El rol de los intelectuales
en la modernidad desarrollista
Se necesitan fuerzas ficticias.
Paul Valéry
Introducción
El rol de los intelectuales cercanos al gobierno fue decisivo en la toma de decisiones. Un mecanismo específico se fue desarrollando ya durante la campaña electoral y todavía más una vez en el gobierno, con distintos formatos en función de la agenda gubernamental, en un proceso en el que algunos grupos fueron variando su rol e importancia. Si bien estos grupos tenían agendas y características propias, se relacionaban mediante una red de mutua interacción que generó un tipo particular de toma de decisión, un mecanismo en el que la formación intelectual de esa generación de dirigentes y el capital simbólico fueron determinantes. Los asesores se organizaron en un sistema de círculos mutuamente influyentes, aunque no todos contaron con el mismo grado de influencia. No todos los asuntos fueron tratados por los mismos asesores, pero hubo una serie de temáticas que fueron comunes, tales como:
- La relación entre el gobierno y el peronismo.
- La agenda económica y el giro pragmático sobre la industria petrolera.
- La relación con los EE. UU. y la presión por un alineamiento más sólido, en medio de la crisis hemisférica y ante la estrategia autonómica del Palacio San Martín.
- Una agenda diversa de asuntos públicos debatidos por primera vez (la enseñanza universitaria privada, la eficiencia de los ferrocarriles, la privatización de empresas estatales, entre otros asuntos) que podríamos denominar agenda de la modernidad.
Para determinar el rol de los intelectuales en la administración Frondizi, se debe analizar el valor de los debates instalados por el gobierno desarrollista.
Como fuera mencionado en el capítulo 2, el desarrollismo inició una agenda gubernamental muy activa, no sólo por la velocidad de las reformas propuestas sino también por su intención de enfrentar temáticas consideradas sagradas, tanto en la política como en la economía. Ese coraje cívico se desplegaba sobre un frágil equilibrio: el intento de superación del mutuo bloqueo entre el país peronista y el antiperonista. Frondizi, lejos de manejarse con la cautela propia de caminar sobre el delgado hielo que le proveía la reciente recuperación institucional del país, amenazada por la tradición pretoriana de las FF. AA., lanzó un programa destinado a sintetizar ambos países, como si eso hubiera sido de algún modo posible.
A tal efecto, se requerían logros concretos en medio de una fuerte devastación económica, así como contar con una narrativa que explicara el rumbo mientras desafiaba temáticas tabúes. El gobierno se lanzó a construir lo que Ricardo Piglia (2016) denomina “la construcción de una creencia social, de un registro ficcional y de un campo de narración social”.
Esta narrativa gubernamental logró identificar los anclajes culturales que promovían el atraso (el eco del modelo de la república agraria, la intolerancia del pretorianismo faccioso, el populismo irresponsable del peronismo, las marcas del subdesarrollo económico y las desventajas comerciales de la periferia) bajo el concepto del orden (político y económico) conservador. Frondizi le opuso a ese tic perpetuador nudos narrativos de nuevo cuño: la modernidad industrial, la vocación del desarrollo, la reconstrucción social, la modernización de la infraestructura, la apertura al mundo y el dominio legalista del ejercicio de representación política. El epígrafe de este capítulo cita un texto de Paul Valéry, Política del espíritu, cuyo párrafo completo asevera: “La era del orden es el imperio de la ficción. Ningún poder es capaz de sostenerse con la sola opresión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias”. La frase de Valéry –afirma Ricardo Piglia (2016)– apunta a definir la relación entre la ficción y el Estado, ya que uno de los niveles fundamentales de la relación social es la narración política.
Tanto los presupuestos de la política exterior como el ejercicio de su implementación muestran una particular forma de vinculación entre los asesores presidenciales. Dicha vinculación tenía como hilo conductor su capital simbólico, el reconocimiento entre pares de cierto valor intrínseco como personas valoradas en un círculo social determinado. Si en algunos casos los asesores de Frondizi eran reconocidos por su contribución intelectual, en otros lo eran por su condición de empresarios, especialmente al tratarse de emprendedores. Estos atributos otorgaban un prestigio que les permitía interactuar dentro y fuera del círculo de asesores desarrollistas, siendo funcionales al proceso de toma de decisiones. El capital simbólico del que eran portadores estos asesores no era, al decir de Pierre Bourdieu, un tipo más de capital, sino un modo particular de capital con rasgos relacionales que tiene un valor específico dentro de un habitus determinado, que vincula agentes sociales que disponen de determinadas categorías de percepción/valoración de estos atributos (Fernández, 2012).
La prolongada inmersión en el campo de lo público (en la militancia política, en los círculos académicos y en la vida empresarial) proveyó a los detentores de dicho atributo de un reconocimiento específico, cuyo rol fue instrumental para desplegar una diplomacia pragmática y de múltiples apoyos. Los asesores presidenciales conformaron un circuito de influencias sobre el centro neurálgico de toma de decisión, en un proceso multiforme, con agentes sociales que, insertos en un campo específico de trabajo, formaron parte de un dispositivo especialmente estructurado para adoptar posiciones en asuntos relevantes de política exterior. Los asesores del desarrollismo tenían en mente un abanico de asuntos de crítica importancia, incluyendo procesos tan heterogéneos como la evolución de los precios internacionales de las commodities o las negociaciones sobre el desarme en plena Guerra Fría. La interpretación general era consciente del rápido proceso de transformación del escenario internacional, en una época de fuerte transformación tecnológica y de procesos históricos cuyo devenir no podía preverse.
Aunque la idea de un alivio en la tensión hegemónica resultó errada, la noción de enfrentarse a un mundo en transformación rigió durante todo el gobierno. Como afirma Paradiso, todo era nuevo en el planeta:
La revolución científico-tecnológica, el fin de la Guerra Fría y el fenómeno de la reciente descolonización eran los nuevos ejes de los conflictos mundiales. El conflicto Este-Oeste daba paso a un nuevo enfoque de las relaciones Norte-Sur, el cual iniciaría una etapa cooperativa entre las superpotencias y de éstas con los países periféricos.[1]
El desarrollismo: una apuesta moderna
El debate sobre la modernidad, la modernización y el modernismo, así como su impacto en los asuntos públicos, es relevante para este trabajo. La modernidad contemporánea fue dinamizada por fenómenos como los descubrimientos científicos, las alteraciones demográficas y la expansión capitalista mundial, que tuvieron profundas consecuencias: nuevas concepciones del mundo, crecimiento urbano, aceleración de los procesos políticos. La fase de la modernidad propia del siglo XX se corresponde a la expansión mundial del proceso de modernización y la cultura del modernismo.[2] Al mismo tiempo, se produce una infinita fragmentación de la opinión pública y el abandono de las narrativas tradicionales. Esto generará una crítica a la modernidad denominada modernismo. La denuncia más radical de los valores de la modernidad provendrá de sus propias filas. Los grandes modernistas del siglo XIX (Marx, Kierkegaard, Baudelaire, Dostoyevski) serán entusiastas y críticos feroces de la vida moderna. El modernismo tendrá una mirada no conformista con los rasgos predominantes de la modernidad, que dará cuenta del impacto de los grandes procesos de cambios (tecnológicos, sociales) en el hombre. El contraste con la tradición es inherente a la modernidad, dado que fuertemente entrelazada con ella se encuentra la capacidad de reflexión en términos racionales y como práctica propia de los intelectuales (Giddens, 1995: 14).
En la vida moderna las prácticas sociales tradicionales serán permanentemente reexaminadas, lo que se observó con claridad durante el gobierno de Frondizi, ya que toda la agenda pública experimentó una profunda reflexión conceptual y práctica. Esta combinación entre reflexión y acción fue particularmente visible en el ámbito de algunas ciencias sociales, como la economía: conceptos tales como capital, inversión, mercado e industria fueron revisados y atravesados por el proyecto político moderno del desarrollismo. El gobierno frondicista tuvo una marcada impronta racionalista, en línea con el dato axiomático de la modernidad, como intento abarcador de racionalización del mundo; un proceso que se dará a partir de la objetivación y autonomización de los saberes, con miradas que no responderán a dogmas ni a autoridades tradicionales y que tendrán que justificar sus aseveraciones en la propia esfera de conocimiento, en las mismas áreas en que se produce la reflexión.
La modernidad se expresará así en tres grandes áreas de producción intelectual: la esfera cognitiva (el reino de la ciencia), la esfera normativa (el ámbito de la ética) y la esfera expresiva (el arte y la estética). Este intento de racionalización de la historia, que objetiviza e interpreta el derrotero de la humanidad desde la Razón, implica una visión esperanzada, en tanto cree en las posibilidades de la Razón para ordenar la Historia y le otorga un sentido.
Durante el desarrollismo pudo observarse, tanto en los discursos como en las prácticas gubernamentales, un sentido evolutivo, optimista, con esperanza en el proyecto nacional y creyente, como buen paradigma moderno, en el progreso indefinido. La idea de progreso indefinido no es homogénea. Brunner contextualiza esta interpretación al afirmar que “existe una narrativa estándar sobre el origen y despliegue de la modernidad, cuyo foco explicativo se encuentra –siguiendo a Max Weber– en el proceso cada vez más intenso de racionalización del mundo”.
A su turno, y como reacción a lo anterior, varias vertientes críticas de la modernidad giran también en torno a la problemática de la racionalización, separación entre racionalización y subjetivación (Touraine), contraposición entre racionalidad formal y sustantiva (Habermas), en tanto que el posmodernismo emprende directamente la desconstrucción de la racionalidad moderna (Lyotard).
Otro elemento propio de la modernidad, particularmente presente en la segunda mitad del siglo XX, es la creación de una nueva subjetividad, ya que con la aparición de diferentes modos de socialización surge un nuevo sujeto que hace distintos intercambios simbólicos con el mundo. Ese proceso resulta clave para comprender al desarrollismo. Una subjetividad que puede aparecer fragmentada, fugaz, inestable, frente al antiguo sujeto que sólo cumplía el plan divino, un sujeto que experimenta el tiempo y el espacio con la velocidad y el impacto tecnológico que no estaba presente en la vida premoderna, ya que “en situaciones de premodernidad, la tradición tiene una función clave en la articulación de la acción y los marcos ontológicos” (Giddens, 1995: 67). Un aspecto clave en la constitución de la subjetividad moderna es su conformación en torno al medio urbano: se abandona la condición bucólica de la vida rural, las relaciones humanas estables propias del modo de producción campesina, la vida apacible del entorno campestre. La vida tiene lugar en un nuevo y creciente escenario: la ciudad. Esta subjetividad se constituye, entonces, básicamente en subjetividad urbana, con la masificación propia de las grandes concentraciones, el impacto de la vida comunitaria en las costumbres y la moral, y el consecuente rechazo antimoderno de la ciudad como foco de perdición alejada de las sanas tradiciones rurales.
En ese marco de transformaciones propio de la segunda mitad del siglo XX, tiene lugar el gobierno desarrollista. La Argentina experimentaba su propio debate entre modernidad y conservadurismo, un debate que, en el caso argentino, estuvo rodeado por dos ejes fundamentales:
- la relación entre intelectuales y pueblo;
- el debate político-cultural sobre el posperonismo.
Sobre el primer asunto (las disputas acerca de las relaciones entre los intelectuales y el pueblo), Altamirano explica el rol de la ensayística y la historia revisionista para desafiar el pasado y el presente de la Argentina liberal:
El divorcio entre las élites culturales y el pueblo fue, durante buena parte de este siglo, uno de los temas del debate intelectual argentino. Al hombre de letras y al hombre de ideas se les haría ese cargo –estar separado de su pueblo– y en esa desconexión se identificará uno de los males del país.
Altamirano cita al ensayista Ramón Doll como iniciador de ese desafío, siempre en clave de traición: “la historia de la inteligencia argentina es una historia de deserciones, de evasiones. Jamás, en país alguno, las clases cultas, viven y han vivido en un divorcio igual con la sensibilidad popular”.
En cuanto a la relación de la Argentina posperonista y la modernización desarrollista, como fuera adelantado en los capítulos 1 y 2, el objetivo político y económico de Frondizi y Frigerio era doble: la integración del peronismo en el sistema político argentino y la superación de su agenda a través de un intenso programa de modernización de la economía y la sociedad argentinas. Ese proyecto político fue claramente formulado antes de la asunción del gobierno, aunque experimentó adaptaciones en su implementación, producto de la presión de los militares. El salto de modernización requería el abandono de ciertos tabúes propios de la cultura política argentina, entre los que se destacaba el rechazo al uso del capital extranjero. La readaptación de la economía argentina y el ingreso del capital extranjero ya había constituido un tema de debate entre las posturas nacionalistas tradicionales (con un rol estelar de Arturo Frondizi, quien publicara su libro Política y petróleo) durante el segundo gobierno peronista.
Ese debate prosiguió durante la administración Frondizi, ya que la herencia económica legada por la Revolución Libertadora obligó al desarrollismo a desplegar un programa intensivo de gobierno con base en ideas renovadoras provistas por su círculo de intelectuales.
Al problema de la relación amigable con el peronismo, que generara rechazo en buena parte de la dirigencia política argentina (particularmente en la UCRP), se sumó aquel otro que la bibliografía política y la historiografía califican como el cambio del programa, proceso que Frigerio denominara giro programático, abandonando el nacionalismo económico de la Declaración de Avellaneda, conformado por las ideas clásicas de la UCR en la materia. El ambicioso proyecto desarrollista tenía como objetivo no sólo un crecimiento industrial acelerado, sino el uso intensivo de inversiones extrajeras en ámbitos sagrados para la iconografía nacionalista (los hidrocarburos): “una apuesta sumamente arriesgada porque desafiaba valores muy arraigados en la cultura política de los sectores medios y populares” (Spinelli, 2017).
A este audaz programa se le sumaba una estrategia diplomática que apuntaba a una reinserción plena en el mercado internacional y un alineamiento en el bloque occidental con una diplomacia pragmática y heterodoxa, en el marco de la Guerra Fría. La velocidad y profundidad de los cambios “generaron rechazos muy marcados, tanto entre sus críticos, como en buena parte de los intelectuales y militantes de izquierda que habían trabajado políticamente para la UCRI” (Spinelli, 2017). En definitiva, los ejes centrales del discurso desarrollista evidenciaban más que un intento de renovación política o de reestructuración económica: el objetivo era generar una verdadera modernización cultural de la Argentina. Esa modernización cultural tenía en su núcleo un proyecto de reforma integral de la estructura económica y social en clave capitalista cuyas innovaciones fueron impugnadas por un consenso político y social opositor que superó antinomias de izquierda y de derecha, que se concentró en enfrentar tanto la agenda concreta como la narrativa política frondicista, enfocada simultáneamente en una renovación de la cultura política local.
Aunque parte del programa logró implementarse, “resultó política y moralmente impugnado por el extendido sentimiento nacionalista que atravesó a partidos y grupos de opinión, a derecha e izquierda del espectro ideológico”.
Mujeres modernas
Otro de los ejes en los que puede percibirse la apuesta moderna del desarrollismo es en su temprano interés en (lo que hoy denominaríamos) el cruce entre la agenda gubernamental y el enfoque de género. Antes del arribo de la UCRI al poder, las propuestas de la intransigencia radical con un foco en el rol de las mujeres en la vida política nacional se habían plasmado en distintos documentos partidarios, así como en los círculos intelectuales convocados alrededor del Centro de Estudios Nacionales (CEN) y la revista Qué. El CEN dedicó una sección completa a la condición femenina, conducida por Blanca Stábile, mientras que la revista Qué comenzó a publicar una serie de columnas con la temática. En las investigaciones, los debates políticos y los artículos periodísticos, la cuestión es abordada en relación con la modernidad pendiente:
Aparece la noción de moderno/a como adjetivación: “sociedad moderna”, “vida moderna”, “Estado moderno”, “mundo moderno”, “partido moderno”, “modernas escuelas profesionales” y la noción “mujer” adjetivada como “moderna”, tan claramente asociada por las investigaciones de corte cultural sobre el período, no se constata en esta fuente donde apenas hay un par de menciones (Gorza, 2018).
En la febril actividad partidaria previa a las elecciones presidenciales, el radicalismo intransigente invocó la cuestión femenina en función de su eje principal: el desarrollo, transitando debates en torno a la participación, la vida pública y la capacitación de ciudadanas, a partir de nociones divulgadas por los organismos internacionales, atravesados por las nuevas narrativas de los años 50.
En esta renovación conceptual, incorporando al debate local vocabulario propio de la evolución conceptual multilateral, se asoció la construcción de la nueva Argentina con la modernidad, bajo el requisito de la incorporación de la mujer en esa tarea:
Existía una sociedad con cierto grado de modernización, pero no lo suficientemente acabada al no incorporarse las voces femeninas; un Estado moderno, pero no completamente tal si las mujeres no eran centro de sus preocupaciones; un partido no lo suficientemente moderno si no se consignaba la presencia plena e igualitaria de las mujeres. Vale decir, la modernidad era concebida como parte de un proceso de modernización inacabado y sólo se lograría plenamente cuando se diera la incorporación de las mujeres aún ausentes o presentes en cupos limitados (Gorza, 2018).[3]

Fuente: revista Qué, 1962.
En el número publicado el 23/12/64 con ocasión de homenajes a la lucha partidaria, la revista Qué destaca los discursos de Margarita Barreto de Piragine Niveiro y Emilia Menotti, que resaltan la lucha cívica de Marisa Muñoz de Liceaga afirmando que “su obra y su pensamiento constituyen la base para la futura acción de la mujer”. Simultáneamente, los modelos femeninos impulsados por dicha revista abandonan la tradición patriarcal por mujeres con nuevos roles: mujeres protagonistas de la vida pública, con formación universitaria y desarrollos profesionales. También hubo un foco en los desbalances regionales, que abordó las diferencias entre las mujeres en las provincias y en las grandes capitales, entre el mundo femenino rural y el urbano, así como las diferencias entre niveles educativos. La revista Qué aumentó su interés en la problemática femenina con el aumento de la participación popular a través de la sección de cartas de la lectora, la que comenzó a publicarse junto a una nota sobre “las problemáticas socioeconómicas de las mujeres en la que por medio de información censal y observaciones directas, entrevistas y otras estrategias, se describía una situación y se alentaba a cambios modernizadores que permitieran el mejoramiento social en su conjunto” (Valobra, 2014).[4]
Con el arribo de Frondizi al poder comenzaron los intentos de desarrollar estructuras burocráticas con funciones específicas para aumentar la participación política femenina, lo que dio paso a la institucionalización estatal al crearse la Dirección Nacional de Seguridad y Previsión Social de la Mujer (dirigida por Blanca Stábile, con Mabel Baldasarre a cargo de la sección internacional), al tiempo que se coordinó con la Organización de Naciones Unidas (ONU) la primera reunión de la Comisión Social y Económica en Buenos Aires (marzo, 1960). En 1960 este enfoque adoptó visibilidad internacional, al designarse a Blanca Stábile como representante ante la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU, quedando Marcela Gatica a cargo de la Dirección Nacional. A fines de 1960 se logró otro hito: el Seminario Nacional de Participación de la Mujer en la Vida Pública.
Frondizi inauguró el evento con un discurso mixto, en el que sobrevivían nociones tradicionales (el papel de la mujer en el hogar) pero invocaba nuevos roles en la esfera pública: “Confieso tener la esperanza de que la mujer se haga presente con energía en los asuntos que hacen a la conducción del Estado, a los de carácter gremial y a los culturales” (Valobra, 2013: 10).
Una diplomacia moderna
La renovación cultural del proyecto modernizador tenía otro eje: la implementación de una diplomacia heterodoxa. Como fuera destacado, la política exterior fue la agenda gubernamental que logró mayor grado de obstrucción por parte de un variado número de factores de poder, con eje central en las FF. AA., por motivos de seguridad, pero sobre todo por involucrar temáticas tan intangibles como sustantivas, relacionadas con el “ser nacional”, la cultura patriótica y los valores argentinos tradicionales. La idea desarrollista de modernizar la sociedad argentina desde el Estado fue una apuesta radical, que se enfrentó a un tradicionalismo de origen heterogéneo pero de accionar homogéneo. Se afirma que el freno a la modernización no estaba sólo localizado en políticas estatales, sino en el impacto que generarían estos programas modernizadores sobre el país, dados los “fuertes rasgos tradicionalistas” de una sociedad que durante el gobierno de Frondizi “experimentó una compleja y crucial relación triangular entre modernismo, radicalismo y tradicionalismo que marcó las vinculaciones entre los campos intelectual y político” (Terán, 2008: 77). En esa interpretación, la tarea modernizadora de la cultura política argentina impulsada por el programa desarrollista experimentó bloqueos de sus propósitos reformistas por tres causales fundamentales:
- Un freno inveterado por haberse planteado objetivos que sobredimensionaban su capacidad de realización, verificando una vez más el aserto de Gino Germani, según quien la Argentina era un país más modernista que moderno.
- Un bloqueo del país tradicionalista, cuyo epítome posterior fue el control del país por parte del onganiato, con una política cultural ranciamente derechista y de nacionalismo faccioso.
- La opción por prácticas transformadoras radicales que resultaron más atractivas para la juventud politizada, frente a las estrategias modernizadoras graduales.
Los intentos de modernización cultural desarrollista tuvieron simultaneidad con el impacto de la teoría cepaliana del desarrollo con el posterior pasaje a la teoría de la dependencia y sus diversas conexiones con el marxismo. Por fuera de sus particularidades, estas innovaciones coincidían en oponerse a las tesis modernizadoras por etapas de Rostow y sostenían la noción general de que esta etapa del capitalismo presentaba una heterogeneidad estructural que permitía estrategias de desarrollo alternativas desde la periferia, apoyadas en una política de industrialización sustitutiva de importaciones con un fuerte protagonismo planificador e intervencionista del Estado: “Nacía de tal modo el ‘desarrollismo’, cuya influencia iba a resultar enorme en esos años en toda Latinoamérica, y que enarbolaba una ideología antifeudal, antioligárquica, reformista y tecnocrática” (Terán, 2008: 79). Esta estrategia de desarrollo alternativo periférico no sólo innovaba en materia conceptual, sino que el abandono de la teoría convencional de la modernización implicaba nuevos desafíos técnicos, así como impulsaba debates políticos sobre el actor protagónico: “El actor social de esa revolución ya no podía ser la burguesía nacional, sino una alianza de los sectores populares conducida por la clase obrera, una premisa que resultaba conectada con el archivo marxista en sus diversas variables” (Terán, 2008: 80). En esa tensión entre modernidad y tradición, el mandato de Frondizi atravesó dos operaciones simultáneas: la transformación del pensamiento presidencial y el surgimiento de una dinámica específica entre los asesores presidenciales. La oleada modernizadora impactó sobre muchos ámbitos, incluyendo el pensamiento y la práctica del catolicismo, un espacio de significancia para el gobierno desarrollista, cuyo líder fuera paradójicamente acusado de promover el laicismo positivista y el marxismo.
En la Argentina, como en el resto del mundo, comenzó un acercamiento entre los movimientos progresistas y la práctica religiosa que tuvo varias ramificaciones, incluyendo la visibilización de los curas obreros, la adopción de encíclicas con fuerte contenido social (Mater et Magistra y Pacem in Terris, de 1961 y 1963, durante el papado de Juan XXIII) y una valoración de la militancia católica de base que transformó el catolicismo preconciliar. Esa novedad tendrá relevancia para la política exterior argentina, dada la relación de varios cancilleres con el catolicismo y el impacto de esa mirada social en relación con el modelo económico y político. Se trata de la expansión de la influencia de Theilard de Chardin, “con su propuesta de reconciliación del cristianismo con teorías científicas como el evolucionismo y al mismo tiempo con una misión que también es de este mundo, al cual es preciso comprender y transformar” (Terán, 2008: 82).
Ideas
Para organizar su cuerpo de ideas en materia de economía y de política, el desarrollismo abrevó en una serie de dispositivos ideológicos y tuvo en varios intelectuales una fuente de recursos discursivos que permitió diagnosticar la debacle argentina y latinoamericana, así como otorgarle sentido al programa desarrollista, por fuera de los paradigmas convencionales. Esta mirada heterodoxa, aportada por intelectuales cercanos al gobierno, hizo posible que algunos paradigmas económicos no convencionales se insertaran de manera articulada en el proceso de toma de decisiones, a partir de un mecanismo de redes intelectuales. Estos intelectuales combinaron varios marcos conceptuales: la vía eclesiástica del pensamiento socialcristiano precepalino, la mirada heterodoxa dependentista (Albert Hirschman, Walt Rostow, Gunnar Myrdal, Paul Baran y Raúl Prebisch) y la así denominada vía autóctona del núcleo desarrollista-frigerista (García Bossio, 2010).
Debe destacarse, asimismo, la relación entre la narrativa ideológica y el apoyo social del gobierno, ya que la conformación del ideario desarrollista estaba vinculada a la heterogeneidad de la coalición política que llevó a Frondizi al poder (burguesía nacional industrialista, clase media, estudiantes e intelectuales), que tenía distinta formación intelectual y diferentes intereses económico-políticos (Sikkink, 1991). Entre las fuentes conceptuales destaco particularmente el aporte teórico de Alejandro Bunge, fuerte opositor al librecambio, fiel a algunas premisas de la teoría clásica, a favor de la participación del capital extranjero y que proponía un rol relevante en la vida económica para el Estado. Esta versión del desarrollismo industrialista tuvo rasgos específicos durante los años 50 y 60. Su foco en la modernización de la economía se balanceaba con la necesidad de herramientas para la inclusión social, ya que a pesar del antiperonismo reinante, la coalición política triunfante en 1958 –alianza verdaderamente inusual, dada la historia política previa– era proclive a la recuperación de varias conquistas justicialistas (Sikkink, 1991). Un debate persiste en torno a la importancia en el pensamiento económico de Frondizi de los textos de Albert Hirschman. Una lectura sostiene que la incidencia del desbalance energético (denunciado por Raúl Prebisch en su informe al gobierno de 1956) convenció a Frondizi de adoptar la estrategia del desarrollo económico desequilibrado, que consiste, básicamente, en invertir el capital escaso en un sector de crítica importancia y que cuente con eslabonamientos con otras actividades (Fernández López, 2008). Así nació la “batalla del petróleo”, que tuvo como complemento la iniciación de una gran industria consumidora de petróleo, la automotriz, y una gran industria facilitadora de la circulación de automóviles: la construcción de carreteras.
Otra interpretación sostiene la singularidad del modelo teórico desarrollista, que combinó distintas tradiciones con creatividad y pragmatismo. Esa interpretación afirma, respecto de Hirschman, que tanto por motivos cronológicos como por inconsistencias teóricas ese ideario fue relativamente autóctono (Cerra, 2012). Esa hibridación teórica en la economía política tendría su correlato en la estrategia diplomática.
Como fuera mencionado, los rasgos autonómicos enfrentaban la presión de los EE. UU. durante la Guerra Fría en el tenso escenario de América Latina, que exigían una postura más alineada con la potencia hegemónica (Sikkink, 1991). Los asesores presidenciales –quienes, por su formación intelectual, eran portadores de una autopercepción de la Argentina proclive a rasgos autonómicos, incluyendo el legado yrigoyenista y peronista– planearon un programa de política exterior que combinaba enfoques tradicionales con un nuevo modelo de inserción internacional. De tal modo, la diplomacia era subsidiaria de la agenda económica pero, sobre todo, de la estrategia política. Para esos intelectuales se cumplía el dictum peronista de la primacía de la política sobre la economía (Feinmann, 2015).
Intelectuales
Si bien los intelectuales cercanos al poder durante el gobierno de Frondizi provenían de ámbitos muy diferentes, ciertas prácticas (particularmente la vocación de utilizar su formación intelectual para influir sobre los asuntos públicos) eran muy similares.
Esos asesores delinearon un habitus, ya que detentaban una particular posición en un sistema específico de relaciones sociales (el gobierno de Frondizi) en el que cierta experiencia personal y algunas prácticas sociales franqueaban el acceso a posiciones relevantes dentro de él. Los consejeros (intelectuales, empresarios, políticos, periodistas) eran, asimismo, portadores de un capital (cultural y social) apreciable en ese ámbito, que integraba un dispositivo político mediante un proceso de familiarización práctica, inconsciente. El habitus se postula así como una dimensión fundamental de la clase social de los sujetos: es la “clase incorporada”. La clase incorporada es el cuerpo, la clase social hecha cuerpo. A diferencia de la clase objetivada, que es la posición en el sistema de relaciones sociales según el volumen y el tipo de capital que se posee (económico, cultural, social o simbólico), el habitus es la experiencia y las prácticas sociales que se derivan de estas posiciones objetivas (Bourdieu, 1986).
Las personas que actuaron en el proceso de decisiones de la política exterior de Frondizi estuvieron sujetas a su tiempo, produciendo prácticas intelectuales y políticas en un contexto cultural determinado, rodeados de interpretaciones del mundo, del país y de sí mismos en ese escenario. El mecanismo compuesto por los asesores desarrollistas mostró bordes epocales, pero también evidenció los intentos de estos asesores por instalar una mirada que desafiara los límites convencionales. En el centro del mapa de intelectuales que intervenía en el proceso de toma de decisión estaban el propio Frondizi y Rogelio Frigerio.
Arturo Frondizi
Frondizi fue el único presidente argentino del siglo XX que podría ser considerado –por su formación académica, por su discurso político, por su capacidad analítica– un intelectual (Altamirano, 1998). Altamirano afirma que ningún otro hombre público argentino del siglo XX encarnó como Frondizi la imagen del político intelectual: “alto, delgado aunque no frágil, cabeza inteligente, anteojos de armazón gruesa, lenguaje de ideas, pensamiento sistemático” (1998: 4). Frondizi fue, para Altamirano, “el hombre de ideas como político”. Frondizi titubeó durante años entre su actividad académica y la vocación política y él mismo explicaría que en su vida “enfrentó la disyuntiva entre las dos inclinaciones de su espíritu y que sacrificó una, la del cultivo metódico del saber, a los imperativos de la otra, la acción política” (Pavón, 2012: 132).
Como abogado incursionó en la política argentina desde 1930 en la defensa de presos políticos, formando parte de organismos de DD. HH. y adoptando una posición intransigente frente a la dictadura de Agustín Justo. Las ideas económicas de Frondizi tenían vinculación con la producción teórica de la CEPAL en los años 50, pero el desarrollismo se diferenciaría claramente del enfoque cepaliano al recurrir al capital extranjero y al abrir la economía a las multinacionales (Cerra, 2019). Aun con vinculación con el dependentismo por fuera de la vocación industrialista y la matriz leninista de su enfoque, el desarrollismo argentino no es tributario de la corriente estructuralista (Cerra, 2019: 8 y ss.).
La matriz leninista del pensamiento de Frondizi se termina de moldear por el impacto de las ideas de Frigerio y su grupo de estudios, en el que convivían distintas versiones de la izquierda local, formada en la matriz de manuales soviéticos y publicaciones de la Editorial Claridad, dimensión presente en los escritos de intelectuales orgánicos al PCA, Partido Comunista Argentino (Héctor Agosti, Aníbal Ponce, Ernesto Giúdici y Rodolfo Puiggrós), quienes luego se enfrentarían a la línea ortodoxa del partido.
En los escritos de esa época, el uso de capital extranjero para dinamizar la industria local devino un tópico recurrente, citando discursos de Lenin defendiendo su uso en sentido nacional (Piemonte, 2013). En ese tema, de trascendental importancia, la relevancia del pensamiento de Rogelio Frigerio es tan decisiva que incluso opaca el rol de Arturo Frondizi en la redacción del credo desarrollista. Así, en “Las condiciones de la victoria” y en “El desarrollo argentino y la comunidad americana”, Frigerio afirmaba:
- El carácter científico en la formulación de la política económica como resultado de la elucidación de las leyes necesarias del desarrollo.
- La necesidad del capital extranjero para favorecer el desarrollo de la industria de base (petróleo, siderurgia, petroquímica).
- En relación con el punto anterior, la distinción entre capital extranjero que prolonga la dependencia y aquel que, por el contrario, permite superar el atraso.
La lista de tópicos enumerados por Cerra se completa con
d) La posibilidad de obtener los fondos necesarios por parte de los Estados Unidos como potencia hegemónica occidental, en el marco de su competencia con la Unión Soviética. e) El nacionalismo de fines frente al nacionalismo de medios como instrumento para conseguir la efectiva –y no declamada– liberación nacional. f) La existencia de una economía internacional atravesada por monopolios. La pequeña industria no puede convertirse en el motor del desarrollo. g) La necesidad de aumentar la producción del campo a través de la industrialización y la oposición a dividir la tierra mediante una reforma agraria. h) El impulso de la integración geográfica para combatir el gigantismo de la región pampeana. i) Los fenómenos monetarios y la inflación son el reflejo de la oferta de bienes y por lo tanto, de la producción. j) La participación del capital privado en la generación de riqueza. El Estado debe orientar las actividades económicas y limitar su participación sólo en sectores clave (Cerra, 2019: 12).
El paradigma económico inicial de Frondizi –sobre todo, el de Política y petróleo– tenía rasgos de marxismo básico, con un foco en la industrialización a lo Lenin. El marxismo frondicista original parece algo mecanicista, ya que tenía un énfasis marxista un poco automático, analizaba la sociedad como un mero sistema productivo que generaba una superestructura cultural, a partir de una forma de propiedad específica (Pavón, 2012; González, 2011). También podríamos decir que en esa etapa del desarrollismo –al combinar conceptos de Víctor Raúl Haya de la Torre y de cierto irredentismo latinoamericano propio de la década del 20– Frondizi tenía una visión algo lineal de la historia, basada en una especie de marxismo muy sumario, de cartilla, pero novedoso, considerando la marginalidad de esas ideas en la historia política argentina (González, 2011). Como fuera señalado, esa versión sencilla de marxismo se reforzaba por la formación de asesores que venían del leninismo y que citaban textualmente conceptos de Lenin en sus intervenciones (apostando al desarrollo industrial de la ex Unión Soviética).
Así, sin usar la dialéctica marxista-leninista, su lectura del peronismo y del pasado nacional evidencia todo un sistema de relectura de ese legado político, con intención superadora, en una suerte de dialéctica rústica, que buscaba superar la diatriba política local formando un gran frente nacional (González, 2011). La formación ideológica de Frondizi, de izquierda, impactó en la situación interna del partido, contra la vieja dirección “unionista” de la UCR, que sufría un desgaste (Jaitte, 2014).
El grupo de Amadeo Sabattini no logró generar el necesario recambio partidario y eso generó las condiciones para que un nuevo grupo interno (MIR) postulara a Frondizi como uno de sus referentes (el otro era Moisés Lebensohn), en medio de “una corriente que sostenía posiciones a gauche con tintes entre nacionalistas y antiimperialistas así como antiterratenientes, con un programa muy avanzado que se expresó en la renombrada Declaración de Avellaneda de 1945” (Jaitte, 2014).
Rogelio Frigerio
El encuentro con Rogelio Frigerio reformaría aspectos clave de ese paradigma. Frigerio, con una inclinación juvenil por el marxismo (había formado parte de Insurrexit, grupo universitario ligado al PCA,[5] sin llegar a ser un miembro orgánico), no había completado una carrera universitaria, aunque tenía una sólida formación en filosofía y economía, tras un breve paso por la facultad de Ciencias Exactas, y contaba con un estilo empresarial e innovador, lo que le daba a su perfil una combinación única de lecturas profundas de las herramientas teóricas junto a una experiencia práctica en los negocios y la economía (Morando, 2015). De hecho, tanto la alianza de clases que propone para dar el salto cualitativo del desarrollo como la visión de un país integrado en todas sus zonas, “son conceptos que Frigerio plantea para la Argentina muy probablemente inspirándose, como referente teórico, en las reflexiones de Gramsci para la realidad histórica italiana” (Ariza, 2018). La combinación de ambas lecturas generó una sinergia única en la política argentina (Luna, 1962), ya que para Frigerio, el encuentro con Frondizi significó tomar contacto con una fuerza política muy importante; mientras que a Frondizi lo conectó con un grupo que proveía “ideas, nociones, esquemas e, incluso, discursos para su acción política” (Luna, 1962).
El rol desempeñado por Frigerio como coautor del núcleo ideológico del desarrollismo fue tan significativo como el de Frondizi y, en más de un aspecto, aún más importante. Gracias a esa sinergia (Altamirano, 1998) y a la impronta frigerista, el proyecto original de Frondizi de continuar con la industrialización convencional basada en la sustitución de importaciones cambió sustancialmente y devino una estrategia integrada, innovadora y veloz, imposible sin el concurso del capital extranjero. Frondizi –que es acusado de haber asumido el poder gracias a un discurso nacionalista y de izquierda para luego traicionar su programa político, producto de su maquiavelismo o por la adversidad de la coyuntura– atravesó un verdadero proceso de hibridación ideológica (Altamirano, 2017), abrió un cauce político para la izquierda radical y el nacionalismo antiimperialista, combinando la visión que le otorga un rol sustancial al Estado con la necesidad de inversiones extranjeras e intentando combinar liberalismo político con intervencionismo estatal en la economía. Así, es Frigerio el doctrinario el que se pregunta sobre la cuestión nacional, el que propone una agenda de desarrollo moderna que contiene componentes marxistas (algo que se intentó ocultar, dado el obsesivo anticomunismo de la época).
Frigerio y Frondizi dividían sus roles, de modo tal que el presidente se dedicaría a la acción política y Frigerio a la elaboración programática, centrada en la idea de que los problemas argentinos eran de carácter económico, producto de la división internacional del trabajo impuesta en el siglo XIX por los intereses británicos: “Frigerio expresaba sus ideas por dos vías: los editoriales semanales de Qué, y los libros y folletos en los que insistía en el mismo tema” (Szusterman, 1998: 188 y 189). Las ideas básicas de Frigerio, así interpretadas, podrían resumirse de este modo:
- La exportación de mercancías agrícolas no era viable por el deterioro de los términos de intercambio.
- Debía procurarse una industrialización con base en la creación de una industria pesada que sería responsable a su vez de impulsar el crecimiento autosostenido.
- Era indispensable lograr infraestructura proveedora de energía: lo más urgente era la autosuficiencia en petróleo (a fin de eliminar su negativo impacto en la balanza comercial).
El concepto de desarrollo se convirtió en el sentido común de la época: se comienza a publicar la célebre revista Desarrollo económico (editada por José Luis Romero en la UBA), el presidente John Fitzgerald Kennedy habla de un programa para la cooperación al desarrollo en la Alianza para el progreso y la Iglesia católica enfatiza la relevancia del desarrollo en dos encíclicas (Mater et Magistra, 1962, y Pacem in Terris, 1963), el general Juan Carlos Onganía hablará en West Point, en 1964, de la relación entre desarrollo y seguridad, y un sociólogo aseverará mucho después que entonces todos éramos desarrollistas en alguna medida (Altamirano, 2007: 196). Estas miradas –con divergencias en torno al alcance del rol del Estado– apoyaban el involucramiento del poder público en un programa de industrialización estructuralmente integrada que modernizara la sociedad y redujera la vulnerabilidad respecto de los mercados internacionales (Altamirano, 1998: 79).
Otros intelectuales
Los intelectuales que formaban el círculo de asesores tenían en común aspectos exitosos de su vida personal y profesional. Aunque eran de ideología conservadora, aparecían en la política argentina como factores de renovación y modernización cultural. Tenían conexiones con los EE. UU. o con Europa. Habían desarrollado actividad académica y ejercieron acciones de lobby representando a sectores empresariales ante el gobierno. Dardo Cúneo fue militante del Partido Socialista, se alejó del PS por las fuertes disidencias ante la incomprensión socialista del fenómeno peronista (aunque Cúneo estuviera proscrito y encarcelado durante el gobierno de Juan Domingo Perón), y se incorporó al núcleo central de asesores de Frondizi en la campaña presidencial.
Sin perder su identificación con el socialismo, Cúneo se unió a un movimiento extrapartidario creado para impulsar la candidatura de Frondizi, proyecto al que se incorporó junto a otros militantes de la corriente Acción Socialista, expulsados del PS.
Dueño de una notable trayectoria periodística (que se inició muy joven al reportar el derrotero de la Guerra Civil Española) y política, fue un conocido escritor, periodista y dirigente político. Inspirándose en la Sociedad Fabiana, promovió la articulación del socialismo con el movimiento nacional y policlasista propuesto por Frondizi, y tuvo un rol central como vocero de gobierno, asesor en materia de política exterior y defensor de las posturas del gobierno desarrollista como representante permanente ante la OEA (Rapoport, 2015: 473).
Carlos Florit fue uno de los integrantes más significativos del núcleo de intelectuales que asesoró a Arturo Frondizi en política exterior. El nombramiento de Florit, aparentemente, se debió al rol incidental de Frigerio, quien se limitó a pedir a Frondizi que lo entrevistara en momentos en que definía su gabinete. Sorpresivamente, el presidente descartó al candidato natural (Luis María de Pablo Pardo, quien resultara nombrado consejero legal) por un intelectual de sólida formación académica, asumiendo Florit su inesperado cargo con sólo 29 años. Inicialmente ubicado junto al catolicismo del sacerdote Julio Meinvielle y otros seguidores de la renovación teológica de Jacques Maritain, era portador de un marcado nacionalismo antiliberal que rechazaba el laicismo de manera frontal. Florit –quien era jefe del Instituto de Filosofía de la UBA cuando conoció a Frondizi– se incorporó como protagonista de su grupo de redactores durante la campaña presidencial de 1957.
Previo a la incorporación al gabinete de Frondizi y posterior a la actividad académica en el extranjero, su reincorporación a la vida política argentina (en 1955, al regresar de Alemania, período en el que estuvo cerca de las ideas heideggerianas) fue a través de la docencia en la UBA, pero también a través de revistas vinculadas al nacionalismo católico (Presencia, Criterio, Azul y Blanco, Sol y Luna) en las que mantuvo contacto con dirigentes políticos y líderes religiosos de ese espacio. Frondizi nombró a Florit –quien no era miembro de la UCRI– para conformar un gabinete con colaboradores jóvenes y con nítido perfil conservador-nacionalista.
Dicho núcleo estaba integrado por Oscar Camilión –militante del Partido Conservador–, Arnaldo Musich –empresario de perfil conservador y buenas conexiones con Washington–, Cecilio Morales y Miguel Ángel Centeno –de fuerte contacto con la Iglesia católica–.
Todas las decisiones en materia de política exterior (Lanús, 1984; Míguez, 2001) se adoptaron en ese estrecho círculo de colaboradores, provistos de un nacionalismo de distinto cuño (Míguez, 2011).
Musich (abogado, periodista y empresario de fuerte conexión con la economía y política argentinas) no fue canciller pero tuvo un rol importante en la relación bilateral con Washington y su labor resultó instrumental en la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Miguel Ángel Cárcano (abogado cordobés de dilatada relación con el Reino Unido y que integró la misión que negoció el Pacto Roca-Runciman) tuvo un rol destacado en la Conferencia de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Punta del Este en enero de 1961, opuesto a la expulsión de Cuba del sistema interamericano. Adolfo Mugica (ingeniero y miembro del Partido Demócrata Nacional) tuvo un papel significativo en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA, impulsando una versión más industrialista de la ALPRO.
Camilión compara la formación intelectual del presidente y de su círculo de asesores. Afirma en sus memorias que Frondizi era un radical muy peculiar, pues su formación ideológica tenía un componente hegeliano significativo y era un discípulo de Benedetto Croce. Su familia tenía afinidad con la línea de liberales republicanos italianos y había transferido esas ideas a sus hijos (Risieri, Silvio y Arturo Frondizi). Frondizi fue un liberal y no tuvo nunca componentes genuinamente marxistas. Si los conocimientos de Frigerio acerca de Marx eran oceánicos, los de Frondizi eran discretos, aunque más profundos que el promedio de la política argentina. Éste era uno de los motivos por los que respetaba tanto a Federico Pinedo, que era el otro político argentino que había leído a Marx, que conocía de veras su pensamiento y recomendaba a los jóvenes de ese momento que si querían saber de política monetaria leyeran a Marx, aunque no El capital, sino La crítica de la economía política.
Camilión sostiene sobre Frigerio que sus amigos próximos eran empresarios y procedían de la izquierda, algunos afiliados al Partido Comunista, como Narciso Machinandiarena o Eduardo Aragón. Por otro lado, estaban los amigos intelectuales: Marcos Merchensky, que era un socialista democrático; Isidro Odena, que procedía de una izquierda afín a la República Española; Juan José Real, que había sido secretario de Organización del Partido Comunista, y Ramón Prieto, figura destacada en la guerra española del lado republicano. Todos constituían un conjunto de figuras notables y eran una usina de pensamiento, todos provenientes de la izquierda de los años 30.
Sobre Florit, Camilión afirma que tenía parámetros intelectuales comunes, como el liberalismo doctrinario francés del siglo XIX, ya que Florit había completado su formación universitaria en Europa, básicamente en España, Alemania y Bélgica. En España había sido discípulo de Xavier Zubiri, también de Luis Díez del Corral, y había trabajado en la línea del pensamiento del liberalismo doctrinario, particularmente de Pierre Royer Collard. En tanto, para Camilión, Arnaldo Musich era un nacionalista cercano a los hermanos Irazusta, antinazi, con una línea de pensamiento económicamente liberal, políticamente conservador, pero con apertura hacia el sector popular y sensibilidad de tipo nacional. Según Camilión, muchos de esos intelectuales se conocían del cenáculo del padre Julio Meinvielle, espacio que había influido en casi toda esa generación, con una fuerte militancia antiperonista, lo cual era una de las razones de su atracción. Meinvielle era un analista muy profundo de las cuestiones económicas. Aunque crítico, era un buen conocedor de los textos marxistas. En su ámbito había una curiosa libertad para el debate de las ideas, ya que convergían demócratas cristianos, nacionalistas de derecha, conservadores y liberales demócratas. Marcelo Sánchez Sorondo, en la mirada de Camilión, tiene un rol clave junto con Mario Amadeo, ya que fue clave en la discusión generacional y en la transformación del pensamiento nacionalista, orientado a la ideología de Tocqueville y del liberalismo doctrinario. Había conservado de su origen ideológico histórico una cierta fobia antirrousseauniana, por eso se inclinaba a los frenos y contrapesos.
Era, en los términos de la filosofía del siglo XVIII, un hombre de Montesquieu y de Madison; y en términos de la filosofía del siglo XIX, un hombre de Tocqueville (Camilión, 1999: 23 y ss.).
Otros de los asesores nucleados en La Usina procedían de la izquierda, afiliados al Partido Comunista, como Narciso Machinandiarena o Eduardo Aragón, o con formación intelectual cercana al comunismo, como Marcos Merchensky (“un socialista democrático”), Isidro Odena (cercano a la República Española, presidente del centro de estudiantes de la facultad de derecho), Ramón Prieto (cercano al peronismo y al tenentismo brasileño) y Juan José Real (secretario de Organización del Partido Comunista).
Estos asesores tenían un fuerte nacionalismo y Camilión afirma que lo habían asimilado como una actitud de replanteo del Estado argentino. Había una línea nacionalista en ese momento, alejada del nazismo, construyendo una estrategia internacional, y la revolución del 55 había dado un giro totalmente opuesto ya que había intentado europeizar a la política argentina contra la evidencia y el tiempo histórico. En cambio, la política de Frondizi puso énfasis en lo latinoamericano y naturalmente en la lucha por el desarrollo económico como eje de la nueva política latinoamericana. Eso significaba naturalmente una gran aproximación al presidente de Brasil, Juscelino Kubitschek.
En la mirada de Lucio García del Solar, Frigerio era la última instancia, él coordinaba a los asesores de una suerte de diplomacia paralela. Frondizi no siempre fue coherente e impulsó una política tercerista:
Esa política tercerista la impulsó Florit, pero después, en el Ministerio de Relaciones Exteriores se constituyó un gobierno paralelo; Frondizi se manejaba con duplicidad y Cárcano era simplemente un biombo, el ministerio lo manejaba Camilión y existía lo que se llamaba la usina, que era el cuartel general subterráneo que tenía Frigerio (Rapoport, 2015: 441-443).
El rol de La Usina fue de crítica importancia y, cuando la política doméstica forzó cambios en el gobierno para modificar la estrategia internacional, se organizó un gobierno paralelo:
Frigerio tuvo que alejarse del gobierno por presiones militares, entonces pasó, digamos, a “la clandestinidad”, seguía dirigiendo pero con hombres fieles, jóvenes subsecretarios, y donde era especialmente notorio esto fue en Relaciones Exteriores; quien seguía manejando el ministerio era Florit, que era un poco el jefe de Camilión (Rapoport, 2015: 441-443).
Siempre según García del Solar, la diplomacia desarrollista tenía una fachada formal y un sistema oculto de toma de decisiones: “Las relaciones exteriores tuvieron, a partir de Florit, figurones –primero Diógenes Taboada, después Mugica y luego Cárcano–, pero manejaban la cosa Musich y Camilión” (Rapoport, 2015: 443-445).
El impacto de la labor de La Usina en la diplomacia paralela se percibía en los posicionamientos más visibles:
Hubo roces relacionados con la política frente a Cuba, Estados Unidos quería que Argentina apoyara la separación de Cuba del sistema y Frondizi se opuso. Hubo una reunión entre Frondizi y Kennedy, a ese viaje fue Musich, que siempre participaba; hubo un comunicado conjunto, en el cual Kennedy quiso poner, y puso, unas frases críticas a Cuba, pero en el comunicado que Musich dio a los periodistas para transmitir a Buenos Aires eliminó eso (Rapoport, 2015: 443-445).[6]
El mecanismo de diplomacia paralela organizado por los asesores cercanos al presidente se accionaba ante votaciones, posicionamientos, discursos o comunicados:
Cárcano le encargó a Amadeo y a mí preparar el discurso de Frondizi. Yo me pasé dos días trabajando en ese discurso, y cuando se preparaba para decirlo, vino un discurso hecho por Frigerio que llevó Musich. El discurso que Frondizi dijo no fue el que estábamos preparando, el de la usina en Buenos Aires fue mucho más tercerista (Rapoport, 2015: 444-445).[7]
Nacionalismo y diplomacia
Como fuera explicado previamente, la búsqueda de autonomía frente a los EE. UU. no era contradictoria con el modelo de desarrollo y su foco central (la búsqueda de inversiones extranjeras). Este objetivo derivó tanto de la perspectiva aportada por la formación intelectual como de la experiencia personal de los integrantes de esos círculos de intelectuales.
Así, se generó una amalgama entre sectores nacionalistas de distinto origen, en la que la vocación por la autonomía externa, la identidad católica y el nacionalismo humanista eran los parámetros de comprensión del escenario internacional y el rol de la Argentina en él. Esta matriz de trabajo (Rapoport, 2015) no fue modificada con los sucesivos cambios de gabinete. El reemplazo de Florit por Diógenes Taboada (mayo de 1959), la consecuente sustitución por Adolfo Mugica (abril de 1961), la asunción de Miguel Ángel Cárcano (septiembre de 1961) y el nombramiento de Roberto Etchepareborda (marzo de 1962) no cambió ni el funcionamiento del Ministerio de RR. EE. ni el muy concentrado proceso de toma de decisiones dentro de él.
En todo el gobierno de Frondizi, el hombre fuerte en los asuntos diarios –formalmente dentro o transitoriamente fuera de la Cancillería– fue Oscar Camilión, quien articulaba su trabajo con Florit (aunque formalmente fuera de la Cancillería, seguía manejando el Ministerio), en combinación con la labor de Arnaldo Musich, hombre de consulta diaria con el presidente.
Todos ellos reportaban a Rogelio Frigerio y a La Usina (Rapoport, 2015: 445 y ss.). Taboada (abogado radical antipersonalista y de origen sanluiseño, de marcado antiperonismo) pasó desapercibido como canciller. Etchepareborda (historiador cuyos libros sobre Hipólito Yrigoyen formaron a generaciones de radicales) tuvo un rol destacado en la UCRI desde su creación, impulsando la candidatura de Frondizi en la Convención Nacional en Tucumán. Fue canciller por una semana, pero en ese período maniobró con militares para que la acefalía generada por el golpe del 29 de marzo de 1962 fuera resuelta con la asunción del presidente provisional del Senado, José María Guido.
Los intelectuales que rodearon a Frondizi (y el mismo Frondizi) tenían socializadas una serie de prácticas ante la agenda de política exterior desde fines de los años 50 al inicio de los años 60. De tal modo, esos intelectuales intervinieron sobre y en la diplomacia argentina situados en una estructura estructurante, esto es, una dimensión que organiza tanto sus prácticas (individuales y sociales) como las mismas percepciones de esas prácticas (Bourdieu, 1986). El universo mental habitado por esos intelectuales mezclaba su mundo interior y exterior a partir de la circulación de una serie de saberes, observaciones y discursos cuyo alcance puede medirse en términos de capital cultural, social, económico y simbólico. Estos esquemas mentales influyeron en Frondizi y sus asesores para que –por fuera de las necesidades en materia de inversiones económicas y el pertinente envío de señales diplomáticas funcionales a las potencias occidentales– se pudiera concebir y poner en práctica una diplomacia con cierto nivel de autonomía. La formación intelectual de los asesores aglutinó una perspectiva proclive a considerar que el seguidismo no sólo era poco ético, sino inconveniente, dado el rol de la Argentina en el concierto internacional.
En esa perspectiva, en cambio, se buscó generar espacio político doméstico, así como desplegar alianzas pragmáticas internacionales (particularmente en América Latina), con foco en obtener el sustento necesario para implementar una estrategia de autonomía híbrida.
La racionalidad que dominó la diplomacia argentina en el escenario hemisférico durante el delicado contexto de la Guerra Fría muestra así la importancia de la perspectiva, cuando la toma de decisiones era contextualizada por un mecanismo de circulación de ideas que no soslayaba los condicionantes materiales (Braveboy, 2003), pero que otorgaba un profundo significado a dimensiones no materiales en la evaluación del lugar de la Argentina en el sistema internacional y en la elección de medios para enfrentar ese contexto. Por fuera de la cosmovisión generada por la ideología de esa generación de asesores, resalto la relevancia de ideas de rango intermedio o ideas programáticas, esquemas conceptuales que –sin proporcionar una visión generalizada del mundo– estuvieron presentes durante la administración desarrollista en el proceso de toma de decisión, proveyendo de referencia y marco el accionar concreto (Berman, 1998). Las ideas programáticas de los asesores presidenciales, en relación con la política exterior, fueron las siguientes:
- mantener rasgos autonómicos respecto de los EE. UU. y –sin caer en la desmesura– evitar el seguidismo, por dos razones:
- para tener espacio de negociación política y
- por motivos culturales, dada la autopercepción del papel de la Argentina en el mundo, un país autónomo y respetable;
- criticar el asistencialismo de ALPRO, mostrando la insuficiencia de un esquema basado en la beneficencia, que no resuelve los problemas estructurales del subdesarrollo;
- desafiar la división internacional del trabajo, buscando generar condiciones para la industrialización, abandonando el rol de productor de bienes primarios y la asimetría del patrón de deterioro de los términos del intercambio;
- tomar distancia de los influjos revolucionarios marxistas alineándose a Occidente, ratificando tanto su vocación capitalista como su espíritu democrático;
- modernizar el país, buscando captar inversiones y generar desarrollo desafiando (Altamirano, 1998) la noción de generación espontánea del desarrollo, con el Estado como agente por excelencia para dicho impulso, y
- tener vocación regional e impulsar la integración latinoamericana. Estas nociones intermedias fueron importantes porque (Kisby, 2007) generaron expectativas y proveyeron sensación de predictibilidad, ya que dichas creencias programáticas proveyeron el marco ideacional dentro del cual fueron formulados los programas de acción de la diplomacia frondicista (Berman, 1998).
Al mismo tiempo, proponiendo e implementando una diplomacia que mantuvo espacio político de decisión para Buenos Aires y logrando evitar el seguidismo en un contexto tan delicado, los intelectuales que cumplieron un rol significativo en la diplomacia argentina de la época respondieron también a su propia identidad política y cultural nacional (Larsen, 1997). De tal modo, las ideas programáticas de los asesores, imbuidas de una particular percepción del mundo y de la Argentina a partir de su identidad cultural, generaron un sistema de creencias en los decisores prominentes, de modo que se conformó un código operacional o mapeo cognitivo que supo estar especialmente vigente en momentos específicos del gobierno (Merke, 2008: 21), a partir de un mecanismo afiatado.
La hibridación del pensamiento presidencial
El pensamiento de Frondizi experimentó transformaciones al enfrentarse a la tarea de gobierno. Félix Luna sostiene que
Frondizi ya no creía en la Declaración de Avellaneda, sobre la cual se había elaborado el programa partidario, era utópica y ya anacrónica. Había sido la expresión de un ideario teñido de los aportes del laborismo británico de posguerra y sobre todo, de las lecciones de Harold Laski (Luna, 1998).
La Declaración de Avellaneda estaba influida por la literatura progresista de posguerra, con foco en la reconstrucción económica vía la intervención estatal, en el ideario del laborismo británico y el New Deal, y de intelectuales como Laski y Karl Manheim: “Era voluntarista y en muchos temas, utópica, pero fuera como fuera, recogía aspiraciones que flotaban en la atmósfera de ese tiempo en todo el mundo civilizado” (Luna, 1998).
Camilión lo describe así:
- “Frondizi, a la inversa de Frigerio, sí era un hombre de partido, y aunque ciertamente ya no tenía todas las características del dirigente radical que había sido toda su vida, conservaba todavía muchas”.
- “Era un radical muy peculiar, porque su formación ideológica también tenía un componente hegeliano significativo. Era un discípulo de Benedetto Croce”.
- “La formación cultural familiar (que heredaron Risieri, Silvio y Arturo Frondizi) lo enmarcó en el liberalismo republicano italiano”.
- “Benedetto Croce constituyó el parámetro ideológico con el que se manejó Frondizi. Por lo tanto fue un liberal, lo cual quiere decir que Frondizi no tuvo nunca componentes genuinamente marxistas” (Camilión, 1999: 42).
El impacto de las ideas de Croce en el liberalismo político frondicista fue fundamental. Si bien es cierto que el idealismo de Croce procede de la dialéctica hegeliana, se trata de una versión reformada de ésta.
En ella, los valores morales (y, particularmente, la noción de libertad) tienen un rol central en la vida cívica y el desarrollo histórico, en el que Croce identifica una racionalidad inmanente: la historia humana es siempre la historia de la libertad, a pesar de que a veces se eclipse. Se trata de una concepción fundamentalmente hegeliana que en Croce se explica por la necesidad de hacer frente al fascismo. Félix Luna insiste en la evolución temporal del pensamiento de Frondizi, tanto por la complejización de su formación intelectual como ante las transformaciones que experimenta su mirada respecto de la agenda política que debía enfrentar: “Había servido para unir a los núcleos radicales que luchaban contra los herederos de la conducción alvearista y fue apto para mantener la tensión del radicalismo frente a Perón. Pero ya no servía”.
Para medir la transformación del pensamiento presidencial, comparo los lineamientos de la Declaración de Avellaneda con la Convención de Chascomús. La Declaración de Avellaneda tuvo lugar como consecuencia de la evolución del movimiento intransigente dentro de la UCR, como oposición al histórico grupo de radicales conocidos como antipersonalistas (unionistas), que controlaban el comité nacional. Ya en el V Congreso de la Juventud Radical se expresaron ideas de renovación partidaria con distinto grado de radicalización, proceso que se aceleraría luego de las elecciones de 1946. La Declaración de Avellaneda, discutida durante 1945 y adoptada formalmente como la postura de la UCR en 1947, intentaba enfrentar al factor político emergente: el peronismo. La declaración, escrita por los principales referentes partidarios (Arturo Frondizi, Antonio Sobral, Moisés Lebensohn y Gabriel del Mazo) contaba con dos secciones (profesión de fe doctrinaria y bases de acción política) y once puntos de acción. Se destaca su posición nacionalista tradicional en economía (en particular, en la “cuestión agraria” y con la nacionalización de los recursos naturales).
La Convención de Chascomús, producto del encuentro político de diciembre de 1960, tenía como objetivo la elaboración de un nuevo manifiesto que actualizara las bases doctrinarias, considerando la falta de vigencia de la Declaración de Avellaneda como programa oficial de la UCRI, lo que permitía a la oposición acusar al gobierno de traicionar sus principios políticos.
El debate no fue pacífico y once diputados nacionales fueron expulsados de la UCRI por afirmar que el partido había abandonado los principios de Avellaneda. Chascomús fue una victoria incómoda para Frondizi. El Comité Directivo de la Convención fue el encargado de preparar el documento final “que expresará la identidad del UCRI y la solidaridad con el gobierno del Dr. Arturo Frondizi”.
Sus ejes: desarrollo, integración económica, política social, política cultural y política exterior (respeto a la soberanía nacional y el principio de no intervención). Los críticos de Chascomús afirmaron que “sólo tenía de radical la pretensión de interpretar el interés nacional”. La prensa criticó las posturas de Chascomús por su economicismo y por el deterioro de la identidad partidaria: “Es una garantía del camino de la UCRI hacia la Derecha. La diferencia entre la nueva y la vieja Derecha es que mientras esta última señala las raíces éticas y morales de nuestra crisis, la primera se centra en la economía… una especie de marxismo al revés” (Szusterman, 1998: 229-232).
Cuadro 1
Evento | Declaración de Avellaneda | Convención de Chascomús |
Origen | Lanzada en 1945, surgió como respuesta al peronismo, influida por la Juventud Radical y FORJA. Redactores: Declaración de Avellaneda (Lebensohn) + Profesión de fe doctrinaria (Arturo Frondizi, Antonio Sobral y Gabriel del Mazo) + Bases de acción política (Frondizi, Lebensohn y Del Mazo). | Realizada en 1960 para elaborar un nuevo manifiesto, ante la constante crítica opositora que acusaba al gobierno de traición a los principios de Avellaneda. Tenía el objetivo de expresar la nueva identidad de la UCRI y solidaridad con el gobierno de Frondizi. |
Economía | La economía debe asegurar las bases materiales para el desarrollo libre de la personalidad de sus habitantes. | Se destaca la necesidad de la intensificación de la producción de acero y hierro, construcción de infraestructura y fomento de la inversión e industria, con énfasis en la no interferencia burocrática. |
Cuestión | La tierra será para los que la trabajen, individual o cooperativamente, dejará de ser un medio de renta y especulación para transformarse en un instrumento de trabajo y de beneficio nacional, y la producción agraria será defendida de la acción de los monopolios y de los acaparadores, haciendo que su circulación y comercialización estén a cargo de grandes cooperativas de productores y consumidores con el contralor y participación del Estado. | No se hace mención específica a la cuestión agraria. |
Nacionalización de recursos | Aboga por la nacionalización de todas las fuentes naturales de energía, servicios públicos y monopolios que obstaculicen el progreso económico. | No se menciona la nacionalización de recursos, pero se destaca la ratificación de la política exterior. |
Relación con empresas | Garantiza amplia libertad económica para actividades no incluidas en el proceso de nacionalización. | Enfatiza que la empresa privada, ya sea nacional o extranjera, no debe ser obstaculizada por trabas burocráticas. |
Desarrollo industrial | Busca un desarrollo industrial integral, siempre que no esté basado en salarios bajos. | Propone intensificar la producción de acero y hierro como parte de la unidad de desarrollo nacional. |
Política interna del partido | Es previa al quiebre de la UCR, destaca la necesidad de unir al radicalismo mediante la difusión de su doctrina y la purga de algunos líderes. Se declara intransigente contra cualquier pacto electoral. | Es posterior al quiebre de la UCR y rige sólo para la UCRI. Once diputados nacionales fueron expulsados del partido por decir que se habían abandonado las banderas y los principios de Avellaneda. |
Fuente: elaboración propia.
Otra forma de medir la hibridación ideológica de Frondizi es en torno a la industria petrolera.
Cuadro 2. Diferencias en el discurso de Frondizi sobre la política petrolera
| En petróleo y política | En la presidencia |
| La extracción de petróleo es parte del plan imperialista en la Argentina. | La extracción de petróleo es clave para el desarrollo. |
| El Estado debe explotar por sí mismo el petróleo argentino (YPF). | El Estado carece de los recursos financieros necesarios para explotar el subsuelo. Al asumir firma contratos con empresas extranjeras. |
| En una estrategia nacionalista, se debe apostar al autoabastecimiento energético. | Es más nacionalista ofrecer condiciones ventajosas para el arribo de inversores. |
| La Argentina debe explotar el petróleo sin injerencia extranjera. | El autoabastecimiento energético requiere de inversión extranjera. |
| La doctrina nacional sobre el petróleo exige la nacionalización de las fuentes y el monopolio por el Estado de su explotación. | Los contratos no afectarían la soberanía porque la Argentina sería autosuficiente e YPF mantendría la propiedad del petróleo. |
| El petróleo es un asunto público que debe debatirse en el Congreso. | El gobierno implementa sus políticas por decreto. |
| Críticas por el contrato con Standard Oil durante la presidencia de Perón. | Exploración abierta al capital extranjero bajo control de YPF. |
| Defender el petróleo es defender la soberanía. | Frondizi es acusado de “traición a la patria”. |
| Consenso político dentro de la UCRI. | Renuncia del vicepresidente Alejandro Gómez, por su rechazo a la política petrolera. |
Fuente: elaboración propia.
El mapa intelectual
Varios grupos de asesores interactuaron para asistir en el proceso de toma de decisiones del gobierno desarrollista, con particular énfasis en la estrategia diplomática. En el caso de la agenda política interna, pudo observarse la influencia de tres grupos de asesores, que tuvieron distinta relevancia, según la época.
Así, algunos asesores adquirieron importancia durante la campaña electoral, otros durante una etapa del gobierno y otros cuando la orientación política del desarrollismo fue cambiando su estilo y posicionamiento. Esta dinámica fue definida como el esquema tres sedes, tres estilos, tres programas (Szusterman, 1998).
En la sede de la UCRI (calle Riobamba), se encontraban políticos tradicionales que apoyaban la candidatura de Frondizi. Paralelamente, se organizó un centro de estudios no oficial conocido como CEN (Centro de Estudios Nacionales), coordinado por Rogelio Frigerio, que reunía militantes más jóvenes y con formación universitaria. Finalmente, en la avenida Alem se reunían jóvenes graduados con reconocida militancia universitaria, que coordinaron comités al estilo de las campañas electorales en los EE. UU.
El contraste de las perspectivas entre Alem y Luis María Campos es de relevancia puesto que explica gráficamente el proceso de adaptación y se vincula con los cambios de postura de Arturo Frondizi, una vez a cargo del gobierno. Luis María Campos fue la sede de un núcleo heterogéneo pero consistente que se enfocaba en la agenda concreta, al tiempo que daba la batalla por la modernización cultural del país.
Imbuido de un espíritu cientificista propio de los años 50 y 60, se partía de la idea de que el conocimiento técnico y la voluntad política serían las herramientas necesarias para superar los frenos de la Argentina tradicional y corporativa:
Luis María Campos se ocupaba del futuro más que del pasado y prefería compararse con otros institutos privados de los países más adelantados (con el modelo de la London School of Economics). Ciento cincuenta especialistas (economistas, sociólogos, estadísticos, juristas, escritores) organizados en treinta comités tenían la tarea de clasificar y sistematizar toda la información técnica sobre los problemas fundamentales que afectaban al país (Szusterman, 1998: 142).
Cuadro 3. Tres sedes, tres estilos, tres programas
Dimensiones | Riobamba (UCRI) | Luis María Campos (CIN) | Alem |
Liderazgo/ | Sede oficial de la UCRI, liderada por Frondizi. | Centro de investigación no oficial organizado por Rogelio Frigerio | Grupo de jóvenes militantes universitarios de la UCRI |
Enfoque | Impulsar desarrollismo latinoamericano, antiimperialista, “al servicio de lo nacional y popular”. | Con nuevos métodos y enfoques políticos. Énfasis en la modernidad. Vínculos con la revista Qué. | Expresión de “romántica aureola izquierdista”. Obsesión con la tradición radical y sus orígenes. |
Fines | Además de ser la sede oficial de la UCRI, Frondizi organizó aquí un Comité de Acción Política dirigido por Alejandro Gómez | Contaba con especialistas (economistas, sociólogos, entre otros) que sistematizaban la información sobre los problemas nacionales. | La reforma agraria, la participación obrera en la industria, las nacionalizaciones, restricciones a los monopolios extranjeros y a la influencia de la Iglesia católica en la educación: los principios reflejados en Avellaneda, con foco en el voto joven de izquierda. |
Relación | Creían que LMC era realmente un centro de investigaciones, sin contacto con el peronismo. Mantenían distancia con Alem. | Restaban importancia a los “románticos e ineficientes” de Alem, despreciaban al viejo círculo intransigente de Riobamba. | Desconfianza hacia Luis María Campos por sus vínculos con el peronismo. Califican a los de Riobamba como “zanahorias”. |
Fuente: elaboración propia.

Fuente: revista Qué, 1958.
Intelectuales y política exterior
En el caso de la política exterior, se observa un verdadero proceso de transculturación, esto es, una hibridación del pensamiento presidencial similar al acontecido en otras áreas gubernamentales. Este proceso involucra una serie de transmutaciones culturales ocurridas en la personalidad de Frondizi al entrar en contacto con personas que, si bien tenían similitudes en materia de formación intelectual, poseían convicciones políticas y culturales diferentes. Esta transformación generó en Frondizi la pérdida de las certezas preliminares y la elaboración de un nuevo marco conceptual que adaptó las novedades en su perspectiva anterior, lo que produjo un nuevo paradigma.
La transculturación es un proceso (de cambio y generación cultural) y es a la vez una síntesis. El neologismo fue inventado por el antropólogo cubano Fernando Ortiz y consagrado por el célebre antropólogo polaco Bronislaw Malinowski, quien escribió el prólogo al libro que pone en circulación dicho término, que no describe solamente el hecho de adquirir una distinta cultura (acculturation), sino que combina una pérdida de la cultura precedente (desculturación) y la creación de un nuevo fenómeno cultural (neoculturación).
Esta metamorfosis permite comprender de qué modo se cambiaron posiciones tradicionales con la incorporación de nuevas nociones. El proceso de evolución del marco conceptual presidencial fue acompañado por la conformación de un mecanismo de círculos concéntricos, que agrupaba asesores con diferente grado de importancia, algunos de los cuales pertenecían en simultáneo a distintos grupos y originaban distintos subsistemas que formaban parte de un esquema general de vinculación con el proceso de toma de decisión.
Intelectuales inorgánicos
Bajo la percepción de que Frondizi renovaría la política argentina y mantendría las convicciones propias del campo nacional, del progresismo y de la izquierda, observamos la labor de un grupo de intelectuales inorgánicos, esto es, un grupo de intelectuales que, si bien compartían labores con intelectuales tradicionales (Gramsci, 1949: 9), profesaban una visión del país que propiciaba cambios estructurales y criticaban las inequidades del capitalismo periférico.
Este neologismo busca describir a intelectuales, algunos de los cuales armaron un grupo de apoyo iniciático alrededor de la revista Contorno y su círculo de influencia, que estaban vinculados a una intensa trama de la sociedad civil, que impulsaban cambios en una Argentina tradicional. No eran orgánicos, en el sentido gramsciano, pero tampoco eran tradicionales (Altamirano, 2013: 67). La influencia de esos intelectuales en el proceso de toma de decisión fue relativa. Sin embargo, tuvieron relevancia a la hora de apoyar al gobierno de manera genérica y al ser consultados de manera infrecuente, de modo que jugaron un rol en la definición inicial de la identidad desarrollista, un complejo proceso de diferenciación de la cultura política peronista y antiperonista. Estos intelectuales otorgaron al desarrollismo prestigio político ante su propuesta de agenda progresista de gobierno. Varios de ellos defeccionaron del desarrollismo al adoptar Frondizi un plan de gobierno con traiciones al programa electoral (política petrolera, polémica Laica o Libre, promoción de inversiones extranjeras).
Este grupo de intelectuales inorgánicos (con figuras estelares de la intelectualidad nacional, como Ismael y David Viñas, Noé Jitrik, Adelaida Gigli, Ramón Alcalde y León Rozitchner), se nuclearon en rededor de la emblemática revista Contorno (Zeiger, 2008), y cumplieron un papel clave para acompañar desde la izquierda el ascenso político del proyecto desarrollista, al que consideraban una (Candiano, 2009) posible tercera vía superadora tanto del peronismo como del antiperonismo.
Si bien en un comienzo el grupo se esperanzó con la propuesta desarrollista y la figura de Frondizi (un Roosevelt que conocía a Lenin, la síntesis de libros y alpargatas y de unitarios y federales, el Gran Proyecto, el país al día, al decir de David Viñas en 1957), con el inicio de medidas concretas en el poder (las inversiones extranjeras para la exploración de petróleo y el debate en torno a Laica/Libre) este espacio se despegó rápida y radicalmente del desarrollismo, lo que generó un foco promotor de ideas contrarias al quehacer diario del gobierno y promovió la etiqueta de traidor al presidente Frondizi (Sigal, 2002; Smulovitz, 1988 y Terán, 1993).
Políticos tradicionales
Se trata de un grupo de políticos con formación intelectual y orgánicamente integrados al proyecto político de la UCRI/MIR. Desempeñaron el rol más convencional en la política argentina, proclives a adoptar posiciones tradicionales. Asimismo, tenemos al grupo de intelectuales que formaron parte del Grupo Alem, que se enfocó en la campaña electoral del 57 (que estaba a cargo de Isidro J. Odena). Ambos grupos mantuvieron cierta influencia sobre Frondizi, pero ésta se fue desdibujando durante el desarrollo del gobierno.
La revista Qué
En un rol todavía más vinculante tenemos al grupo de intelectuales que formaban parte del proyecto editorial de la revista Qué. Allí colaboraban también Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Carlos Florit (junto a Oscar Andino, Eduardo Aragón, Vicente Fatone, Delia de Jaramillo, José Marcel, Elena Moles, Ricardo Ortiz, Ernesto Sábato y Rodolfo Walsh), y en su momento de esplendor llegó a distribuir más de 200.000 ejemplares. Desde la revista Qué se apuntaló el futuro proyecto político.
Este círculo de intelectuales, profesionales y universitarios (pertenecientes a una clase media politizada) también aporta al proyecto desarrollista, a través de notas en la revista o por la publicidad de sus obras literarias o políticas (Adolfo Prieto, Noé Jitrik, Ismael y David Viñas). Todos los libros reseñados en la revista lo están en el sentido de aportar nueva luz o nuevos elementos a la discusión del “pensamiento nacional”.

Fuente: revista Qué.
La revista Qué ya contaba con un nombre (Qué sucedió en la semana) y un prestigio logrados en la década anterior (con tono antiperonista), cuando habían aparecido 58 números entre 1946-1947 bajo la dirección de Baltasar Jaramillo, y tenía un elenco periodístico que constituiría luego la base de lo que fue la segunda etapa, ya bajo la dirección de Rogelio Frigerio, que le dio una mirada integradora del peronismo. A la mirada moderna se le agrega un nacionalismo renovado.
A medida que el escenario preelectoral se iba transformando, la posición de los intelectuales dentro de la revista fue mutando, de modo que “la toma de posición de Qué respecto de la cuestión política se ubicó desde sus comienzos dentro de la perspectiva crítica del antiperonismo tolerante y fue evolucionando gradual y alternativamente hacia el filoperonismo” (Spinelli, 2005: 255).
Tras el suicidio de su fundador y primer director, la revista reapareció (por iniciativa de su viuda Delia Machinandiarena de Jaramillo, quien tuvo un rol estelar en la revista, y de Rogelio Frigerio) en noviembre de 1955, lo que dio comienzo a la segunda época, sin dudas su etapa más recordada. Durante ese período:
el proyecto político-editorial de Qué se propuso, con éxito, hacer conjugar la idea de una revista de actualidad que expresara un nuevo criterio periodístico –rasgo reconocible desde sus orígenes– con un carácter militante que manifestara claramente una toma de posición política (Spinelli, 2005: 255).
La revista mostrará la evolución del futuro germen del pensamiento desarrollista al despegarse del gorilismo de la Revolución Libertadora para iniciar una relectura del fenómeno peronista:
Esta búsqueda consciente por participar e incidir en la coyuntura política puede observarse en el derrotero de su línea editorial y en los diferentes posicionamientos políticos que va asumiendo, desde su reaparición en los inicios de la avanzada revanchista impulsada por la autodenominada Revolución Libertadora hasta su consolidación como usina ideológica del proyecto desarrollista que sustentó el arribo de Arturo Frondizi a la presidencia de la nación (Spinelli, 2005: 255 y ss.).
Asimismo, la publicación mostró una inusitada tolerancia política en la conformación de su equipo editorial, al tiempo que atrajo un grupo de lectores diversos, con distintos intereses y formaciones, congregados por el tiempo político nacional, en una publicación que brindaba información sofisticada por medio de una redacción accesible, con un tiraje de alcance federal:
El semanario interesó a diversos sectores. Por primera vez en el país, la ausencia de sectarismo en una revista y el aliento nacional de su contenido hicieron posible que fuese atractiva para universitarios y obreros, miembros de las Fuerzas Armadas y del clero, diplomáticos y políticos, empresarios y asalariados, intelectuales, artistas y deportistas, provincianos y porteños (Díaz, 2013).
Un rasgo característico de la revista fue la importancia adjudicada por los analistas al ámbito internacional, en particular, a las relaciones de fuerza que se desplegaban en la Guerra Fría (Ibarra, 2020). La tesis de Qué (y de la política exterior temprana del frondicismo) era que esa etapa de tránsito de la crisis de la Guerra Fría hacia la coexistencia pacífica en el escenario internacional:
ya no se caracterizaba por el enfrentamiento armado abierto, sino por la competencia económica y científico-tecnológica del Este y el Oeste para extender sus zonas de influencia. Esa coyuntura, argumentaban, debería ser aprovechada por el país para insertarse en el mundo y lograr el desarrollo acelerado de su infraestructura económica, recurriendo a las inversiones de capital extranjero (Spinelli, 2020).
Otro aspecto decisivo del proyecto editorial desarrollista fueron sus gestos hacia la reincorporación del peronismo a la legalidad política (Ferrari del Sel, 2020). Si los periodistas ya eran críticos de las políticas del gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu, desde los fusilamientos de 1956 su posición fue girando hacia una solidaridad cada vez más explícita con el peronismo, lo que incluyó editoriales críticos de la Revolución Libertadora y una célebre serie de entrevistas (a John William Cooke, Jorge Antonio, Guillermo Patricio Kelly, Héctor Cámpora y José Espejo) que desafiaron la proscripción política.
La revista proveyó de una síntesis notable entre periodismo y acción política, desplegando de manera inteligente una formidable campaña a favor del Frente Nacional, como alternativa política sensata para superar el empate entre peronismo y antiperonismo.
Por si fuera poco, Qué mostró en vivo la evolución de las alianzas políticas desarrollistas, incluyendo las negociaciones con el peronismo. Frigerio inició un derrotero por varias capitales de América Latina donde se encontraban peronistas exiliados, hasta llegar finalmente a Venezuela. En un mítico artículo titulado “Reportaje a Caracas” detalla la relevancia de las negociaciones en curso y logra generar una gran empatía en los lectores, que se sentían formar parte del fenómeno político del momento, ya que la revista “procura dar la más completa información, sobre todo, en materia política. Juzga que esta información sobre Caracas no puede estar ausente sin resentir, en forma muy grave, la verdad del panorama político del país”.[8] El artículo explica el dramático dilema político del momento: “Se discutiría allí con la presencia de figuras prominentes del régimen anterior, si conviene alentar el terrorismo y el voto en blanco o en cambio ha de aconsejarse sufragar por los candidatos de los partidos neoperonistas”. Una editorial del mismo ejemplar definía el enfrentamiento entre la UCRP y la UCRI como una disputa entre quienes fomentaban “la disgregación” y quienes propugnaban “la unión nacional”, afirmando que la UCRP convocaba a la derecha e izquierda antiperonistas, que sólo buscaban “enfrentar a unos argentinos contra otros argentinos. A los peronistas contra los antiperonistas, a los liberales contra los católicos, a los empresarios contra los trabajadores”, contrastándolos con
el Frente Nacional, con diversos sectores del pueblo en la única línea en la cual todos los argentinos decentes y patriotas están de acuerdo: la defensa de lo nacional, de la materia y el espíritu de la nación, frente a los intereses extraños que la sojuzgaron durante tanto tiempo (Galán, 2013).
Finalmente, las gestiones políticas transmitidas en tiempo real tuvieron éxito y fueron difundidas en el ejemplar del 10 de febrero de 1958, en la sección “Panorama Político” de la revista, en la cual se destacó una conferencia de prensa en la que Perón afirmó:
Frente al hecho concreto de la obligación de sufragar, cada peronista lo hará en la forma más apropiada para impedir con su voto los planes continuistas de la tiranía y para expresar su repudio a la orientación seguida por ella en todos los órdenes de la vida argentina (…) la participación en los comicios por parte de cualquier partido político implica que no pertenece al Movimiento Peronista. Por lo tanto los compañeros que hayan aceptado candidaturas deberán renunciarlas de inmediato (Galán, 2013).
La lectura de la revista muestra también el derrotero de los grupos nacionalistas y progresistas que apoyaron el proyecto político de Frondizi, en el marco de un proceso de crítica importancia en el desarrollismo, denominado actualización programática. Así, quien había asumido como director de la revista en junio de 1958 y apoyado frontalmente la candidatura de Frondizi, Raúl Scalabrini Ortiz, renunció en agosto del mismo año, haciendo públicos cuestionamientos a la política petrolera del desarrollismo.
La Usina
Por último, en el círculo de mayor influencia, encontramos a los intelectuales que formaban parte de La Usina,[9] de acceso directo al presidente Frondizi. Buena parte de dicho círculo provenía de los articulistas de la revista Qué: un grupo de académicos, periodistas y empresarios, unidos por su formación intelectual y su marcado interés en la política.
La tolerancia ideológica era marcada, ya que –según un integrante– había:
- socialistas (Isidro Odena, Marcos Merchensky y Dardo Cúneo),
- conservadores (Oscar Camilión),
- comunistas expulsados del PC local (Juan José Real y Eduardo Calamaro),
- excomunistas cercanos en su momento al justicialismo (Ramón Prieto, delegado de Perón junto con John William Cooke, o Arturo Sábato),
- filorradicales (Narciso Machinandiarena, hermano de Delia, la esposa de Jaramillo) y
- discípulos del padre Meinvielle (Carlos Florit).
Varios integrantes de La Usina tuvieron un acceso directo al proceso de toma de decisiones. En los temas relativos a la política exterior, las sugerencias de los integrantes de La Usina se combinaron con las posturas de Florit, Camilión y Arnaldo Musich, de fuerte conexión con Rogelio Frigerio, con labores tan determinantes que operaban como una suerte de brain-trust, consejeros de máxima confianza que son convocados por un líder político para aprovechar su experiencia en distintos campos de los asuntos públicos.[10]
La marca de la influencia de las ideas y el rol de los intelectuales en el gobierno de Frondizi –en el caso de los integrantes de La Usina– puede medirse de tres maneras:
- El trabajo de La Usina en definir los ejes de cada discurso de Frondizi en política exterior.
- La preparación de material previo a los viajes del presidente al exterior.
- Las reuniones en La Usina previas a la toma de decisiones en política exterior.
En los tres casos, el esquema de circulación de ideas era análogo. Frondizi entregaba un portafolio con papeles de Estado a Albino Gómez, quien llevaba el material para la revisión de Rogelio Frigerio a una de las sedes de La Usina (avenida Alem y Reconquista), o bien al domicilio de Frigerio en avenida Córdoba y Uruguay.[11] Gómez acordaba un plazo con los integrantes de La Usina para la tarea asignada (redactar un discurso, preparar carpetas para un viaje o plantear ejes y opciones frente a una toma de decisión). El material era revisado por Frigerio antes de volver, portafolio en mano de Albino Gómez, al presidente Frondizi para su revisión, lo que usualmente tenía lugar en la Quinta de Olivos. El funcionamiento de La Usina no carecía de complejidad. Aunque Frigerio tenía una posición de primus inter pares, las opiniones no siempre estaban alineadas. Por fuera del papel de La Usina en la agenda diplomática, el círculo de asesores también tenía un rol central en la selección de responsables de la diplomacia argentina. El caso del reemplazo del canciller Mugica, golpeado por el affaire Guevara, fue objeto del accionar de La Usina: “Fue difícil reemplazar a Mugica, ya que había que conseguir un canciller cuyo perfil político-ideológico calmara a las FF. AA. Frondizi dejó que La Usina se ocupara de esta búsqueda” (Gómez, 2004; 150).
El secretario privado de Frondizi afirma que el nombre de Miguel Ángel Cárcano le fue sugerido a Frigerio por Samuel Schmukler, hombre de confianza de Frondizi, pero que los primeros contactos informales con Cárcano (quien estaba en París) fueron hechos a través de José María Rivera, periodista del diario Clarín de estrecho vínculo con La Usina. Otro episodio en las postrimerías del gobierno muestra diferencias entre los asesores. La decisión de la ruptura diplomática con Cuba generó largas reuniones bajo la coordinación de Frigerio y la presencia de Oscar Valdovinos, Marcos Merchensky, Ramón Prieto, Arnaldo Musich, Cecilio Morales, Carlos Florit y Oscar Camilión.
Albino Gómez explica que las discrepancias generaron una fuerte crisis:
Camilión, Musich y sobre todo Florit, se negaban a aceptar tal decisión porque estimaban que Frondizi lo había convencido a Frigerio, sobre la base de informaciones de palacio acerca de la gravedad y profundidad de la crisis y de la inminencia del golpe. Entendían que después del discurso de Paraná, la ruptura era vergonzosa (Gómez, 2004: 166-167).
Frigerio tomó la falta de apoyo de algunos integrantes como un acto de deslealtad y reclamó unidad para apoyar al presidente. Frigerio fue más allá y presionó no sólo para la ruptura sino que encomendó a Florit a que viajara a Brasil para informarle de la inminente ruptura a Joao Goulart. La negativa de Florit a esa misión especial generó una gran crisis.
Varios de los integrantes de La Usina se habían formado intelectualmente en distintas formas de nacionalismo. En algunos casos, como el de Florit, habían sido influidos por el liberalismo francés del siglo XIX, particularmente de Pierre Royer Collard. Oscar Camilión, de papel clave en La Usina y en la cancillería, se autopercibe con una formación intelectual similar. Y, sobre otro personaje clave de la diplomacia desarrollista, agrega: “Arnaldo Musich, proveniente de la línea del nacionalismo, también antinazi, de los hermanos Irazusta. Representa igualmente una línea de pensamiento económicamente liberal, políticamente conservador, pero con apertura hacia el sector popular y sensibilidad de tipo nacional”.
Esquema 1

Fuente: elaboración propia.
Frigerio hace una relectura del fenómeno peronista que lo lleva a distanciarse de la primera época de la revista Qué, dirigida por Baltazar Jaramillo, dado el pronunciado antiperonismo de la publicación. En 1956 organiza La Usina y relanza la revista con otra perspectiva sobre el peronismo. En la nueva versión de Qué colaboraron célebres representantes del nacionalismo, como Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche.
En La Usina, bajo la coordinación de Frigerio, trabajaron asesores de muy distinta formación, ya que a los intelectuales de izquierda mencionados (Isidro Odena y Marcos Merchensky), suma a socialistas como Dardo Cúneo; conservadores como Oscar Camilión; comunistas expulsados del PC local como Juan José Real y Eduardo Calamaro, cercanos al radicalismo (como Narciso Machinandiarena), periodistas (Mariano Montemayor y Enrique Alonso) y un grupo importante de mujeres, entre las que se destacaban Blanca Stábile y Marisa Liceaga (Ariza, 2018).
Cuadro 4. Intelectuales inorgánicos, revista Contorno
Nombre | Ismael Viñas | David Viñas | Adelaida Gigli | Susana Fiorito |
| Grupo de pertenencia | Revista Contorno | Revista Contorno | Revista Contorno | Revista Contorno |
| Formación académica | Abogado, UBA | Filosofía y Letras (UBA) | Filosofía y Letras (UBA) | Estudia magisterio Izquierda intelectual |
| Importancia política | Fundador de Contorno y del FIRP | Fundador de Contorno | Fundadora de Contorno | Fundadora de Contorno y del MLN |
| Nombre | Noé Jitrik | Ramón Alcalde | León Rozitchner | Adolfo Prieto |
| Grupo de pertenencia | Revista Contorno | Revista Contorno | Revista Contorno | Revista Contorno |
| Formación académica | Filosofía y Letras (UBA) | Filosofía y Letras (UBA) | Filosofía y Letras (UBA) | Filosofía y Letras (UBA) |
| Importancia política | Crítico literario | Ministro de Educación Santa Fe, fundador MLN | Colaborador en Contorno | Decano de Filosofía UNL |
Cuadro 5. Peronismo
| Nombre | Ramón Prieto | John William Cooke |
| Grupo de pertenencia | Peronismo | Peronismo |
| Formación académica | Periodista, participó en la guerra civil española | Abogado UNLP, FORJA |
| Importancia política | Rol clave en acuerdo Perón-Frondizi | Diputado durante el peronismo, ideó el pacto Frondizi-Perón |
Cuadro 6. Intelectuales orgánicos, revista Qué
Nombre | Rogelio Frigerio | Carlos Florit | Vicente Fatone |
| Grupo de pertenencia | Grupo Qué | Grupo Qué | Grupo Qué |
| Formación académico-intelectual | Estudios de abogacía (Insurrexit), empresario | Abogado UBA, posgrado en Europa, seguidor de Meinvielle | Filosofía y Letras. Especialista en religión |
| Importancia política | Cofundó la revista Qué Impulsó la alianza con Perón, secretario de RSE | Activista en la campaña, canciller | Embajador en la India |
| Nombre | Delia Machinandiarena de Jaramillo | Ernesto Sábato | Arturo Jauretche |
| Grupo de pertenencia | Grupo Qué | Grupo Qué | Grupo Qué |
| Formación académico-intelectual | Física, UNLP (Insurrexit) | Abogado | |
| Importancia política | Relanzó Qué. Generó encuentro Frondizi y Frigerio | Director de Relaciones Culturales en Cancillería | Cofundó FORJA, apoyó la candidatura de Frondizi |
| Nombre | Raúl Scalabrini Ortiz | Rodolfo Walsh | Marcos Merchensky |
| Grupo de pertenencia | Grupo Qué | Grupo Qué | Grupo Qué + La Usina |
| Formación académica | Ingeniero (UBA), destacado intelectual | Escritor. Cursó Letras en la UNLP | Abogado, UBA |
| Importancia política | Miembro FORJA, revisionismo historiográfico | Periodista, editor, traductor, fundador de Prensa Latina | Periodista, militante socialista |
Cuadro 7. La Usina
Nombre | Isidro J. Odena | Dardo Cúneo | |
| Grupo de pertenencia | La Usina | La Usina | |
| Formación académico-intelectual | Abogado, UBA. Insurrexit | Periodista. Fundador de Acción Socialista | |
| Importancia política | Larga trayectoria como periodista, asesor presidencial | Clave en la campaña electoral, prensa y embajador en la OEA | |
| Nombre | Oscar Camilión | Juan José Real | Eduardo Calamaro |
| Grupo de pertenencia | La Usina | La Usina | La Usina |
| Formación académico-intelectual | Abogado UBA | No completó su educación primaria | Abogado |
| Importancia política | Jefe de Gabinete y subsecretario de RR. EE. | Secretario del PCA. Muy cercano a Frigerio | Fundador de la revista Qué. Clave en La Usina |
Fuente: elaboración propia.
- Paradiso, J. Frondizi. Mimeo sin fecha citado por Cisneros, A. y Escudé, C. (1999) en Historia general de las relaciones exteriores de la República Argentina.↵
- Esta periodización y algunos de los conceptos aquí vertidos han sido tomados de Berman (1990). ↵
- Gorza, A. (2018). ¿Mujeres modernas para la modernización política? Prácticas y debates sobre la participación de las mujeres en la política, 1955-1966.↵
- Se refiere al concurso “Esta es mi vida” (Año III, N.º 132, 28 de mayo de 1957). ↵
- De acuerdo con Tarcus (2018), existen dos grupos homónimos, uno inmediato a la revolución bolchevique y un segundo Insurrexit (1932-1935), formado por un grupo de estudiantes universitarios comunistas de carácter antirreformista, liderados por Héctor Agosti y donde militó Ernesto Sábato.↵
- García del Solar se refiere a la reunión que Frondizi y Kennedy mantuvieron el 26/9/1961 en el hotel Carlyle, en Nueva York, al margen de la Asamblea General de la ONU. Esta es la versión de la Casa Blanca del comunicado conjunto: https://www.jfklibrary.org/asset-viewer/archives/jfkpof-111-011#?image_identifier=JFKPOF-111-011-p0051.↵
- García del Solar se refiere al discurso del presidente Frondizi ante la Asamblea General de la ONU.↵
- Revista Qué, número 165, 14 de enero de 1958. ↵
- En este informe sobre La Usina, seguimos fielmente lo analizado por Guillermo Ariza (2018): “Albino Gómez, joven incorporado al servicio exterior, también trabajaba en Olivos. Posteriormente se sumaron los periodistas Mariano Montemayor y Enrique Alonso, entre otros. Algunos no se conocían ni interactuaban entre sí. Entre las mujeres, que entonces no abundaban en política, se destacaban además Blanca Stábile (casada con Machinandiarena) y Marisa Liceaga. Rogelio Frigerio y el propio Frondizi”.↵
- El concepto fue desarrollado durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, con la incorporación de profesores de Columbia University para asesorar al presidente en los aspectos legales de su estrategia de New Deal. Recuperado de https://www.armstrongeconomics.com/research/economic-thought/economics/roosevelts-brains-trust/.↵
- Esquema provisto por Albino Gómez, en entrevista con el autor de este texto.↵











