su mayor expresión, hacia un razonamiento dominado por principios de justicia imparciales y abstractos. C. Gilligan busca explicar el menor desarrollo de las mujeres en la teoría de Kohlberg (o su sesgo de género) como el resultado de formas de abordar los problemas y tomar decisiones que siguen principios diferentes.
  7. Inclusive Gilligan estima, en una entrevista realizada en 2009, que hace falta enfrentar las “preguntas verdaderas”, o sea: “cómo las cuestiones de justicia y de derechos se cruzan con las cuestiones de care y de responsabilidad. La conminación moral de no oprimir –de no ejercer injustamente un poder o abusar de los otros– es indisociable de la conminación moral de no abandonar –de no actuar de manera inconsiderada y negligente, de no traicionar, inclusive uno mismo” (Molinier y Paperman, 2009).
  8. Según Gilligan, las críticas provienen de una lectura errónea de su enfoque, así “a partir del momento en que queda claro que la voz diferente es una voz relacional que resiste a las jerarquías patriarcales, podemos entender las razones de los diversos errores de comprensión y de traducción de mi trabajo y ver que estas interpretaciones erróneas reflejan la asimilación de mi trabajo precisamente a las normas y valores de género que criticaba” (en Molinier y Paperman, 2009).
  9. En textos ulteriores, Gilligan retoma esas críticas proponiendo una distinción entre una ética femenina y una ética feminista del cuidado (Gilligan, 2013).
  10. Estas fronteras son la separación entre moral y política, el punto de vista moral neutro basado en la disociación entre razón y emoción, y la separación entre vida pública y vida privada, esta última asignada al dominio de las mujeres.
  11. Sin embargo, la subordinación aparece en los trabajos de Gilligan a través de la postura crítica adoptada para con el patriarcado. Véase la entrevista de Molinier y Paperman (2009).
  12. Movilización que, en ciertas circunstancias, puede ser defensiva.
  13. Si las mujeres cuidadoras son objeto de la gran mayoría de los estudios, cabe resaltar -contra la naturalización de sus competencias en la materia- algunas investigaciones realizadas con hombres cuidadores (Scrinzi, 2005; Fresnoza-Flot, 2011; Hirata, 2011b; Kilkey, 2014). Se recuerda que, por ejemplo, el servicio público de cuidados domiciliarios de la capital argentina cuenta con 10% de hombres.
  14. Por ejemplo, según A.R. Hochschild, el 40% de las trabajadoras que trabajan legalmente en la economía doméstica en Estados Unidos nacieron fuera de ese país (Hochschild, 2008). En Francia, según Marbot (2006), 28,6 % de las empleadas domésticas son extranjeras y 43 % son hijas de extranjeros (para las cuidadoras, estas cifras son de 15% y 36% respectivamente), contra 4,7 % de extranjeros y 23 % de hijos de extranjeros en el conjunto de los asalariados.
  15. La reflexión que desarrolla Nakano Glenn a partir de las políticas implementadas en Estados Unidos es útil para pensar otras realidades. Por ejemplo, sobre el orden sexista y racista que sostienen las políticas migratorias y sanitarias en Francia y en Quebec, véase Cognet (2010). La autora incluye en su estudio el rol que jugó la Oficina (francesa) para el Desarrollo de las Migraciones en los Departamentos de Ultramar (BUMIDOM) en la afectación en empleos paramédicos subalternos a mujeres que el Estado francés traía de estos departamentos a la Francia metropolitana y capacitaba para este fin.
  16. Con estos conceptos, la autora buscar evitar algunos escollos posibles ligados a la idea de “interseccionalidad” (Crenshaw, 1991), por ejemplo, el riesgo de naturalizar las categorías opacando las relaciones sociales que sostuvieron su construcción y traducirlas en posiciones fijas que no dan cuenta de su naturaleza dinámica (Kergoat, 2009).
  17. Si bien estos estudios son predominantes, se ha de subrayar la importancia de las movilidades relacionadas con actividades remuneradas de cuidado de mujeres entre países del hemisferio Sur (Borgeaud-Garciandía y Georges, 2014) así como el desarrollo de su análisis. Podemos mencionar las migraciones en el seno del continente latinoamericano (peruanas en Chile, nicaragüenses en Costa Rica, paraguayas en Argentina y Brasil, etc.), pero también las migraciones intercontinentales (enfermeras indias en los países del Golfo, empleadas domésticas de Sri Lanka en el Líbano, empleadas domésticas y cuidadoras filipinas en el Golfo, el Líbano, y en América Latina: México o –más recientemente– Brasil, etc.).
  18. Estas reflexiones son deudoras de los intercambios con María José Magliano y Ana Inés Mallimaci Barral hacia quienes se dirige la más sincera gratitud. Las interpretaciones ofrecidas son de entera responsabilidad de la autora.
  19. Los autores consultados subrayan la dificultad de establecer porcentajes certeros a partir de los datos existentes. Dada la masividad de las migraciones europeas, podemos suponer que las extranjeras provienen en gran parte del viejo continente.
  20. Así, para Parreñas, “la migración y el ingreso de mujeres filipinas en el mercado del trabajo doméstico constituye la división internacional del trabajo reproductivo. Este tipo de división del trabajo, que denomino transferencia internacional del cuidado, se refiere a la transferencia en tres pasos del trabajo reproductivo entre mujeres en los países que envían y en los que reciben inmigrantes. Mientras que las mujeres de clase acomodada pagan el trabajo doméstico barato de las migrantes filipinas, estas a su vez pagan salarios aún más bajos a las mujeres pobres en Filipinas que realizan el trabajo doméstico en sus hogares. En otras palabras, las trabajadoras domésticas migrantes emplean a mujeres pobres en Filipinas para poder realizar ese mismo trabajo reproductivo que ellas realizan para las mujeres ricas en los países receptores de migración” (2000: 561); mientras, como lo vemos en la definición de Hochschild, otra mujer o una hija, se hace cargo del trabajo reproductivo en el hogar de la cuidadora más pobre.
  21. En América Latina, la temática del cuidado comienza sin embargo a conocer cierto desarrollo, como lo muestra su presencia en los grandes congresos regionales (ASET, ALAST, LASA, etc) y la multiplicación de proyectos, programas de investigación y seminarios así como de libros y dossiers temáticos (a título de ejemplos y sin ser exhaustivos, en Brasil: Hirata y Guimarães (2012), Hirata y Debert (2016); en Colombia: Arango Gaviria y Molinier (2011); en Ecuador: Gutiérrez Rodríguez y Vega (2014), Herrera (2013); en Bolivia: Salazar, Giménez y Wanderley (2011); en Uruguay: Batthyány (2015); en Argentina: Arcidiácono et al. (2015), Magliano et al. (2016), etc.).
  22. En el régimen “familista”, “la responsabilidad del bienestar corresponde a las familias y a las mujeres en las redes de parentesco” (Batthyány, 2013: 390). En Argentina, Rodríguez Enríquez y Sanchís (2010: 20) recuerdan que “las políticas públicas relativas al cuidado y la salud de las personas mayores, se restringen a acciones subsidiarias del cuidado familiar y, por ende, se focalizan en aquellas personas que no cuentan, por inexistencia o incapacidad económica, con el mismo. La provisión de servicios de cuidado se canaliza a través del Programa de Atención Médica Integral (PAMI) y del Programa Nacional de Cuidados Domiciliarios”. Sobre este último programa, ver Borgeaud-Garciandía (2015).
  23. Según María Julieta Oddone, en la Ciudad de Buenos Aires “el 5% de la población de adultos mayores recibe cuidados especializados dentro del ámbito familiar” (las situaciones posteriormente analizadas se sitúan dentro de este porcentaje) y dentro de los cuidadores familiares, el 88% son mujeres. Además, el 80% tiene más de 50 años, el 60% está con el de adultos mayores asistidos más de 5 horas diarias y el 72% lo hace cotidianamente (Oddone, 2012: 76).
  24. En el momento del cierre de este libro, el gobierno electo en noviembre de 2015 da algunos signos que apuntan hacia una mayor estigmatización de los migrantes y su asociación con el delito.
  25. A partir del censo de 2010, algunos autores ponen de manifiesto el componente mayoritariamente femenino de esos flujos (Calvelo, 2012). Observemos que el hecho de contar con corrientes feminizadas no dice nada de su proceso de feminización. Dicho de otra manera, pueden ser “feminizadas” pero conocer procesos inversos de progresiva masculinización (como se ha observado en las migraciones hacia países del “Norte” (Pellegrino, 2007; Lara, 2012)). Otros estudios subrayan una tendencia ligeramente a la baja que puede ser debida al reagrupamiento familiar y/o a los efectos de la reactivación económica, que habría beneficiado esencialmente al empleo masculino, como en la construcción que concentra mano de obra migrante masculina (Castillo y Gurrieri, 2012).
  26. Estas proporciones corresponden a las grandes áreas urbanas y en particular al AMBA. Rosas et al. (2015) recuerdan que la situación es heterogénea a lo largo del país y que fuera del AMBA la presencia de las migrantes internacionales en el sector doméstico es mucho menos significativa.
  27. Según cifras de la Dirección General de Estadística y Censos porteña, el 34,5% de las empleadas domésticas de la capital proviene de un país limítrofe, el 13,9% de Perú, casi el 32% son migrantes internas y el 19,8% nacieron en la misma ciudad.
  28. Hace falta tomar con pinzas estas cifras, que varían considerablemente en función de las fuentes. Se ha elegido esta fuente por ser reciente (2014) y referirse a la Ciudad de Buenos Aires.


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