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Introducción

Alfonsina Albertí, José Martín Bageneta y Melina Neiman

Vivimos un momento de transformaciones profundas en la organización del capitalismo a escala global. El presente libro se inscribe en ese contexto para analizar lo que ocurre en los mundos rurales y agrarios: cómo las grandes tendencias del sistema mundial se territorializan, se procesan y producen efectos concretos sobre las formas de producir, trabajar, organizarse y reproducir la vida en los espacios rurales de Argentina y América Latina. Lo hacemos desde una posición particular: la del sur global, la de una sociedad que produce materias primas para el mundo, pero que a la vez experimenta en sus territorios las contradicciones del capitalismo agrario contemporáneo.

El escenario planetario está atravesado por transiciones simultáneas en múltiples planos. En lo geopolítico, asistimos al declive de la hegemonía norteamericana y occidental y al ascenso de Asia como polo de poder económico y político. En lo energético, se proclama una transición desde los combustibles fósiles hacia las energías renovables, cuya materialización es aún desigual y disputada. En lo tecnológico, la digitalización de la agricultura y la inteligencia artificial comienzan a redefinir los procesos productivos. En lo productivo-alimentario, las cadenas globales de valor agrícola concentran poder en pocas corporaciones que articulan áreas de producción en el sur con mercados de consumo en el norte. En lo ambiental, los límites planetarios se hacen cada vez más evidentes, con una crisis climática que ya no admite ser tratada como proyección futura. Y en lo político-societal, asistimos a la emergencia de nuevas derechas, a reconfiguraciones de los movimientos sociales y a debates renovados sobre el desarrollo, el género y la democracia.

El mexicano Armando Bartra conceptualizó este conjunto de transformaciones como una crisis civilizatoria. En la misma dirección, Philip McMichael (2023) advierte sobre una serie de crisis globales articuladas –sociopolíticas, económicas y ecológicas– que hacen de este un momento histórico singular. No se trata de perturbaciones pasajeras del sistema, sino de expresiones de sus contradicciones estructurales. El capitalismo, como señalara Karl Polanyi (2017), ha destruido los lazos que articulaban la economía con la comunidad y la naturaleza: la ficción del mercado autorregulado, nacida al calor de la Revolución Industrial y exportada luego a nivel planetario, marginalizó formas de organización fundadas en la reciprocidad y la redistribución. La crisis actual es, en parte, el resultado acumulado de esa destrucción.

La emergencia climática merece una atención particular en este marco. El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, ha señalado en julio de 2023 que hemos pasado de la era del calentamiento global a la del hervidero global. Los datos indican que los últimos años han registrado las temperaturas más altas de la historia reciente. Las proyecciones más conservadoras estiman que, de mantenerse las tendencias actuales, el mundo podría perder la mitad de su superficie apta para cultivar café para 2050, que un tercio de las tierras cultivables ya se encuentran significativamente degradadas y que las reservas de suelos fértiles se agotan a un ritmo alarmante (McMichael, 2023). Para el agro, esto no es una amenaza abstracta: la inestabilidad climática constitutiva que se abre como período pondrá en crisis la práctica agrícola extensiva, la división internacional de la producción que coloca al sur global en dependencia de sus cosechas récord para obtener divisas y las formas de trabajo y organización que sostienen la producción alimentaria global.

Este libro se conformó a partir de la lectura de textos aportados por los/as integrantes de las distintas líneas de estudio de nuestro programa Trabajo, Hogares y Organizaciones en Espacios Rurales del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL) del CONICET. La consigna que nos fijamos era amplia, pero a nuestro entender motivante: textos “canónicos” o de reciente publicación que estuvieran interpelando los debates actuales sobre el mundo social agrario.

Sobre este fondo, el libro que tiene en sus manos aborda las transformaciones del mundo social agrario argentino desde una perspectiva que articula lo global con lo local, las grandes tendencias estructurales con las configuraciones territoriales específicas, los marcos teóricos con la evidencia empírica. La pregunta que organiza el conjunto es cuáles son las características que asume y que podría asumir el mundo social agrario en la transición actual.

El agro en el capitalismo global contemporáneo

Para comprender el presente del agro argentino, es necesario trazar, aunque sea esquemáticamente, el arco de transformaciones que lo ha producido. En una mirada retrospectiva de largo aliento, el sector agrario occidental inserto en la dinámica capitalista atravesó movimientos progresivos y contradictorios. Desde fines del siglo XIX, la industria como sector de punta coloniza la producción agraria; la revolución verde de mediados del siglo XX fue su momento de coronación, promovida y sostenida centralmente por los Estados Unidos en su avance hegemónico. Desde los años setenta, junto con las bases materiales del neoliberalismo, la revolución genética, la tecnología de procesos y la industria de los chips marcaron el paso hacia un giro posindustrial que, en los términos de algunos autores norteamericanos[1], trazaba una línea directa del consumidor al productor primario. El último cuarto de siglo, en sintonía con el desarrollo capitalista, vio además el avance de la financiarización del agro: la incorporación de los mercados agrícolas al funcionamiento de las finanzas globales prefigura no la disolución de la dimensión industrial, sino una posible síntesis con los servicios.

La agricultura aparece también traccionada por las transformaciones del consumo: patrones de calidad alimentaria vinculados a preocupaciones de salud y cuidado ambiental impulsan nuevas normativas, protocolos y certificaciones. El capital trasvasa la división internacional de la producción al integrar áreas de producción en el sur y mercados de consumo en el norte mediante el control de cadenas de valor agrícolas (Steimbreger, 2014; Moraes y Cutillas, 2014). La “sostenibilidad”, las “buenas prácticas” y la “responsabilidad social” emergen como dispositivos discursivos funcionales a estrategias territoriales de las agroindustrias en el marco del proceso de acumulación ligado a las llamadas “agriculturas de calidad”.

A la clásica división del mundo entre el sur productor y el norte consumidor, se suman nuevas divisiones y alianzas a partir de los conflictos bélicos recientes –el conflicto entre Rusia y Ucrania, mayor productor mundial de trigo, tiene impactos directos sobre los mercados de alimentos–, así como la disputa entre bloques geopolíticos por el acceso a insumos derivados del petróleo. El precio internacional de las materias primas agrícolas se convirtió en un factor central en la organización de los territorios, redefiniendo los márgenes de intervención estatal.

A partir de la década de 1980, lo que McMichael (2005) denominó “régimen agroalimentario corporativo” se consolidó: una creciente financiarización de la agricultura, marcada concentración de capitales, expansión de firmas transnacionales, retorno de una agricultura de exportación basada en ventajas comparativas. Desde comienzos del siglo XXI, se intensificaron los procesos de acaparamiento de tierras (land grabbing) en distintas regiones del mundo –especialmente en África, América Latina, Asia y Europa del Este–, que en nuestro país adoptaron, algunas veces, la forma de desplazamientos violentos, pero que frecuentemente consistieron en mecanismos graduales de desposesión que obligaron a amplios sectores campesinos a incorporarse como proletarios agrícolas o a migrar hacia mercados laborales urbanos precarios (Harvey, 2004; Haesbaert, 2011).

La transición capitalista que atravesamos no es neutral ni técnicamente gestionable. Implica decisiones políticas sobre quién produce, cómo produce, para quién y en qué condiciones. En este proceso, los Estados nacionales han visto reducido su margen de autonomía, en el marco de una reconfiguración más amplia del rol que estos han desempeñado históricamente en el capitalismo: las condicionalidades del capital financiero transnacional, los tratados de libre comercio y los regímenes internacionales de propiedad intelectual restringen crecientemente los instrumentos disponibles para regular la producción, el mercado de tierras y las condiciones laborales en el agro. En ese sentido, la llamada “doble posición” que reconocen algunos autores resulta fértil: sin la razón científica, no hay identificación de evidencias del cambio climático, pero a la vez no puede olvidarse la vigilancia poscolonial sobre los conceptos universales con que esos sucesos son narrados y gestionados (Chakrabarty, 2019). El cambio climático refuerza las inequidades del capitalismo: sus consecuencias no se distribuyen igualitariamente entre quienes lo causan.

Argentina, el capitalismo agrario y la relación global-local

Argentina es un caso paradigmático de la articulación entre dinámicas globales y configuraciones locales en el capitalismo agrario. Su inserción en los mercados mundiales como productora de materias primas –con el complejo sojero como emblema, pero lejos de ser el único– ha tenido consecuencias profundas sobre la estructura agraria, los sujetos sociales y los territorios, de las cuales intentaremos delinear –sintéticamente– algunos rasgos debajo. Esa incorporación no fue el simple resultado de fuerzas de mercado: fue mediada, habilitada y gestionada activamente por el Estado en sus distintos niveles, y produce configuraciones específicas según las trayectorias regionales.

Para una sucinta contextualización del eslabón exportador agrario en Argentina, cabe señalar una continuidad estructural a lo largo de los siglos XX y XXI: la gravitación preponderante de capitales extranjeros en ese segmento, con las excepciones históricas correspondientes –durante el primer peronismo–. Esto ocurrió aun cuando, en términos generales, el sector primario fue perdiendo peso relativo en el producto bruto interno (PBI) a escala global.

Esa continuidad convivió, sin embargo, con mutaciones en el origen del capital, que acompañaron los desplazamientos de la hegemonía geopolítica mundial. En 1970, capitales europeos –belgas, con Bunge & Born, y franceses, con Louis Dreyfus– concentraban el 45 % de las exportaciones de granos. Hacia 2002, la gravitación se había desplazado hacia empresas de origen norteamericano o con participación de ese capital –Archer Daniels Midland Company (ADM), Cargill y Bunge–, que explicaban cerca del 40 % del total. En 2025, el escenario presenta una mayor cantidad de actores y consolida la novedad de la procedencia china: Cofco International se posicionó como segunda exportadora con 12,29 millones de toneladas despachadas, mientras que el liderazgo del ranking correspondió por segundo año consecutivo a Cargill, con 17,3 millones de toneladas y una participación del 16 % –la más alta de la última década. El capital nacional, por su parte, se mantiene presente aunque en posiciones secundarias, con AGD (9,23 millones de toneladas), ACA (6,01 millones) y Molinos Agro (5,74 millones). En conjunto, las cinco primeras empresas –todas de capitales multinacionales– concentraron el 61,5 % de los embarques totales, que alcanzaron las 105,5 millones de toneladas, el tercer registro más alto de la última década (BCR, 2025).

Paralelamente, la composición cualitativa de las exportaciones se transformó de manera significativa: si en los años setenta predominaban los granos crudos, en 2025 el grueso del valor agrario exportado corresponde a productos industrializados –harina, aceite y poroto de soja–, segmento en el que Argentina es el mayor exportador mundial (Dellachiesa, 2003; Hora, 2012; BCR, 2025).

Este recorrido no puede desvincularse de los debates sobre modelos de desarrollo agrario que atravesaron buena parte de la segunda mitad del siglo XX y que continúan, bajo nuevas formas, en las últimas décadas. Las posiciones en disputa pueden esquematizarse en tres grandes orientaciones. Una primera, de corte neoextractivista, cuestiona los efectos socioambientales del modelo vigente y sus límites para sustentar un proyecto nacional. Una segunda, de orientación neodesarrollista o heterodoxa, no rechaza la inserción exportadora, pero la subordina a condiciones: diversificación de la matriz productiva, agregado de valor y desarrollo del mercado interno. Una tercera, de raíz ortodoxa, promueve un modelo agroexportador renovado bajo la lógica del agronegocio, entendido como articulación directa entre producción primaria y demanda global (Ordóñez, 2009; Svampa, 2019; Cantamutto et al., 2024; Kulfas, 2025).

En lo relativo a la estructura social agraria, los datos censales del período 1988-2018 evidencian –con las particularidades regionales que es necesario considerar– una tendencia sostenida hacia la concentración del capital y la reducción de la demanda de fuerza de trabajo. Un factor central en ese proceso fue la llamada “sojización” de la producción agropecuaria: desde fines de los años noventa, impulsada por la introducción de la semilla transgénica de soja en 1996 y el paquete tecnológico asociado, el cultivo se expandió de manera significativa fuera de la región pampeana, aunque de forma heterogénea según los territorios. Este avance no fue neutro para las producciones regionales: en cultivos como la vid, el algodón y la citricultura, implicó procesos de reestructuración productiva condicionados por la inserción de esas cadenas en mercados de commodities de exportación (Neiman y Bocco, 2005).

Los datos censales nacionales ilustran con claridad la magnitud de estos cambios. Entre 1988 y 2018, el número de explotaciones agropecuarias cayó un 40 %, y la superficie total, un 13 %, mientras que las unidades de mayor tamaño –más de 1.000 hectáreas– crecieron tanto en cantidad como en área: pasaron de representar el 18 % al 31 % del total de explotaciones, y del 71 % al 79 % de la superficie, respectivamente. En paralelo, se registra una disminución relativa de la propiedad directa de la tierra –que sigue siendo la forma dominante– y un aumento del arriendo como modalidad de acceso (CNA, 1988; 2002; 2018).

Estos cambios han tenido consecuencias directas sobre la estructura del empleo agrario. Entre 2001 y 2010, la participación de los asalariados en el total de ocupados del sector creció del 50 % al 60,7 %; entre los censos agropecuarios de 2002 y 2018, el empleo asalariado subió 14 puntos porcentuales, con el NOA como región de mayor crecimiento (21 puntos). Sin embargo, ese crecimiento se asienta sobre condiciones estructurales de precariedad: solo el 42 % de los asalariados agrarios se encuentra registrado, y, entre los temporarios –que concentran la mayoría de la fuerza de trabajo estacional–, el no registro supera el 80 % (Neiman et al., 2023; Lombardi, 2025). A su vez, la mecanización e incorporación de tecnología de procesos han reconfigurado la demanda de fuerza de trabajo, desplazando empleo en algunas producciones y generando nuevas formas de contratación flexibilizada en otras (Quaranta y Fabio, 2011; Villulla, 2015).

Este libro parte de comprender que la separación entre economía, sociedad y naturaleza es un producto histórico generado por el capitalismo, que opera desagregando aquello que en la vida concreta actúa funcionando como unidad. La escisión de “lo económico” como un campo autónomo no es un mero error analítico, sino una operación ideológica con efectos materiales. En este sentido, el agro no puede pensarse como un sector técnico aislado de las relaciones de poder, las dinámicas de género, las formas de trabajo y las condiciones de reproducción social que lo constituyen. Al mismo tiempo, reconocemos que las grandes tendencias se expresan en territorios locales según sus condiciones, trayectorias y posibilidades específicas. Las categorías de extractivismo, neoextractivismo o agronegocio son herramientas analíticas que deben ser nutridas por la descripción empírica antes de operar como adjetivos. La dualidad entre “familiar” y “agronegocio”, por ejemplo, impide en muchos casos observar los mundos de representación, los valores culturales y las prácticas productivas que distintos sujetos agrarios comparten, así como anula contradicciones centrales como la que se establece entre capital y trabajo. Un estudio previo muestra, en este sentido, que la oposición no funciona como dicotomía cerrada, sino como tensión dinámica: los mismos productores pueden combinar arrendamiento, pluriactividad, autoconsumo y producción cerealera en una misma trayectoria, y sus decisiones están atravesadas tanto por condicionantes materiales como por un deseo de integración al modelo dominante que opera como polo deseante, aun cuando ese deseo conduzca a posiciones de subordinación o exclusión crecientes (Neiman et al., en prensa).

Esta tendencia a clasificar a los sujetos agrarios en términos de modelos productivos antes que de posiciones en las relaciones laborales tiene también su correlato en la producción académica: la sociología rural argentina ha privilegiado históricamente el estudio de la producción familiar –farmers, chacareros, campesinos, pequeños productores, agricultores familiares–, acumulando una vasta producción sobre sus transformaciones, estrategias y demandas. Los trabajadores asalariados del agro, en cambio, han recibido una atención comparativamente menor, pese a constituir una porción central de la fuerza de trabajo tanto en las producciones extensivas como en las intensivas. La pregunta sobre qué sectores son visibilizados por la academia y cuáles quedan en los márgenes no es neutral: responde a decisiones políticas y teóricas que tienen consecuencias sobre cómo se comprende y se interviene en el mundo agrario. Compartimos con autores del ámbito local e internacional la necesidad de recentrar la atención sobre la categoría de trabajo agrario: signado por sus características de transitoriedad o pluriactividad. Se trata de un actor social que, así como no es reconocido ampliamente en la academia, tampoco es adecuadamente contemplado por las políticas públicas que, en muchos casos, tienden a centrar la lucha contra la pobreza rural en productores independientes como campesinos o agricultores familiares, desplazando así al factor laboral de su lugar central en la reducción de la pobreza (Oya y Pontara, 2015).

Entendemos asimismo el territorio como espacio de gobernanza, apropiado, “hecho cosa propia”, instituido por sujetos y grupos sociales que se afirman a través de él (Porto-Gonçalves, 2008). Existen múltiples territorios según las acciones para controlar el espacio: cada institución, organización y sujeto construye el suyo, y el contenido de esa construcción y el poder para sostenerla varían profundamente según la posición en las relaciones sociales (Fernandes, 2008).

La transición capitalista actual en Argentina se expresa, tal como venimos señalando, en la tensión entre un modelo de acumulación agropecuaria de alta concentración y orientación exportadora y las formas de vida, trabajo y organización de quienes habitan los territorios rurales. Esa tensión no es nueva, pero adquiere características particulares en el presente: la financiarización, la digitalización tecnológica, la crisis climática y las transformaciones en el rol del Estado reconfiguran las condiciones del conflicto. En ese marco, hay temáticas que hace más de dos décadas fueron señaladas como emergentes del campo de la sociología rural argentina –como las condiciones del trabajo agrario, las organizaciones, los movimientos sociales, las migraciones y el impacto ambiental– y que hoy, con una amplia producción acumulada, muestran nuevas formas y urgencias.

Interrogantes para una realidad en transformación

Este libro está organizado en torno a seis ejes temáticos que estructuran tanto la pregunta problema del libro como los capítulos específicos que lo componen. Esos ejes se expresan en interrogantes: no compartimentos estancos, sino dimensiones interrelacionadas de una misma realidad, que fueron el esqueleto inicial del libro. A partir de talleres de lectura internos, los y las integrantes del equipo fuimos nutriendo y complejizando esas preguntas desde nuestros campos específicos, en un proceso colectivo de reflexión sobre un periodo que entendemos como de transición y que, como tal, exige ser pensado en su movimiento y en sus tensiones.

El primer eje se refiere a renta y capital: ¿es el capital financiero el articulador de los mercados mundiales de producción primaria?; ¿cómo se expresan en nuestros casos de estudio los procesos de acumulación y qué disputas se generan entre los sujetos sociales agrarios?; ¿sigue siendo el paradigma de la calidad el que delimita las cadenas agroalimentarias exportadoras?; ¿cómo se configura la renta agraria en el marco de la financiarización global y qué disputas genera entre el capital transnacional, los propietarios locales y los productores directos?

El segundo eje aborda a los trabajadores del agro y las ruralidades: ¿cuál es el lugar del trabajo?; ¿es el trabajo asalariado el eje estructurante de las actividades productivas capitalistas en el agro?; ¿cómo inciden las instituciones estatales y los marcos legales en las condiciones de los trabajadores agrarios?; ¿qué lugar ocupa la pluriactividad?; ¿qué características asume la demanda de fuerza de trabajo en un agro crecientemente tecnificado y qué condiciones laborales predominan en esos espacios?; ¿en qué medida los avances tecnológicos han desplazado la mano de obra en el agro?; ¿persiste la necesidad de trabajo humano en determinadas fases del proceso productivo?

El tercer eje examina la producción y reproducción social: ¿nuevos procesos de reproducción social obligan a repensar las categorías clásicas de clasificación de los sujetos agrarios?; ¿cómo son las condiciones de reproducción en las ruralidades en términos de servicios básicos, salud y educación?; ¿cuáles son las condiciones de vida de los trabajadores agrarios que residen en espacios urbanos?; ¿cómo se tensionan las exigencias de la producción capitalista con las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo y qué rol cumplen en esa relación el trabajo no asalariado y los ámbitos domésticos y comunitarios?

El cuarto eje estudia el Estado y las políticas de desarrollo: ¿son los Estados garantes de articulaciones entre el agro y la industria o se han corrido de ese rol?; ¿qué contradicciones se encuentran en las políticas que buscan beneficiar diferentes modelos y distintos sujetos rurales con intereses divergentes?; ¿cómo el Estado contribuye –por acción u omisión– a las transformaciones en las condiciones de producción y reproducción social?; ¿cómo inciden las tensiones entre escalas estatales (nacional, provincial, municipal) en la traducción de políticas públicas en los territorios rurales, y qué margen de acción habilitan u obturan para los distintos sujetos rurales?; ¿en qué medida las políticas de desarrollo agrario logran sostenerse más allá de las coyunturas políticas y económicas, y qué factores determinan su capacidad –o incapacidad– para impulsar transformaciones estructurales en el agro?

El quinto eje analiza las organizaciones: ¿cómo entender las formas asociativas ante la crisis climática y social?; ¿son las organizaciones de la economía popular canales posibles de respuesta a los procesos que puede requerir la crisis ambiental?; ¿qué rol cumplen las políticas estatales en los procesos organizativos?; ¿qué tensiones emergen al interior de las cooperativas entre la lógica empresarial y los principios solidarios que las constituyen?; ¿cuáles son las potencialidades y los límites de las cooperativas para impulsar transformaciones estructurales en las condiciones de producción y reproducción en el agro, o tienden a operar como mecanismos de adaptación dentro del orden existente?

El sexto eje se concentra en los avances tecnológicos: ¿cuáles son los procesos de generación de estos y cuáles sus efectos?; ¿qué impactos tienen sobre la organización de la producción y el trabajo en empresas agropecuarias de diferente escala?; ¿se incorporan de manera homogénea o desigual?; ¿qué concepciones de desarrollo rural subyacen a la promoción de los avances tecnológicos y en qué medida estos reproducen o transforman las desigualdades existentes entre distintos sujetos del agro?

Los interrogantes que organizan cada eje no pretenden ofrecer respuestas cerradas ni diagnósticos definitivos sobre las transformaciones del agro, que son objeto de este libro; su propósito es más bien el opuesto: abrir debates, tensionar interpretaciones consolidadas y habilitar nuevas preguntas que permitan seguir pensando procesos abiertos que se encuentran en permanente disputa. Al mismo tiempo, sobre estos ejes, el libro organiza análisis empíricos situados en distintos territorios argentinos que buscan articular las grandes tendencias del capitalismo agrario global con las condiciones específicas de cada configuración local. Esa heterogeneidad no es un residuo de la comparación, sino una dimensión constitutiva del objeto: lo rural en Argentina no puede pensarse como un espacio homogéneo, sino como una trama diferenciada de territorios, recursos, sujetos y conflictos que solo puede comprenderse en su especificidad situada.

Los capítulos del libro

El libro se desarrolla en diez capítulos y está organizado en tres partes, cada una de las cuales refleja las preocupaciones más amplias sobre las que se estructura este volumen en el marco de las investigaciones llevadas a cabo para distintos territorios, sujetos sociales y problemáticas específicas. Así, los análisis empíricos situados en distintas geografías de Argentina –la región pampeana, el NOA, el NEA, Mendoza, Área Metropolitana de Buenos Aires, Río Negro– buscan articular las grandes tendencias del capitalismo agrario global con las condiciones específicas de cada configuración local.

La primera parte, “Las mediaciones estatales en la producción, la reproducción y la protección social”, destaca el papel central del Estado en la configuración de los modelos productivos agrarios, mostrando que la expansión de commodities en Argentina no fue un proceso espontáneo de mercado, sino resultado de intervenciones estatales diversas (regulación, financiamiento, infraestructura) que a su vez estructuran desigualdades territoriales. En el plano laboral, la legislación evidencia ciclos no lineales de incorporación y exclusión de los trabajadores rurales, donde el Estado amplía derechos, pero también para ciertos períodos condiciona la representación sindical y se expresa con retrocesos marcados en contextos autoritarios. Finalmente, en el ámbito de la protección social y, específicamente, de los cuidados, el Estado aparece como un actor clave pero no exclusivo: si bien contribuye a visibilizar como problema público, su intervención se articula –y en algunos casos se diluye– con actores privados y transnacionales, generando tensiones entre garantía de derechos y procesos de tercerización.

La segunda parte, “La gran transformación del trabajo: cadenas de producción, género, digitalización y campesinado”, profundiza en la dinámica del trabajo agrario mostrando su diversidad de modalidades y su interrelación con cambios tecnológicos, de organización y sociales, en el marco de la persistencia de desigualdades estructurales. Así, en la cadena del limón en Tucumán, el empleo se organiza en distintos eslabones (campo, empaque e industria) con configuraciones heterogéneas, pero atravesadas por precariedad, tercerización, intensificación del trabajo y segmentaciones como la feminización selectiva. En la ruralidad pampeana, por su parte, crece la participación de las mujeres en el modelo productivo dominante, aunque en condiciones de menor reconocimiento, autonomía y derechos, evidenciando una división sexual del trabajo persistente. A su vez, la incorporación intensiva de nuevas tecnologías –en este caso, las correspondientes a innovaciones de tipo digital– refuerza brechas entre actores, favoreciendo a empresas capitalizadas y relegando a pequeños productores. También, el campesinado de la provincia de Santiago del Estero muestra formas de trabajo basadas en la pluriactividad y la multirresidencia, combinando empleo predial y extrapredial, lo que refleja estrategias complejas de reproducción social en contextos de transformación agraria.

Por último, la tercera parte, “Nuevas reconfiguraciones socioterritoriales y crisis social de la ruralidad”, se interroga sobre las reconfiguraciones territoriales de la ruralidad en contextos de avance del capital global y de crisis social. En Mendoza, la interfase urbano-rural evidencia una creciente disputa por el uso del suelo, donde la expansión inmobiliaria desplaza y reconfigura las actividades agrícolas, generando territorios en tensión y desbordando las capacidades de planificación estatal. En los espacios periurbanos de Buenos Aires, la ruralidad se redefine en territorios heterogéneos donde se entrelazan producción y reproducción social, y da lugar a nuevas formas de vulnerabilidad vinculadas a la precariedad habitacional y el acceso desigual a servicios. Estas transformaciones reflejan una crisis más amplia de la ruralidad, en que las condiciones de vida y trabajo se vuelven más inestables y para las que la emergencia de organizaciones y economías populares aparece como respuesta a crisis múltiples –sociales, económicas y climáticas–, configurando nuevas formas de acción colectiva que disputan y resignifican los territorios rurales.

A continuación, para cada una de las partes mencionadas, se presentan los distintos capítulos que las componen.

Primera parte. Las mediaciones estatales en la producción, la reproducción y la protección social

El volumen se abre con un capítulo que aborda directamente la relación entre mercados mundiales, Estado y territorios. Melina Neiman, Sebastián Scirica, Iván Petrone y Karen Medina Díaz analizan el rol del Estado en la expansión de cuatro commodities agrarios en Argentina: soja, limón, cebolla y algodón. Lejos de un Estado retraído, el análisis muestra que la comoditización de estas producciones estuvo profundamente mediada por la acción estatal en distintos momentos históricos –decisiones regulatorias, políticas de promoción, inversiones en infraestructura, financiamiento, gestión de crisis– y que esta acción adopta modalidades diversas según los cultivos, los territorios y los contextos. El Estado aparece así como una trama heterogénea de mediaciones, no como un actor homogéneo ni neutral, que, al mismo tiempo que habilita la expansión de estos modelos productivos, organiza sus contradicciones y distribuye de manera desigual sus costos y beneficios en los territorios.

En el capítulo 2, Macarena Mercado Mott y Julia Lombardi Mayan ofrecen un análisis histórico de los procesos de incorporación y desincorporación política de los trabajadores rurales en Argentina a través de tres hitos legislativos: el Estatuto del Peón Rural de 1944, el Régimen Nacional de Trabajo Agrario de 1980 y el Nuevo Estatuto del Peón Rural de 2011. El recorrido muestra que los procesos de inclusión y exclusión no fueron lineales: la primera incorporación peronista habilitó derechos, pero también canalizó la representación por una única organización alineada al gobierno; la dictadura de 1976 representó una desincorporación deliberada que combinó represión física con desmantelamiento normativo; y la segunda ola del siglo XXI, aunque amplió derechos formales, dejó pendientes estructurales en términos de representación efectiva. La emergencia del Nuevo Sindicalismo Rural como actor que construye desde la periferia y desde abajo introduce una dimensión de conflicto y renovación organizativa que el análisis clarifica.

Alfonsina Albertí, Sofía Hang y Karen Medina Díaz analizan en el capítulo 3 el Programa Buena Cosecha como política pública de cuidados en entornos agrarios y rurales, comparando su implementación en el periurbano hortícola del sur del AMBA y en comunidades vinculadas al trabajo asalariado agrícola en Tucumán. El análisis muestra que los cuidados, históricamente construidos como asunto privado y femenino, se configuran como problema público a partir de la articulación entre el entramado normativo sobre trabajo infantil, la feminización del trabajo agrícola y las exigencias transnacionales de certificación. La gestión asociada del programa produce dinámicas muy diferentes según los territorios: mientras que en Buenos Aires el Estado provincial lidera articulando con organizaciones comunitarias, en Tucumán son las empresas agrícolas y una ONG internacional –financiada por el Departamento de Trabajo de Estados Unidos– quienes llevan adelante la iniciativa. El capítulo interroga críticamente si este modelo constituye una mejora genuina en la organización social de los cuidados o una forma de tercerización que desdibuja la responsabilidad estatal.

Segunda parte. La gran transformación del trabajo: cadenas de producción, género, digitalización y campesinado

El cuarto capítulo, de Silvia Bardomás, Gabriel Bober, Guillermo Neiman y Sebastián Scirica, analiza la cadena de producción del limón en Tucumán como caso paradigmático de la articulación entre mercados mundiales y condiciones locales de empleo. A partir de una encuesta a trabajadores de los distintos eslabones de la cadena –campo, empaque, industria–, el análisis muestra configuraciones laborales heterogéneas pero atravesadas por una precariedad estructural que se extiende a todos los subsectores. La intensificación del trabajo, los niveles desiguales de formalización, la centralidad de la tercerización y la feminización selectiva del empleo en el empaque constituyen rasgos de un mercado laboral que refleja las presiones competitivas globales internalizadas en las condiciones de vida de los trabajadores locales. El caso ilumina además el peso del paradigma de la calidad –con sus protocolos, certificaciones y estándares internacionales– como dispositivo de regulación que alcanza no solo a los productos, sino también a las condiciones en que se producen.

En el capítulo 5, Alejandra Santiago y Melina Neiman examinan la división sexual del trabajo en la ruralidad pampeana contemporánea a partir de un estudio de caso en el partido de Saladillo. El análisis muestra que las mujeres no están ausentes del agro pampeano: trabajan, producen, gestionan y sostienen el sistema productivo, pero lo hacen desde posiciones diferenciadas en términos de reconocimiento, autonomía y derechos. La desigualdad de género no se explica por falta de participación femenina, sino por la operación de mecanismos de deslegitimación que adoptan formas distintas según el espacio de trabajo: el cuestionamiento del saber en el ámbito técnico-profesional, la exclusión corporal en el trabajo de campo y la incorporación de los propios criterios de subordinación en el trabajo de gestión. La modernización agropecuaria no conduce automáticamente a mayor igualdad de género; por el contrario, se sostiene en una trama material y simbólica que reordena los criterios de legitimidad del trabajo sin desarmar las jerarquías subyacentes.

Aylen Loana Arcusin Mancini en el capítulo 6 aborda la desigual incorporación de la tecnología 4.0 en el agro argentino, mostrando que los procesos de digitalización e innovación tecnológica no se distribuyen de manera homogénea, sino que refuerzan y producen nuevas diferenciaciones entre actores, escalas y regiones. La tecnología no es un factor neutral de modernización: opera en el marco de relaciones de poder que condicionan quién accede, quién se beneficia y quién queda excluido de sus potenciales ventajas, profundizando brechas preexistentes entre grandes empresas capitalizadas y pequeños productores.

El capítulo 7, de Julio Miguel Batkis, aborda el campesinado santiagueño contemporáneo desde un enfoque etnográfico. El autor analiza las prácticas de trabajo y movilidad de familias que circulan entre comunidades campesinas, pueblos y ciudades, y entre la producción predial y el empleo extrapredial rural y urbano. El análisis muestra que las categorías clásicas del campesinado son insuficientes pero no prescindibles: descartarlas haría imposible comprender que amplios sectores de la población rural basan su reproducción social en la producción campesina y en el vínculo con los territorios comunitarios. La pluriactividad y la multirresidencia no son signos de descampesinización, sino formas contemporáneas de sostener la vida en contextos de transformación agraria acelerada y avance de la frontera sojera.

Tercera parte. Nuevas reconfiguraciones socioterritoriales y crisis social de la ruralidad

El capítulo 8, de María Belén Najt Ruiz, estudia la interfase urbano-rural en el departamento de Guaymallén, Mendoza, a través del análisis de las transformaciones del circuito vitivinícola y la expansión inmobiliaria. El caso muestra cómo las lógicas de acumulación global se territorializan, de manera que producen un paisaje en tensión entre la persistencia de la actividad agrícola –reconvertida hacia la horticultura en manos de familias migrantes bolivianas– y el avance del capital inmobiliario sobre suelos rurales de alto valor. La planificación territorial emerge como un campo de disputa en el que las normas formales muchas veces son desbordadas por dinámicas que exceden y tensan los límites administrativos establecidos.

Julián Wolpowicz, en el capítulo 9, analiza hogares y reproducción social en los espacios periurbanos de Buenos Aires. Su análisis contribuye a complejizar la imagen del agro como espacio productivo aislado, mostrando que las condiciones de reproducción social de quienes trabajan en él se estructuran en territorios de alta heterogeneidad. Los espacios periurbanos concentran formas específicas de vulnerabilidad –precariedad habitacional, dificultad de acceso a servicios, solapamiento entre tiempo productivo y reproductivo–, pero también estrategias de agencia colectiva que interpelan tanto a las políticas públicas como a los marcos analíticos con que habitualmente se estudian las ruralidades.

Por último, en el capítulo 10, José Martín Bageneta y Alejandra Dávila Pico recorren los abordajes académicos recientes sobre el cruce entre movimientos sociales, economía popular y crisis societal en el agro. A partir de una revisión bibliográfica internacional, los autores identifican emergentes analíticos para las organizaciones solidarias ante la crisis climática y social. El recorrido –que alcanza a Asia, África, América y Europa– muestra que las organizaciones no surgen como desarrollos lineales, sino como respuestas conflictivas a crisis múltiples, y que la economía popular no puede pensarse por fuera del sistema de relaciones de poder que la contiene y al que a la vez resiste.

Los diez capítulos de este libro ofrecen perspectivas complementarias sobre un mismo problema: cómo se produce, transforma y disputa el mundo social agrario en la Argentina de las últimas décadas, en el marco de las grandes transiciones del capitalismo global. No ofrecen una respuesta única ni un diagnóstico cerrado: la diversidad de territorios, sujetos y escalas de análisis que los componen es en sí misma una afirmación teórica. Las grandes tendencias –la financiarización, la concentración, la precariedad laboral, la crisis ambiental– se expresan de manera diferente en la pampa húmeda y en el Chaco, en el agronegocio sojero y en la horticultura periurbana, en las grandes empresas citrícolas y en las comunidades campesinas santiagueñas.

Lo que sí comparten los trabajos reunidos aquí es una perspectiva que rehúye tanto la sobreteorización desvinculada de la evidencia como la descripción empirista ingenua que renuncia al análisis. Todos buscan construir un abordaje descriptivo antes que adjetivo, sin que eso signifique neutralidad: la descripción rigurosa de las condiciones en que trabajan, viven y se organizan los sujetos agrarios es ya, en nuestro contexto, una forma de intervención en los debates sobre el presente y el futuro del campo argentino.

El mundo rural está en transición. Pero esa transición no admite lecturas maniqueas que reduzcan su complejidad a oposiciones simples: categorías como agricultura familiar versus agricultura empresarial; Estado ausente versus Estado presente; tecnificación del agro versus trabajo humano. Estas organizan el análisis, pero no agotan la conflictividad ni la riqueza de los procesos que pretenden nombrar. La realidad agraria es abierta, contradictoria y está atravesada por disputas y posibilidades que resisten cualquier captura dicotómica. Este libro es una contribución al pensamiento crítico sobre ese proceso.

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