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Prefacio

Se celebra la publicación de la primera obra sobre el trabajo de cuidado que, en América Latina, ofrece datos empíricos inéditos sobre el trabajo de cuidado domiciliario de adultos mayores, inserto en un marco teórico sólido a partir de las perspectivas sobre cuidados, desarrolladas en los Estados Unidos desde los años 1970 y en Francia desde mediados de los años 2000.

Si bien en Francia estas investigaciones no tienen más de 10 años de existencia, en América Latina y Central son todavía más recientes a pesar de un interés creciente. Ha habido algunas sobre las trabajadoras de las instituciones geriátricas, gerontología, enfermería y salud pública, pero las investigaciones científicas en curso sobre el cuidado en Colombia, Uruguay, Argentina, Chile, México, Nicaragua y Brasil se remontan en gran parte a fines de los años 2000 y, sobre todo, a principios de los 2010. Este movimiento de la investigación se da simultáneamente con el interés de los poderes públicos por la cuestión del cuidado en América Latina, lo cual aparece de manera muy clara en el documento de base de la XI Conferencia Regional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de la Naciones Unidas, en 2010. Este documento contiene un capítulo sobre la “economía del cuidado” que retoma la definición de ese concepto por la politóloga estadounidense Joan Tronto (2009).[1]Se puede por ende afirmar que el libro de Natacha Borgeaud-Garciandía aborda una temática de gran actualidad internacional, en un contexto de crecimiento de la población mayor de 65 años y de la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo en todos los países.

Dicha actualidad se evidencia igualmente en el libro en la articulación del trabajo de cuidado con la problemática de las migraciones internacionales, en el contexto de una globalización que se desarrolla desde hace unas dos décadas. La cuestión del “sexo de la migración” es hoy central y se considera que los migrantes que van a realizar el trabajo de cuidado son en su gran mayoría mujeres. La globalización del cuidado contribuye a poner sobre la escena pública cuestiones hasta entonces encerradas en la esfera privada, inclusive en la intimidad.

El trabajo de cuidado plantea preguntas recurrentes a la sociología del trabajo: el tema del reconocimiento de las cualidades llamadas “femeninas” (la atención al prójimo, la competencia relacional) como competencias profesionales se vuelve central. Tanto hoy como en la época de Pierre Naville y Georges Friedmann (Naville y Friedmann, 1961-1962; Lallement, 2010), se considera que los hombres poseen “cualificaciones” y las mujeres “cualidades” percibidas como naturales, innatas, en la medida en que no se adquirieron con la capacitación profesional. El desafío es, en consecuencia, considerable: hacer que se reconozca en la esfera pública el trabajo realizado esencialmente por mujeres en la esfera privada y la transformación del trabajo doméstico en trabajo mercantil –eventualmente efectuado en marcos laborales mixtos, también por hombres–. De igual manera, se espera su reconocimiento tanto a nivel social y simbólico, como en términos de mejor retribución monetaria. No deja de sorprender que el cuidado se encuentre tan desvalorado y mal remunerado, sabiendo que en él descansa la responsabilidad de mantener en vida seres frágiles y dependientes, adultos mayores, niños y niñas, personas enfermas o discapacitadas. No deja de sorprender que el trabajo de cuidado esté tan desigualmente distribuido, cuando se sabe que somos todos vulnerables (Paperman & Laugier, 2005) y seremos potencialmente dependientes de alguien en un momento u otro de nuestras vidas.

En el primer capítulo del libro, Natacha Borgeaud-Garciandía presenta una síntesis muy lograda de las teorías y los debates del care tal como empezaron a desarrollarse en el mundo anglosajón, y en particular en los Estados Unidos, a través de las ideas de Carol Gilligan (2008) y Joan Tronto (2009). Retoma asimismo el desarrollo que estas han tenido más recientemente en Francia gracias a Sandra Laugier, Pascale Molinier y Patricia Paperman (Paperman & Laugier, 2005; Molinier, Paperman & Laugier, 2009). A partir de estas perspectivas teóricas, Borgeaud-Garciandía retoma una definición del cuidado (care) en la cual, manteniendo siempre una mirada crítica para con toda forma de naturalización de los sentimientos y las cualidades, no se disocian actividad y disposición moral, atención hacia el otro y práctica, trabajo y ética. Se inscribe en la línea de la definición holística de Fisher y Tronto (1990) según la cual el care es “una actividad característica de la especie humana que incluye todo lo que hacemos en vistas de mantener, sostener o reparar nuestro mundo de manera tal que podamos vivir en él lo mejor posible”. Este punto de vista se ve teórica y empíricamente reflejado en el relato de una cuidadora que responde a la familia de un anciano ante la pregunta de si no siente vergüenza de verlo desnudo y asco de tener que limpiar sus materias fecales: “El atender a una persona es atenderlo en todo lo que necesite (…) yo no le tengo asco (…) porque todos somos humanos, todos ocupamos, todos hacemos lo mismo” (p. 207). Cuidar es compartir una humanidad común y simultáneamente no imponer su punto de vista; es estar atento a las necesidades y deseos del prójimo: “Porque siempre les decía: «Yo estoy acá para cuidarlos, no para imponer; usted me dice qué le gusta y yo lo hago»” (p. 247). Cuidar es, finalmente, ponerse en el lugar de ese otro al que se cuida. A fin de orientar al lector y enmarcar teóricamente la investigación en el espacio en el cual se desarrolló, ese capítulo se completa con los aportes provenientes de las investigaciones argentinas sobre las temáticas de las migraciones femeninas y los empleos de cuidado en ese país.

En el segundo capítulo, la autora presenta las trayectorias complejas de las trabajadoras del cuidado (empleadas domésticas y cuidadoras) que migraron a la Ciudad de Buenos Aires. Lo hace en dos etapas: la trayectoria antes y después de la migración; a veces migración interna, pero en su mayoría internacional. Introduce y analiza en profundidad diez historias de vida de las cuarenta entrevistas que realizó. Una primera originalidad de su investigación en relación con los trabajos de más visibilidad internacional de sociólogos como Saskia Sassen (1984), Rhacel Parreñas (2000) o Barbara Ehrenreich y Arlie Hochschild (2003), que estudiaron movimientos migratorios de países del “Sur” hacia países del “Norte”, consiste en concentrarse en movimientos entre países del Sur: de Perú y Paraguay hacia Argentina. Una segunda originalidad proviene de los resultados de su investigación: a diferencia de las migrantes analizadas por Parreñas o Hochschild, aquellas entrevistadas por Borgeaud-Garciandía a veces hacen migrar a sus hijos y/o a sus parejas desde su país de origen. El tema de la distancia con respecto a los hijos se plantea entonces de otra manera; el abanico de las situaciones observadas, así como sus efectos y consecuencias, es más amplio. A veces aumenta y complejiza el trabajo doméstico. Así, una de las cuidadoras, que trabaja sin retiro, se va cada día a la hora de su descanso hasta la casa donde viven sus hijos para estar con ellos, prepararles la comida, lavar su ropa. Si bien madres e hijos suelen vivir en estos casos en hogares separados, la autora relata el caso de una cuidadora que vive con su hijo en la casa de la anciana que cuida, con la complicidad de esta última, de la vecina, del portero y a escondidas de su empleadora, la hija de la anciana, que probablemente no aceptaría tal acuerdo.

Sin embargo, situaciones afines con aquellas descritas por Parreñas o Hochschild también aparecen: “En ocasiones, aunque no se verbalice, los relatos dejan transparentar –en los hijos que no quieren hablar con sus madres– (…) formas de deterioro [familiar]” (p. 100); situaciones de desmejora de las relaciones madre-hijos, que pueden resultar, para la autora, “de la dificultad de construir estabilidad afectiva a distancia(Ibíd.).

La presentación de estas trayectorias por las cuidadoras y el significado que para ellas tienen es privilegiada por Natacha Borgeaud-Garciandía, a la vez que, para los lectores que somos, esclarece este sentido gracias a la elaboración de una reflexión en base a la imbricación del género, la clase y la raza en el contexto migratorio. En efecto, la cuidadora migrante “deberá aprender tanto los códigos lingüísticos, como los culturales y obviamente los laborales” (p. 159). Resultan de particular relevancia las páginas de ese capítulo en las cuales la autora explicita las relaciones entre violencias conyugales y trayectorias migratorias. Borgeaud-Garciandía defiende, a lo largo del libro, una perspectiva holística de las experiencias subjetivas: “Sujetos que no son trabajadoras o migrantes o madres o militantes o mujeres golpeadas…, sino que se construyen a partir de la multiplicidad de sus experiencias, entre historia individual, historia familiar e historia social”(p. 111).

En el tercer capítulo, es la actividad misma de cuidado la que se vuelve objeto de un examen minucioso –una actividad profusa, estresante, que exige la entera implicación del cuerpo y de la subjetividad en el ejercicio del trabajo. La autora parte del presupuesto según el cual “todo trabajo implica una movilizacion subjetiva y afectiva del trabajador” (p. 45). El conjunto de los debates y controversias en torno al trabajo de cuidado toman cuerpo en este capítulo que encantará, por la riqueza y la fineza de los análisis, tanto a los sociólogos como a los psicólogos del trabajo.

Borgeaud-Garciandía demuestra que uno de los elementos que caracteriza el trabajo de cuidado es la responsabilidad, más que un conjunto de actividades o –menos aún– de gestos afectivos. Cuando la relación de cuidado “funciona”, esta responsabilidad asumida tiene como corolario, del lado de la persona cuidada, la afirmación progresiva de un sentimiento y una relación de confianza. El capítulo está repleto de largas citas que detallan la relación de cuidado con los adultos mayores en contextos de gran dependencia, en varios casos debida a la presencia de enfermedades neurodegenerativas. Muestra cómo las cuidadoras construyen sobre la base de las experiencias sucesivas “habilidades” que no son fruto de una formación específica, sino el resultado de la práctica, del ejercicio de la paciencia y de la imaginación. Páginas impactantes son dedicadas a la sexualidad de los adultos mayores y la confrontación de las cuidadoras con sus manifestaciones. El cuidado “integral” para la reproducción de la vida, con lo que implica de coraje, puede en algunas condiciones, según Natacha Borgeaud-Garciandía, permitir superar el trabajo “sucio” para acceder a la obra, en el sentido de Hannah Arendt (1961), lo que para las cuidadoras significa un trabajo “bien hecho”, “con amor”. Hacer frente a los conflictos intrafamiliares y conyugales en su lugar de trabajo es parte de esta definición.

En el Capítulo 4, que cierra el libro, Borgeaud-Garciandía presenta el caso de Estrella, una cuidadora migrante oriunda de Perú, para mostrar cómo el conjunto de las características de este trabajo, presentadas y analizadas en los capítulos anteriores, se materializan en esta figura arquetípica. El relato de Estrella abarca un período de 25 años, desde su llegada a Buenos Aires hasta hoy, ya que sigue trabajando cuidando a una señora discapacitada relativamente joven, a pesar de tener cerca de ochenta años. Estrella cuenta su itinerario partiendo de un presente cargado con los recuerdos de los adultos mayores que cuidó, pero también teñido de proyectos. Natacha Borgeaud-Garciandía muestra cómo la multiplicidad de experiencias le permite a la cuidadora formalizar su experiencia de trabajo. Estrella puntualiza lo que para ella significa “cuidar” y cómo se debe “querer” a los adultos mayores, que según ella sufren de indiferencia o del abandono de sus familias. Además de su experiencia se beneficia con una capacitación incompleta y por correspondencia en enfermería (en su país de origen) y de los cuidados que le brindó a su propio padre enfermo. El aspecto técnico de su trabajo aparece incrustado en la aprehensión de su actividad como trabajo de amor y de don de sí. La autora analiza las razones que hacen que los afectos ocupen un lugar tan importante para las trabajadoras: son a la vez subjetivamente centrales, defensivas y constituyen un componente esencial de lo que denomina a lo largo del libro “el trabajo de la relación”.

En las palabras finales, Borgeaud-Garciandía retoma la problemática de la relación entre sociología y emociones, y la legitimidad de un enfoque desde la subjetividad que representa el punto de partida de su libro. De esta manera, interpela uno de los paradigmas de la sociología general, de jerarquización e infravaloración de las emociones y los sentimientos con respecto a la razón y la cognición (Paperman, 2013: 24 y ss.). Su libro demuestra exhaustivamente que tal jerarquización entre razón y sentimientos, individuo y colectivo, social y moral, no es pertinente para entender el trabajo de cuidado en el cual las fronteras entre, por un lado, los afectos, el “amor” y las emociones y, por otro, lo cognitivo, la técnica, las prácticas materiales, son fluidas. La autora le dedica, en estas palabras finales, páginas muy intensas al análisis de la multidimensionalidad del cuidado.

Quisiera aquí retomar algunas temáticas abordadas en la obra que reenvían a controversias centrales y muy actuales en el campo de las investigaciones sobre el cuidado. El primer tema corresponde a la interseccionalidad. Natacha Borgeaud-Garciandía muestra el interés de analizar su terreno a partir de las perspectivas de la interseccionalidad, las cuales “buscan complejizar las relaciones de dominación (inclusive entre mujeres) articulando las pertenencias o asignaciones de género, clase «raza», generacionales, por orientación sexual, etc.” (p. 32). La perspectiva interseccional aclara y vuelve comprensible las trayectorias familiares y profesionales de las cuidadoras entrevistadas, cuyas citas muestran claramente la interdependencia de las relaciones de poder.

El segundo tema concierne la cuestión de la profesionalización y de la formación. Tratándose aquí de “cuidadoras domiciliarias”, el rol de la experiencia, de las vivencias, y de las competencias relacionales, aparece de inmediato. Solamente las poquitas mujeres que recibieron una capacitación (por ejemplo, en enfermería, aunque también podría ser en cuidados domiciliarios) se refieren a la importancia de tener conocimientos técnicos. Este tema se encuentra estrechamente ligado con el de la mercantilización del cuidado y sus límites evidentes en un contexto en el cual el trabajo doméstico y el de cuidado se entremezclan y se encuentran asociados al trabajo realizado gratuitamente por las mujeres dentro de sus hogares.

Esta cuestión evoca el tercer tema: la crítica al naturalismo o al esencialismo, perspectivas según las cuales las mujeres estarían por naturaleza o esencia destinadas al trabajo de cuidado. La construcción social del cuidado se encuentra claramente ilustrada por competencias relacionales que desarrollan personas que “no nacieron sabiendo cuidar, lo aprendieron (muchas veces desde niñas)” (p. 45). Eso significa que los hombres también pueden realizar ese trabajo, como demuestra claramente Francesca Scrinzi (2013) con trabajadores inmigrantes latinoamericanos, o mi propia investigación en Japón, donde pude constatar que el 35% de los cuidadores de las instituciones geriátricas de ese país son de sexo masculino (Hirata, 2011b).

El cuarto tema tiene que ver con la cuestión del amor, o la expresión de amor, como la relación que une a la cuidadora con el adulto mayor que cuida. Se impone con fuerza en el cuarto capítulo, que presenta el relato de Estrella: “No sé si habrá sido siempre mi vocacion, al menos pienso yo que siempre lo he hecho bien, con todo el amor” (p. 248). Esta cuestión reenvía a una controversia muy actual. Natacha Borgeaud-Garciandía cita a varias cuidadoras domiciliarias que hablan de “amor” por sus asistidos, yendo en la misma dirección que Pascale Molinier cuando considera que “lo que cuenta, es lo que [las cuidadoras] dicen”. Se trata, para Molinier, de una ética científica. Lo que importa es escuchar lo que las cuidadoras comparten de sus experiencias únicas, irreductibles. El tema del amor y del afecto como componente ineludible del cuidado, Molinier lo plantea y trata en términos de confrontación y disensión entre clases y categorías socio-profesionales, que incluyen la oposición, dentro de las instituciones geriátricas, entre los puntos de vista de responsables y trabajadoras del cuidado sobre el lugar y rol de ese “trabajo de amor”.[2] Si este aspecto de la controversia es pertinente en el caso del trabajo de cuidado en instituciones geriátricas, lo es mucho menos para las cuidadoras domiciliarias para quienes esta jerarquía no existe. Sin embargo, el afecto como consecuencia ineludible del trabajo de cuidado para las cuidadoras, aun fundamentalmente marcado por el sello de la ambivalencia, está continuamente presente en los relatos de las mujeres entrevistadas por Borgeaud-Garciandía, que lo transforma en objeto de análisis. Es interesante observar que, en el caso de las cuidadoras con altos niveles de profesionalización, que trabajan en varios domicilios por día, una o dos veces por semana con cada asistido –como se puede observar por ejemplo en Francia o en Japón– apelan menos al “amor” para definir las relaciones entre cuidadora y persona cuidada. Para que el lazo de “amor” se construya parece importante que la relación se extienda en el tiempo, sea en términos de horas trabajadas o de antigüedad de la relación.

En un número de la revista Cahiers du Genre (nº49, 2010) escribíamos Natacha Borgeaud-Garciandía, Efthymia Makridou y yo misma, como conclusión de la reseña sobre diferentes obras sobre el cuidado, editadas en Francia entre 2005 y 2009: “Llegar a un conocimiento sociológico del cuidado implica dar la palabra y estar preparado para escuchar a aquellos y aquellas que lo realizan, sus experiencias y las maneras de contarlo, y tomar en serio las dimensiones morales a través de las cuales se refieren a ellas. Aun si, como hemos visto, esos relatos y la escucha no son, ni unos ni otra, fáciles. El desafío es, en muchos sentidos, considerable”.

Borgeaud-Garciandía afrontó el desafío y, a partir de sus resultados empíricos y de sus conceptualizaciones teóricas originales, logró demostrar cómo el cuidado puede ser aprehendido, entendido, escuchado, analizado e interrogado. De este libro desbordante de ideas, experiencias, pistas de investigación, de este libro muy denso, del cual es imposible restituir aquí toda la riqueza, cada lectora y lector encontrará elementos de reflexión y momentos de emociones.

Les aportará conocimientos, sugerencias de lectura, material de reflexión a investigadores y universitarios, pero también a estudiantes, funcionarios ministeriales, trabajadores sociales, sindicales, militantes de movimientos sociales, profesionales de la salud: médicos, enfermeros, psicólogos, psicoanalistas y las mismas cuidadoras.

 

Helena Hirata[3]

París, 2016


  1. Se pueden consultar las referencias bibliográficas completas al final de la obra.
  2. Por un lado, el equipo directivo afirma que el cuidado consiste en un conjunto de actos técnicos con los cuales no hay que mezclar los afectos. Por otro, las auxiliares de enfermería y las cuidadoras dicen que es el amor por los adultos mayores que las hace actuar.
  3. Directora de Investigación emérita del CRESPPA-GTM, Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), Francia, y profesora invitada internacional en el Departamento de Sociología de la Universidad de San Pablo, Brasil.


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