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1 Introducción

Su postura personal frente a la filosofía no es en rigor positivista. Ingenieros no es positivista porque no rechaza de plano la metafísica ni la indagación de los problemas que van más allá del campo científico. Más acertado sería ponerle entre los cientificistas, y hay por cierto en sus obras bastante cientificismo, esto es, bastante promoción metafísica de los resultados de la experiencia científica, particularmente en su psicología. Pero en realidad, su concepción del trabajo filosófico es más amplia y más profunda que la del mero cientificismo. Más justo, pues, será decir que era un filósofo, un filósofo que valoraba acaso con exceso la significación y el alcance de los resultados científicos para las elaboraciones filosóficas. Con todo, su puesto está en lo que se denomina con amplia generalidad “el positivismo”, donde caben el positivismo estricto, el cientificismo y las tendencias que guardan afinidad con estas tendencias de ideas.

F. Romero[1]

Es un lugar común posicionar al pensamiento de Ingenieros como dentro del positivismo. La adscripción carece en gran medida de utilidad conceptual. No se trata solamente de que el pensamiento crítico que informa metodológicamente la práctica filosófica descrea, por principio, de los lugares comunes. El cuestionamiento es en realidad de un alcance mayor. Y es que, dada la gran equivocidad con que se emplea en nuestro medio la expresión “positivismo”, su utilización, sin ulteriores aclaraciones, lejos de servir para localizar un conjunto definido de tesis compartidas, más bien tiende a la confusión, antes que a la aclaración, del pensamiento de un autor al que se aplique tal rotulación.

Héctor Santomauro aclarará, con la siguiente advertencia, la raíz fundamental de la dificultad en el medio vernáculo:

acaso convenga puntualizar que el positivismo aprechado por el grupo oligárquico, no era la expresión del sistema de ideas elaborado en el apretado recinto del pensador, sino la convergencia de un sentimiento filosófico, “un clima espiritual urgido de necesidades” (Santomauro, 1981: 12).[2]

La tematización conceptual de este ‘clima de ideas’ –para utilizar una expresión de Korn–[3] será, por lo demás, acentuadamente diferenciada dependiendo de la índole peculiar del pensador que las exprese[4]. Preciosa, a este respecto, es la distinción establecida por Francisco Romero entre etapa positivista y movimiento positivista[5]. Aserto corroborado, a su vez, por Ricaurte Soler en la caracterización de dicha etapa:

El positivismo, en Argentina, constituyó una etapa cultural cuyas proyecciones se hicieron sentir en todos los dominios del espíritu. Las ciencias naturales y las ciencias culturales, la misma actividad artística, sufrieron la influencia del positivismo y el cientificismo. Caracteriza precisamente el fin del siglo xix así como los comienzos del xx, la influencia considerable que tuvo sobre la pedagogía, la ética, la sociología, la historiografía –aun sobre el arte y las ciencias naturales– el positivismo filosófico, particularmente en su orientación cientificista (Soler, 1968: 15).

Con respecto al movimiento positivista, se impone establecer, desde el principio, una distinción. Y es que el “positivismo”, en nuestro ámbito, salvo raras excepciones, se alejó de la ortodoxia europea y suele comprender orientaciones que se le oponen desde el punto de vista doctrinal, así como también en relación a los alcances atribuidos a nuestras proyecciones epistémicas:

Del estricto positivismo hay que distinguir, entre nosotros como en todas partes, el cientificismo. Estas dos actitudes coinciden en época y se relacionan de muchas maneras; hay positivistas y cientificistas puros, pero son muy frecuentes los casos en que las dos actitudes se combinan en una misma persona, con proporciones variables de uno y otro ingrediente. El positivismo, la postura más crítica de las dos, rechazaba de plano toda metafísica. El cientificismo, con una fe absoluta en la ciencia de la época, no vacilaba en extraer de ella una metafísica. Entre los hombres de ciencia y los aficionados a las ciencias, lo habitual fue el cientificismo (Romero, 1952: 32).[6]

Será dentro de esta última posición donde habrá de encontrarse, con mayor exactitud, el pensamiento de Ingenieros, con su promoción metafísica de los resultados de la ciencia del momento. Y es que el cientificismo difiere, en tanto actitud filosófica, en puntos nada despreciables del positivismo. Dentro de la clasificación y delimitación de las áreas disciplinares, Augusto Comte negaba la posibilidad de encontrar el principio de unificación de las diversas esferas diferenciadas en la articulación coherente y sistemática de una concepción global. En Ingenieros, dos tendencias, sobre todo, se oponían a restringir sus estudios a un ámbito cognoscitivo acotado por las conclusiones escépticas del positivismo. Por un lado, se encuentra una pretensión omniabarcadora, que tendremos ocasión de verificar al recorrer una muestra más o menos amplia del carácter de sus trabajos. Por otro lado, se encuentra su clara vocación sintética y sistemática. Agosti, afirmará lo mismo en la siguiente caracterización de nuestro autor, que confirmará todo aquel que lo haya estudiado con cierto detenimiento:

espíritu abstracto y sintetizador: esto era Ingenieros. La pretensión de totalidad lo dominaba por encima de toda otra inquietud. Ese abarcar de tantos campos del conocimiento científico está proclamando la angustia de querer colocar su obra en la sostenida arquitectura de un sistema. Pensador sistemático, anuncia desde su “comienzo precoz” –como él mismo lo llama en las Proposiciones– la ambición constante por las ideas generales. “Desde el primer ensayo juvenil hasta el último libro de la madurez –escribe Ponce–, se descubre siempre, transparente unas veces, disimulada otras, una misma preocupación de totalidad” (Agosti, 1950: 88).

Estas reconocidas tendencias impulsaron a Ingenieros a los derroteros de una construcción cuyo pilar fundamental habría de hallarse en esa clave de unificación de los diversos órdenes disciplinares, cuya existencia había sido impugnada por Comte. Es en este punto central donde gravitará con gran energía la figura de Herbert Spencer, con su evolucionismo universal.[7]

De acuerdo a nuestra tesis general, Ingenieros cifrará esta clave de unificación de la realidad en un evolucionismo de raíz biológico-darwiniana traspuesto al orden universal, y será en dicho credo filosófico donde habrá de encontrarse la idea fundamental que informará el carácter esencial de la doctrina ingeniariana. Ahora bien, la idea fundamental cumple la función conceptual de eje articulador de las diversas nociones, al tiempo que se constituye, en tanto constante conceptual, en principio heurístico y metodológico principal de la orientación general de los estudios del autor en sus incursiones hacia las distintas disciplinas, con la pretensión final de arribar a la construcción de un todo coherente y sistemático.

La trayectoria intelectual de Ingenieros tenderá, a partir de lo dicho, a concebirse de manera dinámica como un desarrollo orientado teleológicamente, a manera de ideal regulativo, hacia la forma del sistema. De este modo, creemos que no será inútil abordar su estudio filosófico-crítico fundamentalmente desde la perspectiva del sistema, desde donde podrá lograrse el enfoque general, que permita valorar la legitimidad doctrinal y la coherencia lógico-epistémica de sus planteos. La tarea de reconstrucción conceptual, la comprensión, debe preceder metodológicamente a toda crítica y refutación. A esta humilde tarea nos dedicaremos en este trabajo. Sea ello dicho sin desmedro de la riqueza reconocida a otros enfoques alternativos del estudio de la obra de nuestro autor. Y es que el sentido fundamental de las cuestiones tratadas, sentimos, se encuentra todavía en disputa, más allá de lo subalterno de los modos concretos y accesorios de su planteamiento –el tiempo, en efecto, conservando viva la sustancia de los problemas filosóficos, suele ser cruel e inexorable barriendo los detalles concretos que materializan histórico-contextualmente la esencia de los planteos, salvo contadas y exquisitas excepciones–, insondable núcleo problemático perenne, aun se encuentra encendido, al modo de los fuegos sagrados de los misterios superiores, y las exigencias de respuestas abrasan el ánimo filosófico incitándolo, todavía, a la búsqueda de la solución de un enigma universal, que al mismo tiempo fuese el nuestro.

Esta será nuestra propuesta, la cual habrá de servirnos como foco orientador y guía de trabajo que configurará, a manera del objeto formal que define el carácter de la metodología, la índole del planteamiento conjuntamente con nuestro modo de proseguirlo. En función de ello, y para facilitar el estudio de lo que sigue, formularemos nuevamente, de manera sucinta, nuestra tesis, de un modo que podrá ahora tornarse mucho más inteligible. Ésta afirma que: en el núcleo de la trayectoria intelectual de Ingenieros, en el centro del proceso de agregación y disgregación sistemática de sus ideas, se encuentra la teoría evolutiva como eje doctrinal, idea fundamental y constante explicativa privilegiada de los diversos órdenes de fenómenos y los correlativos campos problemáticos abordados.

Ahora bien, antes de proseguir con la necesaria serie de abordajes, constitutivos a nuestro trabajo, deberemos detenernos en la exposición de los últimos trabajos académicamente relevantes en la construcción del “estado de la cuestión”. En este punto, nos sale al paso la siguiente dificultad y es que, dado el carácter sistemático y global exigido por nuestra perspectiva de trabajo, ¿qué estudios resultarán relevantes para el mismo? Relevantes serán aquellos trabajos, creemos, que nos proporcionen una visión de conjunto de la producción del autor y que se encaren con la tarea de elucidación de los ejes sistemáticos que relacionan los elementos parciales en la configuración del todo global.

Debemos señalar, ya en este punto, que los últimos estudios académicos desconocen esta perspectiva, optando en general por abordar y contextuar aspectos parciales de la doctrina ingeniariana sin elevarse nunca hacia la reconstrucción del sentido de su trayectoria productiva global, ni descender tampoco a desarmar el complejo mecanismo que compone la sistemática proporcionada por Ingenieros.[8] Será por ello, que habremos de detenernos fundamentalmente en la exposición del valioso trabajo de Oscar Terán, José Ingenieros: pensar la nación, dedicado a la caracterización y delimitación de las etapas recorridas por el pensamiento ingenieriano, buscando precisar sus hitos disruptivos.

No obstante lo expresado con anterioridad, habremos de detenernos también, aunque más no sea brevemente, en los últimos estudios académicos dedicados a aspectos parciales del pensamiento de nuestro autor. Dicho muestreo no habrá de ser exhaustivo, dada la relevancia limitada de dichos estudios en aras del esclarecimiento de la problemática planteada por el presente estudio, en virtud del carácter esencialmente parcial de los mismos conjuntamente con la perspectiva, por demás distinta, al enfoque requerido por nuestro trabajo.


  1. Romero, F. (1952), “Indicaciones sobre la marcha del pensamiento filosófico en la Argentina” en Sobre la filosofía en América, Buenos Aires, Editorial raigal, p. 37, énfasis en el original.
  2. Santomauro, H. N. (1981), “Los positivistas argentinos” en Revista Todo es historia, nº 173, p.12.
  3. “Alejandro Korn entiende al positivismo como una actitud nacida y difundida bajo el imperio de una misma situación histórica, corriente que se da en Europa desde mediados del siglo XIX y que reemplaza el ‘clima’ de ideas propio del romanticismo” (Galletti, A. (1981), “El antipositivismo de Alejandro Korn” en Revista Todo es historia, nº 173, p. 64).
  4. “Empero, no es el positivismo una orientación simple hasta el punto de poder representar su evolución por una sola línea. Disidencias insalvables se abrigan en su seno, no obstante la base común –que es la concepción mecanicista del universo– y el supuesto rigor científico de sus conclusiones” (Korn, A. (1918), “Incipit vita nuova” incluido en Korn, A (1948) [1920], La libertad creadora, Buenos Aires, Editorial claridad, p. 43.
  5. “Positivismo y materialismo mecánico concurren y se asocian íntimamente para crear la atmósfera del período denominado positivista, y con frecuencia ocurren entre ellos anastomosis e intercambios, de manera que ‘el clima’ muestra una singular unidad y constancia, que podría sorprender a quien reparase ante todo en las notas diferenciales de las dos direcciones dominantes, en la postura antimetafísica del positivismo y en las arrojadas aseveraciones de tinte metafísico y absoluto del materialismo” (Romero, F. (1951), “El positivismo: etapa y movimiento” en Filosofía de la persona y otros ensayos filosóficos, 2º ed. ampliada, Buenos Aires, Losada, p. 128).
  6. Cf. también: Soler, R. (1968), El positivismo argentino, Buenos Aires, Paidós, p. 20.
  7. “Si Ingenieros pudo eludir la pesada influencia del positivismo comtiano fue para caer en los rígidos esquemas del determinismo spenceriano. Toda su psicología está regida por esa notoria marca de Spencer, a la que debe añadirse, para la exactitud de la filiación, el aporte del monismo evolucionista de Haeckel, que es también una trasposición darwiniana al campo de la filosofía natural” (Agosti, 1950: 98). Recordemos que es precisamente en su Psicología donde Ingenieros expresará más explícitamente que en los demás libros su credo metafísico acerca de los problemas filosóficos más profundos que tratan del hombre y del universo. Esta influencia de Spencer, no obstante lo dicho, se encuentra claramente relativizada, en sus alcances epistémicos, con la negación de lo incognoscible y, consiguientemente, con el carácter epistémico reconocido a la metafísica en las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía –obra a cuyo estudio más tarde nos abocaremos.
  8. “La historiografia del positivismo argentino se ha preocupado más, en efecto, por la construcción de interpretaciones histórico-sociales globales, sin analizar suficientemente el pensamiento objeto de su estudio. Presentan la misma deficiencia los esbozos de carácter monográfico consagrados al positivismo argentino” (Soler, 1968: 241). Lo cierto es que, después de tantos años, otro tanto podemos afirmar de los últimos trabajos académicos en cuanto a la construcción de un abordaje crítico, global y sistemático del pensamiento y la obra de José Ingenieros.


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