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2 El abordaje teórico de los movimientos sociales y la epistemología crítica

Diversos han sido los modos que ha encontrado la teoría sociológica para abordar el estudio de los Movimientos Sociales contemporáneos. El amplio abanico conceptual que signa la producción académica en este campo, va desde el análisis racionalista hasta el estudio de las identidades políticas de los sujetos que componen los movimientos. En función de tamaña diversidad de enfoques, en el siguiente apartado daremos cuenta de algunas perspectivas teóricas que se han dado a la tarea de conceptualizar las dinámicas y experiencias de los movimientos sociales desde mitad del siglo XX. En tal sentido encontramos dos grandes paradigmas que han hegemonizado los estudios del campo en Norteamérica y Europa: el paradigma del Actor Racional y el paradigma de la Identidad, respectivamente.

Si bien englobar la multiplicidad de perspectivas existentes respecto del estudio de los movimientos sociales dentro de dos paradigmas puede parecer reduccionista, creemos que los dos marcos teóricos principales desde donde se ha enfocado la problemática en general refieren, ora a la racionalidad, ora a la identidad, como dimensiones comprensivas centrales. Esto fue así, más allá de que algunos aportes que conviven al interior de los paradigmas sean diferentes entre sí e incluso trabajen a partir de hipótesis y métodos por momentos contrapuestos. Veremos entonces en este capítulo diversas configuraciones que ha asumido cada paradigma, las vertientes al interior de cada uno, a la vez que indagaremos en sus límites y potencialidades.

Luego nos abocaremos a una descripción de los estudios acerca de los movimientos sociales en América Latina y en el ámbito local, haciendo especial hincapié en aquellos que se han dedicado a los movimientos de trabajadores desocupados (“piqueteros”) durante los últimos diez años; a la vez haremos un somero repaso por los estudios sociológicos sobre las generaciones, especialmente sobre aquellos que se han dedicado a analizar las generaciones en el campo de los movimientos sociales. Finalmente dedicaremos un apartado a las 4 dimensiones que elegimos para el análisis de los ethos militantes: la toma de decisiones, la orientación estratégica, el perfil táctico y el capital militante. Para ello, revisaremos alguno de los estudios acerca de dichas dimensiones que se han aplicado al análisis de los movimientos sociales.

Como criterio general hemos decidido que nuestro capítulo teórico dialogue con la base empírica de nuestra investigación, trazando un puente continuo entre caso y teoría. Es así que la mención a cada paradigma o corriente estará acompañada de un señalamiento de aquellos conceptos que consideramos fértiles o no para el abordaje de nuestra unidad de estudio, el FPDS.

El paradigma del Actor Racional: entre la movilización de recursos y la movilización política

Hacia finales de la década del ‘50 Norteamérica asistió a la emergencia de una multiplicidad de organizaciones sociales, colectivos y asociaciones civiles que, con alto nivel de impacto y visibilidad, instalaron en la agenda política un serie de demandas que distaban considerablemente de aquellas reivindicaciones clásicas propias del movimiento obrero. Entre los sectores movilizados más destacados se encontraban sin dudas el movimiento feminista, el ecologismo y el movimiento por los derechos civiles que englobó la demanda de ampliación de derechos sociales para las minorías étnicas y sexuales (Gloria Gohn, 1997).

Ante la aparente incompetencia de los esquemas clásicos de interpretación de los movimientos sociales para aprehender la complejidad de este nuevo escenario, emergió en Estados Unidos un vasto conjunto de trabajos y perspectivas académicas que ha sido encuadrada dentro del llamado Paradigma del actor racional (Pérez Ledesma, 1994). Uno de los presupuestos básicos de dicha corriente ha sido la creencia en la racionalidad de los actores, quienes definirían su participación en los movimientos sociales en función de un cálculo de costo-beneficio. Desde dicho marco, los movimientos sociales fueron analizados a través de la actividad individual de los sujetos que participan en ellos, entendiendo a éstos como naturalmente maximizadores de beneficios.

Dentro del paradigma del actor racional encontramos diversas escuelas y aportes que sostienen que la acción colectiva se constituye en función de la articulación de acciones de individuos racionales. Quienes han dado cuerpo a este tipo de perspectiva han sido autores como Olson (1971) y Elster (1989) según los cuales, básicamente, las personas que participan en una acción colectiva lo hacen persiguiendo incentivos selectivos e individuales. Las dos subcorrientes que englobamos dentro de este paradigma son la Teoría de la Movilización de Recursos y la Teoría de la Movilización política, ambas de extensa difusión contemporánea en el campo en que se inserta nuestro trabajo.

La Movilización de Recursos

Hacia los años ‘60 surgió, también desde Estados Unidos y al interior del paradigma del actor racional, una fuerte corriente interpretativa de los movimientos sociales que generó una ruptura con los esquemas precedentes. La denominada teoría de la Movilización de Recursos (MR) rechazó los componentes psicológicos como factores explicativos de las acciones colectivas, pasando a enfocar los movimientos sociales en forma similar a los partidos políticos y grupos de intereses. La MR priorizó el análisis económico, dejando las variables políticas y culturales presentes solamente de manera marginal. Desde esta corriente, ‘recurso’ fue entendido como cualquier bien o valor (material o no) reconocido como tal por uno o más grupos de la sociedad (McAdam, McCarthy y Zald, 1999).

Más adelante, algunos autores de la MR desarrollaron este paradigma introduciendo al análisis conceptos propios de las corporaciones económicas y del mundo empresarial, al considerar a los líderes de un movimiento como ‘gerentes’, y a los miembros del mismo como consumidores de un ‘mercado de bienes’ (McCarthy y Zald, 1973 y 1977). La competencia entre movimientos por la imagen en los medios, asi como por los recursos del Estado, también fueron ejemplos del enfoque empresarial que destinó la MR a los movimientos sociales.

Por su parte, Zald, en desarrollos posteriores, opera un leve giro en su enfoque, adoptando la dimensión cognitiva o más bien ‘ideal valorativa’, al introducir en su análisis los problemas de significado e identidad:

según las últimas tendencias, en la investigación sobre movimientos sociales, es preciso analizar sistemáticamente la cultura, la ideología y los marcos. Sin embargo, estos temas solo han adquirido importancia muy recientemente, después de que, en la década de los sesenta, se optara por otras perspectivas como el estudio de los recursos que permitían la movilización o el de los procesos políticos de fondo (Zald, 1999: 371).

La teoría de la Movilización de Recursos ocupó (y aún ocupa) un lugar capital en lo que refiere a los marcos conceptuales consolidados a la hora de la interpretación de las acciones colectivas y de los movimientos sociales de las últimas décadas.

Sidney Tarrow, uno de los principales referentes de lo que luego se denominará la Movilización Política, observó la limitación que reviste un enfoque que apenas busca los incentivos micro-económicos que motivan a las personas a las acciones colectivas, sin analizar los factores culturales. En la misma línea, Cohen (1985) destacó que la MR dejaba de lado valores, normas, ideologías, cultura e identidades de los grupos estudiados, los cuales aparecen como fundamentales para una total comprensión del fenómeno. Por su parte, Mayer (1995) remarcó el individualismo metodológico implícito en este acercamiento y criticó el silenciamiento que la MR dispensó hacia las creencias y emociones en los comportamientos colectivos de la sociedad. Otra de las criticas a la MR provino de Gould, quien sostuvo que

aún asumiendo que los activistas y participantes de los movimientos sean actores racionales, (…) hagan cálculos sobre los costes y beneficios y elaboren estrategias para asegurar sus intereses, el cómo lo hacen no es tan evidente ni tan simple como suele afirmarse (Gould, 2004: 161).

Por su parte, uno de los más destacados estudiosos sobre movimientos sociales, Alberto Melucci, sostuvo que el paradigma de la MR deja fuera factores indispensables en la acción colectiva como la identidad (Melucci, 1999). En la práctica ya se ha demostrado que, por ejemplo, el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos no podía ser explicado únicamente por variables económicas, siquiera por la mera instrumentalidad en cuanto a la obtención de las reivindicaciones puntuales que motorizaron a dicho movimiento.

En la presente tesis partimos del supuesto que el estudio de los ethos militantes y de las formas organizativas que la articulación de diversos ethos militantes produce en el FPDS, alude a procesos sociales complejos donde se yuxtaponen motivaciones materiales con innúmeras dinámicas de construcción de identidades colectivas. En tal sentido, consideramos que la perspectiva que ofrece la Movilización de Recursos, centrada en la ‘participación racional’ de los sujetos en los movimientos, resulta limitada para el abordaje de nuestro problema de investigación.

La teoría de la Movilización Política

Hacia los años ‘70, a partir de las críticas al utilitarismo y al individualismo metodológico de la MR, algunos trabajos comenzaron a enfatizar en la estructura de oportunidades políticas, el grado de organización de los grupos y en los discursos de los actores de los movimientos sociales. De esta forma, el paradigma de la Movilización Política (MP), en función de desprenderse de la MR, intentó incluir herramientas de la psicología social y del interaccionismo simbólico para interpretar las acciones de los actores (Goffman, 1967; Tarrow, 1997; Tilly, 2000). Los referentes más destacados de esta escuela han sido Tilly, McAdam y Tarrow en EE UU y, en Europa, Kriesi y Kitschelt. Los conceptos más importantes forjados por esta corriente en los que abrevaremos para el estudio de algunas dimensiones del FPDS son: la influencia del entorno institucional, los repertorios de acción, la Estructura de Oportunidades Políticas y los ciclos de protesta; a continuación describiremos dichas herramientas y su forma de inserción en nuestra investigación.

De los desarrollos antes mencionados acerca de la MP, sin dudas el aporte más destacado fue la inclusión del sistema político institucionalizado como variable de incidencia directa en el surgimiento y consolidación de los MS. En los estudios de la MP:

se aprecia un interés común hacia el estudio de la interacción entre movimientos sociales y política institucionalizada, partiendo del supuesto que los movimientos sociales y las revoluciones adoptan una forma u otra, dependiendo de la amplia gama de oportunidades y constricciones políticas propias del contexto nacional en el que se inscriben (McAdam, McCarthy y Zald, 1999: 24).

El ejemplo más destacado para nuestro caso sin dudas le cabe a la relación entre contexto institucional y la configuración del movimiento que se aborda en la segunda parte del capítulo 3, donde analizamos los ciclos políticos del FPDS en relación con las medidas más relevantes llevadas a cabo por los gobiernos kirchneristas durante los últimos años.

El enfoque desde la Estructura de Oportunidades Políticas (EOP) sostiene como elemento central para los movimientos sociales el aprovechamiento de las oportunidades que se abren a partir de cambios al interior de las instituciones, o en las modificaciones de las disposiciones ideológicas de los grupos gobernantes (McAdam, 1999). Fue trabajado extensamente por Tarrow (1999) y Oberschall (1999) quien analizó las oportunidades políticas en el marco de las revueltas de 1989 en el este de Europa. Más recientemente, Favela Gavia (2002) trabajó la relación entre el régimen autoritario mexicano y la estructura de oportunidades políticas de los movimientos sociales de dicho país. En términos generales, se ha sostenido que el enfoque desde la EOP demuestra una considerable dependencia de los movimientos sociales en función del ambiente político (Rodríguez Arechavaleta, 2010).

Si bien coincidimos en las críticas a los enfoques que convierten a los MS en sujetos pasivos en función de la dependencia de la EOP, creemos que el enfoque que popularizó Tarrow tiene un potencial argumentativo que no debemos descartar. Es así que, por ejemplo, los cambios en los ejes de acumulación política del FPDS en función de las modificaciones en la estructura laboral en el país, serán leídos en nuestro trabajo a partir de los cambios y reconfiguraciones en la EOP en el capítulo 3.

En sintonía con el concepto de oportunidades políticas, la noción de Ciclos de Protesta, trabajada principalmente por Tarrow (1992 y 1997) refiere a los períodos de tiempo donde los movimientos en particular y los sectores movilizados en general aprovechan las fisuras en los procesos institucionales para protagonizar jornadas extendidas de acciones de protesta. Cuando el contexto político comienza a demostrar un afluente continuado y sostenido de movilizaciones masivas, protestas visibles en instituciones públicas, jornadas de reclamos, es decir, de acciones contenciosas en general, estamos en presencia de la apertura de un ciclo de protesta que lo movimientos deben saber aprovechar para encauzar correctamente sus demandas. Desde dicha óptica, las interpretaciones de las acciones colectivas de los movimientos han sido profusas en la teoría social contemporánea. Tejerina (1997), por ejemplo, desde la óptica de los ciclos de protesta analizó la relación entre violencia política y movimientos sociales en el País Vasco.

En lo que refiere a la producción local, varios trabajos han abordado la conflictividad social teniendo en consideración los ciclos de protesta como es el caso de Gordillo (1999) respecto de las revueltas obreras en la provincia de Córdoba durante la década del ‘60, y de Barbetta y Lapegna (2001) y Delamata (2002) para el estudio de la conflictividad social desde mediados de la década del ‘90 en las provincias del interior del país a partir de la crisis del modelo neoliberal.

Por nuestra parte, hemos caracterizado tres generaciones políticas que coexisten en el FPDS a partir de su relación con los contextos socio-históricos e institucionales de la época, marcando líneas de condicionamiento entre el orden institucional vigente y las características de los ethos militantes del período. En dicho análisis, la institución más destacada para analizar su influencia en el imaginario social y su consiguiente expresión generacional ha sido, centralmente, el Estado.

Otro de los aportes que hemos retomado de esta escuela ha sido el del ‘repertorio de acciones’. Charles Tilly (1995) desarrolló el concepto para las acciones entendidas como las rutinas compartidas por los actores al interior de un Movimiento Social. Son repertorio de acción entonces los canales “establecidos para que pares de actores efectúen y reciban reivindicaciones que afectan a sus respectivos intereses” (Tilly, 1995: 17). Por su parte, Sidney Tarrow (1997), también observó que los movimientos sociales construyen un repertorio fijo de símbolos e imágenes que se plasman en la cultura política de la época, dimensión que ha operado en el estudio del FPDS: siguiendo a Tarrow, los repertorios permiten registrar “las demandas e interpretaciones de un cierto tiempo histórico” (Gohn, 1997: 105).

En tal sentido, los repertorios de acción han sido un factor clave en nuestro análisis, constituyéndose en una fuente constante de datos y análisis. La forma en que los sujetos despliegan su acción y su relación con la construcción colectiva de una identidad es relevante para nuestro trabajo de investigación, tanto en lo que respecta al análisis y surgimiento de las tres generaciones confeccionadas, como en loocurrido con los nuevos movimientos sociales.

Un ejemplo paradigmático de la influencia de los repertorios en la constitución de los movimientos lo constituye el caso del “movimiento piquetero”, aquel que termina construyendo su identidad en función de un nombre que, en un principio aludía a un repertorio de acción (el piquete). En segundo lugar, la radicalidad, la “acción directa” y las lógicas organizativas asamblearias, que han caracterizado a la generación militante que florece en el transcurso de los años noventa (Svampa, 2008), son algunos de los motivos por los que la definiremos como una generación ‘prefigurativa’. En tal sentido, estos dos ejemplos dan cuenta de esta relación directa entre repertorio de acción y constitución identitaria de los movimientos y las generaciones de nuestro caso de estudio.

La tendencia a estudiar el comportamiento de los MS en función de las Estructuras de Oportunidades Políticas (EOP) que presenta el entorno institucional, generó amplia aceptación entre los teóricos contemporáneos. Sin embargo, el concepto de OP fue vaciándose de sentido y se terminó por convertir en un concepto ampliamente maleable, con capacidad de ser aplicado en casi todos los casos de estudio. En este sentido, Goodwin y Jasper han señalado que los teóricos de la MP utilizaron el concepto de ‘oportunidades políticas’ de forma hiperbólica, llegando a desvirtuarlo. Según estos autores el ensanchamiento del concepto ha terminado por “convertir todo o casi todo en oportunidad política. Incluso las amenazas, los obstáculos legales contra los movimientos y la represión son a veces conceptualizados como oportunidades” (Goodwin y Jasper, 2004: 83), lo cual habilita a pensar que si todo es una oportunidad política, dicha categoría tendría escasa capacidad explicativa específica.

Se ha señalado también que la Movilización Política no pudo realmente dejar atrás la herencia racionalista de la MR y obvió el análisis político de los movimientos, de sus relaciones y estructuras de poder, y de los diferentes intereses sociopolíticos y económicos que ellas conllevan (Gohn, 1997). Por todo ello, el enfoque general de nuestra investigación eludirá la propuesta de la Teoría de la Movilización Política, no obstante lo cual abrevaremos en situaciones específicas en algunos conceptos ya señalados surgidos de dicha escuela, tales como la EOP, la influencia institucional, los repertorios de acción y los ciclos de protesta.

Como hemos visto, los estudios enmarcados dentro del paradigma del Actor Racional, tanto en su variante ‘racionalista’ como ‘politicista’ se han dedicado a estudiar el cómo actúa y se moviliza un determinado sector de la población, partiendo del estudio del movimiento social como organización, “sin cuestionarse el origen de tal organización y sin dar explicación al paso del nivel individual al colectivo” (Revilla Blanco, 1994: 182). Según Melucci, estos estudios han sido “por una parte, un punto de referencia obligado y por otra una desilusión” (Melucci, 1999: 26), siendo que se incurrió en el error de tratar al fenómeno colectivo como un dato empírico unitario: “esto es, se asume de entrada, la unidad empírica del fenómeno” (Melucci, 1999: 56).

Como vimos más arriba, algunos autores del paradigma del actor racional intentaron complejizar la relación lineal entre descontento y movilización, agregando al análisis la Estructura de Oportunidades Políticas. Sin embargo Melucci (1994) plantea que esa complejización no se enfrenta a la debilidad fundamental de dicho paradigma ya que sigue asumiendo la capacidad de los actores para mantener su unidad.

El paradigma de la identidad

A partir de los años ‘60 surgió en Europa una nueva corriente para el estudio de los Movimientos Sociales que puso en primer plano la cuestión de la identidad. Si bien los autores y perspectivas que revisaremos conservan diferencias entre sí, el vector común que los une es la centralidad de la dimensión identitaria, por lo cual suelen ser agrupados en un mismo paradigma. La denominada escuela de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) forjó un modelo teórico que escapaba del análisis racional, a la vez que negaba la visión funcionalista de la cultura como conjunto fijo y predeterminado de normas y valores heredados del pasado. Por el contrario, el paradigma de la identidad vino a sostener que los NMS son capaces de generar áreas y redes donde se nuclean individuos y grupos compartiendo culturas e identidades. Entre sus autores más destacados se encuentran Alberto Melucci, Alain Touraine, Alessandro Pizzorno y Edward P. Thompson.

Como veremos más adelante, el problema general de nuestro trabajo es comprender la articulación de ethos militantes diversos en el marco de las formas organizativas de los movimientos sociales actuales en la Argentina. Dicho proceso será abordado sin negar los incentivos materiales para la acción, pero a su vez priorizando las motivaciones identitarias, las cuales signan la participación política de los integrantes de los movimientos.

Para profundizar las diferencias con el análisis racionalista del paradigma del AR, desde el paradigma de la identidad se ha sostenido que “el grado de identificación con un grupo alcanza su nivel máximo cuando el coste de actuar junto a otros por el mismo fin colectivo es nulo” (Pizzorno, 1989: 31). De esa forma se sostiene que en las acciones colectivas el mismo hecho de participar anula “la relación coste/beneficio porque sólo a través de la propia participación en la acción puede beneficiarse un individuo” (Revilla Blanco, 1994: 191), lo cual demostraría que la participación es un fin en sí mismo.

Por su parte, para Touraine (1985) los nuevos movimientos sociales son aquellos que se derivan principalmente de conflictos alrededor del control de los modelos culturales. Es por ello que, como los movimientos son a la vez contestatarios y prefigurativos, pueden expresar al mismo tiempo un conflicto social y un proyecto cultural. Así, los conflictos sociales entre actores deben ser entendidos en términos formativos y culturales, asumiendo que no se trataría de luchas por la dirección de los medios de producción como antaño, sino por producciones culturales, como la educación y la información de masas (Touraine, 1999). Tanto es así que para el autor, el principio general sobre el que descansan los movimientos sociales es el derecho a la igualdad cultural, siendo “la defensa de los derechos culturales y sociales de los individuos y las minorías, actualmente, el objetivo primordial de los movimientos sociales” (Touraine, 1999: 58).

En sus trabajos de campo Touraine investigó al movimiento de los Beurs (inmigrantes magrebíes en Francia), al movimiento pacifista y, parcialmente, al movimiento feminista, entre otros. Según Touraine, todos estos “nuevos” movimientos se orientan hacia el reconocimiento de la identidad cultural, atacando los problemas ligados a la modernidad capitalista y a la cultura masificada (Touraine, 1999).

Sin dudas, el autor más destacado dentro del paradigma de la identidad ha sido el ya mencionado Alberto Melucci quien, a diferencia de Touraine, cuyo énfasis estaba puesto en los análisis macro-estructurales, se centró en la dimensión micro, trabajando desde categorías tales como emoción, intuición, creatividad, percepción femenina, etc. Melucci ha sido el autor que con mayor profundidad operó el giro epistemológico respecto a las corriente anteriores, ya que no se limitó a agregar variables al análisis, sino que partió de un enfoque radicalmente distinto, al analizar a los MS como unidades analíticas en lugar de hacerlo como unidades empíricas.

Para Melucci las corrientes anteriores trataron a los MS como datos empíricos unitarios, y su propuesta, en cambio, implica considerar los fenómenos colectivos como “procesos en los cuales los actores producen significados, comunican, negocian, y toman decisiones” (Melucci, 1999: 57).

Es decir que no toma los hechos, movilizaciones y actos, como datos empíricos unitarios, sino que los enmarca dentro de un análisis integral que involucra sus causas, surgimientos, desarrollos y sentidos. Con ello, podríamos decir que Melucci alumbra la complejidad de los fenómenos que otras corrientes tomaban como dato ya construido.

En tal sentido, nuestro abordaje del FPDS a través de sus generaciones militantes parte desde este mismo enfoque, al entender las formas organizativas del movimiento como parte de un proceso de construcción y reconstrucción, complejo y dinámico, extendido en el tiempo. Siguiendo la propuesta de Melucci, no analizaremos unidades observables como hechos empíricos aislados, sino que las enmarcaremos en la construcción de sentido que tienen al interior de la subjetividad militante de las generaciones políticas que integran el FPDS.

Es común señalar en este debate la contribución inicial de Touraine (1987), siendo que él fue quien señaló la limitación y escasez del concepto de ‘clase social’ para pensar la actualidad del continente, proponiendo en cambio al ‘movimiento social’ como sujeto pertinente para analizar en América Latina. En la misma línea se encuentra Offe (1988), quien enfatizó en el carácter no clasista de los MS latinoamericanos y el ya mencionado Alberto Melucci, quien introdujo el término Nuevos Movimientos Sociales (NMS) definitivamente en la literatura sociológica. A partir de allí, el debate en torno a qué movimiento podría considerarse un NMS, siguió un derrotero largo con debates que no siempre aportaron a la identificación del nudo problemático básico que atravesaba el concepto. Algunos autores defendieron la novedad de los movimientos en función del carácter de sus acciones públicas, mientras otros destacaron que eran acciones que ya se encontraban en otras experiencias históricas y, por ende, rechazaron la categoría de ‘nuevos’. Luego del florecimiento del debate, Melucci vuelve a adoptar una postura disruptiva al señalar que tanto

los críticos de la novedad de los ‘nuevos movimientos’ como los que apoyan este ‘paradigma’ cometen el mismo error epistemológico: considerar a los fenómenos contemporáneos como un objeto empírico unitario, y desde ese supuesto proceder a definir o a discutir y negar su novedad (…) un debate de esta naturaleza me parece totalmente inútil (Melucci, 1994b: 123).

Es decir que ambos, defensores y detractores de la ‘novedad’, caen en la “miopía de lo visible que centra su atención en los aspectos mensurables de la acción colectiva (…) e ignora la producción de nuevos códigos culturales” (Melucci, 1994: 165). En tal sentido y siguiendo a Melucci, reconocemos que nuestra base empírica puede ser pensada como un NMS en tanto se destaca por las formas organizativas y procesos identitarios novedosas que contiene, nuevamente, no considerando dichas formas y procesos como unidades empíricas sino enfocándolas dentro del movimiento como unidad analítica.

Una epistemología crítica desde el sur

Como vimos, tanto desde el paradigma del actor racional como desde el paradigma de la identidad se han producido aportes y avances significativos para el estudio sobre los MS. Como hemos señalado, en nuestro caso el punto de partida conceptual para el abordaje de nuestra unidad de estudio retoma varios de los aportes del paradigma de la Identidad, a la vez que se sirve de algunas herramientas específicas brindadas por la escuela del Actor Racional.

Sin embargo, al reconocer que ambos paradigmas han estado hegemonizados por las academias de los países centrales (principalmente de EE UU y Europa), esto llevó a encontrar una limitación estructural en los intentos de insertar dichos marcos teóricos en nuestras unidades de estudios locales. En tal sentido, las particularidades de América Latina exigen un esfuerzo metodológico que contemple lo específico de sus formaciones sociales y políticas, a la hora de elaborar una teoría crítica (Quijano, 2000). Por ello, necesitamos herramientas conceptuales específicas, ausentes en estos dos grandes paradigmas, para interpretar las particularidades de los movimientos de nuestras sociedades. El abordaje de nuestro caso de estudio, el Frente Popular Darío Santillán, nos obliga a articular las diversas escuelas ya revisadas con los aportes de teóricos latinoamericanos. Por ello, en este apartado, introduciremos algunos de los aportes al campo más destacados realizados desde América Latina.

En relación a la desigualdad que impera en las sociedades latinoamericanas, hacia mediados de los ‘60, González Casanova y Rodolfo Stavenhagen introdujeron el concepto de colonialismo interno haciendo referencia por un lado a la complejidad de la dominación (racial, étnica, económica y política) existente entre países de América Latina, y, por otro lado, a las formas de la dominación al interior de cada país del sub continente. Más adelante, Quijano (2000) operó un segundo giro en la perspectiva latinoamericana, al señalar que la dominación implica también una colonialidad del saber en América latina, donde la epistemología eurocéntrica y colonial de la modernidad occidental, sigue imponiéndose como paradigma único en las ciencias sociales. En la misma línea, Lander sostiene que esta perspectiva refiere a un eurocentrismo que “piensa y organiza a la totalidad del tiempo y del espacio, a toda la humanidad, a partir de su propia experiencia, colocando su especificidad histórico-cultural como patrón de referencia superior y universal” (Lander, 2003: 4).

Sin embargo, la búsqueda de un camino alternativo desde la región no es un afán novedoso. Lander (2003) rescata una larga y valiosa tradición en Latinoamérica del saber ‘no eurocéntrico’ donde recupera, en el campo de la teoría política, la obra de José Carlos Mariátegui y, en la actualidad desde la teoría social, los aportes de Enrique Dussel, Arturo Escobar, Michel-Rolph Trouillot, Walter Mignolo, Fernando Coronil y Carlos Lenkersdorf. Coincidimos entonces que en América Latina el forjamiento de un paradigma propio se orienta a la necesidad de “comprender, analizar y estudiar justamente estas complejidades de los nuevos procesos sociales, la emergencias de nuevos actores” (Dávalos, 2002: 3). En tal sentido, Dávalos destaca el aporte de Daniel Mato quien tomando en cuenta las transformaciones sociales de América Latina “interroga a esos procesos desde la dinámica de los estudios culturales, y desde las producciones teóricas hechas desde la región y desde los movimientos sociales” (Dávalos, 2002: 3).

Así es que, para nuestro caso, resultan fundamentales los aportes de estas ‘nuevas epistemologías’ que comienzan a considerar a los movimientos sociales como productores de saberes, fundamentales para la producción de un conocimiento crítico, aún desde la academia. En ese contexto, se destaca la producción de Boaventura de Sousa Santos, teórico portugués que trabaja en y con MS de América Latina, quien va un paso más allá y describe una crisis de la teoría crítica moderna, tanto en los países centrales como en los periféricos, y postula la necesidad de una nueva epistemología emancipatoria constituida ‘desde el sur’ para refundar el pensamiento crítico (De Sousa Santos, 2009). Según De Sousa Santos, el enfoque occidental moderno es un ‘pensamiento abismal’ que excluye las concepciones teóricas impulsadas desde otras latitudes, sea desde la academia o desde ‘abajo’, en referencia a los saberes de los sectores populares y de los movimientos sociales (De Sousa Santos, 2009).

Por el contrario, el autor postula un tipo de conocimiento que requiere una interacción social no colonial, solidaria y cosmopolita para que pueda convertirse “en la base epistemológica de las prácticas emancipatorias, siendo todas ellas de un carácter finito e incompleto y por lo tanto sostenible sólo si logran ser incorporadas en redes” (Santos: 2008: 34). El aporte de Sousa Santos nos servirá también para contemplar los saberes que se construyen ‘desde abajo’. Al contemplar la experiencia social como un espacio que debe ser ‘ecológico’ entre diversos saberes (académicos, populares, etc.), de De Sousa Santos sumó desafíos a los investigadores de nuestras latitudes, ampliando el foco de análisis, especialmente en lo que respecta al estudio de los movimientos sociales que construyen prácticas, sentidos e identidades (De Sousa Santos, 2006).

La dimensión ‘socioterritorial’ de los movimientos sociales

La crisis y descomposición social que dejaron las décadas neoliberales en los países de la región hicieron de los territorios marginales el espacio social privilegiado para reorganizar a los sectores excluidos. En ese contexto, la centralidad del territorio, como espacio material y simbólico donde se despliegan las resistencias y donde se constituyen las identidades de los militantes, pasará a constituirse como uno de los rasgos sobresalientes de las diversas experiencias de movimientos sociales que emergieron y se consolidaron en América Latina desde finales de los años ‘80 y durante la década del ‘90.

Así, la territorialidad ha sido destacada por Svampa (2008) como una de las cuatro dimensiones que caracterizan a los nuevos movimientos sociales. La territorialidad en los movimientos puede ser entendida por un lado como la defensa de un espacio físico y, por el otro “en un sentido amplio, esto es, concebido doblemente como hábitat y comunidad de vida” (Svampa, 2008: 6).

Esta emergencia del territorio en la práctica de los movimientos tuvo su correlato interpretativo desde la epistemología crítica que venimos revisando, en lo que significó un viraje o una ampliación del enfoque tradicional de los movimientos sociales, generalmente asentado en una perspectiva sociológica, pasando a integrar los aportes de la geografía crítica. Este nuevo marco teórico que se consolida desde finales de la década del ‘90, ayudará a pensar las dimensiones “geográficas de las acciones y de las relaciones construidas por los movimientos sociales, en el sentido de recontextualizarlos a partir de una lectura geográfica de los procesos sociales y geográficos” (Mançano Fernández, 2010: 7). Desde dicha perspectiva multidisciplinaria se ha conceptualizado a estos movimientos como movimientos socioterritoriales (Porto-Gonçalves, 2009).

Como se deja entrever, el concepto de territorio tiene puntos de contacto con la idea de ‘espacio’, aunque la excede ampliamente. A la hora de analizar la construcción de los movimientos sociales contemporáneos, cobra visibilidad la idea de que la territorialidad implica una dinámica de disputa sobre un determinado espacio, disputa que es a la vez material e identitaria. Creemos de esta forma que pensar las disputas de los movimientos que conllevan reclamos socioterritoriales a partir de procesos identitarios, implicar dar cuenta de la relación estrecha que existe entre la ‘demanda’ del movimiento y la subjetividad política de sus integrantes (Retamozo, 2009).

Retomando el aporte de Bernardo Mançano Fernándes (2005), queda evidenciado que los movimientos socioterritoriales construyen identidad y organización a partir de su demanda y su existencia en el territorio. De esto se desprende que el territorio es un espacio geográfico pero también social, simbólico e identitario, en definitiva, un espacio “apropiado por una determinada relación social que lo produce y lo mantiene a partir de una forma de poder” (Mançano Fernándes, 2005: 276). El territorio, a diferencia del espacio, esta delimitado y constituido entonces a partir de relaciones de poder (Schneider y Tartaruga, 2006). Por ello, fácilmente los movimientos pueden ser considerados como socio espaciales, pero no todos alcanzan a constituirse como movimientos socioterritoriales, siendo necesario para ello que el territorio no sea solamente un objeto en su disputa, sino una dimensión básica de su existencia.

En ese sentido se deriva que el territorio, al ser depositario de un cúmulo de relaciones de poder, no es estático ni se despliega en forma lineal. Por el contrario, la disputa, el enfrentamiento y las tensiones surgidas a partir de la dinámica territorial de los movimientos contemporáneos han llevado a Ana Esther Ceceña (2001) a hablar de ‘territorios complejos’ donde habitan los movimientos, para dar cuenta de las múltiples determinaciones que inciden en la disputa territorial. En esa disputa en y por los sentidos del territorio, los movimientos confrontan, dialogan y negocian diferentes niveles de constitución identitaria y material de su territorialidad: “la construcción de un tipo de territorialidad significa, casi siempre, la destrucción de otro tipo de territorialidad” (Mançano Fernández, 2005: 279).

A partir de la confrontación territorial los movimientos moldean sus acciones colectivas y su identidad en una dinámica continua de territorialización y desterritorialización, de múltiples metamorfosis y desplazamientos en el territorio. El territorio es entonces, no solo ‘complejo’, como destacaba Ceceña, sino también dinámico. Este dinamismo está expresado en la constante creación y recreación de dinámicas indentitarias a partir de las prácticas de los movimientos: las tomas de tierras, la constitución de cooperativas de trabajo, los cortes de ruta, los acampes por reclamos sectoriales del sector desocupado, las marchas masivas hacia los edificios gubernamentales, etc., han sido considerados frecuentemente como ejemplos de dinámicas constitutivas de los movimientos socioterritoriales (Wahren, 2009; Zibechi, 2003). En esos enfrentamientos cotidianos se evidencia el rol siempre presente de la disputa en relación a los territorios (la calle, la hacienda, los centros urbanos, las rutas periféricas) que conlleva la dinámica del movimiento socio territorial.

En los últimos años, como venimos observando, el análisis de los movimientos a partir de la especificidad de su dinámica territorial comenzó a destacar las potencialidades que le otorga a los movimientos esta matriz territorial. La capacidad de un movimiento socioterritorial de autogobernarse en un territorio, donde puede poner a prueba espacios, talleres y nuevos modos de autogestión de la vida comunitaria, puede ser comprendida en su sentido más amplio si hacemos uso del concepto de ‘campos de experimentación social’ (De Sousa Santos, 2003). En tal sentido, el territorio puede funcionar como un ‘campo de experimentación’ para las nuevas relaciones sociales y formas de institucionalidad que apuntan a construir estos movimientos, basadas generalmente en la participación activa de la comunidad en sus problemas cotidianos. De allí que desde el paradigma crítico se viene sosteniendo que “el proceso de territorialización puede configurar en el territorio una nueva institucionalidad, disruptiva, donde una nueva forma de producir vida en los territorio se institucionaliza” (Wahren, 2009: 30).

En suma, consideramos que el concepto de ‘movimiento socioterritorial’, forjado por la corriente de la epistemología crítica durante las últimas décadas, forma parte constitutiva del acervo teórico indispensable para el abordaje analítico de las prácticas y dimensiones subjetivas de los ethos militantes en nuestra base empírica.

La producción académica desde Argentina en el contexto neoliberal

En el período que abarcó los últimos años de la última dictadura militar iniciada en 1976 y el retorno a la democracia en el año 1983, asistimos en el país a la irrupción de fenómenos tales como las adscripciones masivas a determinados conjuntos musicales de ‘Rock nacional’, el surgimiento de organizaciones que revindicaban los derechos de las mujeres, la constitución de organismos de derechos humanos que apuntaban a esclarecer los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar, etc. Este conjunto de expresiones sociales fue conceptualizado en forma temprana por Jelin (1989) como ‘nuevos movimientos sociales’. El trabajo de la autora contempló tres enfoques generales: un primer enfoque que puso el acento en la politización de estos movimientos; un segundo abordaje que destacó la capacidad de estas organizaciones de llevar adelante “nuevas formas de hacer política con actores sociales que se van definiendo de manera novedosa” (Jelin, 1989: 14), y una tercera mirada ‘culturalista’, que rechazaba la interpretación política, privilegiando la comprensión de los movimientos como promotores de prácticas acotadas a la construcción de nuevas identidades sociales.

En este marco, el proceso de descomposición social que se había iniciado en la argentina hacia mediados de la década del 70, logrará alcanzar su punto más álgido entre 1989 y 1999, cuando los dos mandatos presidenciales menemistas lleven a cabo un proceso de desindutrialización del modelo económico, de privatización del sector público y de ajuste estructural de las cuentas fiscales. Dicho proceso dará lugar a niveles inusitados de desempleo, subempleo y trabajo precario, a la vez que se elevarán sustancialmente los niveles de pobreza e indigencia (Thwaites Rey, 2003: 31). Durante los ‘90 se termina de configurar un modelo de acumulación y regulación neoliberal cuyas característica societales principales serán la descolectivización y la desafiliación social (Castels, 1995; 2000). Dicho proceso irá erosionando la identidad laboral lo cual, sumado a la ausencia general del Estado en las funciones de regulación social que éste propugnaba durante el ‘estado de bienestar’, terminarán por configurar hacia fines de la década del ‘90 una ‘sociedad excluyente’, con altos niveles de fragmentación y desigualdad social (Svampa, 2005).

Luego de consolidada la democracia y a partir del auge de las políticas neoliberales en el país, un nuevo contexto político y social traerá aparejado la proliferación de nuevas prácticas de acción colectiva, entre las cuales encontraremos un amplio abanico de organizaciones sociales, movimientos populares, colectivos culturales y asambleas barriales que terminarán por convertir a la Argentina de fines de los ‘90 en un desafío para la producción local en Ciencias Sociales.

Respecto al estudio específico con MS durante la década del ‘90, reconocemos la perspectiva antropológica inaugural de Wallace (1998), a la que le siguieron los trabajos de Schuster y Scribano donde destacan una abundante protesta social “a lo largo de todo el período democrático que se inicia en 1983 y, contra lo que a veces suele decirse, de modo creciente en los años ‘90” (Schuster y Scribano, 2001: 17). Dichas producciones identifican la emergencia de un nuevo ciclo de protesta social en la Argentina a partir de los años ‘96/‘97, tomando como referencia principalmente las puebladas y cortes de rutas (piquetes) de Cutral-Có, en Neuquén y Gral. Mosconi, en Salta. Giarracca ha ayudado a identificar los rasgos característicos del ciclo de protesta de 1997-2002, al destacar el tipo de reclamos que la caracterizó, orientados principalmente:

a preservar derechos sociales adquiridos durante el siglo XX (…) demandar un ingreso mínimo frente a la pérdida del trabajo remunerado (la lucha de los desocupados), etc. Es decir, en general son protestas de “defensa” y “preservación” frente al avance de las políticas “expropiatorias” del neoliberalismo (Giarracca, 2002: 2).

En consonancia con dicho planteo, Massetti ha destacado que el escenario neoliberal, con los altos niveles de pobreza que construyó, reconfiguró las estrategias de acumulación política de los movimientos, las cuales viraron de la lucha ideológico-política que había caracterizado a las organizaciones políticas durante los ‘70, a la lucha social-reivindicativa de los nuevos movimientos sociales. Dicho proceso constituirá una novedad siendo que “lo reivindicativo fue central en la búsqueda de la re politización de sectores que, a pesar de ser perjudicados directamente por las transformaciones neoliberales, estaban absolutamente despolitizados y huérfanos de representaciones políticas” (Massetti, 2009: 48).

En lo que respecta al estudio del movimiento piquetero como subconjunto específico dentro de los movimientos sociales emergentes durante el período neoliberal a lo largo del país, Svampa y Pereyra (2003) han realizado uno de los aportes más destacados, enfocando en su surgimiento, consolidación y límites. En dicho trabajo clasificaron a los movimientos de desocupados entre aquellos de raíz nacional-popular: por sus vínculos y trayectorias militantes, partidaria: ligados a los partidos políticos de la izquierda marxista, o autonomista: quienes rehúsan de ocupar cargos en el Estado. Nuestra base empírica, el Frente Popular Darío Santillán, si bien se consolidó luego de dicha publicación, por lo cual no es tenido en cuenta en el estudio de Svampa y Pereyra, es el resultado de la articulación de movimientos provenientes de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (CTD-AV), la cual es incluida dentro de la vertiente autonomista en el estudio referido. En la actualidad, abrevaremos en la tipología construida por Svampa y Pereyra para caracterizar asimismo al FPDS como un movimiento autonomista, aunque con una yuxtaposición identitaria nacional-popular en lo que respecta a los ethos militantes que contiene.

Otro análisis de la conformación de los movimientos de desocupados que profundizó en la relación entre el surgimiento del sector desocupado y el proceso de reforma del Estado de la década del ‘90 en Argentina, encontramos en Delamata (2004), quien analizó las organizaciones de desocupados en tres dimensiones: la disputa por la presencia física y simbólica en el espacio político nacional; la formación de organizaciones en los barrios de los sectores movilizados y la práctica asamblearia de las organizaciones. Como vemos, la cuestión simbólica, la disputa identitaria y la conformación de subjetividades van a estar fuertemente integradas a los estudios sobre el fenómeno de la desocupación y la acción colectiva que emergieron hacia finales de los ‘90.

La subjetividad y la acción colectiva han sido profusamente trabajadas por Retamozo a partir de sus estudios con Movimientos de Trabajadores Desocupados y piqueteros (Retamozo, 2006a; Retamozo, 2006b; Retamozo, 2009). Enfocando en los procesos de subjetivación de los desocupados, el autor sostiene que estos sectores se rebelaron frente al discurso neoliberal, donde la desocupación: “aparecía como responsabilidad individual en tanto la persona ya no estaba preparada, no era útil o no ponía suficiente empeño en conseguir trabajo” (Retamozo, 2009: 116).

En ese marco de altos niveles de desempleo los desocupados se comenzaron a encontrar y a reconocerse en una identidad colectiva, lo cual ponía en jaque esa subjetividad ‘culpógena’ (Bleichmar, 2004; Flores, 2005) que la narrativa neoliberal había pretendido instalar respecto del origen del desempleo. A partir entonces de que vastos sectores de desocupados pudieron “inscribir la situación personal en un universo colectivo” (Retamozo, 2009: 119), tanto la acción como la subjetividad colectivas fueron re configurándose y permitiendo el surgimiento de movimientos sociales masivos y con gran capacidad de confrontación.

En esas acciones colectivas las demandas de los movimientos comenzarán a exceder los reclamos materiales, para contener en sí mismas dimensiones simbólicas de la acción sumamente relevantes para comprender las transformaciones en las subjetividades políticas de los integrantes de los movimientos. La dimensión simbólica como espacio central para la constitución de las subjetividades políticas de los integrantes de los movimientos de desocupados, fue trabajada profusamente por Dinerstein (2003) para quien el movimiento piquetero significó la condición de posibilidad para una ‘subjetivación invisible’ a partir del desempleo. Recientemente, la autora indagó en los significados que las organizaciones piqueteras le asignaron a la idea de ‘trabajo digno’; en tal sentido sostiene que esos significados van “desde la inclusión en el mercado de trabajo a través de un empleo formal, acompañado de una política estatal de redistribución del ingreso, hasta la idea de construcción de un ‘contra poder’ basado en nuevas formas de producir en solidaridad” (Dinerstein, 2013: 70).

Esta apuesta a la construcción de nuevas formas de contención y solidaridad, que marcan diferencias orgánicas y políticas sustanciales respecto de formas organizativas anteriores (como aquellas que caracterizaron a las organizaciones políticas durante las décadas del ‘60 y ‘70 en el país), fue trabajada en profundidad por Zibechi. Analizando sus orientaciones estratégicas, dicho autor aportó a comprender que estos movimientos no centran la práctica política en el objetivo de la toma del poder estatal (Zibechi, 2004); a la vez, logró dar cuenta de la capacidad de los movimientos de constituirse en ‘sujetos educativos’ al promover y mantener espacios de formación y educación internos (Zibechi, 2005), sin descuidar la centralidad que tiene la horizontalidad en sus toma de decisiones (Zibechi, 1999). Los aportes del mencionado autor serán centrales para la comprensión de nuestro caso de estudio, sobre todo en lo que refiere al capítulo 4, donde damos cuenta de las tomas de decisiones en el FPDS en diálogo y tensión con la idea de horizontalidad.

Más adelante Delamata aportó al estudio de estas organizaciones al analizar las orientaciones de la acción en relación a las ‘cohortes’ de militantes observando la complejidad del vínculo entre militantes ‘nuevos’ y ‘viejos’ en un mismo movimiento (Delamata, 2005). Las tensiones y distensiones que se presentan entre los diversos ethos militantes del FPDS serán leídas también desde dicho marco. Para más abordajes de nuestra unidad empírica, contamos con la tesis de Maestría de Vázquez (2008) sobre el activismo de jóvenes miembros de un Movimiento de Trabajadores Desocupados que pertenece al FPDS. Dicho trabajo será una referencia central para nuestro abordaje siendo que permite, entre otras cosas, comprender los procesos de socialización política de los integrantes jóvenes del Frente, a la vez que rescata la importancia del vínculo comunitario en las actividades de base de los movimientos territoriales enmarcados en nuestra unidad de estudio.

En la actualidad, creemos que seguir adscribiendo a uno u otro paradigma en forma escindida, limita la capacidad analítica necesaria para abordar un objeto de estudio tan complejo como los Movimientos Sociales. Por ello, intentaremos partir de un marco teórico que articule estas corrientes que, en muchos aspectos parecen antagónicas.

En los últimos años, el paradigma del actor racional y el de la identidad, han tendido a unificar algunos criterios conceptuales y esquemas de interpretación para la comprensión de la acción colectiva y de los movimientos sociales (Wahren, 2009b). En este sentido, Gerardo Munck plantea que “sólo a través de una síntesis de los elementos discutidos en ambas escuelas es posible avanzar en el análisis de todas las dimensiones clave de los movimientos sociales” (Munck, 1995: 17).

Siguiendo a Pedro Ibarra (2000), en la actualidad no se trata de redefinir aisladamente la esfera estructural-económica ni la cultural-simbólica, sino que el desafío metodológico consiste en consolidar un esquema metodológico integral que pueda interrelacionar ambos contextos: la estructura de oportunidades políticas, las motivaciones materiales, y los procesos de subjetivación culturales y simbólicos.

Por ello, partiremos desde un enfoque teórico que si bien abreva en las perspectivas identitarias para comprender las acciones, discursos y motivaciones de los militantes entrevistados, reconoce su asiento en la ‘epistemología crítica desde el sur’ que contempla las particularidades de América Latina a la vez que los saberes que se construyen desde abajo. Nuestro enfoque, a la vez, incluye y retoma herramientas conceptuales tales como el análisis de los repertorios de acciones y la atención a la influencia del contexto institucional, provenientes de la escuela del Actor Racional.

Consideramos que desde los desarrollos teóricos del paradigma de la identidad, combinados con los conceptos fértiles de la escuela de la movilización política, y desde los criterios e ideas-fuerza que promueven los actuales desarrollos desde América Latina, podremos abordar de mejor manera las formas organizativas y las subjetividades políticas que presentan los movimientos sociales actuales.

Acerca del estudio de las generacionespolíticas

El pasado muere y renace en cada generación

José Carlos Mariátegui

Al igual que con el abordaje de los movimientos sociales, la aplicación, uso y conceptualización del concepto de ‘generaciones’ en la teoría sociológica ha sido objeto de múltiples polémicas. El primero uso de las generaciones definía las mismas a partir de los grupos etarios; en tal sentido se enmarcan los aportes clásicos de Wilhelm Dilthey. Según Donati, Dilthey “define la generación como una entidad constituida por un conjunto de individuos que han vivido en el mismo momento una experiencia histórica determinante e irrepetible, obteniendo de ella la propia orientación moral y el sentido de compartir un destino común” (Donati, 1999: 2). Más allá de recalcar el sentido compartido, el acento en la perspectiva de Dilthey estaba puesto en la contemporaneidad cronológica. Según Martin, lo que sugiere Dilthey es que una generación se define sustancialmente “por el hecho de que es un conjunto de personas que cohabitan en un tiempo en común, en el cual comparten un ethos y les identifica gracias a una condición de convergencia social, por lo mismo, ello los conduce a sentirse próximos en una multiplicidad de facetas de la existencia” (Martin, 2008: 102). De esta forma encontramos una primera relación entre ‘generación’ y ethos, la cual abona a nuestro abordaje del FPDS.

En función de disminuir el sobrepeso que Dilthey le otorga a la contemporaneidad cronológica en la constitución de una generación, sobrevienen los aportes de Mannheim quien sostiene que una generación no se constituye solamente por la contemporaneidad cronológica:  

es fácil demostrar que la contemporaneidad cronológica no basta para constituir situaciones de generación análogas. (..) No se puede hablar de una situación de generación idéntica más que en la medida en que los que entren simultáneamente en la vida participen potencialmente en acontecimientos y experiencias que crean lazos (Mannheim, 1990: 52).

En El problema de las generaciones, su célebre artículo de finales de la década del ‘20, Karl Mannheim, indaga la cuestión de la generación en clave marxista, tendiendo puentes entre la pertenencia a la clase social y la adscripción generacional. Beck señala que el acento de Mannheim está puesto en “la importancia de los acontecimientos históricos traumáticos en la creación de una conciencia generacional” (Beck, 2008: 20). El enfoque generacional de este autor, asigna vital importancia a los procesos culturales y sociales, (entendidos además como procesos dinámicos e incluso contradictorios) en la pertenencia ora a una clase ora a una generación. Dicha perspectiva aporta al acervo de conocimiento acumulado para la teoría social, habilitando un marco conceptual que creemos adecuado para analizar las prácticas generacionales de nuestra unidad de estudio. En tal sentido, una generación se convierte en “generación efectiva” para Mannheim, en tanto experiencia común de ciertas dinámicas sociales (Mannheim, 1990:41).

Otro aporte fundamental para la utilización de las generaciones en la teoría social ha provenido de parte de Pierre Bourdieu, quien acuerda en que no alcanza la coincidencia cronológica para la confección de una generación, señalando la importancia de construir la ‘generación’ en relación al campo en el que se inscribe dicho grupo social: “únicamente los cambios estructurales que afectan a ese campo poseen el poder de determinar la producción de generaciones diferentes” (Bourdieu, 1988: 465-6). En la misma línea, Mauger reconoce dos formas de analizar las generaciones, una definición estrecha que reenvía a la definición replanteada por Bourdieu, donde la generación se define según un campo precisamente definido del espacio social, y otra definición ‘amplia’ donde

la extensión de una generación en el espacio social puede variar (…) de la entrada en el mismo momento en una misma profesión (que supone un mismo ‘modo de generación’) a la simple participación en un mismo ‘acontecimiento-fundador’ (como una guerra o una crisis política: la guerra de Argelia o Mayo 68), de la confrontación a una misma situación (la crisis del mercado de empleo, por ejemplo) (Mauger, 1990:11; citado por Martín Criado, 2002).

En lo que refiere al estudio de los movimientos sociales contemporáneos desde una perspectiva generacional, y ligado a nuestro campo de estudio, Zibechi (2004) realizó un análisis de las subjetividades políticas de los movimientos sociales contemporáneos en el país, analizando las generaciones jóvenes de militantes durante fines de los años ‘90. Allí identifica viejas y nuevas generaciones trazando puentes de continuidad y marcas de ruptura, especialmente en lo que refiere al rol de las emociones y las vivencias personales en los nuevos movimientos sociales, especialmente en los movimientos de Derechos Humanos como la Asociación Madres de Plaza de Mayo y la Asociación H.I.J.O.S. Por su parte Svampa (2000) realizó un análisis de la desestructuración del mundo del trabajo acaecido en estas latitudes en función del auge neoliberal que flexibilizó la estructura de empleo en el país, a partir del análisis comparativo de las representaciones acerca del trabajo en tres generaciones de trabajadores metalúrgicos.

A pesar entonces que el estudio ‘generacional’ de los movimientos sociales ha cobrado fuerza en los últimos años, recientemente algunos autores han criticado el uso de las generaciones para el análisis de la sociedad, sosteniendo que las mismas son construcciones ficticias que, en tiempos de desafiliación social y de modernidad tardía, con su consiguiente relativización de los valores, no aportarían a clarificar el análisis. Dicha crítica sostiene que la separación en generaciones no constituiría una tipología pertinente, siendo que en la actualidad los rasgos generacionales no son tan claros como para agrupar sujetos en generaciones que los distingan de otras generaciones.

En tal sentido el uso de las generaciones tal como se viene pensando desde las Ciencias Sociales estaría agotado: “no habría que pensar, hoy, hasta qué punto la productividad de esta idea de generación, que alguna vez quiso decir algo –o mucho- en los lenguajes políticos argentinos, debía su eficacia a cierta filosofía de la historia que hoy nos ha abandonado?” (Rinesi, 2010: 8). Desde una perspectiva crítica con los antecedentes acerca del uso de las generaciones, también el mencionado Donati planteó que “las generaciones, así como las ha pensado, representado y vivido la tradición moderna, han desaparecido. Los jóvenes, particularmente sensibles a este tema, sienten ser una no-generación, hablan de sentimientos que no los unen a alguna generación” (Donati, 1999: 1).

A pesar de ello, Donati no concluye de la misma forma de Rinesi, sugiriendo la invalidez del concepto o su aparente obsolescencia sino que, en cambio, propone construir las generaciones desde una lógica “relacional”, donde se consideren tanto la posición del sujeto en un contexto histórico como en relación a su familia nuclear (Donati, 1999: 10).

Nuestro estudio de la militancia a partir de las generaciones políticas

Una generación es un hecho colectivo;

no es la adición de individuos sino la multiplicación

de las preocupaciones singulares

en pactos de discusión

y cooperación comprometida

Omar Acha

En los apartados anteriores hemos puesto en consideración algunas dimensiones en clave ‘generacional’ que presenta la producción sociológica y varios de los cuestionamientos actuales a su aplicación. En nuestro caso sostenemos que si una generación se define en tanto su lugar dentro de cierto contexto socio político, que la hace compartir un ‘nosotros’ social, toda generación sería en términos generales política, o mejor dicho, se constituiría en función del escenario político. Tomando como partida las advertencias ya revisadas de Rinesi y las propuestas superadoras de Donati, nuestro estudio reconoce que la identidad colectiva de una generación se mantiene a lo largo del tiempo, dándole una relativa continuidad a los movimientos (Whittier, 1997). Desde allí es que nos propusimos analizar en clave articulada los procesos generacionales (es decir rupturas y continuidades en la identidad política de las generaciones) y los procesos organizacionales (los reposicionamiento políticos del movimiento). Para ello, retomamos la definición de Domínguez, para quien las generaciones son

el conjunto histórico – concreto de personas, próximas por la edad y socializadas en un determinado momento de la evolución de la sociedad, lo que condiciona una actividad social común en etapas claves de formación de la personalidad que da lugar a rasgos estructurales y subjetivos similares que la dotan de una fisonomía propia (Domínguez, 2005: 69).

En nuestro caso, partimos del supuesto que la expresión de dicha ‘actividad social’ en los movimientos actuales, se cristaliza en un tipo específico de generación que es la ‘generación política’ (Braungart y Braungart, 1986), concepto utilizado en el estudio específico de generaciones militantes o de activistas. La generación política, entonces, se constituye al momento en que los lazos identitarios se estrechan al interior de un grupo, subjetivando a un nosotros colectivo (Lewkowicz, 2003); es en dicho campo que entenderemos la conformación de las tres generaciones en nuestro análisis del FPDS.

Como vemos, en la teoría social acerca de la utilidad del uso de las generaciones como recorte sociológico, o bien como tipología para el análisis de lo social, ha sido permanente. En nuestro caso utilizaremos la conformación de generaciones como estrategia analítica, es decir entenderemos una generación no como constructo empírico inmutable y monolítico, sino como una construcción semántica con fines analíticos y pedagógicos, buscandoestablecer una tipología entre los sujetos investigados que componen la base empírica de nuestra investigación.

Como vimos en el anterior apartado, nuestro análisis reconoce la influencia de Whittier, siendo que también enfocaremos en el mutuo condicionamiento generación-movimiento-generación donde, sostenemos, la identidad política que contiene cada generación se expresa, síntesis política mediante, en la forma de construcción política del movimiento. A la vez, la dinámica colectiva del movimiento social va permeando las identidades de las distintas generaciones militantes que coexisten en el movimiento y, por consiguiente, transformándola.

En función de lo expuesto, entenderemos las generaciones como grupos que comparten la existencia social en términos de un colectivo de identidad que coexiste en un período temporal delimitado. Siguiendo a Melucci, una identidad colectiva es: “una definición interactiva y compartida, producida por varios individuos que interactúan y que hace referencia a las orientaciones de su acción, así como al ámbito de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar la acción” (Melucci, 1989: 34). Desde esta definición, hemos confeccionado tres generaciones militantes que, sostenemos, coexisten al interior del FPDS, entendiendo cada generación como grupo social con una identidad compartida cuya socialización política primaria fue coincidente en un tiempo y un espacio precisos. Reconociendo entonces la validez del concepto de ‘generación’ para dar cuenta de una identidad colectiva, daremos un paso más en la utilización del término “generación política” (Braungart y Braungart, 1986), al trabajar a partir de tres generaciones políticas.

Las tres generaciones políticas a partir de las cuales analizaremos al FPDS son: la generación “setentista”, aquella que contiene a los militantes socializados políticamente entre las décadas del ‘60 y ‘70; la generación político-partidaria que reenvía a la militancia que se activa durante las décadas del ‘80 y hasta mediados de los ‘90, y la generación del 2001, donde se inscriben los militantes iniciados en las luchas anti-institucionales que signaron el final de la década del ‘90 y que continuaron siendo hegemónicas hasta mediados de la primera década del siglo XXI. En el capítulo tres presentaremos una descripción detallada de la confección de cada una de las tres generaciones y de los ethos militantes hegemónicos en cada una de ellas.

Cabe destacar que estas generaciones, en el marco de este trabajo, deben pensarse más bien a la forma de ‘tipos ideales’ que presenta Weber (2008); es decir, sin esperar encontrar en nuestra base empírica un modelo puro que se vea representado acabadamente y sin fisuras, sino más bien como un recorte metodológico que nos permita abordar nuestra unidad de estudio en forma analítica.

El capital militante

Heredera en forma parcial de la concepción Bourdieuana de ‘capital simbólico’[1], hacia finales de los años ‘90 algunos estudios han abordado las formas en que se construyen las legitimidades, las referencias y los saberes al interior del mundo militante, a partir del concepto de ‘capital militante’. De esta forma, el capital militante se asumió como una dimensión del compromiso, a la vez que se diferenció del ‘capital político’, el cual estaría directamente asociado a un tipo de capital simbólico (Bourdieu, 1998) que resulta rígido a la hora de abordar trayectorias tan dinámicas como la de los militantes de movimientos sociales de la actualidad (Poupeau, 2007).

El capital militante refiere entonces a lo que esta “incorporado bajo la forma de técnicas, disposiciones para actuar, intervenir, o sencillamente obedecer [y que] abarca un conjunto de saberes y de saber hacer movilizables durante las acciones colectivas” (Matonti y Poupeau, 2004: 10). Este enfoque intenta evitar la “visión idealizada del militantismo, donde el compromiso es visto, a la vez, como total (casi natural) y explicado (solamente) por una forma de vocación” (Poupeau, 2007: 38).

Desde dicho enfoque, el estudio de los movimientos sociales a partir del análisis de los capitales militantes que se disputan y adquieren al interior de las organizaciones, acertó en considerar las habilidades y disposiciones para el análisis de trayectorias de referentes y dirigentes. Hacia finales de los ‘90 los capitales militantes que componían el movimiento de cesantes en Francia fueron estudiados por Dunezat (2006). En Bolivia, por su parte, a partir del novedoso proceso institucional abierto con la asunción de la presidencia por parte de Evo Morales en 2005, se ha estudiado la conversión del capital militante en referentes gremiales, campesinos e indígenas, analizando el proceso de transferencia de la arena sindical a la arena parlamentaria (Do Alto, 2008).

En lo que refiere a la producción local, y en una línea similar a la nuestra, se han estudiado las formas en que se consolidan las legitimidades militantes analizando las adquisiciones de capitales militantes en la generación de militantes de derechos humanos que militó en la Argentina entre los años ‘70 y principio de los años ‘80 (Vecchioli, 2009). Recientemente, Aiziczon ha estudiado los esplazamientos biográficos de militantes desocupados de finales de los ‘90 en la provincia de Neuquén. Enfocando dichas trayectorias en “términos de acumulación de un tipo de capital específico, un capital militante” (Aiziczon, 2011: 6), el autor trabajó los acontecimientos biográficos de los militantes como ‘inversiones a largo plazo’ en su vida militante.

En nuestro trabajo las formas de disputa y adquisición de capitales militantes serán leídas en forma diacrónica, al indagar en los mecanismos específicos que presentó cada una de las tres generaciones políticas para la consolidación de lo que se consideraba en cada época un ‘legítimo’ militante.

El ethos militante

Cualquier sociedad humana

establece un orden de significaciones,

de normas, de reglas y valores, en resumen,

funda un ethos que le da sentido

tanto a misma como a sus prácticas

Carlos Walter Porto Gonçalves

En la actualidad, el uso más difundido del término ethos está asociado al campo de la lingüística, más precisamente a los enfoques identitarios dentro del área de la retórica. Para Amossy la categoría de ethos “muestra la forma en que el sujeto que habla construye su identidad integrándose a un espacio estructurado que le asigna su lugar y su papel” (Amossy, 2010: 38). Este espacio, a su vez, estaría “estructurado por condicionamientos socio institucionales y por una configuración ideológica” (Bettendorf, 2011: 7). Tal es la vinculación entre ethos y contexto histórico, que algunos autores han analizado desde allí las identidades sociales en el marco de los cambios al interior del modo de acumulación capitalista. De tal forma, Garland (2005) al estudiar el pasaje del Estado benefactor (‘Walfare State’) al Estado neoliberal, sostiene que dicho pasaje estuvo acompañado de un cambio en la matriz social de un “ethos walfarista” a un “ethos individualista”.

En lo que refiere al uso del ethos en el campo de la teoría política, especialmente desde el marxismo latinoamericano, Bolívar Echeverría ha hecho un uso intensivo del término al analizar cuatro tipos diferentes de ethos que conviven en la modernidad capitalista: el ethos realista, el ethos romántico, el ethos clásico y el ethos barroco. Según Echeverría ese cuádruple ethos puede construir una estrategia de los sectores subalternos para sobreponerse a la enajenación capitalista actual. El autor clasifica cuatro modos diversos de comprender el mundo de la vida y de actuar en él, postulando finalmente el “ethos barroco” como propuesta de vida y de intervención en las sociedades tardo-capitalistas: “el ethos barroco, como los otros ethos modernos, consiste en una estrategia para hacer vivible algo que básicamente no lo es: la actualización capitalista de las posibilidades abiertas por la modernidad” (Echeverría, 2000:15).

Más ligado a nuestro campo de estudios, el término ethos ha sido utilizado por Reichmann y Fernández Buey (1994) al analizar las dinámicas de los electorados de Estados Unidos y Europa hacia la década del ‘60, en relación al surgimiento de nuevos movimientos sociales como el movimiento ecologista, el movimiento feminista, el movimiento por los derechos de los afroamericanos, etc. En ese marco, han cuestionado la supuesta existencia de un “ethos postmaterialista”, que algunos autores identifican al analizar los comportamientos de los integrantes de estos movimientos. Este desarrollo del ethos postmaterialista reenvía al campo de la identidad, donde se analiza la participación más allá de la posibilidad de obtener recursos, ligándolos a procesos de pertenencia e identidad que constituirían un ‘ethos’ propio de los participantes de esos movimientos.

En lo que respecta a su uso para los movimientos sociales de América Latina, Carlos Walter Porto Gonçalves, identifica el ethos “como conjunto de valores que conforman la identidad” (Porto Gonçalves, 2004: 51). En el mismo marco, y en relación directa con nuestro enfoque, Svampa (2007) conceptualizó un ‘nuevos ethos militante’ para América Latina, el cuál tiene estrecha ligazón con nuestro trabajo y es abordado en profundidad en el capítulo 2.

El ethos militante hace referencia entonces a una constelación de prácticas, perspectivas e ideologías que caracterizan un modo específico de práctica militante al interior de una generación. A partir de lo expuesto, hemos reservado un lugar preponderante para la categoría de ethos militante en nuestro trabajo.

Es en función de caracterizar las tendencias al interior de las generaciones que abrevamos de la categoría de “ethos militante”.En nuestro trabajo, el ethos militante fue el concepto que nos permitió caracterizar al modo hegemónico de experimentar la práctica militante dentro de cada generación. En tal sentido, “ethos militante” operó como una subcategoría en relación estrecha a la de “generación”, pudiendo coexistir al interior de una generación múltiples ethos, tal como lo aplica el ya citado Bolívar Echeverria (2000). De la misma forma, y como fue expuesto anteriormente, Mannheim, al problematizar la cuestión de las generaciones, también reconoce la posibilidad de encontrar unidades antagónicas al interior de una generación, que constituyen diversas ‘unidades de generación’. Además, Mannheim presenta una perspectiva del proceso histórico donde cada generación recoge la continuidad de la generación que lo precedió, presentando una ‘estratificación de experiencia’ importante para estudiar el diálogo y la yuxtaposición de ethos en el FPDS.

En este punto deseamos incluir una aclaración de orden conceptual y a la vez metodológica: es nuestra intención escapar de los análisis reduccionistas que homologan un tipo de práctica a una generación como si las generaciones, al igual que los proceso históricos en general, fueran bloques monolítico, sin matices en su interior.

En tal sentido no consideramos que todo el arco militante de una generación se englobe en un único ethos militante, por el contrario, sostenemos que pueden coexistir y de hecho han coexistido, múltiples ethos militantes al interior de una generación política. No obstante, definimos un “ethos” por cada generación, por ser el que consideramos “paradigmático” de la militancia en su conjunto para esa época. En tal sentido, hablar del “ethos setentista”, con las característica que le asignamos a dicho ethos, implica considerar que esa caracterización responde al modelo “hegemónico” de la militancia de izquierda entre los años ‘60 y ‘70 en el país, a la vez que supone que existieron formas alternativas de practicar la militancia en dicho período, con otras características. Esto mismo puede aplicarse para cada generación política delimitada

La estructura básica de lo que denominamos ethos militante para nuestra investigación está compuesta entonces por cuatro dimensiones definidas por nosotros. En primer lugar, una forma en la toma de decisiones; en segundo lugar un determinado perfil táctico; en tercer lugar una particular concepción de la producción y reproducción de los capitales militantes y, en cuarto lugar, una marcada orientación ideológica.

En primer lugar, una de las dimensiones de análisis clave en lo que refiere a la caracterización de los ethos militantes se observa en la tensión entre la prefiguración y el pragmatismo, al interior de la dimensión que hemos denominado orientación estratégica. En este sentido, varios autores acuerdan en destacar como uno de los rasgos básico de los nuevos movimientos las orientaciones estratégicas basadas en la política prefigurativa, que consiste en una práctica cotidiana anclada en valores igualitarios y democráticos, que buscan replicar en el presente el horizonte de sociedad que se pretende alcanzar, construyendo una relación estrecha entre medios y fines (Zibechi, 2000; Esteva, 2006). Con ello, partimos de un enfoque teórico que considera los modelos clásicos de militancia partidaria como más permeables a la práctica pragmática, donde se recrearía una relación asimétrica entre medios y fines; tal como lo sugiere Dussel (2003) en su estudio entre proyectos políticos y orden establecido, la constitución como sujetos políticos de los militantes partidarios aparece íntimamente ligada a la lógica institucional y pragmática de la política.

En segundo lugar, respecto del análisis de la toma de decisiones, indagaremos en las tensiones entre horizontalidad y verticalidad que aparecen en las diversas instancias de toma de decisiones que atraviesan al FPDS, las cuales reenvían a un complejo decisional construido a partir de diversas perspectivas respecto a la toma de decisiones, que van desde el verticalismo que caracterizó al ethos setentista, hasta el horizontalismo que pretendió instalar el ethos 2001.

En tercer lugar hemos analizado el perfil táctico a partir de la tensión existente entre un ethos pragmático y teleológico que reconocía una distancia pronunciada entre medios y fines y un perfil táctico prefigurativo de las prácticas cotidianas, que intentará sostener un estrecho margen entre los fines a alcanzar y los medios y los procesos para hacerlo. Para ello, hemos elegido el estudio sobre cómo es contemplada la disputa por la igualdad de género en nuestra base empírica.

En cuarto lugar, los ethos militantes y las generaciones políticas fueron analizadas a partir de cómo se construyen, reproducen y validan los capitales militantes de las diversas generaciones políticas. Esta dimensión nos permitió abordar un costado no siempre revisado en los estudios sobre militancia, que responde a cuáles eran las características ‘solicitadas’ a los militantes para que su desempeño sea considerado legítimo. Así, observaremos con esta dimensión la tensión existente entre un tipo de capital militante anclado en el sacrificio individual y la obediencia a la dirección, que responde a la lógica setentista, y otro que comienza a dejar lugar al deseo individual, y a la construcción de estructuras y legitimidades colectivas antes que las referencias personales.

Estructura del ethos militante

Doc1


  1. Para Bourdieu además del capital económico, las clases sociales al interior del capitalismo disputan diversos tipos de capitales simbólicos (culturales, escolares). Estos capitales son disposiciones necesarias para acceder a determinados consumos culturales, o para realizar exitosamente carreras escolares, profesionales, etc. (Bourdieu, 2005).


2 comentarios

  1. imaginasocio 09/08/2018 11:47 pm

    Hola

    Este documento me parece interesante pero ¿no tiene referencias bibliográficas?

  2. librolab 10/08/2018 2:16 am

    Hola,
    Sí, la bibliografía ocupa un capítulo aparte: https://www.teseopress.com/ethosmilitantes/back-matter/103-2/

    saludos!

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