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8 Análisis bibliográfico

En lo que resta de la presente sección, nos dedicaremos al análisis de una muestra de obras, que consideramos representativas, del pensamiento de nuestro autor, en lo que hace al diseño, aunque más no sea con contornos gruesos, de su trayectoria especulativa. En dichos análisis nos avocaremos, fundamentalmente, a rastrear el rol desarrollado por la teoría evolutiva, en su variante darwiniana, reconstruyendo conceptualmente su posición teórica en virtud del esclarecimiento de la función argumental precisa, cumplida por dicha teoría en la economía de la obra en cada caso abordada. En la explicitación sintética de ello nos detendremos al final de cada estudio bibliográfico.

8. I. ¿Qué es el Socialismo?

Justamente hacia mediados de esa década de 1890 se constituye formalmente el luego denominado Partido Socialista Obrero Argentino, con la presidencia de Juan B. Justo y cuyo primer secretario fue José Ingenieros. Uno de sus núcleos germinales había estado en el Centro Socialista Universitario, fundado en diciembre de 1894 por un grupo de estudiantes de medicina y del cual sería Ingenieros “su primer secretario, inspirador y dirigente”. Fue precisamente al calor de esta actividad política estudiantil que produjo en 1895 su primera obra significativa, titulada ¿qué es el socialismo? Y que junto con sus artículos del periódico La Montaña configuran un material escasamente explorado no sólo para observar el despliegue del pensamiento de Ingenieros, sino igualmente del complejo entramado teórico finisecular.
O. Terán[1]

La primera instancia de la trayectoria intelectual de José Ingenieros, de acuerdo a Oscar Terán, corresponde a los escritos políticos juveniles, que se extienden hasta el año 1898. Estos escritos coinciden con su función de secretario del Centro Socialista Universitario[2] y sus actividades de redacción junto a Leopoldo Lugones en La Montaña. ¿Qué es el socialismo?, que Oscar Terán reconoce como característico de este primer periodo, será en realidad un folleto de propaganda escrito en el marco del Centro Socialista Universitario por el teórico rebelde de 18 años[3]. En este texto nos detendremos, abordándolo en general, con la perspectiva adecuada a la tesis que nos ocupa; sirviendo ésta, tanto en esta reseña en particular tanto como en las demás, para la selección del material adecuado para ser expuesto y desarrollado en función de su utilidad o no para cumplir con nuestro objetivo.

En este escrito, que verá la luz en el año 1895, Ingenieros se encara directamente con la cuestión social. La índole expresa de su propuesta consiste en: “esgrimir las armas de la ciencia y de la razón contra los defensores de la opresión, de la Fe y de la injusticia” (Ingenieros, 1895: 108). La legitimación científica de su propuesta habrá de ser, así, una constante característica de su postura, en la medida en que permite lograr un apoyo sólido y objetivo a posicionamientos ideológicos polémicos, al tiempo que el carácter racional y progresivo del desarrollo científico le permitirá contraponer su propuesta al carácter retardatario e irracional de sus ocasionales contendientes.[4]

De este modo, pretendidamente nutrido con el potente arsenal de la ciencia triunfante nuestro autor:

Quiere demostrar que el socialismo, más que una organización social impuesta, es una consecuencia lógica y necesaria de la evolución económica que se ha iniciado, y que por la fuerza de los hechos debe implantarse como regulador de las producciones y consumos, y como nivelador de las condiciones individuales ante los medios de producción (Ingenieros, 1895: 108-109).

El socialismo es, así, un resultado lógico y consecuente con las leyes que determinan el proceso histórico real. En este punto, será necesario desarrollar preliminarmente qué características habrá de presentar ese futuro que se cierne inexorable proyectando las sombras luminosas de la redención humana sobre el tumulto batallador de una época signada de conflictos y luchas sociales. Por lo pronto, el teórico pertrechado de las armas de la ciencia sabe reconocer los signos del futuro que inexorablemente se avecina, construyendo un discurso legitimado por el saber, de aquello que se convertirá en norma fundamental de lo que advendrá. Por ello, su propuesta será caracterizada como científica: no tanto por ser fiel a la postura de Marx, cuanto por estar fundada en esta pretensión de cientificidad que traslada la necesidad correlativa al acaecer natural a la dinámica que rige las interacciones sociales y que construye las normas del surgimiento de nuevas modalidades de asociaciones societarias.[5]

De este modo, la postura socialista del joven Ingenieros se articula en torno a las propuestas de propiedad colectiva de los medios de producción, la libre disposición individual de los productos del trabajo y la manutención por la colectividad de los discapacitados e inhábiles para el mismo.[6]

En este punto Ingenieros se ocupa de refutar a sus contendientes teóricos. Dentro del haber social existen medios productivos y fuerzas de trabajo. De las modalidades específicas de relación de estos elementos y de los sujetos en quienes recaiga la propiedad de los medios de producción, emergerán, abstrayendo variedades surgidas de reformas que caen dentro de las mismas, tres modalidades de organización diferenciadas que dan lugar a otras tantas escuelas en pugna: “propiedad individual, propiedad corporativa, y propiedad colectiva o social” (Ingenieros, 1895: 111).

La escuela que defiende la propiedad individual, aun en sus variedades reformistas, termina por defender necesariamente la división de la sociedad en clases: defecto que debe ser eliminado constituyéndose en un requisito indispensable a cumplir por toda reforma profunda y deseable de las bases sociales, al tiempo que dicha variedad organizativa sería incapaz de garantizar la adecuada satisfacción de los inhábiles que formen parte integrante de la sociedad.[7] Por otro lado, la postura que defiende la propiedad corporativa de los medios de producción en sus variedades posibles, termina reproduciendo los efectos indeseables de la precedente variante organizativa.[8] A partir de estas impugnaciones Ingenieros delinea textualmente su propuesta al tiempo que resalta el carácter científico de la misma:

Dada la insuficiencia de esas formas de propiedad de medios de producción, sostiene el socialismo científico que esa propiedad debe revestir la forma colectiva, es decir que todo lo que todos necesiten para producir debe pertenecer a la colectividad humana, teniendo sus miembros derecho al uso de esos medios de producción y sin que ningún individuo o agrupación pueda adquirirlos en propiedad y por consiguiente enajenarlos.

Generalizados los medios de producción y siendo su uso accesible a todos los individuos de la especie, nadie se verá obligado a dejarse apropiar un interés, desapareciendo por consiguiente toda explotación (Ingenieros, 1895: 113; énfasis en el original).

En un discurso, explícitamente legitimado por la pretensión de cientificidad, será necesario encarar frontalmente la siguiente cuestión que, una vez afirmada su propia posición, saldrá rápidamente al paso. Y es que:

Dos escuelas opuestas, la individualista y la comunista (burguesía y anarquía), sostienen que el colectivismo está en disidencia con las modernas doctrinas sobre la evolución de las especies y sobre su selección por supervivencia de los más aptos.

Examinando las condiciones de desenvolvimiento que la actual organización (individualista) ofrece al individuo, tendremos demostrada la incoherencia de la primera escuela al formular la objeción (Ingenieros, 1895: 115).

Es así que la teoría de la evolución, por medio de la selección natural, tan cara al medio científico e intelectual finisecular, entra en escena de un modo determinante. Y es que es la cientificidad misma del discurso la que se disputa en estas arenas teóricas. Los bandos en pugna buscarán arrancar la bandera de la certeza y el rigor conceptual propios del área de las ciencias de la naturaleza, arrastrándola hacia su propio reducto conceptual e ideológico. Progresivas habrán de ser, de este modo, las fuerzas, los partidos y las ideas, que marchen apretados con la evolución de las cosas, regida por la universal ley que se extiende desde la más ínfima porción concebible de materia hasta la formación de los más vastos sistemas de galaxias, nebulosas y estrellas.

De este modo, Ingenieros demostrará cómo las consecuencias desprendidas de la teoría evolutiva y de la selección natural se opondrán, una vez trasladadas al ámbito de la política y las ciencias sociales, a los partidarios mismos de aquellas posiciones que pretendían utilizar dicho argumento contra su propia postura. En primer lugar, refutará a los individualistas, demostrando que cuando el sistema económico por ellos defendido rige efectivamente, las consecuencias conspiran en los hechos contra la existencia de una selección efectiva. En efecto:

En tales condiciones ¿quién puede imaginar una verdadera selección natural con supervivencia de los más aptos? Nadie pretenderá sostener que la primera fracción de individuos se encuentra en igualdad de condiciones que la segunda; aquéllos nacen con el triunfo anticipado por las condiciones en que la lucha se les presenta. Es indiscutible que no puede desarrollar sus facultades intelectuales el que debe desde la infancia someterse al salario y no puede costear los estudios valiosos que son hoy el privilegio de unos pocos; las fuerzas físicas no pueden encontrar medios de desenvolverse cuando se carece de alimentación suficiente, vestidos, gimnasios, y tiempo para cultivarlas; finalmente no pueden educar el sentimiento moral los que se inician en la existencia entre miserias y vilezas que, desde la promiscuidad en la habitación hasta la humillación en la servidumbre doméstica o industrial, prostituyen el sentimiento de lo noble y de lo bello.

Lo que actualmente se realiza es única y exclusivamente una selección artificial con supervivencia de los más provistos de medios de lucha, como resultante de la desigualdad en las condiciones económicas. La selección natural puede solamente efectuarse entre individuos que tengan iguales medios de acción; de dos contendientes, uno desarmado y el otro provisto de un arsenal bélico, este último triunfará indefectiblemente (Ingenieros, 1895: 115-116; énfasis en el original).

De lo que se trata, finalmente, es de que una efectiva selección entre los mejores requiere, para verificarse, de una igualdad de condiciones iniciales. En efecto, si la selección da lugar al predominio de los mejores o de los más adaptados, el perfeccionamiento vital de la sociedad, considerado como objetivo e ideal normativo de nuestros modos societarios, deberá cuidar que los individuos enfrentados cuenten con medios similares para no desvirtuar el resultado.[9] Lo que efectivamente se realiza hoy es en realidad una especie de selección artificial, donde triunfan los que cuentan con un ambiente más propicio para el desarrollo de sus potencialidades, o bien aquellos quienes cuenten con los medios o los contactos adecuados, sea ello en virtud de la familia o del grupo de pertenencia.

Por otro lado,

La escuela comunista olvida, al estrechar la mano al individualismo burgués, que no puede haber selección natural, ni siquiera artificial, en un organismo donde la actividad común se confunde y en que las aptitudes individuales caen víctimas de la comunidad de los productos engendrados por la acción personal o asociada […]

Ejerciendo esa coacción sobre la libertad del individuo, que es libertad desde el momento que no perjudica la libertad ajena, se impide el libre y completo desenvolvimiento de las aptitudes, y no puede admitirse que existan individuos que sostengan concienzudamente ideas que encierran una imposición, y una contradicción respecto a las leyes naturales que la ciencia ha comprobado (Ingenieros, 1895: 116 ).

De este modo, se comprueba en el joven Ingenieros un interés manifiesto por inscribir sus concepciones dentro del marco de la cientificidad, haciendo concordar sus ideas con la teoría evolutiva. Esta estrategia, además de proporcionar una justificación racional sólida y de extrapolar un poco del rigor de la cientificidad a su discurso político y a su posicionamiento ideológico, permitirá descalificar a las concepciones rivales como irracionales y oscurantistas, al tiempo que reforzará discursivamente su propia postura como propia de la vanguardia política, que orienta las fuerzas progresivas del siglo hacia los destinos ideales de una redención humana efectivamente realizable, pero no por ello, menos deseable:

El socialismo científico, defensor de la escuela colectivista, da a todos los individuos de la especie humana la propiedad colectiva de los medios de producción que, con la asociación libre en el trabajo, asegura la solidaridad humana, excluye la explotación del hombre por el hombre, y coloca a todos los individuos en condiciones igualmente favorables para desarrollar libremente sus aptitudes; con la libre disposición de los productos del trabajo la independencia y el albedrío personales quedan asegurados, el libre desenvolvimiento hará sobresalir en benefició común a los que estén provistos de mayores aptitudes, y se realizará una vez para siempre la fórmula de los más nobles economistas: a los productores, el producto de su trabajo (Ingenieros, 1895: 117; énfasis en el original).

8. II. La simulación en la lucha por la vida

El minúsculo accidente de la simulación de la locura parece crecer y agigantarse en aquel vasto panorama de fenómenos complejos y el humilde problema de medicina legal remonta, por un lado, hasta las manifestaciones inconscientes del mundo biológico y florece, por el otro, en las complejas modalidades del ambiente social.

Dentro de la amplia concepción del darwinismo, la simulación se destaca como uno de los tantos medios fraudulentos de lucha por la vida. Pero es necesario hacer constar que Ingenieros, subraya, repetidas veces, que la doctrina de la lucha por la vida, debía ser interpretada, únicamente, en la acepción figurada que Darwin le diera a voluntad. Cuando se habla de la simulación, como de un medio de lucha, no deben considerarse, por tanto, como fenómenos de simulación, solamente a aquellos que presentan un carácter consciente y voluntario.

A. Ponce[10]

La Simulación en la lucha por la vida fue presentada en la Universidad de Buenos Aires como introducción a su tesis acerca de La simulación de la locura (1900). Quizás sea este trabajo el que exhiba de manera más patente aquella vocación sistemática que precipitaba conceptualmente al joven pensador hacia la configuración de una totalidad conceptual de sentido. Contra la escuela del hecho por el hecho, a la que tan eficazmente se había opuesto el genio experimental de Claude Bernard[11], Ingenieros reivindica los fueros de la racionalidad buscando inscribir una problemática propia del ambiente clínico-penal en una totalidad teórica que dicte la norma y las formas concretas de su desarrollo específico.[12]

Con todo, tanto la temática como el contenido de la obra responden claramente a una problemática de época. De acuerdo a Francisco Leocata, la irrupción de los motivos de la irracionalidad desde dentro mismo del positivismo representa un signo claro del proceso de descomposición ideológica que erosiona internamente las bases del racionalismo y del optimismo de toda una clase y escuela. Junto a las oportunidades se vislumbran con inquietud los peligros de una época nueva.[13] La transformación demográfica del período plantea la problemática de la nacionalización y la asimilación de ingentes núcleos humanos procedentes de la marea inmigratoria en la construcción de una nacionalidad social y demográficamente saneada y culturalmente modernizada.[14] Dichos peligros serán conjurados por Ramos Mejía en Las multitudes Argentinas (1899), donde también emergen los motivos irracionalistas como clave explicativa del proceso de la evolución histórica patria. Más tarde, el mismo autor, abordará aspectos diversos, aunque no por ello menos inquietantes, de la misma problemática en Los simuladores de talento en la lucha por la personalidad y la vida (1904), donde la lectura elitista comprende con claridad los peligros de la masificación, la publicidad y la democracia.

Similar a dicha obra, tanto en el reconocimiento de los peligros cuanto en el contenido general de las ideas expresadas, será el trabajo de José Ingenieros cuyo análisis actualmente nos ocupa, aunque concebido de una manera más precisa y sistemática. Nos interesa aquí simplemente mostrar que dichas propuestas teóricas responden contextualmente a una problemática de época, como tan bien lo vio Oscar Terán en la obra dedicada a José Ingenieros que hemos abordado (especialmente, en el “Estado de la cuestión”).[15] En efecto, Terán sitúa en este ensayo el principio de la segunda etapa de Ingenieros, centrada en el problema de la nacionalidad; inscribiendo esta cuestión el sentido fundamental de su propuesta:

La diferenciación precisa dentro de ese magma donde la individualidad se enajena o se confunde en las zonas patologizadas de la delincuencia y la locura se revela entonces como un paso necesario en la planificación de un país viable. En este registro, la nación se constituye como una maquinaria necesariamente autoritaria que integra a condición de segregar, es decir, cuya funcionalidad se juega en la capacidad de discriminar entre el disenso legítimo y los núcleos percibidos como definitivamente inasimilables. Dicha maquinaria debe definir en principio un conjunto de reglas destinadas al reconocimiento de los rasgos distintivos que dividen esos dos ámbitos, puesto que la vigilancia deberá ser más capilar en aquellas zonas de ambigüedad o penumbra en las que el riesgo de confusión es mayor, y mayor por ende la posibilidad de eludir la represión. La multitud es uno de esos espacios confusionistas, y la simulación, una de las formas clásicas de aquel escamoteo de la penalidad. Existen por ejemplo legiones enteras de parásitos sociales que simulan pertenecer al universo de la productividad, y todas estas técnicas fraudulentas pueden provocar una inversión de la selección natural. Dentro del cuerpo criminal, la simulación es un arma que el delincuente usa contra el sistema jurídico-penal, con la agravante de que este combate se instala –como en la novela policial clásica– entre individuos que comparten el patrimonio común de la inteligencia (Terán, 1986: 47-48).

Pasando a la exposición de la obra de nuestro autor, advertimos primeramente la intuición original que funda la propuesta de Ingenieros. Esta es la analogía, expuesta a través de una colorida anécdota, entre el mimetismo inconsciente de un gusano con las formas voluntarias de la simulación. Ambos fenómenos, igualmente útiles en el terreno de la acción vital, responden igualmente a la misma finalidad biológica. La intuición de Ingenieros supone la unidad esencial del fenómeno conjuntamente con la diversidad expresiva que responde simplemente a una diferencia de grado en las formas concretas de su manifestación y desarrollo:

Los neuronas de asociación hicieron lo demás.

Entre el gusano disimulador de su cuerpo bajo un copo de algodón y el delincuente disimulador de su responsabilidad jurídica tras una enfermedad mental, debía lógicamente existir un vínculo: ambos disfrazábanse para defenderse de sus enemigos, siendo la simulación un recurso defensivo en la lucha por la vida (Ingenieros, 1900: 12).

De aquí habrá de emerger el sentido general de la metodología, consistente en la inscripción del fenómeno de simulación voluntaria y consciente dentro de un esquema general integrado por fenómenos como el mimetismo y la homocromía, a modo de expresiones diferenciales de la misma dinámica de base:

Solamente el estudio de la simulación, como fenómeno general, puede dar la ley de conjunto donde se encuadra el fenómeno particular de la simulación de la locura. Idéntico móvil preside, en general, todas las manifestaciones conscientes de la simulación, así como una misma finalidad orienta todas las manifestaciones de la memoria en los seres biológicos, y todas las formas del sentimiento de asociación y solidaridad en la lucha, en las sociedades animales en general y particularmente en las humanas.

La simulación en general, siguiendo las ideas científicas expuestas, debe estudiarse, primeramente, por sus manifestaciones en la serie biológica; sólo después encontraremos sus manifestaciones conscientes bien desarrolladas en la vida superorgánica, en las sociedades humanas (Ingenieros, 1900: 15; énfasis en el original).

Dicha metodología supone, al mismo tiempo, la inclusión del problema social y penal dentro del ámbito de competencia de la ciencia natural, extrapolando a dichos dominios, consecuentemente, sus dos supuestos fundamentales: evolución y determinismo.[16] Se tratará finalmente de rastrear, dentro de la serie en que se despliega en la dimensión diacrónica el proceso filogenético, el carácter esencial del fenómeno en estudio desde sus expresiones larvarias y primigenias hasta sus formas más tardías y complejas, comprobando así la unidad fundamental en la identidad del sentido integral. De esta manera, Ingenieros mismo considerará la teoría evolutiva en su variante darwiniana como la premisa fundamental de todo su ensayo:

Limitándonos a consignar los hechos e ideas que reputamos base indispensable para nuestra teoría de la simulación, considerada como medio fraudulento de lucha por la vida, diremos, brevemente, las líneas generales de la doctrina darwiniana en lo que a esta última se refiere. Siendo ella la premisa que sustenta todo el desenvolvimiento de este ensayo, no será superfluo sintetizarla con claridad, definiendo de manera precisa el punto de partida de nuestras aplicaciones ulteriores.

Los naturalistas admiten, concordemente, que las causas principales de la evolución son tres: la variación, la selección y la herencia (Ingenieros, 1900: 20; énfasis en el original).

La variación representa el elemento “activo” de la evolución, dando cuenta de las diferencias aparecidas en los caracteres específicos de los organismos. La herencia será considerada como un elemento “conservador”, en la medida en que mantiene la constancia del acerbo genético de los miembros de una especie determinada. La selección será el elemento “perfeccionador”, que recortará las organizaciones viables dentro de las diferenciaciones orgánicas surgidas a través de la variación, en función de su adecuación vital a un medio dado. De este modo, la selección, fijando los caracteres útiles, será el principio explicativo de la adaptación de la organización protoplasmática diferencial a un medio particular.[17] Por otro lado, su adaptación al medio implica su aptitud funcional para la lucha por la vida considerada como un fenómeno universalmente válido para el mundo de lo vivo:

De lo expuesto recogemos un concepto fundamental: todos los seres vivos luchan por la vida. El hombre, lo mismo que las otras especies, está sometido a ella: las sociedades humanas, lo mismo que las otras sociedades animales. Individuos y naciones, partidos y razas, sectas y escuelas, luchan por la vida entre sí, para conservarse y crecer. La lucha por la existencia en las sociedades humanas es un hecho innegado, manifestándose con caracteres semejantes a los que reviste en el mundo biológico […] en verdad –y oportunamente volveremos sobre ello– la lucha por la vida se modifica en la especie humana, porque ésta tiene la posibilidad de producir sus propios medios de subsistencia, subordinando la lucha al incremento de su capacidad productiva; aptitud que, en última instancia, determinará la transformación o atenuación de ciertas formas de lucha por la vida en el porvenir (Ingenieros, 1900: 23-24).

En este punto se advierte sobre la comprensión y el empleo inadecuado de la expresión. La lucha por la vida se considera en un sentido amplio y metafórico, tan amplio que resultará aplicable a todas las manifestaciones en los distintos niveles de complejidad en que se despliega la escala de funcionalidad orgánica y vital.[18] Cada modalidad de estructuración protoplasmática supone la conservación de su organización vital, ello supone asimismo la adaptación, lo que implica la presencia en la especificidad de dicha organización de los medios adecuados a las formas de lucha por la vida impuestas por la especificidad de su medio:

Donde hay vida hay lucha por la vida. En todos los casos la Naturaleza ha provisto a los seres vivos de medios ofensivos y defensivos útiles para la supervivencia de los mejor adaptados a las condiciones del medio; no siempre son los más fuertes, considerada la fuerza en un sentido mecánico o cuantitativo, sino los más diestros o astutos para substraerse a las infinitas causas destructivas que gravitan sobre los seres vivos, o los más hábiles para proveer a la propia alimentación. En esa lucha, directa o indirectamente combatida, los seres emplean recursos de índole variadísima. Recorriendo la serie evolutiva de las especies animales y vegetales, se ven dos grandes categorías de recursos: los unos a base de fraude, los otros fundados en la violencia (Ingenieros, 1900: 24-25).

La simulación será, así, un medio fraudulento de lucha por la vida.[19] Ahora bien, a partir de lo dicho, existirá una correlación básica entre las variedades de simulación con las formas diferenciadas de lucha por la vida, correlación que en principio permitiría articular un principio de clasificación sistemática de las modalidades de simulación. Las formas fraudulentas de lucha por la vida, por otra parte, son correlativas a la complejidad específica de desenvolvimiento vital de una dada organización biológica, lo que explica que las formas más complicadas de simulación se den en el ser humano:

Recorriendo la escala biológica, a medida que se asciende, muéstrase más compleja la vida de los organismos, tocando su máximum en la especie humana. Como consecuencia de ello, cuanto más complejas son las manifestaciones de la vida, tanto más arduas son las condiciones en que la lucha por la vida se plantea. Y, como corolario, obsérvase que esas formas complejas de lucha producen un perfeccionamiento progresivo de los medios de lucha, superando en el hombre a todas las demás especies vivas. En sentido figurado, podríamos decir que, también en este caso, la función desarrolla el órgano, es decir, que la necesidad estimula el desenvolvimiento de la aptitud (Ingenieros, 1900: 60).

Existirá, de este modo, en correspondencia a la filogenia que despliega los caracteres específicos de una dada organización biológica, una filogenia de la simulación desde las formas más sencillas a las más complejas.[20] Ahora bien, las modalidades de lucha por la vida modifícanse, no solamente en la historia natural de formación de los caracteres diferenciales de una especie, sino también a lo largo del curso histórico. La evolución, hemos dicho, es un principio universal, que se aplica tanto a lo natural como a lo social, de manera tal que el aumento progresivo de la complejidad estructural y funcional habrá de ser la norma también en el despliegue de las sociedades humanas a través de la historia:

Podemos formular un principio general. En relación a la lucha por la vida, los medios violentos tienden a disminuir, y los medios fraudulentos tienden a aumentar. Hay sustitución de la violencia por el fraude, o bien transformación de aquélla en éste.

Pero, según hemos visto, la intensidad de la lucha por la vida no es constante; atenúase progresivamente.

Podemos, pues, formular este otro principio, más complejo pero igualmente exacto:

Relativamente a la evolución social los medios violentos de lucha tienden a atenuarse; los fraudulentos (aumentando siempre con relación a los violentos) tiende a un aumento absoluto mientras predomina la lucha, pero disminuyen cuando comienza a predominar la asociación (Ingenieros, 1900: 177-178; énfasis en el original).

Este último aserto de Ingenieros, si bien por un lado permite apoyar la necesidad de reformas sociales articulando su propuesta ideológica con los motivos fundamentales de su concepción científica, por otro lado entraña una serie de riesgos correlativos a las nuevas modalidades de organización societaria. En efecto, si las sociedades modernas potencian el recurso al fraude, en virtud de su mayor utilidad como modalidad privilegiada de lucha por la vida, y si los vencedores de esta lucha legarán a la posteridad su acerbo genético, existe un riesgo cierto de una suerte de selección negativa que acabe relegando a los mejores:

Y a este propósito podría enunciarse el siguiente principio: a cada perfeccionamiento de los medios de producción debería corresponder una atenuación de la lucha por la vida entre los hombres.

Es precisamente esa verdad la que determina la inexactitud de la ley de Malthus, cuando se la aplica a nuestra especie. Todo, en cambio, induce a creer que las sociedades humanas, en su desarrollo progresivo, irán acrecentando la solidaridad entre sus componentes. Si se abarca, en efecto, la evolución social en una mirada sintética, se advierte que la asociación para la lucha va sustituyendo entre los hombres el antagonismo en la lucha; al propio tiempo, la utilidad colectiva, representada por la ‘lucha contra la naturaleza’, va elevando la capacidad productiva social, de manera que satisfaga las necesidades de un número cada vez mayor de individuos. Niveladas las condiciones sociales de lucha por la vida, la selección será verdaderamente natural entre los hombres, sobreviviendo los realmente superiores y no los que, independientemente de sus aptitudes personales, se encuentran favorecidos de antemano en la lucha: tal selección nefasta es posible en la actualidad, con serio perjuicio para el porvenir de la especie (Ingenieros, 1900: 37).

Como la adaptación de una dada organización es siempre relativa a un medio dado, la modificación del medio en determinado sentido orientará hacia el predominio de determinado tipo funcional y orgánico definido. De este modo, el peligro de una inversión en la selección natural, en virtud de la capacidad del hombre para modificar su entorno de subsistencia constituyendo un medio artificial de expresión vital, entraña peligros serios y nuevos, que fundan una suerte de impugnación social fundada en motivos biológicos.[21] De este modo, la impugnación romántica del estado de sociedad reaparece, esta vez fundada en motivos cientificistas:

¡Y alguien se asombra de que frente a la hipocresía social el individuo se incline a ser astuto y mentiroso, simulador y fraudulento, diplómata y estratega, táctico y disimulado! Sorprenderse de ello sería llegar al colmo de la ficción. Un mundo de farsantes y de hipócritas empuja al individuo a engañar a sus semejantes. Todo le dice: ¡Miente y simula!; él simula y miente. La culpa es de una moral social que tiene sus bases en la mentira; la educación está envenenada por ella; la tolerancia general agrava en cada uno esta triste aptitud de engañar para vivir (Ingenieros, 1900: 84-85).

El tópico de la impugnación social, vía la temática de la simulación, reaparecerá en obras posteriores de Ingenieros, como en el interesante ensayo sobre La moral de Ulises[22] (1910). Sea de ello lo que fuere, el diagnóstico de Ingenieros, si bien por un lado levanta una señal de alarma, se articula, por otro lado, con sus propuestas reformadoras.[23] Ellas se fundan en una verdad fundamental: las formas de organización societaria evolucionan y se encuentran en constante transformación, de modo que esta misma puede también ser modificada transformando al mismo tiempo las correlativas variedades de desenvolvimiento vital:

La organización social presente no señala, empero, el término de la evolución social; el porvenir está lleno de nuevos progresos, pues ningún hecho impide creer en el advenimiento de otras formas sociales después del presente período de la civilización capitalista. Cuando nuevos regímenes de organización social, surgidos de la intensificación de la capacidad productiva del hombre, atenúen la lucha entre los grupos y entre los individuos, la simulación, como todos los medios de lucha, se atenuará progresivamente, perdiendo su utilidad (Ingenieros, 1900: 38).

De este modo, la utilidad fundamental de la aplicación de la teoría evolutiva en el tema de la simulación radica, en primer lugar, en una suerte de inclusión esencial de los fenómenos del mundo social en la lógica que rige la mecánica natural. Ahora bien, esta suerte de homogeneización de ámbitos involucrará, al mismo tiempo, una suerte de justificación teórica de la utilización de los métodos y principios de la ciencia natural y su correlativa extensión a todo el dominio de lo social; dicha justificación, por otra parte, permitirá legitimar la intervención del profesional médico en cuestiones “de patología social”.

Ahora bien, desde el punto de vista puramente conceptual y sistemático, la teoría evolutiva lo que permitirá es abordar explicativamente un conjunto más o menos amplio de diferenciaciones estructurales y funcionales (sea ello tanto en el ámbito que cae en el dominio de la ciencia natural como en el de lo social), a manera de expresiones variables de una misma lógica universal de base. Estas diferenciaciones, no obstante, en virtud de su mayor o menor grado de especialización y complejidad de organización, permitirán incluir un principio de clasificación valorativa de los esquemas estructurales diferenciados en su proceso universal formativo. De este modo, mediante el recurso de la evolución, conjuntamente con los conceptos de adaptación y selección negativa, se verifica una impugnación de formas de organización societarias conjuntamente con la construcción de una jerarquía de tipos humanos definidos[24]:

Equivocado sería considerar las formas individuales de fraudulencia como producto puramente instintivo, como si el hombre fuese naturalmente perverso o mentiroso, egoísta o hipócrita. La organización social presente impone al individuo esas cualidades, en mayor o menor grado, si quiere atenuar la ruda lucha a que el medio le somete; muy pocos han sido de tal manera dotados por la naturaleza, que pueden atreverse a luchar en plena disconformidad con su ambiente (Ingenieros, 1900: 74).

8. III. Sociología argentina

Tamaño biologismo esencial explica sobradamente la seducción de Darwin, Ingenieros en efecto, resulta tan intensamente conquistado por las doctrinas de Darwin que no vacila en trasladarlas al campo de lo social, haciendo de la struggle for life la norma casi única para la evaluación de los problemas sociológicos. De pronto adquiría su sociología genética un sorprendente lustre científico, ¿quién podría desdeñar la jerarquía de Darwin en la historia de la ciencia contemporánea, quién podría olvidar que habían sido precisamente sus descubrimientos el golpe más decisivo que la metafísica soportara en pleno siglo xix?

H. Agosti[25]

La Sociología argentina es una de las obras más representativas del Ingenieros considerado como “clásico” por las interpretaciones corrientes de su pensamiento, a las que alude y critica Terán. Las concepciones naturalistas, deterministas y evolucionistas, encontrarán sin duda un lugar destacado en esta obra, que en realidad reúne una serie de escritos correspondientes a un período temporal bastante extenso. Entre ellos, nos ocuparemos de aquellos que construyan la matriz conceptual que defina y dé cuenta del carácter específico de los estudios sociales, al tiempo que fundamenten la metodología adecuada a su abordaje, de manera tal que resulten relevantes para nuestra perspectiva sistemática. Nos interesarán, a partir de aquí, los fundamentos doctrinales y las consecuencias teóricas de la concepción propuesta, mas no será este el lugar de incursionar en sus aplicaciones concretas tendientes a dar cuenta del devenir histórico de nuestra nacionalidad.

La interpretación sociológica de nuestra trayectoria histórica, Ingenieros la expondrá en La evolución sociológica argentina, presentada en el Congreso Científico Internacional reunido en Montevideo en 1901. En dicho trabajo ensayará una interpretación economicista de la historia, desde la colonia hasta la organización, pasando y dando cuenta de la emancipación. Ahora bien, la vocación sistemática de Ingenieros se propone, ante todo, incluir los problemas parciales dentro de un marco general que defina el carácter de los mismos al tiempo que determine la metodología adecuada a su abordaje diseñando, de esta manera, los contornos de la solución propuesta. De este modo, la edición de 1910 de dicha obra, será precedida por un estudio publicado dos años antes, y que será particularmente importante para nuestro planteo, en tanto construirá las bases fundamentales y sistemáticas de sus conceptos; su nombre: De la sociología como ciencia natural[26]. No obstante ser este estudio central en nuestra exposición, nos permitiremos alguna que otra incursión en otros trabajos incluidos dentro de la Sociología argentina, en la medida en que sea ello útil para nuestros propósitos.

Importante será para Ingenieros comenzar definiendo el carácter de la sociología. Así, desde el principio, se afirmará que:

La sociología es una ciencia natural que estudia la evolución general de la humanidad y la evolución particular de los grupos que la componen. Las “sociedades” humanas pueden estudiarse con el mismo criterio que los naturalistas aplican al estudio de otras “sociedades” animales; numerosas especies viven en grupos o colonias, no siendo imposible que los “hominidios” vivieran de esa manera antes de transformarse en “hombres”, lo que excluiría todo hipotético contrato social. Las razas, naciones, tribus y todos los agregados humanos, son colonias animales organizadas de acuerdo con las condiciones de subsistencia propias de la especie; su evolución en la superficie de la tierra es un hecho tan natural como la evolución de una colonia microbiana en un medio propicio a su cultivo. El bacteriólogo describe esta última por los fenómenos que observa y se propone determinar sus leyes más generales; el naturalista investiga la vida colonial de las abejas, los castores o las hormigas; el sociólogo tiene igual campo de experiencia en las sociedades de hombres (Ingenieros, 1908: 15).

La sociología será, así, una ciencia natural más. La asimilación de la problemática social dentro del ámbito de lo natural supone una oposición a la distinción entre ciencias naturales y del espíritu. Dicha negación tendrá sus consecuencias metodológicas. Por lo pronto, dicho aserto supone, además, una concepción filosófica acerca de la naturaleza y los destinos del hombre, que habrá de ser el fundamento justificativo de dicha asimilación. En efecto:

El hombre no es un aerolito caído sobre el planeta por capricho de fuerzas sobrenaturales; es una manifestación evolutiva de la vida, como ésta lo es de la materia y de la energía universal. El hombre es un ser viviente, nada más; la vida asume en él manifestaciones intrincadas, pero sin escapar a las leyes generales de la biología. Lo mismo que los demás seres vivientes, lucha por la vida para satisfacer necesidades elementales e indispensables: la conservación del individuo y la reproducción de la especie. La Humanidad, considerada como especie biológica, no tiene misión alguna que desempeñar en el Universo, como no la tienen los peces o la mala hierba (Ingenieros, 1910: 19).

La vida se organiza, así, de una manera más o menos compleja en estructuraciones protoplasmáticas diferenciadas. Pero la sustancia vital, en sus distintos niveles de complejidad, no será sino una extensión natural de la lógica que domina ciegamente el universo. La diferencia entre lo inorgánico y lo orgánico, y entre las diversas especies que instancian en estructuras homeostáticas diferenciales la función vital será, entonces, puramente de grado y no substancial. El hombre no es sino un animal de organización protoplasmática más compleja, y de funciones y soportes vitales más especializados, por lo que los fenómenos sociales que origina no podrán ser desvinculados de los fundamentos biológicos que lo explican:

La humanidad nos ofrece, simplemente, el caso de una especie animal luchando por la vida con otras y procurando adaptarse, en grupos, a un medio físico limitado: la corteza de la tierra. Como este medio físico no es homogéneo, los grupos de la especie presentan variedades resultantes de sus heterogéneas condiciones de adaptación, reflejadas en sus instituciones y en sus creencias colectivas (Ingenieros, 1908: 15).

El hombre, junto a otras especies animales, se asocia en agregados más o menos complejos y diversamente organizados en la lucha por la vida. Así, se diferencia una variedad de estructuraciones societarias diferenciales. Estas organizaciones diferenciadas se suceden en el tiempo y coexisten en el espacio.[27] La condición de posibilidad de su conservación, finalmente, habrá de ser la adaptación de la organización societaria y de las funciones por ella desarrolladas, a las condiciones y exigencias planteadas por el medio en que le toque desenvolverse:

Los diversos grupos sociales necesitan adaptarse a su medio y están sometidos al principio biológico de la lucha por la vida, lo mismo que los grupos de otras especies gregarias. Esa condición de vivir en grupos determina modificaciones colectivas, subordinadas al cambio incesante de sus condiciones de adaptación y selección natural.

El fenómeno de la asociación para la lucha por la vida no es exclusivo de las sociedades humanas (Ingenieros, 1908: 16).

Los caracteres adaptativos, por otro lado, surgen del despliegue de organizaciones diferenciales en que se expresa el proceso evolutivo. La unificación naturalista de la realidad se fundará, entonces, en la evolución entendida como un fenómeno universal y omniabarcador. La materia y la energía se organizan en diversos grados de complicación, unificando en un continuo formativo todos los fenómenos que se presentan en el mundo físico. Ahora bien, del grado de complejidad en la organización diferenciada emergerán, dentro del mismo género, relaciones peculiares que constituirán la base de la diferencia específica. La evolución se extiende así de la formación de los caracteres específicos a la organización humana, a las modalidades de estructuración societaria que el hombre construya a lo largo de la historia:

La evolución humana es una continua variación de la especie bajo la influencia del medio en que vive. Por ser una especie viviente, está sometida a leyes biológicas; por ser capaz de vivir en agregados sociales, se subordina a las leyes sociológicas, que dependen de aquéllas; por ser apta para transformar y utilizar las energías naturales existentes en el medio, evoluciona según leyes económicas, especializadas dentro de las precedentes (Ingenieros, 1908: 16).

La sociedad representa, entonces, una modalidad de organización integrada por individuos asociados en la lucha por la vida. La transformación continua de sus características incluye un aspecto funcional (costumbres) y otro estructural (instituciones), reproduciendo de este modo a nivel societario la clásica correlación de que se sirve la medicina entre lo anatómico-estructural y lo fisiológico-funcional.[28] Ahora bien, Ingenieros se opone expresamente a las concepciones que consideran a la sociedad como un organismo. “Las sociedades son simples ‘colonias organizadas por la división de las funciones sociales’ y no ‘superorganismos'” (Ingenieros, 1908: 20).[29] Por otro lado, si bien las explicaciones económicas del devenir histórico son legítimas, tal como las utiliza el mismo Ingenieros en la Evolución sociológica argentina, los economicistas olvidan que las leyes económicas no son sino leyes biológicas especiales que se dan en los agregados sociales dentro del marco general de la lucha por la vida[30]:

La sociología biológica remonta el problema a su fase general, biológica. En cambio, los sociólogos economistas lo encaran bajo el aspecto particular de la división del trabajo humano y los sociólogos organicistas se limitan a una explicación por analogía. Pero el fenómeno esencial que preside toda la evolución social es uno: las necesidades que los agregados humanos tienen que satisfacer para conservar la unidad del grupo en el espacio y su continuidad en el tiempo. La actividad económica es, simplemente, su resultado. Por eso podríamos formular esta definición: la economía política es una aplicación a la especie humana de leyes biológicas que rigen la lucha por la vida en todas las sociedades animales (Ingenieros, 1908: 20; énfasis en el original).

La aplicación de la teoría evolutiva a la explicación del conjunto de fenómenos asociados a los agregados sociales en vínculo estrecho al concepto de adaptación supone, asimismo, la extensión del concepto de lucha por la vida –reconocidamente válido en los fenómenos naturales– hacia el ámbito de los fenómenos sociales. La lucha por la vida dará cuenta, de este modo, de aquella mecánica de recorte de las organizaciones societarias diferenciales, que explique la preeminencia de los caracteres más adecuados para ampliar su funcionalidad vital, cumpliendo así, del mejor modo posible, con los fines homeostáticos que la asociación de los individuos en agregados persigue. En efecto:

El principio de la lucha por la vida sigue rigiendo en ellos, aunque sufre modificaciones especiales. La humanidad, como especie, lucha por la vida contra el reino vegetal y contra las otras especies animales. Eso es evidente. Además, como animal susceptible de asociarse en agregados o colonias, el hombre está sujeto a nuevas formas de lucha: sea como miembro de un agregado social, sea como individuo.

Tres formas de lucha son posibles en la especie humana: 1ª., entre agregados sociales; 2ª., entre agregados e individuos; 3ª., entre individuos aislados. Dos naciones que se arruinan recíprocamente en una guerra de supremacía económica encuéntranse en el primer caso. Un delincuente que comete acciones antisociales, representa el segundo. Dos salvajes que se disputan una raíz alimenticia, se encuentran en el tercero (Ingenieros, 1908: 17).

El precipitado de la lucha por la vida, en tanto recorte de los caracteres específicos que perduren para legar a su herencia la particularidad de su organización societaria en modalidades adaptativas diversamente articuladas en función de las exigencias a ella impuestas por un medio en transformación imprevisible y continua, será la selección natural. De este modo, la misma se torna un principio explicativo del devenir concreto de las sociedades humanas y de sus derroteros, a través de su marco diacrónico de desarrollo, dando cuenta al mismo tiempo de los caracteres verificados en nuestro presente histórico:

La selección natural favorece a las sociedades mejor adaptadas; ellas sobreviven en la lucha. Las que se organizan en mayor consonancia con las condiciones del medio, prosperan, se acrecientan y duran hasta que son absorbidas o destruidas por otras mejor adaptadas a nuevas condiciones.

El resultado de esa selección natural es el progreso, que podemos definir como el perfeccionamiento adaptativo de la estructura y las funciones de las sociedades a las condiciones de lucha por la vida propias del medio en que viven (Ingenieros, 1908: 24; énfasis en el original).

De este modo, construye Ingenieros una concepción optimista del progreso, fundada en la selección de los mejor adaptados, tanto a nivel individual como societario.[31] Sobre sus consecuencias volveremos en seguida. De momento, interesa simplemente consignar la necesaria correlación existente (una vez llevada a cabo esta traslación categorial de las ciencias naturales a las sociales) entre las modalidades de asociación en agregados y las formas diferenciales de lucha por la vida. Los agregados sociales evolucionan por medio de modificaciones adaptativas tendientes a una organización más eficiente de los individuos congregados en relación a la satisfacción de las necesidades impuestas por su naturaleza específica. De este modo, a través del concepto de evolución y lucha por la vida, la disciplina sociológica delimita el método genético en que despliega sus explicaciones, al tiempo que se articula en los capítulos parciales que integra: filogenia social, ontogenia social y sociología comparada.[32]

La selección natural, en última instancia, es una teoría que sirve para dar cuenta, genéticamente, de un estado de cosas. La lucha por la vida es un principio universal que se extiende a todos los fenómenos y rige en todos los niveles. Tanto en la política interna como en la internacional, sus leyes son inflexibles a la par que ciegas.[33] El hombre, tanto como cualquier otro ser, sigue a la ley o bien es arrastrado por ella. En este sentido, Ingenieros entenderá al imperialismo como un fenómeno natural contra el que no tiene sentido protestar: es natural, en efecto, los más fuertes predominen y se impongan a los más débiles. En todo caso, es un fenómeno que hay que comprender para construir, por medio de la inexorable ley, los medios de defensa:

Esa influencia absorbente –que suele llamarse “imperialismo”: inglés, alemán, yanqui–, es un resultado natural de la evolución económica contemporánea; así como la gran industria tiende a reemplazar o cooperativizar al pequeño productor, los grandes estados tienden a coordinar en torno de los propios intereses a los estados menores.

Ese fenómeno no puede evitarse con discursos o declamaciones; la única defensa de Sud América es el desarrollo en su seno de grandes núcleos de raza blanca, capaces de equilibrar la influencia extracontinental (Ingenieros, 1910: 56).

La cuestión de la raza, de este modo, emerge en Ingenieros con proyecciones políticas insospechadas. A esta cuestión dedicará toda la cuarta parte incluida en la Sociología argentina[34]: “La formación de una raza argentina”.[35] Dentro de las diferenciaciones individuales, en virtud de las exigencias impuestas por el medio, prevalece determinado tipo dotado de determinadas aptitudes funcionales correlativas a ciertos caracteres morfológicos y estructurales. Las razas, así, se constituyen, transforman y desaparecen a lo largo de la historia.[36] Ahora bien, partiendo de la premisa de que no todas las razas despliegan en el mismo grado sus facultades adaptativas, se torna particularmente significativa la cuestión de la selección de la población en el desarrollo demográfico de las sociedades, tanto más en aquella recientemente organizada que quiere superar un pasado de anarquía y feudalismo para adaptarse al concierto de las naciones modernas. De este modo, Ingenieros nos recuerda que:

Cuando Alberdi decía: “gobernar es poblar” agregaba terminantemente: “poblar con europeos”. Cuando Sarmiento nos incitaba “a ser como Estados Unidos”, expresaba que esa nacionalidad era “un gajo del árbol europeo retoñando en el suelo de América”. No se equivocaban al afirmar esa predilección étnica como el fundamento esencial de toda prosperidad venidera. Ameghino, como todos los naturalistas, repetiría más tarde que esa raza era la superior de las humanas y que a ella le estaba reservado en el futuro el dominio del globo terrestre (Ingenieros, 1915: 325).

Con estas consideraciones presentes, Ingenieros analizará las modificaciones raciales operadas en la demografía nacional. En este sentido, se rescata el papel europeizador de la segunda inmigración, que desplazó del mapa social y político el fardo retardatario de las razas refractarias al proceso modernizador.[37] La cuestión del imperialismo, por un lado, sumada a la problemática de la modernización política, por el otro, determinarán el diseño de un programa de recomposición racial en desarrollo, al tiempo que construirán la matriz de evaluación ingenieriana de las posibilidades abiertas a la hegemonía argentina en el continente y del papel de ella junto a las naciones más evolucionadas. De este modo, en La función de la nacionalidad argentina en el continente sudamericano[38], Ingenieros afirmará que:

Países en que abunden el negro y el indio, no pueden preponderar sobre otros donde el negro y el indio son objeto de curiosidad. Tal es el caso de la Argentina libre ya, o poco menos, de razas inferiores, donde el exiguo resto de indígenas está refugiado en zonas que de hecho son ajenas a la nacionalidad, aunque habiten su territorio político.

El problema de la política internacional sudamericana puede plantearse en términos concretos. Los factores naturales que determinan el porvenir de sus nacionalidades son cuatro:

1º La extensión.

2º El clima.

3º La riqueza natural.

4º La raza (Ingenieros, 1910: 59).[39]

Para finalizar, consignaremos simplemente el hecho de que el papel de la teoría evolutiva en la concepción sociológica de Ingenieros parece ser tanto causa como consecuencia de la inclusión del fenómeno humano y social dentro del natural. Así, por ejemplo, si por un lado la evolución universal permite establecer una filiación entre los diversos niveles de organización de la materia desde las formas más simples e inertes hasta los organismos pluricelulares más complejos y aparentemente autónomos (incluido entre ellos el hombre), a partir de dicha asimilación del fenómeno humano en el natural, se legitima la extensión de una serie de categorías asociadas al área de la biología, por el otro. De esta manera, los fenómenos de asociación, adaptación al medio, supervivencia de los más aptos, etc., permitirán construir un entramado teórico con fuertes consecuencias sociales, ideológicas y políticas.[40]

De este modo, la teoría evolutiva aparecerá en la sociología como soporte conceptual, pero al mismo tiempo como consecuencia de la concepción naturalista de Ingenieros. Al tiempo que le permitirá avanzar en la construcción de una metodología que extienda los procedimientos y conceptos válidos en el área de las ciencias naturales a las ciencias sociales y encontrar, al tiempo que un principio explicativo del surgimiento, desarrollo, transformación y decaimiento de las organizaciones políticas y de las estructuraciones sociales, un principio de evaluación pretendidamente neutral fundado en el concepto de la lucha por la vida y la supervivencia de los más aptos, que permita fundar determinadas propuestas de reformas.[41] Ahora bien, dado este esquema, ¿por qué es mejor lo más adaptado al medio? sencillamente por el simple hecho de que, si no se adapta, habrá de ser relegado o eliminado.[42]

8. IV. Las proposiciones relativas al porvenir de la filosofía

Ética, estética, lógica y casi todo lo que comprende bajo el nombre de teoría del conocimiento quedaban, en su sistema, reducidos a psicología; ésta, a la vez, especie de un género más amplio: la biología. Afanábase, en cuanto le era posible, para ultimar estas reducciones. Pero después de lograr, a su parecer, este propósito, todavía le quedaba un gran residuo irreductible. No quería, naturalmente, desligarse de aquellos propósitos científicos, que se le presentaban múltiples y dispersos. Aspiraba a una síntesis superior que, desde lo experiencial, para emplear su terminología, justificara lo inexperiencial. Punto de partida con el cual estarían de acuerdo los auténticos metafísicos de todas las épocas, por su motivación científica. Supone una reflexión detenida, que muchos positivistas y científicos atados a lo concreto e inmediato jamás se han hecho, sobre lo que acaece ante nosotros y está a disposición de nuestros sentidos. Y no se satisface. Había divagado por el campo de la ética, en disertaciones que tienen más de apasionado que de reflexivo; pero se comprende que, una vez aquietados los impulsos que lo movieron a escribir discursos moralistas, sintiera también la necesidad de ahondar, a la búsqueda de más sólidos fundamentos. Requería, casi por exigencia metodológica, una metafísica.

S. Bagú[43]

En 1918, José Ingenieros presentará las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía en ocasión de su admisión en la academia de Filosofía y Letras. Hacía tiempo, en realidad, que sus intereses se habían orientando hacia los estudios filosóficos. Algunos hitos significativos de este viraje pueden hallarse ya en los Principios de psicología (1913) y en la fundación de la Revista de Filosofía (1915).[44] El motivo aducido para postergar su incursión directa en los estudios filosóficos se encuentra cifrado, según sus palabras expresas, en la necesidad de disponer de un conocimiento experiencial profundo y extenso, dominio que tiene por requisito un conocimiento profuso de las disciplinas científicas.[45]

Ahora bien, lo cierto es que su vocación sistemática, al tiempo que se ensanchaba ampliando su dominio con la inclusión de otras esferas disciplinares, requería, por lo mismo, una fundamentación más sólida. En este sentido, la sistemática construida por Ingenieros se encontrará con la problemática filosófica buscando en ella la legitimidad requerida por la amplitud de sus pretensiones teóricas. En este punto, la propuesta filosófica de Ingenieros podría llegar a resultar sintomática de la crisis de todo un estado de cosas y de la declinación definitiva de un modo de concebir la filosofía que había llegado a ostentar, en nuestro medio, un carácter fuertemente hegemónico:

En efecto, Ingenieros tiene el arrojo de decirnos que la filosofía es metafísica y que no podemos prescindir de hacerla. Con ello se desliga de toda contaminación positivista. Era necesario decirlo en nuestro ambiente antifilosófico, y era necesario lo dijera quien no puede ser sospechado de propósitos reñidos con la ciencia. El positivismo con persistencia rutinaria aun pontifica en la cátedra y en el libro como si nada hubiera ocurrido; agotada su misión histórica todavía vegeta y obstruye por inercia el advenimiento de nuevas orientaciones. Y vive el santo temor de la filosofía, supuesta enemiga de la ciencia. Las Proposiciones van a contribuir a desalojar este pasado, como que son un exponente de la reacción metafísica ha tiempo iniciada y ahora en vías de propagarse hasta las antípodas (Korn, 1919: 47).

Comenzando con nuestra exposición, señalaremos primero el hecho de que el proyecto teórico de nuestro pensador supondrá una redefinición del objeto de la filosofía, con la subsiguiente reducción de la misma a la metafísica. Ahora bien, para llevar esto a cabo, se deben desplazar primeramente las reflexiones referidas a la lógica, la ética y la estética, del dominio de la filosofía, reduciéndolas a la psicología:

La lógica, la ética y la estética han iniciado ya su constitución como ciencias, con objetivos netamente experienciales: históricos, normativos, etc. Y aunque los especialistas de cada una hacen cuestión de vanidad personal al discutir la jerarquía de estos géneros entre sí, los no especialistas convergen a afirmar que son “ciencias psicológicas”, mirando la experiencia lógica, la experiencia estética y la experiencia moral como aspectos diferenciados de la experiencia, en su triple aspecto específico, social e individual (Ingenieros, 1918 b: 76-77).

La psicología es, por otro lado, una ciencia natural y, como tal, no existirá diversidad metodológica correspondiendo su dominio a lo experiencial.[46] La cuestión que se plantea, entonces, consistirá en saber cuál será el objeto específico de la filosofía, entendida ya como metafísica. “La metafísica tiene por objeto formular hipótesis legítimas sobre los problemas inexperienciales” (Ingenieros, 1918 b: 63).

Ahora bien, el sentido de lo inexperiencial deberá ser precisado. Lo inexperiencial, en tanto tal, no representa una diversidad cualitativa respecto a lo experiencial, no corresponderá a otro orden de ser ni a otro nivel de realidad, sino que representa en todo caso un límite cuantitativo impuesto a nuestro aparato perceptivo, que podrá ser progresivamente ampliado agregando nuevo material empírico, con la inclusión de nuevos y más sensibles soportes técnicos[47]:

Lo inexperiencial es, en cambio, relativo a la posibilidad humana de conocimiento; siendo los objetos de experiencia infinitamente variables en el tiempo y en el espacio, la perfectibilidad de la experiencia humana nunca llega a excluir la perennidad de un residuo inexperiencial (Ingenieros, 1918 b: 32).

Lo inexperiencial es aquello que se encuentra más allá de la circunferencia hacia la que se remonta nuestra sensibilidad como soporte y validación de nuestros esfuerzos cognoscitivos. Las ciencias no substituirán nunca a la metafísica, no por la diversidad del objeto formal[48], sino por la necesaria permanencia de este residuo inexperiencial, que dada la relatividad necesaria de nuestro conocimiento proporcionado por nuestros instrumentos de experiencia, jamás podrá ser agotado[49]:

Siendo los objetos experienciales infinitamente variables en el tiempo y en el espacio, la perfectibilidad de la experiencia humana nunca llega a excluir la perennidad de lo inexperiencial. La infinita posibilidad de problemas que excedan la experiencia, implica la perennidad de explicaciones hipotéticas inexperienciales que constituyan una metafísica, incesantemente variable y perfectible (Ingenieros, 1918 b: 90; énfasis en el original).

Lo inexperiencial, por lo tanto, es relativo a nuestros sentidos y a los recursos técnicos que extienden su umbral de operatividad; por lo tanto, su relatividad será también histórica, tendiendo a ampliarse modificando, por lo mismo, el dominio de lo inexperiencial y lo metafísico. De este modo, la metafísica científica tenderá continuamente a ser reemplazada por la ciencia que tenga por objeto lo experiencial en consonancia con la ampliación de los horizontes correspondientes a su dominio. Ahora bien, dado el carácter centralmente programático de la propuesta de Ingenieros en esta obra y correspondiendo lo inexperiencial al ámbito de la metafísica, la cuestión que inmediatamente surgirá será la relativa a la legitimidad de las hipótesis que se formulen para dar cuenta de los problemas en cada caso suscitados:

¿Cómo lo experiencial puede limitar y condicionar lo inexperiencial? Por el principio de la no-contradicción, que enseña lo que no puede ser.

Sería absurdo que la experiencia dictaminara sobre la verdad de lo que se refiere a lo inexperiencial; pero ella permite establecer la ilegitimidad de ciertos problemas y excluirlos de toda metafísica que no sea un simple pasatiempo de sofista. En otros términos: autoriza a eliminar los problemas ilegítimos, aunque no decida sobre la verdad de las hipótesis legítimas (Ingenieros, 1918 b: 44; énfasis en el original).

La legitimidad de las cuestiones filosóficas y de las respuestas ideadas para solucionarlas habrá de ser, entonces, una cuestión histórica. Dependerá, en última instancia, del conjunto experiencial de información disponible para la investigación, acerbo relativo a cada sociedad y a las modificaciones establecidas en su fluir histórico concreto. La experiencia será relativa, entonces, al grado de desarrollo alcanzado en la evolución natural y societaria. En este punto, Ingenieros introduce su clásica explicación evolutiva destinada, esta vez, a dar cuenta de la especificidad de la dinámica referida al surgimiento y desarrollo de las hipótesis metafísicas:

Las actuales hipótesis son transformaciones de otras que han evolucionado y seguirán evolucionando, sujetas a la selección natural en el ambiente que les forma la experiencia científica; este estudio permite reconocer, al mismo tiempo, que ciertas hipótesis llevan camino de extinguirse, como esos paquidermos y reptiles que suelen llamarse “fósiles sobrevivientes” (Ingenieros, 1918 b: 27).

En la dinámica de surgimiento y diferenciación de las concepciones especulativas existirá, a su vez, un criterio de recorte y selección de las mismas, de modo análogo a la constitución de los caracteres diferenciales correspondientes a las distintas especies animales que son objeto de estudio de la biología. Así, en lo que hace al mecanismo por el cual las teorías son rechazadas o aceptadas, Ingenieros recurre a la idea de la selección natural de las mismas operada por un medio en transformación continua que impone la necesidad de modificaciones adaptativas:

El conocimiento integral de los factores señalados permite conjeturar aproximativamente cuáles hipótesis metafísicas sobrevivirán. El “medio” en que ellas viven es la experiencia de la época en que se formulan; las variaciones de ese “medio” producen las variaciones de las hipótesis; la diversa adaptación de estas variaciones a las del medio, determina su selección. Las hipótesis inexperienciales evolucionan constantemente en función del medio experiencial (Ingenieros, 1918 b: 51; énfasis en el original).

En fin, una vez extendido el principio de la selección natural hacia el ámbito epistémico, pareciera encontrarse un principio capaz de tornar inteligible el progreso de las disciplinas y, junto a ellas, servir de patrón de evaluación objetivo que permita establecer la superior aptitud de la metafísica del porvenir respecto a las anteriormente desarrolladas. Ahora bien, una vez establecido el principio de legitimidad y los lineamientos generales en los cuales debe inscribirse la práctica especulativa de la filosofía, no le queda al autor más que establecer una caracterización de la metafísica del siglo XXI y los principios generales de su metodología. De este modo, definirá al sistema metafísico:

Las hipótesis que convergen a una explicación armónica y coherente de lo inexperiencial, constituyen un sistema metafísico. Puede concebirse que la metafísica del porvenir estará en formación continua y presentará algunos caracteres necesarios: la universalidad, la perfectibilidad, el antidogmatismo y la impersonalidad (Ingenieros, 1918 b: 63; énfasis en el original).[50]

En cuanto a su metodología, excluirá como ilegítimos los métodos místicos, entre los que incluye a los intuicionistas y los dialécticos, donde situará también los métodos trascendentales como el kantiano.[51] Los métodos legítimos habrán de ser solamente los generalmente admitidos en el área de las ciencias naturales:

Los métodos legítimos, en suma, se reducen: a dudar metódicamente de los resultados de la experiencia (observación y experimento, siendo este último una observación previamente condicionada), en el supuesto de que ella sea falaz o incompleta; a formular (por la reflexión y la imaginación) hipótesis para explicar esos resultados y condicionar su contraprueba; a criticar (por la lógica) esas hipótesis, para determinar su legitimidad en concordancia con todos los resultados de la experiencia. Este proceso metodológico establece una continuidad natural entre las hipótesis científicas y las hipótesis metafísicas (Ingenieros, 1918 b: 56).

Es claro, la metodología admitida delimitará procedimentalmente la índole del objeto así “reconocido”. A partir de aquí, será también clara la cuestión inmediatamente planteada: ¿hasta qué punto se encuentra suficientemente justificada esta propuesta? No será aquí el lugar donde resolvamos tan importante cuestión. Simplemente señalaremos que el concepto del método reconocido es correlativo y se encuentra relacionado con la definición que se proporcione de la experiencia, en este caso diseñada en torno a toda una serie de supuestos discutibles que serán atacados por ocasionales adversarios filosóficos. Alejandro Korn, con cierto extrañamiento, señala el hecho curioso de que esta metafísica de la experiencia, que debe constituir una especie de prolegómenos a la metafísica del porvenir, carece de un estudio crítico sobre la cuestión fundamental de la experiencia.[52] Contrariamente a su opinión, Ricaurte Soler sostendrá que el concepto que Ingenieros sustenta acerca de la experiencia se encuentra fundado en su obra dedicada a la psicología.[53] Frente a ello, no será menos cierto que sobre la base textual de esta misma obra será sobre la que Korn encontrará los materiales para acusar a Ingenieros de inconsecuencia.[54] Su rechazo crítico, no obstante su impugnación sistemática y cuidadosamente fundada, resultará menos violenta que la emprendida en la misma línea de la falta de fundamentación gnoseológica por Héctor Agosti en la obra dedicada a nuestro autor.[55] Sea de ello lo que fuere, lo cierto será que en la propuesta de Ingenieros será patente la carencia de una problematización epistémica seria del tema de la experiencia, y mucho menos de la construcción de un intento de solución de las problemáticas asociadas a dicho fenómeno, sin el cual la efectividad de todo planteo programático resultará cuanto menos dudoso.

Nos detenemos en esta polémica para señalar simplemente un hecho. La experiencia, en filosofía, es un problema antes que un dato. La experiencia se delinea, se recoge, se esclarece y se crítica antes de poder extraer de su materia bruta el metal precioso del dato, base de las construcciones filosóficas ideadas y de las soluciones propuestas. Las experiencias no existirán autónomamente ni en el mundo eidético platónico. Un hecho, en sí mismo, no es otra cosa que una construcción ideal, el precipitado de una operación conceptual, que solamente después de una crítica intensa habrá de considerarse fundado y de resultar operativo en las construcciones filosóficas. Ello es importante, porque en el proyecto metafísico ingenieriano la experiencia será la piedra de toque de toda su propuesta, y habrá de ser ella, precisamente, la que constituye el “medio” en virtud del cual se seleccionarán las hipótesis que mejor se adaptan a las necesidades, por la especificidad de su naturaleza, en cada caso impuestas.[56]

Ahora bien, en definitiva, ¿de qué modo funciona, y qué aportes provienen, en esta obra, de la utilización del modelo de la selección natural y de los principios evolutivos? El aporte sistemático consistirá en la construcción de un esquema dinámico del surgimiento, desarrollo y declive de las hipótesis metafísicas propuestas. Dicho recorte, histórico y socialmente diferencial, encuentra un fundamento rector (en principio neutral) en el concepto de la experiencia, y tiene por base de legitimación la extensión omniabarcadora del principio de la evolución, entendido en virtud de su universalización como principio unificador de todas las parcelas de la realidad. Esta será la manera sistemática de justificar la metodología propuesta y, por esta vía indirecta, de constituir el ámbito de lo “real” procedimentalmente delimitado y fácticamente reconocido.

En el plano discursivo, a su vez, esta propuesta permitirá nuevamente esgrimir, en virtud de su cientificidad, las armas de la solidez y la neutralidad, conjuntamente con la caracterización progresista de la sistemática ideada, lo que permitirá rotular, de manera polémica, como retardatarias y retrógradas a las concepciones opuestas. Todo ello descansará, finalmente, en una creencia que expresa un cierto “optimismo”, quizás un poco ingenuo, aunque no por ello menos excelso, que llegará a plasmarse elocuentemente en las palabras finales que cierran la obra, como expresión motivadora y corolario de todo un credo:

Mirad siempre adelante, aunque os equivoquéis: más vale para la humanidad equivocarse en una visión de aurora que acertar en un responso de crepúsculo. Y no dudéis que otros, después, siempre, mirarán más lejos; para servir a la humanidad, a su pueblo, a su escuela, a sus hijos, es necesario creer firmemente que todo tiempo futuro será mejor (Ingenieros, 1918 b: 88; énfasis en el original).

8. V. Hacia una moral sin dogmas  –  Las fuerzas morales

Es, pues, posible, construir un “idealismo” que se base en la experiencia, pues los ideales son anticipaciones de las futuras adaptaciones del hombre al medio físico, psíquico y social. Desde este punto de vista los ideales pueden incorporarse a las concepciones científicas del monismo evolucionista. Los ideales no son privativos del “idealismo”, es decir, del idealismo metafísico tradicional.

R. Soler[57]

El proyecto sistemático omniabarcador de Ingenieros no podía detenerse en el mero planteo de los lineamientos de la metafísica del porvenir. Se ha dicho y repetido muchas veces, la ética es el núcleo fundamental de donde brotan las concepciones filosóficas. Otros han dicho que es la coronación en que despliega sus consecuencias prácticas su articulación teorética. En todo caso, señalemos simplemente el hecho de que toda metafísica lleva en sí misma implícita los gérmenes de una teoría ética a través de una teoría del valor, de igual modo en que toda modalidad privilegiada de percepción vital, a través de una evaluación axiológica de los datos, condiciona las construcciones de la teoría pura en que la articulación metafísica se despliega, de manera de constituir una correlación dinámica donde uno de los extremos no se modifica sin el otro.

De este modo, no es extraño que Ingenieros nos proponga los principios de su ética en la obra que le dedica a la metafísica, en el capítulo final de la misma titulado “Los ideales humanos”.[58] Alejandro Korn celebrará, con cierta calidez irónica, el hecho de que la metafísica del porvenir tenga ideales, como un principio de comprensión mutua, tendido sobre el espacio abierto de las concepciones metafísicas en pugna.[59] Ahora bien, siendo tal su relevancia conceptual, ¿qué entiende Ingenieros por ideal?:

71—los ideales éticos son hipótesis de perfección. Cada sociedad humana vive en continuo devenir para perfeccionar su adaptación a un medio que incesantemente varía; las etapas venideras de ese proceso funcional, son concebidas por la imaginación de los hombres en forma de ideales. Un hombre, un grupo o un pueblo, son idealistas cuando conciben esos perfeccionamientos y ponen su energía al servicio de su realización (Ingenieros, 1925: 109; énfasis en el original).

Esta definición es proporcionada por Ingenieros en Las fuerzas morales, su obra póstuma, que reúne sus elocuentes “Sermones laicos” publicados entre 1918 y 1923. No obstante la importancia de la obra, su finalidad persuasiva y su cualidad retórica configuran en la misma un armado poco sistemático, cuyo contenido doctrinal, no obstante esta diferencia en la forma, resulta análogo al expresado en otra obra ética anterior: Hacia una moral sin dogmas. Esta obra, de armado mucho más sistemático, reúne sus lecciones acerca de Emerson y el eticismo pronunciadas en el marco de la cátedra de Ética de la Facultad de Filosofía y Letras en 1917. En ella nos centraremos preferentemente, señalando en su debido tiempo y lugar aquellas expresiones que en Las fuerzas morales reproduzcan el contenido doctrinal confirmando textualmente, de esta manera, la tesis por nosotros defendida.

Esta obra comienza por una crítica a determinadas concepciones erróneas de concebir el fenómeno moral, que ignoran su contextualización histórico-social, desconociendo, por lo mismo, el magisterio de la experiencia, resultando de esta manera impermeables a las rectificaciones impuestas por el carácter diferencialmente variable de la misma a través del marco dinámico del despliegue histórico de las sociedades. En efecto,

La moralidad efectiva es un producto social y se renueva incesantemente como las sociedades en que desempeña una función. Es experiencia actuada, sentida, vivida por hombres. No es un esquema lógico perfecto de principios dialécticamente demostrables una vez para siempre; es savia que llega hasta todos los individuos que forman la sociedad y por eso se aprende por la imitación, se enseña con el ejemplo. Abstraer la moralidad de la vida real, es matarla (Ingenieros, 1917: 19).

Se trata, finalmente, de una reconceptualización de la ética que atienda al carácter concreto en que efectivamente se actualiza su problemática conjuntamente con el contexto variable que constituye su marco. La diversidad contextual vendrá dada, fundamentalmente, por la experiencia acopiada en cada sociedad, experiencia en proceso de formación continua, constituyendo de este modo marcos de inscripción variables del fenómeno ético, en la medida en que cada sociedad tendrá un determinado caudal disponible de experiencia, como principio de reflexión, e impondrá sus necesidades y, a través de ellas, el carácter de sus obligaciones, en virtud de sus modos correlativos de organización diferencial.

De este modo, en virtud del desconocimiento del fenómeno de formación continua de nuestra experiencia, y de las significativas modificaciones concomitantes a ella asociada, se articulará la crítica a las concepciones consideradas dogmáticas, lo que supondrá, a su vez, una redefinición del objeto de la disciplina ética considerada como ciencia empírica.[60] Repudiables serán, entonces, aquellas concepciones que desconozcan el carácter progresivo de la experiencia acumulada, deteniendo el desarrollo del hombre, de las sociedades y de la especie. De este modo,

Los dogmas teológicos y los dogmas racionales se nos presentan como simples explicaciones inventadas por ciertos hombres para subordinar la experiencia a determinadas hipótesis metafísicas. Son esquemas a posteriori, aunque pretenden enunciar principios a priori. Al formularlos se ha prescindido del hecho más universal y constante: la continuidad indefinida de la experiencia moral, distinta de cada sociedad, variable en todo tiempo. Los dogmas, fuera de su lugar y momento originario, se nos presentan como esqueletos fósiles de morales ya extinguidas; carecen de la vitalidad que en su origen pudieron prestarles las creencias religiosas o filosóficas de los hombres que los formularon (Ingenieros, 1917: 19).

Se rechazarán entonces, por principio, las éticas dogmáticas; siendo necesario caracterizar con más precisión y explícitamente al dogma, ya que, en virtud de su concepto y de su rechazo, se articulará la propuesta de Ingenieros: “podríamos, pues, definir: un dogma moral es una opinión inmutable e imperfectible impuesta a los hombres por una autoridad anterior a su propia experiencia” (Ingenieros, 1917: 12).

Dogmas religiosos y racionales, ambos instauran un dique que detiene la asimilación progresiva de nuevas experiencias, obstruyendo de esta manera las rectificaciones que la misma impone, en las ciencias, a las teorías propuestas.[61] Y este habrá de ser, precisamente, el proyecto de Ingenieros: luego de la construcción de una metafísica científica, resta la construcción de una ética considerada como ciencia estricta. En efecto, la asociación en la lucha por la vida, se nos dijo, es algo totalmente natural. Las modalidades de dicha asociación configuran un marco estructural y funcionalmente variable, con las exigencias correlativas a su estabilidad y supervivencia. Así surge la moral, como una imposición natural, fundada en el carácter social de la existencia humana.[62] Considerar su existencia, y por ende sus obligaciones, fuera de ese marco representa una abstracción que no atiende a la complejidad real en que se despliega nuestro esfuerzo vital. Por ende, nuestros deberes, conjuntamente con el carácter de nuestras obligaciones, habrán de ser sociales.[63]

Esta inscripción del fenómeno ético en la naturaleza y su desarrollo a través de las sociedades supone, como se dijo, una redefinición de su objeto, lo que implicará a su vez una reconceptualización de su método.[64] De este modo Ingenieros expresará su credo:

Creo que la ética del porvenir será, en cambio, una ciencia fundamental y adoptará el método genético; sólo así llegará a independizarse la conciencia moral de la humanidad de todo dogmatismo teológico o racional, demostrando que la moralidad es un resultado natural de la vida en sociedad. Sometida, como toda otra experiencia, a un proceso de evolución incesante, la moral no puede fijarse en las fórmulas muertas de ningún catecismo dogmático, ni en los esquemas secos de ningún sistema apriorístico; se va haciendo, deviene en la naturaleza misma, y es el estudio de la experiencia moral pasada lo que nos permite comprender la presente, como en ésta podemos entrever la del porvenir (Ingenieros, 1917: 19-20).

El tema de la evolución aparece aquí en consideración al carácter progresivo de la experiencia acumulada en un proceso de agregación cuantitativa. La ética del porvenir reconocerá el método científico como el propio; igual que ella, formulará hipótesis coherentes con la base experiencial de que dispone. Esas hipótesis serán normativas, en el sentido en que imponen modelos de perfección relativos, como la experiencia acumulada, y como tales perfectibles. Estas hipótesis éticas de perfección serán los ideales:

Los ideales éticos son hipótesis acerca de posibles perfecciones morales futuras; se forman como todas las hipótesis y como ellas sirven a los hombres que creen en su posible advenimiento. Hemos definido ya la evolución humana como un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza que evoluciona a su vez, necesitando para ello conocer la realidad ambiente y prever el sentido de sus propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas, entrevistas por la imaginación humana, constituyen los ideales. Un hombre, un grupo o una raza, son moralmente idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles. Los ideales –si puedo repetir mi propia opinión– son formaciones naturales; aparecen cuando la función de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia (Ingenieros, 1917: 93).

La ética idealista, progresista en virtud de su dependencia de la base experiencial en ampliación continua, se opondrá, por lo mismo, a las concepciones tradicionalistas.[65] El idealismo de la ética antidogmática no es un inmoralismo.[66] Simplemente se señala un hecho básico: la experiencia se modifica; los ideales, como modelos de perfección, variarán en función de la base experiencial disponible y de las necesidades impuestas por la especificidad de las sociedades y de su marco concreto de desarrollo. Los ideales son perfectibles en la medida en que su legitimidad se fundará en la coherencia con la base experiencial en desarrollo expansivo. Los ideales, como hipótesis éticas, presentan la exigencia de adaptarse al “medio experiencial” que pretende reglar:

La experiencia moral no está limitada por la revelación ni por la razón, se perfecciona en función de la experiencia social, tendiendo a adaptarse a sus condiciones incesantemente variables y renovando sin cesar los juicios de valor en que se fundan la obligación y la sanción (Ingenieros, 1917: 25).[67]

Será precisamente este carácter perfectible de la ética, que atiende a las exigencias constantemente renovadas impuestas por un medio en permanente transformación, lo que Ingenieros rescatará como esencialmente valioso en las concepciones de Emerson.[68] Sea de ello lo que fuere, se considerarán las éticas efectivamente vigentes, en este esquema, como variaciones regulativas de la dinámica social correlativas a la estructura societaria y adaptada a las necesidades impuestas por las condiciones efectivas de su realidad específica. Asimismo, los ideales, considerados como hipótesis legítimas de perfeccionamiento individual o societario, pueden “adaptarse” a la base experiencial disponible, compitiendo entre ellos por su hegemonía. El anverso de la selección será el progreso.[69] De este modo, aparece la selección como un principio de recorte entre los ideales, haciendo prevalecer, de acuerdo al acerbo experiencial de cada sociedad, a los más adaptados. Así se expresa el autor en Las fuerzas morales:

Por eso conviene repetir que “en el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras la experiencia no da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere solo, no daña. Todo ideal puede contener una parte de error o serlo totalmente: es una visión remota y, por lo tanto, expuesta a ser inexacta. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la posibilidad de perfección” (Ingenieros, 1925: 109-110).

La moral progresista y antidogmática de Ingenieros se articulará, entonces, a través de las nociones de ampliación de la base experiencial, de la concepción de los ideales como hipótesis de perfecciones posibles alcanzables por el individuo o por la organización societaria, y por el concepto de selección de los ideales en virtud de las condiciones de adaptación impuestas por un medio en continua transformación. A modo de crítica, señalemos la falta de una consideración epistémica profunda del dato experiencial, y la concepción un tanto ingenua, presente ya en las Proposiciones, de la experiencia como una especie de entidad simple, neutral y objetivamente accesible.

En efecto, Ingenieros sostenía en sus Proposiciones que el valor de los ideales depende de su legitimidad, y ésta de su adecuación al devenir de la experiencia en proceso de acumulación.[70] Ciertamente, la ética científica necesita, al igual que todas las demás disciplinas, un criterio de legitimidad y un fundamento de validación de las hipótesis en pugna. Ahora bien, la experiencia no subsiste en sí misma de manera autónoma, presentará una dependencia interaccional, en virtud de la cual, a través del estímulo, modificado y transmitido en relación a la especificidad de las condiciones impuestas por la organización vital al medio interno que lo soporta, emerge la experiencia como un precipitado. La experiencia, depende, de esta manera, tanto de la naturaleza del estímulo, cuanto de la naturaleza orgánicamente variable que se abre al mundo ambiente a través de los canales receptivos. Y si esta gran verdad fisiológica –demostrada a partir de los estudios experimentales de Claude Bernard acerca del papel desempeñado por el medio interno[71]–, es válida en el mundo orgánico, es de prever que algo similar ocurra con la experiencia acumulada en las sociedades (al menos, desde una concepción biologicista como la de Ingenieros), configurando de esta manera, en virtud de su desarrollo diferencial y su estructuración variable, conjuntos en principio inconmensurables. De este modo, el modelo del desarrollo histórico-social fundamentado en la adaptación a un medio experiencial simple en progreso de agregación cuantitativa, no alcanza para fundar la idea del progreso, precisamente porque las experiencias serán, en cierto sentido, inconmensurables, al tiempo que se carecerá, por lo mismo, de un criterio universal de legitimidad que permita establecer un principio de discriminación y validación entre la multiplicidad de ideales propuestos.

La digresión crítica se dirige simplemente a mostrar cómo el problema de la experiencia que evoluciona (base sobre la que operará la selección, estableciendo sobre su ampliación constante los recortes adaptativos) debiera ser complementada con estudios epistémicos críticos. La idea de este trabajo es la reconstrucción conceptual de la sistemática propuesta y la crítica, que podría ampliarse[72], tiene por finalidad mostrar cómo, en última instancia, sobre el modelo de la evolución y la selección natural, pueden extraerse de hecho conclusiones contrapuestas. Las consecuencias teóricas de dicho modelo no son del todo transparentes, dependiendo de la presencia de toda una serie de supuestos, siempre cuestionables.

Ahora bien, ¿cómo funciona en este trabajo la teoría de la evolución bajo el mecanismo de la selección natural? En el plano sistemático, la concepción ingenieriana trabaja sobre la reducción entre los diversos órdenes disciplinares, que descansa sobre una concepción evolucionista y unificadora de la realidad. Consecuencia de esta Unidad formativa de lo real, desplegada en un sistema universal de expresión dinámica, es la unidad metodológica. La ética será, entonces, considerada una disciplina científica más, y el procedimiento general de su abordaje será, como el de ellas, el de las hipótesis que se acuñan para dar cuenta de determinada base experiencial, que define la índole problemática de sus planteos así como también el carácter tentativo de las soluciones proporcionadas. La ética, entendida de este modo a través de su vínculo efectivo con la especificidad de las modalidades de desenvolvimiento societario y de su desarrollo histórico concreto, exhibirá el carácter de una historia de las costumbres y presentará, al igual que las ciencias sociales, el método genético. De este modo, la ética antidogmática de los ideales se inscribe dentro del esquema cientificista de Ingenieros[73] en la construcción de una sistemática filosófica, por un lado, en tanto que por el otro, considerado desde el aspecto de la polémica ideológica, permitirá construir un esquema progresista, perfectivo y de formación continua como contrapuesto al carácter dogmático-conservador de las doctrinas tradicionalistas.

La inscripción naturalista de la ética presentará otra consecuencia no menos importante. La acción queda, por lo mismo, naturalizada. La acción, reducida a un esquema de interacción dinámica fundado en los caracteres distintivos de la estructuración orgánica diferencial, coloca a la disciplina ética, de manera significativa, dentro del dominio de la disciplina médico-clínica. Vía su naturalismo, Ingenieros funda así una concepción progresista de resignificación antropológica que rescatará, también, en la ética emersoniana:

Esta exaltación mística del respeto a la personalidad humana acompaña al concepto, fundamental para Emerson, de que la bondad es normal y natural, debiendo mirarse el mal como una simple traba o incapacidad para vivir normalmente, integralmente. La maldad pertenece a la teratología o a la patología moral: es una monstruosidad o una enfermedad. Son monstruos todos los que obran contra sí mismos o contra los demás, todos lo que viven de la hipocresía o esparcen la calumnia, todos los que fingen o mienten, todos los que ocultan una partícula de la verdad que saben para obtener una prebenda o un beneficio, todos los que no se avergüenzan de la indignidad propia o alientan la indignidad ajena, todos los cómplices interesados del error o de la superstición, de la injusticia o del privilegio[74] (Ingenieros, 1917: 130; énfasis en el original).


  1. Terán, Op. Cit., pp.12-13.
  2. Este es el centro que “A fuerza de estar en todas partes, lanzar manifiestos y carecer de afiliados iba resultando una bullanguera entidad metafísica” (Bagú, 1963: 15).
  3. Cf.: Bagú, Op. Cit., p. 11.
  4. La modalidad consistente en la utilización de la teoría evolutiva como herramienta discursiva en el plano de la polémica ideológica es aclarada por Montserrat en su artículo La presencia del evolucionismo: “Con toda razón ha escrito Charles Morazé que ‘desde 1870, de uno a otro extremo de Europa, tener espíritu científico, ser positivo, equilvadría a unirse al evolucionismo’.
    Así ocurrió también en nuestro país en transe de europeización, con el ligero atraso con que ironiza Groussac, y como el viejo mundo, el evolucionismo, más allá de su aportación científica, serviría para legitimar mediante el recurso a la ciencia biológica una avasalladora ideología social: la del progreso” (Monserrat, 1985: 215-216).
  5. Acerca de la ortodoxia marxista del pensamiento de Ingenieros, cuestión que cae fuera de los límites de este trabajo, remitimos al trabajo de Héctor Agosti, José Ingenieros, ciudadano de la juventud, quien a lo largo de su libro dedica gran espacio a la impugnación ideológica de sus planteos y a demostrar la falta de un conocimiento profundo de Marx.
  6. Cf.: Ingenieros (1895), Op. Cit., p. 110.
  7. Cf.: Ingenieros (1895), Loc. Cit.
  8. “En este sistema se sustituye la competencia entre individuo e individuo, por la guerra entre corporación y corporación; se transformaría la transacción universal en campal batalla en que las corporaciones poderosas subyugarían a las débiles; gracias a la mayor acumulación de ambos factores de producción, y se engendrarían dificultades que habrían de ser sin duda cuna de clases sociales con opuestos intereses y encontradas aspiraciones” (Ingenieros, 1895: 112).
  9. En “La mentira patriótica, el militarismo y la guerra” (1898) Ingenieros, al desarrollar los beneficios de la realización del sistema de ideas por el propuesto, indicará que: “En esas nuevas condiciones de ambiente la lucha por la vida se presentará en una forma más natural, más humana. La igualdad en el punto de partida hará que entre los hombres sea un hecho la selección natural, puesto que solamente es posible en una sociedad que coloque a todos los individuos en condiciones igualmente propicias para alcanzar el máximum de su posible desarrollo físico e intelectual” (Ingenieros, 1898: 130). Interesante paralelismo se verifica entre estas concepciones expresadas por Ingenieros y las de A. Russell Wallace, codescubridor junto a Darwin de la teoría de la selección natural. Así, según éste: “‘El único medio de selección natural que puede actuar igualmente sobre las cualidades físicas, mentales y morales’ escribió ‘entrará en juego bajo un sistema social que dé iguales oportunidades de cultura, ocio y felicidad, a todos los individuos. Esta extensión del principio de la selección natural que actúa en el mundo animal en general es, creo, totalmente nueva, siendo con mucho la más importante de las ideas nuevas que he dado al mundo’” (Mason, 1986: 45).
  10. Ponce, A. (1957), “José Ingenieros su vida y su obra” en Obras completas, Buenos Aires, Matera editorial, p. 33.
  11. Cf.: Papp, D. (1968), C. Bernard, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.
  12. Reivindicando tanto la vocación como el pensamiento de su maestro, en oposición a la ultraespecialización de las tareas intelectuales, Aníbal Ponce en la misma obra expresa que: “La ciencia, en cambio, es coordinación: no junta, sino relaciona. Su objeto no es el hecho, sino la ley. Todo progreso efectivo ha surgido, siempre, de una aproximación inesperada y especializar hasta el extremo es impedir, precisamente, tan fecunda aproximación” (Ponce, 1957: 31).
  13. Cf.: Leocata, F. (1992), Las ideas filosóficas en Argentina: Etapas históricas, Buenos Aires, Centro Salesiano de Estudios, pp. 384-389. Cf.: También Terán, O. (2000), Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo: derivas de la ‘cultura científica’, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, pp. 299-306.
  14. En función de la nueva configuración del espacio urbano correlativa a las grandes transformaciones operadas en el período, se plantea un desafío para los pensadores positivistas de la época. La nueva situación se plantea en contraste con la estructura socio-demográfica más transparente del período anterior. Ahora, “En cambio, es la muchedumbre urbana la que demanda la mirada positivista destinada a discriminar los límites entre lo normal y lo patológico; en su libro Criminología, Ingenieros atenderá minuciosamente a una taxonomía que ordene el abigarrado mundo en que conviven vagos, mendigos, locos y delincuentes. Asimismo, en el interior de ese mundo confuso la simulación va a ser una de las obsesiones compartidas con su maestro Ramos Mejía, obsesión potenciada por el fenómeno inmigratorio, porque ese recurso en la lucha por la vida es tanto más utilizado cuanto más evolucionada es la raza, y por ello la inmigración que arriba a la Argentina –blanca, europea– está más capacitada para implementarlo. De allí el desafío que semejante población plantea al ojo escrutador del científico, quien, valido de las doctrinas de Lombroso (‘el estandarte de una corriente científica nueva, fecunda en promesas y esperanzas’), deberá detectar el punto exacto en que la extranjería amenaza cruzarse con la marginalidad, la delincuencia o el anarquismo terrorista” (Terán, 2000: 296-297).
  15. En relación a una caracterización más profunda de las condiciones contextuales que inscriben la obra, Cf.: Romero, J. (1987) [1965], “El espíritu del centenario” en Las ideas en la Argentina del siglo XX, Buenos Aires, Ediciones nuevo país.
  16. “Dentro de esos conceptos cuyo desarrollo hemos ensayado en otros estudios y fuera inoportuno repetir aquí, cimentase como verdad científica la noción del transformismo biológico y social. Por él conocemos la génesis y sucesión de las formas biológicas como resultado de la acción combinada de la herencia, tendiente a reproducir los caracteres de los antepasados, y la variabilidad, tendiente a crear caracteres nuevos, en armonía con la evolución de las condiciones del medio en que ‘luchan por la vida’ todas las especies vivas. Los fenómenos sociales, además, siguen un proceso constante de transformación, a semejanza de los fenómenos biológicos; la sucesión de las formas de organización social y de las diversas instituciones es presidida, en primer término, aunque no exclusivamente, por la adaptación de los grupos sociales a las transformaciones del doble ambiente natural (cósmico) y artificial (económico)” (Ingenieros, 1900: 12-13; énfasis en el original). El supuesto del determinismo se mostrará especialmente operativo en la propuesta de reforma de la legislación penal, cuestión que Ingenieros desarrollará más tarde en los libros dedicados a la Simulación de la locura y a la Criminología.
  17. Cf.: Ingenieros (1900), Op. Cit., p. 25.
  18. Cf.: Ingenieros (1900), Op. Cit., p. 21.
  19. Cf.: Ingenieros (1900), Op. Cit., p. 27.
  20. “Las múltiples formas de simulación pueden escalonarse en diversos grupos, según se las estudie en sus diversas fases, de las más sencillas hasta las más complicadas; fácil es advertir sus cambios a través de lo que podríamos llamar su ‘filogenia’. En sus manifestaciones simples y primitivas preséntase como un fenómeno accidental: una apariencia útil, un parecido benéfico; la vemos, después, revestirse de formas progresivamente complejas: una apariencia que protege de manera estable y general; y ser, por fin voluntaria y consciente: deliberadamente ejecutada para beneficiarse en la lucha por la vida” (Ingenieros, 1900: 28; énfasis en el original).
  21. Ingenieros en la misma obra expresa sus opiniones acerca de la función de la medicina en relación a la eugenesia y las políticas de higiene social. Cf.: Ingenieros (1900), Op. Cit., p. 143.
  22. Conferencia pronunciada en 1910 en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, formando parte de un curso destinado a estudiar la psicología de los caracteres humanos. Cf.: Ingenieros, J. (1910), “La Moral de Ulises” en La psicopatología en el arte, Buenos Aires, Elmer Editores, 1957.
  23. Respecto a ello Damis expresa que: “Desde el punto de vista moral, la respuesta política radicalizada de Ingenieros es consecuencia de la necesidad de modificar una sociedad a la que califica de fraudulenta en lo individual e injusta en lo colectivo. En realidad el único avance de la humanidad fue evolucionar, en la lucha por la vida ‘de las formas violentas a las formas fraudulentas’. Sin embargo, puntualiza ‘es el ambiente el que impone la fraudulencia’ porque ‘vivir, para el común de los mortales, es someterse a esa imposición, adaptarse a ella’” (Damis, 1955: 135).
  24. En su libro Los simuladores de talento, Ramos Mejía reconoce el valor sistemático de la obra de Ingenieros resumiendo el sentido general de su propuesta: “La simulación en el hombre, como medio de lucha por la vida, es un hecho en extremo general y difundido como lo demuestra más adelante. Se anastosa con otros medios fraudulentos de combate por la existencia, como son la mentira, la imitación, etc.; en ese orden baste recordar las obras clásicas de Nordau y Tarde. Pero la simulación, propiamente dicha, sólo ha sido sistemáticamente estudiada por Ingegnieros, quien sostiene que a cada una de los formas revestidas por la lucha por la vida entre los hombres, corresponde una forma especial de simulación como medio de lucha, existiendo un franco paralelismo entre las formas de lucha y las simulaciones adaptativas; para la muchedumbre anónima, saber simular equivale a saber vivir: sólo algunos hombres superiores escapan a esa ley” (Ramos Mejía, 1904: 7-8).
  25. Agosti, H., Op. Cit., p. 123.
  26. Publicado en 1908, y antepuesto al estudio “La evolución sociológica argentina” en la edición de 1910.
  27. “Para la sociología biológica, las necesidades comunes a las especies vivas –inclusive la humana– determinan fenómenos regidos por las leyes de adaptación y lucha por la vida, tomadas en su sentido más lato. Esas mismas necesidades se modifican progresivamente en la especie humana por el incremento de la asociación en la lucha por la vida, desarrollando su organización económica y creando nuevas relaciones entre las razas que componen la especie, entre los grupos que componen la raza, entre las clases que componen el grupo y entre los individuos que componen la clase” (Ponce, 1957: 59).
  28. “Las sociedades humanas evolucionan, pues, dentro de leyes biológicas. Están condicionadas, en primer término, por el medio en que viven, del cual toman sus subsistencias. Dentro de su medio, cualquier agregado social –raza, nación, tribu, etc.– es un conjunto de individuos que lucha por la vida para conservar ciertas funciones (costumbres) y cierta organización (instituciones), que representan una variación colectivamente adquirida dentro de la unidad biológica de la especie” (Ingenieros, 1908: 17).
  29. Esta opinión se atribuye en general a Spencer. Ahora bien, de acuerdo a Damis, “en realidad Spencer no afirmó nunca la realidad del organismo social. Lo que hizo fue simplemente emplear las analogías de los sistemas nutritivos, distribuidor y regulador, como paralelos que ayudasen a la imaginación y no como explicaciones ni descripciones” (Damis, 1955: 132). Sobre la negación de esta atribución al pensamiento de Spencer, véase también: Lagos Nilsson, J. (1988), Breve historia del pensamiento social, Buenos Aires, Editorial Claridad, pp. 103-109.
  30. Ricaurte Soler explica los motivos de la oposición de Ingenieros a este economicismo, aludiendo que: “Este último no estudia los fenómenos de adaptación de los grupos al medio ni las normas sociales de la lucha por la vida, negando también la validez de las determinaciones biológicas generales de la conducta humana. Desde este punto de vista la sociología biológica reemplazaría al organicismo spenceriano, y permitiría la asimilación del materialismo histórico, quedando reducida la interpretación económica de la historia a una de las formas especializadas de los determinismos biológicos. La lucha de clases no sería en el fondo más que una de las formas de la lucha por la vida” (Soler, 1968: 186).
  31. “De este modo, la extensión masiva de las consecuencias biologistas de estas afirmaciones hacia el análisis social es bloqueada por el peso acordado al factor económico y a la noción del hombre como animal productor, cualidad esencial que le permite engendrar un ambiente artificial que modifica las condiciones y modalidades de la lucha por la vida, que ahora pasa a ser presidida en última instancia por factores de índole económica. Así, al ingresar en el mundo específicamente humano, el determinismo biológico se transforma en economicismo, categoría que sirve de punto de apoyo teórico al pacifismo y al reformismo, dado que con el predominio de la lucha económica el darwinismo social se ve despojado de sus metáforas guerreras, convencido como está Ingenieros en ese fin de siglo de que ‘ha continuado la progresiva atenuación de los métodos de lucha que, de violenta y brutal, se transforma en pacífica e intelectual’” (Terán, 1986: 32). Dicha concepción “optimista” respecto a los resultados de la evolución, de importantes consecuencias políticas e ideológicas, si bien marca una clara continuidad de concepción con lo anteriormente expresado en La simulación en la lucha por la vida, parece ignorar el peligro de una inversión en la selección anteriormente conjurado. En todo caso, solamente se hace notar la necesidad de una argumentación más certera que atienda a la complejidad de las cuestiones involucradas en la problemática.
  32. “La aplicación de principios biológicos generales al estudio de la evolución social permitirá desentrañar sus leyes. La sociología biológica es esencialmente genética. Y estudia la evolución de las costumbres e instituciones sociales desde puntos de vista netamente definidos.
    1º En la filogenia social se estudiarán las variaciones de organización y mentalidad de las sociedades humanas, partiendo de los pueblos primitivos hasta llegar a las sociedades civilizadas. Será una historia de las instituciones y creencias, de las razas y de los pueblos, considerados como eslabones de una serie continua, que la evolución natural de la especie. (Sociología general).
    2º En la ontogenia social se observará aisladamente la formación natural de cada grupo o agregado (familia, tribu, nación, etc.), desde su organización como sociedad diferenciada de las restantes hasta su disolución histórica. Será una historia particular de las instituciones y creencias de cada unidad caracterizada dentro de la especie por determinada estructura y mentalidad. (Sociologías nacionales)
    3º El estudio comparativo de la filogenia y la ontogenia sociales permitirá confirmar –en general– la ley de correlación biogenética que rige en toda la evolución biológica. En cada sociedad, si no difieren las condiciones del medio y de la raza, las instituciones y creencias resumen las de otras sociedades que la han precedido en la evolución social; en las diversas clases sociales, coexistentes en una sociedad, permanecen estratificadas las etapas recorridas en la formación natural de su experiencia. (Sociología comparada)” (Ingenieros, 1908: 25; énfasis en el original).
  33. “El principio darwiniano se repite, bajo mil formas, en el mundo social […]
    La política nacional es la expresión de la lucha por la vida entre diversos grupos que tienen necesidades y aspiraciones heterogéneas dentro de las que son comunes a toda la nacionalidad. La política internacional es la expresión de la lucha por la vida entre diversas sociedades que constituyen nacionalidades diferentes, por la heterogeneidad del medio físico, de la raza, etcétera” (Ingenieros, 1908: 18).
  34. En la edición de 1918.
  35. Trabajo leído en el “Instituto Popular de Conferencias” el 2 de septiembre de 1915.
  36. “Esas diferencias o variaciones no son inmutables, como no lo es ninguna variación adquirida por las otras especies vivas, vegetales o animales. En toda especie, o fracción de ella, ciertos caracteres varían para adaptarse a las variaciones del medio en que vive; y cuando la especie emigra, los caracteres varían para adaptarse a las condiciones del nuevo medio. Pues la especie, si no varía y no se adapta, se extingue” (Ingenieros, 1915: 308).
  37. Cf.: Ingenieros (1915), Op. Cit., pp. 326-327.
  38. Agregado al estudio “La evolución sociológica argentina” en la edición de 1910 (pp. 53-63).
  39. “Raza, medio y economía serían asimismo para Ingenieros los sustentos armónicamente combinados no sólo para convertir a la Argentina en el corazón de una futura hegemonía sudamericana; también para permitir incluir su intervención intelectual dentro de ese antiimperialismo de segunda potencia que se opondrá a las pretensiones norteamericanas e incluso europeas en un registro de afirmación nacionalista entre países con eventuales y previsibles disputas interhegemónicas. No obstante, el imperialismo aquí pensado se caracterizará por un expansionismo esencialmente pacífico y difusor de la civilización” (Terán, 1986: 40).
  40. Coincidimos con Agosti cuando afirma que: “una sociología de corte biológico necesariamente debía quedar aprisionada por esa inexorable ‘ley del medio’ que Montesquieu se anticipó a adivinar antes que Taine la convirtiera en seductor sistema de crítica histórica. La adaptación al medio y la prevalencia de los más fuertes son, sin duda, las dos conclusiones de toda traslación de la mecánica de la historia natural a la dinámica de la historia social” (Agosti, 1950: 127).
  41. Este modo de legitimar la intervención del profesional clínico en el área de las ciencias sociales es también explícitamente reconocido, entre otros, por Oscar Terán, señalando, al mismo tiempo tanto las modalidades como los objetivos propuestos a su tarea: “De todas maneras, al compartir una visión organicista de la sociedad, estaba obligado a interpretar la ‘cuestión social’ como el síntoma de disfunciones que exigen una terapéutica fundada en los saberes provistos por esas mismas disciplinas sociales. Inscripto expresamente como jefe de fila del positivismo reformista, el programa de cambios sociales demanda el preciso conocimiento del campo sobre el cual pretende operar, y para tal fin se acudirá a una sociología inspirada en los métodos de las ciencias positivistas” (Terán, 2000: 291-292).
  42. La legitimidad de establecer un juicio de valor acerca de los caracteres asociados a determinada organización individual o societaria puede resultar un tanto problemática desde principios exclusivamente biológicos. En realidad, desde un determinismo evolucionista estricto, simplemente debiéramos restringir nuestros asertos a la certificación del hecho. Por otro lado, aún dentro de la biología, dadas las posibilidades de modificaciones imprevistas del medio, cualidades muchas veces consideradas como negativas podrían llegar a ser muy útiles en otras circunstancias. Hoagland –célebre por sus trabajos en la elucidación de los procesos de traducción de la información genética en la formación de la síntesis proteínica, por medio del ARN de transferencia y su asociación con los ribosomas como maquinaría de ensamblaje de la cadena aminoacídica– ilustra de manera muy simple y explícita este hecho: “si una persona obesa y una persona delgada, de la misma edad e igual estado general de salud, naufragaran en el Atlántico Norte, la obesa tendría más posibilidades de volver a ver tierra firme. Existen dos razones para ello: por un lado, que la grasa es un magnífico aislante del frío, como lo atestiguan el cuerpo de las ballenas, focas, y el de los propios obesos, y, por otro, que al ser la grasa más ligera que el agua, le ayudaría a mantenerse a flote […] El veredicto del Atlántico es que la obesidad tiene un valor de supervivencia; es bueno ser gordo” (Hoagland, 1985: 81).
  43. Farré, L. (1958), Cincuenta años de filosofía argentina, Buenos Aires, Editorial Peuser, pp. 77-78.
  44. Cf.: Bagú, S. (1963), Op. Cit., p. 49; donde también reconoce como motivo de interés la necesidad de una fundamentación filosófica de unas proyecciones teóricas que buscaban articularse en una concepción sistemática y omniabarcadora.
  45. “[…] he creído que sin una sólida cultura experiencial es vano todo empeño por comprender los problemas inexperienciales, como el techar un edificio cuyos cimientos no se hubiesen puesto aún. Aleccionado por todos los filósofos dignos de este nombre, he supuesto que las reflexiones filosóficas sólo podrían ser la coronación natural de mis estudios científicos, y que la validez de ellas dependería, en primer término, de la amplitud de éstos” (Ingenieros, 1918 b: 9).
  46. “Ingenieros anula la distinción entre ‘ciencias de la naturaleza’ y ‘ciencias del espíritu’, pretendiendo la aplicación del método experimental en ambos dominios. Busca el filósofo argentino arribar a la unidad del conocimiento, consecuencia necesaria de la unidad de lo real. No existen dos verdades contradictorias, sino un sistema armónico de leyes perfectibles y de hipótesis legítimas incesantemente renovadas. Por lo tanto las hipótesis metafísicas de las ciencias naturales en nada difieren de las hipótesis elaboradas por las ciencias normativas, que son los ideales” (Damis, 1955: 67-68). Ahora bien, la unidad metodológica habrá de verificarse sobre la metodología propia de las ciencias de la naturaleza. Cf.: Ingenieros (1918 b), Op. Cit., p. 79.
  47. Lo inexperiencial excluye lo sobrenatural y lo trascendental. Cf.: Ingenieros (1918 b), Op. Cit., p. 32. En su intento por justificar tal circunscripción del concepto, Ingenieros emprende su ataque, sobre todo, con Kant. Los intentos en este respecto, a nuestro juicio, no resultan del todo afortunados. Cf.: Ingenieros (1918 b), Op. Cit., pp. 16-17.
  48. Esta caracterización de lo inexperiencial será criticada por Korn, y más tarde rechazada como dogmática y es que: “Dentro del espíritu de nuestro idioma lo inexperiencial no significa lo inexperimentado, sino aquello que no es susceptible de experiencia. No es ésa la mente del autor; lo inexperiencial tan solo comprende aquello que hasta la fecha no ha sido experimentado, pero bien puede llegar a serlo más adelante; es lo ignoto pero no lo incognoscible” (Korn, 1919: 48). Pero este tipo de caracterización requiere algún tipo de justificación ulterior más profunda, ya que en función de ella se definirá el objeto de la filosofía. Y es así que Ingenieros no se plantea una pregunta que se impone como previa a su caracterización de lo inexperiencial: “¿Por qué las ciencias no nos resuelven todos los problemas? Sin duda porque exceden el conocimiento científico o porque éste tiene límites infranqueables o porque no está suficientemente adelantado. Este dilema digno de ser analizado se resuelve sin más trámite en el sentido de nuestra ignorancia actual, sin poner en duda nuestra capacidad de conocer. Luego la metafísica es tan solo una disciplina supletoria destinada a desaparecer o a reducirse a medida que crezca el caudal de nuestras nociones comprobadas. Con este motivo el inestable objeto de la metafísica recibe el nombre de lo inexperiencial” (Korn, 1919: 48).
  49. Con esta manera de comprender lo inexperiencial y la circunscripción de la filosofía a ese objeto, Ingenieros no pretende otra cosa que devolverle al término su clásico sentido inicial: “Donde la física no alcanza comienza la metafísica” (Ingenieros, 1918 b: 12). Lo cierto es que no era este el sentido que la filosofía primera tenía en Aristóteles, quien gravitará fuertemente sobre las diversas etapas de la metafísica occidental. Respecto a ello, puede resultar especialmente esclarecedora la lectura de: Fatone, V. (1951) [1969], Lógica e introducción a la filosofía, edición revisada y ampliada por Francisco José Olivieri, Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 9ª Ed., p. 278.
  50. Este último rasgo de impersonalidad será central en su polémica con Korn.
  51. Cf.: Ingenieros (1918 b), Op. Cit., p. 53.
  52. “De continuo en este libro se invoca la experiencia como única fuente de nuestro conocimiento. Convenido; pero ni una vez se analiza este hecho psíquico que la experiencia es, ni el valor o los límites de este conocimiento. Ninguno de los aspectos del problema metafísico se descuida, solamente éste: falta nada menos que la teoría del conocimiento de la futura filosofía. Nuestra capacidad cognoscitiva ilimitada se afirma a priori y lo experiencial parece confundirse con lo sensible, en el sentido del sensualismo clásico completado por la teoría de la herencia biológica. Es un vacío digno de notarse, que no se salva con la condena del ‘fósil armazón dialéctico a que condujeron los racionalistas el cadáver de la gnoseología escolástica’. Esto es simplificar demasiado” (Korn, 1919: 56).
  53. “Estas críticas, repetidas por los filósofos interesados en la ‘superación’ del positivismo argentino, no toman en consideración el concepto de experiencia formulado por Ingenieros en su Psicología Biológica. Este concepto, que analizamos oportunamente, implica la adquisición de la experiencia en el curso de las funciones de adaptación, desarrolladas en la evolución filogenética, ontogenética y sociogenética. El valor del conocimiento humano es, pues, relativo a esta experiencia de la especie, del individuo y de los grupos sociales” (Soler, 1968: 120).
  54. La crítica de Korn se orienta fundamentalmente a mostrar cómo de la metodología propuesta por Ingenieros no se desprende de hecho ningún criterio de decidibilidad epistémica. De hecho, una vez aplicada, no hará otra cosa que reproducir la proliferación de concepciones antagónicas presentes por doquier entre las construcciones intelectualistas. Es un caso del problema general de la subdeterminación, agravado por el hecho de que la experiencia, en tanto tal, no es abordada con el espíritu crítico que la idea filosófica impone a sus adeptos. En cierta forma, Ingenieros parecería olvidar lo que en otro lugar señaló: “‘el hombre es un ser ilógico e irracional’. Lo dice del punto de vista de la lógica racionalista y con sobrada razón; una prueba, por ejemplo, nos la ofrecen los devotos del determinismo universal al conservar una extraordinaria capacidad de indignarse con cuantos no están determinados como ellos: evidente ausencia de lógica y predominio de afectos irracionales” (Korn, 1919: 54).
  55. “También es cierto que apenas se roza esta metafísica surgen los problemas gnoseológicos desdeñados en las construcciones sistemáticas de Ingenieros. Una teoría del conocimiento es el punto de arranque de toda filosofía verdadera. Cuando esa teoría gnoseológica parte del saber que propicia la ciencia y considera el pensar como uno de los elementos primordiales de la experiencia misma, no puede esperarse que se frustre en una especulación metafísica acerca de ‘lo posible’ de las hipótesis inexperienciales. No existe en Ingenieros una gnoseología capaz de enderezar su doctrina de la realidad, y cuando el hombre no sabe asertivamente qué es lo que conoce y por qué lo conoce, no le resta otro recurso que internarse en la caja de sorpresas de la metafísica. Y no importa que, como en el caso de Ingenieros, dicha metafísica quiera partir de honestas bases científicas: siempre constituirá un escamoteo conceptual y un retorno al campo ilimitado de lo absoluto, con todos los riesgos del misticismo que es probable presumir de semejante desenfreno” (Agosti, 1950: 105).
  56. Sobre la base de la dependencia entitativa de nuestras experiencias, siempre construidas e interpretadas sobre la base de una organización orgánica diferencial inscripta en un medio natural y social dado, Korn señala el peligro de arribar, por la vía propuesta, a conclusiones escépticas. Cf.: Korn (1919), Op. Cit., p. 55. Será precisamente sobre la vía del modelo de la selección natural de las concepciones científicas por la que más tarde Kuhn habrá de arribar a una forma de relativismo que podríamos denominar como histórico-social. Cf.: Kuhn, Th. (1962), La estructura de las revoluciones científicas; aunque, quizás, este relativismo sea más patente (con la utilización del modelo de la ‘especiación’) en la Conferencia brindada en Harvard en 1991, la cual puede encontrarse en: Kuhn, Th. (1991), “El problema con la filosofía de la ciencia histórica” en: Kuhn, Th., El camino desde La estructura. Ensayos filosóficos, 1970-1993, con una entrevista autobiográfica, J. Conant y J. Haugeland (comps.), Barcelona, Paidós, 2002.
  57. Soler, R. (1968), Op. Cit., p. 218.
  58. Ingenieros (1918 b), Op. Cit., pp. 83-88.
  59. Así, sobre la base del ideal, celebra la posibilidad de llegar a un acuerdo: “La esperanza de lograrlo, asimismo, renace al llegar al último capítulo dedicado a los ideales. Sin duda viejos prejuicios lógicos nos impiden comprender la relación posible entre una doctrina determinista y una teoría de los ideales. Será éste un motivo más para celebrar el hecho: la neometafísica tendrá ideales. Por rutas distintas venimos a coincidir; no podemos concebir el proceso cósmico sin una finalidad, y si acaso no la tuviere nosotros la impondríamos ‘con los ideales éticos comunes a los hombres más cultos de todas las naciones’” (Korn, 1919: 59-60).
  60. “Tanto los dogmas teológicos como los racionales han prescindido de este hecho universal: la continuidad de la experiencia moral, variable en el tiempo, distinta en el espacio. La moralidad efectiva es un producto social y se renueva conjuntamente con la sociedad que la origina. Una nueva etapa se ha iniciado ya en la evolución de la ética, planteando el estudio de la experiencia moral, como una pura y simple historia de las costumbres. Los nuevos deberes son sociales y ellos expresan toda la obligación; la nueva justicia es social y ella expresa toda la sanción” (Ponce, 1957: 69-70).
  61. Cf.: Ingenieros (1917), Op. Cit., p. 12.
  62. “Los hombres necesitan ser morales para vivir asociados, aunque resulten falsas las hipótesis dogmáticas con que se ha explicado esa necesidad” (Ingenieros, 1917: 13).
  63. “De esta formación natural de la moral en las sociedades; de esta formación natural se desprenden normas válidas para una sociedad en un tiempo y lugar determinados. El origen y desarrollo natural de la moral implica no solamente su autonomía frente a los dogmas teológicos y racionales, y su perfectibilidad, fundamentada en las funciones de adaptación incesante a las condiciones del medio, sino también la soberaneidad, es decir, el poder de decretar sanciones y obligaciones” (Soler, 1968: 217; énfasis en el original).
  64. “De esta concepción de la moralidad resulta la de que ‘la ética del porvenir será una ciencia fundamental y adoptará el método genético’. Sólo de esta manera se llegará a independizar la conciencia moral de la humanidad de todo dogmatismo teológico o racional, demostrando que la moralidad es un resultado natural de la vida en sociedad. Al estar sometida, como toda otra experiencia, a un proceso evolutivo. La moral no puede fijarse ‘en las fórmulas muertas de ningún catecismo dogmático ni en los esquemas de ningún sistema apriorístico, sino que se va haciendo, deviene en la naturaleza misma’” (Damis, 1955: 71; énfasis en el original).
  65. “He pronunciado las palabras ‘ideales’ e ‘idealistas’; temería enmarañar vuestras ideas si las dejara sin explicación. Idealismo, en moral, significa perfectibilidad, y expresa cierto anhelo de remontarse hacia ideales que son concebidos como posibles perfeccionamientos de la realidad. En cambio, todo dogmatismo, todo conformismo, todo tradicionalismo, implica inmovilización en fórmulas ya establecidas, que se acatan como invariables; y lo invariable es, por definición, imperfectible, como lo es todo lo que significa adhesión inamovible a las doctrinas, costumbres y rutinas del pasado” (Ingenieros, 1917: 92).
  66. “Pero es indispensable que distingamos el anti-dogmatismo del inmoralismo; sería absurdo y nocivo creer que la negación de los dogmas debe conducir al relajamiento de la moralidad; deseamos, precisamente, lo contrario. Los hombres deben apartarse de ellos, porque sin ellos pueden ser más morales, y no para dejar de serlo en la pequeña medida en que lo son” (Ingenieros, 1917: 24).
  67. Respecto al tema de la adaptación, en Las fuerzas morales se expresa: “69—El saber humano se desenvuelve en función de la experiencia. Todo lo que ha vivido, especies y generaciones, ha adquirido por adaptación y transmitido por herencia las aptitudes que constituyen el patrimonio instintivo que sirve de base a la experiencia humana. En ésta se combinan las impresiones de lo real, desde el desequilibrio inmediato del receptor sensitivo, hasta las más abstractas reflexiones de la función del pensar” (Ingenieros, 1925: 106; énfasis en el original).
  68. “Una moral en formación continua, cada vez mejor adaptada a la naturaleza, persiguiendo una mayor armonía entre el hombre y todo lo que le rodea, incesantemente perfectible en cuanto a la perfectibilidad es una mejor adaptación de la humanidad al medio en que vive: tal es, desde la publicación de Natura (1836), la orientación general de la ética emersoniana” (Ingenieros, 1917: 63-64).
  69. “La selección natural da por resultado, ciertamente, un progreso relativo en el ininterrumpido proceso de adaptación. Son, sin embargo, ciertos factores, que surgen del desarrollo social propiamente dicho, los que determinan el perfeccionamiento humano. Estos factores son los ideales” (Soler, 1968: 219). Esta misma asociación entre ideal, selección y progreso será también señalada por Damis: “Dice Ingenieros que lo futuro es lo mejor de lo presente porque sobreviene en la selección natural. ‘Los ideales son un ÉLAN hacia lo mejor, en cuanto son simples anticipaciones del devenir’. La imaginación, deformando lo real hacia su perfección, crea los ideales y les da impulso con ‘ilusorio sentimiento de la libertad’. El libre albedrío es un error útil para la gestación de los ideales” (Damis, 1955: 66-67).
  70. Cf.: Ingenieros (1918 b), Op. Cit., Proposición décima, p. 92.
  71. Respecto a ello, recomendamos especialmente el estudio de la Introducción al estudio de la medicina experimental, un clásico de influencia difícil de sobreestimar en los estudios fisiológicos, extractada entre las pp. 82-115 en la antología recogida en el libro del Centro Editor de América Latina, obra anteriormente citada. Particularmente esclarecedor resulta a su vez el estudio preliminar de Desiderio Papp. También consideramos muy útil, para la comprensión general de las ideas del gran fisiólogo francés, el libro de Jaime Pi-sunyer (1944) [1964], El pensamiento vivo de Claude Bernard, Buenos Aires, Editorial Losada.
  72. Por ejemplo, a la ya referenciada crítica de Alejandro Korn, que saludaba el hecho de que la metafísica del porvenir tenga ideales, aunque no entendía bien el modo en que ellos podrían llegar a conciliarse con una concepción determinista, podemos agregar la de Luis Farré: “No hay que adherirse a dogma ninguno, dice, ‘al estilo de ignorantes holgazanes’, como si afirmar que ‘la constante y libre evolución de la experiencia moral’ no fuera en sí un dogma. El hombre está condenado, pues, a crecer, a progresar, sin saber por qué y para qué, ni a saber a dónde va o de dónde viene. A pesar de todo, Ingenieros da normas de comportamiento, muy acertadas algunas de ellas, sin preguntarse la razón de su validez. Quedan, a su parecer, suficientemente legitimadas por la experiencia, que se extiende a un campo sumamente parcializado, única guía para nuestro pensador en la moral. Experiencia que, por otro lado, está regida por la necesidad, pues positivismo y determinismo son inseparables. Para Ingenieros, la fatalidad invade la materia, el espíritu, la moral, los acontecimientos, lo mismo que el pensamiento y el carácter. La experiencia regida por la fatalidad determina la ética. Desde esta posición, no se explica el motivo de por qué deberíamos preferir una tendencia a otra, ni se comprende la necesidad de la predicación moralista” (Farré, 1958: 76). Estas consideraciones críticas, las amplía Farré en “La ética de José Ingenieros”, artículo que podemos encontrar incluido en: Biagini, H. (comp.), El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1985, pp. 557-564.
  73. “En resumen, pues, los ideales son productos naturales de la experiencia social que por sus elementos afectivos arrastran la acción hacia realizaciones progresistas siempre perfectibles. Pueden incorporarse, y se incorporan efectivamente, a un sistema filosófico-naturalista” (Soler, 1968: 219).
  74. Puede ser útil, respecto a este aserto, compararlo con la opinión vertida en Las fuerzas morales acerca de un asunto que, para fines teóricos, no parece en principio particularmente significativo. Lo que allí se afirma es que “aprovechando el tiempo, se multiplica la dicha de vivir y se aprende que las virtudes son más fáciles que los vicios; que ellas son un perfeccionamiento de las funciones naturales y éstos son aberraciones que las desnaturalizan” (Ingenieros, 1925: 79; el subrayado me pertenece).


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