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2 Estado de la cuestión

En general, si bien últimamente se ha verificado una proliferación de trabajos académicos correspondientes a los estudios ingenierianos, no es menos cierto que la mayoría de las veces éstos se encuentran focalizados en elementos parciales, sea en tanto circunscriptos a un período histórico delimitado de su trayectoria como pensador, sea a un área específica de su labor[1], sea a las implicaciones político-ideológicas de su posicionamiento teórico. Como consecuencia de estas limitaciones del enfoque, al no existir una perspectiva global, dichos trabajos se encuentran en conjunto incapacitados por su propia índole para problematizar de manera adecuada y profunda la trayectoria especulativa del pensador que nos ocupa. Imposible será, de este modo, el dar cuenta de la índole distintiva de cada una de las etapas en que despliega su labor; y sin una consideración adecuada de las transiciones, conjuntamente con el carácter de las mismas, imposible habrá de ser también extraer de aquí las normas que, a manera de constantes, dominarán, como si de una función matemática se tratara, la transformación de las variables en el complejo juego de articulación de los principios doctrinales.

Ilustraremos brevemente el carácter de estos aportes reseñando unos pocos trabajos filosóficos que consideramos ejemplares de la índole predominante de los mismos. Un buen ejemplo de su carácter general puede hallarse en María Belén Ciancio y Alejandra Gabriele en su artículo titulado “El archivo positivista como dispositivo visual-verbal. Fotografía, feminidad anómala y fabulación”, donde se pretende dar cuenta de la impugnación del positivismo por parte de la perspectiva foucaultiana y de los estudios de género. Es en este sentido que se resalta fuertemente el motivo de disciplinamiento social y cultural presentado por el positivismo, en las figuras principales de su período hegemónico, poniendo de relieve al mismo tiempo la significativa importancia adquirida por los estudios criminológicos y la no menos relevante influencia de la Escuela Italiana inspirada por Lombroso.[2]

Aunque el estudio se orienta específicamente a la utilización del archivo fotográfico como una herramienta técnica utilizada por los criminólogos locales de la época con el afán de establecer mecanismos de inclusión y segregación, en el marco de un intento de normalización de la cuestión sexual que delimitaría al mismo tiempo determinado ideario discutible de la feminidad, el mismo se detiene específicamente en el trabajo de Francisco de Veyga, maestro de Ingenieros y colaborador de Los archivos de psiquiatría y criminología –publicación dirigida por nuestro autor. En este contexto, el artículo compone una suerte de adscripción más o menos acrítica del pensamiento de Ingenieros, en sus motivos fundamentales (más allá de señalar marginalmente alguna diferencia accesoria), al grupo formado por sus maestros José María Ramos Mejía y el ya mencionado Francisco de Veyga, y del conjunto así integrado al positivismo, entendido al modo de categoría intelectual hegemónica de la época; cuyos motivos fundamentales en su aplicación legítima, conjuntamente con el alcance y límites de la misma, a nuestro juicio, no han sido suficientemente problematizados por las autoras.

Más o menos similar, en cuanto a los objetivos de su análisis, resultará el trabajo de Martín E. Díaz en Racismo y otredad en el positivismo argentino. Algunas notas sobre Carlos Bunge y José Ingenieros. En este caso, como el título explícitamente lo declara, la comparación realizada por Díaz será entre el pensamiento de Carlos Octavio Bunge, por un lado, y el de José Ingenieros, por el otro. De lo que se trata, por lo demás, es de dar cuenta de la recepción de las herramientas analíticas y la articulación de las estrategias discursivas en la configuración de la otredad, conjuntamente con el carácter específico de este ‘otro’ así delimitado y, a partir de allí, dentro del marco de época ya consignado, del diseño de las perspectivas de segregación con la mirada puesta en la configuración y normalización de una nacionalidad en rápida transformación. Ahora bien, en este trabajo, los ‘otros’ arrojados a la marginación serán representados por aquellos elementos sociales étnicamente estigmatizados.

Interesan al autor, de manera fundamental, las consecuencias políticas derivadas de la construcción de tal sistema de exclusiones. Con base en la estigmatización biológica, a manera de elementos étnicos considerados menos evolucionados, la función social de dichos elementos será asociada con el parasitismo. De esta manera, se configura el programa de la construcción de una nacionalidad sana, moderna y pujante, al tiempo que diseña las medidas requeridas para su formación y salvaguarda, previa identificación de los factores refractarios, enervantes y corruptores.[3]

Similar a los anteriores resulta el enfoque interpretativo de Mariana Á. Dovio en su artículo La “mala vida” y el Servicio de Observación de Alienados (SOA) en la revista Archivos de pcmyca (1902-1913). En dicho artículo, la autora se detiene específicamente en el estudio de la ya referida publicación Archivos de psiquiatría y criminología, dirigida por José Ingenieros, y del Servicio de Observación de Alienados (SOA), del que éste ocupó el cargo de Jefe de Clínica. En su desarrollo, luego de pasar revista a las condiciones histórico-sociales que delimitan el período en estudio en relación directa con el ambiente cultural e intelectual que inscribe las prácticas estudiadas con la consecuente caracterización del pensamiento positivista argentino y de su rol específico en la articulación de prácticas y políticas de control social asociada al contexto general de emergencia y expansión de disciplinas que verifican y legitiman el ejercicio de dicho rol y su relación con la delimitación discursiva de la ‘mala vida’, Dovio se detiene específicamente en el estudio sucesivo de dicha publicación e institución.

Respecto al pensador que nos ocupa, la caracterización de la autora pasa por la inscripción del mismo, vía el destacado papel por él ocupado en dichas instituciones y publicaciones, en el interés central de articulación de las prácticas intelectuales de época, cuyo objetivo principal se encuentra definido por la implementación de políticas de normalización y control social. Se analiza, así, el papel representativo de las instituciones estudiadas en la articulación clínico-teórica de estas estrategias y en la administración focalizada en los mecanismos de control. Ejemplar a este respecto será el tratamiento del tema de la simulación, como problemática de época, en tanto la concepción orgánico-medicalizante de la sociedad requería un reconocimiento distintivo de las células patologizadas en el complejo organismo de la sociedad cosmopolita, donde los individuos observados, que luchan por su vida mediante el fraudulento recurso de la simulación, pretenderán escapar a la normalización operada a través del diagnóstico preliminar construido por las miradas escrutadoras del científico, que articula su saber con fines de control clínico-social.[4]

Quien sí problematiza explícitamente la cuestión de la unidad del pensamiento ingenieriano en la determinación de una diversidad de etapas en su pensamiento procurando delimitar el carácter de sus rupturas en la reconstrucción de la totalidad compleja en que se articula la dimensión global de su trayectoria especulativa, será Oscar Terán, en cuyo estudio y exposición nos detendremos con más detalle por resultar esencial a nuestro trabajo. En efecto, en virtud de este tratamiento más matizado, problematizará la adscripción en bloque del pensamiento del autor a la vaga denominación de “positivista”. En este sentido, su texto José Ingenieros: pensar la nación comenzará impugnando la interpretación de Héctor Agosti, quien coloca monolíticamente al pensamiento de nuestro autor como un desprendimiento directo de la generación del 80.[5] Terán rechazará este aserto en virtud del desconocimiento de la relevancia de una serie de escritos juveniles, correspondientes fundamentalmente a su labor de redacción en La Montaña junto a Leopoldo Lugones, cifrando su tesis en la existencia de una serie de instancias diferenciadas en que se despliega la trayectoria intelectual de nuestro autor, jalonadas por una serie de rupturas discursivas y una intensificación o atenuación relativa de los motivos fundamentales que atraviesan su producción teórica en lo que hace, primordialmente, a su posicionamiento ideológico-político.

Junto al emprendimiento editorial ya señalado, Terán rescata la importancia central de un escrito aparecido en 1895 titulado ¿Qué es el socialismo?[6] El discurso ingenieriano de este período, motivado por su preocupación social, realizará una impugnación en clave moralista del régimen capitalista donde emergerán, con una función argumental precisa, las categorías de producción y parasitismo. El parasitismo engendra la degeneración, vía por donde emerge un germen de evaluación biologista, en clave medicalizante, de la desnaturalización concomitante al capitalismo y a sus modalidades de producción correlativas:

Puede ahora sí recapitularse el círculo que este movimiento teórico cierra: la cuestión social –núcleo estructurador de la problemática– es visualizada a través de la retícula de la crisis, cuyas causas son leídas bajo parámetros moralistas y cuyas consecuencias lucen como profundas, vertiginosas e irreversibles. La articulación de estos conceptos es subsidiaria de una valoración negativa del orden capitalista que, remitiendo a una axiología productivista, concluye por establecer una correspondencia biunívoca entre el par de significados inmoralidad-parasitismo […] Al atener así la correspondencia parasitismo-inmoralidad, el pensamiento del joven Ingenieros instalaba como contrapartida las categorías del productivismo y del trabajo como definitorias de toda conducta ética e incluso humana. Como consecuencia –y entrecruzándose ya con paradigmas biologistas y medicalizados–, el parasitismo acarreará necesariamente la degeneración de la clase ociosa, y esta tendencia desviada de lo natural –esto es, perversa– resultará sobredeterminada por la apropiación autoritaria del poder político que ese mismo sector social consuma. Se asiste entonces a “la corrupción entronizada en los altares del poder”, por lo cual –en una fusión de crítica antioligárquica y de antiestatalismo anarquista– puede proclamar que “somos partidarios de la supresión de la autoridad erigida con fines políticos” (Terán, 1986: 14-16).

Otros motivos fundamentales en la producción de este período serán los de la selección invertida que engendra el parasitismo, el del papel fundamental de las minorías activas y el ideal de solidaridad, que orientarán su interpretación del darwinismo hacia implicaciones coherentes con su ideario socialista.[7] Estos dos últimos elementos deberán ser retenidos, ya que habrán de aparecer a lo largo de los diversos períodos a manera de constantes en su obra. Este discurso, inserto en el marco contextual de la crisis del 90, será gradualmente abandonado a través de la apreciación cada vez mayor de una concepción economicista que rediseñará, a ojos del joven Ingenieros, el carácter de su evaluación ideológica respecto al capitalismo.[8]

La inserción del joven Ingenieros en el marco cultural de la época incluye elementos de otra índole, que Terán se encarga de señalar. En este sentido, no deja de ser interesante su actividad en la syringa ni sus prácticas bohemio-fumistas, su coqueteo con una serie de motivos esteticistas a través, sobre todo, de su amistad con Darío, que se insertaran a su vez en la impugnación decadentista del burguesismo.

La caracterización final de Terán, respecto a la índole general de la orientación de este período, consistirá en afirmar que:

El discurso del joven Ingenieros resultó así la trama tejida por los diversos hilos del anarquismo, el socialismo y el modernismo presentes en la Argentina finisecular, posibilitado por la avidez teórica notable de este miembro de la plebe universitaria que albergaba el sueño insensato de tematizar científicamente los problemas que agitaban a esta sociedad […] Porque sólo hacia 1898, mientras su subjetividad persistía en el recorrido de los vericuetos del alma bella como último reducto de la contestación intimista, nacía en rigor el Ingenieros “clásico” que, a través de aquélla operación interpretativa, iba a adoptar la figura tan consagrada como relativa del único Ingenieros: cientificista, darviniano, racista a veces, positivista siempre… (Terán, 1986: 27).

La trayectoria de este “Ingenieros clásico” la despliega Terán como correspondiendo ya a una segunda etapa comprendida entre los años 1898 y 1911. Si el motivo orientador de la fase anterior era la cuestión social, el de ésta se encontrará cifrado en el problema de la nacionalidad. Ésta, auténtica cuestión de época, se relacionará, como es de prever, a una serie de rápidas transformaciones socio-demográficas, producto sobre todo del gran aporte humano proporcionado por la inmigración. Los motivos sociales retornarán en relación a las cuestiones asociadas con esta problemática y el rasgo central de dicha etapa se ubica, como ya se señaló, en una resignificación del capitalismo, fundada a su vez en un acercamiento más estrecho al spencerismo y a la presencia cada vez más vigorosa de un economicismo, que terminará revalorizando el carácter del capitalismo en tanto factor imprescindible en la evolución socio-histórica[9], tornándose a su vez su desarrollo, de este modo, una instancia necesaria hacia la actualización de sociedades más evolucionadas. Así, de acuerdo a Terán:

Esta recomposición ideológica –preparada en los escritos fundamentalmente sociológicos del bienio 1898-1899–, en los textos del período posterior conduce a una traslación del conjunto de la problemática ingenieriana. Porque si otrora dicha reflexión se constituía alrededor de la cuestión social –entendida como interrogante cuya resolución legitimaba la ruptura revolucionaria–, en este nuevo momento de la problemática se desplaza y pasa a interrogarse por el problema de la nación. Se pretende con ello pensar un país moderno, o sea integrado al mercado capitalista y a la cultura occidental secularizada, en tanto garantes de una evolución pacífica hacia formas superiores de progreso y según modelos ofrecidos por algunos países europeos […] Este pasaje dibuja ciertamente un área que tiene como centro a las ciencias sociales y como núcleo específico a la psicopatología y la criminología, mas dicho tránsito hacia un nuevo modelo teórico y político no tendrá el carácter de la ruptura abrupta con las viejas convicciones; más bien revelará adherencias ideológicas de aquel pasado especialmente en sus ligazones con el ideario socialista (Terán, 1986: 37; énfasis en el original).[10]

La profundización de la influencia spenceriana coincide con la conclusión de su formación académica y la intensificación subsiguiente de los motivos cientificistas. De este modo, el ideario social impone una mediación tecnológica que tenga en cuenta los aportes de los últimos resultados de la investigación científica, cuyo presupuesto fundamental, el determinismo, resulta acentuado en desmedro de un posicionamiento voluntarista anterior.[11]

En efecto, en los trabajos de este período, el capitalismo, lejos de ser impugnado en bloque, resultará justificado como un episodio necesario regido por una dinámica absolutamente determinada, a semejanza de los procesos que orientan los sucesos del acaecer natural. Y, si es cierto que las influencias en los pensadores positivistas vernáculos se debieron doctrinalmente, antes que a Augusto Comte, a los desarrollos del pensador inglés,

mucho más habrían de hacerlo en el caso de Ingenieros, puesto que no sólo acepta su carácter de leyes científicas irrecusables; incursionando francamente en el campo del darwinismo social e invirtiendo su anterior creencia en el tipo de selección al revés operado por el capitalismo, ahora este sistema de producción realiza por el contrario una justa selectividad mediante “un trabajo de eliminación de los más débiles por los más fuertes” (Terán, 1986: 31).

El modo de inscripción de estas categorías dentro de la cuestión general de la nacionalidad (constituida en núcleo problemático orientador) articula la incursión de Ingenieros en una multiplicidad de disciplinas, donde se proyecta su vocación sistemática en la construcción de una serie de concepciones generales acerca de criminología, psicopatología, sociología, etc., cuyas matrices conceptuales plantean la necesidad de una serie de reformas, correlativas a una concepción social-medicalizante y, en tanto tal, normalizadora en cuanto fundada en la dicotomía normal-patológico extraída del área de la biología. De este modo, de acuerdo a Terán:

Psicopatología, criminología, sociología y política no son por ello esferas independientes del sistema ingenieriano; describen sí un complejo movimiento de conjunto en cuyos huecos se instalan una serie de objetos teóricos y de figuras ideológicos solidarios que, en vez de constituir temas autónomos, van dibujando las geografías de la integración y de la segregación en el interior de una estrategia discursiva sobre lo normal y lo patológico que subtiende los textos del período (Terán, 1986: 57).

Hacia 1912, de acuerdo a Terán, principia un nuevo período en el pensamiento ingenieriano, coincidente con su decisión de abandonar sus cátedras universitarias y emprender un segundo viaje a Europa. Esencial a esta etapa es la acentuación de los motivos moralistas[12], articulados con una severa crítica social que conserva un fuerte carácter elitista. Una expresión principal de este período será su obra El hombre mediocre. Un rasgo por demás importante de esta misma etapa será, por otro lado, un viraje en cuanto a la orientación de sus intereses teóricos. Así, de acuerdo a Terán:

Este pasaje resulta paralelo a un progresivo abandono de los escritos criminológicos y psiquiátricos, reemplazados por el tratamiento de temas filosóficos. Pero manteniendo invariante la caracterización del papel rector adjudicado a las minorías y bloqueando nuevamente con ello la emergencia de connotaciones democratistas en su sistema. Este último elemento adquiere un significado específico al articularse con las circunstancias políticas argentinas centradas en la reforma electoral de 1912 (Terán, 1986: 58-59).

Las reacciones suscitadas por el estallido de la Primera Guerra Mundial se expresan en una progresiva fractura de su concepción europeísta y un acentuamiento de la importancia concedida a la consideración de problemas relativos a la nacionalidad.[13] Característico de este período es su trabajo El suicidio de los bárbaros, donde su autor ve en la guerra la confrontación de dos órdenes contrapuestos, retardatario y feudal, el uno, y moderno y progresivo, el otro. Las causas de la guerra, lejos de ser adjudicadas al triunfo moderno de la burguesía y al capitalismo, que engendraría a su vez mediante la explotación de la naturaleza y la competencia por los mercados mundiales al imperialismo[14], son comprendidas como una rémora del orden feudal con toda la serie de valores retardatarios que se resisten a acabar. Todo ello evidencia una transición, en todo caso graduada, donde la impugnación al eurocentrismo resultará relativizada. De este modo, de acuerdo a Terán:

Es por ello que no existe en el período 1914-1917 un corte teórico abrupto, como no lo ha habido desde el año 1911, cuando Ingenieros comenzó aquel lento proceso de variación ideológica. No obstante, resulta indudable que en estos últimos años sus discursos han enunciado una transferencia –indirecta, tenue más insoslayable del eurocentrismo hacia un nuevo modelo europeizado aunque instalado en América (Terán, 1986: 82).

Otra instancia de su trayectoria se diseña sobre el marco general de la Revolución Rusa, por un lado, y de la reforma universitaria[15], por el otro. Así, desde el final de la guerra hasta su muerte, la impugnación al capitalismo y al imperialismo se acentúan, en conjunción con la aún mayor intensificación de los motivos moralistas aunado con una progresiva comprensión más compleja de las múltiples modalidades de inserción del país en la realidad latinoamericana; lo que redundará en la propuesta de construcción de un fuerte bloque regional capaz de oponerse al gran potencial imperial norteamericano, por demás ya padecido por muchos países de nuestra área. Todo ello, rediseña de manera clara la comprensión política de Ingenieros, marcando un claro viraje ideológico con respecto a las concepciones sostenidas durante su “período clásico” y condensadas, con gran énfasis, en las consideraciones y valuaciones incluidas en su Sociología argentina y –de un modo más crudo– en algunas afirmaciones de sus Crónicas de viaje. Expresiones claras de estas nuevas concepciones pueden hallarse en algunos escritos incluidos en Los tiempos nuevos, así como también en las relaciones postales con el mexicano Felipe Carrillo, la fundación de la Unión Latinoamericana, y el discurso de recepción en homenaje al pensador (también mexicano) José de Vasconcelos.

La certificación de este viraje, en consideración directa de las causas contextuales concurrentes al mismo, conducirán a Terán a poner una fecha de inicio a este último período:

De manera que para 1918, al condensarse estas lecturas de la guerra mundial, del wilsonismo y la Revolución Rusa con la experiencia de la Reforma Universitaria en sus efectos latinoamericanos y antiimperialistas –y sobre la base de una vertiente moral solidarista– nuevamente se modificará su visión global del capitalismo. La situación ya no será caracterizada consiguientemente como el combate entre los principios feudales y los de una modernidad que se identificaba en los hechos con el desarrollo del capitalismo liberal; la antinomia se ubicará ahora –con un nuevo retorno al espíritu del joven Ingenieros– entre el capitalismo y la lucha de los pueblos por una vida más justa, en tanto su arqueológica categoría del parasitismo vuelve a ser la estructura gnoseológica mediante la cual se caracteriza al capitalismo como un mecanismo globalmente opresivo (Terán, 1986: 86).

Ahora bien, lo cierto es que en la certificación puntual de estas etapas diferenciales, centradas privilegiadamente en lo relativo al posicionamiento político-ideológico ingenieriano, Terán se encarga de mencionar ciertas continuidades, algunas quizás en tensión con los nuevos posicionamientos, pero cuya reformulación nunca fue textualmente tematizada[16], cuestión sobre la que volveremos y que resulta particularmente trascendente en relación a la perspectiva sistemática que nos ocupa, siendo ella la que interesará principalmente a nuestro trabajo.


  1. Algunos de estos estudios exceden el ámbito estrictamente filosófico. Mencionaremos, a manera de ejemplo, el estudio crítico de Ana María Talak, sobre el tratamiento del problema de la conciencia realizado por Ingenieros, y que se aborda desde el área de la psicología. Dicho estudio, no obstante su especificidad disciplinar, en virtud de una exposición crítica rigurosa, creemos no deja de ser relevante para un estudio filosófico que, desde la filosofía de la mente, aborde el problema de la conciencia y de la existencia y el carácter de los Qualia. Cf: Talak, A. M. (2007), “El problema de la conciencia en los primeros desarrollos académicos de la psicología en la Argentina: José Ingenieros” en Cuadernos de neuropsicología, Vol. 1, nº 2 [disponible en: http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?pid=S0718-41232007000200005&script=sci_arttext#ast1a (última consulta: 21/12/2013)].
  2. “En el caso de la corriente italiana, se instaló en las instituciones hospitalarias y penales, en la cátedra universitaria, y en las nuevas instituciones mixtas que se iban creando a medida que las prácticas positivistas médico-legales constituían la disciplina criminológica” (Ciancio, M. B. – Gabriele, 2010).
  3. “Así pues, en este contexto de recepción y reapropiación por parte de las elites intelectuales argentinas de todo un conjunto de teorías biológicas que van a converger a comienzos de siglo XX en el llamado ‘positivismo argentino’, el pensamiento de Carlos Bunge y José Ingenieros alcanzará un lugar destacado en el análisis de los problemas relativos a la ‘cuestión social’ y en el tratamiento de la misma. En este sentido, el problema de la otredad –simbolizado en el indio, el negro, el mestizo y el inmigrante– emergerá en la preocupación central a resolver frente a la necesidad de construir y preservar una ‘sociedad sana’ que garantice el progreso social” (Díaz, 2012: 55). Para ilustrar este carácter racista-segregacionista articulado en su afán constructivo normalizador de la nacionalidad, el estudioso se sirve preferentemente de expresiones contenidas en las Crónicas de viaje de Ingenieros, fácilmente articulables, por lo demás, con el programa racial propuesto en su Sociología argentina –de la que nos ocuparemos más adelante en este trabajo.
  4. “Siguiendo a Ernesto Bohoslavsky y a María Silvia di Liscia, los individuos a los que se procuró controlar no fueron meros depo­sitarios de la opresión, sino que reaccionaron ante ese orden de diversas maneras, sea resistiéndose o retomando aquellas reglas que les resultaran útiles. Estos ‘controlados’ pudieron alterar significados originales o posponer la aplicación de una decisión, como fue el caso de los simuladores, que opusieron un punto de resis­tencia a las formas de normalización implantadas por los médicos psiquiatras (Bohoslavsky y Di Liscia, 2005: 15)” (Dovio, 2011: 24-25).
  5. “Pero si es este marco de las transformaciones en que el joven Ingenieros inicia su práctica política y su reflexión teórica, se hace mal cuando se traza una genealogía ideológica que coloca su propia producción como ‘un desprendimiento directo del 80 argentino’, ya que esta caracterización no solamente subestima el período de sus obras juveniles; también implica la ubicación de su pensamiento inicial en los marcos del cientificismo darviniano, cuando en realidad Ingenieros no comienza la construcción de sus objetos teóricos desde un universo de discurso spenceriano que resultaría congruente con la tradición cultural del 80. Por el contrario, la configuración está mediada por una serie de ideologías contestatarias que impugnan ciertas estructuras del país programado por el liberalismo argentino, y dicha negación se opera sobre la base de la crisis del 90, que, interpretada en clave ética no sin motivos como una consecuencia del desenfreno ‘materialista’ de la historia reciente, contribuirá a la conformación de una cuadrícula moralista de larga duración en la cultura argentina” (Terán, 1986: 10-11).
  6. “[…] fue precisamente al calor de esta actividad política estudiantil que produjo en 1895 su primera obra significativa, titulada ¿qué es el socialismo? Y que junto con sus artículos del periódico La Montaña configuran un material escasamente explorado no sólo para observar el despliegue del pensamiento de Ingenieros, sino igualmente del complejo entramado teórico finisecular” (Terán, 1986: 13).
  7. Cf.: Terán, Op. Cit., pp. 18-20.
  8. “No obstante, una visión más economicista y menos tremendista se irá desplegando en la escritura de Ingenieros a medida que vayan tornándose dudosas las creencias que, pivoteando sobre la crisis del 90, habían imaginado un eventual estremecimiento revolucionario de la sociedad argentina, tal como lo confesaba el artículo ‘la paradoja del pan caro’, escrito por Ingenieros para el número de La Montaña con que este periódico cancelaba su experiencia” (Terán, 1986: 23).
  9. La transición hacia esta posición puede encontrarse en la obra De la barbarie al capitalismo (1898), donde el capitalismo aparece como una instancia imprescindible en el desarrollo revolucionario en tanto desarrolla las fuerzas productivas, universaliza las relaciones humanas y genera una clase social destinada a superarlo. Cf.: Terán, Op. Cit., p. 28.
  10. Cf. también: Terán, Op. Cit., p. 30.
  11. “Es previsible, por otra parte, que en un pensamiento matrizado por el monismo evolucionista, la noción del ‘ideal’ sobreviva en una especie de clima artificial” (Terán, 1986: 41).
  12. “El análisis del principal de los textos de la época verifica estas apreciaciones en cuanto a la enfatización de una preocupación moralista, motorizada posiblemente en el terreno extradiscursivo por el distanciamiento y ruptura con el poder político imperante” (Terán, 1986: 69).
  13. “El período de 1914-1917 dibuja una subetapa dentro de la lenta y amplia curva de variación teórica descrita por Ingenieros entre 1911 y 1925, centrada en la relación de sus textos con un objeto teórico fundamental en la estructuración de su sistema general –el europeísmo– y en el privilegiamiento acordado a una problemática nacional” (Terán, 1986: 73).
  14. Esta es la posición, por ejemplo, de Alejandro Manusevich, quien expresa la opinión ortodoxa del marxismo soviético en su libro La Primera Guerra Mundial. Cf.: Manusevich, A., La Primera Guerra Mundial, Buenos Aires, Cartago, 1965.
  15. Cf.: Terán, Op. Cit., pp. 96-97.
  16. Así, por ejemplo, Terán señalará la atenuación –ya que no la desaparición– de los motivos elitistas en el último Ingenieros, no obstante lo cual habrá de matizar su aserto con la siguiente consideración: “Mas si la aceptación de una relación de expresión entre las minorías y el saber de ‘los simples’ no debe minimizarse en un pensamiento tan atraído por esas teorías de las élites que desde principios de siglo circulaban en la sociología europea, también es verdad que este punto de ruptura no fue articulado en un universo de discurso novedoso; más bien se incrustó en un dispositivo motorizado por parámetros teóricos (organicismo social, cientificismo, evolucionismo) que podían volver a funcionar como eventuales productores de conceptos jerarquizantes” (Terán, 1986: 100). Señalando, de esta manera, la función teórica fundamental y articuladora de esos últimos conceptos, al tiempo que remarca su permanencia en el discurso ingenieriano.


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