Otras publicaciones

9789877230932_frontcover

frontcover_RIMISP

Otras publicaciones

9789871867493-frontcover

9789877230253-frontcover

2 Subjetividades en el umbral entre lo íntimo y lo público

La bibliografía académica y el discurso autorreferencial de los propios blogs caracterizan a los weblogs como bitácoras o diarios personales en línea: un espacio donde se narran en primera persona tanto la propia vida como los acontecimientos más o menos inmediatos, actualizándose periódicamente.

Este carácter personal, central en su definición, cobra, sin embargo, una dimensión particular en los blogs que los diferencia de otros géneros biográficos, especialmente de los diarios íntimos con los cuales han sido reiteradamente comparados. Se trata de su constitutiva exposición pública y mediática: lo personal está siempre a disposición de la mirada de los demás vía un dispositivo específico.

En este capítulo analizaré este carácter ambiguo de los blogs, entre lo personal y lo público, a partir de la discusión de la expansión del espacio biográfico (Arfuch 2010) en el marco de las transformaciones de las esferas íntima y pública en los tiempos contemporáneos.

Al mismo tiempo, vincularé estas modificaciones con las mutaciones en las subjetividades contemporáneas que, en el marco de una creciente reflexividad, son expresadas por las narrativas del yo en Internet y, más específicamente, en los blogs.

Lo personal en lo público

En los blogs, lo personal se pone a disposición en lo público a partir de la circulación de la narrativa del sí mismo en Internet, soporte de acceso público y de creciente masividad[1], por lo que la escritura del blog presupone siempre un potencial lector. Pero, además, la herramienta “comentarios”, que permite la intervención de los lectores en el mismo espacio de publicación del autor (aunque con diferente jerarquía) muchas veces de manera inmediata, transforma la narrativa personal en objeto de una conversación que se desenvuelve, sin embargo, por escrito y con distintos grados de mediación[2].

Esta peculiar imbricación de lo que se dice sobre sí, ubicable en la esfera de lo íntimo, con lo público, se da como conversación consigo mismo visible para otros, como conversación con unos otros inmediatos (los comentaristas) y como apelación o conciencia de unos otros más difusos que habitan el espacio de la red.

En este sentido, la confusión de lo privado y lo público que se da al construirse lo personal-íntimo ya en un ámbito de discusión pública, se expresa en la conciencia de visibilidad tematizada por los bloggers, en la apelación e intercambo con los lectores tanto en las entradas como en los comentarios y, también, en la ambivalencia de los autores que tanto revelan un pensar sobre sí como se vuelven cronistas de su entorno inmediato y críticos, expertos o comentaristas de algunas temáticas específicas, pasando así de la narrativa del sí mismo, con estilos propios de la ficción literaria y los géneros biográficos, a estilos que los acercan a los géneros periodísticos de la crónica, el análisis y la opinión.

Como encontré en el estudio del corpus, los blogs que se definen como “personales” incorporan, al mismo tiempo que el narrar la vida propia, crónicas y opiniones muchas veces con una clara intención de intervenir en el debate sobre temas presentes en la agenda pública. Sin embargo, esta presencia de lo informativo en los blogs personales se da de una manera “desviada”: antes que diferenciado claramente de la narrativa personal, se inserta en ella prescindiendo de las normas y reglas que definen el discurso informativo y sus géneros dentro de la esfera periodística.

De la misma forma, aunque con un énfasis inverso, los blogs que se definen como periodísticos, aunque se ubican dentro del discurso informativo, lo hacen también desde una posición “desviada”: es el yo criterio suficiente de noticiabilidad y punto de referencia para la construcción de agenda[3].

La selección, jerarquización y tematización informativa en los blogs se da por fuera de las dinámicas institucionales que supone la estructura de un medio de comunicación y esto habilita una centralidad del yo narrador que finalmente deviene en el cruce de lo informativo con crónicas de la vida cotidiana y con el discurrir sobre sí mismo. Además de ser el criterio fundamental para la construcción del discurso informativo en los blogs periodístico, el yo es también un tema recurrente.

Este carácter ambiguo de los blogs, entre lo personal y lo informativo, se asienta en la creciente tematización de la vida tanto en los medios de comunicación como en las ciencias sociales (Arfuch 2010), que suman así formas narrativas del yo a géneros ya canónicos e inauguran géneros híbridos como los propios del infoentretenimiento[4].

Las mixturas resultantes del avance de la “vida” como tema y el protagonismo de “la propia experiencia” en los medios de comunicación, que se exacerba en las formas discursivas presentes en Internet, pueden ser leídos como rasgos de época, una época que se caracteriza por la expansión del espacio biográfico.

El concepto de espacio biográfico desarrollado por Arfuch nombra, espacializándola, la confluencia en un momento dado de múltiples formas escritas o audiovisuales de la narrativa vivencial, enmarcando así la coexistencia de géneros discursivos canonizados y de productos de la cultura de masas que tematizan la vida y la propia experiencia. De este modo, no debe pensarse este espacio como un “macro-género”, sino como un “escenario móvil de manifestación –y de irrupción– de motivos, quizás inesperados” (Arfuch 2010, 60)[5].

Los géneros discursivos reunidos en este escenario coexisten en torno de posiciones de sujeto autentificadas por una existencia “real” (ibíd., 101) y son susceptibles de ser considerados en una “interdiscursividad sintomática, de por sí significante” (ibíd., 22). Allí se articulan el “momento” y la “totalidad” a partir del lugar privilegiado de la vivencia; la búsqueda de identidad e identificación; la lógica compensatoria de la falta de un sujeto constitutivamente incompleto; la investidura del valor biográfico, entendido como la forma de comprensión, visión y expresión de la propia vida que ordena la vivencia y la narración de esa vida.

Para Arfuch, estos rasgos del espacio biográfico “disuaden de una interpretación simplista o causal de la proliferación de las narrativas del yo ­–y sus innúmeros desplazamientos– sólo en términos del voyerismo o narcisismo, para abrir camino a lecturas más matizadas y dar paso también a nuevos interrogantes” (ibíd., 66).

En su análisis, el espacio biográfico se ubica en “ese umbral de visibilidad indecidible entre público y privado” (ibíd., 248), por lo que el propio concepto obliga a pensar en las transformaciones que ambas esferas (la pública y la privada) experimentan en los tiempos contemporáneos.

La esfera privada, comprendida como contrapuesta a y separada de la esfera pública, se constituye con el ascenso de las burguesías y la consolidación del modo de producción capitalista. Para Habermas, la separación sustancial de esas dos esferas es producto de la desconcentración de dos elementos que estaban articulados en las formas de dominación de la alta Edad Media: la reproducción social y el poder político (1994, 172).

Esta escisión del poder político en manos del estado (lo público) y la reproducción social desarrollada en el tráfico mercantil (lo privado) es para Habermas condición necesaria para el desarrollo de la publicidad burguesa, entendida ésta como la esfera en la cual las personas privadas se reúnen en calidad de público. Este ámbito, en el cual se desarrolla el raciocinio político de los privados, está guiado por las experiencias procedentes de la subjetividad de la esfera íntima de la pequeña familia burguesa, inserta en el público.

De este modo, lo privado se encuentra a su vez desdoblado en un espacio de intimidad donde se desarrolla un tipo de subjetividad en apariencia emancipada de la esfera del trabajo social. Es en el propietario burgués que coinciden los dos roles implicados en este desdoblamiento: el varón privado combina el rol del poseedor de mercancías, el propietario, con el de padre de familia, “el hombre”.

La esfera privada burguesa se autoconcibe como un espacio de autonomía: la autonomía privada ejercida en el mundo de los negocios, opuesta a la esfera pública del poder estatal, con su burocracia y regulaciones, se refleja en una pretendida autonomía de la esfera íntima del círculo familiar, que se autorrepresenta como desprendida de todo vínculo social, “ámbito de la pura humanidad” (ibíd., 83).

Así, durante el siglo XVIII se constituye una esfera privada opuesta a la pública-estatal, que contiene la esfera de la reproducción social (basada en el tráfico mercantil) y la esfera íntimo-familiar. Como reflejo de la autonomía del propietario burgués, el espacio de la intimidad también aparece como emancipado de toda constricción social, plenamente autoconstruido. De este modo:

… libertad volitiva, comunidad amorosa e instrucción, dan lugar a una idea de humanidad que se entiende como inherente a ella [la familia] y que, ciertamente, le fija por vez primera, y de un modo absoluto, su posición: la emancipación –portadora aún del eco de las sentencias acerca de lo pura o meramente humano– de la intimidad del sujeto, regida y desplegada de acuerdo con sus propias leyes, respecto de finalidades y objetivos externos de cualquier clase. (ibíd., 84)

En el proceso de autoilustración de las personas privadas respecto de las experiencias de su nueva privacidad es que Habermas entiende que se forma el embrión de la publicidad políticamente activa y es en este ámbito de intimidad que se desarrollan tanto el género epistolar como el del diario íntimo.

La carta es considerada, según el léxico de la época, dice Habermas, “estampa del alma”, una “visita del alma”. Así, surge una doble relación consigo mismo y con los otros:

…la autoobservación entra en una conexión en parte curiosa, en parte empática con las conmociones anímicas del otro Yo. El diario se convierte en una carta destinada al remitente; la narración en primera persona, en monólogo destinado a receptor ajeno; ambos constituyen en la misma medida experimentos con la subjetividad descubierta en las relaciones íntimas pequeño-familiares. (ibíd., 86)

El surgimiento de la novela burguesa, basada en la descripción psicológica en forma autobiográfica, es producto, para Habermas, de esta subjetividad descubierta y explorada en la intimidad a través de las cartas y los diarios íntimos. En este proceso cambian las relaciones entre autor, obra y público que:

…llegan a convertirse en interacciones íntimas de las personas privadas psicológicamente interesadas en lo ‘humano’, en el autoconocimiento, así como en la compenetración. Richardson[6] llora con los personajes de sus novelas exactamente igual que sus lectores; autor y lector mismos se convierten en protagonistas que ‘se expresan’. (ibíd., 87)

De esta manera, la realidad como ilusión creada por la novela psicológica autoriza a penetrar en la acción literaria como sustitutivo de la propia acción. Pero, además, las personas privadas convertidas en público razonan sobre lo leído y lo introducen en el proceso de la ilustración. De ahí la importancia para Habermas de esta subjetividad literariamente mediada, que se constituye en la base de un raciocinio político en la naciente publicidad burguesa. El proceso por el cual el público compuesto por personas privadas raciocinantes se apropia de la publicidad reglamentada desde arriba para convertirla en una esfera de crítica del poder público se completa con el funcionamiento de la publicidad literaria (ibíd., 88).

Pero si esta esfera crítica de personas privadas reunidas en calidad de público debe su constitución a la separación de lo público y lo privado y al desarrollo de un tipo de subjetividad experimentada en el marco de la intimidad familiar, es con el progresivo ensamblamiento de ambas esferas, producido desde fines del siglo XIX, que se obtura para Habermas la posibilidad de la crítica raciocinante de los privados reunidos como público y se produce una refeudalización de la publicidad. Así, la progresiva difuminación de los límites entre público y privado es leída por el autor en términos negativos y de pérdida.

Con la intervención estatal en la esfera social y la transmisión de competencias públicas a corporaciones privadas se da para Habermas la dialéctica “de una progresiva estatalización de la sociedad paralela a una socialización del Estado” que comienza a destruir la base de la publicidad burguesa: “… de ambas surge una esfera social repolitazada que borra la diferencia entre ‘público’ y ‘privado’” (ibíd., 173).

En este proceso, la familia pierde parte de las funciones que la constituían como base del desarrollo de una esfera íntima, centro de las experiencias con la subjetividad. Tanto sus funciones respecto de la producción como las de la cría y educación de los hijos, las de instrucción y asesoramiento, y la de imprimir carácter en ámbitos considerados íntimos dentro de la esfera privada, tienden a desaparecer. De esta manera, dice Habermas, la familia es sometida a un “proceso de desprivatización mediante las garantías que públicamente se dan a su status” (ibíd., 185) y así se convierte en usuario de ingresos y ocio. Con ello se origina lo que el autor llama una “apariencia de intensa privacidad en una esfera íntima reducida al ámbito de la comunidad consumidora familiar” (ibíd., 185).

Finalmente, se produce para Habermas una disgregación individualizante del ámbito de la intimidad:

… en la medida en que las personas privadas retroceden de su ineludible rol de propietarios al rol puramente ‘personal’ de su nada ineludible espacio de ocio, caen […] bajo la influencia directa de instancias semipúblicas. La actividad del ocio da la clave de la pseudoprivacidad de la nueva esfera, de la desintimización de la llamada intimidad. (ibíd., 188)

En este contexto, el ocio ocupa el espacio de la publicidad literaria mediadora de la subjetividad surgida en la esfera íntima y se configura un ámbito pseodupúblico de consumo cultural, que prescinde de todo raciocionio, literario o político.

Como observa Arfuch (2010, 71), la difuminación de los límites entre las esferas pública y privada es vista con pesimismo por Habermas porque altera un modelo cualitativamente superior y, puede agregarse, lo degrada porque desactiva, desde esta visión, la acción política.

Para superar la dicotomía público-privado y pensar este ensamblamiento de esferas no sólo en términos de pérdida, como exceso de individualismo y anulación de la intimidad, sino también en términos de chances, “de la búsqueda de nuevos sentidos en la constitución de un nosotros”, es que Arfuch propone entender las relaciones entre individuo y sociedad como dos aspectos interdependientes y no enfrentados, un proceso histórico y compartido de conocimiento y reconocimiento que produce estructuras comunes de intelección:

En esta óptica, el yo verdadero, el más íntimo y personal, aquel que expresa pensamientos, convicciones, reacciones afectivas, rasgos de carácter, se conformará no ya en el abismo de una singularidad que la sociedad vendría a avasallar, sino justamente en esa trama de relaciones sociales de la cual emerge y en la que se inscribe. (ibíd.,74)

Por eso, el desborde de lo íntimo en lo público, visible en el presente en la obsesiva tematización mediática de las vidas privadas y, en general, en la expansión del espacio biográfico, no debe pensarse como una desnaturalización de las funciones y sentidos de las esferas privada y pública, “sino más bien como el producto mismo, históricamente determinado, de la interacción entre ambas” (ibíd., 75).

Arfuch (2005, 40) observa también que es en el espacio mediático, y en especial en su expansión a través de las redes virtuales, que “la afirmación (y la pugna) de las diferencias convoca obligadamente a la articulación entre público y privado[7], entre los mecanismos narrativos de la identidad personal y su indudable valencia colectiva”. Así, en la época contemporánea la configuración de estos espacios (íntimo, privado, público) se presenta sin límites nítidos y esta “ambigüedad constitutiva” no cancela los espacios público y privado como tales, sino que obliga a un desplazamiento del eje de la cuestión:

…de una hipotética in/adecuación a límites e incumbencias ‘canónicos’ a una reflexión más atenta sobre la actualidad, sobre los modos cambiantes de expresión, manifestación y construcción de sentidos; modos que tornan ‘públicas’ ciertas personas y ‘privadas’ ciertas escenas colectivas. (2010, 77)

¿Cómo entender, entonces, la subjetividad construida entre lo íntimo y lo público, aquella que se narra, se experimenta y se da a consumo en los blogs?

Según Sibilia, las experiencias subjetivas pueden estudiarse desde tres perspectivas: la que hace foco en la dimensión singular de la subjetividad, lo que implica analizar la trayectoria de cada individuo particular; la que analiza la dimensión universal de la subjetividad, englobando las características comunes al género humano, tales como al inscripción corporal de la subjetividad y su organización por medio del lenguaje (2008, 20); y, por último, la que la autora utiliza en su propio trabajo: una dimensión de análisis particular o específica, ubicada entre lo singular y lo universal de la experiencia subjetiva.

Este tipo de análisis hace foco en los elementos comunes a algunos sujetos, no entendidos como universales sino como emergentes de una cultura específica, es decir, la subjetividad debe ser comprendida también como fruto de ciertas presiones y fuerzas históricas concretas, en las que intervienen elementos políticos, económicos y sociales. En la misma línea que Arfuch, la experiencia subjetiva es también para Sibilia producto del proceso histórico compartido de conocimiento y reconocimiento en el cual se interrelacionan individuo y sociedad y se dan forma mutuamente.

Así, la noción de subjetividad se aleja de cualquier esencialismo para comprenderse como históricamente determinada, siempre encarnada en un cuerpo y embebida en una cultura intersubjetiva. Estamos, entonces, frente a formas cambiantes de ser y estar en el mundo, fruto de límites y presiones específicas de una hegemonía cultural concreta, que tanto da forma a los modos dominantes de ese ser y estar, como interactúa dinámicamente con las alteraciones, resistencias y desafíos ejercidos por presiones que no le son propias y, que en esa dinámica, la modifican (Williams 2009).

Es por eso que, cuando se producen cambios en las posibilidades de interacción con los otros y con el mundo y en las presiones culturales, la experiencia subjetiva se altera “en un juego por demás complejo, múltiple y abierto” (Sibilia 2008, 20). Es desde un análisis de la subjetividad centrado en los elementos culturales que se hace posible examinar los modos de ser y estar en el mundo que se desarrollan junto a las novedosas prácticas de expresión y comunicación vía Internet.

Para Sibilia, las cartas y los diarios íntimos tradicionales denotan una filiación directa con la “sociedad disciplinaria” del siglo XIX y principios del XX (Foucault 1976), con su estricta separación entre el ámbito público y la esfera privada y sus prácticas de lectura y escritura silenciosas en la soledad de la esfera íntima. En ese contexto germinó el tipo de subjetividad que la autor identifica con el homo psychologicus u homo privatus (Sibilia 2008, 27).

La “sociedad de control” del siglo XXI (Deleuze 1999), en cambio, convoca a las personalidades para que se muestren: hay un desplazamiento de aquella subjetividad “interiorizada” hacia nuevas formas de autoconstrucción:

… algunos ensayistas aluden a la sociabilidad líquida o a la cultura somática de nuestro tiempo, donde aparece un tipo de yo más epidérmico y dúctil, que se exhibe en la superficie de la piel o de las pantallas […] Por todo eso, ciertos usos de los blogs, fotologs, webcams y otras herramientas como MySpace y YouTube, serían estrategias que los sujetos contemporáneos ponen en acción para responder a estas nuevas demandas socioculturales, balizando nuevas formas de ser y estar en el mundo. (Sibilia 2008, 28)

Si para Habermas la escritura y la lectura en el seno de la intimidad familiar fueron terreno de experimentación de la naciente subjetividad del individuo moderno, para Sibilia, Internet se ha convertido, en la sociedad contemporánea, en “un terreno propicio para experimentar y diseñar nuevas subjetividades: en su meandros nacen formas novedosas de ser y estar en el mundo” (2008, 33).

De esta manera, el declive de la interioridad psicológica nacida en la intimidad de la pequeña familia burguesa da paso al fenómeno contemporáneo de exhibición de la intimidad, o extimidad, en términos de la autora. Con el juego de palabras implicado en ese término, Sibilia busca dar cuenta de las paradojas de exponer la propia intimidad “en las vitrinas globales de la red” (ibíd., 16).

Reflexividad y narrativas del yo

Estas nuevas formas de construirse y experimentarse la subjetividad, no ya en el marco exclusivo de una intimidad centro de la esfera privada, sino en el umbral entre lo personal y lo público, pueden interpretarse como propias del proceso de modernización reflexiva que corresponde, de acuerdo a la obra de Beck, Giddens y Lash (1997), a los tiempos contemporáneos, específicamente a la sociedad pos-1989.

Lash y Urry entienden a la reflexividad como una de las consecuencias de la espacialización y semiotización de las economías políticas en lo que denominan el capitalismo de la posorganización. Su característica central es la movilidad acelerada de objetos y sujetos que tanto trae consecuencias inquietantes ­–los objetos se hacen descartables y pierden significación y las relaciones sociales se vacían de significado–, como, al mismo tiempo, alienta para los sujetos el desarrollo de una creciente reflexividad.

En ese sentido, las consecuencias de los cambios implicados por las nuevas economías de signos y espacios no se reducen, para los autores, “al vaciamiento y la superficialización” (1998, 53).

La noción de reflexividad, aunque con matices en el trabajo de Beck, Giddens y Lash, como veremos más adelante, implica para los tres autores la radicalización de la tendencia moderna de someter a interrogación a nuevos campos de la vida social, política y de la vida, producto de un mundo donde las estructuras e instituciones conocidas se vuelven fuente de incertidumbre.

Así, por ejemplo, las tendencias hacia la intensificación de la globalización exigen a las tradiciones que se defiendan a sí mismas y que por lo tanto estén sujetas de forma rutinaria a interrogación, y condicionan a –e interactúan con– los cambios en la vida cotidiana, muchos de los cuales no se derivan de la esfera de decisión ortodoxa. También, a partir de la “crisis ecológica”, la naturaleza se transforma en área de acción en la que los seres humanos tienen que tomar decisiones prácticas y éticas. En definitiva, el cuestionamiento de las formas sociales se ha convertido en un lugar común, dicen los autores: “es un mundo que en numerosas circunstancias estimula la crítica activa” (Beck, Giddens y Lash 1997, 11).

Este proceso se desenvuelve para Beck en lo que él define como la “sociedad del riesgo”, una fase de la modernidad en la que las amenazas que produjo el desarrollo de la sociedad industrial empiezan a predominar. Los riesgos sociales, políticos, económicos e individuales “tienden cada vez más a escapar a las instituciones de control y protección de la sociedad industrial” (Beck 1997, 18).

Beck distingue dos fases en este contexto: en la primera, los efectos y autoamenazas de la sociedad industrial se producen pero no se convierten en temas de debate público o en el centro de conflictos políticos. El concepto de la sociedad industrial sigue siendo predominante: multiplica y legitima las amenazas producidas por la toma de decisiones como “riesgos residuales”. En la segunda fase, los peligros de la sociedad industrial comienzan a dominar los debates y conflictos públicos y privados. “Aquí, las instituciones de la sociedad industrial se convierten en los productores y legitimadores de amenazas que no pueden controlar” (ibíd.,18). Las mismas características de la sociedad industrial se vuelven problemáticas y objeto de debate.

La sociedad del riesgo, dice Beck, superpone a los conflictos sobre la distribución de “bienes”, los conflictos sobre la distribución de “males” o, en otras palabras, cómo se distribuyen las responsabilidades de prevención y control en torno a los riesgos que acompañan a la producción de bienes, entre otros, los que traen la megatecnología nuclear y química, la investigación genética, las amenazas ambientales, la supermilitarización, etc.

La transición del período industrial al período de riesgo de la modernidad, es decir del proceso de “modernización simple” al de “modernización reflexiva”, no se produce para Beck de manera consciente, sino de forma no deseada, no percibida. Es consecuencia del propio dinamismo de la modernización que se ha vuelto autónomo.

Por eso, lo reflexivo en su concepción de “modernización reflexiva” sugiere, principalmente, autoconfrontación. En otras palabras, es la sociedad industrial la que se vuelve contra sí misma, en su propio devenir. Esto trae como consecuencia transformaciones de época al menos en tres áreas: los recursos de la naturaleza y la cultura, la relación de la sociedad con las amenazas autoproducidas y las fuentes de significado colectivas y específicas de grupo de la cultura de la sociedad industrial que “están sufriendo de agotamiento, quiebra y desencantamiento” (ibíd., 20).

La pérdida de estas fuentes de significado colectivo hacen recaer sobre los individuos “todo el esfuerzo de definición”. A este proceso Beck lo denomina “de individualización”. A diferencia de los procesos de individualización de los inicios de la modernidad:

…hoy las personas no se ‘liberan’ de certezas feudales y religioso-trascendentales para establecerse en el mundo de la sociedad industrial, sino que se ‘liberan’ de la sociedad industrial para instalarse en las turbulencias de la sociedad global del riesgo. Se espera de los individuos que vivan con una amplia variedad de riesgos globales y personales diferentes y mutuamente contradictorios. (ibíd., 21)

En este contexto, las “ambivalencias biográficas”, superables en otras etapas recurriendo a la familia, la comunidad, la clase o el grupo social, deben ser manejadas por los propios individuos. “Incluso el yo ha dejado de ser el yo inequívoco, fragmentándose en discursos contradictorios del yo”, señala Beck (ibíd., 21).

En el mismo sentido, para Anthony Giddens es en la sociedad postradicional –que se manifiesta definitivamente en la alta modernidad o modernidad tardía– que la reflexividad se expresa en la vida cotidiana, en el plano personal: las personas tienen que organizar sus propias narrativas biográficas.

En el contexto de una creciente interdependencia global, donde las actividades locales están influidas o incluso determinadas por acontecimientos o agentes remotos, también, y al mismo tiempo, las acciones y decisiones cotidianas e individuales tienen consecuencias globales:

El experimento global de la modernidad influye en y es influido por la penetración de las instituciones modernas en el tejido de la vida cotidiana. No es solo la comunidad local, sino también rasgos íntimos de la vida personal y del yo los que se entretejen con relaciones de extensión espacio-temporal indefinida. (Giddens 1997, 79)

Por eso, el tiempo objetivo de la primera modernidad se reemplaza en la modernidad tardía por temporalidades subjetivas, personalizadas, en las narrativas auto-creadas.

Si en las sociedades tradicionales las seguridades provenían de rituales y prácticas establecidas, en la primera modernidad provienen de los “sistemas expertos”. Pero, tanto por el desencanto generado por las promesas no cumplidas del desarrollo científico-técnico como por su propio principio intrínseco de considerarse abierto al cuestionamiento, en la alta modernidad el conocimiento experto:

…está abierto a la reapropiación por parte de cualquiera que tenga el tiempo y los recursos necesarios para formarse; y la prevalencia de la reflexividad institucional supone que existe un continuo filtrado de las teorías, conceptos y descubrimientos expertos a la población profana. (ibíd., 117).

Tanto Beck como Giddens privilegian en su análisis la dimensión cognitiva de la reflexividad. Es esta dimensión la que define al sujeto reflexivo, un individuo que se autodefine en un contexto de incertidumbre. En el caso de Beck, el objeto de la reflexividad es la ciencia, y más ampliamente lo son los procesos sociales, y su medio es la crítica. Para Giddens, en cambio, el objeto de la reflexividad es la persona y su medio, la regulación. A partir de la crítica a estas dos teorizaciones Lash, en cambio, incorpora en su análisis de la reflexividad la dimensión estético-hermenéutica (Lash 1997, Lash y Urry 1998).

Como ya señalamos, para Lash los nuevos regímenes socio-estructurales, al mismo tiempo que generan una superficialización tanto de la vida económica, social y política como de la cultura y la esfera personal, abren espacios de acrecentada reflexividad para los sujetos. Pero, a diferencia de Beck y Giddens, la tesis de Lash es que en la modernidad tardía los procesos sociales son penetrados por una reflexividad estética. El elemento estético se trasunta para el autor en la vida popular, el cine, el ocio o el turismo y se asocia a la difusión “de una especie de capital cultural estético a vastos grupos de personas” (Lash y Urry 1998, 82).

Esta generalización de lo estético incluye, en parte, “la generalización de los ‘sistemas expertos’ que los sujetos usan reflexivamente para regular su vida cotidiana”. Además de los considerados por Beck y Giddens (la difusión de un saber lego con respecto a la ciencia y al ambiente, un saber de ciencias sociales y de técnicas de auto-terapia), Lash incorpora los “sistemas expertos” estéticos: el uso del film, la televisión de calidad, la poesía, los viajes y la pintura “como mediadores en la regulación reflexiva de la vida cotidiana” (ibíd., 82).

Al mismo tiempo, se produce un desplazamiento de la reflexividad de la producción al consumo. Para Lash, la elección en el consumo no debe entenderse con un simple significado utilitario, porque “en nuestros días el consumo ha adquirido relevancia para la propia formación de identidad” (ibíd., 86).

Sin embargo, si para Beck y Giddens la teoría de la modernización reflexiva implica un retroceso de las estructuras sociales frente al creciente poder de la ‘agencia’[8], para Lash las estructuras sociales que se encuentran en retroceso están, en realidad, siendo desplazadas por estructuras informativas y comunicativas. Advierte, además, sobre la cuestión de la posibilidad real de la autoconstrucción de narrativas para los “perdedores de la reflexividad”. ¿Cuánta libertad de la ‘necesidad’ de la ‘estructura’ y de la pobreza estructural tiene una madre soltera en un gueto urbano para autoconstruir su propia narración vital?, se pregunta (Lash 1997, 149).

Así, abre la cuestión crucial de cuáles son las condiciones estructurales de la reflexividad, evitando caer en la idea de un individuo autorregulado y reponiendo la necesaria articulación entre el obrar (agencia) y las estructuras, en unas condiciones materiales concretas, aún en el contexto de debilitamiento de estructuras e instituciones conocidas, ahora fuente de incertidumbre. Esta declinación sumada a la creciente importancia de los factores culturales y del ocio y el consumo, en comparación con la esfera de la producción, producen, según Lash, cambios en las formas de comunidad e identidad colectiva que, sin embargo, no identifica con el repliegue sobre sí mismo de los individuos propio de las argumentaciones de Beck y Giddens.

Para el autor, las condiciones estructurales de la reflexividad están dadas por un conjunto articulado de redes globales y estructuras de información y comunicación. Las oportunidades de vida en la modernidad reflexiva, entonces, dependen del acceso a, y del lugar en, estas nuevas estructuras de información y comunicación.

A través de estas estructuras no sólo fluye el conocimiento sino también “toda una economía de signos en el espacio” compuesta no sólo de símbolos conceptuales, sino también miméticos: imágenes, sonidos y narraciones “que constituyen la otra cara de nuestra economía de signos”. Así como, por un lado, esta economía de signos forma parte de la propiedad intelectual mercantilizada de las industrias culturales y en ese sentido pertenece al montaje de poder pos-industrial, por otro lado abre “espacios virtuales y reales para la popularización de la crítica estética de ese mismo complejo de poder/conocimiento” (ibíd., 168).

Según este argumento, la reflexividad estética que penetra los procesos sociales implica la crítica de la alta modernidad en el sentido no sólo del “gran arte” sino de la cultura popular y la estética de la vida cotidiana. Al incorporar esta dimensión al análisis, se amplía la cuestión de las acciones no reproductivas, de los puntos de fisura en las estructuras que no se encuentran en el campo de la reflexividad cognitiva, sino estética, en tanto hermenéutica “práctica”.

En definitiva, encontramos que esta noción ampliada de reflexividad, que se vincula a los cambios político-económicos y socio-culturales propios de los tiempos contemporáneos, es fructífera para pensar los “modos de ser y estar en el mundo” que se experimentan hoy en el terreno virtual.

Identidades flexibles

Si la reflexividad se expresa, entre otras cuestiones, en las narrativas biográficas auto-creadas, la subjetividad que, mediante la práctica de estas narrativas y de la expresividad en primera persona, es puesta en juego y desplegada para su consumo en el espacio virtual, aparece como una unidad ilusoria, construida a partir del flujo caótico y múltiple de cada experiencia individual (Sibilia 2008, 37) en su relación con un nosotros y del obrar personal o colectivo en su relación con unas estructuras contingentes.

El yo que produce esta narrativa reflexiva es, como dice Sibilia siguiendo a Bourdieu, “una entidad compleja y vacilante”, lugar donde convergen los relatos de uno mismo al mismo tiempo que esos relatos provocan en el mundo un “efecto-sujeto” (ibíd., 38).

Tanto para Sibilia como para Arfuch (2005, 2010) la experiencia de sí mismo como un yo se debe a la condición de narrador del sujeto, alguien que es capaz de organizar su experiencias en la primera persona del singular. Pero éste no se expresa unívoca y linealmente a través de sus palabras, traduciendo en texto una entidad que precede al relato, sino que la subjetividad se afirma y constituye en el relato (Sibilia 2008, 38).

El yo que crea, además, no es un narrador omnisciente: muchos de los relatos que le dan espesor son inconscientes o se originan fuera de sí, en los otros. En este sentido, se trata de un yo heterogéneo o múltiple, sólo posible en la alteridad:

…no hay posibilidad de afirmación de la subjetividad sin intersubjetividad, y por ende, toda biografía, todo relato de la experiencia es, en un punto, colectiva/o, expresión de una época, de un grupo de una generación, de una clase, de una narrativa común de identidad. (Arfuch 2010, 79)

La narrativización del sí mismo, entonces, forma parte de este proceso de subjetivación y de construcción identitaria que se opera dentro del “juego de la diferencia” en las relaciones sociales. Se trata de un trabajo de auto-constitución del yo que se articula con las posiciones en que los sujetos son emplazados por las formaciones discursivas, por lo normativo (Hall 1996, 13 y 14).

En su discusión sobre la identidad, Hall, siguiendo a Foucault, parte de una conceptualización del sujeto que implica su desplazamiento de la posición de autor central de las prácticas sociales y de la idea de una conciencia trascendente. Así desplazado, el sujeto se ubica en la articulación de la relación sujeto-prácticas discursivas. Desde este enfoque, el proceso de subjetivación implica la identificación[9] como una construcción, es decir, un proceso nunca completado, una instancia condicional basada en la contingencia:

Cómo todas las prácticas de significación, [la identificación] está sujeta al ‘juego’ de la différance. Obedece a la lógica de más-de-uno. Y dado que como proceso opera a través de la diferencia, conlleva trabajo discursivo, la delimitación y marcación de límites simbólicos, la producción de ‘efectos de frontera’… (ibíd., 3)[10].

En consecuencia, el concepto de identidad desplegado por Hall no es esencialista sino estratégico y posicional: no indica un núcleo estable del yo, que se desenvuelve sin cambios, ni un yo verdadero oculto tras otros yo impuestos de manera artificial y compartido colectivamente a través de una historia en común, definible como una unidad inalterable. Al contrario, las identidades nunca están unificadas y en la modernidad contemporánea están “cada vez más fragmentadas y fracturadas; construidas nunca de manera singular, sino en forma múltiple a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, con frecuencia en intersección y antagónicos” (ibíd., 4).

A esta historización radical de las identidades, en proceso de permanente transformación, hay que comprenderla dentro del discurso: allí es donde las identidades son construidas, producidas dentro de formaciones y prácticas discursivas específicas, dentro del “juego de modalidades específicas de poder”, por lo que “son más el producto de la marcación de la diferencia y la exclusión, que signos de una unidad idéntica…” (ibíd., 4).

En términos de Foucault, el sujeto es producido como un efecto a través y dentro del discurso, es decir, dentro de formaciones discursivas específicas. Para Hall, sin embargo, también es necesario atender a lo que pudiera de alguna manera obstaculizar o perturbar “la suave inserción de los individuos dentro de las posiciones de sujeto construidas por estos discursos” (ibíd., 11). En otras palabras, para Hall no alcanza con que la Ley emplace, discipline y produzca, sino que, al mismo tiempo, debe haber una producción correspondiente de respuesta por parte del sujeto: así, es la resistencia lo que también debe ser teorizado.

Por eso, desde este enfoque, es necesario buscar las formas y modalidades de las relaciones con el yo mediante las cuales el individuo se constituye y reconoce a sí mismo como sujeto. Dentro de la problemática de la identidad es necesario, entonces, considerar tanto los discursos reguladores y disciplinarios como las prácticas de constitución subjetiva del yo, lo que implica para Hall aceptar la existencia de algún “paisaje interior” del sujeto. Finalmente “…lo que queda es la exigencia de pensar la relación entre el sujeto y las formaciones discursivas como una articulación” (ibíd., 14).

Si la subjetividad, ese modo de ser y estar en el mundo, se construye como articulación en la relación entre el sujeto y las formaciones discursivas, mediante prácticas expresivas que incluyen el relato de sí, ¿cómo interpretar estas narrativas del yo ante otros, explícitamente visibilizadas; esta puesta a disposición de la subjetividad como objeto no sólo de la reflexividad propia sino también de la ajena en la red global de información y comunicación?

Entiendo que el predominio de las narrativas del yo en el soporte virtual y el ensanchamiento del espacio biográfico que allí se percibe dan cuenta de una expresividad que busca inscribirse en los flujos en los cuales se producen los lazos sociales en la contemporaneidad, como parte de las prácticas de auto-construcción de los sujetos en articulación con las formaciones discursivas; prácticas reflexivas (no sólo o el sentido cognitivo, sino también en el estético-hermenéutico) articuladas específicamente con estructuras infocomunicacionales.

En el contexto del capitalismo tardío y de los cambios económicos, políticos y sociales de esta época, en la cual no se perciben estructuras socio-culturales rígidas que, arraigadas en las tradiciones, establezcan e institucionalicen grupos de pertenencia duraderas y estables, las identidades pueden entenderse como una forma del don[11], circulando de una relación comunitaria a otra y flexibilizando su condición en esos trayectos (Dipaola 2010, 165). Para Dipaola, el darse es auto-construcción, no en el sentido de un individuo autorregulado y autoconsciente obligado a producirse a sí mismo por la desaparición de las regulaciones sociales totalizantes, sino en la dinámica flexible de las relaciones.

Las identidades se dan, se pertenecen bajo la forma del darse y ser parte significa dar: “De este modo, los lazos comunitarios se constituyen siempre en base a la circulación constante y las identidades se integran como circulantes, con esto, las identidades mismas son dadas” (ibíd., 164).

En el contexto contemporáneo, la dimensión del don surge de las formas de interacción en las formas de circulación propias del consumo y de la conformación de los individuos como productos que se dan en las prácticas cotidianas. Además:

Las identidades no son únicamente aquello que se da de una comunidad a otra, sino que el don que posibilita la composición de comunidades es, a su vez, los tránsitos y los flujos que sobre esas identidades componen multiplicidad de relaciones y abren infinitas perspectivas comunicativas y de acción. (ibíd., 176)

La tendencia es que los individuos se expresen en identidades más fragmentarias y volátiles, con orientaciones más dispersas, más definidas por los consumos culturales, pero nunca por fuera de la matriz conflictiva de relaciones sociales. En el espacio social los individuos, en busca de su registro identitario, rearticulan constantemente sus maneras de proceder en los entornos comunicativos sobre los cuales se hallan (ibíd., 178).

La circulación es, entonces, la característica principal que provoca el devenir de las comunidades y de las identidades “generándose una producción práctica de la normatividad y de la experiencia social y cultural en la cual los individuos hacen y dan sus relaciones” (ibíd., 173).

Desde esta perspectiva, las identidades son primeramente flexibles y la flexibilidad da cuenta de un estado de pasaje, de la capacidad de producir otra versión de sí mismo a cada instante. También, y en segundo lugar, son dinámicas: “si la identidad es un producto, la producción es interna al producto mismo, es decir, siempre se está produciendo”. Se trata de la producción en devenir sobre la experiencia lo que hace posible el flujo del don “que es la instancia performativa por excelencia de la comunidad” (ibíd., 177).

Es así que consideramos que las narrativas del yo en Internet expresan un darse de las identidades flexibles en el espacio de circulación abierto en las redes informáticas. El yo se auto-narra y en ese narrase se constituye como un producto a disposición circulando en el entramado de relaciones que constituyen la experiencia social contemporánea.

De este modo, los blogs, como vehículos de estas identidades flexibles, necesariamente se producen en la extimidad. Las subjetividades por ellos portadas se constituyen visibles, circulantes, dadas a consumo, entre las relaciones sociales y las estructuras infocomunicacionales que constituyen el espacio virtual.


  1. Existen blogs de acceso restringido o por invitación. Sin embargo, la modalidad corriente es la de la publicación abierta.
  2. La publicación de los comentarios no siempre es automática o en tiempo real. Los llamados trols o trolls, personas que publican mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea con intención de molestar o provocar algún tipo de respuesta en los usuarios y lectores, así como los comentarios con contenido publicitarios (spam) llevaron a muchos bloggers a establecer un sistema de moderación o aprobación de los comentarios previo a su publicación.
  3. Volveré sobre este tema en el Capítulo 6, dedicado a los blogs periodísticos.
  4. Aníbal Ford (1999) desarrolló la categoría de infoentretenimiento para dar cuenta del auge de las hibridaciones en los géneros periodísticos tanto gráficos como audiovisuales. Ford vincula la expansión del infoentretenimiento, que incluye géneros como los talk show, los reality shows, las noticias narrativizadas, los docudramas y los “casos”, con el desdibujamiento de los límites entre lo privado y lo público, la búsqueda de credibilidad de los medios a partir de información individualizada (el relato en primera persona, según mi enfoque, constataría su carácter de “real”) y la mezcla de información con comentarios y ficción.
  5. La expresión, dice Arfuch, es “tomada en préstamo” a Philippe Lejeune quien formulaba un “espacio biográfico” para dar cabida “a las diversas formas que ha asumido, con el correr de los siglos, la narración inveterada de las vidas, notables u ‘oscuras’, entre las cuales a autobiografía moderna no es sino un ‘caso’” (2010, 22).
  6. Autor de Pamela (1740), que llegó a convertirse en modelo de novelas epistolares.
  7. Según Arfuch la configuración globalizada cuestiona la antinomia público/privado: “ya no es posible mantener ese umbral topológico, esa especie de divisoria de aguas que prescribiría lo aceptable en uno y otro registro…” (2005, 41).
  8. El proceso de individualización descripto por Beck y, en parte, por Giddens, arroja sobre el individuo la capacidad de afrontar toda una gama de decisiones que pone al yo como centro de la acción cotidiana y a las condiciones institucionales como consecuencia de las decisiones adoptadas por él. Tal posición recibe la crítica de E. Dipaola en tanto “todavía sigue imponiéndose un principio de reificación de la subjetividad, si ya no afirmado en la representación universal del lazo entre individuos, sí es apreciable en la identidad autodefinida de una individualidad que se ‘autorrealiza’ y es ‘autorrefleja’ respecto a la circunstancias sociales”. (Dipaola 2010, 161).
  9. Hall discute la noción de identificación para enfatizar el proceso de subjetivación, más que las prácticas discursivas, en el marco de la cuestión de la identidad.
  10. La traducción de las citas textuales de Hall es propia.
  11. A partir de la noción de don maussiana, Dipaola entiende bajo esta figura “un desplazamiento mediante el cual nos es dada la comunidad y, simultáneamente, el proceso por el cual, en ese entramado comunitario, las identidades se relacionan e interactúan entre sí” (2010, 164).


Deja un comentario