Otras publicaciones:

9789871867868_frontcover

9789877230970_frontcover1

Otras publicaciones:

9789871867806_frontcover

12-3052t

2 Partidos políticos e intelectuales frente al proyecto de condonación de la deuda de la guerra
de la Triple Alianza

Lucia Irene Lacunza

Introducción

La guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue uno de los acontecimientos bélicos más trascendentes en la historia de la región sudamericana. El conflicto en el que el Paraguay se enfrentó con la Argentina, Brasil y Uruguay dejó secuelas devastadoras para el país guaraní en términos demográficos, políticos y económicos. No solo la población paraguaya se vio reducida de manera drástica y el país fue intervenido políticamente por los vencedores, sino que también, al suscribir con la Argentina el Tratado de Paz (1876), Paraguay reconoció una deuda en concepto de indemnizaciones por los gastos ocasionados a los aliados durante la contienda. Este hecho, para la mayor parte de la sociedad paraguaya, atentó durante décadas contra la integridad moral de su soberanía (Brezzo, 2013: 13).

Por ese motivo, desde fines del siglo xix, en el Paraguay se suscitaron diferentes debates tendientes a que la Argentina y el Brasil devolvieran los trofeos de guerra y renunciaran al cobro de la deuda. Brasil se mostró reticente a esta cuestión, y la Argentina, gobernada por el Partido Autonomista Nacional (PAN), rechazó en dos oportunidades los pedidos de Paraguay. Por su parte, Uruguay quedó fuera de estos debates por haber sido el único de los países aliados que, al poco tiempo de terminar la guerra, eximió lo adeudado y devolvió los trofeos al país vencido.

Si bien desde el final de la contienda existió una respuesta negativa frente a la exención de la deuda por parte del gobierno argentino de Julio A. Roca (PAN), ello se vio en parte modificado durante las presidencias radicales de Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear (1916-1930). En contraposición al período anterior –caracterizado por litigios fronterizos–, se comenzó a vislumbrar una nueva orientación en la política internacional en pos de revitalizar las relaciones con los países vecinos.

Fue en este marco en el que, en agosto de 1928, el diputado de la Unión Cívica Radical (UCR), Leopoldo Bard, presentó en el Congreso Nacional un nuevo proyecto de ley que tenía por objetivo la extinción de la deuda pública reconocida por Paraguay y la devolución de los trofeos de guerra del período de la Triple Alianza.

Cabe destacar que este contexto estuvo signado por diversos debates, en los cuales emergieron posiciones antiimperialistas, de la mano de una incipiente conciencia latinoamericana en respuesta al avance de los Estados Unidos a nivel continental. Los sectores intelectuales de la región comenzaban a alzar sus voces contra la expansión norteamericana a la vez que difundían ideas de unidad continental a través de boletines, revistas y encuentros en diversos países de América.

En este trabajo nos proponemos analizar el posicionamiento de los partidos políticos y de los sectores intelectuales “latinoamericanistas” argentinos con relación a la iniciativa de Leopoldo Bard. Lo haremos partiendo de la hipótesis de que este proyecto de ley forma parte de una política exterior característica de los gobiernos radicales. Política que incluye diversas iniciativas parlamentarias de igual signo, y que estuvo orientada por una búsqueda de estrechar vínculos y coordinar un pensamiento común con los países vecinos. Asimismo, entendemos que las presentaciones se dieron en el marco de una década signada por un clima de ideas antiimperialistas y latinoamericanistas que influyeron en la política exterior de dichas gestiones.

Para analizar el posicionamiento de los partidos políticos –UCR, UCR–Antipersonalista (UCR-A), Partido Conservador, Partido Demócrata Progresista (PDP), Partido Demócrata (PD), Partido Liberal de Tucumán (PLT)– y los sectores intelectuales, utilizamos el Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación y un corpus periodístico construido a partir de periódicos que expresaban las ideas políticas del período, entre los que se encontraban La Época, La Nación, La Vanguardia y La Prensa, como así también el boletín de ideas Renovación, creado por estudiantes universitarios e intelectuales con el objetivo de generar una conciencia latinoamericanista en la década de 1920.

Los gobiernos de la Unión Cívica Radical y las relaciones internacionales

Desde 1880 se afirmó en Argentina un régimen oligárquico cuya política exterior se caracterizó por sus vínculos de privilegio con Europa Occidental, particularmente con Gran Bretaña. Las libertades políticas en ese período estaban condicionadas por la estructura de poder (Rapoport, 2020: 33). Era habitual la práctica de los “gobiernos electores” de, sobre la base del fraude electoral sistemático, asegurar la continuidad del régimen a través de la autoelección de sucesores (Botana, 1979: 17). Esta situación, junto al descrédito por la corrupción del gobierno (Panettieri, 1983: 134), fue engrosando una oposición marginada del poder que reclamaba la libertad de sufragio. Ese reclamo se hizo efectivo a partir de la sanción de la Ley Sáenz Peña, cuando la apertura del sistema político llevó a la presidencia a Hipólito Yrigoyen de la UCR, en 1916.

A pesar de la continuidad de los vínculos con Europa Occidental, el estallido de la Primera Guerra Mundial permitió la ampliación de fuerzas sociales partidarias de mayor autonomía política y económica, lo que favoreció el desarrollo de corrientes de pensamiento de tipo nacional popular que influyeron en la política exterior de Yrigoyen (Rapoport y Spiguel, 2005: 25). Tanto su presidencia como la de Alvear imprimieron un nuevo rumbo a la política exterior argentina (Lanús, 2001: 194). Esto pudo verse en su objetivo de coordinar un pensamiento común con América (Simonoff, 1996: 22). De esta forma, se buscó entablar relaciones más estrechas con los países vecinos, con el objetivo de superar antiguas desconfianzas de hegemonías que se oponían a los anhelos yrigoyenistas de igualdad entre las naciones –como el panamericanismo y la política del ABC, inspiradas y patrocinadas por los Estados Unidos– ( Solveira de Báez, 1992: 176; Otero, 2001: 209-211).

Dichos anhelos fueron expresados durante la primera sesión de la Liga de las Naciones, en 1920, cuando la Argentina propuso que esta se pronunciase a favor de la universalidad y la igualdad de los países integrantes. Las potencias aplazaron la solicitud, por lo cual la delegación argentina encabezada por el canciller argentino, Honorio Pueyrredón, decidió retirarse de la Asamblea. Como sostienen Llairó y Siepe (1997), el Pacto de la Sociedad de las Naciones consagraba la desigualdad entre los Estados “grandes” y los Estados “pequeños” al establecer que las potencias pudieran tener en el Consejo Directivo un asiento permanente, mientras que los demás países, solo por elección o turno. De este modo, a diferencia de representar un mecanismo efectivo del internacionalismo, la Liga pasó a ser un instrumento de dominación en manos de los vencedores (Llairó y Siepe, 1997: 145).

La Argentina apoyó desde sus inicios la idea de una sociedad de naciones que fueran iguales de acuerdo con el concepto jurídico de su soberanía, no de “algunas naciones” (Llairó y Siepe, 1997: 146), por lo cual tuvo que recurrir a la intransigencia y abandonar la Liga cuando los principios de solidaridad y soberanía no eran tenidos en cuenta ( Benvenuto, 2004: 271). Este posicionamiento también se vio reflejado cuando Yrigoyen se negó a ratificar el Tratado ABC firmado por su antecesor De la Plaza, en 1915. El ABC representaba la línea panamericanista de Woodrow Wilson y resultaba un medio para obtener mayor injerencia en los asuntos del extremo sur del continente (Solveira de Báez, 1992: 182). Asimismo, excluía a otras naciones, en cuanto colocaba a Argentina, Brasil y Chile en carácter de superioridad. Puede verse así que la política de Yrigoyen mantuvo un sesgo autonomista que marca al pensamiento radical de este período dotándolo de elementos que contribuyen a la formación de una idea de interés nacional (Simonoff, 1996: 29)

En 1922, se impuso cómodamente la fórmula presidencial encabezada por Marcelo T. de Alvear, embajador en Francia, quien había sido elegido sucesor por Yrigoyen gracias a sus vínculos sociales y en el exterior (Rapoport, 2020: 123). Sin embargo, su gobierno se diferenció de su antecesor. Como afirma Alén Lascano (1986), al interior del partido radical se perfilaba un sector proveniente de las élites tradicionales con tendencias liberales, que no apoyaban el rumbo económico y social planteado por el expresidente. A poco de comenzada la presidencia de Yrigoyen, al interior del partido se fueron dando desprendimientos antipresidencialistas que se sustentaron en el cuestionamiento al personalismo y a la ausencia de un programa (Persello, 2004: 36). En 1922 surgió la UCR principista que vaticinaba la futura división. En su manifiesto criticaba al gobierno yrigoyenista por el aumento desmedido del presupuesto, por ser arbitrario y personalista (Persello, 2004: 37).

En 1924 se oficializó la división del partido en dos bandos: los personalistas –partidarios de Yrigoyen– y los antipersonalistas, quienes rechazaban su política de corte nacional y popular (Rapoport, 2020). Este hecho trajo aparejadas complicaciones en el parlamento para Alvear, ya que la Cámara de Diputados contaba con mayoría yrigoyenista. En este marco, en 1928 los antipersonalistas concurrirían a las elecciones presidenciales en un Frente Único con los conservadores; pero ello sin éxito, ya que la fórmula Yrigoyen-Beiró obtuvo más del 60 por ciento de los votos.

El clima de época y los intelectuales “latinoamericanistas”

La década de 1920 estuvo signada por debates y corrientes ideológicas antiimperialistas y latinoamericanistas como consecuencia del avance económico y político de los Estados Unidos en el continente, en conjunción con otros determinantes.

La expansión estadounidense en América Latina fue la expresión del panamericanismo, el cual surgió a fines del siglo xix como resultado de la necesidad que tenían los Estados Unidos de conseguir mercados exteriores para los excedentes de su industria en expansión ( Ardao, 1993: 159). Para llevar a cabo dicho propósito, el país del norte no dudó en usar la fuerza militar. Ejemplos de ello fueron la incorporación de la Enmienda Platt en la Constitución cubana de 1901, la cual posibilitaba la intervención política militar en la isla, y la intervención de Haití en 1915 y de Santo Domingo –República Dominicana– en 1916. También tuvo lugar la ocupación de Nicaragua en 1912, aunque en esa ocasión el país norteamericano debió enfrentarse al revolucionario Augusto Sandino, quien representó una resistencia al imperialismo a través de milicias populares (Alén Lascano, 1986: 24).

Estas intervenciones cada vez más frecuentes fueron encontrando voces disidentes en diversos intelectuales latinoamericanos. Ardao sostiene que aquellos eruditos que observaban los conflictos entre Estados Unidos y los países americanos comenzaron no solo a enfrentarse al expansionismo del norte, sino también a encontrar en la idea de latinidad un horizonte histórico de inspiración y unidad (Ardao, 1993: 162).

Otros factores que influyeron en el clima de la época fueron el triunfo de la Revolución rusa –y su consecuente influencia en la conciencia política regional– y el impacto de la Revolución mexicana en el pensamiento de jóvenes universitarios e intelectuales (Yankelevich, 1996).

A su vez, a nivel doméstico, fue determinante el rol de la Reforma Universitaria de 1918 en el ideario latinoamericanista, y fueron los intelectuales y universitarios quienes se encargaron de difundir sus premisas en todo el continente. Estos determinantes regionales e internacionales calaron tan hondo que en los círculos conservadores argentinos se denominó al período como “la hora de las democracias” (Buchrucker, 1987: 35).

El latinoamericanismo también estuvo influenciado por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Según Bergel y Mazzola (2008), el estallido de la contienda y las imágenes que llegaban a nuestras latitudes pusieron en duda a Europa como faro y guía de la cultura, y fue ese cuestionamiento el que implantó entre los jóvenes reformistas de los años 20 la idea de que América Latina estaba llamada a tomar la posta civilizatoria abandonada por el Viejo Continente (Bergel y Mazzola, 2008: 128). En este sentido, Compagnon (2014) sostiene que entre los intelectuales de la región se dieron distintas polémicas y debates que pusieron en discusión las responsabilidades de la guerra y concluyeron en la desilusión con respecto a Europa como modelo de civilización. Finalizado el conflicto –y particularmente en la década del 20–, tuvo lugar una fase de cuestionamientos identitarios por parte de los jóvenes latinoamericanos (Compagnon, 2014: 346).

Luego de 1918, América Latina ya no sería solo una idea, sino un conjunto de prácticas que permitirían la construcción de relaciones y vínculos a nivel continental a través de visitas, cartas y publicaciones de los militantes reformistas. Fue este movimiento de amplificación de la idea latinoamericanista el que desembocaría en una mirada de futuro que le destinaría a América Latina un lugar prominente (Bergel y Mazzola, 2008). A su vez, las críticas al avance político y económico de los Estados Unidos en la región se irían articulando en una idea de unidad continental (Ardao, 1993: 163).

Como señala Sessa (2020), la referencia a América Latina y el proyecto de unidad era una consigna compartida por los intelectuales reformistas, como la adhesión antiimperialista. Así surgieron organizaciones como la Unión Latino Americana (ULA) fundada en 1925 por José Ingenieros y comandada junto con Alfredo Palacios. A través de sus publicaciones, llevaron a cabo una campaña de opinión pública para crear una conciencia latinoamericanista al denunciar el avance del imperialismo estadounidense en la región (Pita González, 2019: 78).

La guerra de la Triple Alianza y la deuda del Paraguay con la Argentina

La guerra de la Triple Alianza (1864-1870) comenzó a partir de un conflicto interno en Uruguay que provocó la intervención del Imperio del Brasil, lo que favoreció la invasión del general Venancio Flores, con el apoyo del gobierno argentino (Scavone Yegros y Brezzo, 2010: 69). Brasil procedió a invadir territorio uruguayo, y el presidente del Paraguay, Francisco Solano López, salió en defensa del equilibrio del Río de la Plata, que consideraba dañado (Baratta, 2013).

La entrada de la Argentina en la contienda se dio en 1865, cuando López solicitó permiso al gobierno argentino para pasar por su territorio e iniciar así una campaña bélica en Río Grande del Sur, Brasil. Ante la negativa del presidente Bartolomé Mitre, el Congreso del Paraguay le declaró la guerra a la Argentina, disponiendo en abril de ese año la ocupación de la provincia de Corrientes.

La victoria de la Argentina como signataria de la Triple Alianza representó un acontecimiento clave en el proceso de consolidación del Estado nación. A fines del siglo xix, la historiografía argentina sobre la guerra[1] sostenía que el fin del enfrentamiento había significado la liberación del pueblo paraguayo de la barbarie impuesta por los gobiernos tiránicos que lo habían mantenido aislado de las naciones civilizadas (Baratta, 2013). En este sentido, como plantea Bagú, “las guerras ayudan a definir a veces los contornos de la clase vencedora” (Bagú, 1975: 11). Así, la guerra posibilitó la incorporación de la noción de una “Argentina civilizadora” al argumento de la ideología oligárquica.

La entrada de Argentina en la contienda tuvo, a la vez, consecuencias económicas. La declaración de guerra por parte de Paraguay impulsó que los representantes de la Argentina, Rufino de Elizalde, del Brasil, Francisco Octaviano de Almeida Rosa, y del Uruguay, Carlos de Castro, firmasen el Tratado de la Triple Alianza contra el Paraguay el 1.° de mayo de 1865, en Buenos Aires. Dicho tratado incluía los artículos 14.º y 15.º, los cuales establecían que el gobierno que sustituyese a López sería responsable por el pago de todos los gastos de guerra hechos por los gobiernos aliados, así como por los daños y perjuicios que las tropas paraguayas ocasionaran a las propiedades públicas y particulares de los países aliados durante el conflicto (Scavonne y Brezzo, 2010: 76).

Finalizada la contienda, en 1876 se firmó el Tratado de Paz entre la Argentina y el Paraguay, en donde este último reconocía las deudas prefijadas por los aliados. Como bien plantearon Brezzo y Figallo (1999), la “deuda de guerra” incluía una deuda pública y una privada. La privada se refería a las presentaciones o los reclamos por parte de particulares que hubieran sufrido pérdidas materiales durante la contienda. La mayoría de los expedientes que se iniciaron correspondían a ciudadanos argentinos y extranjeros residentes en la provincia de Corrientes en 1865, cuando se produjo la ocupación paraguaya (Brezzo y Figallo, 1999: 35).

Respecto a la deuda pública, según el mencionado Tratado de Paz, el monto se determinaría mediante una convención especial, con un plazo de dos años, con base en todos los gastos que hubiera realizado la Argentina durante la guerra con deducción del presupuesto ordinario en tiempos de paz. A pesar de esto, el monto total de la deuda de guerra pública no pudo determinarse precisamente, por lo que en el año 1918 el presidente argentino Hipólito Yrigoyen le ordenó al Ministerio de Relaciones Exteriores que la estableciera ( Ramírez Braschi, 2014: 2).

De esta forma, el Ministerio de Relaciones Exteriores y los Departamentos de Hacienda, Guerra y Marina elaboraron un informe en el que se detallaba la deuda, la cual se dividía en cuatro partes:

  1. un empréstito de 50.000 pesos fuertes que el Banco Nacional facilitara al Paraguay en 1876 con la garantía del gobierno argentino,
  2. la indemnización por los gastos de la guerra, cuyo monto, de acuerdo a los registros de la Contaduría General de la Nación, ascendía a 70.303.188,30 pesos m/n,
  3. el importe de los daños causados por esta a las propiedades públicas en la República, y
  4. el de los daños y perjuicios ocasionados a las personas y a los bienes de los particulares (Brezzo y Figallo, 1999: 37).

Si bien el informe era detallado, tal como afirma Brezzo, en los círculos oficiales de los países aliados se consideraba la deuda como teórica ya que era “razonablemente incobrable” (Brezzo, 2002: 135).

Los intentos de condonación de la deuda y devolución de trofeos de guerra en la región

Uruguay fue el primero de los países vencedores que, en el marco de diversos intercambios e iniciativas conmemorativas, condonó la deuda de Paraguay en 1883, y devolvió en 1915 una bandera tomada como trofeo en el período que se llevaba a cabo la contienda. La historiadora Reali (2011) plantea que el episodio de la devolución de la bandera se inscribe en el proceso de condonación de la deuda y restitución de los trofeos de guerra al Paraguay en el ámbito regional (Reali, 2011: 2).

Las iniciativas impulsadas por Uruguay se produjeron en el contexto de las reuniones y acciones diplomáticas conjuntas entre Argentina, Brasil y Chile (ABC) cuyo objetivo era la resolución de conflictos de otras naciones americanas. Estas fueron promovidas por medios conservadores argentinos como La Nación, que, como bien plantea Reali (2011), no alentaron otras propuestas tendientes a fomentar los vínculos con los países vecinos. El ABC era criticado por figuras del Paraguay, como Juan O’Leary, como así también por Luis Alberto de Herrera del Uruguay, por considerarla una política de vocación hegemónica, que no tenía en cuenta a las naciones pequeñas. Por el contrario, Herrera proponía una política de “solidaridad continental” (Reali, 2011: 11).

Por su parte, Brasil se mostró reacio a condonar la deuda ya que veía en el mantenimiento de esta la oportunidad de evitar proyectos anexionistas argentinos (Brezzo, 2013: 15), y, de darse esa posibilidad, podría cobrarle a la Argentina la deuda contraída como consecuencia de la anexión (Doratioto, 1996).

En cuanto a la Argentina, con el antecedente uruguayo de 1883, el encargado de Negocios de Paraguay, Carlos Saguier, indagó con el entonces presidente conservador Julio A. Roca sobre la posibilidad de que la Argentina tuviera la misma iniciativa que el Uruguay. Roca no solo respondió negativamente, sino que, por el contrario, creía necesario que Paraguay cuanto antes reconociera la deuda (Brezzo, 2013: 21). Saguier reiteró el pedido al ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Ortiz. En la nota presentada en 1885, decía: “Mi país ha quedado postrado por completo y exhausto de recursos de todo género hasta para atender a las necesidades y servicios públicos más indispensables para mantener su ser político” (Brezzo, 2013: 21). Tampoco en esta oportunidad la solicitud tuvo respuesta favorable.

A pesar de esto, hubo intentos por parte de diputados argentinos de distinto signo político para devolver a Paraguay los trofeos de guerra y condonar la deuda. El primer proyecto de ley en entrar en el Congreso argentino, el 1.° de junio de 1903, fue el del nacionalista Manuel Carlés, el cual fue apoyado con entusiasmo por el diputado coronel José Arias, que había sido guerrero del Paraguay, y por el general Manuel J. Campos (Solveira de Báez, 1995). El mensaje rezaba lo siguiente:

No fue una lucha de pueblos; fue una obra de redención humana; allí se disciplinaron tres ejércitos para derrocar un Gobierno que después de esclavizar su pueblo atentó contra la estabilidad de América. Y como en época lejana la virtud de la ayuda brasileña y uruguaya derrocó un tirano argentino, así las fuerzas del Brasil, del Uruguay y de nuestra República sangraron vida y sacrificios para libertar de un déspota al Paraguay (Cisneros y Escudé, 2000, s/p).

En 1912, el diputado del Partido Socialista, Alfredo Palacios, presentó un proyecto similar que también fue firmado por los diputados de diferentes partidos, como Juan B. Justo, Lisandro de la Torre, Marcelo T. de Alvear, Manuel Carlés, Rogelio Araya, Ernesto H. Celesia y Delfor del Valle. En ese momento Palacios utilizó como argumento la fórmula jurídica de la doctrina Varela –“La victoria no da derechos”–, que significaba “la invalidez de las ventajas obtenidas por la fuerza, en especial si se trata de cuestiones territoriales” (Llorens, 2019: 201), pero agregando asimismo que el objetivo del proyecto también era el “homenaje a la solidaridad de los pueblos de la América Latina” (Cisneros y Escudé, 2000: s/p). Ni el proyecto de Carlés ni el de Palacios fueron aprobados.

Los proyectos presentados en el parlamento por el yrigoyenismo

Durante las presidencias de Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear (1916-1930), en distintas ocasiones se presentaron iniciativas para la condonación de la deuda y para la devolución de los trofeos de guerra del Paraguay. El primer intento se dio en septiembre de 1922. En ese momento el presidente Yrigoyen, junto con el ministro de Relaciones Exteriores, Honorio Pueyrredón, enviaron un mensaje al Congreso que acompañaba al proyecto de ley:

Con el profundo convencimiento de que ha desaparecido para siempre toda posibilidad de vicisitudes entre nuestra nación y cualquiera otra de América, creo que es imperativo borrar, cuando menos, la materialidad de todo recuerdo doloroso, para vivir tan sólo identificados en los ideales de mutuo engrandecimiento y de solidaridad hacia nuestros comunes destinos.
Existe pendiente con la República del Paraguay su deuda emergente de la guerra, estipulada en el artículo 3.º del tratado de paz de 3 de febrero de 1876. Por los fundamentos que inspiran este mensaje, cuya sola enunciación basta para que sean debidamente consagrados, debe declararse extinguida esa deuda.[2]

Según Luis Alén Lascano, la gestión del canciller argentino en el período 1917-1922 se caracterizó por un “acercamiento continental”, por compartir los “principios americanistas” del gobierno del presidente Yrigoyen y por “reconocer los ideales antiimperialistas como norma fundamental” (Alén Lascano, 1951: 43, 67), por lo que, al presentarse un proyecto parlamentario de tales características, Pueyrredón puso inmediatamente en conocimiento de él al representante del Paraguay en Argentina, Pedro Saguier. El proyecto de ley solo se refería a la extinción de la deuda pública, pero nunca logró sesionarse. Lo mismo sucedió con el que fue presentado por el diputado radical Guillermo Sullivan, en 1925, durante el mandato presidencial de Alvear.

El 10 de agosto de 1928, el diputado de la bancada radical yrigoyenista, Leopoldo Bard, propuso en la Cámara de Diputados la extinción de la deuda pública y la devolución de los trofeos de guerra del período de la Triple Alianza, como así también la creación de una sucursal de Banco Nación en Asunción. Este último punto quedó sin tratarse en conjunto con los otros a pedido de los diputados Federico Pinedo (Partido Socialista Independiente) y Enrique Dickmann (Partido Socialista). El proyecto de ley, que se consideró en la Comisión de Negocios Constitucionales, dictaba lo siguiente:

Artículo 1.°- Declárese extinguida la deuda pública que por el tratado definitivo de paz del 3 de febrero de 1876, la República del Paraguay reconoció y aceptó abonar a la República Argentina en concepto de indemnizaciones por los gastos de guerra (inciso 1.°), por los daños causados a las propiedades públicas (inciso 2.°), como asimismo, los intereses previstos en el artículo 4.° (inciso 4.°) del referido tratado.
Artículo 2.°- El Poder Ejecutivo devolverá a la República del Paraguay los trofeos procedentes de la guerra llamada de la Triple Alianza.
Artículo 3.°-Comuníquese al Poder Ejecutivo.[3]

El proyecto fue aprobado por la Cámara de Diputados, pero no así por la Cámara de Senadores. Paraguay debió esperar hasta 1954 para ver sus trofeos desfilar por Asunción.

Las posiciones de los partidos políticos y los sectores intelectuales frente al proyecto parlamentario

Los partidos políticos

Ya con el primer proyecto presentado por el entonces presidente Hipólito Yrigoyen y su canciller Honorio Pueyrredón, en 1922, el diario La Época –de tendencia yrigoyenista– postulaba que era el “coronamiento brillante y lógico de una política americanista”[4] y se inspiraba en “las ideas sustentadas y aplicadas por el presidente a sus actos de relación con las naciones del continente”[5]. Además, en el artículo se presentaba el proyecto como parte de la política exterior del gobierno radical, en la cual predominaba la voluntad de estrechar los lazos con los países vecinos, a diferencia de lo que buscaban los gobiernos conservadores:

Basta comparar los actos y declaraciones del Ejecutivo en sus relaciones con los gobiernos del continente para advertir […] un plan de acercamiento internacional americano […] y la formación de una futura y única conciencia ética interamericana, en contra de los actos desventurados de política exterior del “régimen” que llevaron recelo y zozobra en las fronteras y aislamiento con los países americanos hasta 1916.
En pocos años una conducta clara ha operado una transformación total en el panorama diplomático continental. La república ha reanudado los lazos históricos y teje noblemente el entramado de una futura solidaridad […]. Aplicación particular de una política americanista es el proyecto declarando extinguida la deuda paraguaya, el cual a la vez de resolver una situación histórica, clausura una etapa entristecedora en la vida de relación de los pueblos del Plata.[6]

Durante la sesión en la Cámara Baja relativa al proyecto presentado en 1928, los lineamientos a favor de este por parte de los diputados de la UCR eran similares a los esbozados por el periódico La Época seis años antes. El diputado Juan Carlos Vásquez manifestaba en este sentido:

Fue una guerra fratricida que amargó al continente americano y ahora es deber de americanos no rectificar la historia pero sí borrar despojos […]. No se hace paz, no se hace diplomacia con palabras. El ideal americano debe ser más amplio; debemos entregar esos trofeos que no significan el despojo de nuestra historia sino el abrazo americano.[7]

En consonancia con la postura sostenida por Yrigoyen con respecto a la política del ABC y al clima de ideas antiimperialistas desarrollados previamente, y sobre todo dejando ver la diferencias entre la UCR y la UCR-Antipersonalista, Vásquez fundamentó su voto a favor del proyecto encuadrándolo con la política exterior implementada durante la primera presidencia radical:

Concordará este proyecto con la actitud de Yrigoyen cuando hizo retirar la representación argentina de la Liga de las Naciones porque no se igualó a todos los Estados del mundo, porque no se dio cabida a todas las naciones; porque es necesario que termine la lucha de prepotencia, el imperialismo de los Estados fuertes.[8]

También el diputado de la misma bancada, J. R. Rodríguez, apelaba a la solidaridad continental y a hacerle frente a los Estados fuertes:

… crear la unidad espiritual de Sudamérica frente horas inciertas que podrían sobrevenir por la presión de los grandes intereses desde otras zonas del continente o de Europa, siempre ha de tener un enorme de beneficio para los sentimientos de solidaridad[9].

José Antoni, por su parte, afirmó que los dos proyectos –la condonación de la deuda y la devolución de trofeos– habían sido reducidos a uno ya que estaban “inspirados por la misma idea fundamental de producir un acto que consolidara definitivamente los estrechos vínculos de leal amistad que nos unen con el Paraguay”[10]. Lo que también sostenía el diputado sobre los proyectos parlamentarios previos era la posición a favor que centros universitarios y excombatientes de la guerra en cuestión habían brindado en ese entonces.

Particularmente con respecto al proyecto presentado por su partido en 1922, Antoni postulaba:

Es la Unión Cívica Radical el partido que ha bregado decididamente por tal noble afán y es el ciudadano [por Yrigoyen] surgido de sus filas por segunda vez para ocupar la presidencia quien consecuente con sus principios de política internacional que tan alto sitial nos han dado en la consideración del mundo, concretó sabiamente en el mensaje y proyectos en 1922.[11]

Cuando el 10 de agosto de 1928 la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley, el periódico La Época expresó:

Se trata de una sanción llamada a ser histórica que la representación cívica radical, impulsada por nobilísimos sentimientos, ha alcanzado afirmando un concepto de solidaridad americana y de homenaje al pueblo que sufrió las dolorosas consecuencias de una guerra injusta, cuyo recuerdo debemos procurar que se extinga por siempre.[12]

Si bien los representantes de la Cámara Baja en general se manifestaban a favor del artículo sobre condonación de la deuda, la diferencia de posiciones se mostró en el debate respecto a la devolución de los trofeos. Los diputados conservadores y de la UCR-A compartían el rechazo por dicha iniciativa, mientras que la bancada yrigoyenista se encontraba a favor de los dos artículos.

Muchos de los diputados que se inclinaban en contra argumentaban su posición con base en las declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay, Enrique Bordenave, que coincidían con las del presidente Eligio Ayala y del presidente electo José Patricio Guggiari. Dichos comentarios se habían dado en el marco de un reportaje al diario La Nación, en donde manifestaban que los trofeos de guerra “ni se reclaman ni se devuelven” (Amaral, 2003: 315). De hecho, el diputado de la UCR-A, Justo Díaz de Vivar, leyó la declaración del presidente electo del Paraguay para argumentar su negativa frente al proyecto. En este sentido, Díaz de Vivar manifestó:

En ninguna parte se ha presentado el fenómeno que pueblos que aman su historia, pueblos de un nacionalismo positivo […] se desprendan de acervo histórico […]. Esos símbolos no significan un espíritu de conquista en el pueblo argentino. No hemos despojado al Paraguay. No tenemos, pues de qué arrepentirnos.[13]

El diputado Rodolfo Moreno, del Partido Conservador, sin tener en cuenta el caso uruguayo de 1915, expresó que votaría a favor de la condonación, pero no así de la devolución, de lo cual creía que no había antecedentes. Agregó: “Los trofeos fueron obtenidos no solo por Argentina sino en conjunto con los tres ejércitos en contra del ‘tirano’ lo que le da una significación ideológica y son recuerdos que conforman la nacionalidad”[14]. De igual modo –y contrario a la lectura “yrigoyenista” de la guerra del Paraguay–, el diputado de la UCR-A, Manuel Cáceres, sostenía que los trofeos significaban “el recuerdo de nuestro pasado, tan respetable, tan digno y que forma la médula de nuestra raza y el fundamento básico de nuestro patriotismo”[15]

Con igual representación de la guerra de la Triple Alianza, votó en contra del proyecto el diputado conservador del PLT, Abraham de la Vega, sosteniendo: “El Congreso no debe entregar los trofeos porque representan el heroísmo y el sacrificio de los soldados argentinos […] las armas en las manos de los soldados argentinos no fueron instrumentos de exterminio sino de liberación”[16].

Según el diario La Vanguardia[17], durante la sesión, se aprobaron ambos artículos a pesar de los votos en contra de algunos diputados antipersonalistas y la totalidad de los conservadores, a excepción de Martín Gil (PD), quien votó a favor. De los oradores durante la sesión se posicionaron a favor José Antoni (UCR), Juan Carlos Vásquez (UCR), Gilberto Zabala (UCR), Jorge R. Rodríguez (UCR) y Víctor Etcheverry (UCR), mientras que en contra se mantuvieron Rodolfo Moreno (Partido Conservador), José M. Bustillo (Partido Conservador), Justo Díaz de Vivar (UCR-A), Abraham de la Vega (PLT), Manuel Cáceres (UCR-A) y José H. Martínez (PD).

Los intelectuales

Como mencionamos anteriormente, en la campaña de opinión pública de la Unión Latino Americana, podemos encontrar las posiciones de los sectores intelectuales “latinoamericanistas” con respecto al proyecto parlamentario presentado por Bard. Si bien fue creado en 1925, ya desde 1923 se publicaba el boletín Renovación, donde se expresaban sus ideas y sus motivaciones para ser difundido:

Con la esperanza de un acercamiento progresivo nos aproxime al ideal de unión, solidaridad y federación continental que fue el medio de nuestros mayores, asociando en una grandiosa nacionalidad común a todos los pueblos que tienen análogos orígenes, desenvolvimiento y porvenir […]. A esa obra, digna de interesar a la nueva generación de todo nuestro continente, sólo podemos contribuir por ahora con una labor ideológica, procurando establecer un intercambio informativo sobre lo que atañe al movimiento intelectual en los países latinoamericanos, no sólo en lo literario, sino también lo político y social.[18]

En 1928 –ante el fallecimiento de José Ingenieros y el antiguo director del boletín, Gabriel Moreau–, se puso a la cabeza de la publicación Manuel Seoane y, como representante, Víctor Raúl Haya de la Torre. Ambos eran referentes del partido peruano de izquierda antiimperialista, Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), y se encontraban exiliados, el primero en la Argentina, y el segundo en Europa. Cuando el proyecto presentado por Bard fue aprobado en la Cámara de Diputados, como presidente de la ULA, Alfredo Palacios envió un escrito a la Cámara de Senadores a favor de que también se aprobara en dicho recinto:

En otros documentos dirigidos al señor presidente de la república y al pueblo de la Nación, he expresado sentimientos de confraternidad continental, sosteniendo el proyecto que presenté en 1912 y 1914 […]. Sin duda bastaría para sostener el proyecto que espera para vuestra sanción, invocar la tradición idealista de nuestra política internacional impulsada siempre por sentimientos de justicia, de lealtad y de concordia. Hemos proclamado en el mundo la justicia social cincelando con cariño el alma colectiva de nuestro pueblo […]. La Argentina ha sabido honrarse proclamando su criterio jurídico a la faz de la tierra y enseñando que “La victoria no da derechos”.[19]

El escrito continúa sobre los argumentos jurídicos para el apoyo:

Hay quien critica lo que se ha llamado el renunciamiento al legítimo fruto de los sacrificios del pueblo […] y todo el premio consistió decir al pueblo que había contribuido a fundar dos naciones en el Norte, una al oriente, y a liberar otra de la tiranía. Hermoso premio: saberse libertador de pueblos. Esa es nuestra gloria, y la gloria sin machas es fuente inexhausta de energías. […]. Pero si hay razones de carácter sentimental, hay otras fundamentales, de carácter jurídico que exige la aprobación del proyecto sancionado por la Cámara de Diputados.
El Tratado de la Triple Alianza […] dice en su artículo 7°: No siendo la guerra contra el pueblo del Paraguay, sino contra el gobierno […]. Si la guerra fue contra el tirano y los aliados admitieron la posibilidad de una legión Paraguaya, no hay argumentos admisibles para retener los trofeos. Estos son símbolos de la soberanía del pueblo paraguayo y no nos pertenecen si los arrebatamos al tirano. El Uruguay, nuestro hermano, ha devuelto los trofeos y ha condonado la deuda de guerra. Debemos imitarle.[20]

Puede verse que Palacios esgrime argumentos similares a los que esbozaba en 1912, cuando realizara él una presentación parlamentaria como diputado del Partido Socialista. Por un lado, manifiesta la confraternidad con el Paraguay, a la vez que expresa que la victoria argentina frente a un “tirano” no le daba derechos sobre el país vencido.

Sin querer adentrarnos en los distintos debates historiográficos revisionistas sobre la guerra de la Tripe Alianza y sobre el rol del Paraguay y de los aliados en la contienda[21] –que en la Argentina fueron posteriores a este período–, cabe destacar que los proyectos radicales en ningún momento se fundamentaron en la doctrina Varela, sino en términos políticos, apelando a la solidaridad continental. Lo novedoso en el escrito de Palacios para este momento era la idea de confraternidad en pos de una futura integración económica regional. A partir de la idea de Unión Continental del comercio esbozada por Juan B. Alberdi, dice por ejemplo:

He sostenido invariablemente que un sistema que acerque el librecambio continental, realizará la gran obra de vinculación entre las democracias iberoamericanas, rompiendo las trabas que se oponen a la expansión del comercio. Por lo expuesto pido al Senado la sanción del proyecto aprobado por la Cámara de Diputados, ordenando la devolución de trofeos y la condonación de la deuda de guerra del Paraguay.[22]

En el mismo número del boletín, se transcribe el escrito que envió al Congreso la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) también para pedir la aprobación del proyecto, reflejando el carácter intelectual y universitario de la ULA:

Reafirma la inquebrantable solidaridad expresada por la juventud de América y declara que estará siempre dispuesta a respaldar con actitud decidida actos oficiales que garanticen tal anhelo.
[La FUBA] Manifiesta su adhesión al proyecto de condonar la deuda paraguaya, expresando el deseo de ver completado el noble sentido de tal propósito agregando una cláusula que establezca la devolución de los trofeos de guerra que existen en nuestros museos, trofeos que fueron logrados en el azar de una refriega y que constituyen símbolos de una soberanía contra la que más se combatiera. Injustificado resulta a todas luces conservarlos ya que es equívoco su significado […]. Considerando que en la Universidad Argentina se han plasmado los ideales de Humanidad y Democracia de América, que en el seno de la misma se confunde en fraternal camaradería los universitarios paraguayos y argentinos, esta Federación considera que una embajada cordial formada por universitarios llevarían la refrendación moral de la Universidad que siente al unísono las preocupaciones colectivas que mueven nuestra democracia.[23]

Conclusiones

En este trabajo hemos intentado realizar un análisis de la política exterior yrigoyenista en relación con los países vecinos, tomando como elemento el proyecto parlamentario presentado por Leopoldo Bard en 1928 para hacer efectiva la devolución de los trofeos de guerra y la condonación de la deuda del Paraguay del período de la Triple Alianza. Para ello hemos realizado un recorrido desde los orígenes de la guerra, teniendo en cuenta las implicancias políticas en la élite argentina al alzarse victoriosa y las consecuencias económicas para el país vencido.

La “incobrabilidad” de la deuda que acarreaba el Paraguay impulsó en nuestro país iniciativas de condonación y devolución de los trofeos de guerra en distintos períodos históricos por diferentes fuerzas políticas. Aquí nos enfocamos en los efectuados por el yrigoyenismo durante ambas presidencias radicales, entendiendo que en sus mandatos las relaciones con los países vecinos intentaron estrecharse.

El recorrido nos devela algunas conclusiones tentativas. Por un lado, a finales del siglo xix, se observa una negativa por parte del gobierno conservador argentino de Julio A. Roca con respecto a la condonación que permaneció constante en relación con la devolución de trofeos en 1928, cuando dicha fuerza política intervino como opositora en el debate del proyecto. Negativa que reflejaba la política exterior sostenida durante las presidencias conservadoras, caracterizada por ser atlantista y liberal y por haberle dado la espalda a América del Sur (Rapoport y Spiguel, 2005: 16), y cuya posición compartía la UCR-A. Como afirma Rock, “el surgimiento del antipersonalismo fue el fruto final de rivalidades partidarias que ya eran evidentes incluso antes de 1916” (Rock, 2010: 237). El sector radical proveniente de las élites que rechazaba el rumbo económico y social representó en el parlamento también una oposición al yrigoyenismo en sus iniciativas de política exterior. En particular, esto se hizo evidente cuando esta puso en cuestión la noción de la “Argentina civilizadora” propia del argumento ideológico oligárquico, que la victoria en la guerra había logrado engrosar.

Esto marcaría una diferencia entre la UCR-A y la coalición de partidos conservadores y la posición de la UCR, que se propuso encuadrar sus proyectos parlamentarios como parte de una política exterior diferente a la del “régimen” en relación con los países del Cono Sur. En este sentido, los proyectos apelaban a una situación regional en la que no existía conflicto entre los países, conflictos que, según el yrigoyenismo, se basaban en desconfianzas propias de políticas como el ABC, inspiradas y patrocinadas por EE. UU. y llevadas a cabo durante los gobiernos conservadores.

Al mirar el posicionamiento de los estudiantes universitarios, de los intelectuales “latinoamericanistas” nucleados en la ULA y de los proyectos similares de otras fuerzas como el Partido Socialista, podemos ver los puntos en común entre el clima de época y los principios morales característicos de la política exterior yrigoyenista: el mirar al sur, la confraternidad en pos de una integración o ética americana futura y de terminar con el imperialismo de los países fuertes. Pero, a la vez, se demarcan las particularidades de la política exterior radical, ya que en ninguno de los proyectos presentados existía una invocación a una doctrina jurídica o al derecho internacional, sino una identidad propia basada en la “solidaridad continental”.

Referencias

Alén Lascano, L. (1951). Pueyrredón: mensajero de un destino, Raigal.

Alén Lascano, L. (1986). Yrigoyenismo y antipersonalismo: surgimiento en el gobierno de Alvear, Centro Editor de América Latina.

Alén Lascano, L. (1986). Yrigoyen, Sandino y el panamericanismo, Centro Editor de América Latina.

Amaral, R. (2003). Escritos Paraguayos ii, Distribuidora Quevedo de Ediciones.

Ardao, A. (1993). Panamericanismo y latinoamericanismo, en L. Zea (coord.), América Latina en sus ideas, Siglo xxi Editores.

Bagú, S. (1975). Tres oligarquías, tres nacionalismos: Chile, Argentina, Uruguay. Cuadernos Políticos, n.º 3, 6-18.

Baratta, M. V. (2013). La Guerra del Paraguay y la historiografía argentina, en História da Historiografia: International Journal of Theory and History of Historiography, Ouro Preto, vol. 7, n.º 14, 98-115.

Benvenuto, A. L. (2004). Intransigencia argentina en Ginebra (1920), Corregidor.

Bergel, M. y Martínez Mazzola, R. (2008). América Latina como práctica. Modos de sociabilidad intelectual de los reformistas universitarios (1918-1930), en C. Altamirano y J. Myers, Historia de los intelectuales en América Latina, Vol. ii (pp. 119-145), Katz Editores.

Botana, N. (1979). El proceso político: la era conservadora, 1880-1916, Curso integral de historia argentina.

Brezzo, L. (4-5 de octubre de 2002). Guerra, historiografía y tabú. Los reclamos de indemnización de la provincia de Corrientes al Gobierno Paraguayo. xxii Encuentro de Geohistoria Regional Exposiciones. Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata – Facultad de Humanidades, Universidad Nacional del Nordeste, Resistencia, Chaco.

Brezzo, L. (2010). La historia de la Guerra del Paraguay: nuevos enfoques, otras voces, perspectivas recientes, en Observatorio Latinoamericano, 14-18. Disponible en bit.ly/3kSAa1i.

Brezzo, L. (2013). La devolución de los trofeos de guerra, El Lector.

Brezzo, L. y Figallo, B. (1999). La Argentina y el Paraguay. De la guerra a la Integración, Instituto de Historia-UCA.

Buchrucker, C. (1987). Nacionalismo y peronismo: la Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955), Sudamericana.

Cisneros, A. y Escudé, C. (2000). Historia General de las relaciones exteriores de la República Argentina, CARI. Disponible en bit.ly/3oEalTu.

Compagnon, O. (2014). América Latina y la gran guerra. El adiós a Europa (Argentina y Brasil, 1914-1939), Crítica.

Doratioto, F. (1996). En busca del equilibrio: la política exterior paraguaya entre 1920 y 1925, Historia Paraguaya, Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, vol. xxxvi.

Lanús, J. A. (2001). Aquel Apogeo. Política internacional argentina, 1910-1939, Emecé.

Llairó, M. y Siepe, R. (1997). Argentina en Europa. Yrigoyen y la Sociedad de las Naciones (1918-1920), Macchi.

Llorens, M. (2020). “La victoria no da derechos”: Doctrina internacional, Universidad Nacional de Córdoba. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales; Anuario, 18, 187-203.

López, V. F. (1896). Historia Argentina. Carlos Casavalle Editor.

Otero, D. (2001). Políticas e ideologías en los procesos de integración del Cono Sur, siglo xx, en M. Rapoport y A. L. Cervo (comps.), El Cono Sur. Una historia común, Fondo de Cultura Económica.

Panettieri, J. (1983). Proteccionismo, liberalismo y desarrollo industrial, Centro Editor de América Latina.

Pelliza, M. (1897). Historia de la organización nacional. Félix Lajouane.

Persello, A. V. (2004). El partido radical. Gobierno y oposición, 1916-1943, Siglo xxi Editores.

Pita González, A. (2019). El capítulo faltante. La Unión Latino Americana entre 1926 y 1927. Cuadernos de Historia. Serie Economía y Sociedad, n. º 21 (abril): 77-107.

Ramírez Braschi, D. (23-25 de julio de 2014). Reclamo de deudas al Estado argentino por provisiones en territorio correntino durante la guerra contra el Paraguay. iv Jornadas Internacionales de Historia del Paraguay en la Universidad de Montevideo. “Paraguay: Investigaciones de Historia Social y Políticas”. Universidad de Montevideo. Editorial Tiempo de Historia.

Rapoport, M. (2020). Historia económica, política y social de la Argentina, 1880-2003, Crítica.

Rapoport, M. y Spiguel, C. (2005). Política exterior argentina. Poder y conflictos internos (1880 2001), Capital Intelectual.

Reali, M. L. (2011). Iniciativas de conmemoración histórica Uruguay-Paraguay. La devolución de un trofeo de la guerra de la Triple Alianza en 1915. Nuevo Mundo, Mundos Nuevos.

Rock, D. (2010). El radicalismo argentino (1890-1930), Amorrortu.

Scavone Yegros, R. y Brezzo, L. (2010). Historia de las Relaciones Internacionales del Paraguay, El Lector.

Sessa, L. (2020). Manuel Seoane ensayista: una “mirada aprista” de la Argentina de los treinta, Pacarina del Sur. En bit.ly/3DCgoyf.

Simonoff, A. (1996). La UCR y la política exterior: Análisis de cien años del discurso radical. Tesis de maestría, Universidad Nacional de La Plata. Repositorio institucional – Instituto de Relaciones Internacionales.

Solveira de Báez, B. (1992). El ABC como entidad política: un intento de aproximación entre la Argentina, Brasil y Chile a principios de siglo, Ciclos, ii, 2.

Solveira de Báez, B. (1995). Las relaciones argentino-paraguayas a comienzos del siglo xx, Centro de Estudios Históricos, Córdoba.

Yankelevich, P. (1996). Las redes intelectuales de la solidaridad latinoamericana: José Ingenieros y Alfredo Palacios frente a la Revolución Mexicana, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 58, n.º 4.


  1. Ver las obras de Vicente Fidel López (1896) y Mariano Pelliza (1897).
  2. La Prensa, 02/09/1922.
  3. La Nación, 11/08/1928, p. 1.
  4. La Época, 02/09/1922, p. 1.
  5. La Época, 02/09/1922, p. 1.
  6. La Época, 02/09/1922, p. 1.
  7. Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, 10 de agosto de 1928, p. 255.
  8. Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, 10 de agosto de 1928, p. 256.
  9. Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, 10 de agosto de 1928, p. 263.
  10. La Nación, 11/08/1928, p. 5.
  11. Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, 10 de agosto de 1928, p. 253.
  12. La Época, 11/08/1928, p. 1.
  13. La Nación, 11/08/1928, p. 5.
  14. La Nación, 11/08/1928, p. 5.
  15. Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, 10 de agosto de 1928, pp. 264-265.
  16. La Nación, 11/08/1928, p. 5.
  17. La Vanguardia, 11/08/1928.
  18. Renovación, número suelto, enero de 1923.
  19. Renovación, número suelto, julio-agosto, 1928, p. 2.
  20. Renovación, número suelto, julio-agosto, 1928, p. 2.
  21. Para una revisión de los debates historiográficos en torno a la guerra de la Triple Alianza, ver Brezzo (2010), disponible en bit.ly/3kSAa1i, y Baratta (2013).
  22. Renovación, número suelto, julio-agosto de 1928.
  23. Renovación, julio-agosto de 1928, p. 4.


Deja un comentario