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7 Evolutivas

Una Nueva Teoría de la Biología era el título del estudio que Mustafá Mond acababa de leer. Permaneció sentado algún tiempo, meditando, con el entrecejo fruncido, y después cogió la pluma y escribió en la portadilla: “El tratamiento matemático que hace el autor del concepto de finalidad es nuevo y notablemente ingenioso, pero herético y, con respecto al presente orden social, peligroso y potencialmente subversivo. Prohibida su publicación.” Subrayó estas últimas palabras. “Debe someterse a vigilancia al autor. Es posible que se imponga su traslado a la estación Biológica Marítima de Santa Elena.” “Una verdadera lástima.” Pero en cuanto se empezaba a admitir explicaciones finalistas… bueno, nadie sabía a dónde podía llegarse.

A. Huxley[1]

La evolución es un concepto hoy fundamental aunque, no obstante ello, no se encuentra uniformemente presente en la diversidad de instanciaciones históricas ni como creaciones de cultura. No es lugar éste para mostrar la relación entre el concepto de evolución y la conciencia histórica, que tanto le debe a su vez al pensamiento cristiano y al escatologismo salvífico o mesiánico. En todo caso es curioso que sea sobre este mismo plano desde donde los adversarios iluministas hablarán del progreso histórico, como remate del Renacimiento, que se opondría a la densa noche del pensamiento religioso medieval.[2]

Sea de ello lo que fuere, estas ideas se encuentran particularmente patentes en los orígenes del positivismo, ya en la obra de Augusto Comte. En efecto, en su enfoque diacrónico de la evolución de la conciencia, ésta atraviesa, a lo largo de los diversos ámbitos disciplinares a los que se aplique, por una serie de estadios necesarios y progresivos. No obstante ello, el pensamiento de Comte, más apegado a una concepción más estrictamente empirista, se mostrará escéptico respecto a la eventualidad de extraer consecuencias en relación a la posibilidad de lograr una unificación interdisciplinar completa en la articulación definitiva de una concepción global:

La mente humana, acostumbrada durante tanto tiempo a una especie de unidad de doctrina, por muy vaga e ilusoria que tuviera que ser bajo el imperio de las ficciones teológicas y de las entidades metafísicas, al pasar al estado positivo ha tratado al principio de reducir los diversos órdenes de fenómenos a una sola ley común. Pero todos los intentos realizados durante los dos últimos siglos para alcanzar una explicación universal de la naturaleza solo han servido para desacreditar absolutamente este propósito, abandonado después a las inteligencias mal cultivadas (Comte, 1844: 37).

El desafío de encontrar la clave única de interpretación de la realidad, no obstante ello, se encontraba ya planteado. Será Spencer quien extremando la noción de evolución, ya utilizada con éxito en algunas disciplinas de las ciencias naturales, como por ejemplo la geología con la teoría de las causas actuales de Lyell, pretenderá dar cuenta del mecanismo global de desarrollo de las manifestaciones totales del universo. De este modo, definirá la evolución como

La integración de la materia y la disipación concomitante del movimiento por la cual la materia pasa de un estado de homogeneidad indeterminada e incoherente a un estado de heterogeneidad determinada y coherente (Ferrater Mora, 1979: 3108).

La evolución en este esquema supone un principio explicativo global que unifica los diversos órdenes de lo real en una dinámica de complejización estructural y diferenciación funcional. En lo que hace a la biología, las ideas evolucionistas contaban ya con antecedentes importantes, cuyos más conocidos representantes fueron Buffon, Erasmus Darwin, Geoffroy Saint-Hilaire y Lamarck. Las atrevidas especulaciones de éste último, no obstante su clarividencia en la cuestión, quedaron en gran medida eclipsadas por la potente influencia de Cuvier, merecidamente lograda por demás, a partir de los éxitos alcanzados por éste ultimo en el área de la paleontología y la formulación de los principios morfológicos que, en virtud de la presencia de algunos pocos restos fósiles, permitían reconstruir el carácter general del organismo entero junto a sus modalidades habituales de desenvolvimiento.[3]

Hasta la publicación de la obra de Darwin, el pensamiento fijista en biología tenía las de ganar. Quizás se deba a factores fortuitos, como el viaje en el Bergantín Beagle junto al capitán Fitz Roy, por el cual, un simple graduado en Teología, sin mayor potencialidad de proyección especulativa, una vez devenido viajero naturalista, haya transformado toda un gran área disciplinar y planteado problemas filosóficos que hoy mismo nos encontramos muy lejos de solucionar.[4]

Respecto a sus ideas, uno de nuestros mayores historiadores de la ciencia considera que:

El problema central que plantea Darwin es el de la variación de las especies, y su solución finca en la “selección natural”. Es cierto que la domesticación y las experiencias de horticultores y ganaderos ofrecían alguna ayuda al respecto, pero se trataba de esfuerzos artificiales, no naturales. Según Darwin, la lectura del libro de Malthus sobre la población le proporcionó la clave, llegando a la conclusión de que entre los individuos de una misma especie, siempre existen, aun mínimas, características diferenciales que les proporcionan ventajas frente al medio, de manera que sobrevivirán los más aptos que resultarán así los privilegiados en la reproducción de la especie, ya que los menos aptos mueren antes del momento de la procreación. Como siempre según Darwin, esas características favorables se trasmiten a sus herederos y entre esos se seleccionan naturalmente los más favorecidos, el proceso produce una acción acumuladora, análoga aunque más eficaz que la que provoca pacientemente el criador. Las diferencias originarias, al amparo de los extensos lapsos disponibles, se hacen cada vez mayores y así las especies se diferencian dentro del mismo género, hasta diferenciarse los géneros mismos (Babini, 1971: 137).

Dos conceptos centrales exigen desde el principio ser aclarados debido a las importantes implicancias conceptuales que la extrapolación de los mismos, fuera de su ámbito original, plantea en la esfera filosófica e ideológica; ellos son: el concepto de “lucha por la vida” y el de “supervivencia del más apto”. Respecto a ellos, el biólogo Nason nos advierte que:

Tales términos son mal usados si descubren un panorama de combate fiero y mortal entre los organismos para llevar a cabo el proceso de la selección natural. “La lucha por la existencia” y la “supervivencia del más apto” incluyen las capacidades para obtener nutrición adecuada, resistiendo y enfrentándose a diversos factores físicos y químicos del medio, tales como calor o frío, desecación, sustancias tóxicas así como enfermedades, depredadores y parásitos. La competencia por espacio y alimento entre plantas y animales a menudo es pasiva, sin incluir ninguna lucha física agresiva. […] En varios ejemplos la cooperación o mutualismo, en lugar de competencia, ha evolucionado (por ejemplo, líquenes) como una adaptación al medio ambiente (Nason, 1969: 688).

Co-descubridor de la teoría de la selección natural, junto a Alfred Russell Wallace, Darwin tuvo la virtud de dotar a sus explicaciones de un sólido registro de evidencia empírica. Sea debido a ello, sea a la madurez de los nuevos tiempos y a las condiciones histórico-sociales reinantes conjuntamente con la política imperialista de las potencias centrales, la teoría se impuso, no sin suscitar por ello controversias importantes.

Todo ello, no obstante las precedentes consideraciones, quedaría como un simple episodio para el estudio de los cronistas, sociólogos o historiadores de las ideas si no tuviera importantes consecuencias filosóficas. En efecto, esta concepción, dando cuenta de un principio general de desarrollo formativo capaz de tornar inteligible la dispersión estructural de las formas de vida existentes y la aptitud de las organizaciones homeostáticas para desenvolverse funcionalmente en un medio dado, dando cuenta por lo mismo de la adaptación de los organismos a su hábitat, fortaleció metafísicamente las concepciones materialistas y naturalistas al lograr resolver la aparente finalidad en el juego de variaciones regidas por un mecanismo ciego. En relación a esto, Francisco Romero expresa que:

El mecanicismo suponía que los fenómenos más opacos y complicados habían de mostrar al trasluz su limpia urdimbre mecánica cuando fueran suficientemente conocidos y aclarados. La finalidad biológica era un escollo, el más grave, para la reducción de la totalidad al mero juego de los átomos en movimiento. El papel de Darwin consistió en anexar al régimen mecánico el orden de la vida, y con él todo el orbe del espíritu y de la cultura, mediante un biologismo que ya está en sus escritos y que prosperó y se extendió de inmediato como incontenible marea. El escamoteo de la finalidad orgánica, o, mejor dicho, el hábil juego de cubiletes que cambia el ciego obrar de las causas en finalismo y adecuación, es el magno aporte de Darwin, porque trae consigo la coronación y el perfeccionamiento del edificio mecanicista que de tal se completaba afirmándose como única y plena visión de la realidad, como interpretación científica por sus fundamentos y filosófica por su coherente vastedad y sus proyecciones (Romero, 1951: 130).

Este aspecto potencialmente revolucionario respecto a las concepciones metafísicas y antropológicas fue rápidamente advertido por sus contemporáneos. Finalmente, para muchos espíritus de la época, igualmente que en muchas disputas de hoy, el debate teórico no era sino una excusa dentro de un complejo juego de implicancias mucho mayor. No se hizo esperar mucho, en efecto, la extracción de implicaciones políticas de estas concepciones, circunscriptas originalmente al área de la biología, desde uno y otro lado de los extremos en pugna. Simplemente quisiéramos agregar el siguiente extracto, por demás expresivo, consignado por un biógrafo de Darwin del siglo XX:

El principio de la selección natural está completamente en la línea de la explicación mecanicista del mundo. Federico Engels escribía a Carlos Marx (noviembre de 1859): “…dicho sea de paso, el Darwin que estoy ahora leyendo es magnífico. La teología todavía no estaba destruida por una de sus partes. Y ahora acaba de ocurrir” (Hembleben, (1971) [1968]: 132).


  1. Huxley, A. (2013) [1932], Un mundo feliz, Traducción de Ramón Hernández, Buenos Aires, Debolsillo, p. 148.
  2. Para un desarrollo agudo y riguroso de estas cuestiones véase: Berdiaeff, N. (1943) [1931], El sentido de la historia: ensayo filosófico sobre los destinos de la humanidad, Barcelona, Editorial Araluce.
  3. Para un sólido y logrado tratamiento de estas cuestiones remitimos a: Rostand, J. (1945) [1985], Introducción a la historia de la biología, Barcelona, Planeta Agostini; y Gándara, D. (2007), Darwin: vida, pensamiento y obra, España, Planeta De Agostini.
  4. Cf.: Darwin, C. (1887) [1993], Autobiografía, Trad. de A. Cohen, Madrid, Alianza Editorial.


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