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6 Evaluaciones fundamentales

Toda filosofía es una forma de extremismo. En Oriente como en Occidente, el filósofo se impone el deber de analizar los problemas hasta sus últimos elementos y de desarrollarlos hasta sus últimas consecuencias; además, quiere resolverlos todos, y si en algunos casos parece aceptar limitaciones no es porque considere que haya problemas que no le atañen sino porque descubre la existencia de falsos problemas. Toda filosofía es extremista en este otro sentido: sea o no sistemática, quiere siempre una sola clave, para resolver sus problemas: noûs, ratio, idea, tao, âtman, sûnya, no son sino ejemplos de la necesidad de encontrar el tema único sobre el cuál han de construirse las variaciones.

V. Fatone[1]

Es aquí donde se muestran finalmente operativas las distinciones establecidas en los precedentes apartados. En efecto, la diferenciación en el correlato objetivado del pensamiento puede discernirse en diferentes dimensiones. Por un lado, el respecto referencial funda la parcela de realidad recortada y puesta en consideración, aquella que define el objeto formal de la disciplina. Por el otro, la diferenciación, dentro de un mismo respecto, en un movimiento donde la transformación dicta la norma, puede llegar a ser más o menos intensa. No obstante ello, queremos señalar aquí el hecho de que no es necesario que la contradicción sea percibida de manera tal de representar una ruptura consciente respecto a los desarrollos precedentes.

El correlato conceptual objetivado de la actividad del pensador filosófico en tanto tal tiende al sistema. Este último se encontrará, de hecho, siendo más o menos abarcador y articulado en toda reconstrucción explicativa de los fenómenos de los que se pretenda dar cuenta. El ideal del sistema, en tanto principio directriz, dicta la regla de las proyecciones arquetípicas de desarrollo conjuntamente con su sentido. Y es que el sistema, en cuanto a su carácter distintivo, integra un múltiple más o menos diferenciado y numeroso según relaciones específicas en tanto miembros definidos por su inserción en la totalidad de la que forman parte.[2]

Ahora bien, es el caso que todo sistema conceptual (y con más propiedad aún los filosóficos) define su especificidad en su aptitud de ordenar el múltiple de elementos diferenciales en torno a una idea central que expresa la potencia creadora y la impronta personal y distintiva de su artífice. Esta idea será, precisamente, la que definirá el carácter global de la concepción, dictando la lógica interna del ordenamiento de las respectivas nociones de que el pensador, en cada caso, se sirva.[3]

En torno a la idea medular gravitarán un conjunto de nociones conceptuales y de motivos fundamentales más o menos extensos; dictando la norma de su significatividad, su cercanía conceptual respecto a su centro. Y si bien es cierto que la contradicción, en tanto cuestión de derecho, no admitirá grados (siendo la misma en cada caso la inconsistencia), en la práctica los efectos de una contradicción serán más o menos importantes en la medida en que queden asimilados o bien logren algún grado de desvinculación relativa de los motivos fundamentales que informan la doctrina.[4]

A través de estas consideraciones podemos establecer como criterio operativo de la evaluación crítica de la evolución de los desarrollos conceptuales en un sistema teórico y en la identificación del carácter de las rupturas producidas en la trayectoria de un pensador, la distinción entre un modo fundamental y otro accesorio de verificarse la contradicción. Y esta consideración fundamental puede ser fácilmente rastreada en la función directriz específica del carácter intrínseco de cada doctrina, definida en relación de su aptitud para lograr:

a) Integración intra-disciplinar: referida a cada una de las distintas parcelas en que se establece en la práctica la división del trabajo científico y el ordenamiento de las nociones en cada caso acuñadas.

b) Integración inter-disciplinar: referida a la construcción de la totalidad correspondiente a una imagen global de la realidad que integre críticamente los aportes históricamente diferenciales de las distintas ciencias en un sistema único.[5]

c) Capacidad de extensión: de lo conocido a lo desconocido, lo que permite en cada caso interpretar e inscribir los nuevos datos en una totalidad de sentido.

Ahora bien, el núcleo central, en tanto eje doctrinal articulador, es el que ordena los cambios y dicta el sentido de las modificaciones. En tal sentido, podemos derivar dos consecuencias:

  1. La discriminación de lo fundamental respecto a lo accesorio es correlativa a la existente entre lo que cambia y lo que permanece; éste último aspecto es necesario en tanto será el que dicte la norma y la medida de las variaciones.
  2. El núcleo doctrinal fundamental, en tanto eje articulador explicativo, será el que subyace, a modo de fundamento, a las aserciones parciales de manera tal que el mismo, diversamente interpretado, puede dar lugar a la inferencia de consecuencias parciales contradictorias.[6]

  1. Fatone, V. (1965), “El extremismo en la filosofía oriental” en: Vázquez, J. A. (comp.), Antología filosófica Argentina del siglo XX, Buenos Aires, Eudeba, p. 318, énfasis en el original.
  2. Éste se encuentra definido por Ferrater Mora como un conjunto de objetos ordenados entre sí y armónicamente relacionados de modo de constituir una totalidad, sea este producto de la integración de entidades o de conceptos. Particularmente instructiva resulta la concepción kantiana que expresa certeramente, a nuestro juicio, la razón intrínseca de los desarrollos conceptuales conjuntamente con su mecanismo articulador: “En la dialéctica trascendental (v.) Kant retomaba su antigua idea del sistema como un todo del conocimiento ordenado según principios. De ahí la definición: ‘Por sistema entiendo la unidad de las formas diversas del conocimiento bajo una sola idea’, donde la idea es el concepto dado por la razón. Sin embargo, el sistema de la razón era, en último término, resultado de una tarea infinita” (Ferrater Mora, J. (2006), Diccionario de Filosofía abreviado, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 27ª edición, p. 336).
  3. Valga el ejemplo, la construcción de la metafísica aristotélica, como ciencia del ser en tanto que ser, coincidente en ello con la intuición que la construye como ciencia de la ousía –núcleo articulador, por demás, de los diversos modos distinguidos de predicación del ser desplegados en las categorías–, distinción esta que vuelve comprensible la realidad del cambio junto a las nociones complementarias de potencia y acto. Por otro lado, la teoría de las cuatro causas encuentra su unidad de referencia en la materia (considerada como substrato indeterminado del cambio) y la forma (sea como esquema estructural inmanente al compuesto, sea en tanto presente en el agente del mismo como causa eficiente, sea orientando los desarrollos en virtud de los cuales se perfecciona el ser concreto como causa final). Un ejemplo típico, y por demás patente, de nuestras consideraciones puede encontrarse en la dialéctica hegeliana que, conjuntamente con las normas de desarrollo en que se despliega lo real en su proceso de auto-desarrollo, dictará también el principio de conversión de la lógica en metafísica en la superación final y sintética de todos los contrarios en una integración nocional significativa completa. Los ejemplos, con mayor o menor evidencia, podrían ampliarse sin agregar mayor claridad a la comprensión de lo expresado.
  4. Instructivo, respecto a ello, resultan las rectificaciones que, dentro del “giro historicista”, introduce Lakatos respecto a la concepción de “falsacionismo” popperiana. En efecto, cada programa de investigación cuenta con un núcleo central invariable y un cinturón protector que, en caso de ser atacado, puede reestructurarse preservando el valor de verdad fundamental que define el carácter de su concepción. Los desarrollos de una exposición accesible de sus concepciones epistémicas pueden encontrarse en: Gaeta, R. – Lucero, S. (1996), Imre Lakatos: El falsacionismo sofisticado, Buenos Aires, Oficina de publicaciones del Ciclo Básico Común Universidad de Buenos Aires, 2ª edición.
  5. Este ítem es distintivo a lo específicamente filosófico, que no se agota en la construcción de modelos explicativos constreñidos a dar cuenta de determinado ámbito de aparición fenoménico con exclusión de los otros.
  6. Esto es, además de históricamente cierto, particularmente significativo en las consecuencias sociales y políticas extraídas de la teoría de la selección natural dentro de la problemática evolutiva.


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