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2 Comunicación de la ciencia

Revisión conceptual, implicancias y alcances

Angélica Álvarez y Mariana Beccaria

Aspectos generales

El avance tecnológico y los progresos científicos impactan de manera directa sobre la calidad de vida de la sociedad, y en consecuencia, colaboran en la obtención de determinadas metas políticamente favorables, al transformarse en un aporte necesario y vital para el desarrollo de los países, especialmente aquellos considerados periféricos o en vías de desarrollo.

La comunicación eficiente de este quehacer científico y de los logros en materia tecnológica generados en el campo de las ciencias es indispensable; tanto en el propio ámbito de desarrollo (pares, instituciones, organismos, etc.) como hacia la comunidad, los medios, los gobiernos y demás miembros de la sociedad.

Entonces, se vuelve necesario debatir y plantear estrategias de comunicación, capaces de permitir el reconocimiento y difusión del quehacer científico, otorgándoles a los diversos conceptos ‒que en la práctica comunicacional se utilizan indistintamente‒ un margen de significado que los distinga y que, a la vez, desde esta diferenciación permita unificar ciertos criterios y puntos de vista; dado que el abordaje de esta temática requiere la plena conciencia de la existencia de diversos contextos que varían su significación.

De esta manera, hablar de “comunicación de la ciencia” implica referirse a distintas miradas, las cuales conviene desdoblar para su análisis en función de realizar una contribución sólida y transparentadora en esta discusión.

En este texto, intentaremos brindar un acercamiento conceptual a los diversos términos involucrados en el debate en cuestión, en función de establecer ciertos límites entre cada uno de ellos. No desde una mirada cercenadora, sino por el contrario, con la intención de establecer distintos espacios de influencia, los cuales pueden ser profundizados y desarrollados en posteriores trabajos.

De esta manera, como primer punto de referencia, podemos pensar en la esfera de lo público, y en ella incluir aspectos institucionales, gubernamentales y socioculturales. Desde el ámbito privado, se pueden encontrar en diversos autores caracterizaciones de esta mirada individual relativas al accionar de la comunidad científica en sí misma, y la postura desde la cual realizan su trabajo.

A comienzos de 2001, David Dickson presentó en su trabajo “Science, the press and the public: from enlightenment to empowerment”[1] tres modelos de comunicación pública de la ciencia. En primer lugar describió lo que se conoce como el modelo del déficit. En segundo lugar consideró el modelo del diálogo, el cual implica que los científicos escuchen y respondan a las preocupaciones de la comunidad en general. Y finalmente habla de un modelo del otorgamiento del poder, en el cual los ciudadanos pueden participar de las decisiones públicas sobre la ciencia (Vara, 2007).

En palabras de Vara, la visión dominante de la divulgación responde a un modelo de déficit del público, de sentido único, en el que los científicos “llenan de conocimiento” a un público general, que se caracteriza por un completo desconocimiento. En este modelo, los divulgadores y periodistas científicos son los intermediarios necesarios para la traducción del conocimiento de los científicos para que el público aprenda. Este modelo se impuso en la profesionalización del periodismo científico en Argentina.

Además del modelo del déficit, Vara identifica otros dos modelos. El primero de ellos es el modelo del diálogo, de David Dickson (2001), que se caracteriza por solicitar a los científicos que escuchen y respondan a las preguntas del público, de modo tal que son los científicos quienes aprenden el lenguaje del público en general. El tercer modelo, también de Dickson, es el de “dar poder”, que implica que el público debe disponer de información suficiente para tomar o apoyar las decisiones.

Pero para llegar a este momento de desarrollo teórico fue necesario recorrer varios siglos de expansión del quehacer científico y en consecuencia diversas maneras de asimilación de este contenido por parte de la sociedad.

Autores como Castro Moreira y Massarani (2004) señalan que el inicio de la divulgación se ubica en coincidencia con el mismísimo proceso de creación y producción científica, y que a la vez ha sufrido transformaciones, dando respuesta y acompañando distintos momentos históricos.

Debemos ubicar las primeras actividades científicas sistematizadas en el siglo XVII, donde la intención era difundir y comunicar las novedades en física y astronomía. Así, partimos de visiones unidireccionales donde se separan los productores de los consumidores del conocimiento, como las imperantes durante este siglo y el siguiente, en las cuales los filósofos experimentales le asignaban al público el crucial rol de testigos, posición destacada en tanto legitimadora de la ciencia pero alejada de una participación activa e involucrada. Esta preeminencia del público se trasladó hacia los pares, a través de la publicación de artículos en periódicos especializados dejando afuera a este gran público, debido a la naturaleza técnica que este tipo de publicaciones suponen en cuanto a su lenguaje y especificidad.

Hasta el siglo XVIII ‒auge positivista‒ la ciencia resultaba atractiva e interesante para los aristócratas europeos y poco después se convirtió en un instrumento político de gran poderío. En América Latina y Asia el proceso fue impulsado por intelectuales locales, durante este mismo período histórico, bajo la pretensión de que la ciencia mejoraría o elevaría la condición económica de estos países, y se materializó en revistas y periódicos especializados.

Con posterioridad a la Primera Guerra Mundial surge un nuevo paradigma en defensa de la ciencia pura y sus grandes referentes comprenden la necesidad de educar en la ciencia y su divulgación. A partir de la década de 1980 se vivencia otra ola de expansión de las acciones de divulgación en el mundo.

Retomando aquellas estructuras comunicacionales que ha adoptado la divulgación de la ciencia, podemos preguntarnos entonces, concretamente, ¿qué es la divulgación? ¿Y por qué es necesario que una sociedad participe activamente de los avances en lo científico y tecnológico?

Considerando la postura de Blanco López (2004), existen varias razones que justifican esta necesidad. La primera de ellas es de índole cultural, ya que la ciencia es un “componente fundamental de nuestra cultura actual” (Blanco López, 2004: 70). La segunda tiene vinculación con una mirada social, ya que la creciente especificidad técnica en los avances científicos podría conllevar una fragmentación social. Y por último, desde una visión más pragmática, se hace necesario comprender y conocer estos avances para convivir en sociedades tecnológicamente avanzadas. Ante este panorama, se torna evidente que debemos prestar especial atención a los canales mediante los cuales fluye esta info-formación en materia científico-tecnológica hacia la sociedad. Siguiendo al autor, podemos mencionar dos vías principales, aunque no exclusivas, para este proceso: la educación formal por un lado, y la divulgación científica por el otro. Ambas son formas de intermediación entre la comunidad científica y el público en general, aunque cabe destacar que siendo procesos sociales en sí mismos, es empíricamemte imposible pensarlos como objetos separados.

Respecto a la divulgación, comunmente se la puede asociar a la popularización de un saber específico, científico, aunque debemos considerar tambien otras dimensiones lingúisticas, discursivas, etc., como la reinterpretación, la adaptación de este conocimiento a distintos contextos y audiencias. Cada uno de ellos contiene canales y productos en los que la divulgación se manifiesta. Basándonos en el detalle brindado por Blanco López, podemos materializar esta presencia de la divulgación en libros y revistas especializadas, en la prensa, en productos audiovisuales, medios y productos informáticos, en museos o centros de ciencia, en clubes científicos, etc.

(…) cuando hablamos de divulgación científica estamos hablando de un vasto y complejo mundo de canales, medios y audiencias. Así, la televisión es el medio más utilizado para informarse de temas científicos, seguido de la prensa y de las publicaciones especializadas. El tipo de canal utilizado viene muy condicionado por el nivel de formación: los medios audiovisuales predominan entre las personas con un nivel de estudios bajo y los medios escritos entre las personas con estudios secundarios o universitarios (Blanco López, 2004: 77).

Por tanto, y como sucede en otros ámbitos, el rol de la educación cobra vital relevancia; su carácter de obligatoriedad otorga una ventaja que según López no está siendo explotada de la manera más provechosa. El panorama de la educación científica que describe el autor implica una reelaboración del conocimiento estrictamente científico hacia una versión escolar, que no se reduzca a una simplificación, sino a una adaptación didáctica de ese saber. El objetivo es doble: por un lado, formar a los futuros científicos, quienes serán la semilla del avance científico-tecnológico venidero; y por el otro, mejorar el nivel de conocimiento y acceso de los ciudadanos a la ciencia. Surge entonces la noción de “alfabetización científica” para denominar aquella acción que presupone la posesión de ciertas capacidades y competencias relevantes por parte de las personas y que puedan utilizar estas herramientas y estructuras conceptuales para continuar aprendiendo de manera lógica y crítica, aun sin la contención institucional escolar, en cualquiera de sus niveles.

Blanco López propone utilizar la divulgación científica con el objetivo de mejorar la enseñanza de la ciencia en tres vertientes posibles: como recurso didáctico ‒a través de sus productos mediáticos‒, como fuente de aprendizaje, y fnalmente, considerando la propia divulgación como objeto de estudio y entrenando a los alumnos en su manejo y comprensión.

En este mismo abanico, pero con sutiles diferencias, podemos ubicar los conceptos de cultura científica y la noción de percepción pública de la ciencia. A partir del contrapunto desarrollado por Polino, Fazzio y Vaccarrezza (2003) podemos remitir esta última al impacto de la comunicación social sobre la formación de actitudes, conocimientos y expectativas del público sobre la ciencia y la tecnología. Por otra parte, hablar de cultura científica implica un análisis más profundo y complejo, que se vincula estrechamente con aspectos estructurales de la propia sociedad (Polino, Fazzio y Vaccarrezza, 2003: 2). Por la naturaleza misma del objeto que se pretende estudiar, a lo largo de los años se han intentado aplicar diversas estrategias que permitan describir, caracterizar y adjudicar campos de acción para cada concepto involucrado, permitiendo así el analisis concreto del segmento apropiado de significado para cada uno. Pero sin unanimidad respecto de los alcances de cada denominación, dificilmente pueda proyectarse una meta más ambiciosa, como la construcción de indicadores que nos permitan conocer el grado de impacto, acuerdo o conocimiento sobre la ciencia en las sociedades, o transformar conceptos en dimensiones mensurables, como proponen los autores.

Existe una serie de factores por los cuales la percepción pública de la ciencia –en países desarrollados‒ cobra relevancia política. Sintéticamente, el primero tiene relación con la necesidad de legitimar a nivel social la investigación y el desarrollo científico, como un modo de asegurar el financiamiento que permita continuar funcionando a las instituciones y mecanismos de la ciencia. El segundo factor de interés se vincula con el surgimiento de organizaciones y movimientos críticos a los excesos y riesgos implicados en el desarrollo de la estructura de la tecnociencia. El tercero, dado que la ciencia y la tecnología afectan –positiva o negativamente‒ la vida cotidiana, se relaciona con la necesidad de mejorar la comprensión social sobre la ciencia y la creciente sensibilización ciudadana por ajustar las políticas públicas a las realidades que demanda la sociedad. En tanto que en los países de nuestra región (América Latina y el Caribe) la actividad científica no está institucionalizada ni es considerada un recurso de crecimiento (Polino, Fazzio y Vaccarrezza, 2003: 3).

Retomando el estudio de indicadores de percepción pública de la ciencia, podemos mencionar que tradicionalmente, desde los países desarrollados se ha financiado un área de trabajo interdisiciplinario desde la que se han confeccionado encuestas y análisis de datos, aplicados a muestras aleatorias. Los autores advierten que los resultados que arrojan estas encuestas de percepción deben tomarse con precaución, y que el tratamiento teórico metodológico del tema requiere mayor profundidad en su análisis; si bien estos instrumentos pueden brindar cierta certeza respecto del grado de legitimidad que la ciencia y la tecnología tienen en la sociedad: “(…) la sociedad no está suficientemente informada y comprende más bien poco sobre ciencia (…) aunque sus expectativas y confianza son favorables al desarrollo de la ciencia y la tecnología” (Polino, Fazzio y Vaccarrezza, 2003: 6).

De aquí la importancia de la adjudicación conceptual de significado a cada término utilizado al momento de profundizar este tipo de análisis. Siguiendo a los autores, la cultura científica no puede asimilarse a la noción de alfabetización científica, ya que la primera presupone una mirada macro y sistémica sobre los propios procesos de comunicación, sobre aquellas instituciones, grupos de interés y procesos colectivos que intervienen en los sistemas de comunicación y difusión social de la ciencia. Mientras que la alfabetización solo contempla al individuo. Advierten que esta simplificación del término conduce a enmarcar los resultados de las investigaciones que se realicen dentro del modelo del déficit.

Si bien es entendible la preocupación que estos indicadores generan y sería adecuado que permitieran alertar y así facilitar la puesta en funcionamiento de políticas educativas dentro del ámbito de la educación formal, también es cierto que no necesariamente un individuo más formado implica una mayor aceptación hacia los avances y desarrollos tecnológicos.

Cooperación/colaboración científica internacional

En vista de la importancia del desarrollo científico y tecnológico de un país, es indispensable ahondar en la cuestión del posicionamiento internacional de sus instituciones de educación superior y, además, considerar en este análisis la perspectiva regional.

Luis E. Aragón (2006) propone fortalecer la estructura interna de estas instituciones en pos de facilitar estrategias de cooperación de corte horizontal. Cabe distinguir que

(…) se entiende como cooperación internacional vertical aquella que se da entre nuestras instituciones y las de los países desarrollados, y como cooperación internacional horizontal aquella que se da entre instituciones de países latinoamericanos o entre estas instituciones e instituciones de otros países semejantes en relación al nivel de desarrollo (Oliveira, 1995, citado en Aragon, 2006: 1152).

En la práctica, lo más frecuente es hallar ejemplos de cooperación vertical, dado que es el mecanismo más extendido en America Latina para lograr transferir y capitalizar los avances científico-tecnológicos, gestados a la luz de la mayor inversión en infraestructura de la que gozan los países desarrollados. Estancias y becas de investigación que permiten el intercambio de recursos científicos ‒investigadores, profesionales, estudiantes, etc.‒ entre los países en vías de desarrollo y los países desarrollados.

Así, según el autor, existen cuatro aspectos a tomar en cuenta respecto del papel de la cooperación internacional en el proceso de transformación de la educación superior en Latinoamérica.

En primer lugar, la noción de desarrollo a utilizar, ya sea la idea de crecimiento económico capitalista como posibilidad, está en franca contradicción con las premisas de preservación y concientización ambientales inherentes a la sustentabilidad.

La cooperación internacional se presenta en esta visión como el elemento galvanizador, es a través de ella que los flujos de conocimientos y recursos se dinamizan. Sin embargo, lo que se quiere es que los beneficios de esos intercambios permitan equilibrar, y no profundizar las desigualdades ya existentes entre países y regiones (Aragón, 2006: 1148).

En segundo lugar, el abordaje interdisciplinario. Diversos autores señalan y destacan su importancia. Desde sus inicios hasta nuestros días, el avance científico y tecnológico ha fragmentado en pequeñas porciones “el gran campo de las ciencias”, generando pequeñas porciones de especialidad, estudiadas y conocidas en profundidad por una variedad de profesionales en cada área. Si bien estas especializaciones son necesarias para poder alcanzar una visión completa y acercarnos a la comprensión de la realidad, es requisito fundamental considerar el trabajo desde una visión interdisciplinaria. El intercambio, debate y discusión con otros, la posibibilidad de escuchar al otro y construir colectivamente desde su punto de vista, la crítica entendida como punto de partida hacia esa comprensión son aspectos sumamente importantes en esta consideración.

Reconocer estos procesos de internacionalización tanto en la propia educación superior como en sus instituciones, implica considerar el establecimiento de alianzas para responder a este proceso, sin perder de vista los contextos nacionales y regionales: “(…) la internacionalización de la Universidad, exige personal calificado para la gestión de asuntos internacionales y demanda una estructura física y orgánica adecuada para administrar los programas de cooperación resultantes de esa internacionalización” (Aragón, 2006: 1150-1151).

En tercer lugar, el fortalecimiento de redes universitarias como mecanismos de cooperación. Entendiéndose en estrecha relación con los puntos anteriores y considerando la importancia de la cooperación y colaboración en la transferencia de tecnología y aprovechamiento de los recursos (humanos y materiales). Las redes de trabajo profesionales permiten mayor proyección y fluidez en la comunicación entre científicos y por ende, en los desarrollos producidos. Debemos recordar que este tipo de vinculaciones deben ser equitativas a fin de no reproducir lo que Aragón cataloga como “nuevas formas de colonialismo”. En relación con los tipos de cooperación internacional, como hemos mencionado anteriormente, existen dos posibles panoramas: la cooperación vertical (aquella que se da entre instituciones de países desarrollados e instituciones de países en desarrollo) y la cooperación horizontal (aquella que se materializa entre instituciones con similar nivel de desarrollo).

Estas redes de trabajo permiten una mayor fluidez en la circulación de conocimientos, avances, herramientas e incluso de los propios profesionales dedicados a las tareas de investigación. Con especial esmero, debemos rescatar la solidez, conformación y subsistencia de redes que intentan unir a los países latinoamericanos y a través de estos circuitos, intentar posicionar el arduo esfuerzo que se realiza desde distintas instituciones en estos países, frente al avance que proyectan los países con mayor nivel de desarrollo y de inversión tanto en tecnología como en investigación y desarrollo.

Finalmente, los factores que determinan el éxito o fracaso de una red. El autor menciona ocho conceptos de cuyo desarrollo depende, a su entender, la viabilidad y trascendencia de una red: liderazgo (basado en la cooperación y visión colectiva que permita a la institución, el establecimiento de estructuras sólidas para trascender en el tiempo y en la toma de decisiones sin depender específicamente de un líder); principios (objetivos claros y definidos); acciones (definir el rumbo de la institución); legitimación (internamente, entre sus propios integrantes y hacia afuera, en el respeto y aceptación por parte de la comunidad, incluyendo en esta idea la legitimación institucional); tamaño; recursos (apuntando a su capacidad de maximizar los recursos financieros, materiales y humanos); gestión (este punto se refiere a la administración de la red, su estructura orgánica) y divulgación (remite a la circulación de información, nuevamente considerando el aspecto interno y externo. Democratizar la información a través de esta divulgación) (Aragón, 2006).

Tomando en consideración los ítems descriptos anteriormente y en contraste con la realidad latinoamericana que observamos a diario, es posible pensar en la necesidad de apuntalar algunos aspectos a fin de lograr la expansión y consolidación de esta cooperación horizontal. En principio este proceso requiere repensar y revisar aquellos recursos, materiales pero principalmente humanos, de los que se dispone; y que las instituciones (universidades e institutos de investigación) puedan reconocer sus líneas de acción para potenciar las alianzas y asociaciones con otras instituciones. Qué pueden brindar y qué necesidades plantean. Este diagnóstico permitirá facilitar el intercambio y fomentar la cooperación que se busca maximizar. Asimsimo se torna fundamental el fortalecimiento de redes a nivel local que permitan esta integración y potencien estas alianzas; del mismo modo que resulta trascendental contar con apoyo político –gubernamental y de otros sectores‒ en pos de desarrollar tratados y asociaciones internacionales que permitan potenciar esta cooperación (iniciativas de asociaciones universitarias, tratados, iniciativas bilaterales, programas de becas de estudio, entre otros).

Asimismo, los gobiernos son los que deben asumir un rol activo en la introducción de la dimensión internacional en las políticas de educación superior, a partir de la definición de objetivos, marcos e instrumentos y políticas de financiamiento que faciliten la cooperación entre universidades y demás instituciones con un rol activo en la constitución de redes y asociaciones multilaterales, definiendo objetivos para la cooperación internacional, generando marcos e instrumentos para facilitar la cooperación de las universidades e instituciones de educación superior, y dotando partidas presupuestarias para cofinanciar las actividades de cooperación internacional para la colaboración y el intercambio en el ámbito de la educación superior. Según Sebastián (2006), las oficinas de comunicación de las universidades y la comunidad científica tienen un rol relevante en cuanto al suministro y la generación de contenidos.

Respecto de los comunicadores que se encargan de difundir dicha información, especifica:

Los comunicadores incluyen a los profesores universitarios, investigadores, profesionales de la comunicación científica, periodistas especializados, instituciones de investigación, organizaciones y empresas del ámbito de la información y la comunicación, así como agencias de noticias (Sebastián, 2006: 5).

Asimismo, en este sentido es necesario apoyar la formación de expertos e investigadores en el ámbito de la comunicación de la ciencia. En cuanto a los destinatarios de las actividades de divulgación científica, Sebastián (2006) menciona que son el conjunto de la sociedad, si bien los diferentes medios e instrumentos pueden estar focalizados en determinados grupos de edad, nivel cultural e interés por el conocimiento científico (2006: 5). Por esta razón, el autor aclara: “La cooperación internacional no puede ser ajena al objetivo del fortalecimiento de la cultura científica como factor de desarrollo” (Sebastián, 2006: 6).

En tanto, Sebastián se refiere a la “doble actuación”, desde el fomento de la cooperación cultural y de la cooperación científica. Asegura que las estrategias de la cooperación cultural deben incluir en su programación el ámbito de la ciencia y la tecnología desde la perspectiva de la cultura científica, creando espacios y actividades orientados a esta faceta de la cultura, en cuanto los centros culturales en el exterior juegan un importante papel en el fomento de la cultura científica en los países (Sebastián, 2006).

El caso argentino

En relación con nuestro país, se destaca el artículo realizado por Marina Larrea y Anahí Astur (2011), el cual releva programas y convenios regionales de cooperación, como acciones de internacionalización, durante el período 2003-2011. La Conferencia Regional de Educación Superior de América Latina y el Caribe (CRES, 2008, citado en Larrea, Astur, 2011) propuso, en esta perspectiva, la construcción de un espacio de encuentro regional; y en este sentido, las autoras señalan los lineamientos que el Programa de Internacionalización de la Educación Superior y Cooperación Internacional (PIESCI) de la Secretaría de Políticas Univeristarias (SPU) han desarrollado en función de propiciar este espacio de intercambio:

  • la integración en la región de América del Sur;
  • los debates en torno a la acreditación regional. (Con especial énfasis en la calidad. Sistema de Acreditación Regional de Carreras Universitarias para el MERCOSUR -ARCU-SUR);
  • el reconocimiento de títulos vinculados a la acreditación (Argentina suscribe convenios bilaterales de reconocimiento con Colombia, Chile, España, y se encuentran en negociación iniciativas similares con Uruguay y Ecuador [la cuestión de la movilidad, tanto de estudiantes como de docentes entre instituciones de los paises latinoamericanos]);
  • la asociación académica a nivel de posgrados (tales como el Programa de Centros Asociados de Posgrado Brasil Argentina [CAPG-BA], el Programa de Centros Asociados para el Fortalecimiento de Posgrados Brasil Argentina [CAFP-BA], el Programa de Fortalecimiento de Posgrados y el Programa de Proyectos Conjuntos de Investigación del MERCOSUR, el Programa Pablo Neruda en el marco del Espacio Iberoamericano del Conocimiento, y el Programa Binacional de Apoyo a Jóvenes Investigadores Argentino-Chileno, entre otros; destacando que los resultados de estas acciones de cooperación horizontal, traen consigo como resultado la
    (…) conformación de programas de posgrado binacionales, la armonización de la currícula, la colaboración académica en la docencia y la investigación, la puesta en práctica de mecanismos administrativos que facilitan las movilidades y los reconocimientos de estudios y certificaciones, entre otros) (Larrea, Astur, 2011: 5).

A su vez, María Soledad Oregioni (2012) realizó un trabajo que da cuenta de la dinámica de los espacios institucionales, creados en pos de gestionar las relaciones internacionales, tomando como ejemplo los casos de dos universidades: la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires y la Universidad de La Plata. En este artículo se problematiza el concepto de internacionalización; se profundiza en el rol de la universidad como agente de internacionalización y se ejemplifica a través de la descripción de las estrategias y lineamientos de ambas universidades.

Respecto de lo mencionado anteriormente, esta autora manifiesta que:

(…) los gobiernos nacionales (…) tienen el objetivo de fomentar y articular la cooperación internacional de acuerdo con los intereses y la lógica de su política exterior. (…) El gobierno argentino, a través de la SPU (…) se adscribe a las acciones emprendidas por el Programa de Promoción de la Universidad Argentina (PPUA) y del Programa de Internacionalización de la Educación Superior y Cooperación Internacional (PIESCI). Y define como los principales socios de la cooperación internacional universitaria: en el ámbito bilateral, Brasil; y en el ámbito multilateral, el MERCOSUR y UNASUR (Oregioni, 2012: 5).

En cuanto a los casos mencionados, describe el ejemplo de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNCPBA), cuya área de RRII se crea a partir de una convocatoria de la PPUA, con una oficina de Cooperación Internacional previa que funcionó hasta 2006. Sus funciones consisten en elaborar marcos e instrumentos para la internacionalización; el diseño de políticas y estrategias para ello; la sensibilización, información y asesoramiento; la gestión de programas y actividades y el seguimiento y evaluación del proceso. El encargado del área de RRII (a través de la entrevista) sostiene que hay dos momentos dentro del trabajo del área: desde 2007 a 2009 etapa de “puertas afuera” y a partir de 2009 una etapa de “puertas hacia adentro”, entendiendo a la internacionalización en dos momentos separados opuestos y no como un sistema dual (Oregioni, 2012).

Otro ejemplo es el de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde se creó la Unidad de Relaciones Internacionales, profundizada a partir del Plan estratégico para el período 2010-2014 y la creación de una Agencia de Cooperación Internacional. “La Dirección de RRII es una estructura formal encargada de plantear políticas de cooperación internacional en el ambito de la Universidad” (Oregioni, 2012: 10). Posee diversas áreas: movilidad, relaciones estratégicas, comunicación, proyectos y participación en membresías. “En el año 2012, se creó una agencia de cooperación en la UNLP (…) a partir de la implementación de distintas acciones y programas que condicen al desarrollo humano y la integración de los pueblos” (Oregioni, 2012: 11).

La autora comenta, a modo de conclusión, que las políticas implementadas por la SPU han favorecido los proyectos de internacionalización desarrollados en ambas universidades estudiadas. Por otra parte, destaca que resulta necesario tomar en cuenta las lógicas político-institucionales de la universidad como agente de cooperación, de cara a medir el impacto de estos programas; la importancia de la planificación estratégica a partir de la metodología participativa; la necesidad de centralizar en un espacio específico la gestión de las RRII, para mantener informada a la comunidad académica sobre diversas oportunidades; y avanzar en la discusión sobre la constucción de una política de cooperación internacional que facilite la proyección internacional de la universidad.

De este modo, la bibliografía revisada permitió observar que existe una pluralidad de abordajes del proceso de comunicación de la ciencia, no obstante, cualquiera sea su definición, se instala como necesaria para la relación entre la construcción de conocimiento y la sociedad. Su función no se limita al tratamiento de resultados de investigaciones, sino que también cumple un rol relevante en el establecimiento de vínculos interinstitucionales sobre la base de los cuales se puede producir la cooperación internacional. Finalmente, la comunicación de la ciencia debe ser un tema relevante para el desarrollo de la investigación y la formación profesional en el contexto actual. Y en estas tareas, la responsabilidad recae sobre las universidades como actores centrales del proceso de cooperación universitaria, así como también sobre los gobiernos y agentes políticos que deben dar los marcos para que la misma se produzca.

Bibliografía

Aragón, L. E. (2006). Fortalecimiento de la cooperación internacional horizontal en América Latina. La Educación Superior en el siglo XXI. Visión de América Latina y el Caribe. Colección Respuestas (pp. 1143-1166).

Blanco López, Á. (2004). Relaciones entre la educación científica y la divulgación de la ciencia.

Larrea, M.; Astur, A. (2011). Políticas de internacionalización de la educación superior y cooperación internacional universitaria. Disponible en: https://goo.gl/cFDoQb.

Massarani, L. y De Castro Moreira, I. (2004). “Divulgación de la ciencia: perspectivas históricas y dilemas permanentes”. Quark: Ciencia, medicina, comunicación y cultura, (32), pp. 30-35.

Oregioni, M. S. (2012). “Dinámicas político-institucionales de cooperación en el marco de la internacionalización de la Universidad”. In VII Jornadas de Sociología de la Universidad Nacional de La Plata, en el escenario latinoamericano actual: debates desde las ciencias sociales (La Plata).

Polino, C.; Fazio, M. E.; Vaccarezza, L. S. (2003). “Medir la percepción pública de la ciencia en los países iberoamericanos: aproximación a problemas conceptuales”. CTS+ I: Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación (5), 1.

Sebastián, J. (2002). “Oportunidades e iniciativas para la cooperación iberoamericana en educación superior”. Revista Iberoamericana de Educación Superior, enero-abril, n° 028, pp. 197-225. Disponible en: https://goo.gl/pBa1He (consulta: 19/06/2017).

Sebastián, J (2006). “La Cooperación Universitaria para el fomento de la cultura científica”. En Pensar Iberoamérica Revista de Cultura, Número 8 – abril-junio. Recuperado de https://goo.gl/M2z8eD.

Vara, A. M. (2007). “El público y la divulgación científica: Del modelo de déficit a la toma de decisiones”. Revista Química Viva, 6 (2).


  1. Dickson, David (2001). Science, the press and the public: from enlightenment to empowerment. 6th International Conference on Public Communication of Science and Technology, European Laboratory for Particle Physics (CERN), Ginebra, 1° de febrero de 2001. Citado por Vara, A. M. (2007). El público y la divulgación científica: Del modelo de déficit a la toma de decisiones. Revista QuímicaViva, 6(2).


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