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8 Cartoneros y promotoras ambientales

Caminar, desigualdad y experiencias urbanas en el espacio público de la Ciudad
de Buenos Aires

Mariano Daniel Perelman y Verónica V. Puricelli[1]

 

Introducción

La implementación de políticas neoliberales durante los gobiernos menemistas (1989-1999) y de la Alianza (1999-2001) generaron un creciente deterioro de las condiciones de vida de la mayor parte de los/as argentinos/as. Este proceso iniciado por la última dictadura cívico-militar (1976-1983), tuvo un punto crítico en 2001, con la salida de la convertibilidad, la posterior devaluación de la moneda nacional y el crecimiento de la desocupación y la pobreza. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) asistió a la presencia de miles de personas que revolvían la basura en busca de materiales reciclables para su reutilización o reventa. En el año 2002, producto de la salida de la convertibilidad –la paridad, por ley, del peso argentino y el dólar estadounidense– y de la devaluación de la moneda nacional, los precios de varios materiales reciclables subieron de manera exponencial. Ello fue un facilitador para que miles de personas –en un contexto de desocupación de más del 25% y de pobreza de más del 50%– se volcaran a las calles en busca de medios de supervivencia, aunque la recolección no sólo se explica por ello.[2]

Casi 15 años más tarde de esta gran transformación en la actividad, es posible destacar numerosas políticas públicas orientadas al sector entre las que destacan las leyes Nº 992 y Nº 1854. En términos generales estas leyes han reconocido el trabajo de recuperación urbana como un servicio de higiene pública a ser realizado, principalmente, por cooperativas de recuperadores. Progresivamente los/as recuperadores urbanos/as se han constituido como un eslabón central del sistema de reciclado de la ciudad. Desde el Estado se han fomentado nuevas nominaciones para referirse a quienes se dedican a la recolección urbana (de cartonero o ciruja a recuperador urbano o promotora ambiental[3]) buscando generar una relación entre recuperación y cuidado ambiental.

Actualmente, existe en la Ciudad de Buenos Aires un complejo mapa de actores ligados al proceso de reciclado. Entre éstos puede incluirse a cartoneros/as que trabajan de manera individual, recuperadores cooperativizados/as e incluso promotoras ambientales que no recuperan residuos. A excepción de los/as primeros/as, que realizan su trabajo de manera informal (es decir, no registrada), el conjunto de los y las recuperadores se encuentran asociados/as a cooperativas de reciclado cuya modalidad de recolección y gestión del residuo varía según cada caso.[4]

En este trabajo nos interesa centrarnos en dos de estas figuras –la de los/as cartoneros/as no cooperativizados y la de las promotoras ambientales–. A partir de su estudio daremos cuenta de las diferentes formas de experimentar y acceder al espacio urbano. El foco estará puesto en la recuperación urbana a partir del caminar. Encontramos una centralidad en el caminar como desplazamiento por la ciudad especialmente porque durante el transitar se construye y reproduce una experiencia urbana desigual (Perelman, 2018b). Por ello, focalizarnos en los momentos de traslado así como de interacción entre los distintos sujetos no sólo ayudará a comprender la recolección urbana en sí sino también al modo en que cotidianamente se construye un orden urbano.

Tomamos como punto de partida la noción de orden urbano de Emilio Duhau y Ángela Giglia (2004: 262) quienes lo definen como “conjunto de normas y reglas tanto formales (pertenecientes a alguna jerarquía jurídica) como convencionales a las que recurren explícita o tácitamente los habitantes de la ciudad en su interacción cotidiana en el espacio público, y por medio de las cuales establecen sus expectativas y organizan las prácticas relacionadas con los usos, la apropiación y los significados atribuidos a los espacios y a los artefactos urbanos”. Así “adoptamos creencias y puntos de vista respecto a las actividades y usos del espacio público y del privado que en distintos contextos son o no válidas (están autorizadas o cumplen con un “reglamento”) o son adecuadas o no (aun cuando sean formalmente válidas) en términos prácticos, morales o de estatus social” (Duhau y Giglia, 2004: 262-263). Pero nuestra posición va un poco más allá. Pensamos que también es necesario abordar ese orden a partir de la experiencia urbana en tanto modos de ver, sentir y hacer la ciudad (Segura, 2015). Ramiro Segura plantea que la experiencia urbana implica pensar(la) como objeto que se mira, como experiencia corporal y como experiencia pública. A su vez, tensionando un poco más esta idea, es preciso dar cuenta que esa experiencia, ese orden urbano no puede ser pensado sólo desde la reproducción. Es decir, poder dar cuenta de lo que las personas hacen (Garzón Rogé, 2017) nos permite mostrar el modo en que se genera ese orden a partir de las experiencias compartidas que se producen con cada interacción. Al caminar se producen multiplicidad de actos mínimos que producen y reproducen formas desiguales de vivir (Perelman, 2018b). Los vínculos que establecen los/as recuperadores urbanos/as –en sentido ampliado– con los vecinos y las vecinas de la ciudad así como con otros actores, generan formas de apropiación simbólica, imaginaria y diferencial que impactan en las formas de vivir. Pensamos en este sentido que la desigualdad social es un concepto central para comprender la relacionalidad de los procesos sociales entre grupos y clases. Göran Therborn (2015) plantea que los seres humanos son a) organismos, cuerpos y mentes, susceptibles al dolor, al sufrimiento y la muerte; b) personas, cada una con su yo, que viven su vida en contextos sociales de sentido y emoción; c) actores, capaces de actuar en función de objetivos y metas. A partir de aquí diferencia tres tipos de desigualdades: a) vital: que refiere a la desigualdad socialmente construida entre las oportunidades de vida a disposición de los organismos humanos; b) existencial: designación desigual de los atributos que constituyen la persona (autonomía, grados de libertad, derechos al respeto, etc.); c) de recursos: refiere a los recursos para actuar. Estos tipos de desigualdad, no son esferas autónomas sino que interactúan y se entrelazan. Para Therborn las desigualdades “se producen y sostienen socialmente como resultado de ordenamientos y procesos sistemáticos, así como la acción distributiva, tanto individual como colectiva” (Therborn, 2015: 59). Reconoce cuatro mecanismos de la desigualdad con dinámicas interactivas: el distanciamiento; la exclusión; la jerarquización; y la explotación. En esta línea, pensamos que la experiencia urbana de los y las recuperadores produce desigualdad tanto de recursos (por poder acceder o no a los residuos), existencial (en tanto proyectos de vida posibles en el sentido que lo plantea Gilberto Velho (1994) y en la vital (en tanto afecta la reproducción de la vida).

En cuanto a los casos analizados, con cartoneros/as hacemos referencia a las personas que trabajan de manera individual, generalmente con un carro y sin identificación. Recorren las calles de la ciudad buscando materiales que puedan ser reciclados o reutilizados. Las promotoras ambientales, por su parte, son mujeres que participan en el “Programa de Promotoras Ambientales”, coordinado por el Ministerio de Espacio y Ambiente Público (MayEP) y que poseen trayectoria como cartoneras. Al ser parte del programa, ellas asumen como su principal tarea la concientización del vecino/a. Esto es, capacitar a los/as vecinos/as porteños/as sobre la separación doméstica de los residuos mediante la visita domiciliaria o la organización de charlas públicas en distintos espacios. La condición excluyente para su participación en el programa (y así poder constituirse como promotoras) es poseer una trayectoria cartonera. En su práctica diaria se actualizan y resignifican sus trayectorias laborales, encontrando puntos de contacto con la práctica de los recuperadores urbanos. O tomando distancia de ésta. Sin embargo, a diferencia de los/as cartoneros/as, las promotoras cuentan con cierta ajenidad en relación a la basura y ello, como mostraremos, tiene implicancias en su experiencia urbana.

En ambos grupos, el caminar aparece como una actividad central. En los recolectores porque así buscan residuos. Suelen moverse por decenas de cuadras en los barrios de la ciudad que generalmente son los barrios de las clases más pudientes. Allí encuentran materiales reciclables en grandes cantidades y que presentan mejores condiciones para la venta.

En el caso de las promotoras, si bien no recuperan residuos, el caminar por la ciudad continúa siendo central al momento de realizar su labor ya que les son asignadas numerosas cuadras que deben recorrer diariamente a fin de conocer si en cada domicilio se separa o no la basura. Pese a la centralidad que el caminar tiene en la cotidianeidad laboral de los recolectores y las promotoras, los desplazamientos y el caminar han sido poco abordados en la literatura académica. Avanzando en una línea comenzada en otros trabajos (Perelman, 2018a, 2018b), proponemos una mirada de la recuperación urbana a partir del caminar.[5]

Para clarificar más la cuestión, sostenemos que no se puede reducir el caminar a la realización de una única actividad o con un fin último. Aun cuando éste exista, el caminar genera una serie de interrelaciones en el que se (re)produce el orden urbano. En este sentido, nuestra propuesta analítica consiste en tomar el caminar como un hecho social total[6]. Caminar junto a ellos/as permite ver la explotación, así como formas de “ocio”, generación de relaciones de afinidad, de amistad y de apropiación del espacio (Perelman, 2018b). En ese caminar, en esas interacciones cotidianas, en los diferentes pasos que dan, se producen múltiples procesos que generan constelaciones (Gordillo, 2014) y formas de habitar desiguales (Perelman, 2018b).

Esta posición permite pensar la movilidad espacial, en tanto fenómeno socio-espacial (Cosacov, 2017) que se produce en una articulación compleja, siempre en estructuración, entre individuos, lugares, imaginarios, infraestructuras y redes de relaciones (Agüero y Perelman, 2018).

Un abordaje desde los “excluidos” –o desde los que no tendrían derecho a hacerlo por ciertas áreas– requiere algunas precauciones. En principio existen fuertes fronteras morales que construyen a los/as recuperadores urbanos/as como personas fuera de lugar (Cosacov y Perelman, 2015). Existen procesos de expulsión –que van desde el acto físico de echar a las personas, de detenerlos hasta mecanismos sutiles como negar residuos, mirar mal) que se producen cotidianamente a partir de las interacciones que se dan en el caminar. Comentarios peyorativos sobre la actividad y su desarrollo, maltratos, indiferencia y desinterés son algunas de las respuestas que hemos identificado por parte de los/as vecinos/as hacia los/as recuperadores urbanos/as.

Estas formas de estar e interacciones han ido cambiando (Puricelli, 2017). Sintéticamente es posible decir que hasta la despenalización y posterior reglamentación de la actividad en el año 2002 quienes cartoneaban eran considerados/as promotores de una actividad ilegal y, en algunos casos, incluso como delincuentes. Sin embargo, el paso del tiempo y la posterior legalización de la actividad fue generando nuevas interacciones aun cuando la persecución continuó siendo una posibilidad concreta (Perelman, 2018a).

En este trabajo nos interesa reconstruir algunos de los múltiples procesos que ocurren en esa geografía urbana. Nuestra visión busca comprender las vivencias particulares, las experiencias históricas de las personas de carne y hueso que cuando caminan construyen esa geografía y se construyen como personas.

Presentar los dos casos de forma conjunta nos permite complejizar tanto la actividad en sí como la presencia y construcción de la otredad en la ciudad. En el caminar por la ciudad, los/as cartoneros/as no sólo traen su pobreza a cuestas sino que la constituyen espacialmente en las múltiples relaciones con actores y con el espacio (Perelman, 2018b). El caminar no se emplaza como fenómeno abstracto: los cartoneros circulan por los barrios céntricos de la ciudad que ha sido imaginada como homogénea y blanca (Lacarrieu, 2005). En otras palabras, se trata de la existencia de un “discurso civilizatorio, moralizador, higienista, superador, europeizante [propio de principios del siglo XX y que] tendió a construir una ciudad de élite que se mantiene en el imaginario social–aunque resignificado– hasta nuestros días” (Boy y Perelman, 2010: 400).

En definitiva, la práctica del caminar debe entenderse de manera relacional. En su transcurrir se generan disputas entre distintos grupos sociales y personas. Por más banales que parezcan las interacciones urbanas nos refieren a la construcción de un orden urbano que posee un orden moral específico y que se encuentra delimitado no sólo por vallas, barreras y muros, sino por fronteras simbólicas entre nosotros-ellos. Ello genera, como mostraremos, formas diferenciales de apropiarse del espacio, haciendo que algunas personas tengan más derecho a circular libremente que otras.

En este trabajo comenzaremos refiriéndonos brevemente a la aparición masiva de cartoneros/as en la ciudad. Luego nos focalizaremos en las relaciones que se producen al caminar por la ciudad basándonos en nuestras producciones etnográficas. Finalmente, más adelante nos centraremos en su relación con la producción de la desigualdad social.

Caminar como forma de construir territorio[7]

La Ciudad de Buenos Aires (CABA) ha sido construida como una ciudad de élite. Ello quizás merezca algunas aclaraciones. En principio, la Ciudad de Buenos Aires forma parte del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) compuesta por CABA y veinticuatro partidos. Tiene una población de alrededor de tres millones de habitantes y el resto de los partidos lindantes alrededor de once millones. Referir a los límites administrativos entre la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano es importante ya que existen diferentes legislaciones y formas de intervención estatal. Sin embargo, no se trata únicamente de límites administrativos ya que sobre éstos se tejen diferentes apreciaciones simbólicas que se hacen carne en la interacción entre los/as recuperadores urbanos/as –quienes provienen mayormente del conurbano– y los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires. Se construye imaginariamente, a ojos de parte de la sociedad, a quienes provienen del conurbano bonaerense como “la cristalización de todos los males del país, de la descomposición, de las grandes desigualdades y de los miedos sociales” (Kessler, Svampa y González Bombal, 2010: 16). Incluso, al indagar un poco más en la construcción de fronteras simbólicas encontramos que también dentro de la ciudad misma existen diferencias entre “el norte” rico y “el sur” pobre de la ciudad.

Sin embargo, esta visión es incompleta. Es cierto que hay una construcción imaginaria entre la “ciudad” y el conurbano, pero esa construcción no agota ni explica las vivencias de las personas de carne y hueso que generan diferentes formas de delimitación socio-espacial con los “otros”. En otras palabras, a la vez que asistimos a la construcción de este tipo de fronteras de orden administrativo encontramos un distanciamiento simbólico y moral que define y diferencia un nosotros de un ellos. En este sentido, si bien gran parte de los/as recuperadores urbanos/as y de las promotoras ambientales con quienes hemos realizado nuestro trabajo de campo provienen de sectores alejados del centro de la Ciudad (frecuentemente del segundo o tercer cordón del conurbano bonaerense) también nos encontramos con recuperadores que viven en zonas “céntricas” de la ciudad. También en este caso es posible encontrar procesos de estigmatización relacionados principalmente a la labor que realizan la cual ha estado históricamente vinculada a sectores marginalizados en términos económicos y sociales.

Retomando lo dicho más arriba, tanto los/as cartoneros/as como las promotoras se trasladan cotidianamente desde el conurbano hasta los límites administrativos de la ciudad. El cruce de estas fronteras simbólicas entre regiones tiene implicancias ya que extranjeriza a ciertos grupos de personas tanto de un lado como del otro. Cruzar una frontera implica estar en un espacio moral diferente. Los/as cartoneros/as son personas pobres que llegan desde el conurbano al norte “rico” en busca de materiales reutilizables. Siguiendo una geografía moral de la Ciudad de Buenos Aires parecen estar fuera de lugar. Es por ello que tienen que generar una serie de prácticas a fin de establecer vínculos permanentes con los vecinos y las vecinas. Si, como ha sido desarrollado, existe cierta capacidad de los transeúntes de caminar y de ser anónimos en el espacio público (Delgado, 1999a; Monnet, 2012), para los/as cartoneros/as ello ha sido imposible (Perelman, 2010). El anonimato es un privilegio de clase y la corporalidad de los/as cartoneros/as es un territorio marcado por su pobreza. En el caso de los/as cartoneros/as este aspecto es más evidente en tanto se movilizan junto a un carro de grandes dimensiones en el que depositan los materiales recolectados. Tomar los residuos de la calle, inspeccionar las bolsas de la vereda o incursionar en los grandes recipientes de basura son prácticas que le otorgan mayor visibilidad.

Por su parte, las promotoras no recuperan residuos y por lo tanto no realizan ciertas prácticas (aunque en algunos casos es posible que tomen algún desecho o manipulen la basura). Su visibilidad pasa por otro lado: para transitar por la ciudad es condición excluyente la portación de un uniforme (que en este caso en particular reza “Promotoras Ambientales” junto al nombre de la cooperativa de recuperadores de la que provienen) y credencial, lo cual es llevado por todos/as los/as recuperadores cooperativizados/as. Esta vestimenta presenta puntos de contacto con lo que hemos llamado “uniforme de pobreza” ya que, las visibiliza, les otorga la marca de quien no es residente. Al portar dicho uniforme son resaltadas, diferenciadas del resto de los/as transeúntes y, por lo tanto, se posibilita –y condiciona– su interpelación directa. Sin embargo, el entrecruzamiento de lógicas que supone el programa, es decir su carácter de trabajadoras del Estado y su trayectoria como recuperadoras, despierta en los/as vecinos/as reacciones diversas y divergentes. No siempre es clara su identificación con el cartoneo y aun así la experiencia urbana es interpretada, por parte de las promotoras, como una experiencia signada por la exclusión y el maltrato y como consecuencia directa de su vinculación con el mundo cartonero.

La generación de recorridos, la frecuencia con la que visitan ciertos domicilios, es uno de los principales modos en que los/as cartoneros/as logran apropiarse del espacio. Ellos/as generan recorridos más o menos fijos en función de las relaciones de afinidad que van creando con vecinos/as que les guardan los residuos. La visión de Julio, un recolector de unos setenta años da cuenta de su visión sobre la generación de relaciones:

[…] entonces, los 10 vecinos que hay en esta cuadra, te conocen y los diez vecinos que hay… son veinte vecinos por cuadra que te conocen, de las cruzadas, y de las largas te conocen, cada cuadra veinte vecinos. Te conoce toda la gente.

Pregunta: ¿Y por qué es importante que lo conozcan?

J: [Para que] sepan que andás correctamente, que no sos chorro[8], que no sos borracho, que no sos drogadicto, que no sos violador, todas esas condiciones tenés que tener sino no podés caminar la calle. Entonces, llega un momento que la gente, sabe que vos sos un tipo que salís a rebuscarte el mango[9] y que no robás, y que hacés todo lo que hacés. Entonces, la gente se pone a juntarte botellas, vidrio, diario, revistas, trapo, lana, colchón […] ante la corrección que tenés que andar en la calle, tenés que andar limpio, afeitado, no digo ropa de lujo. (Entrevista, abril de 2004)

Los recorridos formados sobre las basuras son mucho más que rutas caminadas. Porque, como dice Julio, las interacciones van configurando modos de comportarse. En tanto operaciones concretas, estos comportamientos les permiten a los actores formas de comprender y leer el mundo social. Los conocimientos personales necesarios para lograr residuos de forma regular fueron haciendo que se generen modos de ser y de estar que, a la inversa de lo buscado, fueron generando cartoneros/as que a los ojos de los vecinos eran buenos en su trabajo (Perelman, 2011b).

Julio camina por las calles de la ciudad buscando generar confianza. Ello lo hace a partir de intentar entablar modos de caminar, charlar, llevar el carro de una forma que cree acorde a aquellos lugares por los que recolecta. Así, intenta no obstaculizar el tránsito de autos o de personas. Como dijo una vez: “yo sé que a los vecinos les molesta que andemos con los carros. ¿Pero cómo voy a recolectar sin carro? Pero los entiendo. Yo intento dejar pasar a los autos, dejar el carro en lugares donde no moleste” (Nota de campo, julio de 2007).

Tal como hemos dicho más arriba, en el caso de las promotoras ambientales los recorridos no dependen de sus propias decisiones, sino que son definidas por los/as agentes estatales que coordinan el programa laboral. Sin embargo, también para ellas se torna significativo poder establecer vínculos cordiales y de afinidad con los/as vecinos/as ya que entienden su trabajo como una manera de visibilizar la trayectoria de la cooperativa de la que provienen. En ese sentido, remarcan la necesidad de comportarse “bien”, lo que implicaría escuchar a los/as vecinos/as, conversar con ellos/as, escuchar sus opiniones y/o quejas a fin de que la sociedad apoye el trabajo que realiza la cooperativa en particular y los recuperadores urbanos en general. Sin embargo, esto presenta ciertas dificultades ya que, según la referente de la cooperativa, se trata de combatir una

[…] mirada estigmatizante que existió y que, si bien hoy en día es menor, todavía existe. Y lo que nosotros planteamos es la evolución del movimiento cartonero. […] No vamos a dejar de tocarle el timbre a ese vecino. De hecho, es algo que yo trato de trabajar mucho con las promotoras… Es re difícil cuando un vecino te cierra la puerta, te bardea [insulta], te dice que no servís y después tenés que ir a tocarle el timbre de nuevo. Pero bueno, es algo que laburamos todo el tiempo con las chicas, que tiene que ver con la superación, con hacerse cargo de esa superación, que no es fácil. Porque es re fácil decirlo: bueno, ya estoy superada. Pero bueno, hay que demostrar que estamos superadas y hay que volver a tocarle el timbre a ese vecino y cumplir con nuestro trabajo. (Notas de campo, octubre de 2015)

Este fragmento resalta las tensiones que encuentran las promotoras al momento de desarrollar su trabajo, que consiste específicamente en la circulación por el espacio urbano y en el contacto permanente con los vecinos de la ciudad. En el transcurso de su andar, las promotoras se encuentran con sentidos y significados que superan la interacción particular establecida con cada vecino/a y que hace referencia a su trayectoria como cartoneras. Son numerosas las anécdotas, narradas por las promotoras, en las que son interpeladas por la “suciedad” que los cartoneros/as dejan sobre la vereda. Peleas, insultos y rechazos son vivencias que aparecen al finalizar cada jornada. Frente a estas valoraciones, las promotoras encuentran necesario reflexionar y revisitar sus prácticas diarias y sus maneras de presentarse ante los vecinos en el espacio urbano. Sin embargo, su uniforme laboral y su implícita referencia al Gobierno de la Ciudad, tampoco pasa inadvertida al momento de dialogar con los vecinos. Un fragmento de una salida a campo puede resultar ejemplificadora:

Caminábamos con Julia[10] por la calle y venía caminando una pareja, un varón y una mujer. Al pasar a nuestro lado, el muchacho dijo “Aguante Cristina [Kirchner]”. Julia me dijo que fue dirigido a ella y que seguramente se lo dijo porque lleva el slogan del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el chaleco.[11] Seguimos caminando y cuando nos estábamos acercando a una puerta donde había un señor nos dimos cuenta que al acercarnos ya no estaba más. Julia se detuvo frente de la puerta, miró el lugar y me dijo “vamos, una ya conoce a los vecinos. Vamos porque se escondió” […] En general, noto una queja por parte de los vecinos que es compartida. Dicen “el cartonero rompe la bolsa” reiteradas veces. Se lo hago notar a Julia y ella replica “Sí, pero no se dan cuenta que es culpa de ellos” yo le pregunto: “¿por no hacer una buena separación?” y ella me contesta que sí. Ese día había mucho viento y apunté que un señor le ayudaba a Julia a sostener las planillas. Julia hizo un comentario sobre el viento, dijo: “al pedo me planché el pelo”. Seguimos caminando, hablando con los vecinos y al rato volvió a pasar al lado nuestro la pareja que había hecho un comentario sobre Cristina Kirchner. Se lo dije a Julia, quien me contestó: “sí, igual yo lo tapé” y me mostró que colocaba su credencial de tal manera que tapaba el slogan de “Ciudad Verde” sostenido por el Gobierno de la Ciudad. (Notas de campo, junio de 2016)

En este extracto se visibiliza que la circulación por la Ciudad de Buenos Aires, portando un slogan que refiere directamente al Gobierno de la Ciudad, también puede generar tensiones al momento de dialogar con los vecinos. El vínculo que se establece entre las promotoras y los/as vecinos/as puede ser un vínculo hostil o de reclamo que las coloca como referentes del Gobierno mientras que la mayor parte de las veces se inscribe a las promotoras dentro de una esfera más amplia, la de los/as recuperadores urbanos/as en general, lo que, como hemos dicho más arriba, despierta quejas sobre el comportamiento de éstos vinculados al cuidado y a la limpieza de las veredas. Sin embargo, tal como puede verse en el fragmento, la respuesta de los/as vecinos/as no es homogénea: algunos intercambios presentan tensiones y producen incomodidades mientras que otros establecen relaciones de colaboración y solidaridad, como el vecino que buscó ayudar a Julia a llevar adelante su trabajo. En suma, en todos estos casos la presencia de las promotoras ambientales no pasa desapercibida aun cuando no sean identificadas en un primer momento como cartoneras (Puricelli, 2017).

Encontramos en nuestros trabajos de campo corporalidades multiespaciales en tanto cuerpos que han sido construidos como extranjeros en función de una relación de espacios/territorios y de pertenencia que se superponen al caminar. Son cuerpos extraños a partir de la mirada y la comparación con otros cuerpos (Marcús, 2007). En todo caso, aquellos cuerpos europeizados, que residen en el imaginario de la ciudad blanca (Lacarrieu, 2005). Son personas en las que la pobreza y la extranjeridad (Álvarez Leguizamón, 2017) se corporiza.

En sus estudios sobre la interacción entre personas en las calles, Erving Goffman (1979) destaca que no todos los contextos son iguales. Más bien, se trata de normas que pueden ser pensadas como situacionales, en función de los contextos y de los encuentros establecidos. De esta manera, y según los cánones de los/as habitantes porteños/as, los/as cartoneros/as son vistos como quienes “rompen”, “ensucian” e “invaden” el espacio público de la ciudad, espacio que pretendidamente les pertenece a partir de su condición de residentes y ante el cual los cartoneros/as son vistos como extranjeros. Códigos morales que modelan un “buen” comportamiento. Marco de referencia a partir del cual se les exige ciertos comportamientos a los recuperadores urbanos. Las pruebas de confianza en el espacio público (Goffman, 1979) son constitutivas de las interacciones. Existen ciertas personas que gozan de la posibilidad de la cortés desatención –al decir de Delgado (1999a)–. Ello no ocurre con los cartoneros/as.

Más bien todo lo contrario, se encuentran en las calles con un uniforme de pobreza que los hace tan reconocibles como a policías o bomberos (Perelman, 2010). Y que trae consigo todo un estigma que hace visible la pobreza más estigmatizada[12].

Pedro, de 45 años, relata sus sensaciones:

no es fácil caminar por la calle ¿Sabés lo que siento? Un cuchillo en mi espalda, todo el tiempo. La gente te mira con desprecio, se corre, te esquiva, cruza la calle y cuando le querés hablar se apura. Me siento un criminal y estoy laburando[13]. Me gano el pan haciendo algo digno, llevo la comida a mi familia. (Notas campo, julio de 2004)

Ahora bien, Felipe –de 57 años–, va más allá, dando cuenta de su percepción con respecto a las actitudes de los porteños a partir de una serie de encuentros. Ante nuestra pregunta si pensaba que estaba mal visto ser cartonero, contestó:

En el caso particular mío, desde mi punto de vista, ahora lo miro como que es algo aceptable, desde el punto de vista de mucha gente creo que no, que no los aceptan, que no nos aceptan mejor dicho porque yo en una oportunidad fui a hacerle una pregunta a uno que estaba bajando cosas del auto y prácticamente me cerró la puerta en la cara. Entró, porque era un edificio con seguridad, entró y cerró el portón, me contestó así muy de mal manera, de muy pocas ganas […] pensará que yo iba a robarle. (Entrevista, junio de 2003)

En estos relatos, más que “la cortés desatención” lo que surge es el reconocimiento del otro como peligroso. La justificación que Felipe encuentra no es que el otro lo ignora, sino que lo reconoce y lo percibe como un “ladrón”.

Dijimos que los cartoneros/as no pueden esconder su pobreza. A diferencia de los sectores medios empobrecidos que han buscado mantener su status social invisibilizando su “caída” al mantenerla dentro del ámbito privado, y a partir de las características del cirujeo, para los “nuevos” cartoneros/as la pobreza y sus marcas estigmatizantes se transforman en algo público (Perelman, 2010).

El espacio urbano es una dimensión central de estos procesos. La desigualdad espacial –en tanto una de las dimensiones específicas que componen las diferentes formas de desigualdad– tiene una temporalidad propia generada a partir del espacio construido, la apropiación histórica de los grupos sociales sobre éste y las moralidades dominantes dentro de cada espacio. El espacio físico y los procesos sociales espacializados producen y reproducen formas de desigualdad social que se encarnan en modelos hegemónicos sobre el orden urbano, reglando las múltiples formas de apropiación del espacio en las interacciones que se producen al caminar. La construcción del territorio a partir de unir puntos al caminar y, sobre todo, de lo que ocurre al unir esos puntos es central en la construcción de sujetos sociales dentro de un orden urbano. Más allá de la obvia producción de desigualdad de ingreso, el caminar por las calles de la ciudad va construyendo a los cartoneros/as –en términos generales– como sujetos con menos derecho, sujetos cuya corporalidad y maneras de llevar adelante su trabajo son cuestionables a ojos de los residentes de la ciudad. Así, la dificultad de caminar por la calle relatada por Pedro da cuenta de esa imposibilidad (que puede ser imaginaria pero que tiene efectos reales y concretos) en la posibilidad de desarrollar proyectos de vida (Perelman, 2018b).

En el caso de las promotoras si bien ya no recuperan residuos también en su cuerpo es depositada esa imposibilidad. Sin embargo, colectivamente se diseñan una serie de prácticas compensatorias como por ejemplo la prohibición de usar el teléfono celular en horarios de trabajo o mascar chicle cuando se le habla a los/as vecinos/as. Se recomienda la escucha atenta y se destacan atributos como la empatía y la simpatía frente a ellos/as en función de desenvolverse de un modo que sea acorde a esta moralidad hegemónica la cual se percibe a partir de las interacciones en el caminar y se apoya en la propia memoria de quienes realizan este trabajo.

Analíticamente, entonces, prestar atención al continuum de procesos que se producen al y en el caminar permiten comprender la construcción de una experiencia histórica concreta que es sólo entendible a partir de los múltiples procesos que se dan al caminar por la ciudad y en las interacciones que allí se entablan.

Caminar por la ciudad no es entonces un hecho banal. Incluso cuando se presenta como tal. Para los distintos sujetos que participan de la recuperación urbana el caminar da cuenta de la apropiación de un orden social y urbano que antecede a quienes por allí circulan. El caminar por la ciudad produce experiencias de lugar enmarcadas en experiencias históricas concretas que se materializan en memorias, sujetos, cuerpos y espacios.

A modo de cierre. Corporalidades y caminar en el pasado, en el presente y en el futuro

Si hay algo que caracteriza a la recuperación urbana de residuos en la Ciudad de Buenos Aires es la continua circulación por el espacio público. Es evidente que para obtener residuos los cartoneros/as tienen que buscarlos recorriendo las calles de la ciudad mientras que las promotoras ambientales deben hacerlo en función de contactarse con los vecinos y las vecinas. No tan evidente es el proceso de construcción y producción de desigualdades que ocurren en ese caminar.

El cuerpo de los cartoneros/as es parte de una experiencia histórica. Así también es el territorio que tiene una historia. Sobre ella caminan los recolectores y las promotoras. Su caminar se da en un presente cotidiano donde ese pasado surge todo el tiempo y se transforma.

Analizar ese caminar cotidiano de las personas que buscan en los residuos materiales y, con algunas diferencias, de las promotoras permite comprender la constitución de la desigualdad en sus múltiples formas (vital, existencial y de recursos). Caminan en función de acceder a los recursos que garantizan su reproducción social, pero al mismo tiempo se ponen en juego las formas de vida. La extranjería en un espacio determinado da cuenta de la construcción de una forma de vida negada en términos materiales pero también sociales, culturales, simbólicos y de modos de vida.

Reconocer, entonces, el caminar como un hecho social total nos permite ver estas dinámicas concretas y cotidianas de la producción de un orden urbano desigual.

Referencias bibliográficas

Agüero, G. y Perelman, M. D. (2018). Desigualdad, imaginarios y escala urbana. Un estudio comparativo de grupos subalternos en Salta y Buenos Aires, Argentina. En Gravano, A. y Vera, P. (eds.) Imaginarios y representaciones sociales de lo urbano. Bogotá: Ediciones RIIR-USTA. Universidad Santo Tomás. En prensa.

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Álvarez Leguizamón, S. (2017). Formas de racismo indio en la Argentina y configuraciones sociales de poder. Rosario: Prohistoria.

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  1. Mariano Daniel Perelman (Universidad de Buenos Aires / CONICET) y Verónica V. Puricelli (Universidad de Buenos Aires).
  2. Para un estudio histórico del cirujeo ver (Perelman, 2012; Paiva y Perelman, 2010). Para un estudio sobre el proceso más allá del desempleo ver (Perelman y Boy, 2010; Perelman, 2011a).
  3. Se resaltará con bastardillas las categorías nativas. En este caso, se hace referencia al modo en que los cartoneros son denominados desde los agentes estatales y en las políticas públicas.
  4. Las diferencias entre cada cooperativa son numerosas. Una de las principales es el acceso o no a un “Centro Verde”. Sólo algunas cooperativas tienen la posibilidad de gestionar un espacio físico en donde depositar, clasificar y enfardar los materiales reciclables. Los que no tienen acceso se dedican principalmente a la recolección de materiales de la vía pública, quedando la venta a criterio de cada miembro/a.
  5. Los argumentos sobre cirujeo-desigualdad y caminar son retomados de Perelman (2018b).
  6. Recuperamos aquí la propuesta de Mariano Perelman (2018b) quien dice “mi propuesta analítica es tomar el caminar cercano a la idea de hecho social total (Mauss, 2010) […] El desplazamiento por el territorio tiene implicaciones políticas, culturales y estéticas, a la vez que incide en las significaciones adscritas al movimiento y en las modulaciones de la corporalidad desde el mismo movimiento (Aguilar Díaz y Pérez López, 2016). A partir de aquí, sostengo que analíticamente pensar el caminar más allá de la realización de una única actividad o con un fin último, lo que suele ser pensado desde los estudios del marche-loisir o del marche-déplacement (Monnet, 2016) es posible comprender la centralidad del caminar en la circulación de bienes materiales e inmateriales, la construcción de sujetos sociales, la producción de fenómenos estéticos y procesos de desigualdad social”.
  7. Parte de esta sección es recuperada de Perelman (2010; 2018b).
  8. N. de los E.: chorro significa “ladrón” en el argot rioplatense.
  9. N. de los E.: mango significa “dinero” en el argot rioplatense.
  10. Los nombres son ficticios, a fin de preservar la identidad de las entrevistadas.
  11. Hasta 2015 Cristina Fernández de Kirchner fue presidenta de la Nación. El jefe de Gobierno era Mauricio Macri, opositor al gobierno nacional, que en las elecciones de ese año fue electo presidente. Como jefe de Gobierno de la Ciudad fue electo Horacio Rodríguez Larreta del partido político Propuesta Republicana (PRO), el mismo partido de Macri.
  12. Parte de este argumento es retomado de Perelman (2010).
  13. N. de los E.: laburar significa “trabajar” en el argot rioplatense.


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