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4 Las experiencias asociativas promovidas por las políticas socio-productivas: entre la militancia cooperativista y la asociatividad forzada

El análisis del proceso de surgimiento, ampliación y consolidación de los programas de apoyo a la Economía Social en la Argentina que desarrollamos en el capítulo 2, da cuenta de la decisión estatal de impulsar la creación de emprendimientos asociativos y cooperativas de trabajo como herramientas para promover la integración social y económica de los desempleados. En este sentido, los datos presentados en el Capítulo 3 muestran la capacidad del Estado de impulsar estas nuevas formas laborales, aunque al mismo tiempo este modo “de entrada” a la autogestión por vía de las políticas sociales, alerta sobre la posible fragilidad de estas experiencias en el largo plazo.

Esta situación abre interrogantes acerca de cuáles son los diversos sentidos que adquiere la conformación y la participación en una cooperativa para los sujetos. En la investigación que tuvo como resultado nuestra tesis de maestría (Hopp, 2010), observamos una tensión entre la potencialidad de las intervenciones del Estado para impulsar el asociativismo y promover nuevas formas de organización del trabajo y la cooperativización como requisito de acceso a estos programas. En este sentido, allí nos preguntábamos qué diferencias se plantean entre las experiencias de las cooperativas que surgen a partir de la asociación voluntaria de sus integrantes para resolver sus problemas de empleo y/o producción y satisfacer de ese modo las necesidades de sus hogares, y las cooperativas generadas como estrategia de acceso a la asistencia social del Estado. Reflexionando acerca de esta cuestión, traíamos los casos de dos referentes de empresas recuperadas que cuestionaban la creación de cooperativas a partir de planes sociales, porque consideraban que en los últimos años se había difundido en el país la idea de que para “ganar un mango había que formar una cooperativa”. Esta representación que ellos perciben, se aleja del ideal del cooperativismo y de ese “fin más profundo” que intentan impulsar y construir cotidianamente.

Estas diferentes situaciones y condiciones de acceso a las políticas de promoción socio-productiva y a la autogestión del trabajo, hablan de tres tipos de experiencias asociativas que dan lugar a distintas prácticas y representaciones acerca de la participación en los emprendimientos asociativos o en las cooperativas de trabajo. Asimismo, estas condiciones intervienen en los procesos de construcción de identidades laborales.

Como desarrollamos en la introducción, la vinculación entre políticas sociales y autogestión del trabajo corresponde a nuestro objeto de estudio. Empíricamente ésta puede producirse por efecto de la política social, cuando para acceder al plan se conforma el emprendimiento de autoempleo o la cooperativa. O separadamente, en los casos en los que la búsqueda de apoyo de las agencias estatales de política social se da al momento en que la experiencia de autogestión ya se encuentra en marcha o consolidada.

La primera experiencia que observamos es aquella que denominamos como “militancia cooperativista” (Hopp, 2010), entendida como una práctica orientada a la construcción de un proyecto político colectivo vinculado con los principios y valores del cooperativismo, entre ellos solidaridad, cooperación, democracia en la gestión de la empresa, autonomía e independencia, compromiso con la comunidad, formación y aprendizaje, no discriminación y no explotación del trabajo. Desde esta experiencia se concibe la participación en la cooperativa como una herramienta para la transformación social y se percibe como una forma y un proyecto de vida.

La segunda, refiere a los casos en donde en un primer momento la incorporación o la conformación de la cooperativa o el emprendimiento asociativo se da por la necesidad de generar trabajo e ingresos, pero luego se consolida y se asume como un trabajo genuino y autogestionado.

Por último, las estrategias de vida, producto de las necesidades inmediatas, cuando la cooperativización se convierte en un recurso de acceso a la asistencia social, que podemos denominar como la experiencia de “asociatividad forzada”. El adjetivo “forzado” en este caso refiere al carácter no espontáneo de la asociación[1]. Seleccionamos el término forzada para caracterizar esta experiencia producida por la política social, porque se opone, justamente, a la naturaleza voluntaria de la asociatividad propia de la organización cooperativa y de los emprendimientos de Economía Social. Si buscamos los sinónimos de este adjetivo encontramos que forzado se relaciona, por ejemplo, con falso, fingido, artificial, postizo, impuesto, ineludible y exigido[2]. Estas palabras aluden al modo en que los destinatarios de aquellas políticas que tienen como requisito de acceso la unión con otros o la conformación de una cooperativa, dan inicio a su experiencia asociativa (más allá de las diversas formas que la asociatividad pueda tomar en el proceso de su desarrollo). En este capítulo, describiremos y analizaremos algunas de las situaciones que dan cuenta del carácter forzado de estas experiencias asociativas, como por ejemplo, los casos en que los destinatarios se inscriben individualmente en un programa y luego son incorporados por la agencia estatal que lo implementa a una cooperativa de trabajo conformada para viabilizar la ejecución del mismo; o aquellos en los que los asociados no conocen qué es una cooperativa, ni cuáles son los principios que orientan esta forma de organización del trabajo, aunque participen en ella para poder permanecer en un programa. Si pensamos la asociación desde la perspectiva de los sujetos destinatarios, podemos definir esta experiencia también como “asociatividad instrumental”, dado que la participación en la cooperativa o en el emprendimiento puede interpretarse como parte de las estrategias de vida, en las que el acceso al programa social significa la garantía de regularidad de un ingreso que resulta fundamental para su subsistencia.

Cabe señalar que estas tres experiencias o formas de vivir la autogestión no son estáticas y varían según diversos factores coyunturales -vinculados tanto con situaciones generales del emprendimiento y del contexto socioeconómico, como con cuestiones personales o familiares de los sujetos- que analizaremos en los puntos que siguen. Entre los factores más importantes se encuentran los avatares del desempeño económico del emprendimiento/cooperativa, las condiciones socioeconómicas de los sujetos, su situación familiar, la participación/articulación con organizaciones sociales vinculadas con la Economía Social, las condiciones de acceso a las políticas de promoción socio-productiva y la posibilidad de construir una identidad colectiva en tanto trabajadores autogestionados.

Partiendo de aquello que definimos como la dimensión cultural de la integración social, el objetivo de este capítulo es analizar las distintas experiencias asociativas, a partir del estudio de 3 casos que expresan diferentes formas de construcción de la autogestión del trabajo. En cada experiencia, exploraremos algunas cuestiones que refieren a la construcción de identidades de los sujetos destinatarios de estas políticas socio-productivas, en relación con su participación y pertenencia a las unidades productivas asociativas y autogestionadas. Considerando que se trata de experiencias laborales promovidas por políticas sociales, interesa indagar en qué medida la identidad de estos trabajadores se define en relación con las políticas sociales y cuánto refiere al mundo del trabajo (o a otros referentes identitarios). Este análisis, nos permitirá profundizar la comprensión del problema de la sostenibilidad de las experiencias asociativas y autogestionadas y el modo en que se interrelacionan las dimensiones simbólica, social, económica y política de los procesos de integración social promovidos por las políticas sociales que son objeto de esta investigación.

Los casos que tomamos son los siguientes: el primero, se trata de la Cooperativa de Trabajo La Huella, que surgió por la asociación voluntaria de un grupo de personas que se unieron para hacer frente al desempleo y poder generar un ingreso. Ellos vivían en el mismo barrio y trabajaban en un taller textil, cuyo propietario, luego de un tiempo, les propuso cambiar la modalidad de trabajo y armar una cooperativa. Una vez conformada, la cooperativa recibió apoyo del Programa de Trabajo Autogestionado.

El segundo, es el caso de Textil Aladín, un microemprendimiento familiar, que recibió apoyo de la línea de subsidios y de microcrédito del Plan “Manos a la Obra”. En su desarrollo realizó varios intentos de asociación con otros emprendimientos y de incorporación de nuevos integrantes sin demasiado éxito en el largo plazo[3].

El tercero, es el caso del Programa de Ingreso Social con Trabajo “Argentina Trabaja”, que representa la experiencia de “asociatividad forzada” como punto de partida, porque las cooperativas no se conforman a través de la asociación voluntaria de las personas, sino como requisito de acceso a la política social. Sin embargo, en su desarrollo se observa que la construcción del trabajo asociativo y autogestionado puede tomar formas muy diversas. En este punto tomamos como referencia las experiencias de personas que trabajan en las cooperativas creadas por el Programa en dos Municipios del Conurbano Bonaerense, Avellaneda y José C. Paz.

Para la elaboración de este capítulo, partimos de dos hipótesis: 1) Las distintas trayectorias ocupacionales y la experiencia de vida[4] de los sujetos, marcan los sentidos que adquiere el trabajo a partir de la participación en las unidades laborales asociativas y autogestionadas. 2) Las políticas socio-productivas juegan un rol central en la promoción y el sostenimiento de este tipo de experiencias de autogestión del trabajo, por tanto, participan en la construcción de las subjetividades de estos trabajadores. Partiendo de estas hipótesis, en cada caso seleccionado, exploramos la relación entre el sentido del trabajo, las trayectorias socio-ocupacionales, las distintas modalidades de relacionamiento político que se desarrollan en las cooperativas y emprendimientos promovidos por estos programas y la posibilidad de sostener un proyecto autogestionado genuino, potencialmente constitutivo de “otra” economía.

Identidad laboral, políticas sociales y experiencias de trabajo asociativo y autogestionado

La identidad laboral es una forma particular de identidad social, que refiere a la relación que establecen los sujetos con el trabajo que realizan. Entendemos la identidad como una construcción social e históricamente situada, que se realiza en relación, diálogo y disputa con otros actores. La idea de identidad implica un principio de oposición, ya que ésta “se construye escindiéndola de aquellos grupos que se consideran como alteridad y según sea el carácter que se atribuye a tal oposición” (Maceira, 2010: 75). En este sentido, la identidad es una representación que demarca simbólicamente las fronteras entre los grupos sociales, permitiendo la cohesión de un nosotros y la diferenciación de los otros; fronteras que son imprecisas, borrosas, móviles y se disputan en la vida cotidiana.

Las representaciones funcionan como organizadoras de las prácticas sociales, produciendo un sentido, forjando una explicación y/o interpretación del mundo. Éstas son instrumentos de aprehensión de la realidad que, en relación con su complejidad, resultan reductoras y simplificadoras de la misma. Las representaciones sociales son construidas a partir de un proceso de selección y esquematización de ciertos atributos que contribuyen a la naturalización del mundo social. Siendo éstas un recorte y una mirada desde una posición específica, se perciben como lo real y construyen lo visible (Penna, 1992).

La constitución de identidades sociales es una dimensión de lo que Bourdieu define como la “lucha por la clasificación”. Los sistemas de clasificación no son tanto instrumentos de conocimiento, como instrumentos de poder, subordinados a los intereses de grupos particulares y vinculados con las estructuras sociales y las divisiones objetivas del mundo social, particularmente entre dominantes y dominados en los diversos campos (Bourdieu y Wacquant, 2005).

El estudio de las identidades contribuye a comprender el modo en que los colectivos se constituyen en tanto tales y cobran visibilidad. El proceso de conformación de una identidad es parte de la lucha política por el reconocimiento de los grupos, al mismo tiempo que ésta se forja en esa misma disputa. Así, la identidad se construye en el interjuego entre la auto-atribución, que es la forma en que los propios sujetos o grupos se definen, y la alter-atribución, entendida como el modo en que los otros nombran y reconocen a esos agentes o grupos sociales (Penna, 1992). En este sentido, entendemos la construcción de identidades como un proceso de lucha contra el desconocimiento y/o por hacer valer la identidad pretendida por sobre aquella que es atribuida o impuesta por otros.

En el marco de las luchas por el reconocimiento, los sujetos y grupos no construyen una identidad monolítica u homogénea. Por el contrario, las identidades sociales son múltiples y maleables en tanto pueden ser alteradas por el individuo o el grupo que las conforma en distintos contextos de interacción y según quién/es sean sus interlocutores. Esta flexibilidad y variabilidad de las identidades deriva, precisamente, de la relación entre quien es identificado y quien identifica, así como también de los intereses que cada uno sostiene en ese juego de reconocimiento.

La identidad laboral no puede pensarse sin hacer referencia a la posición que ocupan los sujetos y grupos en el espacio social. Esta posición se define a partir de la estructura y el volumen de los capitales (social, cultural, económico y simbólico) que posee cada agente (Bourdieu, 1990). A partir de la proximidad de las posiciones en el espacio social se pueden recortar clases “en el sentido lógico del término, es decir, conjuntos de agentes que ocupan posiciones semejantes y que, situados en condiciones semejantes y sometidos a condicionamientos semejantes, tienen todas las probabilidades de tener disposiciones e intereses semejantes y de producir, por tanto, prácticas y tomas de posición semejantes” (Bourdieu, 1990: 2). En esta delimitación, las clases no tienen una existencia real sino teórica, cuyo valor es la posibilidad de explicar y prever prácticas y propiedades de los conjuntos clasificados. Se trata de “clases probables” o clases “en el papel”, definidas sobre la base de afinidades que unen objetivamente a sus miembros y que permiten delimitar conjuntos de agentes que opondrán menos obstáculos objetivos que cualquier otro grupo para movilizarse (Bourdieu, 1990).

Desde esta perspectiva, entendemos la construcción de identidades laborales como procesos que se despliegan a partir de las relaciones que forjan los colectivos embarcados en luchas. Tal como señala Bourdieu, los conflictos entre las clases y entre las fracciones de clase contienen un ineludible componente simbólico (Weininger, 2005: 128), dentro del cual la construcción de identidades laborales es una parte fundamental. Tal como afirma Maceira (2010) respecto de la subjetividad obrera -como identidad social-, es ella misma un territorio de confrontación y disputa.

Partiendo de esta conceptualización, podemos plantear que los trabajadores que participan en experiencias de trabajo asociativo y autogestionado comparten intereses con la clase trabajadora, al mismo tiempo que se distinguen de otros grupos dentro de la clase, como los asalariados en general, los obreros o los trabajadores autónomos, y disputan por el reconocimiento político e institucional de su identidad en tanto “trabajadores autogestionados”.

Asimismo, es necesario atender a las trayectorias socio-ocupacionales de los sujetos para comprender el modo en que éstos construyen su identidad laboral a partir de la participación en emprendimientos o cooperativas autogestionadas promovidos por las políticas sociales.

Identidad y políticas sociales

Como ya mencionamos, partimos de la hipótesis según la cual las políticas sociales son centrales para el sostenimiento de este tipo de experiencias de autogestión del trabajo y participan en la construcción de las subjetividades de estos trabajadores. Como desarrollamos en el capítulo 1, en esta investigación definimos la política social como la forma política o estatalizada de la cuestión social (Grassi, 2003).

Tal como señalan, Cortes y Marshall (1991), las intervenciones sociales del Estado[5] no son tanto compensadoras de las desigualdades, sino que ejercen un rol activo en la conformación de la oferta de fuerza de trabajo, la determinación de los salarios y las condiciones laborales y la regulación del conflicto social. “La asistencia social y la seguridad social han sido utilizadas reiteradamente para frenar la emergencia de protestas en situaciones de crisis, mientras la existencia de pautas legales para la negociación de salarios ha moderado el enfrentamiento entre las partes” (Cortes y Marshall, 1991: 23).

Asimismo, las políticas sociales articulan la relación entre el Estado, el mercado, la familia y la comunidad y configuran diferentes regímenes de bienestar con modalidades de estratificación social y grados de desmercantilización diversos (Esping-Andersen, 1993).

Las políticas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado, son formas particulares de intervención social del Estado y forman parte de un singular modo de acumulación y de reproducción de la vida, actuando indirectamente sobre las condiciones de venta y uso de la fuerza de trabajo. En el caso de los programas implementados desde el Ministerio de Desarrollo Social, como el Plan “Manos a la Obra” y el Programa de Ingreso Social con Trabajo, es necesario señalar que a pesar de presentarse como políticas de promoción socio-productiva y hacer alusión a la pertenencia de las experiencias que apoyan a la Economía Social, al estar implementados por un ministerio históricamente dedicado a la asistencia y destinados a personas o grupos en situación de vulnerabilidad social o “de bajos recursos” (Res. MDS 1.375/04), presentan un sesgo asistencial que las distingue de aquellas políticas y experiencias propias de la esfera productiva.

Partiendo de estas conceptualizaciones, nos referimos a la identidad laboral de los trabajadores de emprendimientos asociativos y autogestionados, destinatarios de programas de promoción de la Economía Social, como un tipo particular de identidad social que refiere al trabajo y se encuentra condicionada por la relación que los sujetos establecen con los programas en los que participan. Como veremos a continuación, las políticas sociales contribuyen a construir el sentido que adquiere el trabajo, las identidades colectivas de los destinatarios en relación con la actividad laboral que realizan y las posibilidades de sostenimiento de estas experiencias en el tiempo.

Del taller a la cooperativa: la experiencia de la cooperativa “La Huella”

La Huella es una cooperativa de trabajo conformada por 15 trabajadores, 5 mujeres y 10 varones, que se dedica a la confección de calzado y la reventa de ropa de trabajo[6]. Durante 3 años la cooperativa desarrolló sus tareas laborales en la casa de René –el presidente de la cooperativa- y Marta –su mujer-, pero como el lugar era chico e inadecuado, comenzaron a buscar otro para mudarse. Luego de algunos intentos fallidos para conseguir un sitio que pertenecía a un movimiento de trabajadores desocupados, consiguieron un espacio que les cedieron los trabajadores de una empresa recuperada que no habían podido volver a poner en funcionamiento, por lo que decidieron destinar el predio a la conformación de un área de trabajo para cooperativas y emprendimientos productivos y culturales.

La Huella se creó en el año 2005 a partir de la separación de otra cooperativa llamada Desde Abajo, en la que participaban 6 de sus integrantes. Entre fines del año 2000 y principios de 2001, antes de conformar la cooperativa Desde Abajo, 4 de los 6 socios fundadores, trabajaban para René. Él era el dueño de un pequeño taller que funcionaba en su casa y tenía algunas máquinas de costura y corte para la producción de calzado. Marta, la mujer de René, relata el surgimiento de ese primer emprendimiento y los sucesivos intentos fallidos en la elección del tipo de calzado a producir, hasta que finalmente encontraron un producto viable:

René estaba desocupado, él se dedicaba al rubro del calzado y trabajaba en fábricas. Pero después se quedó sin trabajo, entonces empezaron a hacer ojotas (junto con Juan, Damián, Pedro y Gaspar que trabajaban para él en el taller). Cuando venía el verano, trabajaban para fábricas empaquetando. A René ya lo conocían, por eso les daban trabajo’. Marta sigue contando que después de un tiempo decidieron dejar de trabajar para otras empresas y hacer ‘zapatos de moda’ para vender por su cuenta. Para ello compraron una máquina nueva con un crédito privado, pero como los zapatos de moda requieren cambiar el diseño en cada temporada y si no se venden el stock ya no sirve, ese producto no les dio resultado. Finalmente decidieron hacer zapatos de trabajo que no tienen temporada y armaron la Cooperativa Desde Abajo (Registro de campo, 23/6/2009).

Luego de un tiempo de probar distintas estrategias de autoempleo, utilizando las máquinas del taller, René invitó a sus compañeros de trabajo a buscar otra forma de organización laboral. Para conformar la cooperativa invitaron también a otros parientes suyos.

Cuando René refiere a la situación que dio surgimiento a la cooperativa, afirma que él cree en los principios del cooperativismo y no está de acuerdo con que haya un patrón en el trabajo, por eso decidió compartir sus máquinas y su camioneta para crear un emprendimiento colectivo, que tomó la forma de cooperativa de trabajo, por su convicción y creencia en sus valores y principios. En distintas conversaciones que tuvimos a lo largo del trabajo de campo, tanto René como los otros socios fundadores, relataron esta misma historia acerca del surgimiento de La Huella y resaltaron el importante papel que jugó la experiencia de militancia cooperativista de René en su conformación y en la decisión de continuar trabajando como cooperativa, luego de la separación de Desde Abajo.

En el desarrollo posterior del proceso cooperativo en La Huella y en el trabajo cotidiano, también es central la participación de René, ya que él es el encargado de profundizar la articulación con otras organizaciones sociales y emprendimientos de la Economía Social, es responsable del área de comercialización, así como también de gestionar recursos estatales y privados que le permitieron a la cooperativa renovar su maquinaria, comprar materia prima o insumos y obtener subsidios de apoyo a la producción.

En cuanto a la articulación con otros actores de la Economía Social, la Huella participa en una federación de cooperativas y empresas recuperadas y se vincula con otros emprendimientos localizados en La Matanza, el municipio del Conurbano Bonaerense en el que vive la mayoría de sus integrantes. Estas relaciones incluyen tanto la venta de su producción, como la capacitación conjunta, la articulación política orientada a fortalecer la organización cooperativa y la demanda al Estado de recursos y de reconocimiento de derechos laborales y de protección social. En este sentido, la asistencia a reuniones con otras organizaciones y cooperativas, las recorridas por distintas dependencias estatales y los encuentros con funcionarios públicos son parte del trabajo cotidiano, principalmente de René, pero también de otros asociados que lo acompañan o toman la responsabilidad de llevar adelante estas tareas.

A diferencia del impulsor del proyecto, que tiene una larga historia de militancia, el resto de los socios fundadores, decidieron trabajar allí “por necesidad”, porque en ese momento no tenían trabajo y veían difícil encontrar un empleo en relación de dependencia. Ellos no conocían ni la forma de organización, ni los principios y valores que orientan el cooperativismo. Pero con el tiempo, fueron conociendo qué es el trabajo cooperativo y se apropiaron del proyecto.

Asimismo, uno de ellos, Gaspar, comenzó a participar activamente y a ejercer un cargo en el consejo de administración como secretario, Pedro fue nombrado síndico y junto con otro de sus compañeros, Juan, también participaban de reuniones y actividades de articulación con otras organizaciones y de la gestión de recursos, que resultan de vital importancia para el sostenimiento de la cooperativa.

Al tiempo que la unidad productiva fue creciendo, se incorporaron nuevos socios, alcanzando los 15 en el año 2010. A pesar de la expansión de la cooperativa, los ingresos que perciben, dependen siempre de la cantidad de trabajo “que entra”, por ello éstos son irregulares y muchas veces insuficientes para atender las necesidades de los asociados y sus familias. El retiro promedio de estos trabajadores, rondaba los 300 pesos semanales en el año 2010, lo que hacía un monto mensual de aproximadamente 1200 pesos para cada asociado. Los ingresos de los cooperativistas de La Huella son menores que el salario mínimo, vital y móvil estabecido por el Consejo Nacional del Salario[7].

Si bien la cooperativa se encuentra inscripta en el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), por tanto, tiene su personería jurídica, los trabajadores de La Huella no realizan aportes para la jubilación, ni cuentan con cobertura de salud, ni de riesgos del trabajo.

A pesar de los magros ingresos que genera la cooperativa, uno de sus objetivos explícitos y centrales es la creación de nuevos puestos de trabajo, que son cubiertos por familiares o conocidos de sus asociados. A continuación, describimos la composición de la cooperativa a partir de uno de los primeros registros de campo realizados y los criterios de incorporación de nuevos cooperativistas:

En la Huella participan 12 trabajadores: René y Marta, Silvina y Alberto, Pedro y Lucía que son parejas, Alfredo es sobrino de Marta, Ana es sobrina de René. Damián, Juan (hermano de Pedro) y Gaspar trabajaban en el taller de René y Marta. Sol participaba en la misma organización social que René y Hugo es conocido del barrio de La Ferrere en donde viven todos excepto Sol que es de San Martín. (Registro de campo 8/7/2009).

En cuanto a los criterios de incorporación de los nuevos asociados registramos lo siguiente:

[…] Mientras tomábamos mate, le pregunté a Damián cómo deciden a quiénes incorporan como nuevos socios. Él respondió: ‘elegimos por recomendación o porque los conocemos. Muchas veces incorporamos parientes nuestros o de René, pero ¡todos tienen que trabajar!’ (Registro de campo 8/7/2009).

‘La cooperativa tiene una idea de que la familia de los que están trabajando se vaya sumando cuando hay trabajo’ (Damián, registro de campo 23/7/2009).

Como se observa en los registros de campo, ya desde su conformación, la composición de la cooperativa tuvo la particularidad de estar integrada por parientes o personas muy cercanas que comparten el barrio de residencia o el espacio de militancia. Estas características se vinculan con el principio de organización doméstica y el valor de la solidaridad que caracteriza las formas laborales asociativas.

El principio de organización doméstica implica un encastramiento de lo económico en las formas y relaciones de sociabilidad primaria (Coraggio, 2009), como los lazos de parentesco y las relaciones de proximidad, cuyos integrantes participan en la producción y distribución de bienes y/o servicios[8]. El criterio de incorporación de los próximos, ya sea que se trate de personas unidas por relaciones de parentesco o de otros que se encuentran en una posición similar en cuanto al lugar que ocupan en la sociedad, da cuenta de relaciones de solidaridad, entendidas como un vínculo basado en la ayuda mutua y la unión entre pares, a partir de la autorganización del trabajo.

Estos principios de organización económica en la experiencia cooperativa analizada, marcan el sentido que algunos de sus integrantes construyen en torno al trabajo y los fuertes lazos que se desarrollan al interior de la cooperativa, expresados en la definición de la misma como “un proyecto de vida” o como “una gran familia”. Sin embargo, al mismo tiempo, durante el trabajo de campo, observamos que frente a situaciones problemáticas o de desacuerdo, esta misma proximidad entre los asociados puede potenciar los conflictos, dado que al tratarse de familiares o pares con los que se establecen relaciones de amistad, los problemas traspasan las lábiles fronteras entre el trabajo y el mundo de la vida social, familiar y doméstica.

Volviendo a la cuestión de la incorporación de nuevos asociados como fin de la cooperativa, desde una mirada economicista podría interpretarse como una elección “irracional” o poco eficiente, ya que la entrada de nuevos trabajadores no genera automática, ni necesariamente mayores ingresos, por lo tanto, para cubrir los retiros de un mayor número de asociados, los antiguos socios debieron –en algunos períodos- reducir el monto de sus propios ingresos:

En una charla sobre el modo en que se reparten los ingresos de la cooperativa, Gaspar le explicaba a Sol (quien se había incorporado a La Huella hacía un mes): ‘ahora nosotros (los socios fundadores) sacamos menos para repartirle al resto (los nuevos que se incorporaron), antes sacábamos 500 o 400 pesos por semana y ahora 350. El tema es que si no hay pedidos o se produce menos también se saca menos’ (Registro de campo 13/7/2009).

A lo largo del trabajo de campo observamos que, si bien todos los integrantes de la cooperativa coincidían en la importancia de incorporar nuevos socios, esta situación no estaba exenta de tensiones. Las semanas en que los ingresos se reducían mucho, algunos señalaban esto como un problema y reflexionaban acerca de cómo lograr un equilibrio entre producción, ventas, cantidad de socios e ingresos. En este sentido, podemos afirmar que la lógica de funcionamiento que se observa en el proceso cooperativo, está centrada en el trabajo y no en la búsqueda de la ganancia o el interés individual, como supone la idea de homo economicus (Polanyi, 1944/2001; Rosanvallon, 2006), aún cuando estas experiencias se desarrollan en el marco de una economía capitalista y deben competir en el mercado, cuyas reglas de regulación difieren del tipo de proyecto y principios que ellos impulsan. Es claro que esta situación condiciona el desarrollo y el sostenimiento de las experiencias asociativas y autogestionadas y genera tensiones en su funcionamiento cotidiano. Un problema central de estas formas de trabajo que proponen una alternativa a la gestión empresarial capitalista, es la amenaza de disolución o quiebra de las unidades laborales o la pérdida de su carácter asociativo y autogestionado.

Por otra parte, la posibilidad de incorporar nuevos socios, desde una mirada militante como la del presidente de la cooperativa, es al mismo tiempo, la oportunidad de expandir el proyecto cooperativo, considerado como una forma de trabajo más igualitaria y sin explotación y de consolidar su identidad en tanto trabajadores autogestionados. En palabras de René, la cooperativa es una oportunidad de “mostrarle al sistema que se puede hacer el trabajo de forma más humana”.

Estos conflictos que se generan entre los asociados al interior de la cooperativa, se vinculan con las tensiones que supone la contradicción entre la lógica capitalista del mercado en la que predomina el individualismo y la competencia como parte de la lucha por la viabilidad de las unidades productivas, la importancia de generar ingresos suficientes para satisfacer las necesidades de los hogares de los asociados y la concepción de la cooperativa como herramienta de transformación social y del trabajo cuyo funcionamiento se vincula con la lógica de la reproducción ampliada (Coraggio, 2004) y el sostenimiento de la vida humana (Carrasco, 2003).

Trayectorias socio-ocupacionales y sentidos del trabajo

Como ya mencionamos, René, de 43 años, fue el impulsor del proyecto y es el referente de la cooperativa. Su trayectoria está marcada por una fuerte militancia, vinculada con un partido político, un movimiento social que durante la crisis de 2001-2002 participaba de piquetes en La Matanza, y especialmente con el cooperativismo. Además, antes de conformar La Huella, ya había tenido experiencia como dirigente sindical en Paraguay, su país de origen, y había participado en otras cooperativas (en este caso en una de vivienda en su barrio, en la que continúa participando). En cuanto a la trayectoria laboral, como ya dijimos, René tenía un pequeño taller de producción de calzado y anteriormente había desarrollado distintos trabajos informales también vinculados con ese rubro.

Los restantes 9 varones que conforman La Huella, tienen entre 21 y 33 años y sus trayectorias laborales se caracterizan por haber tenido una vinculación intermitente o precaria con el mercado de trabajo, desempeñándose en todos los casos en trabajos informales y de baja calificación[9]. Entre las principales ocupaciones que realizaban los asociados a la cooperativa previamente, se encuentran el trabajo informal o el autoempleo en el rubro del calzado y en oficios, la venta callejera y la construcción.

Algunos de ellos han transitado antes de la crisis de 2001-2002, periodos de desocupación y tres de ellos, Gaspar, Pedro y Juan, fueron destinatarios de planes sociales con contraprestación laboral durante la crisis.

En cuanto a la participación socio-política, ninguno de ellos había tenido experiencias de militancia y sólo dos habían trabajado anteriormente en una cooperativa, una dedicada al rubro del calzado y otra de gastronomía. Al momento en que realizamos el trabajo de campo, dos de ellos, Gaspar y Alfredo, también participaban en la cooperativa de vivienda del barrio junto con René y Marta.

En cuanto a las mujeres, Lucía, de 24 años y Silvana de 22, antes de incorporarse a la cooperativa, se dedicaban principalmente al cuidado del hogar y de sus hijos, realizando en menor medida trabajos de limpieza o en el servicio doméstico de poca carga horaria. Ellas son las mujeres de Pedro y Alberto (quienes ya eran socios de la cooperativa) y se incorporaron en el año 2009 en un momento en que había más trabajo.

Desde la perspectiva de estas familias, la incorporación de las mujeres permitía complementar los ingresos de los hogares que les resultaban insuficientes. Para Silvana trabajar en La Huella “fue un cambio grande”, porque implicó una transformación de la organización cotidiana y el cuidado de sus hijos. Para poder trabajar las 8 horas en la cooperativa, sumado a las 3 horas de viaje de ida y vuelta que tenía hasta el lugar de trabajo, tuvo que hacer diferentes arreglos familiares para que la abuela de los chicos y su hermana pudieran ayudarla. Lucía también recurrió a la ayuda familiar para que cuidaran a su hija de 3 años y a una sobrina de 6 que tiene a su cargo, mientras ella y su marido trabajaban.

Sol, de 45 años, también se dedicaba al rubro de limpieza, pero trabajaba a tiempo completo, porque tal como ella misma se definió, es “madre soltera” y único sostén de su hija. Durante la crisis de 2001, participó en un emprendimiento textil impulsado por una organización de trabajadores desocupados en la que participaba activamente. Al momento en que realizamos el trabajo de campo, ella vivía con su hermana y su hija en San Martín. Su hermana que estaba formalmente empleada como administrativa y era dueña de la casa en que vivían, la ayudaba con los gastos para la educación y crianza de su hija de 15 años.

Ana, de 30 años tenía un pequeño taller de producción de calzado en su domicilio en el que trabajaba por su cuenta aproximadamente 12 horas diarias. También había estado empleada en otra cooperativa dedicada a la producción de calzado, por lo que tenía una vasta experiencia en el rubro. En cuanto a su participación socio-política, tiene una trayectoria de militancia vinculada con el cooperativismo y participa activamente en capacitaciones y encuentros de este sector.

Marta es la esposa de René y tiene 43 años. Antes de trabajar en la cooperativa, se ocupaba tanto de las tareas de su hogar, como de ayudar en el taller de confección de calzado que tenían en su domicilio. En cuanto a la participación socio-política, también integra la cooperativa de vivienda en la que están otros de los asociados y su marido. En La Huella, es la tesorera y está encargada de tomar los pedidos y organizar la compra de materia prima y la distribución de lo producido. Ella trabaja en su casa, que funciona como la sede administrativa de la cooperativa.

Los sentidos que adquiere el trabajo autogestionado para los integrantes de La Huella, se vinculan con sus trayectorias socio-ocupacionales y de participación política. En este sentido, para aquellos que tienen una trayectoria de militancia como René, Ana y Sol y que ya han trabajado en unidades laborales asociativas previamente, la participación en la cooperativa fue una elección deliberada. El trabajo cooperativo para ellos, no es sólo un modo de ganarse el sustento, se trata de una herramienta de transformación social y económica. Para estos trabajadores-militantes, la forma de organización cooperativa se opone a la gestión empresarial capitalista. Desde su perspectiva, la posibilidad de integración de nuevos socios es una oportunidad para expandir un proyecto orientado a la construcción de una forma alternativa de trabajo. Por ello, la incorporación de nuevos integrantes no es para estos trabajadores una cuestión de cálculo de costo-beneficio, sino un fin en sí mismo. Los sentidos que adquiere esta forma de trabajo, se vinculan con la idea de una forma laboral más justa e igualitaria.

En el caso de Sol, hace 6 años que empezó a “luchar con los emprendimientos”. A través de un subsidio del Plan “Manos a la Obra”, la organización en la que participaba había conseguido máquinas de costura, pero como no les dieron la cantidad que habían solicitado en el proyecto, la entrega se demoró y al inicio no tenían prácticamente ingresos, el emprendimiento textil no funcionó y los asociados se dispersaron. A pesar de ese primer intento fallido, Sol, que aún tenía el deseo de armar una cooperativa, se llevó las máquinas para poder trabajar en un emprendimiento colectivo, porque “para eso nos las dio el Gobierno”, explicaba. Así se sumó a La Huella y aportó las máquinas de costura, apostando al desarrollo de una nueva línea de producción de ropa. Además de su experiencia militante, y su lucha por construir una forma laboral asociativa, el sostén económico y familiar que Sol tenía por parte de su hermana y su familia, le permitieron continuar apostando a la participación en experiencias de trabajo autogestionado, aunque los ingresos que percibía eran escasos. En una de las entrevistas que tuvimos durante el trabajo de campo, le preguntamos a Sol qué cosas valora del trabajo en la cooperativa. Ella contestó:

Es positivo organizar el trabajo, poner tu creatividad. Participar en las decisiones. Tenés posibilidad de acomodarte las cosas que es importante, si necesitás faltar por alguna cosa. A mi me gusta compartir el trabajo, la organización de igual a igual. Discutir, poner el pensamiento, es importantísimo. No tolero trabajar sin poner mi opinión. Yo he trabajado en relación de dependencia, pero he metido mi pico y me echaron (Registro de campo, 25/8/2010).

Frente a la misma pregunta, Ana afirmó que la ventaja de esta forma de trabajo es que “aprender y estudiar es parte de ser cooperativista”. Cuenta que ella antes de trabajar en La Huella tenía su taller, en el que ganaba más dinero, pero que a pesar de eso prefiere la cooperativa, porque “cuando tenés un taller no vivís, trabajas todo el día, de lunes a lunes. Yo me acostaba a las 2 y me levantaba a las 7 cuando tenía que entregar pedidos. En cambio, en la cooperativa, aunque no se gana tanto, trabajás más tranquilo, te relacionás con otros, podés estudiar, discutir cosas” (Registro de campo, 22/9/2009). Ambas mujeres encuentran en la cooperativa un espacio de aprendizaje, de discusión y de construcción de vínculos sociales con sus pares. Valoran el ritmo de trabajo, la autonomía para la toma de decisiones y la auto-organización del trabajo, así como también el carácter colectivo de las experiencias cooperativas.

En el caso de los socios fundadores, si bien comenzaron a trabajar allí por necesidad y no conocían los principios y valores que orientan el cooperativismo, la participación en una experiencia asociativa marcó una ruptura en su trayectoria laboral y en el sentido que le otorgaban al trabajo. Al respecto, Gaspar afirmaba “Yo prefiero mil veces estar sufriendo (en la cooperativa), pero es mío. Te lleva más tiempo ser dueño, pero vale la pena”. La perspectiva de Gaspar acerca del trabajo en la cooperativa remite al mayor esfuerzo, acompañado también de la satisfacción que implica el hecho de emprender algo propio. Cuando se refiere al trabajo en la cooperativa habla de su experiencia en singular y utiliza el término “dueño”. A pesar del compromiso con el proyecto colectivo que muestra la activa participación que tiene Gaspar, ambas expresiones podrían dar cuenta de la experiencia de un trabajador por cuenta propia y se alejan del sentido que adquiere la cooperativa para René, Andrea y Sol, quienes son militantes cooperativistas.

Por su parte, Damián comparaba su anterior trabajo en una empresa metalúrgica con la experiencia cooperativa y decía:

Ahí me explotaban, me pagaban 1 peso con 50 la hora y cuando me echaron me di cuenta de que no me habían hecho los aportes. En una empresa privada te pueden echar cuando quieren, si no tienen trabajo o vos trabajas mal y no les servís, te echan.

En cambio, en la cooperativa hay lugar para el aprendizaje y el compañerismo:

‘Cuando entré yo no sabía coser y fui aprendiendo junto con Gaspar’. Explica que en la cooperativa todos hacen todas las tareas ‘te exigimos que aprendas’, dice. Cada uno trabaja, ‘nadie espera que otro le de una orden’. Luego, le pregunté a Damián si estaba conforme con el trabajo, considerando lo que ganaba y las horas que trabajaba y respondió: ‘prefiero esto mil veces, aunque a veces tenga que trabajar más. Todos compartimos el esfuerzo’ (Registro de campo 18/8/2009).

A diferencia de Gaspar, el relato de Damián está narrado en primera persona del plural y hace referencia constante a la importancia del trabajo de sus compañeros, ya sea para la producción o por los aprendizajes que él tuvo desde que entró en la cooperativa. Por eso prefiere esta forma de organización del trabajo que por oposición a la de la empresa capitalista se define como un trabajo colectivo, sin explotación y organizado a partir de la ayuda mutua, en el cual el esfuerzo es compartido.

Más allá de los matices y los diversos sentidos que adquiere el trabajo en la experiencia singular de cada uno, todos estos trabajadores se auto-reconocen como trabajadores cooperativos. La identidad laboral que construyen colectivamente se vincula con los valores de igualdad, reciprocidad y cooperación, que se opone en primer lugar, al trabajo bajo patrón, concebido como una forma de explotación o en el caso de Ana, al trabajo por cuenta propia, con el cual “no vivís” y trabajás solo. En la cooperativa, ellos son quienes poseen los medios de producción, realizan el trabajo y toman las decisiones acerca del proceso productivo, y si bien expresan que esto implica dedicar más tiempo y esfuerzo, lo prefieren a otras formas experiencias laborales que han tenido. En este sentido valoran la posibilidad de aprendizaje y de relacionarse con sus pares. Asimismo, consideran positivamente la oportunidad de organizar y fijar el ritmo del propio trabajo, poder discutir cosas y tomar decisiones de manera conjunta.

Trabajo asociativo, políticas sociales y sostenibilidad

A medida que el proyecto fue creciendo, los integrantes de esta cooperativa pudieron acceder a recursos provenientes del Programa de Trabajo Autogestionado del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, que les permitieron renovar la maquinaria con la que empezaron, la cual pertenecía al taller de René.

El acceso a estos recursos fue posible en gran medida gracias a la intervención de la organización de empresas recuperadas y cooperativas en la que La Huella participa. Por un lado, esta organización, al estar integrada también por empresas recuperadas, tiene una relación muy estrecha con los funcionarios del Programa de Trabajo Autogestionado, lo cual facilitó el acercamiento al mismo y habilitó los canales para la solicitud del subsidio. Por otro, la organización le brindo apoyo técnico para la elaboración del proyecto y el seguimiento en las distintas instancias del trámite para la obtención de los recursos[10].

De este modo, el acceso a esta línea de apoyo para la compra de una máquina de corte que otorgó el Ministerio de Trabajo, permitió, por un lado, la colectivización de la propiedad del capital de la cooperativa (antes de propiedad de René) y por otro, mejoró notablemente las condiciones laborales, ya que se redujo el ruido que generaba la vieja máquina con la que trabajaban. Asimismo disminuyó el tiempo que tomaba el corte del cuero en la producción y los gastos de reparación que ésta demandaba.

Los destinatarios del Programa de Trabajo Autogestionado son “Empresas/Fábricas recuperadas por los trabajadores, independientemente de la figura jurídica que adopten […], Cooperativas de trabajo y/o de producción […] y entidades con personería jurídica que nucleen cooperativas, empresas recuperadas o microempresas.” (Res. 194/04 MTESS). La existencia de un programa destinado específicamente a este tipo de unidades productivas y sus organizaciones representativas, se vincula con la existencia de un actor social y político que representa y lucha por conseguir el apoyo estatal para las experiencias de autogestión del trabajo (Hopp, 2010).

Como ya planteamos, la identidad se construye en relación, diálogo y disputa con otros actores. En este inter-juego entre la auto-atribución y la alter-atribución, los agentes luchan por construir una identidad que permita hacer ver y valer sus intereses. Las luchas simbólicas se pueden dar de dos maneras, “en el aspecto objetivo, se puede actuar por acciones de representaciones, individuales o colectivas, destinadas a hacer ver y hacer valer ciertas realidades. […] Por el lado subjetivo se puede actuar tratando de cambiar las categorías de percepción del mundo y de apreciación del mundo social” (Bourdieu, 1988: 137). En este sentido se puede observar –desde el aspecto objetivo- el reconocimiento logrado y la visibilización de la realidad de las empresas recuperadas y cooperativas autogestionadas. En el subjetivo, se observa la disputa por una nueva definición del trabajo. La transformación de categorías a partir de las cuales se interpreta el mundo social “son la apuesta por excelencia de la lucha política” (Bourdieu, 1988: 137), la imposición de una nueva definición –la autogestión del trabajo- es resultado de dicha disputa. En este caso, podemos observar un doble movimiento en el que la construcción de una identidad laboral colectiva por parte de los trabajadores de la cooperativa La Huella se inserta en un movimiento más amplio y organizado de trabajadores autogestionados, que permite visibilizar estas experiencias y acceder a recursos para el fortalecimiento de las unidades productivas. Al mismo tiempo, el Estado –a través de las políticas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado- interviene en la construcción de subjetividades, a través del reconocimiento de este grupo específico de trabajadores y de su demanda de apoyo estatal para el desarrollo y fortalecimiento de estas experiencias. Sin embargo, este reconocimiento aún no es pleno. Como ya planteamos en los capítulos anteriores, a pesar de los avances logrados, muchos emprendimientos de trabajadores autogestionados aún desarrollan su actividad productiva en condiciones de informalidad o bajo la figura de monotributistas sociales. Esta forma tributaria desconoce el carácter colectivo de las experiencias asociativas y no garantiza un acceso igualitario al derecho a la salud y a la seguridad social. Esta situación de desprotección nos lleva a afirmar la persistencia de la concepción del trabajo autogestionado como una subcategoría o una categoría “inferior” dentro del universo de los trabajadores.

¿Cómo se manifiesta el reconocimiento colectivo logrado en la experiencia concreta de la Cooperativa La Huella? ¿Qué sentidos construyen estos trabajadores en torno a las tareas que hacen en el marco del Programa Trabajo Autogestionado? Al recibir apoyo de estas políticas socio-productivas, ¿cuáles son los principales referentes identitarios de estos sujetos?, ¿refieren al mundo del trabajo o emerge con mayor peso una representación vinculada con la asistencia? ¿Cómo (re)significan el hecho de ser destinatarios de planes sociales?

Ante la pregunta acerca de la diferencia entre los planes con contraprestación laboral, como por ejemplo el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados y los programas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado, se generó el siguiente diálogo:

Damián explica que las máquinas (que consiguieron a través de las políticas socio-productivas) son una ayuda. Sol dice que para ella estos planes significan una mejora, porque te ayudan a comprar la máquina para trabajar. Pedro asiente y plantea que para él también es mejor, porque con ‘otros planes te dan mercadería o te alcanza para comprar comida, pero vos necesitás ropa, tenés otras necesidades, muchas necesidades’ […] Sol le contesta: ‘Los planes (refiere a los planes con contraprestación laboral que se otorgaron durante la crisis de 2001) fueron un paliativo para la situación de ese momento, ahora las máquinas te sirven para generar tus propios recursos’ (Registro de campo 10/10/2009).

Los testimonios de estos destinatarios de programas socio-productivos, que han logrado poner en marcha la cooperativa, no ponen en duda que lo que hacen es trabajar, aunque hayan recibido un subsidio para la compra de una máquina. El sujeto de la asistencia, no es el individuo sino el grupo asociado o la unidad productiva y esta situación permite construir una identidad más valorada y vinculada con el mundo del trabajo. Asimismo, el discurso de uno de los asociados hace referencia a las necesidades y al modo en que éstas se satisfacen y plantea que estos programas permiten tanto una mayor cobertura de las mismas, como la posibilidad de satisfacerlas de manera autónoma, es decir por medio del propio trabajo y no a través de la recepción de alimentos o por la transferencia directa de ingresos.

La relación que los sujetos establecen con estos programas cuestiona la idea de los “beneficiarios” como pasivos receptores de la asistencia y permite construir una identidad cuyo referente principal es el trabajo, aunque al mismo tiempo, cotidianamente deban también enfrentarse a las dificultades que se generan al tener que competir en el mercado desde una posición desigual y subordinada a la economía dominante; y en las condiciones precarias en las que se encuentran ocupados.

A pesar de los avances y de la consolidación del proyecto cooperativo de La Huella, durante el trabajo de campo, observamos problemas recurrentes para la venta de la producción, vinculados muchas veces con la dificultad para la compra de insumos y materia prima (a precios convenientes y a tiempo para responder a los pedidos), debido a la falta de disponibilidad de dinero en efectivo y a la débil experiencia en comercialización de los encargados de esta tarea. Estos problemas trajeron como consecuencia la inestabilidad de los ingresos, que muchas veces no alcanzaban para satisfacer las necesidades de los asociados y de sus familias. Asimismo esto generó tensiones al interior del grupo asociado, debido a desacuerdos o dificultades para afrontar estos problemas.

Es importante destacar que, frente a la irregularidad o la disminución de los ingresos, durante algunos meses del año 2010, los integrantes de la cooperativa recibieron un subsidio individual de 600 pesos mensuales, otorgado por otra de las líneas del Programa Trabajo Autogestionado, en el marco del Programa de Recuperación Productiva (REPRO), que surgió como respuesta a la crisis mundial de 2008-2009. Si bien el REPRO subsidió mayormente el salario de trabajadores del sector privado, a fin de evitar el despido masivo de mano de obra por la disminución de los flujos comerciales, la línea destinada a cooperativas autogestionadas fue una demanda de algunas organizaciones y contribuyó al sostenimiento de este tipo de experiencias en el contexto de esa crisis.

Además, aquellos asociados que tienen hijos menores de 18 años también perciben la Asignación Universal por Hijo para Protección Social implementada en octubre de 2009, que en ese momento otorgaba un monto de 180 pesos por niño o niña[11]. El subsidio y la Asignación Universal por Hijo permiten así complementar los ingresos generados a partir de la producción y como afirman sus asociados “aguantar” hasta que las ventas mejoraran.

Como ya planteamos, los sentidos del trabajo y la identidad laboral que en torno a ellos se construye, no son estáticos. La posibilidad de construir una identidad en tanto trabajadores autogestionados en este caso, se encuentra constantemente tensionada por las condiciones materiales en las que se desarrolla el trabajo. Las dificultades que la cooperativa afronta para mantener un volumen de producción adecuado y generar un nivel de ingresos suficiente para atender a las necesidades de los asociados y sus familias, sumada a la situación de informalidad laboral, van en contra de la posibilidad de apostar a la cooperativa como alternativa laboral viable. A pesar del apoyo y el importante rol que tienen las políticas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado y la ampliación del acceso al componente de asignaciones familiares de la seguridad social para el sostenimiento de esta experiencia cooperativa, los avatares del desempeño económico de la unidad productiva, sumado a los conflictos internos que la imposibilidad de generar trabajo e ingresos suficientes y regulares generaba, llevaron a algunos de sus socios a dejar La Huella.

Entre mediados del año 2010 y principios de 2011, cuando finalizamos el trabajo de campo, casi la mitad de los socios habían renunciado a la cooperativa, de los cuales dos de ellos fueron fundadores y hasta poco antes de retirarse, habían defendido el esfuerzo que pusieron y la importancia del proyecto cooperativo[12]. Frente a esta situación de desmembramiento de la cooperativa emergen algunas preguntas: ¿qué pasó con los trabajadores que dejaron La Huella? ¿Pudieron reinsertarse en el mercado de trabajo? Si fue así, ¿en qué condiciones? En cuanto a la continuidad de la cooperativa, ¿cómo impacta en la sostenibilidad el hecho de que más de la mitad de sus asociados hayan abandonado el proyecto? ¿Qué recursos (materiales y simbólicos) les permitieron a algunos “aguantar” y por qué otros decidieron finalmente dejar la cooperativa? ¿Qué rol juegan las políticas sociales? ¿Qué importancia tiene la articulación con otros emprendimientos y organizaciones de la Economía Social?

A continuación, nos referiremos específicamente a la situación de 5 de los 7 trabajadores que dejaron la cooperativa[13] y las de algunos de los que continuaron, cuyas experiencias expresan las principales dificultades y tensiones que afrontan los emprendimientos asociativos y autogestionados.

¿Por qué se fueron y qué sucedió con los trabajadores que dejaron la cooperativa? Tres de los integrantes que se fueron en busca de mejores ingresos, se reinsertaron en el mercado de trabajo rápidamente, aunque en diferentes condiciones.

Por su parte, Sol se fue de la cooperativa porque no pudo encontrar un rol adecuado para desarrollar su oficio. Como la actividad principal de La Huella es la producción de calzado y ella es costurera, eligió dejar la cooperativa para asociarse con Magdalena y Juan Manuel de Textil Aladín, una pareja que ya venía trabajando en el rubro, aunque con bastantes dificultades para sostener su emprendimiento. Luego de seis meses de trabajar en conjunto con esta pareja, volvió a irse de ese emprendimiento para iniciar el propio con algunos parientes que también se dedican a la producción de ropa.

En cambio, Silvina, la joven de 22 años que hasta su ingreso en la cooperativa no trabajaba o sólo lo hacía pocas horas en el servicio doméstico, decidió dedicarse al cuidado del hogar y de sus hijos, porque su marido Alberto de alrededor de 30 años (también ex integrante de La Huella), pudo conseguir un trabajo formal en relación de dependencia con una remuneración que ellos consideraban suficiente para sostener el hogar.

Alberto dejó la cooperativa en noviembre de 2009 en busca de un empleo protegido y mejor remunerado. Para ello, realizó un curso de chofer de colectivo. Mientras él se capacitaba y rendía las evaluaciones correspondientes para la obtención del registro habilitante, su mujer continuó trabajando en la cooperativa cuatro meses, a fin de sostener los gastos familiares, hasta que él pudiera terminar su formación y conseguir el nuevo empleo.

Fui al sector de empaque donde estaba trabajando Silvina y le pregunté por Alberto. Ella me contestó que no estaba más en la cooperativa: ‘Se fue, porque está haciendo un curso para ser colectivero. Él tiene el cuñado que trabaja hace 20 años en una línea de colectivo y le ofreció la posibilidad de hacer el curso’. Continuó explicando que, si bien Alberto estaba cómodo en la cooperativa, lo hizo porque esperan que el cambio de trabajo mejore la situación económica de la familia, a través de obtener un ingreso fijo. ‘Yo tengo muchos gastos. Los chicos, la escuela, y no nos alcanza, llegamos justo. Y este mes, encima va a ser peor porque va a estar sólo lo que yo gane en la cooperativa. El curso son 6 semanas y si lo aprueba puede trabajar en una compañía de transporte, ¡espero que le vaya bien!’ (Registro de campo 17/11/2009).

La estrategia desplegada por esta familia puede pensarse como una apuesta que les permitiría resolver dos cuestiones fundamentales: el problema de los ingresos, que en la cooperativa resultaban inestables e insuficientes, al mismo tiempo que atender a las tareas vinculadas con el trabajo doméstico y el cuidado de sus dos hijos, una nena de 3 y uno varón de 7 años que mientras Silvina trabajaba, les resultaba difícil de sostener. Como ya dijimos, luego de que su marido consiguiera trabajo como chofer en una línea de transporte público, Silvina dejó la cooperativa y no volvió a insertarse en el mercado laboral. Unos meses después de que ella se retirara, nos la encontramos en el barrio de La Ferrere donde vive la mayoría de los integrantes de la cooperativa y tuvimos una breve charla en la que comentaba que estaba muy contenta con la decisión que habían tomado, porque a su marido le iba bien en su nuevo empleo y ella podía estar con sus hijos. En el caso de esta pareja, la cooperativización funcionó como una estrategia ocupacional transitoria, que les permitió resolver sus necesidades hasta conseguir una inserción laboral en el mercado formal, a partir de la cual obtuvieran un ingreso mayor y estable. Frente a esta situación, podemos preguntarnos qué elección habrían hecho Alberto y Silvina, si La Huella fuera una cooperativa exitosa. Durante el trabajo de campo ambos manifestaron que se sentían cómodos en la cooperativa y que les gustaba el trabajo, por ello podemos suponer que si la situación económica y productiva mejorara, alguno de ellos podría haberse quedado.

Por su parte, Damián, uno de los socios fundadores de la cooperativa, se fue a fines de 2010, desilusionado del proyecto, porque los ingresos que obtenía no le alcanzaban y por desavenencias con el consejo de administración, que desde su perspectiva no ponía la dedicación necesaria para que la cooperativa repunte:

En una conversación con Damián él expresó que en estos últimos 2 meses se había cansado: ‘Está todo mal en la cooperativa. No tenemos trabajo’. Explica que además de esa situación, Sol se fue a trabajar con Magdalena y el sábado pasado tuvieron una discusión con los integrantes del consejo de administración en una reunión de la cooperativa. ‘¡No todos tiran para el mismo lado!’, dijo enojado. Damián se muestra cansado de la irregularidad del trabajo y de las peleas con sus compañeros, plantea que está hace mucho tiempo ‘remándola’ y que cuando consiga otro trabajo se va a ir, aunque todavía no consiguió nada. Le pregunté por qué quería dejar la cooperativa y me explicó que fue una decisión que tomó con su mujer, porque ‘no puede ser que siempre a último momento algo nos salva (en ese caso fue el cobro del subsidio del Programa Trabajo Autogestionado de 600 pesos mensuales), pero ¡con 200 pesos por semana no se puede vivir!’. Además, dice ‘a mí me duele, porque el presidente (de la cooperativa) dijo que si se tiene que romper La Huella que se rompa’. Damián le reclama que él no estaba prestándole la atención necesaria a la cooperativa, porque participa también en otra de vivienda. Frente a estas dificultades, considera que tiene que haber un nuevo consejo de administración que pueda dedicarse a las ventas y que ‘tire para adelante’ (Registro de campo, 18/8/2010).

A esta situación se sumaron las dificultades que planteó el hecho de que varios compañeros con experiencia en el oficio hubieran dejado la cooperativa recientemente. A principios de 2010, Ana que tenía experiencia en el aparado del calzado, se retiró por un conflicto familiar (ella es sobrina de René, el presidente de la cooperativa). Como ya dijimos, Alberto –también con experiencia en el rubro- abandonó el proyecto a fin de ese mismo año, lo cual afectó durante algún tiempo la organización cotidiana del trabajo, hasta que se fueron incorporando nuevos integrantes. Sin embargo, los nuevos trabajadores no tenían experiencia en el rubro, por eso si bien mejoró el funcionamiento de la cooperativa su performance en la producción del calzado no fue la misma que antes. ¿Por qué Damián decidió finalmente dejar el proyecto habiendo apostado a éste desde el inicio, incluso en otros momentos difíciles, como cuando no encontraban un producto viable o cuando se separaron de la primera cooperativa que habían conformado? Además de los problemas propios del proceso cooperativo anteriormente descriptos, la respuesta se vincula con el ciclo de vida y las transformaciones de su situación familiar. Damián tiene 28 años y vive con su esposa que no trabaja. Cuenta que cuando comenzó en la cooperativa, eran solo él y su mujer y que si bien ella se enojaba y discutían a veces “porque no traía plata”, Damián le explicaba que para él era importante hacer funcionar La Huella, que era cuestión de esperar hasta que consiguieran más trabajo y que las cosas mejoren. En el año 2009, Damián y su mujer tuvieron su primer hijo y a partir de este cambio en la situación familiar, comenzó a pesarle la necesidad de llevar más dinero a su casa:

En el marco de una charla grupal pregunté: ‘¿qué creen que pasaría con las cooperativas si la economía del país mejorara y hubiera más trabajo en las empresas?’ Damián con cara de preocupado dijo: ‘yo dudaría de seguir en la cooperativa, porque ahora necesito ganar más. Estamos con muchos problemas, ¡ni un oficial de albañil gana tan poco como nosotros!’. Recuerdo que uno de los primeros días que fui a la cooperativa y le pregunté algo similar, él me había dicho todo lo contrario, que prefería el trabajo en la cooperativa, porque no había patrón, porque era un proyecto propio. Alberto expresa la misma opinión que Damián: ‘la plata no alcanza […], si vos tenés a tu hijo que te pincha, no podés llevar poco a tu casa’. Damián asiente y dice que él aguantó mucho tiempo, pero ahora ‘yo tengo la responsabilidad de mantener la familia y la necesidad de tener más plata’ (Registro de campo 15/9/2009).

Cuando termina la semana y no hay plata en la cooperativa, Damián dice que se va enojado, aunque sabe que el lunes se va a conseguir cobrar el trabajo realizado y se van a repartir los ingresos. De todos modos, explica que “lo que pasa es que ahora no estamos pudiendo ahorrar, vivimos al día y hay que explicarle a la familia. Siempre vivís con lo justo, contando la platita (Registro de campo 29/9/2009).

En el discurso de Damián se observan las tensiones que le planteaba la situación de ser el único proveedor del hogar (y la consiguiente exigencia de su mujer, porque no alcanzaban a cubrir sus necesidades) y el ideal del trabajo en la cooperativa, en tanto proyecto de trabajo autónomo que había construido en esos años junto a sus compañeros, algunos de los cuales eran también sus amigos. Las dificultades económicas, organizativas y vinculares en el contexto de su nueva situación familiar, lo llevaron a tomar la decisión de dejar La Huella. Luego de irse, Damián comenzó a trabajar en su casa con una máquina de aparado de calzado que le pidió a La Huella, a modo de compensación por su retiro. En el 2011, Damián colaboró desde su nueva condición de trabajador por cuenta propia con una producción de calzado para la cooperativa. A diferencia del caso de Alberto, las condiciones laborales relativas a la seguridad del ingreso y las protecciones sociales de Damián, no mejoraron, al menos en el corto plazo.

Sol, como ya mencionamos, se fue para probar suerte en otro emprendimiento asociativo en el que pudiera desarrollar su oficio y aprovechar su experiencia en el rubro textil. Ella vive con su hija y su hermana, que tiene un trabajo formal en relación de dependencia con un buen ingreso, en una vivienda propia. Su hermana y otros familiares, la ayudan muchas veces cuando necesita dinero, pero ella siempre está en busca de un mejor trabajo, no sólo con mayores ingresos, sino un trabajo cooperativo. Sol puede ser definida como una militante cooperativista y en su horizonte siempre está el deseo de conformar finalmente una cooperativa de trabajo de la cual pueda sentirse parte. Sus condiciones laborales luego de dejar La Huella continuaron siendo precarias, incluso cuando trabajaba en el emprendimiento con Magdalena y Juan Manuel, su jornada laboral era más extensa e intensa y sus ingresos apenas mayores que los que tenía antes. Además, lo que ganaban también dependía de los pedidos que entraran cada mes, ya que como no lograron tener una producción propia para comercializar, cosían a pedido de otros talleres o marcas de ropa que pagaban muy poco y exigían el cumplimiento estricto de los tiempos de entrega. A pesar de las dificultades, el compromiso y la identificación con el trabajo autogestionado y la construcción de un proyecto de Economía Social, apoyado en el sostén dado por el empleo regular de su hermana y también de otros familiares, le permitieron a Sol seguir “en la lucha” por armar una cooperativa.

Pedro, otro de los socios fundadores, a fin del año 2010 fue el último en dejar La Huella. En el 2009 había recibido una oferta laboral en un taller dedicado a la producción de calzado en la que recibiría un salario de la misma cuantía que los ingresos que obtenía en la cooperativa. Pedro dudó, pero no lo aceptó, porque en ese momento privilegió continuar en el proyecto cooperativo. Esta decisión tuvo que ver con el vínculo con sus compañeros de trabajo y con su hermano, Juan, que también forma parte de la cooperativa, quienes le pidieron que se quedara, reconociendo la importancia de su participación, por su experiencia y por el afecto que le tenían. Por eso rechazó la oferta laboral en el taller y se quedó en La Huella. Además, hacía algunos meses, se había incorporado a la cooperativa Lucía, su mujer, que antes no trabajaba. Los retiros de ambos, les permitían completar el ingreso del hogar. Sin embargo, en el 2010, luego de “aguantar” varios meses de bajos ingresos y la irregularidad del trabajo, Pedro dejó finalmente la cooperativa. Aunque no tenía una oferta de trabajo previa como en el 2009, encontró empleo rápidamente en un taller del mismo rubro, con un ingreso similar y con una jornada también de 9 horas. Las dos ventajas que percibía de su nuevo empleo eran la regularidad del salario y la cercanía respecto de su domicilio, aunque se trataba de un trabajo “en negro”. El taller queda en el barrio en donde vive, lo cual le permite ahorrar tiempo y dinero en transporte. Además, puede volver a almorzar a su casa y llevar a su hija y a la sobrina que tiene a su cargo a la escuela. Lucía, su mujer, sigue en la cooperativa y explica que ahora tienen un ingreso “fijo” de Pedro, además del suyo que varía semana a semana, por eso “estamos contentos”.

Juan, hermano de Pedro y socio fundador de la cooperativa, tiene 28 años y vive con su madre, la pareja de ella y sus 3 hermanos menores, que estudian en el secundario. Él no terminó la escuela primaria y debido a un accidente que tuvo de pequeño perdió un ojo, por eso tiene que hacer tratamientos regularmente. Si bien en distintas ocasiones Juan mencionó que estaba cansado de “aguantar” y expresó su desacuerdo con algunos aspectos de la gestión de la cooperativa, a diferencia de su hermano Pedro, él continuó trabajando allí. Sin embargo, al ver que “todos se estaban yendo” y como la situación económica no era buena, evaluaba constantemente la posibilidad de buscar otra cosa. Asimismo, debido a su descontento y el malestar en la cooperativa, Juan fue disminuyendo su participación en las actividades de articulación con otros emprendimientos u organizaciones de la Economía Social de las que usualmente se encargaba, muchas veces incluso por fuera del horario de la jornada laboral. En este caso, podemos observar el modo en que las decisiones de aquellos que dejan la cooperativa generan un debilitamiento del grupo asociado y tienen consecuencias tanto en el funcionamiento, la organización de las tareas cotidianas, y en las posibilidades de sostener la unidad productiva[14], como en la construcción de una identidad laboral colectiva en tanto trabajadores autogestionados. Juan, a diferencia de aquellos socios que se fueron, no es el principal sostén del hogar y tampoco tiene hijos. Él cuenta con el apoyo de su familia que le permite dedicarse a la cooperativa y seguir apostando al proyecto de autogestión del trabajo, aunque subjetivamente las dificultades económicas y grupales, lo llevaron a cambiar su actitud y debilitaron el compromiso con la construcción de una forma laboral alternativa. Por otra parte, el nivel educativo de Juan y la discapacidad visual que tiene seguramente dificultarían su inserción en el mercado formal y limitarían las posibilidades de encontrar un empleo mejor remunerado, cuyas condiciones laborales le permitan también continuar con su tratamiento médico.

La situación de Juan plantea un interrogante acerca del rol de la promoción de la Economía Social desde la política social, dado que en este caso la participación en un emprendimiento asociativo podría aparecer como la única o “la mejor” opción ante oportunidades laborales restringidas, debido a los condicionamientos que impone el mercado de trabajo para quienes no cuentan con credenciales educativas y aptitudes físicas óptimas. Aunque también en otros momentos “quedarse en la cooperativa” fue una opción elegida deliberadamente por Juan.

Textil Aladín: un emprendimiento familiar ¿asociativo?

Textil Aladín es un microemprendimiento familiar dedicado a la confección de ropa de moda para otros talleres textiles o marcas de indumentaria. Sus integrantes son Magdalena (55 años) y Juan Manuel (53 años), un matrimonio con una hija de 15 años de edad[15]. Durante el año 2010, también participó allí Sol, la ex socia de la Cooperativa La Huella.

El emprendimiento se conformó luego de la crisis de 2001 como estrategia para hacer frente a su situación de desempleo. El relato de Magdalena acerca del surgimiento del emprendimiento da cuenta de la difícil situación que atravesó la pareja en ese entonces, debido a la pérdida del empleo en relación de dependencia en una importante empresa a mediados de la década del 90:

‘Yo trabajaba en Adidas-Gatic, él también (él refiere a su marido, Juan Manuel). […] Mi papá me había regalado una máquina de coser, por eso yo tenía la máquina. Cuando me despidieron, mi hija tenía dos años. En GATIC yo tenía guardería, todo, podía trabajar con ella. Pero después de que me echaron me era muy difícil encontrar trabajo con mi hija’. Respecto del momento en que la despidieron, Magdalena cuenta: ‘ellos me dieron algo (se refiere a la indemnización que le pagaron) y con eso compramos otra máquina. A los dos años lo despidieron a él, fue esa época difícil del país y no conseguía trabajo’. Entonces, un tiempo después tuvieron la idea de armar un emprendimiento textil, que era lo que ambos sabían hacer. En el año 2003 fueron al Municipio de San Martín, la localidad donde vivían, para pedir un subsidio. En ese entonces, Magdalena ya trabajaba en su casa con las dos máquinas de coser que tenía y Juan Manuel salía a vender y buscar clientes. La idea del proyecto era ‘poder fabricar algo nuestro, pero el tema era que había que venderlo. Juan Manuel salía, pero era difícil comercializar el producto[16], entonces nos quedamos trabajando para afuera, para clientes […] Después tuvimos que mudarnos y no podíamos seguir trabajando en casa’. Por eso, llevaron las máquinas a un espacio que les prestaba uno de los clientes para los que trabajaban, pero al tiempo (ese taller que los contrataba) se fue a pique y se quedaron sin lugar de trabajo (Registro de campo 8/9/2010).

Su historia, muestra la ruptura de la trayectoria laboral y la experiencia de vida de esta familia, a partir del quiebre que generó el despido de la empresa -primero de ella y luego de su marido- en su inserción laboral y su posición social. La “caída” que narra Magdalena, en la que cada vez les resultaba más difícil conseguir empleo y generar ingresos suficientes, se enmarca en un contexto de profunda transformación del mercado de trabajo que generó el deterioro de las condiciones laborales y de vida de amplios sectores sociales, cuyo desenlace fue la crisis del 2001. Las transformaciones socioeconómicas y laborales producidas durante la década de hegemonía neoliberal, tuvieron como consecuencia el aumento de la pobreza estructural y el surgimiento de lo que se definió como la “nueva pobreza”, constituida por aquellas “personas que nunca antes habían sido pobres” y en ese momento se enfrentaron a condiciones de vida peores a las que les había tocado vivir hasta ese entonces (Minujin, 1997: 27).

La pérdida del empleo y la dificultad para encontrar otro trabajo en relación de dependencia –que, en el caso de Magdalena, le permitiera también cuidar a su hija- llevaron a esta familia a reestructurar su forma de vida y sus relaciones sociales. En ese contexto, la iniciativa de desarrollar un emprendimiento de autoempleo, aún con las dificultades que presentaba esta nueva forma de trabajo, fue la alternativa que encontraron y que mantuvieron hasta el momento en el que los encontramos.

La trayectoria laboral de 14 años de trabajo asalariado de Magdalena y de algunos años más de Juan Manuel, marca las dificultades que expresan para organizar y sostener el emprendimiento, aún luego de casi 10 años de dedicarse al autoempleo. Frente a la pregunta acerca de qué es lo más difícil de organizar el propio trabajo, Magdalena contesta que a ella lo que más le cuesta es la planificación y organización de las tareas (controlar la ropa que entregan, los materiales que tienen, llevar un registro de lo que producen, etc.):

‘me cuesta hacerme la idea de que esto es mío y tengo que cuidarlo, no es del patrón, hay que cuidar las máquinas, las cosas, porque son tuyas. Lo que más cuesta es la organización, porque tenés que hacer y saber hacer todo, desde cómo coser hasta cuándo entregar. Tenés que manejar los tiempos y abarcar muchas cosas’ (Registro de campo 8/9/2010).

A partir de las dificultades que señala esta emprendedora, podemos observar también el modo en que construye una identidad laboral a partir de su participación en el microemprendimiento, que se opone al trabajo bajo patrón y se asocia con la responsabilidad, el cuidado y el aprendizaje que requiere “emprender lo tuyo”. A pesar de definir su nueva situación laboral como un trabajo autogestionado, en el que debe decidir y organizar de manera autónoma todas las tareas, observamos que el autoempleo aparece más bien como una estrategia de vida que se fue prorrogando y cuyo carácter es eminentemente familiar. Por ello, a lo largo del trabajo de campo no observamos indicios claros de que en su horizonte de sentido emerja la idea de constitución de una experiencia asociativa y todos los intentos de incorporación de nuevos asociados fueron fallidos.

A pesar de ello, la creación del emprendimiento llevó a esta familia a la necesidad de establecer nuevas formas de relación y vínculos con actores que hasta el momento no habían tenido un lugar en su experiencia de vida: el municipio, a través de la demanda de recursos para poner en funcionamiento su emprendimiento y organizaciones vinculadas con la Economía Social, fueron quienes contribuyeron a la conformación de Textil Aladín, aunque estos vínculos que fueron generando en el proceso de desarrollo del emprendimiento, resultan intermitentes y débiles. En este sentido, su participación en espacios colectivos se vincula principalmente con necesidades coyunturales, como lo fue la búsqueda de un lugar de trabajo, la capacitación o el acceso a recursos provenientes de las políticas sociales, que describiremos más adelante. Un ejemplo de esta orientación instrumental es la siguiente:

Frente a la pregunta de por qué creen que su emprendimiento está vinculado con una federación de cooperativas y empresas recuperadas Magdalena responde que es una organización que les puede aportar asesoramiento y experiencia. Sol señala que también por su ideología y Magdalena le responde ‘yo qué se cuál es la ideología de la Federación. La ideología del cooperativismo’, responde Sol. Si bien el emprendimiento está vinculado con esta organización, ellas no participan frecuentemente de las reuniones y espacios colectivos. Una de las razones que esgrimen para ello, es la ‘falta de tiempo’ (Registro de campo, 13/10/2010).

En cuanto a las condiciones laborales, al momento en que realizamos el trabajo de campo el Textil Aladín no contaba con personería jurídica y sus 3 integrantes –Magdalena, Juan Manuel y Sol- no realizaban aportes para la jubilación, ni contaban con cobertura de salud. Al comienzo del emprendimiento, Juan Manuel y Magdalena se habían anotado en el Monotributo, pero las dificultades en el trabajo los llevaron a ambos a dejar de pagarlo.

Por otra parte, en el año 2010, Juan Manuel tuvo un accidente cerebrovascular y ya no está en condiciones de dedicarse al trabajo como lo hacía antes. Por ello, casi la totalidad de las actividades que demanda el emprendimiento se encuentran bajo la responsabilidad de Magdalena, que además de trabajar y hacer las tareas del hogar y el cuidado de su hija, desde ese entonces se ocupa también de los controles de salud y el tratamiento de su marido. Al poco tiempo de esto, se incorporó Sol que compartía el trabajo y las responsabilidades del emprendimiento con Magdalena.

Al momento en que realizamos el trabajo de campo, Magdalena y Sol trabajaban alrededor de 10 horas por día de lunes a sábado y cuando no llegaban a terminar los pedidos, también lo hacían los domingos y/o feriados. Juan Manuel las acompañaba, pero no realizaba la misma cantidad de tareas, debido a las secuelas psicofísicas, consecuencia del problema de salud que había tenido. Los ingresos que percibían eran de aproximadamente $1500 pesos mensuales, valor algo inferior al salario mínimo vital y móvil[17].

Este intenso ritmo de trabajo y las exigencias de un emprendimiento que, a pesar del esfuerzo, no lograba generar ingresos suficientes para satisfacer las necesidades de sus asociados, tenía consecuencias en la vida cotidiana de estas dos mujeres, que con resignación contaban las cosas que debían dejar de lado para poder sostener el emprendimiento:

‘A veces me tengo que ajustar, tengo que hacer cosas y las dejo porque tengo mucho trabajo. Por ejemplo, ahora con este pedido, tengo que ir al médico a llevarle unos estudios, pero lo estoy dejando, porque hay que entregar esto. Tengo que ir al banco y lo voy dejando’. Magdalena recuerda el accidente de su marido y cuenta: ‘Cuando Juan Manuel tenía que ir al médico yo lo acompañaba, sí o sí tenía que ir, porque él no podía ir solo o iba y no se acordaba de nada. Y bueno, voy y después resuelvo lo del trabajo […]. Ella (refiriéndose a Sol) también tiene que hacer cosas, tiene que ir al médico por un problema en la mandíbula que le hace doler la cabeza, tiene que ir al dentista, cosas de salud que tiene que resolver, yo también tengo que resolver. Hay que planificar y organizarse para ocuparnos del trabajo y de la salud. Hace días que me duele la espalda, tomo analgésicos por mi cuenta, pero tengo que ir al médico. Sol también tiene que hacer trámites para la nena. El tema es que nos cuesta lo dejamos para mañana, más cuando somos el eje […] Primero dejás la salud, después el esparcimiento. No es el hecho de gastar plata, sino de salir, despejarte. Por eso estamos planificando cuando terminemos este trabajo, que los días que Sol no tiene el curso de diseño irnos más temprano, tipo 17, 17.30 hs. para que ella pueda estar más con su hija. También yo con mi hija, poder sentarme, charlar. Poder salir más temprano esos días para organizarnos y poder ocuparnos de resolver otras cosas. Para poder no andar corriendo siempre, poder hacer las compras, organizar la vida y vivir más tranquila’ (Magdalena, Registro de entrevista 8/9/2010).

Como se observa en el relato, las largas e intensas jornadas laborales, llevan a estas emprendedoras a dejar de lado la salud, el esparcimiento y a sacrificar tiempo de su vida y de su familia por mantener el trabajo. Por ese motivo, Sol insiste constantemente en comenzar a hacer un producto propio, incorporar nuevos trabajadores y conformar la cooperativa, que desde su perspectiva les permitiría trabajar menos horas y aumentar el nivel de ingresos. Además, como señalamos antes, el objetivo de Sol es poder conformar una cooperativa y trabajar colectivamente.

Además de la falta de tiempo para emprender la producción propia, la dificultad para ahorrar y/o acceder a un crédito para invertir en la compra de los materiales necesarios para concretar ese proyecto, atentaban contra las posibilidades de armar la cooperativa y “salir” del trabajo a destajo.

Desde la perspectiva de Sol, que como explicamos antes contaba con el sostén familiar para dedicarse al emprendimiento y una fuerte experiencia de participación sociopolítica, el problema por el cual no podían comenzar a producir “lo propio” era que Magdalena (la principal sostén del hogar y sin experiencia de participación sociopolítica previa), no tenía la suficiente convicción de que hacer un producto, comercializarlo y conformar la cooperativa fuera viable. Por ello, luego de distintos desacuerdos, a comienzos de 2011, Sol decidió abandonar el emprendimiento.

Asociatividad, políticas socio-productivas y sostenibilidad

Volviendo al proceso de surgimiento y consolidación de este emprendimiento, en el año 2003, luego de trabajar en el propio domicilio, Magdalena y Juan Manuel comenzaron a gestionar recursos del Plan “Manos a la Obra” y a buscar un nuevo lugar de trabajo. En ese momento, acudieron al Municipio de San Martín en el que residían, e ingresaron a la incubadora de micro y pequeñas empresas que éste desarrolla. El proyecto de incubadora tiene como objetivo capacitar a los emprendedores y promover la asociatividad a través de la conformación de una cooperativa para la comercialización conjunta de lo producido por los emprendedores.

La experiencia en la incubadora es evaluada positivamente por Magdalena y Juan Manuel. Sin embargo, explican que si bien lograron conformar la cooperativa de comercialización formalmente y obtener la matrícula habilitante, ésta nunca llegó a funcionar efectivamente. Desde su perspectiva la imposibilidad de llevar adelante el proyecto cooperativo se debió, por un lado, a la falta de apoyo del municipio y por otro, a las dificultades que planteaba la asociatividad frente al individualismo:

‘Cada emprendimiento estaba en su proyecto y no funcionó, primero se fueron algunos cuando terminó el contrato con MYPE (el programa que promovía la incubadora de micro y pequeños emprendimientos) y al final quedamos nosotros solos […] El microemprendedor no puede abarcar todo y la cooperativa fue quedando y fue una lástima. Tampoco hubo mucho apoyo del municipio’ […] En MYPE éramos 7 microemprendimientos, pero no teníamos una oficina para funcionar. La idea era que los emprendimientos de costura vinieran acá con la cooperativa, pero no se dio, no prosperó, porque cada uno estaba ocupado en su proyecto (Registro de entrevista 8/9/2010).

Los obstáculos para la constitución del grupo de trabajo asociativo que se describen en el relato, son señalados en diversos estudios que analizan experiencias vinculadas con la Economía Social (Abramovich y Vázquez, 2004; Tauile y Huberlan, 2007; Wittenkamp, 2005, entre otros). Esta dificultad que enfrentan los emprendedores para asociarse y sostener el grupo de trabajo conjunto, es atribuida usualmente a las dificultades que plantea la asociatividad frente al individualismo. Sin embargo, en los casos que estamos analizando, estos obstáculos no pueden escindirse de la falta de un diseño de política social que contemple la participación y la asociación como un proyecto a construir y no como una condición dada. La percepción de Magdalena de una “falta de apoyo” del municipio podría estar vinculada con la inadecuación de una propuesta que tiene como objetivo crear formalmente una cooperativa, pero no contempla los tiempos y las dificultades que esto conlleva. En su narración acerca de la intervención del municipio, tampoco aparecen claramente cuáles eran las estrategias del programa de incubadora para facilitar dicho proceso[18]. En el caso del Plan “Manos a la Obra”, del cual recibieron un subsidio de $15.000 pesos para la compra de maquinaria, si bien en su normativa se explicita el objetivo de promover la participación y fortalecer a los actores de la Economía Social (Res. 1375/04), la estrategia de intervención se centra en la transferencia de recursos para la compra de herramientas, máquinas y/o insumos de trabajo, pero no en el necesario acompañamiento u otro tipo de intervenciones tendientes a consolidar los grupos de trabajo asociado y promover los mentados procesos participativos.

En cuanto a los trámites para la gestión del subsidio del Plan Manos a la Obra, Juan Manuel relata las dificultades que tuvieron y la larga espera entre la presentación del proyecto y la efectiva obtención de los recursos. Explica que tardaron 3 años y medio en darles las 6 máquinas presupuestadas y que más tarde llegaron los hilos y las tijeras que también habían solicitado. “Tuvo más vueltas, ¡pero valió la pena!”, dice Juan Manuel. Explica que cuando salieron los subsidios solicitados en el municipio de San Martín, hubo gente que no fue a retirarlo, porque ya había pasado mucho tiempo. A pesar de la espera y las “vueltas”, el subsidio permitió ampliar el equipamiento del emprendimiento, aunque al no incorporar nuevos asociados, no tuvo efectos significativos en el mejoramiento de su capacidad productiva.

En cuanto al trámite para la solicitud, cuenta que él hizo un curso para aprender a hacer el plan de negocios que necesitaban para presentar el proyecto. Una vez presentado, lo llamaron del municipio para pedirle que aclare algunas cosas del presupuesto, para ello recibieron ayuda de un contador. También requerían el armado de una planilla del programa Excel con los costos e ingresos y tuvieron que anotarse en el Monotributo.

En los años que esperaron hasta que saliera el subsidio, Magdalena creía que no iban a conseguirlo. Sin embargo, Juan Manuel la animaba y confiaba en que en algún momento iban a llegar los recursos. Durante la espera, los llamaron del municipio para que presentaran nuevos presupuestos, por si los valores de las máquinas habían cambiado.

Finalmente consiguieron el subsidio que habían solicitado. Éste les alcanzó para comprar –por etapas- la mayoría de las cosas que habían presupuestado:

‘Hasta hoy estamos terminando de cobrar el subsidio. Nos había quedado un remante de $800 pesos. Hace 3 semanas nos llamaron y nos dijeron que teníamos ese dinero y que teníamos que presentar presupuestos de lo que quisiéramos comprar con eso, si no se iba a perder’. Inmediatamente Juan Manuel llevó los presupuestos y pidieron una máquina de enconar hilo y tijeras (Registro de campo 8/9/2010).

El hecho de que el emprendimiento ya estuviera en marcha, sumado a que se trataba de un grupo familiar que había decidido armar el emprendimiento como estrategia de generación de ingresos, permitió soportar la espera de más de 3 años hasta la llegada del subsidio. Es interesante señalar que a pesar de que recibieron las máquinas y los materiales solicitados, estos emprendedores consideran que todavía les faltarían algunas cosas, como por ejemplo una máquina de bordar. Para ello están pensando en pedir un nuevo subsidio. Sin embargo, cuando se observa el trabajo cotidiano en el taller y la producción de ropa que realizan, se ve que hay diferentes máquinas que no son utilizadas, como por ejemplo una de estampado que se encuentra en un rincón contra la pared, sin siquiera estar en una posición adecuada para ponerla en funcionamiento. De hecho, cuentan con más de 6 máquinas para 2 personas que cosen.

Esta situación da cuenta de la falta de planificación por parte la política social, que por un lado, otorga recursos con una demora tal que la experiencia corre riesgo de debilitarse o disolverse si no se encuentra en funcionamiento pero, por otro, al entregarlos no evalúa el rendimiento y la efectividad de la aplicación de los mismos; y también por parte de los propios emprendedores que frente a la existencia de los programas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado, solicitan las herramientas sin considerar el modo en que pueden ser utilizadas y la mejora concreta que significarían para la unidad productiva[19].

Luego de la experiencia de cooperativización fallida en el municipio de San Martín y una vez finalizada su participación en la incubadora de microemprendimientos, Magdalena y Juan Manuel tuvieron que buscar un nuevo lugar de trabajo. Tras varias mudanzas, en el año 2009, se contactaron con la misma empresa recuperada que le había cedido el lugar de trabajo a la Cooperativa La Huella, porque no había podido ponerse en funcionamiento, y consiguieron establecerse en ese predio. El lugar de trabajo que les ofrecían no era del todo adecuado para su actividad productiva (era chico, el techo muy bajo y la conexión de electricidad para conectar sus máquinas, precaria), pero como les quedaba cerca de su domicilio y no tenían otras posibilidades, se quedaron.

Dado que los integrantes de la empresa recuperada que eran los “dueños”[20] del espacio tenían como objetivo promover el cooperativismo, la condición que habían puesto para que pudieran trabajar allí era el compromiso de que en el futuro conformarían una cooperativa de trabajo. Si bien Magdalena y Juan Manuel se plantearon la idea de armar la cooperativa –en parte como una iniciativa propia, pero principalmente motivada por el compromiso que habían asumido-, sus intentos de incorporación de nuevos integrantes no fueron exitosos. En varias oportunidades tomaron a distintas chicas jóvenes para que los ayuden con la costura, pero como no podían garantizarles un ingreso suficiente y las condiciones laborales eran malas, dejaban el emprendimiento. La incorporación de Sol y su expectativa de participar en una experiencia de trabajo asociativa con las máquinas que había adquirido a través del subsidio del Plan “Manos a la Obra”, dieron un nuevo impulso a la idea de transformar el microemprendimiento en una cooperativa que pudiera fabricar un producto propio, mejorar las condiciones de trabajo y los ingresos. Sin embargo, los desacuerdos respecto de qué tipo de producción encararían, sumada a las dificultades materiales vinculadas con las condiciones de trabajo y el débil compromiso de Magdalena y Juan Manuel con un proyecto asociativo, impidieron la concreción del armado de la cooperativa.

Además de los recursos de las políticas de promoción de la Economía Social, Magdalena percibe la Asignación Universal y su hija cuenta con una beca escolar de 1500$ anuales. Estos recursos les permiten completar los ingresos del hogar y solventar algunos de los gastos de la educación de la adolescente. Por su parte cuando finalizamos el trabajo de campo, Juan Manuel se encontraba averiguando los requisitos necesarios para gestionar una pensión por discapacidad.

El caso del Textil Aladín da cuenta de los principales obstáculos que emergen frente a la propuesta de promoción del trabajo asociativo y autogestionado que intentan impulsar los programas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado. Por un lado, observamos las dificultades subjetivas que plantea la nueva disciplina de la autogestión del trabajo que requiere de disposiciones y recursos para planificar y organizar las tareas, que los emprendedores en un primer momento generalmente no poseen. Por otro, encontramos los desafíos que supone la asociatividad como forma de organización del trabajo, que requiere de la construcción de lazos de solidaridad y reciprocidad y de un compromiso colectivo que permitan sostener el emprendimiento. El desarrollo del Textil Aladín es una experiencia de asociatividad fallida, en la cual a pesar de los intentos y los requisitos que establecen los programas, la asociación con otros trabajadores o emprendimiento no logró realizarse.

¿Cooperativas o planes sociales?: la experiencia de “asociatividad forzada”

Como analizamos en los capítulos 2 y 3, a partir de la implementación del Programa de Ingreso Social con Trabajo “Argentina Trabaja”, la promoción del trabajo asociativo y autogestionado volvió a adquirir visibilidad e impulso en el contexto de la crisis mundial del año 2008. Frente a la persistencia de los problemas del desempleo y la pobreza, este nuevo Plan se presentó como una estrategia novedosa de política social, cuyo objetivo es la generación de trabajo digno y el desarrollo de vínculos sociales y comunitarios a partir de promover la organización cooperativa y revalorizar los contenidos solidarios de la Economía Social y el cooperativismo.

El alcance masivo que tuvo el Programa y la implementación descentralizada en los municipios, sumada a la articulación con diferentes organizaciones sociales, dieron lugar a la conformación de experiencias laborales muy diversas. Ya en las primeras observaciones de campo, notamos la centralidad de la intervención del gobierno local y de las organizaciones barriales en la configuración de las experiencias de trabajo que se desplegaban en estas singulares cooperativas.

En esta sección analizaremos algunas de estas experiencias que denominamos de asociatividad forzada, marcando sus diferencias y las cuestiones comunes que las atraviesan por haber sido conformadas a partir del Programa “Argentina Trabaja”. Tal como analizamos en los capítulos 2 y 3, el particular diseño del Programa de Ingreso Social con Trabajo y la forma en que éste fue implementado, dan cuenta de la tensión entre el objetivo de promoción del trabajo asociativo y autogestionado como medio de integración social, que explícitamente propone esta nueva política social y el sesgo asistencial de la intervención propuesta. Esta tensión se manifiesta en las experiencias concretas que relevamos, referidas al modo en que se constituyen las cooperativas y la forma de pago individual de la retribución que reciben por el trabajo (no se trata de unidades laborales creadas a partir de la asociación voluntaria de las personas, la mayoría de sus integrantes no se conocen previamente entre sí, ni conocen los principios que orientan el cooperativismo y los ingresos que perciben los asociados no son producto del trabajo que realiza la cooperativa, sino que están garantizado por el Estado y son depositados en una cuenta bancaria individual a nombre de cada titular). Asimismo, aquella tensión entre promoción del trabajo cooperativo y la asistencia, se expresa también en la organización cotidiana de las tareas que realizan los participantes, que son planificadas y coordinadas por las autoridades de los gobiernos locales y en las condiciones precarias en las que se desarrolla el trabajo. Todo ello, tiene como consecuencia las dificultades materiales y simbólicas por parte de los destinatarios para pensar la cooperativa como una alternativa laboral a futuro.

Como planteamos en la introducción de este capítulo, son las distintas trayectorias socio-ocupacionales y la experiencia de vida de los sujetos, las que marcan los sentidos que adquieren el trabajo y el plan a partir de la experiencia de participación en las unidades laborales promovidas por las políticas de promoción de la Economía Social estudiadas; al mismo tiempo, estas políticas participan en la construcción de las subjetividades de estas personas. Considerando algunos aspectos de la dimensión cultural de la integración social, a continuación, analizaremos los sentidos que adquiere el Programa “Argentina Trabaja”, en la vida de los destinatarios que conocimos durante el trabajo de campo y el modo en que éste interviene en la producción de identidades individuales y colectivas.

El Programa “Argentina Trabaja” en la vida de los destinatarios

Nicolás tiene 24 años y vive en el barrio Villa Corina, en Avellaneda con su mujer y su hija de 2 años. Antes del ingresar al Programa, trabajaba en negro como mozo en un bar en Palermo. Allí realizaba una extensa jornada laboral, a lo que se sumaba la hora de viaje para cubrir la distancia que tenía con su domicilio. “No estaba nunca (en su casa), entraba a la noche, salía a las 6 de la mañana, después tenía otro turno a las 6 de la tarde y no tenía franco, […] gastronomía es jodido, es muy esclavo”, explica. En ese entonces su mujer no trabaja, porque, según nos cuenta, con lo que ganaba él les alcanzaba.

En el año 2009, cansado de su trabajo, Nicolás decidió inscribirse en el Programa de Ingreso Social con Trabajo. Lo hizo a través de un vecino que le dijo que estaban anotando gente y “cuando me salió esto, cambié y empecé a trabajar acá”. Primero estuvo en una cooperativa conformada por aproximadamente 22 jóvenes de su barrio, aunque después “algunos cambiaron de trabajo o tuvieron problemas con el referente” y quedaron sólo la mitad de los que eran al inicio. Allí realizaban tareas de mantenimiento barrial y poda de árboles por la mañana. Como la jornada era de 4 o 5 horas[21] diarias y terminaba al mediodía, él trabajaba por la tarde con su moto haciendo delivery. De ese modo podía completar sus ingresos, porque con los 1200 pesos que cobraba del Plan no le alcanzaba. Ese mismo año, su mujer también ingresó al Programa, ella realiza las tareas laborales en un jardín maternal en el barrio donde vive. Desde que nació su hija, ella cobra la AUH.

Nicolás estuvo en la cooperativa del barrio casi un año, hasta que tuvo un accidente de moto, en el que se lastimó la rodilla. Por eso no pudo seguir realizando las tareas de mantenimiento y poda y “lo pasaron” a una dependencia municipal, en donde al momento en que lo entrevistamos, hacía tareas administrativas. A diferencia de las actividades que realizaba “en la calle”[22], en el municipio el horario laboral es de 8 horas. El trabajo que hace es similar al de un empleado municipal y en contraste con lo que hacía previamente en su barrio, aunque se relaciona con sus compañeros, las tareas que hace son más solitarias.

Debido a su problema en la rodilla, por el cual tenía que operarse, sumado a la extensión de la jornada de trabajo que implicó el cambio de “cooperativa”, tuvo que dejar de hacer el delivery y ya no podía tener otro empleo, además del plan. Por eso planteaba que no sabía si iba a continuar una vez que resolviera el tema de salud, porque para él, la retribución de 1200 pesos es insuficiente. Cuando le preguntamos a Nicolás qué diferencias encontraba entre su anterior trabajo de mozo y el Plan, contestó rápidamente “la plata, en el otro ganaba más plata”. Sin embargo, prefirió anotarse en el Programa “Argentina Trabaja” porque le dejaba más tiempo libre para estar con su hija. Además, la media jornada le permitía “salir con la moto a la tarde o el fin de semana “y hacer 300 pesos o 400 mangos”, con los que “se las rebuscaba”.

Conversando sobre sus planes a futuro, nos cuenta que quiere hacer un curso de cocinero mercante, porque le gusta mucho la cocina. También se propone concluir sus estudios secundarios, para lo cual puede acceder al componente de terminalidad educativa del “Plan FINES”[23], que se implementa en articulación con el Programa “Argentina Trabaja”.

En contraposición a la experiencia en la dependencia municipal que desarrolla al momento de la entrevista, Nicolás recuerda con nostalgia el trabajo y la relación con los compañeros de la primera cooperativa en la que participaba:

Nicolás: Siempre fue todo perfecto […] estaba bueno, y trabajaba menos horas, éramos todos los pibes, nos reíamos, pasaba la hora enseguida…Estaba bueno, estaba bastante contento, hasta que me jodí la rodilla […].

Entrevistadora: ¿Y cómo era la relación con los vecinos, ¿cómo los veían?

Nicolás: Bien, con los vecinos nunca tuvimos problema, la verdad que nunca tuvimos problema con nadie. Por suerte siempre fue todo bien. Fue una cooperativa en sí, fue una cooperativa.

Entrevistadora: Y ustedes en la cooperativa, cuando terminara el programa, ¿veían posibilidad de seguir juntos, de hacer algo, de trabajar por su cuenta?

Nicolás: Sí, siempre, nosotros la mayoría de las veces trabajábamos de lunes a viernes, los viernes cuando terminábamos hacíamos un asado o algo de eso, nos juntábamos con los pibes, jugábamos a la pelota. Aparte éramos todos los pibes, todos los chicos de la cooperativa éramos del barrio. Nos criamos todos juntos, éramos de la misma edad, ya nos conocíamos de toda la vida.

Entrevistadora: Era casi como estar…

Nicolás: Con tus amigos. En vez de estar en la esquina, (estabas) trabajando.

Entrevistadora: ¿Y después de la experiencia esta del “Argentina Trabaja”, ¿pensaron ustedes en la posibilidad de hacer algo como cooperativa… o lo ven, digamos, más como algo del Plan?

Nicolás: Sí, nosotros levantamos un jardín, fue de la mano de nosotros, juntamos firmas todo para que nos bajen los materiales para hacer el jardín, todo adentro del barrio, lo hicimos nosotros, entre todos. Entre todos hicimos que se arregle una plaza, todo, íbamos a la junta (de vecinos del barrio), todo. Al principio sólo trabajábamos, pero después nos involucramos con la cooperativa, íbamos a reuniones, todo para pedir materiales para el barrio de nosotros para hacer veredas y todas esas cosas. (Registro de entrevista, 11/7/2011).

Cuando le preguntamos por el sentido del trabajo a partir de su experiencia en el municipio planteó lo siguiente: Entrevistadora: ¿Cómo consideras lo que haces acá, crees que es un trabajo o es diferente para vos?

Nicolás: Es una ayuda más que nada, más que un trabajo. Porque no es un trabajo bien, me llevo 1200 pesos y no es nada eso, no te alcanza para nada eso. Yo estoy alquilando y gasto 600 mangos de alquiler, o sea que me queda la mitad del sueldo. Otra cosa tengo que hacer. Y bueno, hay que aguantarla.

Entrevistadora: O sea que para vos esto es una cosa más entre otras que haces.

Nicolás: claro, una cosa más, es como una changa digamos, si […] No alcanza…Un sueldo básico, cuánto es un sueldo básico hoy en día, son 1600 o 1800 pesos, a 1200 estamos nosotros, no llegamos ni al básico. (Registro de entrevista, 11/7/2011).

Para Nicolás, que accedió por primera vez a un plan social, el Programa “Argentina Trabaja” fue una estrategia de generación de ingresos entre otras que lleva adelante, la cual le permitió también tener más tiempo libre para estar con su familia[24]. A pesar de que para él el Plan no tiene el mismo estatus que un “trabajo bien”, debido a los bajos ingresos que percibe (por eso busca constantemente otras alternativas laborales y piensa en capacitarse para conseguir un mejor empleo en el futuro), vemos que la participación en la cooperativa del barrio fue significativa. En este sentido, se acercó a la experiencia del trabajo asociativo y contribuyó al fortalecimiento de los lazos comunitarios y entre pares, tal como lo prevé la normativa del Programa. El carácter genuinamente cooperativo de esta primera experiencia para Nicolás, reside en la posibilidad de trabajar conjuntamente con amigos y vecinos para la mejora de la infraestructura y los servicios públicos del barrio y de pasarla bien, compartiendo el tiempo con sus pares.

El relato de Nicolás, da cuenta también del proceso a partir del cual este grupo de jóvenes destinatarios del Programa, se fue comprometiendo con el trabajo asociativo y la búsqueda de soluciones para las necesidades locales. De ese modo, la cooperativa se constituyó en un espacio de reconocimiento y construcción de vínculos de participación electiva (Paugam, 2007). Los vínculos de participación electiva refieren a la socialización extrafamiliar, a partir de ellos, el individuo entra en contacto con otros a quienes aprende a conocer en el marco de grupos e instituciones. Esta red de pertenencias que construye el sujeto contribuye a afirmar su personalidad en relación con la mirada de los demás. A diferencia de los lazos familiares, los vínculos de participación electiva disponen de un espacio de autonomía que le permite al sujeto identificarse con o distinguirse de otros (Paugam, 2007: 86). En este caso, podemos observar cómo, a partir de las tareas que realizaban en y para el barrio, estos destinatarios establecieron también relaciones con otros actores e instituciones que valoraban el trabajo que la cooperativa hacía. El reconocimiento logrado, se expresa en los vínculos con los vecinos y en la relación que se fue estableciendo con las autoridades municipales que implementan el Programa, las que a partir de la activa participación que mantenían los integrantes de esta cooperativa, facilitaron los medios para la construcción del jardín maternal y la realización de distintas obras de mejoramiento barrial que Nicolás recuerda como el fruto del trabajo de una verdadera cooperativa.

En cuanto al sentido del trabajo que él construye, podemos plantear que se define como un trabajo comunitario, un trabajo “para nosotros”. Este nosotros, incluye tanto a los miembros de la cooperativa como a los vecinos del barrio. Las tareas que realizan en el marco del Programa, además de ser consideradas útiles, le resultan entretenidas y se realizan colectivamente con sus pares. La experiencia que este destinatario relata no remite a la figura del empleo (como el de mozo que Nicolás desempeñó antes de ingresar al Programa), vinculado con la exigencia, el intenso ritmo y las largas jornadas. Se trata de un trabajo más tranquilo y ameno, aunque también con un menor ingreso que el que el empleo puede proporcionarle.

A pesar de lo gratificante que le resultaba su tarea en esa primera cooperativa, el accidente que tuvo en la rodilla lo obligó a cambiar de lugar de trabajo y cumplir una jornada más extensa. Esa mudanza implicó también dejar de participar en ese espacio colectivo que había conformado con los amigos del barrio a partir de la participación en el Programa, dado que como él mismo explica, en el municipio trabaja más horas y cuando llega a su casa ya no puede hacer otras cosas, porque quiere pasar tiempo con su hija.

Además de él, como ya mencionamos, otros de los compañeros que empezaron en esa cooperativa fueron retirándose por diferentes circunstancias (entre ellas el hecho de haber conseguido otras ocupaciones o por desacuerdos con los referentes). Estos cambios producidos en la composición de la cooperativa dan cuenta de la fragilidad de estas experiencias y de las dificultades materiales y simbólicas para pensarla como una alternativa laboral o de asociatividad comunitaria una vez finalizada la intervención del Programa. Asimismo, expresa la tensión presente en el desarrollo de una política social que se propone promover la participación colectiva y fortalecer los lazos sociales a partir del trabajo en cooperativas, pero que en la práctica no logra la formación de asociaciones que se correspondan efectivamente con esta forma organizativa. Tampoco garantiza un ingreso suficiente para atender a las necesidades de los hogares, ni propugna condiciones laborales y productivas que permitan a los sujetos sostener la unidad laboral en el tiempo. Estas condiciones obstaculizan la posibilidad material y subjetiva de pensar esta forma de laboral como una alternativa genuina en el largo plazo.

El cambio de lugar de trabajo y la posterior desvinculación de Nicolás de las actividades en su barrio, lo llevan a repensar su permanencia en el Programa, ya que sin otro tipo de ingresos y sin el “plus” de pasar un tiempo agradable con sus amigos y hacer un trabajo socialmente útil para el barrio, la “cooperativa” no le permite cubrir sus necesidades. Aunque al mismo tiempo, representa un ingreso mínimo, pero estable y la posibilidad de acceder a una obra social que un trabajo en negro no tendría. Por otra parte, esta seguridad que el plan le brinda le permite pensar en la posibilidad de finalizar sus estudios y capacitarse, lo cual, desde su perspectiva, le dará mejores chances para conseguir un empleo en el futuro.

Ángela tiene 39 años y vive en Avellaneda con su marido y su madre. Antes de acceder al Programa de Ingreso Social con Trabajo se encontraba desempleada, aunque previamente había tenido experiencias laborales como auxiliar de enfermería, que es el oficio que había estudiado. Ella es diabética y según cuenta, ese es el motivo por el cual dejó su último empleo.

Antes de “Argentina Trabaja”, nunca había participado de otros planes sociales. En el año 2009 decidió inscribirse, a través de una vecina que estaba “anotando gente”. “De mi barrio había muchas personas, pero llamaron a 5 o 6, no a todos llegaron a llamarlos”, explica. Al momento de la entrevista, hacía un año y medio que integraba el Programa y, desde que empezó, trabajó en una dependencia municipal realizando tareas de limpieza. Su jornada laboral fue, primero de 8 horas, pero como comenzó a estudiar la Licenciatura en enfermería y el Programa contempla la capacitación como parte del trabajo, ésta se redujo a 6 horas diarias.

Para Ángela el Plan es un trabajo que la ayuda en lo económico, pero hubiera preferido que le asignaran tareas vinculadas con la temática de salud, que es su especialidad:

Ángela: […] Yo no les dije que era enfermera cuando me anoté, si no me podrían haber puesto en algún lugar de salud. Se necesita alguna gente ahí.

Entrevistadora: ¿Y eso después vos no lo pudiste cambiar, conversar para que te cambien a algún lado vinculado con el tema de salud?

Ángela: No, yo ya quedé acá, me mandaron acá y quede acá, hace ya un año y medio que estoy, cuando recién empezó esto. (Registro de entrevista 11/7/2011).

Si bien para Ángela el acceso al Programa fue una oportunidad para reinsertarse laboralmente e iniciar sus estudios universitarios, su experiencia no se vincula en absoluto con la idea de una cooperativa. Cuando refiere a las actividades que realiza, dice “me mandaron acá” o “me podrían haber puesto en otro lugar”, su relato da cuenta de una organización vertical del trabajo establecida por quienes ejecutan el programa, en la que no hay lugar para la autogestión ni la autonomía de los destinatarios.

Por otra parte, el caso de Ángela da cuenta de la débil planificación en la implementación del Programa (señalada también por distintos autores para el caso del Plan “Manos a la Obra”) y la falta de consideración de los saberes y experiencias previas de los beneficiarios en la asignación de las tareas[25]. Esta situación puede vincularse con la tensión presente en el Programa entre los objetivos de generación de trabajo y el uso del trabajo como un recurso de la asistencia, en donde la necesidad que se atiende no es la del empleador que requiere trabajadores para un determinado puesto, sino el sostenimiento de los ingresos de un grupo de personas desempleadas o en situación de vulnerabilidad social, pero que para justificar el “merecimiento” de la percepción de ese ingreso, deben realizar un trabajo. Esta forma de intervención de la política social se apoya tanto en el discurso del valor moral y la dignidad del trabajo, como en la afirmación del mismo como el medio privilegiado para la integración a la vida social y el reconocimiento de las personas.

En cuanto a los ingresos, Ángela plantea que es poco lo que ganan, “[…] es poco para las 8 horas”. Explica que hay otros destinatarios que no hacen las 8 horas, porque como trabajan “en la calle” su jornada laboral es más corta. A pesar ello, Ángela continúa en el Programa, “porque no tengo mucho viaje, ni pago boleto”, entonces el dinero le rinde. Además, valora la flexibilidad del horario que tiene para poder realizar sus estudios, sumado al estímulo que recibe por parte de sus compañeros y autoridades, que promueven que continúe con sus estudios. Así, el plan en la vida de Ángela se constituye en una oportunidad de trabajo y de desarrollo personal, que es también reconocida y alentada por sus pares. Para ella finalizar la carrera de enfermería es una asignatura pendiente que pudo empezar a cumplir desde que comenzó a participar en el Programa.

A diferencia de la primera experiencia cooperativa que relató Nicolás, el tipo de tareas que desempeñaban los destinatarios en esta dependencia municipal, nada se parece a la propuesta de promover el trabajo asociativo y autogestionado que supone la normativa del Programa. Al igual que en los otros casos que señalamos en el capítulo 3, cada destinatario pertenecía formalmente a una cooperativa diferente, pero, además, por las características del trabajo que realizan en este caso, no se requiere de la auto-organización o el trabajo colectivo con los compañeros y tampoco tienen instancias de discusión o toma de decisiones en conjunto. Allí, la autoridad municipal es quien determina las tareas que se llevan adelante del mismo modo que si los destinatarios del Programa fueran empleados. Aquí parece válida la crítica ya señalada en el capítulo 2, respecto de la contratación por parte del Estado de trabajadores en condiciones de precariedad, encubriendo una relación de trabajo asalariado, a través de la forma de organización en “cooperativas”. Cabe preguntarse si las tareas que realizan estos destinatarios son socialmente necesarias o se trata de un modo de buscar una ocupación para el cumplimiento del objetivo de “generación de trabajo” que plantea el programa[26]. Si se tratara de tareas necesarias que son cubiertas por los destinatarios, se plantea la pregunta acerca de la eventual presión que podrían ejercer los planes sobre los salarios y las condiciones laborales de los empleados, dado que el subsidio que otorga el plan se encuentra por debajo del salario mínimo, vital y móvil y las condiciones de trabajo son más precarias. Además, la forma en que el Programa se ejecuta y el tipo de tareas que se realizan, se asemejan a la contraprestación laboral requerida en los planes de empleo anteriores, de los cuales el Programa de Ingreso Social con Trabajo intentaría fallidamente diferenciarse.

En este mismo municipio, indagamos acerca de la experiencia de la Cooperativa Unión de Avellaneda. Al momento en que los encontramos, la cooperativa estaba conformada por ocho personas, de las cuales siete son destinatarias del Programa y Lidia, que no participa formalmente del mismo, coordina las actividades que los “cooperativistas” realizan. Lidia es manzanera y referente de la organización política peronista, que está a cargo de la gestión del Programa en ese barrio. La cooperativa se dedica a hacer tareas de limpieza y pintura de algunos comercios o casas de vecinos. Funciona en la casa de Lidia, donde se encuentran, organizan el trabajo y guardan los materiales y herramientas que utilizan.

Otra referente de la organización que también es destinataria del Programa, pero trabaja en una dependencia municipal haciendo tareas administrativas, cuenta que cuando comenzaron con el Plan, en la cooperativa eran 18 integrantes. De a poco muchos se fueron yendo, algunos pasaron a otras cooperativas, otros consiguieron trabajo y a uno pidieron que lo den de baja, porque estuvo ocho meses cobrando la retribución sin presentarse al trabajo.

Los integrantes de la cooperativa y destinatarios del Programa son cuatro mujeres y tres varones, de los cuales pudimos entrevistar con mayor profundidad a tres de las mujeres y compartir una jornada laboral con ellas, a fin de conocer sus trayectorias ocupacionales, su experiencia de trabajo y de vida, así como también indagar acerca de su mirada y el sentido que adquiere el plan en sus vidas.

Verónica, de 43 años, entró al Programa en el año 2010. Ella vive con su marido y sus 2 hijos, de 16 y 18 años. Antes de ingresar, estaba trabajando como empleada doméstica en una casa en la que ganaba 500 pesos mensuales. Allí trabajaba todos los días, pero “no podían pagarme más”, dice. En cuanto al ingreso que percibe por su participación en el Plan “Argentina Trabaja”, considera que es bueno, porque es más de lo que ganaba trabajando en el servicio doméstico. Explica que para ella es suficiente, porque su marido también trabaja como remisero y entre lo que obtienen los dos pueden arreglarse. Para Verónica, que tuvo una trayectoria laboral en condiciones de informalidad y precariedad, con un escaso sueldo, el Plan es considerado un trabajo. En el futuro quiere continuar en la “cooperativa”, porque le gustan las tareas que hace y está conforme con lo que gana. Si bien en la organización de la economía familiar, su ingreso tiene un rol secundario, dado que su marido es el principal sostén del hogar, a partir de ese ingreso, puede tener una mayor independencia económica. Con la retribución que obtiene por el trabajo en la “cooperativa” tiene dinero para comprarse cosas para ella, como cosméticos o cremas. A partir del trabajo de campo realizado, encontramos que el hecho de contar con un ingreso propio adquiere esta misma significación para otras mujeres “cooperativistas”, que previamente se dedicaban al cuidado del hogar y de sus hijos. Aquí observamos cómo a partir de la participación en el Programa, estas mujeres se convierten en “trabajadoras secundarias”, que frente a una situación crítica en la economía familiar o ante la oferta de la oportunidad laboral que ofrece el Plan “Argentina Trabaja”, se ponen en actividad, a fin de obtener un ingreso suplementario para el sostenimiento del hogar. Al mismo tiempo, según el carácter y los objetivos de los programas sociales, éstos contribuyen a reproducir o transformar el rol tradicional de la mujer como madre y ama de casa, así como también, las condiciones de reproducción de la vida de sus familias. En este caso, el Plan puede constituirse en una puerta de “salida” de la esfera doméstica hacia un espacio más amplio de participación social, que también les brinda una cierta capacidad de disposición de recursos, que al ser ganados por ellas mismas, les permiten tener un mayor margen de autonomía en las decisiones sobre sus vidas.

Por su parte, Diana, de 41 años, comenzó en el Programa en enero de 2011. Ella vive sola en un barrio de la zona sur del Gran Buenos Aires, que queda aproximadamente a una hora de donde funciona la cooperativa. Está separada y tiene 4 hijos de 23, 18, 15 y 11 años, que al momento de la entrevista vivían con el padre. Además del Plan, Diana trabaja por horas en el servicio doméstico y cuidando ancianos. Relata que accedió al Programa a través de la organización política en la que participa y que, aunque no se anotó en el barrio donde funciona la “cooperativa”, “por los contactos que tengo en la organización me trajeron a trabajar acá”. Explica que a ella la habían llamado para decirle que le había salido el Plan en julio de 2010, pero que en ese momento lo rechazó “porque estaba trabajando bien, tenía más trabajo, entonces sabía que ganaba plata”. Un tiempo después, Diana comenzó a perder algunas horas de trabajo y sus ingresos mermaron. Luego de 6 meses, volvieron a llamarla y como su situación laboral había empeorado, decidió aceptarlo: “Me llamaron y me dijeron, negra, tenés que venir al Banco Nación antes de las 3 de la tarde, y yo dije sí, a las 2 estoy. ¡Me vino como anillo al dedo!”. Para ella el Plan es un trabajo como cualquier otro. En su relato se observa como la posibilidad de acceso ante una situación laboral inestable, le garantizó el ingreso que hacía poco había perdido.

Como en sus otros trabajos, Diana quiere hacer bien las cosas y se distingue de otros destinatarios que estuvieron en la cooperativa y no querían trabajar o tenían problemas con la referente, porque dirigía las tareas:

‘Yo sé bien cómo hago el trabajo y que hago bien las cosas, puede ser que a alguien no le guste como trabajo, pero yo se que pongo lo mejor […]. Hay gente que no quiere trabajar o que no le gusta que lo manden. A Lidia hay que saber llevarla. En un trabajo siempre va a haber alguien por encima de ti, alguien que mande.’ (Registro de campo, 18/7/2011).

El relato de Diana permite reflexionar acerca de la disciplina como una disposición indispensable para llevar adelante las tareas asignadas. En su caso, a diferencia de otros destinatarios, su experiencia laboral previa le permitió internalizar esta disciplina del trabajo regular, a partir de la cual interpreta la relación con su referente y las prácticas de los otros destinatarios del Programa. El sentido del trabajo en la “cooperativa”, no se vincula con la idea de autogestión y asociatividad que supone el Programa, por el contrario, Diana acepta la organización vertical y jerárquica y las reglas que impone la referente, porque las considera una característica propia de todo trabajo.

En cuanto a su la relación con la organización política, Diana sabe que la cooperativa “es trabajo y militancia”. Conoce las reglas del juego, las obligaciones de la participación política y los “beneficios” que le reporta cumplir y estar bien con su referente. En su caso, como vimos antes, la participación en la organización le permitió acceder al Programa (incluso luego de haberlo rechazado la primera vez que la llamaron) y luego también, pudo cambiar el lugar de trabajo. La militancia que hace, consiste en “ir a los actos”, aunque a ella le gustaría tener más tiempo libre para poder hacer “otro tipo de trabajo de militancia, que sería trabajar en algo social”, como por ejemplo en temas de violencia contra la mujer, en donde por la propia experiencia que ella tuvo, cree que podría hacer un aporte.

Respecto de los ingresos que percibe, considera que el monto está bien para ella que vive sola, aunque después del horario que cumple en la “cooperativa” y en el fin de semana, tiene otros trabajos. Sin embargo, cuando piensa en la perspectiva de volver a tener a alguno de sus hijos en su casa y mantenerlo, cree que estos ingresos serían insuficientes.

En la cooperativa la jornada laboral es de lunes a sábado y trabajan entre cuatro y cinco horas, entran a las ocho de la mañana y salen entre las doce y la una del mediodía. Como Diana trabaja los sábados en otro lugar, compensa esas horas quedándose más tiempo en la semana. Sus otros empleos son de limpieza en casas particulares y los horarios y días que tiene son flexibles, por eso puede organizarse con el trabajo en la “cooperativa”. Además, como en el Plan no son tantas horas, puede estudiar para terminar el colegio secundario que cursa por la noche.

En cuanto a su experiencia con los planes sociales, Diana ya había tenido el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados, pero para ella el Programa “Argentina Trabaja” es diferente, porque en el Jefas y Jefes, nunca tuvo que cumplir con la contraprestación laboral:

El plan lo tenía en Almirante Brown y nadie me llamó ni se preocupó nunca para que fuera a trabajar. Mirá que a mí me parece mal no cumplir con el trabajo, pero yo con el Jefes no lo hacía (Registro de campo, 18/7/2011).

Para Diana la diferencia entre ambos Programas es la obligación de trabajar. Sin embargo, para la referente de esta organización no todos cumplen con el trabajo. Lidia señalaba que muchos destinatarios que hoy participan en el Plan “Argentina Trabaja” estaban acostumbrados al Plan Jefas y Jefes, en el que no lo hacían, incluso ella misma cuando era referente de dicho Programa, no exigía que se cumpliera con la contraprestación estipulada. La experiencia de otros planes, desde su perspectiva, dejó fuertes marcas. Señala que muchos “cooperativistas” hoy creen que ambos planes son iguales, y no quieren cumplir con el trabajo. En este sentido, en las observaciones de campo y entrevistas realizadas, muchos hicieron referencia a que las cooperativas comenzaron con la participación de todos los destinatarios, pero que paulatinamente muchos de ellos fueron dejando.

Las razones por las que se daba este desgranamiento de las “cooperativas”, no resultan claras para los entrevistados, ya que no saben con certeza si se trata de personas que dejaron el programa, cambiaron de lugar de trabajo o ya no realizan las tareas asignadas. Esta situación refuerza la representación de la política social vinculada con el clientelismo, según la cual la mayoría de los beneficiarios no trabajan y los “punteros” cobran por no pasarles las faltas. Al respecto en una de las visitas a la cooperativa, registramos el siguiente diálogo:

Lidia le pregunta a un chico que estaba asomado a la ventana a través de la cual se entrega la leche del Plan Vida si él es cooperativista. Él responde: ­’No, yo soy municipal, mi mujer es cooperativista’, entonces Lidia le dice: ­’¿Dónde están los 4500 cooperativistas que dice Ferraresi (el intendente) que hay en el municipio?’ El chico responde: ­’Los tienen en todos lados, en la municipalidad yo veo que vienen un montón a cobrar y en el municipio hay como 5 que sacan fotocopias’. Entonces Lidia vuelve a interrogarlo: ‘­¿¡Dónde están en la calle?!, porque a cobrar van todos, pero no trabajan’. ­’Ah, eso no sé´, responde. A esos cumpas no los tiene Ferraresi, los tienen los punteros políticos.’ (Registro de campo, 16/3/2012).

Del mismo modo, Gabriela, otra militante de esta organización que también trabaja en el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, planteaba:

‘El programa era revolucionario cuando empezó. Al inicio se planteó como un programa para incorporar a la gente que no tenía ninguna herramienta de nada. Los 1200 pesos era un valor respetable para el trabajo que tenían que hacer […]. También se proponía que los cooperativistas tuvieran una obra social y el monotributo social’. El componente que desde su perspectiva era el más interesante era la terminalidad educativa. ‘Se pretendía alcanzar una base de ingresos y de capacitación para los cooperativistas que permita hacer el salto en la base del eslabón social’. Se refería a lograr a través de la educación y la capacitación en oficios, brindar herramientas para que estas personas pudieran insertarse en el mercado de trabajo. ‘Esto era lo que el Plan proponía, pero se implementó mal, fue un desastre. Me da bronca, pero fue así. La asignación de los planes no fue transparente. El trámite administrativo de acceso al plan no fue transparente, fue realmente pésimo. Además, no se podía dar de baja a la persona que no cumplía con el trabajo que tenía que hacer. Entonces la gente fue viendo eso y eran cada vez menos los que iban a trabajar. Ni bien se lanzó el Programa tuvo un impacto terrible en los barrios, te diría 9/10. Pero después como no se controlaba, sólo la gente con conciencia siguió trabajando y toda la cantera de vagos dejó’ (Esto lo contaba con mucha indignación y levantando el tono de voz) (Registro de entrevista, 16/3/2012).

Estas referentes denuncian la falta de transparencia en la asignación de los planes, las prácticas discrecionales y la falta de conciencia por parte de los destinatarios, de las cuales la organización política en la que participan intenta constantemente distinguirse. Por eso en la misma entrevista Gabriela se quejaba de que “el trabajo que hacen los compañeros, como Lidia” no era reconocido y que los problemas de “la implementación” atentan contra la efectividad y la forma en que el Programa fue pensado.

Rita tiene 39 años y vive con su marido que trabaja y su tío que es jubilado en el mismo barrio en donde funciona la cooperativa del Programa. Antes de participar en el Plan “Argentina Trabaja”, estaba empleada en una panadería. Allí trabajaba muchas horas y el trato con su jefe no era bueno, por eso decidió dejarlo:

Rita trabajaba en Córdoba y Pueyrredón [en Capital Federal] entonces tenía mucho tiempo de viaje. Además, entraba a las 6 de la mañana. ‘Llegaba siempre puntual, ahora vivo a 2 cuadras [de la cooperativa] y llego tarde’, dice y se sonríe. ‘En la confitería llegaba y en una hora tenía que acomodar todas las facturas en un mostrador, había un lugar para las medialunas de manteca, después iban las de grasa y después otras facturas. Después de esa hora ya a la mañana era más tranquilo y a la tarde de nuevo había más trabajo, porque todos te pedían cosas, el encargado, los panaderos, todos […]. Este trabajo [en la cooperativa] me gusta más, es más tranquilo y trabajamos menos horas, aunque también gano menos, lo que ganamos no alcanza, pero ayuda.’

Además del Plan, Rita hace algunas “changas”, como por ejemplo preparar desayunos o comida para su comercialización o vender flores el día de la primavera, entre otros rebusques para ganar un poco más de dinero. El trabajo en el Programa para ella no se vincula con la idea de asociatividad y autogestión, pero sí aparece como un lugar más agradable y tranquilo que el trabajo asalariado que desempeñaba antes.

Cuenta que hace un año falleció un pariente que vivía con ella, al que tenía que cuidar, porque tenía problemas de salud muy graves. Por eso nunca tenía tiempo de ocuparse de sus cosas. Ahora, que esa situación familiar cambió y que comenzó con el Programa en el que trabaja menos horas, siente que puede hacer algo para ella. Una de las cosas que hace para sí misma es cursar el último año que le queda para terminar el colegio secundario. Rita se muestra contenta en el trabajo y considera el Plan “como un trabajo más, como cualquier otro”. Además “como son pocas horas y termino temprano, tengo tiempo para hacer otras cosas”. Ella realizó varios cursos de cocina y expresa que eso le gusta mucho, por eso averiguó para anotarse en los talleres de capacitación que ofrece el Programa, pero no consiguió hacerlo, porque en el curso de cocina había pocos cupos.

Ante la pregunta acerca de qué va a hacer en el futuro y si quiere continuar en el Programa, Rita contesta:

El año que viene voy a ver, porque como ya no voy a estar cursando las materias [que le faltan para terminar el secundario] voy a tener más tiempo para poder buscar otro trabajo, algo de gastronomía que es lo que me gusta.

Hasta el momento en que realizamos la entrevista, aunque Rita tuvo otras oportunidades laborales, en las que le ofrecían una mejor paga por un trabajo a tiempo completo, ella prefirió continuar en la “cooperativa” por el tiempo libre que este trabajo le deja.

En cuanto a su relación con la organización política que armó la cooperativa, si bien no tiene una participación orgánica, conoce lo positivo que ésta ofrece y las obligaciones que implica:

‘Yo desde que empecé sabía que acá era trabajo y militancia y había que ir a los actos, pero me conviene porque trabajamos 4 horas, en otro lado tal vez tenía que trabajar más, además tenemos el plus por presentismo’. El plus por presentismo al que refiere Rita, son 200 pesos mensuales que cobran los cooperativistas que realizan tareas de limpieza en las calles[27].

Por otra parte, Rita explica que cuando van a los actos al otro día no trabajan, o en vez de trabajar ese día asisten a los actos.

‘Entonces nos conviene a nosotros también’. Además, cuenta que allí se divierten y se ríen cuando van todos juntos en el colectivo. Luego señala que Lidia, la referente, las invita también a distintos eventos políticos que se organizan, el sábado por ejemplo hubo una fiesta por los 16 años de manzaneras, ‘como 3 manzaneras no iban, ella nos llevó a nosotras y la pasamos bien. Comimos un montón, ¡la pasamos bien!’ (Registro de campo 25/9/2011).

El relato de Rita muestra las relaciones y compensaciones entre referentes y destinatarios para lograr la adhesión a la organización y la participación de los “cooperativistas” en el trabajo político. Además, se observa que, en este caso, no todas son imposiciones para los destinatarios, los actos y eventos políticos son espacios en donde también pueden pasarla bien junto con otros compañeros. Esta referencia a la diversión en las actividades que realizan en la “cooperativa”, habilita la posibilidad de romper con la idea del trabajo como puro esfuerzo y sufrimiento.

Si bien es cierto que la relación que se establece entre referentes y destinatarios es desigual, porque los primeros son los encargados de facilitar el acceso a los planes, controlar el trabajo, pasar las planillas de asistencia y habilitar la obtención del “plus por presentismo”, esto no significa que se trate de una relación en la que los “cooperativistas” son sujetos pasivos, “utilizados” para fines políticos/partidarios. En este sentido, consideramos central discutir la representación dominante acerca de los “beneficiarios” de planes sociales, difundida tanto por los medios de comunicación como en el imaginario social y también reforzada por algunos estudios de las ciencias sociales, que los definen como pasivos receptores de asistencia. Tanto Rita, como Diana y el resto de sus compañeros, saben que estar en esa cooperativa implica ir a los actos y apoyar a la organización política, pero ellos deciden estar allí y cumplir, y pueden esgrimir las razones que dan cuenta de ello[28].

En cuanto a las tareas que realizan, Rita recuerda el primer día que salieron a limpiar las calles: “la primera vez que agarré el cepillo, me costó salir a trabajar”. Además, como las tareas las hacían en su propio barrio, le daba vergüenza que sus vecinos la vieran. Diana y Rita asentían y se reían, a ellas también les daba vergüenza salir a barrer en la calle, porque son mujeres y en el barrio no estaban acostumbrados a ver chicas trabajando en la calle. Al respecto Rita comentaba lo siguiente:

A mí me dijeron primero que iba a trabajar en un jardín de infantes, en el comedor. Pero después nos pusieron en el barrido de las calles. Rita recuerda que al principio les costaba salir a trabajar, ¡no sabíamos ni cómo se agarraba un cepillo! Además, me daba vergüenza, porque estábamos en la calle, no quería trabajar en el barrio y nos gritaban de todo. Entrevistadora: ¿Qué les decían? ¿Te daba vergüenza por el Plan o por el trabajo que hacían? Rita: Por el plan no, por el trabajo, nos gritaban de todo, machonas por ejemplo, este no es un trabajo que hagan las mujeres (Registro de campo, 25/9/2011).

Si interpretamos el relato de Rita desde una perspectiva de género, podemos plantear que el Programa “Argentina Trabaja” –a diferencia de otros planes de transferencia de ingresos condicionados, implementados anteriormente, como por ejemplo el Plan Familias por la Inclusión Social- contribuye a problematizar los estereotipos de género que refuerzan los roles tradicionales que vinculan al hombre con la participación en la esfera pública y a la mujer con el ámbito familiar y privado (Murillo, 1996). Siguiendo a Bourdieu (1993), podemos pensar la situación que narra Rita, como el modo en que la estructura social se manifiesta en forma de oposiciones espaciales, en las que el espacio habitado (o apropiado) por estas mujeres, funciona como una simbolización espontánea del espacio social. “En una sociedad jerárquica, no hay espacio que no esté jerarquizado y no exprese las jerarquías y las distancias sociales, de un modo (más o menos) deformado y sobre todo enmascarado por el efecto de naturalización que entraña la inscripción duradera de las realidades sociales en el mundo natural. […] Es lo que ocurre, por ejemplo, con todas las proyecciones espaciales de las diferencias entre los sexos” (Bourdieu, 1993: 120). En la experiencia de estas destinatarias, observamos como la realización de un trabajo visible, en la calle y vinculado con un oficio tradicionalmente masculino, es vivido en un primer momento como una vergüenza, pero luego, a medida que ellas se fueron (re)apropiando de este nuevo rol y del espacio de la calle y sus vecinos las veían todos los días limpiando en el barrio, tanto la representación de los otros acerca las destinatarias, como su auto-atribución se fue transformando[29]. Como señalaba Diana, “los vecinos se fueron acostumbrando y ya no nos miran como bichos raros”.

En las Jornadas Nacionales del Programa “Argentina Trabaja” en José C. Paz, observamos una cuestión similar. El relato de algunas destinatarias daba cuenta del modo en que el tipo de trabajo que propone el Plan pone en tensión los roles tradicionales de género y algunas mujeres que antes no habían trabajado, encuentran allí una mayor independencia económica y también simbólica:

Alejandra, una joven de alrededor de 25 años, cuenta que nunca había trabajado en su vida y cuando necesitó, buscó trabajo, pero no conseguía. Dice que con este Plan le cambió la vida: ‘Ahora puedo disponer de mi dinero […] aunque hago trabajo de varón, no me importa’. Otra cooperativista responde: ‘Todos hacemos trabajo de varón.’ (Registro de campo, 31/5/2011).

Respecto de la organización del trabajo y las relaciones entre los integrantes de esta “cooperativa”, observamos que la planificación y distribución de las tareas cotidianas las realiza Lidia, la referente. Los “cooperativistas” pueden eligir si realizan el trabajo que les toca solos o en parejas y coordinar quiénes van a pintar las casas de los vecinos y quiénes se ocupan del barrido de las calles, pero no tienen instancias de discusión y toma de decisiones colectivas al respecto.

Si bien todas las integrantes de esta “cooperativa” consideran las tareas que realizan en el marco del Programa como un trabajo, cuando les preguntamos cuáles eran sus perspectivas a futuro respecto de la continuidad del trabajo en conjunto, una vez finalizado el Programa, nos dijeron lo siguiente:

Primero Ana, una de las referentes de la organización política y destinataria del Programa, contestó: ‘Argentina Trabaja no se va a terminar, es imposible sacarlo porque se armaría un lío bárbaro con la gente que es destinataria’. Luego de ese comentario, las otras cooperativistas que estaban presentes dijeron rápidamente que tendrían que buscar otro trabajo. Insistimos en preguntarles si consideraban la posibilidad de seguir haciendo algo juntas, pero ellas no lo veían de ese modo. Cuando les preguntamos qué pensaban de la propuesta de armar cooperativas, que era algo nuevo que proponía el Programa, respondieron que para ellas el tema de las cooperativas no era tan nuevo, porque ya estaban los otros programas, como el Plan “Manos a la Obra”, que daban herramientas para hacer microemprendimientos. La respuesta alude a otras intervenciones de política social que para ellas se vinculan con la promoción del trabajo asociativo y autogestionado, pero no interpretan lo que ellas hacen en el marco del Programa como un trabajo cooperativo (Registro de campo 13/7/2011).

En la conversación que mantuvimos con estas destinatarias, el Programa aparece como una estrategia laboral transitoria, como una oportunidad para un momento dado, que es valorada y considerada como un trabajo, pero que una vez finalizado no ofrecería posibilidades de continuar de manera autónoma, sino que les devolvería la necesidad de comenzar la búsqueda de un nuevo empleo. De este modo, el caso de la Cooperativa “Unión de Avellaneda” expresa la experiencia de asociatividad forzada, en la que el Plan no construye ni una forma de organización del trabajo en cooperativa, ni parece dejar instalada la idea de pensar en una salida colectiva frente a los problemas de empleo, una vez concluida la intervención de Programa. La cooperativización funciona como un requisito de acceso y una forma de darle un marco legal y operativo a esta nueva estrategia de política social. A pesar de ello, es la experiencia organizativa previa de este grupo la que viabiliza la puesta en marcha y el cumplimiento de las tareas que promueve el Programa.

Por otra parte, la primera respuesta que da Ana acerca de la imposibilidad de sacar el Plan, “porque se armaría un lío bárbaro”, devela la centralidad de la política social en la regulación y el control del conflicto social. En el mismo sentido, en José C. Paz, una de destinataria afirmaba enfáticamente: “¡si se acaba el plan se prende fuego todo!” (Registro de campo 30/5/2011).

Otra cuestión que plantearon las integrantes de la Cooperativa Unión de Avellaneda respecto de la implementación del Programa en el municipio fueron los conflictos que generó la “coexistencia” de empleados municipales y “cooperativistas” que realizan las mismas actividades[30]. En este sentido, Lidia, explica que algunos empleados están muy mal pagos, y al momento en que comenzó el Programa, su salario era menor que el ingreso que percibían los destinatarios del Plan “Argentina Trabaja”. En el año 2009, decía que algunos municipales ganaban $900 pesos[31] y aunque en el 2011 les habían aumentado hasta alcanzar los $1100, su sueldo seguía siendo menor que el ingreso de los “cooperativistas” (también al valor del salario mínimo vital y móvil). Esta situación al inicio de la implementación, generó reacciones y protestas por parte de los sindicatos, que rechazaban la contratación de “beneficiarios”, cuya paga consideraban mejor que la de los trabajadores. Este conflicto también se expresó en el quehacer cotidiano de “las chicas” que integran la cooperativa de Lidia:

‘Cuando las chicas salían barrer los que manejan los camiones de limpieza pasaban y les tiraban el camión encima. A los del Plan, no los podían ni ver, porque ganaban más que ellos’. Además, en algunos casos los municipales también trabajan más horas. Lidia trae el ejemplo de su nieta que trabaja en la municipalidad y gana $1100 pesos, trabajando 8 horas, mientras que en la cooperativa ganan más y trabajan sólo 5. Lidia explica que frente al conflicto con los empelados municipales, tuvo que intervenir, porque los camioneros amenazaban con pisar a las cooperativistas y era una situación realmente peligrosa. Entonces ella decidió hablar con ellos y les dijo: ‘yo se que está mal esto, pero las chicas no tienen la culpa’. A partir de allí mejoró, pero el conflicto permanece latente (Registro de campo, 18/7/2011).

Este caso dispara una discusión acerca de la precariedad de las condiciones laborales en el Estado, tanto en el caso de los empleados, como en el de los “cooperativistas”[32]. Esta cuestión se expresa en un conflicto de intereses entre distintas categorías de trabajadores, que no logra percibirse y plantearse como un problema colectivo, capaz de traducirse en una demanda de mejoras para el conjunto de los trabajadores “municipales” contratados con distintas modalidades. En este sentido, las protestas del sindicato dan cuenta de un juego de reconocimiento-desconocimiento de las funciones que cumplen los “cooperativistas”, quienes realizan tareas visibles y necesarias, pero no son considerados genuinos trabajadores por parte de los sindicatos, que además los perciben como “competidores” y responsables de que a pesar de tener el estatus de “beneficiarios” de planes, obtienen un ingreso mayor que el suyo[33].

En el municipio de José C. Paz, asistimos a las Jornadas Nacionales del Plan “Argentina Trabaja”, en donde encontramos distintas miradas acerca del trabajo y del Programa por parte de los destinatarios. Asimismo, conocimos una de las experiencias asociativas que se desarrolla en una organización social, la Mutual “Floreciendo”.

Como mencionamos en el capítulo 3, la Mutual “Floreciendo” surgió a mediados del año 2002, en la búsqueda de resolución de la necesidad de contar con un transporte público para un barrio ubicado en una zona alejada del centro de José C. Paz. Si bien ese servicio de colectivo no pudo seguir funcionando, sus integrantes continuaron trabajando en conjunto y comenzaron a realizar actividades culturales y de capacitación en oficios para los vecinos del barrio. En la Mutual, funcionan también dos emprendimientos productivos que fueron apoyados por el Plan “Manos a la Obra”. Al momento en que los visitamos, participaban regularmente 40 personas, en su mayoría mujeres, de las cuales “casi todas o todas” estaban anotadas en el Plan “Argentina Trabaja”.

Esta organización se encuentra inscripta en el INAES y cuenta con su personería jurídica como mutual, que es la forma organizativa que ellos mismos eligieron y que reconocen como propia. A los fines de poder participar del Plan “Argentina Trabaja”, sus integrantes fueron inscriptos formalmente en distintas cooperativas del Programa, pero todos trabajan juntos en la organización y las tareas que realizan son planificadas y coordinadas por ellos mismos.

Noelia, una de las mutualistas y destinataria del Programa, es la que se ocupa de las cuestiones administrativas, como ir a retirar y completar las planillas de asistencia que hay que presentar mensualmente en el municipio para el cobro de la retribución que otorga el Programa. En cuanto al control del cumplimiento del trabajo, cada destinatario al llegar a la Mutual, firma la planilla de asistencia y debe cumplir con las 6 horas de duración de la jornada laboral que ellos mismos acordaron[34]. Para la Organización es fundamental que todos cumplan con el trabajo, porque si no, no pueden concretar las tareas que se proponen y prestar los servicios que ofrecen diariamente:

Nosotros necesitamos que la gente venga, esté, porque si no, no va a andar la organización. Nosotros entendemos que la persona diga me voy a hacer la changa, ¡porque $1200 pesos es una miseria! Pero si mañana la maestra del jardín de infantes no viene porque se fue a hacer una changa, ¿qué hacemos? (Belén, Presidenta de la Mutual. Registro de campo, 23/6/2011).

La mirada de Belén, expresa una tensión entre la necesidad de que los destinatarios cumplan con el trabajo y mantengan un compromiso con la organización y el reconocimiento de la insuficiencia de los ingresos que otorga el Programa. Por ello, en el desarrollo cotidiano de las actividades, son flexibles respecto de las necesidades de los asociados y mientras que se trate de una causa justificada y se avise con antelación, se permiten las faltas.

La Mutual cuenta con autonomía para decidir qué hacer y cómo, pero dependen de los recursos que “baja el Programa”[35] para llevar adelante las obras de mejoramiento del local donde funcionan o de las casas de los vecinos del barrio. Aquí en algunas ocasiones, el Programa ha potenciado el trabajo que este grupo ya estaba realizando, pero cuando los materiales no llegaban, las posibilidades de concretar las actividades planificadas se limitaban.

Leila, de aproximadamente 37 años, es maestra mayor de obras y es la responsable del área de mejoramiento del hábitat de la Mutual. Ella coordina un grupo de 10 personas que ofrece servicios de construcción, arreglo de la vivienda, plomería, gas, entre otros. Al referirse a los servicios que ofrecen en el barrio, Leila y otra de las asociadas, remarcan la relevancia y la calidad de su trabajo:

Leila: ‘Ofrecemos un trabajo, no te digo el más barato, pero de calidad […] con la misma calidad que el trabajo que se hace en Capital’. Carmen, continúa explicando que a través del Argentina Trabaja ellas hicieron algunas veredas, pero solo cuando veían que éstas eran necesarias, ‘¡no hicimos solo veredas!’, dice enfáticamente. (Registro de campo, 23/6/2011).

En este diálogo, las asociadas de la Mutual resaltan el hecho de no haber realizado solamente aquello que en el Plan estaba previsto, sino la búsqueda de tareas que fueran útiles y valoradas por la gente del barrio. Ellas no hicieron “cualquier cosa para cumplir con el Programa”, por eso se distinguen de otras experiencias de “cooperativas”, en las que no se planifican autónomamente las actividades que realizan, ni se piensa qué hacer para satisfacer las propias necesidades, más allá de lo que impone el Programa. Para ellas, en cambio, el Plan es una oportunidad de realizar una actividad socialmente necesaria, destacando la importancia de un trabajo bien hecho.

La referencia a la calidad del trabajo en comparación con el que ofrecen en la Capital Federal, expresa el intento de revalorizar la localidad donde vive y las tareas que allí realizan en el marco del Programa, que en la representación dominante acerca de los planes sociales, parecen estar asociadas a tareas superfluas, de baja calidad o mal hechas. En Argentina, igual que en Francia, “la capital es, sin juego de palabras, […], el lugar del capital, es decir del espacio físico donde están concentrados los polos positivos de todos los campos y la mayoría de los agentes que ocupan esas posiciones dominantes” (Bourdieu, 1993: 121). Esta oposición social objetivada en el espacio físico, tiende a reproducirse en el espíritu y en el lenguaje, en tanto principio de visión y división del mundo social. Así, la representación de José C. Paz como un barrio de Provincia, estigmatizado por la pobreza y el predominio histórico de un amplio sector de población asistida, aparece recurrentemente en los relatos de los destinatarios del Plan “Argentina Trabaja”:

Una cooperativista cuenta que cuando van a capital los discriminan, te dicen ‘ahí van los negros del Plan y si sos de José C. Paz, ¡más todavía! Pero ahora el barrio cambió, José C. Paz es el boom, antes nadie quería decir que era de José C. Paz.’

Otro responde: José C. Paz adelantó muchísimo, gracias al intendente, tenemos escuela, universidad, jardines. (Registro de campo 30/5/2011).

Frente al doble estigma de ser “los negros de los planes” y de José C. Paz, ellos intentan diferenciarse atribuyendo los aspectos negativos de esa representación al pasado de un barrio que hoy es diferente. Estos cambios son para ellos palpables y se expresan en las mejoras materiales que se realizaron en los últimos años, como el barrio construido a partir de un plan de vivienda o la nueva Universidad. Tal como plantea Paugam (2007: 65-66) “[…] aunque dependan de la colectividad los “pobres” no dejan de tener capacidad de reaccionar. Aunque se les estigmatice conservan medios para resistir al descrédito que les abruma. Cuando se reagrupan en hábitats socialmente descalificados, pueden resistir colectivamente –o quizás individualmente- a la desaprobación social intentando preservar o restaurar su legitimidad cultural y, al mismo tiempo, su inclusión social”.

Como venimos analizando, los sentidos que adquiere el trabajo en el marco del Programa en la vida de los destinatarios son diversos. En las observaciones que realizamos en José C. Paz en las Jornadas Nacionales del Programa de Ingreso Social con Trabajo que organizó el MDS, encontramos que para algunos, el Plan es una oportunidad para conseguir un trabajo y generar ingresos que no tenían desde hacía tiempo o habían perdido recientemente. Parte de estos destinatarios resaltan la posibilidad de acceder al Programa como una forma de recuperación de la dignidad del trabajo y de sentirse útiles, como un progreso o como una oportunidad de encontrar un espacio de reconocimiento en el grupo de pares que conforma la “cooperativa” y a partir de las relaciones que establecen con los vecinos del barrio, aunque también señalan como problemas la insuficiencia de lo que ganan y la falta de acceso a las obras sociales[36]. Para quienes antes tenían trabajos informales y precarios, el Plan significa una mejora laboral, porque las tareas del Programa no demandan tanto tiempo de viaje o no implicaban una jornada tan extensa e intensa.

A diferencia de las experiencias que observamos en el municipio de Avellaneda, en las que muchos de los destinatarios accedían por primera vez a un plan social y éste aparecía como un recurso más en sus estrategias familiares de vida o como una alternativa transitoria, entre los destinatarios de José C. Paz que asistieron a las Jornadas Nacionales del Programa de Ingreso Social con Trabajo percibimos una naturalización de los planes como una forma habitual y de larga data de garantizar la subsistencia de un amplio grupo social, históricamente marginado[37].

En muchos de los testimonios que recogimos, el Programa “Argentina Trabaja” era un plan más en el continuo de planes que habían tenido. También los empleados del MDS que estaban en el Programa, señalaban la gran cantidad de personas que lo perciben en ese municipio y el impacto que éste tiene.

Al respecto, en las Jornadas mencionadas registramos las experiencias de destinatarios que “pasaron” de un plan a otro hasta “llegar” al “Argentina Trabaja”:

Uno de los cooperativistas presentes cuenta que él entró ‘hace rato cuando estaba el PRIS[38]´ y ahora sigue con el Argentina Trabaja […] Otro, cuenta que él estaba en el “Plan veredas” antes, y después pasó al “Argentina Trabaja”.

Un hombre de alrededor de 45 años describe su experiencia y señala la posibilidad de capacitarse que le ofrece el Programa de Ingreso Social con Trabajo, a diferencia de los planes anteriores: ‘Yo estaba en el Plan que sacó el Dr. Duhalde, después tuve el Plan Jefas y Jefes de Hogar, después el de vivienda. Y ahora con el Argentina Trabaja tenemos la posibilidad de capacitarnos, ahora puedo decir que soy albañil, aunque todavía me falta, tengo que seguir aprendiendo cosas que no sé hacer.’ (Registro de campo 30/5/2011).

En la entrevista a una Trabajadora Social del municipio, ella comentó lo siguiente:

En José C. Paz ‘hay 14.000 personas trabajando en cooperativas de “Argentina Trabaja”, lo cual representa el 4% de la población total del municipio. Estas personas están divididas en cooperativas de más de 60 personas y entre el 60 y 70% cobra también la AUH, porque en general tienen hijos’. Luego afirmó que el impacto que tiene el Plan en José. C. Paz ‘para algunas personas, es inmenso’. Cuando ella llegó a trabajar cuenta que allí se notaba que había una cantidad importante de gente que durante muchos años no había tenido ingresos suficientes para alimentarse (Registro de entrevista, 27/4/2011).

Ese mismo día presenciamos esta situación:

Estaba en la oficina donde atienden las consultas de los destinatarios del Programa, esperando para entrevistar a la trabajadora social y entró una chica joven que se dirigió a las empleadas del Programa, saludó y les dijo: ‘Yo estoy en el Plan Jefes y quería hacer una consulta’, inmediatamente se dio cuenta que se había confundido y se corrigió ‘en el Argentina Trabaja, el de 120.’ (Registro de campo 27/4/2011).

De los registros de campo que transcribimos, podemos inferir que tener un Plan para algunos destinatarios forma parte de su cotidianeidad y de sus estrategias de subsistencia desde hace muchos años. Si consideramos que el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados, comenzó a implementarse en el 2002, sabemos que algunos de ellos perciben planes desde hace al menos 10 años. Así, observamos que, para las personas, los programas cambian de nombre y pueden distinguirse por el monto del subsidio que otorgan, pero no resultan una estrategia efectiva para resolver sus problemas (de empleo, de vivienda u otros). El Plan representa el modo en que estos sujetos establecen su relación con el Estado y a partir de ella construyen una imagen del mismo, como aquel que les “da algo”, en la cual no parece emerger la idea de reconocimiento de derechos.

Por otra parte, y más allá de la precisión de los datos que aporta la trabajadora social entrevistada, su relato da cuenta de la representación de ese municipio como una localidad pobre con una larga tradición histórica de presencia de planes sociales. Del mismo modo, los destinatarios mencionan diferentes programas nacionales -como el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados-, provinciales -como el PRIST- y municipales, como el “Plan Veredas”, o planes asociados al representante político responsable de su creación, que conviven en el espacio local y forman parte de su vida cotidiana.

En el mismo sentido, Carmen, una de las asociadas a la Mutual “Floreciendo” nos contó que ella se sumó en el 2002 a esa experiencia a partir de su participación en el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados. Explica que ella al principio no quería pedir el Plan, porque en su casa el marido trabajaba y aunque no estaban en una situación económica tan buena, creía que había otros que lo necesitaban más que ella. Luego vio que todos en el barrio lo tenían “incluso los que estaban mejor económicamente que yo”, entonces se anotó. La contraprestación laboral que requería el Programa, la hacía en la Mutual del barrio en el que vivía, así conoció el proyecto: “Me gustó y me quedé, acá encontré mi lugar en el mundo”, nos dice. Así, Carmen empezó a trabajar por primera vez en su vida, pudo tener un ingreso propio y además en la Mutual encontró un lugar de pertenencia.

La presidenta de la Mutual Floreciendo, reflexiona acerca de la presencia ampliamente extendida de los planes sociales en el municipio, de las distintas experiencias que genera el Plan “Argentina Trabaja” y de la propia experiencia asociativa que ellas construyeron. Belén considera que en José C. Paz, este “es un plan más, la gente no trabaja, hay muy pocos (que lo hacen)”. Para ella esto se debe a que en el municipio se persiguieron fines político-partidarios y electorales en desmedro de los objetivos del Programa:

‘El Plan vino a reforzar (acentuando esta palabra) lo que veníamos haciendo’, por eso es distinto que lo que pasa con las ‘pseudo-cooperativas, […] porque acá no hay ninguna cooperativa. Acá lo que importa es tener votos […], pensá lo que es la situación, es alevosa, acá es vox populi que si le das $200 al referente de acá a la esquina no tenés que ir a trabajar.’ (Registro de campo, 23/6/2011).

El relato de Belén muestra el esfuerzo por diferenciarse de las “pseudo-cooperativas” y de otros referentes que cobran por permitir que los destinatarios no vayan a trabajar, al mismo tiempo que valora el impulso que dio el Programa a la experiencia que la Mutual ya venía desarrollando. Para ella el Plan es bueno, pero “el problema es la implementación”. Nuevamente, observamos las dificultades que encuentran los agentes para construir un nuevo sentido del plan asociado al trabajo, así como también para revertir la lógica clientelar de asignación y permanencia en los programas sociales, que tal como analizamos en el capítulo 3 se vincula con la sociabilidad y la micropolítica de los barrios “bajo planes” (Cravino et. al, 2002).

Al respecto, Carmen, otra de las integrantes de la Mutual, recuerda que cuando participaron en los foros del Programa “Argentina Trabaja”, ellas plantearon este tema y que la coordinadora les respondió que ese no era el lugar para decir las cosas negativas, porque tenían que ver lo positivo del programa:

Nos preguntaban en qué te cambio la vida, la del barrio, si los vecinos están contentos. Yo no se si me cambió la vida el Plan. Y los vecinos están contentos si ven que el trabajo se hace, pero si ven que nadie trabaja y no se hace nada, se desvaloriza el Plan (Registro de campo, 23/6/2011).

El relato de Carmen relativiza la importancia del Programa en su vida, porque para ella el espacio de reconocimiento y la posibilidad de construir una identidad colectiva se encuentra en la experiencia asociativa de la Mutual, desde la cual luchan cotidianamente por revertir el sentido del Plan “político”, entendido como un intercambio de dinero, favores y votos. Las denuncias acerca del incumplimiento del trabajo por parte de otros “cooperativistas”, son un punto central en la disputa por imponer un nuevo sentido, en oposición a aquellas experiencias a las que contradictoriamente con sus objetivos y fundamentos el Programa de Ingreso Social con Trabajo, también da lugar.

En cuanto al problema de la sostenibilidad de estas “cooperativas” en el tiempo, la tensión entre autonomía organizativa y dependencia de recursos ya planteada, abre un interrogante acerca de las posibilidades de consolidación de estas singulares experiencias asociativas. Si bien en el caso de la Mutual “Floreciendo” la organización ya estaba constituida con independencia de la intervención del Programa, la posibilidad de pensar la cooperativa como una alternativa laboral a largo plazo es puesta en duda. Esta limitación es observada por una de las referentes de esta organización social y por otros destinatarios del Programa que participaron en las Jornadas Nacionales:

La presidenta de la Mutual Floreciendo reflexiona acerca de las posibilidades de consolidar el trabajo asociativo una vez finalizado el Programa y plantea que aunque tal vez en alguna cooperativa de su localidad haya gente que trabaje, esas personas piensan que cuando termina el Plan van a ir a ver si encuentran una changa o algo, pero no se proponen armar un proyecto de trabajo autogestionado, no van a ofrecer los servicios de mantenimiento o mejoramiento del hábitat a los vecinos, como lo hacen ellos. ‘Van a seguir con el individualismo’, dice (Registro de campo 23/6/2011).

Del mismo modo, en las Jornadas Nacionales del Plan “Argentina Trabaja”, realizadas en José C. Paz, la coordinadora de uno de los foros preguntó:

‘Después del Argentina Trabaja, ¿ven la posibilidad de hacer un emprendimiento económico independiente?’ ‘No, es muy difícil’, respondió uno. Varios cooperativistas asintieron. Luego, Ramón preguntó: ‘¿qué pasa si Cristina no gana las elecciones, va a seguir el Plan?’ (Registro de campo 30/5/2011).

En el primer relato, observamos que, si bien la integrante de la Mutual piensa el trabajo asociativo como una alternativa laboral viable para ella y sus compañeras, no ve que otros destinatarios en su barrio tengan el mismo punto de vista, ni que el Programa impulse realmente esta alternativa.

Por su parte, los destinatarios de ese mismo municipio, plantearon las dificultades que perciben para seguir con un emprendimiento de manera autónoma una vez finalizado el Programa. Otro destinatario responde preguntando por la continuidad del Plan luego de las elecciones presidenciales de octubre de 2011, asociando directamente su mirada a futuro respecto del trabajo que tiene, con la voluntad política de la figura presidencial para dar continuidad al Programa. En estas experiencias, el Plan no parece construir la idea de cooperativa, ni la posibilidad de pensar en una salida colectiva frente a los problemas de empleo.

Frente a la débil o inexistente construcción de una identidad laboral vinculada al trabajo asociativo y autogestionado, la trabajadora social, las operadoras territoriales del MDS encargadas del Programa, así como también quienes coordinaron los foros en las Jornadas Nacionales realizadas en José C. Paz, explicaban reiteradamente a los destinatarios qué es una cooperativa y la importancia de la organización colectiva para la generación de empleo. Asimismo, manifestaban que en el trabajo cotidiano con los destinatarios era fundamental reforzar la idea de que “el plan es por el laburo” y que lo que se promueve es la revalorización de la “cultura del trabajo”, la cual consideran que en algunos casos se ha perdido, debido justamente a la incorporación de la lógica de los planes sociales.

Estas disputas discursivas y prácticas se plantean también en contraposición con la representación hegemónica acerca del Programa, según la cual las tareas que se realizan en las cooperativas implican un menor esfuerzo que el “verdadero” trabajo (informal o por cuenta propia). Esta representación es reforzada por las denuncias que circulan en los medios de comunicación acerca del incumplimiento de la contraprestación por parte de los destinatarios, quienes no trabajan porque son vagos o porque nadie los controla (ver capítulo 2). En lucha con esta mirada descalificadora, los destinatarios del Programa intentan mostrar que cumplen con el trabajo o se distinguen de las “pseudo cooperativas”, tal como observamos en la experiencia de la Mutual Floreciendo, para eludir el estigma de la asistencia. Al respecto registramos lo siguiente:

Raúl cuenta que había gente que no nos podía ni ver, que decían ‘estos vagos, toman mate, pero ¡las veredas las hacemos!’ Ana enojada y en voz alta plantea: ‘Nosotros hacemos veredas’, alguna gente dice que lo que hacemos es una basura, dicen que es el ‘Plan de vagos, mientras nosotros nos estamos rompiendo’. Mientras ella habla, se escuchan otros cooperativistas que asienten y dicen ‘la gente dice que el que nosotros tenemos es el plan vago’. (Registro de campo 31/5/2011).

A pesar de los esfuerzos que realizan empleados del MDS y destinatarios por construir un nuevo sentido del Programa, las características que adquirieron estas “cooperativas”, nos llevan a plantear que el Plan “Argentina Trabaja” se acerca más a la idea de un programa de asistencia al desempleo con contraprestación laboral, que a una política genuina de promoción del trabajo cooperativo.

Conclusiones: entre la promoción de nuevas formas de trabajo asociativo y autogestionado y la cooperativización como requisito de acceso a la política social

A lo largo de este capítulo analizamos diferentes experiencias asociativas promovidas por las políticas socio-productivas, que dan cuenta de diversas formas de construcción de la asociatividad y la autogestión del trabajo. En cada una de ellas nos centramos en indagar acerca de la relación entre la intervención de los programas, la conformación de identidades laborales y la sostenibilidad de las experiencias de trabajo asociativo y autogestionado en el tiempo.

Este análisis nos permitió delimitar 3 tipos de experiencias, que expresan el modo concreto en que los sujetos y grupos desafían las principales tensiones que atraviesan las unidades laborales promovidas por estos programas para alcanzar el objetivo de la integración social y económica de quienes en ellas participan.

Estas tensiones emergen de la particular forma que adquirió en nuestro país la construcción estatal de la Economía Social y el rol de la promoción del trabajo asociativo y autogestionado como estrategia subsidiaria de gestión del desempleo y la pobreza, en el periodo estudiado. Esto es lo que conceptualizamos como las dimensiones económica y política de la integración social y analizamos en profundidad en los capítulos 2 y 3. La forma que toman estas dimensiones no se puede escindir del modo en que los sujetos significan su participación y pertenencia a las unidades laborales asociativas y autogestionadas, el trabajo que allí realizan y el hecho de ser parte del universo de destinatarios de estos programas sociales.

Estas experiencias, que se encuentran entre la “militancia cooperativista” y la “asociatividad forzada” y que como vimos, pueden desembocar en experiencias de “asociatividad fallida”, no son ajenas al contexto socioeconómico en el que se despliegan, y se relacionan con las diferentes situaciones y condiciones de acceso a las políticas de promoción socio-productiva, con las trayectorias ocupacionales, familiares y de participación política de quienes conforman los emprendimientos y cooperativas y con las condiciones físicas, organizativas y de protección social en las que se desarrolla el trabajo.

La conjunción de estas variables en un momento dado, marca el modo en que los agentes construyen –siempre provisoriamente- sentidos del trabajo e identidades colectivas, a través de los cuales se reconocen en distinta medida (o no) como trabajadores autogestionados y luchan por hacerse visibles y alcanzar sus intereses.

El análisis de las experiencias asociativas realizado nos permite marcar 5 factores que se encuentran interrelacionados y que juegan un rol central en las diferentes construcciones identitarias referidas a la participación y pertenencia a las unidades laborales asociativas que despliegan estos trabajadores y en las posibilidades de estas formas laborales de sostener un proyecto asociativo potencialmente constitutivo de “otra economía”.

El primero de ellos es la trayectoria ocupacional de los sujetos. El segundo es la experiencia de participación sociopolítica o de militancia. Estos dos elementos se vinculan con una tercera cuestión decisiva, que es la relación con las políticas sociales, es decir el sentido que adquieren los planes o los recursos provenientes de los mismos para los destinatarios y el modo en que las políticas contribuyen a construir las subjetividades de estos trabajadores. El cuatro, se relaciona con el desempeño económico de las unidades productivas y las condiciones laborales y de protección social. El quinto, refiere a la situación familiar y la posición que ocupan las personas en la organización de la economía doméstica.

Los sentidos que adquiere el trabajo para los integrantes de las unidades laborales asociativas y autogestionadas, promovidas por los distintos programas, son diversos y se inscriben en sus trayectorias ocupacionales y experiencias de vida. Por su parte, la experiencia de participación socio-política o de militancia y el hecho de haber sido socios fundadores (en el caso de la Cooperativa La Huella), marcan el sentido que adquiere el trabajo a partir de la experiencia asociativa, construyendo un compromiso mayor con la propuesta de cooperación y fortaleciendo la identidad laboral en tanto trabajadores autogestionados.

Para aquellos que tienen una trayectoria de militancia, la participación en la experiencia asociativa fue una elección deliberada. Esta forma de trabajo no es solamente el modo de ganarse el sustento, sino una herramienta para producir un cambio social, político y económico. En este sentido se reivindican los valores de igualdad, reciprocidad y cooperación como inherentes a esta forma de organización del trabajo.

Aquí, la identidad vinculada con el trabajo autogestionado se constituye en oposición al trabajo asalariado y bajo patrón, que implica la existencia de explotación y la imposibilidad de coordinar el propio trabajo a partir de la discusión colectiva con los pares. Esta diferenciación supone, por un lado, el reconocimiento de la posición ocupada en la estructura de clases, es decir la auto-atribución de estos destinatarios de políticas sociales como trabajadores (cuyo opuesto son los capitalistas). Por otro, la condición de autogestionados los diferencia de otros trabajadores al interior de la clase: los asalariados y los cuentapropistas. Si bien el autoempleo es también una forma de autogestión, desde la perspectiva de estos trabajadores-militantes, ésta no supone la asociación y las exigencias de la competencia en el mercado empujan al trabajador por cuenta propia al individualismo y a vivir para trabajar.

En el caso de la Cooperativa La Huella, que tiene una participación activa en una organización que nuclea empresas recuperadas y cooperativas, observamos cómo la construcción de una identidad laboral colectiva, se inserta en un movimiento social más amplio y organizado de trabajadores autogestionados. Esto permite el fortalecimiento de un nosotros (trabajadores autogestionados) al interior de la cooperativa y una mayor visibilización “hacia fuera” de este tipo de experiencias, que facilita también el acceso a políticas estatales de apoyo a estas unidades productivas[39].

En los casos en los que la asociación con otros adquirió un carácter predominantemente instrumental orientado a la búsqueda de recursos provenientes de los programas socio-productivos (o de otras organizaciones sociales) –como en los casos del Textil Aladín y en la mayoría de las cooperativas del Plan “Argentina Trabaja” analizadas- y desvinculado de la experiencia de participación sociopolítica, observamos mayores dificultades para significar esta forma de trabajo como una alternativa laboral asociativa y autogestionada viable.

En el caso del Textil Aladín, la identidad que construyen sus integrantes a partir del trabajo en el microemprendimiento, se vincula con la idea de autogestión (relacionada con una mayor responsabilidad, el cuidado y el aprendizaje necesarios para “emprender lo tuyo”), pero se aleja del horizonte de la asociatividad (orientada al fortalecimiento de lazos sociales y a la construcción de valores de solidaridad y reciprocidad para “otra economía”).

En el caso de las cooperativas del Programa de Ingreso Social con Trabajo, en cambio, las experiencias que en un primer momento resultan de la asociatividad forzada, en el desarrollo de las tareas cotidianas logran fortalecer los lazos de participación electiva y pueden revalorizar y promover las relaciones comunitarias. Sin embargo, el diseño y la forma de implementación del Programa, obstaculizan la posibilidad de consolidar experiencias laborales de autogestión cooperativa genuinas con la necesaria autonomía económica, política y organizativa que ésta implica.

El tercer elemento que interviene en la construcción de identidades laborales y que, como dijimos, se relaciona estrechamente con las trayectorias ocupacionales y las experiencias de participación socio-política, es la relación que establecen los sujetos con los diversos planes de política social. Los Programas de promoción del trabajo asociativo y autogestionado que venimos analizando son fundamentales para el sostenimiento de estas experiencias y contribuyen a construir las subjetividades de estos trabajadores. Estas políticas se presentan como una alternativa a la asistencia y sus fundamentos intentan definir al sujeto de la política social como trabajadores asociados o en el caso del Programa de Ingreso Social con Trabajo, como cooperativistas. A pesar de este esfuerzo discursivo y de un diseño novedoso, estos programas conservan un fuerte sesgo asistencial que tensiona las representaciones y prácticas de los destinatarios, el modo en que “otros” perciben lo que estos sujetos hacen y las posibilidades de construcción de una identidad vinculada con el mundo del trabajo, capaz de conjurar el estigma de la asistencia[40]. En este punto observamos diferencias significativas entre el Plan “Manos a la Obra” del MDS y el Programa Trabajo Autogestionado del MTESS, cuya intervención está centrada en la transferencia de maquinarias y herramientas o asistencia técnica para poner en marcha o fortalecer proyectos socio-productivos, y el Programa “Argentina Trabaja”, cuyo objetivo es generar trabajo, a través de la organización cooperativa, pero su intervención central es la transferencia de ingresos a cambio de trabajo.

En los dos primeros, el sujeto de la asistencia no es el “pobre” o el “desocupado” individualizado, sino el emprendimiento o la cooperativa autogestionada. Esto se expresa en el sentido que adquieren los programas socio-productivos. Un ejemplo de ello, es el caso de los integrantes de la cooperativa La Huella, quienes reconocen la importancia de los recursos estatales que recibieron, pero no se definen como “beneficiarios”, sino como trabajadores. Las máquinas o el subsidio de apoyo a la producción que consiguieron a través del Programa Trabajo Autogestionado, les permiten sostener la cooperativa, entendida como una fuente de trabajo y de autonomía. En el “Textil Aladín” también refieren al emprendimiento como su fuente de trabajo y consideran los recursos y el financiamiento que adquirieron del Plan “Manos a la Obra” como una forma de apoyo al proyecto que ellos ya estaban llevando adelante. En el caso del Plan “Argentina Trabaja”, en cambio, es el desempleado individualmente quien se inscribe en el programa y percibe el ingreso económico, aunque luego sea agrupado (forzosamente) con otros en una cooperativa[41]. Si bien la mayoría de los destinatarios con los que conversamos consideran las tareas que realizan en el marco del Plan como un trabajo e incluso para algunos se trata de un mejor trabajo que otros que han tenido, el esfuerzo subjetivo por distinguirse del universo de los asistidos es mayor y más visible.

Un ejemplo de ello, es que, en todos los municipios, los destinatarios e implementadores del Programa señalan el problema de la falta de transparencia en la asignación de los planes y de control del cumplimiento de los requisitos de acceso y permanencia. En este sentido, todos los destinatarios que cumplen con el trabajo en la cooperativa, se distinguen de aquellos que no “merecen” el Plan, porque no trabajan o porque accedieron ilegítimamente. Frente a la mirada de los “otros” que los clasifican como “vagos” o como “los negros del plan”, intentan escapar al estigma de la asistencia y disputan por alcanzar otras formas de reconocimiento, asociadas al interés social o comunitario de las tareas que hacen, a partir de las cuales construir una identidad valorada, ya sea como trabajadores o como cooperativistas.

A pesar de ello, en el caso de José C. Paz, observamos con mayor intensidad un proceso de naturalización de los planes sociales como la forma de garantizar la subsistencia de un gran grupo de población históricamente marginada. Esto se observaba tanto en los testimonios y prácticas de los destinatarios que daban cuenta de que éste era un plan más en la larga lista de los que habían tenido, como en la percepción de la situación de ese distrito que relatan los trabajadores del MDS que participan de la ejecución del Programa.

El cuarto factor que interviene en la construcción de identidades laborales, es el desempeño económico de las unidades laborales, que tal como mostramos, en todos los casos encuentran dificultades para garantizar un ingreso suficiente para atender a las necesidades de las unidades domésticas que dependen de los ingresos generados por las cooperativas o emprendimientos. En los casos de La Huella y del Textil Aladín, observamos que más allá de las trayectorias ocupacionales, familiares y de participación socio-política, los avatares del desempeño económico de las unidades productivas, obstaculizan la posibilidad de construir una identidad colectiva en relación con el trabajo autogestionado y tensionan las relaciones cotidianas entre los participantes.

En el caso de La Huella, las dificultades económicas han generado conflictos en el interior del grupo, que debilitaron la pertenencia y el compromiso de los asociados con el proyecto asociativo. Esto llevó a varios de ellos –incluso a dos de sus socios fundadores- a abandonar el proyecto. En el Textil Aladín, la irregularidad de los ingresos, las exigencias del trabajo a destajo y la necesidad de garantizar un ingreso mínimo para la subsistencia obstaculizaron la posibilidad de construir un proyecto genuinamente cooperativo a partir de la elaboración de un producto propio.

En ambos casos, las dificultades económicas, sumadas a las condiciones de desprotección en las que se encuentran estos trabajadores, debido al carácter informal de la actividad productiva que realizan, tienden a debilitar la pertenencia y el compromiso con la experiencia de trabajo asociativo, a concebir esta forma de organización laboral como una estrategia de generación de ingresos transitoria y, por ello, llevar a sus integrantes a renunciar al proyecto cooperativo. Cabe señalar que cuando hablamos del compromiso con el proceso asociativo y en la autogestión del trabajo, no nos referimos a un compromiso individual o al voluntarismo para la construcción de la Economía Social, sino a la posibilidad de construcción de un compromiso colectivo fundado en el fortalecimiento del lazo social entre sujetos y grupos, apoyado en condiciones económicas y sociopolíticas que favorezcan la consolidación de formas de trabajo alternativas.

En quinto lugar, la situación familiar, el ciclo vital y el lugar que ocupa el individuo en el sostenimiento de la economía del hogar, son cuestiones de peso al momento de elegir un trabajo, de permanecer (o no) en el Plan y de poder “aguantar” en la cooperativa/emprendimiento a pesar de los bajos ingresos. Aquellos trabajadores que no son el principal sostén del hogar y/o cuentan con el apoyo familiar, tienen mayores recursos para continuar apostando al proyecto asociativo, a pesar de las dificultades materiales que plantea la irregularidad de los ingresos. En este punto, el género es una dimensión transversal que permite comprender las relaciones entre mujeres y varones en el ámbito laboral y en la unidad doméstica, así como también la relación que establecen con la política social y el sentido que adquiere el trabajo a partir de la experiencia laboral asociativa. Los sentidos y prácticas de cada uno, solo pueden ser comprendidos en el marco de las estrategias de vida, cuya unidad de análisis no es el individuo aislado, sino la unidad doméstica. Al respecto, observamos que en las parejas se mantienen los roles tradicionales de género en la división sexual del trabajo, que ubican a la mujer como responsable del hogar, del cuidado y de las tareas domésticas y al varón como principal proveedor de ingresos provenientes del trabajo remunerado (Comas D´Argemir, 2000, Pautassi, 2007, Batthyány, 2007, Aguirre, 2007). En estos casos, las mujeres deben combinar el trabajo para el mercado, el trabajo doméstico y el intercambio recíproco de cuidados con otros parientes (también mujeres) para resolver las necesidades familiares. Las decisiones respecto del tiempo que dedican al trabajo remunerado o en el hogar, dependen en gran medida de las condiciones laborales y los ingresos que perciben los varones con los que conviven y de la cantidad y edad de los hijos que tienen.

En cuanto a los sentidos que adquiere el trabajo en el marco de los programas de promoción socio-productiva, observamos que estas políticas ponen en tensión los roles tradicionales de género. Para algunas mujeres la posibilidad de trabajar en una cooperativa (que en el caso del Plan “Argentina Trabaja” se da a partir del acceso al Programa) es una experiencia que les permite construir un espacio de reconocimiento por fuera del hogar que contribuye a fortalecer su autonomía y autoestima.

El análisis de la construcción de identidades laborales en las experiencias de trabajo asociativo y autogestionado, se vincula con el problema de la sostenibilidad, que como venimos planteando depende de la interrelación de las dimensiones económica, política, social y cultural. Como ya planteamos, a grandes rasgos, los estudios acerca de esta problemática se pueden agrupar en dos perspectivas, por un lado, aquellas que enfatizan la cuestión de la viabilidad de cada emprendimiento/cooperativa en la medida que éstos puedan competir e insertarse “exitosamente” en el mercado; y por otro, encontramos una visión más amplia que afirma la necesidad de pensar una sostenibilidad socioeconómica para estas formas de trabajo.

Las políticas de promoción de la Economía Social en la Argentina se encuentran sustentadas por la primera perspectiva, por ello las intervenciones de los programas socio-productivos son acotadas y se centran en la asistencia técnica o financiera de las unidades laborales, presentando una débil vinculación con un proyecto más amplio de construcción –nacional, regional, provincial o local- de condiciones de protección social y regulación económica adecuadas para estas nuevas formas de trabajo[42].

En contraposición, la idea de sostenibilidad socioeconómica nos lleva a problematizar la mirada economicista que restringe la concepción del “éxito” de las experiencias de trabajo asociativo y cooperativo a la evaluación de la eficacia microeconómica, desconociendo la complejidad y riqueza de estos procesos y de su potencialidad para la construcción de lazos sociales y comunitarios. Como pudimos observar en la experiencia de la Cooperativa La Huella, algunas de las prácticas y formas de funcionamiento que se desarrollan en los emprendimientos asociativos y autogestionados, no pueden ser comprendidos desde la racionalidad mercantil. En este sentido, es necesario pensar una nueva forma de concebir la sostenibilidad en términos de un sector de Economía Social con una lógica propia, más allá de cada experiencia individual. Es así que las dificultades financieras y en la comercialización que afrontan estas experiencias en el contexto actual, expresan la importancia de vincular la promoción del trabajo asociativo y autogestionado con un modelo de desarrollo diferente, que implica políticas nacionales, regionales y locales, más que políticas sectoriales o focalizadas en las unidades productivas (Coraggio, 2005). Del mismo modo, la existencia de “otro” modelo de desarrollo, permitiría ensanchar el horizonte de la generación de trabajo cooperativo que propone el Programa de Ingreso Social con Trabajo hacia la posibilidad de consolidar cooperativas capaces de generar trabajo genuino y en condiciones laborales dignas.

La posibilidad de ampliación y desarrollo de experiencias asociativas y el aumento de su participación e importancia en la economía nacional depende en gran medida de la transformación estructural de las condiciones socioeconómicas, institucionales y políticas, a fin de favorecer la generalización de estas formas de trabajo, sus principios de funcionamiento y valores, mejorando al mismo tiempo las condiciones laborales y de protección de los trabajadores que allí participan. Aquí el rol del Estado y la lucha por transformar sus formas de intervención es fundamental.

En este sentido, las políticas de promoción de la Economía Social son centrales para garantizar la sostenibilidad de estas experiencias, pero su actual enfoque debe ser modificado. Es necesario problematizar la implementación de un Plan Nacional de Desarrollo Local y Economía Social desde el Ministerio de Desarrollo Social (con sus diversas líneas de subsidios, microcréditos y desde 2009 el Plan “Argentina Trabaja”), cuya incidencia en la economía es muy limitada y sus intervenciones históricamente estuvieron centradas en la asistencia social a la pobreza.

Tal como muestran las experiencias de La Huella y del Textil Aladín, el otorgamiento de subsidios para la compra de maquinarias y herramientas puede contribuir a mejorar algunos aspectos de la producción o las condiciones laborales, pero no es suficiente para garantizar per se la generación de ingresos suficientes para la satisfacción de las necesidades materiales de los cooperativistas o emprendedores y las familias que de ellos dependen. Es necesario avanzar hacia políticas integrales, que aborden las diversas dimensiones que hacen al desarrollo de estos emprendimientos y que apoyen la construcción de nuevos mercados más acordes a los valores y principios de “otra economía”, modificando el rol de la promoción de la Economía Social en la estrategia socioeconómica hoy destinada a paliar situaciones de desempleo y pobreza.

Si bien la falta de un marco legal, regulatorio y de protección del trabajo cooperativo y autogestionado adecuado es una de las limitaciones centrales para el desarrollo y fortalecimiento de la Economía Social, en las experiencias analizadas observamos la importancia de la dimensión cultural y subjetiva, vinculada tanto con la construcción de una identidad de trabajador autogestionado como con la noción de compromiso, tanto para dar inicio al emprendimiento, como para su funcionamiento cotidiano.

En síntesis, las experiencias analizadas permiten dar cuenta de las diversas formas de construcción de la autogestión del trabajo y el modo en que éstas se vinculan con la intervención de los programas de promoción socio-productiva, la conformación de identidades laborales y las posibilidades de sostenibilidad de las experiencias de trabajo asociativo y autogestionado, potencialmente constitutivas de “otra economía”.


  1. Nuestra conceptualización no se vincula con la idea de trabajo forzado o forzoso y se aparta de las acepciones del término que refieren a la servidumbre o a acciones impuestas por la fuerza contra la voluntad de las personas.
  2. t.ly/r53f Consultado 26/12/2012. En contraposición los antónimos de forzado son “auténtico, sincero, espontáneo, voluntario, opcional”, términos que se vinculan con la idea de asociatividad que los programas de promoción de la Economía Social intentan promover.
  3. También la historia de vida resultó un método que nos aportó a comprender y analizar las experiencias asociativas. En este caso contamos con la colaboración de Sol, cuya trayectoria reconstruimos, siguiendo su relato y sus interpretaciones de los inconvenientes hallados para concretar la conformación de una cooperativa, aún después de haber participado en La Huella, en el Textil Aladín y en una organización de trabajadores desocupados, así como también de haber accedido a recursos del Plan “Manos a la Obra” del MDS, tanto de la línea de subsidios, como del Programa de Microcrédito.
  4. El concepto de experiencia de vida refiere al “conjunto de circunstancias, pertenencias y hasta reminiscencias formativas del sujeto, y no solamente como aprendizaje adquirido en una práctica dada o por haber transitado una situación particular. La experiencia de vida es una “vida anterior situada”, es decir, dada por los lugares del espacio social que ocupa y por los que transita el sujeto” (Grassi y Danani, 2009: 18-19). Por ello no la entendemos como el pasado, si no como “lo vivido acumulado”, en esa experiencia se inscribe el presente y ésta “provee de los recursos para la acción y configura una cierta forma o estilo de mirar e interpretar, de situarse y de actuar, aunque no necesariamente la mirada o la interpretación en sí” (Grassi y Danani, 2009: 19). Pensar en términos de experiencia, permite dar cuenta del contexto social y cultural, de las condiciones de vida de los sujetos, en las que en términos de Bourdieu, se conforma el hábitus.
  5. Las políticas sociales son parte de las intervenciones sociales del Estado, pero también las políticas demográficas y laborales lo son, dado que inciden en las condiciones de vida de distintos sectores sociales (Cortes y Marshal, 1991).
  6. En realidad, como veremos más adelante es difícil precisar el número exacto de participantes, ya que durante los dos años en que realizamos el trabajo de campo, observamos una alta rotación de los trabajadores que componen la cooperativa. El número de asociados se mantuvo siempre entre 10 y 15 socios y en cuanto a la composición por sexo, siempre fueron en su mayoría de varones.
  7. En enero de 2010 el salario mínimo, vital y móvil se fijó en $1500 mensuales (Res. 2/2009).
  8. Ya en nuestra primera visita a la cooperativa, pudimos observar como las tareas y relaciones laborales se entrecruzan con las actividades sociales, familiares y reproductivas. Este primer encuentro no fue en el espacio donde se realiza la producción del calzado propiamente, sino en la casa de René y Marta, que funciona como la sede administrativa de la cooperativa. Desde allí, ella toma y organiza la distribución de los pedidos de clientes y realiza la planificación y compra de insumos y materia prima. En el caso de René y Marta, el trabajo, la vida familiar y doméstica, se desarrollan en un mismo espacio. Para el resto de los integrantes de La Huella, aunque trabajo y vida se desplieguen en distintos espacios físicos, ambas esferas aparecen muchas veces indiferenciadas.
  9. El nivel de estudios de estos trabajadores es bajo, 2 de ellos no completaron la primaria, y sólo dos terminaron el secundario. El resto tiene el secundario incompleto.
  10. Durante el trabajo de campo nosotros también colaboramos en la elaboración de este proyecto y los acompañamos al Ministerio de Trabajo para realizar distintos trámites vinculados con la gestión y rendición del subsidio.
  11. Como mencionamos en el capítulo 2, algunos de los trabajadores de esta cooperativa no pudieron acceder inmediatamente a la AUH y otros como Sol, al momento de finalizar el trabajo de campo aún no habían accedido, debido a que no tenían Documento Nacional de Identidad argentino, porque éste se encontraba en trámite. Estos trabajadores ciudadanos de países del MERCOSUR (de Paraguay y Uruguay), pueden radicarse legalmente en Argentina y acceder a los derechos sociales en igualdad de condiciones. Sin embargo, en el caso de la AUH y en general en todos los programas sociales, el requisito de presentar el DNI los excluye de los mismos. El trámite burocrático para obtener el documento demora en algunos casos años y la tasa migratoria tiene un costo de 200 pesos (valor correspondiente a agosto de 2011).
  12. En distintas visitas a la cooperativa registramos comentarios al respecto: Luego de una semana sin haber concurrido a la cooperativa por falta de trabajo Alberto decía: “Cuando no hubo trabajo, siempre se aguantó y se estuvo”. Damián respondía: “hace dos años que venimos así (refiriendo a los altibajos de la actividad económica)” (Registro de campo 8/8/2010). Pedro un tiempo antes de decidir irse de La Huella, planteaba desilusionado: “Nosotros en un año levantamos todo esto y ahora no tenemos trabajo”. “Hay que aguantar hasta que mejore”, le respondía Alberto (Registro de campo 3/11/2010).
  13. A pesar de su compromiso con el trabajo asociativo y autogestionado, Ana, la sobrina del presidente de la cooperativa, se fue debido a un conflicto familiar que no analizaremos en esta tesis. Por su parte, Hugo, quien trabajó aproximadamente 8 meses en La Huella, renunció porque no tenían trabajo suficiente y pudo conseguir otra cosa. No incluimos aquí su experiencia, porque no contamos con información acerca de qué sucedió con su situación laboral luego de que abandonara la cooperativa.
  14. En este mismo sentido, René, el presidente de la cooperativa expresa que la renuncia de Damián “nos afectó sentimentalmente”.
  15. Juan Manuel tiene dos hijas de mayor edad que viven solas.
  16. La comercialización de la producción es un problema central de las experiencias asociativas y autogestionadas. Como vimos en el caso de la Cooperativa La Huella, el problema presenta distintas aristas y se vincula tanto con dificultades financieras, como con problemas de producción y calidad, así como también con las dificultades para insertarse en el mercado en un rubro fuertemente competitivo. En el caso del textil, que tal como vimos en el capítulo 3 es un rubro predominante en los emprendimientos financiados por PMO, esta dificultad se acrecienta por la fuerte competencia, la precarización de las condiciones laborales en el rubro y la imposibilidad de competir con los bajos precios que imponen las grandes empresas/talleres textiles.
  17. El salario mínimo, vital y móvil en enero de 2010 fue de $1500 (Res. 2/2009). A partir del 1 de agosto de 2010 este valor ascendió a $1740 (Res. 2/2010).
  18. Como planteamos en el capítulo 3, esta misma cuestión se observa en el caso de las cooperativas creadas por el Programa de Ingreso Social con Trabajo “Argentina Trabaja”. volveremos a este punto en el apartado siguiente.
  19. Del mismo modo, en el año 2009 Textil Aladín solicitó un microcrédito del Plan “Manos a la Obra”, que más de un año después no había podido devolver. Otro ejemplo de esta falta de control y planificación del uso de recursos públicos, es el caso de otra cooperativa textil que conocimos durante nuestro trabajo de campo. Ésta contaba con una moderna máquina de bordado que había adquirido a través del PMO, pero no podían utilizarla porque desarrollaban la actividad productiva en su propio domicilio y no tenían un espacio adecuado para hacer funcionar la costosa herramienta.
  20. Como sucede con los inmuebles de muchas empresas recuperadas, los trabajadores no son legalmente propietarios de la empresa fallida. En muchos casos sí lograron la expropiación transitoria y sólo en un caso la expropiación definitiva. Sin embargo, en el caso de la empresa recuperada que cedió su espacio al Textil Aladín y a la Cooperativa La Huella, no han logrado ese reconocimiento, por ello la situación en la se encuentran es siempre inestable y está amenazada por el avance del juicio de la quiebra y la posible pérdida del espacio.
  21. Recordamos que, de acuerdo a la normativa del Programa de Ingreso Social con Trabajo, la jornada laboral debe ser de 8 horas diarias. En un folleto informativo el MDS explica que los cooperativistas tendrán jornadas laborales de 7 horas diarias, durante cinco días hábiles semanales. Las cinco horas restantes hasta completar una jornada diaria de ocho horas, se cumplirán los días sábados en que se realizarán jornadas de capacitación. En los casos que relevamos estas pautas no se cumplen de manera completa, ya sea porque no se completa la jornada laboral de 8 horas diarias o porque no se realizan capacitaciones.
  22. En todos los casos relevados en el municipio de Avellaneda se planteó esta diferencia entre el “trabajo administrativo” y “el trabajo en la calle”. En el primero los destinatarios tienen una jornada laboral de 8 horas y el trabajo que realizaban es el mismo que el de los empleados municipales. En el trabajo “en la calle”, la jornada es más corta, de 4 a 6 horas y se realizan tareas de barrido y limpieza, poda y mantenimiento o mejoramiento de dependencias estatales o infraestructura barrial.
  23. Un análisis del Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios (FINES) se puede encontrar en (Levy y Bermúdez, 2012).
  24. Su mujer que antes no trabaja, también se anotó en el Programa, lo que le permite obtener un ingreso a partir de un trabajo en su propio barrio, que es también compatible con el cuidado de su hija. El Plan en este caso, aparece como estrategia familiar que abre una oportunidad de trabajar y tener un ingreso a su mujer que antes no tenía.
  25. Esta misma falta de planificación y de consideración de las capacidades de los destinatarios, fue señalada en la entrevista que realizamos con Gabriela, una trabajadora-militante del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y referente de una organización política vinculada con la implementación del Programa de Ingreso Social con Trabajo (Entrevista, 16/3/2012).
  26. Volveremos a esta cuestión en el siguiente punto.
  27. Si bien sabemos que este dinero lo provee el Municipio y que no lo cobran todos los destinatarios del Plan “Argentina Trabaja”, no conocemos cómo y por qué se otorga de este modo. Al respecto Lidia nos explicó que ‘lo decidieron entre los referentes de las cooperativas que barren y lo pagan con la caja chica [del Municipio], por eso, así como ahora está, después lo pueden sacar.’ (Registro de campo, 25/9/2011).
  28. A diferencia de Rita, su hermano Alberto quien también integra la cooperativa no va a los actos, ni participa en las instancias de trabajo político.
  29. A diferencia de lo que sucede en este caso, los emprendimientos financiados por el Plan “Manos a la Obra” están constituidos en su mayoría por mujeres y las actividades que realizan se vinculan con tareas tradicionalmente femeninas como el rubro textil y alimenticio (ver Capítulo 3). Como analizamos en el capítulo 2, esta división se relaciona con la clasificación de destinatarios de políticas sociales (MDS) y de empleo (MTESS), según criterios de empleabilidad realizada en el año 2004, que consideró a las mujeres como un grupo con mayores dificultades de inserción en el mercado de trabajo debido, principalmente, a que son consideradas las responsables del cuidado de los hijos, lo cual limita sus posibilidades de acceso al trabajo.
  30. En la experiencia laboral de Nicolás y Ángela en una dependencia municipal, no se planteó este tipo de conflicto. Al contrario que en el caso de las “cooperativas” que realizan la limpieza de calles, ambos destinatarios mencionaron que ellos percibían ingresos menores que otros empleados. A pesar de estas diferencias, la relación que tenían con sus compañeros era buena y no se habían generado conflictos.
  31. Lidia no explicitó a qué tipo de empleados se refiere y qué tipo de contratación tienen.
  32. A diferencia de lo que sucede en este caso, Frega y Frankel (2011) analizan la experiencia de un MTD de la zona sur del Conurbano bonaerense, que pone de manifiesto la precariedad de las condiciones laborales de los “cooperativistas” del Programa, en relación con la situación de otros empleados que realizan tareas similares. Esta organización, cuyos miembros son destinatarios del Programa de Ingreso Social con Trabajo, logró una importante autonomía organizativa respecto del municipio para determinar las tareas que realizan cotidianamente. Al mismo tiempo, consiguió firmar un convenio con la empresa AySA, en el cual se contrataba a la cooperativa creada a partir del Plan “Argentina Trabaja” para el saneamiento de un arroyo de la localidad en donde viven. La posibilidad de realizar este trabajo otorgó a los trabajadores de esta cooperativa un ingreso extra que era abonado por la empresa, además de los 1200 pesos del Programa. Según las autoras, cuando este grupo se interrogaba por las posibilidades de trabajo futuro y problematizaba las condiciones laborales en las que desarrollaban sus tareas, ponían en cuestión la situación de desigualdad respecto de los empleados estatales y los de la empresa (por la forma en que ellos estaban contratados y porque percibían remuneraciones menores que aquellos). La pregunta central que las autoras plantean en su análisis de esta experiencia es la cuestión de la precarización del trabajo y el “encubrimiento” de una relación de dependencia a través de la forma de organización cooperativa. Frente a esta situación de precariedad laboral, el horizonte de sentido que emerge en la experiencia de este movimiento, es el del trabajo asalariado, vinculado con la seguridad y protecciones que éste supone. Sin embargo, no se plantea la posibilidad de una alternativa de búsqueda de una nueva institucionalidad del trabajo cooperativo que garantice la igualdad de derechos entre empleados y trabajadores autogestionados.
  33. La discusión acerca del conflicto de intereses entre empleados y destinatarios de planes sociales en el caso del Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados fue analizada en Hopp (2009).
  34. Si bien el Programa establece una jornada de 8 horas diarias, contemplando la capacitación o la finalización de los estudios como parte del trabajo, la duración de la misma parece ser flexible. Como podemos observar, cada municipio y cada “cooperativa” tiene un margen de libertad para fijar el tiempo de trabajo.
  35. Este enunciado es utilizado recurrentemente, tanto por destinatarios como agentes estatales para referirse al modo en que los recursos “llegan” a los municipios o a las personas. Esta forma del lenguaje nativo da cuenta de la representación del Estado como una entidad centralizada y jerárquica, compuesta por una instancia superior que detenta la autoridad de planificación y distribución de recursos y unidades descentralizadas de menor jerarquía. Esta representación de la política social como aquello que “baja”, expresa el carácter vertical y jerárquico de las relaciones entre un nivel central despersonalizado y abstracto y las prácticas concretas cara a cara de los agentes en el territorio.
  36. Como ya mencionamos el ingreso que reciben es menor al monto del salario mínimo, vital y móvil establecido por el Consejo del Salario, que a partir de enero de 2011 alcanzó los 1840 pesos. Además, desde el lanzamiento del programa hasta principios del año 2012, el monto no fue modificado, a pesar del alto nivel de inflación que existe en el país. Esta limitación, podría estar promoviendo una integración que solo garantiza niveles mínimos de subsistencia, aunque con ciertas mejoras respecto de los planes de empleo implementados en la década pasada, como por ejemplo la posibilidad de acceso al sistema de salud que el Programa promueve.
  37. En el año 2004, en el suplemento Cash del diario Página 12 se publicó un artículo que describía la situación de José C. Paz del siguiente modo: “Es la tierra de los planes sociales. El distrito que recibe más subsidios por habitante. No está ubicado en ninguna las provincias más pobres del país sino en el noroeste del conurbano bonaerense, a sólo 40 kilómetros de la Capital Federal. En José C. Paz viven 230 mil personas en condiciones de vulnerabilidad extrema. Según estimaciones del gobierno municipal, cerca del 50 por ciento de la población está desocupada y el 80 por ciento se encuentra por debajo de la línea de pobreza. El principal ingreso de los vecinos proviene de programas sociales que el Gobierno nacional y la provincia de Buenos Aires ejecutan en el municipio. Cash relevó la existencia de 17 planes para asistir a mujeres embarazadas, niños, jóvenes, jefes de familia desocupados, enfermos y ancianos por un monto anual estimado de 73,7 millones de pesos, cifra que casi duplica al presupuesto municipal, que alcanza 48 millones de pesos. Los planes suman cerca de 147 mil beneficiarios, pero varios se complementan para asistir a las mismas personas a través de dinero, alimentos, herramientas e insumos para la producción y remedios”. El artículo escrito por el periodista Fernando Krakowiak se titulaba José C. Plan (Página 12, Suplemento Cash, 7/11/2004). Disponible en: t.ly/XIGI Consultado el 13/6/2012.
  38. El Programa de Inversión Social (PRIS) es un Plan de cooperativas que tiene un funcionamiento similar al del Programa “Argentina Trabaja” y se implementó en la Provincia de Buenos Aires antes del lanzamiento de éste.
  39. Como ya mencionamos, la existencia de programas específicos para empresas recuperadas y cooperativas autogestionadas da cuenta del reconocimiento oficial del Estado de estas nuevas formas laborales, que contribuye a la construcción de subjetividades de estos trabajadores.
  40. Retomando a Simmel, Paugam (2007) plantea que lo que hace que una persona sea considerada pobre y nada más que pobre, es la ayuda que recibe públicamente de la colectividad a la que pertenece. Cada sociedad define y confiere un estatus diferente a los pobres cuando decide otorgarles asistencia. Más allá de las diferencias históricas y entre sociedades, la asistencia marca una relación de dependencia respecto de los otros, por ello el estatus de los asistidos se encuentra desvalorizado y puede generar procesos de descalificación social.
  41. Los documentos y evaluaciones del Programa “Argentina Trabaja”, analizados en el capítulo 3, también dan cuenta de esta tensión entre la asistencia individualizada y el agrupamiento en cooperativas.
  42. Estas limitaciones del proceso de desarrollo y ampliación de la Economía Social en nuestro país fueron analizadas en los capítulos 2 y 3.


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