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6 La antología poética argentina

Procesos de subjetividad, género y canon

Enrique Solinas [1]

Si se considera La lira Argentina (1824) como la primera antología poética de importancia en el universo simbólico y cultural de nuestra literatura, instalada en el imaginario de la comunidad literaria como el primer texto que une diferentes puentes ideológicos y económicos, se puede observar que ya desde esta primera creación antológica los sistemas de exclusión, subjetividad y canon están puestos en marcha por intereses que van desde los económicos (la necesidad de seguir ligados a España, más allá de que el Virreinato como tal ya no existe desde 1810, pero la dependencia cultural y económica continúa), como así también ideológicos (la clase alta determinando qué es la cultura, quién tiene derecho a escribir, qué y cómo se debe escribir).

Por este motivo, el siguiente trabajo toma cuatro ejes a desarrollar que considera necesarios para visibilizar y de interés, a la hora de analizar la antología poética como un género en sí mismo, donde la creación está puesta en un primer plano y donde queda demostrado que los autores de las antologías construyen un perfil literario de un momento histórico de un país y según el punto de vista de quien se embarque en semejante propósito.

El primer punto en el cual se desea hacer hincapié es en la cuestión de género y su tratamiento a lo largo del tiempo. De esta manera es posible observar cómo la cultura androcéntrica y patriarcal coloca lo femenino en lugares que no son propios ni elegidos, quedando así al descubierto los procesos de exclusión e inclusión.

El segundo punto en el cual se centra la atención es en las antologías poéticas escolares, ya que las escuelas son las grandes formadoras de lectores y escritores. Desde ese espacio se transmiten las nociones de “antología”, por ejemplo, y es el que determina lo correcto e incorrecto para el hombre en formación, donde la antología como dispositivo está expresada a través de un campo literario y de poder.

El tercer punto donde nos detenemos consiste en la revisión de dos antologías de la década del 80, poniendo el interés en la visibilidad e invisibilidad de las editoriales, autores y antologadores, para así analizar la intención.

El cuarto punto fija su interés en la deliberada manipulación que realiza un antologador/autor a la hora de construir una antología poética y sus diferencias y coincidencias con el mundo editorial, quedando en evidencia los intereses personales y comerciales que se tienen a la hora de ofrecer el texto como producto masivo.

A manera de síntesis de estos cuatro puntos a considerar y sus particulares procesos, la condición de canónica que posee toda antología se ve manipulada y, por tanto, afectada desde el comienzo de su construcción. Por este motivo, poner de manifiesto los mecanismos de instalación de un autor o su ocultamiento, respondiendo a intereses extraliterarios, es una manera de ofrecer una nueva mirada sobre un artefacto que se va creando y re-creando desde hace siglos, y que es de vital importancia en la literatura actual a la hora de observar quiénes son los poetas de un país y, para nosotros, particularmente de la Argentina.

La poesía femenina argentina en sus antologías

La antología literaria como tal es mucho más que un proceso de selección, se trata de un proceso de creación por parte del antologador. Este puede construirlas a partir del gusto personal o con criterio histórico objetivo, al decir de Alfonso Reyes. Y tomando el recorte “antologías argentinas de poesía femenina” comprobaremos la labor creativa a través de políticas y operatorias particulares. A tal fin, tomaremos dos volúmenes editados en el siglo XX para su contrastación y análisis. Se trata, en primer lugar, de la Antología de poesía femenina argentina (1930) que abarca desde los tiempos de la Independencia argentina hasta figuras representativas de las vanguardias, la primera en su tipo; en segundo término, la Selección poética femenina 1940-1960 (1965), editada por Ediciones Culturales Argentinas y que toma a aquellas autoras que publicaron sus libros durante esas dos décadas.

La antología fundacional

En 1930 apareció la Antología de poesía femenina argentina, porque

la falta de una obra de esta índole en nuestro país nos sugirió el propósito de realizarla, considerando que la importancia y méritos reales alcanzados por la labor de la mujer argentina así lo exigían, como una demostración de su valioso aporte a la cultura nacional,

 según dice en su prólogo. Dicho volumen fue seleccionado y ordenado por José Carlos Maubé y por Adolfo Capdevielle (h.). Mientras que Maubé fue periodista y “el más completo bibliógrafo de José Hernández[2], Capdevielle nunca estuvo relacionado con la literatura. Por esta razón, resulta curioso que ambos realizaran este trabajo, convirtiéndose el volumen en un libro de referencia por ser el primero con dichas características. El prólogo estuvo a cargo de Rosa Bazán de Cámara, novelista y luchadora destacada en el campo de los derechos de la mujer. En el prólogo, ella realiza una defensa sociocultural y filosófica del sexo femenino, recorre brevemente la historia de la mujer y describe su condición inferior a partir de una creencia cultural heredada, a lo largo de los siglos, frente a la condición masculina que se apodera del discurso de superioridad e impone la sumisión femenina. También destaca Bazán de Cámara el hecho de que la antología sea seleccionada y ordenada por dos hombres es de gran importancia psicológica, y que cobra valor simbólico en el campo intelectual. Lo cierto es que la selección ―realizada en orden alfabético, imposibilitando apreciar su evolución cronológica y generacional―, fue realizada con una mirada masculina que resulta condicionante y colabora con la educación sentimental tradicional inculcada a las mujeres. Si bien Rosa Bazán de Cámara realiza un estudio literario y psicológico de la mujer hasta ese momento histórico y de manera académica, no puede evitar utilizar en varias ocasiones la palabra poetisa, concepto impuesto por el orden masculino y que responde a determinadas características esperables (mujer suave, delicada, inspirada, prudente, volátil, obediente), como si allí no existiera un lugar de discusión y se sobreentendiera la supremacía del poeta sobre la poetisa.

Si analizamos los poemas y las biografías de las diferentes autoras que componen el volumen, comprobaremos que hay desde temáticas que se repiten hasta rangos sociales, profesiones y espacios de validación impuestos al sujeto femenino. Mayoritariamente, en tono romántico e intimista, los poemas nos hablarán del amor, de su presencia y de su ausencia; nos contarán la soledad, el dolor, la tristeza, la muerte; buscarán aquello que está oculto, lo revelarán, se mostrarán devotos y consecuentes con la fe católica. En muchos casos, el ‘yo poético’ será un sujeto paciente que quedará librado a su destino. Esto se debe a que lo correcto y esperado es abordar estas temáticas y a que la calidad de los poemas ha quedado en un segundo plano, a la hora de realizar la selección. Hasta podemos afirmar que los poemas en sí resultan anecdóticos. Aquellos lectores que no hablaban ni hablan el idioma francés quedan excluidos de los poemas de María Isabel Biedma y Delfina Bunge de Gálvez, los cuales no poseen traducción ya que “las composiciones en francés, las hemos aceptado en su idioma original como una expresión de la cultura femenina argentina, para no someterlas a traducciones que, por autorizadas que sean, no siempre consiguen reflejarlas en toda su belleza”, según dice el prólogo del libro. Sin duda, hay un peso sociocultural en la selección realizada, donde el veinticinco por ciento de las poetas firman con el apellido de sus maridos y pertenecen a la clase dominante. A grandes rasgos, la profesión ejercida mayoritariamente es el magisterio o bien tienen una destacada presencia social, donde las tertulias literarias son grandes acontecimientos y la declamación parece ser el arte femenino por antonomasia. Los medios de validación literaria recurrentes son las revistas Caras & Caretas, El Hogar, Fray Mocho, y los diarios La Nación, La Razón, Criterio y La Prensa, habiendo otros, pero siendo estos decisivos para que las diferentes voces sean consideradas en el medio literario, vale subrayar que todas estas publicaciones eran dirigidas por hombres.

También debemos considerar que los antologadores se preocuparon por incluir voces de algunas provincias argentinas, aunque la mayoría son de Buenos Aires, y realizaron las salvedades por omisión. Por otra parte, cabe destacar la presencia de Alfonsina Storni, inevitable en toda antología de poesía femenina y con textos como “Tú me quieres blanca”, poema en el cual las mujeres de todos los tiempos se han identificado como respuesta y pedido de igualdad ante la demanda masculina tradicional de pureza y castidad. Lo cierto es que este texto ha funcionado, cual heroína trágica griega durante varias décadas, en donde las mujeres se han sentido contenidas por el discurso que expresa, ya que traduce lo que piensan y propone la igualdad de géneros, aunque dicha situación no suceda en la práctica.

La poesía femenina argentina tres décadas después

Hacia 1965, Ediciones Culturales Argentinas publica una Selección poética femenina que fue de gran importancia, ya que la editorial dependía del Ministerio de Cultura y Justicia y concretaba sus ediciones a través de la Subsecretaría de Cultura. En su fondo editorial tenía específicamente la Colección Antologías, por lo que entendemos una actitud canonizante en relación con sus publicaciones, con la capacidad de estar anclada en el centro de la cultura oficial, y además por disponer de medios y herramientas de difusión, no solo en el país, sino también en el extranjero.

El trabajo fue encomendado a Marta Giménez Pastor y a José Daniel Viacaya. La primera, en ese momento, tenía cuatro libros de poemas editados y en 1967 comenzó a publicar textos de literatura infantil, llegando a ganar, en 1994, el Premio Nacional en ese género. Viacaya ―según biografías consultadas― incursionó en el periodismo, en la poesía y en el teatro, pero hasta la fecha no se encontraron registros de publicaciones propias.

Aquí también aparecen dos antologadores, uno de ellos mujer, lo cual es significativo, pues se supone que ha tomado decisiones, ha contribuido a la escritura de su presentación, ha opinado, ha sido escuchada, ha debatido en su confección.

El prólogo aparece sin firmar, pero se sobreentiende que ambos antologadores son los responsables y allí estipulan su intención y sus criterios de selección. Relatan que ese proyecto fue ideado diez años antes y que recién en ese momento lo pudieron concretar. De manera retórica se preguntan si el solo hecho de ser poesía escrita por mujeres justifica la edición y afirman:

Naturalmente, no. Otras razones reclamaban, y no poco, la atención sobre sus valores. No eran sus méritos formales, su originalidad o destreza lo que más sorprendía en esa poesía. En un hondo y a veces oculto estrato estaban emparentadas sus más variadas manifestaciones; una actitud de lucidez frente a las circunstancias que vivía el país era lo que con cierta obstinación podía caracterizar a esa poesía. La mujer, en esas circunstancias, a través de la poesía, tomó partido, se comprometió, en muy distintos frentes […][3].

El prólogo pone especial énfasis en el discurso de las diferentes voces y en las propuestas estéticas. Ya no alcanza con describir sensaciones o emociones propias del sentir femenino, sino que hay ideas, reflexiones, propuestas sobre la realidad desde un alto grado de subjetividad. Las biografías de las autoras se limitan a mencionar libros publicados y premios obtenidos, situándose de esta manera en el espacio exclusivamente literario. Sus profesiones, sus amigos o sus viajes por el mundo ya no aseguran el respeto literario. Podemos encontrar a más de una poeta que ha trascendido su tiempo, como Olga Orozco, Susana Thénon, Juana Bignozzi, Alejandra Pizarnik, María Elena Walsh, entre otras. Se afirma en el prólogo que ―en un principio― el proyecto era realizar una “antología total de la poesía femenina argentina”, pero que por no ponerse de acuerdo en qué período abarcar o por no encontrar constantes originales de una poesía femenina en el pasado, ya que los diferentes estudios existentes hasta ese momento destacaban a ciertas figuras de la lírica femenina por un afán documental, más ligado con la historia que con la calidad, desvirtuaban sus intenciones. No deseaban demostrar que había una poesía femenina argentina de valor perdurable ni tampoco dar cuenta de la participación de la mujer en el devenir cultural. Se eligió ese recorte por considerar que la poesía de esas dos décadas fue el momento más intenso de la poesía femenina argentina. Por este motivo decidieron llamarla “selección”, lo cual pone de manifiesto la manipulación del recorte.

Entre las cincuenta y seis poetas seleccionadas, solo el siete por ciento utiliza el apellido de casada y podemos encontrar desde una poesía intimista hasta otra universal, con temáticas que abordan desde lo cotidiano hasta lo espiritual, pasando por el cuerpo y el género.

Si bien el volumen resulta en apariencia construido con criterio histórico objetivo, la manipulación de la selección se pone en evidencia cuando comprobamos que la antologadora, Marta Giménez Pastor, se incluye en la selección. Y esto abre las puertas del debate y merece un análisis particular: ¿el antologador, si es poeta, debe incluirse en la antología? Según nuestro criterio personal, no. Por esta razón, aquí es donde el trabajo muestra su fisura y revela el gusto personal de quien no pudo evitar caer en la tentación humana de la figuración.

Prestigio social vs. prestigio literario

Entre la primera antología de poesía femenina argentina y la selección poética femenina existen tres décadas de diferencia. Es notable cómo ambos volúmenes nos presentan una fotografía de lo femenino en un acontecer político, social y cultural, atendiendo cada cual a sus épocas.

Mientras que la antología de 1930 responde a una selección ambiciosa ―si no pretenciosa― donde el criterio estético no es tenido en cuenta, la de 1965 se posiciona en el criterio estético como pilar fundamental para su confección. Esto sucede porque cuando se realizó la primera, las autoras poseían un brillo social en su lugar de pertenencia, cuyas dotes no solo consistían en ser poetisas, sino que también se especializaban en declamación, eran maestras y tocaban algún instrumento musical. Por el contrario, ya en los 60, las mujeres trabajan y son respetadas por su intelecto. Escritoras y periodistas, intentan vivir de su literatura y muchas lo pueden hacer, como Olga Orozco, Alejandra Pizarnik y María Elena Walsh.

Ninguna de las dos antologías fue confeccionada con criterio histórico objetivo. En ambas predomina el gusto personal y ciertas políticas que solo pueden ser entendidas en su propio contexto histórico. En la primera antología tiene más peso el autor como personaje, donde cada producción, halagada por el círculo íntimo, es nada más una muestra de lo que estas mujeres son en su esencia y pueden ofrecer. Que escriban poesía es un valor agregado al personaje en sí, un condimento, porque el peso está puesto en su lugar de pertenencia, en su linaje, en las amistades que poseen y en el poder económico que manejan. En la segunda antología, la calidad de los poemas está por encima de las autoras como personajes, aunque muchas de las incluidas influyen directamente en los medios de comunicación y en las editoriales. La mayoría proviene de familias de clase media y supo posicionarse en el medio literario gracias a su calidad.

Y más allá de estas reflexiones, lo cierto es que de la primera antología solo han sobrevivido muy pocos nombres de las noventa y cinco poetas seleccionadas, mientras que la realizada por Ediciones Culturales Argentinas está conformada por muchas poetas que hoy se leen con total vigencia.

Queda preguntarnos si el hecho de proyectar y concretar antologías de género es positivo para el género en sí, o, por el contrario, no es crear un sistema de exclusión.

La antología poética escolar: políticas editoriales y políticas de lectura 1976/1982

La realización de antologías poéticas escolares tiene como fin la formación de lectores en el espacio áulico. El texto escrito es un constructor de subjetividades y dichas antologías cumplen con la función de transmitir a aquellos autores oficialmente válidos, por lo tanto es un instrumento de ese objetivo específico, que establece una comunicación unidireccional entre su antologador y su lector, de manera canonizante.

En el contexto de la dictadura militar, las antologías poéticas escolares elegidas se sumaron a los dispositivos establecidos y, además, intentaron realizar una propuesta original y diferente, gesto más que valorable en un momento histórico donde la censura y secuestro de las ediciones, como así también la desaparición de personas seguida de muerte, formaban parte de la cotidianeidad argentina.

La antología poética escolar de 1976

En 1976, Editorial Kapelusz publica la Antología de la poesía argentina. Siglos XIX y XX, reeditada por última vez en 1980. Esta editorial fue fundada por Adolfo Kapelusz en 1905, quien abrió primero una librería en Chacabuco 355 y al poco tiempo comenzó a funcionar como editorial de libros para su uso escolar. Su fundador muere en 1947 y se hace cargo de la editorial Jorge Kapelusz, su hijo, quien continuó con la labor de su padre y convirtió la editorial en una gran empresa, cuyas publicaciones se convirtieron en libros clásicos, frecuentados en toda Hispanoamérica por muchas generaciones de docentes y alumnos. En 1994, la editorial fue vendida al Grupo Carvajal, absorbiéndola la Editorial Tesis/Norma.

La Antología de la poesía argentina. Siglos XIX y XX fue encargada a María Eugenia Crogliano. En su presentación se aclara que la “Selección, estudio preliminar y notas” son “de María Eugenia Crogliano”. Al final del estudio aparece una “Noticia sobre la anotadora”, quitándole así la importancia que merece su trabajo, indicado al comienzo de la publicación. De ella se nos informará que egresó de la UBA como Profesora y Licenciada, que ejerció la docencia en el Colegio Nacional Buenos Aires y que participó en cursos de posgrado en la universidad donde estudió. Y lo cierto es que Crogliano ha publicado diferentes libros de investigación en letras clásicas y en literatura argentina, por lo que la docencia y la confección de libros para tal fin se sostuvieron a lo largo del tiempo.

Los criterios de selección están bien definidos y fundamentados al final del estudio preliminar. Se prefiere seguir un orden cronológico de los autores, eligiendo aquellos que Crogliano considera más representativos de cada generación o movimiento, además de elegir textos que no aparezcan usualmente en otras antologías. Por otra parte, se deja en claro que el mayor interés a la hora de confeccionarla, es que estén representadas todas las alternativas dentro del amplio espectro de posibilidades. Es así que se verá representada la poesía folclórica, la poesía lunfarda, el tango, la poesía de temática judía y la poesía del interior, junto a la poesía ya validada por los críticos.

Los poetas seleccionados son cincuenta y tres, de los cuales diez pertenecen al siglo XIX, y entre esos diez hay un autor anónimo. Los cuarenta y tres restantes pertenecen al siglo XX, forman parte de este grupo cuatro mujeres, que representan el siete por ciento de la totalidad: Alfonsina Storni, Olga Orozco, María Elena Walsh y Alejandra Pizarnik.

Se trata de una selección amplia y diversa, donde no faltan poetas sociales (Evaristo Carriego, Luis Franco), peronistas (León Benarós, Leopoldo Marechal), de derecha (Alberto Girri), como así también de diferentes tendencias poéticas. Encontramos autores de corte surrealista (Edgar Bayley), de corte filosófico (Roberto Juarroz), metafísicos (Olga Orozco), gauchescos (Estanislao del Campo), populares (María Elena Walsh) y cultos (Juan Rodolfo Wilcock).

La antología escolar de 1982

En 1982 la Editorial Colihue encarga a Delfina Muschietti la confección de una antología poética llamada Poesía argentina del siglo XX, para su uso en el espacio escolar. En ninguna parte del texto aparecen los criterios de selección (la elección de los diferentes autores, el recorte realizado) como así tampoco un prólogo de autor. El volumen comienza con un modelo de presentación que figuraba en todos los volúmenes, llamada “Qué nos proponemos” y fue realizada por Herminia Petruzzi de Díaz, directora de la “Colección literaria Leer y Crear ― con propuestas para el acercamiento a la literatura”, que refleja la intención por parte de la editorial sobre los volúmenes que fueron publicando. Inmediatamente, aparece un estudio sobre los diferentes movimientos poéticos y después, la antología. Por ese entonces, Delfina Muschietti era muy joven y no hay datos sobre su actividad literaria antes de 1993, según las diferentes biografías consultadas, como si no hubiera realizado ninguna actividad en el campo literario. La elección de dicha antologadora por parte de la editorial no se debió a su trayectoria en el campo de las letras. La única referencia que hay sobre su autora es que “Selección, introducción, notas y propuestas de trabajo” estuvieron a cargo de la “Profesora Delfina Muschietti”. En la contratapa dice sobre la selección: “Los movimientos literarios y las posturas fundamentales y núcleos semánticos más significativos de nuestra poesía han orientado esta selección, que se inicia con L. Lugones y llega hasta la época actual”.

Los autores seleccionados son veintitrés, de los cuales tres son mujeres, lo que representa el trece por ciento de la totalidad. Coincide en muchos autores con la selección realizada por María Eugenia Crogliano, pero aporta a Celedonio Flores como novedad. En esta selección podemos apreciar la inclusión de autores de raíz popular (Alfonsina Storni), letristas (Homero Manzi), autores de ideologías de izquierda (Atahualpa Yupanqui), contrarias al régimen imperante y también de lineamiento filosófico (Roberto Juarroz).

Esta antología fue reeditada por última vez en 1992, cumpliendo de esta manera diez años de presencia en la transmisión de los autores elegidos por Delfina Muschietti.

Entre la mirada personal y la mirada imparcial

Para comprender la antología poética como tal, es necesario tener en cuenta a su autor y además el contexto en el cual fue construido dicho artefacto. La subjetividad del autor y su intento de canonización son factibles de detectar a partir de la elección de los poetas, como así también el porqué de la selección por las antologadoras y la confección de las antologías. El motivo principal fue que se trataba de profesoras de literatura que trabajaban en la escuela media y conocían el espacio para el cual estaban realizando las antologías.

Ambas antologías poseen criterio histórico objetivo. Tienen en cuenta el esquema de las generaciones literarias planteadas por Ortega y Gasset, aunque en el caso de la antología de Delfina Muschietti presenta la ausencia de marcas que indiquen los motivos de selección. No obstante, ambas dan a entender que se rigen por parámetros centrales de la poesía argentina y, al mismo tiempo, incluyen poetas no convencionales como gesto de distinción.

Condicionadas por la situación de época, estas selecciones fueron ―con seguridad―realizadas de manera cuidadosa, ya que fueron publicadas por editoriales de alta visibilidad en el mercado. Interpretamos que la no inclusión de Miguel Ángel Bustos (desaparecido el 30 de mayo de 1976) ni de Francisco Urondo (desaparecido el 17 de junio de 1976) responde a una autocensura, tema que será tratado en el futuro y que requiere un tratamiento particular.

Subjetividad y canon en las antologías poéticas argentinas de la década del ’80

Lejos del materialismo histórico positivista que hacia fines del siglo XIX y principios del XX suponía un culto a la objetividad, y que en los años 60 con el estructuralismo tuvo una reactualización e intento de desarrollo hasta la dictadura militar, las antologías poéticas argentinas de la década del 80 presentan marcas de subjetividad que revelan los dispositivos, al decir de Foucault[4], y el campo literario y de poder, según Bourdieu[5], con los cuales se han construido de manera deliberada.

José Luis de Diego[6] realiza una descripción precisa de las políticas editoriales y de lectura en la Argentina, reflejando así el auge de las editoriales en la década del 60, gracias al boom latinoamericano, el lanzamiento de Eudeba en 1958 y del Centro Editor de América Latina a fines de 1966 y años más tarde, la aparición de la editorial Siglo XXI. Sobre la década del 70 nos relata:

En el ’75 todo parece desmoronarse. La brusca devaluación de la moneda y la inestable y violenta situación política desemboca en el golpe militar de marzo de 1976. La historia posterior es tristemente célebre: la clausura de Siglo XXI el 2 de abril del 76; las presiones y las clausuras que soportó el Centro Editor desde que en Bahía Blanca el general Acdel Vilas afirmó que era “claramente subversivo”; la irrupción de un destacamento al mando del teniente primero Xifra en las oficinas de Eudeba el 26 de febrero de 1977; la detención de Daniel Divinsky, director de Ediciones de la Flor. Quemas de libros, secuestros de ediciones, censura y autocensura, persecución, detención y desaparición de autores y editores. Mucho tiempo y conflictos varios llevará recomponer el campo intelectual fracturado entre los autores que se quedaron en el país y los que sufrieron el exilio. Las editoriales, en tanto, solo procuraban sobrevivir[7].

Es así que nos encontramos a principios de la década del 80 todavía bajo la dictadura militar, con un panorama poco alentador en relación a políticas editoriales y lejos de la democracia. En este contexto, las antologías poéticas elegidas aparecieron, ya sumándose a los dispositivos establecidos, ya realizando una propuesta diferente y original, gracias a su escasa visibilización.

La antología canónica y subjetiva de los 80

En 1981, la editorial Aguilar publica la Antología esencial de la poesía argentina (1900-1980), cuya confección fue encargada al poeta Horacio Armani, convirtiéndose la misma en una antología de referencia. Esta editorial, con casa central en España y sedes en México y Argentina, actualmente forma parte del grupo Santillana. Y decide publicar dicho trabajo en su colección “Ensayistas hispánicos”, dándole así desde la editorial una categoría crítica de importancia.

Dice su contratapa:

El cuadro histórico contenido en el prólogo y la esmerada realización de las presentaciones bio-bibliográficas de cada autor, avaladas siempre por un juicio sensato y certero, contribuyen a aumentar los méritos de esta realización singular dentro del panorama literario argentino.

Pero lo cierto es que dicho enunciado por parte de la editorial, al mismo tiempo es motivo de discusión a la hora de analizar las afirmaciones y juicios críticos por parte de su autor. Esta validación que hace la editorial de Horacio Armani se debe a que este dirigió, entre 1958 y 1990, la sección bibliográfica del Suplemento Cultural del diario La Nación, centro de la cultura de élite, por lo que su ubicación central en el campo literario fue fundamental para manejar el capital simbólico que poseía debido a su posición.

La antología está compuesta por veintisiete poetas, de los cuales solo tres son mujeres, lo que representa el nueve por ciento de la totalidad. Los autores seleccionados son: Leopoldo Lugones, Baldomero Fernández Moreno, Enrique Banchs, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni, Ezequiel Martínez Estrada, Juan L. Ortiz, Conrado Nalé Roxlo, Ricardo Molinari, Horacio Rega Molina, Jorge Luis Borges, José Pedroni, José González Carbalho, Leopoldo Marechal, Eduardo González Lanuza, Francisco Luis Bernárdez, Carlos Mastronardi, Vicente Barbieri, Francisco López Merino, Raúl González Tuñón, Enrique Molina, Manuel J. Castilla, Juan Rodolfo Wilcock, Alberto Girri, Olga Orozco, H. A. Murena y Alejandra Pizarnik. Al tomar un recorte de ochenta años, la antología compuesta de ese modo resulta insuficiente, ya que deja de lado demasiados poetas representativos de otros estratos sociales o líneas ideológicas. Su construcción está realizada a partir de los movimientos que Horacio Armani reconoce: 1) modernismo y posmodernismo; 2) ultraísmo y martinfierrismo; 3) la promoción del 40; 4) invencionismo y surrealismo; 5) a partir de 1960. Ignora en su totalidad al Grupo Boedo, dejando así una marca ideológica y desconociendo a poetas como Nicolás Olivari o Álvaro Yunque. También es necesario destacar que, al ordenar su estructura sobre la base de movimientos, sigue la teoría de las generaciones literarias elaboradas por Ortega y Gasset, de esta manera respeta los veinte años de perspectiva histórica que la misma promueve.

La subjetividad la encontramos ya desde su título. Nombrarla “esencial” es calificarla de fundamental, indispensable, imprescindible y necesaria. Por esta razón, no es de extrañar afirmaciones en su prólogo como:

No será inédito decir que nuestra poesía puede jactarse de poseer un número suficientemente elevado de figuras cuya diversidad abarca la frecuentación de las más distintas escuelas. Pero se nota en ella la ausencia de un gran creador que con mayor felicidad tuvieron Chile, con Neruda; Perú, con Vallejo, o Nicaragua con Rubén Darío.

Afirmación discutible si consideramos, por ejemplo, a Jorge Luis Borges, o a Olga Orozco; de ella afirma en su bio-bibliografía que la poeta “suele caer en atmósferas donde priva la inventiva y en versos, y aún en poemas íntegros, que orillan una retórica verbal e imaginista de sugestión aparente”. Si tomamos este enunciado, interpretamos que si la sugestión “es aparente” se debe a que, en realidad, para Horacio Armani no hay sugestión en la poesía de Olga Orozco, afirmación que descalifica tal poesía.

El prólogo concluye con las debidas explicaciones sobre las ausencias: la no inclusión de autores de letras de tango y aforismos, por no considerarlos poetas.

Una antología del margen

En 1981, la Editorial Plus Ultra publica Poesía de un tiempo indigente. La compilación y coordinación fue realizada por Luis Alberto Ballester, Rogelio Bazán y Carlos Velazco. La introducción crítica de dicho volumen fue realizada por Guillermo Ara.

Dicha editorial surgió primero como una librería situada en Av. Callao al 500 y a principios de los 70 comenzó a editar libros, desapareciendo a fines de la década de los 90. Nunca logró posicionarse de manera competitiva en el mercado, pero se la conoció como una gran editora de libros destinados a las escuelas, aunque abarcaba un amplio espectro editorial.

La antología resulta interesante por los motivos de su concepción. En primer lugar, según reza su contratapa:

es un homenaje a Luis de Paola y Arturo Horacio Ghida, los dos poetas que abren la selección, excluidos respetuosamente del orden alfabético que nuclea al resto de los integrantes. Homenaje que representa para los compiladores el honroso sentido de rescatar los valores poéticos de De Paola y Ghida, y que rinden, como lo señala en el prólogo Guillermo Ara, una obra silenciosa y tenaz,

haciendo de esta manera una manipulación del texto hasta tal punto que los mismos antologadores se incluyen en la selección. En segundo lugar, desea revelar un aspecto de la poesía argentina contemporánea que no es tenido en cuenta por otros antologadores a la hora de realizar las diferentes selecciones. No pretende instalarse como una gran antología ni desea formar lectores en el espacio escolar. Su misión es informar sobre otros poetas que existen y que ―por campo de poder o por dispositivos imperantes― no acceden a los espacios de validación.

Su título se debe a un epígrafe de Heidegger que abre la antología: “La muerte se elude hacia lo enigmático. El misterio del dolor sigue encubierto. No se aprende el amor. Mas los mortales son. Son mientras sea el lenguaje. Todavía mora el cántico sobre la tierra indigente”. Tal vez, en forma simbólica, el epígrafe capta un aire de época, donde la muerte está presente con la dictadura militar y la Argentina es esa tierra indigente que reza el epígrafe. Si bien la contratapa del volumen habla sobre la antología, se limita a decir que su título es “sugestivo” y que los nombres incluidos “tienen la particularidad de mostrar la amplia gama de estilos y constituyen una palpitante muestra de la poesía actual, cuyo lenguaje revela al lector que todavía, como lo postula Heidegger, ‘mora el cántico sobre la tierra indigente’”.

La selección consta de veintidós poetas argentinos, siendo tres mujeres la que conforman el volumen: Graciela Maturo, Flor Schapira Fridman y Paulina Vinderman.

El recorte que se realiza va desde poetas del 40 hasta poetas del 70, aproximándose en el tiempo, de esta manera, al año de su impresión. Los poetas seleccionados son: Luis de Paola, Arturo Horacio Ghida, Héctor Miguel Ángeli, Julio Arístides, Luis Alberto Ballester, Rogelio Bazán, Jorge Calvetti, Juan García Gayo, Graciela Maturo, Carlos Alberto Merlino, Rafael Felipe Oteriño, Jorge Andrés Paita, Edgar Podestá, Antonio Requeni, Gustavo Schaffer, Flor Schapira Fridman, Raúl Vera Ocampo, Carlos Velazco, Oscar Hermes Villordo, Paulina Vinderman, Miguel Ángel Viola y Jorge Zunino.

Si bien la antología se focaliza en poetas del 50 hasta el 70, incluye a Jorge Calvetti, representante de la poesía del 40, pero su origen lo encontramos en el grupo La Carpa, en Tucumán, lejos del neorromanticismo imperante en esa década y comprometido con el paisaje y la idiosincrasia del país interior.

Muchos de los poetas que conforman este volumen no figuran en volúmenes posteriores, pero también otros han quedado en la poesía argentina como Jorge Calvetti, Antonio Requeni, Héctor Miguel Ángeli, Rafael Felipe Oteriño, Raúl Vera Ocampo y Paulina Vinderman.

Dispositivo y campo literario y de poder

La subjetividad es evidente en los textos a la hora de analizar sus construcciones. Dicha subjetividad es posible detectarla ya en las opiniones críticas sobre su recorte, ya sobre los autores seleccionados, como así también el motivo por el cual se les ha encargado a sus autores la confección.

La antología de Armani está condicionada por la situación de época en la cual le ha tocado confeccionarla, mientras que la de Ballester, Bazán y Velazco no presenta dicho condicionamiento. Tal vez esto se deba a que la primera fue publicada por una editorial de alta visibilidad, mientras que la última no tuvo visibilidad en el momento de su publicación, y por este motivo pudo realizar las diferentes manipulaciones en el producto.

Tanto dispositivo como campo literario y de poder, en menor o mayor medida, influyeron a la hora de la confección de las dos antologías. La diferencia entre ambas es que no alcanza con realizar gestos canónicos, sino que los mismos son efectivos en relación a sus contextos. No podemos evadirnos de estos conceptos; y de la contrastación de dichos volúmenes surge la inquietud de cómo evolucionaron los dispositivos imperantes a lo largo de esta década con sus respectiva posición dominante y capital simbólico. Para poder analizar dicha evolución, es necesario contrastar antologías que se sitúen entre ellas a varios años de distancia para así apreciar la evolución de las políticas editoriales.

200 años de poesía argentina – Políticas del canon: entre el gusto personal y el gusto universal

200 años de poesía argentina es una antología publicada por la editorial Alfaguara con motivo del Bicentenario argentino. Si la tenemos que ubicar, según la clasificación que realiza Reyes, deberíamos situarla en el punto medio de las dos posibilidades que ofrece. Porque, por un lado, se pone en evidencia el gusto personal del antologador y, por el otro, la selección realizada posee un sentido histórico que abarca desde Vicente López y Planes con su “Marcha patriótica” hasta Laura Klein, que pertenece a la promoción de los 80, ya en el siglo XX. El orden de los poetas es cronológico, según el año de nacimiento, y desde el prólogo se nos anuncia que no hay intención de “hacer aquí una entrada de enciclopedia sobre la poesía argentina”[8]. Por tal razón no se mencionan los movimientos y/o grupos a los cuales los poetas pertenecen.

El primer problema que se advierte es que el título de dicho proyecto no describe con verdad lo que ofrece. Si bien resulta ambicioso y abarcador, los doscientos años de poesía propuestos desde su tapa, no son tales. Fueron seleccionados los poetas que nacieron hasta 1959, quedando afuera del conjunto la poesía de los 90. Y es aquí donde se percibe un doble discurso contradictorio en el corpus, que luego se extenderá a lo largo de toda la antología: el discurso del campo editorial que expresa afirmaciones categóricas sobre lo que el lector leerá y el discurso del antologador que realiza las salvedades necesarias ―de manera ambigua― sobre el trabajo realizado. Entonces no es de extrañar su presuntuosa aparición en el mercado en contraste con su tenue repercusión y su imposibilidad para posicionarse como antología canónica, según el deseo editorial.

En la contratapa sin firma, la editorial anuncia:

200 años de poesía argentina es una antología en la que el lector hallará en un solo tomo a nuestros poetas: los grandes precursores del siglo XIX; los maestros del siglo XX y el numeroso grupo que conforma el nuevo canon que se prolonga hasta el siglo XXI.

Esta afirmación por parte de la editorial contrasta con la introducción que realiza Jorge Monteleone. En ella su autor nos informa:

Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No solo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección.

Entonces, ¿cuál de los dos discursos se debe tener en cuenta? ¿Al que nos informa que “el lector hallará en un solo tomo a nuestros poetas”, significando que allí se encuentra la totalidad de los poetas argentinos? ¿O al que nos aclara que “hay poetas que no están, que deberían haberse incluido”?

Si se presta atención al discurso del antologador, desde el principio aclara que: 1) la antología de la cual es autor no se trata de una edición erudita, pero que sí fueron eruditos los criterios utilizados; 2) una antología solo puede ser compensada por otra antología, que estará construida por nuevos vacíos; 3) un canon se escribe de dos formas: en el mármol y en el agua. El escrito en el mármol pertenece al monumento, indica permanencia, memoria y fundamento; corresponde a la educación, transmitido como continuidad cultural; formará parte de la tradición y es colectivo. El que está escrito en el agua fluye, se modifica, se transforma. La crítica literaria escribe con ambos.

Siguiendo la línea de estas metáforas sobre cómo se escribe el canon, se puede agregar que también en los 200 años de poesía argentina el canon está escrito ‘en el aire’ y ‘con humo’. Y esto se debe a distintas operatorias que no pudieron ser salvadas desde la ambigüedad del discurso. La no erudición y la erudición predicadas en la introducción a la antología no son suficientes como justificación, pero sí convenientes, porque resultan cómodas para el antologador a la hora de disculparse por las ausencias. Y, precisamente, colocamos a las mismas en el ‘canon del aire’, autores que deberían estar presentes y para cuya omisión no hay una razón lo suficientemente valedera. Nombres como Juan Carlos Dávalos, de Salta; Álvaro Yunque, de La Plata; María Adela Agudo, de Santiago del Estero; Norah Lange, de Buenos Aires; Libertad Demitrópulos, de Jujuy; Héctor Miguel Ángeli, de Buenos Aires; Edgar Morisoli, de La Pampa; Jorge Paolantonio, de Catamarca; Raúl Vera Ocampo, de La Rioja, y otros tantos más, forman parte de este “canon del aire”. ¿Cuáles son los motivos por los cuales no se incluye en la antología a Juan Carlos Dávalos, poeta ineludible de Salta, y sí a su hijo, Jaime Dávalos? ¿Por qué no está presente Álvaro Yunque con su poesía socialista?

Por otra parte, podemos apreciar que en la selección realizada se encuentra Julio Cortázar, uno de los escritores más innovadores de su tiempo en el género narrativo, pero que en el género lírico no dejó una impronta marcada en la poesía argentina, no formó parte de ninguna generación y/o promoción poética, no fue tenido en cuenta como poeta, aunque su poesía ―en los últimos años― es motivo de interés y estudio. Al mismo tiempo, se detecta la ausencia de Norah Lange y de Libertad Demitrópulos, ambas escritoras que se destacaron en narrativa. Sin embargo, las dos comenzaron escribiendo poesía, formando parte de varias antologías poéticas[9].

Una posible respuesta a estas preguntas que intentan dilucidar el problema que presenta este canon poético propuesto es que 200 años de poesía argentina se configura como una antología de gusto personal, más que de criterio científico objetivo. En este punto es donde se hacen evidentes las distintas operaciones realizadas sobre el canon. La construcción discursiva realizada por Jorge Monteleone lo manifiesta como creador, ya que la ambigüedad de los criterios aplicados para la selección resulta propicia para tales fines. Y si bien los criterios formales son presentados como exhaustivos, también el antologador ha realizado modificaciones sobre los textos originales, en cuanto a lo formal:

Muchos poemas aparecen sin título en los libros originales, en esos casos, el diseño de esta edición no permitía determinar con claridad dónde terminaba un poema y empezaba otro. Así, para evitar confusiones, se ha utilizado como título el primer verso seguido de puntos suspensivos, criterio que se usa también en el índice (…)[10].

Este procedimiento, que es descrito como metodología de clasificación y ordenamiento, revela al antologador como autor. “Titulando” los poemas, realiza su acto de creación. Y esta operatoria también se ve reflejada en el canon que hemos de llamar ‘escrito con humo’.

Por un lado, la antología está conformada por poetas de indudable presencia en el panorama de la poesía argentina del siglo XIX y del XX. También se ha detectado una serie de voces que forman parte del ‘canon del agua’ y que, dentro de esta variable y perspectiva, encontramos a un grupo a los que consideramos ‘escritos con humo’, de presencia breve en el campo literario, con pocos libros publicados; algunos de ellos aparecen por primera vez en una antología poética. Son conocidos en ciertos círculos literarios, pero sus obras no repercuten en los pares, no son citados por ellos, no presentan una permanencia en el medio literario ni tampoco una constancia, a lo largo del tiempo, en sus producciones. No se trata de escritores marginales que resisten en sus trincheras poéticas con una forma no usual o un sentido distinto del mundo, sino de escritores que han intentado posicionarse en el panorama literario y no alcanzaron sus metas.

¿Será tal vez que en el afán por mostrar distintas manifestaciones poéticas, estéticas y diferentes posturas, prevaleció la idea de muestra sobre la idea de selección? Y si esto fuera cierto, ¿cuáles son los motivos para olvidar a poetas que la tradición nos ha legado? ¿Será una forma de escribir un nuevo canon en el espacio poético argentino, con mirada sincrónica sobre el acontecer poético contemporáneo, revelando así al autor?

Más allá de toda especulación, quedan abiertas las puertas del debate sobre este tema que siempre será fuente de preguntas, porque toda propuesta sobre canon es insuficiente, ya sea desde la conformación de un canon nacional que abarque las múltiples miradas poéticas posibles, ya desde un canon que intente aproximarse a la idea de la objetividad. Con un discurso ambiguo juega con la erudición y la no erudición. Se muestra erudita para dar fe de criterios serios y responsables, pero también presenta falencias que se verían justificadas por la no erudición del trabajo. Este juego de posicionamiento ante el objeto de estudio es conveniente para así justificar las ausencias presentes a simple vista y también aquellas voces que no llevan atrás una tradición o buena recepción en el campo literario argentino. Sobre la base de un canon “de mármol” y “de agua” aparece un nuevo canon “de aire, escrito “con humo”. Y esto sucede porque los criterios de selección no fueron lo suficientemente claros y, por lo tanto, no han quedado establecidos.

A manera de conclusión

Tanto las antologías de género, las escolares, como aquellas que han marcado una época, o que pretenden instalar un canon tradicional, son la prueba más fehaciente de las diferentes manipulaciones que realizan sus autores, ya desde lo que es el trabajo del antologador, como también el trabajo de editor.

Es imposible pensar una antología sin subjetividad ni canon. Estos conceptos están adheridos a su cuerpo como un sello que convierte este tipo textual en un género en particular. Por tanto, los cuatro ejes sobre los cuales se ha construido la visión que acabamos de ofrecer responde a diferentes miradas sobre un hecho puntual y que da la bienvenida a una pluralidad de voces para el intercambio de ideas, impresiones y certezas.

La cuestión de género y su tratamiento a lo largo del tiempo es un hecho real que a pesar del paso del tiempo y de la actualidad que vela por igualdad de condiciones y oportunidades, sigue manteniendo un porcentaje mínimo en relación a lo masculino que se impone, a pesar de que resulta mayor la cantidad de mujeres que escriben en nuestro país y con una producción considerable. Esto es paradojal y esencialmente representativo de la sociedad argentina.

Las antologías poéticas escolares fueron y continúan siendo formadoras del fenómeno cultural, no solo a través de políticas de lecturas y escrituras, sino también por ser pedagógicas y constructoras de un gusto personal. Por esta razón la antología escolar es crucial y un campo que, aunque muchas veces pase desapercibido, resulta un mercado codiciado por las grandes editoriales, debido a las ganancias económicas que produce, y no solo ya en el espacio de las antologías, sino en lo que se ha de llamar la literatura infanto-juvenil.

Las antologías de la década del 80 (aquellas que existen en el eje de la dictadura militar 1976-1983 y ya entrada la década para su contrastación) visibilizan o borran autores, editoriales y antologadores, como una metáfora del contexto social existente.

Ya, para los doscientos años de poesía argentina, la editorial existe por encima del antologador, el cual debe adaptarse a las exigencias de un mercado que muchas veces sacrifica calidad por la creación de un producto atractivo para la mass media.

A futuro es necesario estudiar la evolución del canon contemporáneo, sus nuevos mecanismos de funcionamiento ante las nuevas tecnologías y también los mecanismos complejos de exclusión e inclusión que presentan a simple vista, y que a lo largo del tiempo van modificando sus soportes y, por tanto, los mecanismos de construcción. Por estos motivos, esperamos que estos cuatro perfiles de la antología poética argentina sirvan de hilo de Ariadna para futuras investigaciones.

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  1. USAL.
  2. Llanes, Ricardo M. (1968). El barrio de Almagro. Cuadernos de Buenos Aires nº XXVI.
  3. Ant. cit., pp. 8-9.
  4. Foucault en Vigilar y castigar define “dispositivo” como la red que se establece entre discursos, instituciones, leyes, reglas, lo dicho y lo no dicho. Su función es estratégica y dominante, y siempre está circunscripto a relaciones de poder.
  5. Bourdieu en Las reglas del arte define “campo de poder” como espacio de relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tienen en común el poseer el capital necesario para ocupar posiciones dominantes en los diferentes campos (en el económico y especialmente en el cultural).
  6. De Diego, José Luis. “Políticas editoriales y políticas de lectura”. Disponible en: [http://goo.gl/H6cusQ].
  7. De Diego, José Luis, Ant. cit.
  8. AAVV. 200 años de poesía argentina, p. 15.
  9. Por ejemplo, Norah Lange formó parte de Antología de la poesía femenina argentina (1930), selección de Juan Carlos Maubé y Adolfo Capdevielle, prólogo de Rosa Bazán de Cámara, Buenos Aires: Impresores Ferrari Hnos., la cual fue una antología de referencia. Libertad Demitrópulos figura ―entre otras― en la antología Poesía del noroeste argentino del siglo XX, 2003, selección y prólogo de Santiago Sylvester, Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes.
  10. AAVV. 200 años de poesía argentina, p. 12.


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