5 El oficio de historiador

NK: A fines del año pasado, en 2015, usted ingresó en el Collège de France, pronunció una conferencia pública como inauguración de su cátedra sobre los poderes europeos en la modernidad temprana y reflexionó sobre lo que puede y no puede hacer la historia, y hasta cierto punto sobre los deberes del historiador en ese sentido. En esa conferencia, usted proponía que una de las obligaciones del historiador es justamente cuestionar esas identidades que se dan por sentadas y escribir la historia, como decía Walter Benjamin, como si se estuviera en un instante de peligro. Somos conscientes al mismo tiempo de que las intervenciones públicas de los historiadores tienen límites y compiten en la esfera pública con otros discursos sobre el pasado y el sobre el presente. Entonces le pediría, si fuera posible, una mínima reflexión sobre lo que puede y lo que no puede la historia.

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Patrick Boucheron en el Collège de France (2015).

PB: Evidentemente, el título mismo de esa lección inaugural –“Lo que puede la historia”– no puede ser comprendido en nuestro actual contexto de incertidumbre y de inquietud como lo que puede aún la historia. ¿Qué puede aún la historia? Aún. Quise que, a pesar de la dificultades… Era un momento muy particular. El año 2015 fue terrible en Francia y lo que era complicado para mí, se lo voy a confesar, era intentar enunciar palabras solemnes y dignas sobre ese período que se terminaba –la conferencia fue el 17 de diciembre–, con la incómoda contemporaneidad que tenía un aura de solemnidad intimidante pero feliz para mí, pues se trataba de una gran distinción, era un momento muy grato individualmente en un momento terrible a nivel colectivo. ¿Cómo hacer? ¿Cómo hacer para que esas palabras y ese momento sirvieran a otros? Es todo un tema. Mire, tengo 50 años y a mi generación, en el fondo, le enseñaron a hacer el inventario de todas sus impotencias. De todo lo que no era posible: no se puede hacer más eso, no se puede decir más eso, no se puede pensar más eso, no se puede esperar más eso, no se puede filmar eso. No puede haber imágenes ni de esto ni de aquello. No se puede continuar así. Vemos claramente cómo esta organización de la impotencia, en particular en la vieja Europa, crea las condiciones para la omnipotencia de otras fuerzas, que no dudan sobre la legitimidad acerca de su dominación. En el plano político, este es el diagnóstico. ¿Cómo organizar las fuerzas del pensamiento crítico? Sin duda, no se logrará subiéndose a un pedestal ni hablando fuerte y con vehemencia de los derechos para la historia, de lo que es la libertad para la historia. Creo que la época en la que los historiadores hablaban desde un pedestal, solemnemente, con arrogancia, y que pretendían decir lo que era verdadero y justo para una sociedad, esa época profética, al estilo Michelet, se ha terminado. Y no me quejo. Trabajar para no tener nostalgia de un pasado que no hemos conocido no es algo sencillo en nuestra sociedad. Entonces, hay que enunciar la fragilidad de nuestras certezas, porque la historia como método trabaja en primer lugar para deconstruir, desencantar, desacralizar, y cuando algo, una identidad, una continuidad, una duración pasa por las manos de un historiador, saldrá de ella fragilizada, saldrá historizada. Pero pensemos juntos. Llevar una realidad hacia su historia, ¿es realmente fragilizarla? Si tomo, por ejemplo, la identidad francesa, que usted considera inmutable y siempre idéntica a sí misma, en realidad constituye una construcción. ¿Esto quiere decir que está destruida? No: se la devuelve a la historia, vuelve a nuestras manos y podemos decidir si utilizarla o no, hacer con ella algo o no. Entonces, esta responsabilidad de lo que puede y no puede la historia es una manera, en el fondo… ¡es la fuerza de los débiles! Es decir, afirmar la insuficiencia de la historia y, tal vez, su capacidad para volver a darnos coraje y encontrar en el pasado recursos de inteligibilidad, para no dejarnos dominar por la arrogancia del presente.



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