El fichero era de metal. Pintado de un gris desvaído, era grande y sólido. Estaba ordenado alfabéticamente, el anaquel de la izquierda por autor y el de la derecha por título del libro. Apenas uno atravesaba el patio central de la universidad, dejaba el café a la izquierda y contenía la respiración para evitar el olor que durante la noche dejaban los murciélagos, se encontraba con un pasillo por el que se accedía a la biblioteca.
Antes de ingresar, había un enorme anaquel con gavetas que tenían una manija y sobre ella una breve ficha en la que se leían seis letras, que indicaban autores o libros. Yo buscaba textos sobre los 50 y 60, desde entonces, mis décadas favoritas. Había poco y nada. Una ficha rezaba política exterior argentina 1930-1962. Fui con la ficha a la bibliotecaria, quien sin mirarme ni saludar tomó el breve papel blanco con tres rayas azules que mostraban la lista de personas que habían consultado, con las fechas de entrega y devolución, hizo un gesto gimnástico hacia un anaquel y regresó con el libro en su mano izquierda, señalando mi pecho con el índice de su mano derecha para decirme es uno de los más pedidos, sólo te doy un día.
Un texto breve, con una tapa que alternaba el blanco con un azul delicado, galopaba con elegancia sobre los saltos de la diplomacia argentina. El libro de Conil Paz y Gustavo Ferrari era reciente, informado y sesgado. Salteé los primeros capítulos y pronto me vi envuelto en los avatares de un agitado 1958: los autores le dedicaban varias páginas al desarrollismo y el editor había destacado en gris la transcripción de documentos. Conil Paz y Ferrari criticaban al gobierno de esa época con fruición, pero a mí se me iba despertando una curiosidad cercana a la admiración. Así, mientras los agravios se concatenaban, mi entusiasmo por ese gobierno crecía.
¿Qué buscaba en ese libro en 1981? Tenía 17 años y los años sesenta eran historia reciente. ¿Qué había para mí en esos años? ¿Qué tenían esos hombres y esas mujeres que rodeaban a Frondizi? ¿Me decían algo esas fotos en blanco y negro con gestos adustos? ¿Era un anhelo del pasado reciente, una nostalgia del orden binario del siglo XX, era ese epítome de la modernidad que muestran las imágenes, era el pudor que daba el equilibrio ante un mundo a punto de explotar?
¿Era el estilo, la exudación de inteligencia? ¿Eran la época, la sutileza de los gestos? ¿Era la ropa, casual, pero elegante? ¿Eran las corbatas negras y delgadas, los anteojos negros de carey, los vestidos de cuello redondo a lo Jackie Kennedy? ¿Era la tan calculada como natural displicencia para enfrentarse a la tensión geopolítica, la muestra sosegada pero visible de sensibilidad popular, o la serena mirada sobre el mundo en llamas? Me inicié, así, temprano, en un culto oscuro pero recurrente que circula, cada tanto, por los papers académicos, las charlas de café y las voces engoladas de los locutores de radio: Frondizi había sido nuestra última oportunidad.
¿La obsesión con Frondizi será parte de la obcecación argentina por estudiar el decadentismo? ¿Es la neurosis historicista por identificar el momento preciso, la hora fatal, la encrucijada perfecta en la que perdimos el rumbo? ¿Será porque los 50 y 60 estaban llenos de futuro y la modernidad estaba asegurada? ¿Será estudiar el desarrollismo mi aporte personal, breve, sesgado e incompleto al verdadero deporte nacional: la observación parsimoniosa del fracaso, la mirada aterida sobre el derrotero crónico de la economía, el deleite ante el abismo institucional y la vulgata de café sobre un pasado mejor y un futuro que casi llega? Veremos.











