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4 Intelectuales, ideas y política exterior[1]

Juan Enrique Guglialmelli, el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) y la revista Estrategia (1966-1973)

María Florencia Delpino

Introducción

Hacia 1969, las disputas al interior del frente cívico-militar que había dado el golpe de Estado de junio en 1966 persistían. Algunos sectores insistían en la profundización del proyecto liberal-heterodoxo del ministro de Economía, Adalberto Krieger Vasena, mientras que otros sostenían que la Revolución argentina debía cambiar su rumbo. En un escenario de recrudecimiento de la Guerra Fría en el que las dos potencias del mundo bipolar competían por el dominio de los mercados, el general de división Juan Enrique Guglialmelli sostenía que la Argentina debía insertarse en el escenario internacional adoptando un modelo desarrollista comandado por las Fuerzas Armadas. Por eso, se convirtió en un fuerte crítico de la política económica y la política exterior de la dictadura, incluso antes de su breve paso por el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) en 1970. Su posicionamiento se reflejó en Estrategia, una revista especializada en relaciones internacionales bajo su dirección y dependiente del Instituto Argentino de Estudios Estratégicos y de Relaciones Internacionales (INSAR). Fundada en 1969, esta publicación se editó bimestralmente hasta 1983 y adoptó enfoques estrechamente vinculados a la geopolítica, la defensa y la seguridad para el análisis de la política exterior (Deciancio, 2017: 197).

En este trabajo, nos proponemos explorar el clima de ideas en torno a la inserción internacional de la Argentina entre 1966 y 1973 de forma paralela al complejo devenir del proyecto socioeconómico y la política exterior de los gobiernos de facto de la autodenominada Revolución argentina. Para tal fin, abordaremos los debates que se plasmaron en Estrategia durante el año de su fundación en vinculación con la trayectoria individual[2] de su director, Guglialmelli.

En primer lugar, recuperaremos el desenvolvimiento de Guglialmelli como militar y los inicios de su carrera política. Sostenemos que estos dos episodios de su trayectoria son útiles para analizar las redes y los espacios de sociabilidad que lo llevaron a constituirse en una figura con peso específico dentro de la élite militar-estatal para el advenimiento de la autodenominada Revolución argentina. Luego, analizaremos las intervenciones de Guglialmelli entre los años 1966-1973 de forma paralela a los vaivenes y el devenir del proyecto socioeconómico de la coalición cívico-militar gobernante. Finalmente, observaremos de qué manera la trayectoria individual de Guglialmelli convergió con el surgimiento de Estrategia, un texto colectivo en forma de revista especializada que condensó e impulsó debates y políticas internacionales novedosas. Para encontrar los puntos de contacto, analizaremos detalladamente el programa de la revista, las problemáticas abordadas y las redes que en ella confluyeron a partir de los números publicados en 1969. También utilizaremos otras fuentes primarias, como discursos transcriptos en la Revista de la Escuela Superior de Guerra, entrevistas compiladas en el libro 120 días en el gobierno (Guglialmelli, 1971) y documentos de la colección Robert Potash (1930-1991) de la Universidad de Massachusetts Amherst.

En sintonía con las perspectivas constructivistas en relaciones internacionales (RI) (Wendt, 1995; Adler, 1997), partimos del supuesto de que las ideas de los gobernantes, los intelectuales asesores y las burocracias inciden en el diseño y la implementación de las políticas exteriores. De este modo, las trayectorias individuales, los espacios de difusión que los actores forjan y las instituciones y redes por las que transitan cobran relevancia en los análisis de política internacional. Unos y otros permiten vislumbrar los puentes y las correspondencias entre el mundo de las ideas y el campo de las políticas (Colacrai, 2006: 384).

No obstante, estas ideas no están separadas de las condiciones materiales e históricas. Según Pierre Renouvin y Jean Baptiste Duroselle (2000), ambos con raíces en la escuela francesa de la historia de las relaciones internacionales, las condiciones geográficas, los movimientos demográficos, los intereses económicos y financieros, las mentalidades colectivas y las grandes corrientes sentimentales (Renouvin y Duroselle, 2000: 9-10), actúan como un “ruido de fondo” en el devenir histórico, condicionando las ideas, decisiones y acciones de los hombres de Estado (Canesin, 2008: 131). En otras palabras, las “fuerzas organizadas” –como, por ejemplo, las agencias y burocracias estatales y los actores que las corporizan– deben ser comprendidas y estudiadas en su relación recíproca con las “fuerzas profundas” (Duroselle, 1998: 176).

En el marco de estos enfoques, nuestra hipótesis de trabajo afirma que, hacia 1969, Guglialmelli era un personaje representativo de la élite militar-estatal, pero, a la vez, singular dentro de ella y, como tal, sus ideas ocupaban un lugar relevante en los debates referidos a la inserción internacional del país. Entonces, por un lado, Estrategia canalizó la distancia que se incrementaba entre un sector de militares, intelectuales y dirigentes y el régimen dictatorial. Pero, además, la revista se convirtió en un espacio de difusión importante de políticas alternativas para la Argentina.

Juan Enrique Guglialmelli, el militar y hombre de Estado (1917-1963)

Juan Enrique Guglialmelli nació en diciembre de 1917 en la localidad de San Martín, Provincia de Buenos Aires. Provenía de una familia en la que la vocación militar estaba muy presente. Su padre había sido capitán en el Ejército Argentino y uno de sus tíos había alcanzado el grado de teniente coronel. Así, ingresó en el Colegio Militar de la Nación y, en 1938, egresó como subteniente en Comunicaciones. A fines de 1947, fue ascendido al rango de capitán y, luego de cumplir un traslado en la Escuela de Ingenieros en Concepción del Uruguay (Entre Ríos), comenzó sus estudios superiores en la Escuela Superior de Guerra (ESG). En 1951, cuando Guglialmelli se encontraba cursando el segundo año, se suscitó la sublevación del general Benjamín Menéndez contra el gobierno de Juan Domingo Perón. A partir de este episodio, su carrera militar se vio interrumpida porque –al igual que otros jefes y oficiales subalternos implicados– fue sancionado con un arresto y un decreto de pase a retiro obligatorio en 1952. Según Guglialmelli, en ese entonces, el Ejército estaba divido en dos grupos –uno liderado por Eduardo Lonardi, y el otro, por el propio Menéndez–, pero “todos en la ESG se oponían a Perón”[3].

Si durante aquellos años los ascensos se producían de manera casi automática en los escalafones inferiores hasta el grado de teniente coronel (Mazzei, 2013: 97), Guglialmelli no pudo alcanzarlos de manera espontánea[4]. Durante los años en que tomó distancia de los ámbitos militares, contrajo matrimonio con Nelly Vilas Díaz Colodrero, una joven de la sociedad aristocrática correntina, que lo introdujo en aquellos círculos. Esta socialización por vías de su esposa marcó el ascenso social de Guglialmelli (García Lupo, 1967: 23). Asimismo, continuó formándose y, en Goya (Corrientes), tuvo su primera aproximación a la política partidaria. Respecto a esto último, años después, Guglialmelli afirmaría: “En Goya, la única oposición a Perón era la Unión Cívica Radical (UCR) y, por tanto, fraternicé con ellos”[5]. Cuando Arturo Frondizi publicó su obra más importante, Petróleo y política, Guglialmelli ofreció una conferencia en el comité del radicalismo que causó gran repercusión (Larra, 1995: 16).

Con el advenimiento de la autoproclamada “Revolución Libertadora”, fue reincorporado a la actividad y promovido al grado de mayor con destino al Ministerio de Ejército a cargo del general Arturo Ossorio Arana, uno de los principales organizadores del golpe. Su participación en el intento de levantamiento contra Perón en 1951 lo había revelado, en los hechos, como un militar antiperonista. Si bien en aquel entonces esto le valió su retiro, cuatro años después, cuando las corrientes antiperonistas hegemonizaron las Fuerzas Armadas y el Estado, el mismo hecho habilitó su reincorporación automática y su traslado a una dependencia estatal por “mérito revolucionario”.

Según Raúl Larra, el nuevo cargo lo introdujo en las entrañas del poder al estar directamente en contacto con el Almirante Isaac Rojas, vicepresidente de facto de la dictadura (Larra, 1995: 17). No obstante, Guglialmelli no coincidía con la política económica antiindustrialista de la autodenominada Revolución Libertadora y, por tanto, enviaba información al semanario Qué Sucedió en Siete Días, dirigido por Rogelio Frigerio, sobre las novedades que se producían en los altos estamentos de la fuerza (Larra, 1995: 17). Cuando Pedro Eugenio Aramburu advirtió esta situación, Guglialmelli fue destinado como jefe de la iv División del Ministerio del Ejército. En abril de 1956, fue promovido a teniente coronel de Comunicaciones, y, en octubre de ese mismo año, su ascenso se extendió al rango de coronel.

Con la asunción de Frondizi a la presidencia en 1958, algunos militares con preocupaciones industrialistas –como el propio Guglialmelli– decidieron apoyar el proyecto desarrollista del radical intransigente y se incorporaron al gobierno. Desde una concepción política conservadora y militantemente anticomunista (Fornillo, 2015), estos militares consideraban que el objetivo principal de las FF. AA. Era combatir el subdesarrollo para que la Argentina se insertara en el escenario mundial como un país industrializado. Era una tendencia minoritaria entre las filas castrenses, y sus raíces ideológicas se remontaban a las ideas de generales como Alonso Baldrich, Manuel Savio y Enrique Mosconi. Bajo su concepción, las FF. AA. tenían el objetivo extramilitar de instaurar una economía fuerte e independiente, base de la soberanía y medio para una defensa nacional (Rouquié, 1982: 248).

Guglialmelli, que ya se había reunido con Frondizi en varias ocasiones, fue designado, en octubre de 1959, como secretario de Enlace y Coordinación de la Presidencia de la Nación. Sin embargo, no ejerció el cargo por largo tiempo. Afirmó él mismo en un reportaje varios años después: “Cuando se consideró que no debía continuar –y yo opinaba lo mismo–, volví al Ejército y se me dio un destino militar” (Guglialmelli, 1971: 103). Así, fue enviado a Estados Unidos como asesor delegado militar argentino ante la Junta Interamericana de Defensa, y allí desempeñó funciones hasta finales del año 1961.

Por sus vínculos con Frondizi y Frigerio y su paso por aquel gobierno, las ideas de Guglialmelli son usualmente asociadas al proyecto desarrollista desplegado entre 1958 y 1962. No obstante, Guglialmelli marcaba puntos de distancia con este enfoque, tomando como ejemplo los contratos petroleros firmados con empresas en su mayoría estadounidenses (Guglialmelli, 1971: 110). En ese sentido, no veía en la política económica de Frondizi la expresión pura de las ideas desarrollistas e industrialistas que él defendía, profundamente condicionadas y forjadas al calor de su trayectoria como militar. Como establece Di Renzo, otra diferencia esencial entre el proyecto de desarrollo postulado por Guglialmelli y el del gobierno desarrollista residía en el lugar asignado a las Fuerzas Armadas (Di Renzo, 2020: 63).

Cuando regresó al país luego de haber cumplido funciones en Washington, Guglialmelli fue nombrado jefe del Estado Mayor en el Comando del iv Cuerpo del Ejército. Durante los conflictos que se sucedieron entre 1962 y 1963 al interior de las FF. AA.[6], Guglialmelli se posicionó a favor de la fracción azul. En febrero de 1962, fue nombrado jefe del Estado Mayor en el Comando del iv Cuerpo de Ejército y, meses después, fue designado comandante de la División de Infantería de Montaña con sede en Neuquén.

Guglialmelli ante el escenario de la Guerra Fría (1963-1966)

En el marco de la Guerra Fría, América Latina despertó un especial interés en Estados Unidos y la Unión Soviética (Rapoport y Laufer, 2000: 3). Para consolidar su hegemonía en el continente, Washington procuró aislar cualquier potencial avance comunista, retardar la integración sudamericana (Villegas, 1975: 9) y evitar un eje alternativo Brasilia-Buenos Aires en su “patio trasero” (Morgenfeld y Míguez, 2012: 54). Desde el país del norte, no solo se mostraba una preocupación por la creciente efervescencia social que se presentaba en la región, sino que, además, se revelaba cierta intranquilidad por las tendencias de algunos gobernantes hacia el nacionalismo económico, como en los casos de Argentina y Brasil con Arturo Illia y João Goulart, respectivamente (Rapoport y Laufer, 2000: 5). Por tanto, Estados Unidos endureció su política exterior hacia el continente americano, impulsando la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) y la idea de las fronteras ideológicas. Según esta concepción, los deseos de una revolución comunista, el accionar de grupos guerrilleros y el descontento social eran producto del subdesarrollo. Para defender los valores occidentales, las Fuerzas Armadas de cada país debían abocarse a la “lucha antisubversiva” con el objetivo de garantizar el desarrollo y la seguridad. Como el enemigo podía ser interno o externo, las fronteras físicas desaparecían y el combate contra el comunismo adquiría así una doble dimensión. Para Echeverría, esta doctrina plasmó una cosmovisión política y social particular sobre el funcionamiento del Estado y la sociedad y no se limitó a una concepción castrense únicamente (Echeverría, 2020: 42).

En Argentina, la DSN y la noción de fronteras ideológicas como nuevas concepciones de seguridad fueron avaladas en 1964, cuando Juan Carlos Onganía asistió a la Quinta Conferencia de Jefes de Estado Mayor de los Ejércitos Americanos en West Point como comandante en jefe del Ejército Argentino. En este contexto, en enero de 1965, Guglialmelli fue ascendido a general de brigada y, en junio del mismo año, asumió la Dirección de la Escuela Superior de Guerra. Por su prestigio y ascendencia, pronto fue nombrado director del Centro de Altos Estudios[7] (Larra, 1995: 19). Desde los espacios académicos, Guglialmelli –junto a militares como el coronel Jorge Raúl Carcagno, que sería nombrado comandante en jefe del Ejército durante el gobierno de Héctor Cámpora– organizó cursos para coroneles con el fin de fortalecer cosmovisiones industrialistas, intentando contrarrestar las ideas liberales en el Ejército (Rouquié, 1982: 245-246). Según su percepción, los militares debían asumir un rol protagónico en la definición de los objetivos nacionales (Bosoer, 2005: 146) y, por ende, el desarrollo y la industrialización eran promovidos a través de la instauración de un proyecto de modernización autoritaria. Haciendo pie en su perfil académico, durante aquellos años, Guglialmelli también creó el INSAR a los fines de estudiar problemáticas nacionales e internacionales con respecto a la seguridad nacional, las relaciones exteriores, la cultura y la economía (Sarthou, 2012; Deciancio, 2017).

Su lectura y posicionamiento respecto al contexto mundial, la inserción internacional de la Argentina en aquel escenario y el rol de las Fuerzas Armadas en aquella empresa se cristalizaron en su discurso por la iniciación de los cursos de 1965 en el Centro de Altos Estudios y en la Escuela Superior de Guerra, en su carácter de director. Ante la existencia de un enfrentamiento entre dos bloques en el escenario mundial, proponía elaborar una política nacional que se correspondiera con “nuestra realidad” e hiciera uso de las circunstancias externas para satisfacer “nuestros propios objetivos” (Guglialmelli, 1965: 7). Esto implicaba prestar atención tanto al hemisferio americano como al Cono Sur, el ámbito regional directo. Bajo su perspectiva, primero había que alcanzar el desarrollo nacional para luego elaborar políticas coherentes y convergentes con el resto de los países de la región. En sus palabras, el Cono Sur “no sólo es desde el punto de vista militar un perfeccionamiento en el sistema de seguridad, sino un contrapeso al gran poder del Norte, pero solidario con él, en el logro de un mundo de paz, progreso y libertad” (Guglialmelli, 1965: 9). Estas declaraciones dan cuenta de su llamado de adhesión al mundo occidental y cristiano en el marco del conflicto mundial, reparando siempre en las asimetrías que separaban a los países suramericanos de los Estados Unidos. Desde una concepción política conservadora, Guglialmelli defendía una articulación entre el desarrollo nacional y la integración del país como modo de resolver el estancamiento de la región en su conjunto (Deciancio, 2017: 192)[8]. Asimismo, contemplaba con recelo la alianza estratégica entre Estados Unidos y Brasil, que se había estrechado a partir de la dictadura brasileña de 1964, y afirmaba que el país lusoamericano cumplía en la región el rol de pivote a la política de poder de Estados Unidos.

Frente a la tarea de que Argentina alcanzara el estatus de país desarrollado, las Fuerzas Armadas tenían un rol fundamental. Según Guglialmelli, debían encabezar una “Revolución Nacional” que vertebrara la comunidad toda a fines de alcanzar una independencia económica, es decir, una verdadera liberación nacional. En sus palabras, los países periféricos necesitaban de una política internacional realista, las FF. AA. debían contribuir decididamente en el desarrollo económico-social y, en la medida de sus posibilidades, “constituirse en agentes activos de la modernización, promoviendo los rubros básicos de sus respectivas economías” (Guglialmelli, 1965: 8). De algún modo, el protagonismo adjudicado a las FF. AA. pone de manifiesto las “bases de visión de mundo” (Giorgi, 2016) de Guglialmelli, cimentadas con firmeza en los espacios del mundo social militar.

En junio de 1966, las FF. AA. derrocaron al presidente constitucional Illia e implantaron la dictadura de la autoproclamada Revolución argentina. Las tres presidencias de facto del período las constituyeron Juan Carlos Onganía (1966-1970), Roberto Marcelo Levingston (1970-1971) y Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973). En su concepción, la dictadura se proponía una transformación a largo plazo en el país, y, hasta no alcanzar dicho objetivo, no se le daría paso a la apertura democrática. Guglialmelli vio en la instauración de esta dictadura una oportunidad para concretar una revolución nacional en la Argentina comandada por las FF. AA. Para ese entonces, era general de brigada y contaba con gran injerencia al interior de los círculos castrenses, había ocupado cargos gubernamentales de relevancia, era conocido por sus posicionamientos políticos y había dirigido las academias más importantes de formación militar avanzada. Además de aquellas relevantes credenciales, Guglialmelli era respetado, entre militares y civiles, por sus ideas, que articulaban el desarrollo y la seguridad como conceptos interdependientes (Gomes, 2013: 20).

A pesar de aquel aval ideológico al golpe, durante los primeros dos años de la dictadura, los militares industrialistas-tecnócratas o de ideas desarrollistas fueron apartados de los puestos decisivos de gobierno (Rouquié, 1982: 349). Guglialmelli continuó su actividad militar como comandante del v Cuerpo de Ejército en Bahía Blanca desde diciembre de 1966 hasta octubre de 1967, cuando fue promovido a general de división. Con aquel ascenso, alcanzó de las más elevadas jerarquías, lo que lo hizo parte del reducido grupo de oficiales superiores con poder real y potencia que condujo al Ejército hasta 1973 (Mazzei, 2013: 98)[9]. Aunque no ocupaba un cargo público específico, Guglialmelli formaba parte de aquella élite militar dominante que diversificaba sus vínculos sociales, políticos y económicos, tejiendo puentes con el Estado y constituyéndose, al mismo tiempo, en una élite también estatal con estatus propio (Frederic, 2012: 214). En un artículo para el semanario uruguayo Marcha, Rogelio García Lupo afirmaba que, para estos años, Guglialmelli había elaborado ideología interna en el ejército, pronunciado conferencias con abiertas implicancias económicas y políticas y estaba considerado entre los jefes mejor dotados técnicamente y más evolucionados políticamente (García Lupo, 1967: 22).

Guglialmelli y el CONADE: los años de la autoproclamada Revolución Argentina (1966-1973)

Los justificativos del golpe de 1966 en Argentina tenían un arraigo en la posible “amenaza comunista”, y los golpistas se habían propuesto terminar con las reiteradas crisis de stop and go que azotaban la economía del país. No obstante, cierto es que estos argumentos fueron utilizados para evitar la llegada al poder del peronismo y para impugnar los rasgos de nacionalismo económico que manifestaban algunas medidas de las políticas de Illia (Míguez, 2013: 66). Si bien la adscripción de la dictadura al mundo “occidental y cristiano” y el anticomunismo cohesionaron al frente golpista, las divergencias en torno al modelo socioeconómico y a la inserción de la Argentina en el mundo no pudieron compatibilizarse. Esto se manifestó en los vaivenes del proyecto socioeconómico, acompañados por sucesiones de presidencias de facto, que reflejaban intereses diversos de las fracciones de las clases dominantes argentinas. Coexistieron una tendencia proveniente del nacionalismo católico y otra liberal[10]. Los militares nacionalistas-católicos –como el propio líder del golpe de junio, Onganía– compartían visión con los tecnócratas, quienes intentaban articular un programa industrialista y modernizador, eran cercanos a los sectores más concentrados y transnacionalizados de la economía e impulsaban el alineamiento con los Estados Unidos y los organismos internacionales de crédito. En cambio, los militares más cercanos al liberalismo económico, como Lanusse y Alcides López Aufranc, eran fuertes aliados de los sectores terratenientes agroexportadores y priorizaron la diversificación del espectro de las relaciones internacionales sin reparar en las fronteras ideológicas. Para mermar las tensiones entre ambas corrientes, existió un reparto de zonas de influencia en el aparato estatal. Sin embargo, “el ámbito de la política exterior se convirtió en una zona gris donde ambas tendencias se interceptaron” (Cisneros y Escudé, 2000: s/p).

Durante los años en que Onganía estuvo al frente de la autoproclamada Revolución argentina, se fomentó un vínculo económico con los Estados Unidos que permitiera insertar a la Argentina en el mundo de las relaciones internacionales como un país aliado a Washington. Esta estrategia tuvo como fin último el establecimiento de una relación firme, confiable y racional con el gobierno del país del norte y con los grandes centros del poder económico y financiero del mundo (Peltzer, 1996: 207). Si bien se trató de un acercamiento bilateral que tuvo limitaciones en ciertos aspectos, el Onganiato “abrió el período de mayor proximidad a los intereses económicos y geopolíticos de los Estados Unidos en la historia argentina” (Rapoport y Laufer, 2000: 47). En el terreno de la política exterior, dicho acercamiento se tradujo en la adscripción, con matices y salvedades, a la conocida DSN y a la noción de fronteras ideológicas como nueva concepción de la seguridad (Rapoport, 2017: 523).

De acuerdo con algunos autores, cinco años después, Lanusse inició una “apertura hacia el Este” (Rapoport y Laufer, 2000: 41, 42) fundamentada en el principio del pluralismo ideológico, relativizando la concepción de fronteras ideológicas. Esto no significó ni una transformación ideológica ni el abandono de la noción del enemigo interno comunista (Míguez, 2018: 108-109). Era una tendencia que ya venía gestándose en el interior de las FF. AA. Y de las clases dominantes argentinas y que se expresó, entre otros hechos, en el acercamiento a los países latinoamericanos, en la firma de un acuerdo comercial con la URSS en 1971 y en la normalización de las relaciones diplomáticas con la República Popular China de Mao Tse-Tung en 1972. Si bien se intentaba tomar cierta distancia de Washington, la postura hacia el país del norte fue más bien ambigua, y no se mantuvo una relación de intransigencia con él (Zapata y Zurita, 2005: 159).

En lo que a la política económica refiere, a partir de 1967, la cartera de Economía fue ocupada por Krieger Vasena, uno de los máximos exponentes del liberalismo económico heterodoxo (Míguez, 2013: 84) en la Argentina. De este modo, el plan socioeconómico adquirió un rumbo definido, instalándose un proyecto de modernización autoritaria. Krieger Vasena, el portador más visible de la burguesía industrial monopólica, era uno de los diez testaferros internacionales más importantes del país y formaba parte de varios directorios de los monopolios norteamericanos (García Lupo, 1971: 89). Con su asunción, se buscó poner en funcionamiento el desarrollo industrial, facilitando la acumulación en los sectores que dependían de bienes o capitales importados. Se trató de un proceso de industrialización hegemonizado por los capitales extranjeros –principalmente, estadounidenses–. El objetivo manifiesto apuntaba a acabar con las sucesivas crisis en la balanza de pagos y con la inflación. No obstante, este proyecto terminó desnacionalizando gran parte del aparato productivo argentino y subordinando la economía de nuestro país a las potencias extranjeras y las élites argentinas (Rapoport y Spiguel, 2005: 48).

Las políticas económicas adoptadas desde el Ministerio de Economía y la creciente represión por parte de la coalición gobernante llevaron al país a una crisis económica y social, cuya expresión máxima fue el levantamiento de obreros y estudiantes en la ciudad de Córdoba en 1969, más conocido como el Cordobazo. Como consecuencia de aquel estallido social, Krieger Vasena se vio obligado a presentar su renuncia. Un año después, el mismo Onganía tuvo que abandonar su cargo, y la Junta de Comandantes designó a Levingston como nuevo presidente de facto. En un principio, la caída de Onganía y su reemplazo por Levingston traerían consigo un cambio en la política económica. Tanto las campañas de la Confederación General Económica (CGE), como el fortalecimiento de las organizaciones sindicales y la aparición de grupos guerrilleros habían generado una gran escalada de conflictos que, entre otras cosas, se traducían en demandas contrarias a la extranjerización de la economía argentina (Rapoport, 2017: 544).

Para ese entonces, Guglialmelli ya se erigía como un fuerte crítico al devenir de la política económica e internacional de la supuesta “Revolución Nacional”. Denunciaba a Krieger Vasena por sus compromisos con los intereses concentrados y los monopolios extranjeros, considerando que el proceso de desnacionalización era responsabilidad única de los tecnócratas en el gobierno de facto. Bajo su perspectiva, las FF. AA. tenían una responsabilidad indirecta, es decir, no estaban implicadas en la extranjerización del aparato productivo en la medida en que Onganía las había separado de la conducción del país (Guglialmelli, 1971: 101).

El 15 de junio de 1970, Guglialmelli fue convocado a una Conferencia sobre Asuntos Económicos, en la que participaron economistas, empresarios y asesores militares de los comandantes en jefe, entre los que se encontraban Dagnino Pastore, Carlos Moyano Llerena, Roberto Alemann, Tomás Anchorena, Blaquier y Bunge. Rápidamente, advirtió la falta de voces representativas de sectores importantes del nacionalismo, del desarrollo e, incluso, del peronismo (Guglialmelli, 1971: 41). Además, como ya lo había hecho anteriormente, repudió la política económica de Krieger Vasena y sus colaboradores, aludiendo a ella como una política de “descapitalización del sector productivo nacional” (Guglialmelli, 1971: 45). Aquella misma tarde, fue citado por Levingston a la Casa Rosada y, en aquel encuentro, también objetó contra la posibilidad de nombrar a Moyano Llerena como conductor del equipo económico “en virtud de su identificación con la política de Krieger Vasena y por estar vinculado a una gran empresa extranjera, cuyas acciones representaba en la Sociedad Mixta Atanor” (Guglialmelli, 1971: 89).

Con el compromiso de cambiar el rumbo de la autoproclamada Revolución argentina como miembro activo de las Fuerzas Armadas y pese a sus discrepancias con la política económica de la dictadura, el 30 de junio de 1970, Guglialmelli volvió a ocupar un cargo gubernamental como secretario del CONADE. En conjunto con el Consejo Nacional de Ciencia y Técnica (CONACYT) y el CONASE, este organismo fue uno de los pilares institucionales sobre los que la autodenominada Revolución argentina estableció su sistema de planificación. Había sido creado por el gobierno de Frondizi en 1961 con el objetivo de alcanzar una economía nacional industrializada y menos vulnerable a las vicisitudes del mercado internacional (Osuna y Pontoriero, 2020: 360), animado por la premisa de que la seguridad nacional y el desarrollo económico formaban parte de un mismo proceso y debían ser abordados en conjunto (Giorgi, 2010: 65). Durante la gestión económica de Krieger Vasena, el CONADE había participado activamente en las negociaciones ante los organismos internacionales de crédito mediante la presentación de propuestas que fueron fundamentales para la asistencia financiera que recibió la Argentina en aquellos años (Jáuregui, 2015: 152).

Pese a ser un puesto clave para disputar el rumbo de la política económica e internacional de la autodenominada Revolución argentina, el militar desarrollista solo estuvo al frente de aquella secretaría ciento veinte días, luego de los cuales presentó su renuncia el 3 de noviembre de 1970. También le fue ofrecido el cargo de ministro del Interior. Al respecto, cuando Levingston expresó su anhelo por designar a Guglialmelli para dicha cartera ante Lanusse –en ese entonces, comandante en jefe del Ejército–, este último manifestó su disconformidad. Si bien afirmaba “no tener ninguna duda sobre sus condiciones o cualidades morales e intelectuales”, señaló que su nombramiento como ministro del Interior podía causar malas disposiciones por cuanto se estimaba que Guglialmelli “se embanderaba con una línea política”[11]. Meses atrás, Lanusse había emitido una opinión similar con motivo de la posible postulación de Guglialmelli como candidato a la Comisión del Círculo Militar. Si bien se consideraba una figura competente para la elaboración de una doctrina y de políticas originales, existía una preocupación respecto a toda vinculación real o aparente con “sectores comprometidos y superados”, haciendo alusión a la similitud de las declaraciones de Frondizi con una editorial de Estrategia[12].

En una primera instancia, estas conversaciones permiten entrever las discrepancias entre los proyectos de Levingston y Lanusse. Mientras que el primero consideraba nombrar un militar de ideas desarrollistas al frente de la cartera de Interior, el segundo consideraba que la principal disyuntiva con Guglialmelli residía en sus contactos –aparentes o reales– con el frondicismo. Más importante aún, estos diálogos ponen de manifiesto el rechazo que causaban la figura y las ideas de Guglialmelli entre los sectores liberales del Ejército. Evidentemente, la marginación del general de división era un paso –no suficiente pero sí necesario– para que dichas fracciones pudieran arrimarse al objetivo de torcer el rumbo de la Revolución argentina a su favor.

En abril de 1971, siendo ya Lanusse presidente de facto, Guglialmelli fue arrestado por sesenta días en Diamante (Entre Ríos) por sus críticas públicas en el diario Clarín al Gran Acuerdo Nacional y a las medidas adoptadas por la administración dictatorial.

La revista Estrategia

En 1969, Guglialmelli creó la revista Estrategia como órgano de difusión del INSAR. De publicación bimestral, estaba inspirada en una publicación francesa, Strategie, fundada en 1961 por André Beaufre (Larra, 1995: 47). En sus páginas, es destacable el intento de elaborar de manera orgánica, sistemática y objetiva una doctrina geopolítica nacional (Sarthou, 2012: 302). Si bien abarcaba un campo de acción que no estaba específicamente limitado a las relaciones internacionales (Russell, 1985: 37), en pocos años, Estrategia adquirió un gran prestigio dentro y fuera del país “por la calidad de su contenido y la amplitud de sus perspectivas diplomático-estratégicas” (Rouquié, 1982: 249) y se convirtió en la revista especializada en geopolítica más sofisticada de América Latina (Child, 1979). Entre sus lectores principales, dentro de los ámbitos castrenses internacionales, se encontraban Augusto Pinochet y Golbery do Couto e Silva.

Aun siendo este un punto determinante, las revistas no solo se refieren al área en la que deciden actuar (Artundo, 2010: 8). Según su director, también había sido fundada a los fines de consolidar la “Revolución Nacional”, estudiar las inquietudes existentes en la oficialidad joven y analizar la evolución del Ejército en los últimos años. En un principio, Guglialmelli propuso colaborar con el régimen desde Estrategia, teniendo en cuenta temáticas consideradas relevantes por el gobierno de facto para ser tratadas en la revista desde el punto de vista del INSAR[13].

Diversos intelectuales y expertos convergieron en esta publicación[14]. Su director asociado era Enrique Vera Villalobos, un abogado licenciado en Filosofía y Sociología y director de otras revistas especializadas. Además, Estrategia contaba con un consejo de redacción constituido por militares, funcionarios públicos e intelectuales. Entre los primeros, se encontraban el contralmirante Rodolfo Panzarini, el teniente coronel Mario Horacio Orsolini, el brigadier Arnoldo C. Tesselhoff y el teniente coronel Alberto Manuel Garasino, quien luego sería designado director asociado de la revista junto a Villalobos. Pero predominaban funcionarios públicos e intelectuales como Ernesto J. Aberg Cobo, Juan Carlos Ferreira, Bruno Bassarelli, Haroldo Olcese y Guillermo Giaroli. También eran parte de aquel consejo Oscar Camilión, José Enrique Miguens y Alfredo Eric Calcagno, actores asociados al Estado que construyen una zona de “intersección productiva” en la medida en que intervienen y generan conocimiento tanto “fuera” como “dentro” de él (Neiburg y Plotkin, 2004: 17). Camilión era un diplomático especialista en problemas de política internacional que impartía clases en la Universidad de Buenos Aires y había ejercido el cargo de subsecretario de Relaciones Exteriores en Argentina. Miguens era un reconocido intelectual de las ciencias sociales, asociado a importantes redes católicas, que se había convertido en uno de los principales asesores de Onganía con el golpe de 1966 (Giorgi, 2010: 61). Además, había dictado la materia de Sociología en los cursos de coroneles dirigidos por Guglialmelli en la Escuela Superior de Guerra, donde se habrían conocido. Por su parte, Calcagno era un intelectual asociado al desarrollismo, que había ejercido cargos en la Junta de Planificación Económica de la Provincia de Buenos Aires a fines de los años cincuenta. Desde allí, se erigió como uno de los principales impulsores de la reconocida revista Desarrollo Económico, de cuyo cuerpo editorial formaba parte (Diez y Bayle, 2004: 5).

En el primer número, publicado en mayo de 1969, se esbozaba el objetivo de Estrategia:

… aportar un sistema de ideas al servicio de la toma de conciencia por parte de la Argentina de las responsabilidades que le corresponden en el mundo de nuestro tiempo, en particular, en el área de su interés directo, el Cono Sur y el resto del Hemisferio Occidental (Guglialmelli, 1969: 5).

En términos generales, la cuestión del desarrollo, el nuevo contexto mundial de coexistencia pacífica entre los bloques dominantes, los obstáculos de los países subdesarrollados en el escenario internacional y la importancia del desenvolvimiento para alcanzar la soberanía y la seguridad adquirieron una importancia fundamental en esta publicación bimestral. En cada uno de sus números, se abordaba una temática específica que atravesaba todos los trabajos y que era presentada por Guglialmelli en un artículo introductorio. Por lo general, los artículos respondían a un mismo ordenamiento. En cada uno de ellos, el eje que recorría cada número era encarado desde una disciplina determinada, con una perspectiva histórica, para, finalmente, arribar a propuestas concretas sobre políticas a ser fijadas en el presente. Además, cada número estaba acompañado de comentarios bibliográficos sobre libros pertinentes, recortes de periódicos nacionales e internacionales que hicieran un tratamiento de la problemática en cuestión, documentos oficiales y transcripciones de discursos de referentes sobre el tema.

En las primeras publicaciones, colaboraron integrantes del consejo de redacción de la revista, académicos especializados en derecho, sociología e historia de las FF. AA. (Francisco Arias Pellerano, Domingo Sabaté Lichtschein, José María Rosa, Félix Luna, Robert Potash, Hipólito Paz), militares imbuidos en las perspectivas geopolíticas (Eduardo Juan Uriburu, Augusto Andreu, Oscar Chescotta), funcionarios públicos en ejercicio (Miguel Aidar, Enrique Gilardi Novaro) y hombres de Estado que habían ejercido cargos en períodos anteriores (Miguel Ángel Zavala Ortiz, Enrique Gussoni, Diógenes Taboada, José Noguerol Armengol). Hecha la distinción, cabe destacar que tanto unos como otros tenían la capacidad para transitar en circuitos castrenses, académicos y diplomáticos, ya sea por sus credenciales académicas como por los saberes y las experiencias adquiridos en la gestión estatal, ambos capitales simbólicos considerados de gran relevancia (Neiburg y Plotkin, 2004). Además, fueron transcriptos discursos de referentes políticos internacionales. A modo de ejemplo, en el número 2, se transcribió un discurso del ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, José de Magalhães Pinto, pronunciado en la Escuela Superior de Guerra, el 3 de julio de 1969. En él, el canciller brasileño se refirió a la acción diplomática como medio para alcanzar el desarrollo acelerado, partiendo del supuesto de que “la clave para la solución de la mayoría de los problemas internacionales” de la época se encontraba “en la aceleración de los procesos de desarrollo de los países menos favorecidos” (De Magalhães Pinto, 1969: 187).

Al adentrarnos en el análisis del contenido de estos números, se destacan temáticas como el conflicto con Uruguay por los límites del Río de la Plata (n.º 1, 1969), la actuación de las Fuerzas Armadas latinoamericanas en los procesos económico-sociales nacionales (n.º 2, 1969), la postergación de la integración económica de la Patagonia argentina (n.º 3, 1969) y la responsabilidad de las Fuerzas Armadas argentinas en la Revolución Nacional (n.º 4, 1969). Estas problemáticas presentadas en Estrategia se correspondían con la coyuntura nacional e internacional de aquellos años. Primero, hacia 1969, se firmaba el Tratado de la Cuenca del Plata, un acuerdo regional entre Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay que no solo ponía de manifiesto la subyacente posibilidad de dinamizar la subregión, sino que, además, entreabría discusiones respecto al aprovechamiento de las aguas y las reglas que seguir en los ríos internacionales. Segundo, se recrudecían las relaciones con Chile por su solicitud de arbitraje a Gran Bretaña en el conflicto por el canal Beagle en 1967. En ambos casos, desde Estrategia se promovía la “solidaridad latinoamericana” como valor fundamental y estratégico y como vía para la resolución de conflictos. Tercero, la construcción del complejo hidroeléctrico Chocón-Cerros Colorados –obra de cabal importancia para alcanzar aquel “desarrollo hacia adentro” que fomentaban los militares de la autodenominada Revolución– se encontraba paralizada. Y cuarto, la autodenominada Revolución argentina manifestaba su rumbo errático con el estallido del Cordobazo y la renuncia de Krieger Vasena. En estos dos últimos casos, desde la revista, se entablaban serias críticas al régimen dictatorial, resaltando su inmovilismo en materia de política económica, en estrecho vínculo con lo que refería a la inserción internacional del país en el mercado mundial.

A modo de conclusión

A lo largo de estas páginas, intentamos analizar las vinculaciones entre revistas, trayectorias personales, el clima de ideas y la política económica e internacional durante la dictadura de la autoproclamada Revolución argentina. Para tal fin, hemos puesto el foco en la revista especializada Estrategia y en la trayectoria de su director, Juan Enrique Guglialmelli.

Como vimos, para el año en que Estrategia circuló por primera vez, Guglialmelli se destacaba por su carrera militar, sus vínculos con el desarrollismo, su paso por diversas dependencias de la presidencia y sus antecedentes académicos. Aquella trayectoria lo hacía parte de una élite moldeada a partir de los puentes tejidos entre los ámbitos castrenses, académicos y estatales, y su protagonismo en los debates respecto a la inserción internacional de la Argentina era indiscutida. Las ideas de Guglialmelli partían de supuestos desarrollistas y, con influencia de las perspectivas geopolíticas, asignaban un rol central a las FF. AA. como garantes de la seguridad y el desenvolvimiento nacional. Su pensamiento no solo hacía eco en los ámbitos castrenses, sino que los desbordaba, por lo que generaba importantes repercusiones en los espacios académicos y estatales.

Hacia 1969, las divergencias al interior de la élite militar-estatal gobernante se recrudecían de forma paralela a los cambios que se sucedían en el escenario mundial. Las políticas del Onganiato habían conducido a una extranjerización del aparato productivo argentino y a un acercamiento a los Estados Unidos tanto en el terreno de la política económica, como en el de la política exterior. Guglialmelli, que había apoyado el golpe en un primer momento, se opuso a que el régimen dictatorial continuara con ellas.

Así, Estrategia se convirtió en un canal de expresión de aquellas distancias. Pero en ella, además, se presentaban vías alternativas para el país, vinculando las reflexiones sobre las relaciones internacionales a los procesos de desarrollo e integración nacional. En lo que refiere a las redes y sociabilidades, la convergencia de militares, intelectuales y funcionarios públicos en este texto colectivo también nos da importantes indicios. Por un lado, pone de manifiesto que el desarrollismo como clima de ideas expresó una coincidencia de intereses heterogéneos (Neiburg y Plotkin, 2004: 238). Pero, además, la pluralidad cristalizada en las trayectorias de quienes constituyeron el consejo de redacción y los colaboradores de los primeros números es, a su vez, expresión de una complejidad propia del período en el que las corrientes de pensamiento y líneas políticas se forjaban a partir de puntos de contacto entre mundos sociales diversos.

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  1. Agradezco las sugerencias y los comentarios de Beatriz Figallo (IDEHESI-CONICET), Fortunato Mallimaci (CEIL-CONICET) y Guido Ignacio Giorgi (CEIL-CONICET) para la confección de este trabajo.
  2. Según Pierre Bourdieu, la trayectoria es una serie de posiciones ocupadas sucesivamente por un agente en distintos estados del campo cultural (Bourdieu, 1993: 89). Para Fernanda Beigel, debe ser asumida con relación al espacio social, es decir, un espacio de posibilidades que orienta las búsquedas de los sujetos y funciona como marco de acción individual y colectiva (Beigel, 2003: 111).
  3. Robert A. Potash Papers (FS 020) Special Collections and University Archives, University of Massachusetts Amherst Libraries “Juan Enrique Guglialmelli oral history with Robert A. Potash: questions and notes, 1970-1977” Buenos Aires (13 de marzo de 1970), p. 1. Disponible en bit.ly/3Fl94Hh.
  4. En escala ascendente, los rangos de los oficiales en el Ejército Argentino una vez finalizados los estudios de formación en el Colegio Militar de la Nación son subteniente, teniente, teniente primero, capitán, mayor, teniente coronel, coronel, coronel mayor, general de brigada, general de división y teniente general.
  5. Robert A. Potash Papers (FS 020) Special Collections and University Archives, University of Massachusetts Amherst Libraries “Juan Enrique Guglialmelli oral history with Robert A. Potash: questions and notes, 1970-1977” Buenos Aires (13 de marzo 1970) p. 2. Disponible en: bit.ly/3Fl94Hh.
  6. Dos fracciones de las Fuerzas Armadas, azules y colorados, se enfrentaron durante la breve presidencia de José María Guido (1962-1963). Sus máximas diferencias se encontraban en la posición respecto al rol de las Fuerzas Armadas en la vida política argentina y su visión respecto al peronismo. Por su parte, los azules consideraban que las Fuerzas Armadas no debían involucrarse en la política del país y, por esta razón, también se los denominó legalistas. Asimismo, estaban dispuestos a permitir que “un peronismo sin Perón” tuviera un acceso controlado a posiciones de poder a través de elecciones democráticas (Míguez, 2013: 69; Scirica, 2008: 244).
  7. Ambas instituciones eran dependientes del Comando de Institutos Militares y la Secretaría de Guerra.
  8. En ese sentido, su posición se acercaba a la de Osiris Guillermo Villegas, secretario del Consejo Nacional de Seguridad (CONASE) en 1968 y embajador argentino en Brasil entre 1969 y 1972. Dicho esto, según Fabián Bosoer (2005), Villegas y Guglialmelli pertenecían a tendencias divergentes al interior de las Fuerzas Armadas. El primero pertenecía a una corriente territorialista o pretoriana, que priorizaba la seguridad nacional en vinculación con la llamada “guerra contrarrevolucionaria” y las hipótesis de conflicto interno y externo y que, además, veía en West Point la formación más adecuada para los militares argentinos. En cambio, Guglialmelli era parte de una corriente que hacía fuerte hincapié en los problemas del subdesarrollo para la seguridad y la soberanía nacional, con ventana abierta al contexto regional latinoamericano y la influencia de Francia en lo que a la formación militar respecta (Bosoer, 2005: 150).
  9. Según Mazzei (2013), en el Ejército, la posibilidad de alcanzar el generalato es reducida en la medida en que, en esos niveles, “más que los méritos profesionales, juegan las lealtades personales, las solidaridades por arma o promoción e incluso factores externos como la situación familiar irregular o los ‘méritos revolucionarios’” (p. 98). Para un análisis en profundidad sobre la estructura social y profesional de las Fuerzas Armadas, ver De Ímaz (1964), Mazzei (2013) y Soprano y Mellado (2018).
  10. Para profundizar sobre las distintas fracciones que coexistían al interior de los gobiernos de facto de la autodenominada Revolución argentina, ver Rapoport y Laufer (2000), Cisneros y Escudé (2000), O’Donnell (2009) y Míguez (2013).
  11. Robert A. Potash Papers (FS 020) Special Collections and University Archives, University of Massachusetts Amherst Libraries “Conversation between Army Commander in Chief and President Levingston” Buenos Aires (20 de octubre de 1970) p. 1. Disponible en bit.ly/3fkNAA0.
  12. Robert A. Potash Papers (FS 020) Special Collections and University Archives, University of Massachusetts Amherst Libraries “Issues to be considered with Juan E. Guglialmelli” Buenos Aires (22 de abril de 1970) p. 2, 3. Disponible en bit.ly/3zSEaF7.
  13. Robert A. Potash Papers (FS 020) Special Collections and University Archives, University of Massachusetts Amherst Libraries “Francisco Cornicelli diary, January 2 1970–January 29 1970” Buenos Aires (8 de enero de 1970) p. 8. Disponible en bit.ly/3Fl94Hh
  14. Las redes de intelectuales y expertos que convergen en las revistas pueden también ser pensadas a partir del concepto de “comunidad epistémica”, propio de la perspectiva constructivista de la disciplina de relaciones internacionales (RI). Según Peter Haas (1992), se trata de una red de profesionales con reconocida experiencia y conocimiento en un campo científico determinado con una constelación de valores, creencias y estilos y un proyecto político común (Haas, 1992: 3). Por su parte, Adler (1997) agrega que estas pueden ser pensadas como creadoras de creencias intersubjetivas que actúan como vehículos de supuestos teóricos, interpretaciones y significados colectivos, incidiendo en la creación de la realidad social de las relaciones internacionales (Adler, 1997: 343).


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