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4 Consideraciones preliminares

la importancia del principio de razón suficiente es tan grande que puede considerárselo como el principio de toda ciencia. En efecto, ciencia significa un sistema de conocimientos, es decir, un conjunto de conocimientos encadenados en oposición al mero agregado de los mismos. ¿Pero qué otra cosa que el principio de razón suficiente vincula a los miembros de un sistema? Lo que distingue a cualquier ciencia de un mero agregado, es precisamente que sus conocimientos se siguen uno de otro como su razón.

A. Schopenhauer[1]

Pensar implica establecer relaciones. En efecto, toda acción implica una apreciación más o menos precisa de las relaciones entre el agente y el entorno en que inscribe la especificidad de su práctica. Y es el caso que el pensamiento, más o menos desarrollado, se encuentra presente en todas nuestras realizaciones conscientes, ya sea que se materialicen en el plano práctico, ya sea que lo hagan en el teórico. El pensamiento, de este modo, hará siempre las veces de mediador ideal entre el sujeto y sus interacciones efectivas para con el mundo circundante.

Toda relación incluye dos o más elementos cuya distinción y esclarecimiento se propone como tarea al pensamiento, obligado desde entonces a la tarea de forjar conceptos. Las distinciones establecidas entre los elementos relacionados se reproducen al nivel de los conceptos acuñados. Desde entonces, las construcciones ideales del pensamiento se encontrarán ordenadas de acuerdo a una multiplicidad de modalidades que pretenderán reconstruir, en el plano ideal, las relaciones verificadas en el plano práctico. Relaciones de igualdad y diferencia, causa y efecto, principio y consecuencia, coexistencia y sucesión, entre otras, pretenden ordenar el material ideal del pensamiento reconstruyendo, en su plano, el caótico juego de fenómenos aprehendidos mediante nuestro aparato perceptivo.

El ordenamiento metódico y la articulación sistemática de las relaciones que vinculan los elementos ideales del intelecto constituirán, desde entonces, la tarea de las ciencias especulativas.[2] Ahora bien, en la medida en que las formas de fenómenos a explicar no se encuentran homogéneamente desplegadas, el recorte de determinada región de fenómenos delimitará la esfera disciplinar; y el conjunto de conceptos ordenados según relaciones definirán el carácter de la sistematización. La función de las disciplinas diferenciadas habrá de ser, desde entonces, llevar a cabo una integración local de los fenómenos recortados, articulando un sistema explicativo que permita anticipar la ocurrencia de nuevos fenómenos; lo que permitirá, a su vez, la verificación empírica del esquema teórico ideado.

Un sistema se aprende, en sentido profundo, cuando se entiende la lógica que vincula sus elementos, esto es, cuando se aprehenden las relaciones fundamentales cuyo despliegue ordena el conjunto integrado de elementos constituyentes. En este sentido, se tratará sobre todo de separar lo esencial de lo accesorio, cuestión que la filosofía comprendió desde antiguo, como nos enseña la distinción entre substancia y accidente, por demás fundamental, en toda la metafísica aristotélica y la subsiguiente tradición especulativa occidental.[3]

La vocación totalizadora de la filosofía, por otra parte, la arroja fuera del ámbito de la circunscripción disciplinar, a la que domina desde arriba. Su vocación sistemática se traducirá, entonces, en la pretensión de encontrar la vinculación entre la diversidad de regiones experienciales, armonizando en un todo coherente las múltiples disciplinas diferenciadas para dar cuenta de cada una en la constitución de una concepción global.[4]

De este modo, las reflexiones previamente establecidas encuentran su aplicación al área de la filosofía. En efecto, en el estudio de un sistema filosófico interesa, ante todo, encontrar la razón y la justificación de sus asertos, lo que supone precisamente la necesidad de establecer la distinción entre lo fundamental y lo derivado, entre lo substancial y lo accesorio.

Cada sistema filosófico, no obstante su pretensión de objetividad, trasluce en sí mismo una fuerte impronta personal, donde queda plasmada la personalidad del pensador. El correlato doctrinalmente objetivado es el núcleo fundamental y articulador del sistema propuesto; núcleo que instaura, a modo de regla, un principio rector de acuerdo al cual se forjarán y se ordenarán los conceptos. En la aprehensión de este núcleo doctrinal habrá de radicar, precisamente, la tarea del exégeta filosófico; condición sin la cual le será imposible lograr aislar en cada caso lo esencial a cada sistema y aprehender así la savia misma que nutre su substancia.

El reconocimiento de lo esencial a un sistema y al pensamiento de un filósofo nos dará la regla para la evaluación crítica de un pensamiento o bien también nos servirá para apreciar la trayectoria en la cual se produce la evolución del pensamiento de dicho autor. En efecto, la distinción entre lo substancial y lo accidental permitía, tradicionalmente, referir e identificar el tipo de cambio en cada caso verificado. Y es que la substancia es, fundamentalmente, aquella esencia única que permanece tras el aspecto visible y unifica la secuencia de variaciones otorgando identidad de referencia a los cambios observados. Lo accidental es, contrariamente, lo contingente, lo que en principio puede variar sin por ello modificar la definición esencial de un objeto; de modo que, tradicionalmente, la distinción entre lo substancial y lo accidental ha sido correlativa a la establecida entre aquello que cambia con respecto a lo que permanece.[5] Volveremos sobre este punto en el tercer apartado de la presente sección.


  1. Schopenhauer, A. (1993) [1813], “La cuádruple raíz del principio de razón suficiente” en: Waismann, A., Schopenhauer, Buenos Aires, Centro editor de América Latina, p. 26.
  2. Respecto al carácter de las ciencias señalamos nuestra coincidencia esencial con la definición otorgada por R. Jolivet, quien describe adecuadamente, a nuestro juicio, si bien no el carácter histórico de sus realizaciones concretas, sí al menos el carácter ideal, a manera de arquetipo regulativo de nuestros esfuerzos cognoscitivos: “Objetivamente, la ciencia es un conjunto de verdades ciertas y lógicamente unidas entre sí, de modo que formen un sistema coherente. Según esto, la filosofía es una ciencia con el mismo título que la física o la química. Y aun se ha de decir que en cierto modo responde mejor, en principio, a la idea de la ciencia que las ciencias de la naturaleza, por emplear principios más universales y por esforzarse en descubrir la razón universal de todo lo real” (Jolivet, R. (1985), Curso de filosofía, Trad. de Leandro de Sesma, Buenos Aires, Club de Lectores, p. 64, énfasis en el original).
  3. La importancia de esta distinción no supone, empero, adscribir necesariamente a los postulados de la metafísica aristotélica. Simplemente interesa señalar la pretensión especulativa de hallar un principio ordenador del conjunto de elementos que debe de recoger la sistematización. En el caso aristotélico, la diversidad de formas en que el Ser se dice quedarán reducidas a una referencia a la substancia o a los accidentes inherentes a la misma, desplegando así el conjunto de las categorías. De este modo, Aristóteles funda el carácter de la Filosofía Primera al modo de una ousiología. Cf.: Aristóteles (2007), Metafísica, Libro Γ, Trad. de T. Calvo Martínez, Madrid, Gredos.
  4. Coincidimos por completo con Ortega cuando expresa el carácter diferencial de la filosofía respecto a las otras disciplinas en los siguientes términos: “De suerte que no solo el problema filosófico es ilimitado en extensión, puesto que abarca todo y no tiene confines, sino que lo es también en intensidad problemática. No solo es el problema de lo absoluto, sino que es absolutamente problema. Cuando, en cambio, decimos que las ciencias particulares tratan un problema relativo o parcial, no solo sugerimos que se ocupan exclusivamente de un trozo de universo y nada más, sino que ese problema mismo se apoya en datos que se dan por sabidos y resueltos, por tanto, que solo a medias son problemas” (Ortega y Gasset, J. (1976) [1958], ¿Qué es filosofía?, Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, pp. 83-84).
  5. Jolivet reconoce este mismo sentido, desde la tradición tomista, al señalar que: “La noción de sustancia es primitiva. Nace de la percepción del cambio, que obliga a distinguirse en el mismo objeto, realidades cambiantes y una realidad permanente. El agua que se calienta al fuego es la misma agua que estaba fría un poco antes […] La realidad permanente es la sustancia. La reflexión permite precisar esta noción de sustancia, dándonos a entender que la sustancia es, más fundamentalmente todavía, una cosa apta para existir en sí (y no en un sujeto que la recibiría) y por sí, es decir en razón de lo que es” (Jolivet, 1985: 256; énfasis en el original).


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