Otras publicaciones

12-2382t

9789871867882-frontcover

Otras publicaciones

escritores

12-3861t

8 “Banderas en tu corazón”

La militancia juvenil judía al calor de los debates entre las corrientes sionistas socialistas y las organizaciones de izquierda nacionales (1960-1970)

Emmanuel Nicolás Kahan

Introducción

Para comenzar, un problema de definiciones: cuando se enuncia a la juventud judía está claro que no se refiere a todos los jóvenes con algún grado de adscripción a lo judío sino a aquellos que participaron en el espacio público reconociéndose como “jóvenes judíos”. Es decir, con algún tipo de afiliación a movimientos juveniles o ámbitos de participación que se reconocen y dan sentido a sus prácticas militantes en torno a lo judío. No tratan de establecer estas páginas –ni este investigador– patrones de quién es y quién no es judío, sino de dar cuenta cuáles fueron las tensiones y qué prácticas se suscitaron entre aquellos jóvenes que integraron los movimientos juveniles judíos –mayormente sionistas de izquierda– en un contexto donde la militancia política adhirió fuertemente a una narrativa de emancipación nacional, que los interpeló en su carácter de jóvenes argentinos a la vez que por sus posicionamientos frente a la política de Israel y la “causa palestina”.

Este período concentra una serie de sucesos con fuerte impacto en la arena política local. En primer lugar, la captura en Argentina del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann (1960) que provocó una amplia serie de tensiones entre diversos actores de la escena política nacional. A su vez, en estos años tuvieron lugar dos jalones destacados del conflicto árabe-israelí: la “Guerra de los Seis Días” (1967) y la “Guerra de Iom Kipur” (1973). Si bien estas contiendas no son las primeras ni, necesariamente, las más relevantes del conflicto que tiene como epicentro el territorio palestino-israelí, Eli Lederhendler (2011: 1-11) señala que ellas resquebrajaron ciertos sentidos, solidaridades y representaciones que diversos actores –sobre todo de izquierda– sostuvieron en torno a la existencia y legitimidad del Estado de Israel.

El impacto y la recepción de estas experiencias se inscribió en un período particular y sensible del proceso histórico argentino: entre el gobierno radical de Arturo Frondizi (1958-1962), la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse –autoproclamada “Revolución Argentina” (1966-1973)– y el retorno legalizado del peronismo a la contienda electoral con el consecuente acceso al poder del candidato del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), Héctor Cámpora, en 1973. Finalmente, en este mismo contexto acaecieron otros acontecimientos de carácter internacional –la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam y los procesos de descolonización, el “Mayo Francés”, el triunfo del socialismo por la vía electoral, en el caso de Chile, etcétera– que acompañaron el proceso de “radicalización política” y la emergencia de un nuevo actor denominado como la “Nueva Izquierda”.

Esta breve presentación abunda en referir estos acontecimientos –seguro de que se conoce la dimensión singular de cada uno de ellos– para situar al lector en la complejidad contextual en la que intervienen los actores. Si bien este trabajo ahondará en los debates y las tensiones que los jóvenes judíos afrontaron durante los años sesenta y setenta haciendo hincapié en cómo definieron su adscripción “judía” en un escenario que los interpelaba como parte –o no– de un movimiento de liberación nacional en Argentina, sus definiciones no se fraguaron solo al calor de las tensiones locales.

Estos jóvenes, afiliados mayormente a las filas del sionismo de izquierda, participaron de diversos movimientos juveniles agrupados en la Liga Sionista Socialista, primero, y la Juventud Sionista Socialista (JSS), después, y tuvieron como vocero al semanario Nueva Sión. Esta publicación, perteneciente al movimiento “Hashomer Hatzair”, fue el lugar donde se condensaban y circulaban –no sin conflictos y contradicciones– ideas y valores pronunciados en los espacios de participación adheridos al “sionismo socialista”.

Aunque los debates analizados en este trabajo resulten propios de la “comunidad judía” y de las propuestas de sus intelectuales, se puede establecer una analogía con el caso de los “intelectuales argentinos” durante el mismo período: ambos discursos estaban fuertemente imbuidos por la teoría del compromiso de inspiración sartreana, que describía a los actores sociales, particularmente a los intelectuales, inmersos en una situación que si bien podía no haber sido elegida por ellos, los involucraba.[1] En este sentido, nuestros actores formaron parte, a la vez que fueron interpelados por quienes, como sostiene este libro, conformaron líneas de pensamiento alternativo entendida como aquellas corrientes que cuestionaron el statu quo.

“Soy judío, pero no ejerzo”. Un debate en torno a la identidad judía durante los años sesenta

En los albores de la década del sesenta tuvo lugar un episodio que puso en el espacio público el debate sobre la “cuestión judía” en Argentina –si bien no sería la primera ni la última vez–.[2] La captura/secuestro del jerarca nazi Adolf Eichmann por parte de los servicios de inteligencia israelíes –el 11 de mayo de 1960, en el marco de les festejos de sesquicentenario de la “Revolución de Mayo”– puso a la “comunidad judía” en el centro de una ofensiva nacionalista y una ola de terror antisemita aunadas en un intento de cuestionar la lealtad de los judíos hacia la República Argentina.[3] La punta de lanza fue el Movimiento Nacionalista Tacuara,[4] quienes convirtieron a los “judíos” en chivo emisario al que le atribuían toda la responsabilidad por las miserias contemporáneas.[5] Estos grupos nacionalistas contaban con el apoyo de sectores de la Iglesia Católica, como el padre Julio Meinvielle y el cardenal primado Antonio Caggiano, y de la Liga Árabe en Buenos Aires, representada en la figura de Hussein Triki. A la vez que, en algunas oportunidades, gozaban de la inacción, la connivencia o la simpatía por parte de agentes insertos en las esferas estatales ante los reclamos desde sectores institucionales de la “comunidad judía”.[6]

En este contexto, como señala Senkman,

[l]a generación de jóvenes intelectuales de la comunidad que vivieron la experiencia de la captura y enjuiciamiento de Eichmann, la irrupción del nacionalismo antisemita y la violenta escalada antijudía de los años 1960-1965, sintió por primera vez, la necesidad de pronunciarse acerca de su condición judía. (Senkman, 1983: 11)

Nueva Sión sería la página desde la cual, mayormente, se pusieron en debate estas consideraciones. Dirigida por León Pérez –único nombre real presentado en las hojas del diario, ya que los artículos, en la mayoría de los casos, o bien no llevaban firma o estaban firmados solo con seudónimos o iniciales–, su diagramación presentaba una serie de columnas permanentes desde las cuales se abordaban problemas considerados relevantes por los actores: “El Eco Crítico” servía para polemizar con otros periódicos en relación a cómo tratan ciertos temas; “La caja de Pandora”, donde se satirizaban sobre diversas cuestiones; “La actualidad en pocas líneas”, donde se recogen informaciones mayoritariamente vinculadas a la situación en el Estado de Israel; “Cartas de lectores” y “Atentados antisemitas de la última quincena en la Argentina”.

En las páginas del periódico la cuestión referida a Israel tenía vital relevancia. Edición tras edición, la hoja central estaba destinada a informar sobre la situación en Israel durante el período, así como a discutir sobre cuestiones relacionadas con la vida cotidiana y la política israelí. Ese lugar no era menor pues, constantemente, se presentaba al Estado de Israel como la posibilidad de dar la solución a la “cuestión judía” en la diáspora: “La dispersión convirtió a los judíos en un pueblo anormal y el surgimiento del Estado de Israel impedirá para siempre su asesinato”.[7] Desde está página del sionismo-socialista sería permanente la campaña a favor de la radicación –“repatriación”– de judíos argentinos en Israel.

Una de las preocupaciones centrales del período y de quienes realizaban el periódico resultaba del posicionamiento frente a lo que denominaban como la “pérdida de valores y tradiciones judías” en detrimento de causas “ajenas” a la misma comunidad. En otras palabras: la “asimilación” a la cultura nacional argentina. Las tensiones suscitadas por esta problemática se condensaron en el debate sobre la condición de “ejercer” o no el “judaísmo”. El tema fue abordado de forma explícita desde los albores de la década de 1960 a través de una serie de artículos, cartas y respuestas que polemizan sobre la expresión “soy judío, pero no ejerzo”.

En un artículo del 19 de mayo de 1961 se indicaba que aquella frase era de uso frecuente entre jóvenes que se habían “arraigado en la vida argentina” y en sus “preocupaciones políticas” y que “sienten su judaísmo como un accidente” y “que han decidido renunciar voluntariamente a sentirse parte integrante de una determinada comunidad”.[8] No obstante, el autor de la nota, Iudain, consideraba que esa “voluntad” solo podía manifestarse al interior del mundo judío ya que esa condición no era puesta en duda por quienes militaban en las filas del nacionalismo de derecha:

Cuando un joven judío –de esos que afirman ser sin ejercer– pasa junto a una pared que grita “Mueran los judíos”, se incluye entre los condenados a muerte ¿o no ejerce? ¿Considera vinculado su destino al de todos los otros judíos cuya muerte se requiere, o cree que eso no le atañe por el mero hecho de haber elegido desentenderse de los demás judíos? Cuando oye un comentario en el que se desliza “Judío de mierda”, ¿se siente aludido, o sigue sin ejercer? Cuando hay atentados antisemitas como el del Colegio Sarmiento, ¿le atañen o no?[9]

Esta problemática adquiría un carácter significativo durante el período pues, como se señaló al inicio de este apartado, la captura del criminal de guerra Adolf Eichmann inició un crecimiento en las actividades y agresiones antisemitas en Argentina.[10] Para los redactores de Nueva Sión no se podía ser ajeno frente al antisemitismo pues consideraban –también aquí desde una lectura sartreana– que era la mirada del otro la que tendía a homogeneizar la representación de lo judío, aunque se reconocieran diferencias al interior de la propia vida judía en Argentina.

Estos atentados antisemitas, se señala desde Nueva Sión, produjeron una lección para “judíos asimilados que se sentían al abrigo del antisemitismo, y ahora saben que no lo están”. Apelando a una expresión en apariencia textual –“Hasta la fecha creí que yo soy argentino, ahora me forzaron a comprender que estoy en la Argentina” –[11] los redactores del periódico llamaban a cerrar filas en torno de la militancia sionista considerándola como la única alternativa viable para atender a la “cuestión judía”. Desde la prédica sostenida por Nueva Sión, los atentados antisemitas significaron para los jóvenes una toma de conciencia de su condición de judíos en una tierra en la que creían que había igualdad civil y nacional. Esa desilusión con respecto a aquella creencia los arrojaba a la causa “nacional judía”, al sionismo, considerándolo un movimiento de liberación nacional y social del pueblo judío.[12]

Para los redactores de Nueva Sión la preocupación se centraba en el campo juvenil. La “asimilación” era entendida como la manifestación de ciertos sectores juveniles que se mostraban interesados por las causas políticas nacionales en detrimento de la causa “nacional” del “pueblo hebreo”. Durante estos años era común encontrar este tipo de llamamientos:

Debe ponerse especial cuidado en no dejarse arrastrar a las luchas y frentes que aparten a los judíos de la defensa de sus propios intereses, convirtiéndolos en parte de un conflicto político ajeno a la colectividad como tal. En el momento en que los judíos acudan para su defensa a un frente general, descuidarán y terminarán desertando de su propio frente. No resolverán ni el problema general ni el suyo propio. Como individuos no se sustraerán a su condición judía, y como grupos serán estériles.[13]

Esta perspectiva fue contrastada por algunas voces. Durante el mes de junio de 1961, un lector del periódico envió una misiva bajo el provocativo título de “Carta de un judío que no ejerce”. [14] Allí, Néstor Braunstein cuestionaba a los “viejos sionistas” que habían renunciado a las problemáticas propias de estas tierras en favor de “su lucha nacional”. El autor interpela a los redactores de Nueva Sión en los términos de quien se define por la lucha en este continente:

Cuando un joven o viejo latinoamericano de esos que lo son pero no lo ejerce, toma una revista o se encuentra con una publicación de la ONU donde se dice que en tal país latinoamericano, el promedio de vida por persona es de 35 años; o cuando lee que en el Chaco argentino el 100% de las viviendas rurales está infectado por vinchucas que portan los gérmenes de la mortal enfermedad del Chagas, ¿considera su destino vinculado al de todos los latinoamericanos o cree que eso no le incumbe por el mero hecho de haber elegido desentenderse de los demás latinoamericanos? Cuando se producen hechos como la reciente invasión norteamericana a Cuba, ¿le atañen o no?[15]

En la carta, su autor deja en claro que consideraba el antisemitismo como un problema, pero este no era el tópico central de su concepción acerca del enemigo que se debía enfrentar: “Nos oponemos a estos movimientos [derecha nacionalista] por su carácter antisemita, pero más aún nos oponemos a ellos por todo lo que acompaña a ese carácter”.[16]

La proclama de Braunstein sería respondida por Iudain en el siguiente número de Nueva Sión. Allí se cuestionaría las afirmaciones de quien “no ejerce”; particularmente aquellas que impugnan la opción por una nacionalidad a favor de la elección de una causa justa. Para Iudain el sionismo era ambas cosas:

El sionismo tiene mucha más semejanza con la lucha de los pueblos latinoamericanos de lo que Braunstein sospecha, porque es ni más ni menos que el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. Es el movimiento gracias al cual fue posible rescatar de la miseria, de la denigración, de las persecuciones e incluso de la muerte, a cientos de miles de hombres del pueblo judío, brindándoles las condiciones de vida de un pueblo normal y soberano.[17]

Esta enunciación del sionismo como un movimiento de libración nacional introducía tempranamente un modo de hermanar las demandas y el programa de acción del sionismo con las perspectivas que retomaría la izquierda nacional y anti-imperialista desde fines de la década del sesenta. Como veremos en el próximo apartado, las proclamas de los jóvenes sionistas buscaron reconocerse en esta tradición aunque, como se ve en las líneas predecentes, formaron parte del andamiaje ideológico sustentado durante los albores de esta década.

La centralidad de este debate puede rastrearse en una serie de reportajes a “intelectuales judío-argentinos” que realizó Nueva Sión sobre cómo caracterizaban la identidad judía. El periódico consideraba a estos “intelectuales” como aquellos que eran “parte responsable de la formación intelectual e ideológica de nuestra colectividad” y abrieron el abanico de respuestas a la opinión de un amplio espectro de profesionales vinculados a la “tradición judaica”: José Isaacson, Bernardo Kordon, Arnoldo Liberman, Máximo Simpson, Simón Kargierman, Samuel Tarnopolsky, Boleslao Lewin, Humberto Constantini, David José Kohon y Simja Sneh. Estos debían responder a las siguientes preguntas: “1) ¿Qué significa para Usted ser judío?; 2) ¿Qué significa para Usted Israel? y 3) ¿Qué significa para Usted la cultura judía?”.[18] Preguntas de este tenor introducían a los “intelectuales” a esbozar, en pocas líneas, algunas reflexiones donde problematizar los temas que aquejaban a los redactores del periódico.

Las lecturas del conjunto de las encuestas nos permitirán arribar a conclusiones sobre la similitud y puntos de encuentro de muchas de ellas. Más allá de algunos puntos de desacuerdo entre estos intelectuales, las respuestas evidencian la distancia entre los postulados expresados por los redactores del periódico y las consideraciones de estos “intelectuales” sobre el “ser judío”. Más cerca de las afirmaciones de Braunstein que de Iudain, los intelectuales se apoyaron mayormente en la premisa sartreana acerca de que la identidad judía persistía por la insistencia de los inquisidores que acusaban a los judíos por todos los males de la historia.

José Isaacson, por ejemplo, señalaría que “sería interesante pedirle definiciones a los antisemitas”.[19] En la misma tónica se encontraban las expresiones formuladas por Máximo Simpson, quien comienza por recurrir a Sartre para afirmar que “un judío es, sobre todo, un hombre colocado en una situación, en la situación de judío. En muchos casos obligado a ser judío. Aunque no quiera, judío seguirá siéndolo por decisión del antisemita”.[20] En la misma línea que los anteriores, Humberto Constantini, afirmaría que “mi judaísmo es un judaísmo de reacción. Creo que existe en función del antisemitismo. Frente a esta muestra de estupidez y barbarie, mi actitud es bastante parecida a la de quien dice: ¿soy judío y qué?”.[21] Arnoldo Liberman, por su parte, proclamaría que

(…) es la situación, en sentido sartreano, la que nos define. Es el índice acusador de una sociedad que impide la asimilación la que nos hace autodefinirnos como judíos. (…) Estoy seguro [de] que una bomba de alquitrán arrojada sobre las paredes de una sinagoga hace mucho más por la autenticidad judía que los rezos de los fieles que, en ese momento, se encuentran en la misma.[22]

Samuel Tarnopolsky haría una relativización de la propuesta sartreana expresada por los anteriores entrevistados:

Ahora todos se apoyan en Sartre: un judío es un hombre colocado en la situación de judío, obligado a ser judío. Es una verdad, pero no toda la verdad (…) El problema se lo plantean quienes sufren por ser judíos y les parece injusto, pues no tienen la culpa de haber nacido en esa cuna o esa tradición.[23]

Si bien en estas expresiones se reconoce que la condición de persecución y acusación por parte de los antisemitas es real, Tarnopolsky propone que el problema era para los individuos “judíos” que querían “dejar de serlo” o de “asumirse como tal”.

Sería Simja Sneh quien concluiría este segmento del periódico reencauzando los enunciados de estos intelectuales hacia la causa sionista. A contrapelo de las exposiciones presentadas, Sneh inscribía su definición en una perspectiva esencialista que apelaba a una “larga tradición, sufrimientos y cosas en común del pueblo”. En ese sentido, señalaba:

Soy judío porque lo soy, porque no quiero y no podría de ninguna manera no serlo, porque vivo toda mi alma, todas las alegrías y todos los sufrimientos de mi pueblo en cada rincón del mundo. Ser judío es pertenecer al pueblo judío, que es el único que logra conservar todos los rasgos y las características de un pueblo, aunque estaba disperso.[24]

Estas encuestas a “intelectuales judíos” respondieron, como fuese expresado por Senkman, a una urgencia por parte de jóvenes “judíos” que se sentían interpelados por su condición “judía” frente a los ataques antisemitas registrados en la Argentina durante los años en los que transcurrió el affaire Eichmann. Aunque si la propuesta de los redactores de Nueva Sión era dar cuenta de la legitimidad y particularidad de esa identidad, encontramos, mayoritariamente, que los entrevistados respondieron abriendo la posibilidad de adscripción a la condición “judía” según la voluntad y el libre albedrío de los individuos (Isaacson, Kargieman) o, con definiciones tributarias de Sartre, proponiendo que la particularidad era más una consecuencia de la constante acusación de quienes abjuraban de los “judíos” (Isaacson, Liberman, Simpson, Tarnopolsky).

Sin embargo, esta cuestión no solo interpeló a los judíos durante los años del proceso a Eichmann.[25] El mismo Leonardo Senkman se posicionaría frente a las respuestas de estos intelectuales una veintena de años después. Tras analizar estas entrevistas, sostendría:

La generación de Braunstein decidió dejar su judaísmo interdicto en el Mausoleo de la Patria ante la cual se prosternaba como un celoso ciudadano que jura lealtad exclusiva y excluyente. […] La caracterización de su identidad por la arista de la negatividad del judío y su judaísmo, la ausencia de un marco de pertenencia nacional (más allá de la solidaridad existencial hacia el Estado de Israel) y el laicismo militante de todos estos intelectuales influían en aquella generación para desdeñar la cultura judía. Para ellos eran representantes del genio judío solo los grandes escritores cosmopolitas, y paradigmas humanistas de la crisis del hombre contemporáneo: Kafka, Proust, Stefen (sic) Zweig, Chaplin, Ehremburg (sic), etc. (Senkman, 1983: 13-16)

“Nosotros jamás hemos intentado jugar a las escondidas con la historia”. La militancia juvenil judía durante el proceso de radicalización política

Si durante los primeros tramos de la década del sesenta la “cuestión judía” aparecía ligada a los debates en torno al incremento del antisemitismo promovido por agrupaciones nacionalistas de derecha, como Tacuara y la Guardia Restauradora Nacionalista, en los albores de los setenta las tensiones se desplazarían. El retorno del peronismo, el golpe militar en Chile[26] y la Guerra de Iom Kipur –todos acontecimientos acaecidos en 1973– repondrían los debates en torno a la “cuestión judía”, aunque el centro de las polémicas no sería en torno a cuestiones identitarias sino a las adscripciones políticas. Lejos de las perspectivas sartreanas, las tensiones rondarían en torno a la concepción del sionismo como un modo de imperialismo en Medio Oriente.

Una “carta abierta” publicada en octubre de 1974 en Nueva Sión dirigida al Centro Editor de América Latina y suscripta por el periodista Herman Schiller,[27] puede resultar ilustrativa de las tensiones que caracterizaron a quienes, identificados con las plataformas de izquierda, se reconocían como judíos en el espacio público. La misma era producto del reclamo que el autor presentaba ante la alteración de un texto sobre “El Estado de Israel” que le fuera solicitado para la colección “Siglomundo”. Aunque extensos, los argumentos resultan iluminadores:

Durante diez años a esta parte, a través de una tarea periodística y militante, en medios peronistas, de izquierda y específicamente judíos, la gran mayoría de mis trabajos estuvieron destinados a hallar la síntesis entre los dos términos de la ecuación (judaísmo-revolución) que, desde distintas trincheras (aún la popular), reaccionarios y oportunistas pretenden convertir en contrapuestas al proceso de liberación nacional y social. […] ¿Por qué las izquierdas –ese vasto y diversificado mosaico político cuya elíptica se precipita desde la socialdemocracia con gusto a sopa tibia hasta las muestras más delirantes del tremendismo petardista– no se detienen a utilizar la metodología marxista en el análisis del desencuentro entre judíos y palestinos y judíos y árabes, prefiriendo el maniqueísmo y la simplificación a aquello de Gramsci de que la verdad es revolucionaria? (…) Por ello, el lenguaje que utilicé todos estos años ha sido el mismo, pese a lo diferente de los marcos de expresión: cuando los interlocutores eran los cuadros de la militancia revolucionaria, dejábamos bien sentados que no puede haber revolución para todos menos para los judíos, y así como habitualmente se toma en cuenta la especificidad de los procesos congoleño, argentino, mexicano, árabe o chino, también debía tomarse en cuenta las características específicas del proceso de liberación nacional israelí. Por el otro lado, cuando los interlocutores eran los propios judíos, subrayábamos la necesidad de romper el aislamiento a que está siendo sometida actualmente la nación israelí y el pueblo judío, insertando sus respectivos procesos de liberación dentro del cuadro de los demás Movimientos de Liberación Nacional, porque hoy en día la contradicción fundamental del pueblo judío no es su extraterritorialidad sino su trágico desencuentro con el proceso histórico de la revolución mundial. (…) Justamente el objetivo que me propuse al confeccionar el fascículo que nos ocupa fue demostrar que todos estos elementos (judaísmo-revolución-Israel-pueblos árabe-pueblos palestino) forman parte de una misma simbiosis que es función del socialismo revolucionario consolidar y no disgregar.[28]

La interpelación de Schiller a figuras, voceros e intelectuales reconocidos del “campo popular” evidencia el grado de difusión de la condena al Estado de Israel y, en segundo lugar, las urgencias del “campo sionista” por establecer y redefinir hacia afuera y hacia adentro la legitimidad de su espectro de movilización. A su vez, esta apelación destacaba como simplificadores los argumentos con los que fue considerado el conflicto árabe-israelí por los integrantes de las diversas organizaciones de “izquierda” en Argentina.

Como muestra la “carta abierta”, los diálogos emprendidos con la “izquierda” intentaban legitimar al sionismo adscribiéndolo a la lucha sostenida por otros movimientos de liberación nacional y a las fuentes intelectuales en la que abrevaban esas corrientes. De esta forma, se puede comprender la insistencia en destacar las claves de lectura de textos y autores caros a las tradiciones de izquierda en las páginas de los diversos voceros de las organizaciones judías: Carlos Marx y Federico Engels,[29] Frantz Fanon,[30] León Trotsky,[31] etcétera.

Quizás sea por esto que las alocuciones sostenidas por los diversos documentos, “cartas abiertas” y discursos pronunciados por los actores, concluyan con un llamamiento a reconocer la legitimidad de la “causa sionista”, su cercanía con la izquierda y el reconocimiento de la complejidad del conflicto en Medio Oriente. Durante la celebración del acto realizado el 3 de junio de 1973, motivado por el 25º aniversario de la creación del Estado de Israel y organizado por la Confederación Juvenil Judeo-Argentina, la “compañera” del Hashomer Hatzair, Guiorah Melman, expresó:

Debemos mostrar al mundo la imagen de nuestro sionismo progresista, debemos hacer entender a la izquierda internacional, aquella que hace tan solo 25 años se solidarizaba con nuestras luchas contra los invasores británicos, contra la colonización, que hoy en día no nos hemos transformado en imperialistas. Debemos advertir a ellos que no deben trocar la ideología en demonología. Nosotros jamás hemos intentado jugar a las escondidas con la historia. No hemos subestimado a los movimientos nacionales existentes. Rotular a Israel o a los palestinos no solo es perjudicial, sino nefasto. (…) Nosotros, sionistas progresistas, acompañamos a los países latinoamericanos en su nueva expresión revolucionaria porque la compartimos. Chile y Perú son los más nuevos exponentes que se han generado en América Latina como respuesta y desafío a sus ominosas condiciones de existencia.[32]

El proceso de radicalización política resultó significativo al interior del campo “sionista”, es decir, no solo se “radicalizaron” aquellos que abandonaron sus filas en pos de la “causa nacional” argentina. La prédica “emancipadora” y la caracterización del sionismo como un “movimiento de liberación nacional” acompañaron gran parte de las polémicas y pronunciamientos de los actores. Basta realizar un breve muestreo de los “diálogos” establecidos por sectores juveniles judíos y ámbitos de la militancia política de izquierda para ser ilustrativos: al menos en las páginas de Nueva Sión tenemos noticias de la presencia del sacerdote Carlos Mujica en la sede de Tzavta –donde funcionaba el movimiento juvenil sionista socialista “Hashomer Hatzair”–, el 8 de septiembre de 1973, para dar una conferencia,[33] una entrevista al Obispo Devoto, integrante del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo;[34] el dictado de un curso en el Seminario Rabínico Latinoamericano sobre “realidad nacional”;[35] la formación de nuevas agrupaciones sionistas (la Coordinadora de Agrupaciones Universitarias Sionistas de la Argentina –CAUSA– y el Frente de Bases de la Izquierda Sionista Realizadora).[36]

Estos diálogos de los jóvenes con la “izquierda” generarían algunas tensiones con los sectores dirigentes de la comunidad judía. Por ejemplo, durante el mes de mayo de 1973, cuando debía celebrarse el acto por el 25º aniversario de la creación del Estado de Israel, la ceremonia se retrasó debido a la negativa de los sectores juveniles de realizar invitaciones a sectores no judíos “demo-liberales pro-israelíes”. Los jóvenes proponían compartir el Luna Park con aquellos que sentían más próximos: la Juventud Peronista.[37]

No obstante, como señala Adrián Krupnik, hacia fines de la década de los sesenta y comienzos de los setenta, algunos grupos de jóvenes pertenecientes a movimientos juveniles judíos iniciaron un proceso de radicalización que, en algunas oportunidades, los condujo a la ruptura con las organizaciones sionistas que los habían cobijado. El grupo “Amós” fue un desmembramiento del “Hashomer Hatzair” que comenzó un derrotero auto-reconociéndose como “sionistas socialistas revolucionarios” y cuyos integrantes se proyectarían hacia las organizaciones de izquierda locales (Krupnik, 2011: 311-327).

Estos pasajes acarrearían una serie de debates y tensiones entre antiguos “compañeros” de militancia. Por ejemplo, durante un intercambio epistolar entre militantes juveniles a raíz de la crítica efectuada por el periódico Noticias al accionar de Israel en el conflicto en Medio Oriente, se evidenciarían los posicionamientos y tensiones entre aquellos jóvenes que habían abandonado la causa sionista y quienes todavía militaban en sus filas.[38]

La “Carta de un antisionista” redactada por Marcos Blank –quien aseguraba haber sido sionista antes de integrarse a la “Tendencia Revolucionaria”– resultaba crítica de los redactores de Nueva Sión. Blank consideraba que estos eran “oportunistas” pues “cuando Noticias o El Mundo no decían nada de Medio Oriente, los apoyaban; ahora, cuando sacan un artículo antisionista, les quitan el rótulo de revolucionarios que tan fácilmente les habían puesto”.[39] Blank señalaría que:

Desde 1966 hasta 1973 Nueva Sión no publicó una sola noticia acerca de torturas, represión, gestas populares, como el cordobazo, viborazo, tucumanazo, etc. Todo se refería a agitar en abstracto el antisemitismo, para apartar a los jóvenes judíos de una lucha concreta por la definitiva liberación de nuestra patria y de nuestro pueblo. Hay una cosa reconfortante y es que el movimiento sionista no crece, ni alcanza la magnitud que ha tenido en años anteriores. Los jóvenes judíos, hoy más que nunca se dan cuenta que su definitiva liberación como judíos y como hombres pasa por asumir el camino revolucionario, tanto en Argentina, como en Latinoamérica, como en Israel.

En respuesta, aparecería una misiva de David Ben-Ami advirtiendo que en las filas del sionismo, como en las del peronismo, se podían encontrar diversas tendencias y que la JSS era la facción de izquierda dentro de las filas de ese movimiento. Asimismo, Ben-Ami destacaría que, si bien Nueva Sión abordaba temáticas referidas al “esclarecimiento nacional judío desde una perspectiva sionista socialista”, frente a cada acontecimiento crucial en la vida el país “nunca dejamos de informarlo y tomar posición”. La lista de acontecimientos señalada por este era ilustrativa: el Cordobazo, la Masacre de Trelew, atentados contra la libertad de prensa, fallecimiento de Juan Domingo Perón, entre otros.[40]

Esta polémica establecería los marcos y las problemáticas en torno de la militancia juvenil y la radicalidad política al interior del campo comunitario judeo-argentino. Pues, como lo señalaba Blank –y pese al rechazo de Ben-Ami–, la percepción de la “pérdida” de militantes y activistas entre las filas del sionismo fue percibido como un signo de la época.

Estos diálogos, como se evidenció en alusiones anteriores, son ilustrativos de los modos en que el proceso de radicalización política fue permeando la militancia de los jóvenes judíos durante el período. Pero, a su vez, nos permitiría mostrar como la “militancia judía” fue reconocida por las organizaciones del espectro político nacional. La crónica del velatorio del estudiante Eduardo Bekerman puede resultar ilustrativa:

No ha sido demasiado frecuente que se pusiera en juego la relación dialéctica peronismo-judaísmo-muerte-entierro. A principios del 65 falleció en un accidente automovilístico un joven abogado de la Unión Obrera Textil, Saúl Hecker, muy querido entre los militantes peronistas, aunque en realidad nunca había sido muy conocido a nivel popular. En aquella época, si bien ya se había creado el Movimiento Revolucionario Peronista liderado por Gustavo Rearte y si bien el vandorismo ya suscitaba críticas, ni se soñaba siquiera con la antinomia que hoy conmueve internamente al peronismo y al país. (…) Sus familiares dispusieron velar a Hecker de acuerdo al rito judío en el velatorio de la calle Thames y Córdoba. El féretro, por supuesto, fue envuelto con la mantilla negra y el Maguen David bordeado en su centro, que la AMIA envía a tal efecto. Cuando los primeros activistas fueron llegando al lugar se vio que alguno de estos –obviamente, los más recalcitrantes derechistas– salían a la calle con un gesto de disconformidad, ya que no deseaban permanecer un segundo más allí “mientras no retiren del cajón la bandera sionista”. (…) Eso fue en el ’65 cuando no eran muchos los judíos que militaban en el peronismo y todavía no se había delimitado con claridad las trincheras de izquierda y derecha que lo dividen actualmente. Nueve años después –el 24 de agosto del ’74, para ser más exactos– cuando ya las cosas están resultando más claras y se sabe bastante bien quién es quién, un joven peronista de la “tendencia” de origen judío –Eduardo Bekerman– fue asesinado en Quilmes por “Bandas fascistas”, según declaró Raúl Aragón, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde Bekerman cursaba estudios. El velatorio se realizó en pleno recinto de ese tradicional establecimiento secundario de acuerdo a las normas judías y esta vez todos los asistentes (en su mayoría integrantes de Montoneros y la Tendencia) se mantuvieron frente a la “bandera sionista” con llamativo (y quizás sorprendente) respeto. Más aún: en un momento determinado solicitaron permiso para colocar una enseña montonera sobre el Maguen David. Con esa misma bandera, Bekerman fue enterrado en la Tablada, donde se vio a muchos de los presentes juramentarse en la lucha contra el fascismo, mientras hacían el conocido saludo con los dedos en ‘vé’.[41]

Este acercamiento al peronismo podía rastrearse en la proclama que los militantes de la Juventud Sionista Socialista (JSS) harían de cara a los comicios que consagrarían el retorno del peronismo al gobierno. La narrativa militante, auto-proclamada revolucionaria, en ámbitos juveniles de la “comunidad judía” de Argentina acercaba a estos sectores a las aspiraciones de las organizaciones nacionales de izquierda.

Sabemos que todo acto comicial que se desarrolle en un Estado burgués se visualiza en condicionamientos de la más diversa índole. Los últimos diecisiete años de la historia argentina corroboran la ausencia de la clase obrera y de la voluntad popular en la orientación política del país. En la Argentina, el llamado a las urnas suscitó la expectativa en diversas oportunidades, como posibilidad de un cambio democrático, popular y antiimperialista. Las esperanzas populares se vieron defraudas por los hechos. (…) Pero hoy ya nadie se engaña. La convocatoria electoral de la junta de comandantes y el GAN, se desploma ante la incertidumbre y el escepticismo populares. El proyecto dictatorial no puede desplazar al auténtico centro de gravedad de la política argentina: las movilizaciones populares hegemonizadas por los sectores más lúcidos de la clase obrera, del campesinado y de los estudiantes. Los condicionamientos electorales, la legislación represiva, los fraudulentos intentos proscriptivos, confirman el sentimiento ya generalizado de un pueblo que, a través de su liberación, ansía integrarse a la construcción de una América libre y Socialista, cuyos pioneros son los pueblos de Cuba y Chile. (…) En esta hora de la verdad para todos los argentinos que ansían [que] se desaten todos los nudos de la dependencia, también el Movimiento Sionista debe tener derecho a ser oído en la comunidad para desatar la dependencia específica que sufren los judíos argentinos en tanto minoría nacional extraterritorial. Creemos que nuestra solidaridad activa con los factores progresistas locales se manifiesta en nuestra lucha nacional judía, la única que nos integra a la trinchera común de todos los pueblos que luchan contra el capitalismo monopólico, la guerra colonial, la explotación imperialista, la miseria y las nuevas fuerzas de la penetración oligopólica multinacional.[42]

Algunas consideraciones finales

El abordaje de las posiciones y tensiones suscitadas al interior de la militancia juvenil sionista-socialista durante las décadas del sesenta y setenta permite observar, en primer lugar, algunos tópicos singulares de cada uno de los períodos. Mientras que, en los albores de los sesenta, los jóvenes sentían interpelada su identidad judía frente a las acusaciones provenientes de la derecha nacionalista, durante la década posterior, los debates serían entablados con las organizaciones de izquierda en torno de las consideraciones sobre el sionismo y el Estado de Israel. Aunque la cuestión de Israel también estuviera en la narrativa acusatoria de las organizaciones como Tacuara, esta servía desde la prédica nacionalista para acusar a los judíos de “doble lealtad”: al Estado de Israel y al Estado argentino. En cambio, los debates con la izquierda eran producto de su caracterización de Israel como un Estado imperialista en Medio Oriente y, en consecuencia, cuestionaban a los jóvenes judíos que reivindicaban al sionismo como un movimiento de liberación nacional.

En segundo lugar, como se mostró en el presente trabajo, estos debates sirvieron a los jóvenes judíos para mostrar en el espacio público sus consideraciones sobre la legitimidad de la militancia sionista. Sin embargo, la emergencia de distintos contendientes en cada una de las décadas permitió vislumbrar un desplazamiento de sentidos en la propia retórica de las organizaciones sionistas. Es ilustrativo, en este sentido, como el propio semanario Nueva Sión otorgaría centralidad a las cuestiones de “política nacional” –las referencias al abordaje del Cordobazo y Viborazo, por ejemplo– que fueron consideradas como una “desviación” de la causa sionista unos años antes.

Este giro en los años setenta permite mostrar cómo el proceso de radicalización política imperante en el país, la re-significación del peronismo como un movimiento de liberación nacional –al menos desde algunas perspectivas de la izquierda– y la influencia de los procesos emancipadores que tenían sus epicentros en la revolución cubana y la victoria de Salvador Allende en Chile, acompañaron las prácticas y definiciones de los jóvenes judíos que integraron los movimientos juveniles sionistas. Las expresiones reveladas en el segundo apartado permiten aseverar que no solo se “radicalizaron” aquellos jóvenes judíos que desertaron de los movimientos juveniles sino, a juzgar por la terminología militante y los programas de acción analizados, se puede considerar que las organizaciones juveniles del campo judío acompañaron el proceso de radicalización política en Argentina, aunque atendiendo a su propio programa político-ideológico.


  1. Como señala Terán, “Los escritos sartreanos que oficiaron como organizadores de una ideología conectada con las preocupaciones sociopolíticas tenían su núcleo argumentativo en la teoría del compromiso. Ya en la editorial de Les Temps Modernes se había formulado esta concepción de tan vastas resonancias que extendida a la figura del intelectual determinaba que este se hallara inmerso en una situación que aunque no elegida lo involucra hasta el extremo de que no sólo sus palabras sino sus silencios lo responsabilizan”. En Terán, O., Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina, 1956-1966, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1993, p. 22.
  2. Como señala Lvovich, la “cuestión judía” comenzó a discutirse en nuestro país antes de la llegada de los primeros contingentes de judíos, producto de las disposiciones migratorias promovidas por la administración de Julio Argentino Roca. El diario La Nación publicó, por entonces, una columna semanal a cargo de Julián Martel que sería, a posteriori, el reconocido texto antisemita La Bolsa. Desde entonces, la “cuestión judía” tuvo momentos de mayor visibilidad: la “semana trágica” (1919), los debates sobre el peronismo y su relación con el fascismo, la caracterización de la última dictadura militar como antisemita y al gobierno radical de la transición como una “Sinagoga radical”, los atentados a la Embajada de Israel (1992) y a la sede de la mutual judía argentina (1994). Incluso, recientemente, el verano de 2015 puso otra vez en escena cuestiones vinculadas a la consideración de lo judío en Argentina: la muerte del fiscal a cargo de la Unidad de Investigaciones sobre al atentado a la AMIA ha puesto en debate las formas de representación y adscripción de lo judío en el debate político.
  3. Ver Rein, R., Argentina, Israel y los judíos. Encuentros y desencuentros, mitos y realidades, Buenos Aires, Lumiere, 2001.
  4. Sobre Tacuara ver Padrón, J. M., Nacionalismo, militancia política y violencia: los tacuaras en la Argentina, 1955-1969. Tesis de Doctorado de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Tandil, 2009; Galván, M. V., “Militancia en la era peronista: la organización Tacuara y sus vínculos con el peronismo” en Nuevos mundos, Mundos nuevos, Francia, en línea: http://nuevomundo.revues.org/65364.
  5. “Nuevos desmanes de los nazis criollos”, Nueva Sión, 1 de julio de 1961, p. 1. En el mismo se declara “A medida que el proceso contra Eichmann descubre a los ojos del mundo los horrores del nazismo, recrudecen las actividades de las bandas nazis y seudonacionalistas en la Argentina, cuyo postulado de liberación nacional se reduce a clamar por la matanza de los judíos”.
  6. Para el antisemitismo durante la década de 1960, ver Senkman, L., “El antisemitismo bajo dos experiencias democráticas: Argentina 1959/966 y 1973/1976”, en El antisemitismo en la Argentina, Buenos Aires, CEAL, 1989, Buenos Aires, pp. 11-193: y Rein, op. cit.
  7. Nueva Sión, 19 de mayo de 1961, p. 3. Cuando refieren a “asesinato” lo hacen en relación con la “Solución Final” durante el Tercer Reich.
  8. I. Adin, “Soy judío, pero no ejerzo. Reflexiones sobre una problemática actual”, Nueva Sión, 19 de mayo de 1961, p. 2.
  9. Ibídem.
  10. Contemporáneamente a la publicación de este artículo se registró, por ejemplo, uno de los incidentes más significativos del período: el atentado sufrido por Edgardo Trilnik, herido con arma de fuego, durante una ceremonia escolar en el Colegio Nacional Sarmiento (1960). Una novela que muestra las tensiones del período a través de la ficcionalización de este caso es La Mitad de Nada (Milá, 1988), de Samuel Tarnopolski.
  11. “5722: El pueblo judío en la Argentina, en Israel y en el resto del mundo”, Nueva Sión, 28 de septiembre de 1962, p. 1.
  12. “Efervescencia y su contenido”, Nueva Sión, 2 de agosto de 1962, p. 1.
  13. “Palabras a los judíos”, Nueva Sión, 1 de junio de 1962, p. 1.
  14. N. Braustein, “Carta de un judío que no ejerce”, Nueva Sión, junio de 1961, p. 2.
  15. Ibídem.
  16. Ibídem.
  17. Iudain, “Respuesta a un judío que no ejerce”, Nueva Sión, 17 de junio de 1961, p. 2.
  18. “Una encuesta a intelectuales judíos”, Nueva Sión, 16 de diciembre de 1961, p. 2.
  19. Ibídem.
  20. “Una encuesta a intelectuales judíos”, Nueva Sión, 30 de diciembre de 1961, p. 2
  21. “Una encuesta a intelectuales judíos”, Nueva Sión, 17 de febrero de 1962, p. 2.
  22. “Una encuesta…”, Nueva Sión, 16 de Diciembre de 1961, p. 2
  23. “Una encuesta a intelectuales judíos”, Nueva Sión, 30 de diciembre de 1961, p. 2
  24. “Una encuesta a intelectuales judíos”, Nueva Sión, 27 de julio de 1962, p. 2
  25. En 1968, tras la Guerra de los Seis Días (1967), el mensuario Tiempo¸ perteneciente al Idisher Cultur Farband (ICUF o Federación de Entidades Israelitas de Argentina) –una organización judía cercana al Partido Comunista– publicaría una encuesta a diversos intelectuales: Abelardo Ramos, José Itzigsohn, Emilio Troise, León Pérez, Pedro Orgambide, Horacio Verbitzky y Alfredo Varela.
  26. Para la recepción del golpe militar chileno entre los jóvenes judíos ver Kahan, E., “Entre Cámpora, Perón y Pinochet: la radicalización del discurso de las organizaciones judías argentinas”, en Revista Judaica Latinoamericana, vol. 6, 2013, pp. 487-510.
  27. Herman Schiller obtendría reconocimiento público años después por su papel como director del semanario Nueva Presencia durante la última dictadura militar. De acuerdo con un informe que hiciera la revista Humor sobre la conducta de la prensa durante aquellos años, la publicación dirigida por Schiller había sido una de las pocas que se había animado a desafiar la censura. Desde entonces, alguna bibliografía reconocía el protagonismo de Schiller y, en 2007, fue homenajeado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Por Nueva Presencia ver Dobry, H., “Nueva Presencia y los desaparecidos”, Tesis de Grado de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo, Buenos Aires, agosto de 2004; Medina, C. A., “El papel de los medios gráficos durante la dictadura: el Semanario Nueva Presencia”. Ponencia presentada en las “XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia”, Universidad Nacional de Tucumán, septiembre de 2007; Herbert, L., “Fighting Anti-Semitism: Nueva Presencia”, en Herbert, L., “The History of Argentine León Youth under the 1976-1983 Dictatorship as Seen Trough Testimonial Literature”, Senior Honors Thesis, Ohio State University, 2007; Kahan, E., “La construcción de íconos en torno a la resistencia dictatorial. El semanario Nueva Presencia y la resistencia a la dictadura militar en Argentina, 1977-1983”, en Barreneche, O. y Bisso, A., El tiempo pasa, la historia queda. Ayer, hoy y mañana son contemporáneos, Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, 2010, pp. 133-162.
  28. Schiller, H., “Carta abierta al Centro Editor”, Nueva Sión, 1 de octubre de 1974. Como hemos señalado arriba, cabe señalar que Schiller sería a posteriori el director de Nueva Presencia, una de las publicaciones que se consagraría díscola frente a la última dictadura militar.
  29. “Un significativo artículo de Berl”, Avodá, septiembre de 1974.
  30. “Frantz Fanon y su hermandad con el sionismo”, Nueva Sión, 8 de octubre de 1973.
  31. “Trotsky ante la cuestión judía”, Nueva Sión, 10 de julio de 1974.
  32. “Gran acto de la juventud”, Nueva Sión, 29 de junio de 1973.
  33. “Carta abierta al sacerdote Mujica”, Nueva Sión, 25 de julio de 1973.
  34. “Entrevista al Obispo Devoto”, Nueva Sión, 25 de julio de 1973.
  35. Columna Hechos y Resonancias, Mundo Israelita, 7 de septiembre de 1974.
  36. “Nucleamiento estudiantil sionista”, Mundo Israelita, 23 de noviembre de 1974; “Primer Congreso de la JSS”, Nueva Sión, 3 de noviembre de 1973.
  37. “¿Por qué la comunidad no festejó todavía los 25 años de Israel?”, Nueva Sión, 2 de junio de 1973.
  38. “Carta a la redacción de Noticias”, Nueva Sión, 10 de julio de 1974. Noticias fue una publicación asociada a la organización Montoneros, dirigido por Miguel Bonasso. Sobre Noticias ver Esquivada, G., Noticias de los Montoneros. La historia del diario que no pudo anunciar la revolución, Buenos Aires, Sudamericana, 2010.
  39. “Carta de un antisionista”, Nueva Sión, 9 de septiembre de 1974.
  40. David Ben-Ami, “Respuesta de un sionista”, Nueva Sión, 9 de septiembre de 1974.
  41. Columna “Hechos y Resonancias” en Mundo Israelita, 31 de agosto de 1974.
  42. “El sionismo socialista frente a la realidad actual”, Nueva Sión, 2 de marzo de 1973.


Deja un comentario