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6 El surgimiento del Plan Europa en las “fronteras ideológicas”

Franco Agustín Lucietto

A modo de introducción

El siguiente capítulo explora la relación entre la política exterior argentina y la política de defensa, específicamente en aquellos aspectos que están vinculados a los proyectos que involucraron transferencia de capacidades productivas y tecnológicas, donde se destaca la relación con el continente europeo. Las fronteras ideológicas fueron el concepto rector de la política exterior argentina, inicialmente impulsada por la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) y caracterizada por su alineamiento con Estados Unidos. No obstante, en este mismo contexto, se desarrolló un vínculo especial con Europa en el plano de proyectos tecnológicos de gran envergadura, como sucedió en los asuntos nucleares. Esta orientación de la política exterior se circunscribe dentro de un período en que la hegemonía global se percibió en disputa, con una creciente tensión multipolar (Dos Santos, 2020), desde donde surgió una de las más interesantes experiencias históricas de modernización de los sistemas de armas y transferencia tecnológica que llevó adelante la Argentina, con proveedores alternativos y diversificados, en un contexto de industrialización por sustitución de importaciones (Basualdo, 2006).

La relación entre los proyectos de modernización de los sistemas de armas, la política de defensa nacional y la política exterior argentina constituye un tópico poco explorado en los estudios sobre la historia de la política exterior argentina y la defensa nacional. Lograr un mayor detalle de esta experiencia histórica puede resultar un aporte novedoso hacia la identificación de fortalezas y debilidades para el diseño de políticas públicas. Sin ir más lejos, muchas de las capacidades defensivas, científicas y tecnológicas que actualmente detenta la Argentina, en cierto sentido, son tributarias de aquel período que este capítulo se propone investigar, aunque vale la pena aventurar que la relación entre los proyectos de modernización de los sistemas de armas y la política exterior argentina para esta etapa (1966-1970) fue contingente, adaptativa y desintegrada. Afirmación que se busca respaldar a través del análisis de la bibliografía especializada sobre la historia de las relaciones internacionales, la política exterior argentina y la defensa nacional, y de estudios económicos e investigaciones sobre desarrollos científicos, tecnológicos y productivos, conjuntamente con el análisis de los libros El Plan Europa: Un intento de liberación nacional, de Eduardo Uriburu (1970), y Políticas y estrategias para el desarrollo y la seguridad nacional, de Osiris Villegas (1970), y de una selección de los decretos secretos y reservados correspondientes al período a tratar en este capítulo, desclasificados oficialmente por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante los años 2013, 2014 y 2015.

Una perspectiva teórica para el abordaje global, regional y nacional

Theotônio Dos Santos (2020), referente destacado de la corriente de la dependencia[1], identificó en América Latina la existencia de tres tipos de estructuras dependientes diferentes: aquellas donde se realizó un proceso de industrialización importante en los años 30 y 40, otras donde este tuvo lugar en el período posterior a la Segunda Guerra, y, por último, aquellas en las que no se produjo industrialización alguna o en las que apenas se estaba iniciando. En efecto, estas diferencias son el resultado histórico de las coyunturas que coincidieron con el debilitamiento de los lazos de dependencia y manifestaron los mayores niveles de autonomía relativa, expresados en las transformaciones de las estructuras internas de aquellos países.

El autor señala a las crisis capitalistas en general como un denominador común en las mencionadas coyunturas, donde se distendió el ejercicio global de la hegemonía y donde aumentaron los márgenes de autonomía relativa por parte de los países dependientes. Los diversos resultados reflejaron el producto de la combinación de las crisis y los realineamientos de las fuerzas sociales, lo que dio lugar a las alianzas que impulsaron las transformaciones.

La crisis capitalista que tuvo inicio en la segunda mitad de la década del 60 ocupó especial atención en las obras del autor, a la que caracterizó como el comienzo de una fase de larga duración. En la misma dirección, se expresó Giovanni Arrighi[2], quien además advirtió sobre “la intensificación de la Guerra Fría mediante la carrera de armamentos en los Estados Unidos y en Europa occidental” (Arrighi, 1999: 409), a lo que podemos agregar, como aporte de Dos Santos, la decidida ofensiva europea orientada a la disputa de los mercados (Dos Santos, 2020).

Relacionado a ello, resulta complementaria la participación de lo que llama “capitalismo de Estado”[3], donde la producción de conocimiento y bienes asociados a la defensa cumplen un rol central para el ejercicio de la hegemonía, el control de áreas de influencia y el enfrentamiento con el bloque comunista. Las formas que adquirió el “capitalismo de Estado” en los países dependientes colocó a la “tecnoburocracia”, específicamente a las fuerzas armadas, en un rol protagónico dentro de la conducción del Estado, detentando el control de diversas actividades económicas, tanto en la producción, como en la inversión y los servicios.

Hacia la segunda mitad de la década del 60, la incapacidad de las burguesías nacionales y la crisis del modelo de desarrollo nacional independiente evidenciaron las dificultades para lograr un crecimiento autónomo y autosostenido. La penetración del capital extranjero bajo las formas de las empresas transnacionales (ET) concluyó la subordinación de las burguesías nacionales en la estructura económica, junto con la pérdida relativa de la centralidad política. La “dependencia negociada” fue identificada por Theotônio Dos Santos (2020) como la corporización política de aquella combinación que determinó al “capitalismo de Estado” de orientación “tecnoburocrática” conducido por las Fuerzas Armadas[4]. Desempeñándose el Estado como mediador, limitante y regulador del poder de las ET, las burguesías locales y el movimiento popular, detentando como atributo principal su capacidad de intervenir en la economía.

Siguiendo la línea argumental del autor, existió una relativa autonomía, aunque subordinada a la relación con los grandes capitales; allí las tensiones entre desarrollo y seguridad en el marco de este vínculo especial encontró su correlato en la subordinación política hemisférica para el combate a la insurgencia, como internalización de la Guerra Fría. A pesar de cumplir con aquel rol definido desde los Estados Unidos, se manifestaron reticencias por parte de las Fuerzas Armadas a cumplir estrictamente un rol de policía orientado a la seguridad interna, y hubo, fundamentalmente en las corrientes nacionalistas, una inclinación hacia los aspectos del desarrollo vinculados a la autonomía industrial y a la modernización de los sistemas de armas. Estas corrientes son las que dieron impulso a los vínculos con los capitales europeos en pos de lograr sus objetivos de renovar los sistemas de armas, lo que para Estados Unidos resultó un verdadero problema.

Para sintetizar el carácter dual de la “dependencia negociada”, Dos Santos expresó: “El capitalismo de Estado y el militarismo son dos aliados fundamentales del gran capital monopólico […] es la fuente de su sumisión, pero también de su rebeldía. No hay pues cómo escaparse de esa dialéctica” (Dos Santos, 2020: 1024).

Resulta apropiado combinar la perspectiva hasta aquí desarrollada con la escuela sociohistórica[5] en la Argentina. Mario Rapoport, su fundador, supo incorporar a sus investigaciones el concepto de “fuerzas profundas” presente en las obras de Jean-Baptiste Duroselle y de Pierre Renouvin (2010), referencias ineludibles de la tradición francesa de la historia de las relaciones internacionales. En palabras de Rapoport:

[…] al examinar históricamente el papel de los Estados en el sistema mundial es preciso indagar la vinculación entre las políticas externas e internas, la injerencia de sectores e intereses de un país en la formulación de las políticas de otros, los fenómenos de dependencia e interdependencia en las relaciones bilaterales y multilaterales. En especial, debemos conocer la interacción de esos Estados con los actores transnacionales, políticos, militares o económicos, gubernamentales o privados, con los entes regionales, con las corporaciones multinacionales, con los diversos tipos de organizaciones criminales o terroristas (Rapoport, 2017: 11).

En esa dirección, María Cecilia Míguez, también exponente de la escuela sociohistórica, propone:

[…] explicitamos un particular abordaje que combina una perspectiva crítica del Estado y del sistema internacional, con un enfoque histórico y multidisciplinario. Ello nos permite elaborar una clasificación de las variables domésticas que consideramos necesarias a tener en cuenta a la hora de analizar el proceso de formulación e implementación de la política exterior. Así distinguimos cuatro condicionantes centrales: uno relacionado con la composición del bloque en el poder, otro con la autonomía relativa del estado y la actuación de los sujetos políticos, en tercer lugar el modelo económico, y por último la cosmovisión y sistema de creencias de los hacedores de política (Míguez, 2020: 58).

Un breve balance sobre los estudios del caso

El Plan Europa implicó inicialmente un proyecto de modernización de las Fuerzas Armadas diseñado por el Estado Mayor durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (Rapoport, 2016), cuya novedad radicó en la reconsideración del mercado europeo como fuente de abastecimiento, luego de una hegemonía estructurada por Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial, que generó dependencia con repuestos, accesorios, municiones, reposiciones (Veneroni, 1971) e incluso con la política estadounidense, que orientó la aplicación y el cumplimiento de la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) por parte de las Fuerzas Armadas. Sus inicios están vinculados a la negativa en 1967 por parte de los estadounidenses a colaborar con el deseo de los militares argentinos de reequipar a las Fuerzas Armadas. La cual formó parte de las presiones por culminar con el Plan Nuclear Argentino mediante la firma del Tratado de No Proliferación (TNP) y los acuerdos de Tlatelolco (Cisneros y Escudé, 2000). La negativa a aceptar esas condiciones desafió a la Enmienda Conte-Long, orientada a sancionar a los países que se volcaran hacia proveedores de armamentos no estadounidenses (Bologna, 1977).

El autor Alain Rouquié (1982) identificó para el período en estudio la voluntad argentina de liberarse de la metrópoli continental y prestó atención especial al ámbito de los armamentos, entendiendo en este terreno el despliegue “particularmente notorio” de aquella vocación. Incorpora a la saga de desentendimientos con Estados Unidos la oposición militar al proyecto siderúrgico de la US Steel en asociación con Acindar, y en favor de Somisa, como así también la concreción de acuerdos con Europa para desarrollar el plan satelital y nuclear. A su vez, según el autor, existieron factores estratégicos en la diversificación orientada a la compra de armamento europeo, entre ellos, el rechazo a la asistencia militar norteamericana por parte del Estado Mayor argentino, en desacuerdo con el tipo de armamento ofrecido y con la disposición doctrinaria dispuesta para el hemisferio occidental. De acuerdo a Luiz Alberto Moniz Bandeira, el Plan Europa fue un vuelco de la Argentina hacia la Comunidad Económica Europea para modernizar su armamento y adquirir capacidad nuclear, con el fin de resolver favorablemente las tensiones con Brasil, Chile y Gran Bretaña (Moniz Bandeira, 2003: 386). Tanto Rouquié (1982) como Escudé (2000), por su parte, interpretaron un giro temprano en la dictadura de Juan Carlos Onganía hacia el establecimiento de una nueva política exterior. En cambio, Míguez (2018) y Rapoport (1988) visualizaron acciones específicas que respondieron a la contingencia, pero que no erosionaron a la DSN y su alineamiento con Estados Unidos.

Las “fronteras ideológicas” y la “nacionalización de la DSN”

El enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) dominó el escenario de la posguerra y el pulso de las relaciones internacionales hasta la desintegración de la URSS. La Guerra Fría entre ambas potencias irradió todos los rincones del mundo. Desde sus momentos inaugurales, Estados Unidos se autoproclamó “defensor del mundo libre”, tal como fue expresado en las palabras del presidente Harry Truman, constituyendo uno de los términos centrales de la divergencia y oposición a su otrora aliado contra el eje nazifascista. Esta definición acuñada en aquel discurso del año 1947 tuvo especial incidencia en las formas que adquirió el enfrentamiento global en la geografía americana, con la suficiente ductilidad para convertirse en un postulado cuyo alcance fue de amplio espectro. Así, la injerencia en los asuntos internos de los países latinoamericanos por parte de Estados Unidos adquirió una dimensión moral que pretendió ocultar sus intereses políticos y económicos. A los gobiernos de aquellos países que buscaban obtener y ejercer mayores niveles de autonomía, la acción diplomática norteamericana les dispuso un abanico de recursos correctivos, sin reservarse del impulso a golpes de Estado; así lo demostró el caso de Guatemala en 1954, con el derrocamiento de Jacobo Arbenz (Oberlin y Schneider, 2021), que inauguró un largo derrotero, entre los que se incluye el golpe de Estado a Juan Perón en Argentina en 1955, su exilio y la proscripción del justicialismo hasta 1973.

El caso de la Revolución cubana en 1959 comenzó un nuevo capítulo dentro de aquella política hemisférica desplegada por Estados Unidos. La preocupación que despertó el proceso revolucionario y el carácter socialista que adquirió el fenómeno cubano impulsó el análisis prospectivo para formular una respuesta política ante la complejidad que provocó la construcción de la primera experiencia socialista en Latinoamérica a escasos kilómetros de las costas estadounidenses. El estudio de las condiciones que propiciaron la revolución y un análisis extendido hacia el continente se reflejó en la respuesta específica diseñada por la presidencia de John Kennedy, conocida como Alianza para el Progreso. Esta fue formalmente presentada en la instancia multilateral conocida como Conferencia de Punta del Este hacia fines de 1961. Sus objetivos centrales apuntaron a garantizar la seguridad hemisférica y promover el desarrollo. Los fundamentos de la iniciativa norteamericana estaban orientados a sofocar las condiciones que propiciaban la inestabilidad política. Anteriormente, los franceses[6] habían llegado a conclusiones similares, producto de su experiencia en la lucha contra los sublevados en sus colonias, donde se trabaron conflictos ante enemigos no convencionales, que distaron mucho del tipo de enfrentamientos donde Francia participó durante la primera mitad del siglo xx. De acuerdo a las palabras del autor Facundo Cersósimo:

Según el diagnóstico del Ejército francés, éste no actuaba por propia motivación, sino que era la Unión Soviética quien, en el contexto de la Guerra fría y con el objetivo de expandir sus zonas de influencia, los apadrinaba. Por lo tanto, conflictos de índole anticolonial como había sido el de Francia en Indochina (y luego lo sería en Argelia), analizados con el lente de la nueva doctrina, se transformaban en enfrentamientos a escala planetaria entre comunismo y anticomunismo; o aún, bajo lecturas permeadas por imaginarios religiosos, entre dos “civilizaciones”: el “occidente cristiano” contra el “oriente ateo” (Cersósimo, 2015: 65).

El libro de Roger Trinquier Guerra moderna (1963), muy divulgado en Francia hacia la primera mitad de la década del 60, dio cuenta del desarrollo que tomó la nueva doctrina para dar respuesta a los nuevos desafíos: la “guerra contrarrevolucionaria”. En este caso también, como lo hizo el presidente Harry Truman desde Estados Unidos, se operó la convergencia explicativa de los fenómenos que motorizaron la inestabilidad política, comprendiéndolos dentro de la dimensión dicotómica donde el “marxismo leninismo” amenazaba al “mundo libre” (Mazzei, 2002).

Las Fuerzas Armadas argentinas fueron receptoras directas de la doctrina francesa a través de diversas instancias y prácticamente en términos simultáneos a su desarrollo en Francia, que coincidió con el despliegue de la resistencia peronista. La misión militar francesa en la Escuela Superior de Guerra del Ejército, las revistas especializadas y las redes de sociabilidad cívico-militar, junto al calor del conflicto interno, propiciaron su divulgación y asimilación de la “lucha antisubversiva”. Por su parte, el nacionalismo católico, en sus diversas variantes[7], cumplió la función de caja de resonancia de aquellas ideas, cuya preocupación central giraba en torno a retirar el agua donde habita el pez, invirtiendo la metáfora elegida por Mao Tse Tung para explicar las condiciones favorables al despliegue de la lucha guerrillera. La proliferación de bibliografía referida a la temática encontró no solamente ámbitos de circulación, sino también de producción; entre ellos podemos destacar a dos protagonistas del período en estudio: Luis María de Pablo Pardo (1963), con su prólogo a la obra de Mao Tse Tung La guerra de guerrillas, y Osiris Villegas (1962), en su libro Guerra Revolucionaria Comunista.

La decadencia de la Alianza para el Progreso coincidió con el fracaso político del desarrollismo argentino encarnado en la figura del presidente Arturo Frondizi, emergente electoral de la proscripción del peronismo, cuyo gobierno se extendió desde 1958 hasta 1962. Sin embargo, su mandato inauguró lo que Eduardo Basualdo caracterizó como “la segunda etapa de sustitución de importaciones (1958-1975)”, signada por la fuerte participación de capitales norteamericanos, que pretendían oficiar de impulso al desarrollo (Basualdo, 2013: 53), fundamentalmente a través de la infraestructura industrial argentina (Laufer y Spiguel, 1998).

Tanto en el plano interno como en el externo, la balanza se inclinó hacia la seguridad en detrimento del desarrollo, es decir, existió el convencimiento por parte del sucesor en el gobierno de Estados Unidos, el presidente Lyndon Johnson, y de las Fuerzas Armadas argentinas de que la resolución de la conflictividad tanto hemisférica, para los primeros, como interna, para las segundas, se garantizaba a través de la persistente intervención represiva y militar en el plano de la seguridad interior (Crivelli, 2020). A partir de este momento histórico, la tensión entre desarrollo y seguridad desde el abordaje norteamericano fue coherente y solidaria, como una política exterior bien definida y articulada con su perspectiva de la defensa, claramente reflejada en lo que se conoció como la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN).

En el plano interno, aquella tensión adquirió diversas formas y sus alcances y contenidos fueron variando, atravesado por los realineamientos y las alianzas entre las diversas fuerzas y expresiones políticas, sociales y económicas. El “proceso de nacionalización de la DSN” (Míguez, 2013: 66) circuló por la capilaridad que produjo previamente la doctrina contrarrevolucionaria francesa. Las características específicas que adquirió el postulado de las “fronteras ideológicas” como directriz de la política exterior argentina tuvieron una influencia muy fuerte del componente religioso, puesto de manifiesto en las diversas expresiones de sus protagonistas, apelando a los valores católicos. Las menciones al enfrentamiento entre el Occidente cristiano y el Oriente infiel, en sí mismas, encerraron un dialogo directo con la pertenencia al espacio geográfico hemisférico delineado por Estados Unidos, con el combate al enemigo interno comunista y, por extensión, con las diversas formas que expresó la resistencia peronista, entendiendo a esta como el vehículo hacia al comunismo ( Ranalletti, 2009).

Pero no solo estaba presente el aspecto de la seguridad, sino que también perduraba la perspectiva del desarrollo hacia el interior de las Fuerzas Armadas argentinas, en términos generales, sobre la necesidad de profundizar la industrialización y, en forma más específica, sobre la posibilidad de impulsar la modernización de los sistemas de armas. La estrategia de Estados Unidos fue establecer una política administrada de la circulación de la producción de su complejo militar industrial, a través de la venta, el préstamo o la donación de equipamiento militar estrictamente seleccionado bajo criterios asociados a las necesidades de su política exterior. Esto quedó plasmado de manera manifiesta en la configuración de sus zonas de interés geográfico prioritario, donde, luego de la Segunda Guerra Mundial, desplegó un intenso proceso de reconstrucción y rearme. No obstante, en el continente americano se posicionó como principal proveedor, evitando el surgimiento de competidores, y aquí la Argentina, en este caso, no fue la excepción (Veneroni,1971). La política de ayuda militar se constituyó en un incentivo y sembró expectativas en aquellos sectores internos de las Fuerzas Armadas argentinas que pretendían modernizar los sistemas de armas, estimulados por las diversas instancias de irradiación de la DSN, una de ellas conocida como Escuela Militar de las Américas. Por lo tanto, no debe asombrar la gravitación de la Oficina de Planeamiento de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos (Peltzer, 1996) en la formación de aquellas figuras protagónicas que ocuparon lugares destacados en el “sistema de planeamiento”, en un contexto de auge de la mentalidad tecnoburocrática interesada por el desarrollo (Denadey, 2018).

Durante la presidencia de Arturo Illia –quien triunfó en el contexto de la proscripción del peronismo–, que se extendió desde 1963 hasta 1966, se plasmaron las tendencias que dieron cuenta del proceso de “nacionalización de la DSN”. En 1964 tuvo lugar en la Academia Militar de West Point el discurso de Juan Carlos Onganía, donde asumió públicamente los postulados de la DSN, en carácter de comandante en jefe del Ejército Argentino, en el marco del encuentro continental de jefes del ejército (Míguez, 2013). Los discursos anuales del presidente Arturo Illia ante el Congreso de la Nación (Fraga, 2002) develan las tareas de relevamiento, análisis y planificación que se llevaron, adelante dentro de las Fuerzas Armadas, tendencias que se inscriben dentro de la iniciativa que promovió el diseño del “Plan de Desarrollo 1965-1969” y, en particular, el proyecto de ley de defensa nacional (MinDef, 2010). Dentro de sus pretensiones, se destacaron los objetivos orientados hacia la modernización de sus sistemas de armas y el desarrollo de actividades productivas y tecnológicas.

En 1964 se firmó el Pacto de Asistencia Militar (PAM), el cual ataba a las Fuerzas Armadas al suministro y control norteamericano (Veneroni, 1971). Según García Lupo (1972), el pacto fue impulsado por la presión del Pentágono y Juan Carlos Onganía. En 1965 el PAM fue anunciado por Arturo Illia en su discurso dirigido al Congreso de la Nación, para quien “la concertación de un acuerdo de ayuda recíproca con los Estados Unidos de Norte América”, que había permitido “la obtención de valiosos equipos para las fuerzas armadas”, se proponía complementar “el equipamiento de las fuerzas armadas mediante un plan coherente y racional de adquisiciones, valorando en conjunto las necesidades de las tres fuerzas”. Illia dio cuenta de que se contaría con “el material indispensable” para su “adiestramiento y capacitación”, y prometía afianzar “la indispensable seguridad de la defensa del país” (Fraga, 2002: 663). Se advierte que el expresidente, en su mensaje al Congreso, pretendió transmitir y jerarquizar su compromiso con el PAM, indicando que los requerimientos de las Fuerzas Armadas serían canalizados a través del vínculo preferencial con Estados Unidos.

Durante ese mismo año, se aprobó mediante el decreto secreto n.° 10.430[8] la compra de 50 aviones A-4B y su correspondiente soporte técnico y logístico, junto a 50 turbinas J-65, a la firma Douglas Aircraft Company, lo que se convirtió en un elemento relevante para las Fuerzas Armadas y un verdadero incentivo para presionar e intensificar el alineamiento con Estados Unidos. Con el cual además se recorrió un intenso camino de asociación científica y tecnológica en cuanto a las aspiraciones argentinas de desarrollo espacial (De León, 2017) y nuclear (Hurtado, 2014). No obstante, la cooperación con Francia continuó tanto en el plano militar como también en el científico. Muestras de ello fueron los vínculos desplegados alrededor de los asuntos nucleares y del desarrollo de cohetes, asociados a las aspiraciones de una proyección espacial, contenidos en el “Convenio de Cooperación Cultural, Científica y Técnica con Francia”[9], resultado de la visita del presidente Charles de Gaulle en 1964.

La invasión a la República Dominicana y la ocupación de Santo Domingo, encabezada por Estados Unidos en 1965, contaron con el apoyo argentino, lo que resultó una demostración certera del alcance de la DSN, tanto continental como interno. Sin embargo, el acercamiento comercial con la Unión Soviética y la política petrolera del gobierno de Illia fueron vistos como un elemento disruptivo para los planes de las Fuerzas Armadas (Rapoport, 2020). El golpe encabezado por Juan Carlos Onganía cumplió en desplazar al presidente Illia y, así, despejar lo que para los mandos militares representó un escollo. De acuerdo con Enrique Peltzer, a partir de aquel momento, se procuró construir “una relación firme, confiable y racional con el gobierno de Estados Unidos” (Peltzer, 1996: 207). De esta manera, Argentina se incorporó plenamente a

lo que en política exterior significó erigir al conflicto interno en regional (el comunismo o la subversión) y a las ideologías, en el principal cartabón para definir amigos y adversarios. Fue la época en que la política exterior argentina se inspiró en el principio de las “barreras ideológicas” (Lanús, 2000: 159).

El Plan Europa: ¿un intento de liberación nacional?

La dictadura que derrocó a Illia de la presidencia se autodenominó “Revolución argentina”. En ella colaboró estrechamente un núcleo heterogéneo de militares cuyo protagonismo y centralidad política se había incrementado durante la primera mitad de la década del 60. Su peso propio dentro de las estructuras de poder dio forma al proceso de nacionalización de la DSN. La participación de este connotado grupo de militares en las instancias de planificación y toma de decisiones permitió el diseño previo de los lineamientos políticos que serían impulsados ante un eventual gobierno de facto. Entre ellos se destacaron Osiris Villegas, Alejandro Lanusse, Julio Alsogaray, Juan Iavícoli y Juan Guglialmelli, encabezados por Juan Carlos Onganía (Camilión, 1999). La afirmación más certera de ello radica en el decreto secreto n.° 1.646 del año 1967[10] para el Reconocimiento de Documentos Básicos Iniciales para el Planeamiento Nacional:

Que el propósito que guió su confección fué el de ofrecer al Estado Argentino un modelo de ordenamiento por medio de un sistema de planificación que le permitiera al país el logro de los supremos intereses nacionales; Que dicho trabajo proporcionó los lineamientos generales que sirvieron de base para la fijación de los objetivos políticos y políticas nacionales de la Revolución Argentina; Que los mismos sirvieron de modelo para la creación del actual Sistema Nacional de Planeamiento (1967).

Este grupo supo contener a las vertientes liberales, a estatistas defensores de la protección al capital nacional, a desarrollistas y a una nueva corriente liberal heterodoxa cuyo carácter definió Adalbert Krieger Vasena en el ejercicio del Ministerio de Economía, combinando la acción del Estado y la concentración y desnacionalización de la estructura productiva (Míguez, 2013). De acuerdo a Eduardo Basualdo (2010), en términos económicos, se puso en marcha la consolidación del capital industrial extranjero, que, a diferencia de la trayectoria desarrollista precedente, reforzó su presencia a través del impulso a la adquisición de empresas locales, articulando al conjunto de la oligarquía diversificada y pretendiendo dar sustentabilidad a una nueva fase de industrialización. Vale destacar, según las palabras del autor, que “en este momento comenzó a plasmarse la relación entre el Estado y sus proveedores de bienes y servicios […] lo que luego se conoció como ‘la patria contratista’” (Basualdo, 2010: 60). Coexistiendo con la tendencia creciente de las exportaciones argentinas hacia su principal destino, el europeo, un incremento igualmente creciente para las importaciones de origen europeo y una continua afluencia de empresas de Europa (Laufer y Spiguel, 1998).

La orientación política de la dictadura de Juan Carlos Onganía reflejó una inusual coherencia casi mecánica entre sus piezas, ya que la economía, las relaciones exteriores y la defensa se mostraron integradas a través de la planificación, demostrando un inédito alineamiento con Estados Unidos. Sin embargo, la explosión de la bomba atómica china en 1964 supuso un cambio sustancial en la administración de la cooperación internacional en materia nuclear, fundamentalmente en el rol de Estados Unidos, que debió afrontar un nuevo equilibrio regional desatado en el Extremo Oriente. Esto requirió armonizar una respuesta junto a sus aliados estratégicos más próximos en el marco de la Guerra Fría, que, además, detentaron de una influencia directa en aquellos territorios donde recientemente ejercieron la ocupación colonial. En esa dirección se debe interpretar el endurecimiento de las posiciones respecto al uso y alcance de la tecnología nuclear, lo cual comenzó a dar forma a las iniciativas de no proliferación en diversas instancias de negociación multilateral.

Según Diego Hurtado (2014), el Plan Nuclear Argentino, conducido por la Armada, persiguió la planificación de la primera central nuclear en territorio latinoamericano, cuya opción tecnológica se enmarcó en el uso de uranio natural como combustible. La justificación de esta opción incluía la decisión de escalar progresivamente los conocimientos, el control y la participación propiamente nacional como parte de la perspectiva nuclear proyectada. Las empresas de Estados Unidos, país con el cual se había recorrido el camino más estrecho de cooperación nuclear hasta el momento, se mostraron reticentes ante el nuevo escenario global. Además, los posibles ofrecimientos giraban en torno a la venta “llave en mano” de centrales cuya tecnología se basaba en el uso de uranio enriquecido como combustible. De ser posible, se evaluó como inconveniente, ya que impediría el aprovechamiento de las reservas propias de uranio y la integración escalar del conocimiento y tornaría vulnerable el funcionamiento de la central, debido a que esa tecnología dependía del abastecimiento regular de uranio enriquecido por parte de los proveedores norteamericanos.

En el marco del convenio de cooperación científica firmado con Francia, se exploró la posibilidad de emplazar la central nuclear, pero hacia 1966, por presiones de Estados Unidos, Francia desistió. Las explicaciones de las protagonistas compiladas en el libro de Diego Hurtado, El sueño de la Argentina atómica (2014), resultan coherentes con el contexto: aparentemente, Estados Unidos presionó con éxito a Francia para impedir avances en los acuerdos con Argentina a cambio de la provisión de uranio enriquecido para los flamantes submarinos nucleares galos y, en ese mismo movimiento, reposicionar a los norteamericanos como únicos posibles oferentes. Las negociaciones que dieron lugar a la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de América Latina (COPREDAL) evidenciaron los límites que imponía la política norteamericana a las aspiraciones nucleares argentinas.

Sin embargo, la persistencia en el objetivo redundó en la firma del contrato en 1968 con la empresa alemana Siemens. El acuerdo comprendió la construcción de una central nuclear de uranio natural y agua pesada para ser situada en la Provincia de Buenos Aires. Durante ese mismo año, la COPREDAL elaboró el texto que decantó en el Tratado para la Proscripción de Armas Nucleares en América Latina y el Caribe, conocido como el “Tratado de Tlatelolco”. En paralelo, se dio curso a la elaboración del Tratado de No Proliferación (TNP), que, bajo una inspiración similar, propuso congelar y administrar férreamente la difusión de la tecnología nuclear. De esta manera, según el embajador argentino en la ONU, José María Ruda, se daba lugar al “desarme de los desarmados” (Rapoport, 2016).

Una tendencia similar experimentó la Fuerza Aérea, quien detentó bajo su conducción la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) y sus desarrollos asociados, que comprendió centralmente el desenvolvimiento de vectores, cuya estrategia persiguió la construcción de un lanzador satelital. La intensidad de la cooperación con Estados Unidos fue distendiéndose en función de la trayectoria que tomaron los marcos regulatorios para el uso de la tecnología nuclear y la no proliferación. De manera inversa se manifestó la cooperación con Francia, Alemania y Gran Bretaña (De León, 2017).

En cuanto al Ejército, existe un consenso extendido en interpretar su vinculación con Europa para impulsar el reequipamiento y la modernización de la fuerza, a partir del efecto que tuvo el rumbo emprendido en materia nuclear. Según Rogelio García Lupo (1972), en un artículo publicado en 1968 en el diario La República de Caracas, compilado dentro del libro Mercenarios y monopolios en la Argentina, intentó explicar el despliegue de un boicot diplomático norteamericano como forma de presión para el involucramiento argentino en sus aventuras militares, expresado en la falta de dinamismo del PAM y la vacancia de la Embajada de Estados Unidos en Argentina. El autor interpretó: “El Ejército ha tratado de paliar esta situación en el terreno que más le interesa, que es el de los abastecimientos militares, disponiendo adquisiciones en Europa” ( García Lupo, 1972: 31). Sin embargo, advirtió que la firma del PAM no se desandaría, ya que había sido una imposición de Onganía y el hecho de disolverlo habría sido un argumento en contra de sí mismo. De aquí se desprende que, frente al ejercicio de presión de Estados Unidos, surgió la respuesta contingente de Argentina para dar cumplimiento a sus deseos de modernización de sus fuerzas mediante el vínculo con Europa, eludiendo de esta manera las maniobras de los norteamericanos, sin romper su alineamiento. Podría interpretarse como un conjunto de gestualidades, señales, decisiones y prácticas sobre aquellas esferas de mutuo interés y cooperación entre Argentina y Estados Unidos, que se sucedieron en el marco de una negociación implícita en torno a los alcances de las aspiraciones nucleares argentinas. Por lo tanto, las expectativas sembradas inicialmente en la cooperación con Estados Unidos se vieron sorpresivamente trastocadas, lo que afectó los planes diseñados alrededor de los sistemas de armas, la tecnología espacial y la siderúrgica (Rouquié, 1982; Sosa y Dirié, 2018).

Horacio Veneroni (1971) continuó con la línea argumentativa de García Lupo e incorporó a esta la pretensión autonomista a la decisión del Ejército de encontrar en Europa lo que el PAM no le daba, influenciado en gran medida por la divulgación de los detalles del “Plan Europa”. En esto tuvo mucho que ver Eduardo Uriburu, quien supo ser jefe de Logística del Comando en Jefe del Ejército. Uriburu egresó como subteniente de Caballería, especializado en logística y luego enviado, entre 1959 y 1960, como agregado militar a Washington. Nunca ocultó su inclinación en favor del autoabastecimiento y de la independencia de la defensa nacional, conceptos muy presentes en sus escritos (Mazzei, 2012; Devoto y Pagano, 2004). En la publicación de su libro El Plan Europa. Un intento de liberación nacional (1970), detalló las experiencias que precedieron e inspiraron al plan de modernización y reequipamiento del Ejército, como así también los sucesos en los que fue protagonista al asumir, a partir de 1967, la misión prospectiva por Europa y la firma de acuerdos con diversos países.

Dentro de los resultados de esta iniciativa, se destacan las compras de obuses, camiones de transporte y elementos para la construcción vial, y primaron las pretensiones de integrar componentes argentinos, tanto de empresas públicas como privadas, y de lograr el mejor financiamiento y las mejores condiciones para la transferencia tecnológica a través de acuerdos en el uso de licencias de patentes. Esto, en suma, redundó en la creación y diversificación de empresas articuladas a la industria bélica. El proyecto de mayor envergadura implicó la asociación con la empresa Schneider de Francia para la compra y posterior fabricación de tanques de la familia AMX en Argentina. Lo que constituyó un hito en la producción nacional de blindados, y un escalón necesario que redundó en el desarrollo y posterior construcción del “Tanque Argentino Mediano” a través de la cooperación con la alemana Thyssen Henschel. La concepción del acuerdo con los franceses mantuvo rasgos comunes a los otros proyectos de asociación con Europa, tanto de la Armada en materia nuclear, como de la Fuerza Aérea en materia espacial, es decir, bajo la posibilidad de la apertura del “paquete tecnológico” en una estrategia progresiva guiada para escalar los conocimientos, los componentes, el diseño y la tecnología nacional (Hurtado, 2000; 2014), participando del cuadro de situación que nos comenta Marcelo Rougier:

Sólo la DGFM [Dirección General de Fabricaciones Militares] tenía vínculos productivos con más de sesenta empresas no militares para el desarrollo de su producción de equipos, armamentos y otros bienes. En este sentido, podemos advertir la conformación de un poderoso Complejo Militar Industrial (CMI), una especie de núcleo duro de otro más amplio que incluye al conjunto de las empresas públicas, que resultó clave para definir en grandes rasgos el patrón de acumulación […] centrado en el avance de la sustitución de importaciones y en la descentralización regional de la producción (Rougier, 2016: 30).

En las páginas finales del libro dedicado al Plan Europa, Eduardo Uriburu incorporó una transcripción de fragmentos de un artículo periodístico firmado por Alexander Craig publicado en la Contemporary Review de Gran Bretaña en 1969. Allí se expuso el hilo conductor entre los contratos nucleares firmados con la Siemens alemana y los sucesivos desentendimientos con Estados Unidos. En ese mismo artículo, el autor parafraseó las palabras de Eduardo Roca, destinado en la embajada argentina en Estados Unidos, indicando que “las exigencias políticas norteamericanas eran las que habían llevado a la Argentina a volverse sobre Europa, ‘donde no se imponían condiciones’ para su compra” (Uriburu, 1970: 209).

Durante el mismo año en que vio la luz el artículo transcripto por Uriburu, Osiris Villegas publicó su libro Políticas y estrategias para el desarrollo y la seguridad nacional (1969). Como hemos reseñado en un principio, Villegas fue uno de los principales teóricos de la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria y un destacado miembro del núcleo de militares conducidos por Juan Carlos Onganía. Se desempeñó como ministro del Interior durante el gobierno del presidente José Guido, en el de Illia fue comandante en jefe del Quinto Cuerpo del Ejército, y en la “Revolución argentina” se encargó del flamante Consejo Nacional de Seguridad (CONASE) hasta 1969, año en que fue destinado como embajador en Brasil. El contenido de libro, tal como lo anticipa su título, aborda los conceptos de desarrollo y seguridad nacional, aspectos que concentraron gran parte de su atención a lo largo de su trayectoria profesional. La idea de “occidente cristiano” está muy presente, al igual que la del desarrollo industrial y las capacidades estratégicas como condición necesaria para garantizar la seguridad y la libertad. En el libro no hay detalles específicos sobre la política exterior de la “Revolución argentina” o el vínculo con Europa, pero llama la atención la totalidad del espacio destinado a exponer los razonamientos sobre la “Política Nuclear, Desarrollo y Seguridad Nacional” (Villegas, 1969: 227); allí se concentraron muchos de los argumentos que determinaron la continuidad de las aspiraciones nucleares argentinas, como así también las pretensiones de la “comunidad internacional” en general y de Estados Unidos en particular.

Vale la pena reflexionar sobre la posible direccionalidad política contenida en las publicaciones de Osiris Villegas (1969) y Eduardo Uriburu (1970), dadas en un contexto en que la orientación de la política definida por Juan Carlos Onganía demostraba agotamiento prematuro, si se mide en función de los magros resultados obtenidos a cambio del tipo de alineamiento asumido con Estados Unidos, y donde el fracaso de la política de integración de los sindicatos no presentaba alternativas para contener la creciente conflictividad social (James, 2019). Por lo tanto, cabe preguntarse si las publicaciones manifestaron, además de una expresión frente a los hechos recientes, un posicionamiento ante el debate interno y las tensiones que agitaron la heterogénea trama interna del núcleo de conducción de la “Revolución Nacional”[11].

Según Robert Potash (1994), la política desplegada por el Ejército para la modernización y el reequipamiento tuvo su correlato en la Fuerza Aérea con la compra de aviones a Europa. Como señalamos, también comprendió la intensificación de la cooperación con Francia para el uso y la fabricación de cohetes. El decreto secreto n.° 9.895 de 1967[12] aprobó la compra de cohetes de ejercicio, de origen británico, realizada por “la misión aeronáutica en Europa”, al igual que el decreto secreto n.° 9.771 de 1967[13] hacía referencia a una “comisión aeronáutica” enviada a Alemania y Suiza. El decreto secreto n.º 4.026 de 1968[14] aprobó el contrato celebrado entre el representante de la Fuerza Aérea y la firma holandesa Fokker para la compra de aviones. Como se puede apreciar, lo indicado por Potash está respaldado por copiosa documentación desclasificada, y también debe extenderse a la Armada, ya que, a través del decreto secreto n.° 7.543 de 1967[15], se aprobó el “Plan Mínimo de Emergencia”, que permitía la compra de un portaviones a Holanda, dos fragatas al Reino Unido de Gran Bretaña, aviones italianos, lanchas rápidas y dos submarinos de media velocidad a Alemania, entre otros sistemas de armas destacados. Vale la pena exponer esto para señalar que la iniciativa desplegada en el Ejército, detallada por Uriburu (1970), se extendió simultáneamente a las tres fuerzas. Algo que ratifica las tendencias manifiestas para el caso de los objetivos nucleares de la Armada y los espaciales de la Fuerza Aérea. Estas tendencias fueron interpretadas por el autor Alain Rouquié (1982) como la voluntad argentina de liberarse de la metrópoli continental.

Carlos Escudé y Andrés Cisneros (2000) identificaron tendencias similares y marcaron como claro ejemplo del concepto “occidentalismo heterodoxo” la compra de tanques AMX a la firma francesa Schneider y la política nuclear argentina. Si bien los tres autores aciertan en los efectos que produjo la política nuclear argentina en la política de modernización de los armamentos, da la impresión de que maximizaron los alcances, llegando a plantear que el autoabastecimiento perseguido por los militares argentinos hizo peligrar el monopolio norteamericano de venta de armamentos a Buenos Aires[16]. Las cuales, a la luz del recorrido realizado hasta aquí en el capítulo, resultan interpretaciones que, para este momento específico de la “Revolución argentina” durante la dictadura de Onganía, suenan al menos prematuras. Es preciso reafirmar que Estados Unidos continuó siendo el principal origen de las importaciones de los sistemas de armas realizadas por Argentina, que continuaba alineada bajo el paradigma de “las fronteras ideológicas”. Recién puede advertirse el cambio de liderazgo a partir del retorno democrático y la llegada del justicialismo al poder en 1973. Es en ese contexto donde Estados Unidos fue desplazado al segundo lugar, superado por la sumatoria de compras a Europa (Eissa, 2020).

El artículo de Hernán Cornut (2019) incorpora elementos que, desde su perspectiva, abonan a la línea de investigación hasta aquí desarrollada, la cual expresa que la relación entre los proyectos de modernización de los sistemas de armas y la política exterior argentina fue adaptativa, contingente y desintegrada para el caso de la dictadura de Onganía (1966-1970). También resulta interesante la mención al aspecto comercial de la influencia francesa en las Fuerzas Armadas argentinas. No obstante, es preciso aclarar que Cornut no ha contemplado en su análisis sobre el “Plan Europa” la tensión entre Argentina y Estados Unidos en torno a las negociaciones del TNP y Tlatelolco, cuyo impacto resultó muy caro para las expectativas argentinas y explicó, en gran parte, la intensificación de las relaciones con Europa.

También vale la pena mencionar lo inadecuado de la explicación que da Rosendo Fraga (2010) sobre el Plan Europa, indicando que fue concebido por la dictadura de Onganía para independizarse de la provisión militar estadounidense. En sentido opuesto, Mario Rapoport (2017) visualizó el Plan Europa como una diversificación de la dependencia. De acuerdo a la evolución del origen de las compras de los sistemas de armas, Francia compartió el tercer lugar junto a Alemania, por debajo del Reino Unido de Gran Bretaña y muy lejos de la primera posición, correspondiente a Estados Unidos (Eissa, 2020). Resulta interesante el pronunciado aumento de la participación alemana, que igualó a Francia y recuperó una porción del mercado argentino. Seguramente, esta tendencia alemana y la firma para la construcción de la central nuclear Atucha con la empresa Siemens prendieron las alarmas francesas. Cabe recordar que los galos desistieron de colaborar en la iniciativa nuclear argentina, bajo presión norteamericana. Por lo que se pueden explicar las facilidades provistas en los acuerdos para la venta de armamento, pretendiendo de esta manera preservar una porción del mercado de Argentina.

En este sentido, resulta elocuente el caso del Reino Unido descripto en el libro de Grace Livingston (2018). Allí se indica que el complejo industrial militar británico quebró las suspicacias con Argentina en torno a la cuestión Malvinas e Islas del Atlántico Sur, imponiendo la pretensión de no perder los beneficios que representó la fase expansiva de la participación europea en el mercado de armamentos argentino. Esta situación explicó, por ejemplo, el caso ya señalado de la venta de las dos fragatas T-42 británicas. En suma, resulta apropiada la caracterización de María Cecilia Míguez (2018) y Mario Rapoport (1988), quienes visualizaron en la dictadura de Juan Carlos Onganía acciones desarticuladas y contingentes, que no erosionaron a la DSN, su alineamiento con Estados Unidos y la aplicación del concepto de “fronteras ideológicas” para el curso de la política exterior argentina.

A modo de balance y conclusión

La relación entre los proyectos de modernización de los sistemas de armas y la política exterior argentina para esta etapa (1966-1970) fue contingente, adaptativa y desintegrada. La vocación por indagar y analizar los estudios relativos a la presunción formulada permitió relacionar y hallar múltiples fuentes que, sin dudas, son el acceso a las huellas de trayectorias cuyo análisis puede redundar en la ampliación, profundización o complejización de líneas de investigación. A la vez, posibilitó avanzar sobre aspectos aún poco explorados en términos relacionales entre la política exterior argentina y la política de defensa, específicamente sobre la compra de sistemas de armas. En suma, se pueden mencionar como ejemplos la trama de acuerdos con los Estados europeos y sus empresas, el financiamiento y la trayectoria de las deudas contraídas para tales fines, el impacto de la recepción de los sistemas de armas europeos hacia el interior de las fuerzas, los debates en torno a las estrategias de industrialización y el rol destinado a las Fuerzas Armadas, la orientación de la política científica y productiva, y el marco regional, donde muy probablemente la comparación del caso argentino con Brasil, Perú y Chile pueda brindar mayor complejidad analítica, examinando e interpretando en conjunto las trayectorias de las políticas exteriores y su relación con la modernización de los sistemas de armas.

Otro aspecto sustancial que brindó el recorrido analítico tiene que ver con la delimitación del alcance de la temática abordada, ya que las primeras lecturas sobre “el Plan Europa” daban a entender que la intensificación de la compra de sistemas de armas al continente europeo solo se registró bajo la órbita exclusiva del Ejército, lo que finalmente fue descartado, ya que, como se ha visto, fue una tendencia simultánea en las otras fuerzas. Un elemento importante arrojado por la pesquisa ha determinado que su alcance temporal no concluyó con el relevo de Eduardo Uriburu de sus funciones al frente del “Plan Europa” en el Ejército, pero tampoco con la dictadura de Juan Carlos Onganía, sino que fue formulado en términos solidarios con el rumbo que tomó la segunda etapa de industrialización por sustitución de importaciones de los proyectos desarrollistas. Es decir, se desplegó desde su surgimiento, acoplado a la trayectoria de la política económica, lo que estimula a continuar con la línea de investigación hasta la clausura de aquel patrón de acumulación.

Retomando al autor Theotônio Dos Santos (2020), el núcleo de militares conducidos por Juan Carlos Onganía puede identificarse como la corporización política de lo que él denominó “capitalismo de Estado” de orientación tecnoburocrática, variante específica de su concepto de “dependencia negociada”. A la vez, ofició de vector principal para la “nacionalización de la DSN”, condicionando en las entrañas del Estado la presidencia de Arturo Illia, desde donde adicionalmente se diseñó y ejecutó un alineamiento total con la política hemisférica de Estados Unidos. La catalización de aquellas pretensiones derivó en el golpe de Estado que colocó en la presidencia a Onganía. Ese punto de partida reflejó una inusual coherencia casi mecánica entre sus piezas, ya que la economía, la política exterior y la defensa se mostraron integradas a través de las expectativas depositadas en el despliegue de las “fronteras ideológicas”. Sin embargo, rápidamente, errores de apreciación convirtieron expectativas en dilemas. La relación que se propuso como vehículo privilegiado hacia el desarrollo se transformó en sus limitantes, conspirando contra el cumplimiento de los objetivos estratégicos trazados por la “Revolución argentina”. El caso de la política nuclear resultó elocuente, ya que las negociaciones de Tlatelolco y el TNP tomaban carrera desde la demostración del poderío nuclear chino. La perspectiva restrictiva del uso de la tecnología nuclear por parte de Estados Unidos derivó en una escalada que afectó prácticamente a todo el arco de proyectos estratégicos, entre ellos, la modernización de los sistemas de armas. Resulta difícil concebir el alineamiento de Argentina con Estados Unidos bajo la premisa de ganar tiempo frente a los norteamericanos o, lisa y llanamente, confundirlos. El resultado de la investigación se inclina a identificar la relación entre los acuerdos con Europa para la modernización de los sistemas de armas y la política exterior argentina de la siguiente manera: contingente, frente a la respuesta norteamericana en su búsqueda de dar por tierra los desarrollos en materia nuclear; adaptativa, a los fines de cumplir con la modernización de los sistemas de armas y encontrar en Europa, principal destino de exportación de la Argentina, un proveedor alternativo con vocación de disputar el mercado a Estados Unidos; y desintegrada, no solo por el error de concepción que inicialmente tuvo el alineamiento con Estados Unidos, sino también por la persistencia en la aplicación de la DSN y las fronteras ideológicas.

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  1. Junto a Julián Kan, he dedicado un capítulo del libro América Latina: bajo la sombra de la Guerra Fría (Schneider, 2021) al pensamiento de Theotônio Dos Santos y Rui Mauro Marini en el contexto de la Guerra Fría. Allí hemos elaborado las precisiones que justificaron nuestra inclinación hacia el uso de la definición “corriente de la dependencia”.
  2. Durante su exilio en México, Theotônio Dos Santos se involucró en los estudios sobre el fenómeno global de la “revolución científico-técnica”, a partir de los cuales convergió en los esfuerzos por desarrollar una teoría del sistema mundo, donde se destacaron, entre otros, Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi. Manifestó el autor:Mis trabajos […] intentan articular la noción de sistema mundial con las grandes estructuras de producción y particularmente con la revolución científico-técnica […] buscando un camino de investigación en parte complementaria al esfuerzo más global de la teoría sistema-mundo, en parte reordenador de este esfuerzo” (Dos Santos, 2020: 1083). Para profundizar sobre estos aspectos teóricos, se recomienda la lectura de Teoría de la dependencia: balance y perspectivas (2020), contenido en la antología publicada por CLACSO.
  3. Theotônio Dos Santos (2020) propone el concepto de “revolución científico-técnica”, que es la superación de la “revolución industrial” y la herramienta que permitió a Estados Unidos afirmar su hegemonía luego de la crisis de posguerra, siendo el “capitalismo de Estado” un producto histórico estrechamente relacionado.
  4. En su esquema, Dos Santos (2020) describió al menos dos formas de dependencia negociada, la “nasserista” y la “subimperialista”, referenciando a Helio Jaguaribe para comprender la primera y a Ruy Mauro Marini y Vivian Trías para la segunda.
  5. Los diálogos entre sociología e historia han sido abordados desde distintas perspectivas en el ámbito de las relaciones internacionales. El concepto de “escuela sociohistórica remite especialmente a los estudios de Raymond Aron (González Aimé y Peñas Esteban, 2006). En la Argentina, Alejandro Simonoff (2012) fue quien utilizó esta denominación para agrupar a algunos autores como Mario Rapoport, Beatriz Figallo, María Cecilia Míguez, Claudio Spiguel, Eduardo Madrid, Rubén Laufer, Julián Kan, Leandro Morgenfeld, entre otros. Contenida dentro de los estudios críticos de las relaciones internacionales, guarda muchas similitudes con la escuela de Brasilia, cuyos referentes más destacados son Amado Cervo y Luiz Alberto Moniz Bandeira.
  6. Entre ellos vale la pena mencionar a Pierre Boyer de Latour, Henri Navarre y Jean Marchand, entre otros.
  7. Para profundizar sobre las diversas corrientes y trayectorias de estos grupos que influenciaron decididamente sobre el rumbo político argentino durante las décadas del 60 y 70, se recomienda la lectura de la tesis doctoral de Facundo Cersósimo (2015): El Proceso fue liberal. Los tradicionalistas católicos argentinos y el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983).
  8. Decreto Nacional 5.817/1969. Buenos Aires, 25 de septiembre de 1969. Id SAIJ: DN19690005817. Disponible en www.saij.gob.ar.
  9. Ley 17.043. Buenos Aires, 30 de noviembre de 1966. Id SAIJ: LNT0001291. Disponible en www.saij.gob.ar.
  10. Decreto Nacional 1.646/1967. Buenos Aires, 16 de marzo de 1967. Id SAIJ: DN19670001646. Disponible en www.saij.gob.ar.
  11. Los debates y las intrigas que giraron en torno al heterogéneo grupo que conformó la dirección de la “Revolución Nacional” tuvieron la publicación Primera Plana como uno de los vehículos preferenciales. Dejamos a disposición un documento elocuente donde se vierten apreciaciones sobre el “Plan Europa”. Empresas Militares, el rubicón de Onganía (12 de noviembre, 1967). Primera Plana. Recuperado de bit.ly/3yjtYVE.
  12. Decreto Nacional 9.895/1967. Buenos Aires, 29 de diciembre de 1967. Id SAIJ: DN19670009895. Disponible en www.saij.gob.ar.
  13. Decreto Nacional 9.771/1967. Buenos Aires, 29 de diciembre de 1967. Id SAIJ: DN19670009771. Disponible en www.saij.gob.ar.
  14. Decreto Nacional 4.026/1968. Buenos Aires, 12 de julio de 1968. Id SAIJ: DN19680004026. Disponible en www.saij.gob.ar.
  15. Decreto Nacional 7.543/1967. Buenos Aires, 13 de octubre de 1967. Id SAIJ: DN19670007543. Disponible en www.saij.gob.ar.
  16. Estas fueron conclusiones de Cisneros y Escudé derivadas de un artículo del periódico La Nación. Allí se indica el modelo AMX30, pero fue el AMX13. Aquí la referencia: “El tanque AM-30 (sic) será construido en nuestro país” (5 de febrero, 1968). La Nación (una selección de la semana), p. 5, y “USA y los AMX-30”, Confirmado, Año iv, n.º 170, semana del 19 al 25 de setiembre de 1970, p. 13 (Cisneros y Escudé, 2000).


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