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Prólogo

Durante la década de 1990, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (ESCyT) en América Latina consolidaron una narrativa dominante que reprodujo una perspectiva deshistorizada, que ignoró las especificidades nacionales, que asumió que no era necesario abrir la “caja negra” de las instituciones y sus trayectorias, que consideró que el lugar asignado a la región en el orden global no era determinante. Como en un juego de ingenio, desde estas perspectivas, nada puede escribirse si no se hace el guiño aristocrático de citar a Latour o a Callon, o no se trasplanta la última categoría puesta de moda por el mainstream académico anglosajón o francés.

Episodios como la “doctrina de la seguridad nacional” durante los años sesenta, o las dictaduras cívico-militares genocidas, o décadas de desindustrialización inducida se transforman en estos esquemas bienintencionados en diagnósticos asépticos que proyectan las complejidades de las periferias sobre veredictos unidimensionales del tipo “el problema de América Latina es el modelo lineal ofertista”, o en recetas genéricas, como explica Erica Carrizo en Ciencia y tecnología en la subalternidad, “que lejos están de contribuir a establecer un marco interpretativo que encarne las características distintivas del complejo CyT nacional”.

El problema de fondo es que estos híbridos de invernadero no solo no colaboran en la construcción de una tradición local –porque dialogan en otra parte–, sino que encajan a la perfección como apéndices funcionales a la matriz que traen para la región los organismos de gobernanza global, donde la evolución densa de sectores tecnológicos o las trayectorias institucionales se cristalizan en versiones famélicas de los frondosos y exhaustivos estudios que produce masivamente la academia del centro sobre sus propios escenarios de investigación, desarrollo e innovación. Y, como corolario, los policy makers locales, formados en este ecosistema, que luego reproducen estos sesgos en sus rutinas de gestión, en los documentos de políticas públicas y en las categorías con que las codifican.

Ciencia y tecnología en la subalternidad abandona esta huella sobrepoblada y elige otro camino más arduo, más denso y, por lo tanto, original, autóctono e iluminador. Vale preguntarse, entonces: ¿cuál es la genealogía de su autora, la investigadora Erica Carrizo, que logra abrir un espacio de análisis y reflexión “externo” a los enfoques dominantes? El primer dato relevante se vincula al surgimiento de algunas islas académicas a fines de los años noventa, que fueron creando, a contramano de la tendencia consolidada, las condiciones para la emergencia de referentes con agendas disruptivas. Desde la coordinación de la maestría en Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Buenos Aires, la figura de Sara Rietti, discípula y colega de Oscar Varsavsky, fue determinante en la formación de investigadores con un pensamiento “heterodoxo”, según la propia expresión de Rietti, que jugaba con ironía a parecer moderada. Carrizo fue discípula dilecta de Rietti y, por genealogía primero y hoy por derecho propio, a juicio de quien escribe, la más aguda y original cientista social de tradición varsavskyana.

El otro dato relevante se relaciona con el ciclo de gobiernos progresistas –aproximadamente de 2002 a 2015–, que en la Argentina inicia desde los escombros un proceso de reconstrucción del Estado que debió lidiar con la interferencia de resabios de discursos y prácticas noventistas al interior de las propias redes político-burocráticas. En este contexto, desde el ámbito de las políticas de ciencia y tecnología, un primer antídoto de emergencia se buscó en la recuperación del pensamiento latinoamericano de ciencia, tecnología y desarrollo (PLACTED), cuasi invisibilizado desde la década de 1980 por la operación ideológica y cultural neoliberal.

De esta forma, el segundo dato relevante para leer este libro es saber que su autora jugó un papel protagónico en la trayectoria del Programa PLACTED, impulsado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva desde 2009, que se enfocó en la reedición de las obras de los principales referentes argentinos, en el financiamiento de investigaciones y en la organización de eventos con referentes regionales, cruciales para crear comunidad de pensamiento en tiempos de reconstrucción.

¿Qué lecciones actualiza y renueva esta genealogía? La primera, Ciencia y tecnología en la subalternidad no se desconecta del mainstream, sino que selecciona su propia caja de herramientas luego de centrar el foco en el campo de fuerzas geopolítico implícito en la noción de semiperiferia, en la historización exhaustiva de las políticas de ciencia y tecnología (CyT) en la región, a partir de su posicionamiento como subalternidad, y en la identificación de conexiones –o, en ocasiones, de su ausencia o debilidad– con el mundo de la producción y el desarrollo social, a través de lo que se teoriza como sectores económicamente estratégicos. El resultado es el desplazamiento del centro de gravedad desde los ESCyT hacia la sociología económica y los análisis histórico-políticos de las trayectorias institucionales y tecnológicas. Desde este posicionamiento, la caracterización de las distintas modalidades de políticas, de recursos de gestión del conocimiento y de la eficacia de acciones y desempeños logra dar un salto cualitativo robusto, y deja atrás dos décadas de recurrencias y matices.

Ciencia y tecnología en la subalternidad viene a ocupar el lugar de una nueva especie en el ecosistema académico-político local como producto de una reflexión sistémica de los límites y potencialidades de las políticas de CyT desplegadas durante el ciclo de gobiernos progresistas en la región, con especial foco capilar en la Argentina. El objetivo explicitado por su autora, a nuestro juicio largamente saldado, es hacer un aporte a las capacidades colectivas de autorreflexión necesarias para construir un sendero de “desarrollo socioeconómico autónomo”.

 

Diego Hurtado

San Martín, 19 de octubre de 2019



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