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12-2022t

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2 Desde el encierro

Experiencias y sociabilidades al interior del reformatorio en la Ciudad de Buenos Aires durante la primera década del siglo XX

Claudia Freidenraij

Pocas instituciones sociales resultan más opacas a la mirada del público que las penitenciarias. Fruto de un proceso histórico de largo plazo que abandona el suplicio público ejemplar y la “fiesta punitiva”, el castigo civilizado se identificó con la privación de la libertad como pena de referencia e implicó que se rodeara de misterio aquello que acontece al interior de la prisión.[1] Sin embargo, esto no significa que sea imposible reconstruir la vida dentro de los establecimientos de encierro.

En esta oportunidad, quisiera proponer una indagación, a partir de una serie de documentos oficiales, de la vida dentro de la Cárcel de Encausados que existió en la Capital Federal de la República Argentina entre 1905 y 1910. Esta institución, que nació en 1898 como reformatorio destinado a la corrección de menores de edad, se transformó, en 1905, en Cárcel de Encausados para adultos que, desde entonces, convivieron con niños y jovencitos.[2] Se procura en este trabajo reconstruir experiencias y sociabilidades particulares de los niños y jóvenes encausados: las que se daban al interior del reformatorio, un contexto altamente opresivo en el que las formas de relación e intercambio entre ellos cobran un sentido muy vinculado a la supervivencia más inmediata, a la tramitación de la cotidianeidad y a la forma de sortear las condiciones de vida que, en ningún caso, fueron elegidas. Encontramos en esta indagación que, pese a la naturaleza de las fuentes con que trabajamos, es posible rescatar huellas y vestigios que nos remiten a la voz de los niños y jóvenes encerrados como actores sociales que participaron activamente en la (re)creación de un mundo de ordinario hostil, pero en el que supieron hallar espacio para la risa, los juegos, la amistad y la solidaridad.

Aunque las fuentes oficiales de los establecimientos carcelarios ofrecen una perspectiva poco propicia para adentrarse en la historia social, en el sentido de la aridez que suponen los documentos producidos por las autoridades del reformatorio, que no son particularmente sensibles a la subjetividad de los individuos de carne y hueso, se trabajará aquí con documentación oficial –que es, en definitiva, la que tenemos disponible–. En primer lugar, informes sobre la vida de los menores encausados producidos por la Oficina de Estudios Médico-Legales. En segundo lugar, la publicación oficial del reformatorio, la Revista Penitenciaria. En tercer lugar, las memorias institucionales que, año tras año, las autoridades de la Cárcel de Encausados elevaban al Ministerio de Justicia dando cuenta de la labor realizada. Y, finalmente, los reglamentos del establecimiento.[3]

El trabajo y la clase. Entre el oficio y la obediencia

Es reconocido el lugar que el trabajo guardó en el arco de valores y herramientas con que criminólogos y penitenciaristas pretendieron reformar a los criminales reales y potenciales. Inculcar la obediencia, entrenar la puntualidad, grabar el respeto por las autoridades y las jerarquías, forjar un carácter dócil y sumiso, ejercitar la productividad y disciplinar los cuerpos de los futuros trabajadores fueron objetivos reconocidos de las instituciones disciplinares, desde Foucault hasta la actualidad.[4] No obstante, no es mi intención mostrar aquí la modalidad que asumió en la Cárcel de Encausados esa fe inquebrantable del positivismo penal en las bondades del trabajo. En cambio, me interesan más las relaciones que se estructuraban dentro de los talleres del reformatorio y los mecanismos puestos en juego para convertir a menores díscolos, rateros y pendencieros en trabajadores sumisos y disciplinados. ¿Qué pasaba concretamente dentro de las paredes del taller?

Los documentos carcelarios administrativos, como las memorias, llaman la atención a los maestros de talleres para que estos vigilasen más estrictamente la conducta de los menores, en el sentido de prohibirles, por ejemplo, fumar y conversar durante el desempeño de sus tareas.[5] El jefe de talleres argumentaba que durante las horas de trabajo se permitía a los muchachos cambiar algunas palabras con los compañeros siempre que no alzaran la voz ni interrumpieran el trabajo, ya que “esto es lo que se exige a los operarios de industrias particulares”.[6] No obstante, las autoridades eran muy claras respecto de lo que no debía admitirse: “El grito agudo, la risa inmoderada, la mirada impúdica, la palabra grosera, el ademán chabacano deben ser rigurosamente corregidos, cueste lo que cueste”.[7] El objetivo de lograr egresados imbuidos de formas y comportamientos sociales esperables de un ser readaptado se vislumbra tras las prohibiciones acerca del aspecto y la vestimenta que debían observar los reclusos. Los pañuelos al cuello, el uso de alpargatas como chancletas, las blusas desabotonadas y anudadas por delante, no serían toleradas en los reos, como tampoco lo serían cuando, ya rehabilitados, trabajasen en la fábrica o el taller.[8]

No obstante, los documentos oficiales permiten entrever el modo en que las autoridades del reformatorio buscaban moldear las relaciones dentro del taller. Se esperaba que los maestros de taller vigilasen la conducta, disciplina, moral y aseo de los detenidos en el espacio de trabajo. También, se suponía que diesen ejemplo de “exactitud, puntualidad y buenas maneras en todo su proceder, y de obediencia y respeto a los superiores, defendiendo siempre el proceder de estos, no permitiendo que se critiquen sus acciones o resoluciones, ni tolerando que los detenidos murmuren del trato que reciben en el establecimiento”. Habitualmente, los maestros de taller tomaban mate u otras colaciones en las horas de trabajo; también fumaban.[9] Ninguna de estas prácticas fueron bien recibidas por la dirección, que trató de erradicarlas, aunque no sabemos con cuánto éxito. Estas apreciaciones sobre lo que se esperaba de los maestros puede leerse en anverso, es decir, nos da una idea de aquello que efectivamente sucedía (y las autoridades desaprobaban) en las horas de taller. Así, el ámbito del taller se adivina como un espacio más relajado (o tal vez menos controlado) que otros dentro de la cárcel. Allí, solían darse conversaciones entre los menores que no pocas veces parecían tener como centro a las autoridades de la cárcel o a su régimen. Recordar a los maestros que no deben permitir las bromas, las críticas y las murmuraciones nos habilita a pensar que estas existían y tenían lugar ahí mismo.

Se pretendía que los maestros guardasen cierta distancia con los alumnos, no solo tendente a imponer una autoridad que no vacilase a la hora de reprenderlos por faltas leves, sino también en términos corporales: el maestro “no podrá tocar a los detenidos, sea para acariciarlos, sea para castigarlos”. Asimismo, se les prohibía insultarlos, “reprenderlos con palabras hirientes o vulgares y burlarse de ellos o ponerles apodos”, debiendo dirigirse a los menores tratándolos de “usted”.

He notado con desagrado –decía el jefe de talleres– que algunos maestros, apenas entrados al taller y poco antes de la salida, suelen vestirse y desvestirse en presencia de los menores, al objeto de hacer uso durante las horas de trabajo de un traje en desuso y algunas veces andrajoso.

Esto resultaba chocante a las autoridades, que proponían el uso de un guardapolvo y la implementación de “un cuarto en que los maestros se desvistieran dejando sus prendas, evitando así los continuos pequeños robos de cigarros y moneditas de que son víctimas”.[10] Sin embargo, más que el hurto de chirolas y cigarrillos, lo que parecía incomodar a las autoridades es la intimidad que genera el cambio de ropas, la cercanía del contacto físico (sea en su versión amable o punitiva). Promover el trato de “usted” parecería indicar la preferencia por la distancia (física, emocional y jerárquica) de maestros de taller y detenidos.

El trabajo en los talleres de la prisión generaba un peculio, cuya manipulación fue una de las formas que asumió la administración del castigo: además de las penas reglamentarias previstas para los comportamientos inadecuados, “la mala conducta del menor será reprimida con multas”.[11] Así, cada día de calabozo implicaba la pérdida de la mitad del jornal; el plantón que excediera las dos horas reducía la remuneración diaria a sus dos terceras partes. Se preveía que el menor podría “rescatar las multas” con buena conducta sostenida a lo largo del tiempo (quince días y un mes, dependiendo de la falta castigada). Tanto los castigos, como las multas y los “rescates”, así como la producción diaria de cada menor, se anotarían en una libreta que sería revisada mensualmente para computar el peculio correspondiente a cada menor.

La cuestión de las multas descontadas a los salarios de los reos por mal comportamiento es un indicador interesante de las dificultades de la burocracia penitenciaria para combatir los malos hábitos de los muchachitos, pero también sugiere pistas sobre el carácter de esas conductas que eran sancionadas. Si tomamos como ejemplo el taller de alpargatería, uno de los cuales empleaba reos menores y adultos, veremos que en el segundo trimestre de 1906 se emplearon 74 menores y 76 adultos. La suma del peculio producido por unos y otros fue de 383,69 pesos y 128,47 pesos, respectivamente, lo cual indica que los menores triplicaban en productividad a los adultos. Pero si atendemos a las multas devengadas, veremos que de conjunto a los adultos les cobraron 72 centavos mientras que a los menores les fue sustraído 10,34 pesos, esto es, más de diez veces lo que a los adultos.[12] Esa diferencia es indicadora de las dificultades que pudieron tener los administradores de la cárcel para lidiar con la conducta de los encausados menores de edad, no solo en las horas laborales, sino también en las horas escolares, comedores, patios, horarios de misa y de sermón. Pero, también, nos habla de la importancia de esas conductas sancionadas para el fluir de la vida dentro del reformatorio: si tenemos presente que las “faltas” más frecuentes consignadas por los maestros eran fumar, conversar en voz alta, reírse y hacer bromas, podemos empezar a entender esa brecha de descuentos por multas entre menores y adultos como una expresión de aquello que niños y jóvenes no podían (o no querían) dejar de hacer.

Sociabilidades carcelarias

El reformatorio no fue solo un espacio de encierro, un depósito de la “niñez desviada”. Como ya hemos visto, hay una faceta productora del reformatorio, asociada al tratamiento correccional, al trabajo y a la disciplina. Sin embargo, el reformatorio también tiene una dimensión que escapa a esos propósitos disciplinares –formadores de buenos y obedientes trabajadores– o, al menos, va más allá. Una dimensión que tiene por epicentro a los sujetos que lo habitan; sus experiencias y sus interrelaciones. Hacia allí me interesa apuntar la mirada.

La documentación con la que trabajamos, especialmente los estudios médico-legales, permiten que nos adentremos en las formas de tramitar las experiencias del encierro.[13] Hubo quienes reaccionaron a su procesamiento judicial retrayéndose y distanciándose de sus compañeros de prisión, mientras que otros se adaptaron con cierta facilidad a las dinámicas carcelarias. En cualquier caso, los funcionarios encargados de practicar los estudios médico- legales estuvieron atentos a esas reacciones y las registraron, en ciertos casos, con alto grado de detalle.

Examen del encausado L.S., de dieciséis años. Tiene, según sus observadores, una actitud tranquila y reservada. “Llega, algunas veces, hasta el punto de rehuir la compañía de los demás recluidos, escondiéndose en los lugares apartados, y complaciéndose en aislarse todo cuanto le es posible, sin aceptar el trato con los demás menores, ni mezclarse en los juegos frecuentes a que se entregan”. Para L.S. era difícil relacionarse con sus compañeros de infortunio. “Existe en él una manifiesta tendencia al suicidio”, decían sus examinadores. Y de hecho lo había intentado, pero “felizmente pudo evitarse el accidente, gracias a la oportuna intervención de los empleados, que ejercen una estrecha vigilancia sobre los menores”. El suicidio se frustró porque lo descubrieron las autoridades al revisar su correspondencia: “había escrito algunas cartas a su padre y al director, para que no se culpara a nadie de su muerte”.[14]

El carácter taciturno y depresivo de L.S. contrasta con la sociabilidad y la algarabía que se filtran –casi que desbordan– de los estudios médico-legales en general. Algunos menores, como L.C. (alías “Carnicerito”), de doce años, manifestaba “cariño por aquellos compañeros de prisión que se conducen bien con él, a quienes en libertad frecuentaría, si la madre no se lo prohibiese (…) Además, tiene marcados sentimientos de solidaridad para con los delincuentes”.[15] Esto era interpretado por sus observadores como un claro síntoma de sus “tendencias delictuosas”.

El uso del “caló de los delincuentes” era entendido por las autoridades del reformatorio como un signo inequívoco de pertenencia a las bandas de “menores vagabundos y delincuentes”: conocer y emplear esa jerga del “bajo fondo” social era un síntoma inconfundible. Los estudios médico-legales ponen blanco sobre negro la importancia que le cupo al lenguaje en sus diagnósticos,[16] así como los procedimientos puestos en práctica para deschavar mentiras y simulaciones contrastando las respuestas que daban los menores en los interrogatorios con las observaciones de su actuación en grupo. Así procedió Ulises Codino, el alcaide, para desenmascarar a H.D.: “he tenido ocasión de escucharlo en momentos en que conversaba con sus compañeros, sin que lo notase y comprobé [que] conoce con admirable exactitud todo ese lenguaje especial y lo usa con notable preferencia”. H.D. era –según Codino– un gran simulador: respondía “vacilante”, “miente con suma facilidad”, en suma, “tiene en general mucha prevención cuando habla con algún empleado”. En cambio, “no es así con sus compañeros. Con ellos es expansivo, charlatán, preguntón, fácilmente comunicativo y alegre. Su imaginación se desenvuelve entonces con ansias; quiere saber noticias de todos los menores que conoció la primera vez que estuvo detenido en la cárcel; recuerda detalles de la personalidad de muchos y da informes de los que vio estando en libertad. Salpica la conversación tarareando o silbando estilos y milongas criollas”.[17] Más allá de las interpretaciones que pudieran hacer sus observadores sobre los dobleces de la actitud de H.D., lo que interesa aquí es la alegría, la charla, la risa, la melodía que los muchachos silbaban cuando estaban entre ellos; la curiosidad por conocer la suerte de los que alguna vez conocieron, las anécdotas (verídicas o inventadas) sobre lo que les ocurrió fuera del reformatorio.

La imaginación expansiva, el compartir recuerdos y datos sobre uno de la barra que ya salió en libertad y las milongas acompañando la tertulia matizan las ideas que los estudios del control social nos legaron sobre la vida en el encierro y nos devuelven una imagen de sujetos de carne y hueso (ya sean ansiosos, charlatanes y preguntones; o taciturnos, reservados y depresivos) que están a cierta distancia de los reos sometidos y disciplinados surgidos del panóptico.

La particular sociabilidad en el ámbito carcelario se hacía, entre otras cosas, de embustes y jactancias. “Estando detenido en una celda por una grave infracción a la disciplina, preguntaba a otros menores en la prisión si le darían la comida de todos los días, o solo pan y agua. Como alguien contestó que no soñara en lo primero (sic), y que con toda seguridad se le daría lo segundo, con altivez y desprecio dijo que, si tal cosa sucedía, tiraría el pan a la cara del celador que se lo trajese. La coincidencia quiso que fuese hora de comer y al repartirse la ración, solo se le hizo dar de intento pan y agua, que recibió con agradecimiento. Pasados algunos minutos, preguntáronle los compañeros qué comida le habían traído y él resueltamente les dijo “me quisieran dar marroco (pan) y no lo quise; prefiero morir antes que comer eso”.[18]

De esas ostentaciones se hacían los “prontuarios”; sobre esas mentiras, dobleces y exageraciones se construía una “autoridad” dentro del universo de los recluidos. “Nunca faltan compañeros oficiosos con cuentos de aventuras galantes; incidentes personales terminados con pugilatos en que salen victoriosos; hábil estratagema para esquivar la acción del vigilante en una persecución, etcétera”, decía el subdirector de la cárcel.[19] Pero si eran necesarios estos “inventos”, si los muchachos se esforzaban en presentarse con un “currículum” ante sus compañeros de encierro, era porque la cárcel constituía algo más que un depósito donde matar el tiempo. Allí dentro se tejían relaciones, se intercambiaban experiencias, se trababan amistades y se dirimían conflictos.

Los lazos recíprocos entre los habitantes de la cárcel, no obstante el corto período que solían pasar allí, son verificables en más de un sentido. Esa sociabilidad influía largamente en la conducta de los detenidos, no solo cuando estaban juntos y cada quien fabricaba su propio “prontuario” que lo haría acreedor de una determinada posición al interior del grupo. También incidía en la manera en que los menores se plantaban ante las autoridades de la cárcel al momento del examen médico-legal. La negación de los hechos imputados durante el interrogatorio que hacían las autoridades del establecimiento (o la presentación de los acontecimientos de manera distorsionada respecto de las declaraciones recogidas en el sumario policial) suponían que esas relaciones al interior de la cárcel servían a la trasmisión de estrategias entre los encausados para sortear en mejores condiciones su experiencia penal. Así lo interpretaba el alcaide de la cárcel de encausados al evaluar al menor L.S. (alías “El Calabrés”), de once años, acusado de hurto, que en su estadía penal negaba lo que había declarado en la comisaría, “sin duda aleccionado por los demás menores, puesto que sus conversaciones versan, casi siempre, sobre los diversos delitos por ellos cometidos”.[20] Algo similar ocurría en el caso del menor C.C., de quince años, acusado de ultraje al pudor sobre una menor, delito que confesó y ante el que se mostraba arrepentido, pero para el subdirector eso “puede ser más bien la resultante de consejos escuchados en el tiempo de su prisión preventiva, pasada con adultos, fuera de este asilo, desprovisto de sentimientos honestos y morales, pero hábiles para esquivar la responsabilidad de los actos punibles”.[21]Las autoridades de la cárcel tenían clara conciencia de que al interior del establecimiento se producía “todo un aprendizaje para rehuir la responsabilidad del hecho”, actitud que solían achacar a quienes consideraban “delincuentes habituales”.[22] Se trata de una sociabilidad fluida que se traducía en estrategias para eludir a la justicia la que se trababa en los establecimientos carcelarios.

Pese a la disciplina y la sujeción que trasmiten las (escasas) imágenes que aún se conservan de los menores recluidos en el reformatorio, lo cierto es que existen otras evidencias que contrarían esas representaciones tan ordenadas y uniformes de los niños y jóvenes confinados entre sus muros.

Hicimos referencia ya a las multas que, con frecuencia, descontaban los maestros del taller a sus pupilos por no atenerse a las rigideces de las normas internas. Las insolencias y descaros dentro de la cárcel eran reprimidas por los penitenciarios: la cárcel suponía el respeto por las jerarquías establecidas, en las que los menores encarcelados ocupaban el último escalón. Algunas faltas eran consideradas “leves”: hablar en formación, reírse en la mesa o no guardar la compostura debida en el taller eran penitenciadas ligeramente. Algunos menores eran continuamente castigados: A. (o E.R.), cuya conducta “deja mucho que desear” había sido penitenciado los días 1, 4, 6, 15, 20 y 21 del mes de septiembre de 1905 por diversas causas, “como ser fumar, hablar obscenidades, desorden en la mesa y armar reyertas”.[23] Los reincidentes solían presentar una conducta más desafiante, como si el ser habitué de la cárcel les infundiese confianza. A.D. (o R). tenía dieciocho años y tres entradas por hurto en los últimos once meses. El informe de la escuela consignaba que “su conducta deja mucho que desear. No tiene hábitos de orden, de obediencia, de respeto ni de moralidad. Muchas veces ha sido contestador hasta la insolencia, principalmente cuando se le ha separado de la clase, por mala conducta”. Incluso, había intentado atacar a su maestro. Como era de esperarse, conocía “el caló de los delincuentes”.[24] Otro menor encausado, J.A., de dieciséis años, era descripto como “irritable” e “impulsivo”, al punto de haber tomado parte “en un atentado a golpes de puño contra un celador del establecimiento”.[25]

Es habitual encontrar en los informes que un menor “es insolente e impulsivo y ha sido varias veces castigado por ese motivo (…) Un día se permitió desacatar una orden y al ser retirado de la clase para dársele un castigo, dirigió con actitud airada un grosero insulto a su profesor”.[26] No todos los menores estaban dispuestos a acatar las reglas que ordenaban las relaciones de poder dentro del reformatorio. Los maestros del taller también advertían de la conducta de los menores que tenían a su cargo: F.O., de dieciocho años, conchabado en el taller de escobería era un buen trabajador, pero “irrespetuoso y murmurador; pendenciero y prepotente, siendo su deseo mostrar cierta independencia y superioridad entre sus compañeros y desprecio hacia sus superiores. En una palabra, el prototipo del ‘compadrito lunfardo’”, decía el encargado del taller. “Rebelde a todo trato autoritario y coercitivo, se dobla fácilmente ante un raciocinio bondadoso, aunque severo, que no lastime su ignorante orgullo”.[27]

¿En qué consistían los castigos que se aplicaban frente a las faltas e insolencias de los muchachitos? Los reglamentos institucionales ofrecían un suplemento punitivo al propio encierro: un arco de penitencias aplicables de manera discrecional. Un castigo dentro del castigo. El reglamento original de la Casa de Corrección, redactado por Grote, preveía una serie de penas graduadas: pérdida de distinciones y premios; amonestaciones públicas o privadas; privación de recreo o descanso; turno más frecuente en los trabajos pesados; plantón y encierro; prohibición o suspensión de visitas; y habitación en celda por el tiempo que la dirección juzgue conveniente.[28]

Hasta aquí los castigos reglamentarios, esto es, los que estaban normativizados, adheridos a una legalidad. No obstante, los castigos frecuentemente se salían de la norma y se volvían puniciones extralegales. Un puñado de indicios animan a hipotetizar que la discrecionalidad con que se manejaban las autoridades (y también los cuadros menores de la burocracia penitenciaria) formaba parte de una técnica de gobierno de la cárcel que lejos se situaba de las penalidades admitidas por la letra de ley. Una nota del periódico socialista La Vanguardia refería a la manipulación por parte de las autoridades de la Penitenciaría y la Correccional de Menores de los reglamentos. Indicaba la decisión arbitraria de “acortar” el tiempo pasado fuera de la celda y denunciaba que las quejas y resistencias de los internos eran quebradas a culatazos de bayoneta. También revelaba que los presos adinerados eran los únicos que “viven bien en la cárcel”: los empleados “los sirven” y “hasta salen de noche (…) con un conserje ‘amigo’”. La administración arbitraria de castigos –encierros a pan y agua, golpes de fusil y bayoneta– era gratuita, denunciaban los presos: por dormir, conversar y fumar. El trato de parte del personal penitenciario a los presos (muchas veces diferencial, según estas lógicas contingentes y arbitrarias) y las reacciones que esto generaba (descontento generalizado, griteríos, requisas, principios de amotinamiento, etcétera) fueron denunciados por los mismos reos como formas de gobierno de la cárcel, que afectaba directamente la cotidianeidad de los reos y también teñía las relaciones entre estos y los encargados de la administración del castigo.[29]

Así, decidir pasar correspondencia, resolver si aplicar o no una multa por decir groserías en el taller, o hacer la vista gorda al sorprender fumando a un menor, formaban parte de los recursos con que contaban los penitenciarios para la administración de la cárcel, opciones que, rara vez, se traslucen en los documentos que codifican las normas de su funcionamiento. Una serie de decisiones cotidianas daban a las autoridades –pero también al alcaide, los maestros de aula y taller, guardianes y celadores– cierto margen de intervención sobre la población carcelaria: así, la distribución de menores entre los talleres (o su pase de uno a otro), la resolución sobre quién estaría en el lavadero (que constituía una carga pesada y era usada con frecuencia como un suplemento punitivo), o la decisión acerca de quién participaría del taller cocina (que no solo estaba mejor pago, sino que además permitía el beneficio extra de una “comida abundante y elegida”) constituían elementos del gobierno cotidiano de la cárcel.[30] Los maltratos físicos, los tratos vejatorios y degradantes, los insultos y las requisas eran sanciones informales, varias de ellas expresamente prohibidas.[31] La sola prohibición ya es sugerente.

Finalmente, ciertas relaciones entre los menores encarcelados también fueron objeto de manipulación, control y gobierno. La vida sexual de los reos menores de edad constituyó una honda preocupación del personal jerárquico del reformatorio. Las autoridades lo reconocían explícitamente al afirmar que “el estudio de las aberraciones psicofisiológicas” era “uno de los puntos principales del programa de la Oficina de Estudios Médico-Legales”.[32] El alcaide de la cárcel estaba convencido de que la pederastia era una práctica consustancial a la vida vagabunda y que, una vez en el encierro, las tendencias homosexuales continuaban.[33] “A veces, se sorprende alguna breve carta escrita con lápiz en un taller, aprovechando el descuido de un maestro, en que un menor le hace a otro proposiciones inmorales”. Otras veces, se interceptaban cartas que llegaban a los reos desde fuera, de parte de algún otro muchacho que ya había egresado, cuyos términos no dejaban lugar a dudas respecto la naturaleza de las relaciones que allí se entablaban: “Tú te acuerdas de los que me habías ofertado y como me vine para cuerpo [el menor había ingresado a un batallón] no me has podido dar esa cosa (aquí símbolo gráfico) tan rica que cada vez que me acuerdo de voz [sic] se me para el ganzo [sic] de manera bárbara (…) Tu querido y apreciable M.”.[34] No obstante, pese a estas declaraciones tan explícitas, las autoridades de la cárcel afirmaban que no era posible que los detenidos practicaran la “sodomía”.

Los diagnosticados como “pederastas pasivos” sufrían una “severa vigilancia” dentro de la cárcel. Según la administración de Duffy, bajo la anterior dirección existían “menores depositados y delincuentes que se habían entregado al vicio homosexual y al onanismo, actos que practicaban en lugares no vigilados”. Sin embargo, el nuevo régimen “combatió enérgicamente el mal, ordenó severa vigilancia sobre aquellos que eran sindicados como pederastas u onanistas; se prohibió, bajo pena de plantón, a los menores mayores que se juntaran con sus compañeros de prisión de menor edad que ellos y viceversa; se dio a conocer a guardianes y celadores el nombre de aquellos que adolecían de los citados defectos, para facilitar su tarea”.[35]

Los maestros de taller, al elevar sus informes, también llamaban la atención sobre la moralidad sexual de sus trabajadores. El responsable del taller de escobería llamaba la atención sobre algunos de los chicos a su cargo, calificándolos de “invertidos”. Otros, como R.I., de trece años, debían ser “objeto de continua vigilancia por ser conocido como pederasta pasivo y masturbador de sus compañeros mayores que él”.[36]

Es interesante vincular estas prácticas que celaban la vida sexual de los reclusos con las preocupaciones de los médicos de la cárcel respecto del tamaño y la forma anal de los menores: su revisación y clasificación fue una constante de los exámenes físicos practicados por la Oficina de Estudios Médico-Legales. Esto sugiere que las observaciones médicas informaron, de un modo u otro, a los guardianes y celadores respecto de quiénes merecían mayor control. A su vez, habla de los usos que pudieron tener estos estudios al interior de la prisión, es decir, no ya en función de la sentencia judicial, sino también hacia adentro, en relación con el gobierno de la cárcel.

La masturbación –práctica mucho más extendida que la homosexualidad, al decir de los propios administradores– también fue perseguida. No solo se procuró que los menores durmiesen con “sus brazos fuera de las cobijas”, sino que se estableció “en los w.c., patios y talleres un servicio especial, a objeto de vigilarlos constantemente, para impedir la realización de actos inmorales de cualquier clase”.[37] La práctica colectiva del onanismo era bastante frecuente: se entregaban a ese “vicio” “como una chanza, ejercitándolo en común como si se tratara de un sport divertido; se juntan formando rueda y apuestan fruslerías (cigarrillos, monedas de níquel, etcétera) a quien cumple mejor y más rápidamente el acto”.[38]

Independientemente del juicio que les mereciera a sus carceleros, es claro que, pese a los castigos, la vigilancia, las multas y las anotaciones en los “prontuarios”, niños y jóvenes se las arreglaron para reír, jugar, burlarse de las autoridades de la cárcel, hacer amistades, tener una vida sexual y tejer redes de sociabilidad diferenciadas que muchas veces trascendían los muros de la prisión.

Los estudios médico-legales. Poder y resistencia

Los estudios médico-legales tienen la particularidad de presentar de manera más cruda y sensible que el resto de las fuentes trabajadas la asimetría de las relaciones entre “cuerpo médico” y recluso, por un lado, y las rebeldías, rechazos y resistencias de estos últimos, por el otro.

Las observaciones, las mediciones y los cuestionarios están en la base de los estudios médico-legales. En algunos casos, los interrogatorios eran insidiosos, como si los examinadores tuviesen en mente la respuesta a sus preguntas y solo buscaran confirmarlas. Decían los médicos: “una vez que comenzamos a interrogarle, ahondando en algunas de sus declaraciones (…) persistimos en ese camino, hostigándole con preguntas y forzándole a explayarse y abundar en detalles, se le vio perder el equilibrio de su ‘pose’”.[39] Las intuiciones de las autoridades que participaban de los exámenes parecen haber sido muy relevantes: no dudaban en repreguntar sobre la misma cuestión en distintas ocasiones si quien llevaba adelante el cuestionario temía que el menor estuviese mintiendo o fingiendo. La simulación y el ocultamiento (de información, de aptitudes, de hechos y de características de la personalidad) constituían una fuente de honda preocupación para los investigadores.[40] En ciertos casos, se reiteraban los interrogatorios, a fin de “pescar” al menor en contradicción. Pero ese método no siempre resultaba eficaz, bien porque el chico era un mentiroso profesional o porque era inocente. Tal parece haber sido el caso de A.A. que “ha referido siempre en la misma forma y con los mismos detalles el hecho [imputado], sin que hayamos podido comprobar, en las repetidas sesiones, una sola contradicción”.[41] Especialmente complejo resultaba investigar el “instinto de propiedad” del menor examinado, “pues por poca inteligencia que demuestre tener un menor, siempre sabe darse cuenta de la índole y tendencias de los interrogatorios a que le sometemos. Una vez que ellos saben el alcance de la pregunta formulada, rehúsan las contestaciones definitivas y (…) aseguran siempre el más perfecto respeto por la propiedad ajena, sin egoísmos y sin envidia por lo que a otros pertenece”.[42]

Varios funcionarios de la casa participaban de los informes médico-legales: el alcaide, los médicos de la Oficina, pero también la propia dirección del establecimiento. Cada quién hacía sus propias preguntas, de modo que el niño o joven examinado pasaba en varias oportunidades por situaciones en que se lo sometía a extensos cuestionarios cuyas respuestas se cotejaban más tarde.[43] En estas situaciones no solo contaban las respuestas, sino también la actitud que asumía el menor:

La palabra de Ricardo es lenta (…) Cuando habla, lo hace con la cabeza y la mirada fijas en el suelo (…) Toda su actitud revela desconfianza, falta de serenidad y de franqueza; parece que los interrogatorios lo molestaran y no se preocupa de que aparezca lo contrario (…) Es distraído, hipócrita y mentiroso.[44]

La impresión que captaban los médicos legistas de los menores examinados era consignada en los informes, a veces con alto grado de detalle. La corporalidad aparece, entonces, como un factor significativo y sintomático. “El aspecto general de D. no deja de llamar la atención. Durante los interrogatorios, y mientras permanecía sentado, inclinaba la cabeza hacia la derecha y la bajaba sumiéndola entre los hombros, al mismo tiempo que encorvando el dorso, hacía salir hacia adelante aquella, dando así a la parte anterior del tórax la apariencia de estar deprimido. Por lo general mantiene los ojos bajos y la mirada desconfiada. Al hablársele, levanta los párpados, pero no así la cabeza. Llama también la atención el continuo movimiento que le agita: no puede tener las manos en reposo, estrujando, sin motivo, los objetos a su alcance. Hay algo en su exterior que involuntariamente recuerda el aspecto y actitud de los monos”.[45]

No es desdeñable la presión y la angustia que podían generar los interrogatorios, que a veces se practicaban en diferentes sesiones a lo largo de varios días. Los médicos notaban que ciertos menores empleaban un “tono brusco en sus respuestas, por más que las preguntas le hayan sido dirigidas amablemente”.[46] Hay aquí una sanción de la autonomía más básica del individuo: aquella ligada a su comportamiento expresivo (en este caso, la demostración de fastidio o malestar). Quienes estaban a cargo del examen no dudaban en utilizar métodos que interpelaban directamente la sensibilidad del acusado, con el fin de observar más detalladamente la estructura emocional, intelectual y volitiva del menor: “La emotividad es exagerada; con solo recordarle la tristeza de la madre a causa de su reclusión, no contesta absolutamente nada y estalla en llanto”.[47]

Como era de esperarse, estas rutinas generaban rechazos y resistencias en los menores examinados. El caso del menor J.F., de diecisiete años, procesado por disparos de arma de fuego, es concluyente respecto de esas reacciones. Al ser examinado por el maestro, J.F. negaba saber leer ni escribir, a pesar de haber declarado frecuentar la escuela a lo largo de seis años. Sospechando de esta afirmación, su maestro de aula dejó constancia de que “durante todo el tiempo en que estuve examinándolo y mientras hacía en un papel las anotaciones correspondientes, [el menor] no dejó un minuto de mirar con penetrante atención todo cuanto escribía”. El maestro usó entonces un subterfugio. “Deliberadamente (…) me puse a escribir con letra clara, para que la viera bien, y noté que esto le causaba satisfacción, sobre todo cuando anotaba lisa y llanamente sus textuales declaraciones; en cambio, cuando escribía con letra ininteligible, cambiaba de actitud y volvíase desconfiado”.[48]

Y esa desconfianza era entendible. Los menores encausados llegaban a la cárcel habiendo pasado por otros espacios igualmente sobrecogedores: la comisaría, el Departamento de Policía (o alguno de sus depósitos de detenidos) y el juzgado de instrucción. Varias sesiones de interrogatorios efectuadas por diversos funcionarios que volvían cíclicamente a inquirir sobre los mismos tópicos una y otra vez, podían poner nervioso a cualquiera.[49]

Al hacerle algunas preguntas sobre sus diversas ocupaciones, díjome con tono altivo: “¿Para qué Ud. me pregunta eso?”. “Yo sé que todo eso es para hacer un libro”. “Ayer me sacaron los médicos antecedentes de mi familia, y esto no les importa”. “Si yo soy un desgraciado, no quiero que lo sea mi familia; no daré más datos, aunque me maten”.[50]

J. F. se sabía conejillo de Indias. Se sentía parte de un experimento social cuyos resultados serían publicados sino en un libro, al menos sí en una revista.[51] Su caso era la materia prima de un saber nacido ahí mismo, en el acto del registro escrito de las respuestas que daba a sus interrogadores. Esta clase de reacciones lo hicieron acreedor de un diagnóstico de expresa irritabilidad: “se excita fácilmente cuando se le manifiesta que no dice la verdad o cuando cree que se hace algo que pueda perjudicarle. En este estado, contesta a veces con altanería. Es mentiroso, hipócrita y simula ignorancia y tal vez virtudes”.[52]

Durante el examen físico, J.F. también opuso resistencia. Se dejó medir y anotar los datos antropométricos; permitió que le examinaran el cráneo y los pabellones auriculares hasta completar la craneometría; consintió que observasen y registraran su rostro (frente, cejas, ojos, nariz, boca, paladar, sistema dentario, mandíbulas) y hasta toleró que inspeccionaran el tórax. Sin embargo, “a esta altura de nuestro examen, nos vemos obligados a suspenderlo, a causa de negarse tenazmente a que continuáramos, aún a pesar de habérselo pedido con insistencia y amabilidad”, anotan los médicos.

J.F. no permitió que hurgaran en su genitalidad, ni le examinaran el ano, ni tomasen el pulso, ni evaluaran su sensibilidad táctil y térmica. Claro, esto no fue inocuo: impactó de lleno en la evaluación de su faz psíquica. “La simple observación de este sujeto no impresiona favorablemente; su mirada torva y su actitud desconfiada, revelan en el ser psíquico de F. sentimientos y pasiones encontradas”. Para sus observadores, J.F. se había propuesto seguir “un programa de ocultación” durante su prisión “como un medio por el cual este menor cree escapar a la acción de la justicia”. Para ellos, la resistencia de J.F. nada tenía que ver con las características del examen, sino que evidenciaba una estrategia de simulación. J.F. “aparenta en el interior del establecimiento un carácter quieto y tranquilo, mientras que en nuestra presencia y forzado por nuestro interrogatorio, le hemos podido notar varias veces, no tan solo nervioso, sino también irascible y caprichoso”.[53]

No volví a encontrar exámenes médico-legales tan expresivos de las reacciones de los muchachitos observados como el de J.F. No obstante, surgen con frecuencia las marcas de sus respuestas actitudinales y corporales ante el interrogatorio. J.B. estaba siendo examinado por tres profesores de la cárcel cuando uno de ellos observó “que abrigaba el temor de que no decía la verdad al ser interrogado sobre los conocimientos que tenía, y fue tan fuerte su excitación que cerró los puños y comprimióse en una intensa convulsión, al par que con voz entrecortada dijo ‘¡Ay Dios!’, como queriendo decir ‘¡Cuánto sufro!’”.[54]

No era para menos. El conjunto de exámenes, entrevistas e interrogatorios suponía la disposición sobre los cuerpos de los sujetos investigados: implicaban un nivel de violencia y maltrato que tiende a ser invisibilizado por el hecho de haber sido médicos quienes lo llevaban adelante.[55] En nombre de la ciencia se han travestido atropellos, abusos y agravios que nos llegan de modos subrepticios en los documentos oficiales.

A modo de cierre

En marzo de 1907, el periódico socialista La Vanguardia afirmaba, en el contexto de una denuncia de atropellos y castigos registrados, tanto en la Penitenciaría nacional como en la correccional de menores, que “el tratamiento que los presos reciben no puede, en rigor, estudiarse en las memorias e informes oficiales de los establecimientos”.[56] A la luz de lo que venimos discutiendo, ¿qué hay de cierto en esta afirmación?

Por supuesto, esta aseveración se confirma hasta cierto punto. Es inocultable el protagonismo de los administradores penitenciarios y la burocracia penal que con que su trabajo sostenía diariamente el funcionamiento del reformatorio. Es su voz la que quedó registrada en las fuentes a las que podemos acceder. En este sentido, no podemos desconocer que tales documentos fueron pensados, producidos y dirigidos a distintos públicos con intencionalidades reconocibles. En el caso de las memorias institucionales, es claro que su objetivo era informar de la marcha del establecimiento, dar cuenta de los logros y de las dificultades, así como promover proyectos, reformas (y por supuesto, a sus autores) ante el ministro de justicia de turno. Por su parte, la Revista Penitenciaria se dirigió a un público más amplio interesado en las cuestiones penales: criminólogos, directores de prisiones, penólogos, juristas y jueces pretendían ser interpelados por una publicación que no solo daba cuenta de la vida institucional de la Cárcel de Encausados, sino que, también, procuraba erigirse como una referencia de modernidad punitiva entre los intelectuales y funcionarios públicos de la época. Finalmente, los estudios médico-legales nacieron con la firme intención de influir en las decisiones de los magistrados encargados de juzgar a los menores de edad encausados por la comisión de diversos delitos, sobre su culpabilidad o inocencia.

Ninguna de estas circunstancias de producción de los documentos disponibles es ignorada. Tenemos plena conciencia de los filtros tiñen y atraviesan las experiencias carcelarias que rescatamos de ellos. Con todo, creemos que vale la pena una lectura a contrapelo de esos documentos oficiales: a veces, dos o tres palabras, una frase breve o el empleo de cierto adjetivo nos abre un universo de preguntas sobre los sujetos y sus experiencias. Entre los pliegues de los textos oficiales, esos que parecen tan yermos en comparación con otros documentos mucho más suculentos (las autobiografías, la correspondencia y la literatura, por ejemplo), se esconden indicios de la vida de los sujetos en el encierro.

En este trabajo hemos querido rescatar esas experiencias carcelarias de niños y jovencitos procesados penalmente de entre las líneas de los textos oficiales.

En esta tarea, hemos descubierto un universo de relaciones que desdibujan a los reos como cuerpos disciplinados, seres sujetados a las lógicas impersonales de este dispositivo normalizador que es el reformatorio. En ese universo conviven los intentos de disciplinamiento con las bromas, los horarios estrictos y las resistencias, la normatividad que ordena los cuerpos y los tiempos con las risas, los juegos y el sexo. Lo que hemos querido poner de relieve aquí es la importancia de esas indisciplinas, del afecto entre los detenidos, de esos cuentos sobre el que tuvo la suerte de escapar del encierro (condimentadas con chismes, bromas y corrillos) para sobrellevar día a día el tedio de la cárcel, la monotonía que imponía el reglamento, el aburrimiento y la violencia de una infancia y juventud trascurridas entre rejas.


  1. Foucault, M., Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006 [1975]; Salvatore, R. y Aguirre, C., The Birth of Penitentiary in Latin America: Essays on Criminology, Prison Reform and Social Control, 1830-1940, University of Texas Press, Austin, 1996; Pratt, J., Castigo y civilización. Una lectura crítica sobre las prisiones y los regímenes carcelarios, Barcelona, Gedisa, 2006 [2002]. Para un desarrollo local de estas cuestiones, véase Caimari, L., Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004; y Salvatore, R., “Criminología positivista, reforma de prisiones y la cuestión social en Argentina”, en Suriano, J. (comp.), La cuestión social en Argentina, 1870-1943, Buenos Aires, La Colmena, 2000, pp. 127-158.
  2. Por cuestiones de espacio en esta comunicación se omite la reconstrucción histórica del surgimiento de esta institución previo a 1905, cuyo desarrollo fue trabajado en Freidenraij, C., “Algunas consideraciones sobre el castigo infantil en la Buenos Aires finisecular. A propósito de la Casa de Corrección de Menores Varones”, en Barreneche, O. y Salvatore, R. (eds.), El delito y el orden en perspectiva histórica, Rosario, Prohistoria, 2013, pp. 205-226; y “La niñez desviada. La tutela estatal de niños pobres, huérfanos y delincuentes. Buenos Aires, ca. 1890-1919”, Tesis doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2015. Baste saber, por el momento, que este reformatorio surgió bajo la denominación Casa de Corrección de Menores Varones en 1898, en el solar delimitado por las actuales calles Caseros, Pichincha, Pasco y 15 de Noviembre. Su primera administración correspondió al sacerdote redentorista Federico Grote, a quien sucedió el Reverendo Pedro Bertrana. La dirección religiosa del establecimiento generó adhesiones y suspicacias desde sus orígenes. No obstante, esta llegó a su fin cuando se supo públicamente de la aplicación de castigos físicos a los menores asilados. A partir de 1901, se inició la “era laica” del reformatorio, que supuso, a su vez, el cambio de nombre y, desde entonces, la misma institución pasó a llamarse Asilo de Reforma de Menores Varones. En 1905, bajo la incipiente dirección del penitenciarista José Luis Duffy, el establecimiento se convirtió en Cárcel de Encausados para menores y adultos.
  3. Reglamento de la Casa de Corrección de Menores Varones de la Capital, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1900; Cárcel de Encausados. Reglamento interno, Taller tipográfico del establecimiento, Buenos Aires, 1907.
  4. Melossi, D. y Pavarini, M. Cárcel y fábrica. Los orígenes del sistema penitenciario (siglos XVI-XIX), México, Siglo XXI, 1985 [1977]. En el contexto local, véase Caimari, L., op. cit.; y Salvatore, R., op. cit.
  5. MMJeIP. Año 1902, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1903, p. 254.
  6. Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 529.
  7. “El niño en el asilo. Carta de Adolfo Vidal”, Anales del Patronato de la Infancia, Año XI, nº1 y 2, enero-febrero de 1902, p. 155. Adolfo Vidal estuvo al frente del reformatorio entre mediados de 1901 y 1905, cuando lo sucedió el citado José Luis Duffy.
  8. Véase Cárcel de Encausados. Reglamento interno, Taller tipográfico del establecimiento, Buenos Aires, 1907.
  9. Decía el jefe de talleres, en una muestra de empatía poco corriente: “Los menores no pueden fumar (…) El sufrimiento que experimentan por la privación que se les impone en este Establecimiento, debe, sin duda, aumentar considerablemente al observar a su alrededor, que fuman los maestros y celadores, y al sentir el olor peculiar del tabaco quemado”. Ante estos estímulos visuales y olfativos, el menor “sucumbe a su debilidad moral y tentado por las sensaciones percibidas, olvida sus propósitos de buena conducta y es inducido a fumar lo más ocultamente que pueda, hasta que descubierto se le inflige una penitencia”. Talleres. Oficina técnica. Informe de julio, agosto y septiembre de 1905. Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 538.
  10. Talleres. Oficina técnica. Informe de julio, agosto y septiembre de 1905. Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 536.
  11. “El trabajo. Peculio de los menores del taller de alpargatería”, Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 162. El peculio de cada menor se dividía en dos partes: la porción disponible y la porción reservable. La primera podía ser dispuesta por el menor exclusivamente para entregarla a su familia. La parte reservable era entregada al menor en el momento de recobrar su libertad, “excepto en los casos en que la Dirección conceptúe conveniente entregarla directamente a los padres”.
  12. Informe del taller de alpargatería. Revista Penitenciaria, Año II, nº 2, 1906, p. 305 y ss.
  13. La Oficina de Estudios Médico-Legales fue inaugurada en junio de 1905 para llevar adelante la confección de completos exámenes médicos, psicológicos, antropométricos y socioambientales de los menores de edad procesados por la comisión de diversos delitos. En tal sentido, estos estudios daban cuenta de la vida del menor encausado refiriendo a su constitución familiar, situación socioeconómica, taras y herencias mórbidas, empleos y pasatiempos, frecuentación de escuelas, gustos, preferencias, ideas “sociales”, comportamiento durante su vida en libertad y bajo condiciones de encierro, diagnóstico educacional y psico-físico. En la confección de estos informes se destacaron los médicos, pero otros empleados del reformatorio tuvieron una activa participación en su producción: desde el alcaide –que entrevistaba a los familiares del menor y hacía una relación sucinta del episodio que motivaba su arresto– hasta los celadores, maestros de taller y de la escuela, que elevaban memos y sintetizaban distintos aspectos del comportamiento del menor. En este sentido, los estudios dan significativos indicios respeto de la forma en que estaba organizada la cotidianeidad de la vida en el reformatorio, las tensiones entre la vida en el encierro y la vida afuera, los tipos de relaciones que se entablaban entre los menores encausados, así como las dinámicas sociales que se tejían (tanto entre reclusos como entre estos y las distintas autoridades) para sobrellevar las vicisitudes de la vida en el encierro.
  14. Examen del encausado L.S., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, pp. 40-41. Un par de años más tarde, el reglamento de la cárcel estableció que las cartas que escribiesen los menores, dirigidas al mundo exterior, debían ser entregadas abiertas al alcaide, encargado de su revisión. Solo las que fuesen remitidas a las autoridades o al capellán podrían ser entregadas bajo sobre cerrado. A su vez, las cartas dirigidas desde afuera a los menores serían leídas previamente por el alcaide y, según su juicio, serían trasladadas a su destinatario original o al director del establecimiento (Artículos 40 y 41. Cárcel de encausados. Reglamento interno. Repertorio de las disposiciones puestas en vigencia por decretos del PE y Resoluciones de la Dirección, Buenos Aires, Taller Tipográfico del Establecimiento, 1907).
  15. Examen del encausado L.C. (alías Carnicerito). Revista Penitenciaria, Año IV, nº 1, 1908, p. 96.
  16. Entre la literatura de la época dedicada al estudio del lunfardo como un rasgo específico de la población delincuente véase Dellepiane, A., El idioma del delito y diccionario lunfardo, Buenos Aires, Los libros del Mirasol, 1967 [1894]. Entre los trabajos contemporáneos quisiera destacar la reciente reedición con estudio crítico que se hizo de la novela La muerte del pibe Oscar, del guardiacárcel Luis Villamayor en 1926 [edición a cargo de Oscar Conde, Buenos Aires, Unipe, 2015), así como su Diccionario etimológico del lunfardo, Buenos Aires, Aguilar, 2003.
  17. Examen del encausado H.D., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 72.
  18. Examen del encausado H.D., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, pp. 72-73. Según Goffman, es habitual que los internos apoyen “los hábitos de resistencia cuando están con sus compañeros de internado, a quienes les ocultan la docilidad con que actúan cuando se encuentran a solas con el personal”. Así, la frecuencia de esta táctica de adaptación institucional se explicaría porque habilita un margen de movimiento tal al recluso, que le da el máximo de posibilidades de salir “física y psíquicamente indemne”. Goffman, E., Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 2009 [1961], p. 75.
  19. Examen del encausado C.C., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 374.
  20. Examen del encausado L.S. (alías El Calabrés), Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 154. También era frecuente que los menores ocultaran los conocimientos que tenían, declarasen que no sabían leer y/o escribir y disimulasen los alcances de su instrucción como estrategia tendente a “conseguir la menor pena posible”. Así, puede leerse habitualmente, junto con las respuestas dadas por los menores, frases entre paréntesis anotadas por sus observadores que atestiguan: “(Este menor oculta los conocimientos que tiene)”, “(Se resiste a dejar traslucir que es capaz de retener)”, “Cuídase, sobre todo, de parecer ignorante del punto de vista de la instrucción y de tener buenos hábitos, costumbres y sentimientos morales”. Cfr., por ejemplo, Examen del encausado F.A., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 186.
  21. Examen del encausado C.C., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 374.
  22. Examen del encausado C.L., Revista Penitenciaria, Año II, nº 1, 1905, p. 148.
  23. Examen del encausado A. o E.R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 302.
  24. Examen del encausado A.D. o R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 320.
  25. Examen del encausado J.A., Revista Penitenciaria, Año II, nº 2, 1906, p. 219.
  26. Examen del encausado H.D., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 67 y 70.
  27. Informe del taller de escobería. Revista Penitenciaria, Año I, nº2, 1905, p. 553.
  28. Artículo 74. Reglamento de la Casa de Corrección de Menores Varones de la Capital, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1900. El nuevo reglamento que vino a reemplazar a este no fue muy original. Mantuvo las penalidades pero, en un formato más meticuloso, puntualizó que el plantón no debía exceder de 1 hora para los menores de 14 años, de 2 horas para los menores de 16 años, y de 4 horas para los demás detenidos. Su repetición no podría disponerse sino con intervalo de 2 horas y, como máximum, 3 veces al día para los plantones de 1 y 2 horas, y 2 veces para los plantones de 4 horas. El plantón sería cumplido militarmente, con excepción del impuesto a los menores de 16 años. Asimismo, detalló que el encierro simple en un calabozo, y la misma penitencia a pan y agua, tratándose de menores de 14 a 16 años, solo se impondría por faltas muy graves y no excedería de 5 días, y el régimen a pan y agua no podrá exceder de 24 horas. Este último término será el máximum del encierro para los menores que no hayan cumplido aún la edad de 14 años. A su vez, como vimos más arriba, estas puniciones tenían su traducción monetaria, de modo que cada infracción castigada implicaba también su “descuento” del jornal ganado en los talleres. (Artículo 55. Cárcel de encausados. Reglamento interno. Repertorio de las disposiciones puestas en vigencia por decretos del PE y Resoluciones de la Dirección, Buenos Aires, Taller tipográfico del Establecimiento, 1907).
  29. “Las cárceles. En la Penitenciaría Nacional. En la Correccional de Menores. Cómo se trata a los presos. Castigos corporales en la Correccional”, La Vanguardia, 9 de marzo de 1907.
  30. Es sabido que la cuestión alimentaria fue (y sigue siendo) un punto álgido dentro de las instituciones de secuestro en general. John Pratt dedicó un capítulo de su libro a esta cuestión, entendiendo que la evolución en el largo plazo de la cuestión alimenticia en prisión constituye un eje desde el cual analizar la evolución del castigo civilizado en el mundo anglosajón. Cfr. Pratt, J., op. cit. Para una reconstrucción del problema alimentario en los depósitos policiales de la Capital, véase el capítulo 3 de mi tesis, “La niñez desviada. La tutela estatal de niños pobres, huérfanos y delincuentes. Buenos Aires, ca. 1890-1919”.
  31. El Reglamento de 1900 prohibía explícitamente a los celadores llevar a los menores “a empujones”, así como “insultarlos, reprenderlos con palabras hirientes o vulgares, burlarse de ellos o amenazarlos con castigos contrarios al reglamento” (art. 52). Asimismo, prohibía a los empleados de la Casa de Reforma “ocupar a los menores para su servicio particular” (art. 77). Similares disposiciones contenía el Reglamento de 1907.
  32. “La pederastía y el onanismo”, Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, pp. 39-40.
  33. Pablo Ben sostiene que, hacia el cambio de siglo, las relaciones homosexuales, así como la frecuentación de la prostitución, eran prácticas más que extendidas y naturalizadas entre las clases populares. Ben, P., “La ciudad del pecado: moral sexual de las clases populares en la Buenos Aires del 900”, en Barrancos, D. et al., Moralidades y comportamientos sexuales. Argentina, 1880-2011, Buenos Aires, Biblos, 2014, pp. 95-113.
  34. “La pederastía y el onanismo”, Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 41.
  35. Revista Penitenciaria, Año II, nº 1, 1906, pp. 312-313, destacados míos.
  36. Informe del taller de escobería. Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, pp. 553, 555 y 557.
  37. Revista Penitenciaria, Año II, nº1, 1906, p. 313. Parece ser que algunos niños y jovencitos no esperaban a la intimidad que daba la oscuridad de la noche, en los dormitorios, para entregarse a las prácticas de autosatisfacción. Según el maestro del taller de alpargatería, N.M., de 16 años, un menor de “mala conducta; hablador, intranquilo, juguetón [y] aprovecha toda ocasión para promover desórdenes” también era “muy inmoral y vicioso [ya que] intenta masturbarse en el mismo taller”. Informe del taller de Alpargatería. Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 551. Hubo casos especiales, como el de N. M., “que cometía graves faltas, con el solo fin de hacerse recluir en un calabozo, para entregarse con desenfreno a la masturbación; pero como ya se conociera su debilidad, imposibilitósele (sic) para ello, mediante un saco que se le ponía, el que le privaba de acción en las manos y del que solo se le despojaba para comer o satisfacer otras imperiosas necesidades”. Revista Penitenciaria, Año II, nº1, 1906, p. 314.
  38. “La pederastía y el onanismo”, Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 43.
  39. Examen del encausado D. del C., Revista Penitenciaria, Año II, nº 1, 1906, p. 141.
  40. Caimari halló el mismo interés sobre los dobleces, imposturas e hipocresías de los penitenciados en los médicos del Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional, que funcionó desde 1907. Su director, José Ingenieros, ya había avanzado sobre esta problemática desde principios de siglo, cuando publicó su tesis sobre La simulación en la lucha por la vida, en La Semana Médica, entre 1900 y 1902. Cfr. Caimari, L., op. cit., cap. 4.
  41. Examen del encausado A.A. (alías La Vieja o Chivita), Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 179.
  42. Examen del encausado D.P., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 443.
  43. Maestros de aula y talleres, así como guardianes y celadores, también intervenían dando cuenta de su observación del menor en distintos momentos y situaciones. Esa información llegaba al expediente a través de partes y declaraciones, mediatizados por la voz del alcaide: “Según datos de los celadores, A.G.D. demuestra poca afición al trabajo y ha sido castigado con penas disciplinarias en varias ocasiones, por su desobediencia y vicio de fumar que lo domina. Es de carácter variable y antojadizo; en sus actos, solapado y falso”. Examen del encausado A.D. o R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 317.
  44. Examen del encausado Alfonso G. o Ricardo C. Informes Médico-Legales, Tomo I, Buenos Aires, Tipografía de la Cárcel de Encausados, 1906, pp. 115 y 118. Nótese la contradictoria apreciación de las autoridades, que asumen como sintomático el hecho de que el menor que no oculte su malestar ante el interrogatorio y, al mismo tiempo, lo tildan de hipócrita.
  45. Examen del encausado A.D. o R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 325.
  46. Examen del encausado A. o E.R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 311.
  47. Examen del encausado J.L., de 13 años, acusado de lesiones. Revista Penitenciaria, Año I, nº 1, 1905, p. 65. En otra oportunidad, “cuando a nuestros fines le recordamos a su familia, y especialmente a su madre ya fallecida [¡hacía 12 meses!], su recuerdo le producía tal emotividad que lloraba”. Examen del encausado A. o E.R., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 312, destacado mío.
  48. Examen del encausado J.F., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 202.
  49. Goffman ha denominado “mutilación o mortificación del yo” a esa batería de procedimientos que se encuentran al ingreso de un individuo a las instituciones que él denomina totales. Aunque, a menudo, no sea intencionada, esa mutilación del yo es sistemática y opera en los establecimientos de encierro como un mecanismo de gobierno institucional, en la medida en que levantan barreras entre el interno y el exterior y generan procesos de despersonalización. Cfr. Goffman, op. cit., p. 28 y ss.
  50. Examen del encausado J.F., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 203.
  51. Esa convicción no era fortuita: la revista que registró su examen médico-legal fue impresa por los mismos encausados en el taller tipográfico que funcionaba ahí mismo.
  52. Examen del encausado J.F., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, pp. 204-205.
  53. Examen del encausado J.F., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, pp. 197-213.
  54. Examen del encausado J.B., Revista Penitenciaria, Año I, nº 2, 1905, p. 345.
  55. Piénsese en la escena del examen médico-legal practicado por varios adultos sobre niños y jóvenes en situación de soledad: desnudez, posiciones humillantes, revisaciones invasivas del cuerpo. “Pocas situaciones se me ocurren como más degradantes, más mortificantes del yo”, en términos de Goffman.
  56. “Las cárceles. En la Penitenciaría Nacional. En la Correccional de Menores. Cómo se trata a los presos. Castigos corporales en la Correccional”, La Vanguardia, 9 de marzo 1907.


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