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5 Instrumentos de feliz cultura

Representaciones y agencias de bibliotecas barriales platenses en torno a la niñez (1930-1937)[1]

Ayelén Fiebelkorn

En mayo de 1931 salió a la luz el órgano oficial de la “Biblioteca Cultural Euforión”, institución fundada en 1927 por un puñado de jóvenes vecinos de un barrio de La Plata popularmente conocido como “El Mondongo”. Al igual que cientos de bibliotecas barriales creadas en distintas ciudades de la región pampeano-litoraleña durante las décadas de 1910, 1920 y 1930 el objetivo manifiesto de estos jóvenes consistía en “contribuir a difundir el libro e inculcar en la juventud la necesidad del estudio, para saber afrontar la vida con conocimientos útiles y provechosos” (Pasolini, 1997: 381).

Día tras día, estas bibliotecas fundadas por vecinos y vecinas, funcionaron como ámbitos de sociabilidad barrial, lugares de reunión, e intercambio de ideas, de bienes materiales y simbólicos, donde confluían prácticas heterogéneas como conferencias, excursiones educativas, veladas literarias, bailes, torneos lúdicos y hasta corsos.[2] Así, las primeras líneas del mencionado boletín reconocían que “Euforión” –nombre sugerido por el escritor Ezequiel Martínez Estrada a los jóvenes fundadores de la biblioteca, a quienes enseñaba literatura en el Colegio Nacional de La Plata– ya no era una institución cultural desconocida como al momento de su fundación.[3] De un tiempo a esta parte, gozaba del reconocimiento de otras asociaciones culturales, además del que le dispensaban artistas, escritores, poetas y sus propios miembros; e impulsaba, a diario, acciones heterogéneas:

Nuestra obra no es únicamente cultural, también en muchas oportunidades nos hemos ocupado de nuestro barrio, de la Escuela 43; debemos deciros que le hemos entregado desde hace dos años premios para la mejor alumna y alumno del año; hemos querido fomentar en los niños que a ella concurren el amor al estudio: hemos entregado cuadernos, lápices, lapiceras a los alumnos que necesitan y en otras oportunidades también libros.[4]

La niñez se recorta, en este breve párrafo, como uno de los sujetos privilegiados por las iniciativas de la biblioteca. De modo similar, a pocos meses de su fundación, en 1936, otra biblioteca de la ciudad, perteneciente al Club Sportivo Villa Rivera,[5] sintetizaba en estos términos su “obra con la niñez”:

Empezamos por dictar cursos de encuadernación exclusivamente para ellos [los niños y las niñas]. Continuamos, después, adquiriendo libros apropiados, de contenido sano y constructivo. Más tarde le hemos dedicado la “Semana del Libro” (…) Y ahora, finalizado el año escolar, entregaremos a los niños que han tenido asistencia perfecta durante todo el año, un diploma de honor, y al mejor alumno y a la mejor alumna de las Escuelas 89 y 31, entregaremos una artística medalla de plata.[6]

Nuevamente: cursos, premios y libros para los niños y las niñas. Los pasajes citados nos permiten avanzar en, al menos, una dirección: ambas bibliotecas formaron parte de una amplia trama social que situó a la infancia como uno de los destinatarios centrales de sus preocupaciones y ocupaciones durante la década de 1930. Y es que como lo advirtió Sandra Carli (1991: 26), la “sensibilidad por la situación infantil” no era por entonces una novedad, sino que se expandía en Argentina, en consonancia con el escenario internacional, desde las últimas décadas del siglo XIX. En efecto, además de la acción del Estado, que estableció, por un lado, la obligatoriedad escolar en 1884 a través de la Ley 1420 de Educación obligatoria, laica y gratuita; y, por el otro, el encierro de “menores” en asilos e institutos de minoridad, la preocupación por la condición infantil desveló a diversos sectores de la sociedad civil. Así, durante el período que se extiende entre 1880 y 1930, la autora ha señalado la existencia de una pluralidad de asociaciones, sociedades y centros dedicados completamente a la infancia, impulsados por distintos sectores de la sociedad civil –inmigrantes, vecinos y vecinas, docentes, militantes socialistas, anarquistas, católicos– con diversos grados de articulación con el Estado (ibídem: 15).

Las bibliotecas barriales que florecieron, en el período de entreguerras platense, no siempre incluyeron, en sus actas fundacionales, una alusión explícita a la niñez, ni fueron, como en el caso de las bibliotecas populares “infantiles”,[7] específicamente concebidas para los niños y las niñas. Antes bien, primaba entre ellas el genérico motivo de “difundir cultura entre los vecinos del barrio”; el término “cultura” tendía a designar a la “cultura letrada” (Gutiérrez y Romero, 2007: 89-94) y, de modo extendido, a un “campo de prácticas moralmente connotado, regulado, sistemático y valioso” (Roldán, 2009: 686).

Sin embargo, la lectura de sus órganos de prensa –boletín mensual Euforión, publicado discontinuamente entre 1931 y 1932 y Horizontes, perteneciente a la biblioteca del “Club Sportivo Villa Rivera”, de 1936 a 1937– y de algunos libros de actas –en el caso de “Euforión”–, indica que una considerable porción de las agencias cotidianas de estas bibliotecas se destinaron a niños y niñas del barrio, bajo la convicción de que “elevar desde la infancia las cualidades morales e intelectuales de los hombres es propender al verdadero progreso del pueblo”.[8]

Señalemos, asimismo, que si bien ambos boletines –vestigios materiales de la acción propagandística de las bibliotecas en sus barrios– se insertan en un arco temporal (1931-1937) signado por el abstencionismo radical y el fraude electoral, la polarización ideológica y la creciente intervención del Estado en la economía y la sociedad (Cattaruzza, 2001) sus distintos bienios de publicación remiten a subperíodos con dinámicas políticas y sociales específicas. Así, conviene destacar que, en el caso de Euforión, sus siete números aparecieron entre mayo de 1931 y octubre de 1932, en el contexto de la dictadura encabezada por Uriburu y la posterior salida electoral aglutinada en torno a Justo; y del profundo impacto local de la crisis económica internacional de 1929, que generó altos niveles de desocupación.[9] En tanto, Horizontes se inserta en un escenario atravesado por el fraude electoral generalizado que, en la provincia de Buenos Aires, condujo a la gobernación de la provincia de Buenos Aires al conservador Manuel Fresco (1936-1940) y el estallido de la guerra civil española, cuyo impacto en el campo político y cultural recrudeció los términos del debate político.[10]

Más allá de las contingencias políticas, la dinámica de estas bibliotecas se correspondió con un in crescendo de la interacción entre la cultura popular y la cultura de masas en el período de entreguerras. Es así como desde las páginas de sus boletines se torna posible reponer empíricamente un conjunto de prácticas y representaciones en común, atravesadas por dicha dinámica sociocultural, en torno a la niñez de los barrios platenses.

Bibliotecas, escuelas, barrios. Prácticas y representaciones configurativas de la niñez escolar

Los boletines proclamaban con insistencia que las bibliotecas eran un “complemento de la educación pública”.[11] En efecto, esta concepción se retrotrae a Sarmiento, principal impulsor de la Ley 419 de Fomento y protección a las bibliotecas populares, sancionada en 1870, para quien la articulación entre la escuela y la biblioteca “formaba parte de un mismo proyecto de modernización cultural” (Planas, 2017: 33). Ahora bien, ¿cómo se traducía esa necesaria complementariedad en la vida cotidiana de los barrios platenses de entreguerras?

En principio, resulta evidente que dicho complemento no se limitaba a la mera circulación de libros o útiles escolares, sino que se encarnaba año a año, mes a mes, en los niños y las niñas: se trataba, según los boletines de las bibliotecas, de “despertar en los niños un acendrado amor hacia los libros y hacerles adquirir el hábito de la lectura porque ella es la base y la síntesis de toda la obra cultural”.[12] Así, un conjunto heterogéneo de prácticas materiales y simbólicas fueron puestas en marcha desde las bibliotecas en pos de fomentar/reforzar un habitus letrado entre la niñez del barrio.

Del extenso conjunto, destaquemos los sistemas de premiaciones, desde 1929, “Euforión” premió con medallas y carnets de “socios por un año” a los mejores alumnos y las alumnas de las dos escuelas primarias del barrio, un “modesto pero sincero y valioso aliciente”.[13] Por su parte, la biblioteca del “Club Sportivo Villa Rivera” (CSVR, en adelante) hacía lo suyo con los mejores alumnos y las alumnas de las escuelas 89 y 31, premiando, además, a quienes registraran asistencia perfecta con diplomas de honor. Horizontes insistía, número a número, en el valor de la constancia y la perseverancia, publicando la nómina de “niños valientes” que no faltaban a clases; estos nombres eran verdaderos ejemplos para una patria necesitada de “muchos niños que tengan la virtud de la perseverancia en el estudio, porque de esos niños estudiosos y constantes se formarán los hombres que deberán dirigir sus destinos de mañana”.[14]

También las donaciones de las bibliotecas a las escuelas fueron sumamente frecuentes: durante 1931, en plena crisis económica, “Euforión” donaba a la Escuela nº 43, “a especial pedido de la señora directora”, cien cuadernos, y obsequiaba a los alumnos y alumnas “cien libritos de cuentos”;[15] en 1933, donaba a la misma escuela “cincuenta lápices y lapiceras y quince libros de lectura”.[16] No es casual que tres años más tarde se constituyera, en el marco de la biblioteca, la “Sub-comisión de Fomento escolar”, la cual “desarrollaría una obra de cooperativismo” en beneficio de los alumnos de la Escuela nº 43.[17]

Como puede deducirse, los premios y las donaciones impulsados por las bibliotecas implicaban una comunicación permanente entre los maestros y las maestras[18] y los directores de las escuelas, y los vecinos y las vecinas vinculados a la biblioteca. Ciertamente, solía tratarse de una red vecinal con estrechos vínculos entre sí, compuesta por estudiantes universitarios, comerciantes, profesionales, empleados y maestras, que componían un núcleo de “activistas culturales”, cuyas prácticas funcionaban, en el seno del barrio, como signo de distinción.[19]

Pero, además, los vínculos de las bibliotecas con las escuelas del barrio se mediatizaron a través de una sección específica en los propios boletines. Así, Euforión publicó una columna titulada “Escuela 43”, desde la cual, durante 1931, se denunció permanentemente el calamitoso estado del edificio escolar, recalcando la necesidad que revestía, para un “barrio populoso y lleno de niños”, [20] la construcción de un local más grande, mejor ventilado y modernamente construido.[21]

En el caso de la biblioteca del CSVR, también Horizontes destinó un espacio gráfico a las escuelas del barrio y, fundamentalmente, a sus alumnos y alumnas, inaugurando en su cuarto número la “Página Escolar”, con el objetivo de “secundar a los héroes anónimos de las aulas”,[22] aliándose con ellos para “acometer resueltamente contra el materialismo de nuestro ambiente”.[23] Los niños, según la página, no eran “hombres en miniatura”, sino “hombres en formación”, “una masa dócil y fácil de modelar”. Pero lo novedoso de la sección consistió en la comunicación directa con un –pretendido– público infantil del barrio, interpelado desde su identidad escolar:

Así que, niños, a estudiar todos con entusiasmo, durante todo el año, recordando siempre que Horizontes os considera sus amigos predilectos, y que cuando lo merezcáis hará figurar vuestro nombre en esta sección que dedicamos exclusivamente para ustedes.[24]

También se incluyeron en esta sección breves relatos infantiles, fuertemente prescriptivos y moralizantes, desde los cuales se difundían valores morales como el espíritu servicial, la perseverancia, el combate del alcohol­ y los vicios, y el ahorro infantil:

Tú estás hoy en la primavera de tus días. Piensa que de lo que hagas ahora dependerá tu porvenir. ¿Serás insensato como la cigarra o sabio como la abeja? (…) AHORRA. No malgastes el dinero, combate todos los vicios y serás un hombre útil a tu familia y a los demás… ¡¡¡AHORRA!!![25]

Tal como en otras naciones latinoamericanas, desde 1914, en Argentina se había declarado obligatorio que los escolares ahorraran en la Caja Nacional de Ahorro Postal. Según Sosenski, la difusión del “ahorro escolar” es un hecho demostrativo de los modos en que la infancia fue atravesada por las relaciones económicas y los entramados del incipiente capitalismo en el que se insertaban los distintos países latinoamericanos; enseñar “el valor del dinero” a los niños y las niñas se convirtió también en una forma de “construir infancias”.[26]

Por último, también dirigido directamente a los escolares, encontramos un suelto en el boletín Euforión en julio de 1931, titulado “Carta abierta a los niños de la Escuela 43. Del verdadero sentimiento de patria” y, entre paréntesis, la aclaración: “Palabras sugeridas a un espíritu joven y libre con motivo de la constitución de la Legión Cívica infantil”. La autoría corresponde a Nicodemmo Scenna,[27] entonces presidente de la biblioteca, quien se dirigía directamente a los niños y a las niñas expuestos, al parecer, al reclutamiento de la organización paramilitar nacionalista:[28]

Adiestraós, jóvenes alumnos, sí, pero no en marchas marciales, ni en instrucciones de mortíferas y fraticidas [sic] armas, sino en el cultivo de la inteligencia como el mejor tributo que podemos depositar en el altar de la patria.[29]

Mediante el recurso epistolar, Scenna reivindicaba un “verdadero sentimiento de patria”, que los alumnos y las alumnas hallarían en el estudio cotidiano, en el aula junto al maestro y, fundamentalmente, en la vida de los grandes patriotas: Moreno, Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, Mitre, Avellaneda e Ingenieros. En cambio, los hombres que pregonaban “la exaltación de este sentimiento nada más que con escarapelas, tambores batientes y adiestramiento militar” (es decir, los legionarios) encabezaban una “mentira patriótica”.[30]

La carta del presidente de “Euforión” al alumnado, publicada en el boletín de la biblioteca, merece algunas reflexiones. En primer término, señalemos el aspecto más evidente: la cristalización, en el agente infantil, de las disputas ideológicas de la coyuntura. Es decir, en pleno golpe uriburista, la tradición antiliberal vehiculizando un proyecto de militarización de la infancia a través de la Legión Cívica; y una tradición democrático-liberal que, apelando al ejemplo de los héroes nacionales, y a la instrucción por medio de la escolarización, defendía una infancia abocada al estudio, en fuerte clave antimilitarista.[31] En segundo término, destaquemos cómo las representaciones sobre la infancia aparecen, desde expresiones ideológicas disímiles –que, de modo esquemático, podríamos situar como el antiliberalismo nacionalista de la Legión y un liberalismo con afinidad socialista, en el caso de Scenna–, fuertemente ancladas a una matriz nacionalista, en la cual opera una captura moralizante del niño en tanto “garantía de patria” y de la “generación infantil” como interviniente en los nuevos destinos de la nación (Carli, 2005: 229). Opacados los discursos sobre la autonomía y la individualidad infantil, que habían florecido durante la década anterior de la mano, entre otros, del escolanovismo, “el niño comenzaba a ser ubicado en relación directa con la patria y la nación” (ibídem). Sin embargo, el caso también demuestra que el significado mismo del concepto “patria” estaba lejos de ser unívoco; alojaba, por el contrario, múltiples sentidos, y su misma definición era motivo de disputa para los contemporáneos.

Escrituras infantiles

Las bibliotecas no solo premiaron a los mejores alumnos y alumnas de las escuelas: también organizaron concursos para premiar sus composiciones escritas (cuarto, quinto y sexto grado). Según los organizadores, se trataba de un “gran estímulo” para los niños y las niñas, quienes expresarían “en cada renglón, en cada palabra, si se quiere, todo su saber, todos sus conocimientos”.[32]

De este modo, a través de las composiciones infantiles aparecidas en los boletines, podemos adentrarnos en los temas recorridos por la niñez y los modos de hacerlo. Esto supone no perder de vista que las escrituras fueron impulsadas y reconocidas por aquellos y aquellas activistas culturales adultos vinculados a las bibliotecas y a las escuelas. En ese sentido, no sorprende que las composiciones ganadoras abordaran contenidos escolares, y que, por ejemplo, se premiara a la niña Micaela por su escritura sobre “El Día del árbol”:

Todo árbol es una vida, ¿sólo tronchándolo obtendremos de él beneficios? No, también sin número los recibimos del árbol vivo: purifican el aire, nos ofrecen sombra amparadora, protección en los días de fuerte viento (…) En la historia de nuestra patria hay árboles tan ligados a sus hechos que podemos decir constituyen hojas vivientes de la Historia Argentina (…).[33]

Como puede apreciarse, se trata de una composición descriptiva, que exponía con riqueza de vocabulario y cuidada puntuación las enseñanzas escolares vinculadas a la efeméride del 17 de septiembre.[34] En tanto, la alumna Lidia, de cuarto grado, fue premiada por su composición titulada “Los libros”:

Siempre es necesario repetir a todas las personas que nos rodean que el libro es la simiente que labra la grandeza de la Patria. En nuestro país hay muchos ejemplos de humildes obreros que por su amistad con los libros llegaron a poseer títulos universitarios (…) El que odia al libro está propenso a sufrir necesidades económicas y caer, por ignorancia, bajo las garras del vicio (…).[35]

En la composición de Lidia, clase social, patria y combate de los vicios confluían, por diferentes senderos, en el preciado bien cultural. La “amistad con los libros” aparecía como pieza clave del ascenso social individual, gracias a la cual el hombre –en este caso, un “humilde obrero”– podía devenir en profesional; en tanto su enemistad era sinónimo de descenso social, y homólogamente, caída en el vicio. Una similar dualidad recorría la composición del niño Bartolomé, publicada en 1936 en las páginas de Horizontes:

Por la perseverancia, el amor al estudio y el gran cariño a los libros, muchos jóvenes pueden culminar en su carrera con un título o una figuración de relieve altamente meritoria. ¡Dichosos de aquellos que tienen libros a su alcance! ¡Desdichados de los que no los tienen! (…) ¡Leamos siempre que el saber nunca está de más![36]

A diferencia del tono impersonal y fuertemente didáctico de las anteriores escrituras, la composición ganadora correspondiente al niño G. Sugruletti, de sexto grado, titulada “Mis propósitos para el futuro”, incorporaba un registro introspectivo:

Tendré que dejar a mis compañeros que en los momentos de tristeza nos consuelan invitándonos a sus juegos y haciéndonos olvidar nuestros dolores. El año venidero empezaré de nuevo el estudio, pero no tendré maestros que toleren mis faltas sino profesores que me impondrán su disciplina, estudiaré con tanto empeño como ahora para corresponder al sacrificio de mis padres que tanto trabajan para hacer de mi un hombre útil y de provecho (…) Ya hombre, cuando haya terminado mis estudios no serán mis padres los que trabajarán sino que yo lo haré para ellos así descansarán de sus fatigas de ahora para proporcionarme lo necesario.[37]

El universo afectivo del niño –masculinizado mediante el lenguaje– compuesto por “maestros, padres y compañeros”, atravesaba la escritura, colmándola de múltiples sentimientos: dolor por lo que deja atrás (escuela-compañeros-maestros), gratificación frente al sacrificio de sus padres trabajadores, incertidumbre frente a la “disciplina” de los profesores del colegio secundario. La composición permite entrever a un sujeto en transición entre la infancia y la juventud, que ha internalizado con vehemencia los “deber ser” que el mundo adulto proyectó sobre él: “buen hijo” y “buen alumno”, condiciones excluyentes para ser un “hombre útil” en el futuro.

En términos más amplios, sus palabras, al igual que las de Lidia y Bartolomé, resultan ilustrativas de la legitimidad social que poseía la instrucción pública como canal fundamental, junto al esfuerzo y el ahorro, de ascenso social en el país, vinculable al proceso de formación identitaria de una clase media que cristalizaría a partir de la emergencia del peronismo.[38]

Al hacer públicas estas y otras composiciones infantiles desde sus boletines, las bibliotecas manifestaban su pretensión de “estimular” a la niñez escolar; en la práctica, claro está, también estimulaban jerarquías entre los premiados y el resto de los niños y las niñas. Posiblemente, las bibliotecas persiguieran, además, capturar la atención de las familias de los niños y las niñas y atraerlas hacia la institución para “expandir cultura y borrar el más leve signo de atraso social”.[39]

Cuando las salas de las bibliotecas se poblaron de niños y niñas

Hasta aquí, recorrimos prácticas y representaciones sobre la niñez escolar construidas desde, y plasmadas, en los boletines que circulaban por los barrios. Analizaremos, a continuación, ciertas actividades que acercaron a los niños y a las niñas a las salas de las bibliotecas como la consulta bibliográfica, los cursos de apoyo escolar y los cursos pre-escolares.

Entre faldas y guardapolvos. El caso de los cursos pre-escolares

Durante 1935, la Comisión Auxiliar de Damas (CAD) de “Euforión” dictó los “Cursos de enseñanza gratuitos”: tejidos, labores en general, teoría, solfeo, y enseñanza primaria. Este último, según consta en el balance anual de la Comisión Directiva:

Tomó caracteres no esperados, tal era la cantidad y asiduidad de niños y niñas que con sus guardapolvos blancos y el timbre cristalino de sus voces hicieron sentir a la biblioteca la certeza de su verdadera misión (…) Completando la enseñanza, la CAD llevó a sus alumnos al jardín zoológico y al diario El Día. Los padres de estos chicos, vecinos de este barrio, nos hicieron sentir su satisfacción.[40]

Como ya ha sido ampliamente señalado por distintos análisis históricos,[41] la educación de la niñez era considerada una extensión natural de los ámbitos de la domesticidad y maternidad femeninos y la biblioteca no constituyó, en tal sentido, una excepción. Al año siguiente, fue la ahora llamada “Comisión Auxiliar de Señoritas” (CAS), integrada por diez mujeres, la que organizó y dictó los “Cursos Escolares” y, lo que constituyó una verdadera novedad, los “Cursos Pre-escolares”. En el caso de los primeros, se trataba de clases de aritmética y lenguaje, dictadas dos veces por semana en la sala de la biblioteca. Respecto a los segundos, la edad pre-escolar se estableció desde los cinco a los siete años y se dictaron clases de lunes a viernes en el horario de 13 a 16 horas, de acuerdo a los programas de Jardín de Infantes.[42] Además de las fiestas patrias, en varias oportunidades se organizaron “excursiones escolares de estudio y esparcimiento” al Jardín Zoológico y al Paseo del Bosque de la ciudad, se celebraron fiestas de inicio y finalización de los cursos; según consta en el libro de actas de la CAS, “se aprovechaba cualquier motivo para reunir padres y alumnos en el local de la biblioteca”.[43]

Si, en un principio, cinco señoritas de la CAS, una por cada día de la semana, estuvieron a cargo de estos cursos pre-escolares, enseguida debieron “dividir las tareas diarias entre dos maestras” por el alto número de inscriptos: un total de cincuenta niños y niñas.[44] Este notable “éxito” de la acción social de la biblioteca sobre la infancia pre-escolar remite a, por lo menos, dos cuestiones más generales. En primer lugar, la impartición de clases según el programa de Jardín de Infantes en la sala de la biblioteca “Euforión” debemos enmarcarla en un movimiento más amplio, de escala nacional, que en los años treinta puso de relevancia la necesidad social de la educación inicial e impulsó la multiplicación del nivel, a partir de la defensa del Kindergarten froebeliano. Un año antes de la apertura de los cursos pre-escolares en Euforión, un núcleo de maestras “jardineras” jubiladas de Buenos Aires y de Entre Ríos, fundaba la Asociación Pro Difusión Del Kindergarten (1935), dando continuidad a históricas demandas –ya planteadas por la “Unión Froebeliana Argentina”, en 1893– sobre la expansión nacional del nivel inicial en manos del Estado y la formación de maestras jardineras.[45]

Recordemos que, durante las primeras décadas del siglo XX, la pertinencia de la educación inicial pública había sido ampliamente cuestionada por amplios sectores de la elite política y su correlato fue un cierto detenimiento del crecimiento estatal del nivel.[46] De este modo, la difusión del nivel inicial había sido discontinua, quedando a la sombra del desarrollo de la instrucción primaria y floreciendo, en cambio, múltiples iniciativas de la sociedad civil (Carli, 2002: 138-142). Hacia fines de la década de 1930, la militancia permanente y tenaz de las kindergartianas nucleadas en la mencionada asociación, logró que algunas de sus demandas fueran oídas por el Estado (Ibídem).

Pero volviendo a la sala de la biblioteca “Euforión”, allí, nueve “señoritas” “sembraban con cariño” sus simientes sobre niñas y niños del barrio. La segunda cuestión por señalar se vincula con la participación femenina en las bibliotecas barriales de entreguerras. Participación que, en el caso de “Euforión”, se revela central y cotidiana, aunque, como en otras instituciones de su tipo, no se tradujera en una representación en las comisiones directivas, ámbito de toma de decisiones y de elección de autoridades ocupado solo por varones. De este modo, en correlato a la inferioridad jurídica femenina en la esfera pública, en distintas instituciones barriales platenses estudiadas, las mujeres se reunían en comisiones denominadas “auxiliares”.[47] Desafiando la performatividad de este tipo de clasificaciones, la CAS de Euforión registró un alto grado de actividad y cierta autonomía en relación a la toma de decisiones correspondientes a sus esferas de acción, vinculadas no solo al dictado de cursos escolares y preescolares, sino también a la organización y difusión de eventos, fiestas, conferencias, reuniones, etcétera.[48]

Por cierto, el periodismo local no tardó en saludar la iniciativa a través de una nota titulada “Los cursos pre-escolares de Euforión”,[49] en la cual se destacó que la biblioteca era la única institución cultural de la ciudad impartiendo enseñanza pre-escolar, y que la cantidad de niños de la “Zona Este” asistente a los cursos “superaba la capacidad del local social de la biblioteca”. Una fotografía de decenas de niños y niñas en guardapolvos, presididos por dos “Señoritas” y un hombre –probablemente el presidente u otra autoridad de la biblioteca–, sintetiza visualmente varios de los ejes que hemos transitado hasta aquí: la niñez, interpelada desde su identidad pre-escolar; la labor cotidiana de las “señoritas” en relación a la niñez; y la autoridad masculina como garantía de la representación de la institución en la esfera pública.

Pequeños lectores y lectoras en el barrio Villa Rivera

“Niño: en nuestra biblioteca está el libro que tú debes leer”.

Horizontes, año I, nº 8-9, febrero de 1937

La “Semana del libro” se anota entre los primeros eventos sociales, anunciado y cubierto desde las páginas de Horizontes, organizado por la biblioteca del CSVR en 1936, donde los protagonistas fueron más de doscientos alumnos y alumnas de las escuelas del barrio que tomaron parte en actos culturales, concursos de lectura y composición escrita. El evento –destinado a reeditarse año a año– se convirtió en un éxito: no solo se obtuvieron más de seiscientos libros mediante donaciones, sino que, además, se logró “vincular a los niños y a las niñas con la biblioteca”, convirtiéndola en “un instrumento de feliz cultura”.[50]

Desde el boletín, la biblioteca agradeció y felicitó al personal directivo y docente de las escuelas 31 y 89, a cuya mediación debían el éxito de aquella “fiesta para la niñez”, publicando, además, la nómina de los ganadores de los concursos de lectura y composición escrita, entre ellas, la del alumno Néstor B., quien concluía un recorrido por la evolución histórica del libro en estos términos:

¡Cuántos y cuántos horizontes hemos visto aclararse al abrir un libro y leer clara y concientemente [sic] los conocimientos más bellos que nos brinda nuestro fiel libro de estudiante! ¡Oh, libro! ¡Sin ti, cuántas ilusiones veríamos extinguirse en la ruta de nuestra vida! Tú nos acompañas siempre, y ¡qué buen compañero eres! Hermoso, humilde, bueno, desinteresado, elocuente, y en tu nombre se hallan todas las cualidades buenas que posees: ¡LIBRO![51]

Aquí el animismo –simpático al lenguaje infantil– proyectado sobre el objeto libro, convive con la mención al “fiel libro de estudiante”, es decir, con su experiencia de lector escolarizado. En efecto, los libros escolares engrosaban los catálogos de las bibliotecas populares: en 1938, el socialista Ángel Giménez denunciaba que en las salas “nadie se acercaba los libros”, a excepción de la consulta de libros escolares, “que, con su encarecimiento, obligan a los estudiantes a buscarlos en las bibliotecas” (Giménez, 1938: 6-7).

A partir de las cuantiosas donaciones obtenidas,[52] la biblioteca procedió a clasificar por secciones el nuevo fondo bibliográfico, conformando, entre otras, la “Sección infantil” y la de “Textos escolares”. Esta distinción también se advierte en el caso de “Euforión” que, hacia 1931, declaraba poseer “el libro de la fantasía infantil, el texto primario, secundario y el superior; nuestro más caro anhelo es que el hogar que no lo puede adquirir, lo tenga con sólo solicitárnoslo”.[53]

Según Horizontes, a pocos meses de la “Semana del libro”, la “Sección Infantil” contaba con un grupo de asiduos lectores y lectoras y ello obedecía a que se había multiplicado la “acción sobre la niñez”. Entre esas acciones, además de los premios, el fomento del acceso a la literatura infantil y el ofrecimiento de ayuda escolar a cualquier niño o niña que lo solicitase en la sala, la biblioteca dictaba un curso gratuito de “Encuadernación”, al cual asistían una treintena de niños que, para fines de 1936, habían encuadernado en cuero y tela varios libros donados por el vecindario.[54]

Durante el verano de 1937, los redactores del boletín publicaron las cifras “récord” de pequeños lectores y lectoras de la biblioteca: trescientas catorce niñas y trescientos veintitrés niños habían retirado libros en febrero, mientras que el número de lectores adultos no alcanzaba setenta. Por el momento, es imposible reconstruir cuáles fueron los libros retirados o establecer si la enorme cifra difundida por el boletín resulta verídica o fue más bien una estrategia propagandística para acercar al vecindario y/o recibir algún tipo de subsidio público.

En cualquier caso, sobre la “Sección Infantil”, sabemos que, de cincuenta y un libros nominados en el boletín, dos mayorías se componían por títulos de la editorial catalana Sopena[55]y por la colección de obras de Constancio C. Vigil. La amplia mayoría de libros de editorial Sopena correspondía a literatura infantil clásica europea de la colección “Cuentos ilustrados para niños”: Barba Azul, El Perro con piel de tigre, La bella durmiente, Pulgarcito, El gato bandido, Los monos bailarines, Simón el tonto, etcétera; algunos de ellos, serían llevados al cine por Walt Disney durante las décadas de 1940 y 1950, convirtiéndose en éxitos internacionales de taquilla. En cuanto a la obra de Vigil, siguiendo a Bontempo, se trató de una de las más difundidas –a través de diversos soportes como la revista Billiken, editorial Atlántida, libros y folletos– y leídas en Argentina –y en otros países latinoamericanos– entre las décadas de 1920 y 1950. Sus obras infantiles –dentro de las cuales se contabilizan ciento ocho cuentos– poseían un fuerte contenido moral vinculado al catolicismo y enfatizaban valores como el respeto, el amor al prójimo, la paz, la responsabilidad, la caridad, el orden, la higiene, la verdad y el estudio (Bontempo, 2012: 205-221). En este sentido, advertimos una fuerte línea de continuidad con los valores morales de insistente prédica en ambas bibliotecas sobre la niñez del barrio.

Para el año 1939, según una estadística realizada por la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, un 91,10% de las bibliotecas existentes en Argentina –esto es, 1239 establecimientos– contaban con “Sección Infantil”.[56] Echagüe, presidente de dicha institución, en una disertación radial de 1938, situaba en segundo lugar de importancia, a la hora de conformar las colecciones bibliográficas de las bibliotecas populares, la adquisición de “lecturas infantiles”. Evidentemente, las donaciones que recibió la biblioteca del CSVR –en la cual participaron un conjunto heterogéneo de instituciones públicas y empresas privadas– y las propias acciones sustentadas por la biblioteca sobre la niñez del barrio se alinearon y contribuyeron con el objetivo de expansión de aquel lectorado infantil sostenido por el Estado.

Para ese “pequeño” lectorado, las lecciones de instrucción escolar se alternaban con grávidos mundos de fantasías. Dicho de otro modo, para ese lectorado infantil los mensajes vinculados a la instrucción pública convivían y se fusionaban con otros procedentes de la cultura masiva.

Consideraciones finales

A través de un conjunto plural de agencias y representaciones sobre la niñez motorizadas por las bibliotecas y difundidas en sus boletines, recorrimos la permanente construcción de un agente infantil fuertemente estructurado en torno a su identidad escolar (y, en el mismo sentido, pre-escolar). La identidad escolarizada de la niñez convivió, asimismo, con una permanente distinción genérica entre los alumnos/lectores y las alumnas/lectoras.

De igual modo, las dos bibliotecas analizadas se autoconcibieron como complemento de la acción de las escuelas del barrio: tanto materialmente –a través de donaciones de útiles y libros, el préstamo de textos escolares, la ayuda escolar, el fomento a la mejora edilicia de las escuelas– como simbólicamente –premiaciones, concursos, diversos reconocimientos y actividades–. Así, durante el período abordado, las bibliotecas no solo potenciaron sus vínculos con las escuelas barriales, sino que, además, utilizaron esos vínculos en su favor para acercar a la niñez –y, más aún, a sus familias– a sus salas. En este punto, destacamos el fuerte rol de las mujeres del barrio, quienes, reunidas en comisiones auxiliares, organizaron y concretaron diversas actividades destinadas a la niñez, como demostró el caso de los cursos pre-escolares de “Euforión”. También, en correlato con la fuerte feminización del magisterio, lo hicieron desde sus lugares de maestras o directoras de escuelas, habilitando los vínculos permanentes entre las instituciones escolares y las bibliotecas.

Por otra parte, la mediación de los boletines implicó la extensión de la institución a la esfera privada de los vecinos y las vecinas, y también la posibilidad concreta de interpelar a sus hijos e hijas, generando un espacio desde el cual estos eran construidos como lectores y lectoras y convocados, premiados y, acaso, publicados.

Con lo dicho hasta aquí, parece difícil encontrar rastros de las agencias de los niños y las niñas que nos conduzcan a iluminar su papel como “agentes históricos” (Jackson Albarrán, 2012: 17-52). Podríamos postular que las “escrituras infantiles” constituyen uno, en el sentido de que los niños y las niñas fueron “pequeños escritores y escritoras” de breves composiciones publicadas en los boletines de las bibliotecas. Sin embargo, rápidamente podríamos aducir que escribieron instados por el mundo adulto; que escribieron, además, acerca de lo que los adultos consideraron significativo y, más aún, del modo en que estos lo consideraban correcto (determinado vocabulario, puntuación, organización del contenido, etcétera).

Bajo esta luz, la niñez queda condenada a la heteronomía, definida siempre en referencia a lo que el mundo adulto de las bibliotecas y escuelas proyectó sobre ella. Si, en cambio, asumimos la consideración metodológica de convertir la niñez en “sujeto de su propia historia” (Lionetti y Míguez, 2010: 9-35), podemos conjeturar junto con Michel De Certeau (2008: 35-48) que, desde el punto de vista de los niños y las niñas, sus escrituras no solamente nos hablan de la internalización y reproducción de un conjunto de valores y comportamientos adultos, sino también, de cierta capacidad de invención y creatividad en los modos de habitar el lenguaje adulto. Es decir, cierta astucia infantil en la capacidad de apropiación e imitación de los modos de escribir y exponer adultos, gracias a la cual lograban pulsar, a través de sus escrituras, las notas que conmovían a hombres y mujeres de las bibliotecas, a sus maestros y maestras, a sus familias, a sus pares (sin descartar la posibilidad de que estos formaran del mismo circuito). Y es que, posiblemente, muchos niños y niñas querían ganar estos –y otros– concursos organizados por las bibliotecas de sus barrios, sentirse orgullosos, acaso felices, frente al reconocimiento de los otros.[57]


  1. Este trabajo forma parte de una investigación doctoral en curso dirigida por el Doctor Andrés Bisso y co-dirigida por el Magíster Enrique Garguin, a quienes agradezco enormemente las sugerencias, referencias y comentarios.
  2. Ver Gutiérrez, L. y Romero, L. A., Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2007 [1995].
  3. Sobre el nombre “Euforión”, escribía Martínez Estrada al presidente de la biblioteca, Nicodemo Scenna, en 1964: “Varias veces he oído comentar equivocadamente por qué la biblioteca lleva ese nombre. Hablan de un bibliotecario negro de Alejandría porque acaso han hallado ese dato en alguna enciclopedia (…) No, nuestro Euforión es otro. Es una creación de Goethe, en la segunda parte del Fausto, acto tercero. Simboliza a Lord Byron y es hijo de Helena, la belleza clásica eterna y Fausto, la sabiduría moderna (de los poderes fáusticos de la naturaleza). Es una de las escenas más hermosas del poema dramático (…)”. Citado en Lugones, D., “Euforión: 75 años al servicio de la cultura platense”, El Día, 3 de agosto de 2002, p. 30.
  4. Euforión. Órgano oficial de la Biblioteca Cultural Euforión, año I, nº 1, La Plata, mayo de 1931, p. 1.
  5. El Club Sportivo Villa Rivera fue fundado en 1923 por un grupo de jóvenes que jugaban al fútbol en el barrio Villa Rivera (Tolosa), con el fin de disputar en los campeonatos locales. Hacia 1936, la fundación de la biblioteca se consideró una “etapa superior” en la vida de la institución, la cual pasó a denominarse “Club Social y Biblioteca Villa Rivera”. En tanto, durante la década de 1940, como consecuencia de la Ley 4688, que dispuso la adopción de un nombre de una personalidad argentina para las bibliotecas, pasó a denominarse “Club social, cultural y deportivo y Biblioteca Domingo Faustino Sarmiento”.
  6. En Horizontes, año I, nº 7, diciembre 1936, p. 20.
  7. Para dar solo algunos ejemplos: “Biblioteca Popular Infantil Pablo Pizzurno” de la localidad Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe, fundada en 1926; “Biblioteca Popular Infantil Teniente Coronel Marcelino Reyes” de ciudad de La Rioja, fundada en 1926; “Biblioteca Popular Infantil Minerva” de la localidad de 9 de julio (Provincia de Buenos Aires) fundada en 1930.
  8. Euforión, año II, nº 6, julio 1932, p. 8.
  9. En las Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt, publicadas entre 1931 y 1932, puede rastrearse cómo el paisaje urbano se transformó con la presencia de los desocupados, ver Saítta, S., “Entre la cultura y la política: los escritores de izquierda”, en Cattaruzza, op. cit., pp. 383-428.
  10. Ver Bisso, A., Acción Argentina. Un antifascismo nacional en tiempos de guerra mundial, Buenos Aires, Prometeo, 2005; Cattaruzza, A., “La disputa política, de un golpe a otro” y “Actividades intelectuales, acciones políticas”, Historia de la Argentina, 1916-1955, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2009.
  11. Euforión, año I, nº 3, julio-agosto 1931, p. 3.
  12. Horizontes, año I, nº 5, octubre de 1936.
  13. Euforión, año I, nº 5, octubre de 1931, p. 8.
  14. Horizontes, año I, nº 6, noviembre de 1936, p. 11.
  15. Euforión, año I, nº 5, octubre de 1931, p. 8.
  16. Libro de actas de la Comisión Directiva de Euforión, 31 de enero de 1934, p. 251.
  17. Mediante la Ley 12.558 se creó en 1938 la Comisión Nacional de Ayuda Escolar y las cooperadoras escolares adquirieron un renovado impulso. Cosse sugiere que, al otorgarle un papel central a las cooperadoras escolares, el Estado se asentaba en la larga tradición asociacionista de las décadas previas –donde situamos a estas bibliotecas–, pero ahora supeditando su funcionamiento a las propias autoridades educativas. Ver Cosse, I., “La infancia en los años treinta”, Todo es historia, nº 457, 2005, pp. 48-57.
  18. Según la revista de la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires, hacia mediados de la década de 1920, el 95% del magisterio era de sexo femenino, ver Garguin, E., “Intersecciones entre clase y género en la construcción social del magisterio. La asociación de maestros de la Provincia de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX”, en Adamovsky et al. (comps.), Clases medias: Nuevos enfoques desde la sociología, la historia y la antropología, Buenos Aires, Ariel, 2014, pp.167-191.
  19. Esta idea es retomada de Garguin, E., “Diferenciación e identificación de clase media en la esfera pública popular”. Ponencia presentada en “IX Congreso Argentino de Antropología Social”, Posadas, 5-8 de agosto, 2008.
  20. Euforión, año I, nº 3, julio-agosto 1931, p. 6.
  21. Hasta 1936, la escuela funcionó en una vieja casa de chapas, y por su deteriorada apariencia, era popularmente conocida como “La linyera”. La demanda de los vecinos y las vecinas del Mondongo se cristalizó, años más tarde, cuando en mayo de 1936, se inauguró el nuevo edificio escolar. En dicha ocasión, la biblioteca elevó un pedido al Director de Escuelas para solicitar que el edificio escolar llevase el nombre del poeta Pedro B. Palacios (Almafuerte), vecino del barrio, promotor y maestro de dicha escuela. Sin embargo, la escuela se inauguró el 24 de mayo de 1936 con el nombre “Juan José Atencio”.
  22. En relación con el uso (supuestamente nuestro) del género masculino del sustantivo maestro, en un campo profesional fuertemente feminizado, Garguin (op. cit.) ha señalado que este era masivo en las publicaciones de la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX. Esto obedece, entre otras causas, a que fueron los hombres quienes mantuvieron los cargos directivos de la Asociación, pese que el gremio estaba constituido por una mayoría femenina.
  23. Horizontes, año I, nº 4, septiembre de 1936, p. 8.
  24. Horizontes, año I, nº 8/9, enero-febrero de 1937, p. 11.
  25. Horizontes, año I, nº 6, noviembre de 1936, p. 11.
  26. Sosenski, S., “Educación económica para la infancia. El ahorro escolar en México”, Historia Mexicana, vol. LXIV, nº 2, 2014, pp. 645-711. Véase también Kaufmann, C. (dir.), Ahorran, acunan y martillanMarcas de urbanidad en los escenarios educativos argentinos (primera mitad del siglo XX), Paraná, EDUNER-Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos, 2012. Agradezco a Leandro Stagno estas referencias.
  27. Hijo de inmigrantes italianos, nació en La Plata, en 1908. A los diecisiete años fundó en su barrio, junto con otros jóvenes que asistían al Colegio Nacional, la “Biblioteca Cultural Euforión”. Se afilió al Partido Socialista en 1932 y estudió medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Ver “El idealista del progreso”, El satélite. La revista de los barrios platenses, Año 3, nº 23, septiembre del 2000, pp. 6-8.
  28. La Legión Cívica Argentina (LCA), organización paramilitar destinada a defender el régimen golpista de Uriburu, combatir a sus enemigos y promover el nacionalismo, surgió pocos meses después del Golpe de Estado de 1930, en enero de 1931, nucleando a grupos nacionalistas ya existentes y creando rápidamente brigadas que incorporaron a miles de legionarios a sus filas, incluyendo la participación de mujeres y niños. Según McGee Deutsh, los lazos de esta organización con el régimen de facto presidido por Uriburu eran manifiestos: sus miembros usaban la imprenta del Correo para imprimir carteles y volantes, eran armados y adiestrados en instalaciones del Ejército, y realizaban actos en escuelas y en otras dependencias públicas. Ver Mc Gee Deutsch, S., Las Derechas. La extrema derecha en Argentina, Brasil y Chile, Universidad Nacional de Quilmes, 2004, pp. 258-259; Klein, M., “The Legión Cívica Argentina and the Radicalisation of Argentine Nacionalism during the Década Infame”, en Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 13, nº 2, 1993, pp. 5-30.
  29. Euforión, año I, nº 3, julio-agosto de 1931, p. 11.
  30. Ídem. Un año antes, el referente pedagógico Pablo Pizzurno, expresaba una opinión similar: “Tratemos por todos los medios de formar esos soldados de los tiempos de paz (…) Y ello con armas que no son el máuser, ni el cañón (…) La obra patriótica más urgente, ineludible, sigue siendo la de educar al soberano, hacer que llegue la luz al pueblo (…)”. En “¿Morir por la patria? ¡No, vivir para servirla!”, Conferencia radiotelefónica, 25 de mayo de 1930, Cómo se forma al ciudadano y otros escritos reunidos, Gonnet, UNIPE Editorial Universitaria, 2013, p. 381.
  31. La prédica antimilitarista en pro de la paz mundial puede leerse en sucesivos artículos sueltos en el periódico firmados por Scenna. Ver, por ejemplo, “El despertar de un nuevo sentimiento”, Euforión, año II, nº 6, julio de 1932, p. 7.
  32. Euforión, año I, nº 3, julio-agosto de 1931, p. 4.
  33. Euforión, año I, nº 4, septiembre de 1931, p. 6.
  34. Acerca de la centralidad de los árboles históricos en esta época, ver Blasco, M. E.: “Un panteón de naturaleza nacional: la transformación de los árboles en ‘reliquias históricas argentinas’, 1910-1920”, en L´Ordinaire Latinoamericain nº 212, enero-abril, 2010, Toulouse, pp. 75-104. Disponible en: https://orda.revues.org/2492.
  35. Euforión, año I, nº 1, mayo de 1931, p. 4.
  36. Euforión, año I, nº 5, octubre de 1931, p. 11.
  37. Euforión, año I, nº 1, mayo de 1931, p. 4.
  38. Sigo aquí la línea interpretativa propuesta en Adamovsky, E., Historia de la clase media, Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003, Buenos Aires, Planeta, 2009; Garguin, E., “El tardío descubrimiento de la clase media en Argentina”, Nuevo Topo. Revista de historia y pensamiento crítico, nº 4, 2007, pp. 85-10.
  39. Euforión, año I, nº 2, junio de 1931, p. 2.
  40. Libro de actas CD Euforión, 30 de enero de 1936, p. 349. El subrayado pertenece al original.
  41. Entre ellos, remito a Nari, M., Políticas de maternidad y maternalismo político. Buenos Aires, 1890-1940, Buenos Aires, Biblos, 2005.
  42. Libro de actas de la CAS Euforión, 1936, s/p.
  43. Ibídem.
  44. Las mujeres a cargo de los cursos pre-escolares fueron Elida Rinaldi, Teresa y Ada Vani, Inés Fernández, Balbina Ladenas, Nélida Tebaldi, Luisa y Virginia Trusso y Martha Rinaldi.
  45. El Monitor de la Educación Común, diciembre de 1939, nº 804, pp. 31-41.
  46. La clausura, en 1905, de la “Escuela Especial de Profesorado en Kindergarten”, presidida por Sara Eccleston, y su conversión en “Escuela Normal para Maestros”, resulta un hecho representativo del grado de cuestionamiento que recaía sobre el nivel inicial.
  47. Algunos ejemplos de las nomenclaturas de dichas comisiones: “Subcomisión femenina” (Centro de Fomento Meridiano V), “Comisión auxiliar de señoritas” (Club Sportivo Villa Rivera y Biblioteca Euforión), “Comisión Auxiliar Femenina” (Biblioteca Alborada).
  48. Esta experiencia plantea un contrapunto respecto a la afirmación sostenida por Romero y Gutiérrez (p. 86), quienes, a partir del análisis de dos bibliotecas porteñas, sitúan en primer plano las actitudes masculinas de relegamiento femenino, sosteniendo que a las mujeres se le asignaba una tarea “ancilar e instrumental” como la venta de rifas, recaudar fondos, organizar kermeses o reparto de juguetes.
  49. El Argentino, 15 de mayo de 1936, p. 8.
  50. Horizontes, año I, nº 5, octubre de 1936, p. 4.
  51. Horizontes, año I, nº 5, octubre de 1936, p.11.
  52. La variopinta lista de donantes publicada en el quinto número boletín se componía de: el Senador nacional Dr. Mario Bravo, el periodista Juan José de Soiza Reilly, el escritor y poeta Agustín Rivero Astengo, la Dirección General de Escuelas de la Provincia, el Ministerio de Obras Públicas de la Provincia, la Standard Oil Co., las Escuelas nº 89 y 31, la Editorial Tor; la Editorial Atlántida, Biblioteca Caras y Caretas, Círculo Cultural Los Tolosanos.
  53. Euforión, año I, nº 2, junio de 1931, p. 1.
  54. Esta orientación sobre la niñez del barrio puesta en marcha por la biblioteca durante sus primeros meses de existencia selló un rumbo constante de la institución para las futuras décadas: cursos gratuitos, fondos de becas para estudiantes secundarios, entrega de diplomas, concursos “de preguntas y respuestas”, ver Jumar, F., Tolosa: Asociaciones vecinales, lugares de memoria y generaciones, 1871-1995, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, p. 49.
  55. Editorial fundada en 1894 en Barcelona por Ramón Sopena, protagonista del auge editorial del libro infantil y juvenil en España durante las décadas de 1920 y, sobre todo, desde 1930, ya que con la llegada de la II República en 1931 se dio un fuerte impulso a la promoción de la lectura y el libro. Entre las numerosas colecciones de Sopena, se destacan la literatura popular e infantil a través de la Biblioteca Infantil y la Biblioteca para Niños, ver Franco, M., Para que lean los niños: II República y promoción de la literatura infantil, en Desvois, J. M. (coord.), Prensa, impresos, lectura en el mundo hispánico contemporáneo: homenaje a Jean-François Botrel. Université Michel de Montaigne Bordeaux 3, 2005, pp. 251-272.
  56. El Diario, 28 de noviembre de 1939, p. 35.
  57. Es ilustrativa, en ese sentido, una anécdota infantil –situada entre las décadas de 1930 y 1940–, narrada en 1997 por un viejo vecino de Villa Rivera: “Un día se dio la oportunidad que la maestra les habló del tema que tenían que dar, y el chico le habló antes de que la maestra se lo enseñe y [ella] le preguntó <¿Cómo sabés eso?> <¡Yo lo estudié para el concurso de Villa Rivera!>”, “Entrevista a Juan Carlos Milito” en: Jumar, F., Tolosa: Asociaciones vecinales, lugares de memoria y generaciones, 1871-1995, La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 1997, p. 50.


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