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A modo de cierre y de un nuevo comienzo

Esta investigación hizo un análisis de las interpretaciones y las prácticas de los agentes sociales vinculados a la actividad ganadera ovina en Chubut sobre los problemas ambientales, los enfoques con que las ciencias los han abordado y las políticas de intervención del Estado. Este trayecto atravesó distintos momentos históricos para concentrarse en la actualidad, buscando, a través de un estudio de caso, comenzar a comprender las articulaciones entre interpretaciones y prácticas, ciencias y políticas públicas que definen modos de construcción de los problemas ambientales en regiones de tierras secas.

En este sentido, el recorrido histórico acerca las tierras secas de las comarcas Meseta Central y Valle Inferior del Río Chubut evidencia una imbricada relación entre la naturaleza y la sociedad que ha ido atravesando distintas etapas. Desde los orígenes de la ganadería ovina hacia finales del siglo XIX, que acompañó el poblamiento del territorio y su integración al Estado Nación Argentino, esta actividad económica fue predominante en cuanto a su extensión e importancia. Esto tenía un fundamento debido a que las tierras secas “hostiles” y de “desierto”, sólo eran consideradas aptas para la ganadería ovina. La interpretación dominante respecto a la naturaleza se centraba en el enfrentamiento y la necesidad de su “dominio”, como en sus versiones más fatalistas que hablaban de la erosión como el “enemigo” o el “cáncer del suelo”. Sin embargo, sólo tenían importancia los problemas ambientales referidos a los animales, sin considerar otros componentes biofísicos que podían estar manifestándose. Recién a principios del siglo XX, se encontraron menciones sobre el deterioro generado por el predominio de la ganadería, y llevó décadas hasta que el inconveniente cobró visibilidad pública. En esta “etapa fundacional” el Estado tuvo un rol central en la asignación y distribución de la tierra, con decisiones que favorecieron la concentración de la estructura parcelaria, pero no intervenía con claridad en otras medidas respecto a los problemas ambientales o a la ganadería.

La ganadería ovina fue extendiéndose en cantidad y espacio ocupado hasta mediados del siglo XX. A partir de ese momento, comenzó a presentar problemas producto de cambios en el mercado y el consumo de la lana (que redujeron los precios y la demanda del producto), en las políticas de Estado, en el conocimiento científico (son los años de los primeros estudios de Soriano sobre los pastizales chubutenses y de la instalación de las primeras estaciones experimentales del INTA) y también en la relación entre la sociedad y la naturaleza. Entonces, en esta etapa se enfatizó en la necesidad de lograr la “adaptación” a los procesos naturales y la “armonía” con la naturaleza, debido a que “el hombre” había contribuido al deterioro por lo que tendría que actuar si quería mantener la expansión de la ganadería ovina.

Recién hacia fines del siglo pasado, se dimensionó el problema de la desertificación y se reglamentaron acciones para su cuidado y conservación. Se produjo un cambio de punto de foco de los problemas ambientales hacia los suelos, tanto como el objeto del problema, como el de las soluciones. Asimismo, la acción antrópica para la resolución de estos problemas resultaba indudable y comenzó a demandarse y a hacerse más presente el Estado y sus organismos de ciencia y técnica en el transcurso de estos procesos. Sin embargo, llevó aún más tiempo considerar que esto no era solamente una dificultad de los pequeños productores sino que abarcaba a distintos estratos de productores y que estaba relacionado a una forma de manejo de la ganadería que tenía profundas raíces históricas.

Pese a la leve recuperación de los últimos años, el volumen actual de existencias ganaderas es prácticamente la mitad del que se tenía en los 60’s y la concentración de la estructura productiva deja a un importante número de ganaderos con baja cantidad de animales (y en general, de tierra) que no permite una actividad económicamente rentable. Asimismo, el mercado lanero se encuentra restringido, pero la demanda se concentra en un perfil de consumidores que valoran la producción de lanas “ecológicas”, que claramente podrían ser las obtenidas en Chubut. En esta situación de encrucijada, la actividad sigue siendo relevante para la dinámica económica y territorial de la región, por lo cual el Estado ha adoptado un rol más activo para contribuir a sostenerla, a través de legislaciones y organismos de promoción, financiamiento y fomento a la aplicación de innovaciones y nuevos procesos productivos. Estas innovaciones tecnológicas y técnicas se relacionan también con un incremento de la investigación científica sobre tierras secas en las últimas décadas, que a través de distintos enfoques y perspectivas no siempre unívocos, fueron intentando explicar los problemas ambientales.

Estos apuntes sobre la historia permiten entender algunas cuestiones referidas a la construcción de los problemas ambientales. Por un lado, permite la identificación de un cierto modo de valorar la naturaleza de las tierras secas que continúa estando ligado a la actividad económica- productiva que se determinó a fines del siglo XIX que era la única posible de desarrollar en esas tierras: la cría extensiva de ovinos para producir lana para exportar. Por otro, establece algunas características con las que se desarrolló la actividad y la relación con la naturaleza que se constituyen como condicionantes materiales o simbólicos de las actuales construcciones de los problemas ambientales.

En este contexto, la actualidad de los agentes sociales “laneros” chubutenses (en los que se incluyen a los productores, los trabajadores, intermediarios de comercialización y de mano de obra, técnicos y funcionarios gubernamentales) se encuentra atravesada por tres problemas ambientales: la desertificación, la sequía y el depósito de cenizas, cada uno con una cierta definición de sus características, de la población que se ve afectada, la problematización a nivel social y/o en el ámbito público y el establecimiento de políticas, programas o medidas para remediar o encontrar soluciones a los problemas. Los últimos dos fueron explícitamente definidos como problemas ambientales por los agentes sociales “laneros” así como se mostraron consecuencias y modificaciones en la calidad de vida de los involucrados. En cambio, la desertificación no es problema declarado por todos, pero a través de los años, y aunque no sea reconocido, ha generado y genera cambios en la relación entre la sociedad y la naturaleza, con impactos en los campos (como la reducción de los pastos y la “voladura” del suelo), con las consecuentes pérdida de cabezas de ganado, cierre de campos y abandono de la producción, según identificaron productores, trabajadores y técnicos.

Mientras que tradicionalmente se consideró, tanto desde las ciencias sociales como desde los estudios sobre el ambiente y la ecología, que los problemas ambientales en zonas áridas eran interpretados de forma diferente por cada agente social (muchos estudios mostraron que los técnicos se contraponían a los productores), en el análisis de estos tres problemas en las tierras chubutenses se puso en evidencia una situación más compleja. Los agentes sociales presentan una variedad de ideas e interpretaciones y prácticas sobre los problemas ambientales. Esta heterogeneidad se presentó no sólo entre diferentes agentes sociales, es decir productores respecto a técnicos y a trabajadores, sino que también al interior de cada uno de esos grupos había distintas formas de interpretar los problemas ambientales que inclusive podían llegar a ser contrapuestas.

En la actualidad y para el caso de estudio, podrían agruparse en tres tipos de interpretaciones sobre los problemas ambientales. En primer lugar, aquellas basadas en la naturalización, la cual es expresada en dos formas: por un lado, para considerar a que estos problemas ambientales “siempre habían sido así” o que “siempre sucedían”. Por otro, y quizás de mayor frecuencia, para referirse a que solamente la acción de la naturaleza genera estos problemas ambientales (lo cual puede ser más claro en el caso de la sequía y las cenizas, pero no en cuanto a la desertificación). Esta naturalización también se encontraba en las propuestas de soluciones: “hay que esperar que llueva” o en argumentos que sostenían que el clima ya iba a volver a cambiar.

Otras interpretaciones enfatizaron en el carácter inevitable de la acción de la naturaleza y/o irreversible de los problemas ambientales, aunque en ellos reconozcan la responsabilidad de la acción del hombre. El fatalismo también se produce por la identificación conjunta de varias problemáticas ambientales y de otras dificultades ligadas a la producción ovina para dar cuenta de una situación crítica. Estas interpretaciones fatalistas muestran la presencia de ciertos imaginarios o pensamientos mágicos o místicos que, siendo los ejemplos más claros que hay que esperar “que los ayude el de arriba”, o que la sequía es culpa de la pérdida de ceremonias tradicionales mapuches, como el Camaruco.

Por último, se desarrollan interpretaciones complejas, que interrelacionan causas naturales y antrópicas y que plantean una diversidad de soluciones y medidas para enfrentar los problemas, utilizando o no, los conceptos técnicos. 

Estas tres interpretaciones están atravesadas por las ideas respecto a la posibilidad de revertir el suceso o sus consecuencias. Cuando los problemas ambientales se definen como irreversibles, se considera que el nivel de deterioro de la naturaleza no brinda lo necesario para la producción ovina, por lo que se cree que no se podrá volver a un punto que resulte rentable o viable la actividad.

La heterogeneidad también se encuentra presente en el plano de las prácticas productivas, donde existe una diversidad de estrategias de manejo, tecnológicas y de trabajo entre distintos agentes sociales. Las interpretaciones naturalizadoras y fatalistas se pueden ligar al sostenimiento de formas “tradicionales” de producción (manejos extensivos y con baja aplicación de tecnologías y capital). Sin embargo, si se complementan con la identificación de otras dificultades productivas o laborales, pueden desarrollar prácticas que estén relacionadas con la mitigación o el retroceso de los problemas ambientales y sus efectos. En el mismo sentido, pueden identificarse soluciones o interpretaciones complejas de los problemas ambientales, pero, debido a la presencia de restricciones materiales o económicas, no se pueden llevar adelante ese tipo de prácticas y se hace que se sostengan las propias de un modelo extensivo. Entonces, fueron identificadas prácticas o estrategias que se adoptan como respuesta directa a los problemas ambientales y, en otros casos, se están adoptando producto de la identificación de otras dificultades, pero que pueden contribuir a la mitigación o remediación de los problemas ambientales si, a través de incrementar la productividad, inducen a la reducción de los niveles de carga u otros factores que generan la posible recuperación de los campos.

Las distintas interpretaciones y prácticas evidencian que en la construcción social de los problemas ambientales intervienen distintas concepciones sobre el espacio, el tiempo, la naturaleza y la capacidad de agencia social. Esta construcción es compleja porque las categorías de cada dimensión no se relacionan siempre de la misma forma, sino que se van entreverando de diversas maneras según cada entrevistado para constituir interpretaciones singulares en cada caso.

La complejidad de los modos de construcción radica también en que la adopción de determinadas interpretaciones y prácticas de los agentes sociales “laneros” chubutenses se encuentra condicionada por aspectos materiales, simbólicos, políticos, culturales y posicionamientos sociales. Por ello, existen desigualdades sociales y económicas entre agentes sociales que limitan las posibilidades de acceso a determinadas estrategias de producción y trabajo que puedan contribuir a mitigar, solucionar o prevenir los efectos de los cambios ambientales. En cuanto a los condicionamientos materiales, el desigual acceso a la tierra o los recursos de diferentes grupos sociales tuvo una clara intervención del Estado que favoreció el desarrollo de una estructura de la propiedad de la tierra y productiva concentrada. Así dejó a un grupo mayoritario de productores y trabajadores con escasas posibilidades de decisión y de adopción de alternativas en torno a la ganadería ovina. Asimismo, el desarrollo del “monocultivo” ovino y el precio de la lana (determinado a nivel internacional), condicionan la cantidad de cabezas de ganado y la forma de manejo de los productores. Por último, la tendencia del mercado de lanas hacia las lanas “ecológicas” o “éticas” puede resultar un estímulo para el desarrollo de prácticas de producción y de trabajo que contribuyan a frenar el deterioro de los suelos o inclusive a revertirlo, o generen efectos menos significativos para fenómenos recurrentes y/o cíclicos, siempre que no sean acompañados de un incremento en el stock ganadero, como ha sucedido en otros momentos históricos frente al “estímulo” de los buenos precios.

En cuanto a los condicionamientos simbólicos, surgieron como fundamentales las trayectorias en la actividad y en la producción de ovinos merinos, ciertas tradiciones culturales, el acercamiento del conocimiento técnico o su ausencia, los saberes tradicionales (provenientes de la práctica y de años en el lugar) y las redes sociales de intercambio de bienes e información. Particularmente en este plano, resulta importante considerar la persistencia de otras formas de conocimiento, más allá del científico que intervienen en las interpretaciones y prácticas sobre el ambiente. Los saberes locales y los pensamientos mágicos o míticos persisten, como en otros lugares de América Latina, se hibridan con el conocimiento científico y les permite a los agentes sociales enfrentarse y accionar respecto a los problemas ambientales que se les presentan. Entonces, esta hibridez, lejos de ser cuestionada (especialmente dados los limitantes de la modernidad para resolver los problemas ambientales) debe ser considerada en toda la complejidad con que se expresa en cada ámbito concreto.

En el trasfondo de la construcción social de los problemas ambientales existe un lenguaje de valoración productivista de la naturaleza que resulta predominante. Esto se evidencia especialmente en la indagación de las consecuencias de dichos problemas, que remiten a cuestiones vinculadas a la ganadería ovina (como la pérdida de rentabilidad, el deterioro del stock ganadero, la reducción de la calidad de la lana) y las consecuencias sociales que éstas genera (desaparición de productores, abandono de campos, menor trabajo). Este lenguaje tiene raíces históricas: desde los inicios, la valoración de la naturaleza árida se hizo en función de su única capacidad para desarrollar la ganadería ovina y las primeras investigaciones científicas también tuvieron como fin el mejorar o, por lo menos, sostener dicha actividad productiva. En este sentido, interpretaciones que apunten a la conservación de los ecosistemas de las tierras secas sin la intervención antrópica o a un discurso de valoración de estos espacios por su carácter natural fueron muy poco mencionados o estuvieron “subsumidas” en algunas prácticas de certificación de calidad de las lanas, que, en el fondo, también remiten a una valoración productiva y económica. Entre estos últimos, técnicos y trabajadores muy especializados son identificados como expertos que difunden estas “nuevas” prácticas y valoraciones de la naturaleza, incorporando otros conocimientos y saberes. Así pueden colaboran con el freno del deterioro y de la situación de crisis en que se encuentran muchos agentes vinculados a la producción de lana chubutense. Pero hay que tener su función como difusores está basada en vínculos de confianza con los productores, debido a los roles definitorios que tienen sus trabajos o recomendaciones en los aspectos comerciales o productivos, es decir que no cualquier técnico será escuchado por parte de los productores, especialmente si le están proponiendo cambios en sus formas de producción.

Este lenguaje de valoración dominante no es novedoso tampoco en otro sentido: se encuentra presente y de forma hegemónica en los enfoques con que las ciencias han estudiado las tierras secas y con las formas en que el Estado define las políticas públicas para el sector ganadero y para los problemas ambientales. En este sentido, el INTA, principalmente, pero también de otros organismos del Estado relacionados con la tecnología y la producción agropecuaria tuvieron un rol activo y central en este proceso de definición de la relación sociedad- naturaleza en las tierras secas.

Respecto al rol de las ciencias ya fue mencionado que la investigación científica en las tierras secas ha ido tomando importancia con el correr de los años, en línea con la mayor difusión a nivel general de la cuestión ambiental. El recorrido por distintas corrientes en las ciencias naturales, en la economía y en las sociales y humanas muestra que se fue intentando, con mayor o menor éxito, abandonar los planteos estáticos o del equilibrio de la relación sociedad- naturaleza y se generaron distintos modelos para la explicación y comprensión del tema. En lo referido al caso chubutense, los planteos desde los organismos o los técnicos fueron centrándose, primero, en la necesidad de promover enfoques “racionales” de manejo, luego “modernos”, (característica que se ligaba a la incorporación de tecnologías y técnicas que llevaran a incrementar el desarrollo productivo en pleno contexto de difusión del desarrollo y la modernización del agro), hasta que en la actualidad los proyectos científicos de mayor difusión se enmarcan dentro de los principios de “sustentabilidad” de la producción agropecuaria o de la consideración de la complejidad de la situación ambiental de las tierras secas. Esto permitió incorporar en los análisis a los productores de menor escala, que en el pasado no sólo no habían sido tenidos en cuenta, lo que generaba que la mayoría de las técnicas o tecnologías elaboradas no pudieran ser aplicadas en sus escalas, sino que habían sido culpabilizados por el deterioro ambiental.

La actualidad la participación de las ciencias en los problemas ambientales tiene tres particularidades a destacar. En primer lugar, la presencia de esta heterogeneidad de interpretaciones, inclusive entre los técnicos mostró que “la ciencia” no tiene respuestas unívocas respecto a los problemas ambientales. Esta tensión entre definiciones dominantes y dominadas de los problemas ambientales y entre enfoques científicos, también se ha presentado en otros momentos históricos. En la actualidad, las interpretaciones complejas, basadas en la experimentación y el análisis de distintos componentes biofísicos y sociales y utilizando términos consensuados en cada disciplina, son las dominantes en las investigaciones científicas, pero también resultan centrales porque son las que se consideran válidas para ser traducidas en la agenda pública y que se encuentra en la base de las políticas de intervención del Estado. De esta manera, en función de los resultados de las investigaciones científicas, se definieron a los beneficiarios de las ayudas económicas y sociales en los momentos de emergencia y para los programas de la fase de rehabilitación o recuperación de los espacios naturales y de los sistemas productivos laneros. Sin embargo, puntos centrales para el tratamiento de la desertificación, como los modos de definir la carga animal, los tipos de manejo o pastoreo recomendados, el sobrepastoreo, la clausura de campos, son objetos en los que los distintos científicos y técnicos que estudian la región no muestran un pleno consenso.

En segundo lugar, en la adopción de “nuevas” prácticas de producción y trabajo, la ciencia tiene un papel clave: es la forma de conocimiento considerada válida para la generación de estas nuevas prácticas y para el asesoramiento sobre su implementación y ejecución. Los saberes populares también se encuentran relegados en las formas recomendadas para el manejo de los campos y la esquila. Asimismo, se privilegian los conocimientos y métodos científicos para desarrollar mecanismos para incrementar la calidad de la lana, que es el objetivo principal que se considera para mejorar la rentabilidad y/o sostener la producción ganadera ovina, y esto no siempre incluye la situación ambiental.

En tercer punto, el rol de los expertos es fundamental porque profesionales, técnicos y funcionarios del Estado se constituyen como mediadores sociales, tanto en la interconexión entre el “campo científico” y la producción, como en la definición de los objetos y objetivos, la configuración y la aplicación de las políticas públicas para el sector y respecto a los problemas ambientales.

Este punto lleva a introducir también el rol del Estado en la construcción de los problemas ambientales y el desarrollo y evolución de la ganadería ovina. Como fue mencionado, en estas últimas décadas, su rol se volvió más activo: de ser solamente el gran distribuidor de la “tierra pública”, ahora también define políticas ambientales y productivas, de apoyo a ciertos productores y de difusión de tecnologías y técnicas de manejo y de trabajo, y de promoción del mejoramiento de la calidad de las fibras. La intervención de los expertos en los procesos de definición de los problemas ambientales no se realizan sin condicionamientos: existen modelos, definiciones, conceptos, metodologías y propuestas de solución que tienen su base o referencia a proyectos de desarrollo o políticas macroeconómicas nacionales, o inclusive organismos y programas internacionales que llegan al país a través del financiamiento de proyectos de investigación o intervención. En algunos casos los organismos técnicos y sus expertos reconocen las dificultades de aplicación al caso chubutense, disputando reformulaciones y cambios. La importancia del desarrollo sustentable como marco para proyectos como el PRODESAR, el GEF, el Plan Ovino o inclusive, los objetivos institucionales de organismos como el INTA es un ejemplo de la relación entre modelos de ciencia y de política macroeconómica en la definición de los problemas ambientales chubutenses.

La existencia de una amplia variedad de instrumentos de intervención sobre el sector ovino que no consideran los problemas ambientales y el hecho de que todas las políticas ambientales están de alguna forma en relación con esa forma de ganadería, también lleva a sostener que lo ambiental se construye desde la política, con una visión productivista. La referencia a que la Secretaría de Ambiente provincial no interviene en las políticas respecto a la sequía, las cenizas o la desertificación es un ejemplo claro en este sentido.

Asimismo, las políticas públicas ambientales priorizan los objetivos de corto plazo (emergencia agropecuaria, monitoreo, suplementación alimentaria para los animales realizada de forma estratégica, por ejemplo), por sobre las de largo plazo (aquellas que trabajen en la conservación de la naturaleza en el tiempo). Estas últimas sólo surgieron hacia el final de los episodios de sequía y cenizas volcánicas cuando, por la gravedad o la extensión, se comenzaba a sostener la necesidad de políticas para “adaptarse” a las “nuevas” situaciones que planteaba el clima y la naturaleza. El hecho de que muchas de estas medidas no contuvieran el diagnóstico del deterioro de los suelos y de los pastizales pone en evidencia que la intervención del Estado no se encuentra exenta de contradicciones internas. Las críticas y cuestionamientos a estas políticas y sus definiciones sobre los problemas ambientales muestran que el cierre discursivo no siempre lleva a una clausura del problema, en términos de Maarten Hajer, surgiendo nuevos problemas en las instancias de implementación y consolidación.

Entonces, al enfocarse en lo coyuntural y la emergencia, contribuyó a la visibilización de las problemáticas de la sequía y las cenizas, pero también a la invisibilización del deterioro de largo plazo que produjo la desertificación. Esto sucedió a pesar de que muchos agentes sociales, tanto técnicos como productores, comprendían que había que generar acciones que consideraran la complejidad de la situación. Recién en los últimos años, las acciones respecto a la desertificación trabajaron en relación a los productores de menor tamaño, en algunos intentos de adaptar las técnicas y tecnologías de manejo que promueven los organismos técnicos del Estado para pequeñas escalas, y modificar los requerimientos de acceso o diseñar instrumentos específicos para que puedan ser beneficiarios estos productores. Entonces, si bien se ha ampliado la población objetivo de las políticas frente a los problemas ambientales, todavía no se han planteado diseños provenientes de un desarrollo participativo. Los espacios afectados, los campos y los pobladores que se incluían en las políticas, excluían a otros que también se consideraban perjudicados.

En función de los resultados de esta investigación es posible aportar a la promoción de una perspectiva que considere de forma compleja a los problemas ambientales. La misma busca evitar el reduccionismo de las visiones científicas que negaron la acción de las sociedades y las propias interpretaciones de los agentes sociales en las definiciones, evoluciones y soluciones en las cuestiones ambientales. Tampoco se reduce a considerar que los problemas ambientales son meras construcciones sin ninguna base material y/o que afectan a todos los agentes sociales por igual. Existen condicionamientos materiales, coyunturales, pero sobre todo, estructurales en las formas de apropiación de los espacios, las actividades productivas y la naturaleza que, justamente, condicionan tanto las interpretaciones como las prácticas de los agentes sociales sobre los problemas ambientales. También hay características del plano simbólico, cultural y político, como el acceso al conocimiento científico, la tradición y el sostenimiento de prácticas e ideas transmitidas entre generaciones que intervienen en este proceso de construcción social.

Esta perspectiva también propone incluir el análisis de cómo los modelos de ciencia dominantes y las acciones del Estado a través de sus políticas públicas van cambiando según el momento histórico y lugar, por lo que se van redefiniendo ciertos procesos y fenómenos como problemas ambientales. En este caso de estudio, han sido centrales para crear y sostener el lenguaje de valoración productivista, con definiciones que no necesariamente negaron el conocimiento producido en lo local, pero sí parecieran haber priorizado aquellos que estaban validados por métodos, instituciones y/o agentes del ámbito científico y tecnológico. En este sentido, metodologías de investigación científica que incluyan técnicas de participación con los productores y trabajadores de una actividad o territorio– conocidas como metodologías de investigación-acción-, suponen un abordaje que permite incluir las complejidades de interpretaciones, definiciones y prácticas de los distintos agentes sociales respecto a una problemática y que pueden contribuir al desarrollo de formas de investigación científica más integrales y al desarrollo de políticas públicas consensuadas y basadas en la experiencia y conocimiento local. Asimismo, continuar profundizando en el análisis de la relación entre ciencias, construcciones de conocimiento, Estado y sus formas de intervención sin duda podrá contribuir al tratamiento de los problemas ambientales concretos.

En síntesis, entre las interpretaciones y prácticas de los agentes sociales, las visiones científicas y las intervenciones estatales hay articulaciones y reformulaciones que construyen los problemas ambientales, de formas complejas y que requieren de un pensamiento crítico y atento para su análisis y comprensión.



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