“Si la filosofía pretende establecer el fundamento del resto del saber, tiene que aspirar a excluir de su propio seno los conceptos cuya validez se supone sin más y con los cuales se opera simplemente sin tematizarlos nunca. El saber sobre los fundamentos últimos no puede reposar en conceptos meramente operativos”.
Danilo Cruz Vélez[2]
Robert Nisbet habrá de sostener una controvertida tesis: afirma que los pensadores de la Antigüedad y el Medioevo tuvieron plena conciencia de la idea de progreso. En su amplia exposición el autor recolecta ideas y postulados de distintos pensadores tanto del mundo clásico como de las corrientes medievales las que, en principio, le ofrecerían ciertas pruebas teóricas a su favor. Excede a nuestra propuesta exhibir toda la riqueza que contiene su investigación. Asimismo, entendemos que no compromete en nada a nuestro escrito saber el grado de veracidad que poseen sus tesis. No obstante, ya fuera que se las comparta o fuera que se las impugne, hay ciertas cuestiones que convendrían al menos tener presentes para el devenir de nuestro trabajo. Por lo pronto, conviene comenzar con un dato que no es nada menor sobre la idea que particularmente nos ocupa aquí, a saber, en la ‘Historia de Occidente’ se han dado en simultáneo dos concepciones diametralmente opuestas: una de ellas es la que propiamente concierne a nuestro escrito y que, de alguna manera, habla de un eventual perfeccionamiento humano; la otra, es la idea de degeneración o de decadencia. En otros términos, siempre hubo doctrinas filosóficas enfrentadas entre sí, signadas cada una por notas de optimismo o pesimismo frente al futuro. Si bien estas circunstancias pudiéramos detectarlas en todas las épocas de Occidente está por demás claro que emergieron en el período Antiguo. Al respecto, la literatura del mundo clásico ya nos muestra, por un lado, a ciertos autores que sugerían el derrotero de la historia humana como un perpetuo proceso de decadencia, y, como contraste, a otros que percibían la polis griega como la cumbre de la naturaleza humana. Hesíodo, por ejemplo, relató la historia en una perspectiva de decadencia a través del mito de las sucesivas edades de los metales.[3] Esquilo y Sófocles, en cambio, han mostrado cierta fascinación con relación al hombre. El primero, con el mito de Prometeo encadenado, exaltaba la grandeza del hombre a tal punto que confiaba en “la posibilidad que tiene éste de llegar a crear una sociedad mejor y más libre gracias a sus propios esfuerzos”.[4] El segundo, por su parte, expuso de un modo similar su encanto sobre el ser humano en Antígona: “viven y se mueven muchas maravillas, pero la mayor de ellas es el hombre”.[5] En cuanto al pensamiento filosófico propiamente dicho, consideramos que un estudio exhaustivo de las diferentes doctrinas advertiría similares controversias. Empero, más allá de los resultados que pudiéramos obtener, entendemos que cada una de ellas supo ampararse en ciertas premisas- axiomáticas las cuales, en definitiva, operaban como puntos de partidas o, dicho con mayor rigor filosófico, como ‘principios’ desde donde se establecían los posteriores desarrollos teóricos. Ahora bien, intentaremos advertir que, en lo esencial, esos mismos axiomas fueron recurrentemente esgrimidos en múltiples sistemas filosóficos, entre los cuales se encuentran casi todos aquellos que fueron afines con la idea de progreso.[6]
El legado de la Antigüedad y el Medioevo
Sin lugar a duda Platón y Aristóteles están a la vanguardia de todas las manifestaciones especulativas que poseemos del mundo Antiguo. Esto se testifica no solo por la amplitud y agudeza retórica de cada uno para con los diferentes problemas filosóficos, sino también y sobre todo, por las enormes influencias que ambos irradiaron en la ulterior historia de Occidente. La calidad y el contenido de sus obras resultan tan significativos que pudiera considerarse impropio hablar de cualquier cuestión filosófica pasando por alto a estos dos pensadores. A pesar de las discrepancias que pudiéramos constatar entre ellos -y más allá de convenir o disentir con las ideas de uno u de otro- es innegable que los dos simbolizan gran parte del pensamiento filosófico tomado en su totalidad histórica. En el caso de Platón se alcanza una idea de su dimensión reproduciendo la ya célebre expresión de A. N. Whitehead: “la manera más segura de caracterizar a la tradición filosófica europea es que consiste en una serie de notas al pie de página a Platón”.[7] Del mismo modo, sobran documentos para mostrar las influencias de Aristóteles. Diversas doctrinas filosóficas y teológicas así como distintos paradigmas del saber teórico y práctico siguen siendo aún hoy día sumamente dependientes de sus especulaciones. Las palabras de Jean Brun lo revelan particularmente:
Aristóteles es considerado como un filósofo que pudo proveer a la aristocracia y a las burguesías occidentales de marcos de pensamiento tan poderosos, que cabe afirmar que el sentido común de hoy es inconscientemente aristotélico.[8]
Ahora bien, con relación a nuestro tema específico lo más significativo no estará vinculado de manera directa con la idea de progreso, pues, como ya se adelantó, no existe un total acuerdo para afirmar que sus concepciones filosóficas conservaran dicha idea.[9] En contraste, aspiramos a puntualizar ciertas nociones que fueron amparadas tanto en la Academia socrático-platónica como en el Liceo aristotélico, pues ellas, en su esencia, también fueron esgrimidas como ‘Principios’ axiomáticos en las distintas perspectivas de progreso de la Modernidad. Observemos estas cuestiones.
Más allá de todas las diferencias que separan a Platón de Aristóteles aquí procuraremos exhibir algunos elementos que resultaron afines entre estos pensadores. Debemos anticipar, por lo tanto, que no desconocemos que sus filosofías se establecieron sobre tesis muy diferentes. Por lo demás, el célebre fresco de Rafael ‘La escuela de Atenas’, denuncia de un modo magistral la distancia que existía entre ambos. No obstante, consideramos que sus doctrinas estuvieron afirmadas sobre ciertos supuestos que fueron conceptualizados axiomáticamente y que, a la vez, supieron valer como principios indispensables en cada uno de los desarrollos especulativos que siguieron a sus singulares filosofías. En resumidas cuentas, nosotros queremos hacer hincapié en tres de ellos: a) el postulado antropológico que afirma que el hombre posee libre albedrio; b) el postulado que refiere a la existencia ontológica del Bien; y, c) el pleno convencimiento de que la naturaleza encubre una finalidad -postulado teleológico-. Creemos innecesario -y por otra parte entendemos que tampoco compete a nuestro escrito- tener que indicar que los ejes centrales de ambas perspectivas filosóficas gravitaron en plena conformidad con estos Principios. Por lo demás, también debiera adicionarse el uso de similares recursos en ambos autores para fundamentar sus argumentos. Por ejemplo, los marcos teóricos de cada uno se formularon binariamente, o sea, a través de exégesis configuradas a través de ciertos dualismos jerarquizados (verbigracia: el bien frente al mal, el alma frente al cuerpo, etc.). Asimismo, las hipótesis socio-políticas de uno y otro advertían, per se, también un orden jerárquico establecido por la propia Naturaleza (por caso: los ciudadanos poseían por naturaleza una jerarquía superior -y por tanto, mayores derechos- frente a las mujeres, los esclavos, los animales, etc.). Por último, aunque íntimamente ligado a todas estas cuestiones, sabemos que ambas filosofías amparaban sus especulaciones en la trascendencia.[10] Ahora bien, estas características pudieran parecer ajenas e innecesarias de enunciación en lo inherente a nuestro tema, sin embargo, advirtamos solo una de las tantas cuestiones que aquí pudiéramos sacar a la luz: estos pre-supuestos que ciertamente operaron dentro de las filosofías de Platón y de Aristóteles indujeron a ambos a postular una particular cualidad en la especie humana: la infinitud.[11] El punto, como pronto intentaremos mostrar, es que muchas de aquellas premisas supieron también acompañar a las perspectivas clásicas que versaban sobre el progreso. Por lo pronto, si esto fuera así, pudiéramos ya preguntarnos cuanto han pesado estos célebres pensadores sobre las perspectivas filosóficas erigidas en las épocas ulteriores.[12] En breve detallaremos un poco más sobre estas cuestiones, pero antes deben exhibirse sucintamente ciertas ideas propagadas en la Edad Media, sobre todo, por un hecho que resultará fundamental: la entrada en escena del pensamiento cristiano.
Precisamente, el pensamiento del Medioevo se instaura sobre dos circunstancias muy bien definidas como manifiestamente fueron el ocaso del Imperio Romano de Occidente y la irrupción del cristianismo. No nos detendremos en ningún detalle particular de tales acontecimientos aunque, por cierto, casi que es imposible percibir el advenimiento filosófico de la doctrina cristiana por fuera de los conflictos y dificultades socio-políticas que perturbaban a Roma. Originariamente los cristianos no habían tenido necesidad de un discurso racional que tuviera que dar explicaciones de la fe profesada; la reconocida expresión de Tertuliano credo quia absurdum, casi que nos exime de cualquier análisis al respecto. Distinto es el caso si se considera el surgimiento del cristianismo a la luz de una imperiosa necesidad: la recomposición socio-política que precisaba Roma:
La cristiandad, al eliminar los ídolos locales, particulares y rivales del pasado, ayudó a Roma a establecer la unidad política y la paz, por su parte Roma, gracias a la intervención benevolente de la Providencia, proporcionó con su Imperio el campo que la cristiandad necesitaba para su expansión.[13]
La doctrina cristiana, como ya es sabido, se asentó principalmente sobre dos pilares: la perspectiva monoteísta proveniente del legado Judío y el pensamiento lógico-racional procedente del mundo Antiguo.[14] En cuanto a las principales nociones que el cristianismo acogió de la tradición helénica figuran sin duda los presupuestos advertidos precedentemente. En los que atañe a los de la tradición Judía constan, por un lado, la idea de una “historia plena de sentido, única e irrepetible, con un comienzo, un progreso y un fin definitivos”[15] y, por el otro, “la idea de un Dios único y omnipotente, movido por principios éticos y dedicado metódicamente a imponerlos a los seres humanos”.[16]
Dentro de este contexto, por cierto, sobresalió una figura ilustre: Agustín de Hipona. Como se suele decir, Agustín fue la bisagra entre la última etapa de la Edad Antigua y el comienzo de esta nueva época. Ahora bien, es innegable que el campo de acción de Agustín estuvo signado por la fe que le suministraba la revelación; sin embargo, el tumultuoso contexto religioso y político de su época lo intimó a tener que auxiliar esa fe con argumentos lógico-racionales. En este sentido, lo que pretendemos destacar es algo conocido, pero que resulta a la vez demasiado significativo para nuestros propósitos de considerar ciertos conceptos generales afines con la idea de progreso. En efecto, no podemos ignorar que dentro de las reflexiones agustinianas existen, por una parte, cuantiosas especulaciones que pudieran ser vinculadas con una idea de progreso[17] y, por otra parte, también sabemos que su concepción supo configurarse a través de los preceptos del ‘Pueblo del Libro’ y de los postulados filosóficos de Platón y Aristóteles.[18] Es decir, las principales ideas de Agustín abrevaron en ambas tradiciones:
San Agustín no le basta hacer de Dios el Creador, el Ser que creó de la nada el mundo y la humanidad en estado de madurez. Su relación con el pensamiento griego le induce a ir más allá y poner a Dios a la luz de una concepción progresista en la que el desarrollo y el crecimiento tienen un papel preponderante. Dios hace ‘que la semilla se desarrolle a partir de unos pliegues secretos e invisibles hasta convertirse en las formas visibles de belleza que aparecen ante nuestras miradas’.[19]
En suma, lo que pretendemos dejar asentado aquí es que las ideas de Agustín no solo fueron una fuente de inspiración para los diversos pensadores medievales, sino que, también iluminaron a una gran parte de los filósofos de la Modernidad, en particular, pesó sobre aquellos que estaban persuadidos del progreso humano, -incluso sus influencias gravitaron sobre ciertas concepciones que corrientemente se consideran plenamente seculares-.[20]
Ahora bien, al igual que con el pensamiento de la Antigüedad, sería insostenible y hasta absurdo intentar discurrir por cada uno de los autores que han desfilado durante el Medioevo.[21] Sin embargo, así como creímos necesario considerar ciertas ideas afines con el pensamiento agustiniano, también creemos necesario hacerlo ahora con un autor que divulgó las suyas durante el siglo XII, a saber: Joaquín de Fiore. El principal motivo de la elección está dado porque sus reflexiones auspiciaron el devenir de ciertas teorías afines con la idea de progreso. En otras palabras: Joaquín de Fiore posee suficientes méritos para otorgarle un lugar de privilegio dentro de nuestra exposición en la medida que su influjo pudiera ser fácilmente detectado en muchas de las teorías que han meditado sobre el progreso humano.
Agustín inauguró, filosóficamente hablando, la Edad media. Al respecto, hay quienes sostienen que este período fue una extensa época donde el pensamiento estuvo sumido en la contemplación de la vida extraterrenal y que, a su vez, se despreciaba las cosas de este mundo.[22] En líneas generales quizás pudieran encontrarse ciertos elementos que corroborarían tales juicios, aunque, al mismo tiempo, habría que admitir que no faltaron intelectuales cuyas especulaciones tienden a mostrarnos todo lo contrario. En otros términos: durante el Medioevo ha habido pensadores proclives a vaticinar que la prosperidad se revelaría en este mundo y no en el otro. Joaquín de Fiore se encuentra, justamente, en la cúspide de este conjunto de pensadores y Nisbet lo advierte claramente cuando señala:
De todas las profecías medievales que hablan de un futuro paraíso en la tierra, la que más fuerza tiene es la de Joaquín de Fiore.[23]
Ahora bien, entre las principales ideas que pertenecen a Joaquín de Fiore sin dudas cuenta aquella en la que se segmenta los periodos de la historia humana en tres fases o etapas.[24] Estas fases, que daban cuenta de la idea de progreso fueron enseñadas por su autor mediante diversas profecías[25] -cabe recalcar, por lo demás, que muchas de ellas provenían de las influencias del pensamiento agustiniano-.[26] Lo que nos interesa subrayar aquí no es tanto su fe en el progreso, sino más bien el peso que sus ideas tuvieron para con la tradición filosófica. En efecto, sus huellas figuran implícitamente en el interior de diversas doctrinas de la modernidad, al punto que autores probos como ciertamente son los casos de Hegel, Marx o Auguste Comte quedarían perfectamente comprendidos dentro del paradigma que auguró el monje calabrés. Baste con decir aquí que Joaquín de Fiore fue el primer pensador que supo estructurar su concepción sobre la base de una división tríadica de la historia y que, a consecuencia de estas mismas divisiones, emerge la idea de una continuidad histórica -idea fundamental y necesaria sine qua non para sustentar cualquier idea convencional que propusiera un progreso histórico-. Ciertamente, el lazo que pudiéramos establecer aquí no está dado por los desarrollos especulativos, pues, sabemos que tanto Hegel, Marx y Comte han utilizado argumentos bastante diferentes a los de Joaquín de Fiore. Empero, por mostrar solo algunas coincidencias, pudiéramos señalar que estos tres filósofos expusieron sus perspectivas de los procesos históricos sobre escenarios tríadicos y que, además, asumían una concepción de tiempo lineal y progresivo. Insistimos, esta concepción de tiempo es la que alimenta, en sí misma, la idea de una continuidad histórica y universal, por ende, resultaba sumamente necesaria para cada uno de aquellos autores. Por otra parte, otro punto de cierta afinidad entre la visión que recorrió la obra de Joaquín de Fiore y la de estos tres autores es que todos advertían un futuro sin la necesidad de las autoridades escolásticas[27]. Tanto la perspectiva que Hegel asumiría para su idea de ‘Estado’, como el advenimiento de la ‘Sociedad comunista’ de Marx, o la ‘Sociedad positiva’ presagiada por Comte, coincidían en ello. En resumen, tres de los enfoques que diversos exégetas tienden a considerar auténticas religiones secularizadas le deben mucho a Joaquín de Fiore.
Con estos últimos detalles damos por finalizado el pequeño repaso que nos hemos propuesto realizar antes de llegar a la Edad Moderna. Intuimos que tanto los contextos socio-políticos como las distintas concepciones religiosas, metafísicas y de los saberes en general -tan propios de cada época- han actuado de elementos motrices en cada una de las perspectivas observadas. Empero, lo más valioso a nuestro criterio es advertir que pese a todas las divergencias que de hecho nos constan, tanto unas como otras han operado en muchos casos con principios y presupuestos similares, ya sea sobre la idea de hombre, ya sobre la concepción de la Naturaleza. Particularmente, queremos situar en la cúspide de todos los pre-supuestos que la tradición Antigua y Medieval supo legarnos a: la idea del libre arbitrio o libre albedrio conferido al hombre y el sentido teleológico que se le adjudica a la naturaleza. Cuestiones que, de algún modo, permiten atribuirle a la especie humana un lugar de privilegio dentro del universo. Insistimos: tales premisas son insostenibles dentro del spinozismo.
- Insistimos que si bien aquí se expondrán ciertos antecedentes de la idea de progreso lo hacemos reconociendo que existen opiniones muy disímiles en cuanto a la presencia de esta idea en los períodos pre-modernos. Nuestro escrito no pretende tomar posición ni tampoco habrá de hacer interpretaciónes sobre quienes pudieran tener razón sobre esta cuestión. En cuanto a que para Nisbet esta idea efectivamente estuvo presente, véanse sus testimonios. Sobre el mundo antiguo, nos dirá: “contra lo que afirmaban las interpretaciones convencionales, los griegos y los romanos tenían una clara conciencia de haber sido precedidos por un largo pasado, veían que las artes, las ciencias y la situación del hombre en la tierra había ido avanzando poco a poco, y hasta se referían en algunas ocasiones a un futuro en el que, pensaban, la civilización superaría con mucho el estado que había alcanzado en sus tiempos”. En cuanto al Medioevo, expresa: “en toda la historia de la idea de progreso no hay nada tan importante como la incorporación al pensamiento cristiano del milenarismo judío, porque dada la pretensión universalista -originada por San Pablo-, el cristianismo amplió este milenarismo hasta hacer que abarcara la totalidad de las razas humanas. Por otro lado, la simple idea de que al final de la historia habría una edad de oro en la tierra que duraría mil (o quizás miles de) años, y la idea de que la humanidad avanza continua e inexorablemente hacia esa edad de oro, tuvo por fuerza quitar importancia a la corriente de pensamiento cristiano concentrada en el otro mundo, para estimular en cambio la preocupación por las cosas y acontecimientos de este mundo”. Cfr. Nisbet R. Op. cit., pp. 29-30; y, p. 80, respectivamente.↵
- Cfr. Cruz Vélez, D. Filosofía sin supuestos. Buenos Aires. Editorial Sudamericana, 1970, prólogo. ↵
- Debemos decir que esta es la interpretación más convencional, pero que también existen otras opiniones al respecto, las cuales tienden a comprender este mito de una manera inversa. Asimismo, también habría que reconocer que el propio Hesíodo expuso mitos que pudieran asociarse con la idea de progreso, por ejemplo, nos consta su versión del mito de Prometeo. Para más detalles sobre estas cuestiones, véase, Nisbet, R. Op. cit., pp., 32-35. ↵
- Cfr. ibíd., p. 39.↵
- Cfr. ibíd., p. 41.↵
- No concierne a nuestro escrito exhibir los argumentos que cada teoría supo esgrimir para defender cada uno de sus supuestos. Una vez más: el objetivo perseguido aquí no es el relevamiento de las ocasionales perspectivas de progreso que pudieron haber existido en estos períodos, sino marcar ciertos elementos que, a nuestro juicio, han gravitado sobre el posterior derrotero histórico-filosófico de Occidente. ↵
- Cfr. Canto Sperber, M. Filosofía Griega. Buenos Aires. Editorial Docencia, 2000, Vol. I y II, p. 201. ↵
- Brun, J. Aristóteles y el Liceo. Trad.: A. Maljuri. Buenos Aires. Eudeba, 1979, p. 21. -Apenas modificado-. ↵
- En cuanto al desacuerdo que existe para decidir si en estos pensadores hubo una concepción afín con la idea de progreso, nótese que Nisbet juzga esta cuestión sobre Platón con un rotundo sí; no obstante, señalará que son legión los que piensan que en Platón no está presente la idea de cambio, la de desarrollo o la de progreso”. En cuanto a Aristóteles, concibe la cuestión de una manera muy similar. Cfr. Nisbet, R. Op. cit., pp. 50-51; y, pp. 57-59, respectivamente. ↵
- El término trascendencia deberá ser comprendido aquí como la parte más significativa de aquellas posturas filosóficas que conciben que existen ciertos entes por fuera de lo límites naturales. ↵
- En efecto, tanto Platón como Aristóteles creían que la raza humana es eterna. Cfr. Nisbet, R. Historia de la idea de progreso. Op. cit., p. 59.↵
- Nótese que Spinoza en distintas oportunidades cuando advertía los errores de la tradición los remitía a ciertos yerros epistemológicos de los filósofos Antiguos. Por lo demás, cuando hacia estas valoraciones colocaba en una misma línea de pensamiento a Platón y a Aristóteles. Por dar un ejemplo, en la crítica de Spinoza hacia aquellos que sostenían una preeminencia de la luz divina por sobre la luz natural -tesis defendida por los teólogos cristianos de aquella época y que se utilizaba para oponer el conocimiento de Dios frente al conocimiento humano-, les advierte que tales argumentos utilizados eran similares a los esgrimidos por los filósofos antiguos. En efecto, en referencia a estos teólogos Spinoza expresa: “(…) no veo que hayan enseñado nada, aparte de las especulaciones de aristotélicos y platónicos. Spinoza, B. TTP. Prefacio, p. 67. Véase, también, la correspondencia entre Spinoza y Hugo Boxel en donde este último, en defensa de sus argumentos filosóficos, se auxilia en Platón y en Aristóteles. En ella Spinoza responderá: “(…) no pesa mucho sobre mí la autoridad de Platón, Aristóteles y Sócrates. Me habría sorprendido, si usted hubiese citado a Epicuro, a Demócrito, a Lucrecio o a alguno de los atomistas o defensores de los átomos.” Spinoza, B. Epistolario. Trad.: O. Cohan, D. Tatián y J. Blanco. Buenos Aires. Colihue, 2007, Carta LVI. -En adelante: EP-. ↵
- Nisbet, R. Op. cit., p. 87.↵
- Por cierto, también la doctrina estoica del período helenístico fue otra de las importantes fuentes por donde hubo de abrevar el pensamiento filosófico cristiano, sin embargo, entendemos que la siguiente metáfora resume bastante bien el punto que queremos advertir: “El gran trabajo intelectual de la cristiandad temprana consistió en el intento de conciliar Atenas con Jerusalén.” Cfr. Rojas Mullor, M. La idea de progreso y el concepto de desarrollo, Madrid. Universidad Rey Juan Carlos, 2011, p. 16.
Accesible en internet en: http://es.scribd.com/doc/53163185/Idea-de-progreso↵ - Rojas Mullor, M. Op. cit., p.12.↵
- Ibíd. ↵
- Su concepción lineal del tiempo pudiera ser quizás la que mejor revele esta cuestión: Nisbet, al respecto, dirá que, en Agustín: “el tiempo es inseparable del crecimiento, del avance paso a paso implícito en la idea de progreso desde sus orígenes griegos. San Agustín (…) habla de una sucesión ordenada de acontecimientos.” Nisbet, R. Op. cit., p. 100. ↵
- Al respecto, entre los fundamentos más importantes que sostienen a la teoría agustiniana figuran: la idea de Bien, el presupuesto teleológico y el libre albedrio humano. Por otra parte, es importante aclarar que si bien suele vincularse a Agustín con el pensamiento platónico también hay evidencias que muestran una importante ligazón con el pensamiento aristotélico. Para más detalles sobre esta última cuestión, véase, Rojas Mullor, M. Op. cit., p. 16. ↵
- Nisbet, R. Op. cit., p. 88.↵
- Para Nisbet la influencia es de tal magnitud que llega a decir: “podríamos tomar la famosa frase de A. N. Whitehead (la filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página a la obra de Platón) y cambiar el nombre de Platón por el de San Agustín. Por otra parte, con relación a las influencias agustinianas sobre los pensadores modernos que teorizaron sobre el progreso humano Nisbet lo hace notar en distintos pasajes de su obra, por ejemplo, cuando expresa: “En su forma más corriente, la idea de progreso se refiere en el mundo moderno no tanto a un pueblo o a una nación sino al conjunto de lo que nosotros entendemos por humanidad (…) Condorcet, Comte, Spencer y otros pensadores de los siglos XVIII y XIX sabían muy bien que cualquier pueblo, nación o imperio tiende a perder al cabo del tiempo el poder que le permitió alcanzar una posición dominante. Pero lo que les interesaba por encima de todo es que, fuera cual fuese el destino de cada uno de los pueblos de la tierra, nada puede impedir el progreso de la humanidad considerada en su conjunto”. O, también, cuando con relación a las tesis de Agustín sobre las ‘dos ciudades’ establece una especie de paralelismo y dice: “La idea de dialéctica en la forma que le dieron Hegel y Marx no es más que una variante de otra fundamental: la idea de que el conflicto o el enfrentamiento es un elemento imprescindible para que se produzca el cambio. Aquí no importa qué clase de entidades entren en oposición. Darwin dirá que son los miembros de una especie, Marx que las clases sociales, y Hegel que las diversas manifestaciones del espíritu, pero todos ellos creen que la pugna es un proceso indispensable.” Nisbet, R. Op. cit., p. 110; pp. 94-95 y 111-112, respectivamente. ↵
- Al respecto, nuestro escrito tiene entre sus premisas no descuidar algunos de los requisitos impartidos por Voltaire a los escritores que hablan de cuestiones históricas, recordémoslos: “Entre los muchos y muy diferentes deberes que tiene un historiador están el de no calumniar y el de no aburrir”. Cassirer, E. Filosofía de la Ilustración. Trad.: E. Ímaz. México. Fondo de Cultura Económica, 1943, p. 249. ↵
- Cfr. Nisbet, R. Op. cit., p. 140.↵
- Ibíd., p. 141.↵
- En pocas líneas las tres etapas históricas, advertidas por Joaquín de Fiore, eran: a) una primera etapa donde los hombres se regían por los impulsos carnales, esta etapa según Joaquín de Fiore tuvo su final con la llegada de Cristo; b) en la segunda fase los hombres se han de encontrar divididos entre sí; están los que siguen bajo el dominio de la carne y están los que se gobiernan por el espíritu. Esta etapa, según Fiore, era la de su propia época, pronosticándole su fin no sin antes un periodo de extremada agitación social en la que los hombres padecerán violencia, terror, miedo y sufrimientos; agregando que solo a través de estos dolores y tormentos será posible purificar y preparar a los humanos para la tercera y más grandiosa de las eras; y, c) ésta tercera etapa será la era del espíritu, en la que los seres humanos (naturalmente, todos convertidos al cristianismo) se transformarán en seres contemplativos cuyas vidas serán totalmente mentales. Cfr. ibíd., p. 143. ↵
- De Fiore, por ejemplo, profetizaba sobre la era venidera diciendo que en ella ya nadie tomará las cosas como propias y asume que acaecerá la abundancia, la riqueza y las alegres comidas. Cfr. Nisbet, R. Op. cit., pp. 143-145. ↵
- Al menos, ciertas características que Agustín denotaba sobre la ciudad de Dios pueden observarse de manera similar en los discursos de Joaquín de Fiore. Cfr., ibíd., pp. 145-146. ↵
- Cfr. ibíd., p. 144-145. ↵






