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4 Las generaciones políticas recientes y los ethos militantes en Argentina

La generación política del ‘70

Durante las décadas del ‘60 y ‘70 en América Latina en general y en Argentina en particular, los movimientos populares vivieron un intenso ciclo de luchas principalmente contra los gobiernos dictatoriales de la región. Sader ha conceptualizado la historia de la izquierda latinoamericana del siglo XX a partir de cuatro períodos. Lo que el autor llama el ‘tercer período”, incluye dos ciclos cortos de lucha armada: “el primero incluía a (…) Nicaragua, Venezuela, Perú y Guatemala, básicamente, con un modelo de guerrilla rural bastante similar al cubano” (Sader, 2006: 66). El triunfo de la revolución Cubana en 1959 y el ascenso al poder del socialismo Chileno en 1970 en el plano latinoamericano, sumado al florecimiento de movimientos revolucionarios en diversas partes del mundo como las luchas anticoloniales en África y Asia, generaron un clima de época propicio para la lucha armada en otros países de América Latina. En ese marco tiene lugar el segundo ciclo corto de lucha armada esta vez en Guatemala, Perú y Venezuela. En este ciclo y principalmente a partir de modalidades de guerrilla urbana se encuentra Argentina (Sader, 2006).

En ese marco las nuevas generaciones militantes de nuestro país comenzaron a socializarse políticamente en un contexto de grandes transformaciones sociales. Es a partir de finales de la década del sesenta entonces que la actividad política en Argentina comenzará a estar orientada hacia el horizonte revolucionario, en la mayoría de los casos dirigidos hacia la búsqueda de una sociedad socialista. En tal sentido los ‘60 “culminaron con una generación convencida de que ‘hacer la revolución’ era un deber inapelable” (Massetti, 2009: 11).

Debemos aclarar que esta generación que denominamos ‘setentista‘, subsume también la actividad política acaecida durante finales de los años sesenta hasta entrados los años ‘80, sin embargo, es durante la década del ‘70 que, en Argentina, alcanzó su máximo desarrollo, de allí que sea común en la literatura especializada referirse a la generación “setentista” (Pozzi y Schneider, 2000; Hilb, 2007; Pittaluga, 2007) para hacer mención a un conjunto de prácticas políticas que se desarrollaron desde los ‘60 hasta incluso después de los años ‘70.

La toma de decisiones

Sostendremos en este trabajo que las dinámicas verticales en los procesos de toma de decisión han sido un rasgo generacional característico en la matriz militante setentista. En las organizaciones políticas de los setenta (tanto partidos políticos, como sindicatos y organizaciones armadas), se observan estructuras piramidales con espacios segmentados que presentan diferentes niveles de toma de decisión. Las decisiones más importantes eran tomadas exclusivamente por la dirección de las organizaciones y luego “bajaban” de la pirámide decisional y debían ser acatadas por el resto de los militantes (Gillespie, 1987). Este acatamiento a las decisiones, en la mayoría de los casos, no permitía el más mínimo cuestionamiento y, ante casos de cuestionamientos reiterados, se podía llegar a poner en duda la condición del militante: “yo veía que si discutías algo críticamente venían a explicarte las cosas, como queriendo demostrarte que la luna es cuadrada. Y yo les decía -‘la luna es redonda’. Y si discutías mucho eras un loco o un agente de la CIA”[1].

En el caso de Montoneros y del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejercito Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP)[2], dos de las organizaciones armadas más importantes de los años setenta, la fórmula asumida en la toma de decisiones era la del “centralismo democrático” basada en el modelo clásico del partido leninista, el cual se proponía como una dinámica decisional intermedia entre la democracia absoluta y el centralismo sin más[3]. Sin embargo, el centralismo democrático ocultaba “una clara praxis jerárquica (cuando no la jerarquía como valor en sí mismo) en la cual la dirección partidaria sellaba con la fuerza consensuada de su autoridad, la línea política a seguir” (Carnovale, 2011: 224).

En el testimonio de un militante de PRT-ERP se trasluce la complejidad que había detrás de aquella supuesta síntesis entre centralización y democracia: “el centralismo democrático en los papeles es precioso pero en la práctica es más centralista que democrático”[4].

Cabe destacar que tanto Montoneros como el PRT-ERP fueron dos organizaciones político-militares. Es evidente que las condiciones específicas que implican la lucha armada y la clandestinidad, desde ya obligaban a un tipo de toma de decisión centralizada y expeditiva. Sin embargo, otras organizaciones de la izquierda setentista no implicadas en la lucha armada también replicaban esquemas verticales. La lógica vertical formaba parte de un “clima de época” que se presentaba en casi todas las organizaciones revolucionarias, e incluso en las reformistas, de la izquierda[5]. Esta verticalidad solo se rompía en momentos de amplia movilización de masas como fueron el Cordobazo del ‘69, o el Mayo Francés del ‘68 en el plano internacional.

La obediencia implicada en la verticalidad trajo aparejada la necesidad de una disciplina exigida desde las cúpulas; esta disciplina no se remitía exclusivamente al ámbito público. En el ámbito privado el militante setentista debía guardar una estricta relación de seguimiento de las pauta “morales” que establecía la organización. En 1971 el PRT-ERP publicó en su revista “Gaviotas Blindadas”, un texto llamado Moral y Proletarización. En él se describían (y prescribían) una serie de consideraciones acerca de la moral burguesa y de la necesaria moral proletaria que debían encarnar los militantes del PRT-ERP, indagando en la tensión entre la vida pública y privada de los militantes: “el revolucionario sólo puede ser cabalmente tal en la medida que sea un ser humano completo, que desarrolla integralmente su condición humana, como a la inversa, la actividad revolucionaria es la condición básica para el desarrollo integral de su personalidad” (Parra, 1972: s/p). En dicho texto, cuya lectura a partir de 1974 la dirección del partido desrrecomendará, se vertían consideraciones respecto de la ‘revolución sexual’ de principios de los setenta, de la constitución de la familia, e incluso sobre el lugar que debía tener el sexo en las parejas de combatientes[6].

Pero la obediencia no se circunscribía solamente a la toma de decisiones y a la moral interna de sus militantes, sino que limitaba también la capacidad de relacionarse con otros militantes:

nadie sabía quién era el otro ni cuál era la magnitud de la organización. Sólo sabíamos todo los cuatro que integrábamos la dirección. Esto da cuenta de otra reflexión y es sobre el poder que tenían las direcciones: control sobre las armas, control sobre el dinero, control sobre los elementos de falsificación y control sobre los contactos. En cambio los demás compañeros contaban con una información muy retaceada[7].

Así, la verticalidad no solo se consolidaba en el mecanismo concreto donde una persona o un conjunto de personas mandaban y otras obedecían, sino que orgánicamente la estructura impedía muchas veces no solo el cuestionamiento, sino incluso el contacto entre los militantes de base y los dirigentes.

El perfil táctico

Como hemos mencionado, el triunfo de la revolución Cubana en 1959, la experiencia socialista chilena entre 1970 y 1973 y la existencia del campo socialista euroasiático liderado por la URSS, se consolidaron como horizontes insoslayables de la construcción política setentista en la izquierda argentina. Estas experiencias triunfantes de procesos revolucionarios o democráticos que tomaron el poder estatal y comenzaron a construir instituciones socialistas, operaron como símbolo generacional de honda importancia en el imaginario político de los sujetos que se iniciaron en la militancia hacia finales de la década del ‘60 e inicios de la década del ‘70. El éxito obtenido por los procesos de cambio en América y el mundo otorgaba a los militantes la sensación de inmediatez del triunfo revolucionario en Argentina: “nosotros pensábamos que ya estábamos, no se como decirte…la época, el momento…que estábamos a punto de hacer la revolución, con los fierros en la mano” (María -generación ’70).

Basándose en la necesidad de alcanzar el objetivo revolucionario (en general la consolidación de un Estado socialista) para luego modificar las relaciones de opresión de la sociedad capitalista, la militancia setentista desplegó una serie de mecanismos de participación y acción política que, antes que prefigurar la sociedad anhelada, consideraban la construcción de dicha sociedad como una tarea posterior a la toma del poder. Para ello, anclados en una visión pragmática, los métodos de lucha y de organización interna debían ser lo suficientemente adaptables y maleables para lograr el fin: “en la concepción tradicional, entre fines y medios se establece una relación instrumental. El objetivo final (la toma del poder) ordena y marca la pauta. En consecuencia, las formas de lucha se subordinan a la táctica y la estrategia” (Zibechi, 2004: 13).

Anclado en una concepción teleológica de la lucha político-militar, que ponía el acento en la conquista del poder del Estado por medio de la vía revolucionaria, el imperativo de hacer la revolución se consolidó entonces como una marca generacional de la militancia setentista (Massetti, 2009). Con ello la política cotidiana de la militancia en los años ‘70 se encontró abocada principalmente al objetivo máximo de tomar el poder a través de la violencia popular organizada, con lo que se fue consolidando un accionar cotidiano de marcado sesgo pragmático y militarista, donde los objetivos intermedios o específicos eran subsidiarios del objetivo principal mencionado. Esta orientación hacia la toma del poder enmarcaba a los militantes en una concepción política de largo plazo.

Así, muchas contradicciones internas y dimensiones de la opresión del sistema se dejaban de lado, esperando sean resueltas una vez alcanzada la toma del poder: “era fuerte eso, funcionaba muy fuerte, había algunos temas que no se podían tocar, no formaban parte de la agenda importante, en ultima instancia había montones de cosas que se iban a resolver con el socialismo, el socialismo era como una situación casi casi cristiana, es decir…era el cielo!” (Celina -generación ’70).

En tal sentido, la literatura especializada ha coincidido en señalar a la militancia setentista con una marcada tendencia hacia el pragmatismo. Gillespie, quien ha producido uno de los estudios más destacados sobre Montoneros, señaló: “su pragmatismo era a menudo su fuerza, (…) facilitando la flexibilidad táctica y la realización de alianzas políticas” (Gillespie, 1987: 99). La Juventud Trabajadora Peronista, nucleamiento de trabajadores ligados a Montoneros que tuvo su auge entre 1973 y 1975, también fue señalada como una organización pragmática (Vittor, 2011); por su parte, Weizs (2003) analizó el contenido pragmático de las orientaciones del PRT.

Sin embargo, estas características que destacamos en la generación política setentista, no deben llevarnos a concluir que la militancia setentista constituye un bloque monolítico con prácticas simétricas en todos sus militantes y organizaciones. Las prácticas pragmáticas se constituyeron como parte de un perfil táctico que denominamos hegemónico en la militancia de la época. Es por eso que el perfil táctico pragmático es tomado al modo de los tipos ideales de cuño weberiano ya mencionados. Cabe destacar que existieron durante los ‘60 y los ‘70 otros ejemplos, tanto de prácticas individuales como de organizaciones, donde se promovía un perfil táctico prefigurativo. Como ejemplo de ello podemos mencionar algunas dimensiones de las organizaciones político-militares de los setenta donde, siguiendo las conceptualizaciones de Ernesto Guevara, se promovieron instancias de autocrítica y de construcción de nuevos valores solidarios: “lo que podemos hablar de la prefiguración en las FAP[8] era lo del hombre nuevo, del compañerismo, de qué querías vos de tus compañeros, había todo un esfuerzo de crítica y autocrítica” (María -generación ’70).

Estas tendencias internas al imaginario militante setentista, que existieron y deben ser tenidas en cuenta, no alcanzan sin embargo a constituir un perfil táctico que pueda aplicarse al conjunto de la generación.

El capital militante

Las formas en que se construía el capital militante de los militantes en el setentismo estaban basadas en la entrega total de la vida del militante a la causa de la organización. Construida en base a la abnegación, el militante lograba alcanzar mayores grados dentro de la estructura jerárquica, es decir ganaba respeto por parte de sus compañeros militantes y de la dirigencia de la organización en base a la construcción de una referencialidad basada en el mérito individual, la abnegación y la demostración de una férrea disciplina a los preceptos de la organización.

Los méritos como militante estaban basados en la capacidad de entregar la propia vida en forma total al compromiso con la organización y con la lucha. No nos referimos solamente a la vida en términos biológicos (estar dispuesto a matar o morir) sino a la entrega de la vida cotidiana a las necesidades y requerimientos de la organización y del proyecto revolucionario.

Así, el respeto a la jerarquía acabará por convertirse en marca de fuego del capital militante de la generación setentista. La disciplina interna, producto en general de la adopción de la estructura del partido leninista (Carnovale, 2011), devendrá en rasgo característico del ethos setentista:

uno de los rasgos más característicos de las organizaciones políticas de los años ‘70 es la doctrina que guiaba a los militantes en su práctica política: el ascetismo, la disciplina, la subordinación de lo personal a lo político y un estilo de vida sacrificado eran algunos de los valores revindicados por los militantes en todos sus niveles (Gillespie, 1987: 132-148).

Los testimonios de los militantes setentistas refieren en forma recurrente a la abnegación y la entrega como una característica fundamental de la militancia setentista. La capacidad de colocar en segundo plano las necesidades personales y la vida privada en función de priorizar los requerimientos orgánicos eran valorados positivamente dentro de una estructura vertical y meritocrática:“el centro de la vida era la militancia, después el resto, la educación de los hijos, la familia, los amigos, todo giraba en torno a eso, se condicionaba por eso”[9]. En este sentido Gugliemucci observó que en las organizaciones setentistas:

la capacidad de sacrificarse por la revolución constituyó una condición subyacente al principio de autoridad. Por medio del gasto visible de tiempo, saberes e incluso la puesta en peligro de la propia vida, aquel que sacrificaba algo de su autosuficiencia individual obtenía el reconocimiento por parte del grupo (Guigliemucci, 2008, acápite 22).

Esta lógica de exigencia extrema sobre la vida privada de los individuos ha sido analizada en profundidad por Ana Longoni. En sus estudios sobre los códigos éticos, morales y disciplinantes como aspectos constitutivos de la militancia (Longoni, 2007), ha enfocado en las trayectorias de militantes de los setentas que a su vez eran artistas plásticos y músicos que debieron declinar en su vocación para cumplir con tareas asignadas por la organización: “cómo tenía que ser ese muevo militante? Primero, entrega total, capaz de armar y desamar una pistola 11,25 en pocos segundos y de trabajar en una huelga (…) éramos verdaderos cuáqueros”[10].

Sin embargo, esta rigidez en la dedicación y en la disciplina, conserva aún rasgos que son valorados positivamente. La riqueza en la formación política que implicaba la militancia setentista y el grado de apropiación del proyecto político que implicaba para los militantes una dedicación de tal magnitud, han aparecido reiteradamente en los testimonios de los militantes de diversos ethos como componentes parcialmente positivos.

La demanda de proletarización

Una de las estrategias que se dieron las organizaciones políticas, sindicales y político-militares setentistas, que tendrá hondo impacto en las transformaciones en la subjetividad militante de la época tiene que ver con el corrimiento de clase que, en el caso de los militantes provenientes de clases medias y altas, comienza a imponerse como método de inserción en la clase privilegiada a la hora de pensar el cambio revolucionario: la clase obrera.

La proletarización apuntaba a “compartir la práctica social de la clase obrera y adquirir sus características y puntos de vista” (Carnovale, 2006: 30). Se trataba de enviar a los militantes de clases ‘no proletarias’ a trabajar en fábricas, y también a vivir a barrios populares, villas de emergencia, etc. El componente proletarizante está muy marcado en el ethos setentista, lo cual se evidencia tanto en los testimonios de los militantes (donde destacan una y otra vez la centralidad del trabajo adentro de la fábrica) como en el análisis de su práctica militante: organizar asambleas en las fábricas donde se habían insertado, realizar volanteadas en las puertas de las fábricas vecinas, preocuparse por las problemáticas barriales del territorio al que se habían mudado, etc.

La concepción misma de la proletarización fue justificada por el PRT desde una mirada marxista, donde se concebía la construcción de la subjetividad social y de la conciencia política en función del lugar del sujeto en la estructura productiva: “el que tiene una práctica social de obrero tenderá a tener una conciencia de obrero. El que tiene una práctica de policía tendrá una conciencia de policía, he aquí la primera clave de la cuestión de la proletarización”[11].

Sin embargo, la proletarización no fue una estrategia privativa de las organizaciones de cuño marxista; por el contrario, las organizaciones peronistas también buscaron proletarizar a sus militantes, en función de mejorar la inserción de la organización en la clase obrera, y de apuntalar procesos subjetivos de los militantes provenientes de clases medias: “había un mandato de la dirección de que todo el mundo tenía que entrar a una fábrica para proletarizarse, tanto en el PRT como en la M”[12].

No obstante, la estrategia de proletarización no se dio en forma homogénea en las organizaciones peronistas. Ollier (2005) destaca que mientras las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), a las cuales pertenecieron varios de los militante de la generación del ‘70 del FPDS, apuntaron a una estrategia clara de proletarización de sus cuadros, Montoneros no priorizó esa estrategia, matizando lo surgido en el testimonio del párrafo anterior. Lo que es innegable es que la demanda de proletarización caló hondo en el ethos setentista presentando niveles desiguales y combinados de proletarización en casi todo el arco de las organizaciones de izquierda, desde los partidos políticos hasta las organizaciones político-militares. La proletarización entonces fue el modo privilegiado que encontró el ethos setentista de dar tratamiento al problema del ‘origen de clase’ de la militancia de los sectores medios. Como veremos cuando abordemos el ethos del ‘01, este nudo problemático volverá a escena pero esta vez el tratamiento será diferente, dejando atrás la proletarización y pasando a una estrategia de ‘territorialización’.

La orientación estratégica

Al hacer mención a la orientación estratégica de la generación setentista nos referimos a la fuerte tendencia hacia la toma del poder estatal que permeó a las organizaciones sindicales, políticas y militares desde finales de la década del ‘60 hasta principios de los ‘80. Las experiencias triunfantes de procesos revolucionarios o democráticos que tomaron el poder estatal ya mencionados operaron como símbolo generacional de honda importancia. En tal sentido hemos dicho que el éxito obtenido por procesos de cambio en América Latina y el mundo otorgaba a los militantes la sensación de inmediatez del triunfo revolucionario en Argentina: “estábamos convencidos de que íbamos a tomar el poder y que ciertas cosas las íbamos a hacer después de tomar el poder”[13].

En este contexto, la militancia se enmarcó en fuertes estructuras institucionalizadas: el sindicato, el partido o la organización armada. La forma sindicato, partido político o guerrilla (tanto urbana como rural), aún con las diferencias evidentes entre un esquema que se plantea la lucha económico-reivindicativa, la disputa en el ámbito electoral del sistema legal de partidos, y la organización de la lucha por medio de la violencia ilegal, conservan fuertes rasgos identificatorios; entre ellos, las estructuras formales, la verticalidad y la demanda hacia el Estado. En los casos de los partidos políticos y de las organizaciones armadas, esta orientación implicó también la conquista del aparato del Estado. Incluso en el caso de las organizaciones armadas, cuya finalidad en términos generales se orientó a la destrucción de la institucionalidad establecida, eso fue planteado como una tarea a realizar desde dentro de la estructura estatal, lo cual implicaba una primera instancia de copamiento de las instituciones. Por orientación estratégica entenderemos entonces la vocación ‘institucional’ de esta generación militante que colocó a la toma del poder estatal como tarea insoslayable en la disputa por la construcción de un Estado y una sociedad socialistas.

El ethos militante setentista en nuestra investigación

Como vemos, la generación militante que operó su socialización política primaria entre finales de la década del ‘60 y hasta principios de la década del ‘80, encontró una serie de rasgos epocales fuertemente definidos que consolidarán su estructura identitaria y sus formas organizativas.

En lo que refiere a la toma de decisiones, se trata de una generación militante que se enmarca en estructuras decisionales verticalistas, con escasez de instancias de crítica hacia las decisiones provenientes de la cúpula dirigente. El vínculo entre la conducción de las organizaciones y sus bases, como vimos, no solo era de obediencias de estas últimas respecto de las primeras, sino que también al tratarse en muchos casos de organizaciones clandestinas, directamente las bases desconocían quienes eran aquellos que les dictaminaban las órdenes.

Respecto a la orientación estratégica, la impronta que los triunfantes procesos revolucionarios de conquista del poder estatal (Cuba, Chile, URSS) imprimieron en el imaginario militante de la época es innegable. Con ello, la militancia setentista consolidó una orientación estratégica hacia la conquista de las instituciones del Estado para su posterior transformación en instituciones socialistas. Esta orientación estratégica hacia la conquista del poder abonó la configuración de un perfil táctico de la generación setentista que se caracterizó por una marcada tendencia pragmática. La capacidad de hacer y deshacer alianzas con otras organizaciones, o la amplitud en los métodos de lucha que implicaron desde el secuestro extorsivo y la colocación de explosivos, hasta la disputa electoral, son algunas de las muestras del fuerte contenido pragmático que hegemonizó el accionar de las organizaciones setentistas.

En cuarto lugar, la construcción del capital militante en el universo setentista estuvo cimentada en una decidida abnegación y un completo sacrificio por parte del militante respecto de su vida pública y privada. Priorizar las tareas militantes antes que las cuestiones personales, colocando a la dimensión privada como subsidiaria de una conducta regida por los parámetros que establecía la organización para sus integrantes, formaba parte de la entrega absoluta que se requería para ser considerado un legítimo militante en esta generación.

Finalmente, el ethos de la generación militante setentista le dio un tratamiento específico al problema del ‘origen de clase’ de los militantes de las clases medias y acomodadas, que consistió preferentemente en la demanda de proletarización, lo cual implicó en la mayoría de los casos que los militantes provenientes de clases ‘no proletarias’ debieron comenzar a trabajar en industrias y/o mudarse a vivir a los barrios obreros en función de mejorar su ‘conciencia de clase’ y su inserción en la clase obrera.

A partir de esta caracterización en cuatro dimensiones, entenderemos en este trabajo a la generación setentista como portadora de un ‘ethos militante’ particular y definido. El ethos setentista se define entonces como un ethos predominantemente verticalista en sus estructuras decisionales, con una marcada orientación institucionalista, que colocó a la toma del poder Estatal como objetivo estratégico. El ethos setentista esta estructurado a partir de una fuerte tendencia pragmática, que otorga amplitud táctica a las organizaciones, en cuyo marco la legitimidad militante se construyó a partir de la abnegación, la obediencia y el sacrificio individual; éste último en muchos casos dedicado al trabajo industrial en función de la demanda de proletarización.

La generación política del ‘80

En Argentina, a partir del golpe militar de 1976, el Estado de bienestar comenzó a ser desmantelado virando hacia un modelo de acumulación neoliberal que se caracterizó, en el plano económico, por el retiro de la intervención del Estado en la economía. Este proceso, que se prolongará por varios años, encontrará su punto de mayor condensación hacia principios de los años ‘90, cuando en el marco de las presidencias de Carlos Menem sean privatizadas las empresas estatales más importantes como las de energía, transporte y comunicaciones (Thwaites Rey, 1998). A la vez el Estado incrementará su rol como garante de la seguridad jurídica para las inversiones de capital. Isuani, quien estudió las transformaciones del Estado en el nuevo escenario, sostiene que con el neoliberalismo

la presencia del Estado en la economía fue indudablemente la principal afectada. De un nivel de casi 7% del PBI en los comienzos del periodo se desbarranca a cerca del 2% a finales del mismo, teniendo la caída principal en la década del noventa. Los procesos de privatización de empresas públicas son causa principal de este fenómeno, especialmente en el área de combustibles y de servicios (Isuani, 2007: 6).

En el plano laboral, las transición hacia un modelo neoliberal implicó un trauma en la clase trabajadora argentina, conforme se fueron erosionando las redes asociativas a las que estaba asociado el trabajador tradicional, tales como los sindicatos, las mutuales, etc. Es así que “en el tránsito de una generación a otra desaparecieron los marcos sociales y culturales que definían al mundo de los trabajadores urbanos” (Svampa y Pereyra, 2003: 52).

Esta desaparición de espacios reguladores de lo social no se limitó solamente al ámbito laboral. Los análisis sociológicos del período de transición hacia la etapa neoliberal del modelo capitalista en el marco de la modernidad tardía, señalan que los agentes socializadores como la escuela, la religión, sumados desde ya al trabajo, atravesarán en este momento una etapa de crisis y disolución.

Según Bialakowsky, Giddens, quien ha trabajado largamente estos cambios en la subjetividad de los sujetos, sostiene que esta dislocación de la modernidad tardía “implica la destradicionalización de las formas en las cuales se reproducía el saber mutuo que habilitaba y estructuraba las agencias” (Bialakowsky, 2012: 12). Esto implicaría que para Giddens, a partir de la modernidad tardía los sujetos deben tratar de diseñar su subjetividad en función de un cálculo que toma en cuenta los riesgos de estar descontextualizado de lo colectivo (Zahar, 2002). En nuestro país, a partir de la apertura neoliberal, los sectores populares debieron recomenzar la construcción social y política en ese marco de disgregación de las instituciones clásicas que habían operado como socializadoras durante las décadas anteriores. En este contexto, hacia fines de los ‘80 y durante la década del ‘90, el ciclo de luchas populares pasó a caracterizarse por su carácter defensivo, con un arco militante diezmado por la dictadura militar. En este plano, la sangría que dejó la dictadura militar con un saldo de aproximadamente 30 mil desaparecidos e incontables exiliados políticos, generaría un vacío generacional con el que la generación militante que se socializó políticamente a partir del año ‘83 tendrá que convivir.

A la vez, la derrota militar de las organizaciones armadas de izquierda generaría una sensación de obsolescencia de los métodos beligerantes para la vida política argentina. Hacia finales de la década del ‘80 asistimos a la disolución de la mayoría de las organizaciones armadas, mientras que algunas pocas mantendrán una actividad latente. En ese marco, el asalto al cuartel militar de La Tablada en la Provincia de Buenos Aires, por parte del Movimiento Todos Por la Patria (MTP), también durante 1989, será leído como el correlato local de la caída del muro de Berlín, marcando un quiebre definitivo con los métodos de la lucha armada de amplia masividad durante la década setentista. Según Massetti, “el ataque al regimiento de La Tablada fue el último combate de una época que se daba en los albores de otra distinta” (Massetti, 2009: 20). El fracaso de la acción del MTP mostró el agotamiento de la matriz de la violencia política en Argentina y se presentó como un último vestigio de política setentista en el país (Merklen, 2005). Luego de la derrota política y militar de las organizaciones armadas en el país y de la traumática transición a la democracia iniciada en el año ‘83, fundada en el fracaso belicista que la junta militar se granjeó luego de la guerra con Inglaterra por la soberanía de las Islas Malvinas, la construcción política a partir de métodos democráticos, pacíficos e institucionales, se instalará como un código común en la militancia y en la sociedad. El acontecimiento de La Tablada, sumado a los alzamientos militares carapintadas entre 1988 y 1990, fueron expresiones minoritarias de un cúmulo de actividad política que comenzó a transitar las sendas de la construcción política pública, no clandestina, alejada de la lucha armada y de orientación político-partidaria. La matriz setentista, que venía perdiendo capacidad de irradiación en las nuevas generaciones militantes, irá cediendo terreno a nuevas formas de participación que la generación ‘80 encontraba y creaba a la vez.

La toma de decisiones

En lo que refiere a la toma de decisiones, en esta década la crítica a los esquemas verticalistas del ethos setentista comenzará a asomar fuertemente y a instalarse en las formas organizativas y en las subjetividades militantes. Procesos como las tomas de tierras masivas del suroeste del conurbano bonaerense o el surgimiento de centros culturales y sociales, comenzarán a instalar un tipo de organización donde la verticalidad del ethos setentista, no hallará asidero:

el barrio, como territorio de construcción societaria (…) aparece en los promotores de estos movimientos como un lugar propicio de construcción política. Muchos militantes desestructurados (es decir, que quedaron a la deriva) encuentran en los proyectos locales, en los horizontes barriales, un lugar para recomponer relaciones de militancia ‘desde abajo’ (Maneiro, 2012: 139).

En ese marco que provee la década del ochenta, donde florecen nuevas prácticas políticas, la crítica a que las estructuras verticales terminan por consolidar mecanismos rígidos de conducción, incapaces de reconocer errores y rectificar rumbos, se multiplicó (Zibechi, 2003; Massetti, 2009). A pesar de ello, la matriz partidaria, que conlleva en general una estructura vertical asociada a la toma de decisiones, continuó siendo hegemónica en las prácticas organizativas de la generación política del ‘80.

Aún en los casos de los militantes de la generación del ‘80 del FPDS, que fueron formados en la transición entre el ethos setentista y el ethos del 2001, son comunes las menciones a la lógica verticalista. Pablo y Mariano son dos de los militantes entrevistados miembros de la generación del ‘80, formados en esta transición. En sus testimonios, las referencias a la disciplina automática, donde los cuestionamientos a la cúpula de la organización eran impensables, son recurrentes. Según ellos, en esa formación se reproducían “alguno de los más jodidos vicios de verticalidad, manipulación, etc., de lo que es la lógica sagrada de la orga y de acatar sin preguntar” (Pablo -generación ’80).

Esa dirección que reproducía lógicas “enfermizas” en palabras de Pablo, resultaba además, en el caso de Mariano, inaccesible en tanto que se trataba de cúpulas dirigente clandestinas:

y por ejemplo yo en un momento no sé qué pregunto y me dijeron: -no, la dirección es clandestina. Yo pregunté quién había tomado esa decisión y me dijeron que estaba la dirección y los responsables de ámbito, y había un compañero que se suponía que era el responsable de enlace entre los ámbitos y la dirección (Mariano -generación ’80).

Las nuevas modalidades militantes que comenzaron a insinuarse en forma marginal en estos años, por el contrario, buscaron regirse bajo otra lógica decisional, más cercana a la construcción de consensos democráticos que al acatamiento a las órdenes de una cúpula dirigente. Sin embargo, en este período la toma de decisiones horizontal seguirá siendo embrionaria y minoritaria en comparación a la estructura organizativa vertical de las organizaciones predominantes de la época, el sindicato y, principalmente, el partido político.

El perfil táctico

Las evaluaciones críticas y autocríticas acerca de los límites y potencialidades de la política revolucionaria de los años ‘70 tendrán en la década del ‘80 un lugar privilegiado. En tal sentido, el pragmatismo setentista será sometido a un fuerte cuestionamiento por parte de los militantes que sobrevivieron a la derrota política y militar que significaron los ocho años de dictadura militar en el país. La lucha armada, que en la mayoría de los casos se consideraba un ‘método’ o una ‘táctica’ más en la concreción del objetivo estratégico, devino en gran parte de los casos en una política militarista integral y estratégica de las organizaciones de izquierda: “sin tener en cuenta las condiciones concretas de cada país, la lucha armada llegó a ser considerada el único camino para llevar adelante la revolución. De medio se transformó en fin” (Harnecker, 1999: 16).

Será en la bisagra de la década del ‘80 marcada por los últimos combates militares protagonizados por las organizaciones de izquierda, que toma punto de maduración entonces la crítica generacional al militarismo, como forma de consolidar el perfil táctico. Los estudios desde la teoría social entre violencia y política en las organizaciones armadas, conceptualizaron este ‘militarismo’, al sostener que la violencia “en tanto régimen de medios puede independizarse de los fines políticos, al tiempo que éstos pueden prescindir de medios violentos” (Carnovale, 2010: 41).

A partir de allí, se profundizó la crítica hacia la escisión entre medios y fines que suponía el pragmatismo táctico del ethos setentista, principalmente a partir de su desvío militarista y, con ella, se comenzó a proponer a la práctica prefigurativa como orientación de los perfiles tácticos. Estos perfiles intentarán a partir de este ensayo generacional de conservar una relación estrecha entre medios y fines; sin embargo, la hegemonía organizativa siguió marcada por el formato político-partidario en función de la conquista de las instituciones democráticas, lo cual continuó relegando a las prácticas prefigurativas a un segundo plano.

El capital militante

Como vimos, la derrota de las experiencias revolucionarias dio paso a complejos y profundos procesos de crítica y autocrítica, tanto a nivel orgánico como a nivel individual. Los militantes revolucionarios sobrevivientes de la dictadura militar empezaron a revisar los métodos y las condiciones históricas que los llevaron a entregar sus vidas por un proyecto que mostró sus limitaciones. Como surge del testimonio de Mariano: “yo me forme diciendo, no porque tal compañero no sabes lo que era!…era un soldado, le ordenabas hacer tal cosa y el compañero la hacía” (Mariano -generación ’80). A partir de la internalización de muchas de esas limitaciones, la abnegación sobre la cual pivoteaba la forma de producción y adquisición de capital militante del setentismo, comenzó a ponerse en duda: “no era lógico decirte: -che hay una reunión ahora. Y yo decía: -no, me tengo que ir a la casa de mi vieja. Y todos me miraban como si iba contra la revolución” (Florencia -generación ’80).

Sin pretender establecer un parámetro único para estos procesos, muchos militantes comenzaron a construir un tipo de militancia prefigurativa que dejara lugar para dimensiones tales como el deseo individual. Así, los centros culturales y las organizaciones de derechos humanos que florecieron desde la década del ‘80 implicaron dedicación y compromiso militante, desprovisto de alguna de las aristas de abnegación y obediencia que en la década pasada eran constitutivas del capital militante. Mariano ilustra bien ese pasaje entre el militante setentista y el nuevo ethos militante que intentó dejar atrás al tipo de militante disciplinado, verticalista y pragmático:

el militante que obedecía que negaba su subjetividad y no hacía crítica era como un héroe, como un tipo que construía su legitimidad militante a partir de la obediencia a la dirección, idolatría a la dirección, todo eso va a erosionarse con el período del 2001, un poco antes, un poco después (Mariano -generación ‘80).

Como vemos, en los testimonios de los militantes de los ‘80 surge con bastante nitidez la autocrítica respecto de la abnegación absoluta que el ethos setentista imponía:

te das cuenta que esos militantes a full todo el día 24 hrs., que niegan toda su vida, duran un período, después esos mismos militantes se van, se cansan, se putean y se transforman ya en seres poco seductores para contagiar el entusiasmo; son esos tipos siempre enojados, siempre ofuscados, siempre cagando a pedos a todo el mundo, que vos decís, para qué quiero un militante así? (Mariano-generación ‘80).

Pero no todo es autocrítica, sino que observamos también que en esta generación despunta el germen de una nueva subjetividad política respecto del capital militante, que promueve combinar la obediencia con el deseo y las obligaciones individuales con la toma de decisiones colectivas:

si uno puede ir definiendo colectivamente cual es su campo de intervención, cuál es el que más sirve, puede ir definiendo sus tiempos de intervención que no son todo el día todos los días, y ahí ya es otra situación (…) entonces más por ese lado, si a alguno le gusta pintar, tratá de militar vinculado a algo que tenga que ver con la pintura, quizás no exclusivamente, pero no dejes de pintar porque ahora sos, no se, un delegado sindical (Mariano -generación ‘80).

Como vemos, se comienzan a integrar nuevas dimensiones de la subjetividad a la práctica militante, que en el ethos setentista parecían relegadas cuando no definitivamente marginadas, como el deseo individual y las vocaciones personales (como por ejemplo el caso que cita Mariano de la vocación artística por la pintura) como modos y actividades a partir de los cuales también se construye el capital militante[14].

No obstante, la generación del ‘80 no encontrará canales orgánicos sólidos y masivos por dónde proyectar orgánicamente estas orientaciones novedosas para la construcción y acumulación de capital militante, situación que, sostenemos, sí se dará unos años más adelante durante la emergencia de los nuevos movimientos de finales de los ‘90. Vuelve a surgir con claridad, entonces que la generación del ‘80 se ve jalonada en un movimiento pendular entre nuevas y viejas formas organizativas y orientaciones subjetivas.

La orientación estratégica

La orientación estratégica será uno de los campos de transición más interesantes para analizar la generación política del ‘80 y su actividad militante. En términos generales, la toma del poder siguió predominando en las organizaciones de izquierda y la presentación a elecciones continuó siendo uno de los registros primordiales utilizados por las organizaciones de izquierda. La reapertura del escenario democrático en el país ofreció un panorama a partir del cual gran parte del caudal militante intentó aprovechar las condiciones de legalidad democrática que ofrecía la nueva coyuntura, lanzándose al ensayo de experiencias electorales. Entre ellas podemos mencionar el caso del Frente del Pueblo (FREPU), una alianza electoral de mediados de los años ‘80 donde confluyeron el Partido Comunista (PC), el Movimiento Al Socialismo (MAS) y militantes de Peronismo de Base y el PRT, que se presentó en las elecciones nacionales a Diputados del año 1985, obteniendo un considerable 2,30 % de los sufragios.

Esta experiencia sirve apenas como una muestra de la centralidad que tendrá para esta generación política la recuperación de la posibilidad de ejercer transformaciones y orientar proyectos políticos que impliquen detentar las instituciones democráticas, luego de ocho años de dictadura militar, con los consiguientes derechos políticos cercenados. Con ello, sostenemos que el ethos hegemónico que encarnará la generación política de los ‘80 reenvía a un ethos político-partidario que reivindicó fuertemente la participación a través de las instituciones democráticas.

Sin embargo, a la vez que se construía en forma hegemónica una subjetividad política inscripta en una narrativa institucionalista, donde la ponderación de la democracia formal operó fuertemente, en esta generación comenzaron a tomar cuerpo experiencias de construcción por fuera del Estado que no se planteaban la toma del poder, sino que buscaron la construcción desde la autonomía de nuevos valores y la reformulación de las relaciones sociales en función de lazos solidarios y cooperativos. Este tipo de orientaciones se expresaron en iniciativas tales como la toma de tierras, los centros comunitarios barriales y los organismos de derechos humanos. El surgimiento de Centros Culturales que comenzaron a trabajar a partir de talleres con niños y adolescentes y la proliferación de comedores comunitarios donde se impulsaron procesos asamblearios, fueron acompañados de la conformación de comisiones vecinales de tomas de tierras y de organizaciones de derechos humanos. Estas organizaciones empezaron construir por fuera del Estado y sin orientarse a la toma del poder, para llevar adelante la tarea de reconstruir los lazos sociales que el proyecto dictatorial se había propuesto disgregar. En palabras de Guillermo, un militante setentista del FPDS que dio nacimiento a muchas de las experiencias sociales y culturales de los años ochenta:

nosotros nos habíamos ido de Berisso en el ‘76, me habían ido a buscar a mi casa, cuando volvemos armamos un centro cultural en Berisso a principios del ‘84, armamos un centro cultural apoyando el tema de reconstrucción de lo que se llamaba el tejido social después del genocidio. Entonces empezamos a trabajar con chicos de zonas marginadas, o muy humilde digamos, en ese momento no se porqué razón el tema de los talleres infantiles no se porqué se había propagandizado (…) y después con el tiempo el centro cultural medio se resumió en el trabajo del taller en Villa Progreso, y el taller era muy bueno, realmente muy bueno, era un trabajo con gente que venía y colaboraba y hacía cosas muy lindas para los pibes, que era todos los sábados. Ese era nuestro trabajo social (Guillermo -generación ‘70).

Estas experiencias, sin embargo, continuaron siendo marginales en la constelación militante de la generación del ‘80 en comparación con las modalidades institucionales (predominantemente partidos políticos y sindicatos) que siguieron hegemonizando el modo político-organizativo de esta generación. No obstante, fungieron como campos de experimentación para el surgimiento de organizaciones de nuevo tipo que, más adelante, lograrán masificarse.

De esta forma, nuevamente nos alejamos de un escenario esquemático y cerrado, donde una única forma organizativa o subjetividad política, logra explicar acabadamente las orientaciones militantes de una generación política. Por el contrario, reafirmamos nuestro supuesto de que en cada generación coexisten diversas formas organizativas y subjetividades políticas que pueden ser leídas a partir de diversos ethos militantes. Esto no nos inhabilita, sin embargo, a reconocer formas organizativas y subjetividades políticas hegemónicas en cada etapa histórica, la cual identificamos como el ‘ethos militantes’ central de cada generación política.

Así, en lo que refiere a la orientación estratégica, la generación del ‘80 mostrará un tipo de práctica militante heterogénea, que se debate entre las formas clásicas de participación política y las nuevas metodologías y construcciones que se plantean por fuera de las instituciones tradicionales, pero con asiento mayoritario en un ethos militantes político-partidario, que privilegia la participación hacia y desde las instituciones democráticas.

El ethos militante ochentista en nuestra investigación

Los años ‘80 fueron entonces una etapa de transición en la cosmovisión de la militancia local entre el ethos setentista y el ethos del ‘01. Según Zibechi, este pasaje de un modelo de militancia ligado a prácticas clásicas, hacia un nuevo tipo de militante, tuvo en los años ochenta un período de inflexión:

a caballo entre las dos décadas se produjo un importante recambio generacional que fue simultáneo a un cambio en las formas de hacer política (…) mientras los ochenta estuvieron impregnados aún por la impronta de los viejos militantes, los viejos partidos y las viejas estrategias instrumentales, la década siguiente supuso un viraje (Zibechi, 2004: 57).

Como vimos, en este período transicional las prácticas militantes a partir de los formatos clásicos de la acción política como los partidos políticos, lograrán centralizar las formas organizativas y las orientaciones subjetivas, asentadas en una valorización central de las instituciones democráticas, largamente postergadas luego de la dictadura militar. Guillermo remarca la etapa de transición de los años ochenta como un momento de ‘reflujo’: “es indudable que a las generaciones del ‘80 y el ‘90 les tocó vivir una etapa de reflujo, con incursiones político-institucionales con inicios prometedores, pero que naufragaron en los primeros años de los ‘90,  durante el período de mayor depresión de las luchas populares” (Guillermo -generación ‘70).

No obstante, también podemos leer este segmento generacional como un período de ‘latencia’ (Melucci, 1994a), donde los militantes fueron trabajando, hacia dentro, nuevas formas y experiencias político-organizativas que se masificaron y tomaron relevancia pública recién a mediados de la década del ‘90. En tal sentido, la latencia fue trabajada como una “especie de laboratorio clandestino” (Melucci, 1994b: 146) donde los movimientos crean nuevas prácticas sociales y políticas. Pensar de este modo la latencia, nos permite encuadrar los momentos de trabajo internos de un movimiento o de una generación política, como parte constitutiva de su disputa política, aún en etapas donde ésta no se visibiliza. Es así que, a la vez que se ponderaban los formatos clásicos e institucionales de la acción política, en esa latencia de los años ‘80 nacieron un entramado de acciones colectivas y de militancias ligadas a las luchas ‘sociales’, las cuales enfocaron en la reconstrucción del tejido social antes que en la disputa de espacios institucionales. Todas estas luchas sociales fueron áreas de construcción donde los militantes canalizarán su reformulada intervención política.

Este tipo de luchas, que permearán a la generación del ochenta estarán signadas por el asociativismo y la recuperación de los lazos colectivos, lo cual apunta a la “revalorización de las prácticas comunitarias como parte de la transformación paradigmática de las concepciones político-organizativas que se fueron gestando a finales de los ochenta” (Massetti, 2009: 62). Sin embargo, la matriz militante de la generación del ochenta seguirá asociada en forma hegemónica a la orientación institucional y, en muchos casos, al verticalismo en las formas organizativas.

Como hemos revisado, la generación del ‘80 se socializó políticamente en una etapa de transición de las formas militantes donde, al decir del teórico político italiano Antonio Gramsci, lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir. No obstante, sería imposible caracterizar al ethos del ‘01 sin estudiar las percepciones y las transformaciones subjetivas que atravesaron a la generación del ‘80. Es a partir de los testimonios de estos militantes, donde pudimos comprender con mayor amplitud los puntos de inflexión y de pérdida de irradiación de la cultura militante setentista.

Lejos de considerar a cada generación como compartimentos estancos y con quiebres marcados y rígidos, es desde esta concepción embrionaria que proponemos leer el nuevo ethos militante de la generación del ‘01. Ese nuevo ethos está anclado, sostenemos, en las experiencias de transición que protagonizó la generación del ‘80. En lo que refiere al FPDS, la continuidad las experiencias nacidas durante los años ‘80 y los Movimientos de Trabajadores Desocupados que integran el sector territorial del FPDS, es notoria. Tal como lo destaca Guillermo en sus entrevistas, la gran mayoría de los MTD que cobrarán protagonismo hacia finales de los ‘90, ocuparán principalmente “la zona Sur del conurbano y La Matanza, es decir en los mismos territorios que se habían desarrollado las experiencias de los asentamientos” (Guillermo -generación ‘70).

Este complejo proceso político que le tocó atravesar a la generación del ‘80, conformará un tipo de militante que articulará dimensiones subjetivas tanto de la generación que la precedió como de aquella que le será posterior. El caso de Mariano sirve para ver cabalmente ese proceso: “yo también fui parte de ese proceso (…), entonces de alguna manera por eso soy como un espécimen formado en los ‘90, con una edad determinada, pero con toda una lógica y una jerga de los ‘70”. (Mariano -generación ‘80).

A partir de lo expuesto, en nuestro trabajo entenderemos a la generación del ’80 como una generación política propia, que protagoniza históricamente una etapa de transición en las subjetividades y experiencias militantes. En ese período transicional, las formas organizativas y las subjetividades políticas hegemónicas reenvían a un ethos político-partidario de valorización institucional, diferenciado de las dimensiones propias ora del ethos setentista, ora del ethos del dos mil uno.

Aún cuando el ethos político-partidario de la generación del ‘80 tiene rasgos particulares que lo diferencian de los otros dos ethos militantes, sostenemos que la subjetividad militante de esta generación se construyó a partir de un doble juego de influencias y rechazos respecto, principalmente, de las dimensiones propias de ethos setentista. El setentismo influyó en la generación del ‘80 presentando una concepción vertical en la toma de decisiones, aún cuando introdujo críticas al verticalismo como método canónico para decidir los rumbos de una organización. Respecto a la orientación estratégica, el ethos político-partidario ochentista se definió desde el continuismo respecto de la tendencia institucional del ethos setentista, a la vez que comenzó a incubar experiencias de construcción de relaciones y organizaciones por fuera del Estado, con marcados niveles de autonomía respecto de las instituciones. El perfil táctico de la generación del ‘80, si bien continuó orientado en forma hegemónica hacia la toma del poder estatal y la ocupación de las instituciones democráticas, comenzó a demostrar un elevado grado de prefiguración en sus prácticas cotidianas, aún cuando el objetivo de la toma del poder siguió conduciendo a una militancia predominantemente pragmática. Finalmente la producción de capital militante en esta generación demostró un proceso de desgaste de la condición sacrificial y abnegada del setentismo, abriendo paso a los deseos y las aspiraciones individuales. En suma, durante la socialización política de la generación del ‘80 tomaron cuerpo tipos organizativos y modelos de militancia que luego, con la crisis de representación que conllevó el modelo neoliberal a finales de los años ‘90, fueron masificados y se colocaron como nuevos modelos generacionales.

La generación del ‘01

Como fue trabajado en el capítulo 2, el proyecto neoliberal que se inició con la dictadura militar (1976-1983) tuvo su profundización con los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999) y de Fernando De la Rua (1999-2001). Este período de desregulación desembocó en una crisis económica y social de inusitada magnitud hacia mediados del año 2001 en el país, cuando se cambiaron los marcos regulatorios que el Estado propugnaba, principalmente a través de las estructuras formales de empleo (Delamata, 2004). Al período que caracterizamos como de crisis de institucionalidad (2000-2003), le correspondió un ciclo de protesta donde se desplegó un alto nivel de invención política por parte de los sectores movilizados que recrearon un novedoso ‘repertorio de acciones’ en las calles y en los territorios populares que incluyeron cortes de ruta, asambleas barriales, escraches, acampes, etc. De tal forma la sociedad argentina de esos años se convirtió en un auténtico ‘campo de experimentación social’ (De Sousa Santos, 2003), donde cada día se creaban y re creaban nuevas formas de lo político.

Este ciclo de protesta tuvo su punto más agudo durante las revueltas populares que se vivieron en todo el país durante los días 19 y el 20 de diciembre de 2001 cuya consigna, ‘que se vayan todos’, fungió como elemento articulador del hastío social respecto a un modelo de gobernabilidad que parecía agotado. En esos días la represión policial dejó 42 asesinados y obligó a la salida posterior de 4 presidentes en una semana (GEMSAL, 2007). Estas movilizaciones tuvieron un fuerte componente espontáneo en su participación y estuvieron protagonizadas por sectores de la clase media urbana y por sectores populares urbanos. Sin embargo, el rol de los organismos de derechos humanos (Madres de Plaza de Mayo, por ejemplo), y de los movimientos sociales no fue menor; algunas de las organizaciones piqueteras y de los MTD abordados en el capítulo 2 aportaron con la participación de muchos de sus militantes en las puebladas y saqueos.

Luego del intento de encauzamiento institucional del gobierno de Duhalde, el año 2002 continuó presentando una coyuntura de altos niveles de protesta social, hacia la cual el gobierno provisional profundizó la estrategia represiva. Esta estrategia tendrá su punto más álgido en la jornada del 26 de Junio de 2002. Ese día una serie de movimientos de trabajadores desocupados que intentaban cortar el Puente Pueyrredón (principal acceso entre la zona sur del conurbano y la Capital Federal), en reclamo de aumento en los planes sociales y en las partidas alimentarias para los comedores populares, fueron reprimidos dejando un saldo de dos militantes jóvenes asesinados por la policía y un centenar de heridos y detenidos. Esos militantes, que luego se convertirían en un símbolo para toda una generación de activistas eran Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, miembros del MTD de Lanús y del MTD de Guernica respectivamente, ambos pertenecientes a la entonces CTD-AV.

Durante la mencionada crisis del modelo neoliberal en Argentina, los dispositivos clásicos de participación política se vieron fuertemente desprestigiados. Con ello, emergió un nuevo ciclo de luchas sociales, signado por nuevas organizaciones, críticas de los esquemas clásicos que presentaban los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones armadas clásicas del ethos setentista. Las organizaciones populares empezaron a presentar formas organizativas internas novedosas en el plano de la disputa de poder, abocándose a la construcción “social” antes que a la política, apuntaladas por una nueva subjetividad militante.

Este proceso de transfiguración de las organizaciones políticas y sociales, que ya se insinuaba durante la conformación de la generación de los ‘80, alcanzó un grado de desarrollo destacado durante la nueva generación de jóvenes que se insertaronal activismo político hacia finales de la década del ‘90. En tal sentido, la nueva generación militante se configuró no solamente a partir de las transformaciones del escenario ‘político’, sino que tuvo en el terreno de las luchas ‘sociales’ un campo privilegiado de disputa de poder y de experimentación política. Respecto a esta última dimensión, coincidimos decididamente con Zibechi en que “en los noventa entró a tallar una nueva generación, que se distinguía por ser portadora de una cultura social diferente” (Zibechi, 2004: 57).

Es esta generación, nacida al calor de la crisis del sistema representativo, del amplio desprestigio de la clase política, y cuyo leit motiv durante las jornadas de diciembre de 2001 fue el ya mencionado “que se vayan todos”, encontrará en los movimientos socioterritoriales, en los comedores comunitarios, en las asambleas barriales y en los centros culturales, algunos de los ejemplos paradigmáticos de formas organizativas de nuevo tipo, a través de las cuales participar, involucrarse y militar. Según Zibechi la característica principal de esta nueva generación militante será la opción por las dinámicas horizontales en la toma de decisiones, donde el asambleísmo comenzó a jugar un rol destacado. A la vez, la construcción de un vínculo político entre militantes anclado en los afectos, la emotividad y la construcción de lazos de confianza, fueron combinados con un fuerte rechazo a la institucionalidad (Zibechi, 2004).

Svampa ha destacado cuatro dimensiones acerca de los movimientos sociales actuales: en primer lugar la territorialidad; en segundo lugar la acción directa como “herramienta de lucha generalizada”; en tercer lugar las formas de democracia directa y finalmente la demanda de autonomía (Svampa, 2008). Tomando como punto de partida esta caracterización, agregaremos que tanto la acción directa como las formas de democracia directa y la demanda de autonomía, son dimensiones que están directamente relacionadas con una característica clave de los nuevos movimientos y, por consiguiente, del nuevo ethos militante: la prefiguración. La nueva generación militante que se subjetivó políticamente al calor de estos movimientos, fue la depositaria de un cúmulo de nuevas prácticas militantes que pusieron el acento en las formas prefigurativas. Desde la construcción de decisiones horizontales, hasta la crítica al dogmatismo y al verticalismo, pasando por el rechazo al culto al líder, la nueva generación política comenzó a impugnar sentidos y verdades que el setentismo había intentado consagrar como canónicas, y que la militancia durante los ‘80 había comenzado a cuestionar sin lograr trascender.

La prefiguración del ethos ‘01 impactó a su vez en las orientaciones estratégicas de los movimientos sociales que pasaron de la búsqueda por tomar el poder a la construcción de autonomía principalmente desde los territorios marginales. En estas experiencias de construcción de autonomía dónde los movimientos sociales crean formas de gestión de la vida colectiva, la nueva generación militante intentó resignificar el trabajo, la educación y las relaciones de género en clave prefigurativa. Creemos entonces que fue a partir de una concepción prefigurativa del cambio social, que las dimensiones mencionadas por Svampa cobraron relevancia en la proyección política de los movimientos sociales.

Nuevamente introducimos la misma aclaración de orden metodológico y conceptual que ya fue señalada: al definir a la militancia de esta generación política a través de estos parámetros y colocar estos colectivos y organizaciones como ejemplos paradigmáticos de su militancia, no estamos afirmando que los dispositivos clásicos de militancia (partidos y sindicatos, principalmente) y las orientaciones estratégicas clásicas (la toma del poder) se hayan diluido durante el período ’96-‘10, sino más bien que ocuparon un lugar secundario. A su vez, no implica tampoco asumir que la militancia socializada políticamente durante el período 1996-2010 lo hizo exclusivamente a través de estos movimientos y organizaciones de ‘nuevo tipo’ y que evitó de plano la participación en partidos políticos y/o sindicatos. Creemos sí, que el tipo de configuración hegemónica del ethos militante que se advierte en la nueva generación política, promovió la consolidación de organizaciones de nuevo tipo, que se diferenciaron de las organizaciones clásicas.

La toma de decisiones

Como ya fue sugerido, uno de los rasgos principales de la generación ‘01 será la crítica hacia el esquema verticalista y centralista en la toma de decisiones que hegemonizó las prácticas militantes de los años ‘70 y ‘80. A partir de allí se comenzaron a masificar los mecanismos de toma de decisión asamblearios. Si bien la asamblea como dinámica resolutiva no es nueva, sí creemos que es novedosa la forma en que la práctica asamblearia comenzó a hegemonizar esquemas decisionales de las organizaciones sociales, centros culturales, organismos de derechos humanos, grupos de escrache popular, etc., de finales de la década del ‘90. Según Federico, un militante de la generación del ‘01, el FPDS intentó revertir ese esquema piramidal que reinaba en los setenta: “nosotros decimos bueno la construcción es de abajo para arriba, la democracia directa, la toma de decisión es asamblearia” (Federico -generación ‘01). Ana, representante de la misma generación coincide al agregar: “nosotros vemos como la pirámide invertida siempre, vemos la asamblea que es la que define” (Ana –generación ‘01).

Se ha señalado que la centralidad de las prácticas horizontales en las formas organizativas y en las subjetividades políticas de la generación militante del 2001 está relacionada al componente juvenil que prima en estas organizaciones (Zibechi, 2004; Svampa, 2008). En nuestras entrevistas con militantes del FPDS, las referencias relacionales entre la juventud de la militancia y los modos horizontales en la toma de decisiones, han sido recurrentes. La mayoría de los militantes del movimiento marcan la introducción de los modos asamblearios como mecanismos novedosos ligados a las jóvenes generaciones:

lo que hoy es la democracia de base, que es este intento por digamos democratizar, yo creo que ahí si hay algo generacional que tiene que ver con esta idea democrática de todo el tiempo promover niveles de democratización (…)todo el período de 2000 – 2001 va a ser como la explosión de la asamblea, el basismo a ultranza, acción directa, democracia directa, todo directo viste? (Mariano -generación ’80).

El ethos ‘01 promovió entonces, en lo que refiere a la toma de decisiones, la participación de la mayor cantidad posible de militantes del movimiento en los espacios de tomas de decisiones. En el capítulo 4, nos dedicamos exclusivamente a analizar los modos que asume la toma de decisiones en el FPDS, en función de indagar en la presencia o ausencia de mecanismos horizontales, y su articulación con otros modos de toma de decisión.

El perfil táctico

Como fue presentado anteriormente la nueva generación redobló la crítica al pragmatismo del ethos setentista, que ya estaba presente en la generación del ‘80, y promovió un tipo de militancia cotidiana que intentó construir en el aquí y el ahora relaciones sociales igualitarias y emancipatorias, sin esperar para ello a la toma del poder; a esta orientación se la ha referido como un tipo de práctica prefigurativa y tuvo hondo impacto en consolidar orientaciones estratégicas autónomas (Vázquez, 2009; Ouviña, 2011).

Las prácticas prefigurativas refieren a la construcción de una práctica solidaria, cooperativa desde lo cotidiano que busca edificar una nueva subjetividad donde sea estrecho el margen entre medios y fines, evitando colocar la transformación de la sociedad solamente en instancias sujetas a situaciones históricas a posteriori. Por el contrario, una práctica militante prefigurativa se propone reconstruir en el aquí y el ahora un tipo de sujeto solidario, democrático e igualitario que represente los valores de la nueva sociedad a la que se pretende, alcanzar por un lado, pero ir construyendo en la práctica por el otro. De esta forma, los movimientos dan cuenta “en lo cotidiano de estos nuevos mundos que se proponen construir” (Wahren, 2009: 27).

Según Miguel Mazzeo, intelectual que milita en el FPDS, “el carácter prefigurativo tiene que ver con una decisión política y una labor consciente y no tanto con principios inmanentes” (Mazzeo, 2007: 2). De esa forma los movimientos sociales pueden lograr, a través de la prefiguración, la puesta en marcha del ‘comunismo en acto’ (Mazzeo, 2005) que no es sino la articulación de diversas prácticas y formas organizativas prefigurativas de la nueva sociedad.

Los testimonios de los militantes del FPDS, allende su inscripción generacional, coinciden en destacar a este tipo de prácticas como marca de fuego para la generación del ‘01: “Lo clave para mi a partir del 2000 va a ser la centralidad de las prácticas prefigurativas, para mi eso va a ser clave” (Mariano –generación ‘80). La diferencia con la perspectiva teleológica setentista es marcada en reiteradas ocasiones por los entrevistados: “en la idea anterior (…) todo el objetivo era después de la revolución” (Mariano –generación ‘80).

A partir de esta transformación, el ‘cambio social’ como consigna pasó a ser producto de una construcción desde la política de la cotidianidad, en palabras del Frente:

entendemos al cambio social como una práctica a promover cotidianamente y como un objetivo en el tiempo. En lo cotidiano, pensamos a nuestras propias construcciones sociales y políticas como prefigurativas de una nueva sociedad. Por eso intentamos promover aquí y ahora nuevos valores, nuevas relaciones sociales y de trabajo, nuevas formas de luchar y de actuar políticamente, nuevas formas de relación entre mujeres y hombres, entre hijos y padres, nuevas manifestaciones culturales[15].

Justamente en las relaciones entre varones y mujeres enfocaremos específicamente en el capítulo 5 en función de indagar en los límites y potencialidades que el perfil táctico prefigurativo de los militantes del movimiento demuestra en la práctica concreta. Partiendo de la definición estratégica del FPDS como una organización ‘antipatriarcal’, analizaremos en ese capítulo la relación entre el perfil táctico que se expresa en las actividades cotidianas del movimiento en diálogo y tensión la igualdad entre los diversos géneros que dicha definición estratégica supone.

El capital militante

Como vimos, la abnegación y entrega absoluta de la vida pública y privada de los militantes a la causa revolucionaria, que fue prácticamente un axioma para el ethos militante setentista, durante la generación ochentista comenzó a ponerse en cuestión. Esos niveles de cuestionamiento llegaron a un punto de saturación durante finales de la década del ‘90, cuando la nueva generación socializada políticamente en el marco del surgimiento de nuevos movimientos sociales, cuestione de plano la dedicación sacrificial que la militancia setentista exigía. Por el contrario, las actividades políticas ligadas al deseo del militante, incluso a nivel individual, comenzaron a tomar cuerpo dejando atrás un paradigma donde el capital militante se producía asumiendo cualquier tarea que fuera ordenada. En este nuevo contexto, por el contrario, se multiplicaron las elecciones por parte de los militantes del lugar y la forma donde deseaban militar.

Puestas en cuestión la abnegación y el ascetismo como métodos privilegiados de producción del capital militante, el nuevo ethos militante traerá aparejado la concepción colectiva de la construcción de la legitimidad, en contraposición a un tipo de capital militante individual que primó en el setentismo. Las virtudes en la construcción política dejarán, en parte, de medirse en términos de las capacidades individuales del militante (en su capacidad de oratoria, de análisis político o de entrega individual a la causa) y comenzarán a valorarse virtudes tales como la destreza del militante para promover espacios de construcción colectiva, para facilitar la circularidad de la palabra en las asambleas, etc[16].

A contramano de la abnegación canónica setentista, el nuevo ethos militante de finales de los ‘90 buscó integrar el deseo individual dentro del proyecto colectivo:

el 2001 fue justamente poner en discusión que muchas veces no es necesario estar tan organizado, tan disciplinado, y que hay que darle más rienda suelta a otro tipo de característica pero bueno a la vez lo mismo, para otras cosas…pero eso poder ir viendo para qué cosas….o cómo combinar el deseo con la disciplina (…) yo me refiero con el deseo más a eso que con decir hoy no tengo ganas y no voy; que alguna vez lo podes hacer y tampoco es el fin del mundo, pero ahora si todos hacen eso todo el tiempo, es imposible construir una organización, pero me parece que lo del deseo va más en función de eso (Mariano –generación ‘80).

Sostenemos que esta apertura del militante respecto a su deseo individual, es complementaria al traspaso de la producción de capital militante de la esfera individual a la esfera colectiva. Con ello, la cultura militante del culto hacia el líder y de la obediencia a la dirección se dejó atrás, en pos de una búsqueda, no siempre alcanzada, de equidad entre militantes más allá de sus roles y tareas específicas.

La demanda de territorialización

Como vimos, en el ethos militante setentista el tratamiento dado al problema del ‘origen de clase’ de los militantes de sectores medios y acomodados, se canalizó preferencialmente a partir de la demanda de proletarización. En lo que refiere al ethos del ‘01, la centralidad que fueron cobrando las construcciones territoriales fueron trastocando esa demanda, lo cual operó un viraje hacia una nueva demanda: la territorialización.

Es así que en los militantes jóvenes que comienzan a socializarse políticamente en este contexto de auge de las organizaciones barriales, comenzó a instalarse un imperativo (muchas veces implícito), respecto a la necesidad de ‘hacer vida’ en el territorio donde el militante desplegaba su militancia. En el caso del movimiento piquetero fueron numerosos los militantes de sectores medios que se mudaron a locales de los movimientos, a casas alquiladas en los barrios populares o, incluso que decidieron participar en tomas de tierras con vecinos para proyectar un terreno propio, como fue el caso paradigmático de Darío Santillán[17].

Más allá del ejemplo particular de Darío, la demanda de territorialización cobra visibilidad en una cantidad importante de militantes de esta generación. En el caso de Ana, una de nuestras entrevistadas, ella comenzó su militancia después del estallido social de diciembre de 2001, primero en grupos de educación popular y luego en el MTD de Capital Federal del FPDS. En las entrevistas surge que su territorialización comienza a ser una necesidad para dar cuenta de una integralidad en su militancia. En su militancia previa al Frente, en los grupos de educación popular, había tenido un acercamiento a los barrios marginales, pero justamente percibió en forma crítica que estos grupos no se planteaban la territorialización de sus militantes:

estaba buena la idea de la educación popular pero nunca me cerraba que nunca se insertaban en un territorio a hacer un trabajo cotidiano, todos los días, como opción de vida, sino que era un toco y me voy, eso no me cerraba y me vuelve a pasar lo mismo, estoy en un lugar pero no me cerraba, y la búsqueda…la búsqueda…y ahí si conocí al Frente (Ana –generación ‘01).

Una vez que entró a militar en el FPDS, luego de un primer paso por el MTD de Capital Federal, se mudó a Villa Fiorito, para militar de lleno en el MTD de Lomas de Zamora. Más allá de los casos individuales a los que hicimos alusión, casi la totalidad de los militantes del sector territorial del FPDS que entrevistamos, o bien son oriundos de los barrios donde militan o bien operaron este pasaje ‘territorializándose’. Esto no significa que los MTD y las organizaciones barriales no hayan recibido y reciban actualmente un importante caudal de militantes, talleristas, docentes, etc., que no viven en los barrios del movimiento, pero que se trasladan a participar y a sostener actividades territoriales. Por el contrario, la demanda de territorialización de la militancia, que se expresó en forma mayoritaria en la mudanza de los militantes a los barrios, también contempló muchas formas de militancia ‘externa’ que ayudaron a apuntalar los procesos organizativos de los movimientos barriales.

La orientación estratégica

Estrechamente ligado a la construcción cotidiana de nuevos valores y a la prefiguración, el nuevo ethos militante buscó reconstruir las relaciones de poder en la sociedad, orientándolas hacia la construcción del ‘cambio social’. Para ello lo central no fue ocupar cargos en el andamiaje estatal sino la construcción por fuera de las instituciones. Esta concepción de construcción de autonomía se asentó en un marco ideológico que dejará de ponderar al Estado como el sitio donde se dirimen privilegiadamente las cuestiones del poder, pasando a concebir al poder, no ya como un ‘cosa’ a ser tomada, sino como una relación social que como tal permeó todas las esferas de la vida social (Castoriadis, 1998, Hardt y Negri, 2001; Holloway, 2002). En tal sentido, el cambio revolucionario a partir de la toma del poder Estatal, dejó de operar como horizonte de transformación principal en el nuevo ethos militante, y se comenzó a plantear la construcción de un contra-poder o un anti-poder (Borón, 2002). En esta cosmovisión política, la construcción desde la autonomía jugó un rol central.

Los trabajos al respecto son abundantes, tantos desde la teoría política (Thwaites Rey, 2004) como desde el análisis de casos para el movimiento piquetero (Ribero, 2007; Cortéz, 2008; Núñez, 2011). La autonomía puede ser leída, desde las competencias de un movimiento social, en diversas dimensiones. Thwaites Rey (2004) plantó 5 perspectivas sobre el concepto de autonomía. En primer lugar, la autonomía del trabajo frente al capital; en segundo lugar la autonomía en relación a las instancias de organización que puedan representar intereses colectivos (partidos políticos, sindicatos), en tercer lugar la autonomía con referencia al Estado, en cuatro lugar autonomía de las clases dominadas respecto de las dominantes y finalmente la autonomía social e individual. En el caso de los nuevos movimientos sociales, la segunda y tercera dimensión que plantea Thwaites Rey, forman parte de la concepción que opera como punto de partida para el FPDS: “decimos que nuestro movimiento es autónomo, porque (…) nos definimos como independientes del Estado, los partidos políticos, las iglesias, las ONG, y las centrales sindicales, y ejercemos nuestro derecho a decidir sobre nuestras acciones”[18].

En el Frente, esta búsqueda de construcción de autonomía se expresó principalmente en la construcción de espacios de poder propios de los movimientos por fuera de las instituciones estatales. La construcción de Bachilleratos Populares autónomos del Estado en su concepción y ejecución pedagógica y la apuesta a construir emprendimientos laborales autogestivos tales como bloqueras comunitarias, textiles, panificadoras, que proliferan en el FPDS, siguieron ese lineamiento de construcción autónoma.

El rechazo a las instancias electorales, identificadas como cara visible de una democracia representativa que ostentaba una crisis integral de representatividad, fue uno de los ejes claros de la subjetividad militante autónoma en el 2001. En el testimonio de Ana, el rechazo que se generalizó hacia finales de la década del ‘90 respecto a la clase política es más que evidente: “somos una generación que muchos compañeros venimos de eso, del ‘que se vayan todos’” (Ana –generación ‘01). Este rechazo trajo consigo la crítica a la democracia representativa y a los procesos electorales, respecto de los cuales Ana presenta toda una postura generacional: “nosotros venimos del ‘gane quien gane, el que pierde es el pueblo’”. (Ana –generación ‘01).

El ethos militante del ‘01 en nuestra investigación

Como vimos la generación que se socializó políticamente desde finales de la década del ‘90, propuso una crítica radical a los supuestos sobre los cuales se asentaba el ethos militante setentista y de los cuales el ethos político-partidario ochentista no había logrado desproveerse por completo. Enmarcado en un nuevo contexto global de luchas por fuera del Estado contra el modo de acumulación neoliberal del capitalismo, esta nueva generación militante, que denominamos del 01 en referencia al año de mayor auge y capacidad de movilización de los sectores organizados, forjó un ethos militante propio, con un perfil definido y diferenciado de las generaciones que lo antecedieron.

A partir de allí, definimos al ethos militante del 2001 como un ethos que privilegió los modos horizontales en la toma de decisiones y la construcción de un cambio social desde la autonomía, por fuera de las organizaciones clásicas del universo político (sindicatos, partidos, ONG), desestimando la ocupación de espacios en la institucionalidad estatal. A la vez, este ethos militante buscará desde un perfil táctico prefigurativo construir en el aquí y el ahora la sociedad anhelada, intentando conservar un margen estrecho entre medios y fines. En ese perfil táctico, la demanda de territorialización fue acentuada, presentando un amplio segmento de militancia de sectores medios que se mudó a los barrios populares para llevar una militancia integral en el marco de los movimientos socio-territoriales. En esa militancia integral, el ethos del ‘01 promovió un tipo de producción de capital militante anclado en la capacidad de construir espacios colectivos que dejen lugar al deseo individual, dispersando a la vez la acumulación de referencias individuales.

La relegitimación institucional kirchnerista y la recomposición del espacio militante argentino

Luego de los extendidos procesos de crisis de los gobiernos neoliberales en la región, hacia mediados de la primera década del siglo XXI América Latina en general y Argentina en particular, comienzan a transitar un cambio de época (Svampa, 2008) con la llegada de gobiernos progresistas o denominados de centro-izquierda al poder (Sader, 2009). En nuestro país, con el arribo de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003 y el posterior gobierno de Cristina Fernández a partir de 2007, se inauguró una política de apertura a algunas de las demandas históricas de los sectores populares a partir de la cual se reconfiguró el escenario político (Cheresky, 2004). En este apartado presentaremos algunos puntos básicos para comprender la naturaleza de la recomposición de la legitimidad del sistema político que operó el kirchnerismo y su impacto en el espacio militante en general y en nuestra unidad de estudio en particular.

Tras lograr un 22% de los sufragios, Néstor Kirchner perdió en la primera vuelta las elecciones presidenciales de 2002 frente a Carlos Menem. Ante la previsible derrota en el balotaje, el ex presidente, exponente del neoliberalismo en Argentina, declinó su candidatura convirtiendo a Kirchner en presidente, aunque con una escasa legitimidad dados los pocos votos que había logrado en la primera vuelta. Los trabajos que se han dedicado a estudiar el derrotero del primer gobierno de Kirchner destacan una serie de medidas que le permitieron acrecentar su legitimidad a partir de políticas activas; estas medidas se focalizaron principalmente en el campo de los Derechos Humanos y de la Justicia (Iraola, 2011).

La renovación de la corte suprema de Justicia que había establecido Carlos Menem, la transformación del predio de la Escuela de Mecánica de la Armada (símbolo de los campos de concentración de la última dictadura militar) en Espacio para la Memoria gestionado por los propios organismos de Derechos Humanos, el rechazo al proyecto económico del ALCA impulsado por Estados Unidos y su acercamiento a los gobiernos populares de Hugo Chávez y Luiz Inácio Lula da Silva, han sido señalados como los trazos gruesos a partir de los cuales el gobierno logró posicionarse y construir su hegemonía (Barbosa y Moreira, 2011).

El impacto que esta batería de políticas iba a generar en los movimientos sociales no se hizo esperar. Las políticas mencionadas, sumadas a la apuesta explícita del ex presidente Kirchner por equilibrar el centro histórico del poder peronista a través de una estrategia de “transversalidad” (donde pretendió hacer convivir a las estructuras tradicionales del Partido Justicialista con los movimientos sociales que se acercaban al proyecto) comenzaron a tener efecto en algunos de los movimientos populares que habían protagonizado la resistencia contra el neoliberalismo. En ese marco, el gobierno llevó adelante una profunda política de integración de las organizaciones sociales al Estado, muchas de ellas provenientes del movimiento piquetero, como el Movimiento Evita o Barrios de Pie. En estos dos casos, algunos puestos ministeriales, cargos medios y hasta lugares en listas electorales fueron concedidos a los movimientos sociales a cambio del apoyo político al gobierno. En el universo piquetero se generó entonces una primera gran fractura entre quienes apoyaron al gobierno y quienes se mantuvieron independientes del mismo.

En lo que refiere a nuestra unidad de estudio, debemos destacar que la conformación del FPDS tuvo lugar en 2004, es decir posteriormente a la asunción de Kirchner en 2003. Pero la propia génesis del Frente contiene de algún modo una primera cristalización de una ruptura producida por la época kirchnerista. La Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (CTD-AV), espacio que integraban la mayoría de las organizaciones que luego confluirán en el FPDS, se rompió precisamente en 2003 luego de diferentes lecturas que las organizaciones que componían la coordinadora hicieron del ciclo que se abría en el país:

La fractura del MTD Aníbal Verón se empieza a vislumbrar desde diciembre de 2003, a partir del distanciamiento entre el Núcleo de Afinidad y el sector liderado por Juan Cruz Daffunchio. Desde principios de 2004 ambos grupos comienzan a diferenciarse actuando políticamente de manera separada, distanciamiento que mucho tiene que ver con las distintas caracterizaciones respecto del gobierno de Kirchner (Moreno, 2011: 47).

Prácticamente disuelta la CTD AV, las organizaciones que no adhieren al proyecto kirchnerista deciden nucleares principalmente en el FPDS[19].

Un segundo impacto tendrá el proceso kirchnerista en el Frente, cuando, luego del debate interno acerca de la caracterización de las medidas progresistas del gobierno y del acercamiento de algunos funcionarios kirchneristas a una de las organizaciones que integraban el frente, el MUP, éste finalmente se distanció del FPDS, quedando algunos grupos minoritarios del MUP dentro del Frente[20]. A partir principalmente de la incorporación de movimientos sociales al gobierno, el kirchnerismo logró una sólida legitimidad en los últimos años. En 2006 el gobierno impulsó la creación de movimientos sociales y organizaciones políticas directamente desde las estructuras del poder, como es el caso emblemático de la agrupación La Cámpora o de la corriente Kolina (Perez y Natalucci, 2012; Rivarola, 2013).

Como vemos, el kirchnerismo constituye un fenómeno político que interpeló fuertemente a las organizaciones sociales provenientes tanto del campo de la izquierda como del campo nacional y popular. Desde 2003, numerosas organizaciones vivieron crisis, rupturas y transformaciones internas a partir de los ciclos políticos nacionales. Este proceso está generando una cantidad importante de trabajos académicos que enfocan desde el tipo de matriz militante inaugurada por el kirchnerismo, hasta la relación entre movimientos sociales y Estado, pasando por los desplazamientos entre la política barrial y la inserción institucional operada por numerosos movimientos a partir de 2003 (Perez y Natalucci, 2010).

En este contexto, Masseti 2010 ha analizado la inserción en el aparato Estatal del movimiento piquetero, indagando especialmente en algunas organizaciones de la Capital Federal durante el mandato de Jorge Telerman como Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires entre 2006 y 2007. Más recientemente, Natalucci (2010) ha analizado a los movimientos que se incorporaron a la estructura estatal y su rol durante los gobiernos de Cristina Fernández. El trabajo de Boyanovsky (2010) desde la investigación periodística, analiza la participación de tres movimientos sociales kirchneristas en el gobierno entre 2003 y 2009. En el mismo sentido, Pereyra, Pérez y Schuster (2008) han puesto atención en el derrotero de las organizaciones que componen el arco piquetero, exponiendo un amplio abanico de estrategias políticas que han tomado las organizaciones, que van desde la estatalización por medio de la inserción en el proyecto kirchnerista, hasta la autonomía respecto al Estado.

En nuestra propuesta académica de largo plazo, intentaremos articular la presente tesis de maestría con una investigación de doctorado que focalice en la relación entre movimientos sociales y gobiernos kirchneristas, principalmente a partir del análisis comparativo del FPDS, el MTD AV y el MUP, durante la última década. Con ello, las tensiones entre la institucionalización y el encapsulamiento que suelen ser señaladas como clásicas en el devenir de los movimientos sociales (Munck, 1995), serán leídas en función del derrotero de cada organización durante los últimos diez años. En ese escenario, la relación que tendrá el FPDS con el kirchnerismo será compleja, con puntos de acercamiento y momentos de distanciamiento.

El kirchnerismo y el Frente Popular Darío Santillán: distancias, acercamientos y crítica sin impugnación

En lo que refiere a nuestra unidad de estudio, el desarrollo y la constitución del Frente estuvo fuertemente signado por el derrotero de los ciclos políticos a nivel nacional y, entre ellos, por las políticas que los gobiernos kirchneristas desplegaron. En términos generales, y como análisis diacrónico del ciclo 2003-2012, la posición global del FPDS ha sido la independencia política y el distanciamiento respecto de la mayor parte de las políticas kirchneristas. A nivel ideológico, el Frente nunca se definió como kirchnerista ni formó parte de las coordinaciones de organizaciones sociales identificadas con los gobiernos kirchneristas. Sin embargo, ha apoyado públicamente varias de las iniciativas del gobierno de Néstor Kirchner en primer lugar y, posteriormente, de los gobiernos de Cristina Fernández, trazando una relación compleja y dinámica entre gobierno y movimiento.

Por ejemplo, hacia el año 2008, el gobierno intentó aprobar un aumento en las retenciones a las exportaciones del sector agropecuario, acrecentando sustancialmente el porcentaje de retención a la soja. La reacción de las patronales agrarias, que incluyeron un prolongado paro agrario, cortes de rutas, desabastecimientos y una fuerte campaña mediática contra el gobierno, generaron un escenario de fuerte polarización social entre el kirchnerismo y los empresarios agropecuarios autodenominados “el campo” (Giarracca y Teubal, 2009).

El impacto social de este conflicto arrastró fuertemente a los movimientos sociales, muchos de los cuales se movilizaron a favor o en contra de las retenciones. Cabe destacar que organizaciones históricas de la izquierda como el Partido Comunista Revolucionario o el Movimiento Socialista de los Trabajadores se movilizaron junto a las entidades clásicas del sector agropecuario como la Sociedad Rural y las Confederaciones Rurales Argentinas. El FPDS, al igual que otras organizaciones de izquierda no kirchnerista adoptó una postura que sería factor común a lo largo de estos años en la relación entre el Frente y el gobierno: la crítica sin impugnación.

En lo que refiere a ésta última medida, la ‘crítica sin impugnación’ implicó que el FPDS promoviera movilizaciones y comunicados reivindicando el aumento a las retenciones que impulsaba el gobierno, a la vez que denunciaba los fines asistencialistas que, según ellos, el gobierno pretendía dar a las hipotéticas retenciones. En ese marco de crisis política nacional, el Frente, junto con otras organizaciones de izquierda, en su mayoría de carácter territorial, conformaron el espacio “Otro Camino para Superar la Crisis”. Este espacio dio a conocer un comunicado el 2 de julio de 2008 donde manifestaban: “Sí a las retenciones! Pero que sirvan para eliminar el IVA a los alimentos y productos de primera necesidad y para aumentar el salario mínimo, las jubilaciones y los planes a los desocupados!”[21].

Esta postura de crítica sin impugnación a ciertas dimensiones, será repetida por el Frente con la mayor parte de las medidas progresistas que promovió el gobierno. Entre ellas, la disputa por la promulgación de la Ley de Comunicación y Servicios Audiovisuales, que ocupó gran parte de la agenda política del año 2009, fue paradigmática. Gran parte de los artículos de la ley que impulsó el gobierno fueron discutidos, consensuados e incluso redactados por un amplio abanico de organizaciones sociales y comunitarias del ámbito de la comunicación alternativa. Por su parte, algunas de las herramientas de comunicación orgánicas del FPDS, participan en un nucleamiento de medios alternativos, la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), que elaboró numerosos comunicados y documentos donde, por un lado apoyaba el proyecto de Ley y, por el otro, presentaba algunas modificaciones a determinados artículos[22]. En definitiva, la consigna principal que sostuvo el FPDS fue: “Queremos la Ley, con nosotros en ella”[23].

Durante el conflicto por la aprobación de la Ley, el frente mantuvo esa consigna publicada permanentemente en recuadros y banners en el sitio “Prensa de Frente”, portal digital de noticias del movimiento hasta 2011.

Similar fue la postura del FPDS respecto de la Asignación Universal por Hijo en 2009 y de la Ley de Matrimonio Igualitario en 2010. En estos casos, al igual que con la Ley de Medios, las denuncias y críticas que formuló el Frente apuntaron a cuestionar la supuesta capitalización política exclusiva que el gobierno intentaba hacer de la aprobación de esas leyes, negando la participación y la lucha de los movimientos sociales que históricamente sostuvieron dichas banderas. Por otro lado, al mismo tiempo que apoyaba medidas puntuales, el Frente continuó manteniendo un alto nivel de confrontación con el gobierno, protagonizando piquetes, acampes, tomas de ministerios y demás métodos de lucha a lo largo de todo el ciclo kirchnerista. Es así que, según destacan los entrevistados, las mayorías de las conquistas del Frente durante el kirchnerismo han sido a través de la movilización y el piquete.

Como vemos, el sitio político donde se ubicó el FPDS, y en general la mayoría de las organizaciones del autodenominado espacio de la “izquierda independiente”, ha sido complejo, dinámico y, por momentos, contradictorio, combinando cercanías y distanciamientos con algunas medidas kirchneristas. Así, el Frente logró diferenciarse en general de la izquierda tradicional, expresada en los partidos políticos clásicos de raigambre trotskista, los cuales se opusieron abiertamente a la mayoría de las medidas del gobierno que el FPDS criticó sin impugnar.

Los ciclos de acumulación de FPDS a la luz de la coyuntura política nacional

A lo largo de su desarrollo como movimiento popular el FPDS fue atravesando diversas etapas y momentos. A partir de las entrevistas, del análisis de los documentos y comunicados del Frente, se pone en evidencia la influencia que ejerció la coyuntura política nacional en el rumbo de la organización, en cada etapa. Observaremos en este subcapítulo los ciclos de desarrollo social y político de nuestra unidad de estudio en relación a los cambios en la arena política y con las medidas tomadas por los gobiernos kirchneristas.

En este análisis buscamos evitar el análisis unidireccional donde la relación entre movimiento social y política institucionalizada es leída a partir de una sobrevaloración de la variable institucional, como en los trabajo de Mac Adam, McCarthy y Zald (1999). Estos abordajes, que fueron puestos en consideración en clave crítica en el capítulo uno, dejaron a los movimientos como variable de análisis absolutamente dependiente, subestimando su propia capacidad de marcar agendas e incidir en las coyunturas institucionales.

Por el contrario, la observación de la relación entre movimiento social y política institucional en este apartado es leída como un juego de interrelaciones e interdependencias entre gobierno, movimientos y otros actores sociales en escenarios dinámicos donde por momentos las acciones de uno de estos actores condicionan las política de los otros, y durante ciertas coyunturas los actores condicionantes y condicionados intercambian sus roles.

Salida de la crisis y ciclo territorial (2003-2007)

Hemos venido observando que el Frente hereda y potencia la construcción política realizada a partir del sector desocupado de los barrios populares del conurbano bonaerense y de las principales ciudades del interior del país. De tal manera podemos establecer que el ciclo ‘territorial’ de la construcción del FPDS abarca desde su fundación en 2004 hasta 2007, como primer gran ciclo de desarrollo. En este primer ciclo, el principal eje de acumulación política estará dado por la incorporación de grupos, movimientos y colectivos al Frente a partir de sus características específicamente territoriales.

En este ciclo, las incorporaciones al Frente no fueron tanto de carácter individual sino de carácter colectivo. Desde su creación, y en función del nivel de referencia obtenido por la CTD-AV primero y por el Frente más adelante, numerosos grupos, organizaciones y colectivos se fueron sumando a la estructura orgánica del Frente. Se trató principalmente de organizaciones territoriales que buscaban potenciar su capacidad de articulación política, de irradiación y de presión hacia las esferas gubernamentales a cambio de recursos para la organización. En este ciclo se destacan también los primeros desarrollos del incipiente sector rural del Frente[24].

Aún cuando el frente es desde su constitución un movimiento multisectorial, será el territorial el sector que demostró mayor dinamismo durante este primer ciclo, logrando las principales conquistas frente al gobierno kirchnerista, tales como cupos en cooperativas de trabajo estatales, obtención de puestos en planes sociales tanto a nivel provincial como nacional, adjudicación de considerables sumas de mercadería a partir de piquetes y movilizaciones, etc. En este ciclo, los ejes de organización barrial principales serán la organización alimentaria (comedores, merenderos, copas de leche) y la organización laboral (cooperativas de trabajo, redes de changas solidarias para paliar la desocupación, etc.).

Entendemos que a partir del año 2007 el dinamismo del sector territorial comienza una parábola descendente. Este decaimiento en el nivel de movilización, interpelación al Estado y acciones contenciosas no fue privativo del FPDS sino que acaeció en general en las organizaciones territoriales. Las principales causas de esta parábola descendente, leídas a partir de la relación entre movimientos sociales y contexto institucional, responden a la recomposición de la estructura laboral y económica que experimentan los sectores populares (y en consecuencia sus territorios naturales de vida) entre 2003 y 2007. Principalmente, la recomposición de la tasa de empleo operada en este segmento interanual irá haciendo mella en las redes de asociatividad que planteaban los movimientos barriales a partir de organizar a los desocupados.

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Fuente: INDEC, EPH Continua.

Como vemos, del 20% de desocupación que los aglomerados urbanos ostentaban hacia 2003, en 2008 se llegó a un piso de 7,5%. Si bien es cierto que la categoría de ‘ocupados’ incluye a aquellos que cumplen tareas como contraprestación de alguno de los planes sociales que el gobierno lanzó (o bien conservó de gestiones anteriores), lo cual favorecería la organización territorial, debemos destacar que la mayoría de esos planes comienzan a estar gestionados por organizaciones territoriales kirchneristas.

Así es que entre 2008 y 2009 comenzará a tallar un período transicional en la cronología del FPDS, donde mientras el sector territorial desplegaba con efectividad relativa nuevas estrategias para multiplicar su convocatoria política, otros sectores, como el estudiantil y el sindical, comienzan a tomar relevancia, dinamismo y lugar en la agenda pública.

El período transicional (2008-2009)

En lo que denominamos período transicional, la acumulación militante y las estrategias de lucha del sector territorial del FPDS se diversificaron. Comenzaron a tomar más relevancia la incorporación de militantes individuales y los proyectos territoriales ligados principalmente a lo educativo, tales como los Bachilleratos Populares de Jóvenes y Adultos, que comienzan a ser incorporados por el Frente como parte de su política territorial estratégica. El Bachillerato Popular Roca Negra, por ejemplo, fue el primer bachillerato del FPDS creado en el año 2008 por el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús. En pocos años el FPDS desplegó cerca de 8 Bachilleratos Populares en sus barrios, logrando acumular un número importante de militantes de clase media que se acercaron a dicha experiencia en calidad de docentes.

Otro eje de disputa tomado fuertemente desde el sector territorial en este ‘ciclo transicional’ tuvo que ver con la disputa por la inclusión en forma autónoma de los movimientos del FPDS en el Programa Argentina Trabaja (PAT), lanzado en 2009 por el gobierno nacional[25]. Estas fueron algunas de las estrategias que le permitieron al sector territorial mantener capacidad relativa de dinamismo y acumulación en un contexto de clausura parcial del ciclo territorial.

Dichas estrategias impulsadas desde el sector territorial fueron masivas y lograron conquistas importantes. En el primer caso, los Bachilleratos Populares del FPDS lograron acrecentar su matrícula de estudiantes y su planta docente, a la vez que algunos lograron el reconocimiento oficial por parte del Ministerio de Educación, lo cual los habilita a emitir títulos secundarios oficiales. En lo que refiere al segundo caso, el FPDS logró incluir cerca de 1200 desocupados del conurbano bonaerense al PAT, en la mayoría de los casos manteniendo un elevado nivel de autonomía respecto de las dinámicas del trabajo cotidiano de los cooperativistas, al margen de las estructuras de gestión del programa que imponía el gobierno en los territorios.

A la par que el sector territorial lograba conquistas de este calibre, la recuperación de los niveles de empleo y de consumo de los sectores populares, sumado a las disputas de corte ‘cultural y comunicativo’ que comenzó a llevar adelante el gobierno descriptas en el subcapítulo anterior, fueron dinamizando por demás a los militantes y colectivos políticos que desarrollaban tareas en el movimiento estudiantil o en la militancia cultural, tales como los centros culturales, las radios comunitarias, los colectivos de formación política, los partidos políticos, etc.

Muchos de estos sectores de la militancia, principalmente ligados a las clases medias, comienzan a tener un rol destacado en la arena pública. Esto puede observarse tanto en lo que respecta a la militancia kirchnerista (con el florecimiento de organizaciones políticas, culturales y estudiantiles afines al gobierno) como al espacio de la izquierda (Pérez y Natalucci, 2012). En lo que refiere al espacio de la izquierda, es en este período que empiezan a tener lugar los Foros Nacionales de Educación, una iniciativa de organizaciones del movimiento estudiantil de izquierda no partidario (entre las cuales se encuentran las organizaciones estudiantiles del Frente). El primer Foro Nacional de Educación tuvo lugar en 2009 en Universidad Nacional de La Plata y convocó a más de 1500 estudiantes, docentes, talleristas, intelectuales y militantes en general.

Es en ese marco que sostenemos que la Estructura de Oportunidades Políticas (Tarrow, 1997) de dicha coyuntura entre 2008 y 2009, con una sociedad que comienza a debatir abiertamente cuestiones de confrontación netamente política como la disputa frente a los sectores concentrados del agro, o como la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la Asignación Universal por Hijo, ofreció un amplio terreno de desarrollo político al Frente a partir de la apuesta a la organización de la militancia comunicacional, estudiantil y sindical.

Hemos advertido en el capítulo 1, con Goodwin y Jasper (2004) que la conformación de la EOP no debe pensarse en forma mecanicista a la manera de un fourre-tout, donde cualquier acontecimiento económico, medida de gobierno o cambio en la correlación de fuerzas entre los grupos dominantes, sea entendido como una oportunidad política para el movimiento, licuando así su capacidad analítica específica. Por el contrario, creemos que las nuevas orientaciones del Frente en este período transicional son el resultado de una ‘conjunción de lecturas’, donde se yuxtaponen objetivos estratégicos históricos del movimiento con lecturas tácticas de la EOP en dicha coyuntura. Esta ‘conjunción de lecturas’ dará paso entonces al segundo ciclo que atravesó a nuestra unidad de estudio entre 2010-2012. En suma, consideramos que el período que acaece entre 2008 y 2009 no comporta las condiciones suficientes como para convertirse en un ‘ciclo’ propio, sino que se trata de un período transicional donde el primer ciclo comienza a dibujar una parábola descendente, mientras se van consolidando y emergiendo formas organizativas y dinamizando sectores que, ya en 2010 tomarán la consistencia suficiente como para conformar un segundo ciclo de acumulación, que revisaremos a continuación[26].

El ciclo estudiantil-sindical-comunicacional (2010-2012)

Ante la mencionada disminución del dinamismo del sector territorial será la arena de la intervención política-comunicacional en general y el movimiento estudiantil en particular, desde donde se comiencen a protagonizar disputas visibles tanto contra el gobierno como contra sectores de la derecha clásica. Las tomas de colegios secundarios públicos de la ciudad de Buenos Aires durante 2010 y 2012, donde fueron tomados entre 60 y 80 colegios por lapsos de hasta un mes y medio, sumados al avance significativo de las fuerzas de izquierda en el movimiento estudiantil, que en este período lograron la conducción de las principales Federaciones Universitarias como las de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Comahue, muestran un escenario de fuerte presencia del movimiento estudiantil en la agenda política.

Si bien la militancia kirchnerista tuvo fuerte participación en la toma de escuelas secundarias de la Capital Federal, el alto porcentaje de militancia de la izquierda, tanto partidaria como independiente, sumado al triunfo de la izquierda en la mayoría de los centros de estudiantes de las facultades más politizadas de las Universidades con mayor matrícula del país (Buenos Aires, La Plata, y Rosario), colocan en este período al movimiento estudiantil como uno de los sectores donde el proyecto kirchnerista no pudo lograr hegemonía política y donde el Frente en particular ha tenido en los últimos años un desarrollo destacado.

Sumado a esto, la realización de los Foros Nacionales de Educación antes mencionados se fue multiplicando en masividad. A raíz de estos foros se conformó el Espacio Nacional de Estudiantes de Organizaciones de Base (ENEOB) donde el sector estudiantil del Frente participa desde su fundación. En la última fecha del Foro de Educación en Rosario, el ENEOB llegó a juntar más de 4500 personas que debatieron sobre política estudiantil durante dos días.

Según los testimonios de los entrevistados, este escenario generó una ampliación en la acumulación de la militancia en el sector estudiantil, lo que se tradujo en una mayor importancia del sector relativa dentro de la orgánica del FPDS, en función de presentarse como un sector dinámico, capaz de arrebatarle visibles conquistas y trincheras al gobierno, frente a un sector territorial que veía como sus construcciones se mantenían en el período de latencia y no lograban multiplicarse en forma sustancial.

La recuperación del empleo antes desarrollada, fue generando también que hacia 2012, el sector sindical fuese uno de los más dinámicos en cuanto a capacidad de protesta y movilización llegando a liderar claramente los paros, piquetes y jornadas de lucha durante los primeros últimos años del primer mandato (2007-2011) y los primeros del segundo mandato (2011-2015) de Cristina Fernández. La gran masa de desocupados que durante el primer ciclo fue organizada principalmente a partir de los dispositivos territoriales de las organizaciones populares, ahora integrada a la estructura laboral en forma precaria (Longo, 2012), generará un trasvasamiento del tipo de organización donde los conflictos y reclamos comenzarán a trasladarse lentamente hacia las agrupaciones sindicales.

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Fuente: www.nuevamayoria.com

Como se observa, si tomamos los cortes de ruta y vías públicas durante 2011, solo el 6% de éstos se deben a organizaciones piqueteras, mientras que más del 50% de los mismos responden a protestas de trabajadores ocupados en diversas ramas, entre los cuales los trabajadores docentes se destacan.

En ese contexto se explica también el hecho que la agrupación La Fragua del FPDS, que aglutina a los trabajadores ocupados del Frente, comenzó a gravitar y a tener mayor peso específico en la orgánica del movimiento. En la actualidad, militantes de La Fragua que a su vez están agremiados en sus lugares de trabajo han logrado amplia visibilidad y referencia, contando el FPDS con militantes que son delegados en las Juntas Internas de varios lugares de trabajo privados, como empresas periodísticas, y estatales como el Ministerio de Trabajo de la Nación, la subsecretaría de Promoción Social de la Ciudad de Buenos Aires, etc.

Sostenemos entonces que este cambio en el eje de acumulación y en la estrategia de desarrollo político que se observa a lo largo de todo el derrotero de nuestra unidad de estudio desde su conformación en 2004 hasta 2012, que fue desde la centralidad del sector territorial al protagonismo del sector estudiantil, estudiantil-comunicacional y sindical, fue producto de una ‘conjunción de lecturas’ efectuada por el Frente. En esta conjunción se combinó, por un lado, una respuesta del movimiento ante las políticas centrales de los gobiernos kirchneristas que recompusieron la tasa de empleo y la asistencia estatal en gran parte de los territorios marginales donde las organizaciones populares desplegaban sus trabajos territoriales de base; en ese sentido la búsqueda de nuevos horizontes de acumulación se volvió prácticamente una tarea de ‘supervivencia política’. Por otro lado, el desarrollo de dichos sectores respondió a una línea estratégica e histórica del movimiento que hunde sus raíces en la conformación del Frente (hacia el año 2004), donde la multisectorialidad fue asumida como la forma privilegiada en que se entiende el sujeto de cambio. Desde sus comienzos el FPDS no concibió que el sujeto que protagonizará el cambio social serían exclusivamente los moradores de los barrios marginales, ni particularmente la clase obrera industrial, sino que se apuntó a la confluencia de identidades y fuerzas políticas múltiples, donde se yuxtapongan multisectorialmente la construcción territorial, sindical, estudiantil, comunicacional, rural, etc., en pos de encarar la tarea histórica del cambio social.

Es así que el movimiento supo leer la EOP abierta a partir de la coyuntura 2008-2009, pero a partir de su propia estrategia política, lo que demuestra que el devenir de los movimientos es sin duda influenciado por el contexto institucional, como sostenía la corriente de la MP norteamericana, pero dicha dimensión no agota la explicación ni el análisis. Para ello debemos considerar también las estrategias, orientaciones y procesos identitarios internos que se dan los movimientos por sí mismos.

Sostenemos que estos posicionamientos de nuestra unidad de estudio, y la conjunción de lecturas que permitieron su recorrido desigual y combinado en función del contexto institucional kirchnerista de la última década, pueden ser leídos como producto de una compleja relación de coexistencia y superposición de los ethos militantes de las diversas generaciones políticas que componen el Frente. Una vez caracterizadas las generaciones políticas y sus respectivos ethos militantes hegemónicos, en el próximo capítulo nos proponemos indagar empíricamente en dos de las dimensiones de los ethos militantes presentadas: la toma de decisiones, a partir de los capitales militantes.


  1. Entrevista a Héctor Jouvé, militante del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 2, Pág. 48, año 2005.
  2. De origen Peronista, la Organización Montoneros será una de las guerrillas urbanas más importantes de Argentina. Con militantes provenientes de organizaciones nacionalistas y católicas de la década del ‘60, alcanzará en los años ‘70 desarrollo en varias provincias del país. Montoneros protagonizó acciones resonantes como el secuestro y posterior asesinato del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu en 1970. Por su parte, el PRT se fundó en 1965, a partir de la confluencia de dos organizaciones políticas: el Frente Revolucionario Indoamericano y Popular (FRIP) y Palabra Obrera (PO). Luego de la ruptura en 1968 con el sector que rechazaba la vía armada, el PRT-“El Combatiente” formará, hacia 1970 el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Así, el PRT-ERP terminará por consolidar una identidad política guevarista, y se desarrollará ampliamente en el sector fabril de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba.
  3. Un análisis y una justificación del centralismo democrático como método ‘intermedio’ entre el autoritarismo puro y la democracia plena, encontramos en el Curso de Formación de Cuadros del Partido Montonero, allí exponen que el centralismo democrático es un método “que establece una relación entre la centralización absoluta y la democracia, una combinación determinada sobre estos elementos que permita a una organización dar respuesta a dos cuestiones: a) la necesaria existencia de organismos de decisión que, en forma permanente, tengan la facultad de tomar resoluciones por sí mismo, sin consultar a ninguna otra instancia de la organización; b) La participación del conjunto de los miembros de la organización en las decisiones de las mismas”. (Montoneros, 1973, s/p).
  4. Entrevista a Hernán Invernizzi, Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 5, Pág. 66, año 2006.
  5. Verbigracia el Partido Obrero, Partido Comunista de Argentina o el Partido Socialista, que no impulsaron la lucha armada en el país, mantenían de todas formas un esquema tradicional y vertical de partido.
  6. El artículo agregaba: “Debemos plantearnos a continuación un segundo problema. ¿Cuál es la base material de esa relación? ¿El sexo o la actividad social? Consciente o inconscientemente la creencia de que el sexo es la base material de la pareja caracteriza la mayor de las relaciones, incluso entre algunos compañeros revolucionarios. Sin embargo, la sicología moderna y numerosas experiencias demostraron lo contrario: sólo cuando la pareja tiene relaciones armoniosas en los demás terrenos logra al mismo tiempo la plenitud sexual. Por el contrario las relaciones que pretenden basarse puramente en el sexo, terminan por frustrarse en todos los aspectos, incluso en el sexo. La pareja sólo puede, pues, basarse en una relación integral entre sus miembros, que tiene como base material la actividad social de los mismos, el rol concreto que juegan en la sociedad: el de militantes revolucionarios” (Parra, 1972: s/p).
  7. Entrevista a Jorge Pérez, militante de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL) y de la Juventud Revolucionaria Peronista (JRP). Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 4, pág. 79, año 2005.
  8. Las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) fue una organización político militar nacida en el año 1968 asociada al Peronismo de Base (PB). La también llamada FAP-PB, llegó a criticar duramente al Gral. Perón por sus vínculos con dirigentes y organizaciones de la derecha peronista, sin dejar de reivindicar la identidad ‘peronista’ que, sostenían, hegemonizaba a la clase obrera argentina. Dos de las entrevistadas y uno de los entrevistados de la generación del ‘70 pertenecieron a dicha organización; además de ellos, algunos militantes más del FPDS pertenecieron a las FAP-PB. Fornillo, García y Vázquez (2008) han destacado los puntos de contacto y la recuperación que en el FPDS se realiza de la experiencia de las FAP-PB. En un texto publicado por uno de los militantes del FPDS que participó de dicha experiencia setentista, también se recupera la filiación entre ambas experiencias, a la vez que se matiza la idea de ‘continuidad directa’ entre ellas: “El hecho de que un puñado de militantes del Frente Popular Darío Santillán, que no superan la media docena, provenga de las FAP-PB, no debe suponer que esta organización sea una continuidad, o la creación de una célula sobreviviente de la década del 70” (Cieza, 2010: 1).
  9. Entrevista a Luis Mattini, militante del PRT-ERP. Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 10, pág. 33, año 2008.
  10. Entrevista a Juan Carlos Cibelli, militante de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 1, pág. 36, año 2004.
  11. PRT, “Sobre Moral y proletarización. Pequeña burguesía y revolución., Pág. 19, año 1972.
  12. Se refiere a Montoneros. Este testimonio de una militante setentista se encuentra en: Guglielmucci (2006).
  13. Entrevista a Luis Mattini, militante del PRT-ERP. Revista Lucha Armada en la Argentina, Nº 10, pág. 33, año 2008.
  14. Cabe destacar que en la década del ‘70, algunas organizaciones armadas impulsaron frentes de masas donde se desarrollaba la organización política a partir de actividades que podrían relacionarse a las vocaciones personales como lo fue por ejemplo Frente Antiiperialista de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) impulsado desde el PRT, que nucleaba a artistas e intelectuales que militaban en el PRT. Sin embargo, los estudios más difundidos acerca de esta experiencia, problematizan la relación entre la ‘vocación personal’ y las tareas políticas que indicaba el Partido, dando cuenta de una relación muchas veces contradictoria en donde los intereses orgánicos terminaban por prevalecer por sobre la vocación artística de los militantes. Cfr. Longoni, 2001 y 2005.
  15. ¿Qué es el Frente Popular Darío Santillán?, en http://www.frentedariosantillan.org/, fecha de consulta: 06/06/12
  16. Dejamos asentado aquí, sin espacio para profundizar al respecto, una posible hipótesis de trabajo que indicaría una fuerte influencia de las corrientes de la educación popular en la militancia local al respecto en este período. Anclados en una concepción de equidad de saberes, donde los conocimientos, por ejemplo, académicos no son jerárquicamente superiores a los conocimientos de cualquier trabajador manual, la educación popular, cuyo máximo referente es el pedagogo brasilero Paulo Freire, sugiere que la construcción de prácticas colectivas y liberadoras debe basarse en un intercambio democrático de saberes, desterrando el lugar jerárquico y de dominación que el profesor o maestro tienen en general en el esquema clásico de la educación (Cfr. Freire, 1999, 2002, 2010). La educación popular, como técnica y como corriente ideológica, fue apropiada fuertemente por los colectivos culturales, grupos de educación en barrios populares, asambleas barriales y organizaciones sociales en general, desde mediados de los años ‘90 en Argentina.
  17. La trayectoria habitacional de Darío Santillán resulta en este sentido paradigmática. Darío se mudó, en la última etapa de su vida a una casa en Villa Corina donde vivía junto a una pareja de compañeros del MTD de Lanús, a escasos metros de los locales del Movimiento. Meses antes de ser asesinado por la policía había sido participe como referente del MTD en una toma de tierras en el barrio La Fe, de Lanús, donde tenía su parcela y planificaba edificar su vivienda.
  18. ¿Qué es el Frente Popular Darío Santillán?, en http://www.frentedariosantillan.org/, fecha de consulta: 06/06/12
  19. Otras organizaciones no kirchneristas, principalmente de tendencia libertaria, se fusionan en la Federación de Organizaciones de Base (FOB). Las organizaciones barriales del Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho continúan con el nombre CTD AV. La organización más importante que se desplaza hacia el kircherismo será, como vimos, el MTD Anibal Verón, liderado por Juan Cruz Daffunchio.
  20. En la actualidad el MUP se integró plenamente a las estructuras militantes kirchnerista. Hoy este grupo, de orígenes anarquistas, es miembro del Partido Justicialista y de la corriente Kolina, agrupación creada desde el seno del kirchnerismo con fuertes vínculos con el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación conducido por Alicia Kirchner.
  21. Ver. http://otrocamino.wordpress.com/ . Fecha de consulta 04/03/2013
  22. “El reconocimiento expreso en el texto de la Ley de los medios comunitarios, populares y alternativos como actores diferenciados de los ‘prestadores de gestión privada sin fines de lucro (modificación del artículo 21)“. Publicado en
    http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/anuncios/2009/08/26/p5017.
  23. Cfr.http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/anuncios/2009/08/26/p5017.
  24. Para el año 2005 en la localidad de San Vicente, conurbano sur de la provincia de Buenos Aires, un grupo de militantes del FPDS comienza la primera experiencia del sector rural del Frente. Este grupo luego pasará a llamarse Cooperativa de Trabajo Rural (CTR) de San Vicente. Más adelante el sector rural del Frente abrirá otros focos de construcción en el área metropolitana como la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTR) en el Parque Pereyra Iraola, en las afueras de la ciudad de La Plata.
  25. A partir del anuncio de dicho programa el Frente junto a un conjunto amplio de organizaciones territoriales tanto de la izquierda tradicional como de la izquierda independiente, comenzaron un plan de lucha extenso que, a través de casi 14 meses, incluyó movilizaciones, piquetes, e incluso acampes en pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires frente al Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, encargado de la adjudicación de dichos planes.
  26. Agradezco especialmente a María Maneiro por sus apreciaciones respecto de esta periodización, que me permitió subsanar algunas inconsistencias que se presentaban en el borrador de este apartado.


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