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Introducción

Al comienzo, los arquitectos despóticos del racionalismo reinaban en el terreno de la metafísica. Construyeron durante años ambiciosas doctrinas basadas en la omnipotencia de la razón deductiva, a través de la cual pretendían acceder a las primeras verdades del universo. El método de la investigación filosófica estuvo, durante los siglos XVII y XVIII, signado por el llamado “espíritu de sistema”,[1] mediante el cual se aspiraba a la construcción de un edificio racional en el cual la totalidad de los elementos estuvieran lógicamente interconectados. Entusiasmados por los avances científicos de la época, los filósofos racionalistas creyeron poder brindar teorías sobre la naturaleza última de las cosas cimentadas en la luz natural de la certeza lógico-matemática. Particularmente en Alemania, esto favoreció a lo largo del siglo de las luces la esperanza de una convivencia pacífica entre el racionalismo filosófico y la religión positiva. Mediante las pruebas de la existencia de Dios, se creyó poder arribar a una avenencia entre razón y revelación, a un conjunto de principios metafísicos en los cuales confluyera el discurso filosófico con el núcleo conceptual de la teología. El proyecto de una “teología racional” no solo auguraba la conciliación de la soberanía racional con los dogmas religiosos, sino que permitía a su vez imaginar un orden civil en donde comunidad política y comunidad eclesiástica se encontraran armónicamente integradas.

La filosofía crítica de Kant emerge en el ocaso de este reinado del racionalismo metafísico. La “Torre de Babel” con la cual se había pretendido acceder a la verdad absoluta del universo a través de la razón lógico-matemática debía ser abandonada en su construcción: “aquella audaz empresa debió fracasar por falta de material, sin contar con la confusión de las lenguas que inevitablemente hizo que creciera la discordia entre los obreros acerca del plan”.[2] El problema del sistema de la razón pura, al cual Kant busca dar solución, surge en este escenario post-babélico de crisis de la modernidad ilustrada, en el cual el pensamiento se ve desafiado tanto por los escépticos que abominan de toda construcción racional estable de la razón,[3] como por las propias disputas internas de los metafísicos que no logran convenir un plan arquitectónico para la misma. La Aufklärung berlinesa, heredera de la escuela filosófica wolffiana, y que hallaba en Moses Mendelssohn y en Gotthold Ephraim Lessing a sus principales referentes, se encontraba amenazada en su hegemonía sobre el campo intelectual alemán. La reflexión de Kant sobre el sistema se vuelve impostergable allí donde la indiferencia se propaga y el pensamiento se sumerge en el “caos y la noche de las ciencias”.[4]

La crisis de la cual emerge la obra crítica kantiana está constituida, desde nuestro punto de vista, por la creciente contradicción entre la apropiación científica del mundo y la afirmación de la libertad humana como fundamento último del orden moral, político y religioso. Se trata de dos tendencias que conviven en el núcleo del racionalismo moderno y qué después de cierto tiempo de convivencia armónica se revelan como incompatibles. La adopción del método de la matemática como instrumento de acceso a las verdades racionales conduce a la filosofía a una encrucijada ineludible frente al conocimiento de la voluntad libre. Hace eclosión la paradoja de querer producir un saber de aquello que, por definición excede al orden sensible, utilizando a su vez la metodología del conocimiento de la naturaleza. Este conflicto interno a la racionalidad ilustrada se expresa muy claramente en la tercer Antinomia de la Razón Pura. La aventura dogmática de construir un sistema de conocimientos más allá de lo que se da bajo nuestra experiencia espacio-temporal se ve empujada a una alternativa inevitable: o interrumpimos el sistema para evocar una primera causalidad libre o afirmamos la omnipotencia de la cadena causal natural suprimiendo así la idea de una creación libre de la voluntad. Esta antinomia expuesta por Kant en la CRP no surge de una simple querella entre personalidades filosóficas – incluso si a posteriori podemos identificar a los pensadores que defienden respectivamente tesis y antítesis –, tiene que ver con una tensión constitutiva de la razón filosófica en su afán por conocer aquello que se sustrae a toda experiencia sensible.

El pensamiento ilustrado está atravesado de par en par por la inadecuación fundamental entre la pretensión sistemática racional y la afirmación absoluta de la libertad. Sistema y creación libre se han vuelto términos auto-excluyentes.[5] Allí donde el sistema racional se apropia de la realidad se suprime la libertad, y allí donde se afirma esta última el sistema se interrumpe y se resquebraja en su pretensión totalizante. Las implicancias de esta antinomia especulativa exceden por mucho el ámbito de la disputa escolar. Más bien, toda fundamentación racional sistemática de la convivencia humana es puesta en cuestión ¿Cómo puede efectuarse una reflexión sobre la moral, la religión y el Estado, si allí donde nuestra razón produce un saber se destruye la esencia sagrada de la humanidad, aquello que nos hace imagen y semejanza del supremo Creador? ¿Cómo puede fundarse una reflexión científica sobre la razón humana si la sistematicidad de nuestro conocimiento destruye la libertad cuando busca comprenderla? ¿Existe una manera de escapar a la alternativa entre un sistema racional determinista y una voluntad libre inaccesible para el pensamiento científico?

La filosofía crítica de Kant nace en este contexto de ocaso de la ilustración filosófica en Alemania. La tarea de la CRP surge de la necesidad de llevar nuevamente la razón a “suelo firme”, y de rehabilitar un pensamiento filosófico que corte de raíz tanto el ateísmo y el fatalismo, como el fanatismo (Schwärmerei) y la superstición.[6] Sin embargo, la reflexión kantiana no viene a resolver el conflicto antinómico entre sistema y libertad por medio de una salida conciliadora equidistante, a través de alguna nueva alquimia metafísica que permita la convivencia entre ambos términos. Por el contrario, el planteo kantiano trasforma drásticamente el significado de estos conceptos y desencadena una verdadera revolución en el modo en el cual la razón moderna se comprende a sí misma.

El concepto de arquitectónica se vuelve central para esta refundación crítica de la razón y para la noción de sistema que nos interesa analizar en este trabajo. A las metáforas jurídico-políticas del tribunal y de la asociación civil de la razón, Kant adiciona la imagen de la construcción arquitectónica, es decir, la idea de una edificación que no procede de manera arbitraria sino guiada por un principio rector. Es cierto que esta metáfora cuenta con una larga historia y con un especial arraigo en el racionalismo moderno: desde Descartes hasta Wolff encontramos permanentemente la idea del edificio de la razón que se sostiene en un conjunto de primeros principios claros y distintos. Sin embargo, la filosofía de Kant revoluciona esta idea por completo, la intención del mismo no es proponer un nuevo monumento arquitectónico, una novedosa construcción metafísica ya acabada susceptible de comparación con el resto de los sistemas históricos. Se trata, en cambio, de proyectar una nueva lógica de construcción, una nueva organización cuya legitimidad descansa en el hecho de que el conjunto de los agentes racionales participan en la dirección de sus esfuerzos. La figura del arquitecto autoritario que impone un sistema metafísico dado – sobre el cual el resto de las ciencias deben trabajar – debe ser abandonada y dejar paso a una actividad racional en la cual todos los participantes encuentran su función en vistas a un fin que les es propio. No hay contenido teórico que preceda, a modo de cimiento, el edificio a construir – como no hay ciencia fundamental que preceda a la crítica –, la arquitectónica debe presentar ante todo las bases para la legitimidad racional de toda pretensión sistemática. De este modo, la arquitectónica kantiana no se confunde con un mero ordenamiento disciplinar de las ciencias, ni con la coherencia lógico matemática del orden racional. En su sentido más propio y novedoso, la arquitectónica crítica es un “arte” de la auto-legislación de la razón, una reflexión sobre la sistematización del saber en vistas al fin que la actividad racional se auto-impone en su propio desarrollo.

La dicotomía entre sistema y libertad que acecha la razón ilustrada se disuelve en el movimiento arquitectónico que Kant propone. Efectivamente, si – como creía el racionalismo dogmático – el concepto de sistema implica un conjunto auto-suficiente de proposiciones especulativas que determinan el objeto de su conocimiento, deberíamos darle la razón a aquellos que afirman que la racionalidad moderna nos ha embarcado en las aguas del más oscuro determinismo. Puede afirmarse así que la filosofía crítica proyecta un sistema de libertad, que no se reduce a una doctrina sistemática sobre la libertad, sino que tiene propósito de enraizar toda construcción racional, teórica y práctica, en una “actividad” de la razón que se brinda a sí misma un orden sistemático a través de la idea de un fin o interés propio. No hay sistema, en el sentido propio del término, en la concatenación escolástica de demostraciones, sino únicamente en el movimiento por el cual el conocimiento se reconoce como orientado hacia el fin que la propia racionalidad se da a sí misma de modo a priori.

Esta nueva noción de arquitectónica es por lo tanto inseparable del concepto kantiano de autonomía. El mismo es definido en la Fundamentación a la Metafísica de las Costumbres (FMC) como la “modalidad de la voluntad por la que ella es una ley para sí misma”,[7] es decir, el principio por el cual el sometimiento de la voluntad libre no es otra cosa que el sometimiento a su propia ley, o a ella misma en tanto que legisladora universal. Entendida como auto-legislación, en la autonomía la ley de la voluntad se pone a sí misma como fuente absoluta de la legitimidad de su propia actividad libre. Se trata de un concepto fundamental de la filosofía moral que resulta vital para el conjunto de la filosofía kantiana y para el concepto mismo de racionalidad sistemática que aquí pretendemos analizar. En este sentido, la autonomía de la voluntad racional es la idea de la razón misma como libre,[8] como actividad de auto-determinación en vistas a su propia finalidad interna.[9]

En otras palabras, la autonomía es el concepto que explica como la libertad se sistematiza en un proceso de auto-legislación.[10] De este modo, la razón reconoce el fundamento de su ordenamiento arquitectónico en su propia auto-determinación, y la teleología a la cual está dirigida no puede surgir de ningún otro lado que del fondo de esta libre actividad. La prioridad de la razón práctica por sobre la razón teórica se encuentra ya anunciada en este concepto; el saber se integra en la actividad total del pensamiento en tanto se reconoce en la auto-legislación por la cual éste se determina como libre.

La alternativa problemática de la antinomia que acechaba la racionalidad metafísica se encuentra desactivada, no porque Kant haya logrado un nuevo artificio teórico que permita intuir la existencia de Dios y del libre arbitrio, sino porque los conceptos que se oponían en la antinomia se transforman radicalmente. El orden racional no se opone ahora a una libertad intuida inmediatamente – ya sea mediante intuición intelectual o en un salto de fe no-racional –, sino que la tarea de sistematización surge y se explica a partir del movimiento de auto-legislación constitutivo de la razón humana. La regeneración filosófica que la Crítica propone no implica retomar el proyecto de un edificio teórico que alcance deductivamente los cielos suprasensibles.[11] El objetivo primordial de la CRP es justamente limitar las pretensiones especulativas y restringir nuestro conocimiento a lo que nos es dado en la experiencia. Pero tampoco se trata de buscar un acceso irracional de lo nouménico y, como veremos, Kant rechaza taxativamente la posibilidad de una intuición inmediata que ocurriría en el interior inefable de nuestro espíritu. Para la filosofía crítica, no hay sistematización puramente teórica, del mismo modo que no existe salto de fe a-sistemático que ilumine exteriormente la construcción racional. Ambos movimientos – y veremos cómo Kant se encarga de denunciar esa complicidad – recaen en una concepción heterónoma del orden racional. Es necesario cortar la raíz única subyacente del determinismo fatalista y de la Schwärmerei inmediata, rechazando la idea misma de un acceso al ámbito de la trascendencia. Veremos cómo el concepto kantiano de sistema, y la nueva idea de filosofía que se desprende, configuran un nuevo paradigma de la racionalidad moderna en el cual esta no tiene otro fundamento que su absoluta actividad de auto-determinación.

Para comenzar nuestro análisis, expondremos en el primer capítulo el concepto de sistema tal como se presenta en la Arquitectónica de la Razón Pura (Arquitectónica). Allí intentaremos dilucidar la especificidad de la idea de unidad arquitectónica en contraposición con la noción de unidad técnica, la cual caracteriza a las concepciones que conciben a la sistematicidad exclusivamente en su sentido lógico-matemático. Será fundamental ver el modo en el cual el concepto de sistema se opone a la rapsodia de la razón y la utilidad que Kant encuentra en la metáfora con el organismo para pensar la actividad racional. Analizaremos cómo, discutiendo con la herencia del racionalismo, Kant traza el camino para pensar la génesis del orden racional a partir del ejercicio de auto-legislación y autonomía de la razón.

En el segundo capítulo abordaremos más específicamente el problema de la unidad sistemática de la razón, es decir, el problema del enlace entre razón teórica y razón práctica.[12] Lejos de aceptar un dualismo insuperable en su filosofía, Kant afirma la necesidad de pensar el tránsito entre el conocimiento racional del mundo sensible y el actuar libre del hombre en el mismo, entre los conceptos de naturaleza y el concepto de libertad. Para esto nos abocaremos a dos textos que resultan fundamentales para esta cuestión: el Canon de la Razón Pura de la CRP, y la Introducción definitiva a la Crítica de la Facultad de Juzgar (CFJ). En ambos, el problema reside en tender un vínculo entre el uso teórico y el uso práctico de la razón que permita una mediación entre ambos pero que respete al mismo tiempo la independencia de ambas jurisdicciones. A modo de conclusión de este capítulo haremos un comentario sobre el concepto kantiano de “fin final” el cual constituye la piedra de toque para pensar la sistematización de la razón en su conjunto.

El tercer y último capítulo está dedicado a determinar el impacto de este nuevo concepto de sistema racional en la idea kantiana de filosofía. Si la idea de sistema no se agota en la construcción de un conglomerado de conocimientos lógicamente conectados, entonces la actividad filosofía debe ser diferente de la tarea de fundar y dotar de coherencia al saber a través de un conjunto de primeros principios. El concepto cósmico [Weltbegriff] de filosofía abre el horizonte para una actividad que excede el ejercicio técnico de búsqueda de la perfección lógica y que pone en relación toda la construcción teórica de la razón con el horizonte moral del hombre. En este sentido superior, la filosofía es concebida por Kant como sabiduría racional, como el discurso que remite el saber a la auto-determinación práctica del pensamiento y que por lo tanto implica la realización del ideal arquitectónico de la razón. Analizaremos el modo en cual esta sabiduría filosófica se relaciona con el conjunto disciplinar de las ciencias y la relación que entabla con la figura tradicional del sabio clásico personificada en Sócrates. Finalizaremos este capítulo aludiendo al ideal republicano de la razón que la filosofía en su concepto más elevado implica, sentado así una ruptura definitiva con el paradigma racional de la metafísica tradicional.


  1. En su historia del pensamiento ilustrado, Ernst Cassirer distingue entre el “espíritu de sistema” característico de la metafísica del siglo XVII (Descartes, Malebranche, Leibniz, Spinoza) y el “espíritu sistemático” propio de la ilustración del siglo XVIII: “Esta nueva jerarquía metódica es la que presta su sello a todo el pensar del siglo XVIII. En modo alguno se desestima el esprit systématique, ni menos se le hace a un lado; pero con el mayor rigor se le diferencia del esprit de système. Toda la teoría del conocimiento de este siglo se esfuerza en fijar esta diferencia. La introducción de D’Alembert a la Enciclopedia la coloca en el centro de la investigación y el Traité des systèmes de Condillac proporciona a esa idea su forma explícita y su fundamento. Se ensaya la crítica histórica de los grandes sistemas del siglo XVII, se trata de mostrar que cada uno de ellos ha fracasado porque, en lugar de mantenerse en los hechos y de formar los conceptos sobre ellos, ha elevado unilateralmente cualquier concepto único a la categoría de dogma. Frente a este «espíritu de sistema» se proclama ahora una nueva alianza entre el espíritu «positivo» y el «racional».” (Cassirer, E. Filosofía de la Ilustración, trad. Imaz, E., Mexico, FCE, 1943, p.23) Cassirer señala muy bien el advenimiento del paradigma “enciclopédico” característico de la ilustración inglesa y francesa, en el cual la sistematicidad racional es pensada siempre como una metodología de investigación y no como un fundamento a priori del conocimiento. Sin embargo, esta lectura presenta ciertas dificultades para aplicarse a la Aufklärung alemana puesto que en este caso, la idea de sistema como orden racional fundado en verdades a priori va a permanecer dominante durante buena parte del siglo XVIII.
  2. Con la única excepción de la Crítica de la Razón Pura, se citan los textos de Kant siguiendo la edición de las Obras completas de la Academia de Ciencias: Kants gesammelte Werke, Preussiche/Deutsche Akademie der Wissenschaften, Berlín, 1902 ss. Se consigan los textos mediante las siglas del título de la obra (ver tabla de abreviaturas) seguidas por las siglas AA, que hacen referencia a las Obras Completas, por un número romano que indica el tomo y un número arábigo, que refiere a la pagina. La CRP se cita, según el método habitual: CRP A (edición de 1781) y/o B (edición 1787), el número (romano o arábigo) se corresponde con la página. La paginación de las traducciones, las cuales se encuentran indicadas en la bibliografía, serán indicadas entre corchetes luego de la referencia al texto original. El pasaje arriba citado se encuentra en: CRP, A706 B734, [739].
  3. CRP, AIX, [6].
  4. CRP, AX, [7].
  5. En paralelo a la escritura de las obras críticas de Kant se desarrolla, durante la década de 1780, un arduo debate denominado “polémica del spinozismo”, que tuvo como principales protagonistas a Lessing, Mendelsohn, Friedrich Heinrich Jacobi y al propio Kant. El hecho que inaugura la disputa es un encuentro entre el entonces ignoto Jacobi y el ya consagrado Lessing, en el cual este último le habría confesado su adhesión a la filosofía de Spinoza. Para Jacobi esto es la prueba de que los sistemas filosóficos racionalistas solo pueden desembocar en el más estricto ateísmo y fatalismo tal como lo había demostrado el filosofó holandés. Jacobi era perfectamente consciente de que Spinoza era una figura rechazada por los Aufklärer ya que justamente su sistema impedía la convivencia de la filosofía con el contenido doctrinal religioso y, más particularmente, con la justificación racional del Dios personal, creador y trascendente del dogma cristianismo. La propuesta de Jacobi era abandonar la sistematicidad discursiva en lo que toca a lo incondicionado y abandonarse a una intuición inmediata del corazón que permita acceder a la verdad de una voluntad libre. El salto de fe – que le valió el mote de Schwärmer por parte de sus contemporáneos – era bajo la mirada de Jacobi el modo de salvar la libertad de la marea asfixiante del determinismo. De este modo, la polémica representa claramente un síntoma del antagonismo entre sistema racional y libertad que sacudía a la Aufkärung alemana por ese entonces. La intervención de Kant en la polémica con su texto ¿Qué significa orientarse en el pensamiento?, al cual haremos referencia en este trabajo, es una clara muestra de la intención de nuestro filósofo por repensar el problema del orden racional como producto de la actividad libre del sujeto. Alejándose tanto de los metafísicos racionalistas como de la fe inmediata de Jacobi, Kant abre un nuevo horizonte para pensar la relación entre la razón y la libertad. Como afirma Jimena Solé: “En efecto una tercera consecuencia de la Polémica del spinozismo fue la difusión y la amplia aceptación por parte del público alemán de la filosofía kantiana, que, mediante el concepto de fe racional surgió como una posición intermedia que permitía rechazar la propuesta de abandonar la filosofía realizada por Jacobi, conservar la autoridad de la razón que Mendelsohn no había sabido resguardar y, además, afirmar la existencia de Dios como el bien supremo”. (Solé, M. J. [Ed. y Trad.] El ocaso de la ilustración: la polémica del spinozismo, Quilmes, Prometeo, 2013., p. 107).
  6. CRP, BXXXIV, [34].
  7. FMC, AA, IV, 440 [158].
  8. Es por ello que el principio de la autonomía permite atribuir la libertad al conjunto de los seres racionales: “Con la idea de libertad está indisociablemente unido el concepto de autonomía, pero con éste se asocia ese principio universal de la moralidad que sustenta en aquella idea todas las acciones de seres racionales, […]” (FMC, AA, IV, 453-454 [176]).
  9. “La razón tiene que considerarse a sí misma como autora de sus principios, independientemente de influjos ajenos, y, por consiguiente, ha de ser considerada por ella misma como libre en cuanto razón práctica o como voluntad de un ser racional; es decir que su voluntad solo puede ser una voluntad propia bajo la idea de la libertad y, por lo tanto, ésta ha de ser atribuida a todo ser racional” (FMC, AA, IV, 448, [169]).
  10. La definición de Eisler de autonomía nos parece muy elocuente en ese sentido: “La autonomía es el fundamento de la moralidad y una expresión de la libertad del hombre como ser racional” (Eisler, R., Kant-Lexikon, I Trad de Balmés, A. y Osmo, P. París, Gallimard, 1994, p. 66).
  11. Lo suprasensible es aquello que supera toda percepción sensible y también toda elaboración conceptual de los datos sensibles. Si bien no puede ser aprehendido por nuestras funciones teóricas, puede ser pensado como siendo independiente de las formas condicionadas de nuestro conocimiento. Desde el punto de vista práctico lo suprasensible – tanto en nosotros como fuera de nosotros – puede y debe ser determinado por el pensamiento racional. “Ahora después que ha sido denegado a la razón especulativa todo progreso en el terreno de lo suprasensible nos queda todavía el intento de ver si acaso no se encuentran, en el conocimiento práctico de ella, los datos para determinar aquel concepto racional trascendente de lo incondicionado,[…]” (CRP, BXXI, [25]).
  12. El uso teórico o especulativo de la razón se contrapone al uso práctico de la misma. El primero se orienta, en general, al conocimiento de la naturaleza, pero también como “facultad de los principios” hacia lo incondicionado de ese conocimiento. CRP, B24; A299/ B356; A329/ B386; A835/ B863; CFJ, AA, V, 401. En sentido práctico, “razón” es sinónimo de una voluntad racional o libre o “facultad de producir efectos mediante conceptos” CFJ AA, V, 172. Además: CRP, A776ss/ B804ss; A800/ B828; A802/ B830; CRPr AA, V, 001-016; AA, V, 089 ss; AA, IV, 55. La razón en sentido práctico es una facultad de representarse y/o actuar conforme a fines y tiene, generalmente aunque no siempre, una connotación moral. Este es el caso cuando el concepto de fin representado por la razón coincide con la ley moral objetiva. Cuando no coincide, se trata de un uso práctico-técnico o pragmático de la razón. Véase, por ejemplo: AA, V, 396, 427; AA, XX, 234; AA, VIII, 182; AA, XX, 234. Para evitar confusiones, siempre que sea ambiguo, referiremos la primera noción de razón como razón en “sentido teórico” o “en general” y la segunda, como razón “en sentido práctico”. Sobre la distinción entre razón teórica y razón práctica véase los fundamentales pasajes: CRP, A815ss/ B843ss; A797ss/ B825ss; CFJ AA, V, 171-174. En la primera edición de la CRP, Kant habla de uso práctico y uso teórico de una única razón pura. A partir de 1785 se establece en su vocabulario las nociones de razón teórica y razón práctica lo que daría a entender que se trata de dos razones netamente diferenciables. Sin embargo en la FMC Kant aclara: “para la crítica de una razón práctica pura, si debe ser completa, exijo que haya de poder mostrar al mismo tiempo su continuidad con la especulativa en un principio común, porque a la postre sólo puede tratarse de una y la misma razón, que simplemente ha de diferenciarse por su aplicación.” (FMC, AA, VI, 391. [75]).


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